9 jun. 2018

Santo Evangelio 9 de junio 2018



Día litúrgico: Sábado después del Domingo II después de Pentecostés: El Corazón Inmaculado de María

Texto del Evangelio (Lc 2,41-51): Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. 

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.


«Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón»

Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells 
(Salt, Girona, España)

Hoy celebramos la memoria del Corazón Inmaculado de María. Un corazón sin mancha, lleno de Dios, abierto totalmente a obedecerle y escucharle. El corazón, en el lenguaje de la Biblia, se refiere a lo más profundo de la persona, de donde emanan todos sus pensamientos, palabras y obras. ¿Qué emana del corazón de María? Fe, obediencia, ternura, disponibilidad, espíritu de servicio, fortaleza, humildad, sencillez, agradecimiento, y toda una estela inacabable de virtudes.

¿Por qué? La respuesta la encontramos en las palabras de Jesús: «Donde está tu tesoro allí estará tu corazón» (Mt 6,21). El tesoro de María es su Hijo, y en Él tiene puesto todo su corazón; los pensamientos, palabras y obras de María tienen como origen y como fin contemplar y agradar al Señor.

El Evangelio de hoy nos da una buena muestra de ello. Después de narrarnos la escena del niño Jesús perdido y hallado en el templo, nos dice que «su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51). San Gregorio de Nisa comenta: «Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón purificado». ¿Qué guarda María en su corazón? Desde la Encarnación hasta la Ascensión de Jesús al cielo, pasando por las horas amargas del Calvario, son tantos y tantos recuerdos meditados y profundizados: la alegría de la visita del ángel Gabriel manifestándole el designio de Dios para Ella, el primer beso y el primer abrazo a Jesús recién nacido, los primeros pasos de su Hijo en la tierra, ver cómo iba creciendo en sabiduría y en gracia, su “complicidad” en las bodas de Caná, las enseñanzas de Jesús en su predicación, el dolor salvador de la Cruz, la esperanza en el triunfo de la Resurrección... 

Pidámosle a Dios tener el gozo de amarle cada día de un modo más perfecto, con todo el corazón, como buenos hijos de la Virgen.

Salmo 111 Felicidad del justo

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Salmo 111

Felicidad del justo  


Dichoso quien teme al Señor 
y ama de corazón sus mandatos. 
Su linaje será poderoso en la tierra, 
la descendencia del justo será bendita. 

En su casa habrá riquezas y abundancia, 
su caridad es constante, sin falta. 
En las tinieblas brilla como una luz 
el que es justo, clemente y compasivo. 

Dichoso el que se apiada y presta, 
y administra rectamente sus asuntos. 
El justo jamás vacilará, 
su recuerdo será perpetuo. 

No temerá las malas noticias, 
su corazón está firme en el Señor. 
Su corazón está seguro, sin temor, 
hasta que vea derrotados a sus enemigos. 

Reparte limosna a los pobres; 
su caridad es constante, sin falta, 
y alzará la frente con dignidad. 

El malvado, al verlo, se irritará, 
rechinará los dientes hasta consumirse. 
La ambición del malvado fracasará.

8 jun. 2018

Santo Evangelio 8 de junio 2018



Día litúrgico: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (B) (Tercer viernes después de Pentecostés)



Texto del Evangelio (Jn 19,31-37): En aquel tiempo, los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. 

Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’. Y también otra Escritura dice: ‘Mirarán al que traspasaron’.


«Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza»

P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP 
(San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

Hoy se nos ofrece ante los ojos corporales —mejor todavía, ante los “ojos interiores”, iluminados por la fe— la figura de Cristo que, acabado de morir en la Cruz, tuvo el costado abierto por una lanzada infligida por el centurión. «Al instante salió sangre y agua» (Jn 19,34). ¡Espectáculo angustioso y, a la vez elocuentísimo! No hay ni el más mínimo espacio para sostener la tesis de alguno que afirma una muerte aparente: Jesús está ciertamente muerto al 100%. Es más, aquella misteriosa “agua”, que no saldría de un cuerpo sano, normal, nos indica según la medicina moderna que Cristo debió morir a causa de un infarto o, como decían nuestros antepasados, con el corazón reventado. Sólo en este caso se verifica la separación del suero de los glóbulos rojos. Esto explicaría aquel anómalo “sangre y agua”.

Cristo, por tanto, ha muerto verdaderamente, y ha muerto sea a causa de nuestros pecados, sea por su más vivo y principal deseo: poder cancelar nuestros pecados. «Con mi muerte he vencido la muerte y he exaltado al hombre a la sublimidad del cielo» (Melitón de Sardis). Dios, que ha mantenido la promesa de resucitar a su Hijo, mantendrá también la segunda promesa: nos resucitará también a nosotros y nos elevará a su propia diestra. Pero pone una condición mínima: creer en Él y dejarnos salvar por Él. Dios no impone a nadie su amor en detrimento de la humana libertad.

En fin, sobre aquel Hombre que ha sufrido la lanzada en su corazón, «mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37), nos da confirmación también el Apocalipsis: «Mirad que viene entre nubes, y todo ojo lo verá, especialmente los que le traspasaron» (Ap 1, 7). Ésta es una sagrada exigencia de la divina justicia: al fin, también aquellos que lo han rechazado obstinadamente, lo tendrán que reconocer. Incluso, el tirano autoidólatra, el asesino despiadado, el ateo soberbio..., todos sin excepción se verán constreñidos a arrodillarse ante Él, reconociéndolo como el verdadero, único Dios. ¿No es mejor, entonces, serle amigos desde ahora?

Salmo 110 Doy gracias al Señor de todo corazón

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Salmo 110

Doy gracias al Señor de todo corazón 


Doy gracias al Señor de todo corazón, 
en compañía de los rectos, en la asamblea. 
Grandes son las obras del Señor, 
dignas de estudio para los que las aman. 

Esplendor y belleza son su obra, 
su generosidad dura por siempre; 
ha hecho maravillas memorables, 
el Señor es piadoso y clemente. 

El da alimento a sus fieles, 
recordando siempre su alianza; 
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar, 
dándoles la heredad de los gentiles. 

Justicia y verdad son las obras de sus manos, 
todos sus preceptos merecen confianza: 
son estables para siempre jamás, 
se han de cumplir con verdad y rectitud. 

Envió la redención a su pueblo, 
ratificó para siempre su alianza, 
su nombre es sagrado y temible. 

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor, 
tienen buen juicio los que lo practican; 
la alabanza del Señor dura por siempre.

Salmo 109 El Mesías, rey y sacerdote

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Salmo 109

El Mesías, rey y sacerdote 


Oráculo del Señor a mi Señor: 
"siéntate a mi derecha, 
y haré de tus enemigos 
estrado de tus pies". 
Desde Sión extenderá el Señor 
el poder de tu cetro: 
somete en la batalla a tus enemigos. 

"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, 
entre esplendores sagrados; 
yo mismo te engendré, como rocío, 
antes de la aurora". 

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: 
"Tú eres sacerdote eterno, 
según el rito de Melquisedec". 

El Señor a tu derecha, el día de su ira, 
quebrantará a los reyes. 
En su camino beberá del torrente, 
por eso, levantará la cabeza.

7 jun. 2018

Santo Evangelio 7 de junio 2018


Día litúrgico: Jueves IX del tiempo ordinario

Ver 1ª Lectura y SalmoTexto del Evangelio (Mc 12,28-34): En aquel tiempo, se llegó uno de los escribas y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que estos». 

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». 

Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.


«No existe otro mandamiento mayor que éstos»

P. Rodolf PUIGDOLLERS i Noblom SchP 
(La Roca del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, un maestro de la Ley le pregunta a Jesús: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (Mc 12,28). La pregunta es capciosa. En primer lugar, porque intenta establecer un ranking entre los diversos mandamientos; y, en segundo lugar, porque su pregunta se centra en la Ley. Está claro, se trata de la pregunta de un maestro de la Ley.

La respuesta del Señor desmonta la espiritualidad de aquel «maestro de la Ley». Toda la actitud del discípulo de Jesucristo respecto a Dios queda resumida en un punto doble: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón» y «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12,31). El comportamiento religioso queda definido en su relación con Dios y con el prójimo; y el comportamiento humano, en su relación con los otros y con Dios. Lo dice con otras palabras san Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Ama a Dios y ama a los otros, y el resto de cosas será consecuencia de este amor en plenitud.

El maestro de la ley lo entiende perfectamente. E indica que amar a Dios con todo el corazón y a los otros como a uno mismo «vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12,33). Dios está esperando la respuesta de cada persona, la entrega plena «con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30) a Él, que es la Verdad y la Bondad, y la entrega generosa a los otros. Los «sacrificios y ofrendas» tan solo tienen sentido en la medida en que sean expresión verdadera de este doble amor. ¡Y pensar que a veces utilizamos los “pequeños mandamientos” y «los sacrificios y las ofrendas» como una piedra para criticar o herir al otro!

Jesús comenta la respuesta del maestro de la Ley con un «no estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34). Para Jesucristo nadie que ame a los demás por encima de todo está lejos del reinado de Dios.

Salmo 108 Señor, mi Dios, ayúdame

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Salmo 108

Señor, mi Dios, ayúdame


Oh Dios a quien alabo, no guardes silencio, 
pues la boca maligna 
y la boca impostora se abren contra mí. 
Me hablan con una lengua mentirosa, 
me rodean palabras de odio, 
me atacan sin motivo. 
¡En pago a mi amistad me acusan 
y yo, tan solo oro! 
Me devuelven mal por bien 
y odio, por mi amistad. 

Haz que un hombre malo le pida cuentas, 
que el acusador se pare a su derecha. 
¡Que en el juicio resulte culpable, 
que consideren pecado su apelación! 
¡Que sus días le sean acortados 
y que otro se apodere de su cargo! 
¡Que sus hijos queden huérfanos 
y su mujer, viuda! 
¡Que un acreedor le quite todo 
y extraños se apoderen de lo que le ha costado! 
¡Que nadie le haga un favor, 
y nadie se compadezca de sus huérfanos! 
¡Que sea su descendencia exterminada 
y se borre su nombre en una generación! 
¡Que recuerde el Señor la culpa de sus padres, 
que no se borre el pecado de su madre, 
que estén siempre presentes ante el Señor, 
que borre de la tierra su memoria! 

Pues nunca se acordó de ser amable, 
persiguió al pobre y al desvalido, 
y hasta la muerte al hombre de triste corazón. 
¡Ya que amó la maldición, que con él se quede; 
no quiso a la bendición, que lo abandone! 
Se puso la maldición como su ropa: 
que le penetre hasta el fondo como el agua 
y le cale como aceite hasta sus huesos. 
Que sea como un manto que lo envuelva, 
un cinturón que lo apriete sin cesar. 
Así pague el Señor a mis acusadores 
y a los que hablan mal de mi persona! 

Pero tú, Señor, 
actúa para mí en honor a tu nombre, 
sálvame, pues es tan bueno tu amor. 
Porque soy pobre y desdichado, 
herido está mi corazón dentro de mí, 
me voy como la sombra que declina, 
como langosta arrastrada por el viento. 
De tanto ayuno flaquean mis rodillas 
y mi cuerpo, sin grasa, ha enflaquecido; 
soy un pretexto para sus insultos, 
cuando me ven, menean la cabeza. 

Señor, mi Dios, ayúdame, 
sálvame, tú que eres bueno: 
y que sepan que allí está tu mano, 
que eres tú, Señor, quien hizo eso. 
Si ellos maldicen, tu bendecirás: 
mis adversarios serán confundidos 
y tu servidor se alegrará. 
¡Que se cubran de infamia mis acusadores, 
envueltos en su vergüenza como de un manto! 

Por mi boca al Señor doy muchas gracias 
y alabanzas en medio de la muchedumbre, 
pues se puso a la derecha del pobre 
para salvar su vida de sus jueces. 

6 jun. 2018

Santo Evangelio 6 de junio 2018



Día litúrgico: Miércoles IX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 12,18-27): En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les contestó: «¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error».


«No es un Dios de muertos, sino de vivos»

Pbro. D. Federico Elías ALCAMÁN Riffo 
(Puchuncaví - Valparaíso, Chile)

Hoy, la Santa Iglesia pone a nuestra consideración —por la palabra de Cristo— la realidad de la resurrección y las propiedades de los cuerpos resucitados. En efecto, el Evangelio nos narra el encuentro de Jesús con los saduceos, quienes —mediante un caso hipotético rebuscado— le presentan una dificultad acerca de la resurrección de los muertos, verdad en la cual ellos no creían.

Le dicen que, si una mujer enviuda siete veces, «¿de cuál de ellos [los siete esposos] será mujer?» (Mc 12,23). Buscan, así, poner en ridículo la doctrina de Jesús. Mas, el Señor deshace tal dificultad al exponer que, «cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos» (Mc 12,25). 

Y, dada la ocasión, Nuestro Señor aprovecha la circunstancia para afirmar la existencia de la resurrección, citando lo que le dijo Dios a Moisés en el episodio de la zarza: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob», y agrega: «No es un Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,26-27). Ahí Jesús les reprocha lo equivocados que están, porque no entienden ni la Escritura ni el poder de Dios; es más, esta verdad ya estaba revelada en el Antiguo Testamento: así lo enseñaron Isaías, la madre de los Macabeos, Job y otros.

San Agustín describía así la vida de eterna y amorosa comunión: «No padecerás allí límites ni estrecheces al poseer todo; tendrás todo, y tu hermano tendrá también todo; porque vosotros dos, tú y él, os convertiréis en uno, y este único todo también tendrá a Aquel que os posea a ambos».

Nosotros, lejos de dudar de las Escrituras y del poder misericordioso de Dios, adheridos con toda la mente y el corazón a esta verdad esperanzadora, nos gozamos de no quedar frustrados en nuestra sed de vida, plena y eterna, la cual se nos asegura en el mismo Dios, en su gloria y felicidad. Ante esta invitación divina no nos queda sino fomentar nuestras ansias de ver a Dios, el deseo de estar para siempre reinando junto a Él.

Salmo 107 Señor, mi Dios, ayúdame

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Salmo 107

Señor, mi Dios, ayúdame


Dios mío, mi corazón está firme, 
para tí cantaré y tocaré, gloria mía. 
Despertad, cítara y arpa, 
despertaré a la aurora. 

Te daré gracias ante los pueblos, Señor, 
tocaré para ti ante las naciones: 
por tu bondad, que es más grande que los cielos; 
por tu fidelidad, que alcanza a las nubes. 

Elévate sobre el cielo, Dios mío, 
y llene la tierra tu gloria; 
para que se salven tus predilectos, 
que tu mano salvadora nos responda. 

Dios habló en su santuario: 
"Triunfante, ocuparé Siquén, 
parcelaré el valle de Sucot; 

mío es Galaad, mío Manasés, 
Efraín es yelmo de mi cabeza, 
Judá es mi cetro; 

Moab, una jofaina para lavarme, 
sobre Edom echo mi sandalia, 
sobre Filistea canto victoria". 

Pero, ¿quién me guiará a la plaza fuerte, 
quién me conducirá a Edom, 
si tú, oh Dios, nos has rechazado 
y no sales ya con nuestras tropas? 

Auxílianos contra el enemigo, 
que la ayuda del hombre es inútil; 
con Dios haremos proezas, 
El pisoteará a nuestros enemigos.

5 jun. 2018

Santo Evangelio 5 de junio 2018



Día litúrgico: Martes IX del tiempo ordinario

Santoral 5 de Junio: San Bonifacio, obispo y mártir


Texto del Evangelio (Mc 12,13-17): En aquel tiempo, enviaron a Jesús algunos fariseos y herodianos, para cazarle en alguna palabra. Vienen y le dicen: «Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?». 

Mas Él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea». Se lo trajeron y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Ellos le dijeron: «Del César». Jesús les dijo: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios». Y se maravillaban de Él.


«Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios»

Rev. D. Manuel SÁNCHEZ Sánchez 
(Sevilla, España)

Hoy, de nuevo nos maravillamos del ingenio y sabiduría de Cristo. Él, con su magistral respuesta, señala directamente la justa autonomía de las realidades terrenas: «Lo del César, devolvédselo al César» (Mc 12,17).

Pero la Palabra de hoy es algo más que saber salir de un apuro; es una cuestión que tiene actualidad en todos los momentos de nuestra vida: ¿qué le estoy dando a Dios?; ¿es realmente lo más importante en mi vida? ¿Dónde he puesto el corazón? Porque... «donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12,34).

En efecto, según san Jerónimo, «tenéis que dar forzosamente al César la moneda que lleva impresa su imagen; pero vosotros entregad con gusto todo vuestro ser a Dios, porque impresa está en nosotros su imagen y no la del César». A lo largo de su vida, Jesucristo plantea constantemente la cuestión de la elección. Somos nosotros los que estamos llamados a elegir, y las opciones son claras: vivir desde los valores de este mundo, o vivir desde los valores del Evangelio.

Siempre es tiempo de elección, tiempo de conversión, tiempo para volver a “resituar” nuestra vida en la dinámica de Dios. Será la oración, y especialmente la realizada con la Palabra de Dios, la que nos vaya descubriendo lo que Dios quiere de nosotros. El que sabe elegir a Dios se convierte en morada de Dios, pues «si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23). Es la oración la que se convierte en la auténtica escuela donde, como afirma Tertuliano, «Cristo nos va enseñando cuál era el designio del Padre que Él realizaba en el mundo, y cual la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio». ¡Sepamos, por tanto, elegir lo que nos conviene!

Salmo 106 Acción gracias por la liberación

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Salmo 106

Acción gracias por la liberación



Dad gracias al Señor porque es bueno, 
porque es eterna su misericordia. 

Que lo confiesen los redimidos por el Señor, 
los que él rescató de la mano del enemigo, 
los que reunió de todos los países: 
norte y sur, oriente y occidente. 

Erraban por un desierto solitario, 
no encontraban el camino de ciudad habitada; 
pasaban hambre y sed, 
se les iba agotando la vida; 
pero gritaron al Señor en su angustia, 
y los arrancó de la tribulación. 

Los guió por un camino derecho, 
para que llegaran a una ciudad habitada. 
Den gracias al Señor por su misericordia, 
por las maravillas que hace con los hombres. 
Calmó el ansia de los sedientos, 
y a los hambrientos los colmó de bienes. 

Yacían en oscuridad y tinieblas, 
cautivos de hierros y miserias; 
por haberse rebelado contra los mandamientos, 
despreciando el plan del Altísimo. 
El humillo su corazón con trabajos, 
sucumbían y nadie los socorría. 
Pero gritaron al Señor en su angustia, 
y los arrancó de la tribulación. 

Los sacó de las sombrías tinieblas, 
arrancó sus cadenas. 
Den gracias al Señor por su misericordia, 
por las maravillas que hace con los hombres. 
Destrozó las puertas de bronce, 
quebró los cerrojos de hierro. 

Estaban enfermos por sus maldades, 
por sus culpas eran afligidos; 
aborrecían todos los manjares, 
y ya tocaban las puertas de la muerte. 
Pero gritaron al Señor en su angustia, 
y los arrancó de la tribulación. 

Envió su palabra para curarlos, 
para salvarlos de la perdición. 
Den gracias al Señor por su misericordia, 
por las maravillas que hace con los hombres. 
Ofrézcanle sacrificios de alabanza, 
y cuenten con entusiasmo sus acciones. 

Entraron en naves por el mar, 
comerciando por las aguas inmensas. 
Contemplaron las obras de Dios, 
sus maravillas en el océano. 

El habló y levantó un viento tormentoso, 
que alzaba las olas a lo alto: 
subían al cielo, bajaban al abismo, 
el estómago revuelto por el mareo, 
rodaban, se tambaleaban como borrachos, 
y no les valía su pericia. 
Pero gritaron al Señor en su angustia, 
y los arrancó de la tribulación. 

Apaciguó la tormenta en suave brisa, 
y enmudecieron las olas del mar. 
Se alegraron de aquella bonanza, 
y él los condujo al ansiado puerto. 
Den gracias al Señor por su misericordia, 
por las maravillas que hace con los hombres. 

Aclámenlo en la asamblea del pueblo, 
alábenlo en el consejo de los ancianos. 

El transformará los ríos en desierto, 
los manantiales de agua en aridez; 
la tierra fértil en marismas, 
por la depravación de sus habitantes. 

Transforma el desierto en estanques, 
el erial en manantiales de agua. 
Coloca allí a los hambrientos, 
y fundan una ciudad para habitar. 

Siembran campos, plantan huertos, 
recogen cosechas. 
Los bendice, y se multiplican, 
y no les escatima el ganado. 

Si menguan, abatidos por el peso 
de infortunios y desgracias, 
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes 
y los descarría por una soledad sin caminos 
levanta a los pobres de la miseria 
y multiplica sus familias como rebaños. 

Los rectos lo ven y se alegran, 
a la maldad se le tapa la boca. 
El que sea sabio, que recoja estos hechos 
y comprenda la misericordia del Señor.

4 jun. 2018

Santo Evangelio 4 de junio 2018



Día litúrgico: Lunes IX del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mc 12,1-12): En aquel tiempo, Jesús comenzó a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó. 

»Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: ‘Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia’. Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña. 

»¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura: ‘La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?’».

Trataban de detenerle —pero tuvieron miedo a la gente— porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.


«Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña»

Fr. Alphonse DIAZ 
(Nairobi, Kenia)

Hoy, el Señor nos invita a pasear por su viña: «Un hombre plantó una viña (...) y la arrendó a unos labradores» (Mc 12,1). Todos somos arrendatarios de esa viña. La viña es nuestro propio espíritu, la Iglesia y el mundo entero. Dios quiere frutos de nosotros. Primero, nuestra santidad personal; luego, un constante apostolado entre nuestros amigos, a quienes nuestro ejemplo y nuestra palabra les anime a acercarse cada día más a Cristo; finalmente, el mundo, que se convertirá en un mejor sitio para vivir, si santificamos nuestro trabajo profesional, nuestras relaciones sociales y nuestro deber hacia el bien común. 

¿Qué clase de arrendatarios somos? ¿De los que trabajan duro, o de los que se irritan cuando el dueño envía a sus siervos a cobrarnos el alquiler? Podemos oponernos a los que tienen la responsabilidad de ayudarnos a proporcionar los frutos que Dios espera de nosotros. Podemos poner objeciones a las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia y del Papa, los obispos, o quizás, más modestamente, de nuestros padres, nuestro director espiritual, o de aquel buen amigo que está tratando de ayudarnos. Podemos, incluso, volvernos agresivos, y tratar de herirles o, hasta “matarlos” mediante nuestra crítica y comentarios negativos. Deberíamos examinarnos a nosotros mismos acerca de los motivos reales de dicha postura. Quizás necesitamos un conocimiento más profundo de nuestra fe; quizás debemos aprender a conocernos mejor, a efectuar un mejor examen de conciencia, para poder descubrir las razones por las que no queremos producir frutos. 

Pidamos a Nuestra Madre María su ayuda para que podamos trabajar con amor, bajo la guía del Papa. Todos podemos ser “buenos pastores” y “pescadores” de hombres. «Entonces, vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así este valle de lágrimas se transformará en jardín de Dios» (Benedicto XVI). Nosotros podríamos acercar a Jesucristo nuestro espíritu, el de nuestros amigos, o el del mundo entero, si tan sólo leyéramos y meditáramos las enseñanzas del Santo Padre, y tratásemos de ponerlas en práctica.

Salmo 105 Bondad de Dios e infidelidad del pueblo

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Salmo 105

Bondad de Dios e infidelidad del pueblo


Dad gracias al Señor porque es bueno, 
porque es eterna su misericordia. 

¿Quién podrá contar las hazañas de Dios, 
pregonar toda su alabanza? 
Dichosos los que respeten el derecho 
y practican siempre la justicia. 

Acuérdate de mí por amor a tu pueblo, 
visítame con tu salvación: 
para que vea la dicha de tus escogidos, 
y me alegre con la alegría de tu pueblo, 
y me gloríe con tu heredad. 

Hemos pecado con nuestros padres, 
hemos cometido maldades e iniquidades. 
Nuestros padres en Egipto 
no comprendieron tus maravillas; 

no se acordaron de tu abundante misericordia, 
se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo, 
pero Dios los salvó por amor de su nombre, 
para manifestar su poder. 

Increpó al mar Rojo, y se secó, 
los condujo por el abismo como por tierra firme; 
los salvó de la mano del adversario, 
los rescató del puño del enemigo; 

las aguas cubrieron a los atacantes, 
y ni uno sólo se salvó: 
entonces creyeron sus palabras, 
cantaron su alabanza. 

Bien pronto olvidaron sus obras, 
y no se fiaron de sus planes: 
ardían de avidez en el desierto 
y tentaron a Dios en la estepa. 
El les concedió lo que pedían, 
pero les mandó un cólico por su gula. 

Envidiaron a Moisés en el campamento, 
y a Aarón, el consagrado al Señor: 
se abrió la tierra y se tragó a Datán, 
se cerro sobre Abirón y sus secuaces; 
un fuego abrasó a su banda, 
una llama consumió a los malvados. 

En Horeb se hicieron un becerro, 
adoraron un ídolo de fundición; 
cambiaron su gloria por la imagen 
de un toro que come hierba. 

Se olvidaron de Dios, su salvador, 
que había hecho prodigios en Egipto, 
maravillas en el país de Cam, 
portentos junto al mar Rojo. 

Dios hablaba ya de aniquilarlos; 
pero Moisés, su elegido, 
se puso en la brecha frente a El, 
para apartar su cólera del exterminio. 

Despreciaron una tierra envidiable, 
no creyeron en su palabra; 
murmuraban en las tiendas, 
no escucharon la voz del Señor. 

El alzó la mano y juró 
que los haría morir en el desierto, 
que dispersaría su estirpe por las naciones 
y los aventaría por los países. 

Se acoplaron con Baal Fegor, 
comieron de los sacrificios a dioses muertos; 
provocaron a Dios con sus perversiones, 
y los asaltó una plaga; 

pero Finés se levantó e hizo justicia, 
y la plaga cesó; 
y se le apuntó a su favor 
por generación sin término. 

Lo irritaron junto a las aguas de Meribá, 
Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos; 
le habían amargado el alma, 
y desvariaron sus labios. 

No exterminaron a los pueblos 
que el Señor les había mandado; 
emparentaron con los gentiles, 
imitaron sus costumbres; 

adoraron sus ídolos 
y cayeron en sus lazos; 
inmolaron a los demonios 
sus hijos y sus hijas; 

derramaron la sangre inocente 
y profanaron la tierra ensangrentándola; 
se marcharon con sus acciones 
y se prostituyeron con sus maldades. 

La ira del Señor se encendió contra su pueblo, 
y aborreció su heredad; 
los entregó en manos de gentiles, 
y sus adversarios los sometieron; 
sus enemigos los tiranizaban 
y los doblegaron bajo su poder. 

Cuántas veces los libró; 
más ellos, obstinados en su actitud, 
perecían por sus culpas; 
pero él miró su angustia, 
y escuchó sus gritos. 

Recordando su pacto con ellos, 
se arrepintió con inmensa misericordia; 
hizo que movieran a compasión 
a los que habían deportado. 

Sálvanos, Señor, Dios nuestro, 
reúnenos de entre los gentiles: 
daremos gracias a su santo nombre, 
y alabarte será nuestra gloria. 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, 
desde siempre y por siempre. 
Y todo el pueblo diga: 
¡Amén! 

3 jun. 2018

Santo Evangelio 3 de junio 2018



Día litúrgico: Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (B) (Segundo domingo después 
de Pentecostés)

Texto del Evangelio (Mc 14,12-16.22-26): El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?». Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: ‘El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?’. Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros». Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. 

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, éste es mi cuerpo». Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios». 

Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.


«Éste es mi cuerpo. Ésta es mi sangre»

Mons. Josep Àngel SAIZ i Meneses Obispo de Terrassa 
(Barcelona, España)

Hoy, celebramos solemnemente la presencia eucarística de Cristo entre nosotros, el “don por excelencia”: «Éste es mi cuerpo (...). Ésta es mi sangre» (Mc 14,22.24). Dispongámonos a suscitar en nuestra alma el “asombro eucarístico” (San Juan Pablo II).

El pueblo judío en su cena pascual conmemoraba la historia de la salvación, las maravillas de Dios para con su pueblo, especialmente la liberación de la esclavitud de Egipto. En esta conmemoración, cada familia comía el cordero pascual. Jesucristo se convierte en el nuevo y definitivo cordero pascual sacrificado en la cruz y comido en Pan Eucarístico. 

La Eucaristía es sacrificio: es el sacrificio del cuerpo inmolado de Cristo y de su sangre derramada por todos nosotros. En la Última Cena esto se anticipó. A lo largo de la historia se irá actualizando en cada Eucaristía. En Ella tenemos el alimento: es el nuevo alimento que da vida y fuerza al cristiano mientras camina hacia el Padre.

La Eucaristía es presencia de Cristo entre nosotros. Cristo resucitado y glorioso permanece entre nosotros de una manera misteriosa, pero real en la Eucaristía. Esta presencia implica una actitud de adoración por nuestra parte y una actitud de comunión personal con Él. La presencia eucarística nos garantiza que Él permanece entre nosotros y opera la obra de la salvación.

La Eucaristía es misterio de fe. Es el centro y la clave de la vida de la Iglesia. Es la fuente y raíz de la existencia cristiana. Sin vivencia eucarística la fe cristiana se reduciría a una filosofía.

Jesús nos da el mandamiento del amor de caridad en la institución de la Eucaristía. No se trata de la última recomendación del amigo que marcha lejos o del padre que ve cercana la muerte. Es la afirmación del dinamismo que Él pone en nosotros. Por el Bautismo comenzamos una vida nueva, que es alimentada por la Eucaristía. El dinamismo de esta vida lleva a amar a los otros, y es un dinamismo en crecimiento hasta dar la vida: en esto notarán que somos cristianos.

Cristo nos ama porque recibe la vida del Padre. Nosotros amaremos recibiendo del Padre la vida, especialmente a través del alimento eucarístico.

La Cena nupcial del Señor

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LA CENA NUPCIAL DEL SEÑOR

Por Antonio García-Moreno

1.- LA SANGRE DE LA ALIANZA.- Los ritos ancestrales de la Pascua judía hunden sus raíces en ritos aún más antiguos, aunque adquieren un sentido nuevo y prefiguran al mismo tiempo el sacrificio por excelencia, el sacrificio definitivo, el sacrificio de Cristo. La sangre ha sido siempre un elemento que ha estremecido al hombre, al mismo tiempo que ha visto en ella una fuerza misteriosa.

Al relacionarla con la alianza se pone el acento en la unidad. En cierto modo es una realidad que también hoy está en vigor. Y así se dice que los hermanos tienen la misma sangre, o se establece una especial relación entre quien da su sangre y el que la recibe. Así al participar los pactantes de la misma sangre se establecía entre ellos una estrecha unión.

2.- LA SANGRE DE CRISTO.- El Misterio de la Redención alcanza cotas muy altas en la Eucaristía. Hemos de recordarlo de modo especial hoy, día en que se celebra la gran fiesta del Corpus Christi, en la que los cristianos rendimos adoración al Santísimo Sacramento del altar, le tributamos el culto supremo a Jesús sacramentado. Él quiso derramar su sangre en sacrificio de expiación por nosotros. Antes esta realidad el hagiógrafo exclama: "Si la sangre de los machos cabríos... tienen el poder de consagrar a los profanos, ¡cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo!"... Sangre de Cristo, embriágame.

3.- CRISTO, CORDERO DE DIOS.- Los ázimos es el nombre que recibían los panes preparados sin levadura, para comerlos durante los días de la Pascua. El pan de días anteriores, confeccionados con levadura, tenía que haberse consumido ya o ser destruido, pues se consideraba que la fermentación de la masa ludiada era una especie de impureza, incompatible con la fiesta pascual.

Pero más importante que el pan ázimo era el cordero inmolado en esa fiesta. Se recordaba así la sangre de aquellos corderos con la cual se tiñeron los dinteles de las casas de los hebreos, librándolos así de la muerte...En la nueva fiesta pascual, en la Pascua cristiana, Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como lo recordamos antes de la comunión de su Cuerpo y su Sangre, Alma y Divinidad. En ese momento se nos recuerda, con palabras del Apocalipsis, que estamos invitados a la cena nupcial del Señor.