14 mar. 2015

Santo Evangelio 14 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Sábado III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 18,9-14): En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».


Comentario: Fr. Gavan JENNINGS (Dublín, Irlanda)

Os digo que éste bajó a su casa justificado

Hoy, Cristo se nos presenta con dos hombres que, ante un observador "casual", podrían aparecer casi como idénticos, ya que ellos se encuentran en el mismo lugar realizando la misma actividad: ambos «subieron al templo a orar» (Lc 18,10). Pero más allá de las apariencias, en lo más profundo de sus conciencias personales, los dos hombres difieren radicalmente: uno, el fariseo, tiene la conciencia tranquila, mientras que el otro, el publicano —cobrador de impuestos— se encuentra inquieto por los sentimientos de culpa.

Hoy día tendemos a considerar los sentimientos de culpa —el remordimiento— como algo cercano a una aberración psicológica. Sin embargo, el sentimiento de culpa le permite al publicano salir reconfortado del Templo, puesto que «éste bajó a su casa justificado y aquél no» (Lc 18,14). «El sentimiento de culpa», escribió Benedicto XVI cuando él todavía era Cardenal Ratzinger ("Conciencia y verdad"), «remueve la falsa tranquilidad de conciencia y puede ser llamado "protesta de la conciencia" contra mi existencia auto-satisfecha. Es tan necesario para el hombre como el dolor físico, que significa una alteración corporal del funcionamiento normal».

Jesús no nos induce a pensar que el fariseo no esté diciendo la verdad cuando él afirma que no es rapaz, injusto, ni adúltero y que ayuna y entrega dinero al Templo (cf. Lc 18,11); ni tampoco que el recaudador de impuestos esté delirando al considerarse a sí mismo como un pecador. Ésta no es la cuestión. Más bien ocurre que «el fariseo no sabe que él también tiene culpa. Él tiene una conciencia completamente clara. Pero el "silencio de la conciencia" lo hace impenetrable ante Dios y ante los hombres, mientras que el "grito de conciencia" que inquieta al publicano lo hace capaz de la verdad y del amor. ¡Jesús puede remover a los pecadores!» (Benedicto XVI).


Comentario: Rev. D. David COMPTE i Verdaguer (Manlleu, Barcelona, España)

Todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado

Hoy, inmersos en la cultura de la imagen, el Evangelio que se nos propone tiene una profunda carga de contenido. Pero vayamos por partes.

En el pasaje que contemplamos vemos que en la persona hay un nudo con tres cuerdas, de tal manera que es imposible deshacerlo si uno no tiene presentes las tres cuerdas mencionadas. La primera nos relaciona con Dios; la segunda, con los otros; y la tercera, con nosotros mismos. Fijémonos en ello: aquéllos a quien se dirige Jesús «se tenían por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9) y, de esta manera, rezaban mal. ¡Las tres cuerdas están siempre relacionadas!

¿Cómo fundamentar bien estas relaciones? ¿Cuál es el secreto para deshacer el nudo? Nos lo dice la conclusión de esa incisiva parábola: la humildad. Así mismo lo expresó santa Teresa de Ávila: «La humildad es la verdad».

Es cierto: la humildad nos permite reconocer la verdad sobre nosotros mismos. Ni hincharnos de vanagloria, ni menospreciarnos. La humildad nos hace reconocer como tales los dones recibidos, y nos permite presentar ante Dios el trabajo de la jornada. La humildad reconoce también los dones del otro. Es más, se alegra de ellos.

Finalmente, la humildad es también la base de la relación con Dios. Pensemos que, en la parábola de Jesús, el fariseo lleva una vida irreprochable, con las prácticas religiosas semanales e, incluso, ¡ejerce la limosna! Pero no es humilde y esto carcome todos sus actos.

Tenemos cerca la Semana Santa. Pronto contemplaremos —¡una vez más!— a Cristo en la Cruz: «El Señor crucificado es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre» (Juan Pablo II). Allí veremos cómo, ante la súplica de Dimas —«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42)— el Señor responde con una “canonización fulminante”, sin precedentes: «En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Este personaje era un asesino que queda, finalmente, canonizado por el propio Cristo antes de morir.

Es un caso inédito y, para nosotros, un consuelo...: la santidad no la “fabricamos” nosotros, sino que la otorga Dios, si Él encuentra en nosotros un corazón humilde y converso.

Santa Matilde Reina, 14 de Marzo

 14 de marzo

Santa Matilde, Reina

Era descendiente del famoso guerrero Widukind e hija del duque de Westfalia. Desde niña fue educada por las monjas del convento de Erfurt y adquirió una gran piedad y una fortísima inclinación hacia la caridad para con los pobres.

Muy jóven se casó con Enrique, duque de Sajonia (Alemania). Su matrimonio fue excepcionalmente feliz. Sus hijos fueron: Otón primero, emperador de Alemania; Enrique, duque de Baviera; San Bruno, Arzobispo de Baviera; Gernerga, esposa de un gobernante; y Eduvigis, madre del famoso rey francés, Hugo Capeto. Su esposo Enrique obtuvo resonantes triunfos en la lucha por defender su patria, Alemania, de las invasiones de feroces extranjeros. Y él atribuía gran parte de sus victorias a las oraciones de su santa esposa Matilde. Enrique fue nombrado rey, y Matilde al convertirse en reina no dejó sus modos humildes y piadosos de vivir.

En el palacio real más parecía una buena mamá que una reina, y en su piedad se asemejaba más a una religiosa que a una mujer de mundo. Ninguno de los que acudían a ella en busca de ayuda se iba sin ser atendido. Era extraordinariamente generosa en repartir limosnas a los pobres. Su esposo casi nunca le pedía cuentas de los gastos que ella hacía, porque estaba convencido de que todo lo repartía a los más necesitados.

Después de 23 años de matrimonio quedó viuda, y ofreció desprenderse de todas sus joyas y brillantes por el alama de su esposo recién muerto.

Sus últimos años los pasó dedicada a fundar conventos y a repartir limosnas a los pobres, y cuando cumplió 70 años se dispuso a pasar a la eternidad y repartió entre los más necesitados todo lo que tenía en sus habitaciones, y rodeada de sus hijos y de sus nietos, murió santamente el 14 de marzo del año 968.

13 mar. 2015

Dios pide el sacrificio de nuestro corazón

Dios pide el sacrificio de nuestro corazón

Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net

"El que en Ti confía no queda defraudado”.

Esta oración del Antiguo Testamento podría resumir la actitud de quien comprende dónde está la esencia fundamental del hombre, dónde está lo que verdaderamente el hombre tiene que llevar a su Creador: un corazón contrito y humillado, como auténtico y único sacrificio, como verdadero sacrificio. ¿De qué nos sirve sacrificar nuestras cosas si no nos sacrificamos nosotros? ¿De qué nos sirve ofrecer nuestras cosas si no nos ofrecemos nosotros? El mensaje de la Escritura es, en este sentido, sumamente claro: es fundamental, básico e ineludible que nosotros nos atrevamos a poner nuestro corazón en Dios nuestro Señor.

"Ahora te seguiremos de todo corazón”. Quizá estas palabras podrían ser también una expresión de lo que hay en nuestro corazón en estos momentos: Padre, quiero seguirte de todo corazón. Son tantas las veces en las que no te he seguido, son tantas las veces en las que no te he escuchado, son tantos los momentos en los que he preferido ser menos generoso; pero ahora, te quiero seguir de todo corazón, ahora quiero respetarte y quiero encontrarte.

Ésta es la gran inquietud que debe brotar en el alma de todos y cada uno de nosotros: Te respetamos y queremos encontrarte. Si éste fuese nuestro corazón hoy, podríamos tener la certeza de que estamos volviéndonos al Señor, de que estamos regresando al Señor y de que lo estamos haciendo con autenticidad, sin posibilidad de ser defraudados.

¿Es así nuestro corazón el día de hoy? ¿Hay verdaderamente en nuestro corazón el anhelo, el deseo de volvernos a Dios? Si lo hubiese, ¡cuántas gracias tendríamos que dar al Señor!, porque Él permite que nuestra vida se encuentre con Él, porque Él permite que nuestra vida regrese a Él. Y si no lo hubiese, si encontrásemos nuestro corazón frío, temeroso, débil, ¿qué es lo que podríamos hacer? La oración continúa y dice: "Trátanos según tu clemencia y tu abundante misericordia”.

También el Señor es consciente de que a veces en el corazón del hombre puede haber un quebranto, una duda, un interrogante. Y es consciente de que, en el corazón humano, tiene que haber un espacio para la misericordia y la clemencia de Dios. Dejemos entrar esta clemencia y esta misericordia en nuestra alma; hagamos de esta Cuaresma el cambio, la transformación, los días de nuestra decisión por Cristo. No permitamos que nuestra vida siga corriendo engañada en sí misma.

Sin embargo, Dios está pidiendo el sacrificio de nuestro corazón: "Un sacrificio de carneros y toros, un millar de corderos cebados”. El reto de responder a ese Dios que nos llama por nuestro nombre, el reto de respoder a ese Dios que nos invita a seguirlo en nuestro corazón, en nuestra vida, en nuestra vocación cristiana puede ser, a veces, un reto muy pesado; sin embargo, ahí está Dios nuestro Señor dispuesto a prestarnos el suplemento de fuerza, el suplemento de generosidad, el suplemento de entrega y el suplemento de fidelidad que quizá a nosotros nos pudiese faltar en nuestro corazón.

Si nos sentimos flaquear, si no somos capaces, Señor, de encontrarnos contigo, de estar a tu lado, de resistir tu paso, de ir al ritmo que Tú nos estás pidiendo, hagamos la oración tan hermosa de la primera lectura: "Trátanos según tu clemencia y tu abundante misericordia”. Si tengo miedo de soltar mi corazón, si tengo miedo de pagar alguna deuda que hay en mi alma... "Trátame según tu clemencia y tu abundante misericordia”. Si todavía en mi interior no hay esa firme decisión de seguirte , tal y cómo Tú me lo pides, con el rostro concreto por el cual Tú me quieres llamar... "Trátame según tu clemencia y tu abundante misericordia”.

Que ésta sea la actitud de nuestra alma, que éste sea el auténtico sacrificio que ofrecemos a Dios nuestro Señor. A Él no le interesan nuestras cosas, le interesamos nosotros; no busca nuestras cosas, nos busca a nosotros. Somos, cada uno de nosotros, el objeto particular de la predilección de Dios nuestro Señor.

Que en esta Cuaresma seamos capaces de abrir nuestro corazón, como auténtico sacrificio, en la presencia de Dios. O, que por lo menos, se fortalezca en nuestro interior la firme decisión de dar al Señor lo que quizá hasta ahora hemos reservado para nosotros. Quitar ese miedo, esa inquietud, esa falta total de disponibilidad que, a lo mejor, hasta estos momentos teníamos exclusivamente en nuestras manos.

Que la Eucaristía se convierta para nosotros en una poderosa intercesión ante Dios Padre por medio de su Hijo Jesucristo, para que en este tiempo de Cuaresma logremos renovarnos y transformarnos verdaderamente. Que nos permita abrir nuestra mente a nuestro Señor, con un corazón dispuesto a lanzarse en esa obra hermosísima de la santificación que Dios nos pide a cada uno de nosotros.


Vive la Cuaresma consultando este Especial de Cuaresma

P. Cipriano Sánchez LC Preguntas o comentarios al autor

 

Santo Evangelio 13 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Viernes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mc 12,28b-34): En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.


Comentario: Rev. D. Pere MONTAGUT i Piquet (Barcelona, España)

No existe otro mandamiento mayor que éstos

Hoy, la liturgia cuaresmal nos presenta el amor como la raíz más profunda de la autocomunicación de Dios: «El alma no puede vivir sin amor, siempre quiere amar alguna cosa, porque está hecha de amor, que yo por amor la creé» (Santa Catalina de Siena). Dios es amor todopoderoso, amor hasta el extremo, amor crucificado: «Es en la cruz donde puede contemplarse esta verdad» (Benedicto XVI). Este Evangelio no es sólo una autorrevelación de cómo Dios mismo —en su Hijo— quiere ser amado. Con un mandamiento del Deuteronomio: «Ama al Señor, tu Dios» (Dt 6,5) y otro del Levítico: «Ama a los otros» (Lev 19,18), Jesús lleva a término la plenitud de la Ley. Él ama al Padre como Dios verdadero nacido del Dios verdadero y, como Verbo hecho hombre, crea la nueva Humanidad de los hijos de Dios, hermanos que se aman con el amor del Hijo.

La llamada de Jesús a la comunión y a la misión pide una participación en su misma naturaleza, es una intimidad en la que hay que introducirse. Jesús no reivindica nunca ser la meta de nuestra oración y amor. Da gracias al Padre y vive continuamente en su presencia. El misterio de Cristo atrae hacia el amor a Dios —invisible e inaccesible— mientras que, a la vez, es camino para reconocer, verdad en el amor y vida para el hermano visible y presente. Lo más valioso no son las ofrendas quemadas en el altar, sino Cristo que quema como único sacrificio y ofrenda para que seamos en Él un solo altar, un solo amor.

Esta unificación de conocimiento y de amor tejida por el Espíritu Santo permite que Dios ame en nosotros y utilice todas nuestras capacidades, y a nosotros nos concede poder amar como Cristo, con su mismo amor filial y fraterno. Lo que Dios ha unido en el amor, el hombre no lo puede separar. Ésta es la grandeza de quien se somete al Reino de Dios: el amor a uno mismo ya no es obstáculo sino éxtasis para amar al único Dios y a una multitud de hermanos.

San Nicéforo, Patriarca de Constantinopla, 13 de Marzo

13 de marzo

SAN NICÉFORO
PATRIARCA DE CONSTANTINOPLA

(† 829)


No eran muy halagüeños para la Iglesia de Oriente los tiempos en que vino al mundo en Constantinopla, hacia el año 750, el pequeño Nicéforo. Su padre, Teodoro, era secretario del emperador Constantino Coprónimo, hombre caprichoso y sectario, que, siguiendo la política iniciada por su padre, León III el Isáurico, iba llevando hasta sus últimas consecuencias de crueldad y de tiranía la lucha iconoclasta contra la ortodoxia católica. La oposición a las imágenes, nacida en un ambiente de cesaropapismo oriental y en la manía dogmatizante de sus emperadores, llevaba en su misma raíz otras influencias no menos peligrosas. No se trataba ya de la lucha más o menos descarada contra una representación de la divinidad o de los santos, sino que llevaba consigo, más bien, uno de los grandes acontecimientos de la historia universal, cuyas consecuencias fueron incalculables.

A más de perturbar por una larga serie de años los asuntos religiosos y sociales del Imperio, daba lugar a una oposición cada vez más abierta contra las directrices que podían llegar de Roma, que ciertamente poco había de esperar de unos emperadores que se constituían a la vez en herejes y perseguidores, interviniendo en todos los asuntos internos de la Iglesia, y que iban metiendo insensiblemente en el pueblo y en las altas jerarquías la idea de la separación definitiva y del cisma. Eran necesarios hombres de grande fe, de fortaleza y de prudente serenidad para detener, siquiera fuera por momentos, el terrible mal que se avecinaba. Uno de ellos iba a ser nuestro santo, Nicéforo de Constantinopla.

El padre de Nicéforo, siendo éste todavía niño, es despojado de su cargo y viene a morir en el destierro, por no doblegarse ante las órdenes imperativas del Coprónimo. Educado en este heroísmo de fe, bajo la tutela de su madre Eudoxia, y con los mejores maestros de la ciudad. va recibiendo el joven Nicéforo una formación sobresaliente en lo religioso y en lo intelectual.

Con los años, nuestro Santo es conocido por todos como hombre bueno y prudente, amigo de hacer el bien, y acérrimo defensor de la ortodoxia. En el período de paz que se inicia con la emperatriz Irene y su hijo Constantino VI por el año 780, es llamado a la corte, concediéndosele con todos los honores el mismo cargo de secretario imperial que había desempeñado su padre. Desde este momento, Nicéforo va a poner toda su influencia en desarraigar del Imperio los antiguos resabios de la herejía.

Como legado del emperador asiste al segundo concilio de Nicea, VII de los ecuménicos (a. 787), donde brilla, era lego todavía, por su sólida formación literaria, el conocimiento profundo de las cuestiones eclesiásticas, y por su gran elocuencia. A pesar de esto, hay en nuestro Santo unas tendencias más señaladas, que le llevan al retiro y a la oración del claustro, donde parece encontrar el medio más adecuado para una labor de apostolado. Con este fin se retira a las orillas del Bósforo, en la costa asiática, donde construye por su cuenta un monasterio para entregarse al estudio, a la austeridad y a la oración, sin que por ello reciba el hábito de religioso. El emperador, por su parte, cuidando de aprovechar sus buenas cualidades, le llama de nuevo a la corte, pero Nicéforo seguirá su vida de monje aun en medio de todo el boato imperial.

Modelo de virtud, se dedica a hacer la caridad entre los necesitados. Por designación del príncipe se hace cargo del hospital general de Bizancio y por su cuenta recorre las casas de los pobres, deja en ellos su dinero y su hacienda, llenando a todos de la suavidad de su trato y de su abnegada solicitud.

A nadie pues podía extrañar, fuera de algunos monjes que no veían con buenos ojos la elevación de un lego directamente al pontificado, el que Nicéforo, a la muerte del patriarca Tarasio, fuera designado por el pueblo y por el emperador para sucederle. De este modo, el 12 de abril del año 806, habiendo vestido antes el hábito de monje, y recibidas las órdenes anteriores, el humilde funcionario de la curia imperial se sentaba en el trono patriarcal de Santa Sofía. Bien sabía Nicéforo a lo que le destinaría su dignidad y, como previéndolo, durante su consagración tuvo aferrado entre las manos un memorial, que él mismo había compuesto en defensa del culto a las imágenes, y renovando el juramento de defenderlo en el acto de la posesión, fue a depositarlo detrás del altar mayor como testimonio público de las intenciones que llevaba en el momento de recibir su alto y difícil cometido.

La subida al pontificado de San Nicéforo no había agradado del todo a las diversas tendencias religiosas que por entonces pululaban en la capital del Imperio de Oriente. Muchos entreveían una nueva intromisión del emperador en los asuntos reservados de la Iglesia; y otros aun de buena fe, como el famoso San Teodoro Studita, temían cierto servilismo de parte del patriarca a todas las iniciativas de la corte. El nuevo elegido logra, a fuerza de mansedumbre y de paciencia, inspirar confianza a todos aun teniendo que renunciar, como a veces hiciera, a ciertas prerrogativas de su dignidad en la noble intención de no suscitar divergencias, dada la situación delicada en que se encontraban todavía las relaciones entre la Iglesia y el Estado. El mismo da cuenta de su modo de actuar en una carta, que envía al papa León III, donde admite humildemente que, si es cierto que hubo de ceder en algunas cuestiones transitorias ante el emperador, no lo hizo sino llevado del bien de la paz y aun de la misma libertad de la Iglesia.

Con todo, esta paz deseada no iba a ser, por desgracia, duradera. Y es ahora, cuando ya entran en juego no solamente los principios vitales de la fe, sino los derechos inviolables de la misma Iglesia, cuando Nicéforo será el primero que se inmolará a la cabeza de su pueblo por defender la verdad ante la insolencia y sectarismo de sus perseguidores. Mientras llega el momento, él trabaja como buen pastor de su grey en la mudanza y total reforma de las costumbres y sus preceptos dados desde el púlpito recibirán doble fuerza por la conducta y fiel ejemplo de su vida.

Durante este tiempo empieza San Nicéforo el copioso apostolado de su pluma, que le colocará entre uno de los más prestigiosos escritores de la Iglesia de Oriente. Sus obras, y más aún las que escribe en el destierro, dan noticia de su espíritu elevado, un conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras y de la literatura patrística, de su amplitud de doctrina, unido todo ello a una dialéctica sutil y a una fina observación.

El 10 de julio del año, 813 el patriarca Nicéforo coronaba emperador a un buen soldado, gobernador de la provincia de Natolia, León V el Armeno, que hubiera sido un excelente monarca, de no haberse dado a resolver cuestiones de teología en nada aptas a su cargo y condición. Tal vez por seguir el ejemplo de los Copránimos o por creer que con ello iba a robustecer más su poderío, de hecho, ya desde el principio de su reinado, empieza a declararse contra lo que él llamaba "la herejía de las imágenes", rechazando todo lo decretado en el concilio anterior de Nicea. Con su conducta consigue adeptos entre algunos obispos y hombres de influencia, como el gramático Juan Hylilas. Pero el emperador busca, sobre todo, ganarse la voluntad del patriarca. Pronto se da cuenta, sin embargo, de la ineficacia de sus recursos y la situación se va agravando con ello más y más cada día.

Ya no se hace solamente cuestión del culto de las imágenes, sino de la intervención o no intervención de la autoridad civil en materia religiosa. El emperador trata con ruegos y concesiones de atraer al pontífice, pero éste permanece inflexible, llegando a decirle en una ocasión: "Nosotros no podemos mudar las antiguas tradiciones: respetamos las imágenes santas, como lo hacemos con la cruz y con los libros del Evangelio". (Notemos que los iconoclastas adoraban la Cruz y los Evangelios, pero no las imágenes del Señor y de los santos). El emperador no se aviene y a veces hasta usa de estratagemas para ir debilitando la decisión del Santo. Una noche anima secretamente a unos soldados de su guardia para que con todo descaro se mofen de una imagen de Cristo que estaba en la gran cruz colocada sobre las puertas de la ciudad. De ello toma ocasión para mandar que se quitaran las imágenes de todas las cruces, con el pretexto de evitar nuevas profanaciones. El patriarca ve ya lo que se avecina y con sus obispos y abades se entrega al silencio de la oración y de la penitencia.

No tarda mucho en reunir el emperador en su palacio a todos los obispos, ortodoxos y herejes, para que discutan en su presencia las diversas cuestiones. Los primeros, con Nicéforo a la cabeza, le piden con toda humildad que deje libre el gobierno de la Iglesia a sus pastores; pero León V, enfurecido, les arroja de su presencia, rodeándose de sus adictos, a quienes constituye en jefes de la Iglesia oriental. Pronto se reúnen éstos en conciliábulo y citan al patriarca para que dé razón ante ellos de sus hechos. Nicéforo se presenta, y movido de santa indignación les increpa: "¿Quién os ha dado esta autoridad? ¿Ha sido el Papa o alguno de los patriarcas? Os excomulgo, ya que en mi diócesis no tenéis jurisdicción y la habéis usurpado". Los obispos le quieren deponer, pero esperan a que se decida el emperador.

La ocasión llega pronto, con motivo de las fiestas de Navidad del año 814. León V, siguiendo la costumbre tradicional, se presenta en este día al lado del patriarca en la basílica de Santa Sofía para venerar los sagrados iconos, pero, instigado por los suyos, se niega a hacer lo mismo en la de la Epifanía. A seguida, y ya sin miramientos, empieza una tremenda persecución contra todos los adictos a la ortodoxia católica. Pronto el patriarca se ve abandonado por la mayoría de los obispos. Estos quieren hacerle comparecer de nuevo ante ellos y, como se negara, prohiben que se hiciera conmemoración de su nombre en los oficios divinos, instando a la vez al emperador para que, deponiéndole, le condenara definitivamente al destierro.

No mirando a que el venerable anciano estaba retenido en el lecho por una enfermedad, deciden su deposición al principio de la Cuaresma. Llevándole en unas angarillas en la noche del 13 de marzo del 815, le arrojan en una barca, que le había de conducir a la orilla asiática del Bósforo, a Scútari, para ser internado en el monasterio de San Teodoro, que él mismo había construido a poca distancia de la ciudad. Desamparado de todos, ultrajado, manda en seguida su abdicación a los de Constantinopla, y se dispone a pasar sus últimos días en la soledad y el recogimiento, que tanto añorara en la juventud. En su destierro Nicéforo sufre y ora, se consuela con los libros santos y escribe a su vez, siempre con el propósito de desarraigar de su pueblo la herejía y el error.

Con el advenimiento al trono de Miguel el Tartamudo (a. 820) los ortodoxos quieren reivindicar de nuevo a su patriarca. Pero el nuevo emperador es también hereje y pretende ganarse al santo varón, haciendo que rechace de plano la doctrina que la Iglesia y los concilios habían sostenido sobre las imágenes. San Nicéforo prefiere seguir padeciendo por la verdad y de este modo, lleno de fatigas y de trabajos, en su pobre celda del destierro y a los setenta años de edad, muere gloriosamente el 2 de junio del año 829. Cuando más tarde, en la paz que dan a la Iglesia de Oriente San Metodio y la emperatriz Teodora, vuelve a sonar con gloria el nombre de Nicéforo, sus reliquias son trasladadas con todo esplendor a la basílica de los Santos Apóstoles de Bizancio, el día 13 de marzo del año 847. De nuevo se iba a encontrar el pastor entre su pueblo; martirizado, pero con la luz de la gloria, y también con la humildad y mansedumbre en que siempre había vivido.

La Iglesia griega da a nuestro Santo el título de confesor de la fe y celebra su fiesta el 2 de junio, aniversario de su muerte. La Iglesia latina lo hace el 13 de marzo, aniversario a su vez de la traslación de sus reliquias.

FRANCISCO MARTÍN HERNÁNDEZ

12 mar. 2015

Santo Evangelio 12 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Jueves III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 11,14-23): En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».


Comentario: Rev. D. Josep GASSÓ i Lécera (Ripollet, Barcelona, España)

Si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios

Hoy, en la proclamación de la Palabra de Dios, vuelve a aparecer la figura del diablo: «Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo» (Lc 11,14). Cada vez que los textos nos hablan del demonio, quizá nos sentimos un poco incómodos. En cualquier caso, es cierto que el mal existe, y que tiene raíces tan profundas que nosotros no podemos conseguir eliminarlas del todo. También es verdad que el mal tiene una dimensión muy amplia: va “trabajando” y no podemos de ninguna manera dominarlo. Pero Jesús ha venido a combatir estas fuerzas del mal, al demonio. Él es el único que lo puede echar.

Se ha calumniado y acusado a Jesús: el demonio es capaz de conseguirlo todo. Mientras que la gente se maravilla de lo que ha obrado Jesucristo, «algunos de ellos dijeron: ‘Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios’» (Lc 11,15).

La respuesta de Jesús muestra la absurdidad del argumento de quienes le contradicen. De paso, esta respuesta es para nosotros una llamada a la unidad, a la fuerza que supone la unión. La desunión, en cambio, es un fermento maléfico y destructor. Precisamente, uno de los signos del mal es la división y el no entenderse entre unos y otros. Desgraciadamente, el mundo actual está marcado por este tipo de espíritu del mal que impide la comprensión y el reconocimiento de los unos hacia los otros.

Es bueno que meditemos cuál es nuestra colaboración en este “expulsar demonios” o echar el mal. Preguntémonos: ¿pongo lo necesario para que el Señor expulse el mal de mi interior? ¿Colaboro suficientemente en este “expulsar”? Porque «del corazón del hombre salen las intenciones malas» (Mt 15,19). Es muy importante la respuesta de cada uno, es decir, la colaboración necesaria a nivel personal.

Que María interceda ante Jesús, su Hijo amado, para que expulse de nuestro corazón y del mundo cualquier tipo de mal (guerras, terrorismo, malos tratos, cualquier tipo de violencia). María, Madre de la Iglesia y Reina de la Paz, ¡ruega por nosotros!

© evangeli.net

San Inocencio I, papa, 12 de Marzo

 12 de marzo

Inocencio I, papa
(† 417)


Nació en la segunda mitad del siglo IV y parece ser que en Albano, aunque documentalmente no pueda demostrarse con certeza. Fue elegido papa en el año 401, como sucesor de Anastasio I.

Consiguió que se reconociese su autoridad papal en Iliria, región montañosa situada en la región nororiental del Adriático que hoy corresponde a Bosnia y Dalmacia.

Expulsó de la Ciudad Eterna a los perseguidores y detractores de san Juan Crisóstomo, a pesar de la oposición del emperador Arcadio (407). Pero no pudo, a pesar de sus esfuerzos y negociaciones, evitar el saqueo de Roma por Alarico el 24 de agosto del año 410.

A petición de san Agustín, condenó la herejía pelagiana (417).

Con respecto al gobierno que debió ejercer en Hispania, hay que mencionar la carta dirigida a Exuperio, obispo de Tolosa, dándole normas para la reconciliación y admisión a la comunión a los que una vez bautizados se entregaran de modo pertinaz a los placeres de la carne. De alguna manera, modera la disciplina, en vigor hasta entonces, contemplada en los concilios de Elvira y de Arlés y propiciada por las iglesias africanas; eran normas un tanto rigoristas -extremadamente extrañas para nuestra época-, que negaban la admisión a la comunión de este tipo de pecadores incluso en el momento de la muerte, aunque se les concediera fácilmente la posibilidad de la penitencia. Reconoce en su escrito que hasta ese momento ´la ley era más duraª, pero que no quiere adoptar la misma aspereza y dureza que el hereje Novaciano. De todos modos no presume de innovaciones, ni se presenta como detentor de un liberalismo laxo; justifica plenamente las normas anteriores, afirmando que esa praxis era la conveniente en aquel tiempo.

En el 416, cuando quiere recordar a los obispos españoles la autoridad indiscutida del obispo de Roma y la obediencia que le deben desde España, escribe una carta en la que afirma que en toda Italia, Francia, Hispania, África y Sicilia sólo se han instituido iglesias por Pedro o por sus discípulos. Esta carta es empleada como argumento documental muy importante por quienes desautorizan la antiquísima tradición que sostiene la predicación del Apóstol Santiago en España y la conjetura fundada de la visita del apóstol Pablo a este extremo del Imperio.

Interviene también por los años 404-405 para restaurar la paz entre los obispos de Hispania, después de las resoluciones cristológicas antipriscilianistas del concilio de Toledo del año 400; recomienda el reconocimiento de la autoridad y gobierno episcopal de los que fueron ordenados por partidarios de Prisciliano pero que continúan profesando la fe verdadera al aceptar la consubstancialidad del Hijo con el Padre y la unicidad de Persona en Cristo.

Ocupó la Sede de Pedro hasta su muerte en el 417.

11 mar. 2015




Día litúrgico: Miércoles III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».



Comentario: Rev. D. Vicenç GUINOT i Gómez (Sitges, Barcelona, España)

No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas (...), sino a dar cumplimiento

Hoy día hay mucho respeto por las distintas religiones. Todas ellas expresan la búsqueda de la trascendencia por parte del hombre, la búsqueda del más allá, de las realidades eternas. En cambio, en el cristianismo, que hunde sus raíces en el judaísmo, este fenómeno es inverso: es Dios quien busca al hombre.

Como recordó Juan Pablo II, Dios desea acercarse al hombre, Dios quiere dirigirle sus palabras, mostrarle su rostro porque busca la intimidad con él. Esto se hace realidad en el pueblo de Israel, pueblo escogido por Dios para recibir sus palabras. Ésta es la experiencia que tiene Moisés cuando dice: «¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que le invocamos?» (Dt 4,7). Y, todavía, el salmista canta que Dios «revela a Jacob su palabra, sus preceptos y sus juicios a Israel: no hizo tal con ninguna nación, ni una sola conoció sus juicios » (Sal 147,19-20).

Jesús, pues, con su presencia lleva a cumplimiento el deseo de Dios de acercarse al hombre. Por esto, dice que «no penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). Viene a enriquecerlos, a iluminarlos para que los hombres conozcan el verdadero rostro de Dios y puedan entrar en intimidad con Él.

En este sentido, menospreciar las indicaciones de Dios, por insignificantes que sean, comporta un conocimiento raquítico de Dios y, por eso, uno será tenido por pequeño en el Reino del Cielo. Y es que, como decía san Teófilo de Antioquía, «Dios es visto por los que pueden verle; sólo necesitan tener abiertos los ojos del espíritu (...), pero algunos hombres los tienen empañados».

Aspiremos, pues, en la oración a seguir con gran fidelidad todas las indicaciones del Señor. Así, llegaremos a una gran intimidad con Él y, por tanto, seremos tenidos por grandes en el Reino del Cielo.

San Esteban de Obacina, 11 de Marzo

11 de Marzo

SAN ESTEBAN DE OBACINA
Abad

Limoges (Francia), finales siglo XI
+ Obacina, 10-marzo-1159


Nació en los últimos años del siglo XI en Limoges, ciudad de Aquitania, Francia, de familia cristiana que se esmeró en educarle piadosamente, a lo que correspondió con docilidad y hasta dicen que ya de niño dio pruebas de amar la penitencia fuera de lo corriente, hasta el punto de llamar la atención de los mayores. Pero tenía el contrapeso de que al mismo tiempo sentía el aguijón de la carne con una fuerza excesivamente molesta. Los biógrafos cuentan que para amortiguar el fuego de la concupiscencia se sumergía en un estanque de agua fría donde permanecía a veces -sobre todo en invierno- con riesgo de la vida.

Habiendo mostrado inclinación por el sacerdocio, intensificó sus estudios, logrando escalar a la dignidad que llenaría toda su vida, iniciando un apostolado intenso en las almas, pero el de trabajar en una parroquia en medio del mundo pa-rece que no le llenaba enteramente: suspiraba por una vida de silencio y de retiro. Lo pensó en serio, y habiendo entablado amistad con un sacerdote llamado Pedro -que precisamente experimentaba las mismas inclinaciones-, se decidieron a dar un paso trascendental... A ambos les tiraba más la vida de desierto, el alejamiento del mundo, en la seguridad de que con ello no renunciaban a la tarea del apostolado, antes bien, estaban convencidos de que una vida de oración intensa y de alabanza y un abrazarse al sacrificio y penitencia por amor a las almas, eran de una eficacia mucho más efectiva que el vivir haciendo apostolado metido en el mundo.

Al fin, con permiso del obispo, se encaminaron a una soledad, a un lugar escabroso y alejado de toda relación humana, en el que pensaban pasar inadvertidos en la sociedad, y allí se entregaron a una vida de rigurosa penitencia y ayuno. Mas aquel ansia de pasar desconocidos, Dios permitió que desapareciera pronto, pues la luz no puede estar mucho tiempo de-bajo del celemín, sino que esparce sus rayos en torno suyo des-cubriendo su origen; así, la vida de estos dos anacoretas pronto fue descubierta por no pocos admiradores, viéndose rodeados de discípulos, por lo que les fue preciso fundar el monasterio en Obacina, en el cual se entregaran todos a una vida de perfección bajo la regla de San Benito.

Cuando la comunidad era ya relativamente numerosa, para darle consistencia y forma jurídica, convinieron en nombrar un superior. Aquí vino la dificultad seria: ninguno de los dos amigos quería ser el abad. Pedro se disculpaba diciendo que no debía ser el discípulo más que el maestro, por lo tanto, correspondía la dignidad a Esteban; pero éste replicaba diciendo que muy bien; si él era el maestro, podía mandar al discípulo: Por lo tanto, tú, Pedro, tienes que ser el abad... No había medio de llegar a un acuerdo, hasta que, habiendo aparecido por allí el prelado diocesano, enterado de la contienda, decidió claramente que el puesto de abad le correspondía a Esteban, el cual no tuvo más remedio que aceptar los planes de Dios.

Seguían fieles al ideal monástico hasta el punto de que cada día acudían innumerables discípulos a ponerse bajo su dirección, logrando fundar y edificar varios monasterios dependientes de Obacina. Llegó un día en que deseando incorporarse a una orden de prestigio, optaron por la cisterciense, cuya fama llenaba el mundo, gracias al impulso que le había dado San Bernardo. Fueron admitidos por los padres, con la anuencia de Eugenio III (-8 de julio), que precisamente presidía el capítulo en que se presentó Esteban con algunos monjes para solicitar tal gracia.

Un detalle un tanto chocante encontró Esteban en la nueva vida adoptada del Císter. San Benito (-11 de julio), cuya regla observaban los cistercienses con el mayor rigor, es todo compasión y misericordia. Si bien prohíbe a sus monjes el uso de la carne, sin embargo, la autoriza para los enfermos y ancianos. En un primer impulso no agradó nada a Esteban tal prescripción, creyendo que tenía ribetes de relajación, pero luego se convenció de que lo prescrito por San Benito merecía el máximo respeto, por ser un padre lleno de experiencia y misericordioso.

Esteban perseveró llevando una vida plena, saturada de pie-dad hasta su dichosa muerte, acaecida el 10 de marzo de 1159. Los milagros obrados en vida y después de muerto dieron crédito manifiesto de haber sido un amigo de Dios que pasó por el mundo haciendo todo el bien que pudo a las almas.

DAMIÁN YÁÑEZ, O.C.S.O.

10 mar. 2015

Santo Evangelio 10 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Martes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 18,21-35): En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».


Comentario: Rev. D. Enric PRAT i Jordana (Sort, Lleida, España)

Movido a compasión (...) le perdonó la deuda

Hoy, el Evangelio de Mateo nos invita a una reflexión sobre el misterio del perdón, proponiendo un paralelismo entre el estilo de Dios y el nuestro a la hora de perdonar.

El hombre se atreve a medir y a llevar la cuenta de su magnanimidad perdonadora: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). A Pedro le parece que siete veces ya es mucho o que es, quizá, el máximo que podemos soportar. Bien mirado, Pedro resulta todavía espléndido, si lo comparamos con el hombre de la parábola que, cuando encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios, «le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’» (Mt 18,28), negándose a escuchar su súplica y la promesa de pago.

Echadas las cuentas, el hombre, o se niega a perdonar, o mide estrictamente a la baja su perdón. Verdaderamente, nadie diría que venimos de recibir de parte de Dios un perdón infinitamente reiterado y sin límites. La parábola dice: «Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda» (Mt 18,27). Y eso que la deuda era muy grande.

Pero la parábola que comentamos pone el acento en el estilo de Dios a la hora de otorgar el perdón. Después de llamar al orden a su deudor moroso y de haberle hecho ver la gravedad de la situación, se dejó enternecer repentinamente por su petición compungida y humilde: «Postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión...» (Mt 18,26-27). Este episodio pone en pantalla aquello que cada uno de nosotros conoce por propia experiencia y con profundo agradecimiento: que Dios perdona sin límites al arrepentido y convertido. El final negativo y triste de la parábola, con todo, hace honor a la justicia y pone de manifiesto la veracidad de aquella otra sentencia de Jesús en Lc 6,38: «Con la medida con que midáis se os medirá».

San Juan de Ogilvie. S.J. 10 de Marzo

10 de marzo

SAN JUAN DE OGILVIE, S. J.

(† 1615)


En el otoño de 1613 desembarcaba en el pequeño puerto de Leith, a pocas millas de Edimburgo, un apuesto oficial de treinta y tres años, que decía llamarse capitán Watson. No era capitán, ni se llamaba Watson, sino Juan de Ogilvie, jesuíta disfrazado, audaz, alegre y agudo. Año y medio más tarde, el 10 de marzo de 1615, después de mil peripecias, ofrecían al joven sacerdote, en matrimonio, a la hija del arzobispo hereje Jacobo Spottiswood en una escena que superaba a toda fantasía. O boda, o muerte: la proposición se hacía en diálogo con la multitud vociferante, desde lo alto de un tablado, al pie de la horca. Minutos más tarde el verdugo tiraba de las piernas del jesuita, para ayudarle gentilmente a dar el último suspiro. Probablemente la joven desdeñada se alegraba en su corazón de no recibir a un marido cojo, con la médula de los huesos reventada en las torturas de los últimos días. Pero la Iglesia, Esposa de Cristo, se alegraba todavía mas, porque tenía en el cielo a un nuevo mártir de la fe, del primado romano y de la castidad sacerdotal. He aquí cómo ocurrieron las cosas.

En 1572, a la muerte del sacerdote apóstata y dos veces casado, Juan Knox, amigo de Calvino en Ginebra y cabecilla de la Reforma en Escocia, quedaba ya firme y sangrientamente asentado el presbiterianismo en todo el país. Según sus doctrinas, algunos hombres están absolutamente predestinados para el cielo y los más, irremisiblemente predestinados para el infierno. La Iglesia sólo es la reunión de los elegidos. ¿Quién sabe, pues, quiénes son los miembros verdaderos de la Iglesia? En el sacramento de la Cena del Señor, el pan y el vino no se cambian en el cuerpo y la sangre de Cristo, que está sólo en el cielo. No hay distinción entre obispos y sacerdotes. No es el Papa el que tiene autoridad sobre la Iglesia. En el orden administrativo la dirección reposa sobre un órgano mixto de seglares y "ancianos", llamado presbiterio. En el orden legislativo la única autoridad es Cristo personalmente: por eso ningún rito ni ceremonia es legítimo, si "Dios no lo ha mandado con palabras expresas". De ahí que, como Cristo no lo ordenó explícitamente, en las iglesias presbiterianas no hay altar, ni baptisterio, ni crucifijo, ni velas, ni imágenes, ni, hasta hace muy poco tiempo y sólo en algunos sitios, órgano. La oración no tiene fórmulas fijas, sino que queda totalmente a la iniciativa del pastor, el cual predica incansablemente llenando con sus palabras el vacío del culto. Es rigurosísimo el reposo "sabático" del domingo, porque fue mandado por Dios; pero no existe ninguna fiesta litúrgica. La censura de las costumbres es severa y el tono y continente humano de los presbiterianos sombrío y austero. ¿Quién sabe quién se salvará?, parece preguntarse siempre adustamente el puritano escocés, a quien la aterradora incógnita no le deja lugar para ninguna clase de expansión artística. Del centenar de monasterios que florecían en Escocia no quedó ninguno. Las catedrales fueron desmanteladas como "monumentos de la idolatría y de la arquitectura", ambas cosas igualmente aborrecibles. Knox definió a la Iglesia de Roma como "la última bestia" y al Papa como "anticristo". El Parlamento escocés ordenó en 24 de agosto de 1560 que "nadie dijera misa, ni la oyera, ni estuviera presente a ella bajo la pena de confiscación de todos sus bienes y el castigo corporal a discreción de los magistrados". Knox afirmaba que "una misa era para él más temible que si diez mil enemigos armados desembarcaran en cualquier parte del reino".

En este ambiente nació en 1580 Juan de Ogilvie, de familia noble donde la madre había conservado la fe católica, pero el padre era uno de los comisarios encargados de descubrir y apresar jesuitas. El pobre hombre temblaba pensando que su mujer pudiera hacer de Juanito un "papista", y tratando de evitarlo le envió al continente, para que hiciera en Europa sus estudios, en cuanto el chico cumplió trece años. No podía imaginarse que a los dieciséis años sería católico y a los diecinueve ingresaría en la Compañía de Jesús.

Tiempos de formidable transformación del mundo los de la juventud de nuestro héroe. Cuando él nace comienza Rusia la conquista de Siberia (1581), se hace la reforma gregoriana del calendario (1582), desde la América que los españoles exploran penosamente se introduce en Europa la patata (1584), se inventa el microscopio, que abre una ventana hacia el fondo de la naturaleza (1590), se edita la Vulgata clementina (1592), se fija la primera tarifa postal en Alemania (1599), Shakespeare puebla de personajes los escenarios del teatro inglés (hacia 1600), Galileo descubre las leyes de la gravitación y del péndulo (1602), los españoles luchan en Flandes mientras Don Quijote hace por la pluma de Cervantes su primera salida (1605) ... Descubrimientos de tierras, esplendor de las bellas artes, nacimiento de las ciencias exactas, transformación del comercio. Las universidades hablan un lenguaje común y facilitan el trasiego de las ideas y de los estudiantes desde un rincón al otro de Europa.

Juan de Ogilvie había sido puesto bajo la protección de buenos amigos de su padre. Pero ¿quién cierra las puertas al viento y corta el paso a las ideas que llegan hasta un estudiante despejado? Se instruye en la fe en Lovaina, pasa de allí a Ratisbona, luego a Olinutz y más tarde a Viena, donde se hace jesuita. El padre Claudio Aquaviva, a la sazón general, le envía sucesivamente a París y Rouen. Es entonces cuando el contacto renovado con los emigrantes y viajeros de su tierra, cargados de noticias de amigos, de mártires, de peligros, de proezas, le aguijonea para que pida a sus superiores la difícil misión de predicador clandestino. Y ya tenemos en Edimburgo a nuestro capitán Watson, si no acaudillando soldados, sí dispuesto a decir misas, esas terribles misas que para el hereje Knox equivalían a diez mil enemigos desembarcados en la costa.

Las leyes abiertamente injustas no obligan en conciencia: si para obedecer a Dios es preciso burlar reglamentos humanos, para el misionero no cabe opción. Entre dejar de instruir, bautizar y decir la misa o celebrar para todo ello reuniones clandestinas, usar disfraces y fingir apellidos, Juan de Ogilvie opta decididamente por la vida ilegal, bajo la constante amenaza de los guardias y de los soplones. En febrero de 1614 le encontramos en Londres consultando en la corte de Jacobo I un proyecto de tregua religiosa. Por Pascua visita París para tratar con su provincial, y el resto del tiempo tan pronto se halla en Edimburgo, como en Glasgow, lo mismo en el piso de una viuda, convertido en capilla, que en el corredor de una cárcel a donde ha logrado introducirse fraudulentamente.

No podía faltar la traición, y al cumplirse el año justo de su arriesgado juego con la boca del lobo, una falsa cita le hizo caer en la trampa del arzobispo Spottiswood.

Fue entonces cuando el jesuita dio toda la medida de su valor humano: cabeza fría y clara, respuesta contundente, chanza en los dolores, energía en el mantenimiento de los derechos humanos y divinos contra la letra de la ley y la arbitrariedad. Son notables sus salidas con jueces y verdugos. Al obispo, no legítimamente consagrado, le dijo: "Lego sois y no tenéis más jurisdicción espiritual que la que pueda tener vuestro báculo". La tortura del "quebrantapiernas" consistía en unos anillos que se cerraban sobre la pantorrilla. Por entre ellos y el hueso se introducían cuñas a golpe de martillo, hasta que el hueso oprimido se rompía y la medula se desparramaba. Cuando le amenazaron con el quebrantapiernas, Ogilvie se rió y dijo: "No estimo más mis piernas que vosotros vuestras ligas". Y como los verdugos insistieran en amedrentarle, prosiguió: "No se me da más de las amenazas de todos vosotros que del graznar de otros tantos gansos". Uno de sus guardianes le asegura que le quemarían vivo y Ogilvie replicó: "Pues ningún tiempo más a propósito, porque estoy muerto de frío".

No era cinismo ni bravuconería hueca; en el tribunal no quiso delatar a nadie, se negó a jurar como reo decir la verdad, afirmando su derecho a ser tenido por inocente mientras no se demostraran sus pretendidos delitos, no por confesión propia, obtenida por la coacción y la tortura, sino por pruebas exteriores. Rechazó la autoridad del rey en materia religiosa y defendió el primado del Papa; y lo hizo con una agudeza y una precisión apenas concebibles en quien llevaba nueve noches y ocho días consecutivos en que no se le había permitido dormir un solo minuto. Fue providencial que un preso católico de una celda vecina pasara diariamente al padre Ogilvie algunas hojas de papel y las recogiera otra vez por debajo de la puerta, una vez que el mártir había escrito su diario. Conocemos así un relato de todas sus aventuras, lleno de humor y de sobrenatural heroísmo.

Al fin fue condenado a muerte: pero, como suele ocurrir, el tribunal tuvo exquisito cuidado en que la sentencia no pareciera recaer sobre opiniones religiosas, sino sobre delitos civiles: se le condenaba por traición al rey y por violación de las leyes del Estado. Y aquí vino la jugada maestra del audaz jesuíta, que no se resignaba a morir como un contrabandista vulgar, falsificador de pasaportes, sino que quería ser un mártir.

Sabiendo lo que ganaba el protestantismo con la adquisición de aquella energía y de aquel talento, el ministro Scott prometió al reo, camino del cadalso, la mano de la hija del arzobispo y una buena prebenda si abjuraba. Fingiendo ceder, pero querer seguridades, el jesuita le dijo ante la multitud ávida del espectáculo de su horca: "Repetidme esa oferta con testigos". Repetida que fue, siguió preguntando el jesuita: "Entonces, ¿no se me perseguiría por traición?" "No" —contestó el ministro, coreado por miles de voces que gritaban: "¡Baja del cadalso!" "¿Sólo es mi apostasía del catolicismo lo que importa? " —remachó el jesuíta, mientras los católicos temblaban de pena y de inquietud entre el público—. "Sólo eso —replicó la multitud—. "Entonces, muero como mártir" —concluyó Juan de Ogilvie. Y dejó alegremente, encomendándose a la Virgen, que izaran con el nudo corredizo su cuerpo joven de treinta y cinco años. El alma voló al cielo.

JESÚS IRIBARREN

9 mar. 2015

Día litúrgico: Lunes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 4,24-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.


Comentario: Rev. P. Higinio Rafael ROSOLEN IVE (Cobourg, Ontario, Canadá)

«Ningún profeta es bien recibido en su patria»

Hoy, en el Evangelio, Jesús nos dice «que ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,24). Jesús, al usar este proverbio, se está presentando como profeta.

“Profeta” es el que habla en nombre de otro, el que lleva el mensaje de otro. Entre los hebreos, los profetas eran hombres enviados por Dios para anunciar, ya con palabras, ya con signos, la presencia de Dios, la venida del Mesías, el mensaje de salvación, de paz y de esperanza.

Jesús es el Profeta por excelencia, el Salvador esperado; en Él todas las profecías tienen cumplimiento. Pero, al igual que sucedió en los tiempos de Elías y Eliseo, Jesús no es “bien recibido” entre los suyos, pues son estos quienes llenos de ira «le arrojaron fuera de la ciudad» (Lc 4,29).

Cada uno de nosotros, por razón de su bautismo, también está llamado a ser profeta. Por eso:

1º. Debemos anunciar la Buena Nueva. Para ello, como dijo el Papa Francisco, tenemos que escuchar la Palabra con apertura sincera, dejar que toque nuestra propia vida, que nos reclame, que nos exhorte, que nos movilice, pues si no dedicamos un tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí seremos un “falso profeta”, un “estafador” o un “charlatán vacío”.

2º Vivir el Evangelio. De nuevo el Papa Francisco: «No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos». Es indispensable tener la seguridad de que Dios nos ama, de que Jesucristo nos ha salvado, de que su amor es para siempre.

3º Como discípulos de Jesús, ser conscientes de que así como Jesús experimentó el rechazo, la ira, el ser arrojado fuera, también esto va a estar presente en el horizonte de nuestra vida cotidiana.

Que María, Reina de los profetas, nos guíe en nuestro camino.

Comentario: Rev. D. Santi COLLELL i Aguirre (La Garriga, Barcelona, España)

En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria

Hoy escuchamos del Señor que «ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,24). Esta frase —puesta en boca de Jesús— nos ha sido para muchas y muchos —en más de una ocasión— justificación y excusa para no complicarnos la vida. Jesucristo, de hecho, sólo nos quiere advertir a sus discípulos que las cosas no nos serán fáciles y que, frecuentemente, entre aquellos que se supone que nos conocen mejor, todavía lo tendremos más complicado.

La afirmación de Jesús es el preámbulo de la lección que quiere dar a la gente reunida en la sinagoga y, así, abrir sus ojos a la evidencia de que, por el simple hecho de ser miembros del “Pueblo escogido” no tienen ninguna garantía de salvación, curación, purificación (eso lo corroborará con los datos de la historia de la salvación).

Pero, decía, que la afirmación de Jesús, para muchas y muchos nos es, con demasiada frecuencia, motivo de excusa para no “mojarnos evangélicamente” en nuestro ambiente cotidiano. Sí, es una de aquellas frases que todos hemos medio aprendido de memoria y, ¡qué efecto!

Parece como grabada en nuestra conciencia particular de manera que cuando en la oficina, en el trabajo, con la familia, en el círculo de amigos, en todo nuestro entorno social más debiéramos tomar decisiones solamente comprensibles a la luz del Evangelio, esta “frase mágica” nos echa atrás como diciéndonos: —No vale la pena que te esfuerces, ¡ningún profeta es bien recibido en su tierra! Tenemos la excusa perfecta, la mejor de las justificaciones para no tener que dar testimonio, para no apoyar a aquel compañero a quien le está haciendo una mala pasada la empresa, o para no mirar de favorecer la reconciliación de aquel matrimonio conocido.

San Pablo se dirigió, en primer lugar, a los suyos: fue a la sinagoga donde «hablaba con valentía, discutiendo acerca del Reino de Dios e intentando convencerles» (Hch 19,8). ¿No crees que esto era lo que Jesús quería decirnos?

San Paciano, 9 de Marzo


9 de marzo

 SAN PACIANO, OBISPO DE BARCELONA

(† 391)

De San Paciano tenemos noticia contemporánea: las líneas que le dedicó San Jerónimo en el libro De viris illustribus, escrito hacia el año 392. "Pacíanus, in Pyrinaei iugibus, Barcinonae episcopus, castigatae eloquentiae (lección más segura que castítate et eloquentia que dan algunos manuscritos), et tam vita quani sermone clarus, scripsit varia opuscula, de quibus est Cervus et contra Novatianos. Sub Theodosio príncipe iam ultima senectute mortuus est." "Paciano, obispo de Barcelona, en las faldas del Pirineo, de correcta elocuencia, y tan esclarecido por su vida como por su dicción, compuso varios opúsculos, entre los cuales el Cervus y contra los novacianos. Murió en la extrema ancianidad, bajo el emperador Teodosio."

Por el mismo San Jerónimo sabemos que Paciano, casado en su juventud, tuvo un hijo llamado Dextro que ocupó altos cargos en la administración imperial en tiempo de Teodosio y de Honorio. Debió de ser, por tanto, Paciano, de familia distinguida. Sus obras denotan una alta cultura literaria, sagrada y profana, y confirman plenamente el elogio que tributa San Jerónimo a su elocuencia. No quedan pormenores sobre su actuación pastoral en el gobierno de la diócesis barcelonesa. Podemos con todo asegurar, así por la indicación de San Jerónimo como por los escritos del santo obispo, que su celo por el bien espiritual de sus diocesanos fue muy activo e ilustrado.

Aunque no se puede determinar con precisión el intervalo de tiempo en que gobernó la diócesis de Barcelona, parece que debió de regirla por largos años, y se le da como sucesor inmediato de Pretextato, que en 347 asistió como obispo de Barcelona al concilio de Sárdica. Comoquiera que Teodosio comenzó a imperar en 379, la muerte de San Paciano debe colocarse entre esta fecha y 391, ya que en 392 la conocía San Jerónimo.

San Paciano nos es conocido por sus escritos. Se ha perdido uno de los que cita San Jerónimo, el Cervus, de cuyo contenido tenemos no obstante alguna noticia por el mismo Paciano en su "Paraenesis". Nos quedan, además, sus tres Cartas ad Simpronianum Novatianum y un Sermo de baptismo ad catechumenos. Tampoco se ha conservado, si es que llegó a escribirlo, otro tratado o carta contra los novacianos, a que el mismo Santo alude en su tercera carta a Simproniano. ¿Sería el tratado que cita San Jerónimo, o se refiere éste a sus cartas a Simproniano? El conocido investigador Dom Germán Morin, O. S. B., había atribuido a San Paciano otras dos obras: Ad lustinum manichaeum contra duo principia et de vera carne Christi, que en los manuscritos se dice del retórico africano Cayo Mario Victorino, y el anónimo De similitudine carnis peccati contra manichaeos. Este último escrito tiene por autor al presbítero Eutropio, como demostró el padre José Madoz, S. l.; ni son claros los argumentos en favor de la paternidad del primero. Se admiten, pues, como obra de San Paciano, los cinco opúsculos citados.

Estos escritos, aunque breves, dan a San Paciano un lugar apreciable en la patrología del siglo IV, como testigo y doctor de la doctrina católica en puntos importantes; y por otra parte nos ponen de manifiesto el espíritu religioso y lleno de celo por el bien de los fieles a él encomendados de un obispo santo, conforme al dechado que diseñó San Pablo en sus cartas a Timoteo y Tito.

El escrito perdido Cervus (o Cervulus, como él dice) era, según él mismo refiere, una celosa diatriba contra los perversos e impúdicos desórdenes que se cometían, aun por algunos cristianos, en una especie de carnaval de primero de año, mala costumbre conocida ya por otros autores eclesiásticos y disposiciones de los concilios de aquella época. Para entregarse la gente más libremente y sin pudor a la maldad, se disfrazaba en figuras monstruosas de animales, las más ordinarias de ciervos, de cabras y de terneras.

El Sermo de baptismo es una instrucción a los competentes, catecúmenos ya próximos al bautismo. En ella les quiere enseñar San Paciano "cómo nacemos y nos renovamos en el bautismo". Expone primero el estado de muerte y degradación en que yace el hombre antes del bautismo, explicando con toda precisión, según el capítulo V de la carta de San Pablo a los Romanos, la doctrina del pecado original, en forma interesante para la historia del dogma, ya que atestigua la clara conciencia que de esta doctrina tenía la Iglesia en vísperas de la negación pelagiana y antes de la defensa y ulterior explicación que de ella hizo San Agustín. De esta muerte nos sacó Cristo; tomando la naturaleza humana, redimió al hombre de la esclavitud del pecado y lo presentó puro e inmaculado a los ojos de Dios. Describe el Santo con viveza la lucha que sostuvo Cristo en su vida con el demonio y sus ministros hasta la muerte de cruz, a la que siguió la gloria de la resurrección. Esta victoria de Cristo se hace nuestra; porque, así como naciendo en Adán se hizo el hombre pecador, así renaciendo en Cristo se hace santo. Cristo nos engendra en la Iglesia por el bautismo, para que, como Cristo resucitó, así nosotros vivamos vida nueva, a la que fervientemente les invita el santo obispo.

Las tres cartas a Simproniano son más citadas por su importancia en la teología penitencial. Era Simproniano, a lo que parece, un hombre distinguido (San Paciano le llama "clarissimus"), que se había separado de la unidad católica, adhiriéndose al cisma herético de los novacianos, que ya hacía siglo y medio hería a la Iglesia. En la primera carta que Simproniano escribió al obispo de Barcelona, sin declararse claramente novaciano, se oponía al nombre de católica que se da a la Iglesia verdadera, y al perdón de los pecados por la penitencia. Paciano le contesta defendiendo el nombre de católica por el ejemplo de los santos y doctores anteriores, en particular de San Cipriano, cuyas doctrinas se apropia Paciano, y por la necesidad de distinguir con un nombre la Iglesia "principal", en medio de la confusión sembrada por las herejías. Aquí tiene Paciano la hermosa sentencia: "Christianus mihi nomen est; catholicus vero cognomen"; "cristiano es mi nombre, católico mi apellido". Católico significa, según el Santo, unidad y obediencia total de todos; la Iglesia es católica porque es una en todos y una sobre todos: "in omnibus una et una super omnes". El perdón de los pecados por la penitencia lo defiende Paciano con ardiente y sentida elocuencia y una abrumadora serie de testimonios de la Sagrada Escritura. "Nunca amenazaría Dios al que no hace penitencia, si no perdonase al penitente. Pero dirás: "Sólo Dios puede hacerlo"; es verdad, pero lo que por sus sacerdotes hace es potestad suya." En la segunda carta responde caritativa pero claramente a las argucias e indicios de poca buena voluntad con que reaccionó Simproniano a la primera del santo obispo.

La tercera, la más larga, un verdadero tratado, es la refutación de los argumentos de los novacianos, expuestos en un escrito que le había remitido Simproniano. La doctrina de este escrito era "que después del bautismo no se puede hacer penitencia; que la Iglesia no puede perdonar el pecado mortal; más aún, que ella misma perece al recibir a los pecadores". Es importante esta precisión con que por San Paciano conocemos el estadio contemporáneo de la doctrina novaciana, que varió mucho en los cuatro o cinco siglos que perduró. Con viveza y elocuente energía rechaza San Paciano los sofismas de los que se llamaban a sí mismos "cátaros", puros, porque no querían admitir a reconciliación a los pecadores penitentes. La historia de Novaciano, su jefe, le proporciona al obispo armas eficaces de combate. La santidad de la Iglesia, en la que pretendían fundarse, le da ocasión para explayar en cálidas frases su amor a ella, no sólo virgen y Esposa de Cristo, sino su mismo cuerpo, madre fecunda y llena de compasivo amor hacia sus hijos pródigos, que no se mancha por exhortarlos a penitencia y acogerlos plenamente en su seno después de cumplida la satisfacción, que no era ciertamente cosa de placer. Toda esta refutación de los errores novacianos, rica en textos bíblicos, con que deshace las falsas interpretaciones de los herejes, está impregnada de santa indignación por las argucias con que engañan a sus seguidores, pero también de caridad hacia su corresponsal, a quien invita con el espectáculo de la Iglesia católica en su unidad y universalidad, la reina vestida toda de oro con matices de varios colores... la vid rica en ramos que campean en sus largos sarmientos..., la casa grande que muestra su opulencia en preciosos vasos de oro puro y tersa plata, pero no se avergüenza en servirse también de vasos de barro y madera".

La Paraenesis, sive libellus exhortatorius ad paenitentiam nos resarce en parte de la carencia del opúsculo que se proponía escribir San Paciano como complemento de sus cartas a Simproniano. Trata el Santo directamente de la penitencia pública que se practicaba por ciertos pecados más graves; pero sus exhortaciones tienen carácter general y son aptísimas para mover al pecador a salir de su estado por la penitencia. Divide el Santo su exhortación en cuatro partes. En la primera declara cuáles son estos pecados por los que se imponía la penitencia pública: apostasía, homicidio, adulterio y fornicación; sin que pretenda dar una distinción adecuada entre pecado mortal y pecado venial. En la segunda acosa con celo pastoral a los que por vergüenza no quieren manifestar sus culpas, post impudentiam timidos, post peccata verecundos, qui peccare non erubescitis et erubescitis confiteri, "tímidos después de la imipudencia, vergonzosos después del pecado, que no os avergonzáis de pecar y os avergonzáis de confesar". La tercera se dirige a los que, manifestadas sus culpas, no tienen valor para sujetarse a las obras penosas de la penitencia pública, semejantes a los enfermos que, declarada su enfermedad, no quieren sufrir la cura dolorosa que el médico juzga necesaria. Por último les exhorta vivamente a la penitencia con la simple representación de los castigos con que la Sagrada Escritura amenaza a los impenitentes, y con la promesa del perdón para los que con la penitencia se humillan ante Dios, recordándoles una vez más las parábolas evangélicas de la dracma y la oveja perdida y el regocijo de los ángeles por el pecador arrepentido.

El culto de San Paciano no figura en los libros litúrgicos mozárabes. Las primeras menciones de San Paciano son de los martirológios del siglo IX; en los santorales y misales de Barcelona se halla la fiesta del Santo el 9 de marzo desde el siglo XII, y actualmente tiene en la diócesis rito doble mayor. Los trabajos emprendidos en el siglo XVI por el obispo de Barcelona don Juan Dimas Loris para hallar los restos del Santo, no condujeron a resultados ciertos.

JOSÉ M. DALMÁU, S. I.

8 mar. 2015

Tener conciencia de nuestra debilidad

Tener conciencia de nuestra debilidad

Tercer Domingo Cuaresma. ¿Por qué en el espíritu a veces nos sentimos tan fuertes, cuando realmente somos tan débiles?

Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net

Creo que muchas veces nuestro problema de conversión del corazón, que nos lleva a una falta de identidad, no es otro sino esa especie como de ligereza, de superficialidad con la que, al ver las situaciones que estamos viviendo, pensamos que al fin y al cabo no pasa nada. Sin embargo, puediera ser que, cuando quisiéramos arreglar las cosas, ya no haya posibilidades de hacerlo.

Cuántas veces vivimos con una superficialidad que nos impide entrar en nuestro interior y darnos cuenta de la gravedad de algunos comportamientos, de algunas actitudes que estamos tomando, o darnos cuenta de la seriedad de algunos movimientos interiores que estamos consintiendo; con lo que nosotros estamos aceptando una forma de vida que puede llegar a apartarnos realmente de Dios, que pueden llegar a endurecer nuestro corazón e impedir que el corazón se convierta y llegue a darse a Dios nuestro Señor.

Cuántas veces este problema sucede en las almas, y cómo, cuando nosotros lo captamos, podríamos decir simplemente: "total es sin importancia, no pasa nada”. Sin embargo, es como si el soldado que estuviese vigilando en su puesto de guardia oyese un ruido y dijese: "no es nada.” Pero, ¿qué pasaría si detrás de ese ruido estuviese alguien?

Ahora bien, para vigilar, no basta no ser indiferentes. Para vigilar auténticamente, es muy importante que nos demos cuenta tanto de la profundidad como de la debilidad del alma. Tenemos que darnos cuenta de que no tenemos garantizada la vida. ¿Quién de nosotros puede poner una mano en el fuego por la propia seguridad, o por la propia salvación? San Pablo dice: "Quién está de pie, tenga cuidado, no sea que caiga”.

Tenemos que ser conscientes de que solamente un alma que se sabe herida, es un alma capaz verdaderamente de vigilar, porque entonces va a tener una especie como de instinto interior que le va a ir llevando a no dejar pasar las cosas sin revisarlas antes. Es como cuando estamos enfermos y no podemos tomar algún tipo de comida, antes de comer algo nos fijamos qué ingredientes tiene esa comida, no vaya a hacer que nos haga daño. ¿Por qué en el espíritu a veces nos sentimos tan fuertes, cuando realmente somos tan débiles?

Sin embargo, esa debilidad no nos debe llevar a una actitud de temor ante la vida, a una angustia interior insoportable. Porque si nos damos cuenta de que lo único que puede sostener nuestra vida, lo único que puede hacernos profundizar realmente en nuestra existencia no es otra cosa sino el amor de Dios, el anhelo de Dios, el deseo de Dios, eso mismo nos llevaría a una auténtica conversión del corazón, a un grandísimo amor a Él.

¿Hay en mi alma ese anhelo de Dios nuestro Señor? ¿Hay en mi alma ese ardiente fuego por amar a Dios, por hacer que Dios realmente sea lo primero en mi vida? Éste es el camino de conversión, es la forma de ver el camino de la salvación. No nos quedemos simplemente en los comportamientos externos.

La Cuaresma, más que un comportamiento externo, tiene que ser un llegar al fondo de nosotros mismos; la mortificación corporal debe dar frutos espirituales.

Vamos a pedirle a Jesucristo en la Eucaristía, que así como Él se nos da en ese don, nos conceda poseer una gran profundidad en nuestra vida para poder tener conciencia de nuestra debilidad, y, sobre todo, nos conceda un gran anhelo de vivir a su lado, porque si algún día en ese camino de conversión del corazón, por ligereza o por superficialidad, caemos, si tenemos el anhelo de amar a Dios, tenemos la certeza de que tarde o temprano, de una forma u otra, acabaremos amando.

Confiar en Dios es ponernos en sus manos

Confiar en Dios es ponernos en sus manos

Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net

Confiar en Dios requiere, de cada uno de nosotros, que nos pongamos en sus manos. Esta confianza en Dios, base de la conversión del corazón, requiere que auténticamente estemos dispuestos a soltarnos en Él.

Cada uno de nosotros, cuando busca convertir su corazón a Dios nuestro Señor y busca acercarse a Él, tiene que pasar por una etapa de espera. Esto puede ser para nuestra alma particularmente difícil, porque aunque en teoría estamos de acuerdo en que la santidad es obra de la gracia, en que la santidad es obra del Espíritu Santo sobre nuestra alma, tendríamos que llegar a ver si efectivamente en la práctica, en lo más hondo de nuestro corazón lo tenemos arraigado, si estamos auténticamente listos interiormente para soltarnos en confianza plena para decir: "Yo estoy listo Señor, confío en Ti"

Desde mi punto de vista, el alma puede a veces perderse en un campo bastante complejo y enredarse en complicaciones interiores: de sentimientos y luchas interiores; o de circunstancias fuera de nosotros, que nos oprimen, que las sentimos particularmente difíciles en determinados momentos de nuestra vida. Son en estas situaciones en las que cada uno de nosotros, para convertir auténticamente el corazón a Dios, no tiene que hacer otra cosa más que confiar.
Qué curioso es que nosotros, a veces, en este camino de conversión del corazón, pensemos que es todo una obra de vivencia personal, de arrepentimiento personal, de virtudes personales.

Estamos en Cuaresma, vamos a Ejercicios y hacemos penitencia, pero ¿cuál es tu actitud interior? ¿Es la actitud de quien espera? ¿La actitud de quien verdaderamente confía en Dios nuestro Señor todos sus cuidados, todo su crecimiento, todo su desarrollo interior? ¿O nuestra actitud interior es más bien una actitud de ser yo el dueño de mi crecimiento espiritual?

Mientras yo no sea capaz de soltarme a Dios nuestro Señor, mi alma va a crecer, se va a desarrollar, pero siempre hasta un límite, en el cual de nuevo Dios se cruce en mi camino y me diga: "¡Qué bueno que has llegado aquí!, ahora tienes que confiar plenamente en mí". Entonces, mi alma puede sentir miedo y puede echarse para atrás; puede caminar por otra ruta y volver a llegar por otro camino, y de nuevo va a acabar encontrándose con Dios nuestro Señor que le dice: "Ahora suéltate a Mí"; una y otra vez, una y otra vez.

Éste es el camino de Dios sobre todas y cada una de nuestras almas. Y mientras nosotros no seamos capaces de dar ese brinco, mientras nosotros no sintamos que toda la conversión espiritual que hemos tenido no es en el fondo sino la preparación para ese soltarnos en Dios nuestro Señor, no estaremos realmente llegando a nada. El esfuerzo exterior sólo tiene fruto y éxito cuando el alma se ha soltado totalmente en Dios nuestro Señor, se ha dejado totalmente en Él. Sin embargo, todos somos conscientes de lo duro y difícil que es.

¿Qué tan lejos está nuestra alma en esta conversión del corazón? ¿Está detenida en ese límite que no nos hemos atrevido a pasar? Aquí está la esencia del crecimiento del alma, de la vuelta a Dios nuestro Señor. Solamente así Dios puede llegar al alma: cuando el alma quiere llegar al Señor, cuando el alma se suelta auténticamente en Él.

Nuestro Señor nos enseña el camino a seguir. La Eucaristía es el don más absoluto de que Dios existe. De alguna forma, con su don, el Señor me enseña mi don a Él. La Eucaristía es el don más profundo de Dios en mi existencia. ¿De qué otra forma más profunda, más grande, más completa, puede dárseme Dios nuestro Señor?

Hagamos que la Eucaristía en nuestras almas dé fruto. Ese fruto de soltarnos a Él, de no permitir que cavilaciones, pensamientos, sentimientos, ilusiones, fantasías, circunstancias, estén siendo obstáculos para ponernos totalmente en Dios nuestro Señor. Porque si nosotros, siendo malos, podemos dar cosas buenas, ¿cómo el Padre que está en los Cielos, no les va a dar cosas buenas a los que se sueltan en Él, a los que esperan de Él?

Pidámosle a Jesucristo hacer de esta conversión del corazón, un soltar, un entregarnos plenamente en nuestro interior y en nuestras obras a Dios. Sigamos el ejemplo que Cristo nos da en la Eucaristía y transformemos nuestro corazón en un lugar en el cual Dios nuestro Señor se encuentra auténticamente como en su casa, se encuentra verdaderamente amado y se encuentra con el don total de cada uno de nosotros.

Santo Evangelio 8 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Domingo III (B) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 2,13-25): Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el hombre.

Comentario: Rev. D. Lluís RAVENTÓS i Artés (Tarragona, España)

No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado

Hoy, cercana ya la Pascua, ha sucedido un hecho insólito en el templo. Jesús ha echado del templo el ganado de los mercaderes, ha volcado las mesas de los cambistas y ha dicho a los vendedores de palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2,16). Y mientras los becerros y los carneros corrían por la explanada, los discípulos han descubierto una nueva faceta del alma de Jesús: el celo por la casa de su Padre, el celo por el templo de Dios.

¡El templo de Dios convertido en un mercado!, ¡qué barbaridad! Debió comenzar por poca cosa. Algún rabadán que subía a vender un cordero, una ancianita que quería ganar algunos durillos vendiendo pichones..., y la bola fue creciendo. Tanto que el autor del Cantar de los cantares clamaba: «Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que devastan las viñas» (Cant 2,15). Pero, ¿quién hacía caso de ello? La explanada del templo era como un mercado en día de feria.

-También yo soy templo de Dios. Si no vigilo las pequeñas raposas, el orgullo, la pereza, la gula, la envidia, la tacañería, tantos disfraces del egoísmo, se escurren por dentro y lo estropean todo. Por esto, el Señor nos pone en alerta: «Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13,37).

¡Velemos!, para que la desidia no invada la conciencia: «La incapacidad de reconocer la culpa es la forma más peligrosa imaginable de embotamiento espiritual, porque hace a las personas incapaces de mejorar» (Benedicto XVI).

¿Velar? -Intento hacerlo cada noche- ¿He ofendido a alguien?, ¿son rectas mis intenciones?, ¿estoy dispuesto a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios?, ¿he admitido algún tipo de hábito que desagrade al Señor? Pero, a estas horas, estoy cansado y me vence el sueño.

-Jesús, tú que me conoces a fondo, tú que sabes muy bien qué hay en el interior de cada hombre, hazme conocer las faltas, dame fortaleza y un poco de este celo tuyo para que eche fuera del templo todo aquello que me aparte de ti.

San Juan de Dios, 8 de Marzo

8 de marzo

LECTIO DIVINA

SAN JUAN DE DIOS

(† 1550)


Que sin arrebatos de divina locura no se puede llegar a la santidad, es evidente. Los cuerdos, según el mundo, jamás llegarán a la santidad heroica. La vida sin complicaciones, sin exabruptos de generosidad, la vida atiborrada de cálculos egoístas —burguesa—, se opone diametralmente a la de los santos. No hay compatibilidad entre los santos y los que jamás abandonan sus cómodas casillas; lo mismo que no la hay entre el volcán y la llanura esteparia, ni entre los héroes —hombres de arranques— y los adocenados.

Se explica que los santos tengan que ser locos, locos de remate, para el mundo. Porque ¿no es la doctrina evangélica la más disparatada locura de tejas abajo y la sabiduría más sublime para los que están tocados de Dios? Los santos —como los genios o los héroes— rompen moldes, los moldes de la vulgar ramplonería humana, y por eso chocan con la realidad monótona. Tienen dinamita en el alma y su generosidad les hace estallar hacia lo imprevisto e inédito.

Pero, ¿qué hacen sino seguir las huellas de Aquel que dio en la cresta a la sabihonda cordura humana, provocando ante la humanidad el más sonado de los escándalos: el de su muerte en una cruz? No cabe duda, con este hecho comenzó la era de la locura. ¡Bienvenida! En pos de Él siguieron legiones de "chiflados": los que se dejaron descabezar por amor de Dios, los que abandonaron su patria —¡con lo bien que se está en casita!— para difundir el Evangelio entre caníbales, los que maltrataron sus cuerpos hasta convertirlos en piltrafas humanas, los que se abrazaron a los apestados —¡uf, qué asco!-, los que dijeron mil veces no cuanto todos dicen sí, y sí cuando la mayoría dice no...

Ahondad en la vida de los santos y veréis cómo, bajo las apariencias más normales, existe el contagio. Todos están tocados por la locura de la cruz.

San Juan de Dios fue uno de esos locos. La venada le dio fuerte. Lo vais a ver.

Era el día de San Sebastián de 1537. En la histórica ermita del Santo de la ciudad de Granada predicaba el Beato Maestro Juan de Avila, que, cual otro Pablo de Tarso, se había hecho célebre por sus infatigables correrías apostólicas por Andalucía. Durante su sermón, atacó duramente contra los vicios y predicó sobre las virtudes y el amor de Dios.

Un hombre de cuarenta y dos años le escuchaba absorto sin perder sílaba. Era conocido en la ciudad por su tenderete de libros, y en toda la comarca, porque lo veían con frecuencia vendiendo libros, estampas e imágenes por los pueblos.

De repente se oyó un grito en la pequeña ermita abarrotada de fieles: "¡Misericordia, Señor!" Todos quedaron pasmados ante el hombre que había gritado, y mucho más cuando le vieron darse cabezadas en el suelo, mesarse las barbas y cejas y dar muestras de un profundo dolor y pesar de sus pecados.

Salió de la ermita y se dirigió precipitado hacia su tenducho, ¡Pobrecito, se había vuelto loco! Sus gestos y sus gritos lo manifestaban bien a las claras. Ya en su casa, rompió cuantos libros de caballerías tenía en venta, distribuyó los devotos entre los curiosos que le habían seguido y se despojó de sus vestidos quedándose con lo imprescindible. ¡Hecho una facha! ¡Le fallaban los cascos! Así pensaba la gente.

Nuestro hombre se confesó, entre lágrimas, con el padre Ávila. Posiblemente, incluso este mismo santo varón sospechó que su penitente estaba perturbado. Pero sus sospechas hubieron de desvanecerse ante las palabras del hombre que tenía a sus pies. Lo consoló y le animó a seguir las inspiraciones de Dios.

Pero el Beato Maestro Avila tenía que ausentarse de Granada y aquí tenemos a Juan Ciudad (que este era el nombre del extraño converso) comenzando una vida nueva.

Los vecinos de Granada vieron que las locuras de Juan Ciudad seguían en aumento: se metía en los lodazales y daba saltos por las calles haciéndose el demente. Quería el desprecio. Deseaba que le tuvieran por mentecato. Y lo consiguió.

Unos días después, Juan Ciudad era internado en el Hospital Real de Granada, donde eran cuidados los que habían perdido el juicio. No podía estar libre por las calles aquel hombre que era la irrisión de chicos y grandes, que le corrían e insultaban gritando: "¡Al loco, al loco!".

En el Hospital Real estuvo algún tiempo. Los loqueros le trataron mal. Incluso quisieron volverle el juicio a base de azotainas. Porque era, por lo visto, un remedio muy socorrido en la época éste de los azotes para curar la locura.

Sobre las flacas carnes de Juan Ciudad cayeron frecuentemente los látigos y los cordeles de los loqueros, si bien veían en él una demencia singular: se alegraba de los malos tratos que le daban, mientras que reprendía severamente a los enfermeros por la dureza con que se comportaban con los pobres dementes. Cierto, aquel hombre era un caso clínico sin precedentes...

Años más tarde, toda Granada se conmovería ante la muerte de aquel que fue tenido por loco. Y después de lustros y de siglos, cuantos leyeran la vida de Juan sentirían tal vez que las mejillas se les humedecían ante tanto heroísmo.

Pero queremos interrumpir el proceso de la santa locura de Juan para plantarnos de golpe ante su fase más aguda. Era cuando Juan estaba maduro ya en la santidad y cuando se apellidaba "de Dios". Ya no tenía curación; el amor de Dios y del prójimo se había apoderado totalmente de su ser.

Juan se pasó los últimos años de su vida en medio de la podre humana. ¿Quién sino un loco por Dios hubiera soportado lo que él soportó?

Del breve, pero interesante, epistolario del Santo entresacamos algunos párrafos que valen más que todas las descripciones que pudiéramos hacer del ambiente en que derrochaba amor Juan de Dios. Dice en una ocasión: " ... en esta casa (en el hospital por él fundado) se reciben generalmente de todas enfermedades y suerte de gentes, ansí que aquí ay tollidos, mancos, leprosos, mudos, locos, perláticos, tiñosos y otros muy viejos y muy niños..". Y en otra ocasión: "...cada día se me recresen las necesidades y angustias y en demás hagora y de cada día mucho más ansí de deudas como de pobres que vienen muchos desnudos y descalzos y llagados y llenos, de piojos, que ha menester un hombre o dos que no hagan más que escaldar piojos en una caldera hirviendo y este trabajo será de aquí adelante todo el invierno...".

Ante estas y otras miserias, que sólo de contarlas dan náuseas, se derretía el alma de Juan de Dios. Y no había privación, dolor, trabajo o humillación que Juan no aceptara contento para remediarlas.

San Juan de Dios fue un santo extraordinario. Comparable a San Francisco de Asís por su sencillez, pobreza y humildad y también por su encendido amor de Dios y del prójimo. Ninguno de los dos fue sacerdote. Y, sin embargo, uno y otro conmovieron profundamente a sus contemporáneos y fueron verdaderos padres de las almas.

Es lástima que no se pueda resumir la vida de nuestro Santo en unas breves páginas. Merecería la pena, ya que es hondamente edificante. Sobre todo, desde el período de su ruidosa conversión (que rápidamente hemos transcrito), su vida fue una entrega heroica ininterrumpida a Dios y al prójimo. A todos extendía su ardorosa caridad: a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a los pobres, a los ancianos, a los labradores arruinados por las cosechas, a las mujeres de mala vida, a los obreros sin trabajo, a los soldados que no recibían sus pagas, a los estudiantes que se encontraban en apuros, etc., etc. Se podrían escribir páginas y páginas con un sabrosísimo anecdotario sobre la caridad de San Juan de Dios.

Como botón de muestra de lo que venimos diciendo, queremos traer unas líneas de uno de los primeros biógrafos del Santo en la que se nos describe uno de los últimos rasgos de caridad del Santo, en el remate ya de su divina locura. Dice así: "Eran tantos los trabajos en que Ioan de Dios se ocupaba por dar remedio a los de todos, así de caminos y salidas que hacía, en que padecía muchas frialdades, como del trabajo ordinario de la ciudad, que se desvencijó (¡se hizo polvo! diríamos en nuestra época), y de esta enfermedad, como él le hacía poco regalo, padecía gravísimos dolores, y disimulaba cuanto él podía, por no darlo a entender y dar pena a sus pobres en vello malo, mas estaba ya tan flaco y debilitado y sin fuerzas, que no lo podía ya disimular. Y sucedió a esta sazón, que el río Genil vino aquel año muy crecido por las grandes aguas que había llovido; y dixéronle a loan de Dios' que el río con la corriente traía mucha leña y cepas. Y él determinóse, con la gente sana que había en casa, de illa a sacar, porque el invierno era muy fuerte de nieves y fríos, para que los pobres hiciesen lumbre y se calentasen. De meterse en el río en tal tiempo, cobró tanta frialdad, sobre la enfermedad que tenía, que aquexándole más gravemente el dolor que solía, cayó muy malo; y la causa de meterse tanto en el río fue que, de la gente pobre que venía a sacar leña, un mozuelo entró incautamente en el río más de lo que se sufría, y la corriente arrebatólo y llevábalo; y loan de Dios, por socorrelle, entró mucho, y al fin se ahogó, que no pudo asille. Y desto cobró mucha pena; de manera que su enfermedad se iba agravando cada día más..."

Juan de Dios siguió "desvencijado", como dice su biógrafo, pero infatigable en sus extremadas penitencias y en sus trabajos por los pobres y enfermos. Hasta que le tocó caer en la brecha. Fue el 8 de marzo de 1550. Tenía cincuenta y cinco años.

Presintiendo la hora de su muerte, ya en su última enfermedad, pidió que le trajeran el Santísimo. Antes se había confesado con gran fervor. Comulgar no pudo, por no resistir su estómago ningún alimento. Habiendo llamado a Antón Martín, a quien tiempo atrás había convertido y hecho su colaborador más fiel, le recomendó atendiera en lo sucesivo a sus pobres y enfermos. Y viendo que se moría, se levantó de la cama, se puso de rodillas y, abrazando un crucifijo, dijo: "Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo". Momentos después, entregaba su alma a Dios, quedando su cadáver de rodillas, con suma admiración de todos los que estaban presentes a su muerte.

Su entierro fue uno de los más solemnes que jamás conociera la ciudad de Granada. El que doce años antes había sido corrido por las calles como loco, era proclamado por todos unánimemente como santo. Pero era igual. ¿No había sido realmente loco, loco por el amor de Dios?

Había nacido Juan en Montemayor el Nuevo, pequeña ciudad de la diócesis de Evora (Portugal) en el año 1495 en el seno de una familia hondamente cristiana. Sus padres, Andrés Ciudad y Teresa Duarte, lo educaron en el temor de Dios. Sus biógrafos aseguran que hubo presagios maravillosos de lo que había de ser, desde el momento de su nacimiento. Aunque la hipercrítica los rechazara, da igual, ya que su vida —sobre todo desde su conversión definitiva— fue un prodigio continuo.

A los ocho años, no se sabe a punto fijo por qué motivos, abandonó la casa paterna para trasladarse a España. Un sacerdote lo atendió en los primeros días hasta que vino a parar a Oropesa, en la provincia de Toledo. Aquí lo prohijó un tal Francisco Mayoral, hombre probo y de excelente corazón. En esta ciudad fue durante algún tiempo pastor de los rebaños de su protector. Pasados los años, el carácter de Juan cautivó a su bienhechor, hasta el punto de que quiso casarlo con su hija. Pero él rehusó tal propuesta haciéndose soldado.

Juan comenzaba una vida nueva llena de peripecias y de peligros. Se alistó de momento en las tropas que guerreaban contra Francisco I de Francia. En 1521 se encuentra en Fuenterrabía, que el francés había sitiado. Tal vez se extravió algo entre la soldadesca. Por lo menos su fervor inicial. Hasta que, salvado por la Virgen providencialmente de la horca, a la que le había condenado uno de sus jefes por haberse dejado arrebatar un botín que a su custodia había sido confiado, decidió cambiar de vida y regresar a Oropesa. Cuatro años estuvo esta vez con su protector, que le había recibido con gran alegría. Hubo nuevas propuestas de matrimonio con su hija, y él huyó de nuevo.

Por segunda vez se alistó en el ejército. Ahora había de luchar por tierras de Austria-Hungría contra el gran turco Solimán II, que había puesto en apuro al hermano de Carlos V, Fernando.

Rechazados los turcos de las cercanías de Viena, Juan regresó a España por mar, desembarcando en Coruña. Desde allí se dirigió a su pueblo natal. Allí se enteró de que sus padres habían muerto, la madre poco después de su salida de Portugal y el padre años más tarde como religioso en un convento. Con honda pena abandonó su tierra pasando a Ayamonte, en cuyo hospital se dedicó al servicio de los enfermos. Poco después llega a Sevilla, donde se acomodó de pastor durante una temporada.

Poco después se dirige a Ceuta en compañía del caballero portugués D. Luis Almeyda, su esposa y cuatro hijas. La enfermedad postra en la cama a casi todos los miembros de esta familia, agotando todos sus recursos económicos.

Entonces, Juan trabaja en las fortificaciones de la ciudad para sostener a aquellos amigos suyos que se encontraban en un duro trance. Iba ya madurando en su alma aquella caridad que no había de conocer límites. Por evitar peligros para su alma con el contacto de los infieles, Juan pasó a la Península quedándose en Gibraltar, donde comenzó su pequeño negocio de ventas de estampas y libros piadosos. Aunque más que negocio era apostolado lo que hacía. Su alma estaba cada vez más preparada para dar el vuelco definitivo. Si sus biógrafos aseguran que Juan fue siempre muy buen cristiano, muy sencillo, caritativo y devoto de la Virgen María, hay que reconocer que es en esta época de su vida donde se va viendo más claramente que Dios le iba preparando para lo que sería después. Los historiadores hablan de una aparición del Niño Jesús en forma de pequeño mendigo, el cual, como hubiera sido atendido con inmensa caridad por Juan, le dijo que fuera a Granada, donde tendría su cruz, manifestándosele después como el Hijo de Dios. Lo cierto es que ya había dado pruebas Juan hasta estas fechas de una exquisita caridad.

Hemos hablado un poco de la conversión definitiva a Dios de Juan a poco de llegar a Granada, donde llevaba unos meses dedicado a la venta de estampas y libros piadosos, lo mismo que había hecho en Gibraltar.

También lo hemos visto tenido por loco y recluido en un manicomio. Salió por fin de allí, habiendo dejado muestras de una humildad a toda prueba y de un espíritu de sacrificio extraordinario.

A partir de este momento ' encontramos a Juan completamente enloquecido por Dios y soñando únicamente en servirle cada vez mejor. Para ello eligió como director de su conciencia al ya mencionado padre maestro Juan de Avila, gran santo y gran conocedor de las ciencias teológicas. Habiendo pedido consejo Juan a este santo varón, le confirmó en sus deseos de entregarse al cuidado de los enfermos. Para ello, después de haber peregrinado a Guadalupe, Juan alquila una casa y la convierte en hospital. Poco a poco va acomodando a cuantos enfermos encuentra, dando muestras, en aquella Granada que le había tenido por loco unos meses hacía, de una santidad extraordinaria.

Juan pedía limosna para sus pobres a todas horas y sin el más mínimo respeto humano, así como recogía y llevaba a hombros a los enfermos más repugnantes para cuidarlos en su hospital. Era frecuente que cambiara sus vestidos por los harapos de los indigentes. De tal modo que, para que en adelante no lo hiciera, el arzobispo de Túy, don Sebastián Ramírez de Fuenleal, presidente de la cancillería de Granada, mandó hacerle una especie de hábito religioso, que él mismo le impuso, cambiándole a la vez su nombre de Juan Ciudad por el de Juan de Dios.

Las virtudes que Juan de Dios practicó durante los trece años que vivió a partir de su conversión son admirables. Dios premió su generosidad con hechos extraordinarios. Obtuvo conversiones increíbles y fue mucho mayor el bien que hizo a las almas que a los cuerpos. Sus dos colaboradores más íntimos y primeros religiosos de su Orden fueron dos enemigos irreconciliables que se odiaban a muerte y que fueron subyugados enteramente por las virtudes del Santo. Nos referimos a Antón Martín y a Pedro Velasco, que murieron con fama de santidad siendo hermanos de San Juan de Dios.

Fueron también notables los viajes del Santo, siempre a pie y descalzo, buscando limosnas para sus enfermos. Uno de sus viajes, ya al fin de la vida, lo hizo a la corte, que se encontraba a la sazón en Valladolid. Felipe II y sus cortesanos quedaron maravillados de la santidad del siervo de Dios.

No es extraño que a este bendito varón le colmara el Señor con toda clase de bendiciones. Una vez se le apareció el mismo Jesucristo en forma de pobre.

Entre los hechos más notables de su vida se cuenta que, habiéndose originado un incendio en el Hospital Real de Granada, estuvo sacando enfermos del mismo en medio del fuego sin que las llamas le tocasen.

Por fin, extenuado por sus innumerables trabajos y penitencias, entregó su alma al Señor, con una muerte envidiable, como hemos visto.

La estela de sus virtudes fue imborrable y este humilde servidor de Jesucristo dejó a la Santa Iglesia una legión de hijos, émulos de sus virtudes, los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.

Fue beatificado por el papa Urbano VIII, por un breve del 21 de septiembre de 1630 y canonizado por Inocencio XII el 15 de julio de 1691.

Esta es la historia de Juan de Dios, un "loco a lo divino", como lo han sido todos los santos.

¡Que él y ellos nos contagien de su locura!

FAUSTINO MARTÍNEZ GOÑI