13 sept. 2014

Santo Evangelio 13 de Septiembre de 2014


Día litúrgico: Sábado XXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,43-49): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

»¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor’, y no hacéis lo que digo? Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa».


Comentario: P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP (San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)
Cada árbol se conoce por su fruto

Hoy, el Señor nos sorprende haciendo “publicidad” de sí mismo. No es mi intención “escandalizar” a nadie con esta afirmación. Es nuestra publicidad terrenal lo que empequeñece a las cosas grandes y sobrenaturales. Es el prometer, por ejemplo, que dentro de unas semanas una persona gruesa pueda perder por lo menos cinco o seis kilos usando un determinado “producto-trampa” (u otras promesas milagrosas por el estilo) lo que nos hace mirar a la publicidad con ojos de sospecha. Mas, cuando uno tiene un “producto” garantizado al cien por cien, y —como el Señor— no vende nada a cambio de dinero sino solamente nos pide que le creamos tomándole como guía y modelo de un preciso estilo de vida, entonces esa “publicidad” no nos ha de sorprender y nos parecerá la más lícita del mundo. ¿No ha sido Jesús el más grande “publicitario” al decir de sí mismo «Yo soy la Vía, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6)?

Hoy afirma que quien «venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica» es prudente, «semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca» (Lc 6,47-48), de modo que obtiene una construcción sólida y firme, capaz de afrontar los golpes del mal tiempo. Si, por el contrario, quien edifica no tiene esa prudencia, acabará por encontrarse ante un montón de piedras derruidas, y si él mismo estaba al interior en el momento del choque de la lluvia fluvial, podrá perder no solamente la casa, sino además su propia vida.

Pero no basta acercarse a Jesús, sino que es necesario escuchar con la máxima atención sus enseñanzas y, sobre todo, ponerlas en práctica, porque incluso el curioso se le acerca, y también el hereje, el estudioso de historia o de filología... Pero será solamente acercándonos, escuchando y, sobre todo, practicando la doctrina de Jesús como levantaremos el edificio de la santidad cristiana, para ejemplo de fieles peregrinos y para gloria de la Iglesia celestial.

San Juan Crisostomo 13 de septiembre

 San Juan Crisostomo
13 de septiembre


Chrisostomos “boca dorada” llamado así debido a su elocuencia. Nació en Antioquía, cerca del año 347; murió en Comana en Ponto el 14 de septiembre de 407.

Antioquía era la segunda ciudad de la parte oriental del Imperio Romano. Durante todo el siglo IV disputas religiosas perturbaron al imperio y encontraron su eco en Antioquia.

Su padre, Segundo, era un oficial de alto rango en el ejército sirio. Murió poco después del nacimiento de Juan, y Antusa, su mujer, de solamente veinte años de edad, se hizo cargo sola de sus dos hijos, Juan y una hermana mayor.

Afortunadamente era una mujer de inteligencia y carácter. No sólo instruyó a su hijo en la piedad, sino que además lo envió a las mejores escuelas de Antioquía, aún cuando se pudieran hacer sobre ellas muchas objeciones con relación a moral y religión.

Además de las clases de Andragatio, un filósofo no conocido en otra parte, Crisóstomo fue alumno de Libanio, al mismo tiempo el más famoso orador de ese período y el más tenaz adherente al paganismo declinante de Roma. Como podemos observar en posteriores escritos de Crisóstomo, obtuvo en ese momento una considerable erudición griega y cultura clásica, que de ningún modo repudió en sus días posteriores.

Lector y Monje

Fue un punto crucial muy decisivo en la vida de Crisóstomo el día que conoció al obispo Melecio (alrededor de 367). El carácter sincero, gentil y encantador de este hombre cautivó a Crisóstomo de tal manera que pronto comenzó a apartarse de los estudios clásicos y profanos y a dedicarse a una vida religiosa y ascética. Estudió las Sagradas Escrituras y frecuentó los sermones de Melecio. Alrededor de tres años después recibió el Santo Bautismo y fue ordenado lector. Pero el joven clérigo, atraído por el deseo de una vida más perfecta, poco después entró en una de las sociedades ascéticas cerca de Antioquía, la que estaba bajo la dirección espiritual de Carterio y especialmente del famoso Diodoro, más tarde obispo de Tarso. La oración, el trabajo manual y el estudio de las Santas Escrituras eran sus principales ocupaciones, y podemos muy bien suponer que sus primeros trabajos literarios datan de aquella época, ya que prácticamente todos sus primeros escritos tratan temas de ascetismo y monaquismo. Cuatro años después, Crisóstomo decidió vivir como anacoreta en una de las cuevas cercanas a Antioquía. Permaneció allí dos años, pero como su salud estaba bastante deteriorada por indiscretas vigilias y ayunos en heladas y frío, prudentemente regresó a Antioquia para recuperar su salud, y reasumió su oficio de lector en la Iglesia.

Diácono y Sacerdote en Antioquia

Como las fuentes sobre Crisóstomo dan una cronología incompleta de su vida, no podemos sino determinar aproximadamente las fechas para este período Antíoco. Muy probablemente a comienzos de 381 Melecio lo ordenó diácono, antes de su propia partida hacia Constantinopla, donde murió como presidente del Segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla. El sucesor de Melecio fue San Flaviano. Lazos de simpatía y amistad ligaban a Crisóstomo con su nuevo obispo. Como diácono tuvo que asistir en las funciones litúrgicas, cuidar a enfermos y pobres, y probablemente fue encargado en alguna medida de enseñar a los catecúmenos. Al mismo tiempo continuó con su trabajo literario En el año 386 Crisóstomo fue ordenado sacerdote por San Flaviano, y desde allí data su real importancia en la historia eclesiástica.

Su principal tarea durante los siguientes doce años fue la de predicar, lo que debía ejecutar con el Obispo Flaviano, o en lugar del mismo. Pero no hay dudas que gran parte de la instrucción religiosa popular y la educación recayeron sobre él.

Obispo de Constantinopla

En el curso ordinario de las cosas Crisóstomo debió haberse convertido en el sucesor de Flaviano en Antioquia. Pero el 27 de septiembre de 397, muere Nectario, Obispo de Constantinopla. De esta repentina manera Crisóstomo fue urgido hacia la capital, y ordenado Obispo de Constantinopla el 26 de Febrero de 398. El primer acto del nuevo Obispo fue provocar la reconciliación entre Flaviano y Roma. La misma Constantinopla comenzó pronto a sentir el impulso de una nueva vida eclesiástica.

Cuando ellos habían escasamente dejado Constantinopla, una inmensa conflagración destruyó la catedral, el senado y otros edificios. Los seguidores del obispo exiliado fueron acusado del crimen y perseguidos.

Apresuradamente Arsacio, un anciano, fue designado sucesor de Crisóstomo, pero fue pronto sucedido por el astuto Ático. Quienquiera que rehusara entrar en comunión con ellos era castigado con la confiscación de su propiedad y el exilio. En cuanto a Crisóstomo, fue conducido Cucuso, un aislado y escabroso lugar en la frontera este de Armenia, continuamente expuesto a las invasiones de los isáuricos. En el siguiente año tuvo hasta que huir por cierto tiempo al castillo de Arabiso para protegerse de esos bárbaros. Mientras tanto siempre mantenía correspondencia con sus amigos y nunca abandonó la esperanza de regresar. Cuando las circunstancias de esta deposición fueron conocidas en el Occidente, el Papa y los obispos italianos se declararon en su favor. El emperador Honorio y el Papa Inocencio I intentaron convocar un nuevo sínodo, pero sus delegados fueron apresados y enviados a casa. El Papa rompió toda comunión con los patriarcas de Alejandría, Antioquia (donde un enemigo de Crisóstomo había sucedido a Flaviano), y Constantinopla, hasta que (después de la muerte de Crisóstomo) consintieron admitir su nombre en los dípticos de la Iglesia. Finalmente todas las esperanzas para el exiliado obispo se desvanecieron. Aparentemente el estaba viviendo demasiado para sus adversarios. En el verano de 407 se dio la orden de llevarlo a Pithyo, un lugar en la frontera extrema del imperio, cerca del Cáucaso. Uno de los dos soldado que tuvo que llevarlo le causó todo tipo de sufrimientos posibles. Fue forzado ha hacer largas marchas, fue expuesto a los rayos del sol, a las lluvias y el frío de las noches. Su cuerpo, ya debilitado por varias enfermedades severas, finalmente se quebró. El 14 de septiembre la partida estaba en Comana en Ponto. En la mañana Crisóstomo había pedido descansar allí considerando el estado de su salud. En vano; fue forzado a continuar su marcha. Muy pronto se sintió tan débil que tuvieron que volver a Comana. Algunas horas después Crisóstomo murió.

Importancia teológica

Como Orador

El éxito de Crisóstomo predicando se debe principalmente a su gran facilidad natural de palabra, la que era extraordinaria aún para los griegos, a la abundancia de sus pensamientos como así también a la popular forma de presentarlos y de ilustrarlos, y, por último pero no menos importante, la sinceridad de todo corazón y la convicción con el que entregaba el mensaje el cual sentía le había sido entregado a él. Las explicaciones especulativas no atraían su mente, ni se hubieran adecuado a los gustos de sus oyentes. Ordinariamente prefería materias morales y muy pocas veces seguía en sus sermones un plan regular, ni tampoco se cuidaba de evitar digresiones cuando cualquier oportunidad la sugería. De este modo, no es de ninguna manera modelo para nuestra moderna prédica temática, la cual, aunque podamos lamentarlo, ha suplantado en tan gran medida al viejo método homilético. Pero los frecuentes arrebatos de aplausos entre su congregación pueden haberle dicho a Crisóstomo que estaba en la senda correcta.

Como exégeta

Como exégeta Crisóstomo es de la mayor importancia, ya que es el principal y casi el único exitoso representante de los principios exegéticos de la Escuela de Antioquía. Diodoro de Tarso lo había iniciado en el método gramático-histórico de esa escuela, el que estaba en fuerte oposición a la interpretación excéntrica, alegórica y mística de Orígenes y la Escuela Alejandrina. Pero Crisóstomo correctamente evitó forzar sus principios hasta el extremo al que, más tarde los llevó, su amigo Teodoro de Mopsuestia, el maestro de Nestorio. Él ni siquiera excluyó todas las explicaciones alegóricas o místicas, pero las confino a casos en los cuales el propio autor inspirado sugería este significado.

Como Teólogo Dogmático

Como ya ha sido dicho, Crisóstomo no era una mente especulativa, ni estuvo durante su vida involucrado en grandes controversias dogmáticas. No obstante sería un error menospreciar los grandes tesoros teológicos que esconden sus escritos. Desde los comienzos fue considerado por los griegos y los latinos como un muy importante testigo de la fe. Aún en el Concilio de Éfeso (431) ambos partidos, San Cirilo y los antioquenos, ya lo invocaban en favor de sus opiniones, y en el Séptimo Concilio Ecuménico, cuando un pasaje de Crisóstomo había sido leído en favor de la veneración de imágenes, el Obispo Pedro de Nicomedia exclamó: “Si Juan Crisóstomo habla de ese modo de las imágenes, ¿quién se atrevería a hablar contra ellas?” lo que muestra claramente el progreso que había hecho su autoridad para esa fecha.

Fuente: http://ec.aciprensa.com

Recursos sobre San Juan Crisóstomo:

Oración a San Juan Crisóstomo
Oración de San Juan Crisóstomo a la Eucaristía
San Juan Crisóstomo (Enciclopedia Católica)

12 sept. 2014

Santo Evangelio 12 de Septiembre de 2014

Día litúrgico: Viernes XXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,39-42): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano».


Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro

Hoy, las palabras del Evangelio nos hacen reflexionar sobre la importancia del ejemplo y de procurar para los otros una vida ejemplar. En efecto, el dicho popular dice que «“Fray Ejemplo” es el mejor predicador», u otro que afirma que «más vale una imagen que mil palabras». No olvidemos que, en el cristianismo, todos —¡sin excepción!— somos guías, ya que el Bautismo nos confiere una participación en el sacerdocio (mediación salvadora) de Cristo: en efecto, todos los bautizados hemos recibido el sacerdocio bautismal. Y todo sacerdocio, además de las misiones de santificar y de enseñar a los demás, incorpora también el munus —la función— de regir o dirigir.

Sí, todos —queramos o no— con nuestra conducta tenemos la oportunidad de llegar a ser un modelo estimulante para aquellos que nos rodean. Pensemos, por ejemplo, en la ascendencia que unos padres tienen sobre sus hijos, los profesores sobre los alumnos, las autoridades sobre los ciudadanos, etc. El cristiano, sin embargo, debe tener una conciencia particularmente viva acerca de todo esto. Pero..., «¿podrá un ciego guiar a otro ciego?» (Lc 6,39).

Para nosotros, cristianos, es como una llamada de atención aquello que los judíos y las primeras generaciones de cristianos decían de Jesucristo: «Todo lo ha hecho bien» (Mc 7,37); «El Señor comenzó a hacer y enseñar» (Hch 1,1).

Debemos procurar traducir en obras aquello que creemos y profesamos de palabra. En una ocasión, el Papa Benedicto XVI, cuando todavía era el Cardenal Ratzinger, afirmaba que «el peligro más amenazador son los cristianismos adaptados», es decir, el caso de aquellas personas que de palabra se profesan católicas pero que, en la práctica, con su conducta, no manifiestan el “radicalismo” propio del Evangelio.

Ser radicales no equivale a fanáticos (ya que la caridad es paciente y tolerante) ni a exagerados (pues en cuestiones de amor no es posible exagerar). Como ha afirmado Juan Pablo II, «el Señor crucificado es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre»: no se trata ni de un fanático ni de un exagerado. Pero sí que es radical, tanto que nos hace decir con el centurión que asistió a su muerte: «Verdaderamente este hombre era justo» (Lc 23,47).

Fiesta del Santo Nombre de María 12 de Septiembre

Fiesta del Santo Nombre de María
12 de Septiembre

El hecho de que la Santísima Virgen lleve el nombre de María es el motivo de esta festividad, instituida con el objeto de que los fieles encomienden a Dios, a través de la intercesión de la Santa Madre, las necesidades de la iglesia, le den gracias por su omnipotente protección y sus innumerables beneficios, en especial los que reciben por las gracias y la mediación de la Virgen María. Por primera vez, se autorizó la celebración de esta fiesta en 1513, en la ciudad española de Cuenca; desde ahí se extendió por toda España y en 1683, el Papa Inocencio XI la admitió en la iglesia de occidente como una acción de gracias por el levantamiento del sitio a Viena y la derrota de los turcos por las fuerzas de Juan Sobieski, rey de Polonia.

Esta conmemoración es probablemente algo más antigua que el año 1513, aunque no se tienen pruebas concretas sobre ello. Todo lo que podemos decir es que la gran devoción al Santo Nombre de Jesús, que se debe en parte a las predicaciones de San Bernardino de Siena, abrió naturalmente el camino para una conmemoración similar del Santo Nombre de María.

Oración para invocar el nombre de María

¡Madre de Dios y Madre mía María! Yo no soy digno de pronunciar tu nombre; pero tú que deseas y quieres mi salvación, me has de otorgar, aunque mi lengua no es pura, que pueda llamar en mi socorro tu santo y poderoso nombre, que es ayuda en la vida y salvación al morir. ¡Dulce Madre, María! haz que tu nombre, de hoy en adelante, sea la respiración de mi vida. No tardes, Señora, en auxiliarme cada vez que te llame. Pues en cada tentación que me combata, y en cualquier necesidad que experimente, quiero llamarte sin cesar; ¡María! Así espero hacerlo en la vida, y así, sobre todo, en la última hora, para alabar, siempre en el cielo tu nombre amado: “¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!” ¡Qué aliento, dulzura y confianza, qué ternura siento con sólo nombrarte y pensar en ti! Doy gracias a nuestro Señor y Dios, que nos ha dado para nuestro bien, este nombre tan dulce, tan amable y poderoso. Señora, no me contento con sólo pronunciar tu nombre; quiero que tu amor me recuerde que debo llamarte a cada instante; y que pueda exclamar con san Anselmo: “¡Oh nombre de la Madre de Dios, tú eres el amor mío!” Amada María y amado Jesús mío, que vivan siempre en mi corazón y en el de todos, vuestros nombres salvadores. Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre, para acordarme sólo y siempre, de invocar vuestros nombres adorados. Jesús, Redentor mío, y Madre mía María, cuando llegue la hora de dejar esta vida, concédeme entonces la gracia de deciros: “Os amo, Jesús y María; Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía”.

11 sept. 2014

Santo Evangelio 11 de Septiembre de 2014

Día litúrgico: Jueves XXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,27-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos. 

»Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».


Comentario: Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta (Badalona, Barcelona, España)
Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo

Hoy, en el Evangelio, el Señor nos pide por dos veces que amemos a los enemigos. Y seguidamente da tres concreciones positivas de este mandato: haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Es un mandato que parece difícil de cumplir: ¿cómo podemos amar a quienes no nos aman? Es más, ¿cómo podemos amar a quienes sabemos cierto que nos quieren mal? Llegar a amar de este modo es un don de Dios, pero es preciso que estemos abiertos a él. Bien mirado, amar a los enemigos es lo más sabio humanamente hablando: el enemigo amado se verá desarmado; amarlo puede ser la condición de posibilidad para que deje de ser enemigo. En la misma línea, Jesús continúa diciendo: «Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra» (Lc 6,29). Podría parecer un exceso de mansedumbre. Ahora bien, ¿qué hizo Jesús al ser abofeteado en su pasión? Ciertamente no contraatacó, pero respondió con una firmeza tal, llena de caridad, que debió hacer reflexionar a aquel siervo airado: «Si he hablado mal, di en qué, pero si he hablado como es debido, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,22-23).

En todas las religiones hay una máxima de oro: «No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti». Jesús es el único que la formula en positivo: «Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente» (Lc 6,31). Esta regla de oro es el fundamento de toda la moral. Comentando este versículo, nos alecciona san Juan Crisóstomo: «Todavía hay más, porque Jesús no dijo únicamente: ‘desead todo bien para los demás’, sino ‘haced el bien a los demás’»; por eso, la máxima de oro propuesta por Jesús no se puede quedar en un mero deseo, sino que debe traducirse en obras.

San Emiliano, 11 de Septiembre

San Emiliano
11 de Septiembre

Santo español, nacido en el año 473 en Berceo (La Rioja). Hijo de una familia campesina de origen hispanorromano, siendo en su juventud pastor de ovejas. Decidió dedicarse a la vida contemplativa, por lo que pasó a ser uno de los discípulos del monje Félix, retirado en los montes de Bilibio, cerca de Haro, donde llevó una vida solitaria y penitente. Sujetó a la disciplina monacal, pero encontrándola demasiado holgada, se retiró a la soledad durante cuarenta y cuatro años en los montes Distercio, soportando allí las inclemencias del tiempo y la dureza de condiciones del lugar. 

Su fama de santidad se extendió de tal manera que todos los que estaban en dificultades espirituales acudían a él y fue llamado por el obispo de Tarazona, Dídimo, quien no consintió que tanta virtud se perdiese en la soledad del monte, le ordenó sacerdote y le puso al cargo de la parroquia de Santa Eulalia, en su pueblo natal Berceo. 

El paso por la parroquia resultó un estruendoso fracaso ya que las tareas administrativas no parecían encajar con su carácter y entregaba todas las donaciones propiedad de la parroquia a los necesitados por lo que fue acusado de malversación del dinero parroquial por sus hermanos sacerdotes y reprendido por el obispo, quien lo destituyó del cargo. 

Decide volver a su soledad y se retira al valle de Suso o de arriba, cercano a su pueblo, donde transcurre la última etapa de su vida. En torno al santo va formándose una comunidad de hermanos y hermanas que formarán un oratorio primitivo, sus nombres son: Aselo, Geroncio, Citonato, Sofronio, Oria y Potamia. 

San Millán es visitado, consultado y venerado. Salió al parecer muy poco de su eremitorio. La última salida que hace es para anunciar la destrucción de algunas ciudades de Cantabria. La tradición le atribuye numerosos milagros tanto en vida como después de su muerte, acaecida el 12 de noviembre del 574, con ciento un años, fue enterrado en el suelo del oratorio. Los monjes eligieron otro abad y permanecieron como ermitaños alrededor del sepulcro de San Millán, formando después de la muerte de San Millán el gran Monasterio de San Millán de la Cogolla, en la actualidad declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. 

No dejó nada escrito, y fue hacia el 650 cuando el obispo de Zaragoza, San Braulio escribió Vita Sancti Emiliani, primera biografía de San Millán basándose en los relatos que había escuchado de su hermano Fronimiano, monje en la Cogolla y más tardíamente Gonzalo de Berceo escribió la Historia del Señor San Millán.

10 sept. 2014

Santo Evangelio 10 de Septiembre de 2014

Día litúrgico: Miércoles XXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,20-26): En aquel tiempo, Jesús alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. 

»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».


Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Bienaventurados los pobres. (...) ¡Ay de vosotros los ricos!

Hoy, Jesús señala dónde está la verdadera felicidad. En la versión de Lucas, las bienaventuranzas vienen acompañadas por unos lamentos que se duelen por aquellos que no aceptan el mensaje de salvación, sino que se encierran en una vida autosuficiente y egoísta. Con las bienaventuranzas y los lamentos, Jesús hace una aplicación de la doctrina de los dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte. No hay una tercera posibilidad neutra: quién no va hacia la vida se encamina hacia la muerte; quién no sigue la luz, vive en las tinieblas.

«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios» (Lc 6,20). Esta bienaventuranza es la base de todas las demás, pues quien es pobre será capaz de recibir el Reino de Dios como un don. Quien es pobre se dará cuenta de qué cosas ha de tener hambre y sed: no de bienes materiales, sino de la Palabra de Dios; no de poder, sino de justicia y amor. Quien es pobre podrá llorar ante el sufrimiento del mundo. Quien es pobre sabrá que toda su riqueza es Dios y que, por eso, será incomprendido y perseguido por el mundo.

«Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo» (Lc 6,24). Esta lamentación es también el fundamento de todas las que siguen, pues quien es rico y autosuficiente, quien no sabe poner sus riquezas al servicio de los demás, se encierra en su egoísmo y obra él mismo su desgracia. Que Dios nos libre del afán de riquezas, de ir detrás de las promesas del mundo y de poner nuestro corazón en los bienes materiales; que Dios no permita que nos veamos satisfechos ante las alabanzas y adulaciones humanas, ya que eso significaría haber puesto el corazón en la gloria del mundo y no en la de Jesucristo. Nos será provechoso recordar lo que nos dice san Basilio: «Quien ama al prójimo como a sí mismo no acumula cosas innecesarias que puedan ser indispensables para otros».

San Nicolas de Tolentino, 10 de Septiembre


10 de Septiembre

SAN NICOLÁS DE TOLENTINO

(† 1305)


 En la semblanza literaria de San Nicolás de Tolentino han influido las dos corrientes espirituales que dieron fisonomía a la Orden agustiniana, de que fue miembro la eremítica y la apostólica.

 Muchos panegiristas le pintan como puro contemplativo, terrible flagelador de la carne, sin gurruminerías con la naturaleza lapsa, como amigo de la soledad al escucho de las palabras interiores. Con todo, los testigos más antiguos, es decir, los que hablan en su proceso de canonización, descubierto modernamente, nos dan un santo más humano y social, en diálogo vivo con el mundo de las almas. No hay que decir que nuestras simpatías se van por esta estampa hagiográfica, más acorde con nuestra sensibilidad moderna y la historia. Nos place saber que San Nicolás se tomaba tres vasitos de vino muchos días, aunque desvirtuándolo con un poco de agua. Y más que el enfermo inflexible, que para no romper su propósito de abstinencia de carne, contra la prescripción del médico y el mandato del superior, con una bendición hizo volar del plato la perdiz asada que le presentaron, nos atrae el religioso dócil, que gusta un trocito del ave, y el resto lo pasa a otros enfermos del convento.

 La Marca de Ancona, bella región de Italia, asomada al Adriático y oreada con las bendiciones de la Virgen de Loreto, conserva las huellas de la existencia terrena de nuestro Santo. En Castel Santángelo, dos cónyuges, Compañón y Amada, aureoladas en el citado proceso con alabanzas de vida muy ejemplar, lamentaban el vacío de su hogar. "Sábete, Berardo, que mi padre y madre no eran personas de prestigio ni ricas. Pero deseaban tener prole." Esta confidencia hizo el mismo Santo al amigo que declaró en el proceso. E invocaban con ardor al gran taumaturgo, muy venerado en la región, a cuya tumba peregrinaron juntos: San Nicolás de Bari. "Si nos das un varón, lo haremos religioso: si nos das una hija, ella será monja." Y vino el varón de los deseos, y el hijo del milagro, a quien pusieron el nombre de su bienhechor. La nueva criatura fue el ángel del hogar. "Yo conocí a fray Nicolás durante doce años, y cuando estaba junto a él me parecía un ángel", declara una testigo, por nombre Giovannina.

 Aunque nos atraen mucho los santos humanos, no se puede negar la existencia de criaturas muy angelicales, como el niño Nicolás. Su primer biógrafo, fray Pedro de Monterubiano, que le conoció en vida, nos conserva esta noticia: "Yo mismo he oído al enfermero que le asistía lo siguiente: Un día nuestra conversación recayó sobre la inocencia de los niños y fray Nicolás me dijo: Hermano mío, la inocencia, de que hablarnos, se pierde con los años. En verdad, yo que soy un pecador, a quien tú bien conoces, en aquella inocente edad, asistiendo al sacrificio de la misa, veía con estos mis ojos un Niño todo vestido de blanco, lleno de resplandor, que a la elevación de la hostia me decía: Los inocentes y los buenos me son muy queridos. Con los años, quedé privado de aquella visión". Podemos pues hablar de la belleza angelical de la niñez de Nicolás. Y aunque se ocultó el Niño blanco de la Eucaristía, no perdió el ampo de su candor. Por eso a los diez o doce años, oyendo predicar a fray Reginaldo de Monterubiano, sintióse atraído por el hábito y la vida de los hijos de San Agustín.

 Después de cinco años, preparación literaria y moral, hizo probablemente el noviciado en el convento de San Ginés, y al año siguiente la profesión. El estudio, el coro, el trabajo manual eran las ocupaciones ordinarias de los frailes de aquel tiempo. Sobre sus aptitudes mentales nada dicen los testigos del proceso. Mencionan su diligencia: "No perdía un momento de tiempo", asegura un testigo. Los mandatos de los superiores los acogía con esta frase: Libenter faciam: lo haré con gusto. Se hacen lenguas de la mortificación y abstinencia de la mesa, donde prefería los alimentos vegetales. En los conventos de San Ginés, de Cingoli y de Tolentino hizo, seguramente, los estudios, y al fin recibió las órdenes sagradas de manos del obispo de Osimo, tal vez en el año 1269.

 En los seis primeros años de su sacerdocio fue conventual en Valmanente, Recanati, Montegiorgio, Plaiolino, Treia, Montolmo y Fermo. Tal vez sus buenas prendas de predicador fueron la causa de sus viajes y cambios, según opina el padre Concetti. Estando en Valmanente tuvo una visión que da particular color a su fisonomía espiritual. Una noche le despertaron las voces lastimeras de un alma del purgatorio: la de su pariente fray Peregrino de Osimo. "Te pido por favor que celebres la misa de difuntos para que me vea libre de las penas que padezco." Excusóse fray Nicolás, por ser a la sazón hebdomadario, encargado de la misa conventual, que debe celebrarse según el rito de cada día.

 Y entonces fray Peregrino le invitó a dirigir la mirada a la gran llanura que daba a la ciudad de Pésaro, toda ella rebosante de almas en pena que le pedían misericordia. Fray Nicolás tuvo lástima de aquellas pobres almas, y obtenido el conveniente permiso, celebró un septenario de Misas por los difuntos, añadiendo grandes penitencias y ayunos en sufragio de las ánimas. Al séptimo día, con nueva aparición, fray Peregrino le alegró con la gran noticia: él y toda la multitud paciente, que había visto, gozaban de la eterna gloria. Tal es el origen del septenario de misas de San Nicolás aprobado por la Santa Sede, en sufragio de las ánimas del purgatorio.

 Sin duda la celebración del sacrificio del altar fue el centro espiritual de fray Nicolás. El padre Natimbene declaró con juramento: "Estuviese enfermo o sano, fray Nicolás todos los días celebraba la misa, a no ser que una extraña debilidad le imposibilitase a tenerse en pie. Antes de celebrarla, solía confesarse siempre y en la misa derramaba lágrimas. Lo vi yo y muchísimas veces estuve presente y con frecuencia se confesaba conmigo". Un testigo seglar dice: "Conocí a fray Nicolás durante diez años antes de su muerte. Cuando iba a oír misa a la iglesia, lo veía entre los frailes con la capucha calada hasta los ojos. Con muy suaves modales decía todos los días misa, y cuando le aquejaba alguna enfermedad, salía al altar apoyado en un bastón. Muchas veces le vi y oí su misa, en la que lloraba".

 En el año 1275, a los treinta años de su edad, se estableció para siempre en Tolentino.

 En el Sumario de los procesos, apurando la esencia de todos los testimonios, se hace el siguiente retrato: Nicolás era puro, modesto, sin ambición, afable, comunicativo, tranquilo, enemigo de la envidia y del escándalo, moderado, recto, sabio, prudente, discreto, despreciador de la avaricia, diligente, atento para sus dependientes, hombre de buen sentido, leal, humilde, cortés, y aunque pálido, de una hermosura angelical, que resplandecía más en contraste con la negrura del hábito, que llevaba con decoro. Era tenido comúnmente como santo y respetado y venerado.

 Dormía sobre una yacija de paja, sirviéndole el manto de cubierta. Tenía en la celda un saquito de habas, sobre el cual solía arrodillarse para orar. Lo guardaba escondido, para que no se lo vieran los frailes, pero no pasó desapercibido a la curiosidad de fray Mancino de Forte, como lo declaró en el proceso. Ayunó con mucho rigor durante su vida, según se lo permitían las enfermedades. Con agua fría desaboraba las legumbres y verduras cocidas.

 Flagelaba su carne con ásperos instrumentos. El doctor Berardo Apillaterra, notario de Tolentino, confiesa: "Cuando lavaron su cadáver, yo me hallaba presente. Y le vi en la espalda unas manchas lívidas, y preguntando a los frailes la causa del fenómeno, me dijeron que eran efecto de las flagelaciones". Iba modestamente por la calle, con la capucha calada, de modo que era difícil verle bien el rostro.

  Fray Nicolás fue predicador de mucha reputación y guía de almas muy estimado. Conocía a fray Nicolás —dice Aldisia Giacomucci, devota suya— más de diez años. Era sumamente atrayente para los penitentes, a quienes instruía y daba consejos para evitar los pecados, ofreciéndose a hacer penitencia por ellos. Lo sé esto porque muchas veces me confesé con él, y me lo han contado las personas vecinas que también le confesaban sus pecados." Nina Jocarelli, otra penitente suya, declara también: "Con frecuencia me confesé con fray Nicolás. Por lo que yo podía comprender, me parecía un santo, de muy buenos modales, humilde y cortés. Siempre que me confesaba con él y recibía su bendición, volvía a casa llena de consuelo, y me parecía haber recobrado la agilidad de un pájaro". Imponía ligeras penitencias, porque él mismo se ofrecía a satisfacer por los penitentes. Por eso, según atestigua fray Ventura, "comúnmente los hombres y mujeres de Tolentino, así como los forasteros, corrían al confesonario de fray Nicolás, así como él era llamado particularmente al lecho de los moribundos". Según testimonio de otra devota, toda la población de Tolentino se confesaba con el, porque le tenían por un santo.

 También alimentó mucho al pueblo con la doctrina evangélica, porque fray Nicolás fue predicador. Mas toda su vida era una predicación ejemplar. Como colector de limosna, llegaba a todas las casas el buen olor de su vida.

 "Cuando yo era fraile menor, dice el padre Pedro, obispo de Macerata, muchas veces vi a fray Nicolás pidiendo pan por las calles de Tolentino. Iba bajito y humilde. Su colecta era copiosa y con ella proveía también a muchos pobres de la ciudad. A los más indigentes iban sus mejores atenciones y socorros.

 Ya se puede conjeturar que la vida de oración sostuvo a este gran contemplativo en sus muchos trabajos, penitencias, combates de espíritu y enfermedades corporales. Lo mismo que al Cura de Ars, el demonio le maltrató muchísimo, apaleándole y causándole graves heridas, hasta dejarle cojo.

 "Yo mismo le vi aquella herida grande y molesta", dice Nuccio de Rogerio, de la que tuvo en la pierna. Veinte días de cama tuvo que guardar en cierta ocasión, por los malos tratos del demonio. Su enfermero, fray Giovannino, observó lívidos rosetones en la cara, en los brazos y espalda.

 Los últimos cinco años de su vida fueron de mucho trabajo y sufrimiento, si bien no dejó el apostolado. Sus devotos le regalaban pan fresco, y algunos manjares de alivio, pero todo iba a las manos de los pobres. Aun estando mal, un día, apoyado en un bastón y sostenido por un fraile, consoló y curó con una bendición, de su parálisis, a Hugo Corradi de Tolentino. En los postreros días le recreó la visión de la estrella, que se ha hecho emblema de su santidad. Un meteoro luminoso, moviéndose desde Castel Santángelo, iba a posarse en el oratorio donde solía orar y decir la misa, bañando de claridad a Tolentino. Apenas cerraba los ojos, para dormir, volvía a lucir la estrella, anunciando la futura gloria del siervo de Dios y de la ciudad, que vio sus fatigas y heroísmos.

 Ocho días antes de morir le consoló igualmente la vista y contemplación de una imagen de la Virgen, que pidió llevaran a su cuarto.

 El día 10 de septiembre de 1305, a los sesenta años, confortado con la absolución general y el viático, murió santamente, mientras fray Giovannino le repetía al oído el verso del salmo preferido del moribundo: Me ofrezco en sacrificio de alabanza a Vos, Señor.

 Su cuerpo ostentaba las huellas de los malos tratos del demonio. Una devota suya y penitente le lavó los pies y manos y recogió y guardó el agua en una garrafa, donde se conservó limpia y milagrosa por muchos años. Al poco tiempo comenzaron los milagros y romerías a Tolentino, atraídos por el olor del Santo. Fue de mucha fama la resurrección de una muchacha de Fermo, de doce años, llamada Filipina. En los frescos del siglo XIV que adornan la capilla donde estuvo enterrado, se celebran estos y otros milagros, que le merecieron el título de taumaturgo. Se instruyó el proceso para su beatificación durante el pontificado de Juan XXII en el año 1327, a los veintidós de su muerte, incluyéndose en él 300 milagros, si bien por causas no puestas en claro aún, se retrasó un siglo la canonización, hasta que Eugenio IV, en 1446, le declaró Santo. Es célebre su reliquia del brazo, que ha sangrado más de veinticuatro veces, y su cuerpo se conserva en Tolentino, en la iglesia de los agustinos, donde tanto predicó, confesó y lloró, celebrando la misa. En el día de su fiesta se bendicen los llamados panecillos de San Nicolás.

 Los grandes artistas italianos, el Perugino, Antoniazzo Romano, B. Loschi, V. Tamagni, A. Nucci y otros, le consagraron obras que se admiran en los museos de Italia, dándole por emblemas una azucena por la pureza de su vida, un libro por sus méritos de predicador, y un crucifijo por su amor a Cristo y a la penitencia. Es abogado de las almas del purgatorio, protector de la Iglesia, a la que amparó en grandes calamidades históricas, haciendo decir al papa Alejandro VII: Verbi Dei sanguine praedicamus sanctam esse constructam Ecclesiam et sanguine Sancti Nicolai esse protectam: Pregonamos que la Iglesia fue fundada con la sangre del Verbo de Dios, y amparada con la sangre de San Nicolás. Alude con estas palabras a las diversas efusiones de sangre del brazo, con que anunció tribulaciones y males que amenazaban a la Iglesia.

 VICTORINO CAPÁNAGA, O. R. S. A.


 San Nicolás de TolentinoSan Nicolás de Tolentino
Patrono de las almas del purgatorio, predicador.
Fiesta: 10 de Septiembre

Infancia

Este santo recibió su sobrenombre del pueblo en que residió la mayor parte de su vida, y en el que también murió. Nicolás nació en San Angelo, pueblo que queda cerca de Fermo, en la Marca de Ancona, hacia el año 1245. Sus padres fueron pobres en el mundo, pero ricos en virtud. Se cree que Nicolás fue fruto de sus oraciones y de una devota peregrinación que hicieron al santuario de San Nicolás de Bari en el que su madre, que estaba avanzada en años, le había rogado a Dios que le regalara un hijo que se entregara con fidelidad al servicio divino. En su bautismo, Nicolás recibió el nombre de su patrón, y por sus excelentes disposiciones, desde su infancia se veía que había sido dotado con una participación extraordinaria de la divina gracia.

Cuando era niño pasaba muchas horas en oración, aplicando su mente a Dios de manera maravillosa. Así mismo, solía escuchar la divina palabra con gran entusiasmo, y con una modestia tal, que dejaba encantados a cuantos lo veían. Se distinguió por un tierno amor a los pobres, y llevaba a su casa a los que se encontraba, para compartir con ellos lo que tenía para su propia subsistencia. Era un niño de excepcional piedad.

Desde su infancia se decidió a renunciar a todo lo superfluo, así como practicar grandes mortificaciones, y, desde temprana edad, adoptó el hábito de ayunar tres días a la semana, miércoles, viernes y sábados. Cuando creció añadió también los lunes. Durante esos cuatro días solo comía una vez por día, a base de pan y agua. 

El joven estudiante

Su mayor deleite se hallaba en leer buenos libros, en practicar sus devociones y en las   conversaciones piadosas. Su corazón le perteneció siempre a la Iglesia. Sus padres no escatimaron en nada que tuvieran al alcance para mejorar sus geniales aptitudes.

Siendo aún un joven estudiante, Nicolás fue escogido para el cargo de canónigo en la iglesia de Nuestro Salvador. Esta ocupación iba en extremo de acuerdo con su inclinación de ocuparse en el servicio a Dios. No obstante, el santo aspiraba a un estado que le permitiera consagrar directamente todo su tiempo y sus pensamientos a Dios, sin interrupciones ni distracciones.

 Un sueño hecho realidad

 Con estos deseos de entregarse por entero a Dios, escuchó en cierta ocasión un sermón, de un fraile o ermitaño de la orden de San Agustín, sobre la vanidad del mundo, el cual lo hizo decidirse a renunciar al mundo de manera absoluta e ingresar en la orden de aquel santo predicador. Esto lo hizo sin pérdida de tiempo, entrando como religioso en el convento del pequeño pueblo de Tolentino.

Nicolás hizo su noviciado bajo la dirección del mismo predicador e hizo su profesión religiosa antes de haber cumplido los 18 años de edad. Lo enviaron a varios conventos de su orden en Recanati, Macerata y otros. En todos tuvo mucho éxito en su misión. En 1271 fue ordenado sacerdote por el obispo de Osimo en el convento de Cingole.

Su vida sacerdotal

Su aspecto en el altar era angelical. Las personas devotas se esmeraban por asistir a su Misa todos los días, pues notaban que era un sacrificio ofrecido por las manos de un santo. Nicolás parecía disfrutar de una especie de anticipación de los deleites del cielo, debido a las comunicaciones secretas que se suscitaban entre su alma tan pura y Dios en la contemplación, en particular cuando acababa de estar en el altar o en el confesionario.

Su ardor en el apostolado y en la oración

Durante los últimos treinta años de su vida, Nicolás vivió en Tolentino y su celo por la salvación de las almas produjo abundantes frutos. Predicaba en las calles casi todos los días y sus sermones iban acompañados de grandiosas conversiones. Solía administrar los sacramentos en los ancianatos, hospitales y prisiones; pasaba largas horas en el confesionario. Sus exhortaciones, ya fueran mientras confesaba o cuando daba el catecismo, llegaban siempre al corazón y dejando huellas que perduraban para siempre en quienes lo oían.

También, con el poder del Señor, realizó innumerables milagros, en los que les pedía a los recipientes: "No digan nada sobre esto. Denle las gracias a Dios, no a mí." Los fieles estaban impresionados de ver sus poderes de persuasión y su espiritualidad tan elevada por lo que tenían gran confianza en su intercesión para aliviar los sufrimientos de las almas en el purgatorio. Esta confianza se confirmó muchos años después de su muerte cuando fue nombrado el "Patrón de las Santas Almas".

El tiempo en que podía retirarse de sus obras de caridad, lo dedicaba a la oración y a la contemplación. Nicolás de Tolentino fue favorecido con visiones y realizó varias sanaciones milagrosas.

Pruebas

Nuestro Señor, por su gran amor a Nicolás, quiso conducir al santo a la cumbre de la perfección, y para ello, lo llevó a ejercer la virtud de distintos modos. Nicolás padeció por mucho tiempo de dolores de estómago, así como malos humores.

Los Panes Milagrosos

Hacia los últimos años de su vida, cuando estaba pasando por una enfermedad prolongada, sus superiores le ordenaron que tomara alimentos más fuertes que las pequeñas raciones que acostumbraba ingerir, pero sin éxito, ya que, a pesar de que el santo obedeció, su salud continuó igual. Una noche se le apareció la Virgen María, le dio instrucciones de que pidiera un trozo de pan, lo mojara en agua y luego se lo comiera, prometiéndole que se curaría por su obediencia. Como gesto de gratitud por su inmediata recuperación, Nicolás comenzó a bendecir trozos de pan similares y a distribuirlos entre los enfermos. Esta práctica produjo favores numerosos y grandes  sanaciones.

En conmemoración de estos milagros, el santuario del santo conserva una distribución mundial de los "Panes de San Nicolás" que son bendecidos y continúan concediendo favores y gracias.

Última enfermedad

La última enfermedad del santo duró un año, al cabo de la cual murió el 10 de septiembre de 1305. Su fiesta litúrgica se conmemora el mismo día. Nicolás fue enterrado en la iglesia de su convento en Tolentino, en una capilla en la que solía celebrar la Santa Misa.

Su veneración

En el cuarentavo año después de su muerte, su cuerpo incorrupto fue expuesto a los fieles. Durante esta exhibición los brazos del santo fueron removidos, y así se inició una serie de extraordinarios derramamientos de sangre que fueron presenciados y documentados.

El santuario no tiene pruebas documentadas respecto a la identidad del individuo que le amputó los brazos al santo, aunque la leyenda se ha apropiado del reporte de que un monje alemán, Teodoro, fue quien lo hizo; pretendiendo llevárselos como reliquias a su país natal. Sin embargo, sí se sabe con certeza que un flujo de sangre fue la señal del hecho y fue lo que provocó su captura. Un siglo después, durante el reconocimiento de las reliquias, encontraron los huesos del santo, pero los brazos amputados se hallaban completamente intactos y empapados en sangre. Estos fueron colocados en hermosas cajas de plata, cada uno se componía de un antebrazo y una mano.

En el correr de los siglos

Nicolás de Tolentino fue canonizado por el Papa Eugenio IV, en el año 1446. Hacia finales del mismo siglo XV, hubo un derramamiento de sangre fresca de los brazos, evento que se repitió 20 veces; el más célebre ocurrió en 1699, cuando el flujo empezó el 29 de mayo y continuó hasta el 1ro. de septiembre. El monasterio agustino y los archivos del obispo de Camerino (Macerata) poseen muchos documentos en referencia a estos sangramientos.

Dentro de la Basílica conocida como el Santuario S. Nicolás Da Tolentino, en la Capilla de los Santos Brazos, del siglo XVI, se encuentran reliquias de la sangre que salió de los brazos del santo. En un cofre ubicado encima del altar de plata, se halla un cáliz de plata del siglo XV, que contiene su sangre. Una urna del siglo XVII, hecha de piedras preciosas, tiene en exhibición, detrás de un panel de vidrio, el lino manchado de sangre que se cree que fue la tela que usaron para detener el flujo que hubo en el momento de la amputación.

Los huesos del santo, con excepción de los brazos, estuvieron escondidos debajo de la basílica hasta su redescubrimiento en 1926, fecha en que los identificaron formalmente y los pusieron en una figura simulada, cubierta con un hábito Agustino. Los brazos incorruptos, todavía en sus cubiertas o cajas de plata del siglo XV, se hallan en su posición normal al pie de la figura. Las reliquias se pueden apreciar en un relicario bendecido por el Papa Pío XI.

San Nicolas fue uno de los santos (junto a San Juan Bautista y San Agustín), que vinieron del cielo para llevar a Sta. Rita al convento. Ella también fue de la orden agustina.

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Nicolás de Tolentino, San.

Autor: P. Angel Amo



Patrono de las almas del purgatorio



San Nicolás de Tolentino nació en Castel Sant’ Angelo, el actual Sant’ Angelo in Pontano, en 1245, y murió en Tolentino el 10 de septiembre de 1305.

Fray Pedro de Monte Rubiano, su biógrafo, nos cuenta que su vida estuvo entretejida de singularísimas experiencias místicas y de hechos prodigiosos, confirmados en el proceso de canonización, que se abrió a los veinte años de su muerte y concluyó en 1446. En ese proceso fueron declarados auténticos 301 milagros.

A San Nicolás de Tolentino lo invocan los que sufren injusticias, o están en peligro de perder la vida o la libertad, y también se lo invoca como protector de la maternidad y la infancia, de las almas del purgatorio, de la buena muerte, y hasta contra los incendios y las epidemias.

Fue asceta, austero pero no excéntrico, riguroso consigo mismo, pero dulce y atento con todos. En 1256 entró donde los agustinos y se ordenó en 1269 en Cingoli; durante seis años peregrinó por varias ciudades y después fijó su residencia en Tolentino en donde ejerció su apostolado sobre todo en el confesionario. Su santificación personal maduró en la sombra, haciendo fructificar los recursos espirituales que le brindaba la vida religiosa: la obediencia incondicional, el absoluto desapego de los bienes terrenales y la profunda modestia. Así se santificó, y al final de su vida pudo exclamar: "Veo a mi Señor Jesucristo, a su Madre y a San Agustín que me dicen: Muy bien, siervo bueno y fiel".

Aunque no se notaba exteriormente la penitencia a la que se sometía, sabemos por el testimonio de sus cohermanos que cuatro días a la semana su alimento consistía en sólo pan y agua, y los otros tres días no tocaba alimentos sustanciosos como carne, huevos, o fruta. No dormía sino tres o cuatro horas y el resto lo dedicaba a la oración.

Después de largas horas que pasaba en el confesionario, se dedicaba a visitar a los pobres, a los que les llevaba, con el permiso de sus superiores, ayudas materiales en los casos más urgentes. Los prodigios que hizo en vida y sobre todo después de la muerte tenían la finalidad de aliviar las miseries humanas.

Cuarenta años después de su muerte, fue encontrado su cuerpo incorrupto. En esa ocasión se le quitaron los brazos y de la herida salió bastante sangre. De esos brazos, conservados en relicarios de plata desde el siglo XV, ha salido periódicamente mucha sangre. Esto contribuyó a la difusión de su culto en toda Europa y en América.

9 sept. 2014

Para hacer bien la Señal de la Cruz


Para hacer bien la Señal de la Cruz

Cuando nos marcamos con la señal de la cruz estamos diciendo: Yo soy seguidor de Jesucristo, creo en Él, le pertenezco. 
Autor: P. Evaristo Sada LC | Fuente: la-oracion.com

La señal de la cruz es la oración básica del cristiano, lo primero que un niño o un converso aprende en la catequesis. En esta oración tan breve y tan simple se resume todo el credo y para muchos hombres y mujeres profundamente contemplativos ha sido su oración preferida.


¿Qué significa la señal de la cruz?

La cruz es la señal de los cristianos: significa el triunfo de Jesús sobre el pecado; es el símbolo de la redención que Jesucristo obtuvo para nosotros con su sangre. Su pasión de amor por el hombre le llevó a dar la vida para que tuviéramos vida en abundancia: "Nadie me la quita, soy yo quien la doy por mí mismo" (Jn 10,18) Como manso cordero llevado al matadero, Jesús soportó en la cruz el extremo del dolor físico y moral para abrirnos las puertas del cielo.

Cuando nos marcamos con la señal de la cruz estamos diciendo: Yo soy seguidor de Jesucristo, creo en Él, le pertenezco. Así como los seguidores del Anticristo tendrán su marca (cfr. Ap 14,9), así el bautizado lleva un sello indeleble en su alma y lo muestra exteriormente con la cruz.

Deja que la Virgen María tome tu mano y te guíe al santiguarte

Después de lo que vivió María en el Calvario, Ella será la mejor maestra para todo cristiano que quiera santiguarse con todos los cinco sentidos. A mí me ha ayudado contemplar la pasión de Cristo desde el corazón de la Virgen María, pidiéndole que al hacer la señal de la cruz tome Ella mi mano y me enseñe a revivir con ese gesto sencillo el momento supremo de nuestra redención.

Este texto de Santa Brígida puede servir de inspiración mientras contemplamos a Cristo Crucificado de la mano de la Virgen María:

"Déseos toda honra, Señora mía Virgen María, que con dolor visteis a vuestro Hijo hablaros desde la cruz, y con vuestros benditos oídos afligidamente lo oisteis clamar al Padre en la agonía de la muerte, y entregar en sus manos el alma. Alabada seáis, Señora mía Virgen María, que con amargo dolor visteis a vuestro Hijo pendiente en la cruz, lívido desde el extremo de la cabeza hasta la planta de los pies, rubricado con su propia sangre y tan cruelmente muerto; y con suma amargura mirasteis traspasados sus pies y manos, y su glorioso costado, y todo su cuerpo destrozado sin ninguna misericordia.

"Bendita seáis Vos, Señora mía Virgen María, que con vuestros ojos bañados en lágrimas visteis bajar de la cruz a vuestro Hijo, envolverlo en el sudario, ponerlo en el sepulcro y ser allí custodiado por los soldados. Bendita seáis Vos, Señora mía Virgen María, quetraspasado vuestro corazón con un profundo y amarguísimo dolor, fuisteis apartada del sepulcro de vuestro Hijo, y llena de pesar conducida por vuestros amigos a casa de Juan, donde al punto sentisteis alivio a vuestro gran dolor, porque sabiais positivamente que pronto había de resucitar vuestro Hijo." (Sta. Brígida de Suecia, "Revelaciones", Libro 12, Oración)

En el nombre...

Al hacer la señal de la cruz sobre nuestro cuerpo, diciendo: "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén" nos estamos comprometiendo a obrar en el nombre de Dios. Dios reveló su nombre a Moisés; el nombre de Dios es "Yo soy el que soy" (Éxodo 3,13). Y le dijo: "Yo soy el Dios de tus padres" (Éxodo 3,6) y "Yo estaré contigo" (Éxodo 3,12) De estas tres expresiones concluimos que Dios abarca nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Quien actúa en el nombre de Dios está afirmando que tiene la certeza de que Dios le conoce, le acompaña, le sostiene y permanecerá siempre a su lado.

Cuando en la oración pedimos algo en el nombre de Jesús, nos estamos uniendo a la oración de Cristo, con la seguridad de que el Padre escucha a su Hijo. "Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré." (Juan 14, 13-14) Y si lo que pedimos es conforme a su voluntad, podemos confiar en que nuestra súplica será escuchada: "En esto está la confianza que tenemos en él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha.Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que hayamos pedido.."(1 Juan 5,14-15) Y a veces nos concede no sólo lo que le pedimos sino incluso lo que deseamos, que Él conoce bien. Esta fue la experiencia de san Pedro aquella mañana en el lago tras una noche de pesca, cuando Jesús le mostró dónde encontrarlos. Pedro le dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu Nombre, echaré las redes. Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse».



Santo Evangelio 9 de Septiembre de 2014

Día litúrgico: Martes XXIII del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 6,12-19): En aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor. 

Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.


Comentario: Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet (Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios

Hoy quisiera centrar nuestra reflexión en las primeras palabras de este Evangelio: «En aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios» (Lc 6,12). Introducciones como ésta pueden pasar desapercibidas en nuestra lectura cotidiana del Evangelio, pero —de hecho— son de la máxima importancia. En concreto, hoy se nos dice claramente que la elección de los doce apóstoles —decisión central para la vida futura de la Iglesia— fue precedida por toda una noche de oración de Jesús, en soledad, ante Dios, su Padre.

¿Cómo era la oración del Señor? De lo que se desprende de su vida, debía ser una plegaria llena de confianza en el Padre, de total abandono a su voluntad —«no busco hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 5,30)—, de manifiesta unión a su obra de salvación. Sólo desde esta profunda, larga y constante oración, sostenida siempre por la acción del Espíritu Santo que, ya presente en el momento de su Encarnación, había descendido sobre Jesús en su Bautismo; sólo así, decíamos, el Señor podía obtener la fuerza y la luz necesarias para continuar su misión de obediencia al Padre para cumplir su obra vicaria de salvación de los hombres. La elección subsiguiente de los Apóstoles, que, como nos recuerda san Cirilo de Alejandría, «Cristo mismo afirma haberles dado la misma misión que recibió del Padre», nos muestra cómo la Iglesia naciente fue fruto de esta oración de Jesús al Padre en el Espíritu y que, por tanto, es obra de la misma Santísima Trinidad. «Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles» (Lc 6,13). 

Ojalá que toda nuestra vida de cristianos —de discípulos de Cristo— esté siempre inmersa en la oración y continuada por ella.

San Pedro Claver, 9 de Septiembre

9 de septiembre

SAN PEDRO CLAVER

 (†  1654)

 Escenario de horror.— No hace aún doscientos años los periódicos de La Habana publicaron estos avisos en sitio destacado:

 "Un mulato como de treinta años, buen cocinero, sano y con todas tachas, menos ladrón, se cambia por negro, mulas, caballos o volanta. En el almacén que era de don Juan Rincón darán razón." (Papel periódico 18 enero de 1785.)

 "Buena ocasión." "Se vende una mulata de dieciocho años de edad, recién venida del campo, sin vicios malos, muy dócil, 500 pesos. Otra mulata de veintiséis años, casada en la villa de Santiago, con su cría de cinco meses, en 300 pesos, alcabala y escritura y sin incluir la cría."

 Adelante, señores; 200 piastras vale esta linda negra, buena lavadora, 200 piastras, señores. Vedla: es joven aún."

 "¿250 piastras dijo? Es suya... ",  y el dueño la empujó y siguió con ella; había comprado también un reloj de la sucesión de M. Reynoil y dos sillas. La escena sucede en Martinica, comienzos del XVIII.

 Mercados parecidos tenían lugar en Portobello, Jamaica, Lima, Veracruz, Cartagena. Es la esclavitud de la raza de color. La trata negrera. El negocio era bueno. Un esclavo, "una pieza de Indias", se compraba en Africa en 1683 por ocho francos y se vendía en Cartagena en 100 pesos. Se podían permitir los negreros el lujo "de que murieran en el camino las dos terceras partes del cargamento humano".

 El sordo rumor de los encadenados, el ambiente fétido "de las calas de los veleros, el dolor de un presente y el temor de un futuro sin esperanzas", pensaban que les destinaban a morir y de su sangre teñir los navíos, dan una estampa de colores crudos. Aragó fue un viajero que vio esta escena:

 "Allá en un salón bajo y hediondo están clavados en el suelo y en las paredes bancos negros y sangrientos. En estos bancos y sobre este piso húmedo, se sientan desnudos, hombres, mujeres, niños y alguna vez ancianos que esperan al comprador. Apenas se presenta éste en la puerta, y a una señal del amo, todo el harén se levanta, gesticula, se agita, se contrae, muge canciones salvajes, prueba de que tiene pulmones y que ha comprendido perfectamente la esclavitud. ¡Infeliz del que no trata de distinguirse de sus compañeros!, el látigo está preparado para surcar su cuerpo y hacer volar por el aire los pedazos de carne negra.

 Ahora, silencio: el negocio va a tratarse, y cerrarse la venta.

 —¡Eh, pst, tú, aquí...!

 "Cualquiera cosa" se levanta: esa cualquiera cosa es un ser que tiene dos ojos, una frente, sesos, un corazón como vos y como Yo... ¡pero me engaño!, ese pecho no encierra un corazón; pero, por lo demás, está completo.

 —Mirad "esto". (Es el amo.)

 —Camina.

 Y "eso" se pone a caminar.

 —Ahora corre.

 Y "eso" corre. Alza la cabeza, agita los miembros, patea, grita, enseña los dientes.

 —Vamos, bravo. ¿Cuánto vale?

 —Seis cuádruplos.

 —Doy cinco. Pero ahora que me acuerdo, ¿ha pasado ya la viruela?

 —Ya la ha tenido; mirad bien.

 "En efecto, manchas amarillas y lucientes esparcidas sobre el cuerpo negro testifican el contacto de un pequeño hierro candente, cuya cicatriz ha dejado una señal que engaña al inexperto comprador."

 —Está bien; he aquí vuestros cuádruplos.

 —Cantad ahora vosotros.

 La cascada cae mugiendo, los compradores salen, empujando delante de ellos a puntapiés su adquisición. El amo mete su oro en una bolsa de cuero, y se coloca en la puerta para detener otros parroquianos al paso: he aquí en miniatura un mercado de negros.

 Estas escenas del realismo brutal ocurrían en el Nuevo Mundo y eran eco de la gran cacería africana.

 Un día del siglo XV el portugués Albiso de Cadamosto se encontró en la Costa de Oro con unos negros. "Todos –-dice— corrieron a verme como una gran maravilla...; los unos cogían mis manos y las frotaban con saliva para ver si mi blancura procedía de alguna pintura o tinte que tuviera sobre mi carne..."

 Más tarde hay una fecha. El 12 de enero de 1510, segundo viaje de Colón. Su majestad manda a los oficiales de Indias emplear negros. Asientos de negros..., palabras que esconde la tragedia de catorce millones de seres desplazados de sus bohíos, de su tierra nativa, de sus familiares y lanzados a un mundo nuevo. Un millón llegó a Cartagena de Indias. Era uno de los tres puertos negreros.

 El dorado Divino.— "Padre Claver: ¿cuántos esclavos negros cree haber bautizado?

 —Hermano Nicolás: según mi cuenta más de 300.000..."

 Este diálogo seco tuvo lugar hace trescientos seis años en el colegio de los jesuitas de Cartagena de Indias. Al protagonista no le ha cubierto el polvo de tres siglos.

 En voz baja los niños de hoy, blancos y negros, preguntan a sus padres: "¿De quién es esa calavera que va en esa urna dorada? —Es un santo, es San Pedro Claver, y agregan: se llamó el esclavo de los esclavos negros; les quería mucho; murió en Cartagena el 8 de septiembre de l654."

 Tres siglos no han borrado su recuerdo. Y los niños blancos y negros unen sus rostros curiosos y se acercan al Santo que vive hoy como ayer. La figura de Claver se agiganta. Es el patrono de Colombia. No se piensa que ese hombre es el libertador de una raza oprimida.

 El padre Pedro Claver, cuando charlaba con el hermano Nicolás y se sometía a un verdadero reportaje, era un anciano de setenta años; le llamaban el Santo y sus ojos eran tristes. "Era de mediana estatura, un poco inclinado, cabeza grande, rostro descarnado, color pálido obscuro, frente ancha y rugosa cruzada por dos profundas arrugas horizontales, ojos hundidos, tristes, barba poblada, boca grande."

 El hermano Nicolás González, cuyo testimonio permite reconstruir algo de la vida del Santo, era un hermano coadjutor jesuita que le acompañó durante veintidós años. Fue su gran amigo y admirador: fue el testigo que dijo más cosas en el proceso de canonización. La personalidad de Claver le llenaba de estupor. En él no se realizaba la frase "No hay hombre grande para el ayuda de cámara".

 Declaró con juramento, "por lo menos hacía un acto heroico diario". Esta palabra: "heroísmo", en aquel siglo XVII, tenía un sentido fuerte, sonaba a selva virgen y a sangre. Pedro Claver vivió una época brillante (1580-1651).

 Habían pasado tres grandes sucesos: el Renacimiento, la Reforma y el descubrimiento de América. Era la etapa de la consolidación de fronteras, de forcejeo de fuerzas, de cimientos de imperios. Existía la magia fresca del Nuevo Mundo. El eco de las hazañas sonaba como clarín en los descendientes de Pizarro, Cortés, Quesada... El Dorado brillaba como una ilusión en los ojos ardientes de aquellos campesinos acostumbrados a domeñar una tierra gastada. El fabuloso nuevo mundo era el ideal de las almas selectas y de los cuerpos famélicos. América fue luz de conquista terrena y espiritual. El soldado soñaba con su espada y su misión. Era la tierra nueva para los conquistadores a lo humano y lo divino.

 El 15 de abril de 1610 se embarcó en Sevilla en el galeón San Pedro en la madurez de los treinta años el silencioso Pedro Claver. Un conquistador más en su Dorado de esclavitud.

 Infancia sin historia.— Verdú es un pueblo catalán del valle del Urgel. 2.000 habitantes en tiempos del Santo. Célebre entonces y ahora por sus ferias de mulas y sus cántaros redondos que conservan el agua fresca. Paisaje de viñedos, olivos y cereales. El horizonte es amplio en la llanura. La silueta que se destaca desde la carretera de Lérida-Barcelona es simple en su simbolismo. La torre —Verdú era una villa amurallada, militar— del homenaje, que domina el castillo, gloria de los Cerveras antes, hoy depósito de cereales y una iglesia románica. Verdú fue durante mucho tiempo una ciudad levítica, de abadengo. Perteneció a la abadía de Poblet. Una sardana popular dice de la villa: "Brillas en primavera la púrpura con sus amapolas, en verano con el oro de tus trigales, en otoño con el rojo de los viñedos y el verde obscuro de los olivares". Verdú es gloria de dos grandes hombres: Juan Teres, que fue virrey de Cataluña, y Pedro Claver, el misionero de la Nueva Granada. Los amigos de la leyenda agregan un tercer personaje: Colom... Este apellido es frecuente entre los payeses, y un padrino de Claver calcetero se apellidaba Colom.

 En la calle mayor de la villa, en una masía grande, nació el 26 de junio de 1580 Pedro Claver. Sus padres eran unos campesinos acomodados, tenían dieciocho fincas y un patronato con otras once: no pertenecían a la nobleza como se ha dicho. Los padrinos eran calceteros y canteros. Los padres del Santo se llamaban Pedro Claver y Juana Corberó. Tuvieron 6 hijos, de los cuales, Catalina y Catalina María murieron en la infancia, Jaime a los veintiún años. Quedaron tres: Juan Martín, el mayor; Isabel, la más pequeña, y el Santo, que era el penúltimo. El jefe de la familia no era muy instruido, apenas sabía firmar, pero era de juicio recto y singular bondad; figura como albacea en muchos testamentos y fue "jurat encap" en 1601 y 1605. La fe de bautismo que se conserva hoy día en el despacho parroquial de Verdú dice así: "El 26 de junio de 1580 fue bautizado Juan Pedro, hijo de Pedro Claver, de la calle mayor, y Ana, mujer de aquél. Fueron padrinos Juan Borrel, cantero, y Magdalena, mujer de Flavian Colom, calcetero, todos de Verdú. Dios le haga buen cristiano." Dios le hizo algo más: un gran santo.

 Su infancia fue la de un campesino. No tiene historia. A los diecinueve años inició su vida eclesiástica. Más tarde entró en la Compañía de Jesús. En la maravillosa isla de Mallorca se encontró con un santo anciano, San Alfonso Rodríguez. Era un místico, su figura de castellano viejo se parecía a un sarmiento retorcido por la penitencia, tenía fuego interior. Un día tuvo una visión que se refería a su amigo. Vio un trono en el cielo para Claver, "porque allá en las Indias tendría que padecer mucho".

 "¡Ay!, Pedro, cuántos están ociosos en Europa mientras en América perecen tantas almas..., allá está tu misión". Pedro Claver sintió una luz en su camino y un gran ardor conquistador. Desde ese momento su alma grande soñó con el nuevo mundo. Tres ciudades de Colombia fueron el escenario de su vida:

 Santa Fe de Bogotá, con sus casonas, sus patios, sus claustros viejos de San Bartolomé. Pedro Claver vivió en la capital dos años. Es el único santo canonizado que ha pisado estas calles y recorrido estos caminos.

 Tunja, envuelta en su paisaje ascético y místico, dureza serena y elevación profunda. Es otra ciudad claveriana. Allí estuvo un año.

 Cartagena, la metrópoli cálida de la colonia, llena de luz y de contrastes, ciudad militar, mística y popular. Por sus calles y plazas el Santo de los esclavos anduvo treinta y ocho años.

 El día 20 de marzo de 1616 Pedro Claver se ordena de sacerdote en la catedral de la ciudad heroica. Unos años más tarde, el 3 de abril de 1622, tuvo lugar una escena silenciosa pero trascendental. En un papel ordinario, vasto, con su letra clara un poco inclinada a la derecha y con trazos rectos, escribió las palabras que se han hecho inmortales, Petrus Claver aethiopum semper servus. "Pedro Claver, esclavo para siempre de los etíopes" (es decir, de los negros).

 Desde este momento, la vida de este hombre no será sino una cadena de sacrificios, de entregas al hermano, que sufre abandonado. Olvidará todo lo brillante de la vida.

 Ataúdes flotantes.— La humanidad siempre ha sido cruel; hoy hay campos de concentración, ayer había barracones negreros.

 El padre Sandoval fue el primer apóstol de los negros que de una manera sistemática trabajó en Cartagena de Indias. Escribió un libro genial: De la salvación de los negros, que en su género es único por su valor sociológico y valiente. El galeón negrero se acerca al puerto. Ya las velas se recogen. Ha pasado el fuerte del Pastelillo y se puede oír el rumor del puerto. En el fondo del navío un terrible murmullo. Gritos de angustia, miradas ansiosas, los negreros muestran un rostro más benévolo. Ha llegado una tercera parte de su mercancía y hay interés en que dé buena impresión. "Rían, esclavos..., rían".

 "Cautivos estos negros con la justicia que Dios sabe —dice Sandoval— los echan luego en prisiones asperísimas, de donde no salen hasta llegar a este puerto de Cartagena. A veces llegan doce o catorce navíos al año, hediondos, y les da tanta tristeza y melancolía por la idea que tienen que les traen para hacer aceite de ellos o comérselos, que mueren un tercio de la navegación. Vienen apretados, asquerosos y tan mal tratados que me certifican los que los traen que vienen de seis en seis con argollas en el cuello, con grillos en los pies de dos en dos, de modo que de los pies a la cabeza vienen aprisionados. Debajo de la cubierta, cerrados por fuera, donde no ven sol ni luna, que nadie puede atreverse a meterse allá sin marearse ni resistir una hora.

 "Comen cada veinticuatro horas, no más que una mediana escudilla de harina de maíz o de mijo o millo crudo y con él un pequeño jarro de agua, y no otra cosa sino mucho palo, mucho azote y malas palabras."

 "Con este tratamiento llegan unos esqueletos, sacándolos luego a tierra en carnes vivas, pónenles en un gran patio corral, acuden luego a él innumerables gentes, unos llevados de la codicia, otros de curiosidad y otros de compasión; éstos son los misioneros, y aunque van corriendo siempre hallan algunos muertos."

 Página terrible de un testigo del maestro y antecesor de San Pedro Claver. El mismo confiesa que, ante esta humanidad repugnante, sentía espasmo y su naturaleza quería huir.

 La gran manada.— Sólo se conserva un retazo de carta del 31 de marzo de 1617. De ella son estas líneas:

 "Ayer saltaron a tierra un gran navío de negros de los Ríos de Guinea. Fuimos allá cargados de naranjas, limones, tabaco. Entramos en sus barracones, remeros de una y otra parte. Fuimos rompiendo hasta llegar a los enfermos, de que había gran manada echados en el suelo, muy húmedo y anegadizo. Echamos manteos fuera, terraplenamos el lugar, llevamos en brazos a los enfermos..."

 La sociología de Claver no era complicada ni recargada de incisos. Tuvo un amor supremo: "Señor, te amo mucho, mucho...". Una voluntad de acero: cuando el cuerpo se rebelaba ante una llaga abierta, ante el horror de un leproso hecho pedazos, su rostro demacrado y amarillento como las olivas de su pueblo se encendía, sacaba una disciplina que termina en pequeños pedazos de hierro y allí mismo, ante el enfermo, desgarraba sus carnes magras. "Así, así, pues ya verás", y la tempestad pasaba, Su rostro, como el mar Caribe que lamía los muros de su cuarto, se volvía sereno y se inclinaba al enfermo, besaba una y otra vez sus llagas, "hasta dejarlas limpias con sus propios labios".

 "Retírese, hermano".— El hermano Nicolás, su compañero de veintidós años, dijo: "Yo le acompañé —declara en el proceso—, la enferma está en un cuarto obscuro, hacía un calor terrible y un hedor insoportable. A mí se me alborotó el estómago y me caía por tierra. El padre me dijo: "Retírese, hermano mío" y vi sus labios en las llagas de la pobre esclava negra". Una vez, una enferma no pudo soportar esta postración y gritó con angustia: "No, no, mí padre, no hagáis esto". Pocas veces la tierra ha visto a un hombre amar tanto a unos seres rotos y abandonados. como el padre Claver.

 El capitán Barahonda testifica: "Y los negros a su vez le amaban, pues les tenía mucho amor y siempre que lo veían iban a besarle la mano y se postraban arrodillados en su presencia".

 Llega un buque negrero.— Un día cualquiera de 1622 a 1654. La escena era muy conocida en el colegio de San Ignacio, situado junto a las murallas, a pocos pasos del desembarcadero de los esclavos. Un mensajero llegaba jadeante al cuarto de Claver. El Santo había prometido oraciones especiales al que diera la primera noticia. Gran don. Su cuarto era muy pobre: una silla desvencijada, una cama con una estera y allá, en el rincón —cosa singular— una despensa abastecida: naranjas, limones, tabaco, aguardiente o aguafuerte.

 Al primer anuncio todo es movimiento. Los intérpretes negros "su brazo derecho"; uno, llamado Calapino, hablaba doce lenguas de Africa. ¿Sus nombres? Andrés Sacabuche, Aluanil, de Angola; Sofo y Yolofo, de Guinea; Viafara Manuel y Juan Moniolo... y con ellos el hermano Nicolás González, el viejo amigo. Al puerto, pronto. Cada uno con su carga. Decía Pedro Claver: "Navío de negros ha venido, es necesario anzuelo".

 Su facha era singular: una bolsa de cuero amarrada al brazo izquierdo, en ella un revoltijo: un manual eclesiástico, los cirios, aceite santo, una cruz, tabaco, vestidos...

 El padre Claver era melancólico en sus últimos años, pero su natural era colérico. Había sufrido mucho y visto mucha miseria. Allá se veían en la borda unas figuras negras, él saludaba con ansia. A veces no esperaba, tomaba la primera barquichuela que encontraba. El espectáculo era triste, en el ambiente fétido, mezcla de pez y desperdicios, un rebaño de seres desnudos; en su mirada, el recuerdo de un pasado de horror y terror indisimulado.

 Pensaban que les iban a matar y por eso gritaban en su lengua aguda. ¿Habría llegado la hora de la matanza? "No temáis —gritaban los intérpretes—, es el padre Pedro; él os ama". Y Claver, en la imposibilidad de hacerse entender en todas las lenguas, les iba abrazando uno a uno, era el lenguaje común. Primero a los niños moribundos: "yo te bautizo", y allí mismo muchos volaban a la eternidad. Luego los enfermos. A veces un sorbo de aguafuerte les hacía volver en sí. Claver era muy humano para los demás, sólo para él reservaba el rigor. Su cuerpo estaba lleno de cilicios "desde los dedos del pie al cuello". El hermano Lomparte dijo un día:

 —¿Qué es eso, padre? Hasta cuándo ha de tener amarrado el borrico?

 —Hasta la muerte, hermano —fue la respuesta.

 El borrico era su Propio cuerpo atormentado.

 Esclavo, de los esclavos.— Y seguía la gran carrera de la caridad. La catequesis maravillosa; cinco, ocho horas en lóbregos barracones. El bautismo, 300.000. La rudeza de los hospitales donde su cuerpo y su alma se entregaban. La idea fija de la liberación de sus "señores esclavos". Este fue Claver durante cuarenta años. El santo heroico. El maravilloso santo de Cartagena que hacía milagros con su Cristo de madera y sabía poner esperanzas en los que habían llegado de Africa sin ellas. Tuvo contradicciones. Le llamaron ignorante. "El prefería a sus negros, y las señoras de Cartagena doña Isabel de Urbina y doña Mariana de Delgado debieron aguardar horas en la fila de esclavas que esperaban junto al confesonario del padre Claver". Dice un intérprete: "Tenía gran compasión de estas pobres negras que no tenían a nadie. Para las otras no faltaban confesores".

 Abandonado.— Misterios de la vida y de la ingratitud humana. El padre Claver cayó un día paralítico, "entró, después de una misión en Tolú, al colegio con el color del rostro más pálido, las facciones desencajadas, las fuerzas débiles". Estaba herido de muerte.

 Cuatro años en este aposento que visitan hoy los turistas en Cartagena de Colombia, allí, junto al rumor del mar Caribe. El dinámico estaba inmóvil. El santo de la ciudad estaba abandonado. Todos habían huido y sólo el negro Manuel estaba a su lado. El negro Manuel, sin embargo, era esclavo nuevo. Le hizo sufrir mucho y no se quejó. "El mismo confesó luego que le dejaba sin pan ni ración. No quería vestirle, le gobernaba a empellones y sólo pudo notar que cuando bajaba a la cocina el anciano paralítico, con su mano temblorosa, tomaba una disciplina sobre sus carnes moribundas. "Más merecen mis culpas", solía decir. Era la suprema purificación del abandono y el olvido.

 Paz.— Y llegó un día, 6 de septiembre de 1654, en que un murmullo potente se oyó en la ciudad. Despertaba de un sueño de olvido. ¿Qué sucedía? El Santo muere. El Santo muere. Y ante el moribundo empezó la apoteosis más gigantesca que los hombres hayan conocido. El 7 de septiembre perdió el habla y el día 8, entre "la una y las dos de la mañana —dice el padre Arcos, su superior y testigo—, sin hacer acción ni movimiento alguno, con la misma paz, tranquilidad y quietud que había vivido. dio su alma a Dios".

 El hermano Nicolás escribía sublimemente más tarde:

 Quedó con el mismo semblante que siempre tuvo, Y yo conocí que había muerto porque de repente se le mudó la cara pálida y muy macilenta en un esplendor y belleza extraordinarias; conocí que su alma gozaba de Dios separada del cuerpo. Me arrodillé, besé sus pies muertos, muy bellos y muy blancos y lo mismo hicieron los que estaban allí, sacerdotes, españoles, moros...

 Han pasado tres siglos desde aquel día memorable. San Pedro Claver no es para su ciudad, Cartagena, ni para el mundo un personaje muerto. Vive irradiando beneficios y amor. Sus reliquias van triunfales por los caminos de Colombia y en su santuario de Cartagena pasan todos los años más de 100.000 personas venidas de todo el mundo.

 Hoy se oye también la palabra maravillada: "el Santo, el Santo". Es el patrono de todas las misiones con negros, el patrono de los obreros de Colombia, en especial. Es una de las mayores figuras del mundo hispánico. El primer misionero del siglo XVII (Astrain).

 "Columna inexpugnable de la Iglesia" (Tarraconense).

 "Su nombre queda grabado con letras de oro en la historia" (Pastor).

 "La vida que mas nos ha impresionado después de la de Cristo" (León XIII).

 Reconciliación.— Margarita era una esclava negra de Caboverde; su dueña era la gran señora cartagenera doña Isabel de Urbina, devotísima de Claver. La esclava era predilecta del Santo, pues le ayudaba a cocinar platos especiales para los leprosos de San Lázaro y en los últimos días ella preparaba, por mandato de su ama, algo nuevo para el moribundo. En la mañana del 8 de septiembre doña Isabel se acercó llorosa a la esclava. Leyó en sus ojos la noticia. El padre Pedro había muerto. "Margarita —le dijo— desde hoy eres libre". Abrió sus grandes ojos y cayó en los brazos de la gran señora. Sintió dolor por su libertad. Era la reconciliación simbólica de dos razas sobre la tumba de Claver.

 Esta es una de las mayores grandezas de este Santo. Fue el libertador de una raza, sobre todo porque supo infundir en aquellas almas desgarradas un ideal de esperanza. Les enseñó a reír de nuevo con esa risa fresca de la raza de color. En estos tiempos de inquietudes, de odios, de egoísmos, San Pedro Claver trae un mensaje.

 ANGEL VALTIERRA, S.I.

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San Pedro Claver S.J.
Pintura: museo jesuita; Cartagena, Colombia


Esclavo de los esclavos por amor a Cristo
fiesta: 9 Septiembre

  Nació en Verdú, España, el 26 de Junio de 1580.
 Murió en Cartagena, Colombia, el 8 de Septiembre de 1654.

 Pedro Claver y Juana Corberó, campesinos catalanes, tuvieron seis hijos, pero solo sobrevivieron Juan, el mayor, y los dos mas pequeños, Pedro e Isabel. El padre apenas podía firmar su nombre, pero era un hombre trabajador y buen cristiano. La infancia de Pedro quedó oculta para la historia como la de tantos santos, incluso la de Nuestro Señor. Trabajaba en el campo con su familia.

Pedro se graduó de la Universidad de Barcelona. A los 19 años decide ser Jesuita e ingresa en Tarragona. Mientras estudiaba filosofía en Mallorca en 1605 se encuentra con San Alonso Rodriguez, portero del colegio. Fue providencial. San Alonso recibió por inspiración de Dios conocimiento de la futura misión del joven Pedro y desde entonces no paró de animarlo a ir a evangelizar lo territorios españoles en América.

Pedro creyó en esta inspiración y con gran fe y el beneplácito de sus superiores se embarcó hacia la Nueva Granada en 1610. Debía estudiar su teología en Santa Fe de Bogotá. Allí estuvo dos años, uno en Tunja y luego es enviado a Cartagena, en lo que hoy es la costa de Colombia. En Cartagena es ordenado sacerdote el 20 de Marzo de 1616.

Al llegar a América, Pedro encontró la terrible injusticia de la esclavitud institucionalizada que había comenzado ya desde el segundo viaje de Colón el 12 de Enero de 1510, cuando el rey mandó a emplear negros como esclavos. Se trata de una tragedia que envolvió a unos 14 millones de infelices seres humanos. Un millón de ellos pasaron por Cartagena. Los esclavos venían en su mayoría de Guinea, del Congo y de Angola. Los jefes de algunas tribus de esas tierras vendían a sus súbditos y sus prisioneros. En América los usaban en todo tipo de trabajo forzado: agricultura, minas, construcción.

Cartagena por ser lugar estratégico en la ruta de las flotas españolas se convirtió en el principal centro del comercio de esclavos en el Nuevo Mundo. Mil esclavos desembarcaban cada mes. Aunque se murieran la mitad en la trayectoria marítima, el negocio dejaba grandes ganancias. Por eso, las repetidas censuras del papa no lograron parar este vergonzoso mercado humano.

Pedro no podía cambiar el sistema. Pero si había mucho que se podía hacer con la gracia de Dios. Pero hacía falta tener mucha fe y mucho amor. Pedro supo dar la talla. En la escuela del gran misionero, el padre Alfonso Sandoval, Pedro escribió: "Ego Petrus Claver, etiopum semper servus" (yo Pedro Claver, de los negros esclavo para siempre". Así fue. San Pedro no se limitó a quejarse de las injusticias o a lamentarse de los tiempos en que vivía. Supo ser santo en aquella situación y dejarse usar por Jesucristo plenamente para su obra de misericordia. En Cartagena durante cuarenta años de intensa labor misionera se convirtió en apóstol de los esclavos negros. Entre tantos cristianos acomodados a los tiempos, el supo ser luz y sal, supo hacer constar para la historia lo que es posible para Dios en un alma que tiene fe.

A pesar de su timidez la cual tubo que vencer, se convirtió en un organizador ingenioso y valiente. Cada mes cuando se anunciaba la llegada del barco esclavista, el padre Claver salía a visitarlos llevándoles comida. Los negros se encontraban abarrotados en la parte inferior del barco en condiciones inhumanas. Llegaban en muy malas condiciones, víctimas de la brutalidad del trato, la mala alimentación, del sufrimiento y del miedo. Claver atendía a cada uno y los cuidaba con exquisita amabilidad. Así les hacia ver que el era su defensor y padre. Enseña a los esclavos

Los esclavos hablaban diferentes dialectos y era difícil comunicarse con ellos. Para hacer frente a esta dificultad, el padre Claver organizó un grupo de intérpretes de varias nacionalidades, los instruyó haciéndolos catequistas.

Mientras los esclavos estaban retenidos en Cartagena en espera de ser comprados y llevados a diversos lugares, el padre Claver los instruía y los bautizaba. Los reunía, se preocupaba por sus necesidades y los defendía de sus opresores. Esta labor de amor le causó grandes pruebas. Los esclavistas no eran sus únicos enemigos. El santo fue acusado de ser indiscreto por su celo por los esclavos y de haber profanado los Sacramentos al dárselos a criaturas que a penas tienen alma. Las mujeres de sociedad de Cartagena rehusaban entrar en las iglesias donde el padre Claver reunía a sus negros. Sus superiores con frecuencia se dejaron llevar por las presiones que exigían se corrigiesen los excesos del padre Claver. Este sin embargo pudo continuar su obra entre muchas humillaciones y obstáculos. Hacia además penitencias rigurosas. Carecía de la comprensión y el apoyo de los hombres pero tenia una fuerza dada por Dios.

Muchos, aun entre los que se sentían molestos con la caridad del padre Claver, sabían que hacia la obra de Dios siendo un gran profeta del amor evangélico que no tiene fronteras ni color. Era conocido en toda Nueva Granada por sus milagros. Llegó a catequizar y bautizar a mas de 300,000 negros.

En la mañana del 9 de Septiembre de 1654, después de haber contemplado a Jesús y a la Santísima Virgen, con gran paz se fue al cielo.

Beatificado el 16 de Julio de 1850 por Pío IX.

Canonizado el 15 de Enero de 1888 por León XIII junto con Alfonso Rodriguez.

El 7 de Julio de 1896 fue proclamado patrón especial de todas las misiones católicas entre los negros.

El papa Juan Pablo II rezó ante los restos mortales de San Pedro Claver en la Iglesia de los Jesuitas en Cartagena el 6 de Julio de 1986.

Su fiesta se celebra el 9 de Septiembre.