10 ene. 2015

Santo Evangelio 10 de Enero de 2015



Día litúrgico: 7 de Enero (Feria del tiempo de Navidad)

Texto del Evangelio (Mt 4,12-17.23-25): En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz». 

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán.


Comentario: Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala (Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)
El Reino de los cielos está cerca

Hoy, por así decirlo, recomenzamos. El «Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz» (Mt 4,16), nos dice el profeta Isaías, citado en este Evangelio de hoy, y que nos remite al que escuchábamos en Nochebuena. Volvemos a comenzar, tenemos una nueva oportunidad. El tiempo es nuevo, la ocasión lo merece, dejemos —humildemente— que el Padre actúe en nuestra vida.

Hoy comienza el tiempo en que Dios nos da una vez más su tiempo para que lo santifiquemos, para que estemos cerca de Él y hagamos de nuestra vida un servicio de cara a los otros. La Navidad se acaba, lo hará el próximo domingo —si Dios quiere— con la fiesta del Bautismo del Señor, y con ella se da el pistoletazo de salida para el nuevo año, para el tiempo ordinario —tal y como decimos en la liturgia cristiana— para vivir in extenso el misterio de la Navidad. La Encarnación del Verbo nos ha visitado en estos días y ha sembrado en nuestros corazones, de manera infalible, su Gracia salvadora que nos encamina, nuevamente, hacia el Reino del Cielo, el Reino de Dios que Cristo vino a inaugurar entre nosotros, gracias a su acción y compromiso en el seno de nuestra humanidad.

Por esto, nos dice san León Magno que «la providencia y misericordia de Dios, que ya tenía pensado ayudar —en los tiempos recientes— al mundo que se hundía, determinó la salvación de todos los pueblos por medio de Cristo».

Ahora es el tiempo favorable. No pensemos que Dios actuaba más antes que ahora, que era más fácil creer cerca de Jesús —físicamente, quiero decir— que ahora que no le vemos tal como es. Los sacramentos de la Iglesia y la oración comunitaria nos otorgan el perdón y la paz y la oportunidad de participar, nuevamente, en la obra de Dios en el mundo, a través de nuestro trabajo, estudio, familia, amigos, diversión o convivencia con los hermanos. ¡Que el Señor, fuente de todo don y de todo bien, nos lo haga posible!

Beato Gregorio X, 10 de Enero


10 de enero

Beato Gregorio X
(† 1276)


El papa Beato Gregorio X (1271-1276) es uno de los Romanos Pontífices más insignes del siglo XIII que constituye el apogeo de la Iglesia medieval. Con Inocencio III (1198-1216) se puede decir que la Iglesia y el Pontificado llegaron al cenit de su prestigio y significación, siendo los papas verdaderos árbitros de las coronas de los reyes, y los motivos religiosos los que guiaban en sus empresas a los hombres más eminentes del tiempo. En este estado de florecimiento religioso continuó la sociedad europea a través de todo el siglo XIII. Entre sus principales manifestaciones podemos notar el gran esplendor de las universidades y estudios medievales, en París, Oxford, Bolonia, Salamanca y otros importantes centros, y con figuras tan prominentes, como Alejandro de Hale y San Buenaventura, San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino. Lo mismo podríamos decir del gran apogeo del arte religioso, que nos presenta las grandes catedrales góticas de París, Reims, Chartres y Amiens, Milán, Burgos, León y Toledo, por no citar más que las principales.

Pues bien, el gran mérito de Gregorio X estriba en haber sabido mantener este prestigio extraordinario de la Iglesia en un tiempo en que, debido a una serie de dificultades, existió un gravísimo y persistente peligro de decadencia eclesiástica. Sus extraordinarias cualidades naturales y, sobre todo, el esfuerzo de su virtud y espíritu eclesiástico fueron los que realizaron una obra tan trascendental para la Iglesia.

Llamábase Teobaldo Visconti y pertenecía a una ilustre familia italiana. Nacido en Piacenza en 1210, distinguióse desde sus primeros años por su aplicación y constancia en el estudio, que fue coronado con extraordinarios éxitos. Dedicóse de un modo especial al Derecho canónico, que cultivó en Italia y, más tarde, en París, donde tanto florecían a la sazón los estudios escolásticos. Pero, a la par que en sus estudios, brilló particularmente por el temple de su virtud y por su espíritu eminentemente eclesiástico. Por esto, ya en estos primeros tiempos, se mostraba siempre dispuesto a toda clase de sacrificios que el servicio de Dios le exigiera, y no había dificultad capaz de detenerlo en las empresas que juzgaba de la gloria de Dios.

Conociendo sus superiores eclesiásticos la extraordinaria erudición, relevantes cualidades y profunda virtud que lo distinguían, nombráronlo, primero, canónigo de Lyon, y poco después archidiácono de Lieja. Más aún. Inocencio IV (1243-1254) le ofreció el obispado de Piacenza; pero él renunció a tan elevado honor. Sin embargo, sus cualidades naturales y el temple de su virtud se pusieron cada vez más de manifiesto. Durante el concilio I de Lyon. que fue el XIII ecuménico, fue celebrado por Inocencio IV y significa uno de los momentos cumbres de la Iglesia en el siglo XIII, el arzobispo de Lieja quiso tenerle a su lado como acreditado canonista. Poco después, siendo archidiácono de Lieja, y mientras pasaba algunas temporadas en París, dedicado a profundizar en los estudios canónicos, San Luis, rey de Francia, le dio testimonios de muy particular veneración. Más aún. El cardenal Ottoboni tomó consigo a Teobaldo, de cuya virtud y prestigio se sirvió en su legación a Inglaterra.

De esta manera Teobaldo Visconti se fue preparando para las grandes empresas, para las que Dios lo destinaba. Apenas terminada esta legación, recibió del Papa la orden de predicar la cruzada por la reconquista de Tierra Santa, con lo que comenzó a entusiasmarse por uno de los problemas que más debían preocuparlo en lo sucesivo. Entregóse, pues, de lleno a esta gran empresa, y, para poder realizarla, procuró establecer la unión y buena inteligencia entre los príncipes cristianos, y tanto llegó a entusiasmarse con este ideal, que se dirigió a Palestina con el objeto de consolar y alentar a los caballeros cruzados, a cuya Cabeza se hallaba entonces el príncipe Eduardo de Inglaterra. Fueron innumerables los sufrimientos que tuvo que arrostrar en esta peligrosa peregrinación y en la realización de su empresa; pero su alma de apóstol y su eximia caridad le comunicaban fuerzas para todo.

Hallábase, pues, en Ptolemaida, entregado en cuerpo y alma a obra tan sacrificada y apostólica, cuando recibió la noticia de haber sido elegido como Papa el primero de septiembre de 1271. En efecto, a la muerte de Clemente IV en 1268, después de tres años enteros de sede vacante, debido a las enormes dificultades y a la gran desunión reinante, los cardenales no habían podido entenderse para la elección del nuevo Papa, hasta que al fin pusieron los ojos en Teobaldo Visconti, simple archidiácono de Lieja y ausente entonces en Palestina, cuyas relevantes cualidades y eximia virtud les eran bien conocidas, y convinieron en su elevación al solio pontificio. En realidad era la mejor elección que pudieron haber realizado. Al recibir tan inesperada noticia, Teobaldo aceptó la pesada carga que Dios le imponía, tomó el nombre de Gregorio X y se dispuso a volver a Italia.

Naturalmente, los cristianos de Tierra Santa, aunque sentían la partida de tan eminente apóstol, experimentaron una satisfacción inmensa, con la seguridad de que el nuevo Papa les enviaría los socorros que tanto se necesitaban. Él mismo, según se refiere, al despedirse del Oriente, terminó su emocionante alocución con estas palabras: "Que mi lengua se pegue a mi paladar, si yo no pongo a Jerusalén a la cabeza de todas mis alegrías."

Llegado a Roma en marzo de 1272, recibió la Orden del presbiterado, pues era únicamente diácono: luego fue consagrado obispo y coronado como Papa el 27 del mismo mes. Como era de suponer, su ideal desde un principio fue enviar el socorro necesario a los cristianos de Tierra Santa y renovar la cruzada para su definitiva liberación. En realidad se puede decir que en él revivió por algún tiempo el espíritu de cruzada. Por esto se dirigió rápidamente por medio de una célebre carta al rey Felipe de Francia, hijo de San Luis.

Esta idea de cruzada iba en él íntimamente unida con el más intenso esfuerzo por la unión con los griegos, quienes pocos años antes (en 1261), con la reconquista de Constantinopla, habían puesto término al imperio latino oriental; pero en aquellas circunstancias eran favorables a la unión. Es cierto que su emperador, Miguel Paleólogo, se movía a ello más bien por motivos políticos, pues suponía con buen fundamento que esta unión apartaría a Carlos de Anjou de sus peligrosos planes de conquista en el Oriente a costa de los griegos; pero, de todos modos, la voluntad de unión existía en los orientales, y Gregorio X trató de aprovechar en sus planes de cruzada y de unificación general de la Iglesia.

Penetrado, pues, de esta idea, y con el objeto de promover juntamente en la Iglesia occidental la paz y la reforma de costumbres, dirigió una importante carta a los obispos de toda la cristiandad, anunciándoles la celebración de un concilio ecuménico que debería abrirse en mayo de 1274. Hecho esto, dedicóse con infatigable celo a la preparación de tan importante asamblea.

Como primer paso para su realización, puso el Papa todo su empeño en la pacificación de los espíritus en toda la. Europa cristiana. Así, trabajó intensamente para apaciguar los pueblos del norte de Italia, ensangrentados entonces por las luchas entre los güelfos y gibelinos. Por otra parte, introdujo en muchas partes medidas de reforma y, sobre todo, en medio de la división existente en Alemania sobre la sucesión al imperio, dirigió en octubre de 1273 una exhortación a los príncipes electores para que procedieran a la elección, y al recaer ésta sobre Rodolfo de Habsburgo, el Papa lo reconoció solemnemente.

En lo tocante a la preparación inmediata del gran concilio que debía reunirse en Lyon, invitó a los más célebres teólogos a presentar sus observaciones sobre el estado de la Iglesia. Creó cardenales al dominico Pedro de Tarantasia y a San Buenaventura; invitó al más célebre de los teólogos de su tiempo, Santo Tomás de Aquino, quien murió mientras se dirigía al concilio. Finalmente, partió el Papa desde Orvieto, y a su llegada a Lyon recibió la visita del rey de Francia, quien le entregó definitivamente el condado del Venaissin.

Finalmente, el 7 de mayo de 1274 se pudo celebrar en la catedral de San Juan la primera sesión del concilio II de Lyon y XIV ecuménico, en presencia del rey Juan I de Aragón, unos quinientos obispos y gran número de abades, así como también los representantes de algunos príncipes seculares. Con su sermón, basado sobre el texto "Desiderio desideravi..." el mismo Papa, que lo presidía, dio comienzo al concilio, en el que propuso con toda claridad los tres fines que en él se pretendían: ayuda a Tierra Santa, unión con los griegos y reforma de la Iglesia.

Dios premió los innumerables trabajos que Gregorio X realizó en aquella memorable empresa. Es cierto que, por la antipatía existente entre los orientales y los occidentales, la cuestión de la unión era poco popular entre los griegos. quienes le hicieron la mayor oposición; pero al fin se impusieron sus partidarios. El 24 de junio se presentaron en Lyon los representantes del emperador bizantino, Miguel Paleólogo, y tras difíciles discusiones, en la sesión IV del 6 de julio, se proclamó la unión. Los griegos reconocieron el Primado de Roma y admitieron la fórmula del "Filioque". En cambio se les concedió poder conservar el símbolo usado desde antiguo en sus iglesias, así como también sus antiguos ritos. A la cabeza de los partidarios decididos de la unión estaba el nuevo patriarca Juan Bekkos. Aunque sincera, esta unión fue muy poco duradera. Según se refiere, Gregorio X, que tanto amaba a la Iglesia griega, derramó lágrimas de alegría al ver realizada la unión.

Por lo que se refiere a los demás objetivos del concilio, decretóse destinar a la cruzada durante seis años los diezmos de la Iglesia; pero, no obstante los abnegados esfuerzos del santo Pontífice, la cruzada no llegó a realizarse. Por otra parte, ya en la sesión segunda, se proclamaron varios principios dogmáticos, y en la tercera, algunos decretos disciplinares en orden a la reforma eclesiástica. Entre tanto, antes de la sesión quinta del 16 de julio, murió San Buenaventura en el mismo concilio. El Papa asistió a sus funerales, celebrados en la iglesia de los franciscanos de Lyon. Luego, con el objeto de evitar la repetición de una sede vacante de tres años, como la anterior, publicó Gregorio X la constitución Ubi periculum, por la que se introducía el sistema del conclave, en el que los electores quedaban encerrados hasta que se verificaba la elección. Mas, como se tomaban ciertas medidas bastante rigurosas respecto de los cardenales, hubo de parte de éstos una enconada oposición, hasta que al fin pudo ser proclamada.

Tal fue la obra fundamental realizada en la Iglesia por el insigne papa Beato Gregorio X. Después del concilio, entregóse de lleno a poner en práctica las medidas de reforma que se habían ordenado, particularmente las que se referían a los eclesiásticos. Con no menor intensidad trabajó en reunir socorros para los cristianos de Tierra Santa y para mover a los caballeros de Occidente a realizar la cruzada; pero ésta no llegó a realizarse por las divisiones existentes en la cristiandad. Con todo esto, el Romano Pontífice y la Iglesia volvieron a recobrar el antiguo prestigio y continuaron en su apogeo medieval.

En su vida privada, Gregorio X dio durante su pontificado los más edificantes ejemplos de caridad, humildad y fervor religioso, que le conquistaron la opinión general de gran santidad y la más profunda simpatía del pueblo cristiano. Así, se nos refiere que, diariamente, lavaba los pies de algunos pobres; enviaba a algunos empleados en busca de las personas más necesitadas y repartía entre ellas abundantes limosnas. Por otra parte, observaba la mayor austeridad consigo mismo, no tomando alimento más que una vez al día y entregándose a la oración todo el tiempo posible. Pero, aunque tenía un corazón tan blando y caritativo con los pobres y desgraciados, era sumamente enérgico con los malvados y delincuentes. Es célebre en este punto el caso de Guido de Monfort, el asesino de Enrique de Alemania. Habiéndose presentado al Papa para obtener la absolución de su crimen, éste lo hizo encerrar primero en una fortaleza, y sólo un año después permitió al patriarca de Aquilea lo admitiera en la comunión con los fieles.

Pero los trabajos que tuvo que sufrir Gregorio X durante el concilio y después de él, unidos a la austeridad de su vida ascética, lo habían agotado por completo. Dios no le concedió ver de nuevo a Roma. Mientras volvía de Lyon, después de pasar por Milán y Florencia, se vio obligado a detenerse en Arezzo de Toscana, donde, víctima de una pleuresía, murió el 10 de enero de 1276. Según se refiere, al sentir la proximidad de la muerte, pidió un crucifijo, y mientras lo besaba con la mayor devoción y recitaba la Salutación angélica, entregó su alma a Dios. Incluido por la Iglesia en el número de los beatos, Benedicto XIV, en su célebre obra Sobre la Canonización, dedica largo espacio a la relación de su vida y milagros, tal como lo encontró en el archivo del tribunal de la Rota. 

BERNARDINO LLORCA, S.I.

9 ene. 2015

Señor, hoy he tirado un calendario 2014 a la basura...



Señor, hoy he tirado un calendario 2014 a la basura...

¿Tiré también a la basura todas esas horas, todos esos días, todas esas semanas, todos esos meses, todo ese año?... 

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
La Capilla se ha ido quedando poco a poco desierta.

Se terminó la Misa y las personas, pocas, pues es una tarde muy fría y desapacible se han retirado. Todo está en silencio... las luces también, ya no todas están encendidas y hay una penumbra dulce y un poco triste que me acompaña y me arropa el alma para poder meditar mejor ante ti, Señor.

La parpadeante lucecita roja que acompaña la figura del pequeño Sagrario parece que da calor a mi corazón que viene a buscar refugio en el tuyo para pedirte fuerzas para empezar a caminar por este nuevo año, con sus meses, sus días y sus horas... Páginas en blanco que yo he de escribir con mi libre albedrío, con mis equivocaciones, con mis terquedades, con mis intolerancias... o quizá si te pido ayuda.... Tu me vas a guiar para ser más prudente, para saber aceptar, para saber perdonar.... para olvidarme un poco de mi y estar más pendiente de los que me rodean y procurar siempre hacerlos más felices.

¡Qué callado estás, Señor!. Dime, ¿estás triste?. Tal vez si.... ¿O me lo parece porque yo lo estoy? No sé, Jesús, pero lo que sí sé, es que me estabas esperando porque te quedaste para eso, para consolar al triste, para iluminar al que no sabe ni lo que quiere ni lo que busca,.... para dar fuerza a los que nos debatimos en la debilidad de esa lucha para seguir adelante.... para prestarnos tu hombro y que en él reclinemos la cabeza y tal vez lloremos con ese llanto suave y reparador cuando hay dolor en el alma...

Me gusta, Jesús, sentirte como el mejor de los amigos y contarte mis cosas.... esas cosas de todos los días. Las cosas simples pero que siempre tienen un gran significado. Y hoy... te lo voy a contar..... aunque tu ya lo sepas:

Hoy he tirado un pequeño calendario del año 2014 a la basura.... He sentido algo extraño. Un pensamiento doloroso y oscuro ha cruzado por mi mente, ¿tiré también a la basura todas esas horas, todos esos días, todas esas semanas, todos esos meses, todo ese año?...
Tuvo, como otros, días buenos, días malos, noches buenas, noches tristes, muy tristes, alegrías, temores, certezas, miedos, ilusiones, proyectos, anhelos , realidades, triunfos y derrotas.
Pero... SI NO AMÉ MÁS,... PUEDE QUE SI, EFECTIVAMENTE LO TIRÉ A LA BASURA."

Pongo en tus manos Señor el año que pasó en tu misericordia, y el año que empieza, en tu providencia...



 

Santo Evangelio 9 de Enero de 2015



Día litúrgico: 9 de Enero (Feria del tiempo de Navidad)

Texto del Evangelio (Mc 6,45-52): Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús enseguida dio prisa a sus discípulos para subir a la barca e ir por delante hacia Betsaida, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar. Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y Él, solo, en tierra. 

Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero Él, al instante, les habló, diciéndoles: «¡Ánimo!, que soy yo, no temáis!». Subió entonces donde ellos a la barca, y amainó el viento, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada.


Comentario: Rev. D. Melcior QUEROL i Solà (Ribes de Freser, Girona, España)
Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar

Hoy, contemplamos cómo Jesús, después de despedir a los Apóstoles y a la gente, se retira solo a rezar. Toda su vida es un diálogo constante con el Padre, y, con todo, se va a la montaña a rezar. ¿Y nosotros? ¿Cómo rezamos? Frecuentemente llevamos un ritmo de vida atareado, que acaba siendo un obstáculo para el cultivo de la vida espiritual y no nos damos cuenta de que tan necesario es “alimentar” el alma como alimentar el cuerpo. El problema es que, con frecuencia, Dios ocupa un lugar poco relevante en nuestro orden de prioridades. En este caso es muy difícil rezar de verdad. Tampoco se puede decir que se tenga un espíritu de oración cuando solamente imploramos ayuda en los momentos difíciles.

Encontrar tiempo y espacio para la oración pide un requisito previo: el deseo de encuentro con Dios con la conciencia clara de que nada ni nadie lo puede suplantar. Si no hay sed de comunicación con Dios, fácilmente convertimos la oración en un monólogo, porque la utilizamos para intentar solucionar los problemas que nos incomodan. También es fácil que, en los ratos de oración, nos distraigamos porque nuestro corazón y nuestra mente están invadidos constantemente por pensamientos y sentimientos de todo tipo. La oración no es charlatanería, sino una sencilla y sublime cita con el Amor; es relación con Dios: comunicación silenciosa del “yo necesitado” con el “Tú rico y trascendente”. El gusto de la oración es saberse criatura amada ante el Creador.

Oración y vida cristiana van unidas, son inseparables. En este sentido, Orígenes nos dice que «reza sin parar aquel que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos considerar realizable el principio de rezar sin parar». Sí, es necesario rezar sin parar porque las obras que realizamos son fruto de la contemplación; y hechas para su gloria. Hay que actuar siempre desde el diálogo continuo que Jesús nos ofrece, en el sosiego del espíritu. Desde esta cierta pasividad contemplativa veremos que la oración es el respirar del amor. Si no respiramos morimos, si no rezamos expiramos espiritualmente.

Santos Julián y Basilisa 9 de Enero



9 de enero

Santos Julián y Basilisa
(† ca. 304)


La familia de Julián vivía en la ciudad de Antioquía, durante el siglo IV. El recibió una formación esmerada en la ciencia y en la piedad, dirigida a constituir una continuación de la vida noble de sus antepasados. Lo cual incluía el contraer un matrimonio digno de su rango.

Al insistir sus padres que contraiga desposorios y matrimonio, se le cierran a Julián los caminos de la virginidad que un día había prometido al Señor. Ante esta actitud paterna, Julián pide unos días para deliberar calmadamente una decisión tan seria en la que se ventila la cuestión de seguir a Jesús o desobedecer a sus padres. En este punto dice la leyenda que Julián conoce por revelación del cielo la esposa con la que podrá guardar la anhelada virginidad.

Con un suave olor de flores - y seguimos copiando la leyenda - los novios Julián y Basilisa son arrastrados hacia el amor de la virginidad, apareciéndoseles Nuestro Señor Jesucristo aprobando la determinación de conservarse intactos. Acompañan a Cristo un cortejo interminable de santos y santas vírgenes, entre cuyo desfile grandioso y ante la expectación de los celestes ejércitos ven sus nombres como en un letrero inmenso.

Esta aparición fue para Basilisa y Julián como una jura de bandera, con estruendo de clarines y con sonar de armonías inolvidables. Al poco tiempo mueren los padres de Julián y ambos recién casados se retiran y fundan sendos monasterios.

El sitio donde se apartó Julián era un campo árido; pero allí se reunirían gran cantidad de personas deseosas de recogimiento. El espíritu los lanzaba al desierto, como sucederá en todas las épocas de la historia. Piedra a piedra fueron levantando el edificio donde reposar el cuerpo mientras trabaja la mente en sublimes y divinos pensamientos. La finalidad que estos monjes perseguían al venir en torno a San Julián era imitar a Cristo en su cuaresma, hasta que el hambre mordiese sus entrañas, aun cuando su imaginación les sugiere convertir milagrosamente las piedras en panes, venciendo así al eterno tentador con la irrefutable contestación de que el hombre vive también de las palabras salidas de la boca de Dios.

A escuchar esas conversaciones divinas dichas al oído de las almas se encaminó Julián hasta los desiertos, abandonando el estrépito de las aguas torrenciales, de los bullicios callejeros y huyendo de las gentes, de los pequeños imperios y de las propias glorias tan tremendamente seductoras, consiguiendo subir así al monte alto de los siete círculos. San Julián fue a encontrar el ambiente recogido y ensimismado en un monasterio fabricado con el sudor suyo y de sus infatigables monjes, marchó buscando esa ciudad santa, donde los espíritus no tropiezan contra las piedras con tanta facilidad.

Este apartarse del ruido y del nerviosismo es propio de la actividad desbordante también hoy día. Asombra constatar esta tendencia a vivir como ermitaños en el centro mismo de las ingentes poblaciones, donde cada cual queda aislado, silencioso, leyendo o revisando el semanario gráfico a falta de Evangelio. No podemos negar que somos esencialmente ermitaños y monjes.

Julián. en su monasterio cercano a Antioquía, tuvo personal vigilancia de todos los quehaceres de la comunidad y con este motivo la autoridad del santo abad tendría que abarcar a todos los monjes con cariño y con prudencia, distribuyendo equitativamente las cargas y los duros trabajos entre los componentes del monasterio. Era Julián uno más que realizaba lo de su incumbencia con la misma exactitud con que hacía ejecutar lo que ordenaba, no reprendiendo con encono ni con altanería, sino con frases amables, comprensivas y alentadoras, cargadas de amor, que llegaban hasta lo más profundo del súbdito.

Había en el monje Julián una mezcla de bronco y dulce, de amable y de áspero. Corregía, consolaba, entusiasmaba y admiraba a los monjes a quienes gobernaba con una paz y una tranquilidad tan grande, que parecían estar solos en el más solitario de los desiertos.

Tampoco nos causa asombro que su esposa Basilisa se asociase a otras compañeras en una vida conventual. Dice la leyenda que Basilisa y las demás vírgenes que residían en el monasterio no lejano al de Julián conocieron por revelación divina el tiempo de su muerte. Basilisa, que durante toda su vida había exhortado siempre con su ejemplo y sus palabras a la práctica de la santidad monástica, les pone delante el cielo, superabundante premio de sus mortificaciones, austeridades y renuncias. Y al poco de morir aquellas vírgenes, se aparecen a Basilisa, notificándola la fecha de su muerte; ella se acuerda de la visión primera que tuvo en compañía de Julián mientras eran novios, cuando decidieron consagrar a Dios a perpetuidad su virginidad.

Siguiendo la leyenda, encontramos a Julián, a quien habíamos visto al cargo de una comunidad de monjes a las afueras de Antioquía. Julián da sepultura a Santa Basilisa, cuando todavía reinaba la paz en la ciudad; sobre su cadáver virgen el santo esposo imploró a Dios perpetuo descanso para ella.

En la película titulada "La túnica sagrada" se oye repetir al centurión romano que presenció impertérrito la crucifixión del Señor una frase: "¿Estuviste allí?". Mientras los martillazos de las trirremes que vuelven de Palestina a Roma le recuerdan en su locura cómo clavaron y asesinaron al Mártir primero de la cristiandad en una cálida tarde frente a la populosa Jerusalén, señora del mundo. Aquel vestido sagrado sobre el que echaron suertes a los dados, mientras la sangre púrpura caía sobre la tierra oscurecida, no se le borra de la mente al centurión.

Quisiera preguntar al autor del libro donde leí los datos la vida y martirio de San Julián, si había presenciado el suceso y si había sentido un ramalazo escalofriante al ver a los verdugos y a los cuerpos martirizados, pero me respondió un silencio en la vacía biblioteca.

Sobre Antioquía un día vinieron los conflictos y las persecuciones contra la Iglesia; y todas las saetas y tormentos empezaron a funcionar con furor y saña. A mares eran martirizados los cristianos y los muertos se amontonaban en la tierra antioquena como impasibles escombros.

El presidente de Antioquía, Marciano, ordena apresar y encarcelar a Julián y a los que con él residían en el monasterio apacible.

Pero Julián no se amedrenta y valientemente profesa su fe en la persecución. Innumerables personas mueren quemadas por declararse cristianas. La hoguera estuvo encendida para tronchar y aniquilar las vidas, como siglos más tarde rodeará e iluminará el atormentado rostro de Santa Juana de Arco.

Hay expectación en la gente cuando Marciano increpa con solemnidad a Julián.

-Adora a los dioses.

-No hay más Omnipotente que Dios, el Padre nuestro.

-Obedece los decretos del emperador.

-Jesucristo es mi único Cesar.

-¿Crees en un Crucificado?

-Él tiene escuadrones inmortales.

-Marcharás a la muerte.

-El emperador de Roma también es polvo y en polvo se convertirá.

Dios ayuda a los mártires y coloca en los labios de sus escogidos palabras arrolladoras que confunden y vencen a los tiranos.

- ¿Te ríes de nuestros dioses y de nuestro emperador? Ante los tormentos no habrá bromas ni réplicas.

El presidente Marciano cambia ahora de táctica, cosa frecuente en los hombres astutos que no quieren conocer las derrotas propias.

-Tus padres, Julián, fueron nobles. Te daremos honores.

-Desde el cielo me miran y me alientan a permanecer en mi religión.

-El cristianismo es religión de esclavos y adoran a un crucificado. Los nobles no van a la cruz.

-Mi Dios tiene la nobleza de haber derramado toda la sangre por el bien y la salvación de los hombres.

-Basta, Julián. Que te abran dolorosos y profundos surcos sobre tu carne cristiana.

Durante la flagelación sucede un milagro, ese argumento irrefutable y enorme que tiene Dios para los incrédulos de todos los siglos.

Un verdugo daba demasiado fuerte y araba en el cuerpo de Julián con notorio encono, cuando de un latigazo flagelante le saltó un ojo. El mártir, que no se cura a si mismo y que deja sangrar a sus martirizados miembros, implora el milagro para el mismo verdugo despiadado.

-Que le den una loción.

Se perfuma el ambiente cargado de sangre con un olor como de muchos bálsamos orientales. Después de que Julián con su sangrante brazo hace la señal de la cruz, el sayón recobra el ojo perdido. Pero en los criminales no hay piedad, ni ternura, ni compasión.

La espada no fallará y una cabeza que había siempre pensado en Cristo cae sonando débilmente como testimonio mudo de cristiandad, para un día resucitar con una gloria inmensa por el martirio sufrido.

Las sangres de los mártires riegan las tierras más ásperas, y Julián; con su inmolación cruenta, convierte a Celso, el hijo del presidente Marciano. Ha asistido al juicio, escuchando el fallo de su padre y ha contemplado impávido la ejecución terrible de la absurda sentencia, el milagro y la muerte del santo Julián.

Es el último triunfo terreno del mártir. Celso convertido, bautizado y valiente, muere recibiendo el galardón del martirio.

VALENTÍN SORIA

8 ene. 2015

Santo Evangelio 8 de Enero de 2015



Día litúrgico: 8 de Enero (Feria del tiempo de Navidad)

Texto del Evangelio (Mc 6,34-44): En aquel tiempo, vio Jesús una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor, y comenzó a enseñarles muchas cosas. Y como fuese muy tarde, se llegaron a Él sus discípulos y le dijeron: «Este lugar es desierto y la hora es ya pasada; despídelos para que vayan a las granjas y aldeas de la comarca a comprar de comer». Y Él les respondió y dijo: «Dadles vosotros de comer». Y le dijeron: «¿Es que vamos a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?». Él les contestó: «¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo». Y habiéndolo visto, dicen: «Cinco, y dos peces». 

Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos de comensales sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de ciento y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces y levantando los ojos al cielo, bendijo, partió los panes y los dio a sus discípulos para que los distribuyesen; también partió los dos peces para todos. Y comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestas llenas de los trozos que sobraron de los panes y de los peces. Los que comieron eran cinco mil hombres.


Comentario: Rev. D. Xavier SOBREVÍA i Vidal (Castelldefels, España)
Porque eran como ovejas que no tienen pastor

Hoy, Jesús nos muestra que Él es sensible a las necesidades de las personas que salen a su encuentro. No puede encontrarse con personas y pasar indiferente ante sus necesidades. El corazón de Jesús se compadece al ver el gran gentío que le seguía «como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6,34). El Maestro deja aparte los proyectos previos y se pone a enseñar. ¿Cuántas veces nosotros hemos dejado que la urgencia o la impaciencia manden sobre nuestra conducta? ¿Cuántas veces no hemos querido cambiar de planes para atender necesidades inmediatas e imprevistas? Jesús nos da ejemplo de flexibilidad, de modificar la programación previa y de estar disponible para las personas que le siguen.

El tiempo pasa deprisa. Cuando amas es fácil que el tiempo pase muy deprisa. Y Jesús, que ama mucho, está explicando la doctrina de una manera prolongada. Se hace tarde, los discípulos se lo recuerdan al Maestro y les preocupa que el gentío pueda comer. Entonces Jesús hace una propuesta increíble: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6,37). No solamente le preocupa dar el alimento espiritual con sus enseñanzas, sino también el alimento del cuerpo. Los discípulos ponen dificultades, que son reales, ¡muy reales!: los panes van a costar mucho dinero (cf. Mc 6,37). Ven las dificultades materiales, pero sus ojos todavía no reconocen que quien les habla lo puede todo; les falta más fe.

Jesús no manda hacer una fila de a pie; hace sentar a la gente en grupos. Comunitariamente descansarán y compartirán. Pidió a los discípulos la comida que llevaban: sólo son cinco panes y dos peces. Jesús los toma, invoca la bendición de Dios y los reparte. Una comida tan escasa que servirá para alimentar a miles de hombres y todavía sobrarán doce canastos. Milagro que prefigura el alimento espiritual de la Eucaristía, Pan de vida que se extiende gratuitamente a todos los pueblos de la Tierra para dar vida y vida eterna.

Santa Gúdula, 8 de Enero



8 de enero

SANTA GÚDULA

Virgen, Patrona de Bruselas

(† ca.712)

El viajero que llega en tren a Bruselas puede. si quiere, en vez de bajarse en la estación del Sur, situada en la periferia, continuar tranquilamente sentado en su vagón, que le llevará a través de un túnel subterráneo al mismo centro de la ciudad. Los belgas han construido en el corazón de Bruselas una estación central subterránea, modelo de pulcritud y de perfección técnica en sus servicios. Por medio de una escalera mecánica el viajero sale a la superficie. Allí mismo se encuentra la sede de la Sabena o Compañía Belga de Aviación, y un poco más abajo la monumental gran plaza de Bruselas, en que se ha logrado armonizar de un modo realmente feliz el gótico flamenco del hotel de Ville con la regia majestad del renacimiento español. Bajando de la estación central a la gran plaza, el viajero se encuentra con la iglesia colegial de Santa Gúdula. Es sin duda una de las mejores iglesias góticas de Bélgica y está dedicada a Santa Gúdula, patrona de Bruselas.

Moreau, en el Lexikon fuer Theologie und Kirche, nos habla de una vida de la Santa escrita en el siglo X, que no ha llegado a nuestras manos. La vida más antigua que poseemos sobre la Santa es la de un tal Hubert, monje de Lobbes, que debió escribirla, al parecer, el año 1047.

Según este escritor, la Santa nació en Brabante (Pagus Brachatensis), región situada en la parte central de la actual Bélgica y que ha tenido a lo largo de la historia un gran influjo en la historia del país. Santa Gúdula nació el año 650 en el seno de una aristocrática familia franca. Fue hija de Witger, duque de Lorena, y de Santa Amalberga.

Puede afirmarse, sin exageración, que el ambiente en que vivió Gúdula fue un ambiente de santos. Es curioso comprobar en esta época la existencia de esas cadenas familiares de santos pertenecientes a la aristocracia feudal, que pone de manifiesto el original proceso de cristianización, a partir de las clases más altas de la sociedad, que es característico de este tiempo. Santa fue la madre de Gúdula, Amalberga. De ella sabemos que cuando perdió a su esposo se recluyó en un monasterio de Maubege. en la actual frontera entre Francia y Bélgica. Santos fueron también dos de sus hermanos, Santa Reinalda, que vivió prácticamente como monja en una de sus propiedades de Brabante, cerca de Hal, y San Emeberto, obispo que fue de Arrás y Cambrai. Santa, finalmente, fue su madrina, Gertrudis. Nació en 626 y fue hija de Pipino el Viejo, antepasado directo de los carolingios. Su madre, Santa Iludega, fundó el monasterio de Nivelles, al sur de Bruselas, del' que Santa Gertrudis fue la primera abadesa a la muerte de su madre en 652. La formación escriturística y litúrgica de Santa Gertrudis, así como su piedad y caridad, debieron ser muy notables.

En el monasterio de Nivelles y bajo la tutela de su santa madrina fue educada la niña Gúdula, según la costumbre de las familias aristocráticas en esta época. Muerta Santa Gertrudis en 659, volvióse Gúdula a la casa paterna. Según unos, vivió recluida en el oratorio de San Salvador de Moorsel, a pocas millas de su pueblo natal. Según otros, permaneció en casa de sus padres, llevando una vida extraordinaria de piedad y recogimiento.

Cuenta la leyenda que le gustaba a Santa Gúdula dirigirse todas las mañanas antes de la aurora a la capillita de madera dedicada a San Salvador, en Moorsel, y que un día el demonio, furioso de verla tan devota; le apagó la linterna que llevaba en la mano. Gúdula se puso en oración, arrodillada en el barro, y la lámpara volvió a encenderse milagrosamente. Esta leyenda ha dado lugar al distintivo iconográfico de la Santa: una linterna, a veces reemplazada por un cirio, que la Santa lleva en la mano, mientras el demonio da señales de rabia a sus pies y un ángel lateral enciende de nuevo el cirio.

Hubert, el antiguo cronista de Lobbes, nos presenta a Santa Gúdula como una mujer consagrada en cuerpo y alma al socorro del prójimo. Volviendo un día de la capilla de Moorsel, encontró a una pobre mujer que llevaba en brazos un niño de diez años paralítico de pies y manos. Gúdula lo tomó en sus manos. lo acarició y rogó fervorosamente a Aquel que dijo: "Todo lo que pidiereis a mi Padre en mi nombre os lo concederá" Inmediatamente el niño se sintió curado y comenzó a dar saltos de alegría. En otra ocasión vino a su encuentro una leprosa llamada Emenfreda. La Santa examinó sus llagas, la consoló con dulces pensamientos y después la curo. La noticia de estos prodigios se extendió rápidamente por toda la región. Y una multitud de desgraciados acudía a ella en busca de socorro.

Tras breve enfermedad Gúdula murió, probablemente el 8 de enero de 712. Hubert nos describe la desolación de las pobres gentes de la comarca que estaban acostumbradas a ver en ella una especie de hada protectora. Y nos transmite las grandes alabanzas que las gentes hicieron de la Santa con motivo de su muerte. Fue enterrada en Vilvoorde.

Después de algún tiempo fue trasladado el cuerpo de Santa Gúdula a Moorsel, donde se estableció un monasterio de religiosas que duró poco tiempo. Más tarde sus restos mortales fueron confiados a Carlos de Francia, hijo de Luis, duque de la Baja Lorena. Probablemente en 977. Durante unos sesenta años el cuerpo de Santa Gúdula reposó en la iglesia de San Géry de Bruselas, entonces simple capilla castrense, construida junto a la residencia condal. Por fin, el conde de Lovaina, Lamberto II, hizo trasladar en 1047 el precioso depósito a la iglesia de Molemberg, dedicada a San Miguel, que fue probablemente la primera parroquia de Bruselas y que después cambió su nombre por el de Santa Gúdula. Al mismo tiempo el príncipe erigió allí un capítulo.

Una antigua nota, que se conserva en los Archivos Generales del Reino de Bruselas, relata la historia de esta fundación. Puede ser que con motivo de esta última y definitiva traslación del cuerpo de Santa Gúdula se escribiera la Vita Iª. Gudulae, del monje Hubert.

El martirologio romano celebra la fiesta de Santa Gúdula el 8 de enero, mientras que en la archidiócesis de Malinas y en la diócesis de Gante se celebra el 19 del mismo mes.

Se comprende el mimo con que los belgas han tratado siempre a Santa Gúdula, la patrona de Bruselas, si tenemos en cuenta su antigüedad, que se remonta al periodo que podríamos llamar de estructuración del pueblo belga, y a la extraña ausencia de santos modernos, como es fácil constatar en un país que, por otra parte, tanto ha merecido de la Iglesia en todos los órdenes.

ANTONIO HORTELANO, C. SS. R.

7 ene. 2015

Santo Evangelio 7 de Enero de 2015



Día litúrgico: 7 de Enero (Feria del tiempo de Navidad)

Texto del Evangelio (Mt 4,12-17.23-25): En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz». 

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán.


Comentario: Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala (Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)
El Reino de los cielos está cerca

Hoy, por así decirlo, recomenzamos. El «Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz» (Mt 4,16), nos dice el profeta Isaías, citado en este Evangelio de hoy, y que nos remite al que escuchábamos en Nochebuena. Volvemos a comenzar, tenemos una nueva oportunidad. El tiempo es nuevo, la ocasión lo merece, dejemos —humildemente— que el Padre actúe en nuestra vida.

Hoy comienza el tiempo en que Dios nos da una vez más su tiempo para que lo santifiquemos, para que estemos cerca de Él y hagamos de nuestra vida un servicio de cara a los otros. La Navidad se acaba, lo hará el próximo domingo —si Dios quiere— con la fiesta del Bautismo del Señor, y con ella se da el pistoletazo de salida para el nuevo año, para el tiempo ordinario —tal y como decimos en la liturgia cristiana— para vivir in extenso el misterio de la Navidad. La Encarnación del Verbo nos ha visitado en estos días y ha sembrado en nuestros corazones, de manera infalible, su Gracia salvadora que nos encamina, nuevamente, hacia el Reino del Cielo, el Reino de Dios que Cristo vino a inaugurar entre nosotros, gracias a su acción y compromiso en el seno de nuestra humanidad.

Por esto, nos dice san León Magno que «la providencia y misericordia de Dios, que ya tenía pensado ayudar —en los tiempos recientes— al mundo que se hundía, determinó la salvación de todos los pueblos por medio de Cristo».

Ahora es el tiempo favorable. No pensemos que Dios actuaba más antes que ahora, que era más fácil creer cerca de Jesús —físicamente, quiero decir— que ahora que no le vemos tal como es. Los sacramentos de la Iglesia y la oración comunitaria nos otorgan el perdón y la paz y la oportunidad de participar, nuevamente, en la obra de Dios en el mundo, a través de nuestro trabajo, estudio, familia, amigos, diversión o convivencia con los hermanos. ¡Que el Señor, fuente de todo don y de todo bien, nos lo haga posible!

San Raimundo De Peñafort, 7 de Enero



7 de Enero

LECTIO DIVINA

SAN RAIMUNDO DE PEÑAFORT
CONFESOR († 1275)


El siglo XII surgió en la historia de la Europa occidental animado por un espíritu creador. Nuevas estructuras políticas y sociales, nuevas corrientes literarias, nuevas formas de vida, nuevas escuelas de perfección religiosa, nuevas empresas colectivas en la unidad de la cristiandad como despliegue de su vitalidad interna, no por la fuerza política de un imperio cuarteado y caduco. Este impulso juvenil del siglo XII llegó a plena sazón con las grandes realizaciones del siglo XIII, en el vértice de la sociedad cristiana medieval: municipios y mercados, catedrales y universidades, el acento familiar de las lenguas romances, el vigor de las monarquías, la luz de la escolástica, el espíritu de renovación evangélica de las Ordenes mendicantes, los afanes misioneros, la plena supremacía del Pontificado Romano.

Es en el marco espléndido del cruce de los dos siglos, XII y XIII, y en algunos de sus ambientes más atractivos, donde hay que situar a San Raimundo de Peñafort si se quiere conocer con alguna exactitud su significación histórica y e! sentido de su ejemplaridad cristiana.

Raimundo de Peñafort nació seguramente en el lugar de su apellido, a poca distancia de Villafranca del Panadés, en la diócesis de Barcelona, alrededor del año 1180, sin que conozcamos la fecha fija. Pertenecía a una familia de la pequeña nobleza feudal. De su casa poco se conserva; sería más que un gran castillo, uno de esos pequeños castillos que abundan en la Cataluña vieja, un caserón de piedra situado en lugar adecuado; en el caso de los Peñafort, en un altozano. De los años de su primera infancia lo ignoramos todo, hasta la leyenda ha sido avara en relatos sobre dicho período. La primera noticia histórica es su intervención en 1204 como escribano del testamento de Raimundo de Rosanes. Ello supone cierto grado de preparación jurídica y una dedicación vocacional ya decidida de algún modo. La primera etapa importante de su vida comienza con sus estudios en la universidad de Bolonia, probablemente a partir de 1211. En Bolonia, la metrópoli de la ciencia del derecho, estudió derecho canónico y derecho romano y después se consagró durante algún tiempo a la docencia, consiguiendo muy pronto un auténtico prestigio en la difícil tarea.

Abandonó San Raimundo su vida de Bolonia para volver a Barcelona, tal vez a ruegos del obispo de la diócesis, don Berenguer de Palou. En la ciudad de Barcelona vivió como clérigo prestigioso, como lo dan a entender algunas intervenciones suyas de las que se conservan testimonios documentales. La vida antigua del Santo, escrita por autor anónimo poco después de la muerte del mismo, afirma que San Raimundo fue canónigo de la catedral de Barcelona, pero hoy se pone en duda la exactitud de esta noticia. Poco después de su establecimiento en Barcelona vistió el hábito de los frailes Predicadores en el convento de Santa Catalina de la misma ciudad. Sólo habían transcurrido dos años incompletos desde que se había extinguido en Bolonia la vida santísima del patriarca Santo Domingo. Gobernaba la Orden el Beato Jordán de Sajonia. Tiene particular significación este paso decisivo; Raimundo, hombre de leyes, abraza una forma nueva y discutida de vida religiosa, con particular empeño amparada por los Papas: precisamente este nuevo estilo de vida religiosa es el de una empresa militante y esencialmente eclesiástica.

Desde su convento dominico de Santa Catalina de Barcelona alcanzó San Raimundo, sin buscarlo, una extraordinaria fuerza de irradiación como norma viva de la justicia, hasta lograr una influencia decisiva en el establecimiento de un orden jurídico cristiano en los Estados de la corona de Aragón, en el momento de su mayor esplendor y de su mayor eficacia política. Varias fueron las zonas alcanzadas por la acción de San Raimundo: en el seno de su provincia dominicana la dirección magistral de los religiosos consagrados al ministerio de las almas, particularmente a la administración del sacramento de la penitencia. Para ellos escribió su Summa de Poenitentia, que llegó a ser uno de los libros más difundidos en la baja Edad Media, manual insustituible para todos los confesores en el ejercicio de su sagrada tarea. La inspiración de la empresa misionera de los frailes Predicadores de su provincia religiosa para la conversión de moros y judíos, particularmente en las nuevas tierras cristianas de Mallorca, de Valencia y de Murcia, y también del norte de Africa. Al calor de este empeño misionero surgieron las escuelas dominicanas de lenguas orientales. En el mismo ambiente se formó, al amparo de San Raimundo, el gran orientalista y apologista Fr. Ramón Martí, autor del Rugio Fidei, y por una feliz iniciativa del propio San Raimundo y para sus misioneros escribió Santo Tomas de Aquino su Summa contra gentiles.

Interviene San Raimundo como hombre de consejo en diversos acontecimientos de excepcional importancia, como la fundación de la Orden de la Merced, la predicación por el mediodía de Francia de la cruzada para la expedición de Mallorca, la organización de la Inquisición, la legación en España del cardenal Juan Halgrin de Abbeville. Nombrado capellán y penitenciario del papa Gregorio IX, desde la Curia romana pudo influir ampliamente en la resolución de asuntos de toda la cristiandad. Fruto maduro de su ciencia y de su experiencia fue la compilación del derecho canónico promulgada por el mismo papa Gregorio IX por la bula Rex Pacificus del 5 de septiembre de 1234.

No fue muy larga la estancia de San Raimundo en Roma, Su estado de salud, su amor al retiro, su empeño en evitar las consideraciones públicas le movieron a pedir con insistencia a Gregorio IX le dejara libre de sus cargos en la corte pontificia. Volvió a Barcelona y a sus tareas antiguas; el 15 de octubre de 1236 asiste a las cortes generales de la corona de Aragón. Interviene después por encargo del Papa en diversos asuntos graves: provisiones de sedes episcopales vacantes, absolución del rey de Aragón, que había incurrido en excomunión, absoluciones de herejes, dimisiones de obispos, resoluciones arbitrales de diversos asuntos litigiosos. Había vuelto a su tierra pero no para hallar reposo.

En la Pentecostés de 1238, en el convento patriarcal de Bolonia, el capítulo general de los frailes Predicadores le eligió para maestro general de la Orden, para suceder al Beato Jordán, recientemente fallecido. No se hallaba San Raimundo en el capítulo. Llegó la diputación capitular a Barcelona y San Raimundo aceptó, obligado, el supremo gobierno de su Orden, cuando ésta significaba una de las fuerzas más eficaces de la Iglesia en aquella coyuntura. Así la Orden de los frailes predicadores ha tenido en San Raimundo el codificador de su legislación interna. La revisión y aprobación del texto de las Constituciones dominicanas le ocupó dos años; logrado este objetivo, renunció al generalato de la Orden en el capitulo general de 1240. Durante su breve gobierno consiguió una serie de disposiciones legales de diversa índole de la Santa Sede para resolver su labor completiva del ordenamiento jurídico dominico.

Abandonada la suprema magistratura de la Orden, San Raimundo volvió a su convento de Barcelona para no dejarlo ya hasta su muerte. Comienza entonces el último periodo de su vida, largo lapso de treinta y cinco años. El Santo declinó toda clase de honores y cargos de gobierno, pero, aunque alejado de la curia y corte romanas, no pudo renunciar a su oficio de capellán y penitenciario del Papa. Durante aquel largo período y por una serie ininterrumpida de delegaciones pontificias, San Raimundo tuvo que intervenir en la resolución de múltiples y graves problemas eclesiásticos: provisiones de sedes episcopales, renuncias de obispos y abades, reforma capitular de Vich, absoluciones de herejes. dispensas matrimoniales, normas a los inquisidores. litigios entre comunidades religiosas, negocios de bienes eclesiásticos y tantos otros asuntos que el biógrafo no puede exponer sin seguir una a una las piezas documentales muy numerosas que nos han llegado de aquella etapa raimundiana y no serán pocas las perdidas.

Un lugar muy destacado, al lado de sus actividades pontificias, ocuparon en la vida del Santo durante aquellos años sus tareas de consejero de toda clase de personas, particularmente su influencia en los problemas familiares del rey Jaime I y en el litigio grave en torno a los derechos del Infante don Pedro.

Complemento de estas múltiples manifestaciones de su magisterio moral y jurídico fue la labor de escritor orientada a unos mismos fines, cristalizada en diversos opúsculos sobre la guerra y el duelo, sobre la visita de las diócesis y la cura pastoral. sobre los negocios mercantiles y no pocas resoluciones de las más varias consultas.

La vida antigua del Santo nos habla de su don de consejo, de su celo por los musulmanes y judíos convertidos, de su caridad universal, de su piedad. de su fervor en la celebración de la santa misa, de su observancia religiosa, su don de milagros. su total desasimiento de las dignidades y honores humanas. Su vida fue una total entrega a los supremos ideales de la santidad y del apostolado, sirvió a la Iglesia Romana como obrero absolutamente desinteresado. Intervino en la vida de su patria con toda eficacia en uno de los momentos cruciales de su ruta histórica.

Como ocurre con otros santos de la Edad Media, de San Raimundo no conservamos testimonios valiosos de su vida íntima, ni tampoco tenemos datos abundantes sobre su manera peculiar de actuar en los ministerios apostólicos, en sus intervenciones como consejero, en su vida comunitaria. Un relato tardío sobre su actitud con Jaime I, rey de Aragón, en el ejercicio de sus funciones de confesor, seguido del milagro de su huida a Barcelona sobre las aguas del mar, carece de valor histórico. Sin embargo, podemos conocer de algún modo la manera de ser de San Raimundo a través de los grandes hechos de su vida, de sus soluciones y sus consejos y, sobre todo, si nos ayudamos de sus escritos, todos ellos de carácter práctico, pastoral. Así podemos conocer el sentido de su vida.

Un sentido profundo de la realidad humana fue una de las características del Santo, más hecho para formar hombres que para escribir libros, como señalo el obispo de Vich, Torras y Bages.

Sentido de la Iglesia y de la sociedad civil, de las instituciones y de las leyes. Por ello el padre Gardeil vio como característica de la vida espiritual de San Raimundo el predominio del don de piedad en esta filial entrega a la Santa Madre Iglesia, a su Orden y a su patria, con los ojos fijos en su filial vinculación a Dios en la vida terrena, aceptada plenamente como una peregrinación y como un servicio.

Terminó San Raimundo su peregrinar sobre la tierra el día 6 de enero, fiesta de la Epifanía del Señor, del año de 1275. A las exequias de aquel religioso que tanto habla, huido los honores humanos, asistieron Jaime I de Aragón y Alfonso X el Sabio de Castilla, con prelados, príncipes y señores. A raíz de su muerte comenz6 el culto público. Fue canonizado solemnemente por el papa Clemente VIII el día 29 de abril de 1601.

JOSÉ M. DE GARGANTA, O. P.


San Raimundo De Peñafort
presbítero (1175-1275)


Vivió entre sabios y santos. Tuvo la dicha de estar rodeado de hombres tan santos como San Alberto Magno, que fue su profesor y San Pedro Nolasco el que dirigió su conciencia... 

Nació por el año de 1180, en Cataluña. Hechos sus estudios en su pueblo, marchó a Barcelona para graduarse en Leyes. A la vez que aprendía, enseñaba la moral y las virtudes a los demás. Marchó a Bolonia para ampliar sus estudios y se dedicó de lleno al estudio de las leyes en las que será un gran maestro. Posteriormente, el Obispo de Barcelona le pidió ayuda para dirigir y corregir los defectos de su Diócesis. Pronto su fama se extendió como en Bolonia. Todos acudían a él con sus dificultades y a todas partes llegaba su acción iluminadora y caritativa. 

A sus 47 años, un día le dice al Padre Provincial: "Padre, deme por favor una buena penitencia por mis muchos pecados, sobre todo por los que cometí en Bolonia por mi soberbia". Y el P. Provincial le impuso el escribir una SUMA sobre Teología moral que aún hoy es una maravilla de precisión y seguridad y que tantos juristas durante siglos se aprovecharon de ella. 

Fundó junto con San Pedro Nolasco y el rey Jaime I la Orden de la Merced para redimir a los cautivos que tanto abundaban en aquella época. Cada uno tuvo una gran misión en el nacimiento y desarrollo de esta Orden. Raymundo, a pesar de huir de puestos honoríficos, fue encargado por los reyes y Papas de grandes misiones y embajadas y en todas salió airoso y con gran fruto. Fue elegido Superior General de su Orden en la que tanto y tan bien trabajó... 

Recorrió varias naciones y países para predicar, con ardiente caridad, la fe en Jesucristo a judíos y moros... San Raymundo fue el consejero de miles de personas y gran director de conciencias. Ya centenario murió el 6 de enero de 1275.

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Raimundo de Peñafort, San

Autor: P. Ángel Amo. 

Cuando Gregorio IX, de quien había sido un precioso colaborador, le comunicó su intención de nombrarlo arzobispo de Tarragona, la consternación de Raimundo de Peñafort fue tal que se enfermó. El humilde y docto sacerdote, que había nacido entre el 1175 y el 1180, había siempre rehusado honores y prestigio, pero no lo había logrado. Rechazando una vida cómoda y alegre (era hijo del noble castellano de Peñafort), se había dedicado desde muy joven a los estudios filosóficos y jurídicos; a los veinte años enseñaba filosofía en Barcelona, y a los treinta años, recién graduado, enseñaba jurisprudencia en Bolonia. El sueldo que obtenía por ello lo gastaba todo en socorrer a los necesitados. 

Regresó a Barcelona por invitación de su obispo, quien lo nombró canónigo. Pero cuando los dominicos llegaron a esa ciudad, le invitaron a ingresar en sus filas y Raimundo, abandonándolo todo, entró a la Orden. Dieciséis años después, en 1238, fue nombrado Superior General, cargo que no pudo rehusar. Durante dos años visitó a pie los conventos de la Orden, después reunió el Capítulo general en Bolonia y presentó su renuncia. Así, a los setenta años de edad pudo regresar a la enseñanza y a la pastoral. 

Nombrado confesor del rey Santiago de Aragón, no dudó en reprocharle su conducta escandalosa durante la expedición a la isla de Mallorca. Una leyenda cuenta que el rey había prohibido que las embarcaciones se dirigieran hacia España, y entonces, Raimundo, para manifestar su desacuerdo con el soberano, extendió su manta sobre el agua y sobre él navegó hasta Barcelona. 

Una de sus obras apostólicas dignas de recordar son las misiones para la conversión de los hebreos y los mahometanos que vivían en España. Según la tradición, se le atribuye el mérito de haber invitado a Santo Tomás de Aquino a escribir la Summa contra Gentiles, para que sus predicadores tuvieran un texto seguro de apologética para las controversias con los herejes e infieles. Él mismo redactó importantes obras de teología moral y de derecho, entre ellas la Summa casuum para la administración correcta y eficaz del sacramento de la penitencia. Murió casi a los cien años, el 6 de enero de 1275 y fue canonizado en 1601.

Lecturas del Tiempo de Navidad: día 7

Primera carta de san Juan 3, 22-4,6 :
“Queridos: ... Este es el mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como ÉL nos lo mandó... 

Queridos: no os fiéis de cualquier espíritu. Examinad y ved si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido del mundo...

Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne, ése es de Dios...”

Evangelio según san Mateo 4, 12-17. 23-25: 
“Enterado Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. 

Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí...

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Y recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo...”



Reflexión para este día
Sepamos discernir los buenos espíritus.
Las palabras de san Juan nos aconsejan “no fiarnos de cualquier espíritu sino examinar y ver si los espíritus vienen de Dios”. 

Esta llamada al “discernimiento”, por parte del autor sagrado, debe hacernos revisar nuestra conducta, y, al mismo tiempo, nos puede hacer recordar la vida de consejero y discernidor de espíritus por la que fue respetado y admirado san Raimundo de Peñafort, cuya memoria celebramos: 

él fue consejero de reyes, preceptor de formadores, discernidor de lo que era voluntad de Dios en la fundación de la Orden de la Merced para redimir cautivos; él fue orientador de los confesores en la misión de clarificar conciencias e impulsar hacia la vida en santidad; él fue experto continuador y plenificador jurídico-canónico de las constituciones aprobadas por santo Domingo para su Orden de frailes predicadores; y fue, sobre todo, luchador con desvelo contra los malos espíritus que ofuscaban a las conciencias. 

¡Qué raro es encontrar en la vida hombres de ese corte, de esa talla, o de similar abnegación, independencia, fidelidad y entrega! Los necesitaríamos en nuestros días en la Iglesia y en la Sociedad. Pidamos al Señor que no nos falten

6 ene. 2015

Santo Evangelio 6 de Enero de 2015



Día litúrgico: La Epifanía del Señor

Texto del Evangelio (Mt 2,1-12): Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle». En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’». 

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle». 

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.


Comentario: Rev. D. Joaquim VILLANUEVA i Poll (Barcelona, España)
Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron

Hoy, el profeta Isaías nos anima: «Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti» (Is 60,1). Esa luz que había visto el profeta es la estrella que ven los Magos en Oriente, con muchos otros hombres. Los Magos descubren su significado. Los demás la contemplan como algo que les parece admirable, pero que no les afecta. Y, así, no reaccionan. Los Magos se dan cuenta de que, con ella, Dios les envía un mensaje importante por el que vale la pena cargar con las molestias de dejar la comodidad de lo seguro, y arriesgarse a un viaje incierto: la esperanza de encontrar al Rey les lleva a seguir a esa estrella, que habían anunciado los profetas y esperado el pueblo de Israel durante siglos.

Llegan a Jerusalén, la capital de los judíos. Piensan que allí sabrán indicarles el lugar preciso donde ha nacido su Rey. Efectivamente, les dirán: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta» (Mt 2,5). La noticia de la llegada de los Magos y su pregunta se propagaría por toda Jerusalén en poco tiempo: Jerusalén era entonces una ciudad pequeña, y la presencia de los Magos con su séquito debió ser notada por todos sus habitantes, pues «el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3), nos dice el Evangelio.

Jesucristo se cruza en la vida de muchas personas, a quienes no interesa. Un pequeño esfuerzo habría cambiado sus vidas, habrían encontrado al Rey del Gozo y de la Paz. Esto requiere la buena voluntad de buscarle, de movernos, de preguntar sin desanimarnos, como los Magos, de salir de nuestra poltronería, de nuestra rutina, de apreciar el inmenso valor de encontrar a Cristo. Si no le encontramos, no hemos encontrado nada en la vida, porque sólo Él es el Salvador: encontrar a Jesús es encontrar el Camino que nos lleva a conocer la Verdad que nos da la Vida. Y, sin Él, nada de nada vale la pena.

La Epifanía del Señor, 5 de Enero



La Epifanía del Señor
6 de Enero

La Iglesia en su liturgia considera la obra de la Redención más en su sentido místico que en su sentido demasiado realístico. Más que el simple hecho histórico, le interesa el sacramento, el misterio. En cierto modo, la Iglesia podría decir con San Pablo: "Si conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos". En el sentido: que ahora vemos la razón y el fin de todas sus obras. ¡Cuántas veces confiesan los mismos evangelistas que mientras vivió Jesús no comprendieron el alcance y significación de sus actos! Y el mismo Cristo dice: "Lo que yo hago no lo comprendes ahora, lo verás después".

En esta concepción de la obra de Cristo es donde encuentran muchos fieles la mayor dificultad para vivir liturgia. Atados a la letra, a la historia, al hecho concreto, quedan desorientados ante las visiones panorámicas, totales, completas de la liturgia. Si la fiesta de Navidad está ya llena de contrastes de la visión total del misterio, pues Aquel mismo que considera en el pesebre, se le aparece llevando sobre sus hombros las insignias del poder; esto se acentúa más en la fiesta de la Epifanía.

Al fin y al cabo el objeto de la fiesta de Navidad, de origen occidental, romano concretamente, es único y claro como su mismo nombre latino: "Nativitas". En cambio, en la Epifanía no sólo el nombre griego de esta fiesta - aparecida en Oriente - es misterioso, sino que su mismo objeto es complejo. No es extraño que si Navidad para muchos no pasa de ser una feliz nochebuena con cánticos al Niño Jesús, Epifanía quede reducida a "la fiesta de los Reyes".

Es una tendencia espontánea de los pueblos activos de Occidente el convertir los misterios en devociones que a veces no expresan más que aspectos muy secundarios de los mismos, pero que hablan más al sentimiento que a la razón.

Con todo, fundamentalmente, Navidad y Epifanía celebran un mismo hecho: el advenimiento de Dios en este mundo; solo que la primera de estas festividades lo celebra sobre todo bajo el punto de vista histórico, y la segunda bajo el punto de vista teológico e ideológico. Cuando, a fines del siglo IV, Roma aceptó la fiesta oriental del 6 de enero y el Oriente la romana del 25 de diciembre, ambas pudieron conservar su propio carácter y se completaron mutuamente.

Epifanía representa el desarrollo completo del misterio de Navidad. "El que aquel día nació de la Virgen - dice San León -, hoy ha sido reconocido por el mundo entero". Dios ha aparecido en el mundo no solamente tomando carne mortal, sino manifestándose a los hombres, mostrando sus obras y su poder, y tomando posesión de su: Pueblo al modo que los antiguos reyes la tomaban solemnemente de sus ciudades. Todo esto ha significado en el decurso del tiempo la palabra epifanía – o más tarde teofanía – y algo de esto se encuentra en la rica liturgia de esta festividad. En la adoración de los Magos han visto todos los Santos Padres la manifestación de Cristo a los paganos y al mundo en general, en el milagro de las Bodas de Caná la manifestación de su poder y en el Bautismo del Jordán, la purificación y toma de posesión de su Iglesia y de cada una de las almas.

Este es el triple misterio de la Epifanía, que resume admirablemente la antífona del Benedictus de la fiesta que, al mismo tiempo, nos hace ver la vida sacramental de la Iglesia: "Hoy la Iglesia se ha unido al Esposo celestial, pues en el Jordán Él la lavó de sus crímenes. Los Magos corren con sus presentes a las nupcias reales y los invitados se regocijan del agua convertida en vino".

En esta antífona se nos presenta la aparición de Dios en el mundo bajo el símbolo nupcial, tan usado en el Antiguo y Nuevo Testamento para expresar la unión de Dios con su pueblo. Yavé es el esposo; el pueblo de Israel, la esposa. Cristo el esposo, y la Iglesia la esposa. La esposa de Yavé fue infiel y, por lo tanto, repudiada por Dios. La esposa de Cristo, lavada de sus iniquidades en el Jordán - bautismo - como reina, sin arruga ni mancilla, avanza con los Magos, que son sus primicias, hacia el convite real que le prepara su esposo, y se sienta a su lado en la mesa, donde se alimenta de su cuerpo y se llena de gozo con el vino de su sangre. Todavía quedaba subrayada esta idea de las nupcias reales en la Eucaristía con el milagro de la multiplicación del pan y de los peces, que durante muchos siglos se conmemoraba asimismo el día de la Epifanía.

¡He aquí la idea de la manifestación de Dios en el mundo en toda su extensión y profundidad! Dios, que como esposo divino sale de los tálamos eternos para darse a conocer a la humanidad con su presencia, con su poder y con su gracia sacramental, con la cual penetra en lo más profundo del alma, a la que se une más íntimamente que el esposo a la esposa, encarnándose en cierto modo en ella. Esta unión y transformación son el último desplegamiento de la gracia de Navidad.

No basta celebrar Navidad con alegría, entusiasmo y fervor. Para sacar todas las consecuencias del misterio, hay que vivirlo en lo más íntimo del corazón, meditándolo, revolviéndolo, como lo hacía María en estos días: "María, nos dice San Lucas, conservaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón". Como lo hace la Iglesia, que a medida que va alejándose de la festividad parece descubrir más profundas y nuevas perspectivas de aquel "grande y admirable sacramento" de "aquel maravilloso comercio". Todo lo que va de Navidad a Epifanía no es en la liturgia otra cosa que un engolfarse en el misterio.

Imposible exponer aquí todo el riquísimo oficio de la Epifanía; pero sí que tenemos que comentar brevemente la solemne y grandiosa misa de la fiesta que litúrgicamente es de lo mejor que posee nuestro misal romano. En ella encontramos como estereotipada aquella grandeza, aquella sobriedad y aquel orden y lógica de la antigua Roma, pero envuelto todo ello con el carisma de la unción cristiana.

Reunidos espiritualmente en la Basílica de San Pedro - la basílica de la catolicidad - vemos entrar el Papa con toda la esplendidez de ministros, mientras el coro canta la antífona del Introito, canto hoy verdaderamente de entrada. "He aquí cómo viene el Señor dominador y en su mano están el reino, el poder y el imperio".

¿No hemos clamado durante todo el Adviento con aquel fervoroso e impetuoso "ven, Señor"? "He aquí que viene", se nos dice hoy. Y con la fe: en el Papa que entra en la iglesia de la cristiandad, en el obispo que hace su entrada en la catedral, en el párroco en su parroquia o cualquier sacerdote en su iglesia. recibimos nosotros la visita, la concreta epifanía del Señor para cada uno de nosotros. El salmo entero del Introito, cuyos versículos se cantan al avanzar el sacerdote hacia el altar, nos descubre todo el valor profético de la entrada del Señor en este mundo y en su Iglesia.

Como los Magos por la estrella, así nosotros somos conducidos por la fe hacia Dios. Pero la fe debe terminar en la visión de la magnificencia de Dios en su gloria. Es lo que pide la Colecta. La fe fue la primera aparición de Dios en nuestra alma; la fe es la estrella que nos hace hallar a Cristo en nuestra vida - como se lo hizo hallar a los Magos en la suya - y la fe es la que nos conducirá a su plena posesión en la gloria. He aquí la aparición de Cristo en toda su dimensión que nos hace implorar la Colecta.

Esta magnífica aparición de Dios a la humanidad había sido preparada desde todos los siglos y frecuentemente anunciada por los profetas del Antiguo Testamento. La epístola de hoy es una de las más bellas de estas profecías. Con frases de una fuerza y colorido incomparable, nos describe aquí Isaías la gloria y grandeza de la Jerusalén ideal, que espiritualmente se realizan en la Iglesia. La Iglesia ha considerado esta profecía como un himno a su gracia, a su riqueza y a su gloria. Y por eso durante la Edad Media se cantaba esta epístola con una adornada melodía y su canto era envuelto de un rico ceremonial. Si la epístola nos presenta la profecía, el evangelio nos relata su histórica realización.

Como lazo de unión entre las dos lecturas está el canto del gradual y del aleluya. El gradual de hoy es un eco de la epístola, recoge unas frases características de la misma y las medita cantando. El aleluya, en cambio, anticipa, preparándolo, el evangelio, subrayando la idea principal de la fiesta: aparición y adoración, o luz y dones, que es también lo que expresa en otra palabras el gradual.

En el evangelio de hoy se ve claramente el sentido que la Iglesia da a la lectura de la palabra de Dios en la misa. No se trata solamente de escuchar una historia, una doctrina o una exhortación de labios del Señor. Es decir, el evangelio en la misa no es una lección de exégesis, de dogma o de moral, sino una presencia del Señor, el cual, por el sacramental de su palabra, nos prepara al Sacramento de su cuerpo, donde todo lo leído cobra eficacia y una realidad sobrenatural en nuestras almas. "'No digas - decía San Agustín - bienaventurados los que le vieron, oyeron, tocaron..., pues tú lo ves, lo oyes y tocas en su Evangelio". La lectura del evangelio en la misa es una verdadera epifanía del Señor. Por eso la liturgia envuelve esta lectura con un ceremonial tan Solemne como si acompañara al mismo Señor: ministros, incienso, velas, beso y canto solemne.

Hoy no sólo escucharnos la historia de los Magos como sí fuera la de nuestra vocación, sino que con ellos y como ellos nos arrodillamos para adorar al Señor.

Ellos le adoraron en el pesebre, envuelto en pañales, y nosotros le adoramos en el cielo reinando y cubierto de gloria. Y así damos pleno sentido a su adoración y a la nuestra.

Con toda verdad podemos, por lo tanto, cantar en el Ofertorio que no sólo los reyes de Tarsis y de las islas, y los reyes de Arabia o de Saba presentan dones y ofrendas, sino que todos los reyes de la tierra le adoran y las gentes le sirven. Entre esta multitud cósmica, nuestra adoración cobra una proporción y un sentido insospechado. ¡Qué bello seria expresar esta adoración y consagración ofreciendo hoy los dones al altar! Dones - el pan y el vino del sacrificio que, como dice admirablemente la Secreta de hoy, no son ya oro, incienso o mirra, sino los dones de la Iglesia en los cuales Cristo, juntamente con ella, será ofrecido e inmolado para entregarse luego como alimento de su esposa. He aquí el don perfecto.

El Señor apareció en nuestra carne mortal para transe inmortalizarla. Siempre que recibimos la Eucaristía somos restaurados "con la nueva luz de su inmortalidad", como dice el Prefacio. Gracias a la misa, hoy tendrá una realidad sublime para cada uno de nosotros la Epifanía del Señor; aquí no sólo la celebramos y la meditamos. sino que la vivimos. ¡Qué significación tiene así la antífona de la Comunión: "Hemos visto su estrella en Oriente y venimos con dones a adorar al Señor"!

Nuestro corazón - después de la Sagrada Comunión - es el pesebre y el trono del Señor a la vez, allí hemos de ofrecerle el oro de nuestro amor, el incienso de nuestra adoración y la mirra de nuestra mortificación.

"Viene", "aparece", "hemos visto", "venimos", son las palabras que se repiten en la misa de hoy y que suponen una sublime realidad.

Pero para poder ver esta luz, y darse cuenta de esta realidad, se necesita tener los ojos claros.

Moisés temblaba ante la presencia de Dios. Isaías exclamaba: "¡Ay de mí, Señor, que soy hombre de labios impuros!"

Los misterios del Señor exigen la pureza de nuestro corazón. Sólo así podemos comprenderlos y vivirlos en una perpetua epifanía allá en lo íntimo de nuestra alma purificada por la gracia de Dios.

Este es el fruto que nos hace pedir la Poscomunión de hoy "que purificado nuestro espíritu, tengamos la inteligencia del misterio que celebramos".

¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!

 ADALBERTO M. FRANQUESA, O.S.B.