29 jun. 2019

Santo Evangelio 29 de junio 2019



Día litúrgico: 29 de Junio: San Pedro y san Pablo, apóstoles

Texto del Evangelio (Mt 16,13-19):

 En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».


«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»

Mons. Jaume PUJOL i Balcells Arzobispo de Tarragona y Primado de Cataluña 
(Tarragona, España)

Hoy celebramos la solemnidad de San Pedro y San Pablo, los cuales fueron fundamentos de la Iglesia primitiva y, por tanto, de nuestra fe cristiana. Apóstoles del Señor, testigos de la primera hora, vivieron aquellos momentos iniciales de expansión de la Iglesia y sellaron con su sangre la fidelidad a Jesús. Ojalá que nosotros, cristianos del siglo XXI, sepamos ser testigos creíbles del amor de Dios en medio de los hombres tal como lo fueron los dos Apóstoles y como lo han sido tantos y tantos de nuestros conciudadanos.

En una de las primeras intervenciones del Papa Francisco, dirigiéndose a los cardenales, les dijo que hemos de «caminar, edificar y confesar». Es decir, hemos de avanzar en nuestro camino de la vida, edificando a la Iglesia y confesando al Señor. El Papa advirtió: «Podemos caminar tanto como queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, alguna cosa no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia, esposa del Señor».

Hemos escuchado en el Evangelio de la misa un hecho central para la vida de Pedro y de la Iglesia. Jesús pide a aquel pescador de Galilea un acto de fe en su condición divina y Pedro no duda en afirmar: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Inmediatamente, Jesús instituye el Primado, diciendo a Pedro que será la roca firme sobre la cual se edificará la Iglesia a lo largo de los tiempos (cf. Mt 16,18) y dándole el poder de las llaves, la potestad suprema.

Aunque Pedro y sus sucesores están asistidos por la fuerza del Espíritu Santo, necesitan igualmente de nuestra oración, porque la misión que tienen es de gran trascendencia para la vida de la Iglesia: han de ser fundamento seguro para todos los cristianos a lo largo de los tiempos; por tanto, cada día nosotros hemos de rezar también por el Santo Padre, por su persona y por sus intenciones.


«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»

+ Mons. Pere TENA i Garriga Obispo Auxiliar Emérito de Barcelona 
(Barcelona, España)

Hoy es un día consagrado por el martirio de los apóstoles san Pedro y san Pablo. «Pedro, primer predicador de la fe; Pablo, maestro esclarecido de la verdad» (Prefacio). Hoy es un día para agradecer la fe apostólica, que es también la nuestra, proclamada por estas dos columnas con su predicación. Es la fe que vence al mundo, porque cree y anuncia que Jesús es el Hijo de Dios: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Las otras fiestas de los apóstoles san Pedro y san Pablo miran a otros aspectos, pero hoy contemplamos aquello que permite nombrarlos como «primeros predicadores del Evangelio» (Colecta): con su martirio confirmaron su testimonio.

Su fe, y la fuerza para el martirio, no les vinieron de su capacidad humana. No fue ningún hombre de carne y sangre quien enseñó a Pedro quién era Jesús, sino la revelación del Padre de los cielos (cf. Mt 16,17). Igualmente, el reconocimiento “de aquel que él perseguía” como Jesús el Señor fue claramente, para Saulo, obra de la gracia de Dios. En ambos casos, la libertad humana que pide el acto de fe se apoya en la acción del Espíritu.

La fe de los apóstoles es la fe de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Desde la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, «cada día, en la Iglesia, Pedro continúa diciendo: ‘¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo!’» (San León Magno). Desde entonces hasta nuestros días, una multitud de cristianos de todas las épocas, edades, culturas, y de cualquier otra cosa que pueda establecer diferencias entre los hombres, ha proclamado unánimemente la misma fe victoriosa.

Por el bautismo y la confirmación estamos puestos en el camino del testimonio, esto es, del martirio. Es necesario que estemos atentos al “laboratorio de la fe” que el Espíritu realiza en nosotros (San Juan Pablo II), y que pidamos con humildad poder experimentar la alegría de la fe de la Iglesia.

Atraiga Siempre Lo Mejor



Atraiga Siempre Lo Mejor

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.



"Yo sabía que esto me iba a ocurrir y así sucedió". Este comentario lo ha hecho usted muchas veces en el pasado cuando las cosas le han salido mal. Usted temía y anticipaba el futuro atrayéndolo negativamente. Su fe en que la cosas iban a salir mal causó que su potencial interior funcionara contra usted mismo y no en favor suyo. 

Existe una ley por la cual se guían muchas veces sus pensamientos y su conducta. La ley es: Cosas iguales se atraen. Tenga buenos pensamientos y con el tiempo usted atraerá cosas buenas. Tenga pensamientos malos y usted atraerá en última instancia pensamientos malos. Aunque usted conoce las consecuencias de alvergar emociones destructoras y recelosas cuando lo asaltan los temores ¿no le permite usted frecuentemente que existan dentro de su conciencia? Todos desgraciadamente lo permitimos. Por eso, muchas veces no son contestadas nuestras oraciones para liberarnos de una situación difícil o angustiosa; porque se debe disponer la mente para recibir lo que se pide. Usted debe permitir interiormente que el poder de Dios actúe, y dar las imágenes mentales y los sentimientos positivos adecuados. Dios hará maravillas en la medida que usted coopere. 

Si lo que vive en usted es miedo, temor, angustia, amargura, eso es lo que va a atraer, porque dice Jesús en el evangelio: "Que se haga como tu dices que crees"( MT 15,28). - El modo más seguro del mundo de atraer dificultades, es imaginar la posibilidad de que vengan a usted más dificultades - dice Harold Cherman. 

Ahora bien: los problemas son parte de la vida y no van a desaparecer porque tenga una mente positiva. Los problemas serán más fácilmente solucionados con una mente positiva porque usted atraerá las soluciones adecuadas y el señor podrá inspirarle el camino seguro. Si usted está anticipando lo peor mientras dice esperar lo mejor, es muy probable que va a recibir lo peor. Crea que está vencido y lo está. Crea que va a fracasar y fracasará. Las dificultades que encuentra en la vida se solucionarán en la medida que usted esté bien. Enderece su persona y podrá vencer las dificultades. 

Usted no puede pensar en amor y odio al mismo tiempo. Contrólese interiormente y decídase si va a tener una mente positiva o negativa. Una batalla continua está ocurriendo en nuestra conciencia debido a ese juego de sentimientos buenos y malos. Como criaturas que somos de libre voluntad, depende de nosotros crear un control emotivo y mental. Es nuestra misión conquistar nuestros temores y preocupaciones, y dirigir nuestros deseos por canales adecuados. Dice Jesús en el evangelio: "Si tu ojo está sano todo tu cuerpo estará sano". (Mt 6,22-23). La expresión ojo significa mente, yo interior, y cuerpo no sólo lo físico sino nuestros actos. Todo nuestro exterior es consecuencia de nuestro interior. 

Recuerde: usted es el arquitecto y el poder interno que usted tiene es el constructor de la casa que es su propio futuro. Funciona como un magneto, como un imán que atrae todo lo que usted representa mental y sentimentalmente. Las cosas suceden primero en su mente antes que puedan ocurrir en el mundo exterior. Su triunfo o su fracaso está en sus manos. Dígase: -Sé que solamente va a suceder lo bueno porque mi pensamiento es correcto-. Usted se va a convertir en un imán positivo. Busque los medios para que se realice y pídale mucha ayuda al Señor y así atraerá lo bueno. Dice Jesús en la palabra: "El que pide se le da, el que busca halla, aquél que está buscando se le dará lo que busca si con fe pide" (MT 7,7-12). 

Usted internamente tiene un poder increíble que le dio Dios. Por eso hoy le decimos atraiga siempre lo mejor. Sométase a una terapia espiritual donde exista mucha oración y pídale al señor que purifique su mente y su espíritu. Apunte en un papel que es lo que más quiere en la vida en orden de prioridades, y comience a poner los medios para alcanzarlo. Usted empezará a triunfar. El mayor problema que tiene para el triunfo es usted mismo. Sepa que Dios es su Padre y quiere ayudarlo. Piense en el Señor como su mejor alidado, su socio en esta empresa de triunfar, de superarse, de ser mejor. El Señor es maravilloso, el Señor es bueno, el Señor lo ama, el quiere hacer de usted una persona maravillosa, y no se olvide con Dios usted podrá vencer cualquier problema, porque ¡CON EL USTED ES INVENCIBLE!



28 jun. 2019

Santo Evangelio 28 de Junio 2019



Día litúrgico: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (C) (Tercer viernes después de Pentecostés)

Santoral 28 de Junio: San Ireneo de Lyon, obispo y mártir

Texto del Evangelio (Lc 15,3-7): 

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a los fariseos y maestros de la Ley: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, contento, la pone sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».


«Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido»

Rev. D. Pedro IGLESIAS Martínez 
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Desde tiempo inmemorial, el hombre sitúa “físicamente” en el corazón lo mejor o lo peor del ser humano. Cristo nos muestra el suyo, con las cicatrices de nuestro pecado, como símbolo de su amor a los hombres, y es desde este corazón que vivifica y renueva la historia pasada, presente y futura, desde donde contemplamos y podemos comprender la alegría de Aquel que encuentra lo que había perdido.

«Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido» (Lc 15,6). Cuando escuchamos estas palabras, tendemos siempre a situarnos en el grupo de los noventa y nueve justos y observamos “distantes” cómo Jesús ofrece la salvación a cantidad de conocidos nuestros que son mucho peor que nosotros... ¡Pues no!, la alegría de Jesús tiene un nombre y un rostro. El mío, el tuyo, el de aquél..., todos somos “la oveja perdida” por nuestros pecados; así que..., ¡no echemos más leña al fuego de nuestra soberbia, creyéndonos convertidos del todo!

En el tiempo que vivimos, en que el concepto de pecado se relativiza o se niega, en el que el sacramento de la penitencia es considerado por algunos como algo duro, triste y obsoleto, el Señor en su parábola nos habla de alegría, y no lo hace solo aquí, sino que es una corriente que atraviesa todo el Evangelio. Zaqueo invita a Jesús a comer para celebrarlo, después de ser perdonado (cf. Lc 19,1-9); el padre del hijo pródigo perdona y da una fiesta por su vuelta (cf. Lc 15,11-32), y el Buen Pastor se regocija por encontrar a quien se había apartado de su camino.

Decía san Josemaría que un hombre «vale lo que vale su corazón». Meditemos desde el Evangelio de Lucas si el precio —que va marcado en la etiqueta de nuestro corazón— concuerda con el valor del rescate que el Sagrado Corazón de Jesús ha pagado por cada uno de nosotros.

Aprenda del fracaso

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Aprenda del fracaso

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


Todos hemos experimentado fracasos en nuestra vida familiar, en los estudios, en el trabajo o los negocios, en la formación de nuestros hijos, en nuestra relación con Dios y cuando nos enfrentamos con nuestras propias debilidades y pecados. La mayoría de las veces logramos nuestros objetivos y sentimos gran satisfacción, pero otras veces nuestra experiencia es muy distinta. Piense por un momento en el fracaso del Hijo de Dios. Jesús fue abandonado por sus discípulos, burlado y ultrajado por sus enemigos y finalmente colgado en una cruz como si fuera un criminal. Se ha detenido a pensar que, desde el punto de vista humano, el fracaso de Jesús fue increíblemente grande y desastroso. Pero, ¿cuál fue el resultado de ese fracaso, de esa muerte? Sencillamente, Cristo Jesús murió en la cruz para salvarnos de la muerte, para abrirnos las puertas del cielo y para que resucitáramos con El a la vida eterna. ¡Dios transformó el fracaso de su Hijo en una gran victoria! 

Esta es la mayor lección de nuestra vida. No pueden haber triunfos sin fracasos. Por eso decimos que no hay Domingo de Resurrección sin Viernes Santo. No puede haber gloria sin cruz. Nuestra mayor gloria no consiste en nunca caer sino en levantarnos cada vez que caigamos. 

El fracaso se debe ver como lo que es: un maestro que nos enseña nuestras debilidades y nos indica lo que tenemos que hacer para perfeccionarnos, al igual que cualquier campeón en alguna disciplina deportiva. Los fracasos nos conservan humanos, humildes y nos ayudan a entender que, en verdad, no somos Dios sino simples criaturas. Sólo hay un Dios que es perfecto y santo. El hombre sabio e inteligente acepta la derrota como la lección más valiosa. En cambio, los orgullosos y altaneros nunca aprenden de sus fallas porque no las admiten. 

El fracaso es la escuela del éxito. Una cosa es fracasar en la vida y otra es ser un fracasado. El hombre que no hace nada, que no se propone metas ni lucha por lo que quiere no puede sentir que ha fallado porque simplemente no ha intentado siquiera hacer algo. Sin embargo, es un fracasado total porque el éxito real está en la lucha. Si el fallo ha sido por intentar alcanzar metas elevadas y grandes, ¡bendito sea el fracaso! Eso le hará pensar que tiene metas y razones concretas por que vivir y luchar. 

Cualquiera que sean las circunstancias en la vida, un fracaso no es el fin de la jornada sino solamente un paso a lo largo del camino. Cuando cometa un error, sienta cierta cólera, pero no en contra de usted ni contra nadie, sino contra el obstáculo que se le presentó y no pudo superar. Haga que esa cólera se convierta en agresividad positiva. Lo importante es la actitud, la forma de enfrentarse a los problemas y obstáculos, el ver los errores como lecciones y como escalones para la superación. Si usted es una persona positiva, logrará que cada fracaso se convierta en uno de los grandes bloques que van dando forma a la estructura de su vida. 

Si alguna vez la derrota toca a la puerta de su vida, su tarea va a consistir en no rendirse nunca sino en levantarse y continuar enforzándose para aprender de sus errores y vencer. Toda derrota es una bendición en cierto modo, pues la vida no consiste en una sola oportunidad sino en muchas. Estudie cuidadosamente y analice las razones por las que fracasa y así aprenderá a tener éxito. La derrota es un acompañante cotidiano que nos hace volver a evaluar nuestras metas para decidir si son auténticas y si vale la pena el esfuerzo de seguir luchando por ellas. 

Usted debe aprender a superarse y crecer, porque una cosa es que fracase en algo en la vida y otra es que sea un fracasado. No permita que un fracaso destruya su entusiasmo e iniciativa y acabe con su voluntad para luchar. Comience cada día con un pensamiento motivador. Piense que usted va a llevar a cabo todo lo que pueda proponerse ese día y que Dios lo acompañará a realizarlo. El Señor transformará sus posibles fracasos en grandes éxitos. 

Dios nos ama profundamente con un amor que hace surgir lo mejor de nosotros. El no nos abandona cuando fallamos sino que está siempre con nosotros para que no nos desanimemos. Con Dios podemos cambiar nuestra debilidad en fortaleza porque El nos ama, aún y a pesar de lo que hemos hecho. Esto es algo verdaderamente maravilloso que nunca debemos olvidar para conservarlo siempre en nuestra mente y nuestro corazón. Recuerde que CON DIOS, SOMOS . . . ¡INVENCIBLES! 



27 jun. 2019

Aprecie y ame su matrimonio

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Aprecie y ame su matrimonio

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


Si estudiamos un poco las causas de los problemas matrimoniales que sacuden a tantas familias, veremos que el desconocimiento del valor de la persona humana, la falta de un diálogo profundo, el no saber perdonar, el no tener tiempo para convivir, y el ambiente de inmoralidad reinante, resquebrajan trágicamente la vida matrimonial. 

Cuando se deja de apreciar, valorar y querer a la persona que Dios le dio; cuando uno se hace ciego ante las inmensas riquezas espirituales y humanas que tiene el cónyuge; cuando se desconoce, se olvida el por qué se enamoró uno del que después sería "carne de su carne", poco a poco, se entra en un terreno de tiera movediza y se hunde la estabilidad matrimonial. 

Mucha gente experimentando esta situación dramática, que muchas veces ocurre por descuido, desidia, se encuentra el día menos pensado con un vacío grande ... "desapareció el ser amado", se rompió la vinculación afectiva. No se dieron cuenta de que al no cultivar el jardín, al no cuidar las plantas de la ternura, la escucha, el respeto, el dedicar tiempo al encuentro personal; todo esto produjo un enfiramiento y un triste alejamiento de ambos. Todo esto ocurre gradualamente. Y el día menos pensado se levantan por la mañana y se dan cuenta de que "se les murió el amor". De que ya nada los une. Se fueron alejando, fabricando su muro de indiferencia, creyendo que el amor conyugal se mantenía simplemente porque hubo un tiempo en que sí se amaron intensamente. El descuido en este campo produjo un ambiente peligroso. Ya no había resonancia en las palabras, en los suspiros, en los anhelos ... un frío interno congelaba sus almas. Al final ... dos extraños viviendo juntos. 

¡Todo esto nos anuncia un drama! El divorcio, la soledad, los hijos sin papá o mamá, o en la vida en casa pero llena de tensiones, peleas, gritos ... un infierno. Para que esto no ocurra en su caso le decimos: APRECIE Y AME SU MATRIMONIO. Comience a sembrar una manera nueva de amarse, convivir, como en sus mejores tiempos. ¡Vamos!; a dialogar más, a estar más tiempo juntos, a escucharse más. A aplicar el gran remedio de la ternura y la comprensión. A olvidar los malos momentos del pasado, a perdonar y a querer más a su cónyuge. A valorar más las virtudes y cualidades que tiene. A no desperdiciar momentos para estar más cerca de su ser amado y convivir con él o con ella. A participar de sus sufrimientos e ideales, de sus preocupaciones y triunfos, de sus alegrías y de sus tristezas. A reir juntos, a llorar juntos. A en verdad vivir siendo "una sola carne". Aprecie y ame su matrimonio. 

Juntos arrodíllense, oren al Señor, las manos juntas, imploren al Señor que entre en sus vidas, que sea El quien conduzca su matrimonio, quien los mantenga unidos hasta el final ¡Hasta que la muerte los separe! Y no se olviden, con Dios todo se puede, porque ¡con El son INVENCIBLES! 



Santo Evangelio 27 de Junio 2019


Día litúrgico: Jueves XII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 7,21-29): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Y entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!’. 

»Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.


«No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos»

Rev. D. Joan Pere PULIDO i Gutiérrez Secretario del obispo de Sant Feliu 
(Sant Feliu de Llobregat, España)

Hoy nos impresiona la afirmación rotunda de Jesús: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). Por lo menos, esta afirmación nos pide responsabilidad en nuestra condición de cristianos, al mismo tiempo que sentimos la urgencia de dar buen testimonio de la fe.

Edificar la casa sobre roca es una imagen clara que nos invita a valorar nuestro compromiso de fe, que no puede limitarse solamente a bellas palabras, sino que debe fundamentarse en la autoridad de las obras, impregnadas de caridad. Uno de estos días de junio, la Iglesia recuerda la vida de san Pelayo, mártir de la castidad, en el umbral de la juventud. San Bernardo, al recordar la vida de Pelayo, nos dice en su tratado sobre las costumbres y ministerio de los obispos: «La castidad, por muy bella que sea, no tiene valor, ni mérito, sin la caridad. Pureza sin amor es como lámpara sin aceite; pero dice la sabiduría: ¡Qué hermosa es la sabiduría con amor! Con aquel amor del que nos habla el Apóstol: el que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera».

La palabra clara, con la fuerza de la caridad, manifiesta la autoridad de Jesús, que despertaba asombro en sus conciudadanos: «La gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7,28-29). Nuestra plegaria y contemplación de hoy, debe ir acompañada por una reflexión seria: ¿cómo hablo y actúo en mi vida de cristiano? ¿Cómo concreto mi testimonio? ¿Cómo concreto el mandamiento del amor en mi vida personal, familiar, laboral, etc.? No son las palabras ni las oraciones sin compromiso las que cuentan, sino el trabajo por vivir según el Proyecto de Dios. Nuestra oración debería expresar siempre nuestro deseo de obrar el bien y una petición de ayuda, puesto que reconocemos nuestra debilidad.

-Señor, que nuestra oración esté siempre acompañada por la fuerza de la caridad.

26 jun. 2019

Santo Evangelio 26 de junio 2019



Día litúrgico: Miércoles XII del tiempo ordinario

Santoral 26 de Junio: San Josemaría, presbítero

Texto del Evangelio (Mt 7,15-20): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis».


«Por sus frutos los reconoceréis»

+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret 
(Vic, Barcelona, España)

Hoy, se nos presenta ante nuestra mirada un nuevo contraste evangélico, entre los árboles buenos y malos. Las afirmaciones de Jesús al respecto son tan simples que parecen casi simplistas. ¡Y justo es decir que no lo son en absoluto! No lo son, como no lo es la vida real de cada día.

Ésta nos enseña que hay buenos que degeneran y acaban dando frutos malos y que, al revés, hay malos que cambian y acaban dando frutos buenos. ¿Qué significa, pues, en definitiva, que «todo árbol bueno da frutos buenos (Mt 7,17)»? Significa que el que es bueno lo es en la medida en que no desfallece obrando el bien. Obra el bien y no se cansa. Obra el bien y no cede ante la tentación de obrar el mal. Obra el bien y persevera hasta el heroísmo. Obra el bien y, si acaso llega a ceder ante el cansancio de actuar así, de caer en la tentación de obrar el mal, o de asustarse ante la exigencia innegociable, lo reconoce sinceramente, lo confiesa de veras, se arrepiente de corazón y... vuelve a empezar.

¡Ah! Y lo hace, entre otras razones, porque sabe que si no da buen fruto será cortado y echado al fuego (¡el santo temor de Dios guarda la viña de las buenas vides!), y porque, conociendo la bondad de los demás a través de sus buenas obras, sabe, no sólo por experiencia individual, sino también por experiencia social, que él sólo es bueno y puede ser reconocido como tal a través de los hechos y no de las solas palabras.

No basta decir: «Señor, Señor!». Como nos recuerda Santiago, la fe se acredita a través de las obras: «Muéstrame tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe» (Sant 2,18).

Aprenda a escuchar

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Aprenda a escuchar

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


Hay muchas barreras que impiden a los seres humanos entablar una comunicación adecuada y un encuentro más profundo con sus semejantes. Una de estas barreras es no querer o saber escuchar. 

Dice la Palabra de Dios que nuestra Madre, María Santísima, escuchaba la voz de su Señor y guardaba todas las cosas en su corazón. ¡Qué pocas personas en verdad se atreven a guardar silencio y paz en su corazón! La persona que aprende a escuchar medita y profundiza lo que Dios le dice, crece en su interior, se convierte en un gigante en conocimientos y es la que puede llegar a ser sabia. Los discípulos de Jesús llegaron a ser grandes maestros y predicadores, porque primero fueron seguidores de Cristo y lo supieron escuchar. 

El que escucha ama en silencio y se hace parte de la otra persona. Guarda en su corazón un recinto sagrado donde invita a esa persona con quien quiere comunicarse a reposar con él y allí, interiormente en su alma, lo atiende. El que escucha se convierte en un hombre de paz. El que aprende a escuchar aprende también a respetar la presencia de la otra persona. 

El que escucha en el diálogo a su prójimo, sea su hermano, su esposo o esposa, sus hijos o sus amigos, se hace más humano. Esa persona llega a amar más, porque comprende y conoce mejor a los demás. Cuando le toca hablar sabe bien lo que dice; porque primero escucha, medita en su corazón y luego expresa sus pensamientos y sentimientos. Una manera de hacer amigos de verdad consiste simplemente en saber escuchar. Cuando el amor matrimonial se está resquebrajando, muchas veces la causa es que no se están escuchando mutuamente. 

Una cosa es oír y otra muy distinta es escuchar. El que escucha de verdad en alguna forma está amando, colocando al otro en el sitial que le corresponde como ser humano e hijo de Dios. Escuchar no significa tener que estar siempre de acuerdo con la otra persona, pero sí aceptarla en sus diferentes manifestaciones. Así, el otro se siente acogido, querido e importante y se realiza un pequeño, pero gran milagro de amor, un renacimiento interior.

Algunas de las barreras que no permiten escuchar e impiden la comunicación son: 

No querer comprometerse: Es mucho más cómodo vivir solo, tranquilo y sin preocupaciones. Si se comunica y escucha a alguna persona, se compromete a ser su amigo, lo cual puede implicar amar y servir a esa persona y preocuparse por ella. 

Tener otros intereses: Hay personas que valoran su finca, su negocio, su dinero, su ropa y muchas otras cosas materiales más que a las personas. Es muy triste cuando se pone una cosa u objeto material como un valor superior por encima de un ser humano. 

Falta de paciencia: A muchas personas les falta paciencia y control emocional para escuchar. Existen personas que no tienen un momento de paz y tranquilidad para escuchar, porque supuestamente tienen muchas otras cosas que hacer. En el fondo es un mecanismo de defensa, una forma de escaparse de la realidad. 

Falta de comprensión: Es necesario comprender que la otra persona es un ser humano, además de ser su esposa, su esposo, su papá o su mamá, su hijo o su hija, su jefe, su subalterno o su amigo. El que en verdad escucha entiende que cada persona es un ser humano irrepetible y único. Esa persona es ALGUIEN que tiene algo importante que comunicarle, porque ÉL es importante. Como tal, tiene un mensaje que transmitir. 

Por eso, le retamos a que intente aprender el buen y saludable hábito de escuchar. Escuche a Dios y también a usted mismo, pues sus ideas y pensamientos más profundos son importantes. No se minusvalore. Anote sus ideas más luminosas y haga un diario. 

Dios lo escucha siempre. Él es su mejor amigo y lo comprende. El Señor tiene todo el tiempo que usted necesita y siempre está disponible para atenderlo. Tenga plena confianza en Dios, acérquese más al Señor orando mucho, expóngale todo con sus propias palabras. Háblele con amor y fe y Él lo escuchará y CON ÉL, USTED SERÁ. . . ¡INVENCIBLE ! 
                       

25 jun. 2019

Santo Evangelio 25 de Junio 2019



Día litúrgico: Martes XII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 7,6.12-14): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen. Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran».


«No deis a los perros lo que es santo»

Diácono D. Evaldo PINA FILHO 
(Brasilia, Brasil)

Hoy, el Señor nos hace tres recomendaciones. La primera, «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos» (Mt 7,6), contrastes en que los “bienes” son asociados a “perlas” y lo “que es santo”; y, por otro lado, los “perros y puercos” a lo que es impuro. San Juan Crisóstomo nos enseña que «nuestros enemigos son iguales a nosotros en su naturaleza pero no en su fe». A pesar de que los beneficios terrenales son concedidos de igual manera a los dignos e indignos, no es así en lo que se refiere a las “gracias espirituales”, privilegio de aquellos que son fieles a Dios. La correcta distribución de los bienes espirituales implica un celo por las cosas sagradas.

La segunda es la llamada “regla de oro” (cf. Mt 7,12), que compendiaba todo lo que la Ley y los Profetas recomendaron, tal como ramas de un único árbol: El amor al prójimo presupone el Amor a Dios, y de Él proviene.

Hacer al prójimo lo que queremos que nos hagan implica una transparencia de acciones para con el otro, en el reconocimiento de su semejanza a Dios, de su dignidad. ¿Por qué razón deseamos el Bien para nosotros mismos? Porque lo reconocemos como medio de identificación y unión con el Creador. Siendo el Bien el único medio para la vida en plenitud, es inconcebible su ausencia en nuestra relación con el prójimo. No hay lugar para el bien donde prevalezca la falsedad y predomine el mal.

Por último, la "puerta estrecha"... El Papa Benedicto XVI nos pregunta: «¿Qué significa esta ‘puerta estrecha’? ¿Por qué muchos no pueden pasar por ella? ¿Es un pasaje reservado para algunos elegidos?». ¡No! El mensaje de Cristo «nos dice que todos podemos entrar en la vida. El pasaje es ‘estrecho’, pero abierto a todos; ‘estrecho’ porque es exigente, requiere compromiso, abnegación, mortificación del propio egoísmo».

Roguemos al Señor que realizó la salvación universal con su muerte y resurrección, que nos reúna a todos en el Banquete de la vida eterna.

Aprecie a Dios en la sencillez de cada día



Aprecie a Dios en la sencillez de cada día


Vamos a meditar en la Palabra de Dios: "En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo y se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces, Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: Maestro, qué bien se está aquí. Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabían lo que decían. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube que dijo: Éste es mi Hijo Amado, escúchenlo. De pronto, al mirar alrededor no vieron a nadie mas que a Jesús solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña Jesús les mandó: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos. Le preguntaron por qué dicen los letrados que primero tiene que venir Elías. Les contestó Él: Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Les digo que Elías ya ha venido y que han hecho con él lo que han querido como estaba escrito". 

Hoy es un día maravilloso y el Señor nos habla de mil maneras. La presencia de Cristo la sentimos en el alma, en el corazón. Y hoy el Señor nos llena más de su Espíritu, porque nos prepara siempre para grandes cosas. Quiere que estemos siempre listos para todo lo que Él nos va a ir presentando. Este texto del evangelio es precioso, como toda Palabra de Dios. Escoge a tres discípulos, los lleva a lo más alto de un monte y se transfigura delante de ellos. Una luz impresionante, una voz: "Éste es mi Hijo Amado", aparecen Elías y Moisés, ellos caen rostro en tierra, no saben qué decir, ven la belleza de la gloria de Dios transfigurado, Jesucristo es todo luz. Ellos asombrados, asustados, Pedro balbucea unas palabras casi incoherentes, no sabía lo que decía, porque había mucho que hacer allá abajo en las faldas del monte, en las aldeas y en los pueblos y en Jerusalén. 

Jesús se transfiguró, todo su cuerpo brillaba como una luz. Lo hizo una sola vez, suficiente para que ellos no lo olvidaran. ¿A qué viene esto? A lo de su vida diaria. No todos los días tendrá usted una experiencia exuberante a nivel espiritual que lo va a mantener casi en un éxtasis, no. Algunas veces en su vida, Dios le regala experiencias gozosas a nivel espiritual, que son contadas, y que no podemos olvidarlas. Recuérdelas como anticipos de la gloria de Dios. Pero lo normal es que en nuestra vida diaria, en nuestra oración, nuestra experiencia del Señor sea sencilla. Es decir, en su vida cristiana no esté usted esperando solamente los momentos gozosos, relevantes, sino aprecie en lo diario la belleza de Dios que viene de mil maneras sencillas, sutiles, humildes, como lo vemos a Él en el pan de vida y como le adoramos en Jesús Sacramentado. Así aparece Él todos los días sencillito, pero hay que tener los ojos de la fe para descubrirlo. 

Hay gente que quiere tener siempre revelaciones, apariciones, quiere estar escuchando y viendo cosas. Sí, es verdad que el Señor y la Virgen se aparecen, pero a personas muy contadas y santas. Hay quienes por ahí dicen que tienen apariciones y, primero, que no son nada santos y, segundo, que la gente que anda siempre esperando apariciones o revelaciones, usa mucho la imaginación. Y comienza a ver lo que quiere ver y a oír lo que quiere oír. Y eso no es lo que Dios dice, no es lo que Dios revela; es lo que uno se imagina. ¡Cuidado! Y en tercer lugar, hay gente desequilibrada, gente que le da por ver cosas y están para ser atadas, es decir, para ser encerradas.

En cambio, un cristianismo maduro, un cristianismo que es el evangélico, es el de los apóstoles que vieron una sola vez a Cristo transfigurado aparecer como una luz. Los demás días lo vieron sudoroso, cansado, caminando con su ropa pobre, su túnica, su manto y sus sandalias viejas por los caminos de Israel. Lo vieron en el pozo aquel, pidiéndole agua a la Samaritana y explicándole con paciencia que es Él la fuente de agua viva. Lo vieron combatiendo y peleando con los fariseos y vieron a Cristo en los trigales con los discípulos arrancando los granos de trigo por hambre. Lo vieron comer y dormir en las noches, algunas veces a la intemperie y luego en la cruz asesinado. Aprenda usted a ver a Cristo en la sencillez de todos los días, aprenda a verlo en las cosas más simples. Él todos los días aparece, pero no espere esas impresionantes revelaciones, porque se va a quedar sentado muchos años aguardando y, mientras, la vida se le escapa y la vida es como un río cuya agua no vuelve jamás a pasar por el mismo lugar. 

Aprecie a Dios en la simplicidad de los acontecimientos diarios. Búsquelo en la Palabra, en los hermanos y en los más pobres. Aprecie a Dios en lo sencillo y así será usted ¡invencible en Él!  

         Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.
              

«Entrad por la puerta estrecha»

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«Entrad por la puerta estrecha»

+ Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué 
(Manresa, Barcelona, España)

Hoy, Jesús nos hace tres recomendaciones importantes. No obstante, centraremos nuestra atención en la última: «Entrad por la entrada estrecha» (Mt 7,13), para conseguir la vida plena y ser siempre felices, para evitar ir a la perdición y vernos condenados para siempre.

Si echas un vistazo a tu alrededor y a tu misma existencia, fácilmente comprobarás que todo cuanto vale cuesta, y que lo que tiene un cierto nivel está sujeto a la recomendación del Maestro: como han dicho con gran profundidad los Padres de la Iglesia, «por la cruz se cumplen todos los misterios que contribuyen a nuestra salvación» (San Juan Crisóstomo). Una vez me decía, en el lecho de su agonía, una anciana que había sufrido mucho en su vida: «Padre, quien no saborea la cruz no desea el cielo; sin cruz no hay cielo».

Todo lo dicho contradice a nuestra naturaleza caída, aunque haya sido redimida. Por eso, además de enfrentarnos con nuestro natural modo de ser, tendremos que ir a contracorriente a causa del ambiente de bienestar que se fundamenta en el materialismo y en el goce incontrolado de los sentidos, que buscan —al precio de dejar de ser— tener más y más, obtener el máximo placer.

Siguiendo a Jesús —que ha dicho «Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12)—, nos damos cuenta que el Evangelio no nos condena a una vida oscura, aburrida e infeliz, sino todo lo contrario, pues nos promete y nos da la felicidad verdadera. No hay más que repasar las Bienaventuranzas y mirar a aquellos que, después de entrar por la puerta estrecha, han sido felices y han hecho dichosos a los demás, obteniendo —por su fe y esperanza en Aquel que no defrauda— la recompensa de la abnegación: «El ciento por uno en el presente y la vida eterna en el futuro» (Lc 18,30). El “sí” de María está acompañado por la humildad, la pobreza, la cruz, pero también por el premio a la fidelidad y a la entrega generosa.

24 jun. 2019

Santo Evangelio 24 de junio 2019



Día litúrgico: 24 de Junio: El Nacimiento de san Juan Bautista

Texto del Evangelio (Lc 1,57-66.80): 

Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: ‘Juan es su nombre’. Y todos quedaron admirados. 

Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.


«El niño crecía y su espíritu se fortalecía»

Rev. D. Joan MARTÍNEZ Porcel 
(Barcelona, España)

Hoy, celebramos solemnemente el nacimiento del Bautista. San Juan es un hombre de grandes contrastes: vive el silencio del desierto, pero desde allí mueve las masas y las invita con voz convincente a la conversión; es humilde para reconocer que él tan sólo es la voz, no la Palabra, pero no tiene pelos en la lengua y es capaz de acusar y denunciar las injusticias incluso a los mismos reyes; invita a sus discípulos a ir hacia Jesús, pero no rechaza conversar con el rey Herodes mientras está en prisión. Silencioso y humilde, es también valiente y decidido hasta derramar su sangre. ¡Juan Bautista es un gran hombre!, el mayor de los nacidos de mujer, así lo elogiará Jesús; pero solamente es el precursor de Cristo.

Quizás el secreto de su grandeza está en su conciencia de saberse elegido por Dios; así lo expresa el evangelista: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). Toda su niñez y juventud estuvo marcada por la conciencia de su misión: dar testimonio; y lo hace bautizando a Cristo en el Jordán, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto y, al final de su vida, derramando su sangre en favor de la verdad. Con nuestro conocimiento de Juan, podemos responder a la pregunta de sus contemporáneos: «¿Qué será este niño?» (Lc 1,66).

Todos nosotros, por el bautismo, hemos sido elegidos y enviados a dar testimonio del Señor. En un ambiente de indiferencia, san Juan es modelo y ayuda para nosotros; san Agustín nos dice: «Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha a Cristo, repito, no porqué tú le ofrezcas algo a Él, sino para progresar tú en Él». En Juan, sus actitudes de Precursor, manifestadas en su oración atenta al Espíritu, en su fortaleza y su humildad, nos ayudan a abrir horizontes nuevos de santidad para nosotros y para nuestros hermanos.

¡Alto; respétese!



¡Alto; respétese!

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


¡Alto; respétese! El respeto hacia uno mismo consiste en una valoración objetiva de sus propias capacidades, virtudes y posibilidades y es esencial para su crecimiento personal. Mucha gente se falta el respeto, se subestima y se condena así al más espectacular y doloroso fracaso. Si usted acostumbra darse bofetadas y ofenderse, deténgase ya y respétese porque seguramente fracasará en la vida. 

Respetarse significa tomar conciencia de sus increíbles cualidades, no subestimarse, despreciarse o considerarse un ser insignificante incapaz de luchar y tener éxito. Respetarse significa valorarse objetivamente, pero no sobre-dimensionando equivocadamente sus valores, o sea, añadiendo más valores de los que se tienen pues eso conduce a la frustración. No se trata de ir del extremo de decir que no posee valores al extremo de pensar que tiene todos los valores y cualidades del mundo. Tampoco así. Juzgarse con imparcialidad implica evaluar sinceramente lo que tiene con rectitud, honradez y objetividad. La gente suele respetar a los que luchan y triunfan gracias a su esfuerzo, dedicación, capacidad e intelecto. 

Mucha gente no utiliza el talento y la capacidad que realmente tiene. Como se sub- o sobre-estiman, desperdician por acción u omisión sus condiciones reales. La gente piensa que para triunfar en la vida hay que tener cualidades increíbles, que no pueden aspirar a mucho porque no tienen la capacidad de otras personas. Eso no es tan cierto. Hay personas que han escalado la cima de la perfección, el éxito y la plenitud sin poseer demasiada inteligencia ni habilidad. Sencillamente, los triunfadores saben explotar eficazmente su capacidad porque parten se conocen bien y pueden valorar en profundidad sus virtudes y utilizarlas. Otros, con más capacidad, no triunfan por no utilizar sus virtudes y capacidades a su máxima potencialidad. 

Hay bastante gente en verdad hábil y talentosa, con muchas cualidades, pero es penoso y doloroso ver cómo desaprovechan lo que tienen, se empantanan en el camino hacia la perfección y fracasan. Posiblemente usted no se haya valorado y ha andado por la vida dando bofetadas a su alma pensando que es un ser inferior. Si es así, es triste el irrespeto tan terrible que está cometiendo contra su propio ser. 

Existe una fuerza interior, sembrada por Dios en el alma, que es el poder de la superación personal. Es un riquísimo manantial que está dentro del alma de cada ser humano pero muchas veces no se utiliza a plenitud. Los psicólogos dicen que ese gran poder no se usa simplemente porque no nos conocemos, ni nos lanzamos en pos de grandes y nobles ideales. Si usted supiera lo que tiene dentro de sí y utilizara eficaz y adecuadamente ese grandioso poder interno que Dios le ha dado, sería una persona enormemente exitosa en la vida. En la medida en que explote su potencialidad innata, será una persona cada vez más plena. 

Si usted conoce mejor el lugar que ocupa en la vida, sabrá que es en buena parte producto de sus acciones u omisiones. Mucha gente está donde está porque no busca ni intenta colocarse en otro plano, es decir, no hace el esfuerzo necesario para modificar su situación positivamente. La mayoría ignora que en su interior existe una enorme fuerza de realización que puede encauzar brillantemente a través de su voluntad de superación, de ese manantial interno inmenso que espera ser utilizado. 

El auto-conocimiento, el respeto a sí mismo y la auto-ayuda forman un sólo ente indisoluble. El respeto es la base y la fuerza para pulir, ampliar, desarrollar y ejercitar sus fuerzas intelectuales, físicas y psíquicas. El auto-conocimiento le dará la certeza, seguridad y confianza de que posee todo lo necesario para triunfar. Si usted toma conciencia de esto, se ubicará en una posición objetiva para enfrentar y emprender con éxito todo aquello para lo cual Dios lo creó. Se motivará a respetarse, a no ofenderse ni disminuirse, creyendo que es incapaz de luchar y condenándose de antemano al fracaso. 

Mucha gente no se respeta, se desprecia, se infra-valora, se ofende y abofetea con su complejo de inferioridad. ¡No sea usted una de ellas! Conozca bien su propio ser y aproveche al máximo todo lo que Dios le ha dado para superarse. Toda persona que se conoce, se respeta y tiene confianza en sus propias fuerzas está en las mejores condiciones de triunfar. Si usted no lucha ni se esfuerza por desarrollar y pulir lo que tiene, no aprenderá a respetarse ni otros lo harán. 

En la vida hay que competir de una manera u otra, pero la competencia más profunda debe ser con uno mismo para superarse, como los deportistas que se empeñan para superar sus propias marcas. Para tener éxito, hay que competir con los récords y puestos a que haya llegado en la vida para seguir y no conformarse con lo que ha logrado. También hay que competir con otras personas en los negocios, estudios, puestos y cargos y exigirse mucho personalmente para ocupar el lugar que se merece. La vida exige superación y cada uno puede siempre realizarse más para superar honradamente a otras personas en base a trabajo, esfuerzo, conocimientos y experiencia. Pero es más importante rivalizar y luchar con uno mismo. ¡Siempre uno puede dar más! 

Es fundamental que usted cambie y adquiera un mayor respeto de sí mismo. Conozco personas con cualidades y aptitudes muy normales, que no sobresalen por sus extraordinarias cualidades. Pero sí triunfan de una manera asombrosa en el campo de la santidad, de la vida cristiana, en el campo profesional y familiar porque tienen un auto-conocimiento profundo de su ser y se respetan muchísimo. 

Así han existido y existen tantas personas que han aprovechado lo que Dios les dio. Escuche esta interesante frase de Og Mandino: "quiero hacer con mi barro un palacio y no una cueva". Se une la misma tierra con otros elementos para construir un edificio grande como un palacio, y también para construir una choza. Todos tenemos el mismo barro, pero unos construyen palacios en su vida y su realización personal y otros cuevas o chozas. ¿Qué hará usted? 

En este mensaje al corazón, le invito, suplico e imploro que se respete más. ¡Alto en ese camino en que lleva su vida! Descubra su dignidad, lo mucho que vale y quién es realmente: un ser único, irrepetible y maravilloso. Le digo de todo corazón que usted tiene un valor enorme como ser humano, hijo de Dios. Respétese, valórese y quiérase más; luche por usted mismo. Descubra que todos necesitamos de los demás. Comience a surgir y realizarse porque, en parte, todos dependemos de usted para ser felices. Siempre se puede cambiar con la ayuda de Dios. Recuerde que con Dios, usted es . . . ¡INVENCIBLE! 




23 jun. 2019

Santo Evangelio 23 de junio 2019



Día litúrgico: Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (C) (Segundo domingo después de Pentecostés)

Texto del Evangelio (Lc 9,11b-17): 

En aquel tiempo, Jesús les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado». Él les dijo: «Dadles vosotros de comer». Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». 

Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta». Hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.


«Dadles vosotros de comer»

Rvdo. D. Manuel COCIÑA Abella 
(Madrid, España)

Hoy es el día más grande para el corazón de un cristiano, porque la Iglesia, después de festejar el Jueves Santo la institución de la Eucaristía, busca ahora la exaltación de este augusto Sacramento, tratando de que todos lo adoremos ilimitadamente. «Quantum potes, tantum aude...», «atrévete todo lo que puedas»: ésta es la invitación que nos hace santo Tomás de Aquino en un maravilloso himno de alabanza a la Eucaristía. Y esta invitación resume admirablemente cuáles tienen que ser los sentimientos de nuestro corazón ante la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Todo lo que podamos hacer es poco para intentar corresponder a una entrega tan humilde, tan escondida, tan impresionante. El Creador de cielos y tierra se esconde en las especies sacramentales y se nos ofrece como alimento de nuestras almas. Es el pan de los ángeles y el alimento de los que estamos en camino. Y es un pan que se nos da en abundancia, como se distribuyó sin tasa el pan milagrosamente multiplicado por Jesús para evitar el desfallecimiento de los que le seguían: «Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos» (Lc 9,17).

Ante esa sobreabundancia de amor, debería ser imposible una respuesta remisa. Una mirada de fe, atenta y profunda, a este divino Sacramento, deja paso necesariamente a una oración agradecida y a un encendimiento del corazón. San Josemaría solía hacerse eco en su predicación de las palabras que un anciano y piadoso prelado dirigía a sus sacerdotes: «Tratádmelo bien». 

Un rápido examen de conciencia nos ayudará a advertir qué debemos hacer para tratar con más delicadeza a Jesús Sacramentado: la limpieza de nuestra alma —siempre debe estar en gracia para recibirle—, la corrección en el modo de vestir —como señal exterior de amor y reverencia—, la frecuencia con la que nos acercamos a recibirlo, las veces que vamos a visitarlo en el Sagrario... Deberían ser incontables los detalles con el Señor en la Eucaristía. Luchemos por recibir y por tratar a Jesús Sacramentado con la pureza, humildad y devoción de su Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

Alto! ¿A Donde va sin metas?

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¡Alto! ¿A Donde va sin metas? 


¿Sabía usted que Dios nos hizo como algo muy especial, únicos e irrepetibles y que además nos hizo con un propósito específico? ¿Entonces, cómo es que usualmente caminamos por la vida dando tumbos aquí y allá? ¿Será que no nos hemos planteado en serio la vida? ¿o sencillamente no le hemos dado un verdadero sentido a nuestra existencia? ¿Será tal vez que nos asusta pensar en el ¿por qué vivimos? - en el ¿por qué estamos aquí y adonde vamos? - ¿qué queremos ser en la vida? y otras tantas interrogantes más. O simplemente que no encontramos respuestas porque hasta ahora, no nos habíamos hecho un planteamiento serio a este respecto. Sin embargo, pongámonos a pensar ¿qué puede esperar del futuro, una persona que vive sin ilusiones, sin metas? ¿Qué balance podrá hacer al final de su vida? 
Pues bien: para remediar esta situación y ser mejores, así como para darle un verdadero significado a nuestra vida, debemos fijarnos metas y objetivos precisos. Tener metas es tener razones para vivir, triunfos que conquistar y propósitos para luchar. 

Examinando cuidadosamente cada aspecto de nuestra vida podremos determinar los vacíos que deben ser llenados, pero no debemos hacernos un planteamiento superficial del problema. Tenemos que combinar razonablemente los aspectos materiales y espirituales y proponernos metas que abarquen todas las facetas de nuestro propio ser. Metas espirituales, humanas y materiales, pues subestimar alguno de estos aspectos nos llevaría a una vida vacía e incompleta. 

Triunfar significa mantener una verdadera armonía entre muchísimos factores. Entonces si queremos triunfar vamos a plantearnos en serio nuestra vida, ya que se vive sólo una vez. Plantémonos metas que realmente valgan la pena, que realmente nos sirvan para llevar una vida plena y más útil. Establezcamos metas en función de nuestras propias necesidades, de nuestro interés específico, del ambiente en que nos desenvolvemos. No copiemos. Seamos nosotros mismos, auténticos y no permitamos que nadie anule nuestro juicio personal. 

Sabemos que no es fácil, pero aún estamos a tiempo. Al igual que las grandes empresas, empecemos a planear el futuro, planifiquemos actividades a mediano y largo plazo. Organicemos planes y programas y cumplámoslos en la medida de nuestras posibilidades. 

Elijamos correctamente nuestros objetivos, pues el no hacerlo nos llevará a una existencia gris y sin perspectivas y nos llevará inevitablemente a un descontento con nosotros mismos, que se reflejará en nuestra propia autoestima, en el carácter y hasta en la salud. 

Pidámosle mucho a Dios sabiduría y discernimiento para conocer ¿cuáles son nuestras metas en la vida?. Hagamos una lista objetiva y sincera; que ésta se convierta en una verdadera declaración de principios y no en un pedazo de papel en el que hay un puñado de esperanzas; allí estará el programa de nuestra vida. 

Haciendo esto estaremos dando el paso que marca el principio de una existencia plena y feliz. 

Ánimo, empecemos hoy recordando siempre que CON DIOS USTED ES INVENCIBLE. 


 Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.