26 jul. 2014

Santo Evangelio 26 de Julio de 2014


Día litúrgico: Sábado XVI del tiempo ordinario

Santoral 26 de Julio: San Joaquín y santa Ana,padres de la Virgen María

Texto del Evangelio (Mt 13,24-30): En aquel tiempo, Jesús propuso a las gentes otra parábola, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’. Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto’. Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’. Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero’».


Comentario: Rev. D. Manuel SÁNCHEZ Sánchez (Sevilla, España)
Dejad que ambos crezcan juntos

Hoy consideramos una parábola que es ocasión para referirse a la vida de la comunidad en la que se mezclan, continuamente, el bien y el mal, el Evangelio y el pecado. La actitud lógica sería acabar con esta situación, tal como lo pretenden los criados: «¿Quieres que vayamos a recogerla?» (Mt 13,28). Pero la paciencia de Dios es infinita, espera hasta el último momento —como un padre bueno— la posibilidad del cambio: «Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega» (Mt 13,30). 

Una realidad ambigua y mediocre, pero en ella crece el Reino. Se trata de sentirnos llamados a descubrir las señales del Reino de Dios para potenciarlo. Y, por otro lado, no favorecer nada que ayude a contentarnos en la mediocridad. No obstante, el hecho de vivir en una mezcla de bien y mal no debe impedir el avanzar en nuestra vida espiritual; lo contrario sería convertir nuestro trigo en cizaña. «Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» (Mt 13,27). Es imposible crecer de otro modo, ni podemos buscar el Reino en ningún otro lugar que en esta sociedad en la que estamos. Nuestra tarea será hacer que nazca el Reino de Dios.

El Evangelio nos llama a no dar crédito a los “puros”, a superar los aspectos de puritanismo y de intolerancia que puedan haber en la comunidad cristiana. Fácilmente se dan actitudes de este tipo en todos los colectivos, por sanos que intenten ser. Encarados a un ideal, todos tenemos la tentación de pensar que unos ya lo hemos alcanzado, y que otros están lejos. Jesús constata que todos estamos en camino, absolutamente todos.

Vigilemos para no dejar que el maligno se cuele en nuestras vidas, cosa que ocurre cuando nos acomodamos al mundo. Decía santa Ángela de la Cruz que «no hay que dar oído a las voces del mundo, de que en todas partes se hace esto o aquello; nosotras siempre lo mismo, sin inventar variaciones, y siguiendo la manera de hacer las cosas, que son un tesoro escondido; son las que nos abrirán las puertas del cielo». Que la Santísima Virgen María nos conceda acomodarnos sólo al amor.

San Joaquín y Santa Ana, 26 de Julio


26 de julio

SAN JOAQUÍN y SANTA ANA
abuelos de Jesús
padres de la Virgen María


SAN JOAQUÍN

 (Antiguo Testamento)


Es inútil buscar en la Sagrada Escritura una huella, siquiera fugaz, del abuelo materno de Jesús. Las genealogías que San Mateo (1, 1) y San Lucas (3, 23) incluyen en sus Evangelios dibujan a grandes rasgos el árbol genealógico de Jesús, tomando por puntos de referencia los cabezas de familia, desde San José, su padre legal, hasta Adán, pasando por David y Judá. La línea materna, en cambio, queda silencia26 de julio


SAN JOAQUÍN y SANTA ANA
abuelos de Jesús
padres de la Virgen María


SAN JOAQUÍN

 (Antiguo Testamento)


Es inútil buscar en la Sagrada Escritura una huella, siquiera fugaz, del abuelo materno de Jesús. Las genealogías que San Mateo (1, 1) y San Lucas (3, 23) incluyen en sus Evangelios dibujan a grandes rasgos el árbol genealógico de Jesús, tomando por puntos de referencia los cabezas de familia, desde San José, su padre legal, hasta Adán, pasando por David y Judá. La línea materna, en cambio, queda silenciada. Ante este problema, y en la necesidad de dilucidar la cuestión de la ascendencia de María, Padres de la Iglesia oriental tan venerables como San Epifanio y San Juan Damasceno no tuvieron reparo en echar mano de una añeja tradición en la que se contienen diversas noticias acerca de los abuelos maternos de Jesús. Por otra parte, el hecho de que tantas veces encontremos representaciones pictóricas y escultóricas alusivas a los primeros años de María, quien aparece reclinada en los brazos de su madre, Santa Ana, y a escenas de la vida pastoril de San Joaquín, a quien se presenta como padre de María, lo mismo en mosaicos bizantinos del Monte Athos que en tablas de la escuela valenciana o castellana, atestigua la raigambre y el favor de que ha gozado en la cristiandad la piadosa tradición que hace a San Joaquín y Santa Ana padres de María y abuelos de Jesús.

 Dicha tradición fue recopilada en la Edad Media por Jacobo de Vorágine y Vicente de Beauvais, quienes se encargaron de difundirla por el Occidente, pero ya en el siglo VI había sido aceptada oficialmente por la Iglesia oriental, refrendada como estaba por escritos venerables, cuya antigüedad llega a remontar el siglo II. En todos los datos que dicha tradición recoge acerca de la vida de San Joaquín descansa un fondo de verosimilitud que no puede ser turbado por el carácter apócrifo de los documentos escritos en que están contenidos. Pero ellos no constituyen, naturalmente, un cimiento inconmovible, sobre el que se pueda edificar históricamente la vida del augusto abuelo de Jesús, junto al nombre comúnmente aceptado de Joaquín (que significa el hombre a quien Yahvé levanta), se encuentran otros más raros como Cleofás, Jonachir y Sadoch, que no son sino variantes sin importancia de los documentos escritos. Una curiosa tradición retransmitida por los cruzados hace nacer a San Joaquín en Séforis, pequeña ciudad de Galilea. Otros dicen que fue Nazaret su ciudad natal. San Juan Damasceno dice que su padre se llamaba Barpanther. Según el Protoevangelio de Santiago, apócrifo, que se remonta a las últimas décadas del siglo II en su núcleo primitivo, contrajo matrimonio con Santa Ana a la edad de veinte años. Pronto se trasladaron a Jerusalén, viviendo, al parecer, en una casa situada cerca de la famosa piscina Probática. Gozaban ambos esposos de una vida conyugal dichosa y de un desahogo económico que les permitía dar rienda suelta a su generosidad para con Dios y a su liberalidad para con los prójimos. Algunos documentos llegan incluso a decir que eran los más ricos del pueblo y dan incluso una minuciosa relación de la distribución que hacía San Joaquín de sus ganancias.

 Sólo una sombra eclipsaba su felicidad, y ésta era la falta de descendencia después de largos años de matrimonio. Esta pena subió de punto al verse Joaquín vejado públicamente una vez por un judío llamado Rubén al ir a ofrecer sus dones al Templo. El motivo de tal vejación fue la nota de esterilidad, que todos por entonces consideraban como señal de un castigo de Dios. Tal impacto causó este incidente en el alma de San Joaquín, que inmediatamente se retiró de su casa y se fue al desierto, en compañía de sus pastores y rebaños, para ayunar y rogar a Dios que le concediera un vástago en su familia. Mientras tanto Ana, su mujer, había quedado en casa, toda desconsolada y llorosa porque a su condición de estéril se había añadido la desgracia de quedar viuda por la súbita desaparición de su marido. Después de cuarenta días de ayuno Joaquín recibió una visita de un ángel del Señor, trayéndole la buena nueva de que su oración había sido oída y de que su mujer había concebido ya una niña, cuya dignidad con el tiempo sobrepujaría a la de todas las mujeres y quien ya desde pequeñita habría de vivir en el templo del Señor. Poco antes le había sido notificado a Ana este mismo mensaje, diciéndosele, además, que su marido Joaquín estaba ya de vuelta. Efectivamente, Joaquín, no bien repuesto de la emoción, corrió presurosamente a su casa y vino a encontrar a su mujer junto a la puerta Dorada de la ciudad, donde ésta había salido a esperarle.

 Llegó el fausto acontecimiento de la natividad de María, y Joaquín, para festejarlo, dio un banquete a todos los principales de la ciudad. Durante él presentó su hija a los sacerdotes, quienes la colmaron de bendiciones y de felices augurios. Joaquín no echó en olvido las palabras del ángel relativas a la permanencia de María en el Templo desde su más tierna edad, e hizo que, al llegar ésta a los tres años, fuera presentada solemnemente en la casa de Dios. Y para que la niña no sintiera tanto la separación de sus padres procuró Joaquín que fuera acompañada por algunas doncellas, quienes la seguían con candelas encendidas.

 Estos son los detalles que la tradición cristiana nos ha transmitido acerca de la vida de San Joaquín. Todos ligados, naturalmente, al nacimiento y primeros pasos de María sobre la tierra. Si es verdad que buena parte de los referidos episodios deben su inspiración a analogías con figuras del Antiguo Testamento y al deseo de satisfacer nuestra curiosidad sobre la ascendencia humana de Jesús, no lo es menos que todos, en conjunto, ofrecen una estampa amable y altamente ejemplar del padre de la Virgen, que ha sido forjada por muchos años de tradición y que goza del refrendo autorizado de la Iglesia.

 AURELIO DE SANTOS OTERO

  

SANTA ANA

(Antiguo Testamento)



Empecemos por afirmar que nada sabemos sobre la santa madre de la Virgen María, Nuestra Señora. Nada rigurosamente histórico. Los cuatro, evangelios canónicos, con su sobriedad característica, guardan absoluto silencio sobre los padres de María. Ni siquiera sus nombres nos han transmitido.

 Si algo queremos saber acerca de ellos tendremos que acudir a los evangelios apócrifos, ingenuos relatos urdidos por la imaginación fervorosa de los primeros cristianos para completar con ellos los silencios de los evangelios canónicos. En estos escritos —no reconocidos por la Iglesia como revelados— resulta difícil entresacar la verdad del error, aunque bien pudiera ser que gracias a ellos haya llegado hasta nosotros algún dato auténtico silenciado por los cuatro evangelistas. Así, pues, con ingenua sencillez de niños, escuchemos lo que los apócrifos nos han transmitido acerca de la santa mujer que mereció ser la madre de Nuestra Señora y la abuela de Nuestro Señor.

 Vivía en aquellos tiempos en tierras de Israel un hombre rico y temeroso de Dios llamado Joaquín, perteneciente a la tribu de Judá. A los veinte años había tomado por esposa a Ana, de su misma tribu, la cual, al cabo de veinte años de matrimonio, no le había dado descendencia alguna.

 Joaquín era muy generoso en sus ofrendas al Templo. Un día, al adelantarse para ofrecer su sacrificio, un escriba llamado Rubén le cortó el paso diciéndole: "No eres digno de presentar tus ofrendas por cuanto no has suscitado vástago alguno en Israel".

Afligido y humillado, Joaquín se retiró al desierto a orar para que Dios le concediera un hijo. Mientras tanto Ana se vestía de saco y cilicio para pedir a Dios la misma gracia. No obstante, los sábados se ponía un vestido precioso por no estar bien, en el día del Señor, vestir de penitencia. Estando así en oración en su jardín suplicaba a Dios con estas palabras: "¡Oh Dios de nuestros padres! Óyeme y bendíceme a mí a la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac".

Al decir estas palabras dirigió su mirada al árbol que tenía delante y, viendo en él un pájaro que estaba incubando sus polluelos, exclamó amargamente y con repetidos suspiros:

"¡Ay de mí! ¿A quién me asemejo yo? No a las aves del cielo, puesto que ellas son fecundas en tu presencia, Señor."

La humilde súplica de Ana obtuvo una respuesta inmediata de lo Alto. Un ángel del Señor se le apareció anunciándole que iba a concebir y a dar a luz, y que de su prole se hablaría en todo el mundo. Nada más oír esto prometió Ana ofrecerlo a Dios al instante. Al mismo tiempo Joaquín recibió idéntico mensaje en el desierto, por lo cual, lleno de alegría, volvió al punto a reunirse con su esposa.

Y se le cumplió a Ana su tiempo y al mes, noveno alumbró. Cuando supo que había dado a luz una niña, exclamó: "Mi alma ha sido hoy enaltecida." Y puso a su hija por nombre Mariam.

Al cumplir su primer año Joaquín dio un gran banquete presentando su hija a los sacerdotes para que la bendijeran. Mientras tanto Ana, dando el pecho a la niña en su habitación, componía un himno al Señor Dios diciendo: "Entonaré un cántico al Señor mi Dios porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos, y me ha dado un fruto santo. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: "Ana está amamantando". Y, dejando la niña en su cuna, salió y se puso a servir a los comensales.

Joaquín quiso llevar a la niña al Templo del Señor para cumplir su promesa cuando la pequeña cumplió dos años. Pero Ana respondió: "Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que vaya a tener añoranza de nosotros". Y Joaquín respondió: "Esperemos".

Por fin a los tres años fue llevada la pequeña María al Templo, donde el sacerdote la recibió con estas palabras: "El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel". Y la hizo sentar sobre la tercera grada del altar.

Y sus padres regresaron, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás.

Con este heroico rasgo de desprendimiento los apócrifos cierran el capítulo dedicado a los padres de la Virgen María. Después de dejar a su hija en el Templo Ana se aleja silenciosamente y se esfuma para siempre. Su misión había terminado.

Sin duda, nosotros habríamos deseado saber algo más. Pero, aunque esbozada apenas, es una encantadora y admirable figura de mujer la que se adivina en esos breves trazos.

Una mujer paciente y humilde. Durante veinte años Ana sufre sin queja la tremenda humillación de la esterilidad. Cuando, por fin, su amargura se derrama en presencia del Señor, sus quejas son tan suaves y humildes que inclinan al Señor a escucharla. Su larga prueba no ha endurecido su corazón, no le ha agriado. Es todavía capaz de reconocer que todas las criaturas de Dios siguen siendo buenas y la obra del Señor, perfecta; es ella únicamente la que parece desentonar en este armonioso conjunto. Y —nótese ese detalle de una exquisita femineidad— en honor del Señor, en su día, se viste de gala aunque su corazón esté triste. Toda mujer sabrá apreciar lo que esto supone de delicado olvido de sí.

Una mujer generosa. Pide para tener, a su vez, el gozo de dar. En cuanto tiene la seguridad de haber sido escuchada, su primer pensamiento es devolver algo por la gracia recibida: hará donación a Dios de este mismo hijo cuyo nacimiento se le anuncia.

Una mujer agradecida. En su felicidad no se olvida de dar gracias al Señor. ¡Y con qué júbilo exultante y candoroso! "Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: Ana está amamantando!" Ella misma ignora cuán fausta es la nueva que está anunciando a Israel y al mundo entero: "¡Ana está amamantando!"

Una mujer abnegada, dispuesta a desprenderse de su hija para siempre; a privarse de ella cuando sea preciso para darse a los demás. Así, dejando a la niña en su cuna, se dedica a atender a sus invitados.

Abnegada, pero no fría ni insensible. "Esperemos —le dice a su esposo—, esperemos a que la pequeña cumpla tres años... No sea que vaya a tener añoranza de nosotros..." Y en su voz temblorosa se adivina la añoranza que está ya atenazando su propio corazón. La vena soterrada de la ternura asoma en estas tímidas palabras de Ana. Y ésta es la pincelada definitiva, la que nos revela su alma entera y nos la hace sentir muy cercana a nuestro corazón.

La crítica moderna está de acuerdo en negar todo fundamento histórico al episodio de la presentación de María al Templo. La costumbre, afirmada por los apócrifos, según la cual los primogénitos, varones y hembras, pertenecían a Dios y debían ser educados en el Templo hasta su pubertad, no existió, en realidad, en Israel. Los primogénitos eran, en efecto, consagrados al Señor, pero rescatados en el acto mediante una ofrenda. Los padres los tomaban de nuevo consigo y eran educados en el seno del hogar. Claramente nos cuenta San Lucas cómo se hizo con el Niño Jesús.

Así, pues, Dios no pidió este sacrificio a la bendita madre de la Virgen María. Pudo Ana guardar a su hija junto a sí, verla crecer sobre sus rodillas, tener el gozo de educarla, disfrutar de su presencia hasta su muerte. Breve sería, sin embargo, su felicidad: de los Evangelios se desprende que María era ya huérfana en el momento de sus esponsales con José, hacia sus quince años.

Dios no pidió a Ana el sacrificio de la separación. Pero le impuso otro sin duda mayor: la dejó en una total ignorancia de su gloriosa misión. Si consideramos la estricta sobriedad de las revelaciones hechas a la propia Madre del Salvador, tendremos que dar por descontado que nunca supo Ana que su Hija era una criatura única, excepcional; nunca supo qué Nieto iba a tener de Ella. No bajó un ángel para revelarle el prodigio que se había realizado en su seno: la concepción sin mancha del único ser humano exento del pecado de Adán (aparte Jesucristo, Hombre-Dios).

La separación física de su hija, unas leguas más o menos de distancia entre las dos, habrían significado muy poco para Ana si, al dejarla en el Templo, la hubiera sabido inmaculada, llena de gracia, futura Madre de Dios. Fue el desconocimiento de estas grandezas lo que abrió lejanías insondables entre madre e hija. Estar tan cerca del misterio, rozar ya los días tan suspirados de la redención, ser ella misma una pieza tan importante en la precisión del engranaje divino —¡abuela de Dios!— y no tener de ello conocimiento, ¿no es acaso una privación mucho más dura que la impuesta a Moisés, al que se permitió, por lo menos, entrever la Tierra Prometida en la que no iba a poder entrar?

Ana se convierte así en una figura singularmente atractiva, amable y consoladora para cuantos, al trasponer el umbral de la vejez, se sienten de pronto invadidos por la penosa impresión de haber vivido una vida inútil, carente de sentido. Es entonces cuando puede ser alentador el recuerdo de Ana, de su vida obscura, sin trascendencia aparente, en contraste con la altísima misión que estaba cumpliendo sin saberlo. "¿Quién sabe a lo que uno está destinado? —dice el padre Faber—. Nuestra misión es quizá lo contrario de cuanto hemos pensado; porque las misiones son cosas divinas, ocultas por lo regular, y se cumplen sin que tengamos conciencia de ellas," Así fue en el caso de Ana.

Hay almas tan completamente entregadas a Dios, tan fieles y tan sencillas, que la Providencia sabe muy bien que puede disponer de ellas sin contar con su consentimiento previo. Almas en estado de disponibilidad total: Dios no tiene por qué molestarse en darles explicaciones. De las tales, Ana es una buena muestra.

Bueno es vivir ignorado de los demás, pero es mucho más seguro todavía ignorarse a sí mismo. Que la santa abuela de Jesús nos haga comprender la segura belleza de su obscuro camino.

DOLORES GÜELL.

da. Ante este problema, y en la necesidad de dilucidar la cuestión de la ascendencia de María, Padres de la Iglesia oriental tan venerables como San Epifanio y San Juan Damasceno no tuvieron reparo en echar mano de una añeja tradición en la que se contienen diversas noticias acerca de los abuelos maternos de Jesús. Por otra parte, el hecho de que tantas veces encontremos representaciones pictóricas y escultóricas alusivas a los primeros años de María, quien aparece reclinada en los brazos de su madre, Santa Ana, y a escenas de la vida pastoril de San Joaquín, a quien se presenta como padre de María, lo mismo en mosaicos bizantinos del Monte Athos que en tablas de la escuela valenciana o castellana, atestigua la raigambre y el favor de que ha gozado en la cristiandad la piadosa tradición que hace a San Joaquín y Santa Ana padres de María y abuelos de Jesús.

 Dicha tradición fue recopilada en la Edad Media por Jacobo de Vorágine y Vicente de Beauvais, quienes se encargaron de difundirla por el Occidente, pero ya en el siglo VI había sido aceptada oficialmente por la Iglesia oriental, refrendada como estaba por escritos venerables, cuya antigüedad llega a remontar el siglo II. En todos los datos que dicha tradición recoge acerca de la vida de San Joaquín descansa un fondo de verosimilitud que no puede ser turbado por el carácter apócrifo de los documentos escritos en que están contenidos. Pero ellos no constituyen, naturalmente, un cimiento inconmovible, sobre el que se pueda edificar históricamente la vida del augusto abuelo de Jesús, junto al nombre comúnmente aceptado de Joaquín (que significa el hombre a quien Yahvé levanta), se encuentran otros más raros como Cleofás, Jonachir y Sadoch, que no son sino variantes sin importancia de los documentos escritos. Una curiosa tradición retransmitida por los cruzados hace nacer a San Joaquín en Séforis, pequeña ciudad de Galilea. Otros dicen que fue Nazaret su ciudad natal. San Juan Damasceno dice que su padre se llamaba Barpanther. Según el Protoevangelio de Santiago, apócrifo, que se remonta a las últimas décadas del siglo II en su núcleo primitivo, contrajo matrimonio con Santa Ana a la edad de veinte años. Pronto se trasladaron a Jerusalén, viviendo, al parecer, en una casa situada cerca de la famosa piscina Probática. Gozaban ambos esposos de una vida conyugal dichosa y de un desahogo económico que les permitía dar rienda suelta a su generosidad para con Dios y a su liberalidad para con los prójimos. Algunos documentos llegan incluso a decir que eran los más ricos del pueblo y dan incluso una minuciosa relación de la distribución que hacía San Joaquín de sus ganancias.

 Sólo una sombra eclipsaba su felicidad, y ésta era la falta de descendencia después de largos años de matrimonio. Esta pena subió de punto al verse Joaquín vejado públicamente una vez por un judío llamado Rubén al ir a ofrecer sus dones al Templo. El motivo de tal vejación fue la nota de esterilidad, que todos por entonces consideraban como señal de un castigo de Dios. Tal impacto causó este incidente en el alma de San Joaquín, que inmediatamente se retiró de su casa y se fue al desierto, en compañía de sus pastores y rebaños, para ayunar y rogar a Dios que le concediera un vástago en su familia. Mientras tanto Ana, su mujer, había quedado en casa, toda desconsolada y llorosa porque a su condición de estéril se había añadido la desgracia de quedar viuda por la súbita desaparición de su marido. Después de cuarenta días de ayuno Joaquín recibió una visita de un ángel del Señor, trayéndole la buena nueva de que su oración había sido oída y de que su mujer había concebido ya una niña, cuya dignidad con el tiempo sobrepujaría a la de todas las mujeres y quien ya desde pequeñita habría de vivir en el templo del Señor. Poco antes le había sido notificado a Ana este mismo mensaje, diciéndosele, además, que su marido Joaquín estaba ya de vuelta. Efectivamente, Joaquín, no bien repuesto de la emoción, corrió presurosamente a su casa y vino a encontrar a su mujer junto a la puerta Dorada de la ciudad, donde ésta había salido a esperarle.

 Llegó el fausto acontecimiento de la natividad de María, y Joaquín, para festejarlo, dio un banquete a todos los principales de la ciudad. Durante él presentó su hija a los sacerdotes, quienes la colmaron de bendiciones y de felices augurios. Joaquín no echó en olvido las palabras del ángel relativas a la permanencia de María en el Templo desde su más tierna edad, e hizo que, al llegar ésta a los tres años, fuera presentada solemnemente en la casa de Dios. Y para que la niña no sintiera tanto la separación de sus padres procuró Joaquín que fuera acompañada por algunas doncellas, quienes la seguían con candelas encendidas.

 Estos son los detalles que la tradición cristiana nos ha transmitido acerca de la vida de San Joaquín. Todos ligados, naturalmente, al nacimiento y primeros pasos de María sobre la tierra. Si es verdad que buena parte de los referidos episodios deben su inspiración a analogías con figuras del Antiguo Testamento y al deseo de satisfacer nuestra curiosidad sobre la ascendencia humana de Jesús, no lo es menos que todos, en conjunto, ofrecen una estampa amable y altamente ejemplar del padre de la Virgen, que ha sido forjada por muchos años de tradición y que goza del refrendo autorizado de la Iglesia.

 AURELIO DE SANTOS OTERO

  

SANTA ANA

(Antiguo Testamento)



Empecemos por afirmar que nada sabemos sobre la santa madre de la Virgen María, Nuestra Señora. Nada rigurosamente histórico. Los cuatro, evangelios canónicos, con su sobriedad característica, guardan absoluto silencio sobre los padres de María. Ni siquiera sus nombres nos han transmitido.

 Si algo queremos saber acerca de ellos tendremos que acudir a los evangelios apócrifos, ingenuos relatos urdidos por la imaginación fervorosa de los primeros cristianos para completar con ellos los silencios de los evangelios canónicos. En estos escritos —no reconocidos por la Iglesia como revelados— resulta difícil entresacar la verdad del error, aunque bien pudiera ser que gracias a ellos haya llegado hasta nosotros algún dato auténtico silenciado por los cuatro evangelistas. Así, pues, con ingenua sencillez de niños, escuchemos lo que los apócrifos nos han transmitido acerca de la santa mujer que mereció ser la madre de Nuestra Señora y la abuela de Nuestro Señor.

 Vivía en aquellos tiempos en tierras de Israel un hombre rico y temeroso de Dios llamado Joaquín, perteneciente a la tribu de Judá. A los veinte años había tomado por esposa a Ana, de su misma tribu, la cual, al cabo de veinte años de matrimonio, no le había dado descendencia alguna.

 Joaquín era muy generoso en sus ofrendas al Templo. Un día, al adelantarse para ofrecer su sacrificio, un escriba llamado Rubén le cortó el paso diciéndole: "No eres digno de presentar tus ofrendas por cuanto no has suscitado vástago alguno en Israel".

Afligido y humillado, Joaquín se retiró al desierto a orar para que Dios le concediera un hijo. Mientras tanto Ana se vestía de saco y cilicio para pedir a Dios la misma gracia. No obstante, los sábados se ponía un vestido precioso por no estar bien, en el día del Señor, vestir de penitencia. Estando así en oración en su jardín suplicaba a Dios con estas palabras: "¡Oh Dios de nuestros padres! Óyeme y bendíceme a mí a la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac".

Al decir estas palabras dirigió su mirada al árbol que tenía delante y, viendo en él un pájaro que estaba incubando sus polluelos, exclamó amargamente y con repetidos suspiros:

"¡Ay de mí! ¿A quién me asemejo yo? No a las aves del cielo, puesto que ellas son fecundas en tu presencia, Señor."

La humilde súplica de Ana obtuvo una respuesta inmediata de lo Alto. Un ángel del Señor se le apareció anunciándole que iba a concebir y a dar a luz, y que de su prole se hablaría en todo el mundo. Nada más oír esto prometió Ana ofrecerlo a Dios al instante. Al mismo tiempo Joaquín recibió idéntico mensaje en el desierto, por lo cual, lleno de alegría, volvió al punto a reunirse con su esposa.

Y se le cumplió a Ana su tiempo y al mes, noveno alumbró. Cuando supo que había dado a luz una niña, exclamó: "Mi alma ha sido hoy enaltecida." Y puso a su hija por nombre Mariam.

Al cumplir su primer año Joaquín dio un gran banquete presentando su hija a los sacerdotes para que la bendijeran. Mientras tanto Ana, dando el pecho a la niña en su habitación, componía un himno al Señor Dios diciendo: "Entonaré un cántico al Señor mi Dios porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos, y me ha dado un fruto santo. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: "Ana está amamantando". Y, dejando la niña en su cuna, salió y se puso a servir a los comensales.

Joaquín quiso llevar a la niña al Templo del Señor para cumplir su promesa cuando la pequeña cumplió dos años. Pero Ana respondió: "Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que vaya a tener añoranza de nosotros". Y Joaquín respondió: "Esperemos".

Por fin a los tres años fue llevada la pequeña María al Templo, donde el sacerdote la recibió con estas palabras: "El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel". Y la hizo sentar sobre la tercera grada del altar.

Y sus padres regresaron, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás.

Con este heroico rasgo de desprendimiento los apócrifos cierran el capítulo dedicado a los padres de la Virgen María. Después de dejar a su hija en el Templo Ana se aleja silenciosamente y se esfuma para siempre. Su misión había terminado.

Sin duda, nosotros habríamos deseado saber algo más. Pero, aunque esbozada apenas, es una encantadora y admirable figura de mujer la que se adivina en esos breves trazos.

Una mujer paciente y humilde. Durante veinte años Ana sufre sin queja la tremenda humillación de la esterilidad. Cuando, por fin, su amargura se derrama en presencia del Señor, sus quejas son tan suaves y humildes que inclinan al Señor a escucharla. Su larga prueba no ha endurecido su corazón, no le ha agriado. Es todavía capaz de reconocer que todas las criaturas de Dios siguen siendo buenas y la obra del Señor, perfecta; es ella únicamente la que parece desentonar en este armonioso conjunto. Y —nótese ese detalle de una exquisita femineidad— en honor del Señor, en su día, se viste de gala aunque su corazón esté triste. Toda mujer sabrá apreciar lo que esto supone de delicado olvido de sí.

Una mujer generosa. Pide para tener, a su vez, el gozo de dar. En cuanto tiene la seguridad de haber sido escuchada, su primer pensamiento es devolver algo por la gracia recibida: hará donación a Dios de este mismo hijo cuyo nacimiento se le anuncia.

Una mujer agradecida. En su felicidad no se olvida de dar gracias al Señor. ¡Y con qué júbilo exultante y candoroso! "Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: Ana está amamantando!" Ella misma ignora cuán fausta es la nueva que está anunciando a Israel y al mundo entero: "¡Ana está amamantando!"

Una mujer abnegada, dispuesta a desprenderse de su hija para siempre; a privarse de ella cuando sea preciso para darse a los demás. Así, dejando a la niña en su cuna, se dedica a atender a sus invitados.

Abnegada, pero no fría ni insensible. "Esperemos —le dice a su esposo—, esperemos a que la pequeña cumpla tres años... No sea que vaya a tener añoranza de nosotros..." Y en su voz temblorosa se adivina la añoranza que está ya atenazando su propio corazón. La vena soterrada de la ternura asoma en estas tímidas palabras de Ana. Y ésta es la pincelada definitiva, la que nos revela su alma entera y nos la hace sentir muy cercana a nuestro corazón.

La crítica moderna está de acuerdo en negar todo fundamento histórico al episodio de la presentación de María al Templo. La costumbre, afirmada por los apócrifos, según la cual los primogénitos, varones y hembras, pertenecían a Dios y debían ser educados en el Templo hasta su pubertad, no existió, en realidad, en Israel. Los primogénitos eran, en efecto, consagrados al Señor, pero rescatados en el acto mediante una ofrenda. Los padres los tomaban de nuevo consigo y eran educados en el seno del hogar. Claramente nos cuenta San Lucas cómo se hizo con el Niño Jesús.

Así, pues, Dios no pidió este sacrificio a la bendita madre de la Virgen María. Pudo Ana guardar a su hija junto a sí, verla crecer sobre sus rodillas, tener el gozo de educarla, disfrutar de su presencia hasta su muerte. Breve sería, sin embargo, su felicidad: de los Evangelios se desprende que María era ya huérfana en el momento de sus esponsales con José, hacia sus quince años.

Dios no pidió a Ana el sacrificio de la separación. Pero le impuso otro sin duda mayor: la dejó en una total ignorancia de su gloriosa misión. Si consideramos la estricta sobriedad de las revelaciones hechas a la propia Madre del Salvador, tendremos que dar por descontado que nunca supo Ana que su Hija era una criatura única, excepcional; nunca supo qué Nieto iba a tener de Ella. No bajó un ángel para revelarle el prodigio que se había realizado en su seno: la concepción sin mancha del único ser humano exento del pecado de Adán (aparte Jesucristo, Hombre-Dios).

La separación física de su hija, unas leguas más o menos de distancia entre las dos, habrían significado muy poco para Ana si, al dejarla en el Templo, la hubiera sabido inmaculada, llena de gracia, futura Madre de Dios. Fue el desconocimiento de estas grandezas lo que abrió lejanías insondables entre madre e hija. Estar tan cerca del misterio, rozar ya los días tan suspirados de la redención, ser ella misma una pieza tan importante en la precisión del engranaje divino —¡abuela de Dios!— y no tener de ello conocimiento, ¿no es acaso una privación mucho más dura que la impuesta a Moisés, al que se permitió, por lo menos, entrever la Tierra Prometida en la que no iba a poder entrar?

Ana se convierte así en una figura singularmente atractiva, amable y consoladora para cuantos, al trasponer el umbral de la vejez, se sienten de pronto invadidos por la penosa impresión de haber vivido una vida inútil, carente de sentido. Es entonces cuando puede ser alentador el recuerdo de Ana, de su vida obscura, sin trascendencia aparente, en contraste con la altísima misión que estaba cumpliendo sin saberlo. "¿Quién sabe a lo que uno está destinado? —dice el padre Faber—. Nuestra misión es quizá lo contrario de cuanto hemos pensado; porque las misiones son cosas divinas, ocultas por lo regular, y se cumplen sin que tengamos conciencia de ellas," Así fue en el caso de Ana.

Hay almas tan completamente entregadas a Dios, tan fieles y tan sencillas, que la Providencia sabe muy bien que puede disponer de ellas sin contar con su consentimiento previo. Almas en estado de disponibilidad total: Dios no tiene por qué molestarse en darles explicaciones. De las tales, Ana es una buena muestra.

Bueno es vivir ignorado de los demás, pero es mucho más seguro todavía ignorarse a sí mismo. Que la santa abuela de Jesús nos haga comprender la segura belleza de su obscuro camino.

DOLORES GÜELL.

25 jul. 2014

Santo Evangelio 25 de Julio de 2014


Día litúrgico: 25 de Julio: Santiago apóstol, patrón de España

Texto del Evangelio (Mt 20,20-28): En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre». 

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».


Comentario: Mons. Octavio RUIZ Arenas Secretario del Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización (Città del Vaticano, Vaticano)
«¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?»

Hoy, el episodio que nos narra este fragmento del Evangelio nos pone frente a una situación que ocurre con mucha frecuencia en las distintas comunidades cristianas. En efecto, Juan y Santiago han sido muy generosos al abandonar su casa y sus redes para seguir a Jesús. Han escuchado que el Señor anuncia un Reino y que ofrece la vida eterna, pero no logran entender todavía la nueva dimensión que presenta el Señor y, por ello, su madre va a pedir algo bueno, pero que se queda en las simples aspiraciones humanas: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino» (Mt 20,21). 

De igual manera, nosotros escuchamos y seguimos al Señor, como lo hicieron los primeros discípulos de Jesús, pero no siempre logramos entender a cabalidad su mensaje y nos dejamos llevar por intereses personales o ambiciones dentro de la Iglesia. Se nos olvida que al aceptar al Señor, tenemos que entregarnos con confianza y de manera plena a Él, que no podemos pensar en obtener la gloria sin haber aceptado la cruz. 

La respuesta que les da Jesús pone precisamente el acento en este aspecto: para participar de su Reino, lo que importa es aceptar beber de su misma «copa» (cf. Mt 20,22), es decir, estar dispuestos a entregar nuestra vida por amor a Dios y dedicarnos al servicio de nuestros hermanos, con la misma actitud de misericordia que tuvo Jesús. El Papa Francisco, en su primera homilía, recalcaba que para seguir a Jesús hay que caminar con la cruz, pues «cuando caminamos sin la cruz, cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor». 

Seguir a Jesús exige, por consiguiente, gran humildad de nuestra parte. A partir del bautismo hemos sido llamados a ser testigos suyos para transformar el mundo. Pero esta transformación sólo la lograremos si somos capaces de ser servidores de los demás, con un espíritu de gran generosidad y entrega, pero siempre llenos de gozo por estar siguiendo y haciendo presente al Señor.


Comentario: + Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret (Vic, Barcelona, España)
No sabéis lo que pedís. (…) Sentarse a mi derecha o a mi izquierda (…) es para quienes está preparado por mi Padre

Hoy, en el fragmento del Evangelio de San Mateo encontramos múltiples enseñanzas. Me limitaré a subrayar una, la que se refiere al absoluto dominio de Dios sobre la historia: tanto la de todos los hombres en su conjunto (la humanidad), como la de todos y cada uno de los grupos humanos (en nuestro caso, por ejemplo, el grupo familiar de los Zebedeos), como la de cada persona individual. Por esto, Jesús les dice claramente: «No sabéis lo que pedís» (Mt 20,22).

Se sentarán a la derecha de Jesucristo aquellos para quienes su Padre lo haya destinado: «Sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre» (Mt 20,23). Así de claro, tal como suena. Precisamente decimos en español: «No se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad del Señor». Y así es porque Dios es Dios. Digámoslo también a la inversa: si no fuera así, Dios no sería Dios.

Ante este hecho, que se sobrepone ineludiblemente a todo condicionamiento humano, a los hombres sólo nos queda, en un principio, la aceptación y la adoración (porque Dios se nos ha revelado como el Absoluto); la confianza y el amor mientras caminamos (porque Dios se nos ha revelado, a la vez, como Padre); y al final... al final, lo más grande y definitivo: sentarnos junto a Jesús (a su derecha o a su izquierda, cuestión secundaria en último término).

El enigma de la elección y la predestinación divinas sólo se resuelve, por nuestra parte, con la confianza. Vale más un miligramo de confianza depositada en el corazón de Dios que todo el peso del universo presionando sobre nuestro pobre platillo de la balanza. De hecho, «Santiago vivió poco tiempo, pues ya en un principio le movía un gran ardor: despreció todas las cosas humanas y ascendió a una cima tan inefable que murió inmediatamente» (San Juan Crisóstomo).

Santiago Apostol. Patrón de España 25 de Julio

Santiago Apostol. Patrón de España
25 de Julio

1.

La fiesta de Santiago, Patrón de España, suena con acento distinto tras el reconocimiento  de hecho (sociológico) y de derecho (constitucional) del pluralismo religioso. La fiesta, por  supuesto, trasciende el ámbito de la fe y se incrusta de lleno en la tradición, en la historia y  en el folklore de nuestra patria.

Para unos esta fiesta quizás no sea más que eso, o un día de vacación. Pero no puede  ser simplemente un día así para los cristianos. En el Apóstol descansa también la primicia de  la predicación del evangelio, el principio de nuestra fe cristiana.

Esto hace que la celebración de la fiesta nos depare un espacio privilegiado para la  acción de gracias y para la reflexión.

Agradecimiento es el primer sentimiento que despierta la fiesta de Santiago, porque sigue  en pie la fe suscitada por la predicación de los apóstoles, porque seguimos creyendo a  pesar de todo. Y "todo" son muchas pequeñas cosas que se han ido montando sobre el  mismo caballo de Santiago.

Por eso, la segunda actitud que despierta la fiesta es la de reflexión. Porque si se ha  desmontado ya el malentendido del nacionalcatolicismo, todavía queda por desmontar  mucho de sus reminiscencias, para que la fe cristiana resplandezca libre de adherencias  inútiles y el apóstol prevalezca sobre el guerrero de nuestra intolerancia. Santiago puede seguir montado sobre el caballo de nuestras leyendas para justificar  ciertos patriotismos superficiales y trasnochados o para retener parcelas de poder y  proteger intereses ajenos al evangelio. Pero el testigo de Jesús, el predicador humilde del  evangelio, no se sostiene sobre nuestros montajes y manipulaciones. El heraldo del  evangelio está pie a tierra. Y pie a tierra debe estar también la fe de los que, por su  ministerio, seguimos confesando que Jesús es el Señor y que no hay otro.

La fiesta de Santiago, liberada del lastre legendario, cobra una especial relevancia a la luz  del evangelio. Y es así como debemos contemplarlo los creyentes y celebrar su fiesta.

EUCARISTÍA 1981, 35



2. I/MEDIACION:

Ser cristiano no puede ser un pretexto para situarse bien en el mundo, para escalar  primeros puestos o acceder a desmedidos privilegios. Cuando la religión se degrada a esos  menesteres, la fe fácilmente deriva en pseudo-creencia o en peligroso fanatismo.

Ser cristiano es seguir a Xto, no fabricarse hermosas ensoñaciones o atesorar buenos  deseos. Seguir a Xto es acompañarle, de momento, en su subida a Jerusalén, la ciudad que  asesina a los profetas y a los enviados de Dios, porque le estorban e incordian.

Quizá en otros tiempos, no muy lejanos, pudo resultar bien visto o cosa de buen tono el  ser y aparecer como cristiano. Hoy día no es así. Incluso hoy, en un clima de libertad  religiosa, puede resultar enojoso el tener que hacer frente a un cierto revanchismo de otros  tiempos. Como dice Pablo, en la carta a los corintios que hemos leído (2Co/04/07-15),  pudiera parecer a veces que nos atosigan por todas partes, aunque no pueden hundirnos;  pudiera parecernos que se nos ríen y burlan, aunque no pueden desanimarnos; y podría  suceder que sintiéramos incluso una cierta persecución o campaña en contra, aunque no  puedan aniquilarnos.

¿Podemos beber el cáliz? ¿Estamos dispuestos a afrontar todo por amor a Jesús y por su  evangelio? El desafío cristiano espera de nosotros una respuesta generosa y reflexiva,  como la de los hijos del trueno: "podemos". La fe es una opción, una respuesta incondicional  a la palabra de Dios, un sí rotundo a la llamada de Jesús. Y hoy, al recordar y celebrar con  Santiago nuestra llamada a la fe, es momento propicio para renovar nuestro compromiso.  Aunque, tal vez adoctrinados por nuestra propia experiencia, tenemos que matizar nuestro  entusiasmo y contar, sobre todo, con la gracia de Dios. Porque podemos ser fieles al  evangelio, pero no sin la gracia de Dios.

Necesitamos, más que nunca, sentirnos unidos en su Iglesia y a su Iglesia. Es demasiado  peligroso ese esnobismo, demasiado frecuente en nuestro tiempo, de hacer alarde de  cristianismo y de menosprecio a la Iglesia. No podemos prescindir de la mediación de la  Iglesia, querida por Jesús. También resulta temerario ese prurito de ser fieles al evangelio,  menospreciando las prácticas sacramentales, la misa, la oración, como si todo se redujera  sólo a una lucha por la justicia, a un compromiso meramente temporal.

Debemos recordar que sólo podemos ser cristianos con la gracia de Dios. Y la primera  gracia de Dios es su Iglesia. (...).

Celebrar la eucaristía es comer el pan y beber el cáliz. Con ese gesto de comunión  significamos nuestra comunión con Jesús y con los hermanos. Comulgamos, pues, con la  causa de Jesús. Así damos sentido a nuestra fe y nos enrolamos en la misión de la Iglesia,  fundada sobre los apóstoles. La fiesta de Santiago, el apóstol de Jesús, el primer testigo de  entre los apóstoles, será un motivo de gozo y de alegría para todos, si todos estamos como  él, como el hijo del trueno, dispuestos a apurar el cáliz de Jesús hasta el fin. Y podemos  hacerlo, si queremos, porque la gracia de Dios está con nosotros. 

EUCARISTÍA 1985, 34



3. PODER/SERVICIO

-"No sabéis lo que pedís".

-"No será así entre vosotros".

Las respuestas de Jesús son tajantes, nada dudosas ni complacientes. Van contra la  actitud de Santiago y Juan que piden los primeros puestos en el Reino de Dios y contra "los  jefes de los pueblos que los tiranizan y los grandes que los oprimen". No vamos a limar las  palabras de Jesús, aunque tal vez a más de uno le suenen a exageradas, porque no todos  los que mandan son así, dirá. Sin embargo, Jesús no se anda con precisiones y él sabrá  porqué.

Lo que Jesús propone no es una alternativa de poder sino una alternativa al poder, a toda  autoridad que se ejerce como poder y no como servicio, y que, por lo tanto, tiraniza y  oprime. La actitud de Jesús es radical y pone patas arriba muchos intereses e intenciones  humanas.

El poder plantea grandes y graves problemas tanto a nivel personal como institucional. A nivel personal es una de esas cosas importantes en la vida que miden al hombre y ante  la cual hay que tomar postura y opción como ante el dinero, el amor o la convivencia. Ya el  poder en sí es arma peligrosa y con muchos filos. Depende del manejo, de acuerdo, pero  siempre afilada, en cualquier momento puede cortar.

Porque el que tiene el poder propende a pensar que lo ha recibido de Dios y que lo ejerce  en su nombre, y esa facilidad de creerse ocupando el lugar de Dios le pone a un paso de  creerse Dios. El poder religioso puede tener más peligros. "Mira, hijo, te lo digo en nombre  de Dios", "el que obedece siempre acierta", "la obediencia es el mejor camino y mas seguro  para alcanzar la santidad", "al que manda sólo Dios le puede pedir responsabilidades", "el  que manda conoce mejor las cosas y además tiene una gracia especial..." No negaré parte  de verdad, y hasta un sentido bueno, a algunas de estas expresiones, pero siempre que no  se callen, al mismo tiempo, los peligros especiales que tiene todo poder y autoridad, sin  excluir la religiosa.

El peligro mayor siempre es el mismo: convertir la autoridad en poder y dominio y no en  servicio. Este peligro es tan grande y evidente que suele afirmarse que todo poder  corrompe.

El que busca el poder, ya de partida, suele asumir una postura en su modo de hablar y de  actuar, cauta, prudente, complaciente con los que le pueden ayudar. Y una vez en el poder  qué difícil es admitir que uno lo hace mal o que no tiene razón y que los que le critican lo  hacen con buena voluntad.

Muchos peligros tiene el poder. Por eso que quien ejerce la autoridad limpiamente como  servicio al hermano y a la comunidad tiene un mérito extraordinario.

Los peligros del poder a nivel de institución son aún mayores.

Muchos hombres de nuestro tiempo tiene tanto miedo al poder, a todo poder, que piensan  que la única solución es la anarquía.

Otros, en cambio, para alcanzar el poder se someten a la más estricta disciplina de partido  y de comité central. Siempre se ha dicho que el poder corrompe, pero nuestro siglo culto y  civilizado ha conocido unos cuantos ejemplos (en la memoria de todos están)  verdaderamente espeluznantes.

Tampoco en lo que se refiere al poder religioso está la cosa clara. Ni en el pasado ni en el  presente. Algunos quieren unir poder y religión y se sienten más firmes y seguros en la fe  apoyados por una Iglesia poderosa, bien disciplinada, prestigiosa, con la tiara bien puesta,  catedrales imponentes, canto polifónico y grandes candelabros sobre el altar, estilo imperio  y contrarreforma. Otros, al contrario, chillan con indignación que la Iglesia de Jesús tiene  que ser pobre y humilde, sin complicidades, con el dinero y apoyos en el poder humano, y  que está bien comprobado, según ellos, que desde que la Iglesia se arrimó al poder con  Constantino se ha ido apagando la fe y la caridad de la primitiva comunidad.

¿Qué hacer? ¿Qué pensar? Dejarnos todos juzgar, pero muy especialmente los que  mandan, por la palabra del Maestro: "No será así entre vosotros: el que quiera ser primero  entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que  le sirvan, sino para dar la vida en rescate por muchos" (y el ejemplo, por delante).

DABAR 1978, 42



4.

Los apóstoles nos son presentados siempre por la Iglesia como testimonio de JC,  ejemplos de servicio evangelizador y de fidelidad a la tarea que el Señor les encomendó.  Este debería ser el núcleo de la homilía: debemos continuar la tarea de los apóstoles y en  primer lugar "evangelizarnos" nosotros mismos.

Nadie es católico por definición, de nacimiento. Todos necesitamos -personal y  colectivamente- irnos haciendo cristianos. Y, por eso, hemos de abrirnos y querer comunicar  el anuncio de JC que hicieron los apóstoles.

La Iglesia -los cristianos- debemos continuar este anuncio con la misma sencillez, con la  misma convicción. Es lo que hizo la primera Iglesia y muy especialmente los apóstoles. De  ahí que la tradición cristiana haya valorado siempre la figura de los apóstoles. Aunque  -como en el caso de Santiago- sepamos muy poco de su vida (sólo sabemos de su muerte). 

Pero son las piedras sobre las que se edifica la Iglesia porque en aquellos hombres sencillos  vemos aquello que debemos hacer. Venerar a Santiago como patrón de los pueblos de  España significa desear el seguir su camino de anuncio sencillo pero muy convencido de la  esperanza del Reino. Reconociendo nuestra fragilidad (2. lectura), sabiéndonos servidores  (evangelio), obedeciendo a Dios antes que a los hombres (1. lectura).

El hecho que el apóstol Santiago sea -dice el calendario litúrgico- "patrón principal de  España" puede inducir a hacer hoy algún comentario relativo a la situación actual del país.  Pero sin que ello se convierta en el tema único de la homilía.

-La Iglesia en la España actual. La actual situación democrática es ciertamente una ayuda  para recobrar con mayor autenticidad el servicio que toca a la Iglesia. Un servicio sencillo,  no apoyado en el poder, sino en el anuncio libre del Evangelio, del Reino.

Pero si no podemos añorar (¡todo lo contrario!) épocas anteriores, tampoco podemos  encerrarnos en actitudes negativas y pesimistas, y abandonar lo que JC espera de nosotros.  Espera que seamos levadura en la masa: es preciso saber anunciar con fuerza el Evangelio,  renovar nuestra Iglesia, adaptarla y reconstruirla (comunidades, movimientos, etc). Estamos  en un momento no de crisis sino de renovación. 

JOAQUÍN GOMIS
MISA DOMINICAL 1985, 15



5.

Carta del Arzobispo

Santiago apóstol, o matamoros?

La historia viene de muy lejos. Tiberiades y Jerusalén fueron por delante de Zaragoza y  Compostela. Desde la barca del patrón Zebedeo, sus hijos Santiago y Juan dejaron de zurcir  las redes y saltaron intrépidos al conjuro de Jesús: Os haré pescadores de hombres. Lo  mismo que había ocurrido, orilla arriba en Betsaida, con los hermanos Pedro y Andrés. 

Pedro sería el cabeza de grupo, Juan el discípulo predilecto, Santiago el tercero en  concordia, entre los apóstoles más cercanos a Jesús. Junto a él presenciaron la  resurrección de la hija de Jairo, la gloria del Tabor y la agonía de Getsemaní.

Los hermanos Zebedeos acreditaron su vehemencia pidiendo a Jesús que lloviera fuego  sobre los que lo rechazaban, ganándose así a pulso el mote de Boanerges, hijos del trueno,  con que Jesús los señaló; mostraron su ambición rogándole al Maestro, mediante las  zalemas de su madre, ocupar los primeros puestos en su reino; pero a la vez hicieron valer  su arrojo y valentía, dispuestos a beber hasta las heces, el cáliz de su Señor. 

En los albores mismos de la Iglesia, Santiago ocuparía junto a Pedro el puesto más  destacado en la Comunidad de Jerusalén. Ambos recibieron la que hoy llamamos "Visita ad  limina" de Pablo, apóstol de los gentiles, que sometió su obra evangelizadora al veredicto de  los que él consideraba columnas de la Iglesia. Eso es todo lo que sabemos hasta el año 44  en el que, según los Hechos de los Apóstoles, "Herodes Agripa dio muerte por la espada a  Santiago, hermano de Juan". Así de escuetamente se dio cuenta a la posteridad de que  Santiago el Mayor había sido también el protomártir del Colegio Apostólico.

Las tradiciones hispanas 

En la década que va desde la primera predicación hasta la muerte martirial de Santiago,  según una piadosa tradición de los pueblos de España, el Apóstol se desplazó a esta  península como primer anunciador del evangelio. Él y sus discípulos plantaron las primeras  Iglesias en las provincias de Celtiberia ya romanizadas. Dentro de esa misma tradición, con  leves soportes documentales, pero con honda belleza y ternura, se nos muestra al Apóstol  cansado y exhausto, junto a la orilla del Ebro, al pie de un pequeño pedestal de piedra,  donde acude la Virgen María, todavía viviente en este mundo, para darle ánimos al pobre  Santiago y nuevos impulsos a su empeño evangelizador. 

Tradiciones de corte parecido y de origen tardío se dan en otras naciones de la Europa  cristiana y con distintos Apóstoles de Jesús, fenómeno muy común en los siglos  comprendidos entre la invasión de los Bárbaros y la baja Edad Media. En nuestro caso esos  relatos se revisten con datos históricos de probada autenticidad, como son en su conjunto la  presencia del cristianismo en la Hispania romana y la plétora posterior de mártires, santos  padres, monasterios y santuarios, desde el siglo III hasta la Iglesia visigótica. Sin unas raíces  tan recias, tan extendidas, tan profundas, el árbol frondoso de la fe de España, abatido  brutalmente durante más de siete siglos de dominio musulmán, no habría podido resistir a  tan tremendos desafíos. 

Todos a Compostela 

Seguimos con Santiago, y ahora en una clave más histórica, más universal, más española  también. Doy por conocidos los datos fundamentales del descubrimiento de su sepulcro y  del culto santiaguista en Galicia, a parir del siglo nono, documentados posteriormente hasta  la saciedad por cronistas y arqueólogos. Estallaría a partir de entonces el fenómeno  torrencial de las peregrinaciones, las interiores y las foráneas. Irían tomando cuerpo los  Caminos, los hospitales y los santuarios de las rutas jacobeas, con el sello inmortal del arte  románico. Los Papas rubricarán el grandioso fenómeno de las peregrinaciones  estableciendo los Años jubilares desde las postrimerías del siglo XII.

Compostela, Jerusalén y Roma constituirán los puntos focales de la cristiandad medieval,  con claras ventajas para la primera por su accesibilidad viaria, el valor espiritual de sus  perdonanzas, la literatura circulante de sus peregrinos más famosos. En Centro-Europa se  llegará a llamar a España el Jacobland, el país de Santiago. Peregrinar a su sepulcro será  una llamada de conversión y purificación con fuerza singular. Fluyen los peregrinos de  Inglaterra y de Dinamarca, de Flandes, de Italia y arrolladoramente de Francia. Compostela  hará méritos, en el segundo milenio cristiano, para ser considerada como uno de los ejes  espirituales más profundos de la Europa de ayer y de hoy.

El caballo de Santiago

La proyección transpirenaica no debe anular empero, la hondísima raigambre ibérica del  Señor Santiago, su significado aún más aglutinante de los pueblos de España, según iban  siendo rescatados en los cinco últimos siglos de la Reconquista cristiana. La leyenda del  Apóstol, montado en blanco corcel, blandiendo la espada fulgurante, alentando las huestes  cristianas en la batalla de Clavijo, según el sueño del rey Ramiro I en el año 834, es el  soporte icónico, como hoy diríamos, de una creencia universal en la protección del Santo  Apóstol, que alentó en los reinos cristianos a lo largo de la Edad Media.

De ello dejan constancia tres testimonios lapidarios: El de San Fernando, atribuyéndole la  toma de Sevilla a "los merescimientos de Santiago, cuyo Alférez nos somos e cuya enseña  traemos e que nos ayuda siempre a vencer". Por su parte, los Reyes Católicos lo  proclamaban "luz e Patrón de las Españas, espejo e giador de los Reyes dellas" . Y, por  último, Miguel de Cervantes escribirá en El Quijote: "Háselo dado Dios a España... por  Patrón y amparo suyo y así le llaman como a defensor suyo en todas las batallas que  acometen" (II, cap. 58). Completan el retablo de la España jacobea la Orden Militar de  Santiago y el Voto de Santiago, un censo contributivo de todos los reinos cristianos. 

La figura ecuestre y fulgurante de Santiago, abanderando las huestes cristianas y  abatiendo a sus pies a los infieles, iba a ser, cómo no? una tentación plástica incontenible  para el lienzo de los pintores y la escultura policromada de los artistas de gubia y buril. 

Surgió así en nuestros templos una vistosa imaginería de cuadros y esculturas de Santiago  matamoros que, para dar mayor verismo a la composición, situaba a un moro abatido, con  recios trazos faciales de bereber, rendido bajo las pezuñas del caballo jacobeo.

No puedo evitar aquí el recuerdo de esa imagen en una Iglesia del litoral mediterráneo por  la que pasan con frecuencia algunos turistas del Magreb. -Qué santo es éste?, preguntó.  -Naturalmente, respondió el avispado sacristán, el que está al pie del caballo. Vean como los  más valiosos emblemas de una época pueden convertirse en los estigmas de otra. Son  exponentes de una mentalidad religiosa, válida para el pasado, que no debemos, ni  vituperarla en su momento ni extrapolarla al nuestro.

Santiago y cierra España! pudo ser santo y seña de unos cristianos que rescataban su  territorio y protegían su fe. Ahora, la enseña querida por Dios y por la Iglesia es la del  respeto, la libertad religiosa y el ecumenismo. Mas tampoco la fe vergonzante ni el  relativismo en boga. Antaño expulsamos a los moros, ahora los acogemos como inmigrantes.  Es éste un progreso enorme en la asimilación del Evangelio, que ojalá disolviera también en  la otra parte ciertos resabios fundamentalistas que conducen, de un lado a la guerra santa y  del otro a las cruzadas. 

En sus últimas claves espirituales el Santiago matamoros representaba la defensa de la  misma fe que había predicado en sus comienzos el pescador de Galilea. Aboguemos hoy,  sin resabios iconoclastas, por el Zebedeo evangelizador de la primera hora y por el Santiago  peregrino de la Edad Media. Válganos él! 

ANTONIO MONTERO
Semanario "Iglesia en camino"
Archidiócesis de Mérida-Badajoz
Número 264. 26 de julio de 1998

25 de julio Santa Valentina mártir

25 de julio

Santa Valentina
mártir


Autor: P. Felipe Santos


Etimológicamente significa “que se siente bien”. Viene de la lengua latina.

Hay gente que lo que pretende es acomodar a Dios a su voluntad y capricho. Y esto no es forma de caminar por el camino de la santidad a la que estamos llamados por ser hijos de Dios.

Valentina – posiblemente conozcas más a Valentín por la fiesta comercial del día de los enamorados -, tiene también mucho que ver con el amor.

Ella, juntamente con algunos compañeros y compañeras, murieron mártires en Cesarea de Palestina allá por el año 309.

¿Cuál fue la razón por la que sufrieron el martirio?

Al leer el documento de su martirio, dice:"Una cristiana amenazada para que se prostituyera, no soportó tal invitación y le dijo al verdugo que, aunque la torturase a límites increíbles, nunca haría tan abominable acción".

Mientras que le infligían fuertes tormentos según había mandado el juez, otra mujer no pudo aguantar tanta crueldad e inhumanidad, tomó ante el juez y los verdugos esta resolución. 

Se levantó, se dirigió a la chusma que presenciaba alegre la diversión de las torturas, y le dijo: ¿Me queréis torturar a mí igual que a esta joven virgen?

Todo el mundo se llenó de extrañeza por el arrojo y valentía de esta mujer.

El juez, nervioso ante la gente, no le quedó otra solución que prenderla. Ante el mismo tribunal, les empezó a hablar de Jesús de Nazaret.

Ellos le dieron órdenes de que hiciera sacrificios a los dioses. Se negó en rotundo. 

Entonces la condenó a morir quemada. Una era de Gaza y la otra de Cesarea, Valentina.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

24 jul. 2014

Acércate a Jesús y verás cuánto te ama!


LA ENSEÑANZA MÁS GRANDE DE JESÚS ES EL AMOR
Objetivo: Comprender la eminencia del amor en la relación de Dios con y el ser humano y en las enseñanzas de Jesús.

Texto de oro: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. Juan 13:35

Introducción

Jesús, con sus enseñanzas, provocó la más grandiosa de las transformaciones del mundo, en su mentalidad y en sus leyes. Entre muchas enseñanzas resalta el amor como la base de la convivencia humana, en la familia, en la iglesia y en la sociedad en general. El amor que Jesús enseñó es un concepto muy elevado pero posible de practicar, de hecho, él mismo mostro en su propia experiencia como llevarlo a la práctica. Eso nos anima a pensar que el amor el posible y que es la solución a tantas situaciones de odio e injusticia que se viven a niveles individuales y sociales.

El amor ágape. Mateo 5:38-48; 1Corintios 13

En nuestros tiempos la palabra amor ha perdido sentido. Se usa con tanta frecuencia y en forma indiscriminada que llegamos a confundir su significado. El amor del que hablamos es algo más que el amor entre una pareja y es algo mayor que el que comúnmente se da entre amigos. En la mayoría de los casos el amor que se declara depende del atractivo físico, de la conveniencia material y de la correspondencia del ser amado, es decir, amamos a quienes nos aman y somos indiferentes a los demás, este es el “amor porque”, o sea, te amo porque eres bueno… atractivo… agradable… inteligente… rico… etc. En nuestra Biblia la palabra utilizada es ágape, amor ágape es amor incondicional, podríamos decir que es “amor a pesar de”, te amo a pesar de que no me ames… a pesar de que me hagas daño… a pesar de que no me des nada. Esta es la forma en que Cristo nos amó, al grado que estuvo dispuesto a entregar por nosotros su vida, ese es el amor al que estamos llamados. Por eso dice Jesús que amemos a nuestros enemigos y hagamos bien a quienes nos hacen mal. El apóstol Pablo hace una descripción de esta clase se amor en 1 Corintios 13.

El amor resume la ley. Mateo 22:34-40; Romanos 12:7-10

La ley ha sido hecha para restringir la maldad del hombre contra el hombre, pero si todos los seres humanos nos amaramos en la misma intensidad y con la misma pureza, no necesitaríamos leyes. Jesús enseñó sobre los dos mandamientos más importantes: el primero es “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” “y el segundo es semejante —dice Jesús—: amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Y añade “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” Acorde con esto el apóstol Pablo lo desglosa de la siguiente manera: “… porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.” Por lo tanto, si quieres que tu vida marche bien, hermano, aprende a amar, cumple estos dos mandamientos y tu vida será realmente diferente, ama a Dios y ama a tu prójimo.

El amor como prueba del discipulado. Juan 13:34-35; Romanos 5:6-8; 1Juan3:14-18

Si nos declaramos seguidores de Jesucristo y no sabemos amar y perdonar, en realidad no le seguimos. En su propia experiencia, el Señor mostró su amor al orar por quienes le crucificaban, exclamó y dijo “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El hizo cumplió sus propias enseñanzas y probó con ello que es posible llevarlas a la práctica. Su declaración es enfática en Juan 13:35, se sabrá que son mis seguidores si tienen amor los unos con los otros. Entre nosotros debe haber siempre amor, siempre perdón y siempre tolerancia. Si otros cometen errores también nosotros los cometemos, por lo tanto nada debe empañar nuestra comunión. Y vamos más lejos, si logramos incorporar al amor como parte de nuestro comportamiento cotidiano, en cualquier lugar donde estemos y con cualquier persona, puesto que todos son mi prójimo; la gente sabrá que somos seguidores del Señor, no amemos de palaba ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Amén.

Acércae a Jesús y verás cuánto te ama!


LA ENSEÑANZA MÁS GRANDE DE JESÚS ES EL AMOR
Objetivo: Comprender la eminencia del amor en la relación de Dios con y el ser humano y en las enseñanzas de Jesús.

Texto de oro: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. Juan 13:35

Introducción

Jesús, con sus enseñanzas, provocó la más grandiosa de las transformaciones del mundo, en su mentalidad y en sus leyes. Entre muchas enseñanzas resalta el amor como la base de la convivencia humana, en la familia, en la iglesia y en la sociedad en general. El amor que Jesús enseñó es un concepto muy elevado pero posible de practicar, de hecho, él mismo mostro en su propia experiencia como llevarlo a la práctica. Eso nos anima a pensar que el amor el posible y que es la solución a tantas situaciones de odio e injusticia que se viven a niveles individuales y sociales.

El amor ágape. Mateo 5:38-48; 1Corintios 13

En nuestros tiempos la palabra amor ha perdido sentido. Se usa con tanta frecuencia y en forma indiscriminada que llegamos a confundir su significado. El amor del que hablamos es algo más que el amor entre una pareja y es algo mayor que el que comúnmente se da entre amigos. En la mayoría de los casos el amor que se declara depende del atractivo físico, de la conveniencia material y de la correspondencia del ser amado, es decir, amamos a quienes nos aman y somos indiferentes a los demás, este es el “amor porque”, o sea, te amo porque eres bueno… atractivo… agradable… inteligente… rico… etc. En nuestra Biblia la palabra utilizada es ágape, amor ágape es amor incondicional, podríamos decir que es “amor a pesar de”, te amo a pesar de que no me ames… a pesar de que me hagas daño… a pesar de que no me des nada. Esta es la forma en que Cristo nos amó, al grado que estuvo dispuesto a entregar por nosotros su vida, ese es el amor al que estamos llamados. Por eso dice Jesús que amemos a nuestros enemigos y hagamos bien a quienes nos hacen mal. El apóstol Pablo hace una descripción de esta clase se amor en 1 Corintios 13.

El amor resume la ley. Mateo 22:34-40; Romanos 12:7-10

La ley ha sido hecha para restringir la maldad del hombre contra el hombre, pero si todos los seres humanos nos amaramos en la misma intensidad y con la misma pureza, no necesitaríamos leyes. Jesús enseñó sobre los dos mandamientos más importantes: el primero es “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” “y el segundo es semejante —dice Jesús—: amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Y añade “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” Acorde con esto el apóstol Pablo lo desglosa de la siguiente manera: “… porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.” Por lo tanto, si quieres que tu vida marche bien, hermano, aprende a amar, cumple estos dos mandamientos y tu vida será realmente diferente, ama a Dios y ama a tu prójimo.

El amor como prueba del discipulado. Juan 13:34-35; Romanos 5:6-8; 1Juan3:14-18

Si nos declaramos seguidores de Jesucristo y no sabemos amar y perdonar, en realidad no le seguimos. En su propia experiencia, el Señor mostró su amor al orar por quienes le crucificaban, exclamó y dijo “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El hizo cumplió sus propias enseñanzas y probó con ello que es posible llevarlas a la práctica. Su declaración es enfática en Juan 13:35, se sabrá que son mis seguidores si tienen amor los unos con los otros. Entre nosotros debe haber siempre amor, siempre perdón y siempre tolerancia. Si otros cometen errores también nosotros los cometemos, por lo tanto nada debe empañar nuestra comunión. Y vamos más lejos, si logramos incorporar al amor como parte de nuestro comportamiento cotidiano, en cualquier lugar donde estemos y con cualquier persona, puesto que todos son mi prójimo; la gente sabrá que somos seguidores del Señor, no amemos de palaba ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Amén.

Santo Evangelio 24 de Julio de 2014



Día litúrgico: Jueves XVI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 13,10-17): En aquel tiempo, acercándose los discípulos dijeron a Jesús: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane’.

»¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».


Comentario: Rev. D. Manel MALLOL Pratginestós (Terrassa, Barcelona, España)
¡... dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!

Hoy, recordamos la "alabanza" dirigida por Jesús a quienes se agrupaban junto a Él: «¡dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!» (Mt 13,16). Y nos preguntamos: ¿Van dirigidas también a nosotros estas palabras de Jesús, o son únicamente para quienes lo vieron y escucharon directamente? Parece que los dichosos son ellos, pues tuvieron la suerte de convivir con Jesús, de permanecer física y sensiblemente a su lado. Mientras que nosotros nos contaríamos más bien entre los justos y profetas -¡sin ser justos ni profetas!- que habríamos querido ver y oír.

No olvidemos, sin embargo, que el Señor se refiere a los justos y profetas anteriores a su venida, a su revelación: «Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron» (Mt 13,17). Con Él llega la plenitud de los tiempos, y nosotros estamos en esta plenitud, estamos ya en el tiempo de Cristo, en el tiempo de la salvación. Es verdad que no hemos visto a Jesús con nuestros ojos, pero sí le hemos conocido y le conocemos. Y no hemos escuchado su voz con nuestros oídos, pero sí que hemos escuchado y escuchamos sus palabras. El conocimiento que la fe nos da, aunque no es sensible, es un auténtico conocimiento, nos pone en contacto con la verdad y, por eso, nos da la felicidad y la alegría.

Agradezcamos nuestra fe cristiana, estemos contentos de ella. Intentemos que nuestro trato con Jesús sea cercano y no lejano, tal como le trataban aquellos discípulos que estaban junto a Él, que le vieron y oyeron. No miremos a Jesús yendo del presente al pasado, sino del presente al presente, estemos realmente en su tiempo, un tiempo que no acaba. La oración -hablar con Dios- y la Eucaristía -recibirle- nos aseguran esta proximidad con Él y nos hacen realmente dichosos al mirarlo con ojos y oídos de fe. «Recibe, pues, la imagen de Dios que perdiste por tus malas obras» (San Agustín).