19 oct. 2013

Santo Evangelio 19 de Octubre de 2013



Día litúrgico: Sábado XXVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 12,8-12): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

»Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir».



Comentario: + Rev. D. Albert TAULÉ i Viñas (Barcelona, España)
El Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir

Hoy resuenan otra vez las palabras de Jesús invitándonos a reconocerlo ante los hombres. «Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios» (Lc 12,8). Estamos en un tiempo en que en la vida pública se reivindica la laicidad, obligando a los creyentes a manifestar su fe únicamente en el ámbito privado. Cuando un cristiano, un presbítero, un obispo, el Papa..., dice alguna cosa públicamente, aunque sea llena de sentido común, molesta, únicamente porque viene de quien viene, como si nosotros no tuviésemos derecho —¡como todo el mundo!— a decir lo que pensamos. Por más que les incomode, no podemos dejar de anunciar el Evangelio. En todo caso, «el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir» (Lc 12,12). Al respecto, san Cirilo de Jerusalén lo remataba afirmando que «el Espíritu Santo, que habita en los que están bien dispuestos, les inspira como doctor aquello que han de decir».

Los ataques que nos hacen tienen una gravedad distinta, porque no es lo mismo decir mal de un miembro de la Iglesia (a veces con razón, por nuestras deficiencias), que atacar a Jesucristo (si lo ven únicamente en su dimensión humana), o injuriar al Espíritu Santo, ya sea blasfemando, ya sea negando la existencia y los atributos de Dios.

Por lo que se refiere al perdón de la injuria, incluso cuando el pecado es leve, es necesaria una actitud previa que es el arrepentimiento. Si no hay arrepentimiento, el perdón es inviable, el puente está roto por un lado. Por esto, Jesús dice que hay pecados que ni Dios perdonará, si no hay por parte del pecador la actitud humilde de reconocer su pecado (cf. Lc 12,10).

San Pedro del Alcántara, 19 de Octubre


19 de octubre

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA
(+ 1562)


Era el año del Señor de 1494 cuando en la Extremadura Alta, en la villa de Alcántara, nacía del gobernador don Pedro Garabito y de la noble señora doña Maria Villela de Sanabria un varón cuya vida había de ser un continuo milagro y un mensaje espiritual de Dios a los homlbres, porque no iba a ser otra cosa sino una potente encarnación del espíritu en cuanto ello lo sufre la humana naturaleza. Ocurrió cuando España entera vibraba hasta la entraña por la fuerza del movimienbo contrarreformista. Era el tiempo de los grandes reyes, de los grandes teólogos, de los grandes santos. En el cielo de la Iglesia española y universal fulgían con luz propia Ignacio, Teresa, Francisco de Borja, Juan de la Cruz, Francisco Solano, Javier... Entre ellos el Santo de Alcántara había de brillar con potentísima e indiscutible luz.

Había de ser santo franciscano. La liturgia de los franciscanos, en su fiesta, nos dice que, si bien "el Seráfico Padre estaba ya muerto, parecía como si en realidad estuviese vivo, por cuanto nos dejó copia de sí en Pedro, al cual constituyó defensor de su casa y caminó por todas las vías de su padre, sin declinar a la derecha ni hacia la izquierda", Todo el que haya sentido alguna vez curiosidad por la historia de la Orden de San Francisco se encon trará con un fenómeno digno de ponderación, que apenas halla par en la historia de la Iglesia: iluminado por Dios, se apoderó el Santo de Asís del espiritu del Evangelio y lo plasmó en una altísima regla de vida que, en consecuencia, se convierte en heroísmo. Este evangelio puro, a la letra, es la cumbre de la espiritualidad cristiana y hace de los hombres otros tantos Cristos, otros tantos estigmatizados interiores; pero choca también con la realidad de la concupiscencia y pone al hombre en un constante estado de tensión, donde las tendencias hacia el amor que se crucifica y hacia la carne que reclama su imperio luchan en toda su desnuda crudeza. Por eso ya en la vida de San Francisco se observa que su ideal, de extraordinaria potencia de atraccion de almas sedientas de santidad, choca con las debilidades humanas de quienes lo abrazan. Y las almas, a veces, ceden en puntos de perfecciónl, masivamente, en grandes grupos, y parece, sin embargo, como si el espiritu del fundador hubiese dejado en ellas una simiente de perpetuo descontento, una tremenda ansia de superación, y constantemente, apenas la llama del espíritu ha comenzado a flaquear, se levanta el espiritu hecho llama en otro hombre y comienza un movimiento de reforma. Nuestro Santo fue, de todos esos hombres, el más audaz, el más potente y el más avanzado. Su significación es, por tanto, doble: es reformador de la Orden y, a través de ella, de la Iglesia universal.

San Francisco entendió la santidad como una identificación perfecta con Cristo crucificado y trazó un camino para ir a Él. El itinerario comienza por una intuición del Verbo encarnado que muere en cruz por amor nuestro, moviendo al hombre a penitencia de sus culpas y arrastrándole a una estrecha imitación. Asi introduce al alma en una total pobreza y renuncia de este mundo, en el que vivirá sin apego a criatura alguna, como extranjera y peregrina; de aquí la llevará a desear el oprobio y menosprecio de los hombres, será humilde; de aquí, despojada ya de todo obstáculo, a una entrega total al prójimo, en purísima caridad fraterna. Ya en este punto el hombre encuentra realizada una triple muerte a si mismo: en el deseo de la posesión y del goce, en la propia estima, en el propio amor. Entonces ha logrado la perfecta identificación con el Cristo de la cruz. Esto, en San Francisco, floreció en llagas, impresas por divinas manos en el monte de la Verna. Y, cuando el hombre se ha configurado así con el Redentor, su vida adquiere una plenitud insospechada de carácter redentivo, completando en sí los padecimientos de Cristo por su Iglesia: se hace alma victima y corredentora por su perfecta inmolación. Cuando el alma se ha unido así con Cristo ha encontrado la paz interior consumada en el amor y sus ojos purificados contemplan la hermosura de Dios en lo creado: queda internamente edificada en sencilla simplicidad: vive una perpetua y perfecta alegría, que es sonrisa de cruz. Es franciscana.

Por estos caminos, sin declinar, iba a correr nuestro Santo de Alcántara. Nos encontramos frente a una destacadisima personalidad religiosa, en la que no sabemos si admirar más los valores humanos fundamentales o los sobrenaturales añadidos por la gracia. San Pedro fue hombre de mediana estatura, bien parecido y proporcionado en todos sus miembros, varonilmente gracioso en el rostro, afable y cortés en la conversación, nunca demasiada; de exquisito trato social. Su memoria fue extraordinaria, llegando a dominar toda la Biblia; ingenio agudo, inteligencia despejadisima y una voluntad férrea ante la cual no existían los imposibles y que hermanaba perfectamente con una extrema sensibilidad y ternura hacia los dolores del prójimo. E s de considerar cómo, a pesar de su extrema dureza, atraía de manera irresistible a las almas y las empujaba por donde quería, sin que nadie pudiese escapar a su influencia. Cuando la penitencia le hubo consumido hasta secarle las carnes, en forma de parecer ­según testimonio de quienes le trataron­ un esqueleto recién salido del sepulcro: cuando la mortificación le impedía mirar a nadie cara a cara, emanaba de él, no obstante, una dulzura, una fuerza interior tal, que inmediatamente se imponía a quien le trataba, subyugándole y conduciéndole a placer.

Sus padres cuidaron esmeradamente de su formación intelectual. Estudió gramática en Alcántara y debía de tener once o doce años cuando marchó a Salamanca. Allí cursó la filosofía y comenzó el derecho. A los quince años había ya hecho el primero de leyes. Tornó a su villa natal en vacaciones, y entonces coincidieron las dudas sobre la elección de estado con un periodo de tentaciones intensas. Un día el joven vió pasar ante su puerta unos franciscanos descalzos y marchó tras ellos, escapándose de casa apenas cumplidos los dieciséis años y tomando el hábito en el convento de los Majarretes, junto a Valencia de Alcantara, en la raya portuguesa, año de 1515.

Fray Juan de Guadalupe habia fundado en 1494 una reforma de la Orden conocida comúnmente con el nombre de la de los descalzos. Esta reforma pasó tiempos angustiosos, combatida por todas partes, autorizada y suprimida varias veces por los Papas, hasta que logró estabilizarse en 1515 con el nombre de Custodia de Extremadura y más tarde provincia descalza de San Gabriel. Exactamente el año en que San Pedro tomó el santo hábito.

La vida franciscana de éste fue precedida por larga preparación. Desde luego que nos enfrentamos con un individuo extraordinario. De él puede decirse con exactitud que Dios le poseyó desde el principio de sus vías. A los siete años de edad era ya su oración continua y extática; su modestia, sin par. En Salamanca daba su comida de limosna, servía a los enfermos, y era tal la modestia de su continente que, cuando los estudiantes resbalaban en conversaciones no limpias y le veían llegar, se decían: "El de Alcántara viene, mudemos de plática".

Claro está que solamente la entrada en religión, y precisamente en los descalzos, podía permitir que la acción del espíritu se explayase en su alma. Cuando San Pedro, después de haber pasado milagrosamente el río Tiétar, llamó a la puerta del convento de los Majarretes, encontró allí hombres verdaderamente santos, probados en mil tribulaciones por la observancia de su ideal altísimo, pero pronto les superó a todos. En él estaba manifiestamente el dedo de Dios.

Apenas entrado en el noviciado se entregó absolutamente a la acción de la divina gracia. Fue nuestro Santo ardiente amador y su vida se polarizó en torno a Dios, con exclusión de cualquier cosa que pudiese estorbarlo. El misterio de la Santísima Trinidad, donde Dios se revela viviente y fecundo; la encarnación del Verbo y la pasión de Cristo; la Virgen concebida sin mancha de pecado original, eran misterios que atraían con fuerza irresistible sus impulsos interiores. Ya desde el principio más bien pareció ángel que hombre, pues vivía en continua oración. Dios le arrebataba de tal forma que muchas veces durante toda su vida se le vió elevarse en el aire sobre los más altos árboles, permanecer sin sentido, atravesar los ríos andando sin darse cuenta por encima de sus aguas, absorto en el ininterrumpida coloquio interior. Como consecuencia que parece natural, ya desde el principio se manifestó hombre totalmente muerto al mundo y al uso de los sentidos. Nunca miró a nadie a la cara. Sólo conocía a los que le trataban por la voz; ignoraba los techos de las casas donde vivía, la situación de las habitaciones, los árboles del huerto. A veces caminaba muchas horas con los ojos completamenbe cerrados y tomaba a tientas la pobre refacción.

Gustaba tener huertecillos en los conventos donde poder salir en las noches a contemplar el cielo estrellado, y la contemplación de las criaturas fue siempre para su alma escala conductora a Dios.

Como es lógico, esta invasión divina respondía a la generosidad con que San Pedro se abrazara a la pobreza real y a la cruz de una increíble mortificación. Esta fue tanta que ha pasado a calificarle como portento, y de los más raros, en la Iglesia de Cristo. Ciertamente parece de carácter milagroso y no se explica sin una especial intervención divina.

Si en la mortificación de la vista habia llegado, cual declaró a Santa Teresa, al extremo de que igual le diera ver que no ver, tener los ojos cerrados que abiertos, es casi increíble el que durante cuarenta años sólo durmiera hora y media cada dia, y eso sentado en el suelo, acurrucado en la pequeña celda donde no cabía estirado ni de pie, y apoyada la cabeza en un madero. Comía, de tres en tres días solamente, pan negro y duro, hierbas amargas y rara vez legumbres nauseabundas, de rodillas; en ocasiones pasaba seis u ocho días sin probar alimento, sin que nadie pudiese evitarlo, pues, si querían regalarle de forma que no lo pudiese huir, eran luego sus penitencias tan duras que preferían no dar ocasión a ellas y le dejaban en paz .

Llevó muchísimos años un cilicio de hoja de lata a modo de armadura con puntas vueltas hacia la carne. El aspacto de su cuerpo, para quienes le vieron desnudo, era fantástico: tenia piel y huesos solamente; el cilicio descubria en algunas partes el hueso y lo restante de la pial era azotado sin piedad dos veces por dia, hasta sangrar y supurar en úlceras horrendas que no había modo de curar, cayéndole muchas veces la sangre hasta los pies. Se cubria con el sayal más remendado que encontraba; llevaba unos paños menores que, con el sayal, constituían asperísimo cilicio. El hábito era estrecho y en invierno le acompañaba un manto que no llegaba a cubrir las rodillas. Como solamente tenía uno, veíase obligado a desnudarse para lavarlo, a escondidas, y tornaba o ponérselo, muchas veces helado, apenas lo terminaba de lavar y se había escurrido un tanto. Cuando no podía estar en la celda por el rigor del frío solia calentarse poniéndose desnudo en la corriente helada que iba de la puerta a la ventana abiertas; luego las cerraba poco a poco, y, finalmente, se ponia el hábito y amonestaba al hermano asno para que no se quejase con tanto regalo y no le impidiese la oración.

Su aspecto exterior era impresionante, de forma que predicaba solamente con él: la cara esquelética; los ojos de fulgor intensisimo, capaces de descubrir los secretos mas íntimos del corazón, siempre bajos o cerrados; la cabeza quemada por el sol y el hielo, llena de ampollas y de golpes que se daba por no mirar cuando pasaba por puertas bajas, de forma que a menudo le iba escurriendo la sangre por la faz; los pies siempre descalzos, partidos y llagados por no ver dónde los asentaba y no cuidarse de las zarzas y piedras de los caminos.

San Pedro era victima del amor de Dios más ardiente y su cuerpo no habia florecido en cinco llagas como San Francisco, sino que se habia convertido en una sola, pura, inmensa. Su vida entera fue una continua crucifixión, llenando en esta inmolación de amor por las almas las exigencias mas entrañables del ideal franciscano.

No es de extrañar, claro está, que su vista no repeliese. Juntaba al durisimo aspecto externo una suavidad tal, un profundo sentido de humana ternura y comprensión hacia el prójimo, una afabilidad, cortesía de modales y un tal ardor de caridad fraterna que atraía irresistiblemente a los demás, de cualquier clase y condición que fuesen. Es que el Santo era todo fuerza de amor y potencia de espíritu. Aborrecía los cumplimientos, pero era cuidadoso de las formas sociales y cultivaba intensamente la amistad. Tuvo íntima relación con los grandes santos de su época: San Francisco de Borja, quien llamaba "su paraíso" al convento de El Pedroso donde el Santo comenzó su reforma; el Beato Juan de Ribera, Santa Teresa de Jesús, a quien ayudó eficazmente en la reforma carmelitana y a cuyo espiritu dio aprobación definitiva. Acudieron a el reyes, obispos y grandes. Carlos V y su hija Juana le solicitaron como confesor, negándose. a ello por humildad y por desagradarle el género de vida consiguiente. Los reyes de Portugal fueron muy devotos suyos y le ayudaron muchas veces en sus trabajos. A todos imponía su espiritu noble y ardiente, su conocimiento del mundo y de las almas, su caridad no fingida.

Secuela de todo esto fue la eficacia de su intenso apostolado. San Pedro de Alcántara es un auténtico santo franciscano y su vida lo menos parecido posible a la de un cenobita. Como vivía para Dios completamente no le hacía el menor daño el contacto con el mundo. A pesar de ello le asaltaron con frecuencia graves tentaciones de impureza, que remediaba en forma simple y eficaz: azotarse hasta derramar sangre, sumergirse en estanques de agua helada, revolcarse entre zarzas y espinas. Desde los veinticinco años, en que por obediencia le hacen superior, estuvo constantemente en viajes apostólicos. Su predicación era sencilla, evangélica, más de ejemplo que de palabra. En el confesonario pasaba horas incontables y poseía el don de mover los corazones más empedernidos. Fue extraordinario como director espiritual; ya que penetraba el interior de las almas con seguro tino y prudencia exquisita: así fue solicitado en consejo por toda clase de hambres y mujeres, lo mismo gente sencilla de pueblo que nobles y reyes; igual teólogos y predicadores que monjas simples y vulgo ignorante. Amó a los niños y era amado por ellos, llegando a instalar en El Pedroso una escuelita donde enseñarles. Predicó constantemente la paz y la procuró eficazmente entre los hombres.

Dios confirmó todo esto con abundancia de milagros: innúmeras veces pasó los ríos a pie enjuto; dió de comer prodigiosamente a los religiosos necesitados; curó entermos; profetizó; plantó su báculo en tierra y se desarrolló en una higuera que aún hoy se conserva; atravesó tempestades sin que la lluvia calara sus vestidos, y en una de nieve ésta le respetó hasta el punto de formar a su alrededor una especie de tienda blanca. Y sobre todas estas cosas el auténtico milagro de su penitencia.

Aún, sin embargo, nos falta conocer el aspecto más original del Santo: su espíritu reformador. No solamente ayuda mucho a Santa Teresa para implantar la reforma carmelitana; no se contenta con ayudar a un religioso a la fundación de una provincia franciscana reformada en Portugal, sino que él mismo funda con licencia pontificia la provincia de San José, que produjo a la Iglesia mártires, beatos y santos de primera talla. Si bien él mismo había tomado el hábito en una provincia franciscana austerísima, la de San Gabriel, quiso elevar la pobreza y austeridad a una mayor perfección, mediante leyes a propósito y, sobre todo, deseó extender por todo el mundo el genuino espíritu franciscano que llevaba en las venas, cosa que, por azares históricos, estaba prohibido a la dicha provincia de San Gabriel, que sólo podía mantener un limitado número de conventos. Con muchas contradicciones dió comienzo a su obra en 1556, en el convento de El Pedroso, y pronto la vió extendida a Galicia, Castilla, Valencia; más tarde China, Filipinas, América. Los alcantarinos eran proverbio de santidad entre el pueblo y los doctos por su vida maravillosamente penitentes. Dice un biógrafo que vivían en sus conventos ­diminutos, desprovistos de toda comodidad­ una vida que más bien tenía visos de muerte. Cocinaban una vez por semana, y aquel potaje se hacía insufrible al mejor estómago. Sus celdas parecían sepulcros. La oración era sin límites, igual que las penitencias corporales. Y si bien es cierto que las constituciones dadas por el Santo son muy moderadas en cuanto a esto, sin exigir mucho más allá que las demás reformas franciscanas conocidas, no se puede dudar que su poderosísimo espíritu dejó en sus seguidores una imborrable huella y un extremo de imitación. Y es sorprendente el genuino espíritu franciscano que les comunicó, ya que tal penitencia no les distanciaba del pueblo, antes los unía más a él. Construían los conventos junto a pueblos y ciudades, mezclándose con la gente a través del desempeño del ministerio sacerdotal, en la avuda a los párrocos, enseñanza a los niños, siempre afables y corteses, penitentes y profundamente humanos.

El 18 de octubre de 1562 murió en el convento de Arenas.

La Santa de Avila vió volar su alma al cielo y la oyó gozarse de la gloria ganada con su excelsa penitencia. El Santo moría en paz. Dejaba una obra hecha: una escuela de santos, un colegio de almas intercesoras y víctimas por las culpas del mundo. Sus penitencias llegaron a parecer a algunos "locuras y temeridades de hombre desesperado": las gentes le tuvieron muchas veces por loco al ver los extremos a que le llevaba su vida de contemplación. Sólo que, como muy gentilmente aclaró a sus monjas Santa Teresa, aquellas locuras del bendito fray Pedro eran precisamente locuras de amor. Cuando Cristo ama intensamente a un alma no descansa hasta clavarla consigo en la cruz. Cuando un alma ama a Cristo no desea sino compartir con Él los mismos dolores, oprobios y menosprecios. La vocación franciscana es, recordémoslo, una vocación de amor crucificado y San Pedro supo vivirla con plenitud. Su penitencia venía condicionada por su papel corredentivo en la Iglesia de Dios y, si no a todos es dado imitarla materialmente, sí es exigido amar como él amó y desprenderse por amor, y al menos en espiritu, de las cosas temporales, abrazándose a la cruz.

PEDRO DE ALCÁNTARA MARTINEZ

18 oct. 2013

Da con alegría




Da con alegría


Cuando yo era adolescente, en cierta oportunidad estaba con mi padre haciendo
fila para comprar entradas para el circo.   Al final, solo quedaba una familia
entre la ventanilla y nosotros.

Esta familia me impresionó mucho; eran ocho chicos, todos probablemente menores de doce años.  Se veía que no tenían mucho dinero.  La ropa que llevaban no era cara, pero estaban limpios.  Los chicos eran bien educados, todos hacían bien la fila, de a dos detrás de los padres, tomados de la mano.  Hablaban con emoción de los payasos, los elefantes y otros números que verían esa noche.  Se notaba que nunca antes habían ido al circo.  Prometía ser un hecho
sobresaliente en su vida.

El padre y la madre estaban al frente del grupo, de pie, orgullosos.  La madre,
de la mano de su marido, lo miraba como diciendo:  "Eres mi caballero de
brillante armadura".  El sonreía, henchido de orgullo y mirándola como si
respondiera:  "Tienes razón".

La empleada de la ventanilla preguntó al padre cuantas entradas quería.  El
respondió con orgullo:  "Por favor, déme ocho entradas para menores y dos de
adultos".   La empleada le indico el precio.  La mujer soltó la mano de su
marido, ladeó su cabeza y el labio del hombre empezó a torcerse.  Este sé
acercó un poco más y le preguntó:  "¿Cuánto dijo?".

La empleada  volvió a decirle el precio. ¿Cómo iba a darse vuelta y decirle a
sus ocho hijos que no tenía suficiente dinero para llevarlos al circo? 

Viendo lo que pasaba, papá se metió la mano en el bolsillo, sacó un billete de
veinte dólares y lo tiró al suelo (nosotros no éramos ricos en lo absoluto).

Mi padre se agachó, recogió el billete, palmeó al hombre en el hombro y le
dijo: "Disculpe, señor, se le cayó esto del bolsillo". 

El hombre se dio cuenta de lo que pasaba.  No había pedido limosna, pero sin
duda apreciaba la ayuda en una situación desesperada, angustiosa e incómoda.

Miró a mi padre directamente a los ojos, con sus dos manos le tomó la suya,
apretó el billete de veinte dólares y con labios trémulos y una lágrima
rodándole por la mejilla, replicó:  "Gracias, gracias señor. Esto significa
realmente mucho para mi familia y para mí".

Papá y yo volvimos a nuestro auto y regresamos a casa.  Esa noche no fuimos al
circo, pero  nos fuimos con el corazón lleno de alegría.

NO DES LO QUE TE SOBRA.  DA CON ALEGRÍA Y HASTA QUE TE DUELA.

Santo Evangelio 18 de Octubre de 2013



Día litúrgico: 18 de Octubre: San Lucas, evangelista

Texto del Evangelio (Lc 10,1-9): En aquel tiempo, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir. Y les dijo: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. 

»En la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’».


Comentario: Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet (Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
El Reino de Dios está cerca de vosotros

Hoy, en la fiesta de san Lucas —el Evangelista de la mansedumbre de Cristo—, la Iglesia proclama este Evangelio en el que se presentan las características centrales del apóstol de Cristo.

El apóstol es, en primer lugar, el que ha sido llamado por el Señor, designado por Él mismo, con vista a ser enviado en su nombre: ¡es Jesús quien llama a quien quiere para confiarle una misión concreta! «El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir» (Lc 10,1).

El apóstol, pues, por haber sido llamado por el Señor, es, además, aquel que depende totalmente de Él. «No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino» (Lc 10,4). Esta prohibición de Jesús a sus discípulos indica, sobre todo, que ellos han de dejar en sus manos aquello que es más esencial para vivir: el Señor, que viste los lirios de los campos y da alimento a los pájaros, quiere que su discípulo busque, en primer lugar, el Reino del cielo y no, en cambio, «qué comer ni qué beber, y [que] no estéis inquietos. [Porque] por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso» (Lc 12,29-30).

El apóstol es, además, quien prepara el camino del Señor, anunciando su paz, curando a los enfermos y manifestando, así, la venida del Reino. La tarea del apóstol es, pues, central en y para la vida de la Iglesia, porque de ella depende la futura acogida al Maestro entre los hombres.

El mejor testimonio que nos puede ofrecer la fiesta de un Evangelista, de uno que ha narrado el anuncio de la Buena Nueva, es el de hacernos más conscientes de la dimensión apostólico-evangelizadora de nuestra vida cristiana.

San Lucas Evangelista, 18 de Octubre


18 de octubre

S A N   L U C A S
(Siglo I)


Con sencillez impresionante da entrada el tercer evangelio a una escena donde lo humano va poco a poco cediendo paso a lo divino. Era el día de la resurrección de Cristo y, buscando salida a las fuertes y encontradas emociones de toda aquella jornada, dos de los discípulos de Cristo se dirigían aquel mismo día a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén ciento sesenta estadios (Lc. 24,23). Junto al nombre de Cleofás, uno de "los dos", sólo una alusión que deja en la penumbra al compañero. Silencio "intencionado", sin duda, sobre el nombre del "otro" discípulo, que por lo mismo habría que identificar con ei propio San Lucas, autor del relato, Asi lo creyó San Gregorio Magno, apoyado, por lo demás, en el testimonio de "algunos" estudiosos de entonces (ML 75,517), y así despues de él lo aceptó un grupo de autores antiguos y modernos. Cuestión al parecer sin importancia, pero que la tiene en el fondo

Si el "otro" discípulo, compañero de Cleofás, fuese el autor del tercer evangelio, habría que pensar en un Lucas no de origen gentil, sino judío y discípulo en vida del Señor, como, entre otros, lo apuntó San Epifanio (MG 41, 280.908). Es un testimonio que queda muy solo frente al origen del nombre griego Lukas, Lukanos o Lukios y frente a las explícitas afirmaciones de los célebres Prólogos (antiguo y monarquiano ) de Ireneo, del Fragmento Muratoriano, de Eusebio, de Jerónimo... Discípulo, sí, de Cristo, pero no de aquellos "que desde el principio fueron testigos oculares y ministros después de la palabra" (Lc. 1,2), sino a través de Pablo.

Al cristianismo, acaso ya hacia el año 40, llega San Lucas sin haber tenido contacto directo con Cristo, como tampoco lo había tenido San Pablo. En Antioquía probablemente, y por aquella fecha, el futuro evangelista e historiador se encuentra por vez primera con el gran apóstol-escritor: desde entonces Lucas es al lado de Pablo un incansable misionero, sembrador del mensaje de Cristo entre los gentiles. Con Pablo le vemos partir primero a Filipos de Macedonia, más tarde a Jerusalén y por fin a Roma (Act. 16,20-21.27,28). Fiel al misionero de las gentes, su maestro, no le abandona en las amargas horas de su primera cautividad. A su lado, como uno de "sus auxiliares", mientras Pablo desde su prisión romana escribe su densa carta a los colosenses y su delicado billete a Filemón, está "Lucas el médico, el querido" (Col. 4,14: Phil. 24).

Es un hecho que el Lucas evangelista-historiador ha hecho, acaso un poco injustamente, pasar a segundo término al Lucas misionero, de quien Pablo, el apóstol de las gentes, escribía desde su prisión de Roma: Lucas solo queda conmigo (2 Tim. 4,11). Como escribe San Juan Crisóstomo, "incansable en el trabajo, ansioso de saber y sufrido, Lucas no acertaba a separarse de Pablo" (MG 62,656). Sólo la muerte le podrá separar de su maestro: con él había misionado hasta entonces y, misionero incansable, seguirá por los campos de Acaya y Bitinia, Dalmacia y Macedonia, Galia, Italia y Egipto, hasta morir, mártir como el maestro, en Beocia o Bitinia, y reposar definitivameníe en Constantinopla.

Año tras año en intimidad de discípulo con el gran predicador de los gentiles, Lucas iba asimilando poco a poco el evangelio de Pablo. Su evangelio ofrecerá, por lo mismo, tantos puntos de contacto literarios y doctrinales con los escritos del apóstol que podrá hablarse de "Pablo iluminador de Lucas" en frase de Tertuliano (ML 2,365 ). Luz literario-doctrinal de Pablo, a la que, con su cultura griega, su trato con los "testigos oculares" de la vida de Cristo, su conocimiento de los diversos relatos evangélicos existentes y su vocación de "investigador escrupuloso", Lucas supo dar cuerpo y proyectar definitivamente en el complejo armónico del tercer evangelio.

Predicador incansable al lado de Pablo, Lucas siguió también como escritor las huellas del maestro: la tradición en bloque le atribuye la composición del tercer evangelio, cuyo contenido, por otra parte, responde tan de lleno a las cualidades del griego Lucas, del "compañero" y del "médico querido" de Pablo. Fruto de años, la redacción del evangelio de Lucas debió de recibir el empujón definitivo durante las largas horas de cariñosa vela junto al prisionero Pablo, y, ya antes de la muerte del apóstol, pudo correr de mano en mano, primero entre los cristianos de Roma y más tarde entre los de Acaya, Egipto, Macedonia...

Aunque lo dedique a Teófilo y no se trate de un mero nombre simbólico, Lucas apunta con su evangelio a un objetivo mucho más amplio que la simple formación cristiana, segura y a fondo, de su discípulo o amigo. Con miras de universalismo, herencia de Pablo, Lucas compone su evangelio de cara al mundo gentil, cuyo movimiento en masa hacia el cristianismo se veía amenazado por las exigencias legales y sueños judíos, las fábulas de los herejes, la frivolidad peligrosa del ambiente pagano. Pablo, con insistencia machacona, habia dado la voz de alerta de pa]abra y por escrito, y Lucas, una vez más, se hace eco del maestro.

Lucas, griego y gentil de origen, "hace gracia de su evangelio a los gentiles", como observa Origenes (MG 20, 5tS1). Antiguos hermanos en el paganismo y hermanos nuevos en la fe cristiana, como a hermanos les trata. Conoce sus errores, y busca instruirles en cuanto la religión judía conserva de esencial y permanente, pero sin exigencias inutiles de lo transitorio; ha vivido su ambiente, y señala con acierto sus vacíos y sus plagas morales: cae en la cuenta de sus naturales prevenciones y susceptibilidades de raza, cultura..., y con delicadeza va ladeando escenas que pudieran herirles, o recalcando las que habrían de halagarles. Silencio sobre el aparente desprecio de Cristo ante la mujer cananea, sobre las befas de los soldados romanos junto a la cruz, sobre el mandato con que Cristo restringe provisionalmente la predicación del Evangelio a los gentiles: apología del bondadoso samaritano, del entero centurión, del agradecido leproso de Samaria: gozo no disimulado ante la buena acogida dispensada por el Bautista a los soldados gentiles; insistente presentación de las "mujeres del Evangelio" junto a la Mujer por excelencia, como abriendo camino a la dignificación de la mujer entre los gentiles.

Espontáneas filigranas de delicadeza por parte de quien, como su maestro, había escogido,como lema "hacerse todo a todos para ganarlos a todos". Lucas el evangelista sigue la linea del Lucas misionero. Su evangelio se abre en un ambiente de suavidad y dulzura humano-divina, que parece como el despliegue de aquellas profundas y sentidas afirmaciones de San Pablo cuidadosamente recogidas en la liturgia navideña: Se ha manifestado la gracia salvadora de Dios para todos los hombres..., pues quiere que todos se salven..., por la aparición de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús (I Tim. 2,4; 2 Tim. 1,10; Tit. 2,11-13). Lucas, el evangelista de la Encarnación y de la infancia de Cristo, saluda el alborear de esa gracia de cara al Sol naciente que desde lo alto baja a iluminar a los sentados en tinieblas y sombra de muerte, de cara al Niño de Belén, Híjo de María, que, sin distinción entre israelitas y gentiles, trae paz a la tierra, paz a los hombres de buena voluntad (Lc. 1,78-79: 2,14).

Evangelista-misionero, Lucas señala la trayectoria universalista de la luz salvadora que es el gran Dios y Salvador Cristo Jesús desde el seno de María, desde la cuna de Belén, desde los brazos de Simeón en el templo. Siente llegada la hora de la luz de las naciones profetizada de antiguo, y gozoso recoge el anuncio primero de Juan Bautista, poco después de labios del mismo Cristo: al Precursor le oye clamar con la vista hundida en las naciones: Y verá toda carne la salvación de Dios: a Cristo le sorprende en su primera predicación pública como al Envíado del Padre a las naciones para evangelizar a los pobres, para anunciar liberación a los cautivos y vista a los ciegos, para libertar a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor (Lc. 2,32; 4,18-19), Como Pablo, siente Lucas en el corazón que la ceguera voluntaria cierre a la masa del pueblo judío la puerta del Evangelio; pero, también como Pablo. no puede disimular su alegría ante la llegada torrencial de los pueblos a las puertas del reino: Y vendrán del oriente y del occidente, del norte y del mediodía. y serán admitidos al banquete en el reino de Dios (Lc. 13.29). Sabe que es palabra de Cristo y con ella cierra su relato evangélico: Y les dijo: Así está escrito: Que... se había de predicar en su nombre penitencia y remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén (Lc. 24, 46-47).

El antiguo médico de los cuerpos, que en su estilo y en los detalles de sus narraciones evangélicas refleja tantas veces la técnica de su antigua profesión, desemboca finalmente en el misionero y evangelista-médico de las almas. Su psicología profesional, psicología de misericordia ante el enfermo y desgraciado, se robustece y espiritualiza ante el pecador-enfermo del alma. El paso era lógico, y Lucas, que, como los otros evangelistas, ha sabido transmitir la actividad de Cristo en la tierra como médico divino de los cuerpos, mejor que ninguno ha logrado vibrar al unísono con la misericordia de Cristo ante las miserias del alma.

El evangelio de Lucas, "el médico carísimo" de Pablo, es el evangelio de la misericordia de Cristo, médico incorregible de los cuerpos y de las almas, que pasó por todas partes haciendo el bien y sanando a todos los tiranizados por el diablo (Act. 10,38). Como al acecho de este "misericordioso samaritano", Lucas recoge cuidadosamente las palabras con que Zacarías anuncia su próxima llegada y le proclama campeón de misericordia y perdón de los pecados por el amor entrañable de nuestro Dios (Lc. 1,72, 77,78 ).

Trabajado por la misericordia y compasión, el médico de antes y el misionero-médico de más tarde sigue incansable en su evangelio las huellas del Cristo médico compasivo de las almas enfermas. De su corazón y de sus labios recoge el perdón sin condiciones de la "mujer pecadora" (Lc. 7,36-50), la llamada tajante de Zaqueo, "el publicano y hombre pecador" (Lc. 19,1,10); la respuesta al ataque farisaico, "ése acoge a los pecadores y come con ellos", en las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja descarriada y otra vez vuelta al redil en brazos del pastor, la de la dracma perdida y encontrada de nuevo tras búsqueda trabajosa, la del hijo pródigo y de nuevo en la casa paterna entre los brazos del padre, siempre en espera. Cantor de la misericordia de Cristo y del gozo en el cielo ante el pecador a quien el médico divino cura (Lc. 15).

Como a Médico compasivo Lucas le sigue paso a paso hasta el Calvario, para poder consignar en su evangelio los últimos latidos de un corazón que desde la cruz perdona-cura Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.,, Hoy estarás conmiço en el paraíso (Lc. 23,34-43). Es la herencia de misericordia-perdón que Cristo deja a los suyos antes de separarse definitivamente de ellos (Lc. 24,47).

Con esta línea de salvación universal y de misericordía sin límites por parte de Cristo frente a miserias de cuerpo y de alma, Lucas ha reflejado también en su evangelio los más íntimos repliegues de su alma de evangelista, médico frente al mundo enfermo y alejado de Dios. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, incontestablemente suyo según el testimonio de las diversas iglesias primitivas, sigue acentuando esta linea confirmada por la propia experiencia y el contacto directo con apóstoles y discípulos. Escrito seguramente en Roma años antes del 70, y dedicado también a Teófilo, mira en último término al mundo cristiano de la gentilidad y en torno a él gira desde el principio. En su primera página repite el último mandato de Cristo, el Salvador del mundo, a los apóstoles el día de la Ascensión: Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria, y hasta el último confín de la tierra (Act. 1,8).

Auras de salvación universal desde el día de Pentecostés. En él, junto a los judíos y prosélitos, todo el mundo oriental, desde Frigia y Egipto hasta Mesopotamia y Elam, se agrupa en torno a los apóstoles y recoge admirado de labios de Pedro la profecía de Joel: Derramaré mi Espiritu sobre toda carne... Todo el que invocare el nombre del Señor se salvará (Act. 2). A golpes de misericordia, Lucas ve derrumbarse el antiguo muro de separación entre Israel y las naciones, y hace suyas las palabras con que el propio Pedro anuncia inminente la plena realización de la promesa divina a Abraham: En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra (Act. 3,25). Después de la evangelización de los samaritanos, Felipe abrirá paso a la antigua promesa con la evangelización del eunuco de Etiopía y de todas las ciudades costeras a lo largo del país filisteo y de la llanura de Sarón (Act. 8).

Es el momento escogido por Lucas para volcarse como historiador del universalismo cristiano. Biógrafo de Pablo, pero no su interesado apologista, le presenta, desde el momento de su conversión-vocación al apostolado, como vaso de elección para llevar hasta las naciones el nombre de Dios (Act. 9,15), como heraldo de luz y libertad, de perdón de pecados y fe santificadora (Act. 26,17-18), como testigo ante los hombres todos de cuanto en sus comunicaciones con Jesús ha visto y oído (Act. 22,25).

A este Pablo, caballero andante del Evangelio, acompañó Lucas como misionero auxiliar en activo de Palestina y Asia Menor a Grecia e Italia. El libro de los Hechos ofrece algunos textos-clave de estas andanzas misionales del evangelista con el apóstol (Act. 16,20-21.27,28). Y cuando Pablo recuerda a su "colaborador" en el ministerio y evoca al "médico carísimo, compañero único" en algunas horas amargas, hace pensar en un Lucas que como él sufre hambre y sed, desnudeces y persecuciones, como él se preocupa por la suerte de las diversas comunidades cristianas, como él muere al servicio del Evangelio.

Su psicología de médico de los cuerpos ha ganado las alturas psicológicas del divino Médico de los cuerpos y las almas: en sus escritos y en su vida apostólica se ha esforzado por hacer suyo aquel lema de Cristo de que no son los sanos quienes tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Sin excluir a los fieles de Israel, muestra sus preferencias por la conversión de los pueblos gentiles: a ellos dedicó su evangelio y su libro de los Hechos, y a ellos, como Pablo y los compañeros de Pablo y suyos, consagró su vida y su muerte.

Gracias principalmente a él conocemos en parte la historia de la Iglesia en sus primeros esfuerzos y en sus primeras realizaciones de expansión por Oriente y Occidente. Pablo y los suyos entran con ello en la órbita misionera de salvación universal trazada por Cristo y oficialmente sancionada por Pedro con la admisión en la Iglesia del centurión Cornelio y los gentiles. Lucas, una vez más evangelista de alma misionera, transmite el hecho y la declaración oficial del Príncipe de los Apóstoles: A la verdad entiendo ahora que no es Dios aceptador de personas, sino que en toda nación le es acepto el que le teme y obra justicia. En marcha incontenible la evangelización del mundo gentil, los apóstoles y fieles israelitas glorificaron a Dios, porque también a los gentiles había concedido la penitencia para alcanzar la vida (Act. 11).

Cuadro de misericordia, de perdón de pecados, de salvación universal. Lucas es una de sus figuras en activo y el autor de su trazado. Artista de la pluma, fue también, según una tradición antigua, artista del lienzo y del pincel. A él se le atribuyen algunas imágenes de María que se conservan principalmente en Bolonia y Roma. Ciertamente ofrece en su evangelio como una galería de cuadros maestros de la Virgen: a su pluma se deben los cuadros de la Anunciación y de la Visitación de María, del Nacimiento y de la Circuncisión de Jesús en los brazos maternos, de la Purificación de la Madre y de la Presentación del Hijo en el Templo, de Jesús entre los doctores y en diálogo con María. Espíritu de artista mariano que Lucas vuelca por última vez en aquella pincelada final del día de la Ascensión: Los apóstoles perseveraron unánimemente en la oración juntamente con las mujeres y con Maria, Ia Madre de Jesús, y con sus hermanos (Act. 1,19). Junto a la imagen de Jesús, el Salvador y médico compasivo, la imagen de Maria, la Madre de misericordia.

FÉLIX ASENSIO, S. I

17 oct. 2013

Santo Evangelio 17 de Octubre de 2013



Día litúrgico: Jueves XXVIII del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 11,47-54): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron! Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso dijo la Sabiduría de Dios: ‘Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán’, para que se pidan cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que pereció entre el altar y el Santuario. Sí, os aseguro que se pedirán cuentas a esta generación. ¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido».

Y cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente y hacerle hablar de muchas cosas, buscando, con insidias, cazar alguna palabra de su boca.



Comentario: Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz (El Montanyà, Barcelona, España)
¡(...) edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron!

Hoy, se nos plantea el sentido, aceptación y trato dado a los profetas: «Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán» (Lc 11,49). Son personas de cualquier condición social o religiosa, que han recibido el mensaje divino y se han impregnado de él; impulsados por el Espíritu, lo expresan con signos o palabras comprensibles para su tiempo. Es un mensaje transmitido mediante discursos, nunca halagadores, o acciones, casi siempre difíciles de aceptar. Una característica de la profecía es su incomodidad. El don resulta molesto para quien lo recibe, pues le escuece internamente, y es incómodo para su entorno, que hoy, gracias a Internet o los satélites, puede extenderse a todo el mundo.

Los contemporáneos del profeta pretenden condenarlo al silencio, lo calumnian, lo desacreditan, así hasta que muere. Llega entonces el momento de erigirle el sepulcro y de organizarle homenajes, cuando ya no molesta. No faltan actualmente profetas que gozan de fama universal. La Madre Teresa, Juan XXIII, Monseñor Romero... ¿Nos acordamos de lo que reclamaban y nos exigían?, ¿ponemos en práctica lo que nos hicieron ver? A nuestra generación se le pedirá cuentas de la capa de ozono que ha destruido, de la desertización que nuestro despilfarro de agua ha causado, pero también del ostracismo al que hemos reducido a nuestros profetas.

Todavía hay personas que se reservan para ellas el “derecho de saber en exclusiva”, que lo comparten —en el mejor de los casos— con los suyos, con aquellos que les permiten continuar aupados en sus éxitos y su fama. Personas que cierran el paso a los que intentan entrar en los ámbitos del conocimiento, no sea que tal vez sepan tanto como ellos y los adelanten: «¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido» (Lc 11,52).

Ahora, como en tiempos de Jesús, muchos analizan frases y estudian textos para desacreditar a los que incomodan con sus palabras: ¿es éste nuestro proceder? «No hay cosa más peligrosa que juzgar las cosas de Dios con los discursos humanos» (San Juan Crisóstomo).

San Ignacio de Antioquía, 17 de Octubre,


17 de Octubre
 
SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA
(† 107)
 

Si pudiera hablarse de patronazgos en el martirio o se tratara de elegir un modelo perfecto, como símbolo del testimonio máximo del cristiano, habría que proponer para ocuparlo a San Ignacio de Antioquía. Su amable figura, amasada de dulzura, de mística y de valentía que desconoce el miedo al dolor y a la muerte, resplandece, desde los tiempos apostólicos, como un faro y una invitación a cuantos tienen que sufrir por ser fieles a Jesucristo. Su estampa está envuelta en luz celestial, no por lo extraordinario de los milagros o de cualquiera forma de prodigios, sino por la sobrenatural sencillez de su conducta, moviéndose totalmente en el mundo de la fe, desde el cual adquiere una lógica incontrastable lo que, a nuestros ojos humanos, parecen aterradoras perspectivas de dolor.

Además de esto, San Ignacio es, sin pretenderlo, el cantor de su propio martirio. Sus cartas apasionadas. de estilo único, siguen vivas, estremeciendo al lector, que percibe en ellas el rugido de las fieras, el zarpazo sangrante, el crujir de los huesos triturados, todo el horror del circo romano, en el que perecían las primicias del cristianismo, convertidas en simiente de sangre, cuya espléndida cosecha recogió la historia. Pero estos horrores pierden en San Ignacio sus tonos repulsivos, para convertirse en canto de gloria. No es la muerte cruel, sino el martirio por Jesucristo; no es el sufrimiento, sino la ofrenda de una hostia pacífica. lo que allí se retrata. La crueldad queda sepultada en la caridad, la muerte es entrada triunfal en la vida eterna, la ignominia de la condenación queda convertida en apoteosis de inmortalidad. Las cartas del santo obispo de Antioquía. que hoy nos conmueven ciertamente constituyeron, para los cristianos de los siglos de persecución, para aquellos que se sabían destinados a la muerte violenta, una arenga de combate, una fuente pura de fortaleza y de esperanza, porque en ellas estaba presente la eternidad, iluminando el tránsito tenebroso de esta vida hacia la otra.

Ignacio lleva como sobrenombre Theophoros, portador de Dios. El Martyrium que relata su vida atribuye al santo obispo, al presentarse voluntariamente en Antioquía a Trajano, orgulloso por su triunfo militar sobre los dacios, el siguiente diálogo, que, si históricamente no parece genuino, refleja la verdad de su vida. Trajano le pregunta:

- ¿Quién eres tú, demonio mísero, que tanto empeño pones en transgredir mis órdenes y persuades a otros a transgredirías, para que míseramente perezcan?

Respondió Ignacio:

- Nadie puede llamar demonio mísero al portador de Dios, siendo así que los demonios huyen de los siervos de Dios. Mas, si por ser yo aborrecible a los demonios, me llamas malo contra ellos, estoy conforme contigo, pues teniendo a Cristo, rey celeste, conmigo, deshago todas las asechanzas de los demonios,

Dijo Trajano:

- ¿Quién es el Theophoros o portador de Dios?

Respondió Ignacio:

El que tiene a Cristo en su pecho...

Nada sabemos con certeza de los primeros años de Ignacio. La leyenda, sin embargo, aureolando su figura, vio en él aquel niño que cuenta San Mateo: "En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién será el más grande en el reino de los cielos? Sí, llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os mudáis haciéndoos como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos, y el que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe; y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mi, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaron al fondo del mar" (Mt. 18,1-6).

San Juan Crisóstomo, que cantó en Antioquía las glorías del mártir, ante sus reliquias, afirma que convivió con los apóstoles. Tampoco esto parece cierto. Pero nada estorba la rigurosa crítica histórica a la realidad espiritual de nuestro Santo: su fe sencilla y vigorosa es la fe de niño que el Evangelio exige para el seguidor de Cristo, y el alma de San Ignacio es apostólica en la máxima pureza primera, bebida en la fuente fresca de Pentecostés El evangelista San Juan, el ap6stol de la caridad, y San Pablo, el batallador ardiente de Jesucristo, se aúnan en el espíritu que llenó el alma de San Ignacio. Sus cartas están dictadas como glosa y fruto de ambas doctrinas entrelazadas. El amor joanístico inspira su holocausto de hostia viva. Cristo y su Iglesia constituyen el leitmotiv de sus exhortaciones a los cristianos, a quienes dirige sus cartas.

La fe en San Ignacio es completa, con formulaciones de un credo que preludia ya el símbolo de Nicea: Así, pues, cerrad vuestros oídos, escribe a los trallenses, cuandoquiera se os hable fuera de Jesucristo, que es del linaje de David e hijo de María; que nació verdaderamente y comió y bebió: fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilato y verdaderamente crucificado y muerto, a la vista de los moradores del cielo y de la tierra y del infierno. El cual verdaderamente también resucitó de entre los muertos por virtud de su Padre, quien, a semejanza suya, nos resucitará también a nosotros que creemos en Él. Sí, su Padre nos resucitará en Jesucristo, fuera del cual no tenemos la vida verdadera" (Trall. IX).

Sus cartas pueden considerarse como la "segunda formulación doctrinal cristiana"; en ellas se refleja lo que pensaban los cristianos de la segunda generación. la inmediatamente posterior a los apóstoles. Hay en ellas toda la doctrina evangélica y paulina, elaborada, profundamente compartida y aceptada, matizada ante los ataques de las primeras desviaciones heréticas. deseosas de romper la unidad, tanto jerárquica como doctrinal. La semejanza de doctrina no es tanto una repetición de textos cuanto un espíritu idéntico, del cual brotan las fórmulas sin citas, pero con la coincidencia exacta de quien vive en el alma la misma fe y las mismas verdades, todas emanadas de la misma fuente, Jesucristo.

Por eso, el pensamiento de San Ignacio está centrado en la unión con Cristo dentro de la Iglesia: "Como el amor no me consiente callar acerca de vosotros, de ahí que he determinado exhortaros a que corráis a una hacia el pensamiento de Dios. Y, en efecto, al modo de Jesucristo, vida nuestra inseparable, es el pensamiento del Padre, así los obispos, establecidos por los confines de la tierra, están en el pensamiento de Jesucristo" (Eph. III,3).

El es el inventor de la palabra católica aplicada a la Iglesia. "En las cartas de Ignacio - escribe Grandmaison - se enlaza por primera vez el epíteto glorioso de católica al nombre de la Iglesia: "Donde apareciere el obispo, allí está también la muchedumbre, al modo que, donde estuviere Jesucristo, allí está la Iglesia Católica" (Smyrn. VIII,2). De esta manera, el obispo encarna su iglesia particular, absolutamente como la gran Iglesia es la encarnación continuada del Hijo de Dios. ¿No creeríamos estar leyendo uno de los campeones de la unidad eclesiástica de nuestro tiempo, a un Adán Moehle, un Jaime Ralmes, un Eduardo Pie?" (Jésus Chist II p.634).

Nos demuestra así San Ignacio que en su tiempo, fines del siglo I, la estructura y él pensamiento sobre la Iglesia es completo y maduro. Obispos, presbíteros y diáconos constituyen la jerarquía tripartita, sobre la cual se apoya toda la realidad del cristianismo. Es preciso permanecer unidos a esta jerarquía para vivir dentro del espíritu de Cristo. "Por consiguiente7 a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, hecho como estaba una cosa con Él - nada, digo, ni por sí mismo ni por sus apóstoles -; así vosotros nada hagáis tampoco sin contar con vuestro obispo y los ancianos; ni tratéis de colorear como laudable nada que hagáis a vuestras solas, sino reunidos en común; haya una oración, una sola esperanza en la caridad, en la alegría sin tacha, que es Jesucristo, mejor que el cual nada existe" (Mag. VII,1). Sin esta jerarquía no existe la Iglesia: "Por vuestra parte, escribe a los trallenses, todos habéis también de respetar a los diáconos como a Jesucristo. Lo mismo digo del obispo, que es figura del Padre, y de los ancianos (presbíteros), que representan el senado de Dios y la alianza o colegio de los apóstoles. Quitados éstos, no hay nombre de Iglesia" (Trall III,1).

Ignorarnos los años que rigió la iglesia de Antioquía, como segundo sucesor de San Pedro, lo mismo que los motivos concretos que provocaron su detención y condenación a muerte, Nerón había puesto a los cristianos fuera de la ley. Cualquier delación o el capricho de un gobernador bastaba para hacerles sufrir el rigor de la persecución: la acusación de ser cristiano era suficiente para ello. Plinio el Joven, gobernador, por aquellos años, de Bitinia, escribía a su amo Trajano: "A los que fueron delatados les interrogué si eran cristianos; si confesaban que sí, los sometía a nuevo interrogatorio, con amenaza de suplicio. A los que aun así perseveraban los mande ejecutar".

San Ignacio fue detenido y condenado a ser devorado por las fieras en Roma. Oída la sentencia, el Santo contesta: Te doy gracias, Señor, porque te dignaste honrarme con perfecta caridad para contigo, atándome, juntamente con tu, apóstol Pablo, con cadenas de hierro..." (Mart. II,8). No hay en esta actitud nada parecido al orgullo del revolucionario o al tesón del rebelde. No existe la menor partícula de protesta contra los poderes temporales, ni siquiera contra las leyes. La disposición del mártir cristiano es algo inédito y único en la historia. Es la serenidad y el valor mantenidos por una visión sobrenatural interna, en la conciencia de cumplir una misión: la de ser testigos – eso significa mártir - de Jesucristo, haciéndose semejantes a Él en su sacrificio. Así lo afirma nuestro obispo escribiendo a los fieles de Efeso: "Apenas os enterasteis de que venía yo, desde la Siria, cargado de cadenas, por el nombre común y nuestra común esperanza. confiando que, por vuestras oraciones, lograré luchar en Roma contra las fieras para poder de ese modo ser discípulo, os apresurasteis a salirme a ver". (Eph.I,1).

Desde el momento de su detención, podemos seguir paso a paso los de San Ignacio, gracias a la preciosa colección de sus siete cartas auténticas, escritas durante su peregrinación encadenada. Con Zósimo y Rufo, otros dos cristianos condenados como él, y custodiados por un pelotón de soldados, embarcan en Seleucia, puerto de Antioquía, para arribar a las costas de Cilicia o Panfilia, siguiendo desde allí el viaje por tierra. Estos ásperos caminos del Asia Menor, pocos años antes recorridos por San Pablo, haciendo sementera de cristiandades, serían para San Ignacio nuevas pruebas de su ansiada semejanza con el gran Apóstol. Las fervorosas comunidades de aquellas tierras convierten el viaje en ronda triunfal de admiración y de caridad.

Al llegar a Esmirna, toda la comunidad cristiana, presidida por su obispo San Policarpo, discípulo personal de San Juan Evangelista, sale a recibirle y le rinde homenaje como si fuera el mismo Jesucristo. Por este recibimiento les escribirá más tarde: "Yo glorifico a Jesucristo. Dios, que es quien hasta tal punto os ha hecho sabios; pues muy bien me di cuenta de cuán apercibidos estáis de fe inconmovible,

bien así como si estuvierais clavados, en carne y en espíritu, sobre la cruz de Jesucristo, y qué afianzados en la caridad por la sangre del mismo Cristo. Y es que os vi llenos de certidumbre en lo tocante a nuestro Señor" (Esm. I). Otras comunidades vienen a saludarle y ayudarle con máxima caridad. Algunas de ellas quedan enriquecidas con sus cartas: Efeso, Trales, Magnesia. Desde el mismo Esmirna las escribe, junto Con la enviada a los fieles de Roma. Esta carta, documento único e impresionante de la literatura universal, merece mención aparte.

Tuvo San Ignacio conocimiento de que los romanos trataban de interponer toda su influencia para salvarle la vida y se alarma profundamente, porque esa caridad es apartarle de su martirio, de su anhelada nieta. Para conjurar esta posibilidad escribe la famosa carta, Renán mismo se vio obligado a escribir: "La más viva fe, la sed ardiente de la muerte, no han inspirado jamás acentos tan apasionados. El entusiasmo de los mártires, que fue, por espacio de doscientos años, el espíritu dominante del cristianismo, ha recibido del autor de esta pieza extraordinaria su expresión más exaltada" (Les Huangiles, p.489, cit. por Daniel Ruiz Bueno, Los Padres apostólicos: BAC, p.425). Seria necesario transcribir la carta entera, pero, no siendo posible, unos párrafos darán idea de su altura celestial.

Después de saludar a la iglesia de Roma, testimoniando su jerarquía, al decirla que "preside en la capital del territorio de los romanos y puesta a la cabeza de la caridad", títulos preciosos para probar que la iglesia de Roma era considerada ya como cabeza de la cristiandad, dice: "Por fin, a fuerza de oraciones a Dios, he alcanzado ver vuestros rostros divinos, y de suerte lo he alcanzado, que se me concede más de lo que pedía". En efecto, encadenado por Jesucristo, tengo esperanza de iros a saludar, si fuere voluntad del Señor hacerme la gracia de llegar hasta el fin. Porque los comienzos, cierto, bien puestos están, como yo logré gracia para alcanzar sin impedimento la herencia que me toca. Y es que temo justamente vuestra caridad, no sea ella la que me perjudique. Porque a vosotros, a la verdad, cosa fácil es hacer lo que pretendéis; a mí, en cambio, sí vosotros no tenéis consideración conmigo, me va a ser difícil alcanzar a Dios... El hecho es que ni yo tendré jamás ocasión semejante de alcanzar a Dios, ni vosotros, con sólo que calléis, podéis poner vuestra firma en obra más bella. Porque, si vosotros calláis respecto de mí, yo me convertiré en palabra de Dios; mas, si os dejáis llevar del amor a mi carne, seré otra vez una mera voz humana. No me procuréis otra cosa fuera de permitirme inmolar por Dios, mientras hay todavía un altar preparado, a fin de que, formando un coro por la caridad, cantéis al Padre por medio de Jesucristo, por haber hecho Dios la gracia al obispo de Siria de llegar hasta Occidente después de haberle mandado llamar de Oriente. ¡Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en Él yo amanezca!

"Por lo que a mí toca, escribo a todas las iglesias, y a todas las encarezco que yo estoy pronto a morir de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Yo os lo suplico: no mostréis para conmigo una benevolencia inoportuna. Permitidme ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Halagad más bien a las fieras, para que se conviertan en sepulcro mío y no dejen rastro de mi cuerpo, con lo que, después de mi muerte, no seré molesto a nadie. Cuando el mundo no vea ya ni mi cuerpo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo. Suplicad a Cristo por mí, para que por esos instrumentos logre ser sacrificio para Dios. No os doy mandatos como Pedro y Pablo. Ellos fueron apóstoles; yo no soy más que un condenado a muerte: ellos fueron libres; yo, hasta el presente, soy un esclavo. Mas si lograre sufrir el martirio, quedará liberto de Jesucristo y resucitará libre en ti. Y ahora es cuando aprendo, encadenado como estoy, a no tener deseo alguno.

"Desde Siria a Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado que voy a diez leopardos. es decir, un pelotón de soldados, que. hasta con los beneficios que se les hacen, se vuelven peores. Ahora que, en sus malos tratos, aprendo yo a ser mejor discípulo del Señor, aunque no por esto me tengo por justificado.

"¡Ojalá goce yo de las fieras que están para mi destinadas y que hago votos por que se muestren veloces conmigo! Yo mismo las azuzaré para que me devoren rápidamente, y no como algunos, a quienes, amedrentadas, no osaron tocar. Y si ellas no quisieren al que de grado se les ofrece, yo mismo las forzaré. Perdonadme, yo sé lo que me Conviene, Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga, por envidia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo.

"Porque ahora os escribo vivo con ansias de morir. Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia; sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo me está diciendo: "Ven al Padre". No siento placer por la comida corruptible ni me atraen los deleites de esta vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible."

¿Qué se puede añadir a estas expresiones sublimes? Cualquier glosa las empobrecería: son para meditar en silencio, con sobrecogida consideración de lo que es el amor sobrenatural llevado hasta las cumbres de la mística más pura.

Partiendo de Esmirna, toca en Alejandría de Troas, desde donde escribe a los filadelfios, a los esmirniotas y a Policarpo, su obispo. Sigue su viaje, parándose también en Filípos; atraviesan Macedonia. Vuelven a embarcar en Dirraquio, rodean el sur de Italia, desembarcando en Ostia.

En Roma tocaban a su fin unas fiestas nunca vistas, para conmemorar el triunfo de Trajano sobre los dacios en el año 106. Duraron ciento veintitrés días y en ellas murieron diez mil gladiadores y doce mil fieras. El 18 de diciembre del año siguiente, 107, fueron arrojados a las fieras Zósimo y Rufo, los dos compañeros de San Ignacio, y a los dos días siguientes, el 20 de dicho mes, el santo obispo de Antioquía.

Sus pocas reliquias corporales fueron enviadas a Antioquía. Pero sus verdaderas reliquias inmortales fueron sus cartas, de las cuales escribe el P, J. Huby: "Ignacio, entregado a las fieras bajo Trajano, es el tipo del pontífice entusiasta y el modelo del mártir Es la realización viva de las palabras apostólicas: Vivo, pero no vivo yo, Sino que es Cristo quien vive en mí... Deseo ser disuelto y estar con Cristo. Sus acentos no conmovieron a la Iglesia menos que los de San Pablo, y en ciertas frases, mil veces citadas, parece estar concentrado todo el espíritu de los mártires" (Chrístus p. 1031-32).

CÉSAR VACA O. S. A.

 

16 oct. 2013

La Misa no es un evento social



La Misa no es un evento social

Pidamos al Señor la gracia de tener siempre su memoria cerca de nosotros
Autor: Papa Francisco | Fuente: es.radiovaticana.va



"Cuando Dios viene y se acerca siempre hay fiesta": es cuanto subrayó el Papa Francisco en la Misa celebrada esta mañana en la capilla de la Casa de Santa Marta y en la que participaron también los purpurados del "Consejo de Cardenales" reunido en estos días en la Ciudad del Vaticano con el Pontífice. 

En su homilía, Francisco subrayó que no hay que transformar la memoria de la salvación en un recuerdo, en "un evento habitual". La Misa, reafirmó, no es un evento social, sino presencia del Señor entre nosotros.

Esdras lee desde lo alto el Libro de la Ley, que se creía pedido, y el pueblo conmovido llora de alegría. El Papa Francisco se inspiró en el pasaje del Libro de Nehemías, en la Primera lectura de hoy, para centrar su homilía en el tema de la memoria. El Pueblo de Dios, observó el Obispo de Roma, "tenía la memoria de la Ley, pero era una memoria lejana", aquel día en cambio, "la memoria se hizo cercana" y "esto toca el corazón". Lloraban "de alegría, no de dolor", dijo Francisco, "porque tenía la experiencia de la cercanía de la salvación":

"Y esto es importante no sólo en los grandes momentos históricos, sino en los momentos de nuestra vida: todos tenemos la memoria de la salvación, todos. Pero, me pregunto: ¿esta memoria está cerca de nosotros, o es una memoria un poco lejana, un poco difusa, un poco arcaica, un poco de museo? Puede ir lejos... Y cuando la memoria no es cercana, cuando nosotros no tenemos esta experiencia de la cercanía de la memoria, ésta entra en un proceso de transformación, y la memoria se vuelve un simple recuerdo".

Cuando la memoria se vuelve lejana, añadió el Santo Padre, "se transforma en recuerdo; pero cuando se hace cercana, se transforma en alegría y ésta es la alegría del pueblo". Esto, dijo también el Papa, constituye "un principio de nuestra vida cristiana". Cuando la memoria se hace cercana, reafirmó, "hace dos cosas: inflama el corazón y da alegría":

"Y esta alegría es nuestra fuerza. La alegría de la memoria cercana. En cambio, la memoria domesticada, que se aleja y se convierte en un simple recuerdo, no inflama el corazón, no nos da alegría y no nos da fuerza. Este encuentro con la memoria es un evento de salvación, es un encuentro con el amor de Dios que ha hecho historia con nosotros y nos ha salvado; es un encuentro de salvación. Y es tan bello ser salvados, que hay que hacer fiesta".

"Cuando Dios viene y se acerca - afirmó el Papa - siempre hay fiesta". Y "tantas veces - constató - nosotros los cristianos tenemos miedo de la fiesta: esta fiesta sencilla y fraterna que es un don de la cercanía del Señor". La vida, añadió, "nos lleva a alejar esta cercanía, a mantener sólo el recuerdo de la salvación, no la memoria que está viva". La Iglesia, subrayó, tiene "su memoria": la "memoria de la Pasión del Señor". También a nosotros, advirtió el Papa, nos sucede que alejamos esta memoria y la transformamos en un recuerdo, en un evento habitual":

"Cada semana vamos a la iglesia, o murió aquel, vamos al funeral... y esta memoria, tantas veces, nos aburre, porque no es cercana. Es triste, pero la Misa tantas veces se transforma en un evento social y no estamos cercanos a la memoria de la Iglesia, que es la presencia del Señor ante nosotros. Imaginamos esta bella escena en el Libro de Nehemías: Esdras que lleva el Libro de la memoria de Israel y el pueblo que se acerca a su memoria y llora, el corazón está inflamado, es gozoso, siente que la alegría del Señor es su fuerza. Y hace fiesta, sin temor, sencillamente".

"Pidamos al Señor -concluyó el Papa - la gracia de tener siempre su memoria cerca de nosotros, una memoria cercana y no domesticada por el hábito, de tantas cosas, y alejada en un simple recuerdo".

Santo Evangelio 16 de Octubre de 2013



Día litúrgico: Miércoles XXVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 11,42-46): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello. ¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas! ¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!». Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!». Pero Él dijo: «¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!».


Comentario: Rev. D. Joaquim FONT i Gassol (Igualada, Barcelona, España)
Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello

Hoy vemos cómo el Divino Maestro nos da algunas lecciones: entre ellas, nos habla de los diezmos y también de la coherencia que han de tener los educadores (padres, maestros y todo cristiano apóstol). En el Evangelio según san Lucas de la Misa de hoy, la enseñanza aparece de manera más sintética, pero en los pasajes paralelos de Mateo (23,1ss.) es bastante extensa y concreta. Todo el pensamiento del Señor concluye en que el alma de nuestra actividad han de ser la justicia, la caridad, la misericordia y la fidelidad (cf. Lc 11,42).

Los diezmos en el Antiguo Testamento y nuestra actual colaboración con la Iglesia, según las leyes y las costumbres, van en la misma línea. Pero dar valor de ley obligatoria a cosas pequeñas —como lo hacían los Maestros de la Ley— es exagerado y fatigoso: «¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!» (Lc 11,46). 

Es verdad que las personas que afinan tienen delicadezas de generosidad. Hemos tenido vivencias recientes de personas que de la cosecha traen para la Iglesia —para el culto y para los pobres— el 10% (el diezmo); otros que reservan la primera flor (las primicias), el mejor fruto de su huerto; o bien vienen a ofrecer el mismo importe que han gastado en el viaje de descanso o de vacaciones; otros traen el producto preferido de su trabajo, todo ello con este mismo fin. Se adivina ahí asimilado el espíritu del Santo Evangelio. El amor es ingenioso; de las cosas pequeñas obtiene alegrías y méritos ante Dios.

El buen pastor pasa al frente del rebaño. Los buenos padres son modelo: el ejemplo arrastra. Los buenos educadores se esfuerzan en vivir las virtudes que enseñan. Esto es la coherencia. No solamente con un dedo, sino de lleno: Vida de Sagrario, devoción a la Virgen, pequeños servicios en el hogar, difundir buen humor cristiano... «Las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas» (San Josemaría).

Santa Margarita María de Alacoque, 16 de Octubre


16 de octubre

SANTA MARGARITA MARÍA DE ALACOQUE
(+ 1690)


La primera comunión de una niña de nueve años pasó inadvertida en aquel mundo francés del siglo XVII, deslumbrado por la creciente majestad de Luis XIV, que se habia hecho declarar mayor de edad y habia comenzado a reinar a los catorce años.

El nacimiento de este rey, 1638, coincidía con la muerte del holandés Cornelio Jansenio, obispo de Yprès, cuya obra principal, el Augustinus, habia de producir en Francia una revolución contra la piedad debida a Dios, contra la obediencia debida al Papa.

Frente al mundo del poder, del placer y de las herejías, aquella primera comulgante de 1656 iniciaba una cadena de comuniones y visitas íntimas con el Señor sacramentado, que habian de repercutir en toda la Iglesia y habian de contribuir a llenar muchos comulgatorios.

Era hija del notario real Claudio Alacoque, que desempeñaba su cargo en la ciudad de Lhautecour, actual diócesis de Autun. Nació el 22 de julio de 1647, la quinta entre sus hermanos, y fue bautizada con el nombre de Margarita.

Su primera infancia transcurrió en el placentero castillo de su madrina. Prevenida por la gracia de Dios, se sentía como obligada a repetir: "Dios mio, te consagro mi pureza y te hago voto de perpetua castidad".

Perdió a su padre cuando tenia ocho años. Su madre la puso interna con las clarisas urbanistas de Charolles, que la permitieron comulgar a los nueve años, y esta comunión le puso amargor en las diversiones mundanas. Le encantaba la vida religiosa.

Imitaba los buenos ejemplos que veía en las clarisas, y muy gustosa se hubiera quedado con ellas para siempre.

Pero el Señor manifestó su voluntad iniciándola en el misterio de la cruz. A los diez años fue presa de una enfermedad que le duró hasta los catorce, produciéndole la impresión de que los huesos le perforaban la piel. Tuvo que volver a casa de su madre y prometió a la Virgen Santisima ser una de sus hijas si recobraba la salud.

La Madre de Dios atendió a sus ruegos, y en el corazón de Margarita se entabló entonces el combate de la juventud: la alegría de verse curada, su temperamento muy afectuoso y las atracciones del mundo, por un lado; por otro, el recuerdo de su promesa y los interiores atractivos de la gracia...

Los planes de Dios se hicieron más definidos, y sus invitaciones más apremiantes.

Un dia, después de comulgar, respondió a su Señor que, aunque hubiese de costarle mil vidas, sólo seria religlosa.

Luego declaró resueltamente este deseo a sus familiares, pidiéndoles que despidieran a todos los pretendientes. Tenia veintidós años. El obispo de Chalons la confirmó en sus deseos y, por devoción a la Santísima Virgen, solicitó y obtuvo de este prelado permiso para añadir al suyo propio el nombre de María.

Dudaba qué instituto religioso habia de escoger; mas el 25 de mayo de 1671 visitó a las religiosas salesas, en su monasterio de Paray-le-Monial. y en seguida oyó a su divino Esposo que le aseguraba: 'Aquí es donde te quiero".

Una vez en el noviciado pidió a su maestra que le enseñase cómo habia de hacer oración.

"Id a poneros ante nuestro Señor como un lienzo delante del pintor." Hizolo así Margarita María, y Nuestro Señor Jesucristo le dió a entender que quería reproducir la imagen de su propia vida terrestre en el alma de la nueva religiosa: los rasgos principales serían el amor a Dios y el amor a la cruz.

Tomó el hábito el 25 de agosto de 1671, y en las conversaciones del noviciado la hermana Margarita Maria contaba con cándida sencillez los grandes favores que su Señor le dispensaba. Las superioras temieron por el bien de toda la comunidad ante una novicia de caminos tan extraordinarios y decidieron probarla, imponiéndole faenas humillantes y penitencias muy opuestas a su extremada sensibilidad. Margarita María temió desfallecer antes de llegar a su profesión religiosa. Pero Nuestro Señor la sostuvo y la animó a vencer las propias debilidades y repugnancias, buscando por sí misma ocasiones de humillarse y sufrir más.

El 6 de noviembre de 1672 hace su profesión: ya es religiosa en la Orden de la Visitación de Nuestra Señora, y ya le ha descubierto el divino Esposo la mayor parte de las gracias que disponía para ella, sobre todo las que se refieren a su amable Corazón, en cuya llaga le ha prometido una mansión actual y perpetua.

Cuatro se consideran como principales entre aquellas maravillosas comunicaciones de Jesucristo a Santa Margarita María: en la primera le descubrió el abismo de su amor a los hombres (dia de San Juan, 1673). En la segunda, al año siguiente, el Corazón de Jesús se le mostró herido por las espinas de nuestros pecados, que lo rodeaban y oprimían.

El mismo año 1674, cuando la hermana Margarita María se hallaba ante el Santísimo Sacramento expuesto solemnemente, el Señor se deja ver y le pide que comulgue siempre que se lo permita la obediencia, especialmente todos los primeros viernes. Le pide además la Hora Santa en la noche del jueves al viernes, "para acompañarme en la humilde oración que hice entonces a mi Padre en medio de todas mis congojas..."

Absorta Margarita en su larga oración, la tienen que hacer volver en si, y la llevan a la superiora. Esta responde negativamente a las peticiones que ella le hace de parte del Señor: Hora Santa, comunión más frecuente, comunión especial de los primeros viernes...

La superiora se pregunta ansiosa qué espíritu será el que guía a esta hermana tan singular, y hace que la examinen algunos personas doctas. El resultado es deplorable: la tienen por visionaria, condenan su gusto por la oración, prohiben a la hermana y a la superiora hacer caso de esas maravillas y dan la orden de obligarla a comer sopa.

La heroica religiosa se somete a la obediencia, mas persevera en su deseo de cumplir lo que con toda certeza considera designios de Dios. Esta es la gran cruz interior de su vida. Cuando parece que humanamente no podia resistir más, Jesucristo le anuncia formalmente: "Yo te enviaré a mi siervo. Descúbrete a él por completo y él te dirigirá según mis designios".

Este escoqido del divino Corazón era un padre jesuita, el Beato Claudio de la Colombiere, que llegó a Paray-leMonial el, año 1675, como superior de la residencia que allí tenía la Compañía de Jesús. Poco después visitó el monasterio de las Salesas para dar ejercicios espirituales. Confortó a la confidente del Sagrado Corazan y reanimó su confianza, después de oírla bondadosamente.

Así llegó la gran revelación del Corazón de Jesús a su mensajera. Mientras ella adoraba al Santísimo Sacramento en uno de los dias de la infraoctava del Corpus (junio de 1675), Nuestro Señor se le apareció mostrándole su divino Corazón y le dijo:

"Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres y que nada ha perdonado hasta consumirse y agotarse para demostrarles su amor; y, en cambio, no recibe de la mayoría más que ingratitudes, por sus irreverencias, sacrilegios y desacatos en este sacramento de amor. Pero lo que me es todavía más sensible es que obren así hasta los corazones que de manera especial se han consagrado a Mí. Por esto te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta particular para horrar mi Corazón, comulgando en dicho día y reparando las ofensas que he recibido en el augusto sacramento del altar. Te prometo que mi Corazón derramará en abundancia las bendiciones de su divino amor sobre cuantos le tributen este homenaje y trabajen en propagar aquella práctica".

Santa Margarita María entiende bien el mensaje que debe transmitir a toda la Iglesia de parte de su divino Salvador.

"Entonces yo ­cuenta la misma Santa en la carta 103­ postrándome en tierra, le dije con Santo Tomás: "¡Señor mío y Dios mio!" Era la profunda humildad que aceptaba sin condiciones los planes divinos; era la generosidad heroica que se entregaba a realizarlos.

En lo exterior aparecía la hermana Margarita Maria como una religiosa inteligente, flexible, buena para todo y apta para desempeñar cualquier cargo que se le confiara. Fue sucesivamente enfermera, profesora del grupo de alumnas procedentes de familias distinguidas que vivían en el convento, maestra de novicias, otra vez enfermera, por segunda vez con las pensionistas, asistente de la comunidad y propuesta para superiora.

Mas presintiendo todas las actividades de esta vida exterior, animada siempre por su ardentisima caridad hacia el Corazón de Jesucristo, triunfa por todas partes su incontenible deseo de darlo a conocer y hacerlo amar. Es abrumadora la actividad apostólica que revelan sus escritos, especialmente sus cartas, abundantes y algunas larguísimas. En ellas. Io mismo atiende a las pequeñas propagandas de estampas y cuadritos del Corazón de Jesús que procura se conceda la misa propia del Sagrado Corazón; Io mismo escribe al capellán de Luis XIV para que éste le consagre su persona y su palacio, que comunica los ardores de su devoción con varios sacerdotes jesuitas: lo mismo repite cómo se siente apremiada a promover el reinado de su único amor que anuncia increíbles gracias de salvación y santificación a los que se entreguen a Él; lo mismo refiere los favores y carismas celestiales con que la regala el Hijo de Dios, nunca oídos hasta ahora, que expone el sincerísirno convencimiento de su propia nulidad o su anhelo insaciable de sufrir por imitar a Jesús.

El mensaje de Margarita suscitó explosiones de entusiasmo, efluvios de santidad, y al mismo tiempo tempestades de contradicción, ataques enconados.

Lo mismo que el mensaje de Jesús en el Evangelio, del que era copia fiel y renovación viviente.

El libro Augustinus habia sido solemnemente condenado el 31 de mayo de 1653. Poco antes de morir su autor habia declarado: "Me someto a lo que ordena la Santa Iglesia, en la que he vivido hasta mi última hora". Pero la muerte impidió a Jansenio retractar los errores contenidos en el libro, y espantarse ante los daños que causaban sus afirmaciones y las de sus fanáticos discípulos.

El Dios de los jansenistas es un Dios que no ha amado tanto a los hombres como para morir por todos: un Dios que contempla impasible cómo la voluntad del hombre obra irresistiblemente el bien o el mal; un Dios alejado, un Dios juez más que un Dios padre. ¡Qué distinto del Dios que Santa Margarita ha visto en la Hostia Santa, con un corazón incontenible de bondad y de amor para todos: un Dios tan cercano a los hambres que pide amor, frecuencia de comuniones, entrega personal! Y pide consuelo en su agonía de Getsemani.

Jesús, no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre por medio de su ciencia infusa, preveia durante su vida mortal todos los pecados de los hombres, todas sus tragedias, todas las sentencias de eterna condenación... Y esto le hacía sudar sangre por la fuerza de la pena interior, ya que amaba tanto a esos mismos hombres que iba a morir por ellos. Pero preveia también las obras buenas, las horas santas. Ias comuniones, las obediencias, los sacrificios voluntarios de sus amigos, y esto le hacia sentirse acompañado, le consolaba. Nuestros pecados de hoy le hicieron sufrir entonces; nuestras buenas obras de hoy le consolaron entonces. Participar en las penas y alegrías de un amigo es el gran recurso que fomenta la verdadera amistad. Por eso los consagrados al Corazón de Jesús desarrollan toda su vida espiritual ­y tal vez sin darse cuenta, que es lo más bello­ en ese ambiente santificador de la familiar amistad con Jesús.

Mas !a consideración de Dios ofendido por los pecados suscitaba también en Santa Margarita una reacción menos sentimental si se quiere, pero más torturante y más purificadora: más espiritual y más difícil de comprender: un dolor insufrible por las ofensas de Dios y la perdición de los hombres con un anhelo nobilísimo de tributar gloria a Dios, en compensación de la deshonra que tiende a infligirle el pecador, y de salvar a los hermanos.

Este anhelo explica el heroísmo que alcanzó Santa Margarita Maria en orar, en trabajar, en obedecer, y, compendio de todo, en sufrir por amor. Se consagra al Corazón de Jesús en una entrega absoluta de todo, exceptuando la voluntad "de estar por siempre unida a este divino Corazón y amarle puramente por amor de Él. Graba sobre su propio corazón con un cortaplumas el nombre sacrosanto de Jesús. Hace el voto de inmolarse perfectamente al Sagrado Corazón de Jesucristo, escribiendo una fórmula de 19 puntos, cuya sola lectura aterra a la pobre naturaleza humana.

Sufre con dulce paciencia la marcha a Inglaterra de su director espiritual, el Beato Claudio de la Colombiere, y, cuando regresa, le anuncia con perfecta sumisión: ''Él me ha dicho que quiere aquí el sacrificio de vuestra vida". Acepta el martirio de pedir a la comunidad, de parte de su divino Maestro, que se corrija de algunas faltas. Y vive muriendo en deseos de hacerse pedazos para glorificar a Dios y salvar a los hombres, contrarrestando la obra destructora del pecado.

Jesucristo Nuestro Señor tributó a Dios la suma gloria, al mismo tiempo que redimía y salvaba a los hombres. Pero sólo en la cruz, como víctima divina, consumó su obra. También Margarita María será víctima, Esta es su vocación especial.

La devoción al Corazón de Jesús es para todos: mas cada uno la practicará según los dones de gracia y naturaleza que Dios le haya comunicado. Santa Margarita ha sido lIamada para ser víctima al mismo tiempo que mensajera. Por eso lo acepta todo, se inmola en todo, con tal de glorificar a su rey y pasar ella completamente inadvertida, "gozándose en su inutilidad".

Precisamente de esta inutilidad se sirvió Nuestro Señor Jesucristo para demostrar al mundo que el establecimiento de la devoción a su Corazón Sagrado no se funda en cualidades humanas, sino, en la Providencia divina.

Salida de Paray-le-Monial, se extiende primero por las comunidades salesas de Dijon, Moulins y Seamur; llega en' seguido a Lyon y Marsella; salta hasta Inglaterra, avivando los gérmenes allí sembrados por el Beato Claudio. Una circular de la superiora de Dijon lleva la buena nueva a ciento cuarenta y tres monasterios de la Visitación. El fuego divino va conquistando Francia, Saboya, Italia, Bolonia, Borgoña, Canadá... Varios obispos permiten en sus diócesis la misa propia. Circulan algunos libros y miles de estampas. Aquellas recatadas confidencias del Divino Corazón a Margarita María, y de ésta a su director, han salvado las distancias y resuenan en muchos oídos cristianos. La primera fiesta del Corazón de Jesús (21 de junio de 1075, viernes siguiente a la infraoctava del Corpus), en la que se consagraron fervorosamente al Divino Corazón Santa Margarita y el Beato Claudio, empieza a repetirse a lo largo de los años siguientes. El primer cuadro del Corazón de Jesús, dibujado a tinta en un papel por Santa Margarita María para la fiesta de 1685, es la semilla de miles de cuadros, a los que seguirán miles de estatuas, monumentos, templos...

Las contradicciones habían sido fuertes, sobre todo de los jansenistas; mas también de buenos católicos recelosos ante cualquier devoción nueva. Pero Jesucristo cumple la promesa que hiciera a su santa confidente: "Reinaré a pesar de mis enemigos".

Las ansías de este reinado consumen la vida mortal de la fidelísima mensajera.

En junio de 1690 la nueva superiora le prohibe la Hora Santa y todas sus austeridades. Margarita María se somete dulcemente como siempre; pero dice: 'Ya no viviré mucho, porque ya no sufro".

El 2 de julio, fiesta de la Visitación, comienza un retiro interior que ha de durar cuarenta días, porque quiere "estar preparada para comparecer ante la santidad de Dios". El 8 de octubre se siente acometida por una fiebre que la obliga a guardar cama, aunque el médico no le da importancia especial. Ya había confesado otras veces que para las enfermedades de Margarita, ocasionadas por la fuerza del divino amor, no encontraba ramedio.

Pasan pocos días. Una de las hermanas conoce que Margarita María sufre extraordinariamente y muestra deseos de aliviarla.

"Muchas gracias ­responde la santa enferma­; pero son muy cortos los instantes de vida que me restan para desperdiciarlos. Sufro mucho; mas no lo bastante para satisfacer mis ansias de padecer."

Pasan dos días más. Pide a su superiora el Viático; mas no se lo conceden, por creer todos que no se trata de enfermedad grave. Margarita María no insiste; pero el 16 por la manana, estando aún en ayunas, manifiesta deseos de comulgar y hace intención de recibir a Jesús como viático para el gran viaje. Al atardecer empeora, y deciden velarla por la noche. Así hubo testigos de las jaculatorias, oraciones y coloquios que le inspiraban su impaciente deseo por abismarse en el Corazón de Jesucristo.

Persevera hasta el fin en su función de victima. A la mañana siguiente parece sentir por unos instantes el peso abrumador de la santidad de justicia, ofendida por los pe cados. Es un pavor de Getsemani: ¿Me salvaré, me condenaré? Las miradas a Jesús crucificado, el clamor: ¡Misericordia, Dios mío!, la confianza en los méritos del Corazón de Jesús le devuelven la paz.

Y horas después, rodeada de la comunidad, mientras el capellán le administra la santa unción, pronuncia en un supremo esfuerzo de amor el nombre de Jesús, y en ella se cumple lo que tantas veces había repetido: ¡Qué dulce es morir, después de haber tenido una tierna y constante devoción al Corazón de Aquel que nos ha de juzgar!

Era el 17 de octubre de 1690. Pronto corrió por la pequeña ciudad, con inmensa conmoción y edificación de todos, la noticia de que habia muerto la Santa.

Fue canonizada por Benedicto XV el 13 de mayo de 1920.

Este Papa, en la bula de canonización, consigna la promesa de la perseverancia final hecha por el Corazón de Jesús a Santa Margarita en favor de los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos. León XIII consagra todo el género humano al Corazón de Jesús. Pio XI reproduce en la encíclica Miserentissimus la doctrina de Santa Margarita acerca de la reparación y de la consagración personal. Pío Xll, en la Haurietis aquas, vuelve a presentarla como confidente del Divino Redentor para divulgar la devoción a su Corazón Sagrado.

No hay santo cuyas revelaciones privadas hayan ejercido en toda la Iglesia influencia tan profunda y tan bienhechora como las de Santa Margarita Maria de Alacoque.

JOSÉ JULIO MARTÍNEZ, S. I