18 mar. 2017

Santo Evangelio 18 de Marzo 2017


Día litúrgico: Sábado II de Cuaresma

Santoral 18 de Marzo: San Cirilo de Jerusalén, obispo y doctor de la Iglesia

Texto del Evangelio (Lc 15,1-3.11-32): En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre. 

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta. 

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».


«Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti»
Rev. D. Llucià POU i Sabater 
(Granada, España)



Hoy vemos la misericordia, la nota distintiva de Dios Padre, en el momento en que contemplamos una Humanidad “huérfana”, porque —desmemoriada— no sabe que es hija de Dios. Cronin habla de un hijo que marchó de casa, malgastó dinero, salud, el honor de la familia... cayó en la cárcel. Poco antes de salir en libertad, escribió a su casa: si le perdonaban, que pusieran un pañuelo blanco en el manzano, tocando la vía del tren. Si lo veía, volvería a casa; si no, ya no le verían más. El día que salió, llegando, no se atrevía a mirar... ¿Habría pañuelo? «¡Abre tus ojos!... ¡mira!», le dice un compañero. Y se quedó boquiabierto: en el manzano no había un solo pañuelo blanco, sino centenares; estaba lleno de pañuelos blancos.

Nos recuerda aquel cuadro de Rembrandt en el que se ve cómo el hijo que regresa, desvalido y hambriento, es abrazado por un anciano, con dos manos diferentes: una de padre que le abraza fuerte; la otra de madre, afectuosa y dulce, le acaricia. Dios es padre y madre...

«Padre, he pecado» (cf. Lc 15,21), queremos decir también nosotros, y sentir el abrazo de Dios en el sacramento de la confesión, y participar en la fiesta de la Eucaristía: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc 15,23-24). Así, ya que «Dios nos espera —¡cada día!— como aquel padre de la parábola esperaba a su hijo pródigo» (San Josemaría), recorramos el camino con Jesús hacia el encuentro con el Padre, donde todo se aclara: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Concilio Vaticano II). 

El protagonista es siempre el Padre. Que el desierto de la Cuaresma nos lleve a interiorizar esta llamada a participar en la misericordia divina, ya que la vida es un ir regresando al Padre.

Lo que hace importante nuestra fe



Lo que hace importante nuestra fe

La realidad de un Dios cercano hasta el punto de permanecer realmente entre nosotros todos los días.

Por: P. Juan Carlos Ortega Rodríguez | Fuente: Catholic.net 


Según usted, ¿qué es lo específico de nuestra fe? Haga un esfuerzo por responder la pregunta, ¿qué es lo propio, lo distintivo del cristianismo?

La respuesta que en un primer momento viene a nuestra mente es la caridad.

Indudablemente que esta virtud ocupa un lugar principal en la vida y en la fe cristiana, pero no es algo específico de nuestra religión. Por el contrario, con características diversas, el amor es un elemento común en la mayoría de las religiones.

Lo propio de nuestra fe, lo que la hace diversa y superior a las demás creencias son dos elementos. En primer lugar, la realidad de un Dios cercano hasta el punto, no sólo de hablar con nosotros y venir sobre la tierra, sino de hacerse hombre y permanecer realmente entre nosotros todos los días. El segundo elemento consiste en la misericordia amorosa de Dios.

Él, por medio de la muerte y resurrección de su Hijo, nos perdona todas las ofensas que le podamos infligir, con tal que reconozcamos nuestro error y pidamos perdón.

¿Cómo actúa y vive el creyente los elementos que identifican su fe?
La presencia real y constante de Dios se realiza por medio del sacramento de la Eucaristía, mientras el sacramento de la Reconciliación hace presente su amor misericordioso.

En efecto, al recordar la llamada que todos los cristianos hemos recibido a ser santos, nos ha marcado como camino "la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, pero también de la experiencia personal" La oración litúrgica por excelencia y más común son precisamente los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación.

Sin embargo, el Papa ha lamentado que "en el mundo contemporáneo, junto a generosos testigos del Evangelio, no faltan bautizados que adoptan una posición de sorda resistencia y, a veces, también de abierta rebelión. Son situaciones en las que la experiencia de la oración se vive de manera bastante superficial, de modo que la palabra de Dios no incide sobre la existencia. Muchos consideran insignificante el mismo sacramento de la penitencia y la celebración eucarística del domingo simplemente un deber que hay que cumplir"

¿Qué esta ocurriendo? Lo que identifica la vida de fe del cristiano, sus sacramentos, son evitados por algunos de ellos. ¿Por qué? Quizás porque no se han entendido bien y se han considerado más como un deber que como
un regalo de Dios.

Para lograr que un regalo sea útil y agradable para la persona que lo recibe es necesario conocer sus gustos y necesidades. ¿Quién mejor que Dios conoce las necesidades del corazón humano? Por lo tanto, ¿quién mejor que Él nos podrá ofrecer los mejores regalos de nuestra vida? Así lo afirmó el Papa: "Los dones del Señor -y los sacramentos son de los más preciosos- vienen de Aquél que conoce bien el corazón del hombre"

Imagínese que usted hiciera un viaje con el fin específico de visitar a un amigo que desde hace años no ve. Llega a su ciudad y el amigo se disculpa diciendo que no puede verle pues se encuentra muy cansado. ¿No se sentiría usted defraudado y confundido? En realidad eso es lo que nosotros hacemos cuando los domingos no participamos en la Santa Misa. Es necesario recordar que el precepto dominical no es algo opcional, por el contrario, "es un deber irrenunciable, que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente"

Ojalá que todos nos esforcemos para que "la participación en la Eucaristía sea, para cada bautizado, el centro del domingo". Sabemos que no será fácil pues las circunstancias actuales ponen al cristiano "ante el reto de testimoniar con mayor fuerza los aspectos específicos de su propia identidad. El deber de la participación eucarística es uno de éstos"

Al igual que la Eucaristía es necesario también presentar en su modo correcto el sacramento del perdón. En la confesión, "Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo"

Cada vez que nos acercamos al sacramento del perdón, Dios Padre se acerca a su Hijo Jesucristo y le pide que baje a la Tierra, pues una parte de su viña necesita ser limpiada de la maleza y ser abonada. Esa parte de la viña del Señor eres tú y yo cada día que nos acercamos a la confesión.

En efecto, este sacramento es también un don, el don no de la justicia sino del amor de Dios. "Éste es el rostro de Cristo que conviene hacer descubrir también a través del sacramento de la penitencia"

17 mar. 2017

Santo Evangelio 17 de Marzo 2017


Día litúrgico: Viernes II de Cuaresma

Santoral 17 de Marzo: San Patricio, obispo (Patrono principal de Irlanda)

Texto del Evangelio (Mt 21,33-43.45-46): En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». 

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos». 

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.


«La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido»
Rev. D. Melcior QUEROL i Solà 
(Ribes de Freser, Girona, España)



Hoy, Jesús, por medio de la parábola de los viñadores homicidas, nos habla de la infidelidad; compara la viña con Israel y los viñadores con los jefes del pueblo escogido. A ellos y a toda la descendencia de Abraham se les había confiado el Reino de Dios, pero han malversado la heredad: «Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos» (Mt 21,43).

Al principio del Evangelio de Mateo, la Buena Nueva parece dirigida únicamente a Israel. El pueblo escogido, ya en la Antigua Alianza, tiene la misión de anunciar y llevar la salvación a todas las naciones. Pero Israel no ha sido fiel a su misión. Jesús, el mediador de la Nueva Alianza, congregará a su alrededor a los doce Apóstoles, símbolo del “nuevo” Israel, llamado a dar frutos de vida eterna y a anunciar a todos los pueblos la salvación.

Este nuevo Israel es la Iglesia, todos los bautizados. Nosotros hemos recibido, en la persona de Jesús y en su mensaje, un regalo único que hemos de hacer fructificar. No nos podemos conformar con una vivencia individualista y cerrada a nuestra fe; hay que comunicarla y regalarla a cada persona que se nos acerca. De ahí se deriva que el primer fruto es que vivamos nuestra fe en el calor de familia, el de la comunidad cristiana. Esto será sencillo, porque «donde hay dos o más reunidos en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos» (Mt 18,20).

Pero se trata de una comunidad cristiana abierta, es decir, eminentemente misionera (segundo fruto). Por la fuerza y la belleza del Resucitado “en medio nuestro”, la comunidad es atractiva en todos sus gestos y actos, y cada uno de sus miembros goza de la capacidad de engendrar hombres y mujeres a la nueva vida del Resucitado. Y un tercer fruto es que vivamos con la convicción y certeza de que en el Evangelio encontramos la solución a todos los problemas.

Vivamos en el santo temor de Dios, no fuera que nos sea tomado el Reino y dado a otros.

Sacrificio de salvación para todo el mundo



Sacrificio de salvación para todo el mundo

No debe haber barrera, ni cultural, ni política, ni económica, que nos impida acercar a Cristo a los hombres.

Por: P. Carlos M Buela | Fuente: Instituto del Verbo Encarnado 


En el Evangelio se nos dice: vendrán muchos de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. (Lc 13,29).

El universalismo cristiano es abierto por el sacrificio de la cruz, en la cual Jesús derrama su sangre por muchos, para el perdón de los pecados (Mt 26,28). Allí, en la cruz de Cristo, tienen acceso todos los hombres al Reino de Dios.

La Misa , «representación objetiva y aplicación del sacrificio cruento del Calvario», se ofrece también por todos: se entregó a sí mismo para redención de todos (1Tim 2,6), de ahí que San Juan Crisóstomo diga que el sacerdote que sacrifica «ora por todo el mundo y suplica a Dios sea propicio por los pecados de todos».

Hay dos categorías de hombres que son los sujetos pro quo (por quien) se ofrece el sacrificio de la Misa: los vivos y los difuntos.

Entre los vivos, unos son fieles justos, miembros vivos de Cristo y de la Iglesia; otros, pecadores, unidos a la Iglesia por el vínculo de la fe; otros, herejes y cismáticos y públicamente excomulgados; otros finalmente, infieles.

Entre los muertos, unos son santos, en posesión de la felicidad eterna; otros, sujetos a expiación en las llamas del purgatorio .

Por eso en la liturgia se dice :

– «Sacrificio que te ofrecemos, ante todo, por la Iglesia Santa y Católica»;
– «Acuérdate de tu Iglesia extendida por toda la tierra»;
– que esta Víctima «traiga la paz y la salvación al mundo entero»;
– «reúne a todos tus hijos dispersos por el mundo»;
– «Sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo»;
– «acuérdate de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio… de todo el pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón»;
– «acuérdate de cuantos viven en este mundo».

De ahí que el sacrificio de la Misa, no solo puede aplicarse en la integridad de sus frutos a los bautizados vivientes, sino también por los infieles o no bautizados, tanto en general, por todos, cuanto en especial, por cada uno de ellos (siempre que no haya escándalo o se mezcle error o superstición).

Por eso enseña San Pablo :

Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad , para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad (1Tim 2,1–2). San Pablo dice por todos los hombres, –aún por los reyes que eran infieles–, ya que Cristo murió por todos (2Cor 5,15). Y habla de preces públicas, no de preces privadas. Por eso Tertuliano podía decir: «Sacrificamos por la salud del emperador».

Dice San Juan Crisóstomo: «El sacerdote es como el padre común del orbe. Conviene, pues, que el sacerdote cuide de todos, como Dios de quien es sacerdote». ¿Qué significa ante todo? Significa en el culto diario.

Y San Agustín: «Que ninguno, dada la estrechez de mira del humano conocimiento, juzgue que estas cosas no se han de hacer por aquellos de quien la Iglesia sufre persecución, puesto que los miembros han de ser reclutados de entre los hombres de toda raza y linaje».

Los infieles no son oferentes (como los bautizados); sin embargo, la Misa puede ofrecerse en su favor. No se ofrece por ellos en calidad de cooferentes –como los bautizados–, sino que se ofrece por ellos para que, si lo quisieren, se conviertan de infieles en fieles.

La Eucaristía, en cuanto sacrificio, tiene efecto también en otros por quienes se ofrece, en los que no preexige la vida sobrenatural en acto, sino sólo en potencia.

El sacrificio de la Misa puede ofrecerse por los infieles de dos maneras:

– Indirectamente: ofreciéndolo por la paz y prosperidad de la Iglesia y por su extensión en todo el mundo, y por tanto, por la conversión de los mismos infieles, ya que la Iglesia se aumenta y dilata por la conversión de los paganos .

En la anáfora de San Serapión: «Reúne tu santa Iglesia de toda gente y de toda tierra, de toda ciudad y pueblo, y casa, y haz una Iglesia católica, viva». Se ve que ningún hombre es extraño a la Iglesia. Sólo se hace extraño a la Iglesia cuando se le termina el tiempo del vivir en este mundo, si muere rebelándose contra la voluntad de Dios, sin arrepentimiento . Cosa que sólo puede juzgar Dios.

– Directamente: impetrando el bien espiritual y temporal de los infieles que convenga a su salvación.

Queridos hermanos, tener un corazón sacerdotal es tener un corazón semejante al de Cristo: él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tim 2,4), por eso mandó a los apóstoles: Id por todo el mundo ... (Mc 16,15) ¿Trabajamos sobre nosotros mismos para tener un corazón así?

Un corazón sacerdotal debe ser universal, debe tener solicitud por todas las Iglesias (2Cor 11,28), debe tener preocupación para que el Reino de Dios se extienda por toda la tierra. Debe tener un corazón ancho como el mundo.

Un corazón sacerdotal debe hacer todo lo que está a su alcance para la extensión del Reino de Dios sobre la tierra. ¿Hago todo lo que puedo? ¿Aprovecho la Misa diaria para unirme al Corazón Sacerdotal de Cristo en esta intención? ¿Busco ampliar mi mente y ensanchar mi corazón... hasta las islas lejanas (Sir 47,16), hasta los confines de la tierra (Mi 5,3)?

No debe haber barrera, ni lingüística, ni cultural, ni política, ni económica, que nos impida acercar a Cristo a los hombres, porque la Santa Misa es sacrificio de salvación para todo el mundo.

16 mar. 2017

Santo Evangelio 16 de Marzo 2017


Día litúrgico: Jueves II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 16,19-31): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’. 

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».


«Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite»
Rev. D. Xavier SOBREVÍA i Vidal 
(Castelldefels, España)


Hoy, el Evangelio es una parábola que nos descubre las realidades del hombre después de la muerte. Jesús nos habla del premio o del castigo que tendremos según cómo nos hayamos comportado.

El contraste entre el rico y el pobre es muy fuerte. El lujo y la indiferencia del rico; la situación patética de Lázaro, con los perros que le lamen las úlceras (cf. Lc 16,19-21). Todo tiene un gran realismo que hace que entremos en escena.

Podemos pensar, ¿dónde estaría yo si fuera uno de los dos protagonistas de la parábola? Nuestra sociedad, constantemente, nos recuerda que hemos de vivir bien, con confort y bienestar, gozando y sin preocupaciones. Vivir para uno mismo, sin ocuparse de los demás, o preocupándonos justo lo necesario para que la conciencia quede tranquila, pero no por un sentido de justicia, amor o solidaridad.

Hoy se nos presenta la necesidad de escuchar a Dios en esta vida, de convertirnos en ella y aprovechar el tiempo que Él nos concede. Dios pide cuentas. En esta vida nos jugamos la vida.

Jesús deja clara la existencia del infierno y describe algunas de sus características: la pena que sufren los sentidos —«que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama» (Lc 16,24)— y su eternidad —«entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo» (Lc 16,26).

San Gregorio Magno nos dice que «todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse a causa de su ignorancia». Hay que despojarse del hombre viejo y ser libre para poder amar al prójimo. Hay que responder al sufrimiento de los pobres, de los enfermos, o de los abandonados. Sería bueno que recordáramos esta parábola con frecuencia para que nos haga más responsables de nuestra vida. A todos nos llega el momento de la muerte. Y hay que estar siempre preparados, porque un día seremos juzgados.

¡Levántate, y come!


¡Levántate, y come!

Sólo Jesucristo, con su Pan y su Vino, es quien nos da fuerzas para seguir siempre adelante.


Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 


En una página de la Biblia podemos descubrir un reproche de Dios, a la vez que una invitación suya muy amorosa para nosotros, los hombres y mujeres católicos de hoy. Dios nos grita como a Elías:
- ¡Venga, levántate, y come!. ¿No te das cuenta de que no tienes fuerzas para caminar, y todo porque no te alimentas bien?... No digas que no puedes y que no tienes para comprar, porque te lo doy todo gratis. Te sigo repitiendo con palabras de mi profeta Isaías: Comprad y comed, sin dinero y sin cambio alguno, rico pan y leche sustanciosa...

Así podría Dios hablarnos hoy, porque somos muchos los que nos hallamos tantas veces en la situación del profeta Elías: cansados del camino y sin poder seguir adelante.

Conocemos aquel hecho singular del valiente profeta. Había mandado degollar a los cuatrocientos profetas del falso dios Baal, y la mujer del rey, la impía Jezabel, le pasó un mensaje terrible:
- ¡Te juro por todos los dioses, y que ellos me castiguen fuerte si no lo hago: que mañana a estas horas tú estarás muerto a espada, como aquellos que tú degollaste!.

Elías tiembla, y huye lejos de aquella mujer perversa. Camina y camina, hasta llegar al sur de Palestina. Se tumba rendido a descansar bajo un árbol, y se duerme profundamente. Un ángel de Dios le remueve, mientras le invita:
- ¡Levántate y come, pues te queda mucho camino por recorrer!

Allí al lado le tenía Dios preparado un pan caliente y una vasija de agua. El prófugo come, bebe, y se tumba de nuevo a dormir. Pero, por segunda vez el ángel:
- ¡Arriba! ¡A comer y a beber más, pues te queda mucho camino que andar!.

Elías obedece. Come y bebe lo que Dios le tenía preparado, sin que él lo hubiese comprado en ninguna parte, y, refocilado con aquel pan y aquella bebida misteriosos, llega, sin detenerse en días y días de caminar, hasta el monte Oreb, el monte de Dios...

Pocas imágenes bíblicas como ésta nos darán idea de lo que es para nosotros la Eucaristía, el alimento que Dios nos ha preparado a sus hijos, para que lleguemos sin desfallecer hasta el monte de Dios, hasta el mismo Dios en su gloria.

El enemigo, desde un principio en el paraíso, nos invitó a comer un fruto prohibido que nos trajo la muerte...

Después, engañará en el desierto a los israelitas para que se rebelen contra Dios, por culpa de la comida que les manda, el maná, un alimento sin sustancia, como decían ellos.

Más tarde, siempre con el pretexto de la comida, el demonio querrá tentar a Cristo y nos tentará a nosotros, para que comamos las delicias del mundo en vez de las que Dios nos da.

El caso será engañarnos, y el diablo nos ofrecerá alimentos que serán veneno, y no precisamente comida que nos traiga salud y vida vigorosa.

Hasta que viene Jesús, y nos dice:
- Tomad, comed, porque esto es mi Cuerpo. Tomad, bebed, porque esta es mi sangre...

Los israelitas, aunque comieron el maná en el desierto, murieron todos. Los que comáis esta mi carne, que yo os doy en forma de pan, y bebáis esta mi sangre, que yo os brindo en forma de vino, llegaréis hasta Dios, a través del desierto de este mundo.

No caeréis rendidos por el cansancio en el camino. Y no moriréis para siempre, porque yo os resucitaré en el último día.

Nos cansamos, pero no podemos decir con Elías: Prefiero la muerte, porque ya no puedo más.

Nos halaga y nos quiere engañar el Maligno, pero sabemos no hacerle caso. Porque su pan encierra veneno y muerte, mientras que el Pan de Cristo esconde fuerza y sabe a todo deleite.

Sólo Jesucristo, que se nos da en alimento de nuestras almas, es el único que no nos engaña.

Sólo Jesucristo nos da gratis el Pan de la Vida y el Vino de la Salvación.

Sólo Jesucristo, con su Pan y su Vino, es quien nos da fuerzas para seguir siempre adelante.

Sólo Jesucristo nos lleva hasta el final, rebosantes de salud, con el Pan más nutritivo y la bebida más deliciosa.

Entendemos muy bien el cantar, y le repetimos a Jesucristo:

No podemos caminar
con hambre bajo el sol.
Danos siempre el mismo pan:
tu Cuerpo y Sangre, Señor.

El hambre en el mundo hace a los hombres clamar siempre por ¡pan, pan, pan!... Y quien dice pan dice arroz, y frijoles y maíz..., y carne y huevos y pescado y lo más nutritivo que se halle. Es un grito que nos conmueve, porque tenemos sensibilidad social y queremos que el hambre desaparezca del mundo. Pero no olvidamos el hambre de los espíritus, y queremos que a todos llegue el Pan del Cielo: primero el conocimiento y la fe en Jesucristo, y después, abrazada en plenitud la fe, el Pan de la Eucaristía, que los cristianos nos comemos en la Sagrada Comunión.

¡Señor Jesucristo! Nosotros te comemos en el Sacramento, como Tú nos mandaste! Haz que todos te conozcan y te acepten, para que gusten y sepan qué rico y qué fuerte es el Pan que Tú nos das....

15 mar. 2017

Santo Evangelio 15 de Marzo 2017


Día litúrgico: Miércoles II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 20,17-28): En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».


«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»
Rev. D. Francesc JORDANA i Soler 
(Mirasol, Barcelona, España)


Hoy, la Iglesia —inspirada por el Espíritu Santo— nos propone en este tiempo de Cuaresma un texto en el que Jesús plantea a sus discípulos —y, por lo tanto, también a nosotros— un cambio de mentalidad. Jesús hoy voltea las visiones humanas y terrenales de sus discípulos y les abre un nuevo horizonte de comprensión sobre cuál ha de ser el estilo de vida de sus seguidores.

Nuestras inclinaciones naturales nos mueven al deseo de dominar las cosas y a las personas, mandar y dar órdenes, que se haga lo que a nosotros nos gusta, que la gente nos reconozca un status, una posición. Pues bien, el camino que Jesús nos propone es el opuesto: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20,26-27). “Servidor”, “esclavo”: ¡no podemos quedarnos en el enunciado de las palabras!; las hemos escuchado cientos de veces, hemos de ser capaces de entrar en contacto con la realidad que significan, y confrontar dicha realidad con nuestras actitudes y comportamientos.

El Concilio Vaticano II ha afirmado que «el hombre adquiere su plenitud a través del servicio y la entrega a los demás». En este caso, nos parece que damos la vida, cuando realmente la estamos encontrando. El hombre que no vive para servir no sirve para vivir. Y en esta actitud, nuestro modelo es el mismo Cristo —el hombre plenamente hombre— pues «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28).

Ser servidor, ser esclavo, tal y como nos lo pide Jesús es imposible para nosotros. Queda fuera del alcance de nuestra pobre voluntad: hemos de implorar, esperar y desear intensamente que se nos concedan esos dones. La Cuaresma y sus prácticas cuaresmales —ayuno, limosna y oración— nos recuerdan que para recibir esos dones nos debemos disponer adecuadamente.

¿Cada cuánto debemos comulgar



¿Cada cuánto debemos comulgar?

¡Cada vez que podamos! Dios siempre nos ganará en generosidad de gracias.


Por: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Catholic. net 


La Comunión frecuente

«Un capitán de navío que comulgaba todos los días, también montaba en cólera ruidosa por su carácter. Un oficial le dijo:
Hay algo que no entiendo, mi capitán, usted es piadoso, comulga todos los días, y sin embargo, le suele dominar la cólera.
Y el capitán le contestó:
Muchacho, si no comulgara todos los días, ya hace tiempo que los hubiera arrojado a todos por la borda »


La Eucaristía es centro de la vida de la Iglesia, su columna vertebral, la presencia real de Jesucristo entre nosotros. Es el gran tesoro de la Iglesia y de cada uno de los cristianos.

La Iglesia, conociendo la grandeza de la Eucaristía y sabiendo que la comunión es indispensable para que el alma viva y se fortalezca, nos pide en su tercer mandamiento que comulguemos al menos una vez al año en tiempo de Pascua, para que, a la vez que nos alimentamos, recordemos también la Resurrección de Jesús.

Pero, como los frutos de la Eucaristía son tan maravillosos, la Iglesia nos invita y aconseja vivamente que comulguemos frecuentemente: cada día, si es posible.

Si todos los miembros de la Iglesia nos alimentamos frecuentemente del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, estaremos unidos íntimamente a Él y nos fortaleceremos, fortaleciendo así a toda la Iglesia.

Si el sarmiento permanece unido a la vid, dará mucho fruto y su fruto permanecerá .

San Francisco de Sales, en su Introducción a la vida devota nos habla de la comunión frecuente:

«Si les preguntan por qué comulgan tan a menudo, respondan que es para aprender a amar a Dios, para limpiarse de las propias imperfecciones, librarse de sus miserias y consolarse en sus quebrantos.

Dos clases de gente necesitan comulgar a menudo:



Los perfectos, porque no deben alejarse de Aquel que es fuente y manantial de su perfección y los imperfectos, para que puedan aspirar a la perfección;
Los fuertes para no debilitarse y los débiles para fortalecerse;
Los enfermos para sanar y los sanos para no enfermar…

Y en cuanto a ti, imperfecto, débil y enfermo, debes comulgar frecuentemente
para recibir a Aquél que es tu perfección, tu fuerza y tu médico.

Los que tienen poco trabajo, necesitan comulgar frecuentemente porque les sobra tiempo y la ociosidad es peligrosa para el espíritu, y los que están muy atareados,
por la necesidad de alimento que requiere un arduo trabajo.

Digan a los que les pregunten, que comulgan a menudo para aprender a hacerlo bien, porque es imposible hacer algo bien
si no se practica con mucha frecuencia.

Comulguen a menudo, lo más a menudo que puedan.

Creedme, si las liebres en las montañas se vuelven blancas en invierno de tanto ver la nieve, así ustedes también, de adorar y comer la misma hermosura, bondad y pureza
en este divino Sacramento, llegarán a ser hermosura, bondad y pureza.»


La comunión espiritual 

Cuando no sea posible por una u otra razón recibir a Cristo en forma sacramental, o en cualquier momento en que uno desee ardientemente recibir a Jesús, se le puede recibir espiritualmente, pronunciando la siguiente fórmula con fervor, demostrándole a Jesús el deseo sincero de estar con Él. Con la comunión espiritual, Jesús nos dará las gracias que necesitemos en ese momento para ser fieles a nuestra misión de ser testigos del Amor de Dios ante todos los hombres.

Creo Señor mío que éstas realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar.
Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma; pero, no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.
Y como si te hubiese recibido, me abrazo y me uno todo a Ti;
Oh Señor, no permitas que me separe de Ti.

14 mar. 2017

Santo Evangelio 14 de Marzo 2017


Día litúrgico: Martes II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 23,1-12): En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame "Rabbí".

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "Rabbí", porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie "Padre" vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar "Doctores", porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».


«Uno solo es vuestro Maestro; (...) uno solo es vuestro Padre; (...) uno solo es vuestro Doctor»
Pbro. Gerardo GÓMEZ 
(Merlo, Buenos Aires, Argentina)


Hoy, con mayor razón, debemos trabajar por nuestra salvación personal y comunitaria, como dice san Pablo, con respeto y seriedad, pues «ahora es el día de la salvación» (2Cor 6,2). El tiempo cuaresmal es una oportunidad sagrada dada por nuestro Padre para que, en una actitud de profunda conversión, revitalicemos nuestros valores personales, reconozcamos nuestros errores y nos arrepintamos de nuestros pecados, de modo que nuestra vida se vaya transformando —por la acción del Espíritu Santo— en una vida más plena y madura. 

Para adecuar nuestra conducta a la del Señor Jesús es fundamental un gesto de humildad, como dice el Papa Benedicto: «Que [yo] me reconozca como lo que soy, una creatura frágil, hecha de tierra, destinada a la tierra, pero además hecha a imagen de Dios y destinada a Él».

En la época de Jesús había muchos "modelos" que oraban y actuaban para ser vistos, para ser reverenciados: pura fantasía, personajes de cartón, que no podían estimular el crecimiento y la madurez de sus vecinos. Sus actitudes y conductas no mostraban el camino que conduce a Dios: «No imitéis su conducta, porque dicen y no hacen» (Mt 23,3). 

La sociedad actual también nos presenta una infinidad de modelos de conducta que abocan a una existencia vertiginosa, alocada, debilitando el sentido de trascendencia. No dejemos que esos falsos referentes nos hagan perder de vista al verdadero maestro: «Uno solo es vuestro Maestro; (…) uno solo es vuestro Padre; (…) uno solo es vuestro Doctor: Cristo» (Mt 23,8.9.10).

Aprovechemos la cuaresma para fortalecer nuestras convicciones como discípulos de Jesucristo. Tratemos de tener momentos sagrados de "desierto" donde nos reencontremos con nosotros mismos y con el verdadero modelo y maestro. Y frente a las situaciones concretas en las que muchas veces no sabemos cómo reaccionar podríamos preguntarnos: ¿qué diría Jesús?, ¿cómo actuaría Jesús?

Cautivo de amor



Cautivo de amor

Hay un Prisionero en una cárcel pequeña, el Sagrario, donde Cristo nos espera cada día.


Por: Antonio Orozco | Fuente: Catholic.net 


Hay un Prisionero en una cárcel pequeña, El cautivo es Rey de reyes, Señor de señores. La cárcel menuda es el Sagrario: cárcel de amor es llamada (B. Josemaría Escrivá, Forja, 827), porque de amor es el delito. Siendo Dios, vino a ser hombre. Eterno, asumió el tiempo. Inmutable, quiso padecer. Omnipotente, quedó inerme sobre el heno de un pesebre de Belén. Todopoderoso, y fugitivo, cruzó desiertos de amor llenos de arena. Creador del Universo, trabajó con fatiga largos años en el taller de José. Inmenso, anduvo incansable, paso a paso, los caminos de Palestina. Gruesas gotas de sangre manaron de su piel hasta el suelo de Getsemaní. Se entregó porque quiso -quia ipse voluit- a una flagelación cruel, a la coronación de espinas, se abrazó a una cruz, y se dejó clavar en ella, entre dos ladrones y los insultos blasfemos de criaturas suyas. Todo sin necesidad, por puro amor, para redimir los pecados de todos y cada uno de los hombres y abrirles las puertas del Paraíso.

«Bajo las especies de pan y vino está Él, realmente presente con su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad. Así, juntándose un infinito amor, ¿qué había de conseguirse sino el mayor milagro y la mayor maravilla» (Juan Pablo II, Homilía, 9-VII-1980).

¿Puede decirse que es «justo» que estés ahí, Cristo, en tu cárcel, inerme, más aún que en Belén, que en Nazaret y el Calvario? Pues sí, digo que es justo, justísimo, porque nos has robado el corazón, y lo has hecho hasta con «alevosía». ¿Por qué te has excedido tanto en tu amor? ¿Por qué nos amas así, con esa locura increíble? ¿No bastaba una sola gota de tu Sangre para redimir mil millones de mundos? ¿No bastaba uno sólo de tus suspiros? ¿Acaso no era suficiente tu sola Encarnación en el seno virginal de María Santísima? ¿Por qué tanto dolor, por qué tanto tormento, por qué...?

¡Es justo, Señor, que ahora estés ahí, cautivo en tu pequeña cárcel oscura! ¡Nos has robado el corazón! Es justo, con esa justicia maravillosa que -en la sublime sencillez divina- se funde con el amor, la misericordia, la generosidad, la verdad, la libertad, la belleza, la armonía, la alegría... ¡Es justo que estés preso porque amas infinitamente, porque te has excedido, y todo exceso debe pagarse! Tú lo expías en el Sagrario.

Lo que no es justo en modo alguno es que yo me quede indiferente, o que te olvide y pase horas sin recordar tu amorosa cautividad. No es justo que pase un sólo día sin visitarte en el Sagrario, al menos una vez. No es justo que el Sagrario no sea el imán de mis pensamientos, palabras y obras. No es justo que, habiéndome robado Tú mi corazón, no esté donde está mi tesoro. Por eso renuevo ahora mi propósito de centrar entera mi vida en tu cárcel de amor. Y. siempre que pueda, aunque sean breves instantes, iré a visitarte, para decir: Adoro te devote, latens Deitas, te adoro con devoción Dios escondido (Himno Adoro te devote). Con una genuflexión pausada, iba a decir «solemne». Adoro tu presencia real -sub his figuris- bajo las apariencias del pan, donde no hay más pan que tu sustancia: tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma humana, tu Divinidad, con el Padre y el Espíritu Santo.


13 mar. 2017

Lectura Breve Tt 3, 5b,-7




LECTURA BREVE Tt 3, 5b-7

Dios nos trajo la salud mediante el baño bautismal de regeneración y renovación que obra el Espíritu Santo. Él derramó con toda profusión sobre nosotros este Espíritu por Cristo Jesús, nuestro salvador. Así, justificados por la gracia de Cristo, hemos obtenido la esperanza de poseer en herencia la vida eterna.

Santo Evangelio 13 de Marzo 2017


Día litúrgico: Lunes II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 6,36-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».


«Dad y se os dará»
+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret 
(Vic, Barcelona, España)


Hoy, el Evangelio de Lucas nos proclama un mensaje más denso que breve, ¡y eso que es muy breve! Lo podemos reducir a dos puntos: un encuadramiento de misericordia y un contenido de justicia.

En primer lugar, un encuadramiento de misericordia. En efecto, la consigna de Jesús sobresale como una norma y resplandece como un ambiente. Norma absoluta: si nuestro Padre del cielo es misericordioso, nosotros, como hijos suyos, también lo hemos de ser. Y el Padre, ¡es tan misericordioso! El versículo anterior afirma: «(...) y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos» (Lc 6,35).

En segundo lugar, un contenido de justicia. En efecto, nos encontramos ante una especie de “ley del talión” en las antípodas de (inversa a) la rechazada por Jesús («Ojo por ojo, diente por diente»). Aquí, en cuatro momentos sucesivos, el divino Maestro nos alecciona, primero, con dos negaciones; después, con dos afirmaciones. Negaciones: «No juzguéis y no seréis juzgados»; «No condenéis y no seréis condenados». Afirmaciones: «Perdonad y seréis perdonados»; «Dad y se os dará».

Apliquémoslo concisamente a nuestra vida de cada día, deteniéndonos especialmente en la cuarta consigna, como hace Jesús. Hagamos un valiente y claro examen de conciencia: si en materia familiar, cultural, económica y política el Señor juzgara y condenara nuestro mundo como el mundo juzga y condena, ¿quién podría sostenerse ante el tribunal? (Al volver a casa y leer el periódico o al escuchar las noticias, pensamos sólo en el mundo de la política). Si el Señor nos perdonara como lo hacen ordinariamente los hombres, ¿cuántas personas e instituciones alcanzarían la plena reconciliación?

Pero la cuarta consigna merece una reflexión particular, ya que, en ella, la buena ley del talión que estamos considerando deviene de alguna manera superada. En efecto, si damos, ¿nos darán en la misma proporción? ¡No! Si damos, recibiremos —notémoslo bien— «una medida buena, apretada, remecida, rebosante» (Lc 6,38). Y es que es a la luz de esta bendita desproporción que somos exhortados a dar previamente. Preguntémonos: cuando doy, ¿doy bien, doy mirando lo mejor, doy con plenitud?

Santo Evangelio 13 de Marzo 2017


Día litúrgico: Lunes II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 6,36-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».


«Dad y se os dará»
+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret 
(Vic, Barcelona, España)



Hoy, el Evangelio de Lucas nos proclama un mensaje más denso que breve, ¡y eso que es muy breve! Lo podemos reducir a dos puntos: un encuadramiento de misericordia y un contenido de justicia.

En primer lugar, un encuadramiento de misericordia. En efecto, la consigna de Jesús sobresale como una norma y resplandece como un ambiente. Norma absoluta: si nuestro Padre del cielo es misericordioso, nosotros, como hijos suyos, también lo hemos de ser. Y el Padre, ¡es tan misericordioso! El versículo anterior afirma: «(...) y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos» (Lc 6,35).

En segundo lugar, un contenido de justicia. En efecto, nos encontramos ante una especie de “ley del talión” en las antípodas de (inversa a) la rechazada por Jesús («Ojo por ojo, diente por diente»). Aquí, en cuatro momentos sucesivos, el divino Maestro nos alecciona, primero, con dos negaciones; después, con dos afirmaciones. Negaciones: «No juzguéis y no seréis juzgados»; «No condenéis y no seréis condenados». Afirmaciones: «Perdonad y seréis perdonados»; «Dad y se os dará».

Apliquémoslo concisamente a nuestra vida de cada día, deteniéndonos especialmente en la cuarta consigna, como hace Jesús. Hagamos un valiente y claro examen de conciencia: si en materia familiar, cultural, económica y política el Señor juzgara y condenara nuestro mundo como el mundo juzga y condena, ¿quién podría sostenerse ante el tribunal? (Al volver a casa y leer el periódico o al escuchar las noticias, pensamos sólo en el mundo de la política). Si el Señor nos perdonara como lo hacen ordinariamente los hombres, ¿cuántas personas e instituciones alcanzarían la plena reconciliación?

Pero la cuarta consigna merece una reflexión particular, ya que, en ella, la buena ley del talión que estamos considerando deviene de alguna manera superada. En efecto, si damos, ¿nos darán en la misma proporción? ¡No! Si damos, recibiremos —notémoslo bien— «una medida buena, apretada, remecida, rebosante» (Lc 6,38). Y es que es a la luz de esta bendita desproporción que somos exhortados a dar previamente. Preguntémonos: cuando doy, ¿doy bien, doy mirando lo mejor, doy con plenitud?

La Iglesia vive de la Eucaristía



La Iglesia vive de la Eucaristía

Si queremos una Iglesia fuerte, si queremos cristianos comprometidos y fuertes en su fe, vamos preocupándonos por estar cada vez más unidos a Cristo en la Eucaristía.


Por: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net 

Cristo nos regala con una de esas palabras suyas que dejan un agradable sabor de boca, pero también son una invitación al trabajo, a la labor, al desvelo por las cosas de Dios.

Podemos partir de una palabra de los Hechos de los Apóstoles. Después de describirnos el cierto miedo que les causaba a los cristianos la presencia de Pablo ya convertido, por sus anteriores acciones, pasa a describirnos la situación de la comunidad cristiana: “En aquellos días las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando, progresaban en la fidelidad a Dios y se multiplicaban, animadas por el Espíritu Santo”.


Es una descripción muy breve, pero los verbos empleados no nos dejan duda de lo que estaba ocurriendo en ese entonces: había paz en el ambiente, y asombrosamente, sin meterse en más, nos dice que tres comunidades judías que en cierto modo eran irreconciliables en el judaísmo, con la aparición de Cristo iban entrando en la paz y en la fraternidad. Y los verbos que usa en la segunda frase de la oración también son muy significativos: la Iglesia se consolidaba, progresaba en la fidelidad a Dios y se multiplicaba en sus miembros, “animadas por el Espíritu Santo”, lo cuál nos hace ver como la mano de Dios estaba en ello, y los hombres secundaban la iniciativa divina haciendo que la Palabra de Dios progresara y llegara a todos los lugares conocidos en ese tiempo.

Llama poderosamente la atención, porque hoy estamos asistiendo a un fenómeno contrario, parece que mucha gente se está yendo de la Iglesia, pareciera como que la Iglesia en cuanto universal o católica, está establecida en todas las naciones, y eso nos haría prorrumpir en cantos de victoria, de triunfo y de regocijo. Pero las cifras no pueden ser menos elocuentes: en algunas naciones de Asia el número de los cristianos no llega al 2%, en África el mensaje se propaga con dificultad, en Europa va ganando el indiferentismo, y en América las sectas están absorbiendo a buenos sectores de la población católica. No nos inquieta eso? Si somos familia sí tendríamos que ver con pena que el domingo un miembro se va a la Misa, otro con los “cristianos”, otro con los testigos de Jehová, y varios de ellos se quedan indiferentes en casa, acostados o viendo televisión o practicando algún deporte.

Y aquí tenemos que conectar con Cristo que deja oír clara su voz. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos... permanezcan en mí y yo en ustedes... no podrán dar fruto si no permanecen en mí... al que no permanece en mí se le echa fuera...”.

Y esto sí que nos hace pensar. ¿Estamos unidos a Cristo? Quizá la misma pregunta nos ofendería, pues nos consideramos católicos, y católicos de hueso colorado, pues asistimos a las peregrinaciones, tomamos ceniza el miércoles de inicio de cuaresma, nos damos una vueltecita por las Iglesias el jueves santo, traemos un escapulario colgado al cuello, o lucimos un buen medallón de oro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, nunca rehusamos ser padrinos de bautismo aunque no se está casado por la Iglesia... y así podríamos ir enumerando otras linduras para afirmar nuestra pertenencia a la Iglesia y a la fe.

Pero parece que el asunto va mucho mas allá que eso, pues San Juan en su primera carta nos hace oír también su voz: “No amemos solamente de palabra: amémonos de verdad y con las obras... si cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada... éste es el mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo y nos amemos los unos a los otros...”.

Vivir unidos hoy a Cristo será entonces creer en su divinidad, tener sus mismos sentimientos, amar de verdad a los que nos rodean, y comenzar a salir a las calles, a las plazas, a los centros de reunión, a los medios de comunicación social, y decirle a las gentes que Cristo está vivo, y que vive para los suyos y que no estaremos solos, que siempre estará con nosotros.

En esta cadenita de ideas, tenemos que topar entonces con la Palabra del Papa que nos ha regalado un precioso documento eucarístico-eclesial, y que nos recuerda que no podemos pensar que estamos unidos a Cristo si no lo estamos a su Eucaristía: la Iglesia tiene un gozo muy grande que no puede esconder: “*He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo*; en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de ésta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, éste divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada espera”.

El Papa siente que “hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística”, por lo tanto, ahí no puede haber progreso, ni solidaridad, ni paz, la Iglesia no crecería, y vería cada vez mas menguadas sus fuerzas y su avance en la misión evangelizadora que el Padre le confía.

Y aquí es donde veo que está la clave para que la Iglesia crezca lozana, frondosa, y dinámica, tal como el Papa lo señala con toda claridad: “contemplar el rostro de Cristo y contemplarlo con María, es el “programa” que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus múltiples presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de él se alimenta y por él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y al mismo tiempo, “misterio de luz”. Cada vez que la Iglesia celebra, lo fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron”.

Mi conclusión es entonces muy sencilla: si queremos una Iglesia pujante, fuerte, dinámica y evangelizadora, si queremos cristianos comprometidos, eficaces, inteligentes y fuertes en su fe y en su apostolicidad, vamos preocupándonos por estar cada vez más unidos a Cristo eucarístico, cada vez más unidos a la Eucaristía, y entonces estaremos teniendo cada vez más los mismos sentimientos de Cristo y la Iglesia se mostrará intrépida y generosa, reduciendo a cenizas las banderas del mal, para implantar en el corazón de todos los hombres el mensaje de salvación: “yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

12 mar. 2017

Santo Evangelio 12 de Marzo 2017


Día litúrgico: Domingo II (A) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 17,1-9): En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».


«Se transfiguró delante de ellos»
Rev. D. Jaume GONZÁLEZ i Padrós 
(Barcelona, España)


Hoy, camino hacia la Semana Santa, la liturgia de la Palabra nos muestra la Transfiguración de Jesucristo. Aunque en nuestro calendario hay un día litúrgico festivo reservado para este acontecimiento (el 6 de agosto), ahora se nos invita a contemplar la misma escena en su íntima relación con los sucesos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

En efecto, se acercaba la Pasión para Jesús y seis días antes de subir al Tabor lo anunció con toda claridad: les había dicho que «Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).

Pero los discípulos no estaban preparados para ver sufrir a su Señor. Él, que siempre se había mostrado compasivo con los desvalidos, que había devuelto la blancura a la piel dañada por la lepra, que había iluminado los ojos de tantos ciegos, y que había hecho mover miembros lisiados, ahora no podía ser que su cuerpo se desfigurara a causa de los golpes y de las flagelaciones. Y, con todo, Él afirma sin rebajas: «Debía sufrir mucho». ¡Incomprensible! ¡Imposible!

A pesar de todas las incomprensiones, sin embargo, Jesús sabe para qué ha venido a este mundo. Sabe que ha de asumir toda la flaqueza y el dolor que abruma a la humanidad, para poderla divinizar y, así, rescatarla del círculo vicioso del pecado y de la muerte, de tal manera que ésta —la muerte— vencida, ya no tenga esclavizados a los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios.

Por esto, la Transfiguración es un espléndido icono de nuestra redención, donde la carne del Señor es mostrada en el estallido de la resurrección. Así, si con el anuncio de la Pasión provocó angustia en los Apóstoles, con el fulgor de su divinidad los confirma en la esperanza y les anticipa el gozo pascual, aunque, ni Pedro, ni Santiago, ni Juan sepan exactamente qué significa esto de… resucitar de entre los muertos (cf. Mt 17,9), ¡Ya lo sabrán!

¿Por qué, Señor, te quedaste en la Eucaristía?



¿Por qué, Señor, te quedaste en la Eucaristía?

Nos sorprende que a pesar de la indiferencia y la frialdad, Él sigue ahí fiel y firme, derramando su amor a todos y a todas horas.

Por: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net 


“Te amo, Señor, por tu Eucaristía,
por el gran don de Ti mismo.
Cuando no tenías nada más que ofrecer
nos dejaste tu cuerpo para amarnos hasta el fin,
con una prueba de amor abrumadora,
que hace temblar nuestro corazón
de amor, de gratitud y de respeto”.

Llevamos veinte siglos de cristianismo, por todas las latitudes, celebrando lo que Jesús encomendó a sus apóstoles en la noche de la Cena: “Haced esto en conmemoración mía”.

Es de tal profundidad y belleza la eucaristía que en el transcurso de los tiempos a este misterio eucarístico se le ha llamado con varios nombres:



Fracción del pan, donde se parte, se reparte y se comparte el pan del cielo, como alimento de inmortalidad.
Santo Sacrificio de la Misa, donde Cristo se sacrifica y muere para salvarnos y darnos vida a nosotros.
Eucaristía, porque es la acción de gracias por antonomasia que ofrece Jesús a su Padre celestial, en nombre nuestro y de toda la Iglesia.
Celebración Eucarística, porque celebramos en comunidad esta acción divina.
La Santa Misa, porque la eucaristía acaba en envío, en misión, donde nos comprometemos a llevar a los demás esa salvación que hemos recibido.
Misterio Eucarístico, porque ante nuestros ojos se realiza el gran misterio de la fe.

Antes de empezar a hablar de este misterio hay que preguntarse el porqué de la eucaristía, por qué quiso Jesús instituir este sacramento admirable, por qué quiso quedarse entre nosotros, con nosotros, para nosotros, en nosotros; qué le movió a hacer este asombroso milagro al que no podemos ni debemos acostumbrarnos. ¡Oh, asombroso misterio de fe!

¿Por qué quiso Jesús hacer presente el sacrificio de la Cruz, como si no hubiera bastado para salvarnos ese Viernes Santo en que nos dio toda su sangre y nos consiguió todas las gracias necesarias para salvarnos?

La respuesta a esta pregunta sólo Jesús la sabe. Nosotros podemos solamente vislumbrar algunas intuiciones y atisbos.

Se quedó por amor excesivo a nosotros, diríamos por locura de amor. No quiso dejarnos solos, por eso se hizo nuestro compañero de camino. Nos vio con hambre espiritual, y Cristo se nos dio bajo la especie de pan que al tiempo que colma y calma, también abre el hambre de Dios, porque estimula el apetito para una vida nueva: la vida de Dios en nosotros. Nos vio tan desalentados, que quiso animarnos, como a Elías: “Levántate y come, porque todavía te queda mucho por caminar” (1 Re 19, 7).


La eucaristía prolonga la encarnación. Es más, la eucaristía es la venida continua de Cristo sobre los altares del mundo. Y la Iglesia viene a ser la cuna en la que María coloca a Jesús todos los días en cada misa y lo entrega a la adoración y contemplación de todos, envuelto ese Jesús en los pañales visibles del pan y del vino, pero que, después de la consagración, se convierten milagrosamente y por la fuerza del Espíritu Santo en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y así la eucaristía llega a ser nuestro alimento de inmortalidad y nuestra fuerza y vigor espiritual.

Hace dos mil años lo entregó a la adoración de los pastores y de los reyes de Oriente. Hoy María lo entrega a la Iglesia en cada eucaristía, en cada misa bajo unos pañales sumamente sencillos y humildes: pan y vino. ¡Así es Dios! ¿Pudo ser más asequible, más sencillo?

¿Cuál es el valor y la importancia de la eucaristía?

La eucaristía es la más sorprendente invención de Dios. Es una invención en la que se manifiesta la genialidad de una Sabiduría que es simultáneamente locura de Amor.

Admiramos la genialidad de muchos inventos humanos, en los que se reflejan cualidades excepcionales de inteligencia y habilidad: fax, correo electrónico, agenda electrónica, pararrayos, radio, televisión, video, etc.

Pues mucho más genial es la eucaristía: que todo un Dios esté ahí realmente presente, bajo las especies de pan y vino; pero ya no es pan ni es vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¿No es esto sorprendente y admirable? Pero es posible, porque Dios es omnipotente. Y es genial, porque Dios es Amor.

La eucaristía no es simplemente uno de los siete sacramentos. Y aunque no hace sombra ni al bautismo, ni a la confirmación, ni a la confesión, sin embargo, posee una excelencia única, pues no sólo se nos da la gracia sino al Autor de la gracia: Jesucristo. Recibimos a Cristo mismo. ¿No es admirable y grandiosa y genial esta verdad?

¿Cómo no ser sorprendidos por las palabras “esto es Mi cuerpo, esta es Mi sangre”? ¡Qué mayor realismo! ¿Cómo no sorprendernos al saber que es el mismo Creador el que alimenta, como divino pelícano, a sus mismas criaturas humanas con su mismo cuerpo y sangre? ¿Cómo no sorprendernos al ver tal abajamiento y tan gran humildad que nos confunden? Dios, con ropaje de pan y gotas de vino...¡Dios mío!

Nos sorprende su amor extremo, amor de locura. Por eso hay que profundizar una y otra vez en el significado que Cristo quiso dar a la eucaristía, ayudados del evangelio y de la doctrina de la Iglesia. Nos sorprende que a pesar de la indiferencia y la frialdad, Él sigue ahí fiel y firme, derramando su amor a todos y a todas horas.


Necesitamos la eucaristía para el crecimiento de la comunidad cristiana, pues ella nos nutre continuamente, da fuerzas a los débiles para enfrentar las dificultades, da alegría a quienes están sufriendo, da coraje para ser mártires, engendra vírgenes y forja apóstoles.
La eucaristía anima con la embriaguez espiritual, con vistas a un compromiso apostólico a aquellos que pudieran estar tentados de encerrarse en sí mismos. ¡Nos lanza al apostolado!
La eucaristía nos transforma, nos diviniza, va sembrando en nosotros el germen de la inmortalidad.
Necesitamos la eucaristía porque el camino de la vida es arduo y largo y como Elías, también nosotros sentiremos deseos de desistir, de tirar la toalla, de deprimirnos y bajar los brazos. “Ven, come y camina”.