21 nov. 2015

Santo Evangelio 21 de Noviembre de 2015


Día litúrgico: Sábado XXXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 20,27-40): En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer». 

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven». 

Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.

«No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven»
Rev. D. Ramon CORTS i Blay 
(Barcelona, España)

Hoy, la Palabra de Dios nos habla del tema capital de la resurrección de los muertos. Curiosamente, como los saduceos, también nosotros no nos cansamos de formular preguntas inútiles y fuera de lugar. Queremos solucionar las cosas del más allá con los criterios de aquí abajo, cuando en el mundo que está por venir todo será diferente: «Los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido» (Lc 20,35). Partiendo de criterios equivocados llegamos a conclusiones erróneas.

Si nos amáramos más y mejor, no se nos antojaría extraño que en el cielo no haya el exclusivismo del amor que vivimos en la tierra, totalmente comprensible a causa de nuestra limitación, que nos dificulta el poder salir de nuestros círculos más próximos. Pero en el cielo nos amaremos todos y con un corazón puro, sin envidias ni recelos, y no solamente al esposo o a la esposa, a los hijos o a los de nuestra sangre, sino a todo el mundo, sin excepciones ni discriminaciones de lengua, nación, raza o cultura, ya que el «amor verdadero alcanza una gran fuerza» (San Paulino de Nola).

Nos hace un gran bien escuchar estas palabras de la Escritura que salen de los labios de Jesús. Nos hace bien, porque nos podría ocurrir que, agitados por tantas cosas que no nos dejan ni tiempo para pensar e influidos por una cultura ambiental que parece negar la vida eterna, llegáramos a estar tocados por la duda respecto a la resurrección de los muertos. Sí, nos hace un gran bien que el Señor mismo sea el que nos diga que hay un futuro más allá de la destrucción de nuestro cuerpo y de este mundo que pasa: «Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven» (Lc 20,37-38).

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La Presentación de la Santísima Virgen María 21 de Noviembre

La Presentación de la Santísima Virgen María
21 de Noviembre

Hoy, celebramos junto con toda la Iglesia, la Presentación en el Templo de la niña Santa María.

Es en una antigua y piadosa tradición que encontramos los orígenes de esta fiesta mariana que surge en el escrito apócrifo llamado "Protoevangelio de Santiago". Este relato cuenta que cuando la Virgen María era muy niña sus padres San Joaquín y Santa Ana la llevaron al templo de Jerusalén y allá la dejaron por un tiempo, junto con otro grupo de niñas, para ser instruida muy cuidadosamente respecto a la religión y a todos los deberes para con Dios.

Históricamente, el inicio de esta celebración fue la dedicación de la Iglesia de Santa María la Nueva en Jerusalén en el año 543. Estas fiestas se vienen conmemorando en Oriente desde el siglo VI, inclusive el emperador Miguel Comeno cuenta sobre esto en una Constitución de 1166.

Más adelante, en 1372, el canciller en la corte del Rey de Chipre, habiendo sido enviado a Aviñón, en calidad de embajador ante el Papa Gregorio XI, le contó la magnificencia con que en Grecia celebraban esta fiesta el 21 de noviembre. El Papa entonces la introdujo en Aviñón, y Sixto V la impuso a toda la Iglesia.

Oración:

Santa Madre María, tú que desde temprana edad te consagraste al Altísimo, aceptando desde una libertad poseída el servirle plenamente como templo inmaculado, tú que confiando en tus santos padres, San Joaquín y Santa Ana, respondiste con una obediencia amorosa al llamado de Dios Padre, tú que ya desde ese momento en el que tus padres te presentaron en el Templo percibiste en tu interior el profundo designio de Dios Amor; enséñanos Madre Buena a ser valientes seguidores de tu Hijo, anunciándolo en cada momento de nuestra vida desde una generosa y firme respuesta al Plan de Dios. Amen

20 nov. 2015

Santo Evangelio 20 de Noviembre 2015


Día litúrgico: Viernes XXXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 19,45-48): En aquel tiempo, entrando Jesús en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: ‘Mi casa será casa de oración’. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!». Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.

«Mi casa será casa de oración»

P. Josep LAPLANA OSB Monje de Montserrat 
(Montserrat, Barcelona, España)

Hoy, el gesto de Jesús es profético. A la manera de los antiguos profetas, realiza una acción simbólica, plena de significación de cara al futuro. Al expulsar del templo a los mercaderes que vendían las víctimas destinadas a servir de ofrenda y al evocar que «la casa de Dios será casa de oración» (Is 56,7), Jesús anunciaba la nueva situación que Él venía a inaugurar, en la que los sacrificios de animales ya no tenían cabida. San Juan definirá la nueva relación cultual como una «adoración al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,24). La figura debe dejar paso a la realidad. Santo Tomás de Aquino decía poéticamente: «Et antiquum documentum / novo cedat ritui» (Que el Testamento Antiguo deje paso al Rito Nuevo»).

El Rito Nuevo es la palabra de Jesús. Por eso, san Lucas ha unido a la escena de la purificación del templo la presentación de Jesús predicando en él cada día. El culto nuevo se centra en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios. Pero, en realidad, el centro del centro de la institución cristiana es la misma persona viva de Jesús, con su carne entregada y su sangre derramada en la cruz y dadas en la Eucaristía. También santo Tomás lo remarca bellamente: «Recumbens cum fratribus (…) se dat suis manibus» («Sentado en la mesa con los hermanos (…) se da a sí mismo con sus propias manos»).

En el Nuevo Testamento inaugurado por Jesús ya no son necesarios los bueyes ni los vendedores de corderos. Lo mismo que «todo el pueblo le oía pendiente de sus labios» (Lc 19,48), nosotros no hemos de ir al templo a inmolar víctimas, sino a recibir a Jesús, el auténtico cordero inmolado por nosotros de una vez para siempre (cf. He 7,27), y a unir nuestra vida a la suya.

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San Felix de Valois 20 de Noviembre


San Felix de Valois
20 de Noviembre

Algunos escritos de la "Orden de la Santísima Trinidad", afirman que San Félix llevaba el apellido de Valois porque pertenecía a la familia real de Francia, pero en realidad el nombre proviene de la provincia de Valois donde habitó originalmente. 

Según se dice, vivió como ermitaño en el bosque de Gandelu, en la diócesis de Soissons, en un pueblo llamado Cerfroid. Tenía el propósito de pasar su vida en la oscuridad pero Dios lo dispuso de otro modo. En efecto, San Juan de Mata, discípulo de San Félix, le propuso que fundase una orden para el rescate de los cautivos. Aunque el santo tenía ya setenta años, se ofreció a hacer y sufrir cuanto Dios quisiera por un fin tan noble. Así, los dos santos partieron juntos a Roma en el invierno de 1197 para solicitar la aprobación de la Santa Sede. 

San Félix propaga la orden en Italia y Francia. En París fundó el convento de San Maturino y cuando San Juan volvió a Roma, San Félix a pesar de su avanzada edad, administró la provinica francesa y la casa madre de la orden en Cerfroid. Ahí murió a los ochenta y seis años de edad en 1212. 

Según la tradición de los trinitarios, los dos santos fueron canonizados por el Papa Urbano IV en 1262. Alejandro VII confirmó el culto de los dos fundadores 

19 nov. 2015

Santo Evangelio 19 Noviembre 2015



Día litúrgico: Jueves XXXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 19,41-44): En aquel tiempo, Jesús, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita».

«¡Si (...) tú conocieras en este día el mensaje de paz!»
Rev. D. Blas RUIZ i López 
(Ascó, Tarragona, España)


Hoy, la imagen que nos presenta el Evangelio es la de un Jesús que «lloró» (Lc 19,41) por la suerte de la ciudad escogida, que no ha reconocido la presencia de su Salvador. Conociendo las noticias que se han dado en los últimos tiempos, nos resultaría fácil aplicar esta lamentación a la ciudad que es —a la vez— santa y fuente de divisiones.

Pero mirando más allá, podemos identificar esta Jerusalén con el pueblo escogido, que es la Iglesia, y —por extensión— con el mundo en el que ésta ha de llevar a término su misión. Si así lo hacemos, nos encontraremos con una comunidad que, aunque ha alcanzado cimas altísimas en el campo de la tecnología y de la ciencia, gime y llora, porque vive rodeada por el egoísmo de sus miembros, porque ha levantado a su alrededor los muros de la violencia y del desorden moral, porque lanza por los suelos a sus hijos, arrastrándolos con las cadenas de un individualismo deshumanizante. En definitiva, lo que nos encontraremos es un pueblo que no ha sabido reconocer el Dios que la visitaba (cf. Lc 19,44).

Sin embargo, nosotros los cristianos, no podemos quedarnos en la pura lamentación, no hemos de ser profetas de desventuras, sino hombres de esperanza. Conocemos el final de la historia, sabemos que Cristo ha hecho caer los muros y ha roto las cadenas: las lágrimas que derrama en este Evangelio prefiguran la sangre con la cual nos ha salvado.

De hecho, Jesús está presente en su Iglesia, especialmente a través de aquellos más necesitados. Hemos de advertir esta presencia para entender la ternura que Cristo tiene por nosotros: es tan excelso su amor, nos dice san Ambrosio, que Él se ha hecho pequeño y humilde para que lleguemos a ser grandes; Él se ha dejado atar entre pañales como un niño para que nosotros seamos liberados de los lazos del pecado; Él se ha dejado clavar en la cruz para que nosotros seamos contados entre las estrellas del cielo... Por eso, hemos de dar gracias a Dios, y descubrir presente en medio de nosotros a aquel que nos visita y nos redime.

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Santo Evangelio 19 de Noviembre 2015


Día litúrgico: Jueves XXXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 19,41-44): En aquel tiempo, Jesús, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita».

«¡Si (...) tú conocieras en este día el mensaje de paz!»
Rev. D. Blas RUIZ i López 
(Ascó, Tarragona, España)


Hoy, la imagen que nos presenta el Evangelio es la de un Jesús que «lloró» (Lc 19,41) por la suerte de la ciudad escogida, que no ha reconocido la presencia de su Salvador. Conociendo las noticias que se han dado en los últimos tiempos, nos resultaría fácil aplicar esta lamentación a la ciudad que es —a la vez— santa y fuente de divisiones.

Pero mirando más allá, podemos identificar esta Jerusalén con el pueblo escogido, que es la Iglesia, y —por extensión— con el mundo en el que ésta ha de llevar a término su misión. Si así lo hacemos, nos encontraremos con una comunidad que, aunque ha alcanzado cimas altísimas en el campo de la tecnología y de la ciencia, gime y llora, porque vive rodeada por el egoísmo de sus miembros, porque ha levantado a su alrededor los muros de la violencia y del desorden moral, porque lanza por los suelos a sus hijos, arrastrándolos con las cadenas de un individualismo deshumanizante. En definitiva, lo que nos encontraremos es un pueblo que no ha sabido reconocer el Dios que la visitaba (cf. Lc 19,44).

Sin embargo, nosotros los cristianos, no podemos quedarnos en la pura lamentación, no hemos de ser profetas de desventuras, sino hombres de esperanza. Conocemos el final de la historia, sabemos que Cristo ha hecho caer los muros y ha roto las cadenas: las lágrimas que derrama en este Evangelio prefiguran la sangre con la cual nos ha salvado.

De hecho, Jesús está presente en su Iglesia, especialmente a través de aquellos más necesitados. Hemos de advertir esta presencia para entender la ternura que Cristo tiene por nosotros: es tan excelso su amor, nos dice san Ambrosio, que Él se ha hecho pequeño y humilde para que lleguemos a ser grandes; Él se ha dejado atar entre pañales como un niño para que nosotros seamos liberados de los lazos del pecado; Él se ha dejado clavar en la cruz para que nosotros seamos contados entre las estrellas del cielo... Por eso, hemos de dar gracias a Dios, y descubrir presente en medio de nosotros a aquel que nos visita y nos redime.

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San Crispín de Viterbo (1668-1750) 19 de Noviembre


San Crispín de Viterbo (1668-1750)
19 de Noviembre

A pesar de que me consideran un santo alegre, la impresión que me queda de mi infancia es la muerte de mi padre, Ubaldo. Menos mal que mi tío Francisco -su hermano- me quería mucho y me envió, primero, a la escuela de los Jesuitas para que aprendiera gramática y, después, me acogió como aprendiz en su taller de zapatero, donde estuve hasta los 25 años en que me fui a los frailes. 

Recuerdo que, de pequeño, me daba por ayudar misas y ayunar; y como era de natural delgaducho y enfermizo, mi tío solía decirle a mi madre: «Tú vales para criar pollos, pero no hijos. ¿No ves que el niño no crece porque no come?» Y en adelante él se encargaba de hacerme comer; pero al ver que seguía igual de pequeño y escuchimizado se dio por vencido y le dijo a mi madre: «Déjalo que haga lo que quiera, porque mejor será tener en casa un santo delgado que un pecador gordo». 

Capuchino como San Félix 

La gota que colmó el vaso para que me decidiera a hacerme Capuchino fue el ver a un grupo de novicios que había bajado a la iglesia con motivo de unas rogativas para pedir la lluvia; pero en realidad ya lo había pensado mucho y había leído y releído la Regla de San Francisco, por lo que mi opción era madura. Además no quería ser sacerdote, sino como San Félix de Cantalicio, hermano laico. 

Inmediatamente me fui a hablar con el Provincial, quien me admitió en la Orden, pensando que ya estaba todo superado, pero no fue así. Los primeros que se opusieron fueron mis familiares, empezando por mi madre. La pobre ya era mayor y con una hija soltera a su cargo; además, no comprendía que, habiendo hecho los estudios con los Jesuitas, no quisiera ser sacerdote sino laico. Sin embargo, la decisión estaba tomada. Procuré que las atendieran unas personas del pueblo y me marché al noviciado. 

Cual no sería mi sorpresa al comprobar que, a pesar de haberme admitido ya el Provincial, el maestro de novicios se negaba a recibirme. Ante mi insistencia me contestó: «Bueno, si al Provincial le compete el recibir a los novicios, a mí me toca probarlos». 

Y bien que me probó. Lo primero que hizo fue darme una azada y enviarme al huerto a cavar mañana y tarde. En vista de que resistía, me mandó como ayudante del limosnero para que cargara con la alforja, a ver si aguantaba las caminatas bajo el sol y la lluvia. Y las aguanté. Por último, no se le ocurrió otra cosa que nombrarme enfermero para que atendiera a un fraile tuberculoso. Parece que no lo hice del todo mal, pues tanto el enfermo como el maestro de novicios se ufanaban, cuando ya eran viejos, de haberme tenido como enfermero y como novicio. 

Una vez profesé me enviaron por distintos conventos, hasta que recalé en Orvieto. Allí estuve durante cuarenta años de limosnero; es decir, toda mi vida, pues sólo me llevaron a Roma para morir. 

Durante los cincuenta años que estuve con los frailes hice de todo menos de zapatero, que era mi profesión. Fui cocinero, enfermero, hortelano y limosnero; y es que yo no era una bestia para estar en la sombra, sino al fuego y al sol; es decir, que debía estar o en la cocina o en la huerta. Sin embargo la mayoría de mi vida se quemó buscando comida para los frailes y atendiendo las necesidades de la gente. 

Pidiendo pan y dando cariño 

Lo primero que hacía antes de salir del convento era cantar el Ave, maris stella; después, rosario en mano, me dirigía a la limosna, que, de ordinario, solía hacer pronto. Para ahorrar tiempo le pedía antes al cocinero qué necesitaba, y así me limitaba a pedir solamente lo necesario. 

Como había muchos pobres, procuraba dirigir las limosnas que sobraban a una casa del pueblo para que desde allí se redistribuyeran; así satisfacía la solidaridad de los pudientes y la necesidad de los pobres. 

Tan convencido estaba de que gran parte de la miseria proviene de la injusticia, que no me podía contener ante los abusos de los patronos para con los trabajadores. Cuando alguno tenía que venir al convento procuraba que lo trataran bien, porque al trabajo hay que ir de buena gana. 

Una vez que un defraudador me pidió que rogara por su salud, le contesté que cuando pagase lo que debía a sus acreedores y a su servidumbre entonces pediría a la Virgen que lo curara. Y es que me gustaba visitar a los enfermos y encarcelados; no sólo para darles buenos consejos sino para remediarles, en la medida de mis posibilidades, sus necesidades. 

No sé por qué, la gente acudía a mí en busca de remedios y se iba con la sensación de que hacía milagros. Incluso me cortaban trozos del manto para hacerse reliquias; hasta que no pude más y les grité: «Pero ¿qué hacéis? Cuánto mejor sería que le cortaseis la cola a un perro.. . ¿Estáis locos? ¡Tanto alboroto por un asno que pasa!» 

Sin embargo no todo era pedir limosna y atender a la gente. Esto era la consecuencia. Mi opción había sido seguir a Jesús y eso conlleva mucho tiempo de estar con él y aprender sus actitudes. Mi devoción a la Virgen me ayudó mucho. Me gustaba exteriorizar mis sentimientos para con ella adornando sus altares. Cuando estuve trabajando de hortelano coloqué una imagen de María en una pequeña cabaña. Delante de ella esparcía restos de semillas y migajas de pan para que se acercasen los pájaros, se alimentasen y cantasen, ya que hubiera querido que todas las criaturas del universo se juntasen para alabar en todo momento a la madre de Dios. 

El reuma y la gota acabaron conmigo. Ya no podía casi andar y tuve que retirarme a la enfermería de Roma. Pero allí también la gente venía a buscarme. ¿Por qué la gente acudía a mí si no era ni santo ni profeta? 

En el mes de mayo la enfermedad fue a más. Para no estropear la fiesta de San Félix le aseguré al enfermero que no me moriría ni el 17 ni el 18. Y, efectivamente, el Señor me escuchó y me llevó en su compañía el 19 de mayo de 1750. 

[El Propagador de las Tres Avemarías 
(Revista Mariana de los Capuchinos, Valencia), n. 818, mayo-junio de 1999, pp. 7-9] 

FUENTE: Santoral Franciscano 

18 nov. 2015

“Hacedlos fructificar”(cf Lc 19,13): trabajo humano y Reino de Dios.



“Hacedlos fructificar”(cf Lc 19,13): trabajo humano y Reino de Dios.

Cuando Dios creó la humanidad, el hombre y la mujer, dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla” (cf Gn 1,28). Este es, de alguna manera, el primer mandamiento de Dios, relacionado con el orden de la creación. El trabajo humano corresponde a la voluntad de Dios. Cuando decimos: “Hágase tu voluntad...” nos referimos también al trabajo que llena todas las jornadas de nuestra vida. Nos damos cuenta que cumplimos esta voluntad del creador cuando nuestro trabajo y las relaciones humanas que genera están impregnados de los valores de la iniciativa, del coraje, de la confianza, de la solidaridad que son otros tanto reflejos de la imagen de Dios en nosotros... 


El creador ha dotado al hombre del poder de dominar la tierra. Le confía el dominio de la naturaleza por el propio trabajo, por sus capacidades para llegar a un desarrollo feliz de su propia personalidad y de la comunidad entera. Por su trabajo, el hombre obedece a Dios y responde a su confianza. Esto no está ajeno a la petición del Padrenuestro: “Venga a nosotros tu reino.” El hombre actúa para que el plan de Dios se realice, consciente de ser imagen y semejanza de Dios y de haber recibido de él su fuerza, su inteligencia, sus aptitudes para realizar una comunidad de vida por el amor desinteresado hacia sus hermanos. Todo lo bueno y positivo en la vida del hombre se desarrolla y llega a su meta auténtica en el Reino de Dios. Habéis escogido bien el lema: “Reino de Dios, vida del hombre,” porque la causa de Dios y la causa del hombre están ligadas la una a la otra. El mundo progresa hacia el Reino de Dios gracias a los dones de Dios que permiten el dinamismo del hombre. Dicho de otro modo: orar para que venga el Reino de Dios significa orientar todo el ser hacia aquella realidad que es el fin último del trabajo del hombre.

San Juan Pablo II (1920-2005), papa 
Homilía ante los trabajadores en Luxemburgo, mayo 1985 

Santo Evangelio 18 Noviembre 2015


Día litúrgico: Miércoles XXXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 19,11-28): En aquel tiempo, Jesús estaba cerca de Jerusalén y añadió una parábola, pues los que le acompañaban creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo pues: «Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: ‘Negociad hasta que vuelva’. Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: ‘No queremos que ése reine sobre nosotros’. 

»Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: ‘Señor, tu mina ha producido diez minas’. Le respondió: ‘¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades’. Vino el segundo y dijo: ‘Tu mina, Señor, ha producido cinco minas’. Dijo a éste: ‘Ponte tú también al mando de cinco ciudades’. Vino el otro y dijo: ‘Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de ti, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste’. Dícele: ‘Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues, ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses’.

»Y dijo a los presentes: ‘Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas’. Dijéronle: ‘Señor, tiene ya diez minas’. ‘Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí’».
Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.

«Negociad hasta que vuelva»
P. Pere SUÑER i Puig SJ 
(Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio nos propone la parábola de las minas: una cantidad de dinero que aquel noble repartió entre sus siervos, antes de marchar de viaje. Primero, fijémonos en la ocasión que provoca la parábola de Jesús. Él iba “subiendo” a Jerusalén, donde le esperaba la pasión y la consiguiente resurrección. Los discípulos «creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro» (Lc 19,11). Es en estas circunstancias cuando Jesús propone esta parábola. Con ella, Jesús nos enseña que hemos de hacer rendir los dones y cualidades que Él nos ha dado, mejor dicho, que nos ha dejado a cada uno. No son “nuestros” de manera que podamos hacer con ellos lo que queramos. Él nos los ha dejado para que los hagamos rendir. Quienes han hecho rendir las minas —más o menos— son alabados y premiados por su Señor. Es el siervo perezoso, que guardó el dinero en un pañuelo sin hacerlo rendir, el que es reprendido y condenado.

El cristiano, pues, ha de esperar —¡claro está!— el regreso de su Señor, Jesús. Pero con dos condiciones, si se quiere que el encuentro sea amistoso. La primera es que aleje la curiosidad malsana de querer saber la hora de la solemne y victoriosa vuelta del Señor. Vendrá, dice en otro lugar, cuando menos lo pensemos. ¡Fuera, por tanto, especulaciones sobre esto! Esperamos con esperanza, pero en una espera confiada sin malsana curiosidad. La segunda es que no perdamos el tiempo. La espera del encuentro y del final gozoso no puede ser excusa para no tomarnos en serio el momento presente. Precisamente, porque la alegría y el gozo del encuentro final será tanto mejor cuanto mayor sea la aportación que cada uno haya hecho por la causa del reino en la vida presente.

No falta, tampoco aquí, la grave advertencia de Jesús a los que se rebelan contra Él: «Aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí» (Lc 19,27).

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Santa Rosa Filipina Duchesne 18 de Noviembre


Santa Rosa Filipina Duchesne
18 de Noviembre

Rosa Filipina Duchesne nació el 29 de agosto de 1769 en Grenoble, Francia. Fué bautizada en la iglesia de San Luis, y le dieron el nombre de San Felipe apóstol y el de Santa Rosa de Lima, primera santa del nuevo continente. Educada en el Convento de la Visitación de Ste. Marie-d'en-Haut, y atraída por la vita contemplativa, entró en ese monasterio a los 18 años.

La comunidad se dispersó durante la Revolución Francesa. Filipina regresó a su familia y se dedicó a cuidar a los presos y a todos los que sufrían. Intentó reconstruir el monasterio de Ste. Marie después del Concordato de 1801 con algunas compañeras, pero no lo logró. En 1804 Filipina oyó hablar de una nueva congregación, la Sociedad del Sagrado Corazón, y pidió a la fundadora Magdalena Sofía Barat ser admitida, ofreciendo su monasterio. La Madre Barat visitó Ste. Marie en 1804 y recibió a Filipina y sus compañeras como novicias en la Sociedad.

La vida contemplativa alimentó en Filipina el deseo de ir a las misiones. Atraída por la Eucaristía desde su juventud, pasó la noche de un Jueves Santo en oración. Escribió a la Madre Barat: «Pasé la noche entera en el Nuevo Continente llevando el Santísimo Sacramento por todas partes... Tenía que hacer tantos sacrificios: una madre, hermanas, parientes, mí montaña ... Cuando me diga: "Te envío", responderé en seguida: "Voy"». Sin embargo, tuvo que esperar otros 12 años.

En 1818 el sueño de Filipina se vió realizado. El Obispo del territorio de Louisiana buscaba una congregación de religiosas para ayudarle a evangelizar los niños franceses e indios de su diócesis, y Fílipina fue enviada a responder a esta llamada. En St. Charles, cerca de St. Louis, Missouri, fundó la primera casa de la Sociedad fuera de Francia, en una cabaña de troncos. Allí vivió todas las austeridades de la vida de frontera: frío extremo, trabajo duro, falta de dinero. Nunca llegó a aprender bien el inglés. Las comunicaciones eran muy lentas: a veces no le llegaban noticias de su querida Francia. Luchó por mantenerse estrechamente unida con la Sociedad del Sagrado Corazón en Francia.

Filipina y otras cuatro Religiosas del Sagrado Corazón trazaron un camino. En 1818 abrió la primera escuela gratuita al oeste del Mississippi. En 1828 había fundado ya seis casas. Estas escuelas eran para las jóvenes de Missouri y Louisiana. Las amó y trabajó para ellas, manteniendo siempre en el fondo de su corazón el anhelo de ir a los Indios americanos. Cuando Filipina tenía 72 años, se abrió una escuela para los Potowatomies en Sugar Creek, Kansas. Aunque muchos pensaban que Filipina estaba demasiado enferma para ir, el jesuita que dirigía la misión insistió: "Tiene que venir: quizás no podrá hacer mucho trabajo, pero con su oración alcanzará el éxito de la misión, y su presencia atraerá muchos favores del cielo para la obra".

Estuvo sólo un año entre los Potowatomies, pero su valor pionero no flaqueó, y sus largas horas de contemplación inspiraron a los indios el llamarla " La mujer que siempre reza ".

Su salud no pudo resistir el régimen de vida en el poblado. Volvió a St. Charles en julio de 1842, aunque su corazón valiente nunca perdió el deseo de las misiones. "Siento el mismo anhelo por las Montañas Rocosas que sentía en Francia cuando pedí venir a América ... ".

Filipina murió en St. Charles, Missouri, el 18 de noviembre de 1852, a la edad de 83 años. Fue beatificada el 12 de mayo de 1940 por Pío XII y canonizada par San Juan Pablo II el 3 de julio de 1988. Su fiesta se celebra cada 18 de noviembre.

17 nov. 2015

Santo Evangelio 17 Noviembre 2015

Día litúrgico: Martes XXXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 19,1-10): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. 

Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo». Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».

«El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido»
Rev. D. Enric RIBAS i Baciana 
(Barcelona, España)


Hoy, Zaqueo soy yo. Este personaje era rico y jefe de publicanos; yo tengo más de lo que necesito y quizás muchas veces actúo como un publicano y me olvido de Cristo. Jesús, entre la multitud, busca a Zaqueo; hoy, en medio de este mundo, me busca a mí precisamente: «Baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa» (Lc 19,5).

Zaqueo desea ver a Jesús; no lo conseguirá si no se esfuerza y sube al árbol. ¡Quisiera yo ver tantas veces la acción de Dios!, pero no sé si verdaderamente estoy dispuesto a hacer el ridículo obrando como Zaqueo. La disposición del jefe de publicanos de Jericó es necesaria para que Jesús pueda actuar; y, si no se apremia, quizás pierda la única oportunidad de ser tocado por Dios y, así, ser salvado. Quizás yo he tenido muchas ocasiones de encontrarme con Jesús y quizás ya va siendo hora de ser valiente, de salir de casa, de encontrarme con Él y de invitarle a entrar en mi interior, para que Él pueda decir también de mí: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,9-10).

Zaqueo deja entrar a Jesús en su casa y en su corazón, aunque no se sienta muy digno de tal visita. En él, la conversión es total: empieza con la renuncia a la ambición de riquezas, continúa con el propósito de compartir sus bienes y acaba con la resolución de hacer justicia, corrigiendo los pecados que ha cometido. Quizás Jesús me está pidiendo algo similar desde hace tiempo, pero yo no quiero escucharle y hago oídos sordos; necesito convertirme.

Decía san Máximo: «Nada hay más querido y agradable a Dios como que los hombres se conviertan a Él con un arrepentimiento sincero». Que Él me ayude hoy a hacerlo realidad.

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Santa Isabel de Hungría 17 Noviembre


Isabel de Hungría, la princesa entre los pobres
Santa Isabel de Hungría 17 Noviembre
(1207-1231)

Sobre la dura corteza espiritual de la Edad Media, hendida por la gracia de Dios, brotó una de las flores más delicadas de la Cristiandad: Santa Isabel de Hungría. Nació en el año 1207 en uno de los castillos -Saróspatak o Posonio- de su padre, Andrés II, rey de Hungría, que la hubo de su primera mujer, Gertrudis, hija de Bertoldo IV, el cual llevaba en sus venas sangre de Bela I, también rey de Hungría, por lo que la princesita Isabel vino a ser el más preciado florón de la estirpe real húngara.

Abrió la princesita sus ojos a la luz en un ambiente de lujo y abundancia que, por divino contraste, fue despertando en su sensible corazón ansias de evangélica pobreza. Desde su privilegiado puesto en la corte descendía, desde muy niña, para buscar a los menesterosos, y los regalos que recibía de sus padres pasaban muy pronto a manos de los pobres. En balde la vestían conforme a su rango principesco, porque aprovechaba el menor descuido para quitarse las sedas y brocados, dárselos a los pobres y volver a palacio con los harapos de la más miserable de sus amiguitas.

Conforme a las costumbres de la época, fue prometida en su más tierna edad a Luis, hijo de Herman I, margrave de Turingia. Este compromiso matrimonial tenía, sin duda, la finalidad política de afianzar la alianza de ambos países contra el rey Felipe de Suabia. Un buen día de primavera -1213-, cuando los campos se desperezaban del gélido sueño invernal, se presentó en el castillo de Posonio una embajada turingia para recoger a la prometida de su príncipe heredero. El rey de Hungría, entonces en la cumbre del poder y riqueza de la dinastía, dotó generosamente a su hija diciendo a los emisarios: «Saludo a vuestro señor y ruego se contente de momento con estas pobres prendas, que, si Dios me da vida, completaré con mayores riquezas». Y revistiendo con palabras tan modestas su jactanciosa exhibición, hizo sacar un cúmulo de tesoros que dejaron admirados a los compromisarios, poco acostumbrados a tales galas en la abrupta y dura comarca de Turingia. El matrimonio tuvo lugar en el año 1221, es decir, al cumplir Isabel sus catorce años, en Wartburg de Turingia. Y de esta manera la princesa, nacida en un país lleno de sol y de abundancia como era Hungría, vino a parar a la dura y pobre tierra germánica.

La pobreza del pueblo estimuló más aún la caridad de la princesa Isabel. Todo le parecía poco para remediar a los necesitados: la plata de sus arcas, las alhajas que trajo como dote y hasta sus propios alimentos y vestidos. En cuanto podía, aprovechando las sombras de la noche, dejaba el palacio y visitaba una a una las chozas de los vasallos más pobres para llevar a los enfermos y a los niños, bajo su manto, un cántaro de leche o una hogaza de pan. Y hasta el propio manto lo entregó un día crudísimo de invierno a una pobre mendiga que temblaba de frío a la vera del camino, y cuál no sería su asombro que, al tender el armiño sobre la chepa de la anciana, vio transfigurarse aquélla en la adorable imagen de Jesucristo. 

Por mucho que escondiera sus mercedes no es raro que éstas llegasen a herir a los espíritus envidiosos y mezquinos. No faltó quien acusó a la princesa ante el propio duque de estar dilapidando los caudales públicos y dejar exhaustos los graneros y almacenes. El margrave Luis quería a su esposa con delirio, pero no pudo resistir, sin duda, el acoso de sus intendentes y les pidió una prueba de su acusación.

-- Espera un poco -le dijeron- y verás salir a la señora con la faltriquera llena.

Efectivamente, poco tuvo que esperar el duque para ver a su mujer que salía, como a hurtadillas, de palacio cerrando cautelosamente la puerta. Violentamente la detuvo y la preguntó con dureza:

-- ¿Qué llevas en la falda?

-- Nada..., son rosas -contestó Isabel tratando de disculparse, sin recordar que estaba en pleno invierno-.

Y, al extender el delantal, rosas eran y no mendrugos de pan lo que Isabel llevaba, porque el Señor quiso salir fiador de la palabra de su sierva.

Parece que su suegra, la duquesa viuda Sofía, no miraba a Isabel con buenos ojos, tal vez porque las mercedes que aquélla hacía eran una acusación a su egoísmo o, simplemente, porque creyera que el cariño de Isabel, en el corazón de Luis, había desplazado al suyo. Con más o menos pasión aprovechaba cualquier oportunidad para desvirtuar a Isabel ante los ojos de su marido. Según cuenta la leyenda, volvió en cierta ocasión el margrave Luis de un largo viaje y, ansioso de abrazar a su esposa, fue a buscarla a la alcoba conyugal. Salió a su encuentro la duquesa Sofía, que había escuchado tras de la puerta voces extrañas en la alcoba, y le previno diciendo:

-- Ahora verás, hijo mío, hasta dónde llega la fidelidad de tu esposa.

Forzó la puerta el celoso marido y, al tirar de la cobertura del lecho, vio en él tendida la imagen de Cristo crucificado, en la que se había transfigurado un pobre leproso que Isabel había acostado en su lecho para curarle las llagas.

El celo de los pobres, en los que ella veía siempre la imagen trasunta de Cristo, fue espiritualizando cada vez más su vida. Su alma generosa se asomaba a sus ojos negros y profundos, que brillaban como candelas de amor en las sombrías casuchas de los pobres de Wartburgo. Por muy severas que fuesen sus penitencias, Isabel las recubría con cariño y donaire para no perder el encanto natural ante los ojos de su enamorado esposo. Pero no pudo, en cambio, conciliar su espíritu franciscano con la frivolidad de la vida cortesana.

Bajo la influencia de su confesor, extremadamente severo, Conrado de Marburgo, que la prohibió incluso probar ciertos manjares, Isabel vino a ser una viviente acusación contra una corte un tanto licenciosa, que empezó a conspirar contra la princesa extranjera.

Mientras su marido fue su amparo, nada tuvo que temer la princesa Isabel, pero llegó un día en que en los oídos del príncipe Luis sonó, como llamada irresistible, el clarín convocando a cruzada en nombre de Federico II. Isabel no quiso ser un obstáculo en el camino del príncipe cristiano que ofrecía su lanza para rescatar el Santo Sepulcro. Ya su padre, el rey Andrés II, había regresado sobreviviente de la quinta cruzada, y cada vez era más difícil vencer la desilusión y la indiferencia de los reyes y de los pueblos cristianos por coronar tan caballerosa empresa. El noble corazón de Luis se creyó, sin duda, más obligado a dar ejemplo y, dejando sola a su esposa, partió con sus caballeros, con propósito de embarcarse en Otranto para unirse a la cruzada. Pocos meses después, Isabel recibía, de manos de un emisario turingio, la cruz de su marido, que había muerto víctima de una epidemia.

Así, pues, a los veinte años -1227- la princesa Isabel quedó viuda y desamparada en una corte extranjera y hostil, y fue entonces cuando realmente empezó su calvario. Su cuñado Herman, queriendo desplazar a los hijos de Luis de la herencia del Ducado, acusó a Isabel de prodigalidad, y en verdad que ella había volcado hasta el fondo de su arca para remediar la miseria del pueblo en el temible «año del hambre» que Europa entera atravesaba. Las acusaciones de Herman encontraron eco en la corte, y la princesa Isabel, expulsada de palacio, tuvo que buscar refugio con sus tres hijos y la compañía de dos sirvientas en Marburgo, la patria de su madre. En tan difícil situación la socorrieron sus tíos, la abadesa Mectildis de Kitzingen y el obispo de Bamberg, que ya había abandonado el proyecto que tuvo de casarla de nuevo.

El pontífice Gregorio IV nombró a Conrado de Marburgo su «defensor». Los buenos oficios que éste desplegó consiguieron, por fin, que la princesa fuese indemnizada con una importante suma y se le asignasen unas posesiones en la villa de Marburgo. Pero Isabel ya nada tenía que la ligase al mundo, y solemnemente, en la iglesia de los Frailes Menores de Eisenach, renunció a sus bienes, vistió el hábito gris de la Tercera Orden y se consagró enteramente y de por vida a practicar heroicamente la caridad. Años después -1228-29- emprendió la construcción del hospital de Marburgo, cuya capilla puso bajo la advocación del Padre Seráfico, San Francisco de Asís, recientemente canonizado.

Por aquel entonces regresaban los cruzados de los Santos Lugares ardiendo en fiebres y con sus carnes maceradas por la lepra, y a ellos dedicaba Isabel sus más amorosos cuidados, en recuerdo, sin duda, de su marido, muerto muy lejos del alcance de sus manos.

Isabel, firme en su propósito de dedicar su vida a los pobres y enfermos, buscando en ellos al propio Jesucristo, rechazó una y otra vez la llamada de su padre, el rey de Hungría, que, valiéndose de nobles emisarios y hasta de la autoridad episcopal, trataba de convencerla de que regresase a su país. En cambio, acudió solícita a la llamada de su Señor, y a los veinticuatro años -1231- subió al cielo a recibir el premio merecido por haber aplicado el agua a tantos labios sedientos, curado tantas heridas ulceradas y consolado tantos corazones oprimidos. 

La fama de su santidad quedó bien patente en el entierro, que conmovió toda la comarca. Poco después de su muerte, las jerarquías religiosas de tres países y Conrado de Turingia, gran maestre que fue de la Orden Teutónica, promovieron en la Santa Sede la declaración de sus heroicas virtudes, y el proceso terminó con la solemne ceremonia de la canonización el 27 de mayo de 1235 en Perusa, todavía en vida de su padre, Andrés II de Hungría. Su festividad fue fijada para el 19 de noviembre [pero, en la actualidad, se celebra el 17 del mismo mes]. Unos meses más tarde fue colocada la primera piedra de la catedral gótica de Marburgo y en ella se rindió el primer testimonio de veneración a la santa princesa por el emperador Federico II al frente de su pueblo.

Santa Isabel de Hungría ha sido erigida como Patrona de la Tercera Orden Franciscana y son muchas las congregaciones religiosas dedicadas a la caridad que llevan su nombre, y más de setenta los templos que la tienen por Patrona.

Javier Martín Artajo

Entre las flores de santidad que por el carisma de San Francisco crecieron en todo el mundo, la más bella flor de Alemania fue Sta. Isabel. Desde la edad de 4 años fue declarada novia del príncipe Ludovico de Turingia. En tan tierna edad dejó su patria y fue entregada a la custodia de su futura suegra, la princesa Sofía. Fue hija del rey de Hungría y nació el año 1207.

Una característica de la pequeña Isabel era su amor a Jesús Sacramentado, ante Quien se postraba frecuentemente en la capilla del Castillo de Wartburg. Desde niña, también acostumbraba llevar a sus compañeros de juegos a rezar a la capilla; repartía su merienda entre los niños pobres y no quería llevar corona de perlas viendo a Jesús con espinas. A los 15 años se casó con el príncipe, que entonces contaba con 21 años de edad.

Este matrimonio fue inmensamente feliz, pero desgraciadamente duró muy poco tiempo. A los seis años de casados, el esposo se unió a los caballeros de una cruzada para rescatar la Tierra Santa del poder de los musulmanes, y murió a consecuencia de una fiebre maligna que contrajo el año de 1227. Isabel, con sus tres niños pequeños, recibió la noticia de la muerte de su esposo y lloró tristemente.

Ludovico, junto con su esposa, habían purificado el ambiente feudal de su territorio y habían hecho justicia a los pobres campesinos explotados por los nobles. 

Al dejarlo todo por amor a Cristo pobre, cumplió el Evangelio al pie de la letra. Su confesor, ciertamente bien intencionado, quiso llevarla por el camino de una obediencia extraordinaria, a una amistad íntima con Cristo, al ejemplo de San Francisco y Sta. Clara. Asimismo, confirmó la heróica caridad de Isabel. Una vez le preguntaron cómo dar limosnas, si no se tenía dinero, y
contestó:

"Siempre tenemos dos ojos para ver a los pobres, dos oídos para escucharlos, una lengua para consolarlos y pedir por ellos, dos manos para ayudarlos y un corazón para amarlos". Y ella practicaba lo que aconsejaba.

Isabel tenía un corazón extraordinariamente compasivo. Sentía en carne propia 
no sólo los sufrimientos de Cristo, sino también los de cada ser humano explotado, marginado, enfermo y sumido en la detestable miseria de aquellos tiempos.

El amor y la penitencia la habían agotado en plena juventud. Tenía 24 años cuando el Señor se la llevó al Paraíso, el año 1231. Cuatro años más tarde Sta. Isabel era canonizada por Gregorio IX.

 o en la historia por “el Confesor". Nieta de Edmundo, el llamado por su valor Iron-side ("Costado de hierro"). Hija de Eduardo, llamado Outremer ("el desterrado"), que por intrigas del intruso rey Canuto de Inglaterra no llegó a reinar. Y hermana del rey Edgaro, que llegó a ocupar el trono por la ayuda que le prestó el rey de Escocia, Malcolm, consorte de Santa Margarita.

 Por parte de madre fue igualmente regia su estirpe, ya que lo fue Agata, hija de Enrique, emperador del Sacro Romano Imperio, y, según algunos, hermana de Gisela, esposa de San Esteban, rey de Hungría.

 La fecha del nacimiento es difícil de precisar: pero tenemos dos fechas topes, entre las cuales debió acaecer: la de la muerte de San Esteban (a. 1038) y el regreso de Eduardo, su padre (a. 1057), cuando, muerto el conspirador, fue llamado por la nobleza para sentarle en el trono de San Eduardo, su abuelo.

 Margarita recibió, pues, el influjo de Hungría, su patria, vigorosamente cristianizada por su rey San Esteban, y, consiguientemente, la piedad de la familia de su madre. No desdecía tampoco Inglaterra, donde alentaba el fervor de los dos santos reyes Eduardos; el primero, mártir; el segundo, llamado "Confesor", ambos progenitores de Santa Margarita.

 Al hablar de la santidad heroica, de la que aquí tratamos, hay que tener en cuenta el tiempo en que tuvo lugar; porque, así como los santos del principio del cristianismo tenían que desprenderse del medio ambiente espiritual en que vivían (lo cual pasa también ahora bastante, por desgracia, por el laicismo de los modernos Estados), en cambio, en los tiempos medievales, por el contrario, ese medio ambiente favorecía y facilitaba la santidad. Puede decirse que en el primer caso actuaba el individuo con su iniciativa propia, a despecho del común sentir de las demás gentes. En el segundo, estaba de acuerdo con la manera de sentir general y se diferenciaba de ellos en llegar hasta las últimas consecuencias de lo que su fe le enseñaba. Claro está que todo esto supone la gracia preveniente y la concomitante, pero nos referimos a la correspondencia a esa gracia que ayuda y no impide la libre actividad humana.

 Tenemos, pues, en el caso de Santa Margarita, un alma que, como dice la Escritura: Sortita est animam bonam (Sap. 8,10), o, como diríamos en nuestro lenguaje: "A quien la virtud parecía connatural. Así la describen los autores más antiguos, casi contemporáneos, reproducidos por los jesuitas bolandistas: inteligente, prudente, inclinada a la piedad y a la misericordia con los desvalidos. Fácilmente se comprende lo que de hecho sucedió; que se asimiló cuanto en punto a piedad y virtud vio en torno suyo y lo que, además, la instruyeron en particular, viniendo a dar, al tiempo de su completo desarrollo físico y moral, frutos de virtud no vulgares.

 Hay que apuntar aquí algo de historia para darse bien cuenta de cómo aquella planta en el jardín de la Iglesia crecía y respondía a los cuidados del divino Jardinero. Según dijimos al tratar de su regia estirpe, su padre, llamado Eduardo, como su abuelo San Eduardo, había sido enviado con un hermano suyo llamado Edmundo a Salomón, rey de Hungría, a fin de librarlos del intento de asesinato que contra ellos se tramaba en Inglaterra. El rey húngaro recibióles benignamente; se encargó de su educación e instrucción, conforme a su regia estirpe y, llegados a la edad viril, dio a Edmundo su propia hija y a Eduardo, la hija de su hermano, llamada Agata. De este matrimonio nacieron tres hijos: Edgaro, Margarita y Cristina.

 Cuando, cambiadas las circunstancias y por muerte de su hermano Edmundo, fue Eduardo, padre de Santa Margarita, llamado a ocupar el trono de Inglaterra, tuvo lugar la subitánea invasión del normando Guillermo el Conquistador, que se ciñó la corona real inglesa, exigiendo de los ingleses juramento de fidelidad. Murió en esto de muerte natural el padre de Santa Margarita y la viuda, su madre, pensó en irse con sus tres hijos al continente; pero, o porque una tempestad la hiciera arribar a las costas escocesas, o porque la aconsejaran que hallaría asilo seguro en la corte de Malcolmo III, rey de Escocia, de hecho, se realizó así providencialmente.

 Y ésta fue la ocasión de que Margarita abrazara el estado del matrimonio. El Breviario Romano hace constar que "el rey Malcolmo quedó cautivado por las egregias dotes de Margarita" y que, para ésta, el motivo determinante fue "el habérselo mandado así su madre".

 Esas bodas, humanamente consideradas, llenaban cuantas aspiraciones puede alentar el corazón de una joven. Verse hecha reina de un reino floreciente, esposa de un varón prudente, piadoso y recto, que la amaba de veras y la asociaba a su regia dignidad, de modo que tomaba ella parte en las más importantes deliberaciones del gobierno del Estado.

 Pero la prosperidad no es en sí obstáculo para la santidad; lo es, por desgracia, en muchas ocasiones, por el mal uso de esa prosperidad, dejándose esclavizar por el demasiado amor a las cosas temporales. Divitiae si affluant, nolite cor apponere: "Si vienen riquezas, no queráis que se os pegue el corazón” (Ps. 60,11 ).

 Es, creemos, Santa Margarita, reina de Escocia, un ejemplar insigne en muchos respectos, como esposa que supo ganarse el corazón de su marido; de madre, que atendió a la crianza y educación cristiana de sus hijos, de los cuales, dice el Breviario, la mayor parte abrazaron el estado de perfección, así como su propia madre y su hermana Cristina. De reina, que procuró ahincadamente el bien y la felicidad de sus súbditos; de santa, que amaba de corazón a Dios y, por Dios, a los pobrecitos de su reino, de los que alimentaba a un centenar diariamente en su palacio, lavándoles los pies y hallando satisfacción en aplicar sus labios a las úlceras que les afligían, proveyendo, además, al sostenimiento de varios centenares de familias necesitadas. Para ello, en alguna ocasión, vendió sus joyas y sus ropas más preciosas, y, a veces, llegó a agotar el tesoro regio.

 Edificó varias iglesias, entre ellas la abadía de Dunferline, dedicada a la Santísima Trinidad, para custodiar la más preciosa reliquia: la de la Vera Cruz. Su libro de rezos, primorosamente decorado, se conserva al presente en la Biblioteca Boldleiana, de Oxford (Inglaterra).

 Sobrevivió sólo algunos días a su marido, el rey Malcolmo, que pereció en el asedio del castillo de Aluwick, en el Northumberland, del cual se había apoderado Guillermo el Conquistador. Malcolmo emprendió la campaña para reconquistarlo, ya que pertenecía al hermano de su esposa, Edgaro, tomando parte en el asalto los dos hijos de Santa Margarita: Eduardo y Edgaro, de los cuales murió el primero. La reina, que había mirado siempre aquella expedición como fatídica, al llegar su hijo Edgaro, estando ya ella para expirar, hizo que le relatara todo lo sucedido, y, al oírlo, “—-Gracias, Dios mío —exclamó—, porque me dais paciencia para soportar tantas desgracias juntas".

 Al morir, en Edimburgo, el 16 de noviembre de 1093, quedó su rostro sonrosado, después de la lívida palidez que se le vio durante los últimos seis meses, en los que padeció acerbos dolores. Su cuerpo fue enterrado en una urna que quedaba frente al altar mayor de la iglesia de Dunferline. Fue canonizada por Inocencio IV en 1250, y en 1259 se trasladó su cuerpo a un nuevo y rico altar en Dunferline. Su cráneo pasó a ser propiedad de la reina de Escocia, María Estuardo, y más tarde a los jesuitas de Douai, perdiéndose su noticia durante las turbulencias de la Revolución Francesa. Su cuerpo, por empeño de Felipe II, fue trasladado a España y consta que este rey mandó tallar para colocar los restos de Santa Margarita y su esposo, el rey Malcomo, un sepulcro en una capilla de El Escorial; pero, según G. Roger Hudleston, O. S. B., cuando Gelliers, arzobispo de Edimburgo, pidió al papa Pío XI que fuesen trasladadas a Edimburgo las reliquias, por ser dicha Santa la Patrona de Escocia, no pudieron ser halladas.

 Nos hemos valido para esta biografía, principalmente, de la valiosa exposición del padre Daniel Papebroch, S. I., en AA. SS. iunius, t.2 p.320 y sigs., y la de G. Roger Hudleston, O. S. B., abad de Downsside Abbey, en Bath (Inglaterra), en su artículo de The Catholic Encyclopedia, de Nueva York, t.9 p.665 y sigs., y de Encyclopaedia Britannica, de Londres, t.14 p.875 (sin firma), dando una relación histórica, sí, pero tendenciosa, al afirmar que Santa Margarita fue canonizada por Inocencio IV en 1250, o sea ciento cincuenta y siete años después de su muerte, por sus donaciones a la Iglesia. Donde se echa de ver: 1º, la inconsistencia de ese motivo, que, mirado positivamente, poco podía halagar ya a la donante; 2º, que muestra desconocer, como lo hacen, por desgracia, los acatólicos, lo que significa la canonización, a saber: la declaración solemne de las virtudes heroicas del canonizado, que son, por cierto, abundantes en Santa Margarita de Escocia, y la definición de que aquella alma es del número de los bienaventurados y goza de la visión beatífica.

 En la vida de Santa Margarita de Escocia falta la narración de hechos milagrosos. Teodorico, monje de San Cuberto, su confesor, en la relación de la vida de la Santa, dedicada a la hija de la misma, Matilde, reina de Inglaterra, cuya relación reproduce el padre Papebroch en el lugar ya citado, dice así: "Son más dignos de admiración los hechos que la hacían santa que los que solamente la declaraban santa ante los hombres. Narraré, con todo, algo que juzgo pertinente, como indicio de su religiosa vida".

 Y después de reseñar todos los abusos que desterró en punto a las observancias religiosas en aquel país, reuniendo concilios en los que, con su autorizada palabra, hizo ver la obligación de seguir todo, y sólo, lo aprobado por la Santa Iglesia, en las disposiciones de los papas y los Santos Padres, dice así:

 "Tenía un libro de los cuatro Evangelios, decorado con oro y joyas, cuyas mayúsculas brillaban con el oro. Este códice, que, más que los otros, acostumbraba a leer y meditar, lo estimaba ella mucho. El cual libro, trasladándoselo uno cierto día, al atravesar el vado de un río, el libro, que había sido envuelto menos cuidadosamente, vino a caer en medio de las aguas; ignorando lo cual el portador prosiguió con resolución el viaje emprendido; mas cuando luego quiso entregar el libro echó de ver, por vez primera, que lo había perdido. Lo buscó mucho, pero inútilmente. Por fin lo descubrieron abierto en el mismo lecho del río, de tal manera que sus hojas se agitaban con el incesante ímpetu de las aguas, y los paños de seda que llevaba para evitar que las letras de oro se oscureciesen con el roce, ahora, con la violencia del río, se desprendieron. ¿Quién diría que aquel libro podría ya servir? ¿Quién creería que pudiera ya leerse una sola letra? Pues, ciertamente, íntegro, incorrupto, es extraído de en medio del río, de tal modo que parecía no haber tenido contacto alguno con el agua. La limpieza de las hojas y la íntegra configuración de todas las letras permaneció tal cual estaban antes de que cayesen en el río; sólo en las últimas hojas podía percibirse la señal del líquido. El libro, y con él el milagro, se transmitió a la reina, la cual, rendidas las gracias a Cristo, tuvo mucho más estima que antes del códice. Con esto, otros vean qué sienten del caso; yo opino, por el venerable aprecio de la reina, que fue un milagro del Señor".

 JOSÉ MÚNERA, S. I.

Margarita de Escocia, Santa

Autor: Archidiócesis de Madrid 

De estirpe regia y de santos. Por parte de padre emparenta con la realeza inglesa y por parte de madre con la de Hungría. Los santos son, por parte de padre, san Eduardo —llamado el "Confesor"— que era su bisabuelo y, por parte de madre, san Esteban, rey de Hungría. 

Nació del matrimonio habido entre Eduardo y Agata, en Hungría, con fecha difícil de determinar. Su padre nunca llegó a reinar, porque al ser llamado por la nobleza inglesa para ello, resulta que el normando Guillermo el Conquistador invade sus tierras, se corona rey e impone el juramento de fidelidad; al poco tiempo murió Eduardo de muerte natural. 

Pero esta situación fue la que hizo que Margarita llegara a ser reina de Escocia por casarse con el rey. Su madre había previsto y dispuesto que la familia regresara al continente al quedarse viuda tras la muerte de su esposo y, bien sea por necesidad de puerto a causa de tempestades, bien por la confianza en la buena acogida de la casa real escocesa, el caso es que atracaron en Escocia y allí se enamoró el rey Malcon III de Margarita y se casó con ella. 

Es una mujer ejemplar en la corte y con la gente paño de lágrimas. Se la conoce delicada en el cumplimiento de sus obligaciones de esposa; esmerada en la educación de los hijos, les dedica todo el tiempo que cada uno necesita; sabe estar en el sitio que como a reina le corresponde en el trato con la nobleza y asume responsabilidades cristianas que le llenan el día. Señalan sus hagiógrafos las continuas preocupaciones por los más necesitados: visita y consuela enfermos llegando a limpiar sus heridas y a besar sus llagas; ayuda habitualmente a familias pobres y numerosas; socorre a los indigentes con bienes propios y de palacio hasta vender sus joyas. Lee a diario los Libros Santos, los medita y lo que es mejor ¡se esfuerza por cumplir las enseñanzas de Jesús! De ellos saca las luces y las fuerzas. De hecho, su libro de rezos, un precioso códice decorado con primor —milagrosamente recuperado sin sufrir daño del lecho del río en que cayó— se conserva en la biblioteca bodleiana de Oxford (Inglaterra). 

También se ocupó de restaurar iglesias y levantar templos, destacando la edificación de la abadía de Dunferline. 

Puso también empeño en eliminar del reino los abusos que se cometían en materia religiosa y se esforzó en poner fin a las abundantes supersticiones; para ello, convocó concilios con la intención de que los obispos determinaran el modo práctico de exponer todo y sólo lo que manda la Iglesia y las enseñanzas de los Padres. 

"Gracias, Dios mío, porque me das paciencia para soportar tantas desgracias juntas". Esta fue su frase cuando le comunicaron la muerte de su esposo y de su hijo Eduardo en una acción bélica. Fue cuando marcharon a recuperar el castillo de Aluwick, en Northumberland, del que se había apoderado el usurpador Guillermo. Ella soportaba en aquellos momentos la larga y penosísima enfermedad que le llevó a la muerte el año 1093, en Edimburgo. 

Es la reina Margarita la patrona de Escocia, canonizada por el papa Inociencio IV en el año 1250. Pero no pueden venerarse sus reliquias por desconocerse el lugar donde reposan. Por la manía que tenían los antiguos de desarmar los esqueletos de los santos, su cráneo —que perteneció a María Estuardo— se perdió con la Revolución francesa, porque lo tenían los jesuitas en Douai y, desde luego, no salieron muy bien parados sus bienes. El cuerpo tampoco se pudo encontrar cuando lo pidió Gelliers, arzobispo de Edimburgo, a Pío XI, aunque se sabe que se trasladó a España por empeño de Felipe II quien mandó tallar un sepulcro en El Escorial para los restos de Margarita y de su esposo. 

Aunque les duela esa carencia de reliquias a los escoceses, tienen sin embargo el orgullo de disfrutar en su historia de las grandes virtudes de una mujer que supo primar su condición cristiana a su condición de reina. O mejor, que ser reina no fue dificultad para vivir hasta lo más hondo su responsabilidad de cristiana. O aún más, supo desde la posición más alta ser testigo de Cristo. Y eso es mucho en cualquier momento de la Historia. ¿No será la gente como ella los que se llaman pobres de espíritu?

16 nov. 2015

Santo Evangelio 16 Noviembre 2015



Día litúrgico: Lunes XXXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 18,35-43): En aquel tiempo, sucedió que, al acercarse Jesús a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Él dijo: «¡Señor, que vea!». Jesús le dijo: «Ve. Tu fe te ha salvado». Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

«Tu fe te ha salvado»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


Hoy, el ciego Bartimeo (cf. Mc 10,46) nos provee toda una lección de fe, manifestada con franca sencillez ante Cristo. ¡Cuántas veces nos iría bien repetir la misma exclamación de Bartimeo!: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» (Lc 18,37). ¡Es tan provechoso para nuestra alma sentirnos indigentes! El hecho es que lo somos y que, desgraciadamente, pocas veces lo reconocemos de verdad. Y..., claro está: hacemos el ridículo. Así nos lo advierte san Pablo: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1Cor 4,7).

A Bartimeo no le da vergüenza sentirse así. En no pocas ocasiones, la sociedad, la cultura de lo que es “políticamente correcto”, querrán hacernos callar: con Bartimeo no lo consiguieron. Él no se “arrugó”. A pesar de que «le increpaban para que se callara, (...) él gritaba mucho más: ‘¡Hijo de David, ten compasión de mí!’» (Lc 18,39). ¡Qué maravilla! Da ganas de decir: —Gracias, Bartimeo, por este ejemplo.

Y vale la pena hacerlo como él, porque Jesús escucha. ¡Y escucha siempre!, por más jaleo que algunos organicen a nuestro alrededor. La confianza sencilla —sin miramientos— de Bartimeo desarma a Jesús y le roba el corazón: «Mandó que se lo trajeran y (...) le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?» (Lc 18,40-41). Delante de tanta fe, ¡Jesús no se anda con rodeos! Y... Bartimeo tampoco: «¡Señor, que vea!» (Lc 18,41). Dicho y hecho: «Ve. Tu fe te ha salvado» (Lc 18,42). Resulta que «la fe, si es fuerte, defiende toda la casa» (San Ambrosio), es decir, lo puede todo.

Él lo es todo; Él nos lo da todo. Entonces, ¿qué otra cosa podemos hacer ante Él, sino darle una respuesta de fe? Y esta “respuesta de fe” equivale a “dejarse encontrar” por este Dios que —movido por su afecto de Padre— nos busca desde siempre. Dios no se nos impone, pero pasa frecuentemente muy cerca de nosotros: aprendamos la lección de Bartimeo y... ¡no lo dejemos pasar de largo!

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Santa Margarita. Reina de Escocia. 16 Noviembre

16 de noviembre
SANTA MARGARITA
REINA DE ESCOCIA
(† 1093)

A principios del segundo milenario cristiano, cuando la razón de Estado unía en enlace matrimonial a los vástagos de las familias regias de los países más distantes, una joven doncella, hermosa de cuerpo y más aún de alma, nacida en Hungría, fue llevada a Inglaterra, donde la Providencia le preparaba el camino de la santidad mediante su enlace con el rey de Escocia, uniendo santamente durante treinta años lo espiritual con lo temporal, como esposa, como madre y como reina.

 Consideraremos los elementos históricos que de su vida poseemos: su estirpe y nacimiento; su educación y carácter; su piedad; circunstancias que la llevaron a abrazar el estado del matrimonio; su perfección en ese estado: su actuación como reina; sus virtudes heroicas y su culto, canonización y reliquias.

 Fue Santa Margarita nacida de regia estirpe, y, aunque esto no supone nada respecto de su santidad, sí aumenta el mérito de su humillación, cuanto de más alto se baja a lo más desvalido y abyecto de la sociedad. Bisnieta del rey San Eduardo, conocido en la historia por “el Confesor". Nieta de Edmundo, el llamado por su valor Iron-side ("Costado de hierro"). Hija de Eduardo, llamado Outremer ("el desterrado"), que por intrigas del intruso rey Canuto de Inglaterra no llegó a reinar. Y hermana del rey Edgaro, que llegó a ocupar el trono por la ayuda que le prestó el rey de Escocia, Malcolm, consorte de Santa Margarita.

 Por parte de madre fue igualmente regia su estirpe, ya que lo fue Agata, hija de Enrique, emperador del Sacro Romano Imperio, y, según algunos, hermana de Gisela, esposa de San Esteban, rey de Hungría.

 La fecha del nacimiento es difícil de precisar: pero tenemos dos fechas topes, entre las cuales debió acaecer: la de la muerte de San Esteban (a. 1038) y el regreso de Eduardo, su padre (a. 1057), cuando, muerto el conspirador, fue llamado por la nobleza para sentarle en el trono de San Eduardo, su abuelo.

 Margarita recibió, pues, el influjo de Hungría, su patria, vigorosamente cristianizada por su rey San Esteban, y, consiguientemente, la piedad de la familia de su madre. No desdecía tampoco Inglaterra, donde alentaba el fervor de los dos santos reyes Eduardos; el primero, mártir; el segundo, llamado "Confesor", ambos progenitores de Santa Margarita.

 Al hablar de la santidad heroica, de la que aquí tratamos, hay que tener en cuenta el tiempo en que tuvo lugar; porque, así como los santos del principio del cristianismo tenían que desprenderse del medio ambiente espiritual en que vivían (lo cual pasa también ahora bastante, por desgracia, por el laicismo de los modernos Estados), en cambio, en los tiempos medievales, por el contrario, ese medio ambiente favorecía y facilitaba la santidad. Puede decirse que en el primer caso actuaba el individuo con su iniciativa propia, a despecho del común sentir de las demás gentes. En el segundo, estaba de acuerdo con la manera de sentir general y se diferenciaba de ellos en llegar hasta las últimas consecuencias de lo que su fe le enseñaba. Claro está que todo esto supone la gracia preveniente y la concomitante, pero nos referimos a la correspondencia a esa gracia que ayuda y no impide la libre actividad humana.

 Tenemos, pues, en el caso de Santa Margarita, un alma que, como dice la Escritura: Sortita est animam bonam (Sap. 8,10), o, como diríamos en nuestro lenguaje: "A quien la virtud parecía connatural. Así la describen los autores más antiguos, casi contemporáneos, reproducidos por los jesuitas bolandistas: inteligente, prudente, inclinada a la piedad y a la misericordia con los desvalidos. Fácilmente se comprende lo que de hecho sucedió; que se asimiló cuanto en punto a piedad y virtud vio en torno suyo y lo que, además, la instruyeron en particular, viniendo a dar, al tiempo de su completo desarrollo físico y moral, frutos de virtud no vulgares.

 Hay que apuntar aquí algo de historia para darse bien cuenta de cómo aquella planta en el jardín de la Iglesia crecía y respondía a los cuidados del divino Jardinero. Según dijimos al tratar de su regia estirpe, su padre, llamado Eduardo, como su abuelo San Eduardo, había sido enviado con un hermano suyo llamado Edmundo a Salomón, rey de Hungría, a fin de librarlos del intento de asesinato que contra ellos se tramaba en Inglaterra. El rey húngaro recibióles benignamente; se encargó de su educación e instrucción, conforme a su regia estirpe y, llegados a la edad viril, dio a Edmundo su propia hija y a Eduardo, la hija de su hermano, llamada Agata. De este matrimonio nacieron tres hijos: Edgaro, Margarita y Cristina.

 Cuando, cambiadas las circunstancias y por muerte de su hermano Edmundo, fue Eduardo, padre de Santa Margarita, llamado a ocupar el trono de Inglaterra, tuvo lugar la subitánea invasión del normando Guillermo el Conquistador, que se ciñó la corona real inglesa, exigiendo de los ingleses juramento de fidelidad. Murió en esto de muerte natural el padre de Santa Margarita y la viuda, su madre, pensó en irse con sus tres hijos al continente; pero, o porque una tempestad la hiciera arribar a las costas escocesas, o porque la aconsejaran que hallaría asilo seguro en la corte de Malcolmo III, rey de Escocia, de hecho, se realizó así providencialmente.

 Y ésta fue la ocasión de que Margarita abrazara el estado del matrimonio. El Breviario Romano hace constar que "el rey Malcolmo quedó cautivado por las egregias dotes de Margarita" y que, para ésta, el motivo determinante fue "el habérselo mandado así su madre".

 Esas bodas, humanamente consideradas, llenaban cuantas aspiraciones puede alentar el corazón de una joven. Verse hecha reina de un reino floreciente, esposa de un varón prudente, piadoso y recto, que la amaba de veras y la asociaba a su regia dignidad, de modo que tomaba ella parte en las más importantes deliberaciones del gobierno del Estado.

 Pero la prosperidad no es en sí obstáculo para la santidad; lo es, por desgracia, en muchas ocasiones, por el mal uso de esa prosperidad, dejándose esclavizar por el demasiado amor a las cosas temporales. Divitiae si affluant, nolite cor apponere: "Si vienen riquezas, no queráis que se os pegue el corazón” (Ps. 60,11 ).

 Es, creemos, Santa Margarita, reina de Escocia, un ejemplar insigne en muchos respectos, como esposa que supo ganarse el corazón de su marido; de madre, que atendió a la crianza y educación cristiana de sus hijos, de los cuales, dice el Breviario, la mayor parte abrazaron el estado de perfección, así como su propia madre y su hermana Cristina. De reina, que procuró ahincadamente el bien y la felicidad de sus súbditos; de santa, que amaba de corazón a Dios y, por Dios, a los pobrecitos de su reino, de los que alimentaba a un centenar diariamente en su palacio, lavándoles los pies y hallando satisfacción en aplicar sus labios a las úlceras que les afligían, proveyendo, además, al sostenimiento de varios centenares de familias necesitadas. Para ello, en alguna ocasión, vendió sus joyas y sus ropas más preciosas, y, a veces, llegó a agotar el tesoro regio.

 Edificó varias iglesias, entre ellas la abadía de Dunferline, dedicada a la Santísima Trinidad, para custodiar la más preciosa reliquia: la de la Vera Cruz. Su libro de rezos, primorosamente decorado, se conserva al presente en la Biblioteca Boldleiana, de Oxford (Inglaterra).

 Sobrevivió sólo algunos días a su marido, el rey Malcolmo, que pereció en el asedio del castillo de Aluwick, en el Northumberland, del cual se había apoderado Guillermo el Conquistador. Malcolmo emprendió la campaña para reconquistarlo, ya que pertenecía al hermano de su esposa, Edgaro, tomando parte en el asalto los dos hijos de Santa Margarita: Eduardo y Edgaro, de los cuales murió el primero. La reina, que había mirado siempre aquella expedición como fatídica, al llegar su hijo Edgaro, estando ya ella para expirar, hizo que le relatara todo lo sucedido, y, al oírlo, “—-Gracias, Dios mío —exclamó—, porque me dais paciencia para soportar tantas desgracias juntas".

 Al morir, en Edimburgo, el 16 de noviembre de 1093, quedó su rostro sonrosado, después de la lívida palidez que se le vio durante los últimos seis meses, en los que padeció acerbos dolores. Su cuerpo fue enterrado en una urna que quedaba frente al altar mayor de la iglesia de Dunferline. Fue canonizada por Inocencio IV en 1250, y en 1259 se trasladó su cuerpo a un nuevo y rico altar en Dunferline. Su cráneo pasó a ser propiedad de la reina de Escocia, María Estuardo, y más tarde a los jesuitas de Douai, perdiéndose su noticia durante las turbulencias de la Revolución Francesa. Su cuerpo, por empeño de Felipe II, fue trasladado a España y consta que este rey mandó tallar para colocar los restos de Santa Margarita y su esposo, el rey Malcomo, un sepulcro en una capilla de El Escorial; pero, según G. Roger Hudleston, O. S. B., cuando Gelliers, arzobispo de Edimburgo, pidió al papa Pío XI que fuesen trasladadas a Edimburgo las reliquias, por ser dicha Santa la Patrona de Escocia, no pudieron ser halladas.

 Nos hemos valido para esta biografía, principalmente, de la valiosa exposición del padre Daniel Papebroch, S. I., en AA. SS. iunius, t.2 p.320 y sigs., y la de G. Roger Hudleston, O. S. B., abad de Downsside Abbey, en Bath (Inglaterra), en su artículo de The Catholic Encyclopedia, de Nueva York, t.9 p.665 y sigs., y de Encyclopaedia Britannica, de Londres, t.14 p.875 (sin firma), dando una relación histórica, sí, pero tendenciosa, al afirmar que Santa Margarita fue canonizada por Inocencio IV en 1250, o sea ciento cincuenta y siete años después de su muerte, por sus donaciones a la Iglesia. Donde se echa de ver: 1º, la inconsistencia de ese motivo, que, mirado positivamente, poco podía halagar ya a la donante; 2º, que muestra desconocer, como lo hacen, por desgracia, los acatólicos, lo que significa la canonización, a saber: la declaración solemne de las virtudes heroicas del canonizado, que son, por cierto, abundantes en Santa Margarita de Escocia, y la definición de que aquella alma es del número de los bienaventurados y goza de la visión beatífica.

 En la vida de Santa Margarita de Escocia falta la narración de hechos milagrosos. Teodorico, monje de San Cuberto, su confesor, en la relación de la vida de la Santa, dedicada a la hija de la misma, Matilde, reina de Inglaterra, cuya relación reproduce el padre Papebroch en el lugar ya citado, dice así: "Son más dignos de admiración los hechos que la hacían santa que los que solamente la declaraban santa ante los hombres. Narraré, con todo, algo que juzgo pertinente, como indicio de su religiosa vida".

 Y después de reseñar todos los abusos que desterró en punto a las observancias religiosas en aquel país, reuniendo concilios en los que, con su autorizada palabra, hizo ver la obligación de seguir todo, y sólo, lo aprobado por la Santa Iglesia, en las disposiciones de los papas y los Santos Padres, dice así:

 "Tenía un libro de los cuatro Evangelios, decorado con oro y joyas, cuyas mayúsculas brillaban con el oro. Este códice, que, más que los otros, acostumbraba a leer y meditar, lo estimaba ella mucho. El cual libro, trasladándoselo uno cierto día, al atravesar el vado de un río, el libro, que había sido envuelto menos cuidadosamente, vino a caer en medio de las aguas; ignorando lo cual el portador prosiguió con resolución el viaje emprendido; mas cuando luego quiso entregar el libro echó de ver, por vez primera, que lo había perdido. Lo buscó mucho, pero inútilmente. Por fin lo descubrieron abierto en el mismo lecho del río, de tal manera que sus hojas se agitaban con el incesante ímpetu de las aguas, y los paños de seda que llevaba para evitar que las letras de oro se oscureciesen con el roce, ahora, con la violencia del río, se desprendieron. ¿Quién diría que aquel libro podría ya servir? ¿Quién creería que pudiera ya leerse una sola letra? Pues, ciertamente, íntegro, incorrupto, es extraído de en medio del río, de tal modo que parecía no haber tenido contacto alguno con el agua. La limpieza de las hojas y la íntegra configuración de todas las letras permaneció tal cual estaban antes de que cayesen en el río; sólo en las últimas hojas podía percibirse la señal del líquido. El libro, y con él el milagro, se transmitió a la reina, la cual, rendidas las gracias a Cristo, tuvo mucho más estima que antes del códice. Con esto, otros vean qué sienten del caso; yo opino, por el venerable aprecio de la reina, que fue un milagro del Señor".

 JOSÉ MÚNERA, S. I.

Margarita de Escocia, Santa

Autor: Archidiócesis de Madrid 

De estirpe regia y de santos. Por parte de padre emparenta con la realeza inglesa y por parte de madre con la de Hungría. Los santos son, por parte de padre, san Eduardo —llamado el "Confesor"— que era su bisabuelo y, por parte de madre, san Esteban, rey de Hungría. 

Nació del matrimonio habido entre Eduardo y Agata, en Hungría, con fecha difícil de determinar. Su padre nunca llegó a reinar, porque al ser llamado por la nobleza inglesa para ello, resulta que el normando Guillermo el Conquistador invade sus tierras, se corona rey e impone el juramento de fidelidad; al poco tiempo murió Eduardo de muerte natural. 

Pero esta situación fue la que hizo que Margarita llegara a ser reina de Escocia por casarse con el rey. Su madre había previsto y dispuesto que la familia regresara al continente al quedarse viuda tras la muerte de su esposo y, bien sea por necesidad de puerto a causa de tempestades, bien por la confianza en la buena acogida de la casa real escocesa, el caso es que atracaron en Escocia y allí se enamoró el rey Malcon III de Margarita y se casó con ella. 

Es una mujer ejemplar en la corte y con la gente paño de lágrimas. Se la conoce delicada en el cumplimiento de sus obligaciones de esposa; esmerada en la educación de los hijos, les dedica todo el tiempo que cada uno necesita; sabe estar en el sitio que como a reina le corresponde en el trato con la nobleza y asume responsabilidades cristianas que le llenan el día. Señalan sus hagiógrafos las continuas preocupaciones por los más necesitados: visita y consuela enfermos llegando a limpiar sus heridas y a besar sus llagas; ayuda habitualmente a familias pobres y numerosas; socorre a los indigentes con bienes propios y de palacio hasta vender sus joyas. Lee a diario los Libros Santos, los medita y lo que es mejor ¡se esfuerza por cumplir las enseñanzas de Jesús! De ellos saca las luces y las fuerzas. De hecho, su libro de rezos, un precioso códice decorado con primor —milagrosamente recuperado sin sufrir daño del lecho del río en que cayó— se conserva en la biblioteca bodleiana de Oxford (Inglaterra). 

También se ocupó de restaurar iglesias y levantar templos, destacando la edificación de la abadía de Dunferline. 

Puso también empeño en eliminar del reino los abusos que se cometían en materia religiosa y se esforzó en poner fin a las abundantes supersticiones; para ello, convocó concilios con la intención de que los obispos determinaran el modo práctico de exponer todo y sólo lo que manda la Iglesia y las enseñanzas de los Padres. 

"Gracias, Dios mío, porque me das paciencia para soportar tantas desgracias juntas". Esta fue su frase cuando le comunicaron la muerte de su esposo y de su hijo Eduardo en una acción bélica. Fue cuando marcharon a recuperar el castillo de Aluwick, en Northumberland, del que se había apoderado el usurpador Guillermo. Ella soportaba en aquellos momentos la larga y penosísima enfermedad que le llevó a la muerte el año 1093, en Edimburgo. 

Es la reina Margarita la patrona de Escocia, canonizada por el papa Inociencio IV en el año 1250. Pero no pueden venerarse sus reliquias por desconocerse el lugar donde reposan. Por la manía que tenían los antiguos de desarmar los esqueletos de los santos, su cráneo —que perteneció a María Estuardo— se perdió con la Revolución francesa, porque lo tenían los jesuitas en Douai y, desde luego, no salieron muy bien parados sus bienes. El cuerpo tampoco se pudo encontrar cuando lo pidió Gelliers, arzobispo de Edimburgo, a Pío XI, aunque se sabe que se trasladó a España por empeño de Felipe II quien mandó tallar un sepulcro en El Escorial para los restos de Margarita y de su esposo. 

Aunque les duela esa carencia de reliquias a los escoceses, tienen sin embargo el orgullo de disfrutar en su historia de las grandes virtudes de una mujer que supo primar su condición cristiana a su condición de reina. O mejor, que ser reina no fue dificultad para vivir hasta lo más hondo su responsabilidad de cristiana. O aún más, supo desde la posición más alta ser testigo de Cristo. Y eso es mucho en cualquier momento de la Historia. ¿No será la gente como ella los que se llaman pobres de espíritu?