3 dic. 2016

Santo Evangelio 3 de Diciembre 2016



Día litúrgico: Sábado I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 9,35-10,1.6-8): En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». 

Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «Dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».

«Rogad (...) al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
Rev. D. Xavier PAGÉS i Castañer 
(Barcelona, España)


Hoy, cuando ya llevamos una semana dentro del itinerario de preparación para la celebración de la Navidad, ya hemos constatado que una de las virtudes que hemos de fomentar durante el Adviento es la esperanza. Pero no de una manera pasiva, como quien espera que pase el tren, sino una esperanza activa, que nos mueve a disponernos poniendo de nuestra parte todo lo que sea necesario para que Jesús pueda nacer de nuevo en nuestros corazones.

Pero hemos de tratar de no conformarnos sólo con lo que nosotros esperamos, sino —sobre todo— ir a descubrir qué es lo que Dios espera de nosotros. Como los doce, también nosotros estamos llamados a seguir sus caminos. Ojalá que hoy escuchemos la voz del Señor que —por medio del profeta Isaías— nos dice: «El camino es éste, síguelo» (Is 30,21, de la primera lectura de hoy). Siguiendo cada uno su camino, Dios espera de todos que con nuestra vida anunciemos «que el Reino de Dios está cerca» (Mt 10,7).

El Evangelio de hoy nos narra cómo, ante aquella multitud de gente, Jesús tuvo compasión y les dijo: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38). Él ha querido confiar en nosotros y quiere que en las muy diversas circunstancias respondamos a la vocación de convertirnos en apóstoles de nuestro mundo. La misión para la que Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo requiere de nosotros que seamos sus continuadores. En nuestros días también encontramos una multitud desorientada y desesperanzada, que tiene sed de la Buena Nueva de la Salvación que Cristo nos ha traído, de la que nosotros somos sus mensajeros. Es una misión confiada a todos. Conocedores de nuestras flaquezas y handicaps, apoyémonos en la oración constante y estemos contentos de llegar a ser así colaboradores del plan redentor que Cristo nos ha revelado.

Empezar a prepararnos para Navidad y la vida eterna...




Empezar a prepararnos para Navidad y la vida eterna...

Dejemos de poner nuestro corazón en las cosas pasajeras y pensemos más en los bienes eternos.
Por: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net 


Estamos en tiempo de Adviento Es el tiempo santo de preparación que la Iglesia Católica celebra desde el principio de los cuatro domingos anteriores a la Navidad.

Siempre que vamos a tener un gran acontecimiento en nuestras vidas, nos preparamos. Así se preparaban en los tiempos antiguos para la llegada del MESÍAS.

Así nosotros hemos de prepararnos para esta Nochebuena, para esta Navidad en que celebraremos la llegada del Niño-Dios.

Esto es una conmemoración pero también se nos pide una preparación muy especial para la segunda llegada de Jesucristo como Supremo Juez, también llamada Parusía en la que daremos cuenta del provecho que hayamos sacado de su Nacimiento y de su muerte de Cruz.

El día en que hemos de morir es el acontecimiento más grande e importante para el ser humano. No resulta agradable hablar de ello ni pensar en esto. Tal vez por ser lo único cierto que hay en nuestra vida: la muerte. Es más agradable quedarnos en la fiesta, en la alegría de una hermosa Navidad.

Pero no olvidemos que este episodio ya fue. El otro está por venir. Aún no llega, pero... llegará. Velen, pues, y hagan oración continuamente para que puedan comparecer seguros ante el Hijo del Hombre Juan 21, 25-28,34-36. Estas son las palabras de Jesús a sus discípulos, en aquellos tiempos y nos las está repitiendo continuamente en nuestro presente.

Dejemos de poner nuestro corazón en las cosas pasajeras y pensemos más en los bienes eternos. ¿Quién podrá comparecer seguro ante el Hijo del Hombre? Tan solo el pensamiento de este Juicio nos hace estremecer.

Pero recobremos la esperanza sabiendo que seremos juzgados con gran misericordia y amor si en este tiempo de Adviento nos preparamos rebosante de amor mutuo y hacia los demás como dice San Pablo en su carta a los tesalonicenses, porque tuve sed y me disteis de beber, porque tuve hambre y me disteis de comer...

Pensemos en los demás. Olvidemos en este tiempo de Adviento nuestro "pequeño mundo" y volvamos los ojos a los que nos necesitan, a los que nada tienen, a los que podemos hacer felices dándoles nuestra compañía, nuestro amor y apoyo, una palabra de ternura y aliento, una sonrisa... Siempre está en nuestra mano hacer dichoso a un semejante. Solo así podremos estar seguros ante la presencia y el Juicio de Nuestro Señor Jesucristo que lleno de amor y misericordia unirá a nuestras pobres acciones los méritos de su pasión y muerte.

Preguntas o comentarios al autor   Ma. Esther de Ariño












Construir sobre roca



Construir sobre roca

¿Es una cosa sorprendente que el Señor haya cambiado el nombre de Simón por el de Pedro? (Jn 1,42).  “Pedro” quiere decir “roca”; el nombre de Pedro es, pues,   símbolo de la Iglesia. ¿Quién está seguro sino el que construye sobre roca? Y ¿qué es lo que dice el mismo Señor? “Todo el que  escucha las palabras que yo digo y las pone en práctica es comparable a un hombre sensato que construye su casa sobre roca. Cae la lluvia, bajan los torrentes, los vientos soplan contra esta casa, pero ella no se ha hundido, porque estaba cimentada sobre la roca...” 

¿De qué le sirve entrar en la Iglesia al que quiere construir sobre arena? Escucha la palabra de Dios pero no la  pone en práctica; así es que construye sobre arena.  Si no escuchara no construiría, escucha pues, y edifica. Pero ¿sobre qué fundamento? Si escucha la palabra de Dios y la  pone en práctica, es sobre roca; si la escucha y no la pone en práctica, es sobre arena. Se puede, pues, construir de dos maneras distintas... Si te contentas con escuchar sin poner por obra lo que has escuchado, construyes una ruina... Si, por el contrario, no escuchas, te quedas a la intemperie, y serás arrastrado por el torrente de las tribulaciones... 

Estad seguros, hermanos míos: el que escucha la palabra sin obrar en consecuencia, no edifica sobra roca; no tiene ninguna relación con este gran nombre de Pedro al cual el Señor ha dado tanta importancia.


San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia 
Sermón sobre San Juan, nº 7 

2 dic. 2016

Santo Evangelio 2 de Diciembre 2016


Día litúrgico: Viernes I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 9,27-31): Cuando Jesús se iba de allí, al pasar le siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: «¿Creéis que puedo hacer eso?». Dícenle: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe». Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Mirad que nadie lo sepa!». Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca.

«Jesús les dice: ‘¿Creéis que puedo hacer eso?’. Dícenle: ‘Sí, Señor’»
Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM 
(Barcelona, España)


Hoy, en este primer viernes de Adviento, el Evangelio nos presenta tres personajes: Jesús en el centro de la escena, y dos ciegos que se le acercan llenos de fe y con el corazón esperanzado. Habían oído hablar de Él, de su ternura para con los enfermos y de su poder. Estos trazos le identificaban como el Mesías. ¿Quién mejor que Él podría hacerse cargo de su desgracia?

Los dos ciegos hacen piña y, en comunidad, se dirigen ambos hacia Jesús. Al unísono realizan una plegaria de petición al Enviado de Dios, al Mesías, a quien nombran con el título de “Hijo de David”. Quieren, con su plegaria, provocar la compasión de Jesús: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9,27).

Jesús interpela su fe: «¿Creéis que puedo hacer eso?» (Mt 9,28). Si ellos se han acercado al Enviado de Dios es precisamente porque creen en Él. A una sola voz hacen una bella profesión de fe, respondiendo: «Sí, Señor» (Ibidem). Y Jesús concede la vista a aquellos que ya veían por la fe. En efecto, creer es ver con los ojos de nuestro interior.

Este tiempo de Adviento es el adecuado, también para nosotros, para buscar a Jesús con un gran deseo, como los dos ciegos, haciendo comunidad, haciendo Iglesia. Con la Iglesia proclamamos en el Espíritu Santo: «Ven, Señor Jesús» (cf. Ap 22,17-20). Jesús viene con su poder de abrir completamente los ojos de nuestro corazón, y hacer que veamos, que creamos. El Adviento es un tiempo fuerte de oración: tiempo para hacer plegaria de petición, y sobre todo, oración de profesión de fe. Tiempo de ver y de creer.

Recordemos las palabras del Principito: «Lo esencial sólo se ve con el corazón».

Encuentro con el Señor



Encuentro con el Señor

Adviento. Encontrarse con Él, significa ser capaces de descubrir en nuestro interior lo que Dios quiere y busca para nosotros.

Por: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net 


"Vayamos con alegría al encuentro del Señor", es la frase central del Adviento, y con la que se puede resumir la actitud cristiana de quien está preparando el encuentro con Dios Nuestro Señor en Navidad.

¿Dónde se encuentra el Señor? ¿Cómo podemos ir a su encuentro? Nunca debemos olvidar que cuando hablamos de encontrarnos con Dios, lo que tenemos que hacer es entrar en nuestro corazón y preguntarnos si nos estamos encontrando con Él en lo más profundo de nosotros mismos. De nada serviría tener un encuentro externo, de fiestas y de preparativos para la Navidad, si ese encuentro no se realiza vivencialmente en nuestro interior.

Encontrarnos con el Señor significa ser capaces de descubrir en nuestro interior lo que Dios quiere y busca para nosotros. El encuentro con el Señor no es otra cosa sino la capacidad que tengamos en nuestra alma de reconocer la presencia de Dios, y por lo tanto, la obediencia a su ley en nuestro corazón.

A veces podría parecernos contradictorio el tener que encontrarnos dentro de nosotros y hacer desde el interior el encuentro con Dios, porque cuántas veces pensamos que en nuestro interior tiene que haber una total autonomía, por la cual somos nosotros los que decidimos, mandamos, vemos qué hacemos, y nos olvidamos que nuestra auténtica realización y el verdadero encuentro con Dios sólo se realiza en la medida en que obedecemos la ley del Señor.

Encontrarse con Jesús en este Adviento y no tener en nuestro interior una actitud de obediencia a este Cristo que viene es una infamia. En cada uno de nuestros corazones debe existir una obediencia motivada no por otra cosa, sino por el hecho de que Cristo viene a traernos la verdad. Por lo tanto, el encuentro con la ley de Dios, el encuentro con Cristo en este Adviento, no puede ser superficial, de fantasía o de confeti, sino que tiene que ser un encuentro muy serio, muy recio, porque en el fondo, es el encuentro con la verdad de nosotros mismos, con nuestra propia autenticidad.

¿Cómo podemos realizar este encuentro? Si el encuentro tiene que ser interior, el hombre, en su tender hacia Dios, debe ser capaz de hacerlo libremente. Y para lograr esto, como dice el Papa, es necesario que "el hombre pueda distinguir el bien del mal. Y esto sucede, ante todo, gracias a la luz de la razón natural, reflejo en el hombre del esplendor del rostro de Dios”. (Veritatis Splendor, n. 42).

Todos tenemos en nuestro interior un don, que no es otra cosa sino el reflejo del esplendor del rostro de Dios. La inteligencia es un regalo dado por Dios al hombre para que el hombre pueda encontrarse con Él. Nuestra razón no está simplemente llamada a ver, sino también a buscar cuál es el bien y cuál es el mal. Dios ha querido regir el mundo con una norma, que es su ley: “La ley eterna, objetiva y universal mediante la cual Dios ordena, dirige y gobierna con el designio de su sabiduría y de su amor, el mundo y los caminos de la comunidad humana”. (Dignatis humanae, 3).

El ser humano no se encuentra con Dios de una forma automática, sino que con su libertad puede responder al amor de Dios. Es así el modo en el cual Dios Nuestro Señor es providente con el hombre. Lo vemos en el Evangelio del centurión: Cuando Cristo va a curar al siervo, se encuentra con que el centurión es providente a través de su fe, es decir, a través de su querer, de su libertad que se pone en contacto con Dios.

¿Cómo es Dios providente con nuestra familia? No simplemente dándonos cosas materiales para comer y para vivir. Dios es providente con nuestras familias especialmente en base a nuestra libertad que decide amar. Amar a este hombre o a esta mujer, amar a estos hijos, amar a mi entorno. "El hombre se hace partícipe de la providencia de Dios siendo providente sobre sí y para los demás". (Veritatis Splendor n. 43).

¡Qué dignidad tan grande, qué luz tan honorífica y rica ha puesto Dios en nosotros! Yo me preguntaría si sabemos usar esta luz en nuestras vidas, o si por el contrario, vivimos como las plantas, como los animales: simplemente respondiendo a estímulos, a provocaciones que la vida nos va suscitando, y no aceptamos en nuestro interior este designio de la sabiduría y del amor de Dios que descubrimos con nuestra razón natural. Nuestra inteligencia tiene que estar orientada a buscar el bien: el bien para nosotros, porque ese es el modo en el cual Dios se hace providente sobre nuestra vida, pero también el bien para los demás, porque ese es el modo en el cual Dios se hace providente, a través de nosotros, con los demás.

El bien lo encuentro con mi razón que acoge la Revelación de Dios, que acepta el camino que Él me presenta, y de esa forma, yo respondo libre y racionalmente a lo que el Señor me propone. Cuando veo el mundo actual y me quejo, ¿me he preguntado si he sido providente para mis hermanos los hombres? Cuando veo las necesidades que me rodean, ¿me he preguntado si he sido providente para ese pobre, para ese enfermo, para ese solitario, para ese abandonado o para ese sufriente?

Todos estos caminos: la ley eterna, la ley natural —que es la ley de nuestra razón—, la ley del Evangelio y la ley del el Antiguo Testamento, que parecen ser una especie como de poste de luz a nuestro alrededor, convergen en lo mismo: ayudar a que el hombre haga la verdad que busca la ley de Dios, que por lo tanto, se realice.

¿Qué busca la ley del Evangelio? Que el hombre haga la verdad. ¿Qué tiene que buscar la ley de nuestra razón? Que el hombre haga la verdad, que sea auténtico, que no se engañe a sí mismo. ¿Quieres ser libre?, es decir, ¿quieres encontrarte contigo mismo?, ¿quieres encontrarte con el designio de Dios en tu corazón? En definitiva, ¿quieres encontrarte con Cristo, porque esto es el Adviento? Busca vivir de acuerdo a la ley de Dios. Vive siempre conforme a lo que el Señor te propone a través de tu razón, a través de las Escrituras, a través de las circunstancias a lo largo de tu vida.

Busquemos siempre el bien y huyamos del mal, para que la fe del centurión, del que nos habla el Evangelio, se realice en nosotros. Y así, también se producirá en nosotros el auténtico encuentro con Cristo. Porque, ¿quién se encontró plenamente con Cristo, el siervo que fue curado, o el centurión que creyó? Quien se encontró con Nuestro Señor, no fue el siervo curado, sino el centurión que creyó.

Hagamos que nuestra vida, en este Adviento, no se encuentre con Cristo simplemente porque cambie el decorado de las casas, el ambiente de las ciudades, o las actividades de las familias; encontrémonos con Cristo porque en nuestro interior acogemos, con nuestra libertad, la búsqueda del bien y de la verdad que el Señor nos propone a cada uno.



P. Cipriano Sánchez LC

1 dic. 2016

Santo Evangelio 1 de diciembre 2016


Día litúrgico: Jueves I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 7,21.24-27): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

«No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos»
Abbé Jean-Charles TISSOT 
(Freiburg, Suiza)


Hoy, el Señor pronuncia estas palabras al final de su "sermón de la montaña" en el cual da un sentido nuevo y más profundo a los Mandamientos del Antiguo Testamento, las "palabras" de Dios a los hombres. Se expresa como Hijo de Dios, y como tal nos pide recibir lo que yo os digo, como palabras de suma importancia: palabras de vida eterna que deben ser puestas en práctica, y no sólo para ser escuchadas —con riesgo de olvidarlas o de contentarse con admirarlas o admirar a su autor— pero sin implicación personal.

«Edificar en la arena una casa» (cf. Mt 7,26) es una imagen para describir un comportamiento insensato, que no lleva a ningún resultado y acaba en el fracaso de una vida, después de un esfuerzo largo y penoso para construir algo. "Bene curris, sed extra viam", decía san Agustín: corres bien, pero fuera del trayecto homologado, podemos traducir. ¡Qué pena llegar sólo hasta ahí: el momento de la prueba, de las tempestades y de las crecidas que necesariamente contiene nuestra vida!

El Señor quiere enseñarnos a poner un fundamento sólido, cuyo cimiento proviene del esfuerzo por poner en práctica sus enseñanzas, viviéndolas cada día en medio de los pequeños problemas que Él tratará de dirigir. Nuestras resoluciones diarias de vivir la enseñanza del Cristo deben así acabar en resultados concretos, a falta de ser definitivos, pero de los cuales podamos obtener alegría y agradecimiento en el momento del examen de nuestra conciencia, por la noche. La alegría de haber obtenido una pequeña victoria sobre nosotros mismos es un entrenamiento para otras batallas, y la fuerza no nos faltará —con la gracia de Dios— para perseverar hasta el fin.

«Entrará en el Reino de los cielos (...) el que haga la voluntad de mi Padre celestial»
+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret 
(Vic, Barcelona, España)


Hoy, la palabra evangélica nos invita a meditar con seriedad sobre la infinita distancia que hay entre el mero “escuchar-invocar” y el “hacer” cuando se trata del mensaje y de la persona de Jesús. Y decimos “mero” porque no podemos olvidar que hay modos de escuchar y de invocar que no comportan el hacer. En efecto, todos los que —habiendo escuchado el anuncio evangélico— creen, no quedarán confundidos; y todos los que, habiendo creído, invocan el nombre del Señor, se salvarán: lo enseña san Pablo en la carta a los Romanos (cf. Ro 10,9-13). Se trata, en este caso, de los que creen con auténtica fe, aquella que «obra mediante la caridad», como escribe también el Apóstol.

Pero es un hecho que muchos creen y no hacen. La carta de Santiago Apóstol lo denuncia de una manera impresionante: «Sed, pues, ejecutores de la palabra y no os conforméis con oírla solamente, engañándoos a vosotros mismos» (Stg 1,22); «la fe, si no tiene obras, está verdaderamente muerta» (Stg 2,17); «como el cuerpo sin alma está muerto, así también la fe sin obras está muerte» (Stg 2,26). Es lo que rechaza, también inolvidablemente, san Mateo cuando afirma: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21).

Es necesario, por tanto, escuchar y cumplir; es así como construimos sobre roca y no encima de la arena. ¿Cómo cumplir? Preguntémonos: ¿Dios y el prójimo me llegan a la cabeza —soy creyente por convicción?; en cuanto al bolsillo, ¿comparto mis bienes con criterio de solidaridad?; en lo que se refiere a la cultura, ¿contribuyo a consolidar los valores humanos en mi país?; en el aumento del bien, ¿huyo del pecado de omisión?; en la conducta apostólica, ¿busco la salvación eterna de los que me rodean? En una palabra: ¿soy una persona sensata que, con hechos, edifico la casa de mi vida sobre la roca de Cristo?

Vocaciones y oración



Vocaciones y oración

Cada uno necesita crear un clima de oración, un diálogo personal con Dios, que abre el alma a descubrir y acoger la llamada divina.


Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 


El miércoles 16 de abril de 2008, el Papa Benedicto XVI dirigió un importante discurso a los obispos de Estados Unidos, en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington.

Al final de su discurso, el Papa afrontó tres preguntas formuladas por los obispos. La tercera tocaba un tema básico en la vida de la Iglesia: la disminución de vocaciones.

Benedicto XVI respondió con una actitud fraterna y confiada. Explicó, al inicio, que "la capacidad de suscitar vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa es un signo seguro de la salud de una Iglesia local. A este respecto, no queda lugar para complacencia alguna. Dios sigue llamando a los jóvenes, pero nos corresponde a nosotros animar una respuesta generosa y libre a esa llamada".

Desde el texto de Mt 9,37-38, el Papa recordó la importancia de rezar al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. "Parecerá extraño, pero yo pienso muchas veces que la oración -el unum necessarium- es el único aspecto de las vocaciones que resulta eficaz y que nosotros tendemos con frecuencia a olvidarlo o infravalorarlo".

¿De qué oración se trata? Benedicto XVI aclaró en seguida de que no se trata sólo de la oración por las vocaciones, que tiene tanta importancia. Se trata, sobre todo, de la oración cristiana, que se vive en familia, que se refuerza a través de la formación y de los Sacramentos, y que se convierte así en "el medio principal por el que llegamos a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida".

Cada bautizado necesita crear un clima de oración, un diálogo personal con Dios, que abre el alma a descubrir y acoger la llamada divina. Así resulta posible ese discernimiento vocacional que "es ante todo el fruto del diálogo íntimo entre el Señor y sus discípulos. Los jóvenes, si saben rezar, pueden tener confianza de saber qué hacer ante la llamada de Dios".

Las necesidades más profundas de los hombres de hoy surgen a causa de la ausencia de Dios. ¿Cómo será posible que Dios "regrese" a nuestro mundo? A través de muchos jóvenes sacerdotes, de muchos jóvenes consagrados en la vida religiosa, que se comprometan plenamente a anunciar el Evangelio del Amor de Dios, la presencia de Cristo en el mundo.

Eso será posible si cada hogar, cada parroquia, cada diócesis, promueve ese clima profundo de oración en el cual los corazones se abren sencillamente a Dios y rezan, desde el santuario de la conciencia: "Señor, ¿qué quieres que yo haga? Habla, Señor, que tu siervo escucha" (cf. Hch 22,10; 1Sam 3,10).