19 jul. 2019

Santo Evangelio 19 de julio 2019



Día litúrgico: Viernes XV del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 12,1-8): 

En aquel tiempo, Jesús cruzaba por los sembrados un sábado. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado». Pero Él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado».


«Misericordia quiero y no sacrificio»

Rev. D. Josep RIBOT i Margarit 
(Tarragona, España)

Hoy el Señor se acerca al sembrado de tu vida, para recoger frutos de santidad. ¿Encontrará caridad, amor a Dios y a los demás? Jesús, que corrige la casuística meticulosa de los rabinos, que hacía insoportable la ley del descanso sabático: ¿tendrá que recordarte que solo le interesa tu corazón, tu capacidad de amar?

«Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado» (Mt 12,2). Lo dijeron convencidos, eso es lo increíble. ¿Cómo prohibir hacer el bien, siempre? Algo te recuerda que ningún motivo te excusa de ayudar a los demás. La caridad verdadera respeta las exigencias de la justicia, evitando la arbitrariedad o el capricho, pero impide el rigorismo, que mata al espíritu de la ley de Dios, que es una invitación continua a amar, a darse a los demás.

«Misericordia quiero y no sacrificio» (Mt 12,7). Repítelo muchas veces, para grabarlo en tu corazón: Dios, rico en misericordia, nos quiere misericordiosos. «¡Qué cercano está Dios de quien confiesa su misericordia! Sí; Dios no anda lejos de los contritos de corazón» (San Agustín). ¡Y qué lejos estás de Dios cuando permites que tu corazón se endurezca como una piedra!

Jesucristo acusó a los fariseos de condenar a los inocentes. Grave acusación. ¿Y tú? ¿te interesas de verdad por las cosas de los demás? ¿los juzgas con cariño, con simpatía, como quien juzga a un amigo o a un hermano? Procura no perder el norte de tu vida.

Pídele a la Virgen que te haga misericordioso, que sepas perdonar. Sé benévolo. Y si descubres en tu vida algún detalle que desentone de esta disposición de fondo, ahora es un buen momento para rectificar, formulando algún propósito eficaz.

La Cosecha

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Recuerda que recogeremos, infaliblemente, aquello que hemos sembrado.

Si estamos sufriendo, es porque recogemos los frutos amargos de los
errores que hemos sembrado en el pasado.

Permanece alerta en lo que se refiere al momento presente.

Planta ahora semillas de optimismo y de amor, para recoger mañana frutos
de alegría y de felicidad.

Cada uno recoge, exactamente, lo que sembró.

18 jul. 2019

Santo Evangelio 18 de julio 2019



Día litúrgico: Jueves XV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 11,28-30): 

En aquel tiempo, Jesús dijo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».


«Venid a mí todos los que estáis fatigados (…), yo os daré descanso»

P. Julio César RAMOS González SDB 
(Mendoza, Argentina)

Hoy, ante un mundo que ha decidido darle la espalda a Dios, ante un mundo hostil a lo cristiano y a los cristianos, escuchar de Jesús (que es quien nos habla en la liturgia o en la lectura personal de la Palabra), provoca consuelo, alegría y esperanzas en medio de las luchas cotidianas: «Venid a mí todos los que estáis fatigados (…), yo os daré descanso» (Mt 11,28-29). 

Consuelo, porque estas palabras contienen la promesa del alivio que proviene del amor de Dios. Alegría, porque hacen que el corazón manifieste en la vida, la seguridad en la fe de esa promesa. Esperanzas, porque caminando, en un mundo así de resuelto contra Dios y nosotros, los que creemos en Cristo sabemos que no todo acaba con un fin, sino que muchos “fines” fueron “principios” de cosas mucho mejores, como lo mostró su propia resurrección.

Nuestro fin, para principio de novedades en el amor de Dios, es estarse siempre con Cristo. Nuestra meta es ir indefectiblemente al amor de Cristo, “yugo” de una ley que no se basa en la limitada capacidad de los voluntarismos humanos, sino en la eterna voluntad salvadora de Dios. 

En ese sentido nos dirá Benedicto XVI en una de sus Catequesis: «Dios tiene una voluntad con y para nosotros, y ésta debe convertirse en lo que queremos y somos. La esencia del cielo estriba en que se cumpla sin reservas la voluntad de Dios, o para ponerlo en otros términos, donde se cumple la voluntad de Dios hay cielo. Jesús mismo es “cielo” en el sentido más profundo y verdadero de la palabra, es Él en quien y a través de quien se cumple totalmente la voluntad de Dios. Nuestra voluntad nos aleja de la voluntad de Dios y nos vuelve mera “tierra”. Pero Él nos acepta, nos atrae hacia Sí y, en comunión con Él, aprendemos la voluntad de Dios». Que así sea, entonces.

¡Cuidado con la ira!

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¡Cuidado con la ira! 

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


La ira es como una tormenta en el mar. Las olas continúan mucho después que la tempestad se apacigua, porque la turbulencia de la ira no puede aquietarse al instante. La ira asciende hasta que la situación tiene todo el drama de un enjambre de avispas que ataca. Esa excitación que se experimenta con la ira, que lleva a hervir la sangre y hacer que todo el organismo tienda a la destrucción de otros, se convierte al final en auto-destrucción. 
Muchísima gente que sufre de esas explosiones de ira, aún después de un largo rato de haber estallado, siguen experimentando a nivel físico y mental las consecuencias. Lo peor es que la trascendencia de su ira en otras personas puede durar mucho más tiempo. El mal que se hace con las manifestaciones de ira es tan terrible que ha destrozado matrimonios, aniquilado familias, echado a la ruina a empresas y provocado hasta crímenes horrorosos. 

El malestar que viene después de un estallido de ira es tan depresivo que hace a la persona sufrir no solamente por el agotamiento físico, mental y espiritual, sino por el daño que ha hecho y por el consiguiente complejo de culpa que siente. Si usted se aficiona o habitúa a la ira, después no podrá controlar sus emociones y hará daño a mucha gente y a usted mismo. En las etapas avanzadas, esta "adicción" a la ira puede ser casi tan difícil de curar como el alcoholismo y algunas formas de drogadicción. 

La ira es auto-veneno y también hiere profundamente a los demás convirtiéndolos en enemigos. A la vez, despierta la ira de esas personas en contra suya. ¡La ira engendra ira! 

Entonces, ¿qué hacer con la ira? Pues, tome conciencia que la ira enferma y produce graves problemas en uno y en los demás. Séneca dijo, "el mejor remedio para la ira es la dilación." Thomas Jefferson sugirió: "cuando estés enojado, cuenta hasta cien antes de hablar." Estos consejos viejos y gastados han resistido la prueba de uso frecuente y ¡funcionan! Hay que recordar lo triste y lamentable de las consecuencias de la ira. La idea es dar tiempo y pensar para entonces hablar, actuar, escribir o intentar corregir defectos en otras personas. Es interesante observar cómo se actúa de manera tan diferente después de unas horas de que sucedió el hecho que tanto le molestó. 

Acostúmbrese a hablar con suavidad; mejore sus ademanes y gestos. Trate de tener el hábito de la delicadeza en el trato. En la medida en que pueda, controle mejor sus ímpetus y manifiéstese siempre pacífico y tranquilo. Debe proponerse hacer el esfuerzo para lograrlo. 

La ira puede controlarse, puesto que todas las emociones son respuestas que se dan a un estímulo. Se puede controlar la intensidad de las emociones con inteligencia y voluntad. La persona se puede pre-condicionar para no reaccionar exageradamente y responder de manera distinta. Puede cambiar su estilo o manera de comportamiento para reaccionar más positivamente. También se aconseja reír ante una ofensa o provocación y luego olvidar lo que le han hecho. Esto le ayuda a no reventar con ira. 

La necesidad psicológica de vencer siempre a las personas es falsa e inefectiva. Es mucho más seguro y cristiano reconciliarse con una persona, a la que se considera un enemigo, que vencerlo. Un enemigo reconciliado puede ser su amigo; un enemigo vencido sigue siendo su enemigo, y quizás mucho más vengativo. Debemos perdonar a nuestros enemigos, cumpliendo el mandato del Señor de amar hasta al enemigo. 

Cuando a usted lo insulten, ¡ignórelo! Aunque le haga un poco de daño, ríase del insulto y trate de perdonar. Analice también un poquito el insulto a ver si no lo merece un poco; podría aprender de ello. Algunas veces nuestros enemigos nos hacen un favor al decirnos con más claridad las cosas que quizás nuestros amigos no se atreven a decirnos por pena o miedo a herirnos. Claro, ellos lo hacen con otra intención, pero se puede escarbar para ver la parte de verdad que puedan tener. Hay que tener mucha madurez para asimilarlo y cambiar en aquellas cosas que debemos. Por otra parte, los que dicen ser sus enemigos le hacen otro favor: ejercitan su paciencia y caridad; ponen a prueba su madurez en la medida en que usted se discipline, se controle y no responda con ira. Así, ellos se encargan de reforzar su paciencia y demás virtudes. Cuando lo ofendan, manténgase frío como un témpano de hielo. 

Estos consejos muchas veces son difíciles de aplicar. Todos hemos caído muchas veces en la ira, pero con esto no se gana nada. Es mejor mantenerse tranquilo, aunque eso no significa que usted pierde su derecho a defenderse con las medidas más adecuadas, humanas y cristianas. Defiéndase, pero no caiga nunca en la ira o el odio contra aquel que lo ofende. 

Entregue a Jesús aquello que le molesta. Tranquilícese; manténgase más sereno y equilibrado. Trate de tomar la vida con más calma. Haga un esfuerzo y se sentirá muchísimo mejor. Confíe y entréguese más al Señor. Quien vive en Dios lo tiene todo. Con el Señor las cosas marchan mejor. No olvide que, CON DIOS, SOMOS . . . ¡INVENCIBLES! 




17 jul. 2019

Santo Evangelio 17 de julio 2019



Día litúrgico: Miércoles XV del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 11,25-27): 

En aquel tiempo, Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».


«Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños»

P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP 
(San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

Hoy, el Evangelio nos ofrece la oportunidad de penetrar, por así decir, en la estructura de la misma divina sabiduría. ¿A quien entre nosotros no le apetece conocer desvelados los misterios de esta vida? Pero hay enigmas que ni el mejor equipo de investigadores del mundo nunca llegará siquiera a detectar. Sin embargo, hay Uno ante el cual «nada hay oculto (...); nada ha sucedido en secreto» (Mc 4,22). Éste es el que se da a sí mismo el nombre de “Hijo del hombre”, pues afirma de sí mismo: «Todo me ha sido entregado por mi Padre» (Mt 11,27). Su naturaleza humana —por medio de la unión hipostática— ha sido asumida por la Persona del Verbo de Dios: es, en una palabra, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, delante la cual no hay tinieblas y por la cual la noche es más luminosa que el pleno día.

Un proverbio árabe reza así: «Si en una noche negra una hormiga negra sube por una negra pared, Dios la está viendo». Para Dios no hay secretos ni misterios. Hay misterios para nosotros, pero no para Dios, ante el cual el pasado, el presente y el futuro están abiertos y escudriñados hasta la última coma.

Dice, complacido, hoy el Señor: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11,25). Sí, porque nadie puede pretender conocer esos o parecidos secretos escondidos ni sacándolos de la obscuridad con el estudio más intenso, ni como debido por parte de la sabiduría. De los secretos profundos de la vida sabrá siempre más la ancianita sin experiencia escolar que el pretencioso científico que ha gastado años en prestigiosas universidades. Hay ciencia que se gana con fe, simplicidad y pobreza interiores. Ha dicho muy bien Clemente Alejandrino: «La noche es propicia para los misterios; es entonces cuando el alma —atenta y humilde— se vuelve hacia sí misma reflexionando sobre su condición; es entonces cuando encuentra a Dios».

16 jul. 2019

Santo Evangelio 16 de julio 2019



Día litúrgico: Martes XV del tiempo ordinario

Santoral 16 de Julio: La Virgen del Carmen

Texto del Evangelio (Mt 11,20-24): 

En aquel tiempo, Jesús se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti».


«¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!»

Fr. Damien LIN Yuanheng 
(Singapore, Singapur)

Hoy, Cristo reprende a dos ciudades de Galilea, Corozaín y Betsaida, por su incredulidad: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, (...) se habrían convertido» (Mt 11,21). Jesús mismo da testimonio en favor de las ciudades fenicias, Tiro y Sidón: éstas hubieran hecho penitencia, con gran humildad, de haber experimentado las maravillas del poder divino.

Nadie es feliz recibiendo una buena reprimenda. En efecto, tiene que ser especialmente doloroso ser reprendido por Cristo, Él que nos ama con un corazón infinitamente misericordioso. Simplemente, no hay excusa, no hay inmunidad cuando uno es reprendido por la mismísima Verdad. Recibamos, pues, con humildad y responsabilidad cada día la llamada de Dios a la conversión.

También notamos que Cristo no se anda con rodeos. Él situó a su audiencia frente a frente ante la verdad. Debemos examinarnos sobre cómo hablamos de Cristo a los demás. A menudo, también nosotros tenemos que luchar contra nuestros respetos humanos para poner a nuestros amigos frente a las verdades eternas, tales como la muerte y el juicio. El Papa Francisco, conscientemente, describió a san Pablo como un “alborotador”: «El Señor siempre quiere que vayamos más lejos... Que no nos refugiemos en una vida tranquila ni en las estructuras caducas (…). Y Pablo, molestaba predicando al Señor. Pero él iba hacia adelante, porque tenía dentro de sí aquella actitud cristiana que es el celo apostólico. No era un “hombre de compromiso”». ¡No rehuyamos nuestro deber de caridad!

Quizá, como yo, encontrarás iluminadoras estas palabras de san Josemaría Escrivá: «(…) Se trata de hablar en sabio, en cristiano, pero de modo asequible a todos». No podemos dormirnos en los laureles —acomodarnos— para ser entendidos por muchos, sino que debemos pedir la gracia de ser humildes instrumentos del Espíritu Santo, con el fin de situar de lleno a cada hombre y a cada mujer ante la Verdad divina.

«¡Ay de ti, Corozaín!

Cuidado con el Stress

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Cuidado con el stress

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.



Y..¿Qué es el stress? Es un agotamiento y desgana que viene por el exceso de tensión y angustia; por un trabajo excesivo o mal organizado. Es una enfermedad más bien moderna; muchísima gente la padece. Baja nuestras defensas emocionales, mentales y aún físicas. Permite la entrada de pensamientos negativos y problemas físicos en el corazón, el estómago, la espalda y el sistema nervioso.

Se sabe que las preocupaciones excesivas y el vivir acelerados lleva al stress. Vivir siempre tensos, llevando el motor en primera y esperando en cualquier momento el golpe por los miedos irracionales, lleva a este agotamiento. Las personas siempre preocupadas por el futuro, atormentadas por ideas obsesivas, negativas (miedos a enfermedades), demasiado ocupados en conseguir, tener y competir, en cualquier momento tienen su caída, su apagón de luz y se quedan como los abejorros de mayo; esos pequeños insectos que aparecen volando, dando tumbos por las paredes de las casas, hasta que caen. Algunas personas experimentan un desmoronamiento tan grande que no vuelven a levantarse. Por eso, evite tantas preocupaciones. Sea más optimista, más positivo, tenga más fe en el Señor. No por mucho preocuparse va a alterar el futuro. Rompa pues el hábito de la preocupación.

Tome su tiempo de descanso. Aprenda métodos de relajación. Ejercite una respiración profunda y tenga tiempo para meditar, orar y oir música. Tenga además sus pasatiempos positivos como Churchill, que en plena guerra mundial se retiraba a pintar cuadros. Usted tiene derecho a un tiempo para usted.

Evite los miedos irracionales a enfermedades crueles, a una desgracia familiar, a la muerte. Para gozar de buena salud tenga una dieta adecuada, haga ejercicios, examínese periódicamente y ejercite una mente positiva. Viva el presente y goce de esos momentos cumbres que da la vida en los pequeños detalles. No quiera hacer todo a la vez. Organícese. Tenga sus prioridades. Una jerarquía de valores le permitirá invertir su tiempo y energía de manera adecuada y racional.

Cuidado con el aburrimiento y el hastío, porque esto paradójicamente produce agotamiento. Tenga siempre algo que hacer. Alguien ha dicho que se necesitan estas cosas para ser feliz: alguien a quien amar, algo que hacer y algo por lo cual tener esperanza.

Tenga cuidado con estar en conflicto con la moral y con su conciencia. No haga pues cosas de las que tenga que arrepentirse después. Vivir en el sí y en el no, produce tensión y esto lleva

al stress. Trate de estar en paz con todo el mundo. La enemistad y el rencor agotan y le quitan energía.

Acérquese más al Señor. El dijo: - Vengan a mi los que estén cansados y agobiados y yo los aliviaré - (Mt.11, 28-29) . Jesús nos da la paz, la alegría, el amor. El puede devolvernos la energía que nos hace falta. El puede ayudarnos en todo porque ¡CON EL SOMOS INVENCIBLES!.