31 ago. 2013

Santo Evangelio 31 de agosto 2013



Día litúrgico: Sábado XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 25,14-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Un hombre, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio, el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor.

»Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’. Llegándose también el de los dos talentos dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor’. 

»Llegándose también el que había recibido un talento dijo: ‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo’. Mas su señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’».


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Comentario: Rev. D. Albert SOLS i Lúcia (Barcelona, España)
Un hombre, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda

Hoy contemplamos la parábola de los talentos. En Jesús apreciamos como un momento de cambio de estilo en su mensaje: el anuncio del Reino ya no se limita tanto a señalar su proximidad como a describir su contenido mediante narraciones: ¡es la hora de las parábolas!

Un gran hombre decide emprender un largo viaje, y confía todo el patrimonio a sus siervos. Pudo haberlo distribuido por partes iguales, pero no lo hizo así. Dio a cada uno según su capacidad (cinco, dos y un talentos). Con aquel dinero pudo cada criado capitalizar el inicio de un buen negocio. Los dos primeros se lanzaron a la administración de sus depósitos, pero el tercero —por miedo o por pereza— prefirió guardarlo eludiendo toda inversión: se encerró en la comodidad de su propia pobreza.

El señor regresó y... exigió la rendición de cuentas (cf. Mt 25,19). Premió la valentía de los dos primeros, que duplicaron el depósito confiado. El trato con el criado “prudente” fue muy distinto.

El mensaje de la parábola sigue teniendo una gran actualidad. La separación progresiva entre la Iglesia y los Estados no es mala, todo lo contrario. Sin embargo, esta mentalidad global y progresiva esconde un efecto secundario, peligroso para los cristianos: ser la imagen viva de aquel tercer criado a quien el amo (figura bíblica de Dios Padre) reprochó con gran severidad. Sin malicia, por pura comodidad o miedo, corremos el peligro de esconder y reducir nuestra fe cristiana al entorno privado de familia y amigos íntimos. El Evangelio no puede quedar en una lectura y estéril contemplación. Hemos de administrar con valentía y riesgo nuestra vocación cristiana en el propio ambiente social y profesional proclamando la figura de Cristo con las palabras y el testimonio.

Comenta san Agustín: «Quienes predicamos la palabra de Dios a los pueblos no estamos tan alejados de la condición humana y de la reflexión apoyada en la fe que no advirtamos nuestros peligros. Pero nos consuela el que, donde está nuestro peligro por causa del ministerio, allí tenemos la ayuda de vuestras oraciones».

Santo Dominguito del Val, 31 de agosto

 
31 de Agosto
 

SANTO DOMINGUITO DEL VAL

(†  1250)
 

Dominguito del Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey de Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y obispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado.

 Los padres de Dominguito se llamaban Sancho del Val e Isabel Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno. "Fue nuestro antepasado —decía Sancho del Val a su hijo, siempre que le contaba la historia—. El señor del Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres".

 Sancho del Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras. Fue tabelión o notario y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.

 Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito del Val es el patrono de los monaguillos y niños de coro. El fue infantico de la catedral de Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos lo representa con las vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero, también, de valentía superior a las fuerzas de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo enviaron a la catedral. Entonces la catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de San Miguel de la Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la Virgen.

 Cumplido fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la catedral a empezar la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos, salmos y antífonas del oficio divino. La historia y la tradición nos presentan a nuestro Santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y seises.

 La tarea escolar incluía más cosas. Había que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las peripecias de los compañeros.

 Uno se resiste a creer la historia que voy a contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la substancia del hecho es verdad.

 Los judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo Dominguito del Val. "Oyemos decir —escribía el rey Alfonso el Sabio, en aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val— que los judíos ficieron, et facem el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando los niños no pueden haber."

 Los judíos eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado "que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos". Y un sábado al terminar de explicar la Ley el rabino, dijo: "Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia".

 Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor del Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar con el capiscol de la catedral.

 Más de una vez los había oído Mosé Albayucet y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.

 Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se le echa encima. Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa.

 Aquella misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales. Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que pende de su pecho.

 —Querido niño —le dice una voz zalamera—, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo.

 —Eso nunca —dice el niño—. Es mi Dios. No, no y mil veces no.

 —Acabemos pronto —dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño.

 Va a repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor.

 Con gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:

 "Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche."

 Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.

 Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo.

 Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran servicio a Dios. La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del 31 de agosto de 1250.

 Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito del Val.

 Mientras en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza.

 Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invade la ciudad de punta a punta.

 La cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la leyenda no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val. Se agota el agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: "Sí, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos". El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.

 "Divulgado el suceso —escribe fray Lamberto de Zaragoza—, y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero la ciudad, la nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta por la puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos y pies y costado."

 Hoy mismo es muy viva la devoción que Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella.

 Sus restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda: "Aquí yace el bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo".

 MARCOS MARTÍNEZ DE VADILLO

30 ago. 2013

A los necesitados de luz y consolación


A los necesitados de luz y consolación

Qué saludable es sentirnos vulnerables y que no nos dé vergüenza reconocerlo. Y luego, tener la humildad y el valor de pedirle a Dios consolación y fortaleza. 
Autor: P Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com

Me ha llamado la atención la cantidad de personas que busca en internet "frases de consolación". De las personas que llegan a este blog a través de búsquedas en Google, que es el 40% de las visitas diarias, la búsqueda de mayor impacto es "frases de consolación". Está claro, en la vida hay sufrimiento y agradecemos aquello que contribuya a disminuir la intensidad de una pena.

Es saludable reconocernos vulnerables

Todos o casi todos conocemos el sufrimiento físico y moral, el peso profundo del propio pecado, la oscuridad del misterio de Dios, la incógnita del futuro, lo difícil que es encajar el sufrimiento en la familia, la soledad, la enfermedad, la traición, las humillaciones, la incomprensión de los seres queridos, etc. Así es la condición humana. Así es la vida... Por eso buscamos consolación. Esta vida es maravillosa pero tiene luces y sombras.

Qué saludable es sentirnos vulnerables y que no nos dé vergüenza reconocerlo. Y luego, tener la humildad y el valor de pedirle a Dios consolación y fortaleza.

El consolador tiene un nombre

Jesucristo, al volver al Padre, no quiso dejarnos solos; vio que necesitaríamos compañía y consuelo para nuestra peregrinación camino al cielo. ¿Qué fue lo último que hizo en su vida terrena? Expiró. Exhaló el Espíritu", refiere san Mateo. (Mt 27, 50) Nos dejó su Espíritu.

"Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce" (Jn 14,16) "Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré" (Jn 16,7).

Lo más común en la oración es dirigirse a Dios Padre y a Dios Hijo. Al Espíritu Santo se le llama "el Gran Desconocido". Pero Jesucristo le llamó: "Paráclito", que significa "Consolador". Esa consolación que tanto buscamos tiene un nombre: Espíritu Santo. La consolación, más que un estado anímico, es el fruto de una presencia, la presencia de una Persona: la tercera persona de la Trinidad.

Cuando el Espíritu Santo se derrama sobre nosotros y nosotros lo acogemos como el "dulce huésped del alma" y somos fieles a sus inspiraciones, Él va produciendo sus frutos. Su presencia se demuestra con frutos. El don de Consolación abarca toda la realidad que Pablo enumera cuando habla de los frutos del Espíritu: caridad, gozo, paz, paciencia, afabilidad, bondad, longanimidad, fidelidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. (cf Gál 5, 22-23) Por eso, si buscamos consolación, debemos acudir a la fuente y origen de todo consuelo.

El inicio de la meditación diaria

La meditación diaria se inicia con la invocación al Espíritu Santo, para pedir luz y consuelo. Les comparto las dos invocaciones al Espíritu Santo que yo utilizo al comenzar mi meditación. Con mi comunidad canto el Veni Creator. Cuando estoy solo me gusta cantar interiormente el himno Veni Sancte Spiritus, que es un himno de consolación.

Si te sucede que al leer este himno del Espíritu Santo dices: "ya lo conozco" o "ya lo leí", y vas adelante con otra cosa, te sugiero hacer un alto y reflexionar. El hombre de oración o que quiere progresar en la oración, gusta y saborea estas cosas. Cada vez que entra en contacto con ellas se detiene y las disfruta. Si tu oración suele ser cerebral, tal vez pases adelante. Si tu oración es más contemplativa, podrás disfrutarlo más, saboreándolo interiormente. No se trata de saber o de conocer, sino de gustar interiormente las cosas del espíritu. ¡Que lo disfrutes

Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.

Ven, Padre de los pobres;
ven, dador de las gracias;
ven, lumbre de los corazones.

Consolador óptimo,
dulce Huésped del alma,
dulce refrigerio.

Descanso en el trabajo,
en el ardor tranquilidad,
consuelo en el llanto.

O Luz santísima,
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea inocente.

Lava lo que está manchado,
riega lo que es árido,
cura lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido,
calienta lo que es frío,
dirige lo que está extraviado.

Concede a tus fieles
que en ti confían,
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación
dales el eterno gozo.


Santo Evangelio 30 de agosto de 2013



Día litúrgico: Viernes XXI del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 25,1-13): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan’. Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’. Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco’. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».
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Comentario: Rev. D. Joan Ant. MATEO i García (La Fuliola, Lleida, España)
En verdad os digo que no os conozco

Hoy, Viernes XXI del tiempo ordinario, el Señor nos recuerda en el Evangelio que hay que estar siempre vigilantes y preparados para encontrarnos con Él. A media noche, en cualquier momento, pueden llamar a la puerta e invitarnos a salir a recibir al Señor. La muerte no pide cita previa. De hecho, «no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13).

Vigilar no significa vivir con miedo y angustia. Quiere decir vivir de manera responsable nuestra vida de hijos de Dios, nuestra vida de fe, esperanza y caridad. El Señor espera continuamente nuestra respuesta de fe y amor, constantes y pacientes, en medio de las ocupaciones y preocupaciones que van tejiendo nuestro vivir.

Y esta respuesta sólo la podemos dar nosotros, tú y yo. Nadie lo puede hacer en nuestro lugar. Esto es lo que significa la negativa de las vírgenes prudentes a ceder parte de su aceite para las lámparas apagadas de las vírgenes necias: «Es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis» (Mt 25,9). Así, nuestra respuesta a Dios es personal e intransferible.

No esperemos un “mañana” —que quizá no vendrá— para encender la lámpara de nuestro amor para el Esposo. Carpe diem! Hay que vivir en cada segundo de nuestra vida toda la pasión que un cristiano ha de sentir por su Señor. Es un dicho conocido, pero que no estará de más recordarlo de nuevo: «Vive cada día de tu vida como si fuese el primer día de tu existencia, como si fuese el único día de que disponemos, como si fuese el último día de nuestra vida». Una llamada realista a la necesaria y razonable conversión que hemos de llevar a término.

Que Dios nos conceda la gracia en su gran misericordia de que no tengamos que oír en la hora suprema: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,12), es decir, «no habéis tenido ninguna relación ni trato conmigo». Tratemos al Señor en esta vida de manera que lleguemos a ser conocidos y amigos suyos en el tiempo y en la eternidad.

La Virgen del carmen Madre de todos


La Virgen del carmen Madre de todos
Autor:  Padre Eusebio Gómez Navarro OCD          
       

Muchas son las advocaciones con las que invocamos a María. La Virgen del Carmen ha sido una de las devociones más populares durante setecientos años. Muchos cristianos se han sentido protegidos por María con el Escapulario. El escapulario es un signo especial de la protección de María, madre y hermana nuestra. El Escapulario del Carmen nos compromete a vivir como María, a ser personas orantes, a estar abiertos a Dios y a las necesidades de los hermanos.

María fue la favorecida de Dios, la “llena de gracia”. Sabía que el Señor estaba con ella, sentía su presencia. Dios se había fijado en su humildad y cuidaba de ella. Estaba arropada por la fuerza de Dios. No podía temer a nada ni a nadie. María conocía el corazón de Dios, sabía de su infinita misericordia. Por eso, lo alababa y adoraba. Vivía de Dios, con Dios y para Dios
.
Concibió y dio a luz a su hijo, “el Hijo del Altísimo” a quien puso por nombre Jesús, Salvador de cada pueblo y de todos aquellos que creen en él. En su vientre había llevado a Jesús y facilitó que estuviera en su corazón durante toda su vida.

María fue una mujer sencilla. Se ubicó entre los socialmente considerados inferiores, entre los que no tienen ni voz ni voto. Todos los necesitados tenían cabida en su corazón. Sin demora ni tardanza se puso en camino para atender a su pariente Isabel, para llevarle al Dios de la vida, para asistirla y ayudarla.

María tiene muchos títulos. Entre todos ellos, todos hermosos y grandes, sobresale el de ser  Madre de Cristo y Madre nuestra. María es Madre de la Iglesia. Como dice Pablo, sufre por ella dolores de parto hasta ver a Cristo formado en cada uno de los creyentes. Ella cuida de sus hijos, como buena madre,  durante la vida y en la hora de la muerte. Ella ayuda a caminar con Jesús y a esperar hasta el final.

María estuvo junto a su hijo en todos los momentos de su vida. En las alegrías y, sobre todo, en el momento de la cruz. Lo acompañó hasta la tragedia final del Calvario. Ella, la Dolorosa, también está cercana a nuestras penas y sufrimientos cotidianos. Los pobres, los enfermos, los que sufren, alcanzan de María la fuerza y ayuda para sobrellevar con fe una vida plagada de dificultades.

La historia y la leyenda nos han mostrado a la Virgen del Escapulario siempre cercana a todos aquellos que, viviendo momentos difíciles y amargos, han acudido a ella pidiendo su protección.

            Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es ponerse, como ella, un vestido nuevo, el ropaje de la fe, de la alegría...

Sí, hemos sido revestidos de Cristo y, como María, debemos permanecer fieles a Dios hasta el final.

El Centro de Espiritualidad de Miami celebra cada año la fiesta del Carmen con gran solemnidad. Son muchas las personas que vienen a visitar a la Virgen del Carmen para pedir por todas las necesidades que tienen, algunas urgentes que no pueden esperar más. Muchas son las que vienen a dar gracias a María por su presencia en el mundo, por las bendiciones que ha derramado en su familia. Todos se unen, como en un gran racimo, en torno a la Madre de todos los pueblos para escuchar una vez más estas palabras: “Hagan lo que él les diga”.

El viernes 16 tendremos un rosario, procesión y misa con la presencia de Mons. Román. Para cualquier información puede llamar al 305-6549760.

Santo Tomás Kempis, Sacerdote y escritor. 30 de agosto


San Tomás Kempis, Sacerdote y escritor
Agosto 30

Autor de La Imitación de Cristo
La fama mundial de Tomás de Kempis se debe a que él escribió La Imitación de Cristo: el libro que más ediciones ha tenido, después de la Biblia. Este precioso librito es llamado "el consentido de los libros" porque se ha sacado en las ediciones de bolsillo más hermosas y lujosas, ha tenido ya más de 3,100 ediciones en los más diversos idiomas del mundo. Su primera edición salió en 1472, 20 años antes del descubrimiento de América (un año después de la muerte del autor), y durante más de 500 años ha tenido unas 6 ediciones cada año. Caso raro y excepcional.

Tomás nació en Kempis, cerca de Colonia, en Alemania, en el año 1380. Era un hombre sumamente humilde, que pasó su larga vida (90 años) entre el estudio, la oración y las obras de caridad, dedicando gran parte de su tiempo a la dirección espiritual de personas que necesitaban de sus consejos.

Empezar por uno mismo.
En ese tiempo muchísimas personas deseaban que la Iglesia Católica se reformara y se volviera más fervorosa y más santa, pero pocos se dedicaron a reformase ellos mismos y a volverse mejores. Tomás de Kempis se dió cuenta de que el primer paso que hay que dar para obtener que la Iglesia se vuelva más santa, es esforzarse uno mismo por volverse mejor. Y que si cada uno se reforma a sí mismo, toda la Iglesia se va reformando poco a poco.

Una asociación muy útil.
Kempis se reunió con un grupo de amigos en una asociación piadosa llamada "Hermanos de la Vida Común", y allí se dedicaron a practicar un modo de vivir que llamaban "Devoción moderna" y que consistía en emplear largos ratos de oración, la meditación, la lectura de libros piadosos y en recibir y dar dirección espiritual, y dedicarse cada uno después con la mayor exactitud que le fuera posible a cumplir cada día los deberes de su propia profesión. Los que pertenecían a esta asociación hacían progresos muy notorios y rápidos en santidad y la gente los admiraba y los quería.

Un ascenso difícil.
Tomás tiene muchos deseos de ser sacerdote, pero en sus primeros 30 años no lo logra porque sus tentaciones son muy fuertes y frecuentes y teme que después no logre ser file a su voto de castidad. Pero al fin entra a una asociación de canónigos (en Windesheim) y allí en la tranquilidad de la vida retirada del mundo logra la paz de su espíritu y es ordenado sacerdote en el año 1414. Desde entonces se dedica por completo a dar dirección espiritual, a leer libros piadosos y a consolar almas atribuladas y desconsoladas. Es muy incomprendido muchas veces y sufre la desilusión de constatar que muchas amistades fallan en la vida (menos la amistad de Cristo) y va ascendiendo poco a poco, aunque con mucha dificultad, a una gran santidad.

Oficios delicados.
Dos veces fue superior de la comunidad de canónigos en su ciudad. Bastante tiempo estuvo encargado de la formación de los novicios. Después lo nombraron ecónomo pero al poco tiempo lo destituyeron porque su inclinación a la vida espiritual muy elevada no lo hacía nada apto para dedicarse a comerciar y a administrar dineros y posesiones. Su alma va pasando por períodos de mucha paz y de angustias y tristezas espirituales, y todo esto lo irá narrando después en su libro portentoso.

El libro que lo hizo famoso.
En sus ratos libres, Tomás de Kempis fue escribiendo un libro que lo iba a hacer célebre en todo el mundo: La Imitación de Cristo. De esta obra dijo un autor: "Es el más hermoso libro salido de la mano de un hombre" (Dicen que Kempis pidió a Dios permanecer ignorado y no conocido. Por eso la publicación de su libro sólo se hizo al año siguiente de su muerte). No lo escribió todo de una vez, sino poco a poco, durante muchos años, a medida que su espíritu se iba volviendo más sabio y su santidad y su experiencia iban aumentando. Lo distribuyó en cuatro pequeños libritos. Entre la redacción de un libro y la siguiente pasaron unos cuantos años.

El libro Primero de la Imitación de Cristo narra cómo es la lucha activa que hay que librar para convertirse y reformarse y los obstáculos que se le presentan a quiénes desean ser santos, entre los cuales está como principal: ser "la sirena" de este mundo, o sea la atracción, el deseo de darle gusto al propio egoísmo y de obtener honores, famas, altos puestos, riquezas y gozos sensuales y vida fácil y cómoda. Este primer librito es como el retrato de lo que Tomás tuvo que sufrir hasta sus 30 años de las luchas y peligros que se le presentaron.

El libro segundo. Fue escrito por Kempis después de haber sufrido muchas tribulaciones, contradicciones, humillaciones y desengaños, especialmente en el orden afectivo. Destituido del cargo de ecónomo, abandonado por amigos que se había imaginado le iban a ser fieles; es entonces cuando descubre que hay una amistad que no defrauda nunca y es la amistad con Jesucristo, y que allí se encuentra la solución para todas las penas del alma. Este libro segundo de la Imitación enseña cómo hay que comportarse en las tribulaciones y sufrimientos. Emplea mucho el nombre de Jesús indicando el afecto muy vivo y profundo que siente hacia el Redentor y que desea sientan sus lectores también.

Cuando redacta el Libro Tercero ya ha subido mas alto en espiritualidad. Aquí ya a Cristo lo llama El Señor. Se ha dado cuenta que la santidad no depende solamente de nuestros esfuerzos sino sobre todo de la ayuda de Dios. Ha crecido en humildad y exclama: "Cayeron los que eran como cedros del Líbano, y yo miserable ¿qué podré esperar de mis solas fuerzas?". Ahora ya no piensa en la muerte como algo miedoso, sino como una liberación del alma para ir a una Patria feliz.

El libro cuarto de la Imitación está dedicado a la Eucaristía y es uno de los más bellos tratados que se han escrito acerca del Santísimo Sacramento. Millones de personas en todos los continentes han leído este librito para prepararse o dar gracias cuando comulgan.

¿Un iluminado?
Muchos autores han pensado que probablemente Tomás de Kempis recibió del cielo luces muy especiales al escribir La Imitación de Cristo. De otra manera no se podría explicar el éxito mundial que este librito ha tenido por más de cinco siglos, en todas las clases sociales.

Otro secreto de su triunfo
Puede ser el que Kempis ha logrado comprender sumamente bien la persona humana con sus miserias y sus sublimes posibilidades, con sus inquietudes y su inmensa necesidad de tener un amor que llene totalmente sus aspiraciones.

Este libro está hecho para personas que quieran sostener una lucha diaria y sin contemplaciones contra el amor propio y el deseo de sensualidad que se opone diametralmente al amor de Dios y a la paz del alma. Está redactado para quienes quieran independizarse de lo temporal y pasajero y dedicarse a conseguir lo eterno e inmortal.

San Ignacio, San Juan Bosco, Juan XXIII, el presidente mártir, García Moreno y muchísimos más, han leído una página de la Imitación cada día. ¿La leeremos también nosotros? La mejor traducción actual es la que hizo el Apostolado Bíblico Católico, muy actualizada, toda con frases de la Santa Biblia. No dejemos de conseguirla y leerla.

29 ago. 2013

Juan Bautista un gran hombre





Juan Bautista un gran hombre


Juan bautiza a quienes le hacen caso y quieren cambiar. Hoy te invita a que cambies tu. 
Autor: Archidiócesis de Madrid | Fuente: Archidiócesis de Madrid


La madre, Isabel, había escuchado no hace mucho la encantadora oración que salió espontáneamente de la boca de su prima María y que traía resonancias, como un eco lejano, del antiguo Israel. Zacarías, el padre de la criatura, permanece mudo, aunque por señas quiere hacerse entender.

Las concisas palabras del Evangelio, porque es así de escueta la narración del nacimiento después del milagroso hecho de su concepción en la mayor de las desesperanzas de sus padres, encubren la realidad que está más llena de colorido en la pequeña aldea de Zacarías e Isabel; con lógica humana y social comunes se tienen los acontecimientos de una familia como propios de todas; en la pequeña población las penas y las alegrías son de todos, los miedos y los triunfos se comparten por igual, tanto como los temores. Este nacimiento era esperado con angustiosa curiosidad. ¡Tantos años de espera! Y ahora en la ancianidad... El acontecimiento inusitado cambia la rutina gris de la gente. Por eso aquel día la noticia voló de boca en boca entre los paisanos, pasa de los corros a los tajos y hasta al campo se atrevieron a mandar recados ¡Ya ha nacido el niño y nació bien! ¡Madre e hijo se encuentran estupendamente, el acontecimiento ha sido todo un éxito!

Y a la casa llegan las felicitaciones y los parabienes. Primero, los vecinos que no se apartaron ni un minuto del portal; luego llegan otros y otros más. Por un rato, el tin-tin del herrero ha dejado de sonar. En la fuente, Betsabé rompió un cántaro, cuando resbaló emocionada por lo que contaban las comadres. Parece que hasta los perros ladran con más fuerza y los asnos rebuznan con más gracia. Todo es alegría en la pequeña aldea.

Llegó el día octavo para la circuncisión y se le debe poner el nombre por el que se le nombrará para toda la vida. Un imparcial observador descubre desde fuera que ha habido discusiones entre los parientes que han llegado desde otros pueblos para la ceremonia; tuvieron un forcejeo por la cuestión del nombre -el clan manda mucho- y parece que prevalece la elección del nombre de Zacarías que es el que lleva el padre. Pero el anciano Zacarías está inquieto y se diría que parece protestar. Cuando llega el momento decisivo, lo escribe con el punzón en una tablilla y decide que se llame Juan. No se sabe muy bien lo que ha pasado, pero lo cierto es que todo cambió. Ahora Zacarías habla, ha recuperado la facultad de expresarse del modo más natural y anda por ahí bendiciendo al Dios de Israel, a boca llena, porque se ha dignado visitar y redimir a su pueblo.

Ya no se habla más del niño hasta que llega la próxima manifestación del Reino en la que interviene. Unos dicen que tuvo que ser escondido en el desierto para librarlo de una matanza que Herodes provocó entre los bebés para salvar su reino; otros dijeron que en Qunram se hizo asceta con los esenios. El oscuro espacio intermedio no dice nada seguro hasta que «en el desierto vino la palabra de Dios sobre Juan». Se sabe que, a partir de ahora, comienza a predicar en el Jordán, ejemplarizando y gritando: ¡conversión! Bautiza a quienes le hacen caso y quieren cambiar. Todos dicen que su energía y fuerza es más que la de un profeta; hasta el mismísimo Herodes a quien no le importa demasiado Dios se ha dejado impresionar. 

Y eso que él no es la Luz, sino sólo su testigo.

"Quien me reconocerá delante a los hombres, también yo lo reconoceré delante a mi Padre que está en los cielos". 

La obra de la redención, el triunfo del Reino Amor sobre el de las tinieblas se realiza en medio de la pobreza y de la persecución. Así llevó a cabo su misión el mismo Cristo, así cumplió su misión también Juan el Bautista. A los ojos del mundo parece un derrotado: prisionero, aborrecido por los poderosos según el mundo, decapitado, sepultado. 

Y sin embargo, es precisamente ahora, cuando la semilla que cae en tierra y muere, comienza a dar sus frutos. Esta derrota aparente es tan solo la antesala, el preludio de una victoria definitiva: la de la Resurrección. Entonces le veremos y ésa será nuestra gloria y nuestra corona.

Nuestra vida de cristianos, si es una auténtico seguimiento de Cristo, es una peregrinación "en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios". Sí, llegan los ataques, las calumnias, las persecuciones... pero ellos son sólo una señal de que vivimos el amor, animados por el Espíritu Santo. 

Pero, si somos de Dios, si Dios nos ama y somos su pueblo... ¿Qué otra cosa importa? Él nos ama y nos quiere ver semejantes a su Hijo, como una hostia blanca dorándose bajo el sol. Sólo nos toca abandonarnos confiadamente entre sus manos, para que así pueda transformarnos en Cristo.

Santo Evangelio 29 de agosto de 2013



Día litúrgico: 29 de Agosto: El martirio de san Juan Bautista


Texto del Evangelio (Mc 6,17-29): En aquel tiempo, Herodes había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto. 

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Fotografía

Comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)
Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener la mujer de tu hermano’

Hoy recordamos el martirio de san Juan Bautista, el Precursor del Mesías. Toda la vida del Bautista gira en torno a la Persona de Jesús, de manera que sin Él, la existencia y la tarea del Precursor del Mesías no tendría sentido.

Ya, desde las entrañas de su madre, siente la proximidad del Salvador. El abrazo de María y de Isabel, dos futuras madres, abrió el diálogo de los dos niños: el Salvador santificaba a Juan, y éste saltaba de entusiasmo dentro del vientre de su madre.

En su misión de Precursor mantuvo este entusiasmo -que etimológicamente significa "estar lleno de Dios"-, le preparó los caminos, le allanó las rutas, le rebajó las cimas, lo anunció ya presente, y lo señaló con el dedo como el Mesías: «He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1,36).

Al atardecer de su existencia, Juan, al predicar la libertad mesiánica a quienes estaban cautivos de sus vicios, es encarcelado: «Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener la mujer de tu hermano’» (Mc 6,18). La muerte del Bautista es el testimonio martirial centrado en la persona de Jesús. Fue su Precursor en la vida, y también le precede ahora en la muerte cruel.

San Beda nos dice que «está encerrado, en la tiniebla de una mazmorra, aquel que había venido a dar testimonio de la Luz, y había merecido de la boca del mismo Cristo (…) ser denominado "antorcha ardiente y luminosa". Fue bautizado con su propia sangre aquél a quien antes le fue concedido bautizar al Redentor del mundo».

Ojalá que la fiesta del Martirio de san Juan Bautista nos entusiasme, en el sentido etimológico del término, y, así, llenos de Dios, también demos testimonio de nuestra fe en Jesús con valentía. Que nuestra vida cristiana también gire en torno a la Persona de Jesús, lo cual le dará su pleno sentido.

Tiempo para Dios


Tiempo para Dios

Desechemos la tibieza, el espíritu tacaño para todo lo concerniente a las cosas de Dios. 
Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net



En nuestra vida tenemos muy bien programadas nuestras horas, nuestras semanas. Tiempo para trabajar, tiempo para el ejercicio, tiempo para tomar alimentos, de preferencia los que más nos gustan, tiempo para descansar o divertirnos, pero... ¿y el tiempo para Dios?. 

No encontramos tiempo para Dios, para orar. Teniendo comunicación con Él que es quién precisamente nos da ese tiempo que repartimos en nuestro muy personal plan de vida.

Y llega el domingo... Si estamos en un lugar de descanso, de monte o de playa ¡qué difícil es programarnos para ir a misa! Si nos hemos quedado en la ciudad, ¡con qué mezquindad le damos a Dios la media hora de misa de los domingos! 

Para ir al cine , al teatro o a un evento deportivo nos ponemos diligentes y contentos. Queremos llegar y llegamos antes de que empiece la función, buscamos el mejor lugar para poder ver y oír lo mejor posible, ¡no nos queremos perder ni un solo detalle!. Pero la misa, y eso que la entrada es gratis, no importa llegar cuando ya está empezada la ceremonia y no nos interesa ver o no ver lo que el celebrante hace o dice en el altar y nos quedamos en la entrada para que en el momento de que nos den la bendición nos podamos ir rápidamente, como el que termina un cometido fastidioso y poco grato.

Sabemos que la misa es el sacrificio incruento en que bajo las especies de pan y vino convertidas en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo ofrece el sacerdote al Eterno Padre. La misa es el acto esencial del culto católico por ser el milagro del misterio Pascual del Hijo de Dios. Como acto de culto a nuestro Creador es la adoración a la Divina Majestad, la acción de gracias por los beneficios recibidos, la reparación de nuestros pecados y de toda la humanidad, para oír su palabra y la petición de la mediación de Cristo 

Por todos nosotros. Es poder estar en la Cena del Señor la noche del Jueves Santo en el espacio y en el tiempo. Es poder llegar con nuestro corazón hasta Dios y si lo recibimos, es alimentarnos de El y pedir que nos acompañe en el camino que estamos recorriendo aquí hasta el final de nuestros días. 

Tarde o temprano ese día llegará y no queremos presentarnos a El con la frase tan conocida de "las manos vacías" sino con algo mucho peor: con el corazón vacío de amor.

No le hemos querido, no le hemos amado como El nos amó hasta dar la vida por nuestra salvación eterna. Vamos viviendo indiferentes a ese gran amor y no sabemos corresponder. Cuando estemos en su presencia ¡qué ansias de volver a empezar, qué ganas de tener todo el tiempo del mundo como ahora, otra vez, toda una vida para amarlo!.

Pensaremos, aunque ya demasiado tarde, en cómo desperdiciamos los minutos, las horas, los años en pequeñeces, en minucias que nos absorbieron, que nos quitaron todo nuestro tiempo para al pasar por una Iglesia entrar, dejando todos la preocupaciones afuera, y frente al Sagrario decirle a Cristo simplemente: -"Te amo y aquí estoy".

Pasamos la vida corriendo tras las cosas vanas y perecederas mientras que apenas tenemos unas migajas de oración para Dios y con la media hora escasa de los domingos en la Iglesia tenemos la conciencia tranquila porque ya cumplimos. ....

Cambiemos radicalmente la forma de vivir nuestra religión.

Seamos radicales en este cambio. Desechemos la tibieza, el espíritu tacaño para todo lo concerniente a las cosas de Dios y amémosle con generosidad, empezando por cumplir con el primer Mandamiento que es: Amar a Dios sobre todas las cosas.

¡Qué se nos note que lo amamos, para que en los ojos de Cristo encontremos, un día, el reconocimiento del encuentro con el amigo, al llegar a su presencia!.

Martirio de San Juan el Bautista.- 29 de agosto



Martirio de San Juan el Bautista

Juan el Bautista era hijo de san Zacarías y santa Isabel. Casi toda su vida transcurrió en el desierto. Allí se preparó con la oración y el ayuno para la misión de precursor que Dios le había escogido ya antes de su nacimiento.

A los treinta años de edad recorrió el valle del Jordán predicando, a fin de preparar la llegada del Mesías. Cuando Jesús se acercó a Juan para que lo bautizase, éste presentó ante sus discípulos al Maestro. Y cuando el Salvador comenzó su vida púbIica, Juan continuó su camino, predicando.

Reinaba entonces en Judea el tetrarca Herodes Antipas, hijo de aquel otro Herodes llamado Ascalonita que ordenó la matanza de los inocentes. Estaban con él Herodías y su hija Salomé. En su madurez, durante un viaje a Roma, capitaI del Imperio, Herodes Antipas había arrancado Herodías a su medio hermano Filipo, para vivir con ella, llevando ambos una vida licenciosa.

El país todo se indignó, pero nadie tuvo el valor de reprochar al tetrarca su conducta escandalosa. Nadie, excepto un hombre: Juan el Bautista, quien, apersonándose repetidamente al rey, le enrostraba: "No te es lícito tener a la mujer de tu hermano". Herodes no se decidía a tomar medidas en contra de él, pero Herodías clamaba a su lado pidiéndole que eliminara a aquel hombre que la humillaba. Por último, abrumado, el tetrarca mandó prenderlo y lo aherrojó a la cárcel.

Al llegar la fiesta de su cumpleaños, Herodes invitó a un banquete a los grandes de su corte, a los jefes de las tropas y a la gente de mayor prestigio social de Galilea.

La magnificencia, eI lujo y el derroche campeaban en el festín. Los esclavos circulaban entre los invitados con bandejas cargadas de pIatos raros y exquisitos vinos procedentes de las regiones más apartadas de] Imperio.

Entró, por último, Salomé, la hija de Herodías; bailó y agradó tanto a Herodes, que éste dijo a Ia joven:

Pídeme cuanto quieras, que te lo daré. Y añadió con juramento: Aunque sea la mitad de mi reino.

Salió entonces ella de la sala y fue a una contigua, donde se hallaba su madre con las otras mujeres.

- ¿Qué pediré? le preguntó.

Respondió ésta:

- La cabeza de Juan el Bautista.

Se entristeció Herodes; mas se creyó obligado por el impío juramento. Momentos después, Juan agregaba a sus palabras el testimonio de su sangre, siendo martirizado en la cárcel de Maqueronte. Su cabeza ensangrentada apareció en la sala traída en una bandeja por el verdugo. La tomó Salomé y se la entregó a su madre, quien se ensañó con ella, según refiere san Jerónimo.

Tenía san Juan Bautista treinta y dos años de edad y corría el año 31 de nuestra era.

Aquí terminan las noticias ciertas sobre los personajes de este drama.


28 ago. 2013

Santo Evanelio 28 de agosto 2013



Día litúrgico: Miércoles XXI del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 23,27-32): En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ‘Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!’. Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!».

Fotografía

Comentario: + Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué (Manresa, Barcelona, España)
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!

Hoy, como en los días anteriores y los que siguen, contemplamos a Jesús fuera de sí, condenando actitudes incompatibles con un vivir digno, no solamente cristiano, sino también humano: «Por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23,28). Viene a confirmar que la sinceridad, la honradez, la lealtad, la nobleza..., son virtudes queridas por Dios y, también, muy apreciadas por los humanos.

Para no caer, pues, en la hipocresía, tengo que ser muy sincero. Primero, con Dios, porque me quiere limpio de corazón y que deteste toda mentira por ser Él totalmente puro, la Verdad absoluta. Segundo, conmigo mismo, para no ser yo el primer engañado, exponiéndome a pecar contra el Espíritu Santo al no reconocer los propios pecados ni manifestarlos con claridad en el sacramento de la Penitencia, o por no confiar suficientemente en Dios, que nunca condena a quien hace de hijo pródigo ni pierde a nadie por el hecho de ser pecador, sino por no reconocerse como tal. En tercer lugar, con los otros, ya que también —como Jesús— a todos nos pone fuera de sí la mentira, el engaño, la falta de sinceridad, de honradez, de lealtad, de nobleza..., y, por esto mismo, hemos de aplicarnos el principio: «Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie».

Estas tres actitudes —que podemos considerar de sentido común— las hemos de hacer nuestras para no caer en la hipocresía, y hacernos cargo de que necesitamos la gracia santificante, debido al pecado original ocasionado por el “padre de la mentira”: el demonio. Por esto, haremos caso de la exhortación de san Josemaría: «A la hora del examen ve prevenido contra el demonio mudo»; tendremos también presente a Orígenes, que dice: «Toda santidad fingida yace muerta porque no obra impulsada por Dios», y nos regiremos, siempre, por el principio elemental y simple propuesto por Jesús: «Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’» (Mt 5,37).

María no se pasa en palabras, pero su sí al bien, a la gracia, fue único y veraz; su no al mal, al pecado, fue rotundo y sincero.

San Agustín, 28 de agosto


28 de agosto


SAN AGUSTÍN

(†  430)



Es el más genial y completo de los Padres de la Iglesia y uno de los hombres más extraordinarios de la Humanidad. Nació en Tagaste, pequeña ciudad de la Numidia. Su padre, llamado Patricio, era pagano. Su madre, modelo cabal de madres cristianas, fue Santa Mónica, quien le educó en los rudimentos de la religión y le enseñó a paladear las dulzuras del nombre de Jesús. Más tarde se llamará Agustín a sí mismo "hijo de las lágrimas de su madre".

 Dotado de imaginación ardiente, de temperamento apasionado, de vivacísima inteligencia, descolló en el estudio de las letras humanas. Se dio con ardor a la literatura y a la elocuencia. Madaura y Cartago fueron el escenario de sus primeros triunfos de retórico y polemista. Conoce el halago y la embriaguez de la gloria. Y, a la vez que se sumerge en el estudio de las artes y de la filosofía, se deja arrastrar por el viento de las pasiones nacientes. "No amaba todavía —nos dice él mismo— y ya deseaba amar." Comienza la etapa de sus primeros errores. Abraza el maniqueísmo porque, a pesar de lo contradictorio de sus doctrinas, creyó ver un principio de elevación moral en la externa austeridad de los maniqueos, en su aparente castidad, en su virtud simulada. Pronto desertó del maniqueísmo, porque no satisfacía a sus profundas inquietudes ni a la sinceridad de su corazón, ávido de verdad. En Cartago consiguió brillar su genio retórico; triunfó en concursos poéticos y certámenes públicos, y arrastró con el cautiverio de su elocuencia y de su profundo saber a las multitudes, que le escuchaban como a un oráculo.

 Pero Agustín se siente defraudado; no encuentra la verdad que tanto ansiaba ni en las diversiones públicas, ni en el estudio de retóricos y poetas, ni en el análisis de las viejas teogonías. En el 383 decide partir para Roma. Y allá le sigue su madre, Santa Mónica. Cae gravemente enfermo. Protegido por Símmaco, prefecto de Roma, obtuvo una cátedra en Milán, donde —según él dice— "abrió tienda de verbosidad y de vanilocuencia". En esta ciudad conoció a San Ambrosio, y empezó la lección de las Sagradas Escrituras. Oía el canto de los fieles en el templo, y su corazón encontraba una inefable paz, que le hacía derramar lágrimas. Estudia la filosofía de los académicos, y se acrecientan sus incertidumbres y la tragedia de su alma. Le atormentaba el problema de la verdad, sobre todo. "Tú —dice— me espoleabas, Señor, con aguijones de espíritu ... Tú amargabas mis dichas transitorias." Platón y Plotino abren en su inteligencia caminos insospechados y le encienden en un ansia nueva de verdad. Pero es San Pablo el que definitivamente derrumba el castillo de sus vanidades y le gana para la fe. En el 386 se decide a consagrarse al estudio metódico de las verdades del cristianismo. Renuncia a su cátedra y se retira con su madre y sus amigos a Casiciaco, cerca de Milán, para dedicarse enteramente a la meditación y al estudio. Es bautizado por San Ambrosio el 23 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad.

 Desde el momento en que entró Dios a velas desplegadas por su corazón, es San Agustín la demostración más palmaria de la dramática lucha entre lo humano y lo divino, entre la libertad y la gracia, entre la rebeldía de la carne que se encierra en su pertinaz autoctonía y el anhelo del alma que busca una base eterna para sus amores, entre la fuerza centrífuga del hombre, solicitado por la insinuación tentadora de las cosas transitorias, y la necesidad de concentrarse, de homogeneizarse, para superar lo visible y dar a la vida un rango categorial permanente. El ancla rota de su espíritu navegante, sumido en incertidumbres, se asió fuertemente en las ensenadas de la verdad. Dios se desplegó ante sus ojos atónitos, húmedos de gozo nuevo y de una felicidad recién nacida en su alma, con toda su magnificencia; y toda aquella vida dinámica, sin perder nada de su vitalidad, de su dramática grandeza, se concentró radicalmente en Dios, y así se verificó en él la integración del hombre en la plenitud de sus energías, y no supo ya en adelante vivir más que para la verdad, el alma y Dios, esas tres grandes realidades supremas, a las que sólo podemos llegar movilizados por la caridad y el entendimiento del amor.

 Ya bautizado, retorna al Africa; pero antes aconteció en Ostia la muerte de su madre. Cuando llegó a Tagaste vendió todos sus bienes y distribuyó entre los pobres el beneficio de los mismos. Se retira a una pequeña propiedad para hacer vida monacal perfecta con sus amigos. De ahí había de nacer más tarde su famosísima regla fundacional. La fama de Agustín cobra cada día nuevo incremento. Es ordenado presbítero de Hipona, y en 396 sucede en el episcopado a Valerio. En su casa episcopal establece la observancia regular.

 La actividad de San Agustín como obispo es enorme. Predica, escribe, polemiza, preside concilios, resuelve los problemas más diversos de sus feligreses. Es el oráculo de Occidente. De todas partes acuden a él en demanda de soluciones para los problemas más arduos. Se le ha llamado el martillo de los herejes: maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priscilianistas, académicos, etc., fueron cediendo ante el vigor y la claridad de sus refutaciones. Su caridad era tan profunda como su genio. Cargado de días y de merecimientos, mientras los bárbaros invadían el Africa y asediaban a Hipona, muere San Agustín el 28 de agosto de 430.

 San Agustín ocupa un lugar preeminente no sólo en la historia de la Iglesia, sino también en la del pensamiento humano. Sus obras múltiples sobre las más diversas cuestiones conservan una perennidad inmarcesible. Su genio tocó las cimas más elevadas. Lo que él escribió acerca de la libertad, la gracia, el alma, Dios, la Providencia, el amor, la justicia, el bien y el mal, la fe, la justificación y el concurso, sobre la Trinidad y la vida bienaventurada, el orden y el pecado, etc., ha pasado a constituir doctrina y fundamento de razón. Su lenguaje apasionado y cálido, expresivo y personal, seduce, convence y conmueve.

 La actualidad de San Agustín es unánimemente reconocida. No envejecen ni su lenguaje ni su pensamiento. Es el gran maestro y pensador del cristianismo. "Todas las influencias del pasado —dice Eucken—, como todos los impulsos de su tiempo, los hace suyos Agustín, los recoge él y los transforma y vitaliza en un acorde prodigioso y nuevo." "Agustín es el mayor genio de la cristiandad", dice Harnack. "La aparición de Agustín en la historia del Dogma —dice Ph. Schaff— hace época, especialmente en lo que concierne a las doctrinas antropológicas y soteriológicas, a las cuales imprimió un progreso inmenso, llegando a un grado de precisión y de claridad como no lo había tenido hasta entonces la conciencia de la Iglesia."

 San Agustín ha sido el oráculo de los concilios, el gran explorador de la intimidad religiosa, el formulador de la unidad teológica en la que se resuelven todas las tendencias del corazón y de la inteligencia. Sus obras capitales —entre la muchedumbre de sus obras que abarcan todos los ámbitos del saber—son las Confesiones, De Trinitate, De Civitate Dei, De libero arbitrio, De Natura et Gratia, Enarrationes in Psalmos, De Genesi ad litterani, los Tratados sobre Juan, las Epístolas y los Sermones. Su autoridad es inmensa. Con razón se ha postulado siempre en los momentos dramáticos el retorno a San Agustín.

 El nombre de San Agustín, con sólo pronunciarlo, dilata gloriosamente el ámbito de la cultura, y abre súbitos paisajes espirituales y sorprendentes perspectivas a la contemplación y profundización de la vida, del alma y de Dios. Es difícil precisar los confines de la irradiación de su pensamiento y el área de su influencia incesante, de la seducción de su personalidad poderosa.

 Con San Agustín nos encontramos en cada episodio del drama humano, lo mismo en las exploraciones más arriesgadas del pensamiento y de la intimidad del alma que en el planteamiento y solución de los problemas más arduos de toda índole, que en las apasionantes y angustiosas jornadas del hombre que se debate por la conquista de Dios, y por hallar una base eterna a sus inquietudes y al ansia perenne de su corazón.

 San Agustín —dice Papini— insiste en la necesidad de la razón para llegar a comprender los dogmas de la fe; pero al mismo tiempo reconoce que la fe sola, de por sí, ayuda a comprender. "Entiende —dice el Santo— para que creas en mi palabra; cree, para que entiendas la palabra de Dios." De ahí esas admirables fórmulas, de valor reversible, exuberantes de contenido, con que San Agustín trata de conjugar el ejercicio alternante de la fe y de la razón, que se traducen siempre en entendimiento, en visión, en sabiduría. "Ama mucho la inteligencia" —reitera el Santo—, reconociendo sin reservas las prerrogativas de la inteligencia; pero no de la inteligencia presuntuosa, que se basta a sí misma, sino de la inteligencia abierta a las claridades de la fe, que por la razón se hace también inteligible y desemboca en la plenitud de la caridad. El verdadero filósofo "cree cuando piensa y piensa cuando cree". Claro es que el acto de fe religiosa no es obra del esfuerzo del hombre, sino donación de Dios. Pero el hombre, por un esfuerzo íntimo, personal, humilde, y por la disciplina de la razón, puede disponerse al don de la fe, abatiendo la altivez del orgullo y la tiranía de la concupiscencia con la intervención de la gracia. La virtualidad del pensamiento agustiniano radica en que lo mismo habla y convence al hombre de la razón que al hombre de la fe, que refuerza la debilidad de la razón con las seguridades que le presta la fe, para llegar por caminos más breves e iluminados a la conquista de la verdad y a la quietud deseada del corazón.

 Maravilla ciertamente la sinceridad y la resolución con que San Agustín aborda los problemas más complicados, y la claridad y gallardía con que logra las soluciones más inesperadas y de perenne vigencia. A ello contribuye, sin duda, la admirable eficacia de su estilo, la expresividad y viveza de sus fórmulas, los hallazgos verbales incomparables de su genio literario, que confieren a su obra inmarcesible perennidad.

 San Agustín precisa agudamente los límites de la razón y la función de la fe en orden al conocimiento de Dios y de las cosas transitorias o permanentes. Pero introduce un nuevo elemento en este proceso de la inteligencia a la fe y de la fe a la inteligencia, que es lo que caracteriza y confiere profunda originalidad a la teoría agustiniana del conocimiento: ese nuevo término es el amor. Para que la fe y la razón logren la plenitud de su eficacia es preciso que estén movilizadas, vivificadas, por la fuerza potenciadora de todo el ser, que es la caridad. Esa es la gran afirmación agustiniana, La caridad, el amor, es el principio radical de creer y de entender con fecundidad y merecimiento. La fe que lleva a la inteligencia es la que San Agustín llama "la creencia en Dios", que consiste en unir el amor y la fe. Ir a Dios por la fe es incorporarse a Él y a sus miembros, es decir, al prójimo, por la caridad; he ahí lo que Dios exige de nosotros; no una fe cualquiera, sino la fe que obra por la caridad. "Cuando el alma —escribe el Santo— se halla penetrada de la fe que obra por la caridad, tiende, a causa de la pureza de su vida, a elevarse hasta la contemplación, donde la perfección de la santidad revela a nuestros corazones la inefable belleza, cuya plena visión constituye la suprema felicidad."

 San Agustín nos renueva su lección inacabable en todos los ámbitos del pensamiento. Lo que urge es acercar al Santo de la caridad a este mundo tan necesitado de claridades, del remedio de la caridad para encontrar la quietud de su corazón.

 Al hacer el Santo el análisis de su alma hizo a la vez el estudio más certero y audaz del alma humana. El contenido emocional de sus obras es lo que ha podido inducir a muchos a creer que ellas contienen, más que un riguroso valor filosófico, un valor afectivo o ético-místico, cuando, cabalmente, una de las consecuencias más definitivas del Santo es haber logrado hacer confluir las dos grandes corrientes interiores, la afectiva y la intelectiva, forzándolas a correr por un mismo cauce, ancho y tumultuoso, y rendir toda su multiplicada eficacia. De ahí ese valor de vida, ese calor de humanidad, ese tono cordial y amoroso, esa complejidad de su obra, jamás marchita. "Su filosofía, es una filosofía de valores" —ha dicho Hesren. Es verdad: pero estos valores, estas estimaciones filosóficas agustinianas rinden su eficacia y adquieren categoría en función de otros valores de supremo rango, del alma y Dios, que eslabonan y ajustan todas las piezas de su obra y la enriquecen de finalidad.

 La vida es el hecho radical, básico, de nuestro ser; pero para que ésta tenga un sentido de validez, una justificación adecuada, hay que hacerla desembocar en una realidad de superior jerarquía; hay que orientarla sabiamente hacia Dios. El sentido y la aspiración de la vida no se nutren ni tienen en sí mismos su razón suficiente; necesitan un término de correlación eterna, que es Dios. El ala está hecha para el vuelo como el alma para la felicidad, no esta felicidad abreviada que se cotiza en los mercados y lonjas del mundo, sino la felicidad integra y acabada, capaz de coordenar y absorber todas las actividades y anhelos que vibran en lo íntimo del ser, y de traducirse en posesión indeficiente. "El alma no tiene más que un alimento —dice el Santo—: conocer y amar la verdad". "Nada vale lo que un alma, ni la tierra, ni el mar, ni los astros." "El alma es obra de Dios; el alma es un ojo abierto que mira siempre hacia Dios; el alma es un amor abierto a lo infinito. Dios es la patria del alma." En su obra, se pueden hallar con frecuencia expresiones bellísimas por el estilo. Hablando de Dios y del alma, el corazón de Agustín no se agota nunca —decía Fénelon—; él solo vale por una legión de genios. Él busca ante todo la verdad; esta nostalgia innata de la verdad es el arpón que llevó prendido como un dardo de fuego: pero, si hubiese buscado sólo la verdad filosófica, no habría rebasado el nivel de un neoplatónico o de un académico teorizante: él buscaba no sólo conocer, sino poseer y amar la verdad. El tipo especulativo no se separa nunca en él del afectivo.

 Dios y el alma son las dos palabras solemnes que San Agustín impregnó de sentido y lanzó con toda la capacidad de su contenido, como un eco resonante y prodigioso, por toda la amplitud de la Edad Media. Los escolásticos y los místicos recogieron la onda concéntrica de esta transmisión agustiniana, que conmovió a los más excelsos pensadores. Sus resonancias no han languidecido aún, antes bien, se robustecen y refuerzan con el tiempo.

 San Agustín no sólo fijó el anhelo de la verdad. sino también su objeto: el camino era la inmersión en sí mismo, el retorno al propio corazón. Hay que echar hondo el ancla en el mar del corazón, fijar el pie en la tierra firme del alma, para ascender a Dios. Esta reversión al hombre interior en San Agustín, sin desdeñar el espectáculo del mundo sensible, este descubrimiento del proceso de la intimidad, ha sido —como indiqué antes— la clave de la mística de la Edad Media y, sobre todo, de la española del Siglo de Oro, y constituye hoy el punto crítico, el eje de gravitación de los movimientos e inquietudes filosóficos. ¿Qué extraño es que en este genio poderoso se hayan tratado de fundamentar sistemas y teorías, si, a veces, una simple referencia o insinuación, soltada como al azar, aparece llena de sentido o de potencia virtual? Este retorno al hombre interior, como punto de apoyo para ulteriores aspiraciones del mundo sensible, para fijar la posibilidad de conocer las realidades circunstantes y familiares, sin recluirse en sí mismo de modo que se corte todo acceso y comercio, al través de las ventanas del espíritu, con el resto del universo, es hoy una lección altísima contra el subjetivismo —ya en declive— hermético y suicida, y contra la tendencia positivista, que desatiende al hombre interior, solicitado sólo por el hecho concreto, por la realidad mensurable, por el resultado pragmático de los fenómenos, por la industrialización de los valores, por un afán práctico, sin perspectivas. En la moderna restauración de la metafísica, la influencia agustiniana es evidente, y quizá la que logre flotar de estos nobles esfuerzos restauratorios ha de ser lo que más vestigios de San Agustín contenga.

 "La asociación de un movimiento progresivo al alma humana constituye el valor incomparable de San Agustín —ha dicho Eucken—; al elevar la fuente de la verdad y del amor muy por encima de la pequeñez humana, ha creado un tipo nuevo de vida sentimental, religiosa y aun histórica."

 Del alma se encumbra San Agustín a Dios, capaz de beatificarla. "¡Tarde os amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde os amé!" —exclama con inmortal gemido—. "Vos estabais dentro de mí alma y yo, distraído, os buscaba fuera y, dejando la hermosura interior, corría tras las bellezas exteriores, que Vos habéis creado. ¡Y estas hermosuras que, si no estuvieran en Vos, nada serían, me apartaban y tenían alejado de Vos! Pero me llamasteis y tales voces me disteis, que mi sordera cedió a vuestros gritos. Me disteis a gustar vuestra dulzura, que ha excitado en mi espíritu hambre y sed vivísimas, y me encendí en deseos de abrazaros." Sigamos copiando sus palabras, que son un regalo perpetuo, una delicia para el alma: "Heristeis mi corazón con vuestra palabra y al punto os amé. Pero ¿qué es lo que yo amo, amando a mi Dios? No es hermosura temporal, ni bondad transitoria, ni luz material, grata a los ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores, ungüentos o aromas; no la dulzura de la miel, ni deleite alguno del tacto o sentido corporal. Nada de eso es lo que yo amo, amando a mi Dios y, no obstante, es semejante a la luz, y como aroma, y como fragancia, y como manjar, y como deleite de mi espíritu. Resplandece en él una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no esparce al aire, se recibe un gusto que no concluye, como el de los manjares; y se posee íntimamente un bien tan deleitoso, que, por más que se goce y se sacie el deseo, nunca causa enojo ni fastidio. Todo esto amo cuando amo a mi Dios". Yo no sé que en el lenguaje humano articulado se pueda decir más.

 Sería absurdo que el alma aspirase a Dios si de suyo le viniera esta aspiración, esta capacidad de Dios: su capacidad limitada no podría sospechar siquiera lo infinito; pero al sentir estas sospechas, estos indicios, estos anhelos de lo infinito, por fuerza tienen que provenirle de algo que sea de capacidad infinita, es decir, de Dios.

 Por eso el alma enfila su proa a Dios en constante anhelo. En todas las cosas descubre posibilidades de conocimiento; aptitud para ser conocidas y para remontarse a Dios.

 Claro es que entonces no estaba la filosofía tecnificada ni poseía recursos categoriales, legitimados por el triunfo de lo teórico: pero San Agustín, genial siempre, cuando le falta el instrumento, lo crea. Y así no le es difícil pasar del Logos alejandrino, precristiano, a las claridades del Verbo, y del Nus de Plotino, al Dios personal de San Pablo, recogiendo las más limpias vibraciones del pensamiento griego, agnóstico y senequista, no como un mísero rapsoda, sino injertándoles un sentido nuevo en su concepción grandiosa del cosmos y de la vida.

 ¡Y qué armoniosa y grande resulta esta concepción cosmológica de San Agustín! ¡Qué magníficamente va eslabonando verdades y sistemas, fijando las relaciones entre Dios y el alma por medio de la religión! ¡Cómo se amplia ante su mirada vivaz el escenario del conocimiento, y cómo convoca a todas las cosas creadas, jalones para lo suprasensible, hasta llegar al agnitio Dei experimentalis, y cómo entonces cobra sentido la tumultuosa diversidad fenoménica del mundo y descubre en él una radiante fotosfera, que no es más que la huella, el vestigio de Dios! ¡Cuán armoniosamente se alían y armonizan en Agustín la razón y la fe, la Fides quaerens intellectum, el credo ut intelligam, el Intellectum valde amat, que él proclamó no como un mero recurso teórico, como un enunciado hipotético matemático, sino como una realidad viva actuante en su ser! ¡Y cómo se enriquece el pensamiento y se ennoblece el sentido de la vida, al pasar por la urdidumbre maravillosa del genio de Agustín: y cómo después de haberse sumergido en su propio corazón comprende mejor la razón del cosmos, que le vocea y le habla de Dios, descubriendo en todas las cosas la ley del orden, la ordo ordinans, y deduciendo que el alma está ordenada al amor, que el corazón está ordenado ineludiblemente a Dios, que la virtud es el orden del amor, ordo amoris, definición maravillosa que brillará siempre por encima de los austeros sofismas kantianos! En la naturaleza descubre el orden del ser; sólo en el hombre ve la posibilidad de la infracción del orden. Dios ha constituido el orden de las edades en una serie de contrastes, como una acabada poesía: ve el enigma del pecado introducido en el mundo, que alteró la jerarquía interna de las humanas tendencias, por el desorden del amor; pero en el pecado mismo encuentra la solución de los enigmas de la vida, y descubre la armonía providencial de la economía religiosa y la necesidad de retornar a Dios, al servire Deum liberaliter, al arrepentimiento para sustraernos de la servidumbre del pecado, por medio del conocimiento y del amor, ya que el conocer no es para San Agustín más que una forma egregia de amar.

 Porque amó tanto y vivió con tan grande sinceridad su pensamiento, resulta en San Agustín tan generosa y fecunda la verdad. El amor que se vive es el amor más fuerte y contagioso: la verdad que se ama es la que tiene más sentido de vida, así como el dolor que dilacera la carne y deja en ella un surco hondo y ancho es el que más prospera y florece en germinaciones.

 Agustín vivió profundamente su vida y su obra: he ahí el secreto de su vitalidad; pero las vivió del modo que pudo vivirlas un temperamento de su estirpe. "Sus ideas —ha dicho Eucken— son principalmente expresiones de su personalidad y aún diríamos mejor su vida personal inmediata."

 La verdad y el dogma en la pluma del Santo tienen calor de simpatía y de humanidad. La sinceridad se le desborda de los senos del alma y logra contagiar a cuantos se le acercan. Es difícil encontrar en él una frase que no le salga del alma o la caliente primero en la oleada de sangre de su corazón.

 Su vida, desde que el espíritu del Evangelio cayó sobre él como una lluvia buena, fue una demostración experimental del valor, de la caridad y de la gracia; fue una prolongada antífona delatora de la misericordia y munificencia del Señor; fue toda ella como aceite puro de los mejores olivares, flor de harina nueva, agua limpia de hontanar cimero, perdido entre las rocas, ditirambo y júbilo por el hallazgo de aquella verdad tan largamente codiciada.

 Por eso es el poeta de la verdad y de la intimidad: el genio siempre en vuelo, pero siempre humano y lleno de misericordia y comprensión para las humanas debilidades, que acertó a aliar el amor y el pensamiento en recíproca fecundidad, que recogió en su obra la herencia de los afanes y de los anhelos humanos; que enseñó la gran pedagogía de la gracia, del concurso y de la providencia de Dios; que enriqueció la vida del corazón y del sentimiento y formuló sus leyes y sus exigencias; que coordinó la urdidumbre misteriosa de las relaciones entre la naturaleza y la vida sobrenatural; que sentó el parentesco solemne existente entre Dios y las cosas creadas; que creó una literatura nueva, enriquecida de expresiones nunca oídas, para hablar de la verdad, de Dios y del alma y para loar las excelencias del amor, primer motor del universo, el pondus animae, que le inspiró tantas armonías.

 Así se explica su perenne actualidad, el retorno continuo hacia él su presencia constante en la historia del pensamiento y de la conciencia.

 Pocas veces se habrá dado mayor unanimidad en el elogio que al tratar de San Agustín. Vir sane magnus et ingenii stupendi, le llamaba Leibnitz. "¡Cuán santo varón, cuán docto escritor ¡Dios eterno!, es San Agustín, gloria y sostén de la República cristiana!" exclamaba Vives. "Chaque fois —dice el padre Portalié— que la pensée chrétiennes est éloignée de lui, elle a décline et langui; chaque fois qu'elle est revenue a lui, elle a repris flamme et vigueur nouvelles". "Nadie —escribía San Buenaventura— ha dado más satisfactorias respuestas a los problemas de Dios y del alma que San Agustín." Harnack le compara a un "árbol plantado a las márgenes de las aguas vivas, cuyas hojas jamás se marchitan y en cuyo ramaje anidan las aves del ciclo". W . Dilthey le llama "el más profundo pensador entre todos los escritores del mundo antiguo". Gatry le caracterizaba como "el Platón de la filosofía del mundo moderno y quizá el genio metafísico más portentoso que han visto los tiempos".

 Indudablemente, vivimos de su herencia.

 FÉLIX GARCÍA, O. S. A.