7 dic. 2019

Santo Evangelio 7 de diciembre 2019



Día litúrgico: Sábado I de Adviento


Texto del Evangelio (Mt 9,35-10,1.6-8): En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». 

Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «Dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».


«Rogad (...) al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies»

Rev. D. Xavier PAGÉS i Castañer 
(Barcelona, España)

Hoy, cuando ya llevamos una semana dentro del itinerario de preparación para la celebración de la Navidad, ya hemos constatado que una de las virtudes que hemos de fomentar durante el Adviento es la esperanza. Pero no de una manera pasiva, como quien espera que pase el tren, sino una esperanza activa, que nos mueve a disponernos poniendo de nuestra parte todo lo que sea necesario para que Jesús pueda nacer de nuevo en nuestros corazones.

Pero hemos de tratar de no conformarnos sólo con lo que nosotros esperamos, sino —sobre todo— ir a descubrir qué es lo que Dios espera de nosotros. Como los doce, también nosotros estamos llamados a seguir sus caminos. Ojalá que hoy escuchemos la voz del Señor que —por medio del profeta Isaías— nos dice: «El camino es éste, síguelo» (Is 30,21, de la primera lectura de hoy). Siguiendo cada uno su camino, Dios espera de todos que con nuestra vida anunciemos «que el Reino de Dios está cerca» (Mt 10,7).

El Evangelio de hoy nos narra cómo, ante aquella multitud de gente, Jesús tuvo compasión y les dijo: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38). Él ha querido confiar en nosotros y quiere que en las muy diversas circunstancias respondamos a la vocación de convertirnos en apóstoles de nuestro mundo. La misión para la que Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo requiere de nosotros que seamos sus continuadores. En nuestros días también encontramos una multitud desorientada y desesperanzada, que tiene sed de la Buena Nueva de la Salvación que Cristo nos ha traído, de la que nosotros somos sus mensajeros. Es una misión confiada a todos. Conocedores de nuestras flaquezas y handicaps, apoyémonos en la oración constante y estemos contentos de llegar a ser así colaboradores del plan redentor que Cristo nos ha revelado.

Amigo



Amigo 

Autor: Fray Alejandro R. Ferreirós OFMConv


Amigo es importante, trascendente,
en lo profundo del alma un sentimiento
esa persona presente al pensamiento
una música de cielo que se siente.

Porque amigo es confianza y osadía
es decidirse a vivir en el presente
pues es quien llena el tiempo cuando ausente
se queda en el recuerdo y en la vida.

Amigo es el mar de la confianza
en el que se zambullen los secretos
es el arcón sellado que, discreto,
cultiva en su silencio la esperanza.

Es un espacio fiel de confidencia
que comparte el arroyo de la vida
el que conoce sinsabores y alegrías
y espera mi retorno con paciencia.

Amigo es el espacio del encuentro
en el que las cosas se dicen sin palabras
el que adivina las broncas sin nombrarlas
y amansa el huracán con el aliento.

Es el espacio de la fiesta compartida
en el que el tiempo transcurre y no se siente
con quien puedo dialogar tranquilamente
y devanar las horas sin medida.

Amigo es la plegaria en que se juntan
los corazones que Dios une en camino,
compañía de un tiempo peregrino,
y en quien no existen intenciones que se ocultan.

Es fidelidad en la distancia y transparencia
una puerta abierta al absoluto
es el abrazo conteniéndome en el luto
y la riqueza mayor en la indigencia.


Es un regalo de Dios, el gran tesoro,
sin él se vicia el aire que respiro,
prosigo a la intemperie mi camino
y el cielo es más oscuro cuando imploro.

Y con él amanece aunque es de noche,
la oscuridad no vence prepotente,
pues siendo dos el Señor está presente
y el fuego de su Espíritu es derroche.

Amigo es la palabra que regala
Jesús como anticipo de su gloria,
es el Amor presente en la memoria
pregustando la vida que no acaba.

Una experiencia para estar agradecido
al Señor que es dador de toda gracia,
la mano en que se ofrece la esperanza,
la mirada en la que siento que estoy vivo.

Amigo es subir la colina de la vida
de la mano fiel de la confianza
con el paso firme en la esperanza
de llegar a la meta prometida.

Es cultivar un prado de ilusiones
con semillas de pasión por el futuro
regado con Amor y estar seguro
que la constancia cosecha entre canciones.

Sembrar la sencillez y la ternura
en el valle sombrío de los sueños
saber que la esperanza tiene dueño
allí donde se siente su frescura.

Es en el bosque milenario del misterio
explorar las raíces de la vida
y encontrar la dicha que dormía
en la gruta remota del recuerdo.


Caminar por el sendero y en un cerro
contemplar el horizonte inmenso y puro
y extenderse en sus límites seguro
volando por encima de los cedros.

Es mirar un arco iris conmovido
sabiendo que la Alianza aún perdura
cada vez que en el cielo su hermosura
acaricia el corazón agradecido.

Si su lluvia temprana me refresca
y le da de beber al campo seco
es sentir la providencia en ese gesto
en que mi noche celebra que amanezca.

Amigo es el tiempo sin distancia
y la distancia en que el presente se dilata
es estar lejos y sentirse en casa
cuando el recuerdo refresca su fragancia.

Es un mar azul en que distiendo
la mirada sobre el agua de la vida
el reflejo del cielo en que se admira
el color del infinito trascendiendo.

Es la perla preciosa que cultivan
el respeto fiel y la confianza
la profundidad del Amor y la constancia
en el mar de la gracia compartida.

Y es la sensación del puerto ya seguro
mientras dura aún la travesía
el compartir la nave y la alegría
de izarle las velas al futuro.



6 dic. 2019

Santo Evangelio 6 de diciembre 2019



Día litúrgico: Viernes I de Adviento


Texto del Evangelio (Mt 9,27-31): Cuando Jesús se iba de allí, al pasar le siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: «¿Creéis que puedo hacer eso?». Dícenle: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe». Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Mirad que nadie lo sepa!». Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca.


«Jesús les dice: ‘¿Creéis que puedo hacer eso?’. Dícenle: ‘Sí, Señor’»

Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM 
(Barcelona, España)

Hoy, en este primer viernes de Adviento, el Evangelio nos presenta tres personajes: Jesús en el centro de la escena, y dos ciegos que se le acercan llenos de fe y con el corazón esperanzado. Habían oído hablar de Él, de su ternura para con los enfermos y de su poder. Estos trazos le identificaban como el Mesías. ¿Quién mejor que Él podría hacerse cargo de su desgracia?

Los dos ciegos hacen piña y, en comunidad, se dirigen ambos hacia Jesús. Al unísono realizan una plegaria de petición al Enviado de Dios, al Mesías, a quien nombran con el título de “Hijo de David”. Quieren, con su plegaria, provocar la compasión de Jesús: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9,27).

Jesús interpela su fe: «¿Creéis que puedo hacer eso?» (Mt 9,28). Si ellos se han acercado al Enviado de Dios es precisamente porque creen en Él. A una sola voz hacen una bella profesión de fe, respondiendo: «Sí, Señor» (Ibidem). Y Jesús concede la vista a aquellos que ya veían por la fe. En efecto, creer es ver con los ojos de nuestro interior.

Este tiempo de Adviento es el adecuado, también para nosotros, para buscar a Jesús con un gran deseo, como los dos ciegos, haciendo comunidad, haciendo Iglesia. Con la Iglesia proclamamos en el Espíritu Santo: «Ven, Señor Jesús» (cf. Ap 22,17-20). Jesús viene con su poder de abrir completamente los ojos de nuestro corazón, y hacer que veamos, que creamos. El Adviento es un tiempo fuerte de oración: tiempo para hacer plegaria de petición, y sobre todo, oración de profesión de fe. Tiempo de ver y de creer.

Recordemos las palabras del Principito: «Lo esencial sólo se ve con el corazón».

Amigo



Amigo

Autor: Fray Alejandro R. Ferreirós OFMConv



Amigo es esa mano que te arranca
desde el abismo hundido en la memoria,
es la fuerza redentora de la historia
y el aliento del amor que me levanta.

Es el rostro benévolo y sonriente
es la sonrisa en la brisa dibujada,
la vida que se dona en la mirada,
amor sin condiciones que se ofrece.

El ritmo de las horas compartidas,
la caminata interior que peregrina
el paso que a la meta se encamina
y el bálsamo suave en las heridas.

Amigo es el momento de lo eterno
que se encarna en la trama de mis días
el que entreteje de calor las melodías
de la música que salva del infierno.

El que exorciza la soledad que me cautiva
y me hace de su vuelo prisionero
el que despierta amaneceres al otero
y aurora matinal cuando me mira.

Incondicional, presente en los momentos
en que las fauces del dolor cruel me devoran
el que sostiene cuando el mundo desmorona
el que llena los pulmones con su aliento.

El que logra adivinar los pensamientos
y sostener en su sentido las palabras
pues se llena el corazón cuando le habla
y puede comprender mis sentimientos.

Un regalo inmerecido y codiciado
la frescura de la brisa en primavera
el rostro en que mi vida se renueva
el umbral de la confianza atravesado.

Es confidencia de las cosas importantes
el arcón en que se guardan los secretos
la hondura del Amor en su misterio
y una fuente cristalina y desbordante.


5 dic. 2019

Bendita la Reina de Nuestra Montaña



Bendita la Reina de Nuestra Montaña

Hna. Mercedes Colubi Tovar
  

De Nazareth a Ain Karem
subiste la montaña.
Ya iba Dios en tu seno
y a ayudar te impulsaba.

Qué pronto nos mostraste
que, si Dios está dentro,
no hay montaña tan alta
que nos oculte el reto
de visitar a aquél
que desea algo nuestro.

Covadonga, Señora,
Reina de la Montaña:
Bendita aquella hora
en que acunaste a España,
cuidaste de su Fe
tejiéndola en su alma.

Hoy el sol palidece
cuando ilumina al alba
la cueva en la que ofreces
al Hijo que nos salva.

La luz arrodillada,
el aire silencioso,
el peregrino llega
confiado, ardoroso.

Reina de la Montaña,
muéstranos a Jesús,
cuida de nuestra España
“la tierra de María”
que, a veces sin saberlo,
busca en la noche fría,
el Corazón de Dios.

Reina de la memoria agradecida,
Mística Mesa de la Eucaristía:
Eres huella de Dios.
Entona la canción:

“... Tuyos nuestros padres fueron
y hoy sus hijos tuyos son...”



Santo Evangelio 5 diciembre 2019



Día litúrgico: Jueves I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 7,21.24-27): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».


«No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos»

Abbé Jean-Charles TISSOT 
(Freiburg, Suiza)

Hoy, el Señor pronuncia estas palabras al final de su "sermón de la montaña" en el cual da un sentido nuevo y más profundo a los Mandamientos del Antiguo Testamento, las "palabras" de Dios a los hombres. Se expresa como Hijo de Dios, y como tal nos pide recibir lo que yo os digo, como palabras de suma importancia: palabras de vida eterna que deben ser puestas en práctica, y no sólo para ser escuchadas —con riesgo de olvidarlas o de contentarse con admirarlas o admirar a su autor— pero sin implicación personal.

«Edificar en la arena una casa» (cf. Mt 7,26) es una imagen para describir un comportamiento insensato, que no lleva a ningún resultado y acaba en el fracaso de una vida, después de un esfuerzo largo y penoso para construir algo. "Bene curris, sed extra viam", decía san Agustín: corres bien, pero fuera del trayecto homologado, podemos traducir. ¡Qué pena llegar sólo hasta ahí: el momento de la prueba, de las tempestades y de las crecidas que necesariamente contiene nuestra vida!

El Señor quiere enseñarnos a poner un fundamento sólido, cuyo cimiento proviene del esfuerzo por poner en práctica sus enseñanzas, viviéndolas cada día en medio de los pequeños problemas que Él tratará de dirigir. Nuestras resoluciones diarias de vivir la enseñanza del Cristo deben así acabar en resultados concretos, a falta de ser definitivos, pero de los cuales podamos obtener alegría y agradecimiento en el momento del examen de nuestra conciencia, por la noche. La alegría de haber obtenido una pequeña victoria sobre nosotros mismos es un entrenamiento para otras batallas, y la fuerza no nos faltará —con la gracia de Dios— para perseverar hasta el fin.

4 dic. 2019

Santo Evangelio 4 de diciembre 2019



Día litúrgico: Miércoles I de Adviento


Texto del Evangelio (Mt 15,29-37): En aquel tiempo, pasando de allí, Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y Él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron al Dios de Israel. 

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino». Le dicen los discípulos: «¿Cómo hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan grande?». Díceles Jesús: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos dijeron: «Siete, y unos pocos pececillos». El mandó a la gente acomodarse en el suelo. Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.


«‘¿Cuántos panes tenéis?’. Ellos dijeron: ‘Siete, y unos pocos pececillos’»

Rev. D. Joan COSTA i Bou 
(Barcelona, España)

Hoy contemplamos en el Evangelio la multiplicación de los panes y peces. Mucha gente —comenta el evangelista Mateo— «se le acercó» (Mt 15,30) al Señor. Hombres y mujeres que necesitan de Cristo, ciegos, cojos y enfermos de todo tipo, así como otros que los acompañan. Todos nosotros también tenemos necesidad de Cristo, de su ternura, de su perdón, de su luz, de su misericordia... En Él se encuentra la plenitud de lo humano.

El Evangelio de hoy nos hace caer en la cuenta, a la vez, de la necesidad de hombres que conduzcan a otros hacia Jesucristo. Los que llevan a los enfermos a Jesús para que los cure son imagen de todos aquellos que saben que el acto más grande de caridad para con el prójimo es acercarlo a Cristo, fuente de toda Vida. La vida de fe exige, pues, la santidad y el apostolado.

San Pablo exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fl 2,5). Nuestro relato muestra cómo es el corazón: «Siento compasión de la gente» (Mt 15,32). No puede dejarlos porque están hambrientos y fatigados. Cristo busca al hombre en toda necesidad y se hace el encontradizo. ¡Cuán bueno es el Señor con nosotros!; y ¡cuán importantes somos las personas a sus ojos! Sólo con pensarlo se dilata el corazón humano lleno de agradecimiento, admiración y deseo sincero de conversión.

Este Dios hecho hombre, que todo lo puede y que nos ama apasionadamente, y a quien necesitamos en todo y para todo —«sin mi no podéis nada» (Jn 15,5)— necesita, paradójicamente, también de nosotros: éste es el significado de los siete panes y los pocos peces que usará para alimentar a una multitud del pueblo. Si nos diéramos cuenta de cómo Jesús se apoya en nosotros, y del valor que tiene todo lo que hacemos para Él, por pequeño que sea, nos esforzaríamos más y más en corresponderle con todo nuestro ser.

Yo soy el que te arranca de la tumba



Yo soy el que te arranca de la tumba

Autor: Fray Alejandro R. Ferreirós OFMConv

Yo soy el que te arranca de la tumba
de las fauces brutales de la muerte
el que no me arrepiento de quererte
el que quiebra en su luz toda penumbra.

Toma mi mano y álzate a la vida
deja tus falsos miedos y placeres
la gloria vana y banal en que te mueres
ĄRecibe cordialmente mi venida!

Yo soy Jesús, el que murió por verte
liberado del vicio del pecado
Soy la Palabra de un Dios enamorado
vencedor del acecho de la muerte.

Yo soy la luz que quiere ya envolverte
en la paz de mi Amor que se derrama
Aquel que rescatándote te ama
Aquel que lama y quiere conocerte.

Soy la llamada, origen de la vida
la voz que crea, razón de tu misterio
Soy el que rompe todo cautiverio
tu bálsamo, tu roca y tu comida.

ĄVen a mi casa en fe, toma mi mano!
Te quiero en pie, adorante, victorioso,
amigo y compańero del Esposo
Te quiero vivo, ven que yo te llamo.


3 dic. 2019

Santo Evangelio 3 de diciembre 2019



Día litúrgico: Martes I de Adviento


Texto del Evangelio (Lc 10,21-24): En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».


«Te bendigo, Padre»

Abbé Jean GOTTIGNY 
(Bruxelles, Bélgica)

Hoy leemos un extracto del capítulo 10 del Evangelio según san Lucas. El Señor ha enviado a setenta y dos discípulos a los lugares adonde Él mismo ha de ir. Y regresan exultantes. Oyéndoles contar sus hechos y gestas, «Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo y dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra’» (Lc 10,21). 

La gratitud es una de las facetas de la humildad. El arrogante considera que no debe nada a nadie. Pero para estar agradecido, primero, hay que ser capaz de descubrir nuestra pequeñez. “Gracias” es una de las primeras palabras que enseñamos a los niños. «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21). 

Benedicto XVI, al hablar de la actitud de adoración, afirma que ella presupone un «reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que brota desde lo más hondo del corazón y abarca todo el ser, porque el hombre sólo puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios por encima de todas las cosas».

Un alma sensible experimenta la necesidad de manifestar su reconocimiento. Es lo único que los hombres podemos hacer para responder a los favores divinos. «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Desde luego, nos hace falta «dar gracias a Dios Padre, a través de su Hijo, en el Espíritu Santo; con la gran misericordia con la que nos ha amado, ha sentido lástima por nosotros, y cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos ha hecho revivir con Cristo para que seamos en Él una nueva creación» (San León Magno).

Yo que soy el alma...



Yo que soy el alma...

Autor: Fray Alejandro R. Ferreirós OFMConv


Yo que soy el alma de tu alma
la esencia primordial de tu respiro
Yo soy Aquel que te mantiene vivo
la fuente de la vida y de la calma.

Yo soy Aquel que sopla en un instante
y enciende el corazón y el pecho herido
yo soy el fuego amoroso y escondido
que enciende el resplandor de tu semblante.

Yo soy la llama, la hoguera palpitante
el fuego que en la zarza no devora.
Yo soy la chispa divina que enamora
y el rocío, en la noche, refrescante.

Yo soy Aquel que llama al infinito
al Amor que trasciende lo que toca,
Yo soy la miel eterna que en tu boca
se vuelve la alabanza en la que habito.

Yo soy tu meta, el fin de tu deseo,
Soy el consuelo en la luz de tu mañana
brisa fresca golpeando tu ventana
el abrazo amoroso en que te espero.

2 dic. 2019

Santo Evangelio 2 de diciembre 2019



Día litúrgico: Lunes I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 8,5-11): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». 

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».


«Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, Cafarnaúm es nuestra ciudad y nuestro pueblo, donde hay personas enfermas, conocidas unas, anónimas otras, frecuentemente olvidadas a causa del ritmo frenético que caracteriza a la vida actual: cargados de trabajo, vamos corriendo sin parar y sin pensar en aquellos que, por razón de su enfermedad o de otra circunstancia, quedan al margen y no pueden seguir este ritmo. Sin embargo, Jesús nos dirá un día: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El gran pensador Blaise Pascal recoge esta idea cuando afirma que «Jesucristo, en sus fieles, se encuentra en la agonía de Getsemaní hasta el final de los tiempos».

El centurión de Cafarnaúm no se olvida de su criado postrado en el lecho, porque lo ama. A pesar de ser más poderoso y de tener más autoridad que su siervo, el centurión agradece todos sus años de servicio y le tiene un gran aprecio. Por esto, movido por el amor, se dirige a Jesús, y en la presencia del Salvador hace una extraordinaria confesión de fe, recogida por la liturgia Eucarística: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa: di una sola palabra y mi criado quedará curado» (cf. Mt 8,8). Esta confesión se fundamenta en la esperanza; brota de la confianza puesta en Jesucristo, y a la vez también de su sentimiento de indignidad personal, que le ayuda a reconocer su propia pobreza.

Sólo nos podemos acercar a Jesucristo con una actitud humilde, como la del centurión. Así podremos vivir la esperanza del Adviento: esperanza de salvación y de vida, de reconciliación y de paz. Solamente puede esperar aquel que reconoce su pobreza y es capaz de darse cuenta de que el sentido de su vida no está en él mismo, sino en Dios, poniéndose en las manos del Señor. Acerquémonos con confianza a Cristo y, a la vez, hagamos nuestra la oración del centurión.

Un Padre siempre fiel



Un Padre siempre fiel

Autor: Fray Alejandro R. Ferreirós OFMConv


Un Padre siempre fiel, que no abandona,
un Padre en el dolor y el sacrificio,
providente en amor, siempre propicio
Misericordia pura que perdona.

Padre de beatitud y de paciencia
que espera sin doblez ni fingimiento
escucha serenada en el lamento
y fuente inagotable de inocencia.

Padre de mansedumbre y de ternura
de la nostalgia dulce que me anida
Padre de la creación que me convida
a gustar de su amor y su hermosura.

Universal dador de toda gracia
del tiempo primordial que me contiene
de la lluvia amorosa que mantiene
la vida a que me entrego con audacia.

Padre de corazón atravesado
del dolor que en el Hijo se hace herida
aquel que en la pasión me da la vida
si me quedo, en su Hijo, conformado.

Quiero restituirte agradecido
la vida que me das al entregarte
el tiempo que transcurro por amarte,
el tiempo que me diste y ya se ha ido.


1 dic. 2019

Santo Evangelio 1 de diciembre 2019



Día litúrgico: Domingo I (A) de Adviento


Texto del Evangelio (Mt 24, 37-44): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada. 

»Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».


«Velad (...) porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»

Mons. José Ignacio ALEMANY Grau, Obispo Emérito de Chachapoyas 
(Chachapoyas, Perú)

Hoy, «como en los días de Noé», la gente come, bebe, toma marido o mujer con el agravante de que el hombre toma hombre, y la mujer, mujer (cf. Mt 24,37-38). Pero hay también, como entonces el patriarca Noé, santos en la misma oficina y en el mismo escritorio que los otros. Uno de ellos será tomado y el otro dejado porque vendrá el Justo Juez.

Se impone vigilar porque «sólo quien está despierto no será tomado por sorpresa» (Benedicto XVI). Debemos estar preparados con el amor encendido en el corazón, como la antorcha de las vírgenes prudentes. Se trata precisamente de eso: llegará el momento en que se oirá: «¡Ya está aquí el esposo!» (Mt 25,6), ¡Jesucristo! 

Su llegada es siempre motivo de gozo para quien lleva la antorcha prendida en el corazón. Su venida es algo así como la del padre de familia que vive en un país lejano y escribe a los suyos: —Cuando menos lo esperen, les caigo. Desde aquel día todo es alegría en el hogar: ¡Papá viene! Nuestro modelo, los Santos, vivieron así, “en la espera del Señor”.

El Adviento es para aprender a esperar con paz y con amor, al Señor que viene. Nada de la desesperación o impaciencia que caracteriza al hombre de este tiempo. San Agustín da una buena receta para esperar: «Como sea tu vida, así será tu muerte». Si esperamos con amor, Dios colmará nuestro corazón y nuestra esperanza.

Vigilen porque no saben qué día vendrá el Señor (cf. Mt 24,42). Casa limpia, corazón puro, pensamientos y afectos al estilo de Jesús. Benedicto XVI explica: «Vigilar significa seguir al Señor, elegir lo que Cristo eligió, amar lo que Él amó, conformar la propia vida a la suya». Entonces vendrá el Hijo del hombre… y el Padre nos acogerá entre sus brazos por parecernos a su Hijo.

Dejemos de una vez esa vida ramplona




DEJEMOS DE UNA VEZ ESA VIDA RAMPLONA…

Por Antonio García-Moreno

JUSTICIA Y MISERICORDIA. - Después de los duros castigos con que aflige Dios a su pueblo, siempre sigue una época de perdón y de florecimiento. Jeremías ha predicado la ruina de Israel y de Judá, los dos estados hermanos que vivían separados. La época que se refiere fue terrible por sus incendios y por la sangre vertida por las calles y campos. Dios había castigado con mano dura a los rebeldes.

Ello nos recuerda que también ha habido guerras entre nosotros que han llenado de cadáveres los campos y las ciudades. Las últimas de Afganistán e Irak, con sus secuelas aún punzantes... Sin embargo, todo se va olvidando. Las heridas se cierran. Pero el peligro no ha pasado. Los hombres seguimos empeñados en no escuchar el mensaje de paz del Evangelio, sin darnos cuenta de que pueden soltarse de nuevo los jinetes del Apocalipsis.

Dios nos habla hoy de esperanza, nos recuerda el cumplimiento de las antiguas promesas. De nuevo ha llegado el Adviento, tiempo de espera gozosa, de vigilancia. En el alma brota el anhelo, el deseo vivo de que Jesús llegue hasta nosotros. Por eso repetimos como los primeros cristianos: ¡Maranatha, ven, Señor Jesús!

David, el rey pastor, el rey poeta. De sus ramas brotará un vástago escogido. Se llamará Jesús Manuel y nacerá de una Madre Virgen. Su dignidad superará a la de todos los reyes de la historia, es más excelsa que la de los mismos ángeles. Será el Mesías, el Redentor, el nuevo Moisés que librará a su pueblo de la esclavitud. Implantará el derecho y hará triunfar a la justicia. Barrerá todos los desafueros, los que han cometido los de arriba y los que puedan haber cometido los de abajo. Cada uno recibirá lo que es justo, lo que realmente ha merecido. Ya no habrá miedo a la mentira, al engaño alevoso, al fraude premeditado, al latrocinio simulado.

Temiendo y deseando estamos, Señor. No podemos pedirte que hagas la vista gorda y que pases por alto la justicia. Pero sí te suplicamos misericordia, mucha misericordia. Porque ¿quién puede considerarse justo ante ti? ¿Quién puede saberse inocente ante tu tribunal? Haz que la esperanza de tu misericordia, sin embargo, no nos haga olvidar tu justicia. Y que junto a la confianza que nos inspira tu bondad, florezca el santo temor que debe inspirarnos tu bendita justicia.

2.- DIES IRAE. - De nuevo la Iglesia nos transmite uno de los discursos escatológicos del Señor. El canto del Día de la ira se repite, las estrofas del "Dies irae", vuelven a tronar con sus terribles y cósmicos acentos en estas palabras del Señor. En ese día los hombres se llenarán de angustia ante el anuncio del final apocalíptico del gran teatro del mundo. Todas las explosiones atómicas, habidas y por haber, serán una pálida sombra en comparación con la hecatombe de aquel día. La gente, sigue diciendo el Maestro, enloquecerá ante el estruendo del mar y su oleaje, quedarán sin aliento a causa del miedo.

Son palabras escuetas en las que no hay retórica alguna ni afán por cargar las tintas. Son expresiones lacónicas que sólo pretenden ponernos en guardia y sobre aviso, para que vivamos vigilantes y siempre preparados por si el Señor llega. Adviento es lo mismo que advenimiento, acción de venir, preludio de una llegada. Es tiempo de espera, son momentos en los que preparar los caminos interiores, para dar paso al Gran Rey. Son, pues, días de conversión y de penitencia, de mortificación, de plegaria, en los que prepararnos para recibir dignamente al Señor.

Tened cuidado y que no se os embote la mente con el vicio, o con la preocupación por el dinero, y se nos eche de repente aquel día. Con estas palabras el Señor pone el dedo en la llaga. Ese es nuestro mal, olvidarnos de lo más importante y decisivo, vivir inmersos en cuatro tonterías. A veces nos ocurre que sólo pensamos en lo más inmediato, en lo que resulta placentero, en nuestro bienestar presente. Sin pensar que no todo termina ahí, sin darnos cuenta de que la meta final nos espera después de la muerte. Caminamos entonces con torpeza, dando tumbos y acercándonos a nuestra perdición. Despertemos de nuestro absurdo sueño, sacudamos con energía la modorra que nos embota y entorpece. Dejemos de una vez esa vida ramplona que nos hace insensibles y ciegos para las cosas de Dios, incapaces de avanzar hacia el puerto de la salvación.

Pidamos al Señor que nos ayude, que nos dé fuerzas para luchar con denuedo en esta batalla, quizá la última, en la que estamos metidos. Roguemos que nos abra los ojos para ver el peligro que se avecina, que cure nuestra sordera y podamos escuchar el grito de alerta que da la alarma y nos avisa para que nos preparemos, con la debida antelación, a la venida del Señor.