29 mar. 2014

Jesús es condenado a muerte

Jesús es condenado a muerte

ESTACIONES DE LA CRUZ - VIACRUCIS - Jesús es condenado a muerte"Adorámoste Cristo y bendecímoste, que  por tu santa cruz redimiste al mundo."

Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre.»
Juan 19:5

Señor Jesús, Tu eres Rey de Reyes y Señor de Señores. Tu haz sido humillado por causa de mi orgullo; siento mucho haber entronado el Reino del mundo en mi corazón, por favor concédeme la gracia de aferrarme únicamente a Ti.


Santo Evangelio 29 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Sábado III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 18,9-14): En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».


Comentario: Fr. Gavan JENNINGS (Dublín, Irlanda)
Os digo que éste bajó a su casa justificado

Hoy, Cristo se nos presenta con dos hombres que, ante un observador "casual", podrían aparecer casi como idénticos, ya que ellos se encuentran en el mismo lugar realizando la misma actividad: ambos «subieron al templo a orar» (Lc 18,10). Pero más allá de las apariencias, en lo más profundo de sus conciencias personales, los dos hombres difieren radicalmente: uno, el fariseo, tiene la conciencia tranquila, mientras que el otro, el publicano —cobrador de impuestos— se encuentra inquieto por los sentimientos de culpa.

Hoy día tendemos a considerar los sentimientos de culpa —el remordimiento— como algo cercano a una aberración psicológica. Sin embargo, el sentimiento de culpa le permite al publicano salir reconfortado del Templo, puesto que «éste bajó a su casa justificado y aquél no» (Lc 18,14). «El sentimiento de culpa», escribió Benedicto XVI cuando él todavía era Cardenal Ratzinger ("Conciencia y verdad"), «remueve la falsa tranquilidad de conciencia y puede ser llamado "protesta de la conciencia" contra mi existencia auto-satisfecha. Es tan necesario para el hombre como el dolor físico, que significa una alteración corporal del funcionamiento normal».

Jesús no nos induce a pensar que el fariseo no esté diciendo la verdad cuando él afirma que no es rapaz, injusto, ni adúltero y que ayuna y entrega dinero al Templo (cf. Lc 18,11); ni tampoco que el recaudador de impuestos esté delirando al considerarse a sí mismo como un pecador. Ésta no es la cuestión. Más bien ocurre que «el fariseo no sabe que él también tiene culpa. Él tiene una conciencia completamente clara. Pero el "silencio de la conciencia" lo hace impenetrable ante Dios y ante los hombres, mientras que el "grito de conciencia" que inquieta al publicano lo hace capaz de la verdad y del amor. ¡Jesús puede remover a los pecadores!» (Benedicto XVI).

Comentario: Rev. D. David COMPTE i Verdaguer (Manlleu, Barcelona, España)
Todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado

Hoy, inmersos en la cultura de la imagen, el Evangelio que se nos propone tiene una profunda carga de contenido. Pero vayamos por partes.

En el pasaje que contemplamos vemos que en la persona hay un nudo con tres cuerdas, de tal manera que es imposible deshacerlo si uno no tiene presentes las tres cuerdas mencionadas. La primera nos relaciona con Dios; la segunda, con los otros; y la tercera, con nosotros mismos. Fijémonos en ello: aquéllos a quien se dirige Jesús «se tenían por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9) y, de esta manera, rezaban mal. ¡Las tres cuerdas están siempre relacionadas!

¿Cómo fundamentar bien estas relaciones? ¿Cuál es el secreto para deshacer el nudo? Nos lo dice la conclusión de esa incisiva parábola: la humildad. Así mismo lo expresó santa Teresa de Ávila: «La humildad es la verdad».

Es cierto: la humildad nos permite reconocer la verdad sobre nosotros mismos. Ni hincharnos de vanagloria, ni menospreciarnos. La humildad nos hace reconocer como tales los dones recibidos, y nos permite presentar ante Dios el trabajo de la jornada. La humildad reconoce también los dones del otro. Es más, se alegra de ellos.

Finalmente, la humildad es también la base de la relación con Dios. Pensemos que, en la parábola de Jesús, el fariseo lleva una vida irreprochable, con las prácticas religiosas semanales e, incluso, ¡ejerce la limosna! Pero no es humilde y esto carcome todos sus actos.

Tenemos cerca la Semana Santa. Pronto contemplaremos —¡una vez más!— a Cristo en la Cruz: «El Señor crucificado es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre» (Juan Pablo II). Allí veremos cómo, ante la súplica de Dimas —«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42)— el Señor responde con una “canonización fulminante”, sin precedentes: «En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Este personaje era un asesino que queda, finalmente, canonizado por el propio Cristo antes de morir.

Es un caso inédito y, para nosotros, un consuelo...: la santidad no la “fabricamos” nosotros, sino que la otorga Dios, si Él encuentra en nosotros un corazón humilde y converso.

29 de marzo Eustasio de Luxeüil, abad († 625)

29 de marzo

Eustasio de Luxeüil, abad († 625)

Nació Eustasio pasada la segunda mitad del siglo VI, en Borgoña.

Fue discípulo de san Columbano, monje irlandés que pasó a las Galias buscando esconderse en la soledad y que recorrió el Vosga, el Franco-Condado y llegó hasta Italia. Fundó el monasterio de Luxeüil a cuya sombra nacieron los célebres conventos de Remiremont, Jumieges, Saint-Omer, foteines etc.

Eustasio tiene unos deseos grandes de encontrar el lugar adecuado para la oración y la penitencia. Entra en Luxeüil y es uno de sus primeros monjes. Allí lleva una vida a semejanza de los monjes del desierto de oriente.

Columbano se ve forzado a condenar los graves errores de la reina Bruneguilda y de su nieto rey de Borgoña. Con esta actitud, por otra parte inevitable en quien se preocupa por los intereses de la Iglesia, desaparece la calma que hasta el momento disfrutaban los monjes. Eustasio considera oportuno en esa situación autodesterrarse a Austrasia, reino fundado el 511, en el periodo merovingio, a la muerte de Clodoveo y cuyo primer rey fue Tierry, donde reina Teodoberto, el hermano de Tierry. Allí se le reúne el abad Columbano. Predican por el Rhin, río arriba, bordeando el lago Constanza, hasta llegar a tierras suizas.

Columbano envía a Eustasio al monasterio de Luxeüil después de nombrarle abad. Es en este momento -con nuevas responsabilidades- cuando la vida de Eustasio cobra dimensiones de madurez humana y sobrenatural insospechadas. Arrecia en la oración y en la penitencia; trata con caridad exquisita a los monjes, es afable y recto; su ejemplo de hombre de Dios cunde hasta el extremo de reunir en torno a él dentro del monasterio a más de seiscientos varones de cuyos nombres hay constancia en los fastos de la iglesia. Y el influjo espiritual del monasterio salta los muros del recinto monacal; ahora son las tierras de Alemania las que se benefician de él prometiéndose una época altamente evangelizadora.

Pero han pasado cosas en el monasterio de Luxeüil mientras duraba la predicción por Alemania. Un monje llamado Agreste o Agrestino que fue secretario del rey Tierry ha provocado la relajación y la ruina de la disciplina. Orgulloso y lleno de envidia, piensa y dice que él mismo es capaz de realizar idéntica labor apostólica que la que está realizando su abad; por eso abandona el retiro del que estaba aburrido hacía tiempo y donde ya se encontraba tedioso; ha salido dispuesto a evangelizar paganos, pero no consigue los esperados triunfos de conversión. Y es que no depende de las cualidades personales ni del saber humano la conversión de la gente; ha de ser la gracia del Espíritu Santo quien mueva las inteligencias y voluntades de los hombres y esto ordinariamente ha querido ligarlo el Señor a la santidad de quien predica. En este caso, el fruto de su misionar tarda en llegar y con despecho se precipita Agreste en el cisma.

Eustasio quiere recuperarlo, pero se topa con el espíritu terco, inquieto y sedicioso de Agreste que ha empeorado por los fracasos recientes y está dispuesto a aniquilar el monasterio. Aquí interviene Eustasio con un feliz desenlace porque llega a convencer a los obispos reunidos haciéndoles ver que estaban equivocados por la sola y unilateral información que les había llegado de parte de Agreste.

Restablecida la paz monacal, la unidad de dirección y la disciplina, cobra nuevamente el monasterio su perdida prestancia.

Sus grandes méritos se acrecentaron en la última enfermedad, con un mes entero de increíbles sufrimientos, que consumen su cuerpo sexagenario el 29 de marzo del año 625.

Autor: Archidiócesis de Madrid 

28 mar. 2014

Santo Evangelio 28 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Viernes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mc 12,28b-34): En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos». 

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.


Comentario: Rev. D. Pere MONTAGUT i Piquet (Barcelona, España)
No existe otro mandamiento mayor que éstos

Hoy, la liturgia cuaresmal nos presenta el amor como la raíz más profunda de la autocomunicación de Dios: «El alma no puede vivir sin amor, siempre quiere amar alguna cosa, porque está hecha de amor, que yo por amor la creé» (Santa Catalina de Siena). Dios es amor todopoderoso, amor hasta el extremo, amor crucificado: «Es en la cruz donde puede contemplarse esta verdad» (Benedicto XVI). Este Evangelio no es sólo una autorrevelación de cómo Dios mismo —en su Hijo— quiere ser amado. Con un mandamiento del Deutoronomio: «Ama al Señor, tu Dios» (Dt 6,5) y otro del Levítico: «Ama a los otros» (Lev 19,18), Jesús lleva a término la plenitud de la Ley. Él ama al Padre como Dios verdadero nacido del Dios verdadero y, como Verbo hecho hombre, crea la nueva Humanidad de los hijos de Dios, hermanos que se aman con el amor del Hijo.

La llamada de Jesús a la comunión y a la misión pide una participación en su misma naturaleza, es una intimidad en la que hay que introducirse. Jesús no reivindica nunca ser la meta de nuestra oración y amor. Da gracias al Padre y vive continuamente en su presencia. El misterio de Cristo atrae hacia el amor a Dios —invisible e inaccesible— mientras que, a la vez, es camino para reconocer, verdad en el amor y vida para el hermano visible y presente. Lo más valioso no son las ofrendas quemadas en el altar, sino Cristo que quema como único sacrificio y ofrenda para que seamos en Él un solo altar, un solo amor.

Esta unificación de conocimiento y de amor tejida por el Espíritu Santo permite que Dios ame en nosotros y utilice todas nuestras capacidades, y a nosotros nos concede poder amar como Cristo, con su mismo amor filial y fraterno. Lo que Dios ha unido en el amor, el hombre no lo puede separar. Ésta es la grandeza de quien se somete al Reino de Dios: el amor a uno mismo ya no es obstáculo sino éxtasis para amar al único Dios y a una multitud de hermanos.

28 de marzo Sixto III, Papa

28 de marzo

Sixto III, Papa

Autor: Archidiócesis de Madrid

Fue elegido papa a la muerte de san Celestino I, en el año 432, y ocupó la sede de Pedro por ocho años que fueron muy llenos de exigencias.

Durante su vida se vió envuelto casi de modo permanente en la lucha doctrinal contra los pelagianos, siendo uno de los que primeramente detectó el mal y combatió la herejía que había de condenar al papa Zósimo. De hecho, Sixto escribió dos cartas sobre este asunto enviándolas a Aurelio, obispo que condenó a Celestio en el concilio de Cartago, y a san Agustín. Se libraba en la Iglesia la gran controversia sobre la Gracia sobrenatural y su necesidad tanto para realizar buenas obras como para conseguir la salvación.

Pelagio fue un monje procedente de las islas Británicas. Vivió en Roma varios años ganándose el respeto y la admiración de muchos por su vida ascética y por su doctrina de tipo estoico, según la cual el hombre es capaz de alcanzar la perfección por el propio esfuerzo, con la ayuda de Dios solamente extrínseca -buenos ejemplos, orientaciones y normas disciplinares, etc.,- ¡era un voluntarista! Además, la doctrina llevaba aneja la negación del pecado original. Y consecuentemente rechaza la necesidad de la redención de Jesucristo. De ahí se deriva a la ineficacia sacramentaria. Todo un monumental lío teológico basado en principios falsos que naturalmente Roma no podía permitir.

Y no fue sólo esto. El Nestorianismo acaba de ser condenado en el concilio de Éfeso, en el 431, un año antes de ser elegido papa Sixto III; pero aquella doctrina equivocada sobre Jesucristo había sido sembrada y las consecuencias no desaparecerían con las resoluciones conciliares. Nestorio procedía de Antioquía y fue obispo de Constantinopla. Mantuvo una cristología imprecisa en la terminología y errónea en lo conceptual, afirmando que en Cristo hay dos personas y negando la maternidad divina de la Virgen María; fue condenada su enseñanza por contradecir la fe cristiana; depuesto de su sede, recluido o desterrado al monasterio de san Eutropio, en Antioquía, muriendo impenitente fuera de la comunión de la Iglesia. El papa Sixto III intentó con notable esfuerzo reducirlo a la fe sin conseguirlo y a pesar de sus inútiles esfuerzos tergiversaron los nestorianos sus palabras afirmando que el papa no les era contrario.

Llovieron al papa las calumnias de sus detractores. El propio emperador Valentiniano y su madre Plácida impulsaron un concilio para devolverle la fama y el honor que estaba en entredicho. Baso -uno de los principales promotores del alboroto que privaba injustamente de la fama al Sumo Pontífice- muere arrepentido y tan perdonado que el propio Sixto le atiende espiritualmente al final de su vida y le reconforta con los sacramentos.

Como todo santo ha de ser piadoso, también se ocupó antes de su muerte -en el año 440 y en Roma-, de reparar y ennoblecer la antigua basílica de Santa María la Mayor que mandó construir el papa Liberio, la de San Pedro y la de San Lorenzo.

27 mar. 2014

¿Cómo estamos viviendo esta Cuaresma?


¿Cómo estamos viviendo esta Cuaresma?

La tenemos en nuestras manos. No sabemos si habrá una próxima. Que no se nos escape ésta, la de este año, la de ahora. 
Autor: María Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net


Estamos avanzando ya sobre el tiempo de cuaresma.

Es increíble con qué velocidad pasan los días y las horas. Las semanas apenas nos parecen empezarlas y ya nos encontramos en su final. 

Pero aún es tiempo, si no lo hicimos en su comienzo, de dedicar un poco de atención a este tiempo cuaresmal.

Pronto diremos: "Ya llegó la Semana Santa, ¡qué rápido!" Pero ya dijimos, aún estamos a tiempo para prepararnos precisamente para esa Semana Santa.

Tal vez salgamos de vacaciones y eso nos puede distraer sobre el profundo significado que para nosotros los cristianos tienen esos días santos.

Por eso no desperdiciaremos este tiempo anterior a ellos para redoblar nuestras oraciones, para renovar nuestro espíritu tal con ejercicios espirituales en nuestra Parroquia o en algún lugar de retiro o simplemente en nuestra casa darle a este tiempo un valor especial unido a la oración y al sacrificio. Estos por pequeños que sean son muy valiosos, pues llevan además del amor a Dios, el fortalecer nuestra voluntad que ya de por sí suele ser demasiado débil.

El propio Cristo nos enseña cómo para prepararse a esos días de tremendos suplicios y al final su muerte, se retiró a orar.

Ayunó cuarenta días en el desierto y allí fue tentando por Satanás.

Nada le faltó a nuestro Redentor para ser semejante al hombre, solamente hubo una diferencia, Él sí estuvo libre de pecado pero padeció y asumió todos y cada uno de los pecados de la humanidad, esa humanidad que tanto amó y ama.

Y nosotros estando en este tiempo, próximos a la conmemoración de un Jueves Santo lleno de tristeza, de despedida, de un inconmensurable amor; noche de misterio y de entrega al quedarse para siempre, como alimento de nuestras almas en el Sacramento de la Eucaristía, de un Viernes Santo donde un hombre, que es Dios, padece las más terribles afrentas y torturas que ha conocido la naturaleza humana y por último una muerte de cruz, podemos corresponder a todo esto con una reflexión profunda y sobre todo con nuestro amor.

Pero no termina todo ahí. Llegará esa madrugada de resurrección. De vida, de triunfo sobre la muerte y por eso la cruz es el signo de nuestra victoria.

Cristo nos dio las primicias de la vida eterna derrotando a la muerte. Cristo vuelve para que sepamos que hay una vida que no termina y que nuestro final está en la Casa del Padre. 

Por eso aún es tiempo.

Estamos viviendo esta cuaresma, la tenemos en nuestras manos. No sabemos si habrá una próxima. Que no se nos escape ésta, la de este año, la de ahora.

Vivámosla con entrega, con amor, con generosidad, pero sobre todo con oración, con mucha oración. 

Nos hace tanta falta....

Santo Evangelio 27 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Jueves III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 11,14-23): En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».



Comentario: Rev. D. Josep GASSÓ i Lécera (Ripollet, Barcelona, España)
Si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios

Hoy, en la proclamación de la Palabra de Dios, vuelve a aparecer la figura del diablo: «Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo» (Lc 11,14). Cada vez que los textos nos hablan del demonio, quizá nos sentimos un poco incómodos. En cualquier caso, es cierto que el mal existe, y que tiene raíces tan profundas que nosotros no podemos conseguir eliminarlas del todo. También es verdad que el mal tiene una dimensión muy amplia: va “trabajando” y no podemos de ninguna manera dominarlo. Pero Jesús ha venido a combatir estas fuerzas del mal, al demonio. Él es el único que lo puede echar.

Se ha calumniado y acusado a Jesús: el demonio es capaz de conseguirlo todo. Mientras que la gente se maravilla de lo que ha obrado Jesucristo, «algunos de ellos dijeron: ‘Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios’» (Lc 11,15).

La respuesta de Jesús muestra la absurdidad del argumento de quienes le contradicen. De paso, esta respuesta es para nosotros una llamada a la unidad, a la fuerza que supone la unión. La desunión, en cambio, es un fermento maléfico y destructor. Precisamente, uno de los signos del mal es la división y el no entenderse entre unos y otros. Desgraciadamente, el mundo actual está marcado por este tipo de espíritu del mal que impide la comprensión y el reconocimiento de los unos hacia los otros.

Es bueno que meditemos cuál es nuestra colaboración en este “expulsar demonios” o echar el mal. Preguntémonos: ¿pongo lo necesario para que el Señor expulse el mal de mi interior? ¿Colaboro suficientemente en este “expulsar”? Porque «del corazón del hombre salen las intenciones malas» (Mt 15,19). Es muy importante la respuesta de cada uno, es decir, la colaboración necesaria a nivel personal. 

Que María interceda ante Jesús, su Hijo amado, para que expulse de nuestro corazón y del mundo cualquier tipo de mal (guerras, terrorismo, malos tratos, cualquier tipo de violencia). María, Madre de la Iglesia y Reina de la Paz, ¡ruega por nosotros!

27 de marzo San Ruperto, Obispo

27 de marzo

San Ruperto, Obispo

Autor: P. Ángel Amo


Obispo de Salzburgo, la hermosa ciudad austríaca, cuya fama está unida a la de su hijo más ilustre, Wolfgang Amadeus Mozart, se llama así porque cerca se encuentran unas minas de sal. De ahí viene el nombre de Salzburgo, que significa “ciudad de la sal”.

Su primer obispo y patrono principal, san Ruperto, aparece en los cuadros con un salero en la mano (o con un barril, lleno precisamente de sal y no de vino, como creen algunos estudiosos no bien informados). Es el único santo local festejado, no sólo en las regiones de idioma alemán, sino también en Irlanda: en realidad, también él fue un típico representante de los “monjes irlandeses” itinerantes.

San Ruperto descendía de los robertinos o rupertinos, una importante familia que dominaba con el título de conde en la región del medio y alto Rin. De esta familia nació también otro san Ruperto (o Roberto), de Bingen, cuya vida fue escrita por santa Ildegarda. Los robertinos estaban emparentados con los carolingios y tenían su centro de actividades en Worms. Aquí recibió san Ruperto su formación de timbre monástico irlandés. Hacia el 700, como sus maestros, se sintió llevado a la predicación y al testimonio monástico itinerante y por eso viajó a Baviera, obteniendo buenos resultados en Regensburg y en Lorch. Con la ayuda de Teodoro de Baviera fundó, cerca de Salzburgo, en lo que hoy es Seekirchen, una iglesia dedicada a san Pedro. Pero el lugar no parecía apropiado para los proyectos de san Ruperto, y entonces pidió al conde otro territorio, a orillas del río Salzach, cerca de la antigua y decadente ciudad romana de Juvavum.

El monasterio que construyó allí, dedicado también a san Pedro, es el más antiguo de Austria y el núcleo de la nueva Salzburgo. Su desarrollo se debió a la obra de los doce colaboradores que san Ruperto llevó allí de su tierra natal: entre ellos Cunialdo y Gislero, venerados como santos. No lejos del monasterio de san Pedro, surgió también un monasterio femenino, cuya dirección fue confiada a la abadesa Erentrude, sobrina de Ruperto.

Este grupito de valientes fue el que hizo surgir la nueva Salzburgo, que con razón considera a Ruperto como su refundador: “Su figura demuestra cómo una personalidad llena de fuerza y de sensibilidad, ahondando las raíces en las profundidades del espíritu cristiano, puede impedir con inteligencia y sin límites geográficos cualquier decadencia tanto interior como exterior” (J. Henning). San Ruperto murió el 27 de marzo del 718, día de Pascua. Sus reliquias se conservan en la magnífica catedral de Salzburgo, edificada en el siglo XVII.

26 mar. 2014

Santo Evangelio 26 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Miércoles III de Cuaresma


Texto del Evangelio (Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».


Comentario: Rev. D. Vicenç GUINOT i Gómez (Sitges, Barcelona, España)
No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas (...), sino a dar cumplimiento

Hoy día hay mucho respeto por las distintas religiones. Todas ellas expresan la búsqueda de la trascendencia por parte del hombre, la búsqueda del más allá, de las realidades eternas. En cambio, en el cristianismo, que hunde sus raíces en el judaísmo, este fenómeno es inverso: es Dios quien busca al hombre.

Como recordó Juan Pablo II, Dios desea acercarse al hombre, Dios quiere dirigirle sus palabras, mostrarle su rostro porque busca la intimidad con él. Esto se hace realidad en el pueblo de Israel, pueblo escogido por Dios para recibir sus palabras. Ésta es la experiencia que tiene Moisés cuando dice: «¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que le invocamos?» (Dt 4,7). Y, todavía, el salmista canta que Dios «revela a Jacob su palabra, sus preceptos y sus juicios a Israel: no hizo tal con ninguna nación, ni una sola conoció sus juicios » (Sal 147,19-20).

Jesús, pues, con su presencia lleva a cumplimiento el deseo de Dios de acercarse al hombre. Por esto, dice que «no penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). Viene a enriquecerlos, a iluminarlos para que los hombres conozcan el verdadero rostro de Dios y puedan entrar en intimidad con Él.

En este sentido, menospreciar las indicaciones de Dios, por insignificantes que sean, comporta un conocimiento raquítico de Dios y, por eso, uno será tenido por pequeño en el Reino del Cielo. Y es que, como decía san Teófilo de Antioquía, «Dios es visto por los que pueden verle; sólo necesitan tener abiertos los ojos del espíritu (...), pero algunos hombres los tienen empañados».

Aspiremos, pues, en la oración a seguir con gran fidelidad todas las indicaciones del Señor. Así, llegaremos a una gran intimidad con Él y, por tanto, seremos tenidos por grandes en el Reino del Cielo.

26 de marzo SAN BRAULIO, OBISPO DE ZARAGOZA

26 de marzo

SAN BRAULIO, OBISPO DE ZARAGOZA

(† 651)


Hacia el penúltimo decenio del siglo VI nace Braulio, quien más tarde habría de ser obispo de Zaragoza y el más ilustre prelado, después de San Isidoro, en la primera mitad del siglo VII de la España visigótica.

Aunque ignoramos el nombre de la madre y el del lugar de su nacimiento, ciertos indicios y alusiones de sus cartas parecen apuntar hacia Gerona, en tanto que otros orientan hacia Zaragoza nos es conocido, por San Eugenio de Toledo, el de su padre, Gregorio; y por San Ildefonso y el mismo Braulio, el de otro hermano suyo mayor, Juan, que habría de ser su predecesor en la sede zaragozana. El propio Braulio nos habla, además, en la dedicatoria de la Vida de San Millán, de otro hermano, Frunimiano, abad de cierto monasterio; y en sus cartas, de dos hermanas: Pomponia, abadesa, y Basila, acogida en la flor de su juventud y temprana viudez al mismo monasterio de Pomponia, superando así, como dice el ya citado San Eugenio, con el brillo de sus méritos el lustre de su linaje.

Los nombres de los miembros todos de la familia revelan claramente el origen hispano-romano de ésta; y como el mismo padre, Gregorio, terminó siendo obispo, según parece indicarlo un himno de San Eugenio, de una diócesis no identificada —¿tal vez de Osma?—, se nos ofrece aquí un ejemplar no raro en aquella época —baste recordar el del mismo San Isidoro, con dos hermanos obispos, Leandro y Fulgencio, y una hermana abadesa, Florentina— de una familia ilustre, de probada ortodoxia y religiosidad, con fácil y casi hereditario acceso a las altas jerarquías eclesiásticas.

La primera formación piadosa y cultural la recibió Braulio de su hermano mayor, Juan, a quien llama su maestro en la vida común, en la piedad y en la doctrina; verosimilmente, en la escuela aneja al monasterio de Santa Engracia, en la misma Zaragoza, del que debió de ser abad dicho Juan, antes de su promoción al episcopado.

De otro pasaje de las cartas de San Braulio parece deducirse que tampoco fue ajeno a aquella formación su hermano Frunimiano.

San Ildefonso nos habla del docto magisterio de Juan en las sagradas letras y de su pericia en el cómputo eclesiástico y en la liturgia, para la que hubo de componer algunos himnos y otras piezas elegantes; y San Eugenio lo celebra como distinguido en toda clase de disciplinas, y a quien la misma Grecia se inclina; frase esta última que parece aludir a su formación humanística.

Con tan competente maestro logró Braulio adquirir aquella perfecta y amplia formación, de la que tan gallarda muestra nos dejó particularmente en su epistolario, no sólo en todo el ámbito entonces explorado de las ciencias eclesiásticas, sino también en las letras clásicas y aun en la poesía y la música, ya que también Braulio, como su maestro Juan y su discípulo Eugenio, llegará a componer la letra y la melodía de himnos sagrados, que fueron incorporados a la liturgia de la iglesia visigótica.

Pero la plenitud y madurez de esta formación hubo de cuajar en la escuela y al lado del gran San Isidoro de Sevilla. Empujado por la sed, nunca apagada, de aprender y atraído por el prestigio de este gran doctor de la iglesia española, se traslada Braulio a Sevilla, donde sin que podamos precisar fechas, debió de hacer prolongada estancia o pasar parte de su juventud.

De esta permanencia de Braulio al lado de Isidoro, más aún que en plan de discípulo y maestro en plan de compañerismo íntimo y aun; de colaboración, data aquella profunda, tierna y nunca entibiada amistad entre ambos hombres de cultura y siervos de Dios, teñida, en todo caso, por un discreto matiz de protección paternal de parte del anciano y renombrado arzobispo hacia el joven arcediano y mas tarde obispo de Zaragoza, que tan deliciosamente se revela en la mutua correspondencia.

De regreso ya Braulio en Zaragoza y nombrado arcediano de la misma, probablemente al ser promovido el año 619 a la sede episcopal su hermano Juan, le escribe Isidoro llamándole carísimo y dilectísimo hermano. Señor en Cristo y amadísimo hijo; le manda algún libro y le pide otro; le ofrece como obsequio y signo de amistad un anillo y un manto; y hace votos por volver a verle alguna vez, para que, al que contristaste alejándote, de nuevo le alegres presentándote. Corresponde Braulio con grandes demostraciones de cariño y admiración al que llama el más grande de los obispos y el más excelso de los hombres, luminar esplendoroso e inextinguible; expresa, a su vez, vehementes anhelos de volver a encontrarse; le pide las actas de cierto sínodo y, sobre todo, le ruega con insistencia el envío del libro de las Etimologías, al que se cree con especial derecho, por la promesa que Isidoro le tiene hecha, y por haber sido escrito a ruegos del mismo Braulio.

Promovido éste, por muerte de su hermano Juan, el año 631, a la sede episcopal de Zaragoza, de nuevo escribe al arzobispo de Sevilla una larga carta, llena de elegancia y de humor, en la que simulando unas veces enfados, otras quejas doloridas, ya actitudes agresivas, ya súplicas rendidas y humildes, trata con todo ello de obtener el envío tan deseado y aún no conseguido, del libro de las Etimologías.

Esta vez el insaciable bibliófilo obtiene su ferviente aspiración, puesto que recibe de Isidoro, junto con otros códices, los de las Etimologías; aunque no como él los deseaba y había pedido íntegros, enmendados y bien dispuestos, sino, precisamente, para que llevase a cabo la enmienda —y ello es prueba del concepto que Braulio merecía a Isidoro—, que el propio autor, por falta de salud, dice no poder terminar. En toda esta correspondencia entre ambos siervos de Dios se advierte como una puja de mutua estima y de deferencias, de respetos y de confianzas, de caridad y de humildad, de piadosa devoción y de anhelos sobrenaturales, que encanta y edifica.

La presencia de ambos en el IV Concilio de Toledo, del anciano Isidoro en el cenit de su prestigio y autoridad, como presidente de la asamblea, y del recién nombrado y aún poco conocido obispo de Zaragoza —apenas si llevaría dos años en tal puesto—, debió de ser el último encuentro de los dos grandes amigos. Pero al fallecer, tres años más tarde, el arzobispo de Sevilla, Braulio viene a recoger, como por natural sucesión, la herencia moral y el prestigio de aquél, y a constituirse la primera figura de la iglesia española.

Ya en el Concilio V de Toledo, tres meses apenas de la muerte de San Isidoro, parece haber sido nuestro Santo quien dirige las deliberaciones y redacta los cánones, ordenados casi exclusivamente a la elección pacífica y seguridad de los reyes. Pero es, sobre todo, en el concilio siguiente, el VI de Toledo, donde el prestigio del obispo de Zaragoza se impone y resplandece. Sin ser él metropolitano, y a pesar de hallarse presentes cinco de éstos: el de Narbona, el de Braga, el de Toledo, el de Sevilla y el de Tarragona, San Braulio es el comisionado para contestar, en nombre de la asamblea que reunía obispos, como rezan las Actas, de las Españas y de las Galias, a la queja del papa Honorio I contra los obispos españoles, por supuesta negligencia o sobrada lenidad en la defensa de la fe.

Esta queja del Papa, motivada al parecer por una defectuosa información, tal vez por una interpretación inexacta del canon LVII del Concilio IV de Toledo, en el que se censuraban las conversiones de los judíos obtenidas por la coacción, es rechazada por el portavoz de los obispos, con gran decisión y apostólica libertad, a la vez que con respetuosa y filial veneración al Pontífice, e inequívoco reconocimiento del primado de la cátedra romana. Por causas que ignoramos, San Braulio no asistió al Concilio VII de Toledo, que fue presidido por su antiguo discípulo y arcediano, ahora arzobispo de la sede primada, Eugenio, de quien él había hecho un teólogo, un poeta y un santo. Las señaladas posición e influencia preeminentes de San Braulio en la iglesia visigótica española perdurarán ya hasta su muerte. A él acudirán de todas partes y personalidades las más ilustres en busca de consuelo o de consejo y en demanda de soluciones para sus dudas o cuestiones teológicas, escriturarias, canónicas o litúrgicas.

Entre otros: San Eugenio de Toledo, discípulo y arcediano que había sido, como ya hemos dicho, de San Braulio, y a quien éste, que tal vez le preparaba para sucesor suyo, cediera para la sede primada, forzado tan sólo por las presiones del rey Chindasvinto; y San Fructuoso, el legislador del monacato en la España visigótica y promovido más tarde a la sede metropolitana de Braga. Por una frase de San Braulio, respondiendo a éste, se ha querido deducir una relación de parentesco entre ambos. Si ello fuera verdad, tendríamos a San Braulio emparentado con la familia que dio un rey, Sisenando, al trono de Toledo. Los mismos reyes, como Chindasvinto y Recesvinto, reciben de nuestro Santo consejo o lo solicitan en asuntos de Estado los más importantes. Al primero le sugiere San Braulio la conveniencia, para prevenir posibles perturbaciones en la elección de un sucesor en la corona, de asociar ya en vida, como así se hizo, en el trono a su hijo Recesvinto. Este, más tarde, le encarga con insistencia la revisión de un códice —probablemente el proyecto del Fuero Juzgo, presentado en su día al Concilio VIII de Toledo— en el que el rey tenía gran interés, y de cuya laboriosa corrección por el prelado zaragozano le queda muy agradecido.

Para satisfacer a toda esta correspondencia y al intercambio y copia de códices, a cuya búsqueda y adquisición, por donde quiera que averiguase o sospechase su existencia, se dedicó toda su vida con verdadera pasión de bibliófilo, hubo de organizar nuestro Santo un escritorio, en el que, a veces, como él mismo dice, escaseaban los materiales o pergaminos.

Ejemplo de esa pasión bibliófila es su correspondencia con el célebre abad Tajón, quien habría de sucederle en la sede zaragozana. Este, que había acudido también a Braulio con una consulta teológica, y dejó escrito del mismo: ¿Hay en nuestra época hombre más elocuente, más sabio, más familiarizado con los secretos de la ciencia?, había logrado traer de Roma algunos escritos de San Gregorio Magno, aún no conocidos en España, y nuestro Santo se apresura a rogarle, con gran encarecimiento, se los deje para copiarlos. Por cierto que aquí hubo de echar en olvido, y aun compensar con las más deferentes y afectuosas expresiones, las un tanto agrias con que, tiempo atrás, se había visto obligado a responder a alguna intemperancia del mismo Tajón, y de las que pueden ser muestra las siguientes líneas, en las que se revela la cultura clásica del obispo de Zaragoza: "También yo, si quisiera, podría replicar; ...que también yo, como dice Flaco, aprendí letras, y tuve que sustraer con frecuencia la palma al azote de la férula; y también a mí se podría aplicar lo de: huye lejos que lleva heno en el cuerno; y aun aquello de Virgilio: también nosotros, padre, manejamos con diestra fuerte los dardos y el hierro, y también de las heridas que hacemos brota sangre... Pero soy siervo del amor y no quiero perder el tuyo, ni quiero poner en mis palabras cosa de burla o desagradable, como aconseja Ovidio, ni hacer, como dice Apio, alarde de facundia canina; ...antes, imitando la humildad del Maestro y Señor Cristo, queremos seguir a aquel que dice: ofrecí mi espalda a los azotes y mis mejillas a las bofetadas..."

Siempre en la correspondencia del Santo aparece, por encima de todo, la más exquisita cortesía, la delicadeza, la humildad —el encabezamiento ordinario de sus cartas es el de: Braulio, siervo inútil de los santos de Dios—, la caridad, la bondad servicial, un gran sentido de humanismo indulgente y un equilibrio ejemplar de consejo y de conducta.

La carta que cierra el epistolario es la dirigida al abad San Fructuoso, en respuesta a las cuestiones escriturísticas que éste le había propuesto, y viene a ser como un pequeño tratado de exégesis bíblica, en el que se pone de manifiesto el gran conocimiento en nuestro Santo de la patrística, del texto griego y de la verdad hebraica. Hacia el final de esta carta, se lee como una especie de presentimiento de su cercana muerte.

Ya en sus últimas cartas anteriores venía hablando con frecuencia el obispo de Zaragoza de la debilidad de sus fuerzas, de su inutilidad, de sus preocupaciones y contrariedades, compañeras inseparables del cargo pastoral, pero que se hacen más sensibles cuando las energías corporales van perdiendo su poder de resistencia, de sus achaques, en especial de su falta de vista, cansada, sin duda, en la lectura asidua de códices enrevesados y de letra difícil; pero en la última carta nos dice algo más concreto: esperando estoy cada día el fin de mi doliente condición mortal.

Y este presentimiento, que para el Santo era una esperanza, se cumplió el mismo año de 651, fecha de la muerte de San Braulio.

Su mejor elogio fúnebre pudo ser el que en su carta le dirigía el mismo San Fructuoso, y que no era sino la expresión del común sentir de la iglesia visigótica contemporánea: "Damos gracias incesantes a nuestro Creador y Señor, que en estos últimos tiempos ha hecho que seáis tal y tan grande pontífice, que en el mérito de la vida y el don de la doctrina sigáis en todo los ejemplos apostólicos, digno de alcanzar la inefable gloria de la patria suprema, junto con aquellos cuya vida incontaminada imitáis en este tempestuoso mundo."

FIDEL GARCÍA MARTÍNEZ

25 mar. 2014

Santo Evangelio 25 de Marzo de 2014



Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». 

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Comentario: Dr. Johannes VILAR (Köln, Alemania)
Alégrate, llena de gracia

Hoy, en el «alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28) oímos por primera vez el nombre de la Madre de Dios: María (segunda frase del arcángel Gabriel). Ella tiene la plenitud de la gracia y de los dones. Se llama así: "keharitoméne", «llena de gracia» (saludo del Ángel).

Quizás con 15 años y sola, María tiene que dar una respuesta que cambiará la historia entera de la humanidad. San Bernardo suplicaba: «Se te ofrece el precio de nuestra Redención. Seremos liberados inmediatamente, si tú dices sí. Todo el orbe está a tus pies esperando tu respuesta. Di tu palabra y engendra la Palabra Eterna». Dios espera una respuesta libre, y "La llena de gracia", representando a todos los necesitados de Redención, responde: "génoitó", hágase! Desde hoy ha quedado María libremente unida a la Obra de su Hijo, hoy comienza su Mediación. Desde hoy es Madre de los que son uno en Cristo (cf. Gal 3,28). 

Benedicto XVI decía en un interview: «[Quisiera] despertar el ánimo de atreverse a decisiones para siempre: sólo ellas posibilitan crecer e ir adelante, lo grande en la vida; no destruyen la libertad, sino que posibilitan la orientación correcta. Tomar este riesgo —el salto a lo decisivo— y con ello aceptar la vida por entero, esto es lo que desearía trasmitir». María: ¡he aquí un ejemplo!

Tampoco San José queda al margen de los planes de Dios: él tiene que aceptar recibir a su esposa y dar nombre al Niño (cf. Mt 1,20s): Jesua, "el Señor salva". Y lo hace. ¡Otro ejemplo!

La Anunciación revela también a la Trinidad: el Padre envía al Hijo, encarnado por obra del Espíritu Santo. Y la lglesia canta: «La Palabra Eterna toma hoy carne por nosotros». Su obra redentora —Navidad, Viernes Santo, Pascua— está presente en esta semilla. Él es Emmanuel, «Dios con nosotros» (Is 7,15). ¡Alégrate humanidad! 

Las fiestas de San José y de la Anunciación nos prepararan admirablemente para celebrar los Misterios Pascuales.

Comentario: + Rev. D. Josep VALL i Mundó (Barcelona, España)
No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios

Hoy celebramos la fiesta de la Anunciación del Señor. Dios, con el anuncio del ángel Gabriel y la aceptación de María de la expresa voluntad divina de encarnarse en sus entrañas, asume la naturaleza humana —«compartió en todo nuestra condición humana, menos en el pecado»— para elevarnos como hijos de Dios y hacernos así partícipes de su naturaleza divina. El misterio de fe es tan grande que María, ante este anuncio, se queda como asustada. Gabriel le dice: «No temas, María» (Lc 1,30): el Todopoderoso te ha mirado con predilección, te ha escogido como Madre del Salvador del mundo. Las iniciativas divinas rompen los débiles razonamientos humanos.

«¡No temas!». Palabras que leeremos frecuentemente en el Evangelio; el mismo Señor las tendrá que repetir a los Apóstoles cuando éstos sientan de cerca la fuerza sobrenatural y también el miedo o el susto ante las obras prodigiosas de Dios. Nos podemos preguntar el porqué de este miedo. ¿Es un miedo malo, un temor irracional? ¡No!; es un temor lógico en aquellos que se ven pequeños y pobres ante Dios, que sienten claramente su flaqueza, la debilidad ante la grandeza divina y experimentan su poquedad frente a la riqueza del Omnipotente. Es el papa san León quien se pregunta: «¿Quién no verá en Cristo mismo la propia debilidad?». María, la humilde doncella del pueblo, se ve tan poca cosa... ¡pero en Cristo se siente fuerte y desaparece el miedo!

Entonces comprendemos bien que Dios «ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte» (1Cor 1,26). El Señor mira a María viendo la pequeñez de su esclava y obrando en Ella la más grande maravilla de la historia: la Encarnación del Verbo eterno como Cabeza de una renovada Humanidad. Qué bien se aplican a María aquellas palabras que Bernanos dijo a la protagonista de La alegría: «Un sentido exquisito de su propia flaqueza la reconfortaba y la consolaba maravillosamente, porque era como si fuera el signo inefable de la presencia de Dios en Ella; Dios mismo resplandecía en su corazón».

25 de marzo LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

25 de marzo

 
LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

 
¿Cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel? ¿Cómo fue aquella aurora resplandeciente para los hombres? ¿Cómo vino el sol tan callandito y se hizo de día sin que los hombres lo supieran? ¿Cómo fue Gabriel?

¿Imagináis? Es verdad que en los pintores del Renacimiento, como en el veneciano Pennacchi, vemos a María reclinada sobre silla de oro, vestida de seda y de brocado, en estancia lujosa a cuyo fondo se desvanece una perspectiva urbana de pináculo y perros fugitivos. Gabriel, en estos cuadros, despliega la gloria de sus alas, llenando la estancia mientras están frescas las azucenas del búcaro, que —como en casi todas las catedrales españolas—, son el símbolo de la pureza de María y el recuerdo cristiano de este momento. Gabriel abre su mensaje, sobre la filacteria, donde caracteres aún góticos dejan ante nuestros ojos las palabras mágicas: "Ave María, gratia plena...".

Pero ¿fue así de veras? Lástima que la ley mosaica prohibiese pintar y esculpir imágenes, lo que ha hecho imposible la existencia de una iconografía contemporánea de nuestra Madre. ¡Si ni siquiera tenemos el rostro de María! En las catacumbas de Priscila, de principios del siglo II, está la más antigua imagen de María. Pero en tal estado que apenas si se advierte la figura de María sentada, con el Niño en brazos, morena la piel, las líneas suaves y las cejas pobladas.

En las mismas catacumbas está también la primitiva representación del gran momento. Y censurada por San Juan Crisóstomo, a quien no gustaba que el ángel fuese sustituido por un joven, porque tal restaba sobrenaturalidad a la escena. Un curioso libro del padre Interiam de Ayala, publicado en 1730, señala otros errores, como el herético de Valentino, en el que un cuerpecillo baja al seno de María en el raudal de luz celeste, y critica los fondos de palacios suntuosos, las vestiduras sacerdotales o la avanzada edad del ángel, así como la falta de equilibrio religioso o de dignidades en la escena.

Buscad, si queréis, en la historia de la pintura, de la escultura, de la miniatura... En los museos de antiguas ropas sacras y en las colecciones de miniaturas. En todo tiempo, y sobre todo durante el gótico y el románico, la Anunciación es el tema más querido de los artistas. Desde las grutas de Brudisi, del siglo XII, hasta hoy. Llenando el cántaro en la fuente, como en el díptico de Bugatti, o con anteojos y rezando el rosario, que pone a la Señora un pintor andaluz. En las planas y devotas pinturas del Giotto y Fra Angélico, de fray Lippi, de Cosa, de Ferrer Bassa, de Van Eyck...

Pero más nos gustan esas devotas y simples Anunciaciones que en los retablos levantinos anónimos, en los pórticos de las catedrales, en los remates de las columnas de los claustros, reviven la gran escena con la simplicidad admirable de una devoción fervorosa.

Pero... ¿cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel?

Bien sabemos que no había reclinatorios de oro, sino esterillas para el suelo, el suelo de tierra apisonada, endurecida, si acaso con algunas losas de piedra. Bien sabemos que no había estancias lujosas, sino una habitación interna, sin luz, o acaso el patio interior de la casa de Moría, con un brocal para el pozo, una parra para el sol y un poyo de piedra para el cansancio. Bien sabemos que no había perspectiva de pináculos y torres, ni senderos floridos de setos, sino, en todo caso, la sencilla visión de una callecita aldeana, con gallinas picoteando al sol, balidos lejanos, niños jugando en la tierra, el paso alegre de unas muchachas o el cansino y lento caminar de unos bueyes camino de la fuente comunal.

"El ángel entró a donde ella estaba...".

Sí. María estaba en su estancia, seguramente ese cuartito escaso de luz donde resplandecería misteriosamente la figura de Gabriel, correo de Dios. Como varón, igual que se presentó a Daniel en Babilonia. Su luz, sin duda, hizo ver a María, junto a las palabras, que aquél era un enviado de lo Alto.

María tenía su corazón lleno de la esperanza del Mesías. Había decidido consagrarse a la oración. Dar a Dios su virginidad total a cambio de que Yahveh apresurase el envío del que habría de redimir a los hombres. ¡Los hombres! ¡Qué triste y larga historia de caídas, de cobardías, de suciedad, de blasfemias, de idolatría, de pecado, de lodo, de pobre miseria humana! Desde el día triste en que Adán y Eva pierden el favor del Creador, los hombres esperan que una mujer quebrante la cabeza de la serpiente. Los profetas han ido trayendo retazos de esperanza. Han indicado dónde nacerá y de quién, de qué familia, y cómo ha de morir, y cómo han de jugarse los hombres sus vestidos. La esperanza del mundo ha ido haciéndose más intensa, más dolorosa, a medida que los hombres mismos han ido cayendo cada vez más abajo por el camino abrupto de las cobardías y las traiciones a la Ley.

Sobre este mundo corrupto, en cada generación un puñado de hombres buenos montan la guardia de la esperanza. Muchos morirán sin ver el gran día. Pocos podrán tener la suerte de Simeón, a quien el Espíritu ha revelado que no morirá antes de haber visto al Ungido del Señor. Pero la esperanza se ha conservado intacta, de corazón en corazón, como en relevos, hasta llegar a este día. La Doncella piensa en los libros, medita los salmos de su antecesor, el profeta y rey David, madura su corazón en lenta espera. María no espera al Salvador como a caudillo político, a cabeza de rebelión contra Roma. No ve en él, simplemente, un mejorador de la existencia humana del pueblo elegido. Sabe que esta salvación ha de ser total, definitiva, eterna. Zacarías, Ana la profetisa, Simeón, han tenido indicaciones de que el tiempo está ya cercano. Y María, que nace limpia de pecado, elegida ya desde siempre por la voluntad del Padre, está siendo cultivada por Dios mismo en esta ansia de ser mediadora, de ser holocausto, de ser tierra madre donde la semilla de Dios ha de germinar, para que crezca Jesús-Arbol, a cuya sombra el mundo tendrá sentido y la Redención pesará sobre sus secas ramas en forma de cruz. Dios mismo es quien hace nacer en el corazón de María la decisión de consagrarse. De ser santa, tabernáculo, primera custodia que mostrará a los hombres la redondez blanca de Cristo.

¿Imagináis, pues, con qué mesurada ansiedad estaría María dispuesta para algún desconocido signo que le mostrase, al fin, la voluntad de Yahveh? ¡Cómo sería remanso, para que en aguas plácidas se reflejase complacido el rostro del Padre! ¡Cómo sería silencio, para que la voz esperada resonase claramente! ¡Cómo sería "sí" para ayudar al Padre en la gran redención de los hombres!

María, llena de suspiros.

Pero un rosal necesita apoyo. Necesita muro que le guarde de los vientos, de la cellisca y de la nieve. Hacía falta el muro. Hacía falta José. María y José se desposan. José será la sombra ancha y fuerte que necesitarán María y Jesús. Ambos, José y María, han decidido vivir juntos su vida de virginidad. Dice Williams que "la vida oculta de Jesús influía ya de antemano en María y José". Y así, tras la apariencia ordinaria de unos desposorios vulgares, se escondía nada menos que la preparación del hogar de Jesús,

Es en este momento —sexto mes tras la noticia de la concepción de Isabel— cuando Gabriel es enviado por el Señor "a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una Virgen que estaba desposada con un varón llamado José, de la casa de David". Es ahora cuando María está en su cuarto, recogida en silencio y soledad, como un álamo suspirante de pájaros. Y Gabriel, hecho ascua de luz, delante de la doncella, da sus palabras de fuego y de sonrisa.

¿Cómo fue, María? ¿Cómo fue, Gabriel?

Vendría el ángel vestido de impaciencia. Traía, como flechas en aljaba, las palabras de Dios que disparar al corazón esperante de María. Vendría vestido de prisa y con el vestido rojo del amor. Con la sonrisa misma del Padre: "ve a Ella y sonríele de esta manera." ¿Verdad que podemos pensar, enamoradamente, en cómo el Padre instruiría a Gabriel, en cómo le enseñaría a decir las tremendas palabras del saludo, de la felicitación, de la promesa y de la responsabilidad?

"¡Salve, llena de gracia, el Señor está contigo!"

Tú ya sabes, María, que eres llena de gracia. Es el tuyo, Señora, un conocimiento exacto, rotundo, sin pizca de vanidad humana, con plena conciencia de lo que eres. Tú ya sabes que el Señor está contigo, porque seguro que has venido sintiendo estos años su presencia, porque de algún modo Él tiene que haber estado en contacto contigo, aunque sólo sea convirtiendo tu oración en misterioso diálogo. Tú ya sabes que eres la única criatura a quien Dios pueda saludar así, porque, desde Adán, ningún ser humano ha estado lleno de gracia y ha poseído al Señor comoTú.

"Ella se turbó por tal lenguaje y consideraba qué podía significar aquel saludo..."

No era, no, un susto de los sentidos. Era ya el presentimiento del gran momento. María se sabe de Dios, pero ¿qué es lo que habrá de exigirla? ¿Cuál será su voluntad? Ni aun María, criatura del Padre desde su concepción sin pecado, es capaz de imaginar los planes de Dios. Por esto se turba María; esta es la dirección del "consideraba". Pensar en qué manera, Señora, vas a ser utilizada para la Redención, es algo, sin duda, esperado y, sin embargo, capaz de turbar incluso esta alma tuya, que no ha de sentir nunca las oleadas de los hombres. Pero he aquí que ya está el Padre previniendo con exquisito, con delicado amor, el pasmo de María:

"No temas, porque has hallado gracia delante de Dios."

No temas, Señora. ¿Recuerdas ahora las palabras de Isaías?

"El pueblo que andaba entre tinieblas y sombras de muerte ve una luz potente. A los que moraban en el país de oscuridades de muerte les brilla una luz. Tú multiplicas el pueblo y aumentas su alegría... Porque nos ha nacido un niño y se nos ha dado un hijo; sobre sus hombros descansa el señorío..."

María, absorta, tiene ya su corazón en calma. Sabe que es Yahveh mismo quien habla por boca del ángel, y que sus palabras están anunciando su destino, están diciéndole lo que se espera de Ella. Aún antes de que el ángel termine de hablar, María está diciendo que "si" con los ritmos de su corazón. Pero Gabriel sigue:

"Mira, vas a concebir y dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de su padre David; reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fin."

Este es el momento, el gran momento por el que han suspirado los siglos. Las profecías ya tienen sentido y las Palabras empiezan a encajar en sus sitios como ladrillos de un muro. La esperanza misma tiene nombre. Se llama Jesús y viene por los caminos de María, doncella de Nazareth.

Fuera de esta estancia, ya comprendéis, todo sigue igual. Las gallinas siguen picoteando al sol, jugando los niños en los charquitos de la calle, lejanos los hombres negados al misterio, encerrados, bobos ellos, en su prisa, su olvido, su risa y su ignorancia. No ha pasado nada fuera de esta estancia. No ha habido lluvia de estrellas, ni se ha incendiado una zarza, ni el sol ha girado en sí mismo, ni se ha eclipsado la luz. Los hombres, bobos ellos, no saben que la Luz ha venido a este mundo. Que la Luz está ya en este mundo, aunque este mundo no la conocerá sino demasiado tarde para advertirla en sí misma.

Pero aún María querrá allanar los caminos. Y pregunta a Yahveh mismo, a través de Gabriel, con la sencilla admiración de su pureza:

—¿Cómo se efectuará esto, pues yo no conozco varón?"

—"El Espíritu Santo descenderá sobre ti —dice el ángel, explicando lección de teología, aunque casi no hace falta— y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Y mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en edad avanzada, y éste es ya el mes sexto para ella, que es considerada como estéril. Porque para Dios no hay imposibles."

María quiere saber. Saber cómo vendrá a Ella este Hijo misterioso. No es duda del poder omnímodo de Yahveh. Es el deseo, como dice algún comentarista, "de instrucción más precisa".

Y entonces María dice su palabra. Para los tiempos de los tiempos, esta será "la palabra" de María. Esta será la palabra que simbolice la aceptación gozosa de la voluntad de Dios: "Hágase." Es el "sí" de la Señora, el "sí" que el mundo espera anhelosamente en medio de su desconocimiento. Los justos que esperan resurrección al paraíso, los hombres de las generaciones precedentes, contienen un momento el aliento para escuchar la voz sencilla y cálida de María, la voz que va a allanar de veras los caminos de Dios:

—"¡He aquí la esclava del Señor! ¡Hágase en mí según tu palabra"

A la gozosa hora del mediodía, cuando huele a pan caliente y horneado, cuando los niños gritan a la salida de los colegios; cuando los bronces de los relojes dan la letanía de las horas; cuando el sol está más arriba, millones de hombres, a lo largo de los siglos, van a repetir en la emocionante plegaria del Angelus las palabras de María. Dios mismo no ha querido forzar las cosas. ¿No ven los fatalistas, los deterministas, los que pretenden negar la libertad humana, que Dios mismo necesita el "sí" del hombre para hacer su obra sin violentarle? ¿No ve el gran respeto del Padre por sus criaturas, cuando hasta su enviado espera la aceptación de esa muchacha de Nazareth para redimir al mundo? En aquel momento, María, con su "hágase", se abre como camino para que las cosas tengan sentido. Para que el hombre pueda reconciliarse con la herencia perdida y la historia se parta en dos.

"Hágase". La misteriosa palabra de María en la Anunciación.

JOSÉ MARÍA PÉREZ LOZANO

24 mar. 2014

La Cuaresma nos ayuda a salir de las costumbres cansadas

Acción de gracias a Dios por el misterio de su amor crucificado; fe auténtica, conversión y apertura del corazón a los hermanos 
Autor: SS Francisco | Fuente: Catholic.net


Queridos hermanos y hermanas, 

Estamos en el camino cuaresmal que nos llevará al Triduo Pascual, recuerdo de la pasión, muerte y resurrección del Señor, corazón, centro, del misterio de nuestra salvación. La Cuaresma nos prepara a este momento tan importante, y por eso la Cuaresma es un tiempo "fuerte", un punto de inflexión que puede favorecer en cada uno de nosotros el cambio, la conversión. Todos nosotros necesitamos mejorar, cambiar a mejor, y la Cuaresma nos ayuda a salir de las costumbres cansadas y de la perezosa adicción al mal que nos insidia. En el tiempo cuaresmal, la Iglesia nos dirige dos importantes invitaciones: tomar conciencia más viva de la obra redentora de Cristo; vivir con mayor compromiso el propio Bautismo.

La conciencia de las maravillas que el Señor ha obrado por nuestra salvación dispone nuestra mente y nuestro corazón a una actitud de gratitud a Dios por lo que Él nos ha dado, por todo lo que realiza a favor de su Pueblo y de la entera el humanidad. Desde aquí comienza nuestra conversión: ésta es la respuesta agradecida al misterio estupendo del amor de Dios. Cuando nosotros vemos este amor que Dios tiene por nosotros, sentimos el deseo de acercarnos a Él y ésta es la conversión.

Vivir a fondo el Bautismo - aquí está la segunda invitación - significa no acostumbrarnos a las situaciones de degradación y miseria que nos encontramos caminando por las calles de nuestras ciudades y nuestros países. Existe el riesgo de aceptar pasivamente ciertos comportamientos y de no asombrarnos ante las tristes realidades que nos rodean. Nos acostumbramos a la violencia, como si se tratara de una noticia diaria asumida; nos acostumbramos a los hermanos y hermanas que duermen en la calle, que no tienen un techo donde refugiarse. Nos acostumbramos a los prófugos en busca de libertad y dignidad, que no son acogidos como se debería. Nos acostumbramos a vivir en una sociedad que pretende prescindir de Dios, en la que los padres ya no enseñan a sus hijos a orar ni a hacerse la señal de la cruz. Y yo os pregunto: vuestros hijos, vuestros niños, ¿saben hacerse el signo de la cruz? Pensad: ¿vuestros nietos saben hacerse el signo de la cruz? ¿Les habéis enseñado a hacerlo? Pensadlo y contestad en vuestro corazón. ¿Saben rezar el Padrenuestro? ¿Saben rezar a la Virgen con el Avemaría? Pensadlo y respondeos a vosotros mismos. ¡Este acostumbrarnos a comportamientos no cristianos y cómodos nos narcotiza el corazón!

La Cuaresma llega a nosotros como un tiempo providencial para cambiar de rumbo, para recuperar la capacidad de reaccionar frente a la realidad del mal que siempre nos desafía. 

La Cuaresma se vive como un tiempo de conversión, de renovación personal y comunitaria mediante el acercamiento a Dios y la adhesión confiada al Evangelio. De este modo nos permite mirar con ojos nuevos a los hermanos y a sus necesidades. 

Por esto la Cuaresma es un momento favorable para convertirse al amor a Dios y al prójimo; un amor que sepa hacer propio la actitud de gratuidad y de misericordia del Señor, el cual "se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza" (cfr. 2 Cor 8, 9). Meditando los misterios centrales de la fe, la pasión, la cruz y la resurrección de Cristo, nos daremos cuenta de que el don sin medida de la Redención se nos ha dado por la iniciativa gratuita de Dios.

Acción de gracias a Dios por el misterio de su amor crucificado; fe auténtica, conversión y apertura del corazón a los hermanos: estos son los elementos esenciales para vivir el tiempo de Cuaresma. 

En este camino, queremos invocar con particular confianza la protección y la ayuda de la Virgen María: que sea Ella, la primera creyente en Cristo, la que nos acompañe en los días de oración intensa y penitencia, para llegar a celebrar purificados y renovados en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de su Hijo. 

Santo Evangelio 24 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Lunes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 4,24-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.


Comentario: Rev. P. Higinio Rafael ROSOLEN IVE (Cobourg, Ontario, Canadá)
«Ningún profeta es bien recibido en su patria»

Hoy, en el Evangelio, Jesús nos dice «que ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,24). Jesús, al usar este proverbio, se está presentando como profeta.

“Profeta” es el que habla en nombre de otro, el que lleva el mensaje de otro. Entre los hebreos, los profetas eran hombres enviados por Dios para anunciar, ya con palabras, ya con signos, la presencia de Dios, la venida del Mesías, el mensaje de salvación, de paz y de esperanza.

Jesús es el Profeta por excelencia, el Salvador esperado; en Él todas las profecías tienen cumplimiento. Pero, al igual que sucedió en los tiempos de Elías y Eliseo, Jesús no es “bien recibido” entre los suyos, pues son estos quienes llenos de ira «le arrojaron fuera de la ciudad» (Lc 4,29). 

Cada uno de nosotros, por razón de su bautismo, también está llamado a ser profeta. Por eso:

1º. Debemos anunciar la Buena Nueva. Para ello, como dijo el Papa Francisco, tenemos que escuchar la Palabra con apertura sincera, dejar que toque nuestra propia vida, que nos reclame, que nos exhorte, que nos movilice, pues si no dedicamos un tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí seremos un “falso profeta”, un “estafador” o un “charlatán vacío”.

2º Vivir el Evangelio. De nuevo el Papa Francisco: «No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos». Es indispensable tener la seguridad de que Dios nos ama, de que Jesucristo nos ha salvado, de que su amor es para siempre. 

3º Como discípulos de Jesús, ser conscientes de que así como Jesús experimentó el rechazo, la ira, el ser arrojado fuera, también esto va a estar presente en el horizonte de nuestra vida cotidiana.

Que María, Reina de los profetas, nos guíe en nuestro camino.


Comentario: Rev. D. Santi COLLELL i Aguirre (La Garriga, Barcelona, España)
En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria

Hoy escuchamos del Señor que «ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,24). Esta frase —puesta en boca de Jesús— nos ha sido para muchas y muchos —en más de una ocasión— justificación y excusa para no complicarnos la vida. Jesucristo, de hecho, sólo nos quiere advertir a sus discípulos que las cosas no nos serán fáciles y que, frecuentemente, entre aquellos que se supone que nos conocen mejor, todavía lo tendremos más complicado.

La afirmación de Jesús es el preámbulo de la lección que quiere dar a la gente reunida en la sinagoga y, así, abrir sus ojos a la evidencia de que, por el simple hecho de ser miembros del “Pueblo escogido” no tienen ninguna garantía de salvación, curación, purificación (eso lo corroborará con los datos de la historia de la salvación).

Pero, decía, que la afirmación de Jesús, para muchas y muchos nos es, con demasiada frecuencia, motivo de excusa para no “mojarnos evangélicamente” en nuestro ambiente cotidiano. Sí, es una de aquellas frases que todos hemos medio aprendido de memoria y, ¡qué efecto!

Parece como grabada en nuestra conciencia particular de manera que cuando en la oficina, en el trabajo, con la familia, en el círculo de amigos, en todo nuestro entorno social más debiéramos tomar decisiones solamente comprensibles a la luz del Evangelio, esta “frase mágica” nos echa atrás como diciéndonos: —No vale la pena que te esfuerces, ¡ningún profeta es bien recibido en su tierra! Tenemos la excusa perfecta, la mejor de las justificaciones para no tener que dar testimonio, para no apoyar a aquel compañero a quien le está haciendo una mala pasada la empresa, o para no mirar de favorecer la reconciliación de aquel matrimonio conocido.

San Pablo se dirigió, en primer lugar, a los suyos: fue a la sinagoga donde «hablaba con valentía, discutiendo acerca del Reino de Dios e intentando convencerles» (Hch 19,8). ¿No crees que esto era lo que Jesús quería decirnos?

Beato, Diego José de Cádiz, 24 de marzo


24 de marzo
 

BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ

(† 1801)

 
Treinta años de activísima vida misionera no caben en unas páginas. No es posible reducir a tan breve síntesis la labor de este apóstol capuchino, que, siempre a pie, recorrió innumerables veces Andalucía entera en todas direcciones; que se dirigió después a Aranjuez y Madrid, sin dejar de misionar a su paso por los pueblos de la Mancha y de Toledo; que emprendió más tarde un largo viaje desde Roma hasta Barcelona, predicando a la ida por Castilla la Nueva y Aragón, y a la vuelta por todo Levante; que salió, aunque ya enfermo, de Sevilla y, atravesando Extremadura y Portugal, llegó hasta Galicia y Asturias, regresando por León y Salamanca.

Pero hay que recordar, además, que en sus misiones hablaba varias horas al día a muchedumbres de cuarenta y aun de sesenta mil almas (y al aire libre, porque nuestras más gigantescas catedrales eran insuficientes para cobijar a tantos millares de personas, que anhelaban oírle como a un "enviado de Dios"); que tuvo por oyentes de su apostólica palabra, avalada siempre por la santidad de su vida, a los príncipes y cortesanos por un lado y a los humildes campesinos por otro, a los intelectuales y universitarios y a las clases más populares, al clero en todas sus categorías y a los ejércitos de mar y tierra, a los ayuntamientos; y cabildos eclesiásticos y a los simples comerciantes e industriales y aun a los reclusos de las cárceles; que intervino con su consejo personal y con su palabra escrita, bien por dictámenes más o menos públicos, bien por su casi infinita correspondencia epistolar, en los principales asuntos de su época y en la dirección de muchas conciencias; que escribió tal cantidad de sermones, de obras ascéticas y devocionales, que, reunidas, formarían un buen número de volúmenes; que caminaba siempre a pie, con el cuerpo cubierto por áspero cilicio, pero alimentando su alma con varias horas de oración mental al día; y que, si le seguía un cortejo de milagros y de conversiones ruidosas, también supo de otro cortejo doloroso de ingratitudes, de incomprensiones y aun de persecuciones, hasta morir envuelto en un denigrante proceso inquisitorial.

¿Cómo describir, siquiera someramente, tan inmensa labor? La amplitud portentosa de aquella vida, tan extraordinariamente rica de historia y de fecundidad espiritual, durante los últimos treinta años del siglo XVIII, a lo largo y ancho de la geografía peninsular, se resiste a toda síntesis. Sólo de la Virgen Santísima, a la que especialmente veneraba bajo los títulos de Pastora de las almas y de la paz, predicó más de cinco mil sermones. Y seguramente pasaron de veinte mil los que predicó en su vida de misiones, las cuales duraban diez, quince y aun veinte días en cada ciudad.

La misión concreta de su vida y el porqué de su existencia podría resumirse en esta sola frase: fue el enviado de Dios a la España oficial de fines de aquel siglo y el auténtico misionero del pueblo español en el atardecer de nuestro Imperio.

Nuestros intelectuales de entonces y las clases directoras, con el consentimiento y aun con el apoyo de los gobernantes, abrían las puertas del alma española a la revolución que nos venía de allende el Pirineo, disfrazada de "ilustración", de maneras galantes, de teorías realistas. Todo ello producía, arriba, la "pérdida de Dios" en las inteligencias. Luego vendría la "pérdida de Dios" en las costumbres del pueblo. Aquella invasión de ideas sería precursora de la invasión de armas napoleónicas que vendría después.

No todos vieron a dónde iban a parar aquellas tendencias ni cuáles serían sus funestos resultados. Pero fray Diego los vio con intuición penetrante —y mejor diríamos profética—, ya desde sus primeros años de sacerdocio. Por eso escribía: "¡Qué ansias de ser santo, para con la oración aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!... ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!"

Dios le había escogido para hacerle el nuevo apóstol de España, y su director espiritual se lo inculcaba repetidas veces: "Fray Diego misionero es un legítimo enviado de Dios a España". Y convencido de ello, el santo capuchino se dirige a las clases rectoras y a las masas populares. Entre la España tradicional que se derrumba y la España revolucionaria que pronto va a nacer, él toma sus posiciones, que son: ponerse al servicio de la fe y de la patria y presentar la batalla a la "ilustración". Había que evitar esa "pérdida de Dios" en las inteligencias y fortalecer la austeridad de costumbres en la masa popular. Y cuando vio rechazada su misión por la España oficial (¡cuánta parte tuvieron en ello Floridablanca, Campomanes y Godoy!), se dirigió únicamente al auténtico pueblo español, con el fin de prepararle para los días difíciles que se avecinaban.

En su misión de Aranjuez y Madrid (1783) el Beato se dirigió a la corte. Pero los ministros del rey impidieron solapadamente que la corte oyera la llamada de Dios. Intentó también fray Diego traer al buen camino a la vanidosa María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Pero, convencido más tarde de que nada podía esperar, sobre todo cuando Godoy llegó a privado insustituible de Palacio, el santo misionero rompió definitivamente con la corte, llegando a escribir, más tarde, con motivo de un viaje de los reyes a Sevilla: "No quiero que los reyes se acuerden de mi".

Para cumplir fielmente su misión, el Beato recibió de Dios carismas extraordinarios, que podríamos recapitular en estos tres epígrafes: comunicaciones místicas que lo sostuvieran en su empresa, don de profecía y multiplicación continua de visibles milagros.

Pero Dios no se lo dio todo hecho. Hay quienes, conociéndole sólo superficialmente, no ven en él más que al misionero del pueblo que predica con celo de apóstol, acentos de profeta y milagros de santo. Pero junto al orador, al santo, al profeta y al apóstol, aparece también a cada momento el hombre. También él siente las acometidas de la tentación carnal; también él se apoca y sufre cuando se le presenta la contradicción; también él experimenta dificultades y desganas para cumplir su misión; y aun sólo "a costa de estudio y de trabajo" —dice él— logra escribir lo que escribe. Y a pesar de todo, nada de "tremendismo" en su predicación, como no fuera en contados momentos, cuando el impulso divino le arrastraba a ello. Y así, mientras otros piden a Dios el remedio de los pueblos por medio de un castigo misericordioso, "yo lo pido —escribe— por medio de una misericordia sin castigo". Y no se olvide que vivió en los peores tiempos del rigorismo. ¿Y cómo no iba ser así, si él fue siempre. como buen franciscano y neto andaluz, santamente humano y alegre, ameno en sus conversaciones y gracioso hasta en los milagros que hacía?

Pero el celo de la gloria de Dios y el bien de las almas le dominaron de suerte, que ello solo explica aquel perfecto dominio de sus debilidades humanas, aquella actividad pasmosa, lo mismo predicando que escribiendo, y aquel idear disparates: como el deseo de no morir, para seguir siempre misionando; o el de misionar entre los bienaventurados del cielo o los condenados del infierno; o el de marcharse a Francia, cuando tuvo noticias de los sucesos de París en 1793, para reducir a buen camino a los libertinos y forajidos de la Revolución Francesa.

Dícese de Napoleón que, desterrado ya en Santa Elena, exclamaba recordando sus victorias y su derrota definitiva: "La desgraciada guerra de España es la que me ha derribado". Pero esta guerra no la vencieron nuestros reyes ni nuestros intelectuales; la venció aquel pueblo que había recibido con sumisión y fidelidad las enseñanzas del "enviado de Dios". Este pueblo, fiel a la misión de fray Diego, no traicionó a su fe ni a su patria; los intelectuales y gobernantes, que habían rechazado esa misión, traicionaron a su patria, porque ya habían traicionado a su fe.

Sólo Dios puede medir y valorar —como sólo Él los puede premiar— los frutos que produjo la constante y difícil, fecunda y apostólica actividad misionera del Beato Diego José de Cádiz. Describiendo él su vocación religiosa decía: "Todo mi afán era ser capuchino, para ser misionero y santo". Y lo fue. Realizó a maravilla este triple ideal. Su vida fue un don que Dios concedió a España a fines del XVIII. Por la gracia de Dios y sus propios méritos, fray Diego fue capuchino, misionero y santo.

SERAFÍN DE AUSEJO, O. F. M. CAP.