16 ago. 2014

Santo Evangelio 16 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Sábado XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 19,13-15): En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.


Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían

Hoy nos es dado contemplar una escena que, desgraciadamente, es demasiado actual: «Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían» (Mt 19,13). Jesús ama especialmente a los niños; nosotros, con los pobres razonamientos típicos de “gente mayor”, les impedimos acercarse a Jesús y al Padre: —¡Cuando sean mayores, si lo desean, ya escogerán...! Esto es un gran error.

Los pobres, es decir, los más carentes, los más necesitados, son objeto de particular predilección por parte del Señor. Y los niños, los pequeños son muy “pobres”. Son pobres de edad, son pobres de formación... Son indefensos. Por esto, la Iglesia —“Madre” nuestra— dispone que los padres lleven pronto a sus hijos a bautizar, para que el Espíritu Santo ponga morada en sus almas y entren en el calor de la comunidad de los creyentes. Así lo indican tanto el Catecismo de la Iglesia como el Código de Derecho Canónico, ordenamientos del máximo rango de la Iglesia (que, como toda comunidad, debe tener sus ordenamientos).

¡Pero no!: ¡cuando sean mayores! Es absurda esta manera de proceder. Y, si no, preguntémonos: —¿Qué comerá este niño? Lo que le ponga su madre, sin esperar a que el niño especifique qué es lo que prefiere. —¿Qué idioma hablará este niño? El que le hablen sus padres (de otra manera, el niño nunca podrá escoger ninguna lengua). —¿A qué escuela irá este niño? A la que sus padres le lleven, sin esperar que el chico defina los estudios que prefiere...

—¿Qué comió Jesús? Aquello que le puso su Madre, María. —¿Qué lengua habló Jesús? La de sus padres. —¿Qué religión aprendió y practicó el Niño Jesús? La de sus padres, la religión judía. Después, cuando ya fue mayor, pero gracias a la instrucción que había recibido de sus padres, fundó una nueva religión... Pero, primero, la de sus padres, como es natural.

San Roque, 16 de Agosto



16 de agosto

SAN ROQUE

(†  ca.1327)


Expiraba el siglo XIII. El gobernador de Montpellier, Juan, y su esposa Libera, vasallos de Jaime II de Aragón, pedían a Dios constantemente que premiase sus virtudes dando fruto de bendición a su nobilísima casa. Pero los años de infecundo matrimonio corrían arrebatando la esperanza de prole a la ya anciana Libera, cuando, una noche, el crucifijo ante el que oraba pareció dirigirle prodigiosamente alentadoras voces, y poco después un feliz suceso llenaba de regocijo, la ciudad. La multitud corría al palacio del gobernador real, donde un inesperado natalicio aseguraba la sucesión a la estirpe de Juan y de Libera. El recién nacido mostraba en el pecho y en el hombro izquierdo una cruz rojiza en la piel, como grabada a fuego, signo de su maravilloso destino. Por la robustez del neófito, recibió en el bautismo el nombre de Roca, y por aquel signo misterioso que le adornaba pecho y espalda, el apellido de la Cruz. Todo, pues, señaló desde el principio la extraordinaria carrera de aquel niño. En efecto, una predisposición natural para la virtud se reveló muy pronto en sus costumbres, hasta tal punto que parecía instruido de superior asistencia en la práctica del bien. Hagiógrafos posteriores han llegado a suponer que el mismo San Pablo tomó a su cargo la dirección espiritual de aquel angelical muchacho.

 A los doce años de edad perdió a su padre y a los veinte a su madre; quedando heredero, de cuantiosas riquezas. Dios le había quitado lo único que podía retenerle en el plano social de lujos y honores en que había nacido: sus padres. Lo demás, las riquezas con todo su séquito mundano, Dios iba modelando su espíritu para darles superior empleo. No seria inverosímil, además, que durante la mocedad virtuosa Roque hubiera frecuentado las aulas universitarias de Montpellier y se hubiera iniciado en la ciencia de Esculapio. Así la Providencia planearía suavemente el destino prefijado a aquel doncel extraordinario. Una tradición unánime admite que aceptó, apenas quedó libre y dueño de sí, la regla de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, y un hecho indubitable lo confirma: Roque abrazó amorosamente la virtud franciscana por excelencia: la pobreza. Vendió sus bienes y los dio a los pobres.

 Al mismo tiempo, aquel apuesto y rico muchacho no había cursado estudios eclesiásticos ni monacales, ni se hallaba equipado para ejercer los ministerios propios de los sacerdotes. Para seguir a Jesucristo él había cumplido la primera parte de su llamamiento: "Vende cuanto tienes y dalo a los pobres". Pero ¿cómo cumplir la segunda parte, ven y sígueme?

 Los acontecimientos de la historia acudieron a darle la respuesta. Del lado de allá de los Alpes empezaron a oírse en Montpellier gritos de angustia. La peste, el terrible azote de los pueblos en la Edad Media, se cebaba en la capital del orbe católico y en las principales ciudades de Lombardía. El camino estaba trazado. En alas de la caridad, sale furtivamente de Montpellier, atraviesa por trochas y descaminos la Provenza para despistar posibles seguidores de su parentela y entra en Italia pobre y desconocido. Va como una flecha al encuentro de la terrible enfermedad que despuebla el norte de Italia; hace de médico, de enfermero, de herbolario y de sepulturero. Hacía frente al contagio por todos sus flancos, ofrecía remedio heroico en todas las situaciones de la calamidad pública, derrochaba el bálsamo de la caridad en todos los dolores físicos y morales que la epidemia iba sembrando por todos los caminos. Así llega a Roma, a la Roma sin Papas, que sufre, a más de la peste, la cautividad de Aviñón, y allí Roque se supera, su virtud se pone a la altura de la tragedia, y su figura, como encarnación del consuelo y de agente misterioso de la misericordia divina, emergiendo a todas horas y en todas partes entre los apestados, cobra el prestigio sobrenatural de lo milagroso. Lo que no era mas que caridad sin límites, caridad heroica, aparecía a los ojos de los enfermos como poder extraordinario de una fuerza taumatúrgica. ¡Qué más taumaturgia que la caridad de Cristo adueñada ilimitadamente de un corazón humano!

 Pero la multitud no estaba para teologías. Presa del pavor ante la muerte, aclama a Roque como a un demiurgo celeste que dispone de los poderes de Dios par abrir o cerrar los sepulcros. Y Roque, tan humilde como caritativo, huye de Roma, teatro de sus triunfos y de sus aclamaciones y cae en Plasencia, tan incógnito e indocumentado como había tres años antes entrado en Roma.

 Su irresistible vocación belicosa contra los agentes del dolor le guía al hospital y prosigue su actuación caritativa junto a las yacijas de los desamparados del mundo. Allí merece que Dios le eleve al plano de sus amigos escogidos. Hasta ahora Roque ha sido la victoria sobre la enfermedad y la desgracia; ahora va a ser la víctima de una y otra. Una llaga asquerosa apareció sobre su carne hasta allí inmune al contacto de los apestados, y el milagroso, el aclamado Roque fue un apestado más, tan repelente y despreciado como los que él había arrancado de la segura muerte.

 Excluido primero del hospital y después hasta de los muros de Plasencia, se interna por el bosque en dirección de los Alpes. ¿Su alimento? Un lebrel cada mañana viene zalamero con un pan en la boca, y, hecho su presente. le lame la llaga de la pierna, pagándole con limitado alivio los alivios ilimitados que tantos enfermos habían recibido de sus manos.

Roque vuelve al fin a Montpellier a los ocho años de ausencia, desfigurado por la enfermedad, los trabajos y la penitencia. Nadie le reconoce ni se acuerda de su nombre. El país arde en guerras y alguien le denuncia como posible espía. El juez le interroga y Roque deja que la Providencia cumpla sus designios sobre su vida. El juez desprecia su silencio y le manda poner a buen recaudo en la cárcel pública.

Allí el alma de Roque consuma en silencio y en olvido de todo y de todos su dejación absoluta en la voluntad divina, viviendo plenamente el "Solo Dios basta". Y cuando yace muerto en el sumo abandono del mundo, Dios convierte el mísero petate del preso en trono de honor. Alguien descubre su incógnito, corre la voz de que Roque el noble, el antiguo y generoso magnate ha vuelto a su ciudad y está muerto en la cárcel. La apoteosis se organiza como por arte de magia. Un grito unánime se oye por doquier: ¡Es el mismo! ¡Es el mismo! Y el cielo devuelve el eco del grito multitudinario: ¡Es un santo! ¡Es un santo! Los prodigios vienen rápidamente a sellar la verdad de aquel aserto. Roque sigue haciendo muerto lo que hizo vivo: curar, sanar, purificar los aires mefíticos, expulsar las epidemias y disputar sus presas al dolor y a la muerte.

MIGUEL HERRERO GARCÍA

San Roque


San Roque es una de los grandes santos populares que ha suscitado devoción en todo el mundo. Existen levantadas muchísimas capillas y en diferentes iglesias tienen una imagen de él, gracias a los favores que a lo largo de los siglos ha concedido, principalmente en épocas de enfermedades y de peste.

Sus primeros años y el deseo de ser pobre.

Según el gran historiador de vidas de santos, Martirià Brugada, uno de los textos más fidedignos que nos narra la vida de este buen amigo es el "Acta Brevoria", un escrito anónimo y posiblemente redactado en la zona italiana de la Lombardía hacia el 1430. Para este sacerdote gerundense, de este texto derivan las narraciones posteriores, en las que según ellas, el nacimiento de Roque habría sido fruto de un voto hecho por sus padres que sufrían por no tener hijos.

Cuenta la historia que Roque habría nacido por el año 1.300 en la ciudad francesa de Montpellier. Te recomiendo visitar esta ciudad como mínimo a través de Internet en este enlace: http://www.ville-montpellier.fr/ . Quedó huérfano muy pronto y vendió toda la herencia familiar para entregar los beneficios a los pobres. De alguna manera, nuestro santo habría hecho realidad aquella cita del evangelio de Mateo que dice: "Vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo y luego vente conmigo". Con este deseo de seguir en la pobreza a Jesús y también de enseñar la fe cristiana, inició su peregrinación a Roma.

En la zona de la Toscana, Roque se hospedó en la ciudad de Acquapendente y, en el hospital, se puso a servir a todas aquellas personas que estaban infectadas de la peste, logrando, cómo no, curaciones admirables e inexplicables. Seguramente, San Roque aprendió nociones de Medicina en su ciudad natal, que puso luego en práctica durante sus peregrinaciones. Recordemos, amigo cibernauta, que Montpellier es una de las ciudades más prestigiosas de Europa en temas médicos, allí hay la reconocida Universidad de Montpellier, que fue fundada en el siglo XIII. Se cuenta  que en la ciudad italiana de Cesanea, antes de llegar a Roma, nuestro santo curó a un cardenal, y que este lo presentó luego al Papa.

Cuando se dispuso a regresar a su país, pasó por Rímini, hoy convertida en una de las grandes zonas "pijas" de veraneo de Italia. Allí, Roque no se dedicó a tomar el sol en la playa, ni a tomar helados, ni tampoco a tomar copas en una terraza de un bar, sino que predicó el evangelio y continuó curando de la peste a aquellas personas que podía. Tantas curaciones y tanto contacto con los infectados, propició que en la ciudad de Piacenza él mismo quedara contagiado y se viera obligado a retirarse en un bosque de las afueras de la ciudad.

El perro y San Roque

Seguro que tus padres o tus abuelos te habrán ya contado la preciosa narración del perro de San Roque. Si te fijas en la estampa, nuestro santo va acompañado de un simpático chucho. ¿Quien fue este perro?. Pues ... fue su salvador. Cuando hoy en día, sobre todo en verano, se abandonan por las calles tantos perros que nos han mostrado su cariño a lo largo del año, bueno será explicarles a aquellos que hacen este tipo de salvajadas la historia de este animal que le salvó la vida a un santo tan importante como fue Roque.

Se explica, que cuando nuestro santo se trasladó al bosque para no infectar de esta manera a los vecinos de Piacenza, recibía cada día la visita de un perro que le llevaba un panecillo. El animalito lo tomaba cada día de la mesa de su amo, un hombre bien acomodado llamado Gottardo Pallastrelli, el cuál, después de ver la escena repetidamente, decidió un día seguir a su mascota. De esta forma, penetró en el bosque donde encontró al pobre moribundo. Ante la sorpresa, se lo llevó a casa, lo alimentó y le hizo las curaciones oportunas. El mismo Gottardo, después de comprobar la sencillez de aquél hombre y de haber escuchado las palabras del evangelio que le enseñó, decidió peregrinar como el. La curación definitiva de Roque fue gracias a un ángel que se le apareció. Cabe decir que otras versiones populares afirman que fue el mismo perro quien le curó, después de lamerle la herida de su pierna varias veces cuando el santo estaba en el bosque. También cabe añadir, que para algunos historiadores, el redactor de la "Acta brevoria" sería el mismo Gottardo. 

Una vez curado, Roque decidió volver definitivamente a Montpellier, pero en el norte de Italia, en el pueblo Angera, a orillas del lago Maggiore, unos soldados, acusándolo de espía, lo arrestaron. Fue encerrado y moriría en prisión entre los años 1376 y 1379. Algunos cuentan que tenía 32 años de edad.

Cabe decir que San Roque había pertenecido a la Tercera Orden de los franciscanos, una rama de esta congregación reservada a las personas laicas que quieren vivir bajo la espiritualidad de San Francisco de Asís. Así lo reconoció el Papa Pío IV en 1547.

Otras versiones de la vida de San Roque

A pesar de todo, la historia de San Roque es bastante difusa.  Ya te he comentado anteriormente que el texto más fidedigno es la "Acta brevoria" y que aproxima su nacimiento a mediados del año 1.300. Pero, a lo largo de los años se han publicado diferentes textos biográficos. Por ejemplo, el veneciano Francesco Diedo redactó en 1478 una biografía en la que San Roque habría nacido en 1295 y muerto en 1327. Pero para muchos, dicha tesis, que es la más popular y la más difundida, es un error, ya que la gran peste en la que Roque se vio involucrado no empezó hasta 1347.

Las leyendas cuentan que Roque era hijo del gobernador del rey de Mallorca en Montpellier llamado Juan  y que, en el momento del nacimiento, llevaba una cruz roja en el pecho prefigurando su destino. Su madre se llamaba Liberia. Otros investigadores como A. Maurino sitúa la vida del santo entre el 1345 y 1376 y A. Fliche lo hace entre el 1350 y 1379. 

También es confuso el lugar de su muerte, mientras que para algunos  fue en Angera tal y como hemos visto, otros la sitúan en la misma Montpellier. En esta ciudad francesa, que antes de 1349 había pertenecido a la Corona de Aragón y al Reino de Mallorca, fue arrestado por mendigo y estuvo 5 años en la cárcel hasta que murió de flaqueza. Se cuenta que el mismo tío de Roque, entonces gobernador de Montpellier, al ver que aquel moribundo era su sobrino hizo levantar un templo en su honor. 

Es todavía más dudosa la ubicación de su tumba, aunque con toda probabilidad Roque falleció en Anguera, una hipótesis señala que su cuerpo habría sido trasladado a Venecia en 1485. Otros historiadores del sur de Francia vuelven a reafirman en que el santo habría retornado a Montpellier para morir en su ciudad natal y que habría sido sepultado en un convento de los hermanos dominicos y que sus reliquias se trasladaron más tarde a Arles. Lógicamente, y está comprobado, el Convento de los Trinitarios de Arles y la ciudad de Venecia fueron dos de los centros de más veneración a San Roque.

Después de tantas confusiones, nos tiene que quedar claro que San Roque nació en Montpellier y que fue un peregrino que se desplazó a Roma. Que recorrió Italia y que se dedicó a curar a todos los infectados de la peste y que falleció en olor a santidad. Su vida la tenemos que fechar con toda seguridad, a partir de la mitad del siglo XIV según el texto más fidedigno, las "Acta brevoria" y que su muerte, lo más probable es que fuera en Anguera, a pesar de la hipótesis de Montpellier. 

El culto y la devoción

Aunque la documentación que se tiene de San Roque lleve a confusiones, no hay que negar que la devoción hacia él fue muy rápida a partir del siglo XV. Desde Venecia se extendió el culto hacia el mundo germánico y a los Países Bajos. En 1477, en ocasión de otra epidemia de peste, se fundó en Venecia una cofradía que bajo su honor se dedicó al hospedaje de enfermos de peste y que fue conocida como Confraternità o Scuole di San Rocco. Dicha agrupación fomentó la devoción al santo construyendo capillas y más centros de acogida por toda Italia. Una de las iglesias conocidas que le están dedicadas es en París, muy cerca del museo del Louvre, que hizo edificar Luis XIV en 1563. Y como no... toda Europa quedó sembrada de templos que le fueron dedicadas, incluso en la América Latina. 

Desde finales del siglo XIV, se convierte en uno de los santos más populares para pedir su intercesión ante Dios. Es el abogado por excelencia contra la peste y todo tipo de epidemias. El Papa Gregorio XIII lo declaró santo en el siglo XVI y en muchos pueblos y ciudades lo veneran con gran devoción después de que él haya intercedido entre los habitantes. Tal y como he comentado al principio, son muchas las iglesias parroquiales que tienen una imagen de San Roque en los altares. Si en tu iglesia existe una, hay un 80% de posibilidades que los vecinos de tu pueblo lo invocaran hace siglos ante una epidemia e hiciesen un voto de villa, un acto que consiste en hacer una promesa al santo si éste les concede una petición. 

En la diócesis de Girona, a pesar de existir muchas imágenes suyas en las iglesias parroquiales, solamente hay una que le esté dedicada y que está situada en Olot. Hay también 4 ermitas emplazadas en los pueblos de Gaüses, Massanes y Sant Aniol de Finestres. 
También cabe destacar la de Vilablareix, construida en el siglo XV. El 21 de julio del 2002 se inaguraron los trabajos de rehabilitación que permite restituir el culto al templo después de 60 años en desuso. Se celebra un "aplec" el segundo domingo de Cuaresma.

Los dos principales templos de todo el mundo dedicados a San Roque están en Montpellier y en Venecia, a parte del ya mencionado de París. También en muchas poblaciones hay pequeñitas hornacinas con la imagen del santo que en forma de capillitas están instaladas en las calles.

Tradiciones

La voz popular ha creado tradiciones sin fundamento alguno pero que han contribuido muy positivamente a fomentar la devoción. Muchas de estas tradiciones quieren aproximar un santo a la vida misma del  pueblo y no nos ha de extrañar que se diga que el propio San Roque hizo el camino de Santiago, que visitó Compostela o que incluso pisó Barcelona. Se cuenta que cuando San Roque entró en la ciudad catalana, todos los infectados de peste se recuperaron. 

Según cuenta el "Costumari Català" de Joan Amades, hace siglos, en la ciudad de Barcelona, se tenía una gran devoción al perro del santo. El día después de la onomástica de San Roque, se continuaban llevando cirios a los templos que tenían una imagen suya, pero con la diferencia de que dichos cirios votivos no iban dedicados a San Roque, sino ¡al perro!. Se cantaban oraciones, gozos y todo tipo de intenciones para el "chucho". Era tanta la devoción al perro de San Roque, que incluso, aquél día estaba permitida la entrada de estos animales en las iglesias de Barcelona. Claro está, que estamos hablando de hace muchos siglos. Este aprecio venía apoyado gracias a una leyenda que decía que en el día de San Roque el perro del santo visitaba la ciudad condal y que los otros canes que tenían la rabia, marchaban velozmente al verlo. Se cuenta que quien maltrata a un perro, se atrae toda la antipatía de San Roque para siempre.

En algunas poblaciones de Catalunya, la verdad es que no conozco el motivo, era tradición hace mucho tiempo, que el día de la fiesta del santo, las parejas de novios anunciaran oficialmente su compromiso a los padres. ¡Pobre San Valentín. Espero que no cogiera celos!.

También en algunas zonas de Lleida, tenían a San Roque por patrón contra la gandulería. Hace muchos años, en el pueblo de Prat de Compte y en otras villas vecinas, los hombres tenían el derecho de poder levantar de la cama a aquellas mujeres que no eran bastante madrugadoras a juicio del vecindado masculino. A primera hora de la mañana, los hombres, divididos en grupos, uno de solteros y otro de casados, iban por las casas. Llegaban hasta la cama y tenían el derecho de llevarse las mantas y de hacer levantar a aquellas mozas que aún estaban durmiendo. Por cierto ... ¡los hombres casados se encargaban de levantar a las casadas y los solteros a las solteras, supongo con la supervisión de algún miembro de la familia!. Este acto, hace ya muchos años que se ha perdido. Pero ... ¿a que es guay?. Y yo me pregunto ... ¿que tiene que ver San Roque con todo eso?.

Onomástica y patronazgo

San Roque es junto a San Sebastián el abogado por excelencia contra la peste y todo tipo de epidemias. San Antonio Abad, patrón de los animales, y debido al gran trabajo que tiene en proteger a los muchos que hay en el mundo, da permiso a San Roque para que se ocupe de los perros, es por ese motivo que es el protector de todos los canes. Se le puede pedir amparo para que no sean abandonados ni maltratados. También en algunos países es el patrón de los picapedreros y marmolistas. La onomástica es el 16 de agosto.



ORACIONES

Plegaria del Misal Romano

Señor, Dios todo poderoso, tú nos has revelado que toda ley se resume en el amor a ti y al prójimo. Concédenos que, imitando la caridad de San Roque, podamos ser un día contados entre los elegidos de tu Reino. 

Plegaria escrita por el Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona

Glorioso San Roque, te agradecemos que desde tu sencillez nos recuerdes que Dios también está cerca de nosotros cuando recibimos la sacudida del dolor y de la enfermedad. Ayúdanos a vivir estas situaciones con serenidad y paz, agradeciendo el servicio de los que nos ayudan. Que no olvidemos que nuestra vida es avanzar por el camino de Jesucristo, sirviendo y amando desde la pobreza. Y para que siempre luchemos contra todo lo que degrade y destruya la dignidad humana y la convivencia social.

Tomado de El Ángel de la Web 

15 ago. 2014

Santo Evangelio 15 de Agosto de 2014


Día litúrgico: 15 de Agosto: La Asunción de la Virgen María

Texto del Evangelio (Lc 1,39-56): En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


Comentario: P. Abad Dom Josep ALEGRE Abad de Santa Mª de Poblet (Tarragona, España)
Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador

Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de Santa María en cuerpo y alma a los cielos. «Hoy —dice san Bernardo— sube al cielo la Virgen llena de gloria, y colma de gozo a los ciudadanos celestes». Y añadirá estas preciosas palabras: «¡Qué regalo más hermoso envía hoy nuestra tierra al cielo! Con este gesto maravilloso de amistad —que es dar y recibir— se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, lo humilde y lo sublime. El fruto más granado de la tierra está allí, de donde proceden los mejores regalos y los dones de más valor. Encumbrada a las alturas, la Virgen Santa prodigará sus dones a los hombres».

El primer don que te prodiga es la Palabra, que Ella supo guardar con tanta fidelidad en el corazón, y hacerla fructificar desde su profundo silencio acogedor. Con esta Palabra en su espacio interior, engendrando la Vida para los hombres en su vientre, «se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). La presencia de María expande la alegría: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44), exclama Isabel.

Sobre todo, nos hace el don de su alabanza, su misma alegría hecha canto, su Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador...» (Lc 1,46-47). ¡Qué regalo más hermoso nos devuelve hoy el cielo con el canto de María, hecho Palabra de Dios! En este canto hallamos los indicios para aprender cómo se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, y llegar a responder como Ella al regalo que nos hace Dios en su Hijo, a través de su Santa Madre: para ser un regalo de Dios para el mundo, y mañana un regalo de nuestra humanidad a Dios, siguiendo el ejemplo de María, que nos precede en esta glorificación a la que estamos destinados.

15 de Agosto. La Asunciòn de Ntra. Señora

15 de agosto

HOMILÍAS

 LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA


La vida de la Virgen es toda ella una fulgurante sucesión de divinas maravillas. Primera maravilla: su Inmaculada Concepción. Ultima maravilla: su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Y, entre la una y la otra, un dilatado panorama de gracia y de virtudes en el cual resplandecen como estrellas de primera magnitud su virginidad perpetua, su divina Maternidad, su voluntaria y dolorosa cooperación a la redención de los hombres.

 La perpetua virginidad de María y su divina Maternidad fueron ya definidos como dogmas de fe en los primeros siglos del cristianismo. La Inmaculada Concepción no lo fue hasta mediados del siglo XIX. Al siglo XX le quedaba reservada la emoción y la gloria de ver proclamado el dogma de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.

 Memorable como muy pocos en la historia de los dogmas aquel 1 de noviembre de 1950. Sobre cientos de miles de corazones, que hacían de la inmensa plaza de San Pedro un único pero gigantesco corazón —el corazón de toda la cristiandad—, resonó vibrante y solemne la voz infalible de Pío XII declarando ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.

 Esta suprema decisión del Romano Pontífice es el coronamiento de un proceso multisecular. Nosotros gustamos el dulce sabor de ese fruto sazonado de nuestra fe, pero su savia y sus flores venían circulando y abriéndose en el jardín de la Iglesia desde la más remota antigüedad cristiana.

 En la encíclica Munificentissimus Deus, que nos trajo la jubilosa definición del dogma, se hace un minucioso estudio histórico-teológico del mismo. Siglo tras siglo y paso por paso se va siguiendo con amoroso deleite el camino recorrido por la piadosa creencia hasta llegar, ¡por fin!, a la suprema exaltación de la definición ex cathedra.

 En efecto, ya desde los primeros siglos cristianos palpita esta verdad en el seno de la Iglesia. Es una verdad perenne como todas las contenidas en el sagrado arcano de la Revelación. Pero en el correr de los tiempos aquella suave palpitación primera fue acentuándose y haciéndose cada vez más fuerte, más insistente, más apremiante.

 Comienza la encíclica recordando un hecho. Nunca dejaron los pastores de la Iglesia de enseñar a los fieles, apoyándose en el santo Evangelio, que la Virgen Santísima vivió en la tierra una vida de trabajos, angustias y preocupaciones; que su alma fue traspasada por el fiero cuchillo profetizado por el santo anciano Simeón; que, por fin, salió de este mundo pagando su tributo a la muerte como su Unigénito Hijo... ¡Ah! Pero eso no impidió ni a unos ni a otros creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro ni fue reducido a cenizas el augusto tabernáculo del Verbo divino.

 Esa misma creencia, presente y viviente en las almas, fue tomando formas tangibles y grandiosas dimensiones a medida que la tierra se fue poblando de templos erigidos a la Asunción de la Virgen María. Sólo en España son 28 las catedrales consagradas a la Virgen en ese su sagrado misterio. Y si los templos son muchos, infinitamente más son las imágenes que pregonan a voces el triunfo de la Madre de Dios. Añadid ahora las ciudades, diócesis y regiones enteras, así como Institutos religiosos que se han puesto bajo el amparo y protección de María en esta gloriosa advocación, y tendréis un definitivo argumento de la pujanza de dicha creencia en la masa del pueblo cristiano.

 También los artistas, fieles intérpretes del pensamiento cristiano a través de los tiempos, han rivalizado a su vez en la interpretación plástica del gran misterio asuncionista. Ya en el famoso sarcófago romano de la iglesia de Santa Engracia, en Zaragoza, muy probablemente de principios del siglo IV, aparece una de estas representaciones. El tema se repite después con una profusión deslumbradora en telas, en marfiles, en bajorrelieves, en mosaicos. Basta recordar los nombres de Rafael, Juan de Juanes, el Greco, Guido Reni, Palma, Tintoretto, el Tiziano... Y no son todos. A la misma altura y con la misma elocuencia que ellos con sus pinceles, proclamaron su fe con su gubia nuestros incomparables imagineros del Siglo de Oro, reproduciendo el episodio en retablos desbordantes de luz y colorido.

 Pero de modo más espléndido y universal aún —comenta la encíclica de la definición— se manifiesta esta fe en la sagrada liturgia. Ya desde muy remota antigüedad se celebran en Oriente y Occidente solemnes fiestas litúrgicas en conmemoración de este misterio. Y de ellas no dejaron nunca los Santos Padres de sacar luz y enseñanzas, pues sabido es que la liturgia, siendo también una profesión de las celestiales verdades..., puede ofrecer argumentos y testimonios de no pequeño valor para determinar algún punto particular de la doctrina cristiana.

 Podrían multiplicarse indefinidamente los testimonios de las antiguas liturgias, que exaltan y ponderan la Asunción de María. Unos brillan por su mesura y sobriedad, como, generalmente, los de la liturgia romana; otros se visten de luz y poesía, como los de las liturgias orientales. Pero todos ellos concuerdan en señalar el tránsito de la Virgen como un privilegio singular. Dignísimo remate, indispensable colofón reclamado por los demás privilegios de la Madre de Dios.

 Pero lo que sobre todo emociona y convence es ver cómo la Asunción se abrió camino con tal éxito y señorío entre las demás solemnidades del ciclo litúrgico, que muy pronto escaló la cumbre de los primeros puestos. Ello estimula eficazmente a los fieles a apreciar cada vez más la grandeza de este misterio. San Sergio I, al prescribir la letanía o procesión estacional para las principales fiestas marianas, enumera juntas las de la Natividad, Anunciación, Purificación y Dormición de María. Más tarde, San León IV quiso añadir a la fiesta, que para entonces había ya recibido el título de Asunción de María, una mayor solemnidad litúrgica, y prescribió se celebrara con vigilia y octava, y durante su pontificado tuvo a gala participar él mismo en su celebración, rodeado de una innumerable muchedumbre de fieles. Fue durante muchos siglos hasta nuestros días una de las fiestas precedidas de ayuno colectivo en la Iglesia. Y no es exagerado afirmar que los Soberanos Pontífices se esmeraron siempre en destacar su rango y su solemnidad.

 Los Santos Padres y los grandes doctores, tanto si escriben como si predican a propósito de esta solemnidad, no se limitan a celebrarla como cosa admitida y venerada por el pueblo cristiano en general, sino que desentrañan su alcance y contenido, precisan y profundizan su sentido y objeto, declarando con exactitud teológica lo que a veces los libros litúrgicos habían sólo fugazmente insinuado.

 Cosa fácil sería entretejer un manojo de textos patrísticos como prueba palmaria de lo que venimos diciendo. Bástenos el testimonio de San Juan Damasceno, del que el mismo Pío XII asegura que "se distingue entre todos como testigo eximio de esta tradición. considerando la Asunción corporal de la Madre de Dios a la luz de sus restantes privilegios". "Era necesario —dice el Santo— que aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, le contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios."

 Parecidos conceptos expresa San Germán de Constantinopla. Según él la raíz de este gran privilegio de María está en la divina Maternidad tanto como en la santidad incomparable que adornó y consagró su cuerpo virginal. "Tú, como fue escrito —le dice el Santo—, apareces radiante de belleza y tu cuerpo virginal es todo santo, todo casto, todo y por esta razón es preciso que se vea libre de convertirse en polvo y se transforme, en cuanto humano, en una excelsa vida incorruptible: debe ser vivo, gloriosísimo, incólume y partícipe de la plenitud de la vida."

 Siguiendo esta misma trayectoria, los pastores de la Iglesia, los oradores sagrados, los teólogos de todos los tiempos, empleando unas veces el lenguaje sobrio y circunspecto de la ciencia teológica, y hablando otras veces con la santa libertad de la entonación oratoria, en períodos rozagantes de vibrante y encendida elocuencia, han acumulado un sinnúmero de razones que con mayor o menor fuerza parecen exigir y reclamar este hermoso privilegio de María. En su afán de penetrar en la entraña misma de las verdades reveladas y mostrar el singular acuerdo que existe entre la razón teológica y la fe, pusieron de relieve la conexión y la armonía que enlaza la Asunción de la Virgen con las demás verdades que sobre Ella nos enseña la Sagrada Escritura. Para ellos este gran privilegio es como una consecuencia necesaria de amor y la piedad filial de Cristo hacia su Santísima Madre, y encuentran sus raíces bíblicas en aquel insigne oráculo del Génesis que nos presenta a María asociada con nuestro divino Redentor en la lucha y la victoria contra la serpiente infernal. Y por lo que al Nuevo Testamento se refiere, consideran con particularísimo interés las palabras con que el arcángel saludó a María: Dios te salve, la llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres. Según ellos el misterio de la Asunción puede ser un complemento lógico de la plenitud de gracia otorgada a la Virgen y una particular bendición, contrapuesta por el Altísimo a la maldición que recayó un día sobre la primera mujer.

 El alma de María estuvo siempre exenta de toda mancha; su cuerpo inmaculado no experimentó nunca la mordedura de la concupiscencia; su carne fue siempre pura y sin mancilla, como puros y sin mancilla fueron siempre su espíritu y su corazón. En María todo fue ordenado, nada hubo de lucha pasional, ninguna inclinación al pecado, todo respiraba elevación, virginidad y pureza, ¿Cómo, pues, podría un cuerpo que era todo luz y candor convertirse en polvo de la tierra y en pasto de gusanos? Y aún cobra mayor fuerza esta argumentación si tenemos en cuenta que la carne de María era y es la carne de Jesús: de qua natus est Iesus. ¿Podría Cristo permitir que aquel cuerpo inmaculado, del que se amasó y plasmó su propio cuerpo, sufriera la humillante putrefacción del sepulcro, secuela y efecto del pecado original? Si el desdoro y humillación de la madre redunda y recae siempre sobre los hijos, ¿no redundaría sobre el mismo Hijo de Dios esta humillación de la Virgen, su Madre?

 El cuerpo de María había sido el templo viviente en que moró durante nueve meses la persona adorable del Verbo encarnado. En ese cuerpo virginal puso el Altísimo todas sus complacencias. Lo quiso limpio de toda mancha. Para ello no escatimó mimos de Hijo ni prodigios de Dios, primero al ser concebido en el seno de Santa Ana, y después al encarnarse en sus entrañas el Hijo del Altísimo. Y si realizó tales prodigios, que implican una rotunda derogación de las leyes por Él mismo establecidas, ¿puede concebirse siquiera que no lo preservara después de la corrupción del sepulcro, cuando para ello bastaba anticipar una prerrogativa que al final de los tiempos disfrutarán todos los elegidos?

 El dogma de la Asunción de la Virgen, en estricto rigor teológico, puede entenderse y explicarse prescindiendo en absoluto del hecho histórico de su muerte. Su núcleo central lo constituye la traslación anticipada de María en cuerpo y alma a los cielos, sea que para ello rindiera tributo a la muerte (como lo hizo el mismo Jesucristo), sea que su cuerpo vivo recibiera inmediatamente el brillo de la suprema glorificación. No han faltado en el correr de los siglos, ni faltan tampoco en nuestros días, quienes juzgan más glorioso para María la glorificación inmediata, sin pasar por la muerte. A nosotros no nos seduce semejante postura, en la que más bien creemos descubrir un error de perspectiva.

 Creemos sinceramente que murió la Virgen, de la misma manera que murió su Hijo Jesucristo.

 "Quiso Dios que María fuese en todo semejarte a Jesús —dice el gran cantor de la Virgen San Alfonso María de Ligorio—; y, habiendo muerto el Hijo, convenía que muriera también la Madre." "Quería, además, el Señor —prosigue el gran doctor napolitano— darnos un dechado y modelo de la muerte que a los justos tiene preparada; por eso determinó que muriera la Virgen María, pero con una muerte llena de consuelos y celestiales alegrías."

 Creemos sinceramente que la Virgen murió. Si su cuerpo hubiera alcanzado la glorificación definitiva pasando sobre la muerte, ¿dejaría de haber en la primitiva literatura cristiana ecos de esa luz y de ese perfume? En la misma literatura canónica no se explicaría fácilmente que no quedaran vestigios de tan extraña y sorprendente maravilla...

 Pero no hay nada. Señal más que probable de que María entregó su vida en un dulcísimo sueño de amor, a la manera que un nardo que se consume al sol exhala en los aires su postrer aroma.

 Mas añadamos en seguida que su muerte fue muy distinta de nuestra muerte.

 "Tres cosas principalmente hacen a la muerte triste y desconsoladora: el apego a las cosas de la tierra, el remordimiento de los pecados cometidos y la incertidumbre de la salvación. Pero la muerte de María no sólo estuvo exenta de estas amarguras, sino que fue acompañada de tres señaladísimos favores, que la trocaron en agradable y consoladora. Murió desprendida, como siempre había vivido, de los bienes de la tierra; murió con envidiable paz de conciencia; murió, finalmente, con la esperanza cierta de alcanzar la gloria eterna" (San Alfonso).

 Nada de parecido puede haber, al punto de morir, entre Ella y nosotros. Ni angustias, ni apegos, ni gestos o tirones violentos. Todo en su dichoso tránsito fue apacible y gozoso como la luz que se va, deslizándose dulcemente, silenciosamente, sobre la tierra y el mar por primera y última vez, en excepcional rito fúnebre, la muerte dejó su fatídica guadaña para empuñar en sus manos una llave de oro. Era la llave del paraíso, cuyas puertas se abrían del par en par dejando paso a la Mujer aclamada con voz unánime por los bienaventurados como su Reina y Señora. Los poetas dirían que la muerte de María fue como "el parpadeo de una estrella que, al llegar la mañana, se esconde en un pliegue del manto azul del cielo; como el susurro de la brisa que pasa riendo a través de los rosales; como el acento postrero de un arpa; como el balanceo de una espiga dorada que mecen los vientos primaverales. Así se inclinaría el cuerpo de la Virgen María; así sería el último suspiro de su casto corazón; así brillarían sus ojos purísimos en la hora postrera".

 Esto nos dirían los poetas, tratando primero de adivinar y después de traducir a su lenguaje humano las realidades inenarrables del alma de María al despedirse de la tierra.

 Pero los teólogos nos han dicho más. Remontándose por encima de las realidades de este mundo visible, han querido penetrar en las raíces mismas de esa muerte única que fue la muerte de María, encontrando dichas raíces en la llama inextinguible de amor a su Dios, que consumió y redujo a pavesas su existencia terrena.

 San Andrés Cretense habla de un sueño dulcísimo, de un ímpetu de amor, expresiones que se repiten con frecuencia en otros Padres orientales, como Teodoro de Abucara, Epifanio el Monje, Isidoro de Tesalónica, Nicéforo Calixto, Cosme Vestitor y otros autores.

 Razonamientos similares añoran aquí y allí en los escritores ascéticos y en los más profundos teólogos, como Santo Tomás de Villanueva, Suárez, Cristóbal de Vega, Bossuet, San Francisco de Sales, San Alfonso María de Ligorio. Por ser ambos dos doctores de la Iglesia, citaremos unos textos bellísimos de los dos últimos autores.

 San Francisco de Sales escribe emocionado: "Y pues consta ciertamente que el Hijo murió de amor y que María tuvo que asemejarse a su Hijo en el morir, no puede ponerse en duda que la Madre murió de amor..., Este amor le dio tantas acometidas y tantos asaltos, esta llaga recibió tantas inflamaciones, que no fue posible resistirlas, y, como consecuencia, tuvo que morir...

 Después de tantos vuelos espirituales, tantas suspensiones y tantos éxtasis, este santo castillo de pureza, este fuerte de la humildad, habiendo resistido milagrosamente mil y mil veces los asaltos del amor, fue tomado por un último y general asalto; y el amor, que fue el triunfador, se llevó esta hermosa paloma como su prisionera, dejando en su cuerpo sacrosanto la fría y pálida muerte". Y en otro pasaje dice que, "como un río que dulcemente tornase a su fuente, así Ella se volvía hacia esta unión tan deseada de su alma con Dios... Y habiendo llegado la hora de que la Santísima Virgen debía abandonar esta vida, fue el amor el que verdaderamente hizo la división entre su cuerpo y su alma".

 El autor de Las glorias de María, a su vez, no cede en delicadeza y emoción al obispo de Ginebra. "Entonces se presentó la muerte —escribe el Santo—, no con ese aparato de luto y de tristeza que ostenta cuando se presenta para dar el golpe fatal a los demás hombres, sino rodeada de luz y de alegría. Digo que se presentó la muerte, y digo mal, porque no la muerte, sino el amor divino fue el que rompió el hilo de esta preciosa vida. Y así como una lámpara, antes de extinguirse, entre los últimos destellos lanza uno más brillante y luego se apaga, así también María. Y, al sentir que su Hijo la invitaba a que le siguiera, como una mariposa inflamada en las llamas de caridad, y exhalando grandes suspiros, da uno más intenso y más amoroso, y luego sucumbe y muere. De esta suerte aquella alma grande, aquella paloma del Señor, rompiendo los lazos que la aprisionaban a la tierra, levanta el vuelo y no para hasta llegar a descansar en la gloria bienaventurada, donde tiene su trono y reinará como Señora por eternidades sin fin."

 Sobre las circunstancias de la muerte de María la tradición ha guardado un respetuoso silencio. Pero la piedad ardiente del pueblo cristiano supo tejer una dorada leyenda que, a partir del siglo V, ha iluminado el ocaso de aquella vida con fulgores de estrellas y revoloteos de espíritus celestes, con perfume de azucenas y músicas angélicas. La leyenda nace en el Oriente, pero muy pronto se difunde, en alas del fervor religioso, por todos los ámbitos de la cristiandad, que recibe con avidez todo cuanto exalta la gloria de su Reina. Primero se asoma a las páginas de los libros ascéticos; después se engalana con todas las preseas de la poesía, y por fin se adueña de todas las artes, encaramándose en los retablos de las catedrales, luciendo en la pintura y escultura y vibrando en la música.

 María recibe la palma de su triunfo de manos de un ángel; los apóstoles, dispersos a la sazón por el mundo, se congregan milagrosamente en torno a aquel lecho, que más que lecho mortuorio parece un altar; cantan los ángeles tonadas celestiales... Y Jesús desciende a recoger el alma de su Madre, que se desprende de su cuerpo como un fruto maduro se desprende del árbol.

 Los apóstoles sepultan aquel cadáver sacrosanto, y al tercer día asisten a su triunfal resurrección. He aquí, en síntesis, la dorada leyenda, a un tiempo lírica y dramática, cuyo relato ha enternecido a tantas generaciones cristianas.

 La piedad de nuestros tiempos, más ilustrados y más conscientes, no necesita de leyendas y fantasías para levantar a la Virgen al lugar que por su grandeza le corresponde. No reprochamos, sin embargo, a nuestros mayores su bella y deliciosa ingenuidad. Ni ella fue obstáculo para transformarlos a ellos en unos grandes enamorados de María, ni quiera Dios que nuestra petulante perspicacia nos impida a nosotros amarla tan apasionadamente como los buenos hijos han amado siempre a su madre.

 ANGEL LUIS, C. SS. R.




14 ago. 2014

Los tiempos de Dios

Los tiempos de Dios

Dios ha desarrollado su plan de manera perfecta para cada uno. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Solo El lo sabe! . 
Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org




Tres tiempos ha pensado Dios para el desarrollo de la historia de la humanidad, dentro del gran misterio que representa Su Plan para nosotros. 

Los primeros tiempos fueron los de la Creación, los tiempos del Padre que con Su Pensamiento y Su Voluntad creó todo lo que nos rodea. Y fueron también los tiempos de la Fe: Fe en la existencia de un Dios único, omnipotente, lleno de amor por sus criaturas. Pero, fue el propio hombre el que corrompió la perfección de esa creación, haciendo uso de su voluntad, del libre albedrío que Dios le dio. Y fue utilizando mal ese libre albedrío que el hombre volvió a caer, una vez más, olvidándose en forma creciente del Dios Creador. 

Dios Padre abrió entonces la puerta a los segundos tiempos: los de la Redención, los tiempos de la Salvación, tiempos del Hijo. Y sin dudas que estos tiempos fueron los de la Esperanza, ya que el Mesías nos trajo el anuncio del Reino, la promesa de un futuro de felicidad. La llegada de Cristo abrió las puertas del Cielo y también abrió nuestros corazones al Arca en que Dios quiso resguardarnos de los males del mundo: María. ¿Acaso podía el Padre elegir un modo imperfecto en el acto de dar Su naturaleza Humana al Hombre Dios, a Su Hijo?. Los tiempos de la redención no pueden entenderse, entonces, sin unir a Madre e Hijo, Redentor y Corredentora, en la Pasión, Muerte y Resurrección que nos conducen a la esperanza de una vida de plenitud. 

Y fue el mismo Jesús quien anunció la llegada del tercer tiempo en la historia de la humanidad, al anticipar la venida del Espíritu Santo, Espíritu de Santificación. Estos son, entonces, los tiempos de la Santificación. Y son también los tiempos de la caridad, ya que el Espíritu Santo es Espíritu de Amor, como Jesús nos lo enseñó con su nuevo y principal mandamiento. De este modo, el Espíritu de Dios se derrama sobre el mundo, buscando los corazones que le den acogida, que lo dejen actuar. Somos los hombres los que debemos reconocer y facilitar su accionar, por el camino de la humildad y el amor. En estos tiempos es el Espíritu Santo el que habla a través de quienes Evangelizan y llevan el mensaje renovado (¡una vez más!) por obra del Soplo Divino. Llevar a las almas a Dios es la caridad perfecta, es el amor que difunde el mensaje de Salvación.

De este modo hemos visto una humanidad que ha recorrido distintas etapas a lo largo de su historia:

Los tiempos del Padre, de la Creación, del Pensamiento Divino que todo lo hizo. Fueron tiempos de Fe.

Los tiempos del Hijo, de la Redención, del amor del Padre expresado en el Hombre Dios, nacido de la Nueva Eva, la Mujer Perfecta. Son los tiempos de la Esperanza.

Y finalmente los tiempos del Espíritu Santo, de la Santificación, del amor derramado sobre el mundo. Tiempos de Caridad.

Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Creación, Redención y Santificación.
Fe, Esperanza y Caridad. 

Dios ha desarrollado su Plan de manera perfecta, dejando que en cada tiempo se manifieste un aspecto nuevo y maravilloso de Su Divinidad. Es un camino con un destino cierto, un destino de plenitud. Cuando se haya alcanzado esa plenitud, cuando el plan esté completo, estaremos en condiciones de presenciar el gran final que el Señor nos tiene preparados. ¿Cuándo?. ¿Cómo? ¡Solo El lo sabe!

Santo Evangelio 14 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Jueves XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,21—19,1): En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.


Comentario: Rev. D. Joan BLADÉ i Piñol (Barcelona, España)
Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?

Hoy, preguntar «¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (Mt 18,21), puede significar: —Éstos a quienes tanto amo, los veo también con manías y caprichos que me molestan, me importunan cada dos por tres, no me hablan... Y esto un día y otro día. Señor, ¿hasta cuándo los he de aguantar?

Jesús contesta con la lección de la paciencia. En realidad, los dos colegas coinciden cuando dicen: «Ten paciencia conmigo» (Mt 18,26.29). Mientras la intemperancia del malvado, que ahogaba al otro por poca cosa, le ocasiona la ruina moral y económica, la paciencia del rey, a la vez que salva al deudor, a la familia y sus bienes, engrandece la personalidad del monarca y le genera la confianza de la corte. La reacción del rey, en labios de Jesús, nos recuerda aquello del libro de los Salmos: «Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido» (Sal 130,4).

Está claro que nos hemos de oponer a la injusticia, y, si es necesario, enérgicamente (soportar el mal sería un indicio de apatía o de cobardía). Pero la indignación es sana cuando en ella no hay egoísmo, ni ira, ni necedad, sino deseo recto de defender la verdad. La auténtica paciencia es la que nos lleva a soportar misericordiosamente la contradicción, la debilidad, las molestias, las faltas de oportunidad de las personas, de los acontecimientos o de las cosas. Ser paciente equivale a dominarse a uno mismo. Los seres susceptibles o violentos no pueden ser pacientes porque ni reflexionan ni son amos de sí mismos.

La paciencia es una virtud cristiana porque forma parte del mensaje del Reino de los cielos, y se forja en la experiencia de que todo el mundo tenemos defectos. Si Pablo nos exhorta a soportarnos los unos a los otros (cf. Col 3,12-13), Pedro nos recuerda que la paciencia del Señor nos da la oportunidad de salvarnos (cf. 2Pe 3,15).

Ciertamente, ¡cuántas veces la paciencia del buen Dios nos ha perdonado en el confesionario! ¿Siete veces? ¿Setenta veces siete? ¡Quizá más!

Arnulfo de Soissons, Santo Obispo, 14 de agosto

Autor: .  Fuente: ACIprensa.com 

Arnulfo de Soissons, Santo
Obispo, 14 de agosto

 Arnulfo de Soissons, Santo
Arnulfo de Soissons, Santo
Obispo

Martirologio Romano: En Aldemburgo, en Flandes, muerte de san Arnulfo, obispo de Soissons. Monje después de haber sido soldado, fue elevado al episcopado, desde donde se esforzó en buscar la paz y la concordia, y, finalmente, murió en el monasterio que él mismo había fundado (1087).

Nació en Flándes hacia 1040. En su juventud, se distinguió en los ejércitos de Roberto y Enrique I de Francia. Pero Dios le llamó a una batalla más noble, por lo que decidió responder al llamado consagrando su vida al sevicio de los hombres. Ingresó entonces al monasterio de San Medardo de Soissons. Después de ejercitarse en la virtud, con la ayuda de la vida comunitaria, se enclaustró en una estrecha celda en la más estricta soledad, entregándose a la oración y la penitencia. 

Fue nombrado abad del monasterio y en 1081, un concilio le eligió obispo de Soissons. Más tarde, renunció a su cargo y fundó un monasterio en Aldenburgo, en Flándes, donde murió en 1087. En un sínodo que tuvo lugar en Beauvais en 1120, el obispo que ocupaba entonces la sede de Soissons presentó una biografía de San Arnulfo a la asamblea y pidió que su cuerpo fuese trasladado a la iglesia. Finalmente, así se hizo.

13 ago. 2014

Santo Evangelio 13 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Miércoles XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,15-20): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


Comentario: Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz (El Montanyà, Barcelona, España)
Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él (...) donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos

Hoy, en este breve fragmento evangélico, el Señor nos enseña tres importantes formas de proceder, que frecuentemente se ignoran.

Comprensión y advertencia al amigo o al colega. Hacerle ver, en discreta intimidad («a solas tú con él»), con claridad («repréndele»), su equivocado proceder para que enderece el camino de su vida. Acudir a la colaboración de un amigo, si la primera gestión no ha dado resultado. Si ni aun con este obrar se logra su conversión y si su pecar escandaliza, no hay que dudar en ejercer la denuncia profética y pública, que hoy puede ser una carta al director de una publicación, una manifestación, una pancarta. Esta manera de obrar deviene exigencia para el mismo que la practica, y frecuentemente es ingrata e incómoda. Por todo ello es más fácil escoger lo que llamamos equivocadamente “caridad cristiana”, que acostumbra a ser puro escapismo, comodidad, cobardía, falsa tolerancia. De hecho, «está reservada la misma pena para los que hacen el mal y para los que lo consienten» (San Bernardo).

Todo cristiano tiene el derecho a solicitar de nosotros los presbíteros el perdón de Dios y de su Iglesia. El psicólogo, en un momento determinado, puede apaciguar su estado de ánimo; el psiquiatra en acto médico puede conseguir vencer un trastorno endógeno. Ambas cosas son muy útiles, pero no suficientes en determinadas ocasiones. Sólo Dios es capaz de perdonar, borrar, olvidar, pulverizar destruyendo, el pecado personal. Y su Iglesia atar o desatar comportamientos, trascendiendo la sentencia en el Cielo. Y con ello gozar de la paz interior y empezar a ser feliz.

En las manos y palabras del presbítero está el privilegio de tomar el pan y que Jesús-Eucaristía realmente sea presencia y alimento. Cualquier discípulo del Reino puede unirse a otro, o mejor a muchos, y con fervor, Fe, coraje y Esperanza, sumergirse en el mundo y convertirlo en el verdadero cuerpo del Jesús-Místico. Y en su compañía acudir a Dios Padre que escuchará las súplicas, pues su Hijo se comprometió a ello, «porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

San Estanislao de Kostka, Seminarista 13 de Agosto

San Estanislao de Kostka, Seminarista
13 de Agosto

SAN ESTANISLAO DE KOSTKA, Seminarista

Era hijo de un rico senador de Polonia, y nació en el año de 1550. A los 14 años, fue admitido en un colegio jesuita, donde se educó. Durante esta misma época, su padre lo hospedó en la casa de un calvinista protestante, el cual trataba mal a los católicos que eran fervorosos. También sufría mucho por su hermano mayor, Pablo, quien vivía mundanamente, todo lo contrario que Estanislao, que ya desde muy joven fue recogido y piadoso. Todo esto fue formando su personalidad y lo fue desprendiendo del mundo, donde la gente, muchas veces no sabe hacer felices a los demás.

Ante la negativa de su padre de responder a la vocación de sacerdote, Estanislao decidió huir. Quiso hacerse jesuita en su país, pero los padres de esa comunidad no lo aceptaron por no ganarse de enemigo a su padre. Entonces emprendió una caminata de 500 kilómetros. Primero a Alemania, donde fue recibido amablemente por el superior regional de los jesuitas, San Pedro Canisio, y luego, hasta Roma, donde el superior general San Francisco de Borja lo recibió con especial afecto.

Al principio, se dedicó a oficios humildes y domésticos, tarea que hizo con muy buena voluntad y alegría a pesar de que, por venir de familia adinerada, no estaba habituado a este tipo de trabajos. Fue admitido en el noviciado, donde pasó sólo nueve meses.

Su amor a Jesús Sacramentedo era tan fuerte, que cuando entraba al templo su rostro se enrojecía y resplandecía.Y durante la misa o después de comulgar era frecuentemente arrebatado en éxtasis, sin darse cuenta de lo sucedía a su alrededor.

El 15 de agosto de 1568, cuando sólo tenía 18 años, falleció. Poco después, su hermano Pablo llegó a Polonia para llevárselo por la fuerza, y se encontró con la noticia de que Estanislao había muerto. A raíz de esto, Pablo se convirtió en un fervoroso creyente, y asistió a la beatificación de su hermano.

Por intercesión de San Estanislao se obtuvieron numerosos milagros, y el Santo Padre lo canonizó y lo declaró patrono de los novicios y de los que se preparan al sacerdocio.

Fuente: Aci Prensa

San Casiano de Imola, 13 Agosto

13 de agosto

SAN CASIANO DE IMOLA

(†  ca.303)


Un día el poeta Aurelio Prudencio va a Roma. Es en los primeros años del siglo V. En su paso para la capital del Imperio se detiene en el Foro Cornelio, hoy Imola. Lleva el corazón angustiado, porque de la solución del negocio, motivo del viaje, depende tal vez la seguridad de su porvenir y el de su familia. Espíritu profundamente cristiano, se siente acuciado a encomendarse al Redentor y entra a orar en una iglesia. Se postra ante el sepulcro del mártir Casiano, cuyas reliquias se veneran allí, y se abisma en profunda oración. Una oración que es un contrito recuento de pecados y sufrimientos.

 Cuando, entre lágrimas, levanta los ojos al cielo, su vista queda prendida en la contemplación de un cuadro pintado de vivos colores. Se ve en él la imagen de un hombre semidesnudo, cubierto de llagas y sangre, rasgada su piel por mil sitios. A su derredor una turba de chiquillos exaltados esgrimen contra él los instrumentos escolares y se afanan por clavarle en las ya laceradas carnes los estiletes usados para escribir.

 Conmovido el poeta por esta trágica visión pictórica, en la que, sin duda, ve un traslado de su propio desgarramiento interior, pregunta al sacristán de la iglesia por su significado. Este, tal vez con voz indiferente por la costumbre, le explica que el cuadro representa el martirio de San Casiano, y le cuenta la historia y pormenores de su muerte, acaecida bastante anteriormente y testimoniada por documentos. Termina recordándole que se acoja a sus súplicas si tiene alguna necesidad, pues el mártir concede benignísimo las que considera dignas de ser escuchadas.

 Prudencio lo hace así y comprueba la veracidad de las palabras del sacristán, pues su negocio de Roma se resuelve satisfactoriamente. Vuelto a España, compone en honor de San Casiano, como exvoto de agradecimiento, un precioso himno, que es el IX de su Peristephanon.

 En él nos explica la historia de este su viaje a Roma y pone en labios del sacristán la narración del martirio del Santo. Es indudable que las palabras del sacristán, a pesar del tono de suficiencia que pudieron tener, debieron de ser más sencillas. Pero Prudencio es poeta. Es el más excelso cantor de los mártires cristianos. Su espíritu se deja arrebatar en alas de su numen y de su entusiasmo. Y nos da una espléndida versión poético-dramática.

 Casiano era maestro de escuela. Un maestro severo y eficiente, según esta interpretación. Enseña a sus niños los rudimentos de la gramática, al mismo tiempo que un arte especial: el de la taquigrafía, ese arte de condensar en breves signos las palabras. Es acusado de cristiano. Y los perseguidores tienen la maligna ocurrencia de ponerle en manos de los mismos niños, sus discípulos, para que muera atormentado por ellos, y que los instrumentos del martirio sean los mismos de que antes se valían para aprender. Estas circunstancias, con toda su carga dramática, son aprovechadas por el poeta para resaltar la crudeza del martirio:

 "Unos le arrojan las frágiles tablillas y las rompen en su cabeza; la madera salta, dejándole herida la frente. Le golpean las sangrientas mejillas con las enceradas tabletas, y la pequeña página se humedece en sangre con el golpe. Otros blanden sus punzones... Por unas partes es taladrado el mártir de Jesucristo, por otras es desgarrado; unos hincan hasta lo recóndito de las entrañas, otros se entretienen en desgarrar la piel. Todos los miembros, incluso las manos, recibieron mil pinchazos, y mil gotas de sangre fluyen al momento de cada miembro. Más cruel era el verduguito que se entretenía en surcar a flor de carne que el que hincaba hasta el fondo de las entrañas".

 El lector se estremece, no tanto por los tormentos en sí cuanto por verlos venir de quien vienen: de niños y discípulos. Pero el poeta parece llevado en brazos de un fuego trágico. Se complace en pintarnos el estado de ánimo de los pequeños verdugos, imaginándolos llenos de una horrenda malicia con aires de sarcasmo:

 "¿Por qué lloras? —le pregunta uno—; tú mismo, maestro, nos diste estos hierros y nos armaste las manos. Mira, no hemos hecho más que devolver los miles de letras que recibimos de pie y llorando en tu escuela. No tienes razón para airarte porque escribamos en tu cuerpo; tú mismo lo mandabas: que nunca esté inactivo el estilete en la mano. Ya no te pedimos, maestro tacaño, las vacaciones que siempre nos negabas. Ahora nos gusta puntear con el estilo y trazar paralelos unos surcos a otros, y trenzar en cadenita las rayas truncadas. Ya puedes enmendar los versos asoplados en larga tiramira, si en algo erró la mano infiel. Ejerce tu autoridad; tienes derecho a castigar la culpa si alguno de tus alumnos ha sido remiso en trazar sus rasgos".

 Cuesta trabajo imaginar tal cantidad de perfidia en los tiernos corazones infantiles. Prudencio parece haberlo presentido; por eso antes nos ha dado unas explicaciones de esta actitud, como si quisiera justificarla o, al menos, motivarla:

 "Ya es sabido que el maestro es siempre intolerable para el joven escolar, y que las asignaturas son siempre insoportables para los niños... Gusta sobremanera a los niños que el mismo severo maestro sea el escarnio de los discípulos a quienes contuvo con dura disciplina.

 Sin embargo, a pesar de estos motivos, nuestro corazón sigue anonadado. Y es que Prudencio canta, sobre todo, aquí, la horripilante crudeza del martirio. Absorbido tal vez sólo por el impresionante verismo del cuadro, y transportado en alas de su fuerza trágica, no ha visto más que el montón de dolores que se multiplicaban indefinidamente sobre el cuerpo del mártir. Y alrededor de este eje ha construido, en círculos concéntricos, la mágica unidad de su poema: los dolores adquieren magnitud porque vienen de unos niños airados; los niños están exacerbados porque sienten un negro placer en vengarse de la severidad del maestro.

 No hay duda que esta disposición íntima contribuye a la grandiosidad del poema, y, consecuentemente, del mártir. Pero, ¿no se habrá dejado llevar el poeta por el afán de la exageración?

 En primer lugar, respecto de los niños. Es verdad que hay en el corazón humano recónditos rencores que añoran en ocasiones excepcionales. Es verdad que también pueden existir, que existen indudablemente, en el corazón de los niños. La imagen de la inocencia infantil no absorbe todos los repliegues de sombra. Es verosímil, por tanto, que en las circunstancias de este martirio las obscuras fuerzas represadas desbordasen todos los diques de bondad. Añádase a esto la presión ejercida por la presencia animadora y el enérgico mandato del juez perseguidor, y la facilidad de contaminación del furor colectivo. Pero, aun así, uno se resiste a la generalización. ¿Es posible que todos los niños estuviesen poseídos de esa furia diabólica, que en ninguno de ellos hubiese siquiera un destello de compasión, de resistencia, de lágrimas?

 En segundo lugar, respecto del mismo maestro. La imagen que nos ofrece Prudencio de San Casiano como maestro, ¿no es excesivamente severa? Son unos rasgos acusadamente llenos de aristas:

 "Muchas veces los duros preceptos y el severo rostro habían agitado con ira y miedo a sus alumnos impúberes”.

 Naturalmente, en ocasiones habría tenido que hacer uso de la seriedad y hasta del castigo. Pero ¿siempre? ¿Era solamente el gigante enemigo, imponente ante la pequeñez e impericia de los débiles niños? ¿No se diferenciaría precisamente, por su calidad de cristiano con vocación de amor, por una suavidad mayor de la corriente en las demás escuelas? Se habría excedido, sin duda, alguna vez, arrastrado por la cólera o la impaciencia. ¿Quién no? ¡Y es tan fácil en los que mandan este arrebato de suficiencia, que no soporta ser vencido por la insolencia o la valía de los subordinados! Pero, sin duda también, en los ratos de oración y de humilde reconocimiento de pecados habría sacado impulso para un trato más dulce, más paternal, más cariñoso.

 Además de esto, y sobre todo, echamos de ver, en el magnífico himno de Prudencio, que nos falta algo: el alma de Casiano. La íntima actitud de su espíritu en el trance doloroso del martirio. El poeta, obsesionado por el cuerpo lacerado, por la sangre bullendo a borbotones, por la piel rota en mil rasgaduras, nos ha escamoteado la fuente. Ese rico venero escondido en el fondo del ser, receptáculo de todas las impresiones y manantial de toda la fuerza.

 Sólo en una ocasión pone en labios de San Casiano todas las impresiones y manantial de toda la fuerza.

 "Sed valientes, os ruego, y venced los pocos años con vuestros esfuerzos; que supla la fiereza lo que falta a la edad".

 Pero esto no es más que un trozo de espíritu: la punta del ánimo heroico que late en el pecho del mártir. Y está empleado sólo como apoyatura para la exaltación de lo externo.

 Tenía que haber más. El mártir no podía menos de ver a los niños. Un enjambre de enfurecidas avispas pugnando por hendir en la blandura de su carne la acerada lanza de los aguijones. Un confuso griterío; un montón de encrespadas cabelleras; un bosque de manos, tiernas manos, agitadas; un llamear de ojos, miles de ojos multiplicándose en aquel baile frenético. También algunas manos remisas, vacilantes, tímidamente escondidas, y algunos ojos húmedos, temblorosos, asustados, dolientes... Y no podía menos de ver en los niños a sus discípulos. Eran ellos, los mismos a quienes estaba dedicando su paciencia, su saber, su vida.

 Todos allí. ¿Tendría vigor para recorrerlos uno a uno? Ese, el de la tez bruna, que tan expresivamente recitaba a Homero; ese otro, cuya manecita rebelde tantas veces hubo el maestro de guiar sobre la encerada tablilla; y aquél, que tanta paciencia le hizo gastar hasta que aprendió las declinaciones griegas; y éste de más acá, el reconcentrado, que ahora esgrimía el punzón medio a ocultas, pero con golpes secos y profundos; y el otro, el travieso rubicundo, el más castigado, aunque no el menos querido; y este pequeñito, que participaba en la matanza como en un juego... Y uno, y otro y otro. Todos pasarían en rápidas oleadas por la imaginación del maestro, con sus rostros, sus almas, sus nombres tan sabidos y tantas veces repetidos en mil tonos diferentes. Tal vez los gemidos que se escapaban de los labios del mártir no fuesen sino nombres de alumnos, pronunciados silenciosamente con aire de asombro, de queja, con palpitaciones de última agridulzura.

 Y este vértigo de nombres y rostros, en la prolongación de su agonía, tenía que ser para el maestro martirizado como un espejo donde se reflejaba su vida: esfuerzos, ilusiones, gozos, fallos. Días llenos de la más rutinaria monotonía, momentos de desesperada sensación de inutilidad, ramalazos de ira o impotencia, minutos rebosantes de nitidísima alegría, impaciencias, lágrimas, voces imperiosas, palabras persuasivas, multiplicándose a lo largo de generaciones de chiquillos, que pasaban por sus manos como masa informe y salían de ellas con una luz encendida en la frente. Todo para desembocar en este fracaso final: sentirse matar lentamente por los mismos a los que él se había afanado en educar para la rectitud y el amor.

 Aunque ¿era esto, efectivamente, un fracaso? Humanamente, desde luego. Pero era a través de este tormento como Casiano conseguía su verdadera gloria. Porque el final no era esto, la muerte atroz y desalentadora. El final estaba más allá de la frontera de la muerte, en un campo que se abría con claros horizontes de sosiego. El blanco al que se dirigía esta flecha de carne dolorida era el mismo Dios. Solamente Dios daba sentido a su muerte, como había dado sentido a su vida. Por eso no podemos pensar que el alma de Casiano estuviese ausente de Dios en estos terribles momentos. Había de estar necesariamente anclada en Él. Cada latido de sus venas, cada gemido de su garganta, cada pensamiento de su mente serían una aspiración y una súplica al Señor. El mismo transitar de su imaginación por caras, y manos, y nombres, y días, tendría su eco en Dios. No podía menos de resumir en apretada síntesis de gracias y fervores, de pecados y contriciones, de sequedades y esfuerzos, el caminar de su vida hacia la casa del Padre.

 ¿Y los dolores? Estos agudos dolores de ahora, que se sucedían atropelladamente, sin dejar lugar al respiro, eran ya de por sí una oración con fuerza de sangre. Y Casiano los recibiría con sentido de holocausto. Y los ofrecería humildemente al Redentor como reparación por ese reguero de sombras que, entre destellos de luces, deja el hombre sobre la tierra.

 Y se acordaría de Jesús muriendo en el Calvario. Esa turba de chiquillos en danza loca buscando su cuerpo le sugerirían aquella otra masa imponente de judíos vociferantes atronando con insultos los oídos del Crucificado. Aquéllos eran el pueblo de Dios. Estos eran la familia del maestro. Y, lo mismo que Cristo rezaba al Padre por sus verdugos, Casiano pediría por sus niños: que Dios los perdonase, que no sabían lo que estaban haciendo, que él los quería de verdad, que Dios limpiase sus almas de la honda grieta de negrura abierta por este crimen, que los transformase, que él entregaba su propia inmolación por ellos, que...

 Y luego, también como Jesús, pondría su espíritu en manos del Padre. Un aliento interminable que nacía del fondo y le arrastraba hasta el seno de Dios. No es que quisiese romper con la vida, con este su final de fracaso, como quien tira a la cuneta del camino los desperdicios o lo desagradable, la desgarradura del vestido. No. El mismo fracaso —lo que su martirio tenía de fracaso humano— era lo que él quería asumir, como el último sorbo del cáliz amargo, y, con él en la misma punta de los labios, subir hasta Dios, hasta esa gloria que él veía inviolable: el mismo corazón del Padre.

 Y de esa manera entregaría su alma. Prudencio nos lo dice con estas bellísimas, ingenuas palabras:

 "Por fin, compadecido Cristo del mártir desde el cielo, manda desatar los lazos del pecho, y corta las dolorosas tardanzas y los vínculos de la vida, dejando expeditos todos sus escondites. La sangre, siguiendo los caminos abiertos de las venas desde su más íntima fuente, deja el corazón, y el alma anhelante salió por todos los agujeros de las fibras del acribillado cuerpo".

 ¿Queda así ya completa la imagen de San Casiano? El poeta Prudencio nos ha descrito con magistral sentido realista y dramático los tormentos físicos del mártir y la embravecida animosidad infantil. Nosotros hemos intentado acercarnos a su alma. Es un osado atrevimiento, aunque pocas veces tan justificadamente verosímil como aquí.

 En realidad, lo que sabemos de San Casiano puede reducirse a unas simples afirmaciones: que era maestro de escuela, perito en taquigrafía, que murió a manos de sus discípulos, y que seguramente sucedió el martirio bajo la persecución de Diocleciano (303-304). Pero siempre es lícita al hombre la aventura de comprender al hombre. Más aún: es humana. Y cuando se hace con respeto y justicia, a pesar de todos los riesgos, llega al fondo de la realidad con una precisión mayor tal vez que una multiplicación de datos escuetos.

 De la narración de la historia y martirio de San Casiano Prudencio ha sacado también una conclusión. Una conclusión muy sencilla, pero deliciosamente confortadora: la de que el mártir escucha benignísimo las súplicas del corazón angustiado de los hombres. A nosotros, después de eso, nos bastaría con habernos adentrado —bien tímidamente, desde luego— en el lago interior de esta alma humana, y en unos momentos de tan profundas resonancias, cuando las aguas del ser están todas conmovidas por un estremecimiento de íntegra decisión. Nos bastaría con ello, porque esto conmueve, ahonda y purifica nuestro propio ser.

 Y, si no nos conformamos con esta purificación esencial, aún podemos deducir una lección de prolongada estela práctica. San Casiano no fue atormentado por haber cumplido mal su misión de magisterio, ni la rebeldía de los niños y su encarnizado afán homicida fue una explosión directa, sino provocada por un fuego atizado desde fuera. Sin embargo, la realidad de su muerte representó para él la herida en el punto más doloroso. En su martirio no hubo nada que supiese a satisfacción humana. Lo que a otros mártires les da cierta aureola de triunfadores terrenos —la heroicidad, la altivez con que soportan, el mismo reto erguido frente a los jueces o verdugos...— está aquí ensombrecido. Porque Casiano, después de negarse a sacrificar a los ídolos, ya no tiene delante un tirano a quien increpar, frente a quien afirmarse, sino a sus niños, a sus queridos alumnos, a sus frágiles niños. ¿Contra qué fuerza oponer su fuerza? No le queda más que dejarse llevar, vencer, destrozar, hundirse.

 Y aquí está la lección. El libro abierto de este martirio nos enseña cómo puede Dios, para subirnos hasta El, herirnos en lo más querido, barrer de un soplo nuestras más acariciadas ilusiones, hundirnos en la apariencia de la inutilidad, izar en nuestra persona la bandera del fracaso. Y todo eso tal vez sin sangre, en la más pura vulgaridad del anonimato. Aunque ello no sería excusa para el desaliento, sino motivo para una total decisión de lucha, al mismo tiempo que para una activa y vital oblación. Y eso hasta el final. Ese final que sólo está en manos de Dios y que siempre lo ejecutan las manos de Dios.

 Las reliquias de San Casiano se veneran en la catedral de la ciudad italiana de Imola, que se enorgullece con su patrocinio. Honradas primeramente en una basílica, fueron trasladadas a la catedral, recientemente construida, en el siglo XIII, y luego encerradas en una caja de plomo y colocadas bajo la cripta, en el centro del presbiterio, al restaurarse la catedral en 1704.

 SERVANDO MONTAÑA PELAEZ