3 jun. 2017

Santo Evangelio 3 de Junio 2017


Día litúrgico: Sábado VII de Pascua

Santoral 3 de Junio: San Carlos Luanga y compañeros, mártires

Texto del Evangelio (Jn 21,20-25): En aquel tiempo, volviéndose Pedro vio que le seguía aquel discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme». Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga». 

Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.


«Las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero»
Rev. D. Fidel CATALÁN i Catalán 
(Terrassa, Barcelona, España)


Hoy leemos el final del Evangelio de san Juan. Se trata propiamente del final del apéndice que la comunidad joánica añadió al texto original. En este caso es un fragmento voluntariamente significativo. El Señor Resucitado se aparece a sus discípulos y los renueva en su seguimiento, particularmente a Pedro. Acto seguido se sitúa el texto que hoy proclamamos en la liturgia.

La figura del discípulo amado es central en este fragmento y aun en todo el Evangelio de san Juan. Puede referirse a una persona concreta —el discípulo Juan— o bien puede ser la figura tras la cual puede situarse todo discípulo amado por el Maestro. Sea cual sea su significación, el texto ayuda a dar un elemento de continuidad a la experiencia de los Apóstoles. El Señor Resucitado asegura su presencia en aquellos que quieran ser seguidores.

«Si quiero que se quede hasta que yo venga» (Jn 21,22) puede indicar más esta continuidad que un elemento cronológico en el espacio y el tiempo. El discípulo amado se convierte en testigo de todo ello en la medida en que es consciente de que el Señor permanece con él en toda ocasión. Ésta es la razón por la que puede escribir y su palabra es verdadera, porque glosa con su pluma la experiencia continuada de aquellos que viven su misión en medio del mundo, experimentando la presencia de Jesucristo. Cada uno de nosotros puede ser el discípulo amado en la medida en que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, que nos ayuda a descubrir esta presencia.



Este texto nos prepara ya para celebrar mañana domingo la Solemnidad de Pentecostés, el Don del Espíritu: «Y el Paráclito vino del cielo: el custodio y santificador de la Iglesia, el administrador de las almas, el piloto de quienes naufragan, el faro de los errantes, el árbitro de quienes luchan y quien corona a los vencedores» (San Cirilo de Jerusalén).

Pastor en consecuencia del único Pastor


Pastor en consecuencia del único Pastor

El verdadero pastor es aquel que, por su bondad, su celo y su oración, es capaz de buscar y de volver al buen camino las ovejas racionales que están perdidas. El piloto es aquel que obtuvo, por la gracia de Dios y por sus propios trabajos, una fuerza espiritual que lo vuelve capaz de arrancar el barco de las olas desencadenadas y del propio abismo. El médico es aquel que alcanzó la salud del cuerpo y del alma, y no necesita ningún remedio para ellos. 

Un buen piloto salva su barco y un buen pastor vivifica y cura a sus ovejas enfermas. Cuanto más fielmente sigan las ovejas al pastor y hagan progresos, tanto más responderá por ellas ante el Señor de la casa. 

La caridad permite conocer al verdadero pastor, porque por caridad el gran Pastor quiso ser crucificado.

San Juan Clímaco (c. 575-c. 650), monje en el Monte Sinaí 
La Santa Escala (Carta al Pastor, 2-4.9.28, rev.) 

Amar a Jesucristo


Amar a Jesucristo

Sólo es estéril quien vive sin amor; solo el egoísta fracasa en su vida

Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer 

Reflexión

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Esta pregunta triple de Jesús nos invita a reflexionar un momento sobre el significado del amor en nuestra vida de cristianos.

La historia humana es una impresionante búsqueda de amor, acompañada de maravillosos éxitos y grandes fracasos. La aspiración más profunda del corazón del hombre, es el deseo de amar y de ser amado. Él ha sido creado por amor y para el amor, y sólo en el amor puede desarrollarse y hacerse fecundo.

Es, seguramente, también una experiencia nuestra: El amor es lo esencial y principal de nuestra vida humana. Y conocemos también la otra cara de la moneda: Sólo es estéril quien vive sin amor; solo el egoísta fracasa en su vida.

En la vida del cristiano, el amor tiene que manifestarse en dos dimensiones: hacia Dios y hacia los hermanos. Y es en la persona de Jesucristo en que se unen, se cruzan estas dos dimensiones del amor. Él es el Hombre-Dios. En Él reconocemos y encontramos, a la vez, a Dios y al hombre. Por eso, cuando amamos a Jesús se confunden en una sola cosa, el amor a Dios y el amor a los hombres. Así, la vinculación fundamental, el amor original del cristiano debe dirigirse a Jesucristo.

Es por eso que Jesús, en el Evangelio de hoy, le pregunta a Pedro tres veces por su amor a Él: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Un amor vital, profundo y personal a su Maestro es lo más importante y decisivo en ese momento, en que Jesús llama a Pedro a ser jefe de los apóstoles y de la Iglesia.

Pero me parece que esta pregunta de Jesús se dirige no sólo a San Pedro, sino también a todos nosotros. Cada uno de nosotros, en lo profundo de su corazón, debe responderle. Cada uno de nosotros debe examinarse a sí mismo, debe examinar su actitud, su fidelidad, su amor frente a Jesucristo.

No sé si todos nosotros podemos responder con la misma sinceridad que San Pedro: “Señor, tú sabes que te quiero”. Porque me parece que el mundo de hoy sufre una grave enfermedad: esta disminuyendo e incluso muriendo el amor; el corazón de muchos se enfría y ya no es capaz de amar ni de sentirse amado.

? ¿Quién de nosotros no sufre bajo esta enfermedad del tiempo actual?
? ¿Quién de nosotros no sufre bajo esta falta de amor desinteresado y generoso hacia Jesús, hacia Dios, hacia los demás?
? ¿Quién de nosotros no se siente cautivo de su propio egoísmo, el cual es el enemigo mortal de cada amor autentico?

Y entonces nos queda la pregunta: ¿Qué podemos hacer para que crezca y se profundice nuestro amor a Cristo? A mí me parecen importantes sobre todo dos aspectos:

Primero, debemos luchar contra el egoísmo, que está muy dentro de nosotros mismos. Ninguno de nosotros, si quiere ser un verdadero cristiano, puede desistir de esta lucha diaria. Sólo esta renuncia del amor egoísta hace al hombre libre, abierto y generoso para amar verdaderamente a Cristo y a los demás.

Segundo, para poder amar a una persona tenemos que conocerla, tenemos que interesamos por ella. Para poder amar a Jesús tenemos que conocerlo a Él, mirando su vida, escuchando sus enseñanzas.

Si no lo conocemos, si no sabemos nada de su generosidad, ni de su entrega desinteresada, ni de su amor abundante hacia nosotros entonces nunca vamos a responderle a su amor. Por eso tenemos que dedicarle tiempo a Él, para leer su Evangelio, para hablar con Él, para conocer y meditar su vida, para quedamos en su compañía.

Lo que dijimos de Jesucristo, lo podemos decir también de su Madre, la Sma. Virgen María. Para crecer en vinculación y amor a Ella, tenemos que conocerla más, acercarnos a Ella, hablarle, compartir nuestra vida, nuestros anhelos, nuestras preocupaciones con Ella.

En los Santuarios Marianos, lugares de gracias, donde María está presente con su Hijo Jesús, donde podemos encontrarnos con ellos en cualquier momento.

Queridos hermanos, estamos celebrando la Eucaristía. Ella es el recuerdo del amor desbordante de Jesús, que se manifestó por su muerte en la cruz.

Pidámosle, por eso, a Jesús y a María que tomen de nosotros ese egoísmo tan penetrante que deja infecunda nuestra vida, y que enciendan en nuestro corazón el fuego del amor que hace auténtica y grande nuestra existencia -igual que la suya.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

2 jun. 2017

Santo Evangelio 2 de Junio 2017


Día litúrgico: Viernes VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 21,15-19): Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». 

Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».


«‘Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero’. Le dice Jesús: ‘Apacienta mis ovejas’»
Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart 
(Tarragona, España)


Hoy hemos de agradecer a san Juan que nos deje constancia de la íntima conversación entre Jesús y Pedro: «‘Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Le dice él: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Le dice Jesús: ‘Apacienta mis corderos’» (Jn 21,15). —Desde los más pequeños, recién nacidos a la Vida de la Gracia... has de tener cuidado, como si fueras Yo mismo... Cuando por segunda vez... «le dice Jesús: ‘Apacienta mis ovejas’», Él le está diciendo a Simón Pedro: —A todos los que me sigan, tú los has de presidir en mi Amor, debes procurar que tengan la caridad ordenada. Así, todos conocerán por ti que me siguen a Mí; que mi voluntad es que pases por delante siempre, administrando los méritos que —para cada uno— Yo he ganado.

«Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ‘¿Me quieres?’ y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero’» (Jn 21,17). Le hace rectificar su triple negación y, solamente recordarla, le entristece. —Te amo totalmente, aunque te he negado..., ya sabes cómo he llorado mi traición, ya sabes cómo he encontrado consuelo solamente estando con tu Madre y con los hermanos.

Encontramos consuelo al recordar que el Señor estableció el poder de borrar el pecado que separa, mucho o poco, de su Amor y del amor a los hermanos. —Encuentro consuelo al admitir la verdad de mi alejamiento respecto de Ti y al sentir de tus labios sacerdotales el «Yo te absuelvo» “a modo de juicio”.

Encontramos consuelo en este poder de las llaves que Jesucristo otorga a todos sus sacerdotes-ministros, para volver a abrir las puertas de su amistad. —Señor, veo que un desamor se arregla con un acto de amor inmenso. Todo ello, nos conduce a valorar la joya inmensa del sacramento del perdón para confesar nuestros pecados, que realmente son “des-amor”.

¿Rezas mecánicamente?


¿Rezas mecánicamente?

6 consejos geniales para aprender a hacerlo bien


Por: Sebastian Campos | Fuente: Catholic-link.com 

Si a ti al igual que a mí, te llama profundamente la atención, incluso te incomoda un poco, ver a tanta gente compartiendo fotos, cadenas de oración y hashtags del tipo #PrayForJuanito y te preguntas: ¿será que esta gente realmente reza o solo comparte una imagen? Y después de unos minutos te vuelves a preguntar: ¿será que rezaron por todas las otras tragedias que han ocurrido desde hace años con las mismas ganas con las que lo hacen ahora? Te invito a tomar aire, tranquilizarte un poco y juntos mirar con calma esta situación.  Hay algo bueno detrás de todo esto. El Señor siempre se aprovecha de lo que ocurre a nuestro alrededor para darnos una lección.

Te propongo una tesis: la gente en general (creyentes, practicantes, observantes, católicos de palabra, etc.) creen en la efectividad de la oración y creen que si elevan alguna plegaria a Dios, ésta tendrá efectos en los destinatarios. Sabemos que la oración no consiste en enviar buenas vibras para que el cosmos se ponga a favor de alguien o que los astros se alineen generando las condiciones necesarias para que ocurra algo. Creemos que nuestra oración a Dios tiene efectos reales que afectan la vida de los demás, incluso creemos que Dios puede cambiar las situaciones si rezamos pidiendo por ellas. Eso es un signo esperanzador. Las personas siguen creyendo en el poder de la oración. Nadie puede negar que esto es un don.

¿Qué te parece si tomamos ese salvavidas que nos regala el Señor y aprovechamos la oportunidad de aprender, enseñar y motivar en la práctica de la oración? ¿Qué te parece dejar de ser parte de la policía de Facebook que critica a todo el mundo (como lo hago yo), y ser más bien de los pastores de Facebook que toman las buenas intenciones y las convierten en santas intenciones? Acá te dejamos algunas reflexiones con respecto a esto:

1. Incluso en quienes menos lo esperamos, hay fe. Aprendamos a distinguirlo

En el mundo hay fe. Dios se manifiesta en la vida de las personas, incluso en la de aquellos en los que nosotros no tenemos puestas nuestras expectativas espirituales y que no etiquetaríamos en los afiches de nuestros eventos evangelizadores. El Señor es bueno y pone en sus corazones la intención de rezar. Aunque se quede en la intención, esto ya es un primer paso, un paso positivo.

2. Dios no quiere el sufrimiento en ninguna de sus formas

No podemos culpar a Dios por las cosas que los hombres hacemos mal y nadie puede decir que Dios permite que pasen estas cosas para que nosotros aprendamos una lección. Dios no quiere las tragedias, y quizás sufre más que nosotros. Estos momentos (no deseados por Él ni por nadie) son oportunidades de encuentro y de conversión.



“Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera ha venido a explicarlo. Ha venido a llenarlo con su presencia. Quedan muchas cosas oscuras; pero hay una cosa, al menos, que no podemos decirle a Dios: ‘Tú no sabes lo que es sufrir’”.Paul Claudel

 3. No dejemos que se acabe el impulso

Ver tanta gente motivada, inspirada y conmovida es un tremendo impulso de oración, y aunque muchos realmente no se hayan detenido a hacer una plegaria real, podemos aprovechar su intención y seguir animándolos. La oración no es una campaña que tiene una fecha de término: es una forma de relacionarnos con Dios y estas “campañas” pueden ser el momento de inicio de esa relación para muchos. Aprovechemos la oportunidad, aprendamos y enseñemos a rezar.

4. Visibilicemos al invisible

Muchos han aprovechado para visibilizar otras situaciones terribles argumentando que ocurren desde hace mucho tiempo y que nadie rezaba por ellas, pero lo hacen de forma incómoda, morbosa, haciendo que no den ganas de rezar. El Apóstol en su rol de profeta, anuncia y denuncia. Valgámonos de estas oportunidades y sigamos mostrando el rostro sufriente de Cristo, no solo para informar, sino para ayudar a los demás a comprender que nuestra oración como Iglesia es importante. El Señor espera que nos sumemos a esta batalla espiritual con una actitud espiritualmente activa.

5. Detengámonos primero

¿Cuántas veces nos hemos comprometido en las redes sociales y en vivo y en directo a rezar por alguien? Detente. Sinceramente haz una parada en el día y ofrece esa oración que tantos necesitan de ti. El territorio más difícil de misionar es el propio corazón.

6. Recordemos que no le estamos hablando al aire

Esta es la tesis que fundamenta este post. Creemos que cuando rezamos pasan cosas, no porque nuestras buenas vibras y deseos se teletransporten, sino porque Dios pone su mirada y atención en nuestros deseos y anhelos; en la generosidad y en la rectitud de nuestros corazones y, si es su voluntad, nos concede las gracias que tanto le pedimos.  Es con Dios con quien entablamos esta conversación. Creer en esto, ponerlo en práctica y confiar en la respuesta de Dios, es un don que no debemos dejar de compartir. ¡A rezar!

1 jun. 2017

Santo Evangelio 1 de Junio 2017



Día litúrgico: Jueves VII de Pascua

Santoral 1 de Junio: San Justino, mártir

Texto del Evangelio (Jn 17,20-26): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. 

»Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».


«Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que (...) creerán en mí»
P. Joaquim PETIT Llimona, L.C. 
(Barcelona, España)


Hoy, encontramos en el Evangelio un sólido fundamento para la confianza: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que (...) creerán en mí» (Jn 17,20). Es el Corazón de Jesús que, en la intimidad con los suyos, les abre los tesoros inagotables de su Amor. Quiere afianzar sus corazones apesadumbrados por el aire de despedida que tienen las palabras y gestos del Maestro durante la Última Cena. Es la oración indefectible de Jesús que sube al Padre pidiendo por ellos. ¡Cuánta seguridad y fortaleza encontrarán después en esta oración a lo largo de su misión apostólica! En medio de todas las dificultades y peligros que tuvieron que afrontar, esa oración les acompañará y será la fuente en la que encontrarán la fuerza y arrojo para dar testimonio de su fe con la entrega de la propia vida.

La contemplación de esta realidad, de esa oración de Jesús por los suyos, tiene que llegar también a nuestras vidas: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que (...) creerán en mí». Esas palabras atraviesan los siglos y llegan, con la misma intensidad con que fueron pronunciadas, hasta el corazón de todos y cada uno de los creyentes.

En el recuerdo de la última visita de Juan Pablo II a España, encontramos en las palabras del Papa el eco de esa oración de Jesús por los suyos: «Con mis brazos abiertos os llevo a todos en mi corazón —dijo el Pontífice ante más de un millón de personas—. El recuerdo de estos días se hará oración pidiendo para vosotros la paz en fraterna convivencia, alentados por la esperanza cristiana que no defrauda». Y ya no tan cercano, otro Papa hacía una exhortación que nos llega al corazón después de muchos siglos: «No hay ningún enfermo a quien le sea negada la victoria de la cruz, ni hay nadie a quien no le ayude la oración de Cristo. Ya que si ésta fue de provecho para los que se ensañaron con Él, ¿cuánto más lo será para los que se convierten a Él?» (San León Magno).

La Coronilla de la Divina Misericordia





La Coronilla de la Divina Misericordia





Se utiliza un rosario común de cinco decenas.

1. Comenzar con un Padre Nuestro, Avemaría, y Credo.

2. Al comenzar cada decena (cuentas grandes del Padre Nuestro) decir:

"Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, 
la Sangre, el Alma y la Divinidad 
de Tu Amadísimo Hijo,
Nuestro Señor Jesucristo,
para el perdón de nuestros 
pecados y los del mundo entero."

3. En las cuentas pequeñas del Ave María:

"Por Su dolorosa Pasión,
ten misericordia de nosotros
y del mundo entero."


4. Al finalizar las cinco decenas de la coronilla se repite tres
veces:

"Santo Dios, Santo Fuerte, 
Santo Inmortal, ten piedad de 
nosotros y del mundo entero."

31 may. 2017

Santo Evangelio 31 de Mayo 2017



Día litúrgico: 31 de Mayo: La Visitación de la Virgen

Texto del Evangelio (Lc 1,39-56): En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


«Saltó de gozo el niño en mi seno»
Mons. F. Xavier CIURANETA i Aymí Obispo Emérito de Lleida 
(Lleida, España)



Hoy contemplamos el hecho de la Visitación de la Virgen María a su prima Isabel. Tan pronto como le ha sido comunicado que ha sido escogida por Dios Padre para ser la Madre del Hijo de Dios y que su prima Isabel ha recibido también el don de la maternidad, marcha decididamente hacia la montaña para felicitar a su prima, para compartir con ella el gozo de haber sido agraciadas con el don de la maternidad y para servirla.

El saludo de la Madre de Dios provoca que el niño, que Isabel lleva en su seno, salte de entusiasmo dentro de las entrañas de su madre. La Madre de Dios, que lleva a Jesús en su seno, es causa de alegría. La maternidad es un don de Dios que genera alegría. Las familias se alegran cuando hay un anuncio de una nueva vida. El nacimiento de Cristo produce ciertamente «una gran alegría» (Lc 2,10).

A pesar de todo, hoy día, la maternidad no es valorada debidamente. Frecuentemente se le anteponen otros intereses superficiales, que son manifestación de comodidad y de egoísmo. Las posibles renuncias que comporta el amor paternal y maternal, asustan a muchos matrimonios que, quizá por los medios que han recibido de Dios, debieran ser más generosos y decir “sí” más responsablemente a nuevas vidas. Muchas familias dejan de ser “santuarios de la vida”. El Papa San Juan Pablo II constata que la anticoncepción y el aborto «tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de la libertad, que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia personalidad».

Isabel, durante cinco meses, no salía de casa, y pensaba: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor» (Lc 1,25). Y María decía: «Engrandece mi alma al Señor (...) porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lc 1,46.48). La Virgen María e Isabel valoran y agradecen la obra de Dios en ellas: ¡la maternidad! Es necesario que los católicos reencuentren el significado de la vida como un don sagrado de Dios a los seres humanos.

Ámense los unos a los otros como yo los he amado



Ámense los unos a los otros como yo los he amado

Por: Estanislao García | Fuente: Catholic.net 


San Juan 15, 9-17
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.


Oración introductoria
Señor, dame a entender que el amor es la esencia del cristianismo, que éste debe ser mi distintivo como cristiano, no dejes que olvide la necesidad urgente de vivir a fondo el espíritu de caridad. Tú, que eres todo Amor, infunde en mi corazón, en esta oración, tu divino amor.

Petición
Jesús, hazme comprender que la verdadera caridad cristiana se dirige a todos, sin distinciones ni medidas.

Meditación del Papa Francisco

Esta palabra "amor" es una palabra que se usa muchas veces y no se sabe, cuando se dice, qué significa exactamente. Pensamos en el amor de las telenovelas: no, eso no se parece al amor. Eso que parece amor es en realidad entusiasmo por una persona y después se apaga. ¿De dónde proviene el verdadero amor? Escribe san Juan: "Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque Dios es amor”. El apóstol no dice todo amor es Dios. Lo que dice es «Dios es amor». Y continúa Juan, "Dios nos ha amado tanto que envió a su Hijo unigénito, para que vivamos por medio de él". Por ello, es Dios quien da su vida en Jesús, para darnos a nosotros la vida. El amor es hermoso, amar es hermoso y en el cielo habrá sólo amor, la caridad: lo dice Pablo. Y si el amor es hermoso, se hace siempre fuerte y crece en el don de la propia vida: crece en el darse a los demás. (Homilía de S.S. Francisco, 15 de enero de 2016).

Reflexión
"Amaos los unos a los otros como yo os he amado"; es el nuevo mandamiento que sale del Corazón de Dios; no sale de la ley, ni de una prohibición. Sale de un reclamo de Cristo que quiere que le imitemos hasta dar nuestra vida por nuestros hermanos, porque así lo ha hecho Cristo muriendo en la cruz.

Muy cerca de nosotros está la Virgen María; nadie mejor que ella ha amado a Dios y a todos los hombres, pues por su amor en la Anunciación se convirtió en Madre de Dios, y por su amor en la cruz en Madre de todos los hombres; su amor ha sido tan grande que ni siquiera el pecado, se ha atrevido a tocarla. La clave de todo está en el amor, donde se encuentra la paz, donde se encuentra la fortaleza en el seguimiento de la voluntad de Dios.

Como dice san Juan: "Dios es amor". Por lo tanto si llevamos en nuestro corazón a Dios tendremos el verdadero amor, y la medida del amor a Dios está en el amor a nuestros hermanos, porque si no somos unos mentirosos, como dice la carta de Santiago.

Propósito
Ser un auténtico testigo del amor de Dios al hacer hoy, en su nombre, una obra buena, aunque sea difícil.

Diálogo con Cristo 
El cristianismo es una llamada al verdadero amor, por eso estoy llamado a ser un auténtico testigo del amor. La caridad nunca debe limitarse a evitar el mal sino que debe concentrarse en hacer a todos el bien, brindándoles apoyo en todo lo que es posible y dando de lo propio con generosidad. Jesús, no dejes que me olvide que el sí amoroso a mi vocación cristiana debe también llevarme un sí a las demás personas, especialmente a las más cercanas.

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30 may. 2017

Santo Evangelio 30 de Mayo 2017


Día litúrgico: Martes VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 17,1-11a): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. 

»Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. 

»Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».


«Padre, ha llegado la hora»
Rev. D. Pere OLIVA i March 
(Sant Feliu de Torelló, Barcelona, España)



Hoy, el Evangelio de san Juan —que hace días estamos leyendo— comienza hablándonos de la “hora”: «Padre, ha llegado la hora» (Jn 17,1). El momento culminante, la glorificación de todas las cosas, la donación máxima de Cristo que se entrega por todos... “La hora” es todavía una realidad escondida a los hombres; se revelará a medida que la trama de la vida de Jesús nos abra la perspectiva de la cruz.

¿Ha llegado la hora? ¿La hora de qué? Pues ha llegado la hora en que los hombres conozcamos el nombre de Dios, o sea, su acción, la manera de dirigirse a la Humanidad, la manera de hablarnos en el Hijo, en Cristo que ama.

Los hombres y las mujeres de hoy, conociendo a Dios por Jesús («las palabras que tú me diste se las he dado a ellos»: Jn 17,8), llegamos a ser testigos de la vida, de la vida divina que se desarrolla en nosotros por el sacramento bautismal. En Él vivimos, nos movemos y somos; en Él encontramos palabras que alimentan y que nos hacen crecer; en Él descubrimos qué quiere Dios de nosotros: la plenitud, la realización humana, una existencia que no vive de vanagloria personal sino de una actitud existencial que se apoya en Dios mismo y en su gloria. Como nos recuerda san Ireneo, «la gloria de Dios es que el hombre viva». ¡Alabemos a Dios y su gloria para que la persona humana llegue a su plenitud!

Estamos marcados por el Evangelio de Jesucristo; trabajamos para la gloria de Dios, tarea que se traduce en un mayor servicio a la vida de los hombres y mujeres de hoy. Esto quiere decir: trabajar por la verdadera comunicación humana, la felicidad verdadera de la persona, fomentar el gozo de los tristes, ejercer la compasión con los débiles... En definitiva: abiertos a la Vida (en mayúscula).

Por el espíritu, Dios trabaja en el interior de cada ser humano y habita en lo más profundo de la persona y no deja de estimular a todos a vivir de los valores del Evangelio. La Buena Nueva es expresión de la felicidad liberadora que Él quiere darnos.

29 may. 2017

Santo Evangelio 29 de Mayo 2017



Día litúrgico: Lunes VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16,29-33): En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo».


«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo»
Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala 
(Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)


Hoy podemos tener la sensación de que el mundo de la fe en Cristo se debilita. Hay muchas noticias que van en contra de la fortaleza que querríamos recibir de la vida fundamentada íntegramente en el Evangelio. Los valores del consumismo, del capitalismo, de la sensualidad y del materialismo están en boga y en contra de todo lo que suponga ponerse en sintonía con las exigencias evangélicas. No obstante, este conjunto de valores y de maneras de entender la vida no dan ni la plenitud personal ni la paz, sino que sólo traen más malestar e inquietud interior. ¿No será por esto que, hoy, las personas van por la calle enfurruñadas, cerradas y preocupadas por un futuro que no ven nada claro, precisamente porque se lo han hipotecado al precio de un coche, de un piso o de unas vacaciones que, de hecho, no se pueden permitir?

Las palabras de Jesús nos invitan a la confianza: «¡Ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), es decir, por su Pasión, Muerte y Resurrección ha alcanzado la vida eterna, aquella que no tiene obstáculos, aquella que no tiene límite porque ha vencido todos los límites y ha superado todas las dificultades. 

Los de Cristo vencemos las dificultades tal y como Él las ha vencido, a pesar de que en nuestra vida también hayamos de pasar por sucesivas muertes y resurrecciones, nunca deseadas pero sí asumidas por el mismo Misterio Pascual de Cristo. ¿Acaso no son “muertes” la pérdida de un amigo, la separación de la persona amada, el fracaso de un proyecto o las limitaciones que experimentamos a causa de nuestra fragilidad humana?

Pero «sobre todas estas cosas triunfamos por Aquel que nos amó» (Rom 8,37). Seamos testigos del amor de Dios, porque Él en nosotros «ha hecho (...) cosas grandes» (Lc 1,49) y nos ha dado su ayuda para superar toda dificultad, incluso la muerte, porque Cristo nos comunica su Espíritu Santo.

Cristo no sube solo, somos parte suya, y por lo tanto, algo nuestro ya está en la casa el Padre.


Cristo no sube solo, somos parte suya, y por lo tanto, algo nuestro ya está en la casa el Padre.


Por: Alberto Ramirez Mozqueda | Fuente: Catholic.net 


Los niños de hoy están acostumbrados a oír de los viajes espaciales, a naves que viajan a velocidades que escapan a la imaginación y que tocan países insospechados con otras costumbres y otras formas de vida. Por eso podrían quedarse con la impresión de que Cristo en su Ascensión a los cielos, se hubiera adelantado al tiempo, subiendo en su propia nave hasta desplazarse hasta el mismísimo cielo.

Tenemos que decir entonces de entrada que el cielo y el espacio de las estrellas, los astros, los asteroides y los cometas, un mundo vastísimo, es otro totalmente distinto del que nos presentan los evangelistas que afirman que Cristo subió al cielo, donde “Dios habita en una luz inaccesible” (1 Tim 6.16), lo cual quiere decir que nosotros mismos estaremos invitados a subir con Cristo pero no precisamente a un espacio o a un lugar sino a una situación nueva si vivimos en el amor y en la gracia de Dios.

La fiesta de la Ascensión del Señor es entonces la fiesta de la Verdadera esperanza para los cristianos y en general para todos los hombres, pues cuando Cristo envía a sus apóstoles al mundo, quiere hacer que su mensaje llegue precisamente a todos los hombres, rotas ya las barreras y todas las fronteras, hasta hacer de la humanidad una sola familia salvada por la Sangre de Cristo. Cristo no sube solo, somos parte suya, y por lo tanto, algo nuestro ya está en la casa el Padre, esperando la vuelta de todos para sentarnos con Cristo a ese banquete que se ofrece a todos los que fueron dignos de entrar al Reino de los cielos.

La fiesta en cuestión comenzó a celebrarse hasta el siglo VI pues los siglos anteriores se consideraba como una sola festividad tanto la Resurrección de Cristo como su misma Ascensión, pero se pensó en celebrar ésta última como la plena glorificación de Cristo, su exaltación a los cielos, el sentarse a la diestra de Dios Padre, su constitución como Juez y Señor de vivos y muertos y por lo tanto con poder para enviar a su Iglesia al mundo a hacerlo presente en sus sacramentos, en su Eucaristía, descubriéndole en los pobres y los marginados del mundo, comprometiéndose seriamente con ellos como él lo hizo con cada uno de los actos de su vida, pero sobre todo con su muerte en lo alto de la cruz.

La Ascensión tiene lugar en Galilea, donde Jesús comenzó su ministerio público pero no fue tanto un dato meramente geográfico, sino para hacerles entender a sus apóstoles que Jerusalén ya no era el centro de religiosidad y de culto, sino que desde ahora él se constituía en Aquél por el que se podía tener libre acceso al Padre. Galilea sería como un símbolo de una humanidad que vive una nueva esperanza y una nueva acogida por el Buen Padre Dios, invitándonos a romper toda esclavitud, pues él ya no quiere más sirvientes sino hijos.

Cristo tuvo mucho cuidado antes de su subida de darles poder a sus Apóstoles para hacerlo presente en el mundo, pero también afirmó, y con un verbo en presente que él estaría con ellos siempre, hasta el fin de los tiempos. Esa es la gran alegría de los cristianos, poder unirse desde ahora al Salvador sin tener que esperar hasta el momento final, y hacerlo como discípulos del único Maestro, que quiere a la humanidad unida en su Amor.

28 may. 2017

Santo Evangelio 28 de Mayo 2017


Día litúrgico: Ascensión del Señor (A)

Texto del Evangelio (Mt 28,16-20): En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».


«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra»
Dr. Josef ARQUER 
(Berlin, Alemania)



Hoy, contemplamos unas manos que bendicen —el último gesto terreno del Señor (cf. Lc 24,51). O unas huellas marcadas sobre un montículo —la última señal visible del paso de Dios por nuestra tierra. En ocasiones, se representa ese montículo como una roca, y la huella de sus pisadas queda grabada no sobre tierra, sino en la roca. Como aludiendo a aquella piedra que Él anunció y que pronto será sellada por el viento y el fuego de Pentecostés. La iconografía emplea desde la antigüedad esos símbolos tan sugerentes. Y también la nube misteriosa —sombra y luz al mismo tiempo— que acompaña a tantas teofanías ya en el Antiguo Testamento. El rostro del Señor nos deslumbraría.

San León Magno nos ayuda a profundizar en el suceso: „«Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado ahora a sus misterios». ¿A qué misterios? A los que ha confiado a su Iglesia. El gesto de bendición se despliega en la liturgia, las huellas sobre tierra marcan el camino de los sacramentos. Y es un camino que conduce a la plenitud del definitivo encuentro con Dios.

Los Apóstoles habrán tenido tiempo para habituarse al otro modo de ser de su Maestro a lo largo de aquellos cuarenta días, en los que el Señor —nos dicen los exegetas— no “se aparece”, sino que —en fiel traducción literal— “se deja ver”. Ahora, en ese postrer encuentro, se renueva el asombro. Porque ahora descubren que, en adelante, no sólo anunciarán la Palabra, sino que infundirán vida y salud, con el gesto visible y la palabra audible: en el bautismo y en los demás sacramentos.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Todo poder.... Ir a todas las gentes... Y enseñar a guardar todo... Y El estará con ellos —con su Iglesia, con nosotros— todos los tiempos (cf. Mt 28,19-20). Ese “todo” retumba a través de espacio y tiempo, afirmándonos en la esperanza.

Aparecer, desaparecer, encontrarse



APARECER, DESAPARECER, ENCONTRARSE

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- ¡SU SUERTE, LA NUESTRA!

Por Javier Leoz

Cuarenta días atrás celebrábamos aquel día santo en el que –Cristo- saltó de la muerte a la vida y, con El, todos nosotros. Fueron horas de vigor en nuestra fe, de ganas por seguir adelante, de renovación en nuestra existencia bautismal y… de optar por Aquel que, subiendo del sepulcro, nos enviaba a dar razón y testimonio de su presencia.

1.- Hoy, con esta solemnidad de la Ascensión, caemos en la cuenta de que –al fin y al cabo- lo que esperaba a Jesús al final de su paso por la tierra era el abrazo con el Padre. De alguna manera se cierra el contacto visual y físico entre el Señor y los discípulos y comienza la etapa del Espíritu Santo, la llamada a la madurez eclesial y la invitación a no perder la esperanza: el Espíritu marchará junto a nosotros recordándonos lo qué tenemos que hacer, dónde y cómo.

Es duro ver partir a un buen amigo. Y, en la Ascensión del Señor, a buen seguro que los ojos de los apóstoles se humedecieron ante tal prodigio con sabor agridulce: el Señor, nuestro amigo y Señor, se nos va. ¿Qué vamos hacer? ¿Quién nos dará el pan multiplicado? ¿Quién nos saciará en la hora del hambre? ¿Quién calmará nuestras tormentas? ¿Quién pondrá paz cuando, por las ideas, nos distanciemos del evangelio?

Ante estas interpelaciones, aquellos entusiastas del apostolado, se responderían a sí mismos: el Señor se va pero, pronto, marcharemos también con El nosotros. Su suerte, la del cielo, será la nuestra; y por la puerta que El deje abierta, entraremos nosotros.

2.- Los sentidos, de aquellos discípulos, se quedaron contemplando aquel suceso pero, pronto, se dieron cuenta de que los pies los tenían en la tierra. Que estaban obligados a llevar al mundo lo que, Jesús, en tres años escasos les había transmitido: el amor de Dios.

En ese cometido, también nos encontramos nosotros. Con toda la Iglesia seguimos proclamando el Reino de Cristo (el que podemos construir ya en nuestro entorno) pero que culminará y se visualizará en todo su esplendor al final de los tiempos. No podemos detenernos en este empeño. Aunque nos parezca mentira, hay sed de Dios, ganas por conocerlo y amarlo. Mirando al cielo (exclusivamente) no se nos da garantía de seguir anunciando todo el legado que Jesús nos dejó mientras estuvo con nosotros. Fiándonos solamente de nuestras fuerzas, de las seducciones del mundo tampoco es que sea un seguro de vida para conseguir una humanidad sin odio ni rencor, sin injusticias ni maldades. Como siempre, en el término medio, oración/acción, encontraremos la clave para servir a Dios (como el merece) y para no olvidar las contrariedades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo (obligados estamos desde el mandamiento del amor).

3.- Dejemos marchar al Señor al cielo. Crezcamos ahora con aquello que Él nos confió como vitamina eterna (la eucaristía); como presencia y seguridad (su Palabra); como aliento en nuestro caminar (su Espíritu Santo).

Un bebé, cuando ha de caminar por sí mismo, llora, tiene miedo, vértigo…va buscando los brazos de sus padres o los de aquellos que le rodean. Luego, al tiempo, comprende que el mundo es otra cosa cuando lo descubre por propia experiencia. Que también por nuestros propios senderos, podamos avanzar sin olvidar que –Jesús primero- los recorrió antes que nosotros.

¡Vete, Señor, al cielo! ¡Deja huella para que un día tus amigos podamos también encontrarlo!