24 nov. 2018

Santo Evangelio 24 de noviembre 2018


Día litúrgico: Sábado XXXIII del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 20,27-40): En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer». 

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven». 

Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.


«No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven»

Rev. D. Ramon CORTS i Blay 
(Barcelona, España)

Hoy, la Palabra de Dios nos habla del tema capital de la resurrección de los muertos. Curiosamente, como los saduceos, también nosotros no nos cansamos de formular preguntas inútiles y fuera de lugar. Queremos solucionar las cosas del más allá con los criterios de aquí abajo, cuando en el mundo que está por venir todo será diferente: «Los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido» (Lc 20,35). Partiendo de criterios equivocados llegamos a conclusiones erróneas.

Si nos amáramos más y mejor, no se nos antojaría extraño que en el cielo no haya el exclusivismo del amor que vivimos en la tierra, totalmente comprensible a causa de nuestra limitación, que nos dificulta el poder salir de nuestros círculos más próximos. Pero en el cielo nos amaremos todos y con un corazón puro, sin envidias ni recelos, y no solamente al esposo o a la esposa, a los hijos o a los de nuestra sangre, sino a todo el mundo, sin excepciones ni discriminaciones de lengua, nación, raza o cultura, ya que el «amor verdadero alcanza una gran fuerza» (San Paulino de Nola).

Nos hace un gran bien escuchar estas palabras de la Escritura que salen de los labios de Jesús. Nos hace bien, porque nos podría ocurrir que, agitados por tantas cosas que no nos dejan ni tiempo para pensar e influidos por una cultura ambiental que parece negar la vida eterna, llegáramos a estar tocados por la duda respecto a la resurrección de los muertos. Sí, nos hace un gran bien que el Señor mismo sea el que nos diga que hay un futuro más allá de la destrucción de nuestro cuerpo y de este mundo que pasa: «Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven» (Lc 20,37-38).

Te esta cantando el martillo

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Himno

Te esta cantando el martillo

Fuente: Liturgia de las horas


Te está cantando el martillo,
y rueda en tu honor la rueda.
Puede que la luz no pueda
librar del humo su brillo.
¡Qué sudoroso y sencillo
te pones a mediodía,
Dios de esta dura porfía
de estar sin pausa creando,
y verte necesitando
del hombre más cada día!

Quien diga que Dios ha muerto
que salga a la luz y vea
si el mundo es o no tarea
de un Dios que sigue despierto.
Ya no es su sitio el desierto
ni la montaña se esconde;
decid, si preguntan dónde,
que Dios está -sin mortaja-
en donde un hombre trabaja
y un corazón le responde.



Amén

23 nov. 2018

Santo Evangelio 23 de noviembre 2018



Día litúrgico: Viernes XXXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 19,45-48): 

En aquel tiempo, entrando Jesús en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: ‘Mi casa será casa de oración’. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!». Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.


«Mi casa será casa de oración»

P. Josep LAPLANA OSB Monje de Montserrat 
(Montserrat, Barcelona, España)

Hoy, el gesto de Jesús es profético. A la manera de los antiguos profetas, realiza una acción simbólica, plena de significación de cara al futuro. Al expulsar del templo a los mercaderes que vendían las víctimas destinadas a servir de ofrenda y al evocar que «la casa de Dios será casa de oración» (Is 56,7), Jesús anunciaba la nueva situación que Él venía a inaugurar, en la que los sacrificios de animales ya no tenían cabida. San Juan definirá la nueva relación cultual como una «adoración al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,24). La figura debe dejar paso a la realidad. Santo Tomás de Aquino decía poéticamente: «Et antiquum documentum / novo cedat ritui» («Que el Testamento Antiguo deje paso al Rito Nuevo»).

El Rito Nuevo es la palabra de Jesús. Por eso, san Lucas ha unido a la escena de la purificación del templo la presentación de Jesús predicando en él cada día. El culto nuevo se centra en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios. Pero, en realidad, el centro del centro de la institución cristiana es la misma persona viva de Jesús, con su carne entregada y su sangre derramada en la cruz y dadas en la Eucaristía. También santo Tomás lo remarca bellamente: «Recumbens cum fratribus (…) se dat suis manibus» («Sentado en la mesa con los hermanos (…) se da a sí mismo con sus propias manos»).

En el Nuevo Testamento inaugurado por Jesús ya no son necesarios los bueyes ni los vendedores de corderos. Lo mismo que «todo el pueblo le oía pendiente de sus labios» (Lc 19,48), nosotros no hemos de ir al templo a inmolar víctimas, sino a recibir a Jesús, el auténtico cordero inmolado por nosotros de una vez para siempre (cf. He 7,27), y a unir nuestra vida a la suya.

Temblando estaba de frío


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Himno

Temblando estaba de frío

Fuente: Liturgia de las horas

 Temblando estaba de frío
el mayor fuego del cielo,
y el que hizo el tiempo mismo
sujeto al rigor del tiempo.

Su virgen Madre le mira,
ya llorando, ya riendo,
que como en su espejo en el Niño,
hace los mismos efectos.

No lejos el casto esposo
mirándole está encogido,
y de los ojos atentos
llueve al revés de las nubes,
porque llora sobre el cielo.



Amén.

22 nov. 2018

Santo Evangelio 22 de noviembre 2018


Día litúrgico: Jueves XXXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 19,41-44): 

En aquel tiempo, Jesús, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita».


«¡Si (...) tú conocieras en este día el mensaje de paz!»

Rev. D. Blas RUIZ i López 
(Ascó, Tarragona, España)

Hoy, la imagen que nos presenta el Evangelio es la de un Jesús que «lloró» (Lc 19,41) por la suerte de la ciudad escogida, que no ha reconocido la presencia de su Salvador. Conociendo las noticias que se han dado en los últimos tiempos, nos resultaría fácil aplicar esta lamentación a la ciudad que es —a la vez— santa y fuente de divisiones.

Pero mirando más allá, podemos identificar esta Jerusalén con el pueblo escogido, que es la Iglesia, y —por extensión— con el mundo en el que ésta ha de llevar a término su misión. Si así lo hacemos, nos encontraremos con una comunidad que, aunque ha alcanzado cimas altísimas en el campo de la tecnología y de la ciencia, gime y llora, porque vive rodeada por el egoísmo de sus miembros, porque ha levantado a su alrededor los muros de la violencia y del desorden moral, porque lanza por los suelos a sus hijos, arrastrándolos con las cadenas de un individualismo deshumanizante. En definitiva, lo que nos encontraremos es un pueblo que no ha sabido reconocer el Dios que la visitaba (cf. Lc 19,44).

Sin embargo, nosotros los cristianos, no podemos quedarnos en la pura lamentación, no hemos de ser profetas de desventuras, sino hombres de esperanza. Conocemos el final de la historia, sabemos que Cristo ha hecho caer los muros y ha roto las cadenas: las lágrimas que derrama en este Evangelio prefiguran la sangre con la cual nos ha salvado.

De hecho, Jesús está presente en su Iglesia, especialmente a través de aquellos más necesitados. Hemos de advertir esta presencia para entender la ternura que Cristo tiene por nosotros: es tan excelso su amor, nos dice san Ambrosio, que Él se ha hecho pequeño y humilde para que lleguemos a ser grandes; Él se ha dejado atar entre pañales como un niño para que nosotros seamos liberados de los lazos del pecado; Él se ha dejado clavar en la cruz para que nosotros seamos contados entre las estrellas del cielo... Por eso, hemos de dar gracias a Dios, y descubrir presente en medio de nosotros a aquel que nos visita y nos redime.

Testigos de la sangre...

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Himno

Testigos de la sangre...

Fuente: Liturgia de las horas

   

Testigos de la sangre
con sangre rubricada,
frutos de amor cortados
al golpe de la espada.


Testigos del amor
en sumisión callada,
canto y cielo en los labios
al golpe de la espada.


Testigos del dolor
de vida enamorada;
diario placer de muerte
al golpe de la espada.


Testigos del cansancio
de una vida inmolada
a golpe de Evangelio
y al golpe de la espada.


Demos gracias al Padre
por la sangre sagrada;
pidamos ser sus mártires,
y a cada madrugada
poder morir la vida
al golpe de la espada. 


Amén.

21 nov. 2018

Santo Evangelio 21 de noviembre 2018


Día litúrgico: Miércoles XXXIII del tiempo ordinario

Santoral 21 de Noviembre: La Presentación de la Santísima Virgen María

Texto del Evangelio (Lc 19,11-28): 

En aquel tiempo, Jesús estaba cerca de Jerusalén y añadió una parábola, pues los que le acompañaban creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo pues: «Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: ‘Negociad hasta que vuelva’. Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: ‘No queremos que ése reine sobre nosotros’. 

»Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: ‘Señor, tu mina ha producido diez minas’. Le respondió: ‘¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades’. Vino el segundo y dijo: ‘Tu mina, Señor, ha producido cinco minas’. Dijo a éste: ‘Ponte tú también al mando de cinco ciudades’. Vino el otro y dijo: ‘Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de ti, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste’. Dícele: ‘Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues, ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses’.

»Y dijo a los presentes: ‘Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas’. Dijéronle: ‘Señor, tiene ya diez minas’. ‘Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí’».

Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.


«Negociad hasta que vuelva»

P. Pere SUÑER i Puig SJ 
(Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio nos propone la parábola de las minas: una cantidad de dinero que aquel noble repartió entre sus siervos, antes de marchar de viaje. Primero, fijémonos en la ocasión que provoca la parábola de Jesús. Él iba “subiendo” a Jerusalén, donde le esperaba la pasión y la consiguiente resurrección. Los discípulos «creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro» (Lc 19,11). Es en estas circunstancias cuando Jesús propone esta parábola. Con ella, Jesús nos enseña que hemos de hacer rendir los dones y cualidades que Él nos ha dado, mejor dicho, que nos ha dejado a cada uno. No son “nuestros” de manera que podamos hacer con ellos lo que queramos. Él nos los ha dejado para que los hagamos rendir. Quienes han hecho rendir las minas —más o menos— son alabados y premiados por su Señor. Es el siervo perezoso, que guardó el dinero en un pañuelo sin hacerlo rendir, el que es reprendido y condenado.

El cristiano, pues, ha de esperar —¡claro está!— el regreso de su Señor, Jesús. Pero con dos condiciones, si se quiere que el encuentro sea amistoso. La primera es que aleje la curiosidad malsana de querer saber la hora de la solemne y victoriosa vuelta del Señor. Vendrá, dice en otro lugar, cuando menos lo pensemos. ¡Fuera, por tanto, especulaciones sobre esto! Esperamos con esperanza, pero en una espera confiada sin malsana curiosidad. La segunda es que no perdamos el tiempo. La espera del encuentro y del final gozoso no puede ser excusa para no tomarnos en serio el momento presente. Precisamente, porque la alegría y el gozo del encuentro final será tanto mejor cuanto mayor sea la aportación que cada uno haya hecho por la causa del reino en la vida presente.

No falta, tampoco aquí, la grave advertencia de Jesús a los que se rebelan contra Él: «Aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí» (Lc 19,27).

Tiembla de frío los astros

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Tiembla de frío los astros

Fuente: Liturgia de las horas


Tiembla el frío de los astros,
y el silencio de los montes
duerme sin fin. (Sólo el agua
de mi corazón se oye).

Su dulce latir, ¡tan dentro!,
calladamente responde
a la soledad inmensa
de algo que late en la noche.

Somos tuyos, tuyos, tuyos;
somos, Señor, ese insomne
temblor del agua nocturna,
más limpia después que corre.

¡Agua en reposo viviente,
que vuelve a ser pura y joven
con una esperanza! (Sólo
en mi alma sonar se oye).

20 nov. 2018

Santo Evangelio 20 de noviembre 2018



Día litúrgico: Martes XXXIII del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 19,1-10): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. 

Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo». Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».


«El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido»

Rev. D. Enric RIBAS i Baciana 
(Barcelona, España)

Hoy, Zaqueo soy yo. Este personaje era rico y jefe de publicanos; yo tengo más de lo que necesito y quizás muchas veces actúo como un publicano y me olvido de Cristo. Jesús, entre la multitud, busca a Zaqueo; hoy, en medio de este mundo, me busca a mí precisamente: «Baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa» (Lc 19,5).

Zaqueo desea ver a Jesús; no lo conseguirá si no se esfuerza y sube al árbol. ¡Quisiera yo ver tantas veces la acción de Dios!, pero no sé si verdaderamente estoy dispuesto a hacer el ridículo obrando como Zaqueo. La disposición del jefe de publicanos de Jericó es necesaria para que Jesús pueda actuar; y, si no se apremia, quizás pierda la única oportunidad de ser tocado por Dios y, así, ser salvado. Quizás yo he tenido muchas ocasiones de encontrarme con Jesús y quizás ya va siendo hora de ser valiente, de salir de casa, de encontrarme con Él y de invitarle a entrar en mi interior, para que Él pueda decir también de mí: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,9-10).

Zaqueo deja entrar a Jesús en su casa y en su corazón, aunque no se sienta muy digno de tal visita. En él, la conversión es total: empieza con la renuncia a la ambición de riquezas, continúa con el propósito de compartir sus bienes y acaba con la resolución de hacer justicia, corrigiendo los pecados que ha cometido. Quizás Jesús me está pidiendo algo similar desde hace tiempo, pero yo no quiero escucharle y hago oídos sordos; necesito convertirme.

Decía san Máximo: «Nada hay más querido y agradable a Dios como que los hombres se conviertan a Él con un arrepentimiento sincero». Que Él me ayude hoy a hacerlo realidad.

La meta está preparada

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LA META ESTA PREPARADA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Y el pódium a punto. Quienes hemos recibido y aceptado la Fe, estamos situados en la “pole positiun”. Tal sería el lenguaje de Jesús si os estuviera hablando hoy a muchos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, respecto a lo que nos espera al final de nuestra vida temporal. Él advertiría que en la otra existencia, la que no encarcela en la celda y barrotes del espacio/tiempo, el podio no tendrá solo tres niveles y el himno no sonará en honor de uno solo, el que ocupa el primer lugar. Se observará, escuchará y vera, el cántico solemne del Santo, Santo, Santo… inmensas veces repetido y nunca monótono, ni cansino.

2.- La muerte nos aterra a veces de tal manera, que algunos se mueren de tanto miedo que tienen a morirse. Recordad que la muerte es un fenómeno que la inmensa mayoría de seres vivientes no conocen. El final de la gigantesca aglomeración de los especímenes unicelulares es la división del individuo. Seguramente estudiasteis la mitosis, meiosis, gemación, etc. de los unicelulares. Probablemente recordareis muy poco, pero algo reviviréis ahora que me estáis leyendo. Muerte y nacimiento de muchas entidades vivas, no son fenómenos reales, más bien será multiplicación o aparición subsiguiente las realidades que los perpetúan.

Como hay tanta ignorancia por una parte y desbordamiento de fenómenos apabullantes, muchos de entre aquellos que “no se mueren de miedo”, prefieren tratar de ignorarla. Su muerte y la de los demás. O camuflan el deseo de supervivencia, suyo y el de los otros, con expresiones como “siempre estarás o mi corazón o en mi memoria”. Algo así como si dijeran: ahora mismo te archivo en el disco duro de mi cerebro. Triste y pequeño valor para nuestro futuro.

3.- Me decía un sabio amigo que en América del Norte, ha desaparecido la mención de la muerte en el convivir. No se habla de ella, se supone, pero no se habla de ella. Como cuando alguien necesita satisfacer cierta función biológica, estando sumergido en una acalorada reunión o discusión. Se limita a decir: perdón, vuelvo en un momento y todos saben que ha salido para ir al WC. Nuestro universo, digamos más bien nuestra galaxia, por encuentros imprevistos con astros despistados o asteroides fugitivos, por ser fagocitados por un agujero negro, que seguramente existen, aunque seamos incapaces de observarlos ópticamente, está destinada a un destrozo total o a una extinción de su dinamismo por la simple entropía. Debemos respetar nuestro entorno físico, es un deber. Pero sin ignorar que es limitado.

4.- ¡Dios mío, en qué berenjenal os he metido! mis queridos jóvenes lectores. Y todo por quereros hablar del contenido del evangelio de la misa de hoy. Dice el texto que el Maestro advierte que después de un gran cataclismo, verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos del extremo de la tierra al extremo del cielo…. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.

Lo importante es que estamos convocados, debemos tener el oído y la vista espiritual a mano y atentos a la llamada que en cualquier momento podemos recibir. Porque, ahora desciendo a lenguaje popular, “al freír será el reír”, o “el que ría el último, reirá mejor”. Olvidar estas verdades, como observaréis en vosotros mismos o en vuestro entorno, conduce a un deterioro personal. Poco a poco iréis desmejorando. Continuará la diversión quizá, pero desaparecerá la felicidad.

Estad atentos, de un momento a otro puede sonar el teléfono vital y recibir una llamada. No dejéis pasar la promesa de una inmejorable situación que se os anuncia. Estad preparados, rezad para que no os durmáis, y rezad también por mí y por los demás.

19 nov. 2018

Santo Evangelio 19 de noviembre 2018


Día litúrgico: Lunes XXXIII del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 18,35-43): 

En aquel tiempo, sucedió que, al acercarse Jesús a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Él dijo: «¡Señor, que vea!». Jesús le dijo: «Ve. Tu fe te ha salvado». Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.


«Tu fe te ha salvado»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, el ciego Bartimeo (cf. Mc 10,46) nos provee toda una lección de fe, manifestada con franca sencillez ante Cristo. ¡Cuántas veces nos iría bien repetir la misma exclamación de Bartimeo!: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» (Lc 18,37). ¡Es tan provechoso para nuestra alma sentirnos indigentes! El hecho es que lo somos y que, desgraciadamente, pocas veces lo reconocemos de verdad. Y..., claro está: hacemos el ridículo. Así nos lo advierte san Pablo: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1Cor 4,7).

A Bartimeo no le da vergüenza sentirse así. En no pocas ocasiones, la sociedad, la cultura de lo que es “políticamente correcto”, querrán hacernos callar: con Bartimeo no lo consiguieron. Él no se “arrugó”. A pesar de que «le increpaban para que se callara, (...) él gritaba mucho más: ‘¡Hijo de David, ten compasión de mí!’» (Lc 18,39). ¡Qué maravilla! Da ganas de decir: —Gracias, Bartimeo, por este ejemplo.

Y vale la pena hacerlo como él, porque Jesús escucha. ¡Y escucha siempre!, por más jaleo que algunos organicen a nuestro alrededor. La confianza sencilla —sin miramientos— de Bartimeo desarma a Jesús y le roba el corazón: «Mandó que se lo trajeran y (...) le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?» (Lc 18,40-41). Delante de tanta fe, ¡Jesús no se anda con rodeos! Y... Bartimeo tampoco: «¡Señor, que vea!» (Lc 18,41). Dicho y hecho: «Ve. Tu fe te ha salvado» (Lc 18,42). Resulta que «la fe, si es fuerte, defiende toda la casa» (San Ambrosio), es decir, lo puede todo.

Él lo es todo; Él nos lo da todo. Entonces, ¿qué otra cosa podemos hacer ante Él, sino darle una respuesta de fe? Y esta “respuesta de fe” equivale a “dejarse encontrar” por este Dios que —movido por su afecto de Padre— nos busca desde siempre. Dios no se nos impone, pero pasa frecuentemente muy cerca de nosotros: aprendamos la lección de Bartimeo y... ¡no lo dejemos pasar de largo!

Noviembre es el mes de ánimas

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NOVIEMBRE ES EL MES DE ÁNIMAS

Por Antonio García-Moreno

ARCÁNGEL SAN MIGUEL. "En el tiempo aquel se levantará Miguel el arcángel, que se ocupa de tu pueblo: Serán tiempos difíciles, como no los ha habido..." (Dn 12, 1). Miguel es el príncipe de la celestial milicia, el arcángel que defiende al pueblo de Dios. El libro del Apocalipsis nos lo presenta guerreando al frente de los ángeles contra el dragón y sus ejércitos. Y después de rudo combate "el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el seductor del mundo entero, y sus ángeles fueron precipitados con él".

Visiones apocalípticas que hicieron estremecer a sus primeros lectores. Indicios y signos, símbolos que transmiten una realidad escondida, un futuro latente que un día llegará. Día de la ira, día del temblor, día de las lágrimas. “Dies irae”; una secuencia de lamentos que siguen con la cadencia melódica de una elegía medieval. Los nuevos armamentos nucleares, las defensas antisatélite, las amenazas de los colosos, los "ingenios bélicos" que desfilan en las grandes paradas, los misiles de largo alcance... En el fondo, está el Maligno. Por ello el pueblo de Dios está sumido en mil ataques diabólicos, de fuera y de dentro. Tiempos difíciles, de grandes consternaciones ideológicas. Ante tan graves peligros recurrimos a ti, arcángel San Miguel, para que nos defiendas en la lucha, para que seas nuestro amparo contra las asechanzas del demonio.

"Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida perpetua, otros para ignominia perpetua" (Dn 12, 2). El libro de la vida. También el vidente de Patmos nos habla en el Apocalipsis de ese libro. "Y los muertos fueron juzgados según el contenido de los libros, cada uno según sus obras... Y el que no fue encontrado escrito en el libro de la vida fue arrojado en el estanque del fuego". Estamos aún en el mes de los difuntos, el mes de las hojas muertas, cuando los árboles van quedando desnudos como esqueletos ennegrecidos por el viento. Mes para reflexionar en los novísimos del hombre, esas cuatro realidades que han de ayudarnos a dar sentido cristiano a nuestra caduca existencia: muerte, juicio, infierno y gloria.

No son realidades trasnochadas, cuentos de miedo para asustar a los niños en la noche. Son verdades fundamentales que, queramos o no, están ahí ante nosotros como una amenaza, o como un motivo de esperanza y de consuelo. Sí, porque "bienaventurados desde ahora los muertos que mueren el Señor. Si, dice el Espíritu, para que descansen de sus trabajos, porque sus obras les acompañan". "Para siempre, para siempre, para siempre", repetía Santa Teresa. Y esta idea la animaba a seguir luchando, a perseverar en su entrega, a ser fiel al amor del Amado. Llénate tú, y yo también, ante el recuerdo de estas realidades, de un deseo constante de seguir adelante, cubriendo gozoso todas las etapas que conducen a la última meta.

CUANDO LAS HOJAS CAEN. "El día y la hora nadie lo sabe..." (Mc 13, 32). Nuestro mundo no ha de durar siempre. Tampoco nuestra vida terrena. Día llegará en que el sol se apagará -nos dice el Señor, la luna no brillará, las estrellas perderán su ruta y todo el orbe se estremecerá hasta derrumbarse en el caos y en las tinieblas. Además, tengamos en cuenta que también el equilibrio de nuestro cuerpo se romperá algún día. Basta un fallo del corazón para que el reloj que señala nuestras horas se quede parado. Son realidades evidentes que nos suceden a diario, pues cada día tanto el mundo como cada uno de nosotros vamos muriendo un poco.

Realidades, sin embargo, que de ordinario olvidamos. Somos animales de corto alcance. Sólo nos afecta lo inmediato y lo tangible. Nuestra miopía nos impide ver más allá de estos años que pasan veloces. No somos capaces de descubrir los hechos que ocurrirán quizás mañana, y seguimos como si tal cosa, sin prever ni proveer a eso que un día cualquiera nos ocurrirá.

La Iglesia nuestra Madre sale al encuentro de nuestra inconsciencia e insensatez de niños torpes. Nos recuerda las palabras del Señor que nos ponen en sobre aviso de esos acontecimientos luctuosos y terribles que han de ocurrir. Quiere que lo sepamos para que ese día no nos coja desprevenidos, desprovistos de lo único que en ese día nos valdrá, su divina gracia, su amistad y su favor. Pensemos hoy en todo eso y hagamos propósitos concretos para mejorar nuestra vida con vistas a hacer dichosa nuestra muerte.

Aprended lo que os enseña la higuera, dice también nuestro Señor. Es necesario mirar lo que nos rodea con el deseo de descubrir el sentido oculto que todo tiene. La Naturaleza es un inmenso libro abierto lleno de enseñanzas y de consejos prácticos para quien sabe leer en sus páginas. En este tiempo, cuando el otoño va de caída, el espectáculo de los árboles que se deshojan ha de recordarnos que también nosotros nos vamos deshojando a medida que pasan los días. Todos, unos tras otros, vamos cayendo, suave o bruscamente, hasta quedar cubiertos por la tierra donde nuestro cuerpo se pudre como una hoja seca.

El mes de noviembre es el mes de ánimas. Nos recuerda a esos seres queridos que ya se marcharon de nuestro lado, y también nos viene a decir que un día, imprevisto casi siempre, seremos nosotros, tú o yo, los que tendremos que partir camino del más allá. Estas dos ideas nos han de estimular por una parte para rogar por nuestros difuntos, a aplicarles Misas por su eterno descanso (una Misa con "costar tan poco", vale más que todas las flores del mundo). Por otro lado el recuerdo de la muerte, aunque parezca paradójico, nos ha de estimular a vivir con intensidad, ansiosos de aprovechar los días que nos queden, muchos o pocos, para merecer con vistas a la otra vida, para hacer todo el bien que podamos. Sólo así nos enfrentaremos, serenos y esperanzados, a la muerte y al juicio.

18 nov. 2018

Santo Evangelio 18 de noviembre 2018


Día litúrgico: Domingo XXXIII (B) del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mc 13,24-32): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En aquellos días, después de la tribulación aquella, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y los astros estarán cayendo del cielo, y las fuerzas que hay en los cielos serán sacudidas. Entonces, verán al Hijo del hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles, y congregará a sus elegidos de los cuatro vientos, desde la extremidad de la tierra hasta la extremidad del cielo.

»De la higuera aprended la semejanza: cuando ya sus ramas se ponen tiernas, y brotan las hojas, conocéis que el verano está cerca; así también, cuando veáis suceder todo esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. En verdad, os digo, la generación ésta no pasará sin que todas estas cosas se hayan efectuado. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas en cuanto al día y la hora, nadie sabe, ni los mismos ángeles del cielo, ni el Hijo, sino el Padre».


«Él está cerca»

Rev. D. Pedro IGLESIAS Martínez 
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy recordamos cómo, al comienzo del año litúrgico, la Iglesia nos preparaba para la primera llegada de Cristo que nos trae la salvación. A dos semanas del final del año, nos prepara para la segunda venida, aquella en la que se pronunciará la última y definitiva palabra sobre cada uno de nosotros.

Ante el Evangelio de hoy podemos pensar que “largo me lo fiais”, pero «Él está cerca» (Mc 13,29). Y, sin embargo, resulta molesto —¡hasta incorrecto!— en nuestra sociedad aludir a la muerte. Sin embargo, no podemos hablar de resurrección sin pensar que hemos de morir. El fin del mundo se origina para cada uno de nosotros el día que fallezcamos, momento en el que terminará el tiempo que se nos habrá dado para optar. El Evangelio es siempre una Buena Noticia y el Dios de Cristo es Dios de Vida: ¿por qué ese miedo?; ¿acaso por nuestra falta de esperanza?

Ante la inmediatez de ese juicio hemos de saber convertirnos en jueces severos, no de los demás, sino de nosotros mismos. No caer en la trampa de la autojustificación, del relativismo o del “yo no lo veo así”... Jesucristo se nos da a través de la Iglesia y, con Él, los medios y recursos para que ese juicio universal no sea el día de nuestra condenación, sino un espectáculo muy interesante, en el que por fin, se harán públicas las verdades más ocultas de los conflictos que tanto han atormentado a los hombres.

La Iglesia anuncia que tenemos un salvador, Cristo, el Señor. ¡Menos miedos y más coherencia en nuestro actuar con lo que creemos! «Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia; todo lo demás no tiene valor» (Beato J.H. Newman). La Iglesia no sólo nos enseña una forma de morir, sino una forma de vivir para poder resucitar. Porque lo que predica no es su mensaje, sino el de Aquél cuya palabra es fuente de vida. Sólo desde esta esperanza afrontaremos con serenidad el juicio de Dios.

Tiempo de salvación, no de condenación



TIEMPO DE SALVACIÓN, NO DE CONDENACIÓN

Por José María Martín OSA

1.- Actuar por amor, no por temor. Nos acercamos al final del Año Litúrgico y las lecturas nos hablan del final de los tiempos en un lenguaje típico de la literatura apocalíptica. En otros tiempos este estilo propio de los tiempos finales era aprovechado para recordar que podría llegar en cualquier momento el fin del mundo, para el cual teníamos que estar preparados y evitar así el castigo eterno. En efecto, aparentemente las palabras que escuchamos son terribles: "tiempos difíciles", "ignominia perpetua", "gran angustia", "el sol se hará tinieblas", "las estrellas caerán del cielo"... El juicio final sería el "Dies irae, día terrible, día de calamidades y miseria, cuando Dios venga a juzgar al mundo con el fuego". Todo esto contradice, aparentemente, el mensaje de salvación que Jesucristo ofrece y choca diametralmente con el concepto de Dios-Padre misericordioso. Esta amenaza de no "saber ni el día ni la hora" pretendía provocar el buen comportamiento para evitar el castigo final y eterno, pero ignoraba el lenguaje metafórico de este tipo de literatura, presente ya en algunos libros del Antiguo Testamento. Sabemos, sin embargo, que no hay que actuar por temor, sino por amor a Dios. Si creemos que la gente va a ser más buena por temor al castigo, apañados estamos.

2.- Salvación, no castigo. ¿Es éste el Dios de Jesús? Seguro que no.... Una vez más no hemos dejado a Dios ser Dios. Hemos manipulado su imagen y su mensaje. Y lo peor es que hay personas que lo siguen haciendo. Siguen predicando la inminencia de "un aviso" y de un juicio terrible con un castigo inmisericorde. ¡Basta ya, acabemos de una vez con una religión que no ofrece salvación, sino castigo, con una religión mágica y utilitaria que nos ofrece una consolación facilona! ¿Cómo es posible que sigan apareciendo por nuestras parroquias papeles en los que se dice que rezando una oración a Judas Tadeo y haciendo 81 copias vas a conseguir que te toque la lotería y evitar una enfermedad terrible? ¿Cómo puede haber tanto infantilismo y falta de formación en muchos que se profesan creyentes en Jesucristo?

3.- Juicio para la salvación. El Evangelio nos dice que estemos atentos a la higuera, es decir a los signos de los tiempos, de los que hablaba el concilio Vaticano II. El Hijo del Hombre, figura que aparece en el profeta Daniel y habla de aquél que vendrá sobre las nubes del cielo, reunirá a los elegidos de los cuatro vientos. Por tanto, vendrá a salvar y no a condenar. El juicio será para la salvación no para la condenación. En los evangelios Jesús se atribuye a sí mismo este título mesiánico. Lo dice bien claro la Carta a los Hebreos cuando habla de la ofrenda de su propia vida, que Cristo ofreció por nuestros pecados de una vez para siempre. Desde entonces introdujo el perdón de los pecados, como regalo perpetuo que Dios nos hace. Los sabios según Dios y aquellos que enseñaron y practicaron la justicia brillarán por toda la eternidad.

4.- Dios está a favor nuestro. La Palabra de Dios de este domingo nos hace una llamada a reavivar nuestra confianza en Dios y nuestra responsabilidad en hacer de éste el mejor de los mundos posibles. Una vez más constatamos que Dios está a favor nuestro, que cuenta con nosotros para construir el Reino de Dios ya desde ahora. El futuro que nos aguarda no es terrible, sino gratificante y feliz.