3 ene. 2015

Santo Evangelio 3 de Enero de 2015



Día litúrgico: 3 de Enero (Feria del tiempo de Navidad)

Texto del Evangelio (Jn 1,29-34): Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».


Comentario: Rev. P. Higinio Rafael ROSOLEN IVE (Cobourg, Ontario, Canadá)
«Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»

Hoy, san Juan Bautista da testimonio sobre el Bautismo de Jesús. El Papa Francisco recordaba que «el Bautismo es el sacramento en el cual se funda nuestra fe misma, que nos injerta como miembros vivos en Cristo y en su Iglesia»; y agregaba: «No es una formalidad. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. Un niño bautizado o un niño no bautizado no es lo mismo. No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros, con el Bautismo, somos inmersos en esa fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una vida nueva, no ya en poder del mal, del pecado y de la muerte, sino en la comunión con Dios y con los hermanos».

Hemos escuchado los dos efectos principales del Bautismo enseñados en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1262-1266):

1º «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 11,29). Un efecto del Bautismo es la purificación de los pecados, es decir, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado. 

2º «Baja el Espíritu», «bautiza con Espíritu Santo» (Jn 1,34): el bautismo nos hace "una nueva creación", hijos adoptivos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, miembros de Cristo, coherederos con Él y templos del Espíritu Santo. 

La Santísima Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— nos da la gracia santificante, que nos hace capaces de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo; de vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante sus dones; de crecer en el bien por medio de las virtudes morales.

Pidamos, como nos exhorta el Papa Francisco, «despertar la memoria de nuestro Bautismo», «vivir cada día nuestro Bautismo, como realidad actual en nuestra existencia».


Comentario: + Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret (Vic, Barcelona, España)
Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios

Hoy, este fragmento del Evangelio de san Juan nos adentra de lleno en la dimensión testimonial que le es propia. Es testigo la persona que comparece para declarar la identidad de alguien. Pues bien, Juan se nos presenta como el profeta por excelencia, que afirma la centralidad de Jesús. Veámoslo desde cuatro puntos de vista.

La afirma, en primer lugar, como un vidente que exhorta: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Lo hace, en segundo lugar, como un convencido que reitera: «Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’» (Jn 1,30). Lo confirma como consciente de la misión que ha recibido: «He venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel» (Jn 1,31). Y, finalmente, volviendo a su cualidad de vidente, afirma: «El que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre Él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto» (Jn 1,33-34).

Ante este testimonio que conserva dentro de la Iglesia la misma energía de hace dos mil años, preguntémonos, hermanos: —En medio de una cultura laicista que niega el pecado, ¿contemplo a Jesús como aquel que me salva del mal moral? —En medio de una corriente de opinión que sólo ve en Jesús un hombre religioso extraordinario, ¿creo en Él como aquel que existe desde siempre, antes que Juan, antes de que el mundo fuera creado? —En medio de un mundo desorientado por mil ideologías y opiniones, ¿admito a Jesús como aquel que da sentido definitivo a mi vida? —En medio de una civilización que margina la fe, ¿adoro a Jesús como aquel en quien reposa plenamente el Espíritu de Dios?

Y una última pregunta: —Mi “sí” a Jesús, ¿es tan absoluto que también yo, como Juan, proclamo a los que conozco y me rodean: «¡Os doy testimonio de que Jesús es el hijo de Dios!»?

Santa Genoveva, Patrona de París, 3 de Enero



3 de Enero
Santa Genoveva
Patrona de París († ca.502)

 
Mezcla de tradición histórica o legendaria, la figura de esta santa destaca, poderosa, en medio del florecimiento cristiano primitivo, que venia a sustituir a los antiguos ídolos griegos, latinos o celtas.

Su nombre está asociado a la vida de los habitantes antigua Lutecia. La montaña donde Clovis había levantado una iglesia en honor de San Pedro y San Pablo se llamaría en lo sucesivo montaña de Santa Genoveva. Al lado del rey merovingio será enterrada y sucesivas vicisitudes llevarán sus cenizas hasta el lugar que hoy ocupa la iglesia de San Esteban del Monte (Saint – Etienne - du -Mont) rodeados de una hermosa reja de hierro forjado, entre cirios y exvotos de sus fieles agradecidos.

Lutecia era una ciudad sin importancia, inferior a Sens o a Lillebonne. Los textos antiguos parecen ignorarla. Cesar, en su Guerra de las Galias, hace mención escasa del oppidum de los parisii, cuando tuvo necesidad de cruzar por él en el año 53 antes de J. C. Lo cita como un territorio tranquilo en los imites de la 'Céltica y del país de los belgas, encerrado en una isla formada por 1os brazos del río Sena.

En la época romana, las grandes vías de comunicación trazadas por los vencedores van a dar importancia a la ciudad recién nacida, al paso de las tropas romanas, que llegarán hasta la península Ibérica, jalonando el territorio español de construcciones imperecederas.

Más adelante, de la isla, la pequeña ciudad irá subiendo hasta la montaña de Santa Genoveva. Los edificios que pudiéramos llamar oficiales la embellecían y, aunque sus habitantes siguen siendo escasos, ya se vislumbra a través de la vida pública que comienza, un auge incesante, que las dinastías reinantes se encargaran de acrecer.

Las invasiones de los francos y germanos dejarán la traza de su afán destructivo. Los tesoros desaparecen a su paso. Las tribus bárbaras tienen predilección por sembrar de hogueras su camino. Las ciudades romanas empiezan a fortificar sus reductos. Lutecia será un Castellum con lo que la vemos cercada de murallas y en las murallas las puertas que permiten su comunicación con exterior.

En el siglo IV la isla estaba rodeada de murallas y, si añadimos que su extensión no sobrepasaba las diez hectáreas, tendremos una idea aproximada del escenario en que se desarrolló la vida de la Santa de los parisinos, cuyos datos históricos nos ha proporcionado casi en exclusividad Gregorio de Tours.

Antes de la expansión del cristianismo, los dioses de los parisinos eran los de la Galia galorromana: Júpiter,

Marte, Apolo, Baco, Minerva, Venus, Diana. El culto de la diosa - madre y el de Isis eran igualmente populares. Pero fue Mercurio el más popular de todos y sus estatuas se prodigaban hasta por los últimos rincones del país. En Montmartre existió un Templo dedicado a esta divinidad y de ahí le vino el nombre que ostenta: Mons - Mercurii.

Ya en el siglo V la fe cristiana ha prendido en el alma de los parisinos. Los primeros mártires y los primeros santos van a dar testimonio de la verdad de la nueva doctrina en lucha abierta con el paganismo y, lo que es peor, con las herejías nacidas en su mismo seno. San Germán obispo de Auxerre y el bienaventurado Lobo, obispo Treves, a su paso por París para combatir a los herejes de Gran Bretaña, encontraron a una joven de extraordinaria virtud, de gran fuerza persuasiva, vehemente en su deseo de hacer el bien, dispuesta al sacrificio en favor de los pobres y necesitados. Una llama ardiendo en fe capaz de conmover a los más forzudos guerreros, de convencer al propio rey de los francos, incapaz de hacer frente a sus demandas de liberar a los prisioneros. Teodoredo, obispo de Tyro, asegura que cuando Simeón el estilita, desde lo alto de su columna, reconocía entre las multitudes que venían a consultarle, a algún mercader galo enseguida le encargaba que llevase sus saludos a Genoveva. Tal era la fama de sus virtudes, que traspasó las más lejanas fronteras.

Se sabe que Genoveva había nacido en Nanterre, cerca de París, en los primeros años del siglo V (409?, 422?) y que debió de morir a edad muy avanzada hacia el 502.

En Nanterre se puede encontrar el parque que lleva su nombre. Uno de sus biógrafos escribe: "En otro tiempo rodeada de murallas y adornada con un oratorio, este parque apenas es reconocible sí no es por unas excavaciones y por una sencilla cruz de madera clavada en la tierra por una mano piadosa". Una fuente lleva también su nombre, así como un recinto, en el monte Valero, donde la tradición asegura que la Santa cuidaba los rebaños de su padre. Hay un pozo y una gruta donde parece que se retiraba a orar, en aquella actitud en que se nos la describe con los brazos en cruz, la mirada fija en lo alto, pronta a las lágrimas para recibir las inspiraciones de Dios todopoderoso. Genoveva se hallaba dotada con los dones del Espíritu Santo.

Su padre se llamaba Severo y Geroncia su madre, nombres ambos latinos así como el suyo era típicamente galo. Si sus padres fueron o no personas de buena posición nada se opone a que la joven cuidase sus ganados en la pradera y para todos será la Santa aquella pastorcita de Nanterre, predestinada por Dios para realizar actos maravillosos y extraordinarios. Sus hagiógrafos cuentan de éstos y no acaban. Cuando San Germán hablaba con ella, arrebatado por el fuego de aquella alma que deseaba consagrarse a Dios, dicen que cayó del cielo una medalla que el santo obispo se apresuró a colocar en el cuello de la Santa. El imprudente que se atrevió a insultarla quedará muerto en el acto. Su propia madre, en cierta ocasión, arrebatada por la ira, llegó a ponerle la mano en el rostro y quedó cegada. Genoveva consiguió su curación. Es muy difícil controlar la verdad histórica de todos estos acontecimientos.

Pero no serán estos hechos. con ser abundantes, los que arranquen la devoción de los parisinos, sino los importantes de haber salvado la ciudad de calamidades espantosas.

Atila, el "azote de Dios", se dirige a marchas forzadas, hacia la Galia. No hay barbarie que aquel poder ejercito no se atreva a cometer. Metz, Reims, Camb Besançon, Langres, Auxerre, se han convertido en un montón de ruinas, ¿por qué no habría de sufrir París, es decir, Lutecia, idéntica suerte? Las hordas amarillas se complacen en sembrar el terror. Una gran multitud de gente empavorecida llega hasta Santa Genoveva, que ya ha adquirido fama de santa entre sus conciudadanos. Ella aconseja que vuelvan a sus moradas, que no se abandonen a la desesperación, porque seria inútil. De píe, sobre una eminencia del terreno, la tradición la recuerda dirigiendo al pueblo una arenga: "Gente de París, amigos míos, hermanos míos, os engañan. Los que se pretenden vuestros defensores empuñando las armas no deben asustaros. Atila avanza, es cierto, pero no atacará vuestra ciudad. Os lo aseguro en nombre de Dios". La profecía cumple, con lo que Genoveva gana en prestigio ante la opinión de los parisinos. Atila ha torcido su camino y se dirige hacia Orleáns. París respira, aliviada. La salvación se atribuye a las oraciones de la doncella.

Otro hecho aún más famoso vive en la memoria de todos. Childerico acaba de morir y Clovis, su hijo, pretende sucederle. A ello se opone Syagrio hijo de Egidio el antecesor de Childerico. Clovis, al frente de un pequeño ejercito de francos, pone sitio a la ciudad de París, reducida, por aquel entonces, a una isla. El hambre comienza a diezmar sus habitantes, sin salvación posible. Las puertas están vigiladas, y sólo un milagro explica Genoveva, ya de edad muy avanzada, pueda salir sin vista por el enemigo. Ha prometido que habrá víveres todos. Encendida de patriotismo, se lanza al río en barca de pescadores. A su paso, se suceden hechos extraordinarios: desaparecen obstáculos infranqueables, los graneros se abren para volcarse sobre su barca; otras barcas se unen a la suya, en un total de once regresan a la ciudad entre las aclamaciones de la multitud.

Murió Genoveva con más de ochenta años, hacia la primera década del siglo VI. Fue enterrada junto a Clovis, como ya se ha dicho, en la iglesia de San Pedro y San Pablo, sobre la montaña que lleva el nombre de Santa Genoveva.

Las cenizas de la Santa siguieron atrayendo la devoción de los parisinos y no había solemnidad ni temida catástrofe que no se recurriese a la urna que contenía los restos, enriquecida con donaciones de monarcas y príncipes, siendo de gran fama el manojo de diamantes ofrecido por María de Médicis. Más adelante, verdad o mentira se aseguró que los diamantes eran falsos.

La revolución, con sus bandadas de cretinos, no respeto estas cenizas, acusadas de ser un símbolo más del obscurantismo del antiguo régimen. Lo que pudo recogerse tras la turbonada, junto con la tumba, hallada en la abadía merovingia, fue trasladado a la iglesia de Saint - Etíenne – du – Mont donde aún acuden sus fieles devotos en demanda de favores.

 
Genoveva, Santa

Autor: Archidiócesis de Madrid 


Su vida está asociada a los habitantes de París, la antigua Lutecia. 

El rey Clovis mandó edificar una iglesia en honor de San Pedro y San Pablo y la montaña se llamará ya, en adelante, la montaña de Santa Genoveva. Fue enterrada junto al rey merovingio y lo que queda de sus cenizas, después de la acción que corresponde en propiedad a las hordas de cretinos de la Revolución, se encuentra en la Iglesia de Saint-Etienne-du-Mont. 

La vida de la santa se desarrolló, en el siglo IV, dentro de las murallas que rodeaban la pequeña isla formada por los brazos del río Sena. Solo hay comunicación con el exterior a través de las puertas que dan acceso al Castellum del oppidum parisii como lo menciona César en su Guerra de las Galias. 

Los datos históricos de la santa de los parisinos los proporciona en exclusiva Gregorio de Tours. Refiere que ya san Germán, obispo de Auxerre, y el obispo Lobo de Trèves, de paso hacia Gran Bretaña para combatir herejes, encontraron una joven de una virtud fuera de lo usual, con una formidable fuerza convincente, entusiasta en su deseo de hacer el bien y pronta al sacrificio a favor de los pobres y necesitados. Es como una llama ardiendo en fe capaz de conmover a los más forzudos guerreros y de convencer al propio rey de los francos, que se muestra incapaz de hacer frente a sus demandas de liberar a los prisioneros. Incluso hay referencias del mismísimo Simeón el Estilita que, desde lo alto de su columna, mandaba saludos a Genoveva cuando descubría entre las multitudes que acudían a verlo, oírlo y consultarle a algún mercader galo. 

Se sabe que nació en Nanterre, cerca de París en los comienzos del siglo IV y que sus padres fueron Severo y Leoncia que eran nombres frecuentes entre los romanos. En los relatos de su historia aparecen hechos que con toda probabilidad pertenecen a elegantes añadidos destinados a enaltecer la figura de la santa: en charla sobrenatural con san Germán cae del cielo una medalla que el santo obispo coloca inmediatamente en el cuello de la joven. El imprudente que osó insultarla que cayó muerto en el acto. Su madre queda ciega cuando, arrebatada por la ira, pone su mano sobre la santa; inmediatamente, llena de misericordia filial, ella la cura. Cuentan y no paran. 

En dos de los relatos se funda el patronazgo sobre París. Uno fue la liberación del ataque esperado y temido de Atila invasor; el otro fue la milagrosa provisión de alimentos que la santa proporciona a los sitiados parisinos ante el asedio que la isla del Sena soporta por parte del rey Clovis en lucha por su corona, cuando ya se comenzaba a diezmar la ciudad por el hambre. Y a fuer de verdad, no es extraño que los parisinos la tengan por patrona. 

Murió anciana en la primera década del siglo VI. 
 

 

2 ene. 2015

Santo Evangelio 2 de Enero de 2014



Día litúrgico: 2 de Enero (Feria del tiempo de Navidad)

Santoral 2 de Enero: Santos Basilio el Grande y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia
Texto del Evangelio (Jn 1,19-28): Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron adonde estaba él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». 

Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.


Comentario: Mons. Romà CASANOVA i Casanova Obispo de Vic (Barcelona, España)
En medio de vosotros está uno (…) que viene detrás de mí

Hoy, en el Evangelio de la liturgia eucarística, leemos el testimonio de Juan el Bautista. El texto que precede a estas palabras del Evangelio según san Juan es el prólogo en el que se afirma con claridad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14). Aquello que en el prólogo —a modo de gran obertura— se anuncia, ahora en el Evangelio, paso a paso, se manifiesta. El misterio del Verbo encarnado es misterio de salvación para la humanidad: «La gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1,17). La salvación nos viene por Jesucristo, y la fe es la respuesta a la manifestación de Cristo.

El misterio de la salvación en Cristo está siempre acompañado por el testimonio. Jesucristo mismo es el «Amén, el Testigo fiel y veraz» (Ap 3,14). Juan Bautista es quien da testimonio, con su misión y mirada de profeta: «En medio de vosotros está uno (…) que viene detrás de mí» (Jn 1,26-27). Y los Apóstoles así entienden la misión: «A este Jesús, Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hch 2,32).

La Iglesia toda ella, y por tanto todos sus miembros, tenemos la misión de ser testigos. El testimonio que nosotros traemos al mundo tiene un nombre. El Evangelio es el mismo Jesucristo. Él es la “Buena Nueva”. Y la proclamación del Evangelio a lo largo de todo el mundo hay que entenderla también en clave de testimonio que une inseparablemente el anuncio y la vida. Es conveniente recordar aquellas palabras del papa Pablo VI: «El hombre contemporáneo escucha mejor a quienes dan testimonio que a quienes enseñan (…), o, si escuchan a quienes enseñan, es porque dan testimonio».

San Basilio Magno, 2 de Enero


San Basilio de Cesarea
SAN BASILIO MAGNO
2 de Enero
 (†  379)

 
San Basilio Magno es uno de los Padres de la Iglesia griega que más brillaron en el siglo IV en Capadocia y en toda la Iglesia primitiva.

 Fue admiración de los eruditos por su elocuencia, expectación de los teólogos por su actuación en las controversias dogmáticas. Asceta por vocación, fue el gran legislador de la sociedad monástica. Como jerarca merece un puesto de honor entre los grandes obispos. Hombre de acción por temperamento, gobernó una vastísima provincia eclesiástica; personalidad rica en perfiles espirituales, reformó intrépidamente su pueblo, siendo así el exponente de la misión práctica y pastoral de la Iglesia.

 Por su profundidad de pensamiento, su arrebatadora elocuencia y asombroso dinamismo y por su bellísimo estilo, sus compatriotas le llamaron “el Grande".

 Nació hacia el año 329 en Cesarea de Capadocia (Asia Menor), donde su padre, aunque oriundo del Ponto, ejercía la abogacía y la retórica. De familia profundamente cristiana, sus abuelos vivieron siete años en el bosque durante la persecución de Diocleciano. Su madre, Enmelia, era hija de mártir y hermana de un obispo. Fueron diez hermanos, de ellos tres obispos, Basilio, Gregorio Niseno, Pedro de Sebaste, y una santa, su hermana Macrina.

 Mientras su abuela Macrina, también santa, le educaba en la virtud y en las buenas costumbres, su padre le enseñaba los elementos de las ciencias, que luego amplió con los maestros de Cesarea. Aquí hizo amistad con Gregorio Nacianceno; ambos amigos marchaban siempre juntos, no conociendo más camino que el de la iglesia y el de la escuela. Sus escritos rezuman la cultura clásica recibida en su ciudad natal, y posteriormente perfeccionada en Constantinopla y en Atenas, donde volvió a encontrarse con su entrañable amigo Gregorio.

 Basilio, sin embargo, no estaba aún bautizado. La formación adquirida fue un baño de humanismo antes de la inmersión en Cristo. Más tarde la considerará como un resplandor de luz eterna y se esforzará por adaptar la ideología griega al pensamiento cristiano. A los veintiséis años retorna a Capadocia, donde los ejemplos de su hermana Macrina, que vivía en casa como las vírgenes consagradas a Dios, le hicieron despertar de un profundo letargo y, viendo la luz de la verdad evangélica, decidió hacerse cristiano. Recibió el bautismo de manos de Dianios, obispo de Cesarea, y encaminó sus pensamientos hacia la vida monástica.

 Para iniciarse bien en ella emprende en 357 un largo viaje de estudio orientador a través de las lauras de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia. Vuelto a su patria, distribuye sus bienes a los pobres, se retira a Annesi, a la orilla del Iris, en el Ponto, donde, gracias a la experiencia adquirida, organiza y funda un monasterio. Su inspirador en ascetismo era Eustato, obispo de Sebaste, en la pequeña Armenia, iniciador de la vida monástica en Asia.

 La oración, la lectura, el trabajo manual, consumían aquellas largas jornadas de soledad, vividas en rigor y dureza extremos. Aquí aprendió la teología y sobre todo el conocimiento de la Sagrada Escritura que respiran sus escritos. Los discípulos empezaron bien pronto a afluir. En 358-359 redacta Basilio para sus monjes unas instrucciones generales, conocidas con el título de Grandes Reglas, notables por su sabiduría y moderación; posteriormente escribió las Pequeñas Reglas o exhortaciones y consejos. Quedaba así consagrada la vida común sobre la eremítica, convirtiéndose Basilio en el legislador de la vida cenobítica en Oriente y padre del monacato oriental. Hacía el año 359 compone igualmente para los monjes la Filocalía, es decir, una antología de Orígenes, al que tomara como modelo en su deseo de compaginar la vida ascética con la formación científica.

 Fue, efectivamente, preocupación de los Padres y Doctores de la Iglesia oriental aprovechar al máximo para el cristianismo la estructura y las concepciones helénicas del paganismo, en lo que sobresalió Orígenes. El mismo Basilio aconsejará más tarde a los jóvenes la manera de aprovecharse en cristiano de la lectura de los autores clásicos. Al fin y al cabo, la obra de Dios creador en los pueblos precristianos debía forzosamente de conducir, como "economías" o caminos providenciales, a la obra de Jesucristo Redentor. San Basilio vio clarísima esta verdad y trató de bautizar, por decirlo así, a Platón y su escuela.

 Hubiera deseado Basilio pasar en su soledad del Ponto el resto de sus días, pero la Providencia quiso consagrarlo también como activo obrero de su Iglesia. Desde el año 360 le vemos fuera del monasterio, paladín de controversias religiosas en defensa de la Iglesia, amenazada exteriormente por la persecución, e interiormente por los conatos de herejía. Acompaña al obispo armenio de Sebaste, Eustato, a Constantinopla; regresa a Capadocia, retornando a su monasterio del Iris; vuelve nuevamente a Cesarea para asistir en su muerte al obispo Dianios. Como sucesor de éste fue entronizado en el año 362 Eusebio, que será durante ocho años el metropolitano de Basilio.

 Basilio era ya “lector", y Eusebio, deseoso de tenerlo a su lado en momentos en que la persecución de Juliano arreciaba contra la Iglesia, le ordenó de sacerdote. Las envidias le obligaron a volverse a su retiro del Ponto, refugio siempre añorado en medio de los vaivenes de la tarea apostólica. Como a la persecución cruenta del Apóstata se añadiese ahora la de Valente en favor del arrianismo, el metropolitano Eusebio, ayudado de Gregorio Nacianceno, consiguió reintegrar a Basilio a su cargo, junto a su obispo. Era el año 365. Cinco años permaneció, ininterrumpidamente como auxiliar de Eusebio. Gregorio traza así la semblanza de Basilio en esta época: "Buen consejero, diestro colaborador, expositor de los libros santos, fiel intérprete de sus obligaciones, báculo de su ancianidad, columna de su fe”.

 Durante estos años Basilio desarrolla a velas desplegadas su ministerio apostólico, sin descuidar, sin embargo, su vida de monje; intensifica la lucha contra los arrianos y arrianizantes, se entrega a la reforma del clero y de los monjes y se consagra a la instrucción y servicio del Pueblo cristiano. Durante un período de hambre en Capadocia, por el año 367 ó 368, Basilio, que había ya heredado la fortuna de su madre, entregó sus bienes por segunda vez, recomendó suscripciones, abrió cantinas populares, contribuyendo en gran escala a aminorar los efectos de la desgracia.

 Aún encontró tiempo Basilio para reformar la liturgia. No es que él inventara nuevos ritos o compusiera nuevas oraciones; su labor consistió preferentemente, como la de San Juan Crisóstomo, en escoger, entre las plegarias y ceremonias más antiguas, lo mejor y más adecuado, haciendo quizá alguna modificación y aun añadiendo tal vez alguna oración original. Pero esto fue lo suficiente para que se le otorgase a Basilio la paternidad de la liturgia bizantina, que lleva su nombre, y que, por ser más antigua y más larga que la del Crisóstomo, tiene marcado carácter de penitencia, en consonancia con el espíritu ascético de su autor. La liturgia de San Basilio se celebra todos los domingos de Cuaresma y el día 1 de enero, fiesta del Santo en la Iglesia oriental.

 Uno de los episodios de esta época fue el viaje del emperador Valente a Cesarea, decidido a implantar el arrianismo; algunos obispos habían suscrito por temor las fórmulas heréticas del concilio de Rímini, y los que no lo hicieron fueron depuestos. El extraordinario prestigio de Basilio en Cesarea alejó el peligro de la guerra religiosa, debiendo marchar el emperador sin intentar siquiera imponer el arrianismo, Basilio era realmente el hombre de Cesarea: diplomacia, administración, caridad... , todo estaba en sus manos.

 En esto muere el metropolitano Eusebio. Es natural que la elección de su sucesor recayese en Basilio, alma de la metrópoli. Hubo viva oposición, pero su amigo de siempre, Gregorio Nacianceno, venció todas las dificultades, y Basilio quedó constituido en metropolita de Cesarea de Capadocia. Su misión era harto difícil. Cesarea era una gran sede, cabeza de toda la provincia eclesiástica de Capadocia, y con jurisdicción sobre cincuenta diócesis sufragáneas, repartidas en once provincias; era necesario elegir obispos dignos, vigilar la convocatoria regular de los sínodos, resolver litigios y casos de conciencia.

 El primer problema que se le presenta al nuevo metropolita es el del arrianismo, favorecido por el emperador Valente. Este torna por segunda vez a Cesarea con la misma intención de imponer la doctrina de Arrio. Conocida es la respuesta de Basilio al prefecto imperial en Capadocia, cuando éste intentaba ganarlo a los caprichos heretizantes de Valente: "Es que tal vez no te has encontrado nunca con un obispo”. "Nadie ha usado conmigo hasta hoy semejante lenguaje", había dicho el prefecto imperial ante las enérgicas respuestas del metropolita; y es que Valente se hallaba efectivamente por vez primera ante “todo un obispo”. Impresionado Valente y lleno de respetuoso temor, quiso conquistarle con seducciones y amenazas; pero hubo finalmente de ceder, retirándose de Capadocia sin imponerle ninguna firma contraria al concilio de Nicea y encomendándole por añadidura en 372 la dirección de los asuntos eclesiásticos de Armenia.

 La paz, ganada contra la herejía, pareció por un momento perturbarse cuando el emperador dividió Capadocia en dos provincias, con Cesarea y Tiana por capitales. El obispo de Tiana, Antimo, aprovechó la oportunidad para rechazar la autoridad de Basilio y constituirse en metropolitano independiente de Cesarea. Basilio obró hábil y enérgicamente, nombrando obispo de Sásima a Gregorio, ciudad por donde pasaban las vías que conducían a Cesarea los tributos debidos a ésta. Así se conjuró la deslealtad de Tiana. Más tarde, sin embargo, por bien de paz, Basilio consintió en ceder al usurpador una parte de los derechos de la "segunda Capadocia".

 Basilio se esforzó, por otra parte, en asegurar la paz más allá de las fronteras capadocianas, multiplicando sus conferencias con los obispos orientales, manteniendo contacto epistolar con Atanasio e incluso suplicando la intervención del papa Dámaso y la de los obispos occidentales. Un pequeño incidente sobre el nombramiento de obispo para Antioquía por poco paraliza sus gestiones con Occidente, pero ello nada disminuyó su auténtica ortodoxia católica.

 Basilio sabía luchar en todos los frentes a la vez, a pesar de que su salud se resentía cada día más. Los intereses temporales de la diócesis le preocupaban; sus cartas abundan en intervenciones de esta clase. Defendió ante el poder civil las inmunidades eclesiásticas; reclamó para ambos cleros la exención de los impuestos; consiguió para sí la jurisdicción sobre los delitos cometidos en perjuicio de las iglesias. Una de sus obsesiones eran los pobres y los esclavos; pedía a los ricos para dar a los indigentes; multiplicó hospicios y casas de beneficencia, instalándolos sobre todo en las ciudades, atendidas eclesiásticamente por corepíscopos, en la capital de la metrópoli fundó la célebre “Basiliada", establecimiento de inmensas proporciones, hospedería, asilo, hospital y leprosería, todo a la vez, donde centralizó los servicios generales de asistencia a los necesitados. Predicaba frecuentemente sobre la limosna, y a los ricos avaros dirigía los siguientes o, similares reproches: "¿No te sientes ladrón?... No lo olvides; el pan que tú no comes pertenece al que tiene hambre; el vestido que tú no usas pertenece al que va desnudo; el calzado que no empleas es propiedad del descalzo; el dinero, que tú malgastas es oro del indigente; eres un ladrón de todos aquellos a quienes podrías ayudar”.

 Valente murió, finalmente, en el año 378. Con ello tornó la paz a la Iglesia, Su sucesor, Graciano, restableció por ley la libertad religiosa, y Basilio pudo dedicarse más intensamente a su labor pastoral. Los habitantes de Constantinopla llamaron a su amigo Gregorio de Nacianzo a ocupar la sede constantinopolitana; la respuesta favorable fue redactada de común acuerdo por ambos amigos, siendo éste tal vez el último acto y la última alegría de su vida. Gregorio escribió que Basilio, aquejado de una grave dolencia de hígado, vivía sin alimentarse y que su piel tocaba inmediatamente los huesos. Extenuado por los trabajos, las preocupaciones y las mortificaciones del asceta, Basilio se consumió prematuramente el 1 de enero de 379. Contaba entonces sólo cuarenta y nueve años de edad.

 Cuanto queda dicho es un pálido reflejo de la rica fisonomía espiritual de San Basilio. Sería necesario leer sus innumerables escritos, particularmente su epistolario, donde se halla diseminada la historia de sus crisis interiores, de sus inquietudes apostólicas y de sus dolores espirituales. Junto al asceta y al contemplativo, al pastor infatigable y al defensor de los derechos de la verdad católica, encontramos al insigne polígrafo, que en multitud de cartas, de discursos y tratados dogmáticos, preferentemente ascéticos, iba vertiendo su ciencia y su piedad, encaminadas a llevar las almas a Dios.

 Hablando de su oratoria, se ha dicho que Basilio fue el primer orador de la Iglesia; Atanasio arengaba a los soldados de la fe; Orígenes dogmatizaba ante sus discípulos; Basilio hablaba a todas horas y a toda clase de hombres, con un lenguaje a la vez natural y sabio, cuya elegancia no disminuía ni la sencillez ni la valentía. Gregorio fue tal vez más brillante; para Basilio la dicción y el estilo eran no ornato, sino armas, cuyo mango, más o menos labrado, sólo servía para clavarlas más hondas.

 Sus cartas reconocidas como auténticas suman unas 365 y, salvo algunas que son de simple cortesía, nos permiten seguir día a día su prodigiosa actividad. El epistolario basiliano brinda al historiador preciosas noticias sobre la vida de los cristianos en época tan turbulenta de la historia de la Iglesia; su estilo es bellísimo y su contenido revela el alma de un gran santo. Unas se refieren a asuntos generales de la Iglesia, otras aluden a la vida monacal, algunas son verdaderos tratados de teología y disciplina canónica, bastantes son cartas de consuelo a familias desgraciadas, algunas están dirigidas a pecadores y a sacerdotes infieles, la mayor parte se refieren a la muchedumbre de negocios confiados a la solicitud pastoral de Basilio.

 Pocas en número, pero de altísimo valor doctrinal, fueron sus obras dogmáticas: los tres libros contra el arriano Eunomio, escritos en 363-365, y el tratado sobre el Espíritu Santo, redactado después del año 70. Ambos vienen a ser como la síntesis trinitaria y teológica del doctor de Cesarea. Sobriamente elegantes, ricos de estilo y de elocuencia, estos tratados se mueven dentro de la filosofía metafísica de la antigüedad, de contornos platónicos, peripatéticos, eclécticos; alguien ha llamado a Basilio el Platón cristiano; pero el contenido es netamente niceno.

 Basándose en las definiciones del concilio y en la doctrina de su gran apologista San Atanasio, Basilio defendía, contra Sabelio, la distinción de personas divinas; contra los arrianos, su perfecta igualdad, alerta a cortar los brotes renacientes de la herejía y captando a los indecisos semiarrianos a la confesión de fórmulas trinitarias claras. Paladín del omousios, acogía, sin embargo, las expresiones sinónimas, a condición de un acuerdo objetivo. Matizó los términos, aún confusos, de “naturaleza” y "persona" o hipóstasis, entendiendo por aquélla lo que en Dios es común; y por éstas lo que en Dios es especial. Difundió como ningún otro, al par que la acreditó con su autoridad, la fórmula "una sola esencia y tres hipóstasis", estereotipada definitivamente en la doctrina católica del dogma trinitario.

 Tiene otro mérito San Basilio en lo relativo al dogma de la Trinidad, y es el haber profundizado la doctrina sobre el Espíritu Santo y preparado así la síntesis dogmática del concilio de Constantinopla relativa a la tercera persona de la Santísima Trinidad. En lo que respecta a la procesión del Espíritu Santo "del Padre y del Hijo", San Basilio defiende la verdadera doctrina, aunque use indistintamente la fórmula de cuño oriental "procede del Padre por el Hijo". Las frases a veces un poco ambiguas, supuesta la imprecisión ideológica de la época, reciben un sentido recto en el conjunto de los escritos trinitarios de Basilio.

 No menos importantes fueron sus homilías y escritos exegéticos. Los discursos, unos interpretan a la Sagrada Escritura, otros son parenéticos, dogmáticos algunos, morales bastantes. Se cuentan unos veinticuatro como auténticos de San Basilio. Entre las obras exegéticas se encuentran las nueve homilías sobre el Hexámeron, cortadas en el día quinto, pronunciadas por Basilio durante una semana de Cuaresma; y las trece homilías sobre los Salmos, predicadas, como las anteriores, antes de recibir la consagración episcopal. En el Hexámeron describe brillantemente las obras de Dios creador, pero se extiende juntamente en el planteamiento de los problemas filosóficos o científicos relativos al origen del mundo. En la exégesis de los Salinos, Basilio sigue más bien las directrices alegóricas de la escuela alejandrina, encauzándolas a los variados temas de la mística y de la moral.

 Notemos que todos los escritos de San Basilio acusan una tendencia moralizante y pastoral, a que su alma apostólica tan fuertemente le inclinaba; sólo eso permitiría, aun sin tener en cuenta sus escritos especializados, contarlo entre los primeros escritores ascéticos. Pero San Basilio no podía por menos de legarnos tratados especiales sobre la ascesis. Ya han quedado consignadas las Grandes Reglas, divididas en 55 capítulos, y las Pequeñas Reglas, resumen de las anteriores en 313 apartados. Publicó además el libro de los Morales, colección sistemática de textos del Nuevo Testamento, cinco tratados sobre la vida cristiana, y las homilías de contenido moral arriba mencionadas. San Basilio no fue un moralista teórico o doctrinario, ni siquiera un sistematizador de los principios o de las aplicaciones ascético-morales. Pero esto no quiere decir que su doctrina no sea coherente en el fondo, ya que emana de principios filosóficos y teológicos indiscutidos; fue en este terreno donde supo mejor San Basilio, al igual que otros Padres de la Iglesia primitiva, armonizar el helenismo pagano y el cristianismo; de aquél supo conservar el marco y el fondo de eterna sabiduría, de este extrajo la sublimidad de la doctrina y sobre todo el misticismo ardiente de su alma. "Cuando yo tomo sus tratados morales y prácticos —escribe su amigo y panegirista San Gregorio Nacianceno—, mi alma y mi cuerpo se purifican, me transformo en el templo digno de Dios y en instrumento dócil del Espíritu Santo para albergar su gloria y su magnificencia. Su soplo pone en mí un ritmo de armonía, yo me siento otro, metamorfoseado a semejanza de Dios."

 La doctrina ascética de San Basilio ha inspirado en todas las épocas familias religiosas que han seguido su regla, han imitado su espíritu y han adoptado su nombre. Se puede afirmar que es la regla monástica por antonomasia del Oriente cristiano. Hasta en nuestra España floreció un tiempo una Congregación de monjes, basilios, esplendor de cultura y santidad.

 Sus funerales fueron emocionante testimonio de su popularidad y santidad; asistieron a ellos católicos, paganos y judíos. Cesarea le tributó inmediatamente culto, que la Iglesia universal no tardó en ratificar. El Occidente celebra su fiesta el 14 de junio, mientras que el Oriente lo festeja el día 1 de enero, aniversario de su muerte.

 Basilio recibió sepultura en el sepulcro de sus mayores; "cerca de los obispos el obispo; el mártir, cerca de los mártires, junto a los predicadores, la gran voz que sigue vibrando en mis oídos", dijo San Gregorio de Nacianzo en su panegírico sobre su amigo Basilio.

 SANTIAGO MORILLO, S. I.

1 ene. 2015

Santo Evangelio 1 de Enero de 2014



Día litúrgico: 1 de Enero: Santa María, Madre de Dios (Día octavo de la octava de Navidad)

Texto del Evangelio (Lc 2,16-21): En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.


Comentario: Rev. D. Manel VALLS i Serra (Barcelona, España)
Los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre

Hoy, la Iglesia contempla agradecida la maternidad de la Madre de Dios, modelo de su propia maternidad para con todos nosotros. Lucas nos presenta el “encuentro” de los pastores “con el Niño”, el cual está acompañado de María, su Madre, y de José. La discreta presencia de José sugiere la importante misión de ser custodio del gran misterio del Hijo de Dios. Todos juntos, pastores, María y José, «con el Niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16) son como una imagen preciosa de la Iglesia en adoración.

“El pesebre”: Jesús ya está ahí puesto, en una velada alusión a la Eucaristía. ¡Es María quien lo ha puesto! Lucas habla de un “encuentro”, de un encuentro de los pastores con Jesús. En efecto, sin la experiencia de un “encuentro” personal con el Señor no se da la fe. Sólo este “encuentro”, el cual ha comportado un “ver con los propios ojos”, y en cierta manera un “tocar”, hace capaces a los pastores de llegar a ser testigos de la Buena Nueva, verdaderos evangelizadores que pueden dar «a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño» (Lc 2,17).

Se nos señala aquí un primer fruto del “encuentro” con Cristo: «Todos los que lo oyeron se maravillaban» (Lc 2,18). Hemos de pedir la gracia de saber suscitar este “maravillamiento”, esta admiración en aquellos a quienes anunciamos el Evangelio.

Hay todavía un segundo fruto de este encuentro: «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto y oído los conduce hasta la plegaria de alabanza y de acción de gracias, a la glorificación del Señor.

María, maestra de contemplación —«guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19)— nos da Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Su nombre es también nuestra Paz. ¡Acojamos en el corazón este sagrado y dulcísimo Nombre y tengámoslo frecuentemente en nuestros labios!

La Maternidad Divina de María, 1 de Enero



LA MATERNIDAD DlVINA DE MARÍA
1 de Enero


Vamos a caminar hacia Dios. Vamos a remontarnos hasta el corazón de Dios. No hay miedo a perdernos en el peregrinar. Hubo alguien que tuvo el privilegio de abrevar la sed de lo divino, que inconscientemente late en todos los humanos corazones, precisamente en el corazón mismo de Dios, reclinando su cabeza sobre el pecho -fuerte, ardiente de incontenible latir, estremecido de las más intensas emociones en la noche de la total entrega- del Verbo encarnado, de Cristo señor nuestro. El secreto de Dios es un secreto maravilloso, dulcísimo; incomprensible por lo intenso de su maravilla y lo delicado de su dulzura. Nos lo reveló San Juan: Dios es amor.

Y, como Dios es amor, he aquí que, desde la eternidad, determinó darse. Y el fruto de esta donación fue la existencia de los espíritus, ángeles y almas capaces de reflejar, como imágenes y semejanzas, las divinas perfecciones, la celeste hermosura, cantando así la gloria divina: capaces de pagar amor con amor, rindiendo a la divinidad el homenaje de reconocerse criaturas, pero libremente, voluntariamente, con una entrega perfecta; capaces de darse. Se volcó más: quiso hacerles participantes, en la gloria del cielo, del misterio inefable de su vida trinitaria. Pero no bastó a la potencia infinita de entrega que es el corazón de Dios y quiso que una criatura se uniese a El en la comunión más perfecta imaginable, en comunión de naturaleza, con unidad de persona. El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. Quiso Dios saber de los humanos latidos, de los humanos dolores, de los humanos goces; quiso Dios atraernos con lazos de carne y sangre (Os. 11,4 ) hasta el punto de llegar a derramar la suya en una cruz por salvarnos de nuestros pecados. Y así Cristo quedó constituido en perfecto amador y glorificador del Padre. Pero aún no fue a Dios suficiente. Quiso darse a una criatura de la manera más estrecha posible, aun sin llegar a comunicarle personalmente su divinidad, y entonces...

Era la plenitud de los tiempos. En una pobre casita palestinense una humilde mujer tenía un niño en brazos. De pronto sonrió el niño. El coro de invisibles ángeles que rodeaba la escena se ciñó apretadamente alrededor de la mujer para no perder de vista la sonrisa. Sonrió el niño y sus labios entreabiertos pronunciaron por vez primera una palabra: "¡Madre!" Se postraron los ángeles al oír la palabra, silentes, alfombrando el pobre suelo con sus alas de celeste raso. El Verbo hecho carne acababa de llamar a su Madre. María era Madre de Dios.

No, claro está que la Virgen no dió al Verbo la naturaleza divina. Esta la recibe el Verbo desde la eternidad, misteriosamente, del Padre, primera persona de la Trinidad santísima. La Virgen es Madre de Dios por haber dado a luz un hijo que es Dios. Así como nuestras madres son verdaderamente madres nuestras por el solo hecho de darnos el cuerpo, ya que el alma la recibimos directamente de Dios, así la Virgen no comunicó a Cristo la divinidad, pero al concebir una naturaleza que había sido asumida personalmente por la divinidad, al ser Madre de alguien que era Dios, ella quedaba constituida propiamente Madre de Dios.

Cristo es Dios; María es Madre de Cristo, luego María es Madre de Dios. El razonamiento, escueto, corre limpio del pensamiento al corazón del creyente y mueve sus labios a una perpetua alabanza hacia aquella que, sola y sin ejemplo, mereció llevar en su seno y llamar con verdad hijo suyo al Verbo del Padre.

Solamente quien niegue a Cristo su categoría de Hijo de Dios, como hizo Nestorio, podrá negar que la Virgen sea Madre de Dios.

Entre los humanos no puede imaginarse lazo más dulce, lazo más apretado, lazo más unitivo que el que resulta entre dos seres, uno de los cuales ha dado al otro su sangre, su vida, sus sentimientos, sus ideales; uno de los cuales se prolonga realmente, vitalmente, en el otro. Entre una madre y un hijo. Ningún amor tan fuerte, desinteresado, entrañable, como el de una madre a un hijo. Por eso quiso Dios tener Madre en la tierra. María vino al mundo para ser Madre de Dios, para amar a Dios, para estar unida a Dios de la manera más estrecha imaginable en pura criatura.

De aquí que la dignidad de la Virgen sea sobre todo lo creado. Es casi infinita. Su Hijo le comunica la suya propia de la forma y en la medida que es posible recibirla a humana y limitada criatura. Si no le puede comunicar su dignidad divina, haciéndola su Madre le concede participar de ella en el mayor grado posible, de forma que no pueda concebirse otra mayor, que solamente el entendimiento divino sea capaz de abarcarla en toda su extensión y profundidad. Ella, la Madre, sobre todas las criaturas: sobre los ángeles y los serafines, sobre los bienaventurados todos, sobre toda la creación.

Se complació Dios en ella sobre todas las criaturas del universo.

Era su Madre.

Porque iba a llamarla Madre, los méritos de su pasión, previstos desde la eternidad, le alcanzaron que, a diferencia de los demás mortales, fuera concebida sin culpa, llena de gracia desde el primer instante de su ser.

Al hacerla su Madre puso en ella una radical e inexhaurible exigencia de santidad, de gracia. Hasta hay quienes piensan que el mismo hecho de ser Madre de Dios la hace formalmente santa, con una santidad peculiar, misteriosa puesto que la hace agradable a Dios, la une a Dios inefable y estrechísimamente, la santidad de la maternidad divina.

Por ser su Madre—la Madre del Rey del universo— ella sería la Reina y Señora de todo lo creado, ante cuyo nombre temblarían incluso las potestades del infierno.

Por ser su Madre—la Madre de un Dios redentor— ella sería corredentora y quedaría asociada a su Hijo en la obra de rescatar al género humano de la esclavitud del pecado, y sus méritos—recibidos del Hijo, dignificados por el ser del Hijo—tendrían potencia suficiente para alcanzarnos la gracia de la salvación.

Por ser su Madre--la Madre de un Dios que se hizo hombre para ser hermano mayor nuestro—ella quedaría constituida Madre nuestra y, con ello, toda la razón de nuestra esperanza; porque desde el momento en que podemos decir con verdad, como aquel santo, "la Madre de Dios es mi Madre", no tenemos nada que temer y todo lo podemos esperar. Quien nos dió a su Madre al pie de la cruz, ¿cómo podrá negarnos cualquier cosa que en nombre de nuestra Madre común le pidamos?

Dios ha querido unirse a nosotros inefablemente: ha querido tener una carne y una sangre como las nuestras; ha querido fundirlas con las nuestras en la comunión; ha querido, desvelando el más íntimo secreto de la divina ternura, llamar con nosotros Madre a la misma mujer, unirse a nosotros en su seno, darse a nosotros en sus brazos.

De la maternidad divina se derivan para María todos sus atributos, toda su gloria. De la maternidad divina de María se derivan para nosotros las fuentes del consuelo y de la esperanza. Al saberla tan alta, tan pura, de tanta santidad, reconocemos instintivamente nuestra indignidad y bajeza, lo hórrido de nuestra culpa. Por eso hemos aprendido desde niños a balbucir emocionadamente: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores. Ante la Madre de Dios nos sentimos pecadores, indignos, malos; pero, como hemos aprendido también que es Madre nuestra, nos enseñaron a decirle, con la conciencia de hallarnos encerrados en el valle obscuro de la culpa, desterrados en el lugar de las lágrimas: ¡Salve, Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra!...

Al saber que nuestra Madre es Madre de Dios sentimos brotar en nuestros pechos irresistible añoranza de los eternos bienes, deseo firmísimo del mismo Dios, de nuestro hermano Dios. Conocemos que nuestra patria es el cielo y caminamos seguros hacia él, porque en manos de nuestra Madre están todos sus tesoros y ella está pronta a dispensárnoslos si nosotros nos reconocemos hijos suyos.

Era en el año 431. Nestorio, obispo de Constantinopla, propagando las doctrinas de Teodoro de Mopsuestia, había negado que Cristo fuese propiamente Hijo de Dios, enseñando que en él había dos personas, una humana y otra divina, y no una sola persona, la divina, como enseña la fe verdadera. En consecuencia sostenia que la Virgen era madre de Cristo, de la persona humana de Cristo, y así de ninguna manera se la podría llamar Madre de Dios, ya que Cristo no era Dios. Se habían sucedido las condenaciones de Roma: le había combatido el obispo de Alejandría San Cirilo; pero, ante la contumacia de Nestorio, los emperadores Teodosio y Valentiniano convocaron un concilio, presidido por los legados del papa Celestino, en la ciudad de Efeso. El concilio condenó como hereje a Nestorio y declaró dogma de fe que la Virgen María es Madre de Dios. Fue tanto el regocijo de los efesinos, que profesaban intensísima devoción a la Virgen, al enterarse de la decisión de los Padres del concilio, que, congregándose en inmensa muchedumbre, los saludaron con grandes aclamaciones de gozo y les acompañaron procesionalmente hasta sus casas con antorchas encendidas. Y el papa Pío Xl, queriendo conmemorar dignamente el XV centenario de este concilio e intensificar en los sacerdotes y en el corazón de todos los fieles la devoción hacia la Madre de Dios, instituyó una fiesta litúrgica, con oficio y misa propios, para el 12 de octubre.

Que en estos tiempos difíciles sea ella para nosotros faro de fe, columna de esperanza, recuerdo de que pertenecemos a lo alto y hemos nacido para mayores cosas, invitación a vivir como hijos de tal Madre y hermanos del Verbo que un día quiso hacerse carne en sus entrañas para morir por nuestro amor y abrirnos las puertas del cielo.

PEDRO DE ALCÁNTARA MARTINEZ

31 dic. 2014

Santo Evangelio 31 de Diciembre de 2014



Día litúrgico: 31 de Diciembre (Día séptimo de la octava de Navidad)

Texto del Evangelio (Jn 1,1-18): En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. 

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. 

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. 

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.


Comentario: Rev. D. David COMPTE i Verdaguer (Manlleu, Barcelona, España)
Y la Palabra se hizo carne

Hoy es el último día del año. Frecuentemente, una mezcla de sentimientos —incluso contradictorios— susurran en nuestros corazones en esta fecha. Es como si una muestra de los diferentes momentos vividos, y de aquellos que hubiésemos querido vivir, se hiciesen presentes en nuestra memoria. El Evangelio de hoy nos puede ayudar a decantarlos para poder comenzar el nuevo año con empuje.

«La Palabra era Dios (...). Todo se hizo por ella» (Jn 1,1.3). A la hora de hacer el balance del año, hay que tener presente que cada día vivido es un don recibido. Por eso, sea cual sea el aprovechamiento realizado, hoy hemos de agradecer cada minuto del año.

Pero el don de la vida no es completo. Estamos necesitados. Por eso, el Evangelio de hoy nos aporta una palabra clave: “acoger”. «Y la Palabra se hizo carne» (Jn 1,14). ¡Acoger a Dios mismo! Dios, haciéndose hombre, se pone a nuestro alcance. “Acoger” significa abrirle nuestras puertas, dejar que entre en nuestras vidas, en nuestros proyectos, en aquellos actos que llenan nuestras jornadas. ¿Hasta qué punto hemos acogido a Dios y le hemos permitido entrar en nosotros?

«La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Acoger a Jesús quiere decir dejarse cuestionar por Él. Dejar que sus criterios den luz tanto a nuestros pensamientos más íntimos como a nuestra actuación social y laboral. ¡Que nuestras actuaciones se avengan con las suyas!

«La vida era la luz» (Jn 1,4). Pero la fe es algo más que unos criterios. Es nuestra vida injertada en la Vida. No es sólo esfuerzo —que también—. Es, sobre todo, don y gracia. Vida recibida en el seno de la Iglesia, sobre todo mediante los sacramentos. ¿Qué lugar tienen en mi vida cristiana?

«A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1,12). ¡Todo un proyecto apasionante para el año que vamos a estrenar!

31 de Diciembre San Silvestre I Papa


31 de Diciembre

San Silvestre I Papa
( † 355)

San Silvestre, con ese aire de despedida del año viejo, tiene una significación especial en la historia de la Iglesia, no ya sólo por sus virtudes, sino también por la época difícil y maravillosa, a su vez, que le tocó vivir.

Debido a esta circunstancia, no es extraño que su venerable figura haya ido recogiendo a través de los siglos una multitud de leyendas piadosas, haciendo difícil distinguir entre ellas lo que pueda haber de falso o de verdadero. De San Silvestre nos hablan, casi por encima, los primeros historiadores cristianos: Eusebio de Cesarea, Sócrates y Sozomeno. Más noticias encontramos en la relación de los papas que trae el Catalogo Liberiano y, sobre todo, en la multitud de detalles con que adorna su vida el famoso Pontifical Romano. Fue compuesta esta obra en diversos tiempos y por diversos autores, y en lo que toca a San Silvestre, recoge de lleno sus célebres actas, elaboradas durante el siglo v, y que, a pesar de ser admitidas por algunos Padres antiguos, fueron siempre consideradas como espúreas por la Iglesia de Roma.

El hecho de mezclar lo verídico con lo fabuloso, dieron a las actas de San Silvestre un gran predicamento durante toda la Edad Media, aunque pronto fueron cayendo en desuso, teniendo en cuenta, sobre todo, los dos hechos principales que en ellas se mencionan: la curación y conversión de Constantino y la donación que el emperador hace al papa Silvestre, no ya sólo de Roma, sino también de Italia y, como algunos llegaron a suponer, de todo ei Imperio de Occidente. Baronio, el autor de los Anales eclesiásticos, supone la autenticidad de las mismas y recurre al testimonio del papa Adriano I, que en el siglo Vlll las tiene como tales en una carta a los emperadores Constantino e Irene, cuando la lucha por las imágenes. Son citadas a su vez en la primera decretal del concilio II de Nicea, y autores no muy lejanos de la época, como San Gregorio de Tours y el obispo Hincmaro, traen a colación el bautismo de Constantino cuando narran el no menos famoso de Clodoveo.

La leyenda del bautismo parece estar tomada de una vida romanceado de San Silvestre, cuya fecha y patria se desconocen, pero que bien pudieran ser de la segunda mitad del siglo v. Duchesne la hace venir de Oriente, por el camino que trajeron todas las que se referían a la invención de la santa cruz, a Santa Elena y al mismo Constantino. Para otros, sin embargo, toda la leyenda tiene un carácter netamente romano.

Eusebio, el nada escrupuloso panegirista del emperador, nos dice con toda sencillez que Constantino fue bautizado al fin de su vida en Helenópolis de Bitinia, y nada menos que por un obispo arriano, Eusebio de Nicomedia. De ser cierto lo de las actas, no lo hubiera pasado por alto de ninguna de las maneras, pues vendría muy bien para exaltar la figura de aquel emperador, a quien hace lo posible por presentar como un príncipe simpatizante en todos sus hechos con el cristianismo. La costumbre, sin embargo, de aquellos tiempos, y, sobre todo, las disposiciones en que se encontraba el mismo Constantino, parecen convencer en seguida de lo contrario. Es verdad que manifiesta una verdadera simpatía por la nueva religión, pero no por eso deja de vivir en su juventud el paganismo depurado de su padre, Constancio Cloro. Cuando se proclama emperador en el año 306, adopta con la diadema el culto a la tetrarquía romana, y especialmente el de Júpiter y Hércules. Su contacto con los cristianos le lleva a un monoteísmo especial, que se concreta en el culto del sol invictus. Mas tarde, cuando vence a su rival Majencio en el 312, Constantino aparece identificado del todo con el cristianismo; pero este es supersticioso y con gran reminiscencia pagana. De hecho, nunca abandona las atribuciones de pontífice máximo, concibe el cristianismo como una religión imperial, semejante a la anterior, y en su misma vida no ofrece nunca las características de un auténtico convencido.

Algo semejante ocurre en lo que se refiere a la "Donación Constantiniana". Ya el emperador Otón III, por el siglo Xl, afirmaba que, a pesar de ser tan popular, habia de tenerse el documento como falso. Esto lo demuestra con buenas razones el humanista del siglo xv Lorenzo Valla, y hoy aparece claro cómo la noticia se inventó entre los siglos Vlll y IX con el fin de justificar en Roma la donación que de las tierras conquistadas a los lombardos hacen a diversos papas Pipino el Breve y Carlomagno.

Sólo teniendo en cuenta estas apreciaciones podemos conocer lo que de verdad hay sobre San Silvestre, sin temor a desvirtuar por ello su recia personalidad.

Nace San Silvestre alrededor del año 270, en época de relativa paz para la Iglesia. Su padre, Rufino, le pone desde niño bajo la dirección del prudente y piadoso presbitero romano Cirino, y en seguida se empieza a distinguir por una abnegada caridad, ofreciendo su casa a todos los peregrinos que acudían a visitar la tumba de los apostoles. En una ocasión llama a su puerta Timoteo de Antioquía, gran apóstol de la palabra y de santa vida. Pronto se dan cuenta de ello los paganos, y una noche, cuando vuelve cansado a la casa de Silvestre. es apresado por las turbas y condenado a morir entre los más horribles tormentos. Silvestre no se atemoriza ante el peligro, y poco después, aprovechando las sombras de la noche, se apodera de las reliquias y les da honrosa sepultura.

Sospechando el prefecto de Roma, Tarquinio Perpena de aquel celoso muchacho, y creyendo que acaso guardaba las riquezas que suponia tener Timoteo le manda llamar a su presencia, y entre ambos se entabla este diálogo, que nos han conservado las actas:

—Adora al instante a nuestros dioses—le dice el prefecto—-y deposita en sus altares los tesoros de Timoteo, si es que quieres salvar tu vida.

Silvestre no titubea, y más sabiendo la pobreza en que había vivido el mártir de Cristo.

—¡Insensato!—le dice—, yerras si piensas ejecutar tus amenazas, porque esta misma noche te será arrancada el alma, y así reconocerás que el único verdadero Dios es el que tú persigues; el mismo que adoramos los cristianos.

Tarquinio se enfurece y manda encerrar al joven; pero en la misma noche una espina que se le atraviesa en la garganta pone fin a su vida, y con ello Silvestre es puesto en libertad.

Sea lo que fuere del hecho, la verdad es que Silvestre era apreciado en la Roma de entonces por su humildad y apostolado, y muy pronto, a los treinta años, es ordenado sacerdote por el papa San Marcelino. Horas difíciles eran aquellas para la Iglesia. Desde el año 286, el emperador Diocleciano había asociado al Imperio al nada escrupuloso Maximiano Hercúleo, y poco más tarde ambos augustos adoptan como césares a Constancio Cloro para las Galias y Bretaña y al cruel Galerio para el Oriente. A qué obedeció la nueva postura de Diocleciano, se desconoce en parte; pero pronto se iba a organizar en su reinado una terrible persecución, que llevaba el intento de deshacer desde sus cimientos toda la Iglesia.

Por otra parte, no faltaban disensiones entre los mismos fieles, y sobre todo se hacia más acuciante el peligro de una nueva secta, el donatismo, que iba teniendo grandes prosélitos entre los cristianos de Africa. Silvestre toma parte por la ortodoxia, creándose pronto enemigos, pero esto no impide para que la Iglesia de Roma tenga puestos sus ojos en aquel varón de Dios, "puro, de piedad ferviente, mortificado y humilde", como le retratan las actas, y a quien había de designar para suceder al papa San Melquiades en la silla de San Pedro.

San Silvestre es elegido papa el 31 de enero del año 314, siendo cónsules Constantino y Volusiano y en el año noveno del imperio de Constantino. Largo va a ser su pontificado—veintitrés años, diez meses y once días—y lleno de grandes acontecimientos. Un año antes, en febrero del 313, había sido decretada la libertad de la Iglesia por el edicto de Milán, y desde entonces cuenta con el apoyo decidido del emperador y con la simpatía de los numerosos prosélitos que se presentan cada dia.

El paganismo, sin embargo, no podía acomodarse al nuevo sesgo que tomaban las cosas. Y de ser cierto lo del bautismo de Constantino que nos cuentan las actas, habríamos de encajarlo precisamente en estos primeros años del nuevo papa. Parece ser que, en una de las ausencias del emperador, los magistrados de Roma se aprovecharon para iniciar de nuevo la persecución. Silvestre mismo tiene que salir de la ciudad, y se refugia con sus sacerdotes en el monte Soracte o Syraptim, llamado después de San Silvestre, y que dista unas siete leguas de Roma. Cuando vuelve Constantino, se encuentra de manos con una tragedia dentro de su misma familia, pues nada menos que a Crispo, su hijo y heredero, se le acusaba de haber cometido adulterio con su segunda mujer, Fausta. Llevado de la cólera, el emperador manda darle muerte: pero es castigado de improviso con una repugnante lepra, que le cubre todo el cuerpo. En seguida acuden a palacio los médicos más renombrados, que se ven impotentes en procurarle remedio, y como última solución, y para aplacar la ira de los dioses, le proponen bañe su cuerpo en la sangre todavía caliente de una multitud de niños sacrificados con este fin. Cuando se van a hacer los preparativos y ya el cortejo imperial iba a subir las gradas del Capitolio, Constantino se conmueve ante los gemidos de las madres de los inocentes, que piden misericordia, y ordena se retire inmediatamente el sacrificio. Aquella misma noche se le aparecen en sueños dos venerables ancianos, Pedro y Pablo, que le recomiendan busque al obispo Silvestre, que está escondido, el cual les mostrará el verdadero baño de salvación que le curaría.

A la mañana siguiente aparece por las calles de Roma, y conducido con toda pompa por la guardia pretoriana, Silvestre, el perseguido. El encuentro con el emperador es benévolo. Entablan un diálogo de pura formación cristiana, y al fin el Pontífice le increpa con toda solemnidad: "Si así es, ¡oh príncipe!, humillaos en la ceniza y en las lágrimas, y durante ocho días deponed la corona imperial, y en el retiro de vuestro palacio confesad vuestros pecados, mandad que cesen los sacrificios de los ídolos, devolved la libertad a los cristianos que gimen en los calaboros y en las minas, repartid abundantes limosnas, y veréis cumplidos vuestros deseos".

Constantino lo promete todo, se fija el día para el bautismo, y, llegados por fin ante el baptisterio de San Juan de Letrán, se despoja el emperador de todas sus vestiduras, entra en la piscina, es bautizado por San Silvestre, y cuando sale, ante la expectación de todos, aparece completamente curado. De ahora en adelante, dicen las actas, Constantino será el gran favorecedor de los cristianos, y, no contento con eso, va a dejar al Papa su sede de Roma, retirándose con toda su corte a Constantinopla.

Toda esta historia nos indica, al menos, la gran preponderancia que iba tomando la Iglesia frente al Estado. De ello se ha de aprovechar San Silvestre para reconstruir iglesias devastadas y enmendar las corrompidas costumbres. Entre las nuevas leyes que bajo la égida del Pontífice iba a dar el emperador, sobresalen: la validez de la emancipación de esclavos realizada ante la Iglesia, el descanso dominical, contra los sodomitas; la educación de los hijos, revocación del destierro a que estaban condenados los cristianos, restitución de sus bienes, revocación de las leyes Julia y Popea contra el celibato, reconociendo de este modo la posibilidad de un celibato santo dentro del cristianismo: varios decretos asegurando el foro judicial de los clérigos, prohibición de los agoreros, de los juegos en que iban mezclada la inmoralidad y el engaño, etc., etc. Roma iba, de este modo, muriendo a su tradición pagana, para renacer poco a poco a la nueva Roma cristiana.

La gran labor pastoral en que se ve encuadrado el pontificado de San Silvestre ofrece unas facetas características, primicias todas ellas de la Iglesia, que se abre a nuevos horizontes, libre ya de trabas y de postergaciones.

Es su tiempo, la era de los grandes concilios, donde se fijan en detalle los cánones de la fe, el culto divino adquiere una grandeza insospechada, se establece una disciplina eclesiástica cuna de nuestro Derecho, y se extiende cada vez más la supremacía de la Iglesia de Roma. En el mismo año en que es elegido Papa, manda San Silvestre sus legados al concilio de Arlés, donde se resuelve la cuestión de los donatistas, que habían apelado otra vez en la causa de Ceciliano. Este concilio, juntamente con el primero ecumenico de Nicea (a. 325), son los dos puntales del esfuerzo dogmático de tiempos de San Silvestre. Mucho se ha discutido sobre la participación que en ellos tuvo el Pontífice de Roma, ya que tanto uno como otro fueron convocados a instancias del emperador Constantino: pero, a través de lo que en ellos se determina, no ofrece duda la presencia moral del Papa en las decisiones consulares. En Nicea, junto al presidente del concilio, Osio de Córdoba, se sientan los legados pontificios Vito y Vicente, y, de ser cierto el documento que recoge el Líber Pontiticalis, todos los obispos, al final de la asamblea, escriben una carta a Silvestre, donde le dan cuenta de las decisiones adoptadas.

Más claro y conmovedor es el testimonio de los Padres del concilio de Arlés. En esta asamblea, como en todas las que celebra Constantino, se ve, es cierto, una sumisión del episcopado al poder civil; pero al mismo tiempo un afecto y una gran sumisión al Papa. Es éste el que ha de dar su última palabra sobre los donatistas, quien ha de comunicar a las iglesias lo establecido en el concilio, y el que, en fin, ha de hacer poner en práctica sus acuerdos, sobre todo el que se refiere a la celebración de la Pascua. Dicen así en la segunda carta que le envían: "Al amadisimo papa Silvestre, Marino, Agnecio... Unidos en el común vínculo de caridad y de unidad de la madre Iglesia católica y reunídos en la ciudad de Arlés por la voluntad del piisimo emperador, te saludamos a ti, gloriosisimo Papa, con toda nuestra reverencia",

Y añaden: "Ojalá, hermano dilectísimo, hubierais estado presente a este gran espectáculo, pues creemos que contra ellos (los donatistas ) se hubiera dado una sentencia más severa, y de ese modo, uniéndote tú mismo a nuestro juicio, nuestra asamblea hubiera exultado con mayor alegria. Pero, como no pudiste separarte de aquellas tierras en las cuales se asientan también los apóstoles, y cuya sangre testifica sin intermisión la gloria de Dios, por eso te mandamos..."

Esta presencia del Papa se extendió a su vez en la serie de concilios y sínodos que se fueron celebrando en su tiempo: sínodo de Roma (a. 315), concilios de Alejandría, Palestina, segundo de Alejandría, de Laodicea, Ancira, Nicomedia, Cartago, Cesarea de Palestina, etc.

En todos ellos y en otros decretos del mismo Papa se fue creando una liturgia nueva, que, unida a los cánones disciplinares, sirvieron de base a la reorganización interior de la Iglesia. Acaso se pueda rechazar como inventada posteriormente la famosa Constitución de San Siluestre, donde se encuentran una serie de prescripciones sobre los clérigos; pero no podemos dar de lado otras muchas, que sin duda se debieron al celo pastoral de nuestro santo. Citemos algunas:

Solamente el obispo puede preparar el santo crisma y servirse de él para confirmar a los bautizados.

Los diáconos usen dalmática y manipulo en el servicio del altar.

Queda prohibido el uso de la seda o paño de color para el santo sacrificio de la misa. Deben emplearse telas de lino, o sea corporales, que representen la sindone en que fue envuelto el cuerpo de Cristo.

Ningún laico tenga la osadía de presentarse como acusador contra un clérigo.

Ningun clérigo puede ser citado ante un tribunal laico para ser juzgado.

Los días de semana, menos el sábado y el domingo, se llaman 'ferias". En cuanto a la recepción de las órdenes sagradas, determina el tiempo que ha de transcurrir entre una y otra: veinte años para el lectorado, treinta días para el exorcistado, cinco años para el acolitado, otros cinco para el subdiaconado, diez para el de custodio de los mártires, siete para el diaconado y tres, por fin, para el sacerdocio. Normas precisas da también respecto a la vida de los clérigos. Deben ser castos y han de procurar el grado sin ambición y sin ansia de lucro, y solamente pueden ser nombrados aquellos que sean elegidos en unanimidad por el pueblo y la clerecía. Los presbíteros han de tener una reputación bien probada, de modo que, aun los que están fuera de la Iglesia, puedan dar fiel testimonio de ellos. Otras prescripciones abundan; v. gr., sobre el ayuno, los réditos de la Iglesia, que han de dividirse en cuatro apartados; el culto divino, etc.

Y como detalle, esta nota disciplinar en el trato con los pecadores, que nos dice mucho de la delicadeza y caridad de San Silvestre: 'En primer lugar—dice—se les ha de llamar paternalmente y se les ha de esperar siete dias, sin que se les prohiba nada de las cosas de la Iglesia. A este compás de espera se le deben añadir otros siete días, vedándoseles ya todo acceso a los divinos oficios. Siguen otros dos días, en los cuales, si no se arrepintieran, se les separa de la paz y comunión de la santa Iglesia. Otros dos días más, y, por fin, añadiendo todavía uno, y viendo que ya su caso es desesperado, se le debe condenar con el anatema".

En cuanto se refiere al culto divino, nunca conoció Roma, podemos decir, fuera del tiempo del Renacimiento, otra época de tanto esplendor y grandeza. El Pontifical Romano nombra en primer lugar una iglesia del título de Equitio, que mandó construir San Silvestre junto a las termas de Trajano, hoy llamada de los Santos Silvestre y Martín, y que fue como su primera sede y el sitio donde hacía las ordenaciones. Seis veces ordenó en el mes de diciembre, y de aquí salieron 40 presbíteros, 26 diáconos y 65 obispos, que se fueron repartiendo por diversas tierras.

En seguida empiezan las famosas fundaciones constantinianas de San Juan de Letrán, en el monte Cello—in aedibus Laterani—, de San Pedro, en el Vaticano, San Pablo, en la vía Ostiense, y Santa Cruz de Jerusalén, situada en el atrio Sessoriano, muy cerca del templo de Venus y Cupido, como réplica, dice Baronio, a la estatua de Venus que mandó poner Adriano en la cumbre del Calvario. En la misma Roma se levantan a su vez la basílica de Santa Inés, a instancias de la hija de Constantino: la de San Lorenzo, en el campo Verano; la de San Pedro y Marcelino, en la vía Labicana, y otras más en otras ciudades de Italia, como Ostia, Capua y Nápoles.

El papa San Dámaso, cuando termina de dar sus noticias sobre San Silvestre, acaba con esta sencilla frase: Qui catholicus et confessor quievit.

Católico, porque supo mantener la luz de su fe en un tiempo de fuertes herejías. Ecuménico, porque lleva su acción de Arlés a Nicea, de Cartago a Viena del Delfinado. Y, a la vez, confesor, es decir, santo, tomando la palabra en el sentido que se le daba entonces.

Y esta gran confesión o santidad la supo llevar, sobre todo, con una caridad y mansedumbre que fue puesta a prueba muchas veces por aquel que se decía favorecedor del cristianismo. Es sabido cómo a Constantino le aquejaba el prurito de quererse inmiscuir en todos los problemas interiores y exteriores de la Iglesia. Por su mandato se reúnen los obispos en Arlés, convoca el concilio de Nicea, reíne sínodos, lleva a su tribunal la causa de los donatistas e interviene con toda su autoridad en la condena de los arrianos. Alguien ha querido ver cierta timidez en San Silvestre frente al emperador; pero creemos que es desconocer todo lo delicado de aquellos primeros años del cristianismo libre cuando se le atribuye tal especie. San Siivestre asiste a un renacer de la Iglesia, demasiado frágil todavía en lo que a efectos civiles se refiere, y, por otra parte, Constantino sigue siendo el hombre de carácter fogoso, con muchos matices paganos, que a veces le llevan hasta el crimen. La persecución no se habia superado del todo, ya que hasta el 324, con la muerte de Licinio, aún se sigue martirizando en el Oriente y aún en las tierras de Constantino brotan de vez en cuando gritos de rebeldía pagana.

Por otra parte, la solución de aquellos primeros conflictos politico-religiosos de las primeras herejías dependía casi siempre del emperador, pues solían convertirse en verdaderas luchas intestinas, con gran peligro para la tranquilidad del Imperio. No es extraño, por tanto, que San Silvestre, aun consciente de su autoridad, tuviera que ceder muchas veces para no convertir en desfavorables unas posiciones que eran en gran manera ventajosas para la Iglesia. En eso precisamente estuvo su santidad: en saber sufrir los excesos del despotismo por bien de la comunidad, pasando muchas veces al segundo lugar, aunque en lo que tocaba a su ministerio siempre se mantuviera decisivo.

Ni las actas ni la leyenda nos dicen más de su vida. Pero bastante dice ya aquella floración de vida cristiana en que empieza a vivir Roma; el culto divino, que se engrandece con las basílicas; la nueva disciplina eclesiástica y el ejemplo de aquel varón venerable, que iba señalando a todos el nuevo sendero que se abria.

San Silvestre muere el 31 de diciembre del año 337. Fue sepultado en el cementerio de Priscila, en la vía Salaria, en una basílica donde estaba enterrado el papa San Marcelo, y que desde entonces se llamó de San Silvestre. Por el año 1890 se creyó identificar sus ruinas en el transcurso de unas excavaciones, y por fin lo logra en 1907 el arqueólogo Marucchi. Reconstruida una iglesia sobre los primitivos cimientos, fue inaugurada el 31 de diciembre del mismo año, reinando en la Iglesia el santo Pio X.

La Iglesia, por su parte, le ha venerado ya desde antiguo, incluyendo su nombre, juntamente con el de San Gregorio Magno, en la letania de los Santos, y desde tiempos de San Pío V se ha venido celebrando su fiesta con rito doble aun dentro de la octava de Navidad.

FRANCISCO MARTÍN HERNÁNDEZ