18 ene. 2014

Las Gafas de Dios



 LAS GAFAS DE DIOS..
   
Iba un difunto camino del cielo, donde esperaba encontrarse con  Dios para su juicio. Se acercó a la entrada: las puertas estaban abiertas de par en par y nadie vigilaba. Se animó y cruzó la puerta. ¡Estaba dentro del cielo! De sala en sala se fue internando en el cielo, hasta que llegó a lo que tendría que ser la oficina de Dios; en su centro vio, sobre un escritorio, las gafas de Dios. No pudo resistir la tentación de echar una mirada a la Tierra con esas gafas. Con ellas se veía la realidad profunda de todo y de todos: lo profundo de las intenciones de los políticos, las auténticas razones de los economistas, las tentaciones de los hombres de Iglesia, los sufrimientos de las dos terceras partes de la humanidad. . .

Entonces se le ocurrió localizar a su socio de la financiera donde trabajaba; lo logró; en ese instante su colega estafaba a una pobre mujer viuda con un crédito bochornoso que terminaría de hundirla en la miseria para siempre. Al ver la injusticia que su socio iba a realizar, tuvo un profundo deseo de justicia. Buscó bajo la mesa el banquito de Dios y lo lanzó a la Tierra. El banquito le pegó un gran golpe a su socio, tumbándolo allí mismo.
En ese momento Dios llegaba a su despacho. Nuestro amigo se  sobresaltó; Dios le llamó, pero no estaba irritado. Simplemente le preguntó qué estaba haciendo. El pobre trató de explicar que había entrado en la gloria porque estaba la puerta abierta; él quería pedir permiso; pero no sabía a quién...

-No, no -le dijo Dios-, no te pregunto eso. Lo que te pregunto es lo que hiciste con mi banquito.

Animado, le contó que había entrado en su despacho, había visto el escritorio y las gafas, y no había resistido la tentación de echar una miradita al mundo. Que le pedía perdón por el atrevimiento.

-No, no -volvió a decirle Dios. Todo eso está muy bien. No hay nada que perdonar. Mi deseo profundo es que todos los hombres fueran capaces de ver el mundo como yo lo veo. En eso no hay pecado. Pero hiciste algo más. ¿Qué pasó con mi banquito donde apoyo los pies?

Animado del todo, le contó a Dios que había estado observando a su socio justamente cuando cometía una tremenda injusticia, y que sin pensar en nada había tomado el banquito y se lo había arrojado a la espalda.

-¡Ah, no! -volvió a decirle Dios-. Ahí te equivocas. No te diste  cuenta de que, si bien te habías puesto mis gafas, te faltaba tener mi corazón. Imagínate que si yo cada vez que veo una injusticia en la Tierra me decidiera a tirarles un banquito, no alcanzarían los carpinteros de todo el universo para abastecerme de proyectiles. No, hijo mío. No. Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis gafas, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Solo tiene derecho a juzgar el que tiene el poder de salvar.

Si viéramos y valoráramos el mundo, la vida y las personas con las «gafas de Dios»... 

Santo Evangelio 18 de Enero de 2014

Día litúrgico: Sábado I del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 2,13-17): En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a Él, y Él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían. Al ver los escribas de los fariseos que comía con los pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Qué? ¿Es que come con los publicanos y pecadores?». Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».


Comentario: Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart (Tarragona, España)
No he venido a llamar a justos, sino a pecadores

Hoy, en la escena que relata san Marcos, vemos cómo Jesús enseñaba y cómo todos venían a escucharle. Es manifiesto el hambre de doctrina, entonces y también ahora, porque el peor enemigo es la ignorancia. Tanto es así, que se ha hecho clásica la expresión: «Dejarán de odiar cuando dejen de ignorar».

Pasando por allí, Jesús vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado donde cobraban impuestos y, al decirle «sígueme», dejándolo todo, se fue con Él. Con esta prontitud y generosidad hizo el gran “negocio”. No solamente el “negocio del siglo”, sino también el de la eternidad.

Hay que pensar cuánto tiempo hace que el negocio de recoger impuestos para los romanos se ha acabado y, en cambio, Mateo —hoy más conocido por su nuevo nombre que por el de Leví— no deja de acumular beneficios con sus escritos, al ser una de las doce columnas de la Iglesia. Así pasa cuando se sigue con prontitud al Señor. Él lo dijo: «Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o campo por mi nombre, recibirá el ciento por uno y gozará de la vida eterna» (Mt 19,29).

Jesús aceptó el banquete que Mateo le ofreció en su casa, juntamente con los otros cobradores de impuestos y pecadores, y con sus apóstoles. Los fariseos —como espectadores de los trabajos de los otros— hacen presente a los discípulos que su Maestro come con gente que ellos tienen catalogados como pecadores. El Señor les oye, y sale en defensa de su habitual manera de actuar con las almas: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2,17). Toda la Humanidad necesita al Médico divino. Todos somos pecadores y, como dirá san Pablo, «todos han pecado y se han privado de la gloria de Dios» (Rm 3,23).

Respondamos con la misma prontitud con que María respondió siempre a su vocación de corredentora.

San Jaime Hilario Barbal, 18 de Enero


Vida de San Jaime Hilario Barbal

 18 de Enero

Manuel Barbal y Cosán nació en Enviny, provincia de Lérida y diócesis de La Seo de Urgel, el 2 de enero de 1898. La familia era profundamente cristiana, en la que cada día se rezaba el rosario y el ángelus, se mostraba profunda caridad hacia los pobres y se santificaba el domingo como el día del Señor. Manuel diría más tarde: «Mi padre es un cristiano ejemplar y con mucho sentido común; es optimista y lleno de confianza. Mi madre es una santa. Siempre ha repartido amor. Hay almas que el Señor coloca junto a nosotros para señalarnos el camino del cielo: es una de ellas».

Los primeros años de Manuel Barbal Cosán transcurrieron en medio de las incomodidades y de las alegrías de un pueblo de montaña. Los trabajos del campo, la hermosa vista de los Pirineos y sus abruptos picachos... todo contribuyó a la formación de su carácter trabajador y serio, sensible y lírico.

HACIA LA CONSAGRACIÓN RELIGIOSA

En enero de 1908 ingresó como alumno en el internado de los Lazaristas en Rialb. En mayo de 1909 hizo la Primera Comunión. El Señor fue haciendo germinar en su alma el deseo de consagrarse a El, y soñaba con el sacerdocio. En su casa se sentían contentos, porque un consagrado era una bendición de Dios para la familia. En octubre de 1910 entró en el seminario de La Seo de Urgel, y en los estudios obtuvo resultados excelentes. Pero por desgracia se manifestó una progresiva sordera que constituía un serio obstáculo para el ministerio sacerdotal. Tuvo que regresar a su casa, pero la llamada de Dios no se había apagado. En cierta ocasión encontró a un Hermano de las Escuelas Cristianas, que le habló del Instituto. «Eso me gusta», dijo, y solicitó hacerse Hermano.

EN EL NOVICIADO DE IRÚN

Irún está situada cerca de la frontera francesa, en el golfo de Vizcaya. Allí estaba en aquella época el Noviciado de los Hermanos, y muchos de los moradores de la casa provenían de Francia. La lengua habitual en que se hablaba era el francés, por lo tanto, antes de ir al noviciado, Manuel fue enviado a Mollerusa para que estudiara la lengua del Fundador de los Hermanos. En esta casa su entusiasmo se acrecentó: «Los Hermanos me han hecho un buen regalo: su bondad», escribía a su casa.

El Noviciado de Irún estaba dirigido por el Hno. Junien-Victor, eminente formador y futuro Superior General. Después de un mes de preparación como postulante, Manuel Barbal recibió el Hábito religioso y un nuevo nombre, como era habitual entonces: se llamaría Hermano Jaime Hilario. El nuevo novicio era alto y más bien delgado, con cabello castaño. Inteligencia clara, temperamento tranquilo y sencillo; siempre de buen humor y tenaz en el trabajo y en el estudio. Para sus 19 años manifestaba madurez poco común. Su retrato interior se puede cifrar en esta frase suya: «Cada día Dios es para mí más padre, guía, sostén, luz, fuerza y gozo». Sentía que debía ser para los demás animador y testigo de la alegría: «La mejor obra de misericordia en una comunidad consiste en animar, entusiasmar y sembrar el buen humor».

LA EXPERIENCIA APOSTÓLICA

De 1918 a 1926 el Hno. Jaime Hilario desempeñó su actividad apostólica en varios centros lasalianos. El primero fue Mollerusa, donde estuvo cinco años. Al final del primer año, tanto los Hermanos como los alumnos podían afirmar al unísono: «El Hermano Jaime Hilario es un buen maestro y un santo». Para un principiante no era, desde luego, poca cosa. En 1923 pasó a Manresa, y enseñó latín... Pero su sordera se incrementaba y tuvo que desistir de dar clase; su ocupación fue la huerta. Estuvo después en Oliana, durante un año, y de allí pasó al internado Sainte-Germaine, de Pibrac, en Francia, en el departamento de Alta-Garona.

LA CONSAGRACIÓN DEFINITIVA

En sus notas personales hay una afirmación que no podemos pasar por alto: "El Señor no me mostró las dificultades que me sobrevendrían haciéndome Hermano, porque hubiera yo retrocedido; pero hoy no vendería mi sotana por todo el oro del mundo. Por todo el pueblo de Enviny no cambiaría mi género de vida". (Pibrac, 15-4-1928) Esto muestra claramente que el camino seguido por Manuel no era, ni mucho menos, fácil, y probablemente la sordera tuvo su importancia en estas dificultades. Con todo, no olvidemos que Juan Bautista De La Salle, al final de su vida, decía algo muy parecido: tampoco para él el camino había sido liso... El Hno. Jaime Hilario permaneció en Pibrac ocho años como catequista del Noviciado, es decir, uno de los ayudantes del Hermano Director. Poseía buena base espiritual y excelente preparación intelectual, además de sus convicciones personales y de la tenacidad en el trabajo. Para los novicios era modelo y estímulo. En 1932 fue encargado de trabajar en el reclutamiento de vocaciones, es decir, de encontrar muchachos que desearan seguir la vocación religiosa, y orientarlos hacia la vida del Hermano. En su nuevo empleo recorrió numerosos pueblos sembrando la semilla de la vocación, y obtuvo buenos resultados. Pero la sordera se estaba convirtiendo en dificultad cada vez mayor, y al fin tuvo que dedicarse de forma habitual a los trabajos manuales en la huerta. En este trabajo su alma estaba unida al Señor, que así le preparaba para el sacrificio supremo.

LA REVOLUCIÓN DE 1936

El Hno. Jaime Hilario fue detenido en Mollerusa un día que se dirigía a Enviny. Fue dejado en libertad vigilada, confiado a la familia Badía, que quedó profundamente impresionada por el total abandono del hermano en las manos del Señor, manteniéndose en constante oración y mostrando su celo catequístico con los niños de la casa. Muy pronto fue sacado de aquella familia y llevado a la prisión de Lérida, donde estuvo encerrado en la celda 31. Como procedía de Cambrils, le llevaron al comité de Tarragona, que determinó encerrarle en el barco-prisión "Mahón". Todo esto ocurrió en diciembre de 1936. Habían determinado "juzgarle" en enero de 1937. El abogado Montañés, que se encargó de su defensa le sugirió: "Basta que declare que usted trabajaba como hortelano de la Comunidad... y que usted no es religioso. Ciertamente le dejarán libre". El Hno. Jaime Hilario confió después al Hermano Eusebio: "No podré entenderme con este abogado... Yo no puedo disimular mi condición de religioso". Y sin embargo, confesarse como tal era firmar la sentencia de muerte.

EL TRIBUNAL POPULAR

Para ayudar al Hermano Jaime Hilario, a causa de su sordera, el Hno. Sorribas se colocó a su lado, para repetirle las preguntas del tribunal. El razonamiento del fiscal era tan disparatado que es difícil comprender que se puedan hacer afirmaciones semejantes: "Este fraile ha estudiado latín y ha envenenado la conciencia de los niños; si no le matamos, nos matará él..." El abogado se esforzó por presentar al Hno. Jaime Hilario como un pobre hombre, alejado de la política y empleado del convento. Y pidió al Hermano que confirmara sus palabras. "No, -dijo el Hno. Jaime Hilario-, yo soy un religioso, Hermano de las Escuelas Cristianas". El presidente dijo: "Pues explique el acusado esta contradicción: ser hortelano y fraile". "No hay ninguna contradicción, respondió. Mi sordera me ha impedido continuar mi misión de educador". Ese fue el proceso. Después de breve deliberación el tribunal le condenó a muerte. Cuando estuvieron solos, preguntó al Hno. Sorribas qué habían decidido. Su respuesta fue pasarse la mano por el cuello. "¿Cuándo?" "No lo han dicho". El Hno. Jaime pidió dos hojas de papel y escribió a su hermana y a su sobrino: "He sido condenado por el tribunal popular. No os avergoncéis de mí y no lloréis; no he hecho ningún mal. Rezad por mí y yo rezaré por vosotros. Adiós, hasta el Cielo". La escritura era firme, sin ningún temblor.

EL MARTIRIO

Los verdugos querían evitar que llegase la gracia que se había pedido, y que llegó, en efecto, el 18 de enero de 1937, después de la ejecución. Por eso, sólo dos días después, a las tres y media de la tarde, sacaron de la cárcel al Hno. Jaime y lo llevaron a un bosquecillo, en la colina llamada «La Oliva», cerca del cementerio. Mientras esperaban que llegaran los miembros del tribunal, los milicianos que formaban el pelotón de ejecución admiraban la tranquilidad del Hermano. «¿Pero es que no te das cuenta de que te vamos a matar?». Su respuesta fue la de un auténtico testigo de la fe: «Amigos, morir por Cristo es reinar». Le colocaron de espaldas a una cascada ya seca, el pelotón se colocó a tres metros de distancia. El cruzó los brazos sobre el pecho y elevó la vista al cielo. El jefe del pelotón gritó: «¡Fuego!». Y todos dispararon a su cuerpo. Pero ni un solo proyectil le tocó. El Hermano seguía en pie. El jefe, furioso, gritó de nuevo: «¡Fuego!». Y de nuevo el Hermano siguió en pie. Los milicianos, espantados, tiraron los fusiles y echaron a correr. El jefe, lleno de indignación y de odio, sacó su pistola, se acercó al Hermano y le disparó en la sien. Fue entonces cuando cayó al suelo.

Fue beatificado el 29 de abril de 1990 por el Papa Juan Pablo II, junto con los Hermanos mártires de Turón y canonizado el 21 de noviembre de 1999.

Este texto fue tomado del Boletín del instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, Nº 244, 1988.

17 ene. 2014

Cree, ama y espera

Cree, ama y espera

Nuestra relación con Dios, la forma en la que lo amamos, vivimos la fé y depositamos nuestra esperanza en El. 
Autor: P. Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net



Una casa se incendió una noche. Los padres y los hijos corrieron afuera. Sin embargo, un niño de cinco años, escapó a sus padres y quedó atrapado en el segundo piso. El padre vio al niño en la ventana rodeado de humo. Le gritó, ¡Salta, yo te recibiré en mis brazos! Pero el niño gritó, Papi, no puedo verte. El padre respondió, No importa, yo sí te puedo ver a ti. ¡Salta!

Dios nos ve, aunque nosotros no lo veamos, pero tenemos que confiar en Él, pues es nuestro Padre. El cristiano ha recibido el don inmenso de poder decir a Dios: Padre nuestro. ¿Qué podrá negar a los hijos que piden, habiéndoles antes otorgado el que fuesen hijos? (San Agustín).

Las virtudes teologales de fe, esperanza y amor, van muy unidas, tanto que casi son la misma cosa pero expresada de diferente manera según el quién y el para qué. La Escritura nos ha desvelado la relación entre la falta de amor e increencia:
El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (1Jn 4,8). Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1Jn 4,16). Estas palabras expresan con claridad el corazón de la fe cristiana. 

¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras? (St 2,14-18). Sólo el amor efectivo en la vida de los creyentes manifestará creíblemente al mundo su fe, dará testimonio efectivo de que conocen a Dios y de que han creído en su amor. La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento sometido a un constante vaivén de dudas. 

Ambas cosas unidas garantizan nuestra Esperanza, una esperanza que no defrauda, porque la esperanza del cielo tanto alcanza cuanto espera como poéticamente canta san Juan de la Cruz. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino" (Benedicto XVI). La fe, por lo tanto, tiene que estar encarnada en el aquí, en nuestra historia. Esta fe nos impulsa a discernir las llamadas de Dios en los signos de los tiempos y a dar testimonio de aquello que creemos y esperamos.

El amor verdadero espera en Dios y en el otro; el que espera encuentra siempre nuevos caminos, nos ayuda a dar el salto en medio de la noche. Dios se revela en la historia como el Dios de la esperanza (Rm 15,13), porque hay muchas señales de esperanza en medio de toda clase de dificultades. Junto con esta experiencia está la del Dios liberador, que se preocupa de los seres humanos y busca liberarlos, suscitando anhelos de salvación liberadora en nuestros pueblos. Cuando en una sociedad muere la esperanza, la vida de las personas no tiene sentido; falta empuje y entusiasmo, todo va perdiendo fuerza y calor. 

No son pocos los que, aun llamándose cristianos, viven extraños a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef 2,12). Una sociedad desesperanzada carece de metas, es pasiva y vive en busca de la seguridad.

La confianza en Dios y en su fidelidad, la fe en sus promesas son las que garantizan la realidad de este futuro (Hb 11,1) y permiten por lo menos entrever sus maravillas. Las promesas de Dios revelaron poco a poco a su pueblo el esplendor de este porvenir, que no será una realidad de este mundo, sino una patria mejor, es decir, celestial (Hb 11,16): la vida eterna, en la que el hombre será semejante a Dios.

Cristo es nuestra esperanza (1Tm 1,1), el que esperó y vivió la tensión de la esperanza. Desde tal esperanza aprendemos a creer en Dios y descubrir el sentido de las cosas. Toda la fuerza de nuestra esperanza se basa en su vuelta (Hch 1,11). Nuestra esperanza se funda en la resurrección de Jesucristo. Esperar contra toda esperanza nace del resucitado por Dios. 

Él ha sido el primer resucitado de entre los muertos (Col 1,18). La resurrección de Jesús es garantía de la nuestra. Dios que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros por su fuerza (1Co 6,14). El Dios Amor (1Jn 4,8) es para el cristiano el Dios de la espe¬ranza (Rm 15,13). Dios se ha manifestado a favor nuestro, por lo que hay motivos para tener con¬fianza, una esperanza mejor (Hb 7,19). Cuando esperamos contra toda esperanza somos testigos de lo gratuito. 

Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21,1). La esperanza cristiana no es pasiva, es pasión por lo nuevo y camino eficaz del futuro. Éste se proyecta confiado en Dios, pero con la colaboración de todos los humanos. 

La esperanza de la Iglesia es gozosa (Rm 12,12), incluso en el sufrimiento (1P 4,13), pues la gloria que se espera es tan grande (2Co 4,17) que repercute ya en el presente (1P 1,8s). Esta esperanza engendra sobriedad (1Ts 5,8) y conversión (Tt 2,12). A los discípulos desesperanzados y temerosos Jesús les repetía: No se turbe vuestro corazón (Jn 14,1), porque volveré y os alegraréis (Jn 16,22). 

La tenacidad en la fe, en el amor y esperanza nos ayuda a mantenernos firmes, con un espíritu cristiano, en los momentos de prueba, pues la tribulación produce la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada esperanza (St 1,2-3). La esperanza es gozosa, paciente y confiada. Gozosa por el bien que se espera y por la ilusión con que se espera. La alegría y la paciencia son hijas de la esperanza y son dos alas que nos permiten volar por encima de todas las dificultades. La esperanza cristiana tiene un fundamento último en Dios que no nos puede fallar, porque es imposible que Dios mienta (Hb 6,18), porque Él permanece fiel (2Tm 2,13).

Debemos esperar con paciencia y confianza un mundo mejor, y debemos hacerlo con una espera activa y colectiva. Debemos esperar como la madre, el enfermo, el preso... como tanta gente que vive de esperanza. Es necesario que brote la esperanza en nuestras vidas. Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma, y, ensanchándola, la hace capaz de sus dones. Deseemos, pues, hermanos, ya que hemos de ser colmados (san Agustín).

Y junto a esos deseos hay que pedir, también, al Señor, que fortifique los corazones, que haga fuertes las rodillas de los débiles, que cure las heridas de los enfermos, que devuelva la alegría y la esperanza a los tristes y deprimidos. 

Santo Evangelio 17 de Enero de 2013

Día litúrgico: Viernes I del tiempo ordinario

Santoral 17 de Enero: San Antonio, abad
Texto del Evangelio (Mc 2,1-12): Entró de nuevo en Cafarnaum; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra. 

Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». 

Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?». Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, toma tu camilla y anda?’ Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’». 

Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida».


Comentario: Rev. D. Joan Carles MONTSERRAT i Pulido (Sabadell, Barcelona, España)
Hijo, tus pecados te son perdonados (...). A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa

Hoy vemos nuevamente al Señor rodeado de un gentío: «Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio» (Mc 2,2). Su corazón se deshace ante la necesidad de los otros y les procura todo el bien que se puede hacer: perdona, enseña y cura a la vez. Ciertamente, les dispensa ayuda a nivel material (en el caso de hoy, lo hace curando una enfermedad de parálisis), pero —en el fondo— busca lo mejor y primero para cada uno de nosotros: el bien del alma.

Jesús-Salvador quiere dejarnos una esperanza cierta de salvación: Él es capaz, incluso, de perdonar los pecados y de compadecerse de nuestra debilidad moral. Antes que nada, dice taxativamente: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (Mc 2,5). Después, lo contemplamos asociando el perdón de los pecados —que dispensa generosa e incansablemente— a un milagro extraordinario, “palpable” con nuestros ojos físicos. Como una especie de garantía externa, como para abrirnos los ojos de la fe, después de declarar el perdón de los pecados del paralítico, le cura la parálisis: «‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos» (Mc 2,11-12).

Este milagro lo podemos revivir frecuentemente nosotros con la Confesión. En las palabras de la absolución que pronuncia el ministro de Dios («Yo te absuelvo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo») Jesús nos ofrece nuevamente —de manera discreta— la garantía externa del perdón de nuestros pecados, garantía equivalente a la curación espectacular que hizo con el paralítico de Cafarnaum.

Ahora comenzamos un nuevo tiempo ordinario. Y se nos recuerda a los creyentes la urgente necesidad que tenemos del encuentro sincero y personal con Jesucristo misericordioso. Él nos invita en este tiempo a no hacer rebajas ni descuidar el necesario perdón que Él nos ofrece en su alcoba, en la Iglesia.

San Antonio Abad, 17 de Enero


17 de enero

San Antonio Abad
(† 356)


El lector habrá de hacer un esfuerzo y trasladarse con nosotros muy lejos, en el tiempo y en el espacio. Debemos situarnos en el bajo Egipto, cerca del gran Delta del Nilo, al Sur de Menfis, en un pequeño poblado, Queman, que seguramente se identifica con el actual Quaeman - el -‘Arous, allá por la segunda mitad del sigo III.

Era Egipto, en aquellos tiempos agitados por las herejías, en especial por el arrianismo, foco de correcta ortodoxia y cuna de varones ilustres, luchadores gigantescos contra Arrio y sus secuaces. No obstante las persecuciones, florecía la Iglesia en todo sentido y es entonces cuando comienza a notarse el fenómeno de algunos cristianos que, ansiosos de llevar una vida más perfecta, de acercarse más a Dios sin los estorbos que puede ofrecer el trato con los demás, abandonaban la vida de familia, yéndose a vivir a pequeñas casas situadas cerca de los pueblos donde tenían sus moradas y allí, relativamente solos, se dedicaban a una vida de austeridad y de contemplación.

Entre los ascetas que rodeaban la villa de Queman comenzó a verse, hacia el año 269 (6 271), un joven de dieciocho o veinte años, llamado Antonio.

Era, ciertamente, un joven singular. Sus padres, que acababan de morir, habíanle dejado una copiosa herencia y el cargo de tutelar a una hermaníta menor. Un buen día Antonio entra en la iglesia y escucha del sacerdote las palabras evangélicas: "Ve, vende lo que tienes. dalo a los pobres..." Fue a los seis meses de quedar huérfano, deja sus tierras y posesiones a sus convecinos; vende todos sus muebles, reservando solamente lo necesario para el sustento de su hermana. Pero otra vez escucha en la iglesia la voz del Evangelio que le amonesta a no atesorar para el día de mañana, dejando a Dios todo cuidado. En consecuencia, se despoja definitivamente de todo, confía su hermana a un grupo de vírgenes que observaban los consejos evangélicos viviendo en común y, rompiendo todas las cadenas que le sujetaban al mundo, a imitación de un asceta que vivía a las afueras del pueblo, comienza en una a modo de ermita vida retirada y ascética.

Pasaron años. Luchaba Antonio con todas sus fuerzas por adelantar en el camino emprendido. Frecuentaba el trato de los ascetas vecinos, codicioso de aprender de ellos los secretos del reino de Dios, de imitar sus virtudes. Comenzó a extenderse su fama.

Sí es cierto que todos los santos brillan con fulgor espiritual propio, parece que a San Antonio quiso elegirle Dios para enseñarnos a los demás hombres a luchar contra el demonio. Efectivamente, ya en este primer retiro el enemigo le asalta constante y visiblemente con tentaciones, de impureza sobre todo. Antonio lucha virilmente. Siguiendo el consejo evangélico se da a la oración y al ayuno. Come una vez al día solamente. Pasa las noches en vigilia. Dentro de semejantes luchas y trabajos, Antonio siente en el alma una potente voz interior: la llamada de la soledad absoluta. Había aprendido cuanto los demás podían enseñarle; era capaz ya, sin temeridad alguna, de verse a solas con Dios. Huye hacia los montes líbicos. Encuentra una tumba vacía. Un amigo se presta a llevarle de cuando en cuando el alimento imprescindible. El demonio redobla sus ataques, causando a veces ruidos tan fuertes que daban espanto. Se le aparece bajo la forma de terribles fieras que le originan sufrimientos indecibles; con el aspecto de hermosas mujeres que le invitan a la fornicación. Tan duras son las batallas que ha de sostener, que, en una ocasión. el amigo que le llevaba de comer le encuentra a la entrada de la choza completamente exánime. Creyéndole muerto, se lo lleva a la población vecina y cuando está disponiéndole los funerales, Antonio se recobra y vuelve a su refugio, a la lucha incesante, en medio de la cual a veces viene el Señor a reforzarle en apariciones consolatorias.

Su fama le ha venido siguiendo y los hombres tornan a molestar su quietud. Otra vez vuelve a sentir la apremiante llamada de la soledad. Pasa a la orilla derecha del Nilo. En Pispir, cerca de Der – e l – Meimun, en un repliegue de los montes arábigos, encuentra una vieja fortaleza abandonada en medio de un espantoso desierto, sí bien provista de abundante agua. El edificio estaba infectado de serpientes, que huyen a su sola presencia. Convino Antonio con un amigo que le trajese pan dos veces al año (en Tebas duraba el pan incorrupto hasta un año y era costumbre tebana guardarlo para seis meses). Inmediatamente procedió a defender su soledad levantando un muro que le aislase por completo de la vista y trabo de los hombres, de tal forma que ni aun hablaba con su amigo, quien le arrojaba el pan por encima del muro y de igual forma recogía las espuertas que hacía Antonio para huir de la ociosidad con el trabajo de sus manos. Tenía nuestro asceta treinta y cinco años y corría el 285 de nuestra era.

Aquí pasó veinte años sin interrupción. Sus familiares iban muchas veces a verle para hablar con él; las gentes venían a pedirle consuelos, consejos, milagros. Juntamente con esto sentía redoblarse los ataques del diablo. Los ecos de sus luchas eran tan fuertes y ruidosos, que llenaban de pavor a los viandantes que pasaban cerca del lugar. No obstante hallarse encerrado, debían sus palabras poseer tal fuerza de persuasión que, poco a poco, fueron acudiendo las gentes y acampando de manera estable junto a la fortaleza, a fin de beneficiarse continuamente de sus ejemplos y consejos. Un día ya no pudo contenerse la impaciencia de sus admiradores y, uniéndose, derribaron el muro construido por Antonio. Habían pasado veinte años y no se notaban en su rostro ni en su aspecto huellas de la extrema dureza de su ascesis. Todo él respiraba serenidad e íntima pureza. Pronto se llenó la montaña de hombres que iban a pedirle alientos y fuerzas para llevar una vida semejante a la suya. La montaña se llenó de ermitaños. Constantemente resonaban en ella las divinas alabanzas. Se practicaba una pobreza heroica, una caridad perfecta. Los eremitas vivían solos, o en pequeños grupos. Antonio nunca fue, propiamente, su superior; era, simplemente, una norma de vida, un ejemplo a imitar. Curaba enfermos, expulsaba demonios, enseñaba a amar al prójimo con perfección; amaestraba en la lucha contra el diablo, cuyos ardides y la forma de protegerse de ellos conocía perfectamente. San Atanasio, que fue su discípulo, nos ha recogido su doctrina en forma de un largo discurso: Antonio enseñaba que la meditación de los novísimos fortalece al alma contra las pasiones y el demonio, contra la impureza. Si viviésemos, decía, como si hubiésemos de morir cada día, no pecaríamos jamás. Para luchar contra el demonio son infalibles la fe, la oración, el ayuno y la señal de la cruz. El demonio teme, enseñaba, los ayunos de los ascetas, sus vigilias y oraciones, la mansedumbre, la paz interior, el desprecio de las riquezas y de las glorias vanas del mundo, la humildad, el amor a los pobres, las limosnas, la suavidad de costumbres y, sobre todo, el ardiente amor a Cristo.

Era el 305. Acababa de nacer, aun sin propósito premeditado de Antonio, el monacato oriental. Y aunque hubo quienes expresaron sus temores acerca de una posible infiltración de espíritu de independencia y separación de la Iglesia, la probada ortodoxia y la prudencia del Santo lograron que tal género de vida se impusiese poco a poco y terminara constituyendo un inapreciable sostén para la Iglesia de la época.

La soledad de Antonio no era infecunda. Enseñaba a preferir sobre todas las cosas la caridad. Así, cuando en el 311 estalló la persecución de Maximino, Antonio voló a Alejandría con algunos de sus monjes para fortalecer a los perseguidos por la fe y compartir con ellos el martirio. Nadie, sin embargo, se opuso a su propósito ni les infirió daño alguno, de forma que, terminada la persecución, volvieron a Pispir.

Antonio volvió cambiado: había comprendido – y lo supo viendo sufrir a los mártires – que el signo de su vivir era la cruz perfecta. Redobló su ascetismo, multiplicó los ayunos, durmió en la tierra desnuda o en tablas. Nunca se lavó, cambió de ropa, ni usó aceites o perfumes (se piense lo tremenda que es tal mortificación en el Egipto, donde el baño constituye una auténtica necesidad corporal). Y otra vez la llamada del espíritu resonó, fuerte, muy fuerte, en su corazón. Su viaje a Alejandría, su vida entera, le habían hecho más y más famoso entre las gentes, que afluían a él sin cesar. Sintió peligrar su humildad, su silencio. Dios le inspiró de nuevo. Un buen día una caravana de beduinos que iba a internarse en el desierto contempló a un hombre extraño que les pedía unirse a ellos durante el viaje. Vestía túnica de pelos de camello, sujeta por cinturón de cuero; un manto de piel de carnero, con capucha caída por la espalda. Parecía totalmente endiosado.

Fue una larga y dura caminata. Los camellos de los beduinos se internaban por un desierto sin límites, sólo alterado por las dunas; bañado por las noches de un inusitado fulgor de estrellas; abrasado durante el día por el ardiente sol. Tres días con sus noches. A medida que el paso de los camellos iba alejándole de Pispir con sus monjes contemplativos y. sus multitudes ansiosas de curaciones y milagros, Antonio se sentía caminar derecho a la consumación de su vocación. Sabía que Dios le aguardaba en el desierto, lejos, muy lejos de todo.

Llegaron por fin. Habían caminado hacia Oriente, hacia el mar Rojo. Muy cerca ya de éste, en el monte Qolzoum, encontraron un pequeño oasis lleno de palmeras y con alguna tierra laborable. Allí quedó Antonio. Era el año 312; acababa de fundar lo que había de llamarse monasterio de Deir - el - 'Arab.

Los beduinos le proporcionaron una azada y algunas semillas. Algunos discípulos, que no tardaron en visitarle a pesar de los horrores del desierto, le llevaron trigo. Antonio se preocupó de sembrar un trozo de tierra, a fin de poder ayudar a los peregrinos y visitantes. Allí permaneció absolutamente solitario durante dieciocho años, hasta quince antes de su muerte, en que admitió la presencia estable de sus dos discípulos Amathas y Macario.

La vida del Santo en los años siguientes se revela extraordinaria. Regularmente visitaba el monasterio de Pispir, donde le aguardaban sus discípulos y las turbas venían a pedirle milagros. Solamente algunos, los más valientes, se atrevían a visitarle en Deir – el –Arab. Uno de éstos fue San Atanasio, el campeón de la ortodoxia oriental contra los arrianos, quien más tarde escribió su vida, contribuyendo con ello a esparcir por el mundo los ideales de nuestro asceta. Allí le escribió el emperador Constantino pidiéndole sus Oraciones.

Allí refutó filósofos griegos y herejes arrianos, quienes atraídos por su fama y por la circunstancia de que Antonio era analfabeto, fueron a probar su sabiduría. Desde allí combatió el cisma de Melecio de Nicópolis; escribió duramente al obispo Gregorio, suplantador fraudulento de San Atanasio, y a Balacio, quienes habían desencadenado una violenta persecución contra los ascetas y vírgenes ortodoxos; sostuvo el prestigio de San Atanasio.

El 340 fue a visitar a San Pablo, el primer ermitaño. A su llegada. el cuervo que todos los días llevaba a Pablo medio pan como alimento, trajo un pan entero para los dos solitarios.

Antonio se había convertido casi en personaje de leyenda. La fama de sus milagros. de sus doctrinas, de sus austeridades, la noticia de su extremada soledad, habían llenado el mundo de Oriente. Pasaron los años, subido en la contemplación de las noches del desierto, que tan extraño poder tienen para llevar las almas a Dios, para excitar el deseo de los bienes eternos.

Probablemente en el año 355, último de su vida (otros señalan el 338, a la vuelta del primer destierro de San Atanasio), fue a visitar a éste en Alejandría. para animarle y sostenerle con su autoridad legendaria en la lucha contra los arrianos y melecianos. Es indescriptible la impresión que su presencia y sus milagros causaron en la ciudad, donde convirtió muchos herejes e infieles.

Finalmente, el 17 de enero del 356, luego de haber anunciado su muerte, haberse hecho prometer por sus dos discípulos que a nadie revelarían el secreto de su tumba, a fin de evitar honores póstumos; luego de haberles exhortado a la pureza de la fe, entregó su alma a Dios. Antes quiso legar a San Atanasio su túnica de piel de carnero y el antiguo manto que el mismo Atanasio le había regalado y que durante muchos años le había servido de lecho y abrigo. Otro manto dejó a Serapión, obispo de Thmuis. Con ello simbolizaba su unión con la jerarquía y el espíritu de su neta ortodoxia.

En Occidente, desde el 1089, se le comenzó a venerar como abogado contra la peste y epidemias, llegando a fundarse incluso una Orden hospitalaria bajo su advocación.

No obstante la dureza de la vida de San Antonio, podemos apreciar en ella contrastes que nos enseñan cómo algunas veces la santidad suple muchos valores humanos y cómo en otras no solamente no los suprime, sino que los supone y realza.

Cuenta San Atanasio, que le conoció bien, cómo, a pesar de sus ayunos, de su austeridad, jamás exageró. Supo guardar siempre la justa medida; prohibió las demasías en la mortificación entre sus discípulos; enseñó a valorar sobre las cosas exteriores la pureza de corazón y la confianza en Dios. De ordinario mostraba una faz tan resplandeciente de alegría, que por ella le conocían quienes no le habla visto nunca antes. Murió sonriendo.

A pesar de haberse criado y haber envejecido en el desierto, nada se observaba de agreste en sus maneras, sino que todo él respiraba una exquisita educación.

Sorprende su intrépido espíritu apostólico y la integridad de su fe, que le constituyeron en uno de los paladines de la ortodoxia de su tiempo.

No prescribió reglas, ni hábitos especiales a sus discípulos (las reglas que circulan bajo su nombre son apócrifas), pero su influjo personal fue tan hondo que pronto se pobló Egipto, en sus lugares más desérticos y apartados (Celdas, Escita, Nitria), la Siria y el Asia Menor, de monjes que de una forma u otra copiaron su género de vida, que aún perdura en cierto modo entre los monjes del Monte Athos, los cartujos y los camaldulenses.

Sin embargo, la vida de San Antonio encierra una ejemplaridad superior. Es todo un símbolo. Nos dice que los peores enemigos del hombre no son los externos. En la soledad más estricta el hombre lleva consigo su naturaleza caída, propensa al orgullo, a la soberbia interior, a la lujuria, a la que es preciso vigilar y mortificar constantemente si el alma quiere verse libre de sus flaquezas y encontrar a Dios en la paz. Por otro lado, el demonio se encarga de afligir con sus tentaciones (presunción, soberbia, desánimo, falta de fe y confianza) al más retirado de los ermitaños. Es decir, que la vida cristiana es, esencialmente, lucha. Podremos huir del mundo; no podemos despojarnos de nosotros mismos, no podemos evitar los asaltos del demonio, que da vueltas en torno a nosotros buscando a quien devorar, como nos enseña San Pedro. Por eso el desierto se ha convertido en símbolo de lugar de tentaciones y los antiguos lo identificaron muchas veces cual morada de espíritus malignos.

Otra lección del Santo es el inestimable precio de la soledad interior para quien de veras desea darse del todo a Dios. Es menester que ninguna criatura ocupe indebidamente nuestro corazón, que sepamos tenerlo desprendido de todas, de forma que ninguna nos pueda ser impedimento a nuestra carrera hacia la unión con Dios. Espíritu de soledad que, como vemos en nuestro Santo, no es sino una forma superior de caridad, porque solamente el hombre que se ha purificado en soledad, en mortificación, en oración, es capaz de sentir fielmente la caridad y de ejercitarla exponiendo su vida. El solitario, de ninguna manera si es auténticamente discípulo de Cristo se desentiende de los demás. Como puede, desde su soledad, lucha por sostener en la fe, se inmola por su salvación, socorre las almas y los cuerpos. Pocos hombres de su tiempo hicieron tanto bien como San Antonio. La religión cristiana, como enseñaba a sus discípulos para combatirles una desordenada propensión a la soledad egoísta y cómoda, es una profesión, de caridad fraterna.

El solitario no ha de dudar en abandonar su refugio cuando lo piden así las necesidades de la Iglesia y de las almas. Soledad, caridad, las dos inmortales lecciones de San Antonio, o lo que es lo mismo, acción y contemplación, oración y apostolado, dos ejes aparentemente opuestos, pero que se conjugan perfectamente cuando el espíritu que los anima es legítimo espíritu de Cristo. Todos necesitamos ser un poco eremitas si es que, en definitiva, queremos triunfar de los asaltos del demonio y aprender el sublime arte de amar, por Cristo, a nuestros hermanos.

Fray Pedro de Alcántara, O. F.M. 

16 ene. 2014

Perdonar, sanar, restaurar, renovar...

Perdonar, sanar, restaurar, renovar...

Y el perdón... es la medicina que sana el dolor del alma, es el sentimiento que devuelve la esperanza, es el milagro que renueva o restaura, es la magia que nos permite recordar sin sufrir
Autor: P. Jaime Forero | Fuente: Fray Nelson

"El mayor espectáculo del mundo es ver un hombre esforzado luchando solo contra la adversidad; pero hay uno todavía más sorprendente y es el ver a otro hombre lanzarse en su ayuda sin que este se lo pida"

Valores humanos: viviendo la sobriedad. Vivir la sobriedad nos permite controlar nuestros deseos e impulsos, sin embargo no siempre es fácil saber aplicar este valor en la vida ordinaria.

Porque existen recuerdos, situaciones, acontecimientos, personas, que más que huellas han dejado heridas en el alma y se convierten en la piedra en el zapato que no nos deja avanzar puesto que duele y lastima cada vez que intentamos caminar. Por esto urge, es necesario aprender a perdonar...

Y el perdón... es la medicina que sana el dolor del alma, es el sentimiento que devuelve la esperanza, es el milagro que renueva o restaura, es la magia que nos permite recordar sin sufrir, y muchas veces olvidar aquello que tanto nos hizo llorar, nos robó la fe en el amor, en la amistad, en Dios, en uno mismo, en los demás.

Perdonar: Por ello debemos aprender a Perdonar; quizás a Dios, no porque haya hecho algo mal... sino por aquello por lo que lo hemos culpado: enfermedades, accidentes, consecuencias de los errores de la humanidad, infertilidad, hijos con características no esperadas, abundancias o carencias, inconformidades propias que nos impiden encontrar la paz. Hacemos de nuestra oración un muro de lamentos, nos alejamos de El porque no logramos entender o discernir cuál es su voluntad, le culpamos de los errores de otros...

Sanar: Para poder renovar nuestro interior, es preciso liberar de toda culpa a Dios, aprender a descubrir y experimentar su inmenso amor y encontrar en él la sanación interior...

Hay casos en los que nos cuesta reconocer, que es a nosotros mismos a los que debemos perdonar; porque nos culpamos de muchas de las cosas que pasan a nuestro alrededor, juzgamos muy severamente nuestros errores, nos atormentamos por lo que dejamos de hacer o hicimos mal; divorcios, muertes, separaciones, palabras dichas y otras que no se dijeron, flores marchitas, historias de amor y amistad que no lograron terminar de escribirse o que tuvieron un triste final... y nos quedamos estancados en el pasado sin poder avanzar; negándonos la oportunidad de empezar de nuevo, liberarnos, restaurar, renovar...

Perdonarnos, es ser capaces de aceptar e indultar nuestra propia humanidad; pasar la hoja, atrevernos a escribir un nuevo capítulo de nuestra historia personal.

Para encontrar la paz del alma, hace falta perdonar también a los demás; la palabra que dolió, la traición que golpeó, la acción que la vida destrozó, el abandono que dejó vacíos internos, la omisión, la indiferencia, los acosos, el cansancio, la fragilidad humana del otro que tanto hirió, que robó La fe, la esperanza de creer en el amor, en la amistad, aún en el mismo perdón...

Perdonar al otro es liberarnos de sentimientos que causan mucho más dolor; porque nos encasillan en hechos que ya pasaron, en tormentas que cesaron, en diluvios y terremotos que aunque arrasaron con lo mejor de nosotros mismos, no todo se lo han robado; porque mientras nuestro corazón siga latiendo, tenemos la oportunidad de seguir viviendo, restaurando lo que está destruido, renovar el corazón herido, devolviendo la fe y la paz que se había perdido...

Restaurar: El perdón sale de nosotros mismos, de nuestra capacidad de amar, de volver a empezar... El aprender a perdonar surge de esa experiencia que tengamos del Amigazo Dios que nos enseñó a perdonar, saldando El mismo todas nuestras deudas, liberándonos de toda culpa, regalándonos la nueva vida en el amor que a diario nos manifiesta, en esa cruz, que más que condenarnos nos redime y nos libera...

Perdonar es empezar de nuevo, amar con tanta intensidad que hagamos del perdón el milagro que restaure nuestra vida, le devuelva la paz y la esperanza perdida; y nos llene de fuerza y fe para hacer nuestros sueños realidad....

Renovar: Por ello, revisa tu interior y piensa: ¿Qué te hace falta perdonar? ¿Qué te impide avanzar?... ¿Estás listo para empezar de nuevo, reparar, restaurar, renovar?... Solo Dios nos da esa capacidad de perdonar; de El recibimos y aprendemos el perdón que le devuelve la paz al corazón... Cada día en nuestra oración repetimos: Perdónanos como perdonamos... Digámosle también, enséñanos a perdonar como Tu nos has perdonado...

El autor es el P. Jaime Forero, Terciario Capuchino fallecido el 11 de Abril de 2007, aunque él se apoyó ampliamente en textos de otros autores, de modo que su trabajo no tiene pretensión de originalidad sino sólo de servicio.

Santo Evangelio 16 de Enero de 2014



Día litúrgico: Jueves I del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 1,40-45): En aquel tiempo, vino a Jesús un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio». 

Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes.



Comentario: Rev. D. Xavier PAGÉS i Castañer (Barcelona, España)
‘Si quieres, puedes limpiarme’ (...). ‘Quiero; queda limpio’

Hoy, en la primera lectura, leemos: «¡Ojalá oyereis la voz del Señor: ‘No queráis endurecer vuestros corazones’!» (Heb 3,7-8). Y lo repetimos insistentemente en la respuesta al Salmo 94. En esta breve cita, se contienen dos cosas: un anhelo y una advertencia. Ambas conviene no olvidarlas nunca. 

Durante nuestro tiempo diario de oración deseamos y pedimos oír la voz del Señor. Pero, quizá, con demasiada frecuencia nos preocupamos de llenar ese tiempo con palabras que nosotros queremos decirle, y no dejamos tiempo para escuchar lo que el Buen Dios nos quiere comunicar. Velemos, por tanto, para tener cuidado del silencio interior que —evitando las distracciones y centrando nuestra atención— nos abre un espacio para acoger los afectos, inspiraciones... que el Señor, ciertamente, quiere suscitar en nuestros corazones.

Un riesgo, que no podemos olvidar, es el peligro de que nuestro corazón —con el paso del tiempo— se nos vaya endureciendo. A veces, los golpes de la vida nos pueden ir convirtiendo, incluso sin darnos cuenta de ello, en una persona más desconfiada, insensible, pesimista, desesperanzada... Hay que pedir al Señor que nos haga conscientes de este posible deterioro interior. La oración es ocasión para echar una mirada serena a nuestra vida y a todas las circunstancias que la rodean. Hemos de leer los diversos acontecimientos a la luz del Evangelio, para descubrir en cuáles aspectos necesitamos una auténtica conversión.

¡Ojalá que nuestra conversión la pidamos con la misma fe y confianza con que el leproso se presentó ante Jesús!: «Puesto de rodillas, le dice: ‘Si quieres, puedes limpiarme’» (Mc 1,40). Él es el único que puede hacer posible aquello que por nosotros mismos resultaría imposible. Dejemos que Dios actúe con su gracia en nosotros para que nuestro corazón sea purificado y, dócil a su acción, llegue a ser cada día más un corazón a imagen y semejanza del corazón de Jesús. Él, con confianza, nos dice: «Quiero; queda limpio» (Mc 1,41).

San Marcelo I, Papa y Mártir, 16 de Enero

16 Enero

San Marcelo I, Papa y Mártir
(† 308)

En la serie de los romanos Pontífices, San Marcelo hace el número treinta. Su pontificado es de muy escasa duración, un año nada más, que transcurre del 308 al 309. Todavía no era la suya una época muy apta para los pontificados largos, aun cuando la salud personal lo hubiera permitido. Si cualquier simple cristiano corría continuos peligros de perder la vida, mucho más los que por imperativo del deber tenían que actuar como jefes de la perseguida comunidad, en este caso con el carácter supremo y forzosamente visible a que su jerarquía le obligaba.

La Iglesia era ya una verdadera potencia en este tiempo. La fuerza avasalladora de su espíritu había ido superando todas las dificultades que, a lo largo del siglo II se levantaron contra ella. Las persecuciones de Decio y Valeriano sirvieron para robustecería. Y cuando el último de éstos murió, prisionero de los persas, su hijo y sucesor, Galieno, optó por abrir una era de tolerancia, como quien está convencido de que era imposible, e incluso injusto, destruir aquella religión que tan firmes raíces había logrado echar en el alma de sus seguidores.

¿Progresaría este convencimiento en sus inmediatos sucesores? La Providencia tenía dispuesto que no fuera así. Todavía habían de tardar en aparecer en el horizonte los días de la paz y la victoria definitivas. Durante los años 284 al 305 tiene lugar el largo reinado de Diocleciano, el cual, respetuoso para con los cristianos, sólo al final se desató en una implacable persecución que había de ser la última, pero también la más violenta y general de cuantas se habían decretado. En los años 303 al 305, cediendo a las instigaciones de Valerio, firmó el emperador sucesivos edictos persecutorios, y en todas las regiones del Imperio, excepto en las Galias y Gran Bretaña, innumerables mártires sellaron con su vida la fe que proclamaban. El papa San Marcelino fue una de sus víctimas en el año 304.

Sucedió a este Pontífice en la silla de Pedro, el presbítero romano Marcelo, que había sido, en los días de la persecución, uno de aquellos héroes tan frecuentes en la Iglesia de entonces, firmes puntales de la comunidad combativa, a la que, superando dificultades sin cuento, había tratado de sostener con su intrépida caridad y arrojado celo. De él la historia nos dice poco, y la leyenda no mucho. Empezando por la fecha misma de su elección, nos encontramos con que ésta no pudo hacerse hasta mayo o junio del 308, según el catálogo liberiano, o en el 307, según otras fuentes, lo cual significa que hubo un paréntesis de tres o cuatro años, desde la muerte del papa anterior, en que la Iglesia estuvo privada de su jefe visible. Al dolor de la sangre derramada por tantos hijos suyos se unió también el de orfandad y el de desamparo.

No hace falta esforzarse mucho para comprender que la única explicación de este hecho se halla en lo inseguro y turbulento de la situación político - religiosa de la época. Era imposible, mientras duraba la tempestad, que se reunieran los obispos que habían de intervenir en la elección. Es cierto que Diocleciano abdicó en el 305, y la persecución cesó. Pero no fue así en el Oriente, y aun en la misma Roma aparecieron intermitentes brotes de la misma aun después de que Majencio quedó como único dueño de esta parte del Imperio.

Elegido, por fin, Marcelo, su tarea principal fue restaurar la disciplina eclesiástica, harto quebrantada como consecuencia de la anterior situación, y reorganizar la jerarquía en los diversos grados entonces existentes Era un hombre de carácter enérgico, aunque templado y sereno; enemigo de estridencias, pero muy tenaz en sus propósitos y valeroso en el mantenimiento de las resoluciones adoptadas. Los que le eligieron conocían sus dotes, y sabían muy bien que era el hombre que las circunstancias reclamaban.

La persecución, sabiamente dirigida mientras duró, había atacado ante todo la organización misma de la vida de la Iglesia. Sus principales objetivos fueron arrasar los templos y lugares de reunión de los cristianos, quemar los libros sagrados y documentos de los archivos, y llevar a la apostasía o a la muerte a los sacerdotes, con preferencia a los simples fieles.

El nuevo Papa se dedicó ardorosamente a habilitar nuevas iglesias, restableció o elevó a veinticinco los títulos presbiterales de la ciudad de Roma, equivalentes a otras tantas parroquias, consagró nuevos obispos y sacerdotes, estableció un nuevo cementerio, que llegó a hacerse famoso, en la Vía Salaria, y abrió las puertas de la reconciliación, no sin exigir la debida penitencia, a quienes, más débiles que apóstatas, se habían separado de la Iglesia en los días amargos y buscaban ahora el abrazo del perdón. Eran los "lapsi" famosos que, con su presencia, tantas veces dieron ocasión en la Iglesia primitiva a conflictos de diversa índole y a doctrinas encontradas, bien por su intolerable rigorismo, bien por su indulgencia inadmisible. De esto último se resentía ahora la tendencia que trataba de prevalecer en Roma. Querían muchos que los que habían sido apóstatas fuesen de nuevo admitidos en la Iglesia sin hacer penitencia. A ello se opuso terminantemente el papa Marcelo.

Con tal motivo, la situación se hizo demasiado tensa entre los partidarios de una y otra tendencia, y llegaron a producirse disturbios y revueltas callejeras en Roma, incluso con derramamiento de sangre. Tachaban al Pontífice de demasiado riguroso, siendo así que él no hacía otra cosa más que mantener la necesaria disciplina penitencial. Esto es lo que dio origen a los llamados cismas romanos. semejantes en algún sentido a los que, por razones de la misma índole, surgirían poco después en Egipto con Melecio y en Africa con los donatistas.

Majencio, que a la sazón gobernaba en Roma, hizo responsable de todo al papa Marcelo y le condenó al destierro, brutal atropello equivalente a un acto de auténtica persecución. No sólo se trataba de la usurpación de funciones en materia religiosa, que en, modo alguno le correspondía. sino de odio manifiesto a la firme actitud que el Pontífice mantenía en defensa de la pureza de la fe y la moral cristiana, y como restaurador de la jerarquía y sus derechos. Poco tiempo después. en enero del 309, según el citado, catálogo, o del 308 según otros, moría el santo Pontífice en su destierro, consumido de dolor y privaciones.

A estos datos, de los que claramente se hace eco San Dámaso en el epitafio que medio siglo después redactó para honrar la memoria de Marcelo, se añaden algunos otros que sólo se encuentran en actas compuestas varios siglos más tarde, en las cuales resulta difícil distinguir lo verdaderamente histórico de lo que la piadosa leyenda pudo haber añadido. Se nos dice que fue condenado a cuidar, como mozo de establo, las bestias de las caballerizas públicas de Roma, hasta que una piadosa matrona cristiana, Lucila, le brindó refugio oculto en su propia mansión. Transformada ésta más tarde en iglesia, a ella acudían los cristianos y desde allí seguía ejerciendo su acción pastoral el perseguido Pontífice. Incluso se habla de unas cartas que escribió a los obispos de Antioquía recomendándoles encarecidamente la unión con la sede de Roma. Hasta que por fin, de nuevo descubierto, el perseguidor llevó su ensañamiento al extremo de trasladar los animales a la casa de Lucila, que, de iglesia, se transformó nuevamente, ahora en un inmundo establo, en el cual se extinguió el valeroso Pontífice en un silencioso y lento martirio, nunca rendido su espíritu indomable. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Priscila.

Marcelo González.





San Marcelo I, Papa 
Ha de ser un fenómeno inexplicable, para los que no crean o no conozcan las promesas de Jesús, la permanencia ininterrumpida de los sucesores de San Pedro, al frente de la Iglesia. En el caso de San Marcelo hubo un intervalo, debido a las crueles persecuciones romanas que sufrió la Iglesia, pero la barca de Pedro salió de nuevo a flote. 

San Marcelo I, es el número treinta de la serie de los Papas. Su pontificado fue muy corto, del año 308 al 309. Pero más largo que el de Marcelo II, en tiempos de San Ignacio de Loyola, que duró apenas tres semanas. 

La Iglesia había salido robustecida de las persecuciones del siglo III. Hubo después de Decio y Valeriano un tiempo de tolerancia que no duró mucho. Diocleciano, en su largo reinado, del año 284 al 305, fue respetuoso al principio. 

Pero al final, del año 303 al 305, se desató una violenta persecución, la más fuerte de las habidas hasta entonces. El emperador publicó varios edictos persecutorios, y en las diversas regiones del Imperio hubo muchos mártires, entre ellos el Papa San Marcelino en el año 304. 

Marcelo, que había querido acompañar al Papa en el martirio, fue en las persecuciones el gran animador de la vida cristiana por su caridad y su celo apostólico. Su elección como Papa no pudo hacerse hasta el año 308, según las fuentes más verosímiles, cuatro años después del martirio del Papa San Marcelino. La triste situación de la época obstaculizaba la reunión de los Obispos que habían de elegirle, pues aunque Diocleciano abdicó el año 305, las dificultades siguieron con su sucesor Majencio. 

Los Obispos comprendieron que Marcelo era el hombre que las circunstancias requerían. La persecución había atacado principalmente la organización de la vida de la Iglesia. Habían destruido los templos, quemado los libros sagrados, habían llevado a la apostasía o a la muerte preferentemente a Sacerdotes. Hacía falta, pues, un hombre de temple, suave y fuerte, que restaurara sobre todo la disciplina y la jerarquía. 

El nuevo Papa construyó nuevos templos, consagró Obispos y Sacerdotes, colocó 25 Sacerdotes muy elegidos en otras tantas iglesias de Roma, estratégicamente situadas, y estableció un nuevo cementerio, en la Vía Salaria, con la ayuda de una noble y rica matrona romana, Santa Priscila, que se dedicaba a socorrer a los mártires, a los que luego sepultaba. 

Un problema espinoso tenía que afrontar el Papa. Eran los famosos "lapsi", que por debilidad se habían apartado de la Iglesia en la persecución. Unos exigían un rigorismo intransigente, otros una indulgencia demasiado blanda. El Papa impuso su autoridad. Abrió a todos las puertas de la reconciliación, pero a todos se exigiría la debida penitencia. 

Algunos aún trataron al Papa de demasiado riguroso, lo que originó disturbios y revueltas en Roma, y los llamados "cismas romanos". Con el pretexto de las citadas revueltas, Majencio el ursurpador, que ya que se encontraba seguro, se revolvió contra el Papa. San Marcelo fue primero cruelmente azotado y después condenado a cuidar bestias en las caballerizas romanas. 
En enero del año 309 moría San Marcelo en silencioso martirio. Sus restos descansan bajo el altar mayor de la Iglesia, levantada en su honor, en la ciudad de Roma, en la Vía del Corso, en el lugar donde antes se levantara el establo público al que fue conducido Marcelo.

15 ene. 2014

Santo Evangelio 15 de Enero de 2014



Día litúrgico: Miércoles I del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mc 1,29-39): En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles. 

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían. 

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.



Comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)
De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración

Hoy vemos claramente cómo Jesús dividía la jornada. Por un lado, se dedicaba a la oración, y, por otro, a su misión de predicar con palabras y con obras. Contemplación y acción. Oración y trabajo. Estar con Dios y estar con los hombres.

En efecto, vemos a Jesús entregado en cuerpo y alma a su tarea de Mesías y Salvador: cura a los enfermos, como a la suegra de san Pedro y muchos otros, consuela a los tristes, expulsa demonios, predica. Todos le llevan sus enfermos y endemoniados. Todos quieren escucharlo: «Todos te buscan» (Mc 1,37), le dicen los discípulos. Seguro que debía tener una actividad frecuentemente muy agotadora, que casi no le dejaba ni respirar.

Pero Jesús se procuraba también tiempo de soledad para dedicarse a la oración: «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración» (Mc 1,35). En otros lugares de los Evangelios vemos a Jesús dedicado a la oración en otras horas e, incluso, muy entrada la noche. Sabía distribuirse el tiempo sabiamente, a fin de que su jornada tuviera un equilibrio razonable de trabajo y oración.

Nosotros decimos frecuentemente: —¡No tengo tiempo! Estamos ocupados con el trabajo del hogar, con el trabajo profesional, y con las innumerables tareas que llenan nuestra agenda. Con frecuencia nos creemos dispensados de la oración diaria. Realizamos un montón de cosas importantes, eso sí, pero corremos el riesgo de olvidar la más necesaria: la oración. Hemos de crear un equilibrio para poder hacer las unas sin desatender las otras.

San Francisco nos lo plantea así: «Hay que trabajar fiel y devotamente, sin apagar el espíritu de la santa oración y devoción, al cual han de servir las otras cosas temporales».

Quizá nos debiéramos organizar un poco más. Disciplinarnos, “domesticando” el tiempo. Lo que es importante ha de caber. Pero más todavía lo que es necesario.

San Mauro, 15 de Enero

15 de Enero

San Mauro

Autor: Archidiócesis de Madrid 


Nació en Roma de una familia ilustre el año 511. Se educa desde su adolescencia bajo la dirección de S. Benito, llegando a ingresar en su orden donde llega a ser Abad y fundador de muchos monasterios en Francia. Taumaturgo por el episodio del estanque con el niño Plácido, la curación de los menesterosos y sus relaciones con el conde Gaidulfo, enemigo funesto de los monjes franceses. Su gran espíritu de penitencia le impulsa a retirarse a bien morir. Entrega su alma a Dios el 15 de enero del 583. 

Al no constar el tiempo en que llegaron sus reliquias a Extremadura, sólo se puede afirmar ser muy antigua su veneración. El Sínodo diocesano de 1501 se expresa en estos términos: "Y así mismo, mandamos que en el lugar de Almendral se denuncie por fiesta de guardar el día de santo Mauro, por cuanto allí está el cuerpo". El Arcipreste de Santa Justa en Toledo, Julián Pérez llega a firmar que en 1130 ya se celebraba su memoria en Almendral según costumbres de muchos años antes, que en opinión de Solano de Figueroa sería a final de la monarquía goda, opinión no compartida hoy. 

Cuando él es visitador general del Obispado en 1658 indaga sobre el asunto y recoge la tradición de que los benedictinos fueron sus portadores, aunque no hay papeles de bulas pontificias que lo acrediten debido a la desaparición de documentos por un incendio. 

Fueron trasladadas dichas reliquias a la Catedral por el Obispo benedictino de Badajoz D. Fray José de la Zerda el 1643, continuando parte en Almendral, como lo fuera en Fosano, Montecasino y Marsella. La guerra con Portugal, que comenzó el 1640, obligó a dicho traslado por los motivos de seguridad. El 8 de Abril de 1668 ordena al cabildo entregar el cuerpo de San Mauro a la villa de Almendral. La entrega la hacen el 29 del mismo mes, los capitulares Juan Rebolero y Pedro Lepe. Quedó una reliquia en la Seo de la catedral, encargándosele a Solano de Figueroa la depositara en el relicario. 

La Iglesia y obispado de Badajoz celebraba el 15 de Enero al Santo Abad.

14 ene. 2014

De la vergüenza al perdón

De la vergüenza al perdón

Sólo el enfermo que descubre su mal acude al médico. Sólo quien reconoce sus miserias invoca a Dios para pedir misericordia. 
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net


Hay momentos en los que miramos, en serio, el fondo de nuestras almas. Descubrimos, entonces, luces y sombras, generosidad y egoísmo, justicia y traiciones. Las zonas claras no eliminan el peso y la pena que nos produce descubrir zonas oscuras.

Al ver zonas negativas, al reconocer nuestro pecado, sentimos una pena intensa. Surge un sincero sentimiento de vergüenza. Hacemos propias palabras como las escritas por un Papa, Pablo VI, desde lo más íntimo de su corazón, al reconocer que su vida estaba "cruzada por una trama de míseras acciones, que sería preferible no recordar, son tan defectuosas, imperfectas, equivocadas, tontas, ridículas (...). Pobre vida débil, enclenque, mezquina, tan necesitada de paciencia, de reparación, de infinita misericordia" (Pablo VI, "Meditación ante la muerte").

Sí: hay hechos que quisiéramos no recordar. Hay cobardías que nos apartaron del hermano. Hay avaricias que impidieron a nuestras manos compartir el pan y el dinero con quien lo necesitaba verdaderamente.

Cuando el dolor es sincero y sano, cuando llega a ser un arrepentimiento auténtico y humilde, somos capaces de abrir el alma y presentarla a un Dios que desea simplemente una cosa: derramar en nosotros el bálsamo de su misericordia.

Entonces caminamos desde la vergüenza hacia el perdón. Sólo el enfermo que descubre su mal acude al médico. Sólo quien reconoce sus miserias invoca a Dios para pedir, de rodillas, misericordia.

La respuesta del Padre, lo sabemos, es una: su Hijo en una Cruz que perdona los pecados, que destruye egoísmos, que supera injusticias, que devuelve paz a los corazones, que abre las puertas de los cielos en el sacramento de la confesión.

Con su Sangre derramada quedan borrados los pecados del mundo. Basta simplemente con ponerse, como mendigos de misericordia, a sus pies, para decirle: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" (Lc 18,13).

Santo Evangelio 14 de Enero de 2014


Día litúrgico: Martes I del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mc 1,21-28): Llegó Jesús a Cafarnaum y el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. 

Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen». Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea.



Comentario: Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret (Vic, Barcelona, España)
Quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas

Hoy, primer martes del tiempo ordinario, san Marcos nos presenta a Jesús enseñando en la sinagoga y, acto seguido, comenta: «Quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mc 1,21). Esta observación inicial es impresionante. En efecto, la razón de la admiración de los oyentes, por un lado, no es la doctrina, sino el maestro; no aquello que se explica, sino Aquél que lo explica; y, por otro lado, no ya el predicador visto globalmente, sino remarcado específicamente: Jesús enseñaba «con autoridad», es decir, con poder legítimo e irrecusable. Esta particularidad queda ulteriormente confirmada por medio de una nítida contraposición: «No lo hacía como los escribas».

Pero, en un segundo momento, la escena de la curación del hombre poseído por un espíritu maligno incorpora a la motivación admirativa personal el dato doctrinal: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!» (Mc 1,27). Sin embargo, notemos que el calificativo no es tanto de contenido como de singularidad: la doctrina es «nueva». He aquí otra razón de contraste: Jesús comunica algo inaudito (nunca como aquí este calificativo tiene sentido).

Añadimos una tercera advertencia. La autoridad proviene, además, del hecho que a Jesús «hasta a los espíritus inmundos le obedecen». Nos encontramos ante una contraposición tan intensa como las dos anteriores. A la autoridad del maestro y a la novedad de la doctrina hay que sumar la fuerza contra los espíritus del mal.

San Juan de Ribera, 14 de Enero

14 de Enero

SAN JUAN DE RIBERA
Arzobispo de Valencia
(† 1611)


Cuando él nace, atraviesa la cristiandad una crisis durísima. El fuego de la revolución protestante se ha corrido a media Europa. Reina la confusión y el dolor en el mundo católico, mientras herejes e infieles se mofan a coro de la Santa Iglesia esperando su agonía. Pero el soplo del Divino Espíritu vivificó de nuevo a la Esposa de Cristo y ésta empezó a mostrar de nuevo al mundo los caminos de la restauración católica o de la verdadera reforma. Una falange de santos reformadores promovieron esta corriente purificadora, especialmente en España e Italia. Don Juan de Ribera será devotísimo amigo de todos ellos: Ignacio de Loyola, Juan de Dios, Pedro de Alcántara, Juan de Avila, Francisco de Borja, Teresa de Jesús, Luis Beltrán, Alonso Rodríguez, y otros más en nuestra patria. El papa San Pío V pensó hacerle cardenal, y San Carlos Borromeo, que le amaba entrañablemente sin haberle visto nunca, pedía consejo a Ribera para el buen gobierno de su vastísima diócesis de Milán.

Fue natural de la ciudad de Sevilla, hijo del ilustre don Pedro Afán Enríquez de Ribera y Portocarrero, conde de los Molares, marqués de Tarifa, duque de Alcalá, virrey de Nápoles y antes de Cataluña. El niño crecía sin el amor materno. Su madre, doña Teresa de los Pinelos, falleció muy pronto. Sevilla era a la sazón la puerta de América, por donde se derramaba en Europa aquel torrente de riquezas, de conocimientos nuevos, de sustancias desconocidas: oro, plata. perlas, cacao, maíz, animales raros, hombres y mujeres de razas exóticas. Pero también riquezas del espíritu daba de sí esta ciudad al mundo. Para nuestro caso bastará recoger las palabras de un historiador local: "Es indudable que de toda la nobleza sevillana fue la familia de los Enríquez de Ribera la que más se señaló por su generosidad y amor a los pobres. Nadie como doña Catalina y su hijo don Fadrique de Rivera en caridad a los enfermos y desvalidos. Esta egregia señora, prototipo de las más egregias virtudes, fundó el Hospital de las Cinco Llagas, que luego su hijo dotó y amplió con extraordinaria munificencia". En esta misma línea de santidad familiar merece un recuerdo doña Teresa Enríquez de Alvarado, "la loca del Sacramento", de quien se cuenta que por sus manos escogía la flor de los racimos traídos de doce leguas, de Cebreros, en la provincia de Ávila, por ser la más excelente uva para fabricar el vino del Sacrificio. Por sí misma cernía la harina de las hostias y la guardaba en limpia y rica orza, delante de la cual tenía siempre una luz encendida. No porque la creyese consagrada, sino porque sólo el pensar que aquella harina se había de transubstanciar en el cuerpo de Cristo, la obligaba a mirarla con tierno respeto: algo así como se mira una corona regia o como una madre contempla los vestidos que han de cubrir y abrigar el cuerpecito del esperado primogénito. Don Juan fue enviado por su padre a la Universidad de Salamanca, que por entonces vive un periodo áureo: lecciones de Vitoria, teólogos a Trento, introducción del método teológico salmanticense en Italia por obra de los hijos del patriarca de Loyola. Y en suma, foco del prestigio hispano que batalla con la espada y con la pluma frente a turcos y herejes. Ribera salió discípulo aventajado en aquellas aulas, sacó sus títulos y tuvo cátedra en la misma. Atenas española. Estaba para terminar el concilio de Trento y el papa Pío IV escogió para la mitra vacante de Badajoz a nuestro joven maestro, que a sus virtudes y alcurnia juntaba el ser hijo del virrey de Nápoles. Aún no había cumplido los treinta años. Para la reforma y santificación de sus ovejas lanzó pequeñas tropas de choque y conquista. reclutó misioneros y recabó la ayu da del Maestro Avila, quien dice con gran consuelo en una de sus cartas: "EI obispo de Badajoz ha enviado seis predicadores por el obispado, según él me ha escrito, y da a cada uno cuarenta mil maravedís y cuarenta fanegas de trigo, y aún si yo le enviara algunos, dijo daría más, si tuvieran necesidad de socorrer a padres o hermanos". El, por su parte, no se desdeñaba de administrar los sacramentos a los enfermos y sentarse para atender a las almas como confesor ordinario en su iglesia. Dormía muchas veces sobre haces de sarmientos y Seguía el mismo rigor que en Salamanca. Por eso, el arzobispo de Granada, respondió por carta a una que el mismo don Juan le había escrito: "Me pide V. S. Ilma. que le dé cuenta de mi vida; eso deseo saber de V. S. Ilma., que siempre desde su niñez fue santo, pues cuando V. S. Ilma. vino a Salamanca, de poca edad, yo era estudiante pasante, y ya entonces erais santo." Los avisos que él dio, a petición de los padres y del concilio provincial Compostelano, en 1565. han pasado a las actas. Entre diversas sugerencias, señala remedios prácticos para la reforma personal de los obispos, primer intento de esta clase en España, que sepamos, de aplicación de los decretos Tridentinos. En la predicación puso tal fuego y acierto, que los vecinos de los lugares circunvecinos a donde predicaba se convidaban mutuamente: "Vamos a oír al apóstol." En dos ocasiones vendió la vajilla de plata y el importe lo invirtió en comprar trigo y remediar a los pobres en años de carestía. El divino Morales nos ha transmitido la efigie del obispo de Badajoz: sus facciones revelan a un hombre de nervio, pero limpio de toda excitación exterior, contemplativo y apóstol, con aires de alta nobleza y finos modales. El día que partió de su obispado, siendo ya patriarca de Antioquía, para regir la archidiócesis valentina, dio a los pobres todas sus alhajas, dinero y bienes. Más de una vez había quedado sin un maravedí, pero siempre estuvo a punto la bolsa paterna. En Valencia, como en Badajoz, se sujetó a un horario que recuerda hábitos estudiantiles. Gran madrugador, se levantaba de tres a cuatro de la mañana y comenzaba el estudio y meditación sobre la Biblia hasta las siete; daba cuatro horas para el rezo del oficio divino, santa misa, preparar sermones y un breve descanso. A la una de la tarde, audiencia pública. Se retiraba a eso de las tres, sin tener tiempo señalado para la co mida, y sólo tomaba algunos higos secos, uvas o fruta del tiempo. Bebía muy poco, raramente vino con agua. Por la tarde concedía audiencia sin poner inconvenientes. Terminada esta obligación, marchaba a un jardín extramuros donde iba acumulando libros y más libros. Tornaba a palacio al anochecer, y por espacio de tres horas se recogía en oración. Tampoco para cenar había momento señalado. Antes de acostarse tenía unos momentos de solaz con los suyos. Al rigor ordinario en la comida, añadía ciertos ayunos, como en los días de Semana Santa, que se pasaba cuarenta horas sin probar alimento, y, mientras fue joven, tres veces por semana ayunaba como un monje: sólo pan y agua. Su criado, Pedro Pascual, no podía menos de maravillarse muchas mañanas al entrar en la alcoba de su señor; la cama estaba como el día anterior, y, para cerciorarse, metía las manos entre las sábanas, y no hallándolas calientes, concluía que el patriarca no había reposado en ellas durante la noche. Tenía don Juan ciertos lugares secretos en sus habitaciones, así en palacio como en el colegio por él fundado y en su jardín - biblioteca de la calle de Alboraya, donde escondía las disciplinas y cilicios, que la curiosidad de Pedro Pascual descubría, hallándolos siempre bañados en sangre. Estos indicios hacían presagiar un pontificado santo, como el de fray Tomás de Villanueva, fallecido aún no hacía tres lustros y cuyo recuerdo amable estaba en la memoria de todos, a él escribe un cronista que a su muerte eran tal el llanto y la pena de los pobres y del pueblo en general, que el espectáculo causaba la mayor tristeza. No le llamaban de otra manera que "el arzobispo santo". Vestía un hábito humilde y apedazado, guardó en todo gran pobreza voluntaria. No hizo testamento, porque no tenía de qué. Y a fin de morir totalmente desprendido. renunció en favor de su iglesia ciertos derechos que sobre ella le correspondían.

Los valencianos se percataran pronto que don Juan de Ribera, su nuevo pastor, aunque joven - llegaba a esta sede a los treinta y seis años -, era viejo en doctrina, virtud y prudencia. Solían decir los que trataban con el patriarca que de sus palabras fluía un no sé qué misterioso que infundía juntamente respeto y un gozo conmovedor. Fray Tomás había dejado abiertos con sus fatigas los primeros surcos para la reforma de esta diócesis, que por más de cien años estuvo huérfana de la presencia de sus pastores. Cier to que Ribera tenía ante sí Las trazas y el ejemplo del arzobispo limosnero. Pero también una perspectiva ardua: aplicar a sus ovejas la doctrina reformatoria del concilio de Trento, que acababa de ser aceptado en España: un plan salvador, intenso, y cuyos frutos no se tocarían sino a largo plazo. Estaba también por delante la angustiosa cuestión morisca, con todos los anteriores fracasos de evangelización y apaciguamiento. Meditaba don Juan cuál sería el método adecuado para aquella tan general y variada misión entre cristianos viejos e infieles astutos, que no otra cosa eran los moros bautizados unas veces por la fuerza, otras voluntariamente, aunque para mayor amparo y encubrimiento de su infidelidad. Abrió el buen pastor su campaña con las visitas pastorales. Once veces visitó completamente, por sí o por sus delegados, todas las parroquias de su amplia jurisdicción. Cada bienio tenía noticia cabal del estado de sus 290 parroquias rurales. Lo mismo aparece el infatigable apóstol en los fragosos lugares del arciprestazgo de Villahermosa del Río, como en los no menos ásperos de la región alicantina. Aun en medio de penosas ocupaciones halla tiempo para el estudio, hurtando horas al descanso. Alojaba cierta vez en su casa el cura de Carcagente al patriarca durante la visita pastoral. Y aconteció que, habiéndose retirado todos a dormir y siendo muy entrada ya la noche, había luz en la alcoba del prelado. Movido por la curiosidad, atisbo el rector por los resquicios de la puerta y vio al arzobispo en la cama, sentado y estudiando rodeado de libros. El cura se movió a devoción, al recordar que lo mismo había leído de San Ambrosio. Entre los años 1569 y 1610 llevó a cabo 2.715 visitas pastorales, recogidas en 91 volúmenes, con un total de 91.202 folios. Celebró siete sínodos. Cada vez, los decretos eran pocos, breves y prácticos, para evitar que la muchedumbre de ellos tentase a olvidarlos. Son de carácter marcadamente sacerdotal. Del clero, en estrecha comunión con su obispo, cabía esperar con toda razón la enmienda del pueblo y una vida cristiana floreciente. Tratábalos con exquisita cortesía, ya en los retiros a puerta cerrada en la parroquia de Santo Tomás donde solía instruirles y aun reprenderles, ya en privado con advertencias paternales. Jerónimo Martínez de la Vega recordó toda su vida las palabras del arzobispo cuando le otorgaba licencia de confesar: "Mirad, hijo, lo que hacéis; que sois mozo y el oficio es peligroso." Y hablaba el bueno del patriarca aleccionado por la experiencia. En Badajoz hubo de rechazar a una joven, la cual simulando confesión, le descubrió los torpes deseos que hacia él sentía, Ribera huyó del lazo y aun ganó aquella alma para Dios. En Valencia se repitió la escena en horas de audiencia. Mas el patriarca, puesto en pie, en voz alta y en presencia de sus criados, comenzó a reprender a la desdichada, con tanto fervor de espíritu, que parecía echaba rayos de sus ojos. Así estuvo dos horas; y al cabo logró trocar aquel corazón apasionado y la envió a casa de sus padres con la advertencia de que la perdonasen y recibiesen. Este hombre, grande por su origen y por sus ministerios, sabía tratar con los pequeñuelos. Acostumbraba a ponerse en una sillita en la plaza de Burjasot, pueblecito cercano a la capital, y enseñaba por sí la doctrina cristiana a los niños. Y luego repartía dulces, monedas, ropas y otras cosas que necesitaban. Cuidadoso de la juventud, estableció en su palacio una escuela para los hijos de los nobles, en número de unos treinta, pues, como él afirmaba, se debía a todos como pastor. Desde muy niños estaban en casa del señor patriarca aprendiendo la piedad y las letras. Serviase de ellos solamente para el mayor esplendor de los pontificales. Cuando ya cursaban estudios superiores acudían a la Universidad en carroza para oír a sus respectivos maestros. Aquella escuela parecía más bien un seminario. De ella salieron un cardenal, un arzobispo, doce obispos, amén de un buen número de religiosos, canónigos y rectores de iglesias. La experiencia pastoral había persuadido al patriarca la conveniencia de empuñar juntamente el báculo y la espada. Felipe III le nombró virrey y capitán general. La tranquilidad, largos años perturbada, vino como por encanto y la justicia se aplicaba con rectitud. Nada escapaba al ojo vigilante del virrey arzobispo. Una viuda que llevaba pleito de importancia, se quejó alegando sospecha de parcialidad en el juez. Ribera se personó al día siguiente en el consejo y preguntó: "¿Quién de vuestras mercedes tiene la causa?" "Yo, señor", respondió el oidor. "¿En qué punto está?", tomó a preguntar el patriarca. "Ya está acordado para sentenciar y dados memoriales de ambas partes". Y mirando a los otros oidores insistió el patriarca: "¿Por qué no se da sentencia?" Y como todos guardasen silencio, prosiguió: "Venga el proceso mañana y estudien la causa, porque quiero que se dé sentencia". Cuando terminó el pleito dijo el oidor a un amigo: "Verdaderamente este señor es un santo. Yo estaba ciego con favorecer a una persona, y con sola la visita del patriarca y dos palabras que habló en consejo, cobré luz y descargué mi conciencia".

Fundó en la ciudad el Colegio y Seminario de Corpus Christi para atender a la formación del clero y en esta misma casa, una capilla - instituci6n entre las más famosas de la cristiandad - donde se honra al Santísimo Sacramento con un ceremonial y una liturgia llena de majestad y de sosiego, aun en nuestros días. De su amor a Jesús Sacra mentado diremos que con frecuencia se retiraba a celebrar el santo sacrificio a una capilla de su propia iglesia y, luego de alzar a Dios, íbase el ayudante, hasta el aviso del patriarca con una campanilla. Durábale esta misa de dos a tres horas por el arrobamiento y las lágrimas. Falleció en su amado colegio el 6 de enero de 1611. Aún pudo ver la expulsión de los moriscos por mandato de Felipe III en 1609. Ribera los había catequizado durante treinta y cuatro años, sin reducirlos al yugo de Cristo.

Cuando el anciano pastor rendía su alma a Dios, los niños en tropel cantaban por las calles de la ciudad: "El señor patriarca está en la gloria, con la palma y corona de la victoria." En sus funerales abrió los ojos y se le encendió el rostro para adorar al Señor desde la consagración hasta la comunión del celebrante. San Pío V le había llamado, hacía cuarenta años, "lumen totius Hispaniae" ("lumbrera de toda España").

RAMÓN ROBRES LLUCH.