15 mar. 2014

Santo Evangelio 15 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Sábado I de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 5,43-48): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».


Comentario: Rev. D. Joan COSTA i Bou (Barcelona, España)
Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan

Hoy, el Evangelio nos exhorta al amor más perfecto. Amar es querer el bien del otro y en esto se basa nuestra realización personal. No amamos para buscar nuestro bien, sino por el bien del amado, y haciéndolo así crecemos como personas. El ser humano, afirmó el Concilio Vaticano II, «no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». A esto se refería santa Teresa del Niño Jesús cuando pedía hacer de nuestra vida un holocausto. El amor es la vocación humana. Todo nuestro comportamiento, para ser verdaderamente humano, debe manifestar la realidad de nuestro ser, realizando la vocación al amor. Como ha escrito Juan Pablo II, «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente». 

El amor tiene su fundamento y su plenitud en el amor de Dios en Cristo. La persona es invitada a un diálogo con Dios. Uno existe por el amor de Dios que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva, «y sólo puede decirse que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente este amor y se confía totalmente a su Creador» (Concilio Vaticano II): ésta es la razón más alta de su dignidad. El amor humano debe, por tanto, ser custodiado por el Amor divino, que es su fuente, en él encuentra su modelo y lo lleva a plenitud. Por todo esto, el amor, cuando es verdaderamente humano, ama con el corazón de Dios y abraza incluso a los enemigos. Si no es así, uno no ama de verdad. De aquí que la exigencia del don sincero de uno mismo devenga un precepto divino: «Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

15 de marzo SAN CLEMENTE MARIA HOFBAUER († 1818)


15 de marzo

SAN CLEMENTE MARIA HOFBAUER

(† 1818)


Cierto día, en una taberna de Varsovia, entra un sacerdote pidiendo limosna; un jugador, al verle, le insulta y le escupe en la cara. El sacerdote saca el pañuelo, se limpia y dice blandamente: "Caballero, esto es para mí; ¿puede darme ahora alguna cosa para los huérfanos del Niño Jesús?" Aquel hombre se sintió vencido y se hizo amigo de quien así le respondía. Al verle desaparecer por la puerta de la taberna, todos se preguntaban quién podía ser aquel cura de manteo descolorido, que tenía tal dominio.

Era un santo, y se llamaba Clemente María Hofbauer. Noveno de los doce hijos de un carnicero, había nacido en Tasswitz (Moravia), en 1751. A los siete años, y en plena guerra, muere su padre. Desde ese momento tendrá que ir haciéndose la vida casi solo. Solo, no; después del entierro, su madre le lleva delante de un crucifijo y le dice: "Mira, hijo, en adelante Éste será tu padre. Guárdate de afligirle con un pecado."

Quiere ser sacerdote, pero la vida le obliga a mudar seis veces de ruta; a los treinta años consigue estudiar teología, gracias a la generosidad de unas señoras, a las que más tarde el Santo sabrá agradecer; sólo a los treinta y cuatro llega a ser sacerdote, en Roma, cuando entra en la Congregación de los Redentoristas.

En 1785 vuelve a Viena. El emperador José II está en el apogeo de sus reformas, con lo que se llamó el josefinismo, queriendo someter la Iglesia al Estado, y acaba de suprimir centenas de casas religiosas. Clemente marcha con su compañero a Polonia, para trabajar en la iglesia de San Bennón, de Varsovia. Los comienzos fueron duros; no tenían nada; dormían sobre una mesa, porque la humedad entraba por todos los lados. El aspecto de la ciudad era malo: el jansenismo y el regalismo atenazaban toda la vida católica; la masonería se había apoderado, sin trabajo, de las clases altas; los alemanes, que formaban la colonia más numerosa, preferían ir a las capillas protestantes antes que a las iglesias polacas.

Poco a poco, la iglesia de San Bennón se convierte en un centro de irradiación religiosa, llegando nuevas vocaciones para el trabajo. Cinco veces al día se renovaba la asistencia, llenándose la iglesia, que tenía capacidad para unas mil personas; había diariamente tres sermones en, polaco y dos en alemán; tres misas solemnes, a veces con orquesta, Vía crucis, visita al Santísimo Sacramento y oficio parvo, oración de la mañana y de la noche, con meditación. El Santo no perdonaba gasto ninguno para el esplendor del culto, que era una gran atracción, incluso para incrédulos y judíos, siendo el comienzo de muchas conversiones. A pesar de las influencias jansenistas, las comuniones ascienden a 104.000 por año.

Clemente presiente y utiliza los métodos del apostolado moderno. Mantiene gratuitamente una escuela de primera enseñanza y profesional, para trescientos niños y doscientas niñas, a los que enseña a ser apóstoles de sus familias. Abre un orfanato; para mantenerlo se ve obligado a mendigar por casas y tabernas; un día se le vio llamando a la puerta del sagrario. Funda un colegio-seminario de vocaciones sacerdotales. Organiza una asociación de laicos, hombres y mujeres, con algunas características de los actuales institutos seculares; tenían días de retiro, círculos de estudio y apostolado; después de un año de prueba, hacían el voto de fidelidad a la Iglesia y al Papa, y la promesa de edificar el reino de la gracia en los prójimos. Al mismo tiempo piensa en el establecimiento de su Congregación; funda personalmente seis casas, pero ve con tristeza que apenas levanta el pie, la fundación desaparece; dos tentativas en los Balcanes y Ucrania no tuvieron mejor éxito; los redentoristas que están bajo sus órdenes tienen que buscar diez casas sucesivas en once años; los gobiernos protestantes o regalistas los echan de una diócesis a otra; el mismo Clemente, por este motivo, estuvo preso.

En 1808, Napoleón, el amo de Europa, desde Bayona, expulsa los redentoristas de Varsovia, gloriándose en el decreto de haberlos expulsado de otras ciudades. El 17 de junio un batallón de militares rodea la iglesia; el Santísimo estaba expuesto; San Clemente tuvo que bajar del púlpito y los otros padres interrumpir las confesiones. Después de una prisión de un mes, fueron dispersados por cuatro naciones. Para el Santo fue el mayor dolor. Su fe es fuerte y no desanima: "Nos abandonamos al querer de Dios... Que Él sea glorificado."

Buen caminante, después de ser preso dos veces más y de pasar por el peligro de ser fusilado como espía, llega a Viena, que lo recibe con cuatro días de cárcel, como a un ladrón. Se encuentra otra vez en el comienzo, como hacía veinte años. Pero ve una gran claridad: "Todo lo que a nosotros nos parece contrario, nos conduce donde Dios quiere."

Sus caminos se han terminado. Exteriormente su vida tiene un marco muy oscuro; desde 1813, capellán de las monjas ursulinas. A pesar de que el Gobierno mantiene sus reformas, que atan meticulosamente las actividades apostólicas y a pesar de que la situación de Europa central es, según la frase del Santo, peor que en los tiempos de Lutero, Santa Ursula se transformará en un fermento de vida católica. Después de predicar el primer domingo a media docena de personas, las monjas ven, admiradas, que el siguiente la iglesia está llena. Aquella predicación era un acontecimiento en la ciudad. Se predicaba de la caridad y del cristianismo universales, pero San Clemente habla precisamente de lo que los otros callan. de la Iglesia católica, del papa, de la Virgen, de la redención, de los sacramentos. Es un atrevimiento que cada día le trae un auditorio mayor. El grupo más numeroso, después del pueblo sencillo, es el de los estudiantes, artistas y profesores de la universidad. Toda su vida predicó sencillamente, dando la sensación de que era como un testigo que había visto y palpado las cosas. No era el gusto de oírle, era volver a casa transformado. Sus argumentos no admitían réplica; cuando habló sobre los sacramentos, había dicho una mujer: "¿Qué diría la gente si la vieja del herrero comulgase muchas veces?" Otro día alude San Clemente desde el púlpito: "¿Y qué diría la gente si la vieja del herrero fuera al infierno?" Quien no faltaba a sus sermones era la policía, que le dio el mayor disgusto de la vida: le prohibió predicar.

El confesionario y los moribundos nadie se los podía quitar; le veían de noche, envuelto en su viejo manteo y con una linterna en la mano, entrar por los barrios más apartados; solía decir que si tenía tiempo para rezar un rosario en el camino, el éxito era seguro. Cierta noche, insultado y rechazado, se clavó en la puerta, diciendo con una calma glacial: "Veo la muerte que llega y he visto morir a muchos que se salvaban; ahora quiero ver cómo muere un condenado." El moribundo se confesó. Los pobres tampoco se los quitaban, y a su entierro, entre una multitud de ellos, asistió un buen grupo de viejos soldados que los gobiernos abandonaban después de estropearlos en las guerras. Hasta las mismas monjas sintieron frecuentemente su caridad; en cierta ocasión se les presentó con un cordero bajo el manteo.

La obra más bella de estos años fue el trabajo con la juventud de Viena. Fue como el comienzo de una Acción Católica. Reunió un grupo grande de escritores, estudiantes y artistas de toda clase. El romanticismo católico fue acunado por San Clemente. Uno de los más destacados fue Federico Schlegel, convertido del protestantismo y verdadero iniciador de la escuela romántica; junto a él podríamos poner una lista de celebridades, como Müller, Werner, Veit, Rauscher, más tarde cardenal, el poeta Brentano y muchas personas de la nobleza austríaca. El movimiento de conversiones fue grande, especialmente entre protestantes, judíos y católicos tibios. Algunos de éstos fueron a Roma, donde se formó otro centro unido a Clemente y donde maduraron muchas conversiones, como la del pintor Overbeck. Con intuición alegre de sus necesidades y aspiraciones, les dirigía personalmente y les daba una formación seria y seguridad contra el racionalismo; les acostumbraba a la pobreza, a la humildad, a la frecuencia de sacramentos; se preocupaba de sus necesidades materiales; los llevaba a pasear por las calles de Viena, haciéndoles perder el respeto humano, Les metía un rosario en el hueco de la mano y les mandaba ser apóstoles.

La influencia de estos jóvenes era como un contagio de Cristo. Fundaron un colegio para las clases dirigentes. En la universidad protestaban contra los errores de los profesores; el de Derecho llamó a la policía, que echó la culpa Clemente, "pues trastornaba la cabeza de los estudiantes". La mayor parte eran escritores y bajo la inspiración del Santo fueron los primeros que atacaron a los enciclopedistas franceses y filósofos alemanes; fundaron varios periódicos y revistas de arte y filosofía, siendo los iniciadores del periodismo católico. A la sombra del Santo fue naciendo el partido romántico católico, cuya influencia politico-religiosa se notó en el Congreso de Viena, 1814, donde se quería reorganizar Europa y donde varios de sus discípulos tomaron parte. Estrechamente vigilado por la policía, el Santo tenía contacto directo con el nuncio y con muchos de los congresistas, que le buscaban en su propia casa, como el príncipe heredero, Luis de Baviera. Se consiguió, y no fue poco, que la Iglesia no quedase parcelada en iglesias nacionales, como muchos congresistas y eclesiásticos querían.

San Clemente era el hombre de la Iglesia, a la que amaba apasionadamente, sintiéndose totalmente feliz como hijo de ella, y para ella pensaba en todos los medios de apostolado. Era un auténtico genio católico y Zacarías Werner decía que las tres fuerzas de su tiempo eran Napoleón, Goethe y Clemente.

En noviembre de 1818 le obligan a escoger el destierro, por ser religioso. Y en los siete meses en que suspenden la sentencia y en que los treinta años de trabajo parecen una cadena de fracasos, sigue esperando; aquí está la grandeza del Santo: estar seguro de Dios. Y Dios le prepara la contradicción más bella. En 1819 el emperador Francisco II es recibido en Roma. De tal manera le habla el Papa sobre Clemente, que desde Italia da una orden que muda totalmente su suerte. El Santo, aunque sabe que no verá el triunfo en la tierra, prepara sus futuros novicios; eran treinta y dos. Su salud va decayendo y el 6 de marzo de 1820 termina su último sermón exhortando a pensar "porque el árbol, del lado que caiga, así quedará por toda la eternidad".

El 16 llega el decreto imperial autorizando la Congregación y es depositado junto al cadáver del Santo. Había muerto el día anterior, al toque del Angelus.

GREGORIO MARTÍNEZ ALMENDRES, C. SS. R.

14 mar. 2014

Santo Evangelio 14 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Viernes I de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 5,20-26): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego. 

»Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».


Comentario: Fr. Thomas LANE (Emmitsburg, Maryland, Estados Unidos)
Deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano

Hoy, el Señor, al hablarnos de lo que ocurre en nuestros corazones, nos incita a convertirnos. El mandamiento dice «No matarás» (Mt 5,21), pero Jesús nos recuerda que existen otras formas de privar de la vida a los demás. Podemos privar de la vida a los demás abrigando en nuestro corazón una ira excesiva hacia ellos, o al no tratarlos con respeto e insultarlos («imbécil»; «renegado»: cf. Mt 5,22).

El Señor nos llama a ser personas íntegras: «Deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,24), es decir, la fe que profesamos cuando celebramos la Liturgia debería influir en nuestra vida cotidiana y afectar a nuestra conducta. Por ello, Jesús nos pide que nos reconciliemos con nuestros enemigos. Un primer paso en el camino hacia la reconciliación es rogar por nuestros enemigos, como Jesús solicita. Si se nos hace difícil, entonces, sería bueno recordar y revivir en nuestra imaginación a Jesucristo muriendo por aquellos que nos disgustan. Si hemos sido seriamente dañados por otros, roguemos para que cicatrice el doloroso recuerdo y para conseguir la gracia de poder perdonar. Y, a la vez que rogamos, pidamos al Señor que retroceda con nosotros en el tiempo y lugar de la herida —reemplazándola con su amor— para que así seamos libres para poder perdonar.

En palabras de Benedicto XVI, «si queremos presentaros ante Él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias».

Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos

Hoy, Jesús nos llama a ir más allá del legalismo: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 5,20). La Ley de Moisés apunta al mínimo necesario para garantizar la convivencia; pero el cristiano, instruido por Jesucristo y lleno del Espíritu Santo, ha de procurar superar este mínimo para llegar al máximo posible del amor. Los maestros de la Ley y los fariseos eran cumplidores estrictos de los mandamientos; al repasar nuestra vida, ¿quién de nosotros podría decir lo mismo? Vayamos con cuidado, por tanto, para no menospreciar su vivencia religiosa. 

Lo que hoy nos enseña Jesús es a no creernos seguros por el hecho de cumplir esforzadamente unos requisitos con los que podemos reclamar méritos a Dios, como hacían los maestros de la Ley y los fariseos. Más bien debemos poner el énfasis en el amor a Dios y los hermanos, amor que nos hará ir más allá de la fría Ley y a reconocer humildemente nuestras faltas en una conversión sincera.

Hay quien dice: ‘Yo soy bueno porque no robo, ni mato, ni hago mal a nadie’; pero Jesús nos dice que esto no es suficiente, porque hay otras formas de robar y matar. Podemos matar las ilusiones de otro, podemos menospreciar al prójimo, anularlo o dejarlo marginado, le podemos guardar rencor; y todo esto también es matar, no con una muerte física, pero sí con una muerte moral y espiritual.

A lo largo de la vida, podemos encontrar muchos adversarios, pero el peor de todos es uno mismo cuando se aparta del camino del Evangelio. Por esto, en la búsqueda de la reconciliación con los hermanos hemos de estar primero reconciliados con nosotros mismos. Nos dice san Agustín: «Mientras seas adversario de ti mismo, la Palabra de Dios será adversaria tuya. Hazte amigo de ti mismo y te habrás reconciliado con ella».

14 de marzo Santa Matilde, Reina

14 de marzo

Santa Matilde, Reina


Era descendiente del famoso guerrero Widukind e hija del duque de Westfalia. Desde niña fue educada por las monjas del convento de Erfurt y adquirió una gran piedad y una fortísima inclinación hacia la caridad para con los pobres. 

Muy jóven se casó con Enrique, duque de Sajonia (Alemania). Su matrimonio fue excepcionalmente feliz. Sus hijos fueron: Otón primero, emperador de Alemania; Enrique, duque de Baviera; San Bruno, Arzobispo de Baviera; Gernerga, esposa de un gobernante; y Eduvigis, madre del famoso rey francés, Hugo Capeto. Su esposo Enrique obtuvo resonantes triunfos en la lucha por defender su patria, Alemania, de las invasiones de feroces extranjeros. Y él atribuía gran parte de sus victorias a las oraciones de su santa esposa Matilde. Enrique fue nombrado rey, y Matilde al convertirse en reina no dejó sus modos humildes y piadosos de vivir. 

En el palacio real más parecía una buena mamá que una reina, y en su piedad se asemejaba más a una religiosa que a una mujer de mundo. Ninguno de los que acudían a ella en busca de ayuda se iba sin ser atendido. Era extraordinariamente generosa en repartir limosnas a los pobres. Su esposo casi nunca le pedía cuentas de los gastos que ella hacía, porque estaba convencido de que todo lo repartía a los más necesitados. 

Después de 23 años de matrimonio quedó viuda, y ofreció desprenderse de todas sus joyas y brillantes por el alama de su esposo recién muerto. 

Sus últimos años los pasó dedicada a fundar conventos y a repartir limosnas a los pobres, y cuando cumplió 70 años se dispuso a pasar a la eternidad y repartió entre los más necesitados todo lo que tenía en sus habitaciones, y rodeada de sus hijos y de sus nietos, murió santamente el 14 de marzo del año 968.

13 mar. 2014

Santo Evangelio 13 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Jueves I de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 7,7-12): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas».


Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Todo el que pide recibe; el que busca, halla

Hoy, Jesús nos habla de la necesidad y del poder de la oración. No podemos entender la vida cristiana sin relación con Dios, y en esta relación, la oración ocupa un lugar central. Mientras vivimos en este mundo, los cristianos nos encontramos en un camino de peregrinaje, pero la oración nos acerca a Dios, nos abre las puertas de su amor inmenso y nos anticipa ya las delicias del cielo. Por esto, la vida cristiana es una continua petición y búsqueda: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7,7), nos dice Jesús.

Al mismo tiempo, la oración va transformando el corazón de piedra en un corazón de carne: «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7,11). El mejor resumen que podemos pedir a Dios se encuentra en el Padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo» (cf. Mt 6,10). Por tanto, no podemos pedir en la oración cualquier cosa, sino aquello que sea realmente un bien. Nadie desea un daño para sí mismo; por esto, tampoco no lo podemos querer para los demás.

Hay quien se queja de que Dios no le escucha, porque no ve los resultados de manera inmediata o porque piensa que Dios no le ama. En casos así, no nos vendrá mal recordar este consejo de san Jerónimo: «Es cierto que Dios da a quien se lo pide, que quien busca encuentra, y a quien llama le abren: se ve claramente que aquel que no ha recibido, que no ha encontrado, ni tampoco le han abierto, es porque no ha pedido bien, no ha buscado bien, ni ha llamado bien a la puerta». Pidamos, pues, en primer lugar a Dios que haga bondadoso nuestro corazón como el de Jesucristo.

San Nicéforo, Patriarca de Constantinopla. 13 de Marzo

13 de marzo

SAN NICÉFORO
PATRIARCA DE CONSTANTINOPLA

(† 829)


No eran muy halagüeños para la Iglesia de Oriente los tiempos en que vino al mundo en Constantinopla, hacia el año 750, el pequeño Nicéforo. Su padre, Teodoro, era secretario del emperador Constantino Coprónimo, hombre caprichoso y sectario, que, siguiendo la política iniciada por su padre, León III el Isáurico, iba llevando hasta sus últimas consecuencias de crueldad y de tiranía la lucha iconoclasta contra la ortodoxia católica. La oposición a las imágenes, nacida en un ambiente de cesaropapismo oriental y en la manía dogmatizante de sus emperadores, llevaba en su misma raíz otras influencias no menos peligrosas. No se trataba ya de la lucha más o menos descarada contra una representación de la divinidad o de los santos, sino que llevaba consigo, más bien, uno de los grandes acontecimientos de la historia universal, cuyas consecuencias fueron incalculables.

A más de perturbar por una larga serie de años los asuntos religiosos y sociales del Imperio, daba lugar a una oposición cada vez más abierta contra las directrices que podían llegar de Roma, que ciertamente poco había de esperar de unos emperadores que se constituían a la vez en herejes y perseguidores, interviniendo en todos los asuntos internos de la Iglesia, y que iban metiendo insensiblemente en el pueblo y en las altas jerarquías la idea de la separación definitiva y del cisma. Eran necesarios hombres de grande fe, de fortaleza y de prudente serenidad para detener, siquiera fuera por momentos, el terrible mal que se avecinaba. Uno de ellos iba a ser nuestro santo, Nicéforo de Constantinopla.

El padre de Nicéforo, siendo éste todavía niño, es despojado de su cargo y viene a morir en el destierro, por no doblegarse ante las órdenes imperativas del Coprónimo. Educado en este heroísmo de fe, bajo la tutela de su madre Eudoxia, y con los mejores maestros de la ciudad. va recibiendo el joven Nicéforo una formación sobresaliente en lo religioso y en lo intelectual.

Con los años, nuestro Santo es conocido por todos como hombre bueno y prudente, amigo de hacer el bien, y acérrimo defensor de la ortodoxia. En el período de paz que se inicia con la emperatriz Irene y su hijo Constantino VI por el año 780, es llamado a la corte, concediéndosele con todos los honores el mismo cargo de secretario imperial que había desempeñado su padre. Desde este momento, Nicéforo va a poner toda su influencia en desarraigar del Imperio los antiguos resabios de la herejía.

Como legado del emperador asiste al segundo concilio de Nicea, VII de los ecuménicos (a. 787), donde brilla, era lego todavía, por su sólida formación literaria, el conocimiento profundo de las cuestiones eclesiásticas, y por su gran elocuencia. A pesar de esto, hay en nuestro Santo unas tendencias más señaladas, que le llevan al retiro y a la oración del claustro, donde parece encontrar el medio más adecuado para una labor de apostolado. Con este fin se retira a las orillas del Bósforo, en la costa asiática, donde construye por su cuenta un monasterio para entregarse al estudio, a la austeridad y a la oración, sin que por ello reciba el hábito de religioso. El emperador, por su parte, cuidando de aprovechar sus buenas cualidades, le llama de nuevo a la corte, pero Nicéforo seguirá su vida de monje aun en medio de todo el boato imperial.

Modelo de virtud, se dedica a hacer la caridad entre los necesitados. Por designación del príncipe se hace cargo del hospital general de Bizancio y por su cuenta recorre las casas de los pobres, deja en ellos su dinero y su hacienda, llenando a todos de la suavidad de su trato y de su abnegada solicitud.

A nadie pues podía extrañar, fuera de algunos monjes que no veían con buenos ojos la elevación de un lego directamente al pontificado, el que Nicéforo, a la muerte del patriarca Tarasio, fuera designado por el pueblo y por el emperador para sucederle. De este modo, el 12 de abril del año 806, habiendo vestido antes el hábito de monje, y recibidas las órdenes anteriores, el humilde funcionario de la curia imperial se sentaba en el trono patriarcal de Santa Sofía. Bien sabía Nicéforo a lo que le destinaría su dignidad y, como previéndolo, durante su consagración tuvo aferrado entre las manos un memorial, que él mismo había compuesto en defensa del culto a las imágenes, y renovando el juramento de defenderlo en el acto de la posesión, fue a depositarlo detrás del altar mayor como testimonio público de las intenciones que llevaba en el momento de recibir su alto y difícil cometido.

La subida al pontificado de San Nicéforo no había agradado del todo a las diversas tendencias religiosas que por entonces pululaban en la capital del Imperio de Oriente. Muchos entreveían una nueva intromisión del emperador en los asuntos reservados de la Iglesia; y otros aun de buena fe, como el famoso San Teodoro Studita, temían cierto servilismo de parte del patriarca a todas las iniciativas de la corte. El nuevo elegido logra, a fuerza de mansedumbre y de paciencia, inspirar confianza a todos aun teniendo que renunciar, como a veces hiciera, a ciertas prerrogativas de su dignidad en la noble intención de no suscitar divergencias, dada la situación delicada en que se encontraban todavía las relaciones entre la Iglesia y el Estado. El mismo da cuenta de su modo de actuar en una carta, que envía al papa León III, donde admite humildemente que, si es cierto que hubo de ceder en algunas cuestiones transitorias ante el emperador, no lo hizo sino llevado del bien de la paz y aun de la misma libertad de la Iglesia.

Con todo, esta paz deseada no iba a ser, por desgracia, duradera. Y es ahora, cuando ya entran en juego no solamente los principios vitales de la fe, sino los derechos inviolables de la misma Iglesia, cuando Nicéforo será el primero que se inmolará a la cabeza de su pueblo por defender la verdad ante la insolencia y sectarismo de sus perseguidores. Mientras llega el momento, él trabaja como buen pastor de su grey en la mudanza y total reforma de las costumbres y sus preceptos dados desde el púlpito recibirán doble fuerza por la conducta y fiel ejemplo de su vida.

Durante este tiempo empieza San Nicéforo el copioso apostolado de su pluma, que le colocará entre uno de los más prestigiosos escritores de la Iglesia de Oriente. Sus obras, y más aún las que escribe en el destierro, dan noticia de su espíritu elevado, un conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras y de la literatura patrística, de su amplitud de doctrina, unido todo ello a una dialéctica sutil y a una fina observación.

El 10 de julio del año, 813 el patriarca Nicéforo coronaba emperador a un buen soldado, gobernador de la provincia de Natolia, León V el Armeno, que hubiera sido un excelente monarca, de no haberse dado a resolver cuestiones de teología en nada aptas a su cargo y condición. Tal vez por seguir el ejemplo de los Copránimos o por creer que con ello iba a robustecer más su poderío, de hecho, ya desde el principio de su reinado, empieza a declararse contra lo que él llamaba "la herejía de las imágenes", rechazando todo lo decretado en el concilio anterior de Nicea. Con su conducta consigue adeptos entre algunos obispos y hombres de influencia, como el gramático Juan Hylilas. Pero el emperador busca, sobre todo, ganarse la voluntad del patriarca. Pronto se da cuenta, sin embargo, de la ineficacia de sus recursos y la situación se va agravando con ello más y más cada día.

Ya no se hace solamente cuestión del culto de las imágenes, sino de la intervención o no intervención de la autoridad civil en materia religiosa. El emperador trata con ruegos y concesiones de atraer al pontífice, pero éste permanece inflexible, llegando a decirle en una ocasión: "Nosotros no podemos mudar las antiguas tradiciones: respetamos las imágenes santas, como lo hacemos con la cruz y con los libros del Evangelio". (Notemos que los iconoclastas adoraban la Cruz y los Evangelios, pero no las imágenes del Señor y de los santos). El emperador no se aviene y a veces hasta usa de estratagemas para ir debilitando la decisión del Santo. Una noche anima secretamente a unos soldados de su guardia para que con todo descaro se mofen de una imagen de Cristo que estaba en la gran cruz colocada sobre las puertas de la ciudad. De ello toma ocasión para mandar que se quitaran las imágenes de todas las cruces, con el pretexto de evitar nuevas profanaciones. El patriarca ve ya lo que se avecina y con sus obispos y abades se entrega al silencio de la oración y de la penitencia.

No tarda mucho en reunir el emperador en su palacio a todos los obispos, ortodoxos y herejes, para que discutan en su presencia las diversas cuestiones. Los primeros, con Nicéforo a la cabeza, le piden con toda humildad que deje libre el gobierno de la Iglesia a sus pastores; pero León V, enfurecido, les arroja de su presencia, rodeándose de sus adictos, a quienes constituye en jefes de la Iglesia oriental. Pronto se reúnen éstos en conciliábulo y citan al patriarca para que dé razón ante ellos de sus hechos. Nicéforo se presenta, y movido de santa indignación les increpa: "¿Quién os ha dado esta autoridad? ¿Ha sido el Papa o alguno de los patriarcas? Os excomulgo, ya que en mi diócesis no tenéis jurisdicción y la habéis usurpado". Los obispos le quieren deponer, pero esperan a que se decida el emperador.

La ocasión llega pronto, con motivo de las fiestas de Navidad del año 814. León V, siguiendo la costumbre tradicional, se presenta en este día al lado del patriarca en la basílica de Santa Sofía para venerar los sagrados iconos, pero, instigado por los suyos, se niega a hacer lo mismo en la de la Epifanía. A seguida, y ya sin miramientos, empieza una tremenda persecución contra todos los adictos a la ortodoxia católica. Pronto el patriarca se ve abandonado por la mayoría de los obispos. Estos quieren hacerle comparecer de nuevo ante ellos y, como se negara, prohiben que se hiciera conmemoración de su nombre en los oficios divinos, instando a la vez al emperador para que, deponiéndole, le condenara definitivamente al destierro.

No mirando a que el venerable anciano estaba retenido en el lecho por una enfermedad, deciden su deposición al principio de la Cuaresma. Llevándole en unas angarillas en la noche del 13 de marzo del 815, le arrojan en una barca, que le había de conducir a la orilla asiática del Bósforo, a Scútari, para ser internado en el monasterio de San Teodoro, que él mismo había construido a poca distancia de la ciudad. Desamparado de todos, ultrajado, manda en seguida su abdicación a los de Constantinopla, y se dispone a pasar sus últimos días en la soledad y el recogimiento, que tanto añorara en la juventud. En su destierro Nicéforo sufre y ora, se consuela con los libros santos y escribe a su vez, siempre con el propósito de desarraigar de su pueblo la herejía y el error.

Con el advenimiento al trono de Miguel el Tartamudo (a. 820) los ortodoxos quieren reivindicar de nuevo a su patriarca. Pero el nuevo emperador es también hereje y pretende ganarse al santo varón, haciendo que rechace de plano la doctrina que la Iglesia y los concilios habían sostenido sobre las imágenes. San Nicéforo prefiere seguir padeciendo por la verdad y de este modo, lleno de fatigas y de trabajos, en su pobre celda del destierro y a los setenta años de edad, muere gloriosamente el 2 de junio del año 829. Cuando más tarde, en la paz que dan a la Iglesia de Oriente San Metodio y la emperatriz Teodora, vuelve a sonar con gloria el nombre de Nicéforo, sus reliquias son trasladadas con todo esplendor a la basílica de los Santos Apóstoles de Bizancio, el día 13 de marzo del año 847. De nuevo se iba a encontrar el pastor entre su pueblo; martirizado, pero con la luz de la gloria, y también con la humildad y mansedumbre en que siempre había vivido.

La Iglesia griega da a nuestro Santo el título de confesor de la fe y celebra su fiesta el 2 de junio, aniversario de su muerte. La Iglesia latina lo hace el 13 de marzo, aniversario a su vez de la traslación de sus reliquias.

FRANCISCO MARTÍN HERNÁNDEZ

12 mar. 2014

Somos felices cuando ponemos en Dios nuestra confianza como niños.


Santo Evangelio 12 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Miércoles I de Cuaresma


Texto del Evangelio (Lc 11,29-32): En aquel tiempo, habiéndose reunido la gente, Jesús comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás».


Comentario: Fr. Roger J. LANDRY (Hyannis, Massachusetts, Estados Unidos)
Así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación

Hoy, Jesús nos dice que la señal que dará a la “generación malvada” será Él mismo, como la “señal de Jonás” (cf. Lc 11,30). De la misma manera que Jonás dejó que lo arrojaran por la borda para calmar la tempestad que amenazaba con hundirlos —y, así, salvar la vida de la tripulación—, de igual modo permitió Jesús que le arrojasen por la borda para calmar las tempestades del pecado que hacen peligrar nuestras vidas. Y, de igual forma que Jonás pasó tres días en el vientre de la ballena antes de que ésta lo vomitara sano y salvo a tierra, así Jesús pasaría tres días en el seno de la tierra antes de abandonar la tumba (cf. Mt 12,40).

La señal que Jesús dará a los “malvados” de cada generación es su muerte y resurrección. Su muerte, aceptada libremente, es la señal del increíble amor de Dios por nosotros: Jesús dio su vida para salvar la nuestra. Y su resurrección de entre los muertos es la señal de su divino poder. Se trata de la señal más poderosa y conmovedora jamás dada.

Pero, además, Jesús es también la señal de Jonás en otro sentido. Jonás fue un icono y un medio de conversión. Cuando en su predicación «dentro de cuarenta días Nínive será destruida» (Jon 3,4) advierte a los ninivitas paganos, éstos se convierten, pues todos ellos —desde el rey hasta niños y animales— se cubren con arpillera y cenizas. Durante estos cuarenta días de Cuaresma, tenemos a alguien “mucho más grande que Jonás” (cf. Lc 11,32) predicando la conversión a todos nosotros: el propio Jesús. Por tanto, nuestra conversión debiera ser igualmente exhaustiva. 

«Pues Jonás era un sirviente», escribe san Juan Crisóstomo en la persona de Jesucristo, «pero yo soy el Maestro; y él fue arrojado por la ballena, pero yo resucité de entre los muertos; y él proclamaba la destrucción, pero yo he venido a predicar la Buena Nueva y el Reino».

La semana pasada, el Miércoles de Ceniza, nos cubrimos con ceniza, y cada uno escuchó las palabras de la primera homilía de Jesucristo, «Arrepiéntete y cree en el Evangelio» (cf. Mc 1,15). La pregunta que debemos hacernos es: —¿Hemos respondido ya con una profunda conversión como la de los ninivitas y abrazado aquel Evangelio?




Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Aquí hay algo más que Salomón (...); y aquí hay algo más que Jonás

Hoy, el Evangelio nos invita a centrar nuestra esperanza en Jesús mismo. Justamente, Juan Pablo II ha escrito que «no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ‘¡Yo estoy con vosotros!’».

Dios —que es Padre— no nos ha abandonado: «El cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que, satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de su criatura» (Juan Pablo II).

Nos encontramos empezando la Cuaresma: no dejemos pasar de largo la oportunidad que nos brinda la Iglesia: «Éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación» (2Cor 6,2). Después de contemplar en la Pasión el rostro sufriente de Nuestro Señor Jesucristo, ¿todavía pediremos más señales de su amor? «A aquel que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que nos hiciéramos justicia de Dios en Él» (2Cor 5,21). Más aún: «El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas?» (Rom 8,32). ¿Todavía pretendemos más señales?

En el rostro ensangrentado de Cristo «hay algo más que Salomón (...); aquí hay algo más que Jonás» (Lc 11,31-32). Este rostro sufriente de la hora extrema, de la hora de la Cruz es «misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración». En efecto, «para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del “rostro” del pecado» (Juan Pablo II). ¿Queremos más señales?

«¡Aquí tenéis al hombre!» (Jn 19,5): he aquí la gran señal. Contemplémoslo desde el silencio del “desierto” de la oración: «Lo que todo cristiano ha de hacer en cualquier tiempo [rezar], ahora ha de ejecutarlo con más solicitud y con más devoción: así cumpliremos la institución apostólica de los cuarenta días» (San León Magno, papa).

12 de marzo Inocencio I, papa († 417)

12 de marzo

Inocencio I, papa
(† 417)

 Nació en la segunda mitad del siglo IV y parece ser que en Albano, aunque documentalmente no pueda demostrarse con certeza. Fue elegido papa en el año 401, como sucesor de Anastasio I.

Consiguió que se reconociese su autoridad papal en Iliria, región montañosa situada en la región nororiental del Adriático que hoy corresponde a Bosnia y Dalmacia.

Expulsó de la Ciudad Eterna a los perseguidores y detractores de san Juan Crisóstomo, a pesar de la oposición del emperador Arcadio (407). Pero no pudo, a pesar de sus esfuerzos y negociaciones, evitar el saqueo de Roma por Alarico el 24 de agosto del año 410.

A petición de san Agustín, condenó la herejía pelagiana (417).

Con respecto al gobierno que debió ejercer en Hispania, hay que mencionar la carta dirigida a Exuperio, obispo de Tolosa, dándole normas para la reconciliación y admisión a la comunión a los que una vez bautizados se entregaran de modo pertinaz a los placeres de la carne. De alguna manera, modera la disciplina, en vigor hasta entonces, contemplada en los concilios de Elvira y de Arlés y propiciada por las iglesias africanas; eran normas un tanto rigoristas -extremadamente extrañas para nuestra época-, que negaban la admisión a la comunión de este tipo de pecadores incluso en el momento de la muerte, aunque se les concediera fácilmente la posibilidad de la penitencia. Reconoce en su escrito que hasta ese momento ´la ley era más duraª, pero que no quiere adoptar la misma aspereza y dureza que el hereje Novaciano. De todos modos no presume de innovaciones, ni se presenta como detentor de un liberalismo laxo; justifica plenamente las normas anteriores, afirmando que esa praxis era la conveniente en aquel tiempo.

En el 416, cuando quiere recordar a los obispos españoles la autoridad indiscutida del obispo de Roma y la obediencia que le deben desde España, escribe una carta en la que afirma que en toda Italia, Francia, Hispania, África y Sicilia sólo se han instituido iglesias por Pedro o por sus discípulos. Esta carta es empleada como argumento documental muy importante por quienes desautorizan la antiquísima tradición que sostiene la predicación del Apóstol Santiago en España y la conjetura fundada de la visita del apóstol Pablo a este extremo del Imperio.

Interviene también por los años 404-405 para restaurar la paz entre los obispos de Hispania, después de las resoluciones cristológicas antipriscilianistas del concilio de Toledo del año 400; recomienda el reconocimiento de la autoridad y gobierno episcopal de los que fueron ordenados por partidarios de Prisciliano pero que continúan profesando la fe verdadera al aceptar la consubstancialidad del Hijo con el Padre y la unicidad de Persona en Cristo.

Ocupó la Sede de Pedro hasta su muerte en el 417.

11 mar. 2014

Santo Evangelio 11 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Martes I de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 6,7-15): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. 

»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».



Comentario: Rev. D. Joaquim FAINÉ i Miralpech (Tarragona, España)
Al orar, no charléis mucho (...) porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis

Hoy, Jesús —que es el Hijo de Dios— me enseña a comportarme como un hijo de Dios. Un primer aspecto es el de la confianza cuando hablo con Él. Pero el Señor nos advierte: «No charléis mucho» (Mt 6,7). Y es que los hijos, cuando hablan con sus padres, no lo hacen con razonamientos complicados, ni diciendo muchas palabras, sino que con sencillez piden todo aquello que necesitan. Siempre tengo la confianza de ser escuchado porque Dios —que es Padre— me ama y me escucha. De hecho, orar no es informar a Dios, sino pedirle todo lo que necesito, ya que «vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo» (Mt 6,8). No seré buen cristiano si no hago oración, como no puede ser buen hijo quien no habla habitualmente con sus padres.

El Padrenuestro es la oración que Jesús mismo nos ha enseñado, y es un resumen de la vida cristiana. Cada vez que rezo al Padre nuestro me dejo llevar de su mano y le pido aquello que necesito cada día para llegar a ser mejor hijo de Dios. Necesito no solamente el pan material, sino —sobre todo— el Pan del Cielo. «Pidamos que nunca nos falte el Pan de la Eucaristía». También aprender a perdonar y ser perdonados: «Para poder recibir el perdón que Dios nos ofrece, dirijámonos al Padre que nos ama», dicen las fórmulas introductorias al Padrenuestro de la Misa.

Durante la Cuaresma, la Iglesia me pide profundizar en la oración. «La oración, el coloquio con Dios, es el bien más alto, porque constituye (...) una unión con Él» (San Juan Crisóstomo). Señor, necesito aprender a rezar y a sacar consecuencias concretas para mi vida. Sobre todo, para vivir la virtud de la caridad: la oración me da fuerzas para vivirla cada día mejor. Por esto, pido diariamente que me ayude a disculpar tanto las pequeñas molestias de los otros, como perdonar las palabras y actitudes ofensivas y, sobre todo, a no tener rencores, y así podré decirle sinceramente que perdono de todo corazón a mis deudores. Lo podré conseguir porque me ayudará en todo momento la Madre de Dios.

San Eulogio de Cordoba, 11 de Marzo

11 de marzo

SAN EULOGIO DE CÓRDOBA

(† 859)


San Eulogio es el gran padre de la mozarabia, el renovador del fervor religioso entre la cristiandad cordobesa y andaluza en medio de la lucha que hubo de sostener con las autoridades islámicas durante el siglo IX. Conocemos su figura por sus propios escritos: las cartas, el Memorial de los mártires, el Documento martirial, y por la biografía que de él escribió su amigo Alvaro Paulo. Aunque estuvo empeñado en una lucha porfiada con el Islam, su nombre no aparece en las historias hispanoárabes, cuyos autores miraron con la mayor indiferencia la gran epopeya martirial.

Nacido hacia el año 800 en el seno de una de las más rancias familias de Córdoba que, en medio de la apostasía general, había conservado fielmente las prácticas de la vida cristiana, recibió en el hogar los primeros rudimentos de la educación religiosa. Su primer maestro fue un abuelo, que llevaba el mismo nombre que él y que cada vez que oía la voz del almuédano anunciando la hora de la oración a los musulmanes, rezaba de esta manera: "Dios mío, ¿quién puede compararse a ti? No calles ni enmudezcas. He aquí que ha sonado la voz de tus enemigos y los que te aborrecen han levantado la cabeza". Se le confió después, en vista del atractivo que tenía para él el estudio de los libros santos, a la comunidad de sacerdotes de la iglesia de San Zoilo, bajo cuya dirección dio los primeros pasos en el ejercicio de la piedad y de la ciencia sagrada. Juntóse a esto la influencia del más famoso de todos los maestros cristianos de Córdoba, el piadoso y sabio abad Esperaindeo, que gobernaba el monasterio de Santa Clara, cerca de Córdoba. Allí conoció a otro alumno que había de ser su biógrafo, Alvaro, y allí estrechó con él una amistad que había de durar mientras viviese.

Alvaro fue el amigo perfecto, el partícipe de sus santos ideales, el colaborador leal en todas sus empresas, apasionado como él de la ciencia isidoriana, y como él, inquebrantablemente asido a las viejas tradiciones patrias. El, a su vez, ve en el descendiente de los magnates de la civitas patricia la cifra de todas las perfecciones: un alma grande encerrada en un cuerpo fino y delineado, en cuanto irresistible en el trato, una suave claridad en el semblante, el brillo del abolengo, la agudeza del ingenio, y en las costumbres, tesoros de gracia y de inocencia. Pero lo que no puede olvidar es aquella mirada bañada en un fulgor ultraterreno. Si Alvaro es el hombre impulsivo, Eulogio tiene una naturaleza inclinada al reposo de la contemplación. Pasados los umbrales de la juventud, se entrega a las actividades de la vida clerical, y entra a formar parte del colegio de sacerdotes que servía la iglesia de San Zoilo. No tarda en darse a conocer por su inflamada elocuencia y por la integridad de su vida. "Todas sus obras, dice el biógrafo, estaban llenas de luz; de su bondad, de su humildad y de su caridad podía dar testimonio el amor que todos le profesaban; su afán de cada día era acercarse más y más al cielo; y gemía sin cesar por el peso de la carga de su cuerpo". Sólo él estaba descontento de cuanto hacía. "Señor, decía más tarde, yo tenía miedo de mis obras, mis pecados me atormentaban, veía su monstruosidad, meditaba el juicio futuro y sentía de antemano el merecido castigo. Apenas me atrevía a mirar al cielo, abrumado por el peso de mi conciencia".

Para aminorar el tormento que le causaba este sentimiento de su indignidad pensó tomar el báculo de peregrino y hacer a pie el viaje a Roma. Esto era entonces una cosa casi imposible en Andalucía, y así se lo dijeron cuantos le rodeaban. Alvaro nos lo dice con estas palabras: "Todos resistimos aquella tentativa, y al fin logramos detenerle, pero no persuadirle". Tal vez Eulogio cedió, porque entre tanto las circunstancias le obligaron a hacer otro viaje, que no era menos difícil, pero que estaba justificado por una necesidad familiar: el deseo de saber noticias de dos hermanos a quienes los azares de la vida comercial habían llevado al otro lado de los Pirineos, y según se rumoreaba negociaban en las ciudades del Rhin. Era el año 845. Por más que hizo Eulogio no pudo salir de España. En Cataluña encontró los pasos cerrados por las luchas entre los hijos de Ludovico Pío. Retrocedió hasta Zaragoza y desde allí subió hasta Pamplona, donde le dieron las peores noticias de lo que pasaba al otro lado de Roncesvalles. Se acercó, sin embargo, a Gascuña, pero no pudo pasar el puerto. Para no perder completamente el viaje, decidió visitar los monasterios del país, Seire, Siresa, San Zacarías, etc., donde le regalaron libros preciosos, que se llevó como un botín a Córdoba. Eran obras de Porfirio, de Avieno, de Horacio, de Juvenal, de San Agustín. Los discípulos del abad Esperaindeo habían emprendido la noble tarea de restaurar en El Andalus la cultura isidoriana, sofocada por la invasión, y al frente de todos ellos estaba Eulogio. Fomentar los estudios, crear escuelas, formar librerías era para él defender la religión de sus padres y resucitar el sentimiento nacional. "Cada día, dice su amigo y biógrafo, nos daba a conocer nuevos tesoros y cosas admirables desconocidas. Diríase que las encontraba entre las viejas ruinas o cavando en las entrañas de la tierra... No es posible ponderar debidamente aquel afán incansable, aquella sed de aprender y enseñar que devoraba su alma... Y, ¡oh admirable suavidad de su alma!, nunca quiso saber cosa alguna para sí solo, sino que todo lo entregaba a los demás, a nosotros, los que vivíamos con él, y a los venideros. Para todos derramaba su luz el siervo de Cristo, luminoso en todos sus caminos: luminoso cuando andaba, luminoso cuando volvía, límpido, nectáreo y lleno de dulcedumbre."

Por el prestigio de su sabiduría y de su santidad el maestro de San Zoilo se había convertido en jefe del grupo más ferviente de la cristiandad cordobesa, sacerdotes celosos, fieles fuertemente apegados a sus creencias, ascetas de la sierra, monjes y monjas de una veintena de monasterios que había en la ciudad o en sus alrededores. La opresión musulmana, que a muchos los llevaba a la apostasía, había producido en ellos una reacción de amor exaltado a sus creencias. Es verdad que no había persecución propiamente dicha, pero la misma ley hacía la vida insoportable para un cristiano, y a la ley se juntaba el fanatismo popular, más intolerante tratándose de monjes y sacerdotes, cuya presencia en la calle daba lugar con frecuencia a escenas desagradables. A fines del reinado de Abd al-Rahman II la intolerancia se hizo más violenta, y en los primeros meses del año 850 empezaron los martirios y las decapitaciones: primero un sacerdote, después un mercader. Los cristianos más fervorosos protestaron presentándose ante el cadí para declarar la divinidad de Jesús y las imposturas de Mahoma. Inmediatamente eran torturados y degollados. Son ufanas doncellas, vírgenes admirables educadas desde la niñez en los monasterios, anacoretas encanecidos en la penitencia, soldados y gentes del pueblo. Algunos que habían renegado del Evangelio en un momento de debilidad aprovecharon aquel procedimiento para lavar su culpa. Otros, que eran cristianos ocultos, cuando la ley los obligaba a ser musulmanes, fueron arrastrados ante el juez por sus propios parientes.

El sultán, no sabiendo qué medida tomar contra aquellos hombres que se reían de los tormentos, acudió al arzobispo de Sevilla, Recafredo, y le dio orden de que anatematizase a los mártires e hiciese callar a sus defensores y panegiristas. Pareció al principio que esta medida iba a detener aquellos entusiasmos, pero hubo un grupo numeroso que rechazaba todo pacto con la infidelidad, que fue a parar en el calabozo. Al frente de ellos estaba el maestro de San Zoilo, que, lejos de someterse a las imposiciones del metropolitano, empezó a escribir un libro intitulado Memorial de los mártires, en que se proponía dar una historia de sus combates y una defensa de su heroísmo. Ya le tenía casi terminado, cuando un día de otoño de 851 se presentó en su casa la policía, y entre los lamentos de su madre y de sus hermanos lo llevaron a la cárcel. Aquel encierro le llena de alegría, porque le permite convivir con los otros prisioneros, instruirles y alentarles. Un día le dicen que dos jóvenes encerradas en un calabozo cercano están a punto de desmayar, vencidas por los sufrimientos y las amenazas. Inmediatamente se pone a escribir un libro, al cual dio el título de Documento martirial. Destinado a sostener el ánimo de estas dos vírgenes llamadas Flora y María, tuvo un éxito completo. Al mismo tiempo lee, reza, predica y escribe. Escribe su larga carta al obispo Viliesindo, de Pamplona; y con un detenido examen de los poetas clásicos, descubre las reglas de la prosodia latina, que se habían olvidado en España después de la invasión árabe.

Recobra la libertad a los pocos meses, pero sin renunciar a su culto admirativo por los confesores de la fe. La persecución arrecia cuando el emir Muhammad sucede a su padre Abd al-Rahman. Muchas iglesias fueron destruidas y muchas comunidades disueltas. El catálogo de los mártires se aumentaba cada día, y Eulogio aumentaba al mismo tiempo las páginas de su Memorial. Su escuela había sido clausurada, pero él seguía siendo el oráculo de la religión perseguida. Unas veces anda huido por la ciudad, otras se esconde entre las fragosidades de la sierra. Responde a los detractores de los héroes sacrificados con una obra, intitulada el Apologético, notable por su estilo, lleno de sinceridad y elegancia. Diez años duró aquella lucha épica, contra los musulmanes y los malos cristianos, diez años que fueron para él de un heroísmo continuado, tenso y jovial.

No obstante, Eulogio estaba triste al ver que iban muriendo y triunfando sus amigos, y que él estaba en pie, Su renombre era tal que, cuando en 858 murió el arzobispo de Toledo, el clero y los fieles de la sede primada de España eligieron para sucederle al humilde sacerdote de San Zoilo. Pero era necesaria la aprobación del emir, que le impidió salir de Córdoba. Por lo demás, Dios quería poner sobre su cabeza aquella corona del martirio, por la cual él había suspirado tanto.

Había en Córdoba una joven llamada Lucrecia, a quien la ley condenaba a ser musulmana por ser hija de un padre musulmán. Sin embargo, ella creía en Cristo, lo cual le acarreaba continuas amenazas y malos tratamientos. Huyendo de la venganza de los suyos, se refugió en la casa de Eulogio, el cual la recibió, sin temor a las leyes, que la condenaban a ella a perder la vida por su apostasía, y a él al tormento por el crimen de proselitismo. La policía se puso en movimiento. Entre tanto Eulogio rezaba, y hacía que la joven cristiana se refugiase en la casa de unos amigos. Al poco tiempo los dos fueron detenidos. Acusado de haber apartado a Lucrecia de la obediencia que debía a sus padres y al Islam, Eulogio contestó que no podía negar su consejo y su enseñanza a quien se la pedía, y que, según los principios mismos de los perseguidores, era preciso obedecer a Dios antes que a los padres. Llegó, incluso, a proponer al juez que le enseñaría el camino del cielo demostrándole que Cristo es el único camino de salvación. Irritado por estas palabras, ordenó el cadí que preparasen los azotes. "Será mejor que me condenes a muerte, dijo el mártir al verlos. Soy adorador de Cristo, hijo de Dios e hijo de María, y para mí vuestro profeta es un impostor."

Al proferir estas palabras Eulogio no era ya solamente un proselitista, sino también un blasfemo, incurso en pena de muerte. Sin embargo, el juez no se atrevió a cargar con una responsabilidad como aquélla. El primado electo de Toledo, el sacerdote más respetado por los cordobeses debía ser juzgado por el consejo del emir. Se le llevó al alcázar y allí se improvisó un tribunal, formado por los más altos personajes del gobierno. Uno de los visires, íntimo de Eulogio, compadecido de él, le habló de esta manera: "Comprendo que los plebeyos y los idiotas vayan a entregar inútilmente su cabeza al verdugo; pero tú, que eres respetado por todo el mundo a causa de tu virtud y tu sabiduría, ¿es posible que cometas ese disparate? Escúchame, te lo ruego; cede un solo momento a la necesidad irremediable, pronuncia una sola palabra de retractación, y después piensa lo que más te convenga; te prometemos no volver a molestarte". Eulogio dejó escapar una sonrisa de indulgencia y de agradecimiento, pero su respuesta fue firme: "Ni puedo ni quiero hacer lo que me propones. ¡Oh, si supieses lo que nos espera a los adoradores de Cristo! ¡Si yo pudiese trasladar a tu pecho lo que siento en el mío! Entonces no me hablarías como me hablas y te apresurarías a dejar alegremente esos honores mundanos". Y dirigiéndose a los miembros del consejo, añadió: "Oh príncipes, despreciad los placeres de una vida impía; creed en Cristo, verdadero rey del cielo y de la tierra; rechazad al profeta que tantos pueblos ha arrojado en el fuego eterno".

Condenado a muerte, fue llevado al lugar del suplicio. Al salir del palacio, un eunuco le dio una bofetada. Sin quejarse por ello, Eulogio le presentó la otra mejilla. Ya en el cadalso, se arrodilló, tendió las manos al cielo, pronunció en voz baja una breve oración, y después de hacer la señal de la cruz en el pecho, presentó tranquilamente la cabeza. "Este —dice Alvaro— fue el combate hermosísimo del doctor Eulogio; éste su glorioso fin, éste su tránsito admirable. Eran las tres de la tarde del 11 de mayo." El 15 fue decapitada Lucrecia.

Los fieles de Córdoba recogieron los sagrados restos y los sepultaron en la iglesia de San Zoilo. El 1 de junio del año siguiente, 860, fueron solemnemente elevados, y en ese día empezó a celebrarse la memoria de los dos santos mártires. En 883 fueron trasladados de Córdoba a Oviedo. Su urna se conserva todavía en la Cámara Santa de esta ciudad. Los escritos del Santo: Memorial o Actas de los mártires en tres libros, Documento Martirial, Apologético y varias cartas fueron publicados por Flórez en los tomos X y XI de la España Sagrada, de donde pasaron al volumen CXV de la Patrología Latina. 

JUSTO PÉREZ DE URBEL, O. S. B.

10 mar. 2014

Santo Evangelio 10 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Lunes I de Cuaresma


Texto del Evangelio (Mt 25,31-46): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’. Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’. Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’. 

»Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis’. Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’. Y él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».


Comentario: Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart (Tarragona, España)
Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo

Hoy se nos recuerda el juicio final, «cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles» (Mt 25,31), y nos remarca que dar de comer, beber, vestir... resultan obras de amor para un cristiano, cuando al hacerlas se sabe ver en ellas al mismo Cristo.

Dice san Juan de la Cruz: «A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar a Dios como Dios quiere ser amado y deja tu propia condición». No hacer una cosa que hay que hacer, en servicio de los otros hijos de Dios y hermanos nuestros, supone dejar a Cristo sin estos detalles de amor debido: pecados de omisión.

El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et spes, al explicar las exigencias de la caridad cristiana, que da sentido a la llamada asistencia social, dice: «En nuestra época, especialmente urge la obligación de hacernos prójimo de cualquier hombre que sea y de servirlos con afecto, ya se trate de un anciano abandonado por todos, o de un niño nacido de ilegítima unión que se ve expuesto a pagar sin razón el pecado que él no ha cometido, o del hambriento que apela a nuestra conciencia trayéndonos a la memoria las palabras del Señor: ‘Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’ (Mt 25,40)».

Recordemos que Cristo vive en los cristianos... y nos dice: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

El Concilio Lateranense IV define el juicio final como verdad de fe: «Jesucristo ha de venir al fin del mundo, para juzgar a vivos y muertos, y para dar a cada uno según sus obras, tanto a los reprobados como a los elegidos (...) para recibir según sus obras, buenas o malas: aquellos con el diablo castigo eterno, y éstos con Cristo gloria eterna».

Pidamos a María que nos ayude en las acciones servicio a su Hijo en los hermanos.

Lo 40 mártires de Sebaste, 10 de Marzo

10 de marzo

LOS CUARENTA MARTIRES DE SEBASTE

(† 320)


La época de las sangrientas persecuciones tocaba a su fin y alboreaba para el cristianismo un período de relativa paz dentro del vasto Imperio romano. En efecto, a principios del año 312 los emperadores Constantino y Licinio publicaron conjuntamente un edicto favorable a los cristianos. Su enemigo Majencio fue derrotado por Constantino, el 28 de octubre del mismo año, cerca del puente Milvio. Con ello quedó Constantino único emperador de Occidente, pactando con Licinio, su asociado en el Imperio y soberano de Oriente, al cual dio a su hermana Constancia en matrimonio. Todo inducía a creer que las persecuciones contra la Iglesia se habían conjurado definitivamente. Constantino mostrábase cada día más propicio a los cristianos, a medida que se familiarizaba con ellos e intimaba con los obispos. Licinio, aunque pagano, quiso que la lucha que sostuvo en Oriente contra Maximino Daia tuviera el carácter de conflicto armado entre el cristianismo y el paganismo. Pero al ser vencido Daia y quedar Licinio dueño del campo, el ambicioso emperador se quitó la máscara, según frase de Eusebio (Vita Constantini 1.4 c.22), e inició una satánica persecución contra los cristianos sujetos a su mandato.

Un edicto imperial mandaba que los oficiales del ejercito que rehusaran sacrificar a los dioses fueran degradados y juzgados como traidores al Imperio. A los soldados se les amenazó con un lento martirio en caso de mostrarse contumaces. Debían ser muchos los cristianos enrolados en el ejército de Licinio, ya que la Iglesia tenía mucho interés en que hubiera gran número de ellos ejerciendo esta profesión, como lo prueba el canon tercero del concilio de Arles (314), al dictar sentencia de excomunión contra los que abandonaran la carrera militar en tiempos de paz. Pero mientras Constantino se apoyaba preferentemente sobre tropas cristianas, Licinio quiso eliminarlas de su ejército.

La defensa del Asia Menor estaba encomendada principalmente a las legiones romanas XII Fulminata y a la XV Apollinaris. La historia ha conservado la memoria de cuarenta soldados pertenecientes a la legión que tan famosa se hizo en tiempos de Marco Aurelio por la lluvia milagrosa y la victoria conseguida por sus oraciones a causa de haberse opuesto a las órdenes de Licinio, escogiendo el martirio antes de renegar de su fe cristiana. En una traducción latina antigua de las Actas de los mártires se ha conservado el nombre de los cuarenta atletas de Cristo. Según este testimonio, que posee bastantes indicios de ser verídico, los mártires se llamaban: Domiciano, Enoico, Sisinio, Heraclio, Alejandro, Juan, Claudio, Atanasio, Valente, Eliano, Melitón, Endicio, Acacio, Viviano, Helvio, Teódulo, Cirio, Flavio, Severiano, Cirión, Valerio, Clidión, Sacerdón, Prisco, Eutico, Esmaragdo, Filotimón, Aerio, Micalio, Lisímaco, Domno, Teófilo, Euticio, Hancio, Angio, Leoncio, Isiquio, Calo, Gorgonio y Cándido. Se admite que la tradición popular pudo desfigurar algunos de estos nombres, pero no por ello es lícito concluir que deba dudarse de la autenticidad de todos ellos. En contra de la misma se esgrime el argumento de las diferencias que se notan en los distintos documentos escritos y el silencio que sobre este particular han guardado San Basilio y otros Santos Padres.

Enterado el prefecto de que los soldados persistían en su actitud, intentó convencerles de la necesidad de acatar las órdenes del emperador como único medio de evitar un cruel martirio, precursor de una muerte lenta. Pero aquellos soldados, acostumbrados a la vida dura de la milicia, rechazaron decididamente aquella diabólica invitación, diciendo que si hasta entonces habían permanecido fieles al emperador romano y por él habían puesto en peligro sus vidas, ahora, en el trance de decidir entre servir a Cristo o al emperador, preferían oponerse a un soberano temporal antes de renegar de su Rey celestial. Esta postura varonil impresionó hondamente al prefecto, mayormente después de haber comprobado él cómo algunos otros cristianos habían apostatado cobardemente. Entonces, nos dice San Gregorio de Nisa, el prefecto trató de intimidarles, pero no sabía qué clase de martirio pudiera impresionar a aquellos atletas. "Si les amenazo con la espada —se decía—, no reaccionarán, por estar familiarizados con ella desde su infancia. Si los someto a otros suplicios, los sufrirán generosamente. Tampoco sus cuerpos curtidos por el sol y el aire temerán el martirio del fuego." Pensó entonces en otro suplicio más molesto y largo.

Era invierno, en cuya estación se deja sentir intensamente el frío en Armenia, mayormente cuando sopla el helado cierzo del norte. Aquel día en la ciudad de Sebaste reinaba un frío tan intenso que, según expresión de San Gregorio, se helaban aun los cabellos. Un riachuelo que desciende de las montañas del norte, el actual Murdan-su o Tavra-su, se había helado. El lago (San Efrén) o estanque (San Basilio), alrededor del cual se había construido la ciudad, era duro como una piedra, tanto que los animales y personas transitaban por él sin peligro alguno (San Gregorio). Aprovechando esta coyuntura mandó el prefecto que se despojara a los mártires de sus vestidos y fueran arrojados sobre el hielo del estanque. Lejos de intimidarse ante aquella cruel orden, "la alegre juventud", en medio de juegos y risas, corrió hacia el lugar del martirio. Los circunstantes que presenciaban aquel insólito hecho quedaron pasmados de ver cómo aquellos jóvenes atletas emprendían una veloz carrera para conseguir cuanto antes la palma del martirio.

La permanencia en aquel lugar de torturas se alargaba, pero mientras el hielo entumecía sus miembros y daba un color lívido a sus carnes, crecía el valor de su ánimo. Tiritaban sus cuerpos, sus miembros iban congelándose uno tras otro, la gangrena hacía su aparición. El prefecto atendía que el tormento doblegara la voluntad de los mártires, invitándoles a abandonar aquel lugar de torturas y entrar en un estanque próximo de aguas termales. Pero ellos se animaban mutuamente a permanecer fieles hasta la muerte con estas palabras que, en cuanto al sentido, nos ha conservado San Basilio: "Amargo es el invierno, dulce el paraíso; desagradable es la congelación del cuerpo, pero dichoso el descanso que nos espera. Suframos un poco y después seremos confortados en el seno de los patriarcas. A una noche de torturas seguirá toda una eternidad feliz. Por lo mismo, que todos sean valientes; que nadie dé oídos a las voces del demonio. Somos mortales y, por lo mismo, algún día tendremos que morir; aprovechemos ahora la ocasión cuando se nos presenta en perspectiva inmediata la gloria eterna." Unánime era la siguiente oración: "¡Señor!, cuarenta hemos bajado al estadio, haz que los cuarenta seamos coronados. Que no disminuya este número sagrado que Tú y tu profeta Elías santificasteis con el santo ayuno."

El desaliento se apoderó de uno de ellos, el cual, secundando los deseos del prefecto, salió del estanque helado y buscó refrigerio en el baño caliente, en donde murió al poco de entrar. No quiso Dios que se defraudara la oración de los mártires. El encargado de custodiarlos, favorecido por una visión y movido por la entereza de los mártires, se declaró públicamente cristiano y manifestó su deseo de compartir los tormentos con aquellos mártires, ocupando el lugar que había dejado el apóstata. Despojóse de sus vestiduras y se arrojó al estanque de hielo, muriendo poco después, juntamente con sus compañeros de suplicio. Era el 9 de marzo del año 320.

No es posible aunar y dar crédito al testimonio de los historiadores en cuanto a las particularidades del martirio. Todos convienen en señalar la naturaleza del mismo, pero difieren en algunos pormenores. Por ejemplo, no puede darse crédito a la noticia conservada por Nicéforo Calixto de que, juntamente con los cuarenta soldados, fueron martirizadas sus mujeres, también en número de cuarenta. La Iglesia griega celebra su fiesta el día primero de septiembre. Tampoco convienen los historiadores en la localización del estanque helado, ni todos mencionan la existencia de unos baños termales en las cercanías. Parece incontrovertible que el martirio tuvo lugar en Sebaste, no lejos de la actual villa de Sivas.

Antes de morir, uno de los mártires, en nombre de todos, redactó un testamento, calificado por los historiadores como "pieza hagiográfica única en su género". Durante algunos años se dudó de su autenticidad, pero a últimos del siglo pasado adujo Bonwetsch buenas razones en pro de la misma. Según Leclercq: "El conjunto del testamento ofrece tales caracteres de sinceridad y supone situaciones tan concretas, que no permite suponer que sea una pieza hagiográfica fabricada como tantas otras." La finalidad del testamento era impedir que, después del martirio, los cuerpos de los mártires, que habían muerto juntos por defender las mismas santas creencias, fueran dispersados. En su escrito manifestaban su voluntad de ser enterrados en una sepultura común, en un lugar llamado Sarcim, no lejos de la villa de Zela, en el Ponto. San Gregorio dice que el lugar donde reposaron sus cuerpos no estaba lejos de Ibora, a unas cinco horas de camino de Zileh. Las Actas afirman que todos los mártires eran capadocios; pero no es fácil explicar por qué unos mártires muertos en Sebaste escogieron a Zela, en el Ponto, como lugar de su sepultura.

Según San Basilio, los cuerpos de los mártires fueron quemados y el que escapó del fuego fue precipitado en el río. Cuenta el mismo Santo Doctor que, al ir a recoger los emisarios del prefecto los cuerpos de los mártires para quemarlos, vieron que vivía todavía el más joven de ellos, de nombre Melitón. Creyendo que cambiaría de parecer, le dejaron en las riberas del estanque, mientras cargaban con los cadáveres de los otros. Al ver la madre del joven la conducta de aquéllos, se acercó a su hijo y le exhortó a perseverar fiel a su fe hasta morir. El joven así se lo prometió con una ligera señal de su mano moribunda. Entonces aquella valerosa mujer cargó con sus propias manos el cuerpo de su hijo en el carro en que iban amontonados los cadáveres de los otros, temiendo que su hijo no fuera partícipe de la corona que se reservaba a aquellos mártires en el cielo.

El martirio de los cuarenta soldados de la legión XII Fulminata fue muy celebrado en la antigüedad cristiana por la valentía de los mismos y su constancia en medio de los tormentos. Con su ejemplo demostraban a los jóvenes su desprendimiento al renunciar a una vida larga y a una situación de privilegio por mantener inhiesta la bandera de Cristo. En su vida supieron hermanar sus deberes religiosos con su condición de soldados, pero cuando el poder humano les exigió que renunciaran a sus creencias cristianas no vacilaron un momento en renunciar a todo lo humano con tal de permanecer fieles a Cristo, derramando su sangre por confesarle. Sus reliquias, según San Gaudencio, eran adquiridas a peso de oro. Su gran panegirista, San Gregorio de Nisa, proclamaba desde el púlpito el gran poder de intercesión de los santos soldados mártires, diciendo que tenía él tanta confianza en ellos que colocaba sus reliquias junto a los cuerpos de sus padres, para que éstos, al resucitar en el último día, lo hicieran conjuntamente con sus valientes protectores. Su culto se propagó en Constantinopla. Hacia la mitad del siglo V Santa Melania la Joven hizo depositar sus reliquias en la iglesia del monasterio que ella había edificado en Palestina. En Roma, en el Transtevere, existe una iglesia dedicada a los santos mártires de Sebaste, que sirven los Padres Franciscanos de la provincia de San Gregorio, de Filipinas.

L. ARNALDICH, O. F. M.

9 mar. 2014

Santo Evangelio 9 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Domingo I (A) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 4,1-11): En aquel tiempo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Mas Él respondió: «Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’». 

Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». 

Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto’». Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.


Comentario: Mn. Antoni BALLESTER i Díaz (Camarasa, Lleida, España)
Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado

Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma, y este tiempo litúrgico “fuerte” es un camino espiritual que nos lleva a participar del gran misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Nos dice Juan Pablo II que «cada año, la Cuaresma nos propone un tiempo propicio para intensificar la oración y la penitencia, y para abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina. Ella nos invita a recorrer un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, ante todo mediante la escucha asidua de la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, gracias a la cual podemos ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado».

La Cuaresma y el Evangelio de hoy nos enseñan que la vida es un camino que nos tiene que llevar al cielo. Pero, para poder ser merecedores de él, tenemos que ser probados por las tentaciones. «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). Jesús quiso enseñarnos, al permitir ser tentado, cómo hemos de luchar y vencer en nuestras tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

Las tentaciones se pueden describir como los “enemigos del alma”. En concreto, se resumen y concretan en tres aspectos. En primer lugar, “el mundo”: «Di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3). Supone vivir sólo para tener cosas. 

En segundo lugar, “el demonio”: «Si postrándote me adoras (…)» (Mt 4,9). Se manifiesta en la ambición de poder. 

Y, finalmente, “la carne”: «Tírate abajo» (Mt 4,6), lo cual significa poner la confianza en el cuerpo. Todo ello lo expresa mejor santo Tomas de Aquino diciendo que «la causa de las tentaciones son las causas de las concupiscencias: el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder».