14 nov. 2015

Santo Evangelio 14 Noviembre 2015


Día litúrgico: Sábado XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 18,1-8): En aquel tiempo, Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’». 

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».

«Es preciso orar siempre sin desfallecer»
Rev. D. Joan FARRÉS i Llarisó 
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, en los últimos días del año litúrgico, Jesús nos exhorta a orar, a dirigirnos a Dios. Podemos pensar cómo los padres y madres de familia esperan que —¡todos los días!— sus hijos les digan algo, que les muestren su afecto amoroso.

Dios, que es Padre de todos, también lo espera. Jesús nos lo dice muchas veces en el Evangelio, y sabemos que hablar con Dios es hacer oración. La oración es la voz de la fe, de nuestra creencia en Él, también de nuestra confianza, y ojalá fuera también siempre manifestación de nuestro amor.

A fin de que nuestra oración sea perseverante y confiada, dice san Lucas, que «Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). Sabemos que la oración se puede hacer alabando al Señor o dando gracias, o reconociendo la propia debilidad humana —el pecado—, implorando la misericordia de Dios, pero la mayoría de las veces será de petición de alguna gracia o favor. Y, aunque no se consiga de momento lo que se pide, sólo el poder dirigirse a Dios, el hecho de poder contarle a ese Alguien la pena o la preocupación, ya será la consecución de algo, y seguramente —aunque no de inmediato, sino en el tiempo—, obtendrá respuesta, porque «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche?» (Lc 18,7).

San Juan Clímaco, a propósito de esta parábola evangélica, dice que «aquel juez que no temía a Dios, cede ante la insistencia de la viuda para no tener más la pesadez de escucharla. Dios hará justicia al alma, viuda de Él por el pecado, frente al cuerpo, su primer enemigo, y frente a los demonios, sus adversarios invisibles. El Divino Comerciante sabrá intercambiar bien nuestras buenas mercancías, poner a disposición sus grandes bienes con amorosa solicitud y estar pronto a acoger nuestras súplicas».

Perseverancia en orar, confianza en Dios. Decía Tertuliano que «sólo la oración vence a Dios».

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San Loranzo de Irlanda, 14 Noviembre


14 de noviembre
San Lorenzo de Irlanda, arzobispo
(año 1180)


San Lorenzo nació en Irlanda hacia el año 1128, de la familia O’Toole que era dueña de uno de los más importantes castillos de esa época. Cuando el niño nació, su padre dispuso pedirle a un conde enemigo que quisiera ser padrino del recién nacido. El otro aceptó y desde entonces estos dos condes (ahora compadres) se hicieron amigos y no lucharon más el uno contra el otro. Cuando lo llevaban a bautizar, apareció en el camino un poeta religioso y preguntó qué nombre le iban a poner al niño. Le dijeron un nombre en inglés, pero él les aconsejó: "Pónganle por nombre Lorenzo, porque este nombre significa: ‘coronado de laureles por ser vencedor’, y es que el niño va a ser un gran vencedor en la vida". A los papás les agradó la idea y le pusieron por nombre Lorenzo y en verdad que fue un gran vencedor en las luchas por la santidad.

Cuando el niño tenía diez años, un conde enemigo de su padre le exigió como condición para no hacerle la guerra que le dejara a Lorenzo como rehén. El Sr. O’Toole aceptó y el jovencito fue llevado al castillo de aquel guerrero. Pero allí fue tratado con crueldad y una de las personas que lo atendían fue a comunicar la triste noticia a su padre y este exigió que le devolvieran a su hijo. Como el tirano no aceptaba devolverlo, el Sr. O’Toole le secuestró doce capitanes al otro guerrero y puso como condición para entregarlos que le devolvieran a Lorenzo. El otro aceptó pero llevó al niño a un monasterio, para que apenas entregaran a los doce secuestrados, los monjes devolvieran a Lorenzo. Y sucedió que al jovencito le agradó inmensamente la vida del monasterio y le pidió a su padre que lo dejara quedarse a vivir allí, porque en vez de la vida de guerras y batallas, a él le agradaba la vida de lectura, oración y meditación. El buen hombre aceptó y Lorenzó llegó a ser un excelente monje en ese monasterio. Su comportamiento en la vida religiosa fue verdaderamente ejemplar. Dedicadísimo a los trabajos del campo y brillante en los estudios. Fervoroso en la oración y exacto en la obediencia. Fue ordenado sacerdote y al morir el superior del monasterio los monjes eligieron por unanimidad a Lorenzo como nuevo superior.

Por aquellos tiempos hubo una tremenda escasez de alimentos en Irlanda por causa de las malas cosechas y las gentes hambrientas recorrían pueblos y veredas robando y saqueando cuanto encontraban. El abad Lorenzo salió al encuentro de los revoltosos, con una cruz en alto y pidiendo que en vez de dedicarse a robar se dedicaran a pedir a Dios que les ayudara. Las gentes le hicieron caso y se calmaron y él, sacando todas las provisiones de su inmenso monasterio las repartió entre el pueblo hambriento. La caridad del santo hizo prodigios en aquella situación tan angustiada.

En el año 1161 falleció el arzobispo de Dublín (capital de Irlanda) y clero y pueblo estuvieron de acuerdo en que el más digno para ese cargo era el abad Lorenzo. Tuvo que aceptar y, como en todos los oficios que le encomendaban, en este cargo se dedicó con todas sus fuerzas a cumplir sus obligaciones del modo más exacto posible. Lo primero que hizo fue tratar de que los templos fueran lo más bellos y bien presentados posibles. Luego se esforzó porque cada sacerdote se esmerara en cumplir lo mejor que le fuera posible sus deberes sacerdotales. Y en seguida se dedicó a repartir limosnas con gran generosidad. Cada día recibía 30, 40 o 60 menesterosos en su casa episcopal y él mismo les servía la comida. Todas las ganancias que obtenía como arzobispo las dedicaba a ayudar a los más necesitados.

En el año 1170 los ejércitos de Inglaterra invadieron a Irlanda llenando el país de muertes, de crueldad y de desolación. Los invasores saquearon los templos católicos, los conventos y llenaron de horrores todo el país. El arzobispo Lorenzo hizo todo lo que pudo para tratar de detener tanta maldad y salvar la vida y los bienes de los perseguidos. Se presentó al propio jefe de los invasores a pedirle que devolviera los bienes a la Iglesia y que detuviera el pillaje y el saqueo. El otro por única respuesta le dio una carcajada de desprecio. Pero pocos días después murió repentinamente. El sucesor tuvo temor y les hizo mucho más caso a las palabras y recomendaciones del santo. El arzobispo trató de organizar la resistencia pero viendo que los enemigos eran muy superiores, desistió de la idea y se dedicó con sus monjes a reconstruir los templos y los pueblos y se fue a Inglaterra a suplicarle al rey invasor que no permitiera los malos tratos de sus ejércitos contra los irlandeses.

Estando en Londres de rodillas rezando en la tumba de Santo Tomás Becket (un obispo inglés que murió por defender la religión) un fanático le asestó terribilísima pedrada en la cabeza. Gravemente herido mandó traer un poco de agua. La bendijo e hizo que se la echaran en la herida de la cabeza, y apenas el agua llegó a la herida, cesó la hemorragia y obtuvo la curación.

El Papa Alejandro III nombró a Lorenzo como su delegado especial para toda Irlanda, y él, deseoso de conseguir la paz para su país se fue otra vez en busca del rey de Inglaterra a suplicarle que no tratara mal a sus paisanos. El rey no lo quiso atender y se fue para Normandía. Y hasta allá lo siguió el santo, para tratar de convencerlo, pero a causa del terribilísimo frío y del agotamiento producido por tantos trabajos, murió allí en Normandía en 1180 al llegar a un convento. Cuando el abad le aconsejó que hiciera un testamento, respondió: "Dios sabe que no tengo bienes ni dinero porque todo lo he repartido entre el pueblo. Ay, pueblo mío, víctima de tantas violencias ¿Quién logrará traer la paz?".

Seguramente desde el cielo debe haber rezado mucho por su pueblo, porque Irlanda ha conservado la religión y la paz por muchos siglos. Estos son los verdaderos patriotas, los que como San Lorenzo de Irlanda emplean su vida toda por conseguir el bien y la paz para sus conciudadanos. Dios nos envíe muchos patriotas como él.

Dichosos los que buscan la paz porque serán llamados hijos de Dios. (Jesucristo).

13 nov. 2015

Santo Evangelio 13 de Noviembre 2015


Día litúrgico: Viernes XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 17,26-37): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste.

»Aquel día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará. Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada». Y le dijeron: «¿Dónde, Señor?». Él les respondió: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres».

«Comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían»
Fr. Austin NORRIS 
(Mumbai, India)

Hoy, en el texto del Evangelio son remarcados el final de los tiempos y la incerteza de la vida, no tanto para atemorizarnos, cuanto para tenernos bien precavidos y atentos, preparados para el encuentro con nuestro Creador. La dimensión sacrificial presente en el Evangelio se manifiesta en su Señor y Salvador Jesucristo liderándonos con su ejemplo, en vista a estar siempre preparados para buscar y cumplir la Voluntad de Dios. La vigilancia constante y la preparación son el sello del discípulo vibrante. No podemos asemejarnos a la gente que «comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían» (Lc 17,28). Nosotros, discípulos, debemos estar preparados y vigilantes, no fuera que termináramos por ser arrastrados hacia un letargo espiritual esclavo de la obsesión —transmitida de una generación a la siguiente— por el progreso en la vida presente, pensando que —después de todo— Jesús no regresará.

El secularismo ha echado raíces profundas en nuestra sociedad. La embestida de la innovación y la rápida disponibilidad de cosas y servicios personales nos hace sentir autosuficientes y nos despoja de la presencia de Dios en nuestras vidas. Sólo cuando una tragedia nos golpea despertamos de nuestro sueño para ver a Dios en medio de nuestro “valle de lágrimas”... Incluso debiéramos estar agradecidos por esos momentos trágicos, porque seguramente sirven para robustecer nuestra fe. 

En tiempos recientes, los ataques contra los cristianos en diversas partes del mundo, incluyendo mi propio país —la India— han sacudido nuestra fe. Pero el Papa Francisco ha dicho: «Sin embargo, los cristianos están esperanzados porque, en última instancia, Jesús hace una promesa que es garantía de victoria: ‘Quien pierda su vida, la conservará’ (Lc 17,33)». Ésta es una verdad en la que podemos confiar… El poderoso testimonio de nuestros hermanos y hermanas que dan su vida por la fe y por Cristo no será en vano.

Así, nosotros luchamos por avanzar en el viaje de nuestras vida en la sincera esperanza de encontrar a nuestro Dios «el Día en que el Hijo del hombre se manifieste» (Lc 17,30).

«Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará»

Rev. D. Enric PRAT i Jordana 
(Sort, Lleida, España)


Hoy, en el contexto predominante de una cultura materialista, muchos actúan como en tiempos de Noé: «Comían, bebían, tomaban mujer o marido» (Lc 17,27); o como los coetáneos de Lot que «(…) compraban, vendían, plantaban, construían» (Lc 17,28). Con una visión tan miope, la aspiración suprema de muchos se reduce a su propia vida física temporal y, en consecuencia, todo su esfuerzo se orienta a conservar esa vida, a protegerla y enriquecerla.

En el fragmento del Evangelio que estamos comentando, Jesús quiere salir al paso de esta concepción fragmentaria de la vida que mutila al ser humano y lo lleva a la frustración. Y lo hace mediante una sentencia seria y contundente, capaz de remover las conciencias y de obligar al planteamiento de preguntas fundamentales: «Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará» (Lc 17,33). Meditando sobre esta enseñanza de Jesucristo, dice san Agustín: «¿Qué decir, pues? ¿Perecerán todos los que hacen estas cosas, es decir, quienes se casan, plantan viñas y edifican? No ellos, sino quienes presumen de esas cosas, quienes anteponen esas cosas a Dios, quienes están dispuestos a ofender a Dios al instante por tales cosas». 

De hecho, ¿quién pierde la vida por haberla querido conservar sino aquel que ha vivido exclusivamente en la carne, sin dejar aflorar el espíritu; o aún más, aquel que vive ensimismado, ignorando por completo a los demás? Porque es evidente que la vida en la carne se ha de perder necesariamente, y que la vida en el espíritu, si no se comparte, se debilita.

Toda vida, por ella misma, tiende naturalmente al crecimiento, a la exuberancia, a la fructificación y la reproducción. Por el contrario, si se la secuestra y se la recluye en el intento de poseerla codiciosa y exclusivamente, se marchita, se esteriliza y muere. Por este motivo, todos los santos, tomando como modelo a Jesús, que vivió intensamente para Dios y para los hombres, han dado generosamente su vida de multiformes maneras al servicio de Dios y de sus semejantes.

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San Leandro, 13 Noviembre

13 de Noviembre
HOMILÍAS
SAN LEANDRO
ARZOBISPO DE SEVILLA
(† 600)

Leandro vio la luz en una familia de abolengo greco romano. En Cartagena de la Andalucía española. Y por los años de 535 a 540. Hermano de tres santos —San Isidoro, su sucesor en la silla Hispalense; San Fulgencio, obispo de Ecija, y Santa Florentina, virgen— santo también fue él, con su festividad litúrgica el 27 de febrero.

La carrera de su santidad se reduce a los siguientes tramos: abrazó en buena hora la vida monástica. Y su condición de monje le abrió las puertas para ejercer una preponderante influencia en la Península, sobre todo por lo que respecta al porvenir religioso de España.

La Providencia enredó así las cosas: sus padres emigraron de Cartagena a Sevilla. Nombrado obispo metropolitano de aquella ciudad, creó una escuela —ya se había dedicado a la enseñanza cuando monje— destinada a propagar la fe ortodoxa y que sirviera, a la vez, de estímulo para el estudio de todas las artes y de todas las ciencias conocidas. El mismo llevó muy entre manos los quehaceres escolares. Entre los alumnos de esta escuela se contaron los dos hijos del rey Leovigildo, Hermenegildo Y Recaredo. El ascendiente de todo buen maestro sobre el discípulo supo aprovecharlo San Leandro para mantener en la fe católica al primogénito del rey, con magnífico ejemplo y harto provecho para los católicos españoles. Hermenegildo, atraído a las lides de la fe nicena por el trato de San Leandro y los consejos de su buena esposa Ingunde, supo despreciar la herejía arriana. Leovigildo asentó la capital del reino visigodo en Toledo y asoció a su hijo en el reino, asignándole la Bética, con residencia en Sevilla. La persecución arriana —y con ella la guerra civil— estalló bien pronto contra el catolicismo. Leovigildo, en sus aires de grandeza y unificador, estimó la herejía arriana como vínculo de unión y grandeza. Todo fue llevado a sangre y fuego; la violencia de la prisión o del exilio se servirá en bandeja a los recalcitrantes. A Leandro se le obligará a abandonar su iglesia metropolitana y la patria madre.

Pero antes del destierro, cuando Leovigildo, desnaturalizado padre, asediaba al joven rey, su hijo Hermenegildo, que resistía en Sevilla la impugnación de la herejía arriana, Leandro marchó a Constantinopla a implorar socorro del emperador bizantino. En Bizancio conoció el monje obispo a otro monje —a la sazón apocrisario del papa Pelagio II en aquellas tierras— destinado a la suprema magistratura de la Iglesia: Gregorio, el magistrado romano y monje, con el que trabó una íntima amistad que unirá sus vidas en criterio y afecto hasta el fin y que Leandro sabrá explotar para el bien de España. Gregorio el Grande escribirá las Morales (exposición del libro de Job), que tanta repercusión tendrán en la ascética moral del medievo, animado por Leandro. La correspondencia gregoriana que se nos ha conservado demuestra la fuerte y perenne amistad de estos dos santos (Cf. Epíst. 1,41; 5,49; 9,121). Elevado a la Cátedra de Pedro, Gregorio se apresura a enviar a su amigo Leandro el palio arzobispal, con unas letras que revelan la alta estima que tenía de su virtud: "Os envío el palio que debe servir para las misas solemnes. Al mismo tiempo debería prescribiros las normas de vivir santamente; pero mis palabras se ven reducidas al silencio por vuestras virtuosas acciones". Es tradición que el Papa donó al arzobispo de Sevilla una venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

Leandro regresó de Constantinopla cuando amainaba la persecución suscitada por Leovigildo. Vio el final de este rey y los buenos consejos que dio a su hijo Recaredo, sin duda influenciado por el príncipe mártir.

Una nueva era amaneció para España cuando Recaredo se sentó en el trono. Leandro pudo volver a su diócesis sevillana y el nuevo rey, vencidos los francos, convocó el histórico III Concilio de Toledo, en el año de gracia de 589. Recaredo abjura la herejía arriana: hace profesión de fe, enteramente conforme con el símbolo niceno; declara que el pueblo visigodo —unido de godos y suevos— se unifique en la fe verdadera y manda que todos sus súbditos sean instruidos en la ortodoxia de la fe católica. El alma de aquel concilio era Leandro. Y ésta es su mayor gloria. En medio de aquellas intrigas visigóticas, supo intrigar santamente en la corte real, con el exuberante fruto de la conversión de su rey. Al santo obispo de Sevilla se le debe, corno causa oculta pero eficiente, la conversión en masa del reino visigodo y la iniciación del desarrollo en España de una vida religiosa muy activa que se traslucirá en la institución de parroquias rurales y en la fundación de no pocos monasterios. La Iglesia española alcanzó, en los celebérrimos concilios de Toledo —iniciados prácticamente en este tercero— una importancia de primerísimo orden. La legislación visigótica, desde entonces, fue totalmente impregnada de cristianismo. Esta es la obra de San Leandro. Con razón podía gloriarse y exteriorizar su gozo en la clausura del concilio con estas palabras: "La novedad misma de la presente fiesta indica que es la más solemne de todas... Nueva es la conversión de tantas gentes, y si en las demás festividades que la Iglesia celebra nos regocijamos por los bienes ya adquiridos, aquí, por el tesoro inestimable que acabamos de recoger. Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia: los que antes nos atribulaban con su rudeza, ahora nos consuelan con su fe. Ocasión de nuestro gozo actual fue la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimían y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que antes eran peso para nuestros hombros se hayan trocado por su conversión en corona nuestra... Alégrate y regocíjate, Iglesia de Dios; alégrate y levántate formando un solo cuerpo con Cristo; vístete de fortaleza, llénate de júbilo, porque tus tristezas se han convertido en gozo, y en paños de alegría tus hábitos de dolor. He aquí que, olvidada de tu esterilidad y pobreza, en un solo parto engendraste pueblos innumerables para tu Cristo. Tú no predicas sino la unión de las naciones, no aspiras sino a la unidad de los pueblos y no siembras más que los bienes de la paz y de la caridad. Alégrate, pues, en el Señor, porque no has sido defraudada en tus deseos, puesto que aquellos que concebiste, después de tanto tiempo de gemidos y oración continua, ahora, pasado el hielo del invierno y la dureza del frío y la austeridad de la nieve, repentinamente los has dado a luz en gozo, como fruto delicioso de los campos, como flores alegres de primavera y risueños sarmientos de vides".

Poco después de este acontecimiento, de los más grandes en la historia del cristianismo español —la conversión de los visigodos fue real y sincera—, fue elevado al Pontificado en 590, Gregorio el Magno. El Papa y amigo felicitó efusivamente a Leandro.

El metropolitano de Sevilla consagró el resto de su vida a edificar a su pueblo con la práctica de la virtud —luz que ilumina— y el trabajo de sus escritos —sal que condimenta—. Entre sus obras escritas —todas perdidas, a excepción de algunos fragmentos de su discurso en el III Concilio de Toledo y la que ahora indicamos— se destaca por el encanto y doctrina evangélica que contiene la carta que dirigió a su hermana Florentina. Es un bello tratadito sobre el desprecio del mundo y la entrega a Dios de las vírgenes consagradas. Influyó sobremanera en la posteridad para el género de vida monástico femenino. Comúnmente se llama a esta carta la regla de San Leandro.

Los últimos años de su vida, retirado de la política, fueron fecundos en obras santas, dignas del mejor obispo: penitencias, ayunos, estudio de las Sagradas Escrituras, obligaciones pastorales. Afligido por la enfermedad de la gota —la misma enfermedad que sufría por entonces su amigo Gregorio el Magno— supo recibirla como un favor del cielo y como una gracia muy grande para expiar sus faltas,

Moría probablemente el mismo año que Recaredo, en 601, dejando fama de verdadero hombre de estado y de obispo digno del apelativo de su amigo, grande.

JUAN MANUEL SANCHEZ GÓMEZ

12 nov. 2015

¿Te encontrarás un día entre los grandes?



¿Te encontrarás un día entre los grandes?
Cristiano de hoy

Todos los Santos. Todavía hay tiempo de ganar un lugar, tu lugar, tu escaño vacío que te espera.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net 

Fiesta de todos los Santos...

Fiesta de muchos, de muchos valientes, de muchos que ganaron a pulso un galardón eterno.
¡Cuántos son! ¡Qué buenos son! ¡Cómo quisieras ser como ellos! Pero del quisiera al quiero, media un trecho muy grande.
Quisieras ser escritor, quisieras hablar con gracia, quisieras hablar por televisión, quisieras... Por ahí andan millones llevando durante toda la vida sus quisieras en sus pupilas y en su imaginación, y los entierran así, con sus quisieras y unas palabras de tierra.
¡Cuánto quisieras tú encontrarte un día en esa fila de bienaventurados que van llenando los escaños de la gloria! ¿Será tan difícil obtener el boleto? ¿En este momento cómo andarán tus ganancias? ¿Te encontrarás un día entre los grandes?

Son de todas las edades, de todos los tiempos, y aún no concluyen las entradas; entre las que faltan está la tuya. Todavía hay tiempo de ganar un lugar, tu lugar, tu escaño vacío que te espera.

Ser santo fue desde tu infancia un sueño dorado y en tu edad madura es un sueño que no ha muerto, sigue siendo tu meta primera: A veces parece que muere, cuando te revuelcas en tu sangre con el ánimo destrozado, pero te levantas muchas veces, todas las que es necesario, y lo vuelves a intentar. Mientras duren los días, la esperanza está abierta y se puede.


Conoce más acerca de la Solemnidad de Todos los Santos

Preguntas o comentarios al autor  P. Mariano de Blas LC

Santo Evangelio 12 de Noviembre 2015


Día litúrgico: Jueves XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 17,20-25): En aquel tiempo, los fariseos preguntaron a Jesús cuándo llegaría el Reino de Dios. Él les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Vedlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros». 

Dijo a sus discípulos: «Días vendrán en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis. Y os dirán: ‘Vedlo aquí, vedlo allá’. No vayáis, ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero, antes, le es preciso padecer mucho y ser reprobado por esta generación».

«El Reino de Dios ya está entre vosotros»
Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM 
(Barcelona, España)


Hoy, los fariseos preguntan a Jesús una cosa que ha interesado siempre con una mezcla de interés, curiosidad, miedo...: ¿Cuándo vendrá el Reino de Dios? ¿Cuándo será el día definitivo, el fin del mundo, el retorno de Cristo para juzgar a los vivos y a los difuntos en el juicio final?

Jesús dijo que eso es imprevisible. Lo único que sabemos es que vendrá súbitamente, sin avisar: será «como relámpago fulgurante» (Lc 17,24), un acontecimiento repentino y, a la vez, lleno de luz y de gloria. En cuanto a las circunstancias, la segunda llegada de Jesús permanece en el misterio. Pero Jesús nos da una pista auténtica y segura: desde ahora, «el Reino de Dios ya está entre vosotros» (Lc 17,21). O bien: «dentro de vosotros».

El gran suceso del último día será un hecho universal, pero ocurre también en el pequeño microcosmos de cada corazón. Es ahí donde se ha de ir a buscar el Reino. Es en nuestro interior donde está el Cielo, donde hemos de encontrar a Jesús.

Este Reino, que comenzará imprevisiblemente “fuera”, puede comenzar ya ahora “dentro” de nosotros. El último día se configura ahora ya en el interior de cada uno. Si queremos entrar en el Reino el día final, hemos de hacer entrar ahora el Reino dentro de nosotros. Si queremos que Jesús en aquel momento definitivo sea nuestro juez misericordioso, hagamos que Él ahora sea nuestro amigo y huésped interior.

San Bernardo, en un sermón de Adviento, habla de tres venidas de Jesús. La primera venida, cuando se hizo hombre; la última, cuando vendrá como juez. Hay una venida intermedia, que es la que tiene lugar ahora en el corazón de cada uno. Es ahí donde se hacen presentes, a nivel personal y de experiencia, la primera y la última venida. La sentencia que pronunciará Jesús el día del Juicio, será la que ahora resuene en nuestro corazón. Aquello que todavía no ha llegado, es ya ahora una realidad.

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San Millan de la Cogolla, 12 Noviembre


12 de noviembre
SAN MILLÁN DE LA COGOLLA
(+ ca 574)

Para contar sencillamente la vida de San Millán disponemos de un testimonio fidedigno, sin que esto quiera decir que no deba sometérsele por ello al análisis de la crítica histórica. San Braulio, obispo de Zaragoza, nos legó un opúsculo latino en el que relata la vida de San Millán. No sólo el prestigio del propio narrador ha de imponérsenos en este caso. Escribe a poca distancia de los hechos, "porque los venerables sacerdotes de las iglesias de Cristo. Citonato, Sofronio y Geroncio, presbíteros de santa y purísima vida, a quienes no da la Iglesia poco crédito, nos contaron fielmente lo que vieron". A estos tres hay que agregar el testimonio "de la muy religiosa Potamia, de santa memoria". En la declaración de cuatro testigos respetables funda San Braulio la biografía de San Millán. De su narración difiere muy poco, siglos adelante, Gonzalo de Berceo, que en realidad traduce libremente al obispo de Zaragoza, dando una versión de nombres de lugares terminante y clara, por simple incorporación de lo que se admitía sin vacilar en su momento.

Como en esta localización residen algunos de los problemas históricos que se han discutido en torno de la vida de San Millán, optamos por narrar ésta primero, siguiendo a San Braulio y respetando la nomenclatura que él emplea. Y una vez recogido este fundamental testimonio, del que arranca todo lo que se ha escrito sobre San Millán, trataremos de esclarecer aquellos puntos históricos aludidos. Parece esto más hacedero y fácil de seguir por el lector que plantear a cada cita del nombre de un pueblo, de un castillo o de una montaña en el texto de San Braulio el problema de interpretación correspondiente.

Estamos en el siglo VI de la era cristiana y, con toda seguridad, en el primitivo territorio de la diócesis de Tarazona. España está dominada por los visigodos, es católica, y al final de la centuria lo será solemnemente en la persona de Recaredo. El rincón de la Rioja por donde el Ebro penetra desde Cantabria es el escenario de la vida de San Millán. Las discusiones, que veremos después, acerca del lugar del nacimiento del Santo no afectan al seguro hecho histórico de su larguísima permanencia en la Rioja.

Había "en aquel tiempo", pues no puede fijarse más que la época y no el año del nacimiento de San Millán, un pastor de ovejas como de veinte años, mancebo ejemplar y temeroso de Dios, que, entretenido en la guarda de su ganado en el mismo corazón de los montes, se acompañaba, como era costumbre pastoril, con una cítara, tratando de evitar así el mortal decaimiento del ánimo, fruto de una prolongada y honda soledad. Un día, a este pastor, llamado Millán (esto es, Emiliano; Aemiliani, dice el texto latino de San Braulio), "le vino un sueño del cielo", y se le despertó el alma con tanto ímpetu y con tan viva luz que determinó consagrarse, de todo en todo, a la vida sobrenatural, y partió en busca de las soledades del yermo, donde hacer vida de contemplación y santificación.

El lugar donde nació Millán, el pastor, se llamaba Vergegio, y cercanos a él se hallaban los montes y prados donde apacentaba el ganado. Al adoptar la determinación de consagrarse a la vida religiosa, Millán comprendió que no podía hacerlo sin someterse a la debida instrucción y guía, y para ello se dirigió a Bilibio, donde en un famoso castillo que guardaba una garganta del Ebro con tal fortaleza y eficacia que jamás los sarracenos se atrevieron con él, habitaba un monje llamado Felices, que gozaba fama de varón santísimo. A él se dirigió Millán, imploró y obtuvo su magisterio, y sujetándose a la severa disciplina que Felices le impuso, se abrió las puertas de la vida que deseaba emprender.

Fortalecido con esta enseñanza, provisto a la vez de reglas y de doctrina, Millán escogió un lugar próximo a Vergegio para vivir en soledad y oración, pero no le fue posible permanecer en él largo tiempo, porque entre sus convecinos y otros comarcanos corrió la fama de su santidad y confluían en masa a pedirle consejo y remedio. Deseoso entonces de asegurar la soledad que buscaba para su perfección, adentróse por la montaña, caminando hacia lo más elevado, intrincado y boscoso de ella, hasta llegar a lo más escondido del Distercio, que tal era el monte en el cual se encontraba. Allí, privado de toda compañía humana, expuesto a la dura inclemencia de nieves y huracanes, permaneció por espacio de cuarenta años, sostenido su cuerpo por las hierbas y frutos silvestres y el agua de los arroyos, y más que nada, por el temple del alma, entregada a Dios.

De este larguísimo plazo de vida en el yermo que dan como cierto los testimonios recogidos por San Braulio, tal vez no deba dudarse si se piensa que cupo ampliamente en la existencia de San Millán, el cual permaneció en este mundo por espacio de ciento un años. En cuanto a que lograse subsistir en las condiciones que implica un clima despiadado, hemos de pensar en el favor de Dios y en que, si sometido a tales condiciones logra alguien vivir cuatro años, puede, sin duda alguna, vivir los cuarenta. De las luchas y sacrificios de esta época, de las tentaciones que sufrió, de las asechanzas a las que el demonio le sometiese, dice con gran acierto San Braulio que "sólo pueden conocerlo bien aquellos que, consagrándose a la virtud, lo experimentan en sí mismos".

El selvático aislamiento en el que Millán permanecía no fue obstáculo para que hasta él llegase algún peregrino y para que por el contorno se difundiese la fama de una santidad en la que creían todos. Esta fama, corriendo de boca en boca, fue a parar hasta los oídos de Didimo, por aquel entonces obispo de Tarazona. Teniendo jurisdicción sobre el áspero eremita por hallarse el lugar que había elegido para la oración en territorio de su diócesis, el obispo le envió mensaje para que se presentara a recibir las sagradas órdenes, pues deseaba que como sacerdote, y no como monje del yermo, diese pruebas de su activa virtud.

No se creía Millán apto para el desempeño de las tareas sacerdotales, al punto que dicen que al recibir el primer mensaje del obispo abrigó la idea de huirse más allá de los límites de la diócesis de Tarazona. Pero al fin pensó que debía obedecer y, una vez ordenado, se le confirió la parroquia de Vergegio, su pueblo natal. Allí prosiguió su ejemplar vida de privaciones y sacrificios, entregándose a dilatados ayunos y severas mortificaciones. Se afirma que siendo escasísimas sus letras, como era natural, pues no tuvo otra instrucción que la que le comunicara el monje Felices, los años de vida eremítica le habían proporcionado una sabiduría profunda, fruto de las meditaciones en la montaña, a solas con Dios.

Con todo, la etapa de San Millán como párroco de Vergegio había de terminar mal. Se propuso el Santo desterrar todo hábito de codicia en la casa del Señor y proclamó que la mejor administración posible de los bienes eclesiásticos era repartirlos entre los pobres. Así se lo propuso y así lo realizó en Vergegio, con gran escándalo de los otros clérigos, que, hechos al disfrute de diezmos y primicias, acabaron por querellarse ante el obispo Didimo, acusando a San Millán de malversación por el grave perjuicio que infería a los bienes de la Iglesia. Afirma San Braulio que el prelado se sentía envidioso del gran predicamento alcanzado por las excelsas virtudes que todos reconocían en San Millán, y dio oídos a la denuncia, ardió en cólera, increpó al Santo y le privó del curato que él mismo se había obstinado en concederle. San Millán sufrió los reproches con tranquila y humilde paciencia y se retiró al lugar que se conoce como su oratorio para continuar su vida de oración y penitencia.

A continuación veremos lo que la investigación histórica ha podido agregar al sencillo relato de San Braulio. Después de aludir a su retiro al oratorio, siendo ya hombre de más de ochenta años y hallándose enfermo de hidropesía, se nos da a entender que vivió asistido por algún presbítero; que dispuso de un caballejo, que en una ocasión le robaron, y que se rodeó de santas mujeres, vírgenes del Señor, que le cuidaban en los últimos tiempos de su extrema ancianidad. Parece que al cumplir los cien años tuvo aviso de su próxima muerte y que al llegar la hora llamó junto a sí al presbítero Aselo, que con él vivía, y, confesándose con él, entregó el alma a Dios.

Se atribuyen a San Millán gran número de milagros, que San Braulio refiere por lo menudo y Berceo reproduce, apoyándose en la tradición oral que transmitió hasta los nombres de las personas favorecidas. En realidad parece que la virtud milagrosa del Santo ejercióse principalmente en las curaciones de ciegos, tullidos y paralíticos, que a él acudían de todas partes, y en la expulsión de los demonios. A título de curiosidad, y por ser, indudablemente, el más legendario de todos los milagros de San Millán, la mayoría de los cuales entran en el orden de los que Dios ha obrado muchas veces por el intermedio de los santos, referiremos que en cierta ocasión el demonio le salió al camino y le retó a medir sus fuerzas con él, para lo cual tomaría el espíritu del mal forma y cuerpo tangibles. Hízolo así, pero salió malparado de la lucha, porque San Millán imploró el socorro de los ángeles, que le ayudaron a vencer. La leyenda medieval concreta en esta forma su admiración por el poderío que el Santo tuvo sobre el demonio.

La devoción a San Millán fue, evidentemente, muy viva en la alta Edad Media. Venerado entrañablemente en la manera que descubre el propio estilo del texto de San Braulio, fué, a partir del siglo xvi, después de la unidad española y de la existencia de una gramática castellana, objeto de ardientes controversias, nacidas de la interpretación de los viejos códices latinos y atizadas por el afán comarcal de apropiarse la pertenencia de un varón tan ilustre. Así se consiguió enturbiar el limpio arroyo de la tradición que Berceo había recogido y popularizado. Y eso que la autoridad de Gonzalo de Berceo en este caso debe valorarse en mucho por hallarse el poeta en el mismo punto de conjunción del latín vulgar con el castellano recién nacido y ofrecer por eso la mayor garantía de autenticidad en su nomenclatura, que él, por otra parte, no supone que pueda ponerse en tela de juicio.

Una breve síntesis de las polémicas servirá para aclararle al lector esa geografía de San Braulio, que ha de resultarle forzosamente obscura, con su Vergegio, con su Bilibio, con su monte Distercio... Recordemos que el Santo vive en el siglo vi y aun por una referencia de San Braulio puede colegirse que su muerte acaeció a no excesiva distancia del final del reinado de Leovigildo, lo cual, dada la longevidad del Santo, situaría su nacimiento en el último cuarto del siglo v. Las precisiones documentales que se poseen hoy sobre aquella época no son para darle alientos a ningún investigador.

En primer lugar ¿a qué pueblo de hoy corresponde el Vergegio en que el Santo nació? Lo único que sabemos seguro es que pertenecía a la diócesis de Tarazona. Para Gonzalo de Berceo no hay duda posible:

Cerca es de Cogolla de parte de Orient 
dos leguas sobre Nagera al pie de Sant Lorent 
el barrio de Berceo, Madriz la iaz present. 
Inació Sant Millan, esto sin falliment.

Allí, en Berceo, nació San Millán, y sin duda alguna, lo que se corrobora más adelante en el poema, poniéndolo en boca del mismo Santo:

En Berceo fui nado, cerca es de Madriz,
Millón me puso nomne la mi buena nodriz.

Madriz, ya se ha entendido, es un lugar inmediato a Berceo. Pero quieren algunos aragoneses recabar para su tierra el nacimiento de San Millán, para lo cual reciben muy buena ayuda en el tomo 50 de la España Sagrada, donde el historiador don Vicente de la Fuente arguye que Vergegio es Verdejo, lugar de Aragón ya mencionado en el Fuero de Calatayud. Los argumentos de tipo lingüístico que parecían deponer en este caso a favor de Verdejo deponen, en realidad, a favor de Berceo, cuya afinidad con Vergegio es mucho más efectiva que la de Verdejo, tanto más cuanto que, remontándonos al mencionado Fuero de Calatayud, donde consta el nombre de Verdejo, lo vemos aparecer como Berdello, forma ya inadmisible como intermedia entre Vergegio y Verdejo. No olvidemos, por otra parte, que el padre Manuel Risco, en el tomo 33 de la España Sagrada, al tratar de los santos del obispado de Calahorra, deja de lado a San Millán, pues aunque nacido en Vereco, de la diócesis calagurritana "desde que los reyes de Navarra echaron los moros de toda esta provincia", perteneció en los siglos anteriores a la diócesis de Tarazona, como hallándose en territorio de la Celtiberia, "la cual se extendía por los montes Idubedas, que en aquella parte se dijeron Distercios".

No pudo el padre Risco, porque se lo impidió la muerte, ocuparse de San Millán, pero la nota a la que nos hemos referido es muy importante y no alcanzó don Vicente de la Fuente a refutarla. Puede darse por averiguado que Berceo perteneció a la diócesis de Tarazona antes de pasar a depender de Calahorra. Por otra parte, los primeros pasos de San Millán tienen una lógica mucho mayor si se considera que el Santo parte de Berceo y no de Verdejo. Se dirige, como nos ha dicho San Braulio, al castillo de Bilibio. ¿Dónde está Bilibio? Atrevidamente se quiso en el siglo xvi suponer que Bilibio pudiera ser Bilbilio, con lo cual se le asimilaba a Bílbilis (Calatayud). Pero esta forzadísima interpretación ha sido desechada unánimemente y se conviene por todos en que Bilibio estaba en las proximidades de la actual ciudad de Haro, en la Rioja. Bilibium, según el padre Risco, es probable corrupción de Bilabium, dos labios o escarpaduras entre las cuales irrumpía el Ebro en tierra riojana, lugar estratégico para emplazar un fuerte castillo. Que el joven pastor, tocado por la gracia, se dirigiese de Berceo a Haro es mucho más lógico que lo hiciese desde Verdejo, y a esto sólo se replica que a veces los anacoretas marchaban a países muy lejanos. Pero San Millán no iba, como si dijéramos, a instalarse, sino a instruirse, atraído por la fama de un monje, que había llegado a sus oídos por morar en paraje no lejano del suyo más de unas cuatro leguas.

No tendríamos, pues, discusión sino en cuanto al lugar de nacimiento; pero no en cuanto al verdadero escenario de la vida de San Millán. Sin embargo, aún queda sobre esto algo que decir. Los partidarios de Verdejo pierden mucho cuando resulta forzoso convenir que el monte Distercio—y en esto todos están conformes—, donde San Millán pasó los cuarenta años de su vida de anacoreta; no es otro que el monte, o sierra más bien, de la Cogolla, de donde le viene a San Millán su usual apellido. Como San Millán volvió a las cercanías de su pueblo, según indica San Braulio, después del tiempo que permaneció con el monje Felices, y al verse allí acosado de la gente se retiró a lo más elevado e intrincado del Distercio (la Cogolla), este proceso de traslación resulta fácil y lógico teniendo a Berceo como centro y no es igualmente explicable partiendo de Verdejo. Lo que verdaderamente otorga a Berceo sus mayores probabilidades, aparte de múltiples testimonios de la tradición, es el haberse identificado a Bilibio en las cercanías de Haro y al Distercio en la Cogolla. También partiendo de Verdejo resulta inexplicable el último retiro de San Millán, depuesto del curato, pues lo más seguro parece que el que San Braulio llama "oratorio" del Santo estuviese en el emplazamiento del monasterio de Suso.

Se admite corrientemente que San Millán murió en el año 574. Pónese muy en duda, sin embargo, la fuente principal de donde pudiera deducirse aquella fecha, y sólo queda en pie la referencia de San Braulio en la relación de milagros, cuando dice que profetizó la destrucción de Cantabria, o sea la acción punitiva de Leovigildo en esta región, un año antes de que acaeciese, con lo cual, computando fechas, viene a darse en la de 574 como probable data de la muerte. Esta misma fecha, cifrada a lo gótico, consta en cierto epitafio descubierto en 1601, cuando el abad de San Millán ascendió al monasterio de Suso para reconocer la tumba del Santo, y al no poder levantar el cantero la piedra que cubría el sepulcro, abrió uno de los costados y quedó de manifiesto una lápida que sería un tesoro si su autenticidad no se hubiera puesto tan en duda. Porque allí no sólo consta la referida fecha, sino que San Millán fué monje de la Orden de San Benito y era abad cuando descansó en el Señor.

Que se trate de una piadosa, aunque reprobable, superchería de los monjes, que de este modo recaban a San Millán entero para sí, o que, sin mediar superchería alguna, sea un epitafio en extremo posterior—como ha de serlo--a la fecha de la muerte y se haya recogido allí lo que tradicionalmente se afirmaba, es cuestión que no importa demasiado. La teoría de la falsificación pura y simple tiene sus partidarios, que argumentan con el traslado de los restos, realizado por Sancho el Mayor de Navarra en 1030, el cual habría tenido que dejar el epitafio allí. Esto, según otros, pudo ser intencionado, ya que en el sepulcro quedaban cenizas, reliquias también, que le conferían al sepulcro venerable carácter. En todo caso, se discute asimismo la calidad apócrifa de la inscripción, que se considera de un gótico extremadamente dudoso.

Queda en pie de toda esta polémica la cuestión de si efectivamente San Millán fue abad de la Orden benedictina. Seguir la discusión entablada desde el siglo xvi sobre este punto resultaría harto prolijo. Aun el mismo hecho de las santas mujeres que atendían y cuidaban a San Millán en lo más desvalido de su ancianidad extrema, que algunos estiman de todo punto incompatible con el monacato, tiene su explicación plausible para quienes lo defienden. Hemos de tener presentes las condiciones excepcionales en las que se desenvolvía la vida religiosa y monástica en el siglo vi, aunque también debe tenerse en cuenta que la única fuente biográfica de autoridad que poseemos, que es el relato de San Braulio, no hace la menor alusión a que San Millán fuese abad, y aun es dudoso que le considere monje, si bien el no designarle así concretamente se ha de entender ocioso, pues monje fue no sólo en el sentido etimológico de la palabra, sino en el de la obediencia (a más de pobreza y castidad), que se probó cuando el obispo de Tarazona le reclamó para que recibiese las sagradas órdenes, lo que no hubiera podido obligar a un simple diocesano.

Basta con dejar apuntada esta cuestión. Sobre la trayectoria seguida por los restos del Santo, una bella leyenda les señala el emplazamiento de la morada final. Ya hemos dicho que en 1030, Sancho el Mayor los trasladó desde el "oratorio", monasterio de Suso, al altar mayor, donde permanecieron hasta el 1053, en el que don García, hijo de don Sancho, los quiso trasladar al monasterio de Nájera. Pero colocado el ataúd en un carro de bueyes, no hubo medio humano de que el carro se moviese de determinado lugar, donde quedó como clavado a la tierra, dando indicio cierto de que una voluntad superior se oponía a que pasase de allí. Y allí fue donde el rey dispuso que se levantara un nuevo monasterio con el nombre del Santo, en el que sus restos descansaran en espléndida sepultura, en la que, para la urna sepulcral, se derrochó el marfil, el oro y la pedrería. Tres razones más que suficientes para que los restos del Santo fueran inquietados en 1809, cuando la francesada desplegó por allí su espíritu rapaz.

NICOLÁS GONZÁLEZ RUIZ.

11 nov. 2015

Evangelio 11 de Noviembre de 2015



Día litúrgico: Miércoles XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 17,11-19): Un día, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes».

Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

«Postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias»
P. Conrad J. MARTÍ i Martí OFM 
(Valldoreix, Barcelona, España)

Hoy, Jesús pasa cerca de nosotros para hacernos vivir la escena mencionada más arriba, con un aire realista, en la persona de tantos marginados como hay en nuestra sociedad, los cuales se fijan en los cristianos para encontrar en ellos la bondad y el amor de Jesús. En tiempos del Señor, los leprosos formaban parte del estamento de los marginados. De hecho, aquellos diez leprosos fueron al encuentro de Jesús en la entrada de un pueblo (cf. Lc 17,12), pues ellos no podían entrar en las poblaciones, ni les estaba permitido acercarse a la gente («se pararon a distancia»).

Con un poco de imaginación, cada uno de nosotros puede reproducir la imagen de los marginados de la sociedad, que tienen nombre como nosotros: inmigrantes, drogadictos, delincuentes, enfermos de sida, gente en el paro, pobres... Jesús quiere restablecerlos, remediar sus sufrimientos, resolver sus problemas; y nos pide colaboración de forma desinteresada, gratuita, eficaz... por amor. 

Además, hacemos más presente en cada uno de nosotros la lección que da Jesús. Somos pecadores y necesitados de perdón, somos pobres que todo lo esperan de Él. ¿Seríamos capaces de decir como el leproso «Jesús, maestro, ten compasión de mi» (cf. Lc 17,13)? ¿Sabemos recurrir a Jesús con plegaria profunda y confiada?

¿Imitamos al leproso curado, que vuelve a Jesús para darle gracias? De hecho, sólo «uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios» (Lc 17,15). Jesús echa de menos a los otros nueve: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?» (Lc 17,17). San Agustín dejó la siguiente sentencia: «‘Gracias a Dios’: no hay nada que uno puede decir con mayor brevedad (...) ni hacer con mayor utilidad que estas palabras». Por tanto, nosotros, ¿cómo agradecemos a Jesús el gran don de la vida, propia y de la familia; la gracia de la fe, la santa Eucaristía, el perdón de los pecados...? ¿No nos pasa alguna vez que no le damos gracias por la Eucaristía, aun a pesar de participar frecuentemente en ella? La Eucaristía es —no lo dudemos— nuestra mejor vivencia de cada día.

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San Martín de Tours, 11 Noviembre


11 de noviembre
HOMILÍAS
LECTIO DIVINA

SAN MARTÍN DE TOURS
(+ ca. 397)

"Pocos libros habrán sido tan leídos como la Vida de San Martín de Sulpicio Severo, completada por tres cartas sobre su muerte y por dos diálogos (tres, más bien, porque el primero se divide en dos) sobre las maravillas que el taumaturgo de Tours había realizado. Sulpicio Severo, que su Crónica nos muestra como acostumbrado a trabajos de historia, había emprendido con entusiasmo, viviendo aún el gran hombre (+ 397), su tarea de biógrafo; es este entusiasmo y el talento literario del que da pruebas lo que hace tan atrayente su trabajo, a pesar de una complacencia en lo maravilloso que los mismos monjes de Marmoutiers no dejaron de juzgar excesiva. Que haya en sus narraciones "una parte de literatura", es cosa en que todo el mundo está de acuerdo, y las imprecisiones de su cronología son verdaderamente embarazosas para el historiador; pero él se había tomado el trabajo de beber en buenas fuentes, sobre todo para el período de la vida en Tours, del que el mismo conoció testigos, y no hubiera tenido inconveniente en afinar más las notas cronológicas si la retórica de entonces no hubiera profesado tanta aversión hacia las precisiones muy netas" (Aigrain).

Esta vida de Sulpicio Severo había de ser puesta por dos veces en verso: en el año 470 por Paulino de Perigueux y poco después por Venancio Fortunato. De esta manera, en su versión original o en las versiones versificadas correría toda Europa. Las leyendas y la lírica de la Edad Media, los oficios litúrgicos, los sermones, los cantares y los poemas, los "misterios" representables en el teatro naciente, las vidas devotas, la escultura y la pintura llevarían por todas partes la imagen de este Santo, el más popular y conocido de toda Europa. Un fervoroso historiador suyo, Leçoy de la Marche, ha llegado a contar 3.667 parroquias francesas colocadas bajo su patronato, y su nombre sirve para distinguir 487 pueblos. Lo mismo ocurre fuera de Francia. En Alemania es sumamente conocido, acaso por sus actividades en Tréveris, y, sobre todo por la propaganda de los clérigos australianos y de los misioneros de San Columbano. Lo mismo ocurre en Italia y en España. San Martín sirve de titular a innumerables iglesias y ha sido objeto de una particular devoción y entusiasmo por parte de los artistas.

En especial la escena de Amiéns ha tenido la fortuna de un episodio evangélico. Sabido es que San Martín, todavía catecúmeno, partió la capa con un pobre. Y aquel pobre se le apareció en sueños, en figura de Jesucristo, cubierto de la media capa. El contraste entre el joven oficial del ejército romano y el pobre mendigo, el gesto magnífico del caballero cortando de un golpe de espada su espléndida capa, todo esto atrajo la imaginación del pueblo y de los artistas. Así este tema se encontraría en las marcas de las librerías, en los hierros que servían para hacer hostias, en los peones esculpidos para el juego de damas, en los muebles y hasta en las mismas cubas que se utilizaban para la sidra.

Conocido es el episodio del Quijote en que nuestro ingenioso caballero se encuentra con una docena de hombres vestidos de labradores que llevaban unas cuantas imágenes cubiertas. Pide don Quijote que se las descubran, y la segunda resulta ser "la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote cuando dijo: "Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente (es decir, que fue más valiente, y más que valiente liberal), como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre, y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno; que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo".

No han faltado, sin embargo, intentos de deshacer esta inmensa fama obtenida por San Martín. Un libro resonante, publicado en París en 1912 por E. Ch. Babut, trataba de demostrar, con un gran despliegue de erudición, viciado, sin embargo, por el abuso de la hipótesis, que San Martín y su biógrafo eran unos obscuros representantes de un clan sospechoso de priscilianismo, de tal manera que San Martín hubiese sido en su vida un personaje sin relieve, que debía todo su renombre posterior al éxito literario que obtuvo su vida una vez olvidada la realidad de los hechos. Tal hipótesis fue refutada de manera que no dejaba lugar a dudas por el insigne padre Delehaye, "mayor" durante mucho tiempo de los Bolandistas.

Podríamos sintetizar el estado de la cuestión el día de hoy haciendo nuestras las palabras de Aigrain: "Si el biógrafo que ha servido de apoyo a todos los demás, Sulpicio Severo, ha hecho evidentemente una obra de literato al servicio del éxito, tanto en su Vida propiamente dicha como en los Diálogos o las Cartas que la completan, los censores que han creído poder vaciar casi por completo estos escritos de substancia histórica, es decir, reducir el papel de Martín al de un personaje de segundo plano más o menos comprometido en los círculos de ortodoxia dudosa, no han hecho mejor tarea de críticos ponderados que los panegiristas imprudentes que aceptaron con los ojos cerrados todos los arreglos hechos .por el excesivamente hábil narrador: la substancia de esta narración pertenece a la historia, y la acción profunda ejercida por San Martín no se explicaría si el prestigio de éste se debiera únicamente a la circulación de una carta escrita".

La influencia de Sulpicio Severo sobre la hagiografía latina fue inmensa, y no solamente sobre los poetas, sino también sobre todos los narradores de vidas de santos. Algunos de los episodios recogidos, ya por él, ya por San Gregorio de Tours, en los cuatro libros que dedicó a coleccionar milagros de San Martín, han pasado a la literatura hagiográfica universal; por ejemplo, el del ahorcado a quien el Santo salva la vida.

San Martín había nacido en Panonia (Szombathely), en Hungría, según parece, por encontrarse allí de guarnición su padre, tribuno militar. La educación la recibió, sin embargo, en Pavía. Cuando soñaba con la vida anacorética, se vio obligado a enrolarse en el ejército, y sirvió en la guardia imperial a caballo. Durante este tiempo ocurrió en Amiéns el conocido episodio de la limosna de la mitad de su capa entregada a un pobre. También se nos cuenta, para ponderar su cualidad, el hecho de que limpiara el calzado al esclavo que le servía de ordenanza. Por fin, preparado con estas prácticas de caridad, recibe el bautismo y se ve libre de sus obligaciones militares.

Resuena entonces en Francia un nombre insigne: el de San Hilario de Poitiers. Atraído por esta noble e insigne figura, Martín acude a Poitiers y se une a los discípulos del Santo. Pese a las invitaciones de éste, rehúsa el diaconado, aunque acepta ser ordenado de exorcista.

El año 356 San Hilario se ve obligado a exiliarse al Oriente, como consecuencia de las querellas político-teológicas suscitadas por los arrianos. San Martín aprovecha este paréntesis para volver a visitar su Panonia natal, donde logra convertir a su madre. También allí ardían las controversias teológicas, y en alguna ocasión es azotado públicamente para castigar las actividades emprendidas por él contra el clero arriano. Con aquella maravillosa facilidad con que, pese a los toscos medios de comunicación entonces existentes, se desplazan los hombres en aquellos tiempos, le encontramos poco después en Milán, donde hace un ensayo de vida monástica cerca de la ciudad, hasta que el obispo arriano le expulsa. Durante algún tiempo se refugia en un islote de la costa ligur con un sacerdote. Y allí le llega la noticia de que San Hilario ha vuelto a Poitiers. Inmediatamente vuela a su lado.

Pero, en Milán y en la isla ha tomado el gusto a la vida monástica. Por eso, apoyado por San Hilario, funda un monasterio en Ligugé. Se ha dicho con mucha razón que San Martín fue "soldado por fuera, obispo por obligación, monje por gusto". Porque en Ligugé realiza Martín su más hondo deseo.

Sin embargo, aquella vida tranquila, al. margen de los afanes del cuidado pastoral y de las querellas teológicas, iba a durar bien poco tiempo. Pronto los milagros vienen a señalar, junto con la ejemplaridad de vida del abad y de los monjes, su figura a los pueblos de alrededor. La sede de Tours estaba vacante. Con el pretexto de curar a un enfermo, se le hizo venir a la ciudad. Y una vez allí, el 4 de julio del año 370 (o acaso del 71) era consagrado obispo.'

Falta hacía. Desgraciadamente el episcopado galo-romano había cedido en aquellos tiempos al espíritu del mundo, y resultaba necesario el contraste con la figura penitente del nuevo obispo de Tours. Para acentuar más la concepción que él tenía del episcopado, uno de sus primeros actos fue fundar, en cuanto pudo, un monasterio, el de Marmoutiers, junto a su ciudad episcopal, monasterio que pasaría a constituir un auténtico semillero de obispos y sacerdotes reformadores en medio del relajado clero de las Galias de entonces.

Se ha hecho notar que en San Martín vienen a concurrir las características de los tres tipos de santidad entonces conocidos: el de los ascetas, pues personalmente el Santo aparece revestido de austeridad y penitencia; el de los pontífices, como obispo de Tours; y el de los misioneros, que entonces empezaba a agregarse a los otros dos, por la extraordinaria actividad que como tal desarrolla. Le encontramos en lucha con el paganismo no sólo en su diócesis, sino incluso bien lejos de ella. Así, por ejemplo, una inscripción nos muestra al Santo bautizando a una cierta Foedula en Viena de Francia.

Su método misionero estaba basado en la decisión y la valentía. Rodeado por sus discípulos se llegaba al pueblo, convocaba la multitud, y uniendo la autoridad a la persuasión, conseguía la demolición del templo pagano y el derribo de los árboles sagrados. Hay que decir que, en especial bajo el emperador Graciano, sincero amigo del cristianismo, San Martín pudo contar en estas empresas con el apoyo de las autoridades civiles, Pero la verdad es que, independientemente de esto, su ascendiente personal debía de ser extraordinario. Prueba de ello está en el atractivo que ejerció sobre personajes de la talla de un San Paulino de Nola, un Sulpicio Severo y tantos otros que fueron saliendo de su abadía de Marmoutiers.

Si frente al paganismo su labor fue espléndida y puede decirse que prácticamente triunfante en todas las ocasiones, no le faltaron, en cambio, sinsabores en lo que se refiere a su actividad dentro de la Iglesia. Dos obispos españoles intrigantes y crueles habían llevado el caso de Prisciliano al emperador, quien decidió, impulsado por ellos, dar muerte al heresiarca y a todos sus adeptos. San Martín se conmovió ante la noticia y se dirigió a Tréveris, donde se encontraba la corte imperial, a fin de salvar la vida de los que aún sobrevivían, pues entendía que no es la violencia el mejor medio de combatir a los herejes. Lo consiguió, pero teniendo que pagar un precio que toda la vida le amargara el haber pagado: comulgar con los obispos perseguidores en el momento en que ellos consagraban al nuevo obispo de Tréveris, Félix. Este compromiso con obispos indignos, despreciados a la vez por San Ambrosio y por el obispo de Roma, le dolió profundamente. Sólo la caridad hacia los condenados a muerte pudo servir a sus ojos de disculpa para un paso como éste.

Hay un aspecto de la vida de San Martín digno de ser subrayado: sus relaciones con los funcionarios importantes y con el mismo emperador. Condescendiente en lo que podía, supo mantenerse. sin embargo, enteramente firme cuando debía. Si un día llama a las puertas de Marmoutiers un importantísimo personaje con la pretensión de sentarse a la mesa de los monjes, tendrá ocasión de ver que se le niega ese gusto, porque sus costumbres le hacían indigno de aquella compañía. Es más, el mismo emperador Máximo, en Tréveris, verá cómo el Santo da preferencia a un sacerdote, a la hora de sentarse a la mesa, sobre el mismo emperador. Juntamente con San Ambrosio contribuyó San Martín a establecer la libertad de la Iglesia para oponerse, en nombre del Evangelio, a los abusos de la autoridad civil.

Esta firmeza le atrajo enemigos. Aquellos prelados aristócratas, amigos del lujo, tibios en su fe y aseglarados en sus costumbres, no podían sufrir los ejemplos que del Santo les venían. Por todas partes ve el Santo cómo su obra es discutida y atacada. Se le reprochan sus orígenes, se le acusa de haber estado contagiado por el princilianismo, se le trata de hipócrita. Pronto ve con pena cómo los obispos reformadores formados en su escuela son relegados a un rincón, mientras los demás se entregan a inútiles y dañosas querellas de precedencia. Luchas mezquinas, triste herencia de antiguas rivalidades entre las ciudades, prefiguración de los conflictos feudales. Los concilios de las Galias se hacen tumultuosos y vanos. Al igual que San Ambrosio, San Martín se mantiene al margen de ellos, y ya octogenario, se dedica a prepararse para su muerte.

Esta le llegó en uno de los sitios más bellos de Francia, en Candes. Se trata de un pueblecito en la confluencia de los ríos Viena y Loira. Edificado sobre una colina, el paisaje que desde allí se divisa es realmente maravilloso. La iglesia está en lo alto, y aún hoy, al entrar en ella, se ve, a la izquierda, una capilla, que señala el lugar exacto en que ocurrió la muerte del Santo. Había acudido allí para apaciguar ciertas diferencias que habían surgido entre los clérigos. Se sintió desfallecer y se acostó.

Tuvo entonces lugar la escena que todo el mundo conoce, y que recoge y subraya con tanta fuerza el oficio divino en la fiesta del Santo. Sus discípulos, que le rodeaban, le pedían que continuara viviendo, porque si no su rebaño quedaría expuesto a grandes peligros. Él, entonces, contestó: ¡"Señor, si aún soy necesario, no rehúso continuar viviendo. Que tu voluntad se realice plenamente". ¡Oh feliz varón—exclama la liturgia—, que ni temió morir ni recusó la vida!"

Sus discípulos le ofrecían una cama un poco mejor preparada, pero él prefería continuar acostado sobre la ceniza y recubierto de su cilicio. "No conviene a un cristiano morir de otra suerte"—respondía—. Fija su vista en el cielo, levantadas sus manos para la oración, querían los que le rodeaban aliviar su dolor poniéndole en otra postura: "Dejadme, hermanos -les decía—, mirar al cielo más que a la tierra para dirigir desde ahora mi alma por el camino que debe conducirla hacia el Señor".

Llegó el momento culminante. Aquel grupito de hombres fieles que le rodeaba no podía ocultar sus sollozos. Él continuaba imperturbable, fijo sus ojos en el cielo, cuando se apercibió de que el demonio llegaba tratando de arrebatar su alma: "¿Qué haces tú aquí—gritó con energía sobrehumana—, bestia sanguinaria? No encontrarás más en mí que te pertenezca, maldito. El seno de Abraham me va a recoger". Y al decir esto expiró santamente.

Como una compensación a tantos ataques que había tenido que sufrir en los últimos años de su vida, de todas partes se alzó a su muerte un elocuente plebiscito de amor y veneración. La masa del pueblo le aclamó como santo. Una muchedumbre de monjes y de vírgenes concurrió a sus funerales, señalando la prodigiosa vitalidad de la institución nacida en Ligugé. Pronto se elevó una modesta capilla sobre su tumba, que San Perpet (+ 490), sucesor suyo en Tours, transformó en una importante basílica, cuyo calendario, importantísimo en la historia de la hagiografía, conocemos por San Gregorio de Tours, y que nos proporciona uno de los primeros testimonios del tiempo de Adviento.

Recientemente, en el invierno de 1952 a 1953, se han hecho excavaciones en Ligugé, con resultados sumamente interesantes. En el terreno próximo a la iglesia renacentista, han aparecido restos de dos edificios que existieron antes en aquel lugar: una pequeña villa galo-romana de los siglos II ó III, desaparecida, por lo que puede conjeturarse, el año 275, cuando la primera invasión. El segundo monumento, que parece datar de fines del siglo vi y devastado a mediados del siglo v, es único en Francia, totalmente diferente de lo que hasta ahora se conocía en tipos de villae. Presenta cierta analogía a los mausoleos antiguos: un inmenso ábside casi semicircular, de 32 metros de diámetro, cerrado por un muro frontal en el que se abren varias puertas. Un pasillo interior contornea la construcción, en torno a una área central más elevada. Exteriormente aparece una línea de columnas. ¿Se trata del mausoleo de una gran familia, único en Francia? Los técnicos se inclinan a ver una iglesia votiva dedicada a San Martín, ya que los mausoleos han sido con frecuencia el modelo de los edificios votivos paleocristianos. El recuerdo de San Martín habría sido tan excepcional que daría ocasión para un monumento único en toda Francia construido en su honor en Ligugé.

Lo cierto es que desde el principio su tumba constituyó un lugar de peregrinación. Sobre todo en la época merovingia su culto alcanza un prestigio inmenso. No falta quien vea en la palabra "capeto", con que se designaba a los reyes de Francia por entonces, una alusión a "cappatus", es decir, puesto bajo la capa del Santo, ya que los reyes Capetos se honraron siempre con el título de abades de San Martín de Tours.

A su popularidad contribuyó también la fama de los milagros. Su sucesor, San Gregorio (+ 594), se dedicó incansablemente a reunir cuantos pudo. Nada menos que cuatro libros, escritos a lo largo de su vida, dejando amplios márgenes de tiempo entre uno y otro, dedicó a contarlos. Es cierto que San Gregorio tiene por milagro muchos hechos que podríamos considerar como puramente naturales, simple recompensa hecha por Dios a una oración llena de espíritu de fe, pero sin alterar las leyes de la naturaleza: preservación de peligros, castigos a los robos o a los perjurios, liberación de prisioneros, etc. De todas formas, estas narraciones de San Gregorio reflejan una sinceridad total. El Santo marca con precisión cuál ha sido su fuente de información, si ha recibido directamente o no la noticia del caso, quiénes fueron los testigos, etc. Y de esta manera contribuye, con la narración de todos aquellos milagros, a difundir y a arraigar más y más la devoción que toda Europa sentía por el Santo. Si muchos de estos milagros no resisten la crítica moderna, no por eso dejó San Gregorio de hacernos un magnífico servicio al contárnoslo, reflejando en ellos interesantes costumbres de su época y proporcionando un precioso material a quienes más adelante tendrían que trabajar sobre estos temas.

La fisonomía de San Martín se nos ofrece firme y bien definida, pese al transcurso de tantos siglos. Fue un_asceta y un apóstol, pero fue sobre todo hombre de oración. Ni aun entre las tareas, ciertamente agobiadoras, de su episcopado, dejó de estar en continua comunicación con Dios. "Como el herrero, en el curso de su trabajo, encuentra un cierto descanso en golpear de vez en cuando el yunque —nos dice uno de sus biógrafos—, así Martín, cuando parecia hacer otra cosa, estaba siempre en oración."

Mortificado y penitente, sereno entre las adversidades y los triunfos, pobre y humilde, apartado por completo de las vanidades de este mundo, verdadero discípulo de Jesucristo. San Martín tuvo una gran influencia en toda la espiritualidad medieval. La misma historia del Derecho canónico reconoce, en el desarrollo del instituto de los obispos religiosos, una influencia decisiva de su ejemplo y su actividad a la hora de construir la figura jurídica de esta clase de obispos.

Pero su gran lección ha sido siempre la de la caridad. Su gesto en Amiéns dando la mitad de la capa fue superado más tarde, siendo ya obispo. A punto de celebrar la misa, dio su túnica entera a un mendigo. Anécdotas éstas que nos reflejan una bondad profunda, un amor ardiente al prójimo. Sus mismos milagros, como los de Cristo, son milagros de caridad. Pasó haciendo el bien, entregado, en cuerpo y alma, a su pueblo.

Aunque consta ciertamente que murió el 8 de noviembre, su fiesta se celebró, desde el comienzo, el día 11, no sólo en Tours, sino en toda la Iglesia, a la que había llegado el conocimiento del resplandor de sus virtudes.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

10 nov. 2015

Santo Evangelio 10 de Noviembre de 2015


Día litúrgico: Martes XXXII del tiempo ordinario

Santoral 10 de Noviembre: San León Magno, papa y doctor de la Iglesia
Texto del Evangelio (Lc 17,7-10): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

«Hemos hecho lo que debíamos hacer»
Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta 
(Badalona, Barcelona, España)

Hoy, la atención del Evangelio no se dirige a la actitud del amo, sino a la de los siervos. Jesús invita a sus apóstoles, mediante el ejemplo de una parábola a considerar la actitud de servicio: el siervo tiene que cumplir su deber sin esperar recompensa: «¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado?» (Lc 17,9). No obstante, ésta no es la última lección del Maestro acerca del servicio. Jesús dirá más adelante a sus discípulos: «En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre» (Jn 15,15). Los amigos no pasan cuentas. Si los siervos tienen que cumplir con su deber, mucho más los apóstoles de Jesús, sus amigos, debemos cumplir la misión encomendada por Dios, sabiendo que nuestro trabajo no merece recompensa alguna, porque lo hacemos gozosamente y porque todo cuanto tenemos y somos es un don de Dios.

Para el creyente todo es signo, para el que ama todo es don. Trabajar para el Reino de Dios es ya nuestra recompensa; por eso, no debemos decir con tristeza ni desgana: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10), sino con la alegría de aquel que ha sido llamado a transmitir el Evangelio. 

En estos días tenemos presente también la fiesta de un gran santo, de un gran amigo de Jesús, muy popular en Cataluña, san Martín de Tours, que dedicó su vida al servicio del Evangelio de Cristo. De él escribió Sulpicio Severo: «Hombre extraordinario, que no fue doblegado por el trabajo ni vencido por la misma muerte, no tuvo preferencia por ninguna de las dos partes, ¡no temió a la muerte, no rechazó la vida! Levantados sus ojos y sus manos hacia el cielo, su espíritu invicto no dejaba de orar». En la oración, en el diálogo con el Amigo, hallamos, efectivamente, el secreto y la fuerza de nuestro servicio.

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San Andres Avelino. 10 Noviembre


10 de noviembre
SAN ANDRÉS AVELINO
(+ 1608)

Los santos, como todos, son hijos de su tiempo.

La divina Providencia cuida del mundo mejor que la gallina de sus polluelos. Consta por la historia eclesiástica que siempre que el mundo ha atravesado por circunstancias difíciles ha enviado Dios a algún hombre extraordinario que ha hecho de dique, conteniendo la corriente impetuosa de la plebe descaminada.

La Europa del siglo xvi -nuestro Siglo de Oro- recogió lo que había sembrado el Humanismo y Renacimiento del siglo anterior: ignorancia y relajación dentro y fuera del santuario.

Para poner remedio a toda esta hecatombe, en 1517 el apóstata Lutero da comienzo a su contradictoria Reforma. Pero ¿qué iba a reformar si él estaba deformado? Lo que no pudo hacer él lo haría el concilio de Trento (1545-1563) y un puñado de hombres elegidos por Dios para ello.

No bastaba esto. Era necesario poner la segur en la raíz. Comenzar una reforma en toda forma, es decir, completa y duradera. El clero, el real y divino sacerdocio, no era lo que debía ser. Luego a él había que subsanar en primer lugar. Después ya vendría lo demás.

Para llevar acabo empresa de tanta envergadura nacieron en este tiempo dos clérigos regulares, o congregaciones de clérigos.

A una de ellas, a los Teatinos, fundada en el 1524 por San Cayetano de Thene y Juan Pedro Carafa, futuro papa Pablo IV, pertenecerá San Andrés Avelino.

Vió la luz primera en Castro-Nuevo (Nápoles, Italia) en 1521. Año este fecundo en sucesos de trascendental importancia.

El papa León X y Carlos V conquistan Milán del poder de los franceses.

El día 3 de enero Su Santidad León X lanza la excomunión contra el heresiarca Martín Lutero.

En Worms se reúne la Dieta, formada por cuatrocientos príncipes de toda Alemania, y deciden encarcelar a Lutero.

Enrique VIII delante de la iglesia de San Pablo de Londres, quema los escritos del heresiarca de Witemberg.

La Universidad de la Sorbona, después de tanto tiempo de silencio, declara por fin oficialmente hereje a Lutero.

El 2 de diciembre, a los cuarenta y seis años, expira aquél célebre papa humanista León X.

En Nimeqa nace San Pedro Canisio, que ingresará más tarde en la Compañía de Jesús y será el mayor adalid contra el protestantismo de la nación que le vió nacer.

El 20 de mayo, luchando contra los franceses en el sitio de Pamplona, cae herido San Ignacio de Loyola, comenzando así su admirable conversión...

Aunque el grito de reforma se había dejado oír en el Norte de Europa, sería del Sur de dónde brotaría la verdadera reforma y sus verdaderos reformadores: Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Pedro de Alcántara y Felipe Neri, Ignacio de Loyola y Carlos Borromeo, Cayetano de Thiene y Vicente de Paúl...

Se hallaban abandonados los sacerdotes y los niños, los encarcelados y los enfermos, la liturgia y los mandamientos, la herejía se extendía, la ignorancia religiosa lo llenaba todo... Era necesario poner remedio.

El pequeño Lanceloto, como llamaron al bautizar al futuro San Andrés Avelino, llegaría a ser uno de estos instrumentos de los que se serviría la divina Providencia para obrar tanta maravilla.

Sus padres, Juan Avelino y Margarita Apella, no escatimaron sacrificios dentro de su mediana posición para educar dignamente a Lanceloto.

Este era ni más ni menos como los demás niños de su edad. Con virtudes y defectos no diferentes a los de sus compañeros. Eso sí, se le notaba una inclinación a hacer el bien y a comunicar a sus compañeros lo que él hondamente sentía.

A los dieciséis años, en 1537, creyéndole con prudencia superior a su edad, ya le encarga su padre de la administración de la casa.

De aspecto elegante y gallarda figura. A pesar de lo alocada que en general suele ser la juventud, Lanceloto supo siempre mantenerse en el recto camino. Se fijó siempre mucho en las compañías que le rodeaban, y aunque, al igual que a Tomás de Aquino o Juan de la Cruz, no le faltaron asechanzas contra la virtud angélica, supo salir siempre victorioso.

El Señor, en un acto de locura de amor, nos regaló el sacerdocio. Lanceloto sabía que debía ser desempeñado por hombres y que el Señor llamaba a tan alta dignidad a quien quería y como quería. Un día notó en su interior el suave mordisqueo de la gracia que le invitaba al santuario. Se preparó lo mejor que pudo, y en 1545, el mismo año que daba comienzo el concilio Tridentino, a sus veinticuatro años, era transformado en otro Cristo. Su transformación fue total, pero quizá no del todo efectiva. El clero en aquel entonces necesitaba una profunda reforma en todas sus direcciones. Esta se la proporcionaría la magna asamblea que se celebraría a lo largo de sus catorce primeros años de sacerdocio.

Una vez sacerdote, siempre con hambre de más completa formación, con la única mira de ser de mayor utilidad para sus hermanos los hombres, en 1547 llegaba a Nápoles -la ciudad del sol-para dedicarse de lleno al estudio de ambos Derechos.En este mismo año volaba al cielo San Cayetano de Tiene, ilustre fundador de los Clérigos Teatinos, a quienes ahora Lanceloto sólo conoce de nombre y después será su hijo más ilustre.

Al año siguiente, un gran cambio se obra en su vida.

La gracia corre por cauces muy diversos hasta llegar a su sitio. Para unos fue un contratiempo, para otros leer o escuchar unas palabras, para éste una enfermedad, para aquél la consideración de la vanidad de las cosas...

Aunque Lanceloto conserva a raya sus pasiones y cumple bien su oficio, no está entregado al Señor por completo.

Cosa parecida sucede por este mismo tiempo a una monja carmelita de la Encarnación de Avila. Para Teresa de Jesús será la vista de un crucifijo quien herirá su corazón. Una mentira y unos ejercicios espirituales se encargarán de dar el último empujón para la entrega total de Andrés Avelino a Dios y a las almas.

Así deponía el padre Polliciano el 23 de diciembre de 1615 en el proceso informativo: "El año 1602, en tiempo de calor, nos encontrábamos un grupo de abogados en animada tertulia a la sombra. Acertó a pasar por allí el padre Andrés, y al enterarse éramos hombres de leyes, dijo a uno de nosotros-Paulo Staivano-: "¡Ah!, los doctores de la ley dicen la mentira". A lo que yo respondí: "Padre, luego nosotros, que somos doctores, ¿no nos salvaremos?" Y me dijo: "La boca que miente mata al alma". Y añadió: Os voy a contar una cosa que me sucedió cuando yo era cura secular: Defendía una causa de un amigo mío sacerdote en el arzobispado de Nápoles, y para vencerla dije una mentira. Por la noche, antes de acostarme, abrí la Sagrada Escritura y leí aquello de la Sabiduría que dice: Os quod mentitur occidit animam (Sap. 1,11), por lo que reflexioné sobre mí mismo diciendo: ¿Por ayudar a otros he amenazado a mi alma? Y llorando la falta cometida, resolví dejar mi oficio y hacerme religioso '

Quizá su cambio a vida más perfecta se debe más bien a los santos ejercicios que practicó a fines de 1547 bajo la dirección del ilustre jesuita padre Santiago Laínez. Aún de edad madura recordará con alegría aquellos ejercicios que cambiaron totalmente el rumbo de su vida.

El 4 de enero de 1545 escribía San Andrés Avelino a Hipólita Caracciola: "Compadezco a todos y quiero que nadie se desespere, porque yo he estado engañado por el demonio hasta la edad de veintisiete años, hinchado de soberbia y ambición, deseando ser superior a todos y a nadie sujeto, lleno de presunción y de vana gloria, porque no conocía la verdadera, no habiendo encontrado nunca confesor que me reprendiese y me encaminase por el seguro camino de la humildad. Pero Dios, rico de misericordia, a la edad de veintisiete años me hizo encontrar un padre que me hizo ejercitarme en leer y meditar la vida, pasión y muerte del Hijo de Dios ocho años antes de entrar en esta religión. Y aunque hace cuarenta y seis años que hice estos ejercicios, aún no he llegado a aquel verdadero desprecio de mí mismo que yo deseo".

Y dos años después, en carta del 13 de marzo de 1597 a Dorotea Spinela, condesa de Altavilla, remachaba el clavo de su desvariada juventud y de los maravillosos efectos que obraron en su alma los Santos Ejercicios, descubriéndonos nuevos y precioso pormenores: "Yo compadezco a todos-escribía-porque hasta la edad de veintisiete años he estado sumergido en este error común, deseando y buscando estas vanas grandezas, riquezas, honores y dignidades. Yo creía obrar bien viendo a los demás, tanto eclesiásticos como seglares, buscar estas cosas. Pero cuando agradó a la divina Bondad por medió de un santo hombre hacerme conocer el engaño del demonio, el cual, para hacer perder las verdaderas grandezas del cielo (de donde el miserable ha sido arrojado), hace desear estas grandezas vanas, viles y transitorias, deliberé dejar el mundo traidor, que a una con el demonio me tentaba. Determiné asimismo despreciar sus vanas grandezas, riquezas y dignidades, como lo hicieron Cristo; los apóstoles y sus demás amigos, para mejor poder conocer la grandeza de las cosas celestiales, a que para ellas hemos sido creadas y no para engrandecernos en este destierro".

Además de su fogoso apostolado de la palabra y el más elocuente del buen ejemplo, San Andrés ejercitó también el de la pluma. Hermosos y prácticos son sus tratados espirituales Directorio del maestro de novicios y Tratado de la obligación de servir a Dios, que fueron publicados en 1617, cuando ya hacía nueve años que había volado al cielo su autor.

Él, como todos los santos, aumentando siempre el color de las tintas de los desvaríos de sus primeros años. Conocía muy bien las flaquezas del corazón humano y sobre todo su egoísmo y refinada soberbia, origen de todo mal. Explicaba por qué y cómo debemos luchar: "Hará la oración preparatoria-decía-rogando a Dios que le traiga a la memoria todos los actos de soberbia que cometió desde el tiempo que comenzó a pecar hasta el presente. Hecha la oración comenzará a examinar y a meditar toda su vida. Después que claramente haya conocido tantos y tantos actos de soberbia como ha cometido, se maravillará de la bondad del Señor, que por tan largo tiempo le ha esperado sin vengarse y que no le ha castigado como lo ha hecho a tantos soberbios.

Y mucho más se maravillará que muchos por un acto solo de soberbia han sido castigados tan terriblemente. Y si el primer ángel por un solo acto de soberbia ha sido castigado eternamente, y Adán y Eva por tan largo tiempo, ¡cuánto más ha merecido por él por tantos y tantos actos de soberbia cometidos con los pensamientos, palabras y obras!

Quizá este tiempo de su total entrega al Señor haya que coloca los dos votos heroicos que hizo según la bula de canonización y la quinta lección del Breviario: 1.°, nunca hacer su propia voluntad; 2º, no pasar ni un solo día sin adelantar en la perfección.

Graduado en ambos Derechos y con fuego en el corazón da comienzo a su enorme apostolado, entregándose del todo a las almas para atraer a los descarriados y empujar a los que se hallan en camino.

Predica, confiesa, instruye, nunca se cansa y siempre está dispuesto a que, como del pan blando, todos muerdan de él.

Le encargan la delicada misión de reformar algunos monasterios tanto masculinos como femeninos, ya que sus moradores tienen más de seglares que de religiosos. Corta abusos e impone leyes. Como era de esperar, no todos reciben bien estas reformas y hasta hay quien llega a intentar quitarle la vida a don Lanceloto, pero el Señor le protege y puede salir ileso del atentado.

La persecución no cesa. En 1556 un desnaturalizado facineroso le da tres cuchilladas en la cara y garganta dejándole casi muerto. Le llevan a la residencia de San Pablo que los Teatinos tienen en Nápoles, y allí cura milagrosamente. A pesar de las repetidas instancias de los jueces no quiso nunca revelar el nombre de quien le hirió.

Obtenida la curación, don Lanceloto pidió a aquellos buenos clérigos le admitieran en su Congregación. Conociendo sus muchas virtudes y cualidades nada comunes que le adornaban, vieron como gracia muy señalada del Señor esta que ahora les concedía.

El 30 de noviembre de 1556. festividad del apóstol San Andrés, vistió el santo hábito de religioso teatino. Como su amor a la cruz era tan intenso, quiso llamare igual que el santo del día. Él, igual que San Andrés, fuera de sí, exclamaba con frecuencia: "¡Oh cruz admirable, oh cruz. ardientemente deseada y al fin tan dichosamente hallada! ¡Oh cruz, que serviste de lecho a mi Señor y Maestro!, recíbeme en tus brazos y llévame de en medio de los hombres para que por fin me reciba quien me redimió por ti y su amor me posea eternamente."

Bajo la sabia dirección del experimentado padre Juan Marinonio hace el año de noviciado, pasando un año de cielo. Cuando el 25 de enero de 1558, Conversión del Apóstol Pablo, se ofrece al Señor con los votos de la profesión religiosa, es destinado por los superiores a oír confesiones y otros ministerios pastorales. Lo abarca todo. Basta vaya sellado con el cuño de la obediencia para poner toda su alma en cuantas empresas le encomiendan.

Es repetidas veces elegido superior de diferentes casas de la Congregación: maestro de novicios, visitador de las casas religiosas de la Lombardía, director espiritual del Seminario placentino, urgiendo las normas que el Tridentino acababa de dictar; profesor de filosofía y teología, socio para la Congregación de los Clérigos Regulares con voz activa y pasiva, privilegio que sólo gozan los sacerdotes que "poseen erudición, prudencia e integridad de vida y que sean ejemplo para los demás fomentando la observancia de la religión", según ordenaban sus constituciones.

Las virtudes no las poseía, pero con su esfuerzo y decidida voluntad llegó a alcanzarlas en sumo grado. Se levantaba dos horas antes de maitines para dedicarlas a la oración. Era parquísimo en la comida y en el sueño.

Nunca comía carne y hacía una sola comida al día. Varias veces los Sumos Pontífices le ofrecieron la mitra, que su extraordinaria humildad siempre supo rechazar. El celo por las almas le devoraba. Su caridad para con toda clase de necesitados no tenía límites. La ejercitó sobre todo en la peste de Milán de 1576, entregándose a sí mismo, ya que dinero no poseía. En la comunidad donde moraba reinaba la más perfecta observancia.

Los años iban viniendo. Los achaques corporales se multiplicaban y las maceraciones con que martirizaba su cuerpo se aumentaban cada día. Estaba para llegar el desenlace. Pero aun así no quería quedarse sin celebrar el santo sacrificio. ¿Cómo iba a permitirlo, si era la fuente de donde bebía a grandes sorbos el agua fresca y cristalina que le fortalecía contra tanto enemigo?

Era el 10 de noviembre de 1608. Se levantó como de costumbre, y hecha la oración, acompañado de un hermanó, se dirigía a la sacristía para revestirse y celebrar.

-Padre, usted no puede ya caminar-le dijo el hermano, compadeciéndose.

-No se preocupe, hermano, Dios nos ayudará-se apresuró a contestarle el padre Andrés.

Ya en el altar, el hermano no apartaba su vista del rostro lívido del padre Andrés. Este comenzó:

-Introibo ad altare Dei.

El hermano no contestó. Volvió a repetir la misma frase el santo religioso a la vez que comenzó a inclinarse hacia la derecha. Corrió el hermano y lo recibió en sus brazos impidiendo un golpe mortal. Pidió auxilio y lo llevaron a su aposento. No habló más. Oía, pero no hablaba. Sus últimas palabras, las iniciales de la misa. Quería a toda costa ir a la iglesia para recibir el santo viático, hasta que el superior hubo de decirle: "Padre; vos siempre habéis obedecido. Obedeced ahora, que aquí os traeremos la comunión".

Con fervor seráfico recibió los últimos sacramentos y escuchó la recomendación de su alma. Media hora antes de expirar se puso blanco como la nieve y más hermoso que en sus años primaverales. Y plácidamente, como profundamente dormido, abandonó este destierro. Era lunes.

Al día siguiente, San Martín, un inmenso gentío pasó ante su cuerpo para venerarle, tocarle y pedirle. Le llegaron a cortar cabellos, trozos de ropa y hasta trozos de carne. Dos días después y durante varios años en el aniversario de su muerte, de estas heridas que la devoción de los fieles le ocasionó, chorreaba sangre roja y fresca como de persona viva.

A raíz de su muerte comenzó el Señor a obrar prodigios por medio de su fiel siervo.

El príncipe Stigliano, que había sido su confidente durante mucho tiempo, ante tanta devoción y concurso de gentes, dijo a las padres teatinos: "Ahora recuerdo que cuando vivía el padre Andrés, si queríamos hacerle algún homenaje, nos lo prohibía diciendo: No, no me honréis ahora que vivo. Ya me honraréis después de muerto".

La profecía no tardó en cumplirse. El 15 de diciembre de 1609 se incoa el proceso canónico. El 4 de septiembre de 1624 es beatificado y el 22 del misma mes varias ciudades de Italia lo eligen como especial patrono. El 1712 era inscrito en el catálogo de los santos por Su Santidad Clemente XI.

Rafael María López Melús, O. Carm.