14 jun. 2014

Santo Evangelio 14 de Junio de 2014

Día litúrgico: Sábado X del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 5,33-37): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados: ‘No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos’. Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’: que lo que pasa de aquí viene del Maligno».


Comentario: Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells (Salt, Girona, España)
Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’

Hoy continúa Jesús comentándonos los Mandamientos. Los israelitas tenían un gran respeto hacia el nombre de Dios, una veneración sagrada, porque sabían que el nombre se refiere a la persona, y Dios merece todo respeto, todo honor y toda gloria, de pensamiento, palabra y obra. Por esto —teniendo presente que jurar es poner a Dios como testigo de la verdad de lo que decimos— la Ley les mandaba: «No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos» (Mt 5,33). Pero Jesús viene a perfeccionar la Ley (y, por tanto, a perfeccionarnos a nosotros siguiendo la Ley), y da un paso más: «No juréis en modo alguno: ni por el Cielo, (...), ni por la Tierra (...)» (Mt 5,34). No es que jurar, en sí mismo, sea malo, pero son necesarias unas condiciones para que el juramento sea lícito, como por ejemplo, que haya una causa justa, grave, seria (un juicio, pongamos por caso), y que lo que se jura sea verdadero y bueno.

Pero el Señor nos dice todavía más: «Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’» (Mt 5,37). Es decir, nos invita a vivir la veracidad en toda ocasión, a conformar nuestro pensamiento, nuestras palabras y nuestras obras a la verdad. Y la verdad, ¿qué es? Es la gran pregunta, que ya vemos formulada en el Evangelio por boca de Pilato, en el juicio contra Jesús, y a la que tantos pensadores a lo largo de los tiempos han procurado dar respuesta. Dios es la Verdad. Quien vive agradando a Dios, cumpliendo sus Mandamientos, vive en la Verdad. Dice el santo Cura de Ars: «La razón de que tan pocos cristianos obren con la exclusiva intención de agradar a Dios es porque la mayor parte de ellos se encuentran sometidos a la más espantosa ignorancia. Dios mío, ¡cuántas buenas obras se pierden para el Cielo!». Hay que pensar en ello.

Nos conviene formarnos, leer el Evangelio y el Catecismo. Después, vivir según lo que hemos aprendido.

14 de Junio Eliseo, Profeta. Año 850 a. de JC.

14 de Junio

Eliseo, 
Profeta. Año 850 a. de JC.


Eliseo significa: "Dios es mi salvación"

La historia del profeta Eliseo está narrada en la S. Biblia, en el primer libro de los Reyes.

Estaba arando en un campo, cuando de pronto se le acercó el profeta Elías y echándole su manto sobre los hombres, lo invitó a seguirlo y a dedicarse a extender la religión. Eliseo aceptó, pero le pidió permiso para ir antes a despedirse de su familia. Luego volvió y mató sus dos bueyes y repartió esas carnes entre los demás compañeros de trabajo, y quemó sus utensilios de arar, y así, libre de todo impedimento, se fue con Elías.

Cuando Elías iba a ser llevado al cielo, le dijo a Eliseo: "Quédate por aquí que yo me voy al Jordán". Eliseo le respondió "¡Padre, yo te seguiré a donde vayas!", y se fue con él.

Cuando iban llegando al río Jordán les salió al encuentro un grupo de jóvenes que se preparaban para ejercer el profetismo, y Eliseo les aconsejó que se quedaran allí en una altura observando lo que iba a suceder.

Al llegar al Jordán, Elías tocó con su manto las aguas y estas se dividieron y así los dos profetas pasaron a pie, por el terreno seco.

Pasando el Jordán, Eliseo le pidió a Elías un favor muy especial: "Padre, te pido que cuando tú te vayas, me pase a mí una buena parte de tu espíritu, de tus poderes". Elías dijo: "Si me logras ver, cuando sea elevado se te concederá esto que has pedido".

Luego llegó un carro de fuego y se llevó a Elías, y mientras este subía por los aires, Eliseo lo veía y le gritaba: "Padre mío, padre mío". A Elías se le cayo el manto y Eliseo lo recogió.

Para comprobar que Dios sí le había pasado a él los poderes que le había dado a Elías, tocó Eliseo con el manto las aguas del Jordán, y éstas se abrieron y le dieron paso. Los 50 jóvenes que se preparaban para el profetismo vieron este milagro y en adelante le tuvieron gran respeto y lo consideraron como sucesor del Profeta Elías.

La gente de Jericó le dijo: "Profeta, nuestra cuidad está bien situada, pero las aguas no sirven para tomar". Eliseo echó su bendición a aquellas aguas y desde entonces se volvieron potables, muy buenas para tomar. Los hombres de Dios son muy valiosos para la sociedad.

Yendo Eliseo hacia la ciudad de Betel salió un grupo de muchachos maleducados que empezaron a burlarse del profeta diciendo: "¡Sube calvo! ¡Sube calvo!". Eliseo les echó una maldición y salieron dos osos que mataron a 42 de esos atrevidos. Dios quería demostrar que se disgusta cuando se falta al respeto a sus enviados.

Una pobre viuda le contó Eliseo que se había quedado en la ruina y que sus acreedores la iban a enjuiciar por las deudas que les tenía y que no tenía sino una botella con aceite. El profeta le aconsejó que fuera donde las vecinas y les pidiera vasijas prestadas y que empezara a llenarlas con el aceite que tenía en la botella. Ella pidió muchas vasijas prestadas y con la botella de aceite las fue llenando todas. Cuando ya estuvo llena la última vasija, la botella dejó de producir aceite. Con la venta de todo aquello, pudo la viuda pagar todas sus deudas. ¡Milagros de Dios!

Una mujer de Sunam le daba siempre hospedaje gratuito a Eliseo cuando pasaba por allí misionando. El profeta para agradecerle sus favores, obtuvo de Dios que le concediera un hijo en su matrimonio, pues ese hogar no había tenido hijos. Pero un día el niño estaba trabajando en el campo con su padre y exclamó: - Papá, ¡me duele la cabeza1", y se murió. La sunamita se fue corriendo donde el profeta Eliseo que estaba a bastantes horas de camino y le suplicó que corriera a darle una bendición a su hijo. Llegó Eliseo, y después de suplicar mucho a Dios, obtuvo la resurrección del niño. Un hecho prodigioso, que comprueba lo muy poderosas que son ante el Señor las súplicas de sus amigos que se dedican a propagar su santa religión.

Tenía Eliseo cien discípulos para darles de comer y solamente tenía veinte panes. Bendijo los panes y con ellos le alcanzó para alimentar a cien hambrientos discípulos y le sobró pan (Más tarde Jesús con cinco panes dará de comer a cinco mil hombres y la sobrarán 12 canastados de pan).

El rey de Siria tenía un general muy estimado, llamado Naaman. Pero este militar se volvió leproso. Una muchacha israelita les contó que en Israel había un profeta que hacía muchos milagros. El rey le envió a Naaman a que lo curara. Eliseo le mandó que se bañara siete veces en el río Jordán. A la séptima vez, se le fue completamente la lepra.

Naaman quiso darle un gran regalo a Eliseo, pero este no aceptó. Y sucedió que cuando Naaman ya iba lejos, el secretario de Eliseo, llamado Guezi corrió a decirle con mentira que el profeta le mandaba pedir un regalo. Naaman se lo envió pero a Guezi, por este robo y este engaño, se le prendió lo que antes tenía el general, la lepra.

Eliseo le anunciaba al rey de Israel todas las trampas que los enemigos del país le iban a poner y así lo libraba de muchas derrotas. Luego, cuando el anciano profeta estaba muy enfermo mandó llamar al rey y le dijo: "Lance bastantes flechas por esta ventana!". El rey lanzó únicamente tres flechas, y entonces el profeta le dijo: "Por no haber lanzado sino tres flechas, no lograrás derrotar a los enemigos del país sino ¡tres veces!, y así sucedió.

Luego mandó a uno de sus secretarios a anunciarle al general Jehú que iba a ser rey y esto se cumplió también.

A Eliseo lo enterraron en una cueva, y bastante tiempo después unos hombres iban a enterrar a un muerto, pero al ver venir un grupo de guerrilleros, dejaron el muerto sobre la tumba de Eliseo y salieron corriendo, y el muerto al tocar la tumba del santo profeta, resucitó.

13 jun. 2014

Tienes que aliarte con el Espíritu Santo

Tienes que aliarte con el Espíritu Santo

¿Tú realmente estás trabajando acompañado de esa fuerza misteriosa, santificadora y vivificadora? 
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net


Cuando haces tu opción por la santidad tienes que convencerte que es algo, arduo, no fácil, algo difícil y costoso. Porque hay muchas almas que consideran que con unos ejercicios espirituales, con un retiro, con una buena dirección espiritual, una visita eucarística pueden ya lograr la santidad. ¡No! La santidad es algo difícil y costoso. ¿Por qué? Porque tenemos que luchar siempre por controlar nuestros instintos y nuestras pasiones que nos llevan en muchos casos por un camino lejano del camino de la santidad.

Debemos convencernos íntimamente de que solos no vamos a lograr en verdad y objetivamente y sin parodias llegar a la santidad, y que por lo tanto debemos aliarnos con plena conciencia con el Espíritu Santificador. Aquél que nos envió Jesucristo después de su muerte para enseñarnos, iluminarnos, mantenernos en la verdad, dulce huésped del alma, Maestro, artífice de santidad, sin Él no hay nada en el hombre. Así pues, tú tienes que ser aliado, amigo colaborador del que tiene que ser tu inspirador y tu fuerza. Has hecho tu opción tienes que luchar duro para lograrla y tienes que aliarte con alguien todavía más fuerte que tú y que tus pasiones, para lograr esa santidad. Tienes que aliarte con el Espíritu Santificador, el que Cristo te prometió que te enviaría después de subir a los cielos y que te mandó el día de Pentecostés. Ese Espíritu que late en todo el mundo, en toda la Iglesia, que late en todos los corazones que quieren darle cabida.

Tenlo pues, como aliado, como amigo, como colaborador. Hazlo alguien que cuenta para todo tu quehacer diario. Para todo: estudios, trabajo, juego, apostolado, relaciones humanas, vida interior. ¡Para todo! Sin excluir nada.

Hazte una pregunta: ¿tú realmente estás trabajando acompañado de esa fuerza misteriosa, santificadora y vivificadora que es la alianza y la unión con el Espíritu Santo, que habita en tu corazón por la gracia, que está dentro de ti por la gracia, con la Santísima Trinidad, con el padre y con el Hijo?

Realmente pregúntate: ¿tú trabajas aliado a Él? ¿Lo recuerdas? ¿Cuántas veces lo sientes en tu vida, en tus oraciones, en tus recreos, en el comedor, en todo tu tiempo? ¿Cuántas veces te percatas de que cuentas y estás con el Espíritu Santo santificador trabajando por lograr aquellos actos, que parecen intrascendentes, tu santificación personal?

Trabaja pues y haz todo esto con una gran confianza y estrecha unión con el "socio", con el que vas hacer la obra más importante de tu vida: la obra de tu santificación. No hay socio mejor ni amigo mejor.

Tú ya tiene un "socio" para poder santificarte. Tú tienes que trabajar con tu "socio" para poder santificarte. Tú tienes que trabajar con tu "socio" para preparar el mármol, la piedra, el material donde Él y tú van a esculpir la imagen viviente de nuestro Señor Jesucristo. Así es como tú desde la santidad y desde la amistad con el Espíritu Santo vas a lograr llegar a ser otro Cristo, un testimonio viviente del Evangelio. Así es como va a cumplirse en ti aquello de: que Cristo sea vuestra vida.

Santo Evangelio 13 de Junio de 2014

Día litúrgico: Viernes X del tiempo ordinario

Santoral 13 de junio: San Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia
Texto del Evangelio (Mt 5,27-32): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna.

»También se dijo: ‘El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio’. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio».


Comentario: Pare Josep LIÑÁN i Pla SchP (Sabadell, Barcelona, España)
«Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio»

Hoy, Jesús continúa profundizando en la exigencia del Sermón de la Montaña. No deroga la Ley, sino que le da plenitud; por eso, su observancia es algo más que el simple cumplimiento de unas condiciones mínimas para tener en regla los papeles. Dios nos da la Ley del amor para llegar a la cima, pero nosotros buscamos el modo de convertirla en la ley del mínimo esfuerzo. ¡Dios nos pide tanto...! Sí, pero también nos ha dado lo máximo que puede dar, ya que se ha dado a sí mismo.

Hoy, Jesucristo apunta alto al manifestar su autoridad sobre el sexto y el noveno mandamiento, los preceptos que se refieren a la sexualidad y a la pureza de pensamiento. La sexualidad es un lenguaje humano para significar el amor y la alianza, por tanto, no puede ser banalizada, como tampoco podemos convertir a los demás en objetos de placer, ¡ni siquiera con el pensamiento!, de aquí esta afirmación tan severa de Jesús: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28). Es preciso, pues, cortar el mal de raíz y evitar pensamientos y ocasiones que nos llevarían a obrar lo que Dios aborrece; esto es lo que quieren indicar tales palabras, que pueden parecernos radicales y exageradas, pero que los oyentes de Jesús entendían en su expresividad: saca, corta, arroja...

Finalmente, la dignidad del matrimonio debe ser protegida siempre, pues forma parte del proyecto de Dios para el hombre y la mujer, para que en el amor y en la mutua donación se conviertan en una sola carne, y al mismo tiempo es signo y participación en la Alianza de Cristo con la Iglesia. El cristiano no puede vivir la relación hombre-mujer ni la vida conyugal según el espíritu mundano: «No debéis creer que por haber escogido el estado matrimonial os es permitido continuar con una vida mundana y abandonaros a la ociosidad y la pereza; al contrario, eso mismo os obliga a trabajar con mayor esfuerzo y a velar con más cuidado por vuestra salvación» (San Basilio).

San Antonio de Padua 13 de Junio

San Antonio de Padua
13 de Junio

Vino al mundo en el año 1195 y se llamó Fernando de Bulloes y Taveira de Azevedo, nombre que cambió por el de Antonio al ingresar en la orden de Frailes Menores, por la devoción al gran patriarca de los monjes y patrones titulares de la capilla en que recibió el hábito franciscano. Sus padres, jóvenes miembros de la nobleza de Portugal, dejaron que los clérigos de la Catedral de Lisboa se encargaran de impartir los primeros conocimientos al niño, pero cuando éste llegó a la edad de quince años, fue puesto al cuidado de los canónigos regulares de San Agustín, que tenían su casa cerca de la ciudad. Dos años después, obtuvo permiso para ser trasladado al priorato de Coimbra, por entonces capital de Portugal, a fin de evitar las distracciones que le causaban las constantes visitas de sus amistades.  

No le faltaron las pruebas. En la juventud fue atacado duramente por las pasiones sensuales. Pero no se dejó vencer y con la ayuda de Dios las dominó. El se fortalecía visitando al Stmo. Sacramento. Además desde niño se había consagrado a la Stma. Virgen y a Ella encomendaba su pureza.  

Una vez en Coimbra, se dedicó por entero a la plegaria y el estudio; gracias a su extraordinaria memoria retentiva, llegó a adquirir, en poco tiempo, los más amplios conocimientos sobre la Biblia. En el año de 1220, el rey Don Pedro de Portugal regresó de una expedición a Marruecos y trajo consigo las reliquias de los santos frailes-franciscanos que, poco tiempo antes habían obtenido allá un glorioso martirio. Fernando que por entonces había pasado ocho años en Coimbra, se sintió profundamente conmovido a la vista de aquellas reliquias y nació en lo íntimo de su corazón el anhelo de dar la vida por Cristo. 

Poco después, algunos frailes franciscanos llegaron a hospedarse en el convento de la Santa Cruz, donde estaba Fernando; éste les abrió su corazón y fue tan empeñosa su insistencia, que a principio de 1221, se le admitió en la orden. Casi inmediatamente después, se le autorizó para embarcar hacia Marruecos a fin de predicar el Evangelio a los moros. Pero no bien llegó a aquellas tierras donde pensaba conquistar la gloria, cuando fue atacado por una grave enfermedad (hidropesía),que le dejó postrado e incapacitado durante varios meses y, a fin de cuentas, fue necesario devolverlo a Europa. La nave en que se embarcó, empujada por fuertes vientos, se desvió y fue a parar en Messina, la capital de Sicilia.  Con grandes penalidades, viajó desde la isla a la ciudad de Asís donde, según le habían informado sus hermanos en Sicilia, iba a llevarse a cabo un capítulo general. Aquella fue la gran asamblea de 1221, el último de los capítulos que admitió la participación de todos los miembros de la orden; estuvo presidido por el hermano Elías como vicario general y San Francisco, sentado a sus pies, estaba presente.  Indudablemente que aquella reunión impresionó hondamente al joven fraile portugués. Tras la clausura, los hermanos regresaron a los puestos que se les habían señalado, y Antonio fue a hacerse cargo de la solitaria ermita de San Paolo, cerca de Forli.  Hasta ahora se discute el punto de si, por aquel entonces, Antonio era o no sacerdote; pero lo cierto es que nadie ha puesto en tela de juicio los extraordinarios dones intelectuales y espirituales del joven y enfermizo fraile que nunca hablaba de sí mismo. Cuando no se le veía entregado a la oración en la capilla o en la cueva donde vivía, estaba al servicio de los otros frailes, ocupado sobre todo en la limpieza de los platos y cacharros, después del almuerzo comunal.

Mas no estaban destinadas a permanecer ocultas las claras luces de su intelecto. Sucedió que al celebrarse una ordenación en Forli, los candidatos franciscanos y dominicos se reunieron en el convento de los Frailes Menores de aquella ciudad. Seguramente a causa de algún malentendido, ninguno de los dominicos había acudido ya preparado a pronunciar la acostumbrada alocución durante la ceremonia y, como ninguno de los franciscanos se sentía capaz de llenar la brecha, se ordenó a San Antonio, ahí presente, que fuese a hablar y que dijese lo que el Espíritu Santo le inspirara. El joven obedeció sin chistar y, desde que abrió la boca hasta que terminó su improvisado discurso, todos los presentes le escucharon como arrobados, embargados por la emoción y por el asombro, a causa de la elocuencia, el fervor y la sabiduría de que hizo gala el orador. En cuanto el ministro provincial tuvo noticias sobre los talentos desplegados por el joven fraile portugués, lo mandó llamar a su solitaria ermita y lo envió a predicar a varias partes de la Romagna, una región que, por entonces, abarcaba toda la Lombardía.  En un momento, Antonio pasó de la oscuridad a la luz de la fama y obtuvo, sobre todo, resonantes éxitos en la conversión de los herejes, que abundaban en el norte de Italia, y que, en muchos casos, eran hombres de cierta posición y educación, a los que se podía llegar con argumentos razonables y ejemplos tomados de las Sagradas Escrituras.

En una ocasión, cuando los herejes de Rímini le impedían al pueblo acudir a sus sermones, San Antonio se fue a la orilla del mar y empezó a gritar:  "Oigan la palabra de Dios, Uds. los pececillos del mar, ya que los pecadores de la tierra no la quieren escuchar".  A su llamado acudieron miles y miles de peces que sacudían la cabeza en señal de aprobación.  Aquel milagro se conoció y conmovió a la ciudad, por lo que los herejes tuvieron que ceder.

A pesar de estar muy enfermo de hidropesía, San Antonio predicaba los 40 días de cuaresma. La gente presionaba para tocarlo y le arrancaban pedazos del hábito, hasta el punto que hacía falta designar un grupo de hombres para protegerlo después de los sermones.  

Además de la misión de predicador, se le dio el cargo de lector en teología entre sus hermanos.  Aquella fue la primera vez que un miembro de la Orden Franciscana cumplía con aquella función.  En una carta que, por lo general, se considera como perteneciente a San Francisco, se confirma este nombramiento con las siguientes palabras: "Al muy amado hermano Antonio, el hermano Francisco le saluda en Jesucristo. Me complace en extremo que seas tú el que lea la sagrada teología a los frailes, siempre que esos estudios no afecten al santo espíritu de plegaria y devoción que está de acuerdo con nuestra regla". Sin embargo, se advirtió cada vez con mayor claridad que, la verdadera misión del hermano Antonio estaba en el púlpito. Por cierto que poseía todas las cualidades del predicador: ciencia, elocuencia, un gran poder de persuasión, un ardiente celo por el bien de las almas y una voz sonora y bien timbrada que llegaba muy lejos.  Por otra parte, se afirmaba que estaba dotado con el poder de obrar milagros y, a pesar de que era de corta estatura y con cierta inclinación a la corpulencia, poseía una personalidad extraordinariamente atractiva, casi magnética. A veces, bastaba su presencia para que los pecadores cayesen de rodillas a sus pies; parecía que de su persona irradiaba la santidad. A donde quiera que iba, las gentes le seguían en tropel para escucharle, y con eso había para que los criminales empedernidos, los indiferentes y los herejes, pidiesen confesión. Las gentes cerraban sus tiendas, oficinas y talleres para asistir a sus sermones; muchas veces sucedió que algunas mujeres salieron antes del alba o permanecieron toda la noche en la iglesia, para conseguir un lugar cerca del púlpito. Con frecuencia, las iglesias eran insuficiente para contener a los enormes auditorios y, para que nadie dejara de oírle, a menudo predicaba en las plazas públicas y en los mercados. Poco después de la muerte de San Francisco, el hermano Antonio fue llamado, probablemente con la intención de nombrarle ministro provincial de la Emilia o la Romagna. En relación con la actitud que asumió el santo en las disensiones que surgieron en el seno de la orden, los historiadores modernos no dan crédito a la leyenda de que fue Antonio quien encabezó el movimiento de oposición al hermano Elías y a cualquier desviación de la regla original; esos historiadores señalan que el propio puesto de lector en teología, creado para él, era ya una innovación. Más bien parece que, en aquella ocasión, el santo actuó como un enviado del capítulo general de 1226 ante el Papa, Gregorio IX, para exponerle las cuestiones que hubiesen surgido, a fin de que el Pontífice manifestara su decisión. En aquella oportunidad, Antonio obtuvo del Papa la autorización para dejar su puesto de lector y dedicarse exclusivamente a la predicación. El Pontífice tenía una elevada opinión sobre el hermano Antonio, a quien cierta vez llamó "el Arca de los Testamentos", por los extraordinarios conocimientos que tenía de las Sagradas Escrituras.

 Desde aquel momento, el lugar de residencia de San Antonio fue Padua, una ciudad donde anteriormente había trabajado, donde todos le amaban y veneraban y donde, en mayor grado que en cualquier otra parte, tuvo el privilegio de ver los abundantísimos frutos de su ministerio.  Porque no solamente escuchaban sus sermones multitudes enormes, sino que éstos obtuvieron una muy amplia y general reforma de conducta. Las ancestrales disputas familiares se arreglaron definitivamente, los prisioneros quedaron en libertad y muchos de los que habían obtenido ganancias ilícitas las restituyeron, a veces en público, dejando títulos y dineros a los pies de San Antonio, para que éste los devolviera a sus legítimos dueños. Para beneficio de los pobres, denunció y combatió el muy ampliamente practicado vicio de la usura y luchó para que las autoridades aprobasen la ley que eximía de la pena de prisión a los deudores que se manifestasen dispuestos a desprenderse de sus posesiones para pagar a sus acreedores.  Se dice que también se enfrentó abiertamente con el violento duque Eccelino para exigirle que dejase en libertad a ciertos ciudadanos de Verona que el duque había encarcelado. A pesar de que no consiguió realizar sus propósitos en favor de los presos, su actitud nos demuestra el respeto y la veneración de que gozaba, ya que se afirma que el duque le escuchó con paciencia y se le permitió partir, sin que nadie le molestara.

Después de predicar una serie de sermones durante la primavera de 1231, la salud de San Antonio comenzó a ceder y se retiró a descansar, con otros dos frailes, a los bosques de Camposampiero.  Bien pronto se dio cuenta de que sus días estaban contados y entonces pidió que le llevasen a Padua. No llegó vivo más que a los aledaños de la ciudad.  El 13 de junio de 1231, en la habitación particular del capellán de las Clarisas Pobres de Arcella recibió los últimos sacramentos. Entonó un canto a la Stma. Virgen y sonriendo dijo:  "Veo venir a Nuestro Señor" y murió.  Era el 13 de junio de 1231.  La gente recorría las calles diciendo: "¡Ha muerto un santo! ¡Ha muerto un santo!.Al morir tenía tan sólo treinta y cinco años de edad.  Durante sus funerales se produjeron extraordinarias demostraciones de la honda veneración que se le tenía.  Los paduanos han considerado siempre sus reliquias como el tesoro más preciado. 

San Antonio fue canonizado antes de que hubiese transcurrido un año de su muerte; en esa ocasión, el Papa Gregorio IX pronunció la antífona "O doctor optime" en su honor y, de esta manera, se anticipó en siete siglos a la fecha del año 1946, cuando el Papa Pío XII declaró a San Antonio "Doctor de la Iglesia".

Se le llama el "Milagroso San Antonio" por ser interminable lista de favores y beneficios que ha obtenido del cielo para sus devotos, desde el momento de su muerte.  Uno de los milagros mas famosos de su vida es el de la mula: Quiso uno retarle a San Antonio a que probase con un milagro que Jesús está en la Santa Hostia. El hombre dejó a su mula tres días sin comer, y luego cuando la trajo a la puerta del templo le presentó un bulto de pasto fresco y al otro lado a San Antonio con una Santa Hostia.  La mula dejó el pasto y se fue ante la Santa Hostia y se arrodilló.

Iconografía: Por regla general, a partir del siglo XVII, se ha representado a San Antonio con el Niño Jesús en los brazos; ello se debe a un suceso que tuvo mucha difusión y que ocurrió cuando San Antonio estaba de visita en la casa de un amigo. En un momento dado, éste se asomó por la ventana y vio al santo que contemplaba, arrobado, a un niño hermosísimo y resplandeciente que sostenía en sus brazos.  En las representaciones anteriores al siglo XVII aparece San Antonio sin otro distintivo que un libro, símbolo de su sabiduría respecto a las Sagradas Escrituras.  En ocasiones se le representó con un lirio en las manos y también junto a una mula que, según la leyenda, se arrodilló ante el Santísimo Sacramento que mostraba el santo; la actitud de la mula fue el motivo para que su dueño, un campesino escéptico, creyese en la presencia real. 

San Antonio es el patrón de los pobres y, ciertas limosnas especiales que se dan para obtener su intercesión, se llama "pan de San Antonio"; esta tradición comenzó a practicarse en 1890.  No hay ninguna explicación satisfactoria sobre el motivo por el que se le invoca para encontrar los objetos perdidos, pero es muy posible que esa devoción esté relacionada con un suceso que se relata entre los milagros, en la "Chronica XXIV Generalium" (No. 21):  un novicio huyó del convento y se llevó un valioso salterio que utilizaba San Antonio; el santo oró para que fuese recuperado su libro y, al instante, el novicio fugitivo se vio ante una aparición terrible y amenazante que lo obligó a regresar al convento y devolver el libro.

En Padua hay una magnífica basílica donde se veneran sus restos mortales.

12 jun. 2014

Jesucristo, Sacerdote

Jesucristo, Sacerdote

Cristo es verdadero Sumo Sacerdote, el Salvador del mundo. De un modo personal, profundo, quiere ser, también, mi Salvador. 
Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Nuestro corazón está herido por el pecado, nuestra mente vive dispersa en mil distracciones vanas, nuestra voluntad flaquea entre el bien y el mal, entre el egoísmo y el amor.

¿Quién nos salvará? ¿Quién nos apartará del pecado y de la muerte? Sólo Dios. Por eso necesitamos acercarnos a Él para pedir perdón.

Pero, entonces, "¿quién subirá al monte de Yahveh?, ¿quién podrá estar en su recinto santo?" Sólo alguien bueno, sólo alguien santo: "El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con engaño jura" (Sal 24,3-4).

Sabemos quién es el que tiene las manos limpias, quién es el que tiene un corazón puro, quién puede rezar por nosotros: Jesucristo.

Jesucristo puede presentarse ante el Padre y suplicar por sus hermanos los hombres. Es el verdadero, el único, el "Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec" (Hb 5,10; 6,20). Es el auténtico "mediador entre Dios y los hombres" (1Tm 2,5), como explica el "Catecismo de la Iglesia Católica" (nn. 1544-1545).

Cristo es el único Salvador del mundo. De un modo personal, profundo, quiere ser, también, mi Salvador.

Celebrar a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos llena de alegría. El altar recibe la Sangre del Cordero. El Sacerdote que ofrece, que se ofrece como Víctima, es el Hijo de Dios e Hijo de los hombres. El Padre, desde el cielo, mira a su Hijo, el Cordero que quita el pecado del mundo, el Sumo Sacerdote que se compadece de sus hermanos.

El pecado queda borrado, el mal ha sido vencido, porque el Hijo entregó su vida para salvar a los que vivían en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1,79).

Podemos, entonces, subir al monte del Señor, acercarnos al altar de Dios, participar en el Banquete, tocar al Salvador.

Como en la Última Cena, Jesús nos dará su Cuerpo y su Sangre. Como a los Apóstoles, lavará nuestros pies, y nos pedirá que le imitemos: "Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22,27). "Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13,15).

Ese es nuestro Sumo Sacerdote, el Cordero que salva, el Hijo amado del Padre. A Él acudimos, cada día, con confianza: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. 

Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna" (Hb 4,15-16).

Oración de Sanación Padre Emiliano Tardif

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Santo Evangelio 12 de Junio de 2014

Día litúrgico: Jueves X del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 5,20-26): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. 

»Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.

»Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».


Comentario: P. Julio César RAMOS González SDB (Mendoza, Argentina)
Si vuestra justicia no es mayor (...) no entraréis en el Reino de los Cielos

Hoy, Jesús nos invita a ir más allá de lo que puede vivir cualquier mero cumplidor de la ley. Aún, sin caer en la concreción de malas acciones, muchas veces la costumbre endurece el deseo de la búsqueda de la santidad, amoldándonos acomodaticiamente a la rutina del comportarse bien, y nada más. San Juan Bosco solía repetir: «Lo bueno, es enemigo de lo óptimo». Allí es donde nos llega la Palabra del Maestro, que nos invita a hacer cosas “mayores” (cf. Mt 5,20), que parten de una actitud distinta. Cosas mayores que, paradójicamente, pasan por las menores, por las más pequeñas. Encolerizarse, menospreciar y renegar del hermano no son adecuadas para el discípulo del Reino, que ha sido llamado a ser —nada más y nada menos— que sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16), desde la vigencia de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12).

Jesús, con autoridad, cambia la interpretación del precepto negativo “No matar” (cf. Ex 20,13) por la interpretación positiva de la profunda y radical exigencia de la reconciliación, puesta —para mayor énfasis— en relación con el culto. Así, no hay ofrenda que sirva cuando «te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti» (Mt 5,23). Por eso, importa arreglar cualquier pleito, porque de lo contrario la invalidez de la ofrenda se volverá contra ti (cf. Mt 5,26).

Todo esto, sólo lo puede movilizar un gran amor. Nos dirá san Pablo: «En efecto lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rom 13,9-10). Pidamos ser renovados en el don de la caridad —hasta el mínimo detalle— para con el prójimo, y nuestra vida será la mejor y más auténtica ofrenda a Dios.

12 de junio San Onofre Ermitaño

12 de junio

San Onofre
Ermitaño


Autor: Archidiócesis de Madrid



Si no lo hubiera encontrado el abad san Panufcio, ya moribundo, y no hubiera escrito su vida es seguro que no conoceríamos a este personaje originalísimo. Es un ermitaño, morador de una cueva del desierto egipcio de la Tebaida.

Allí mismo donde la civilización faraónica había florecido siglos antes, ahora, en las primeras centurias del cristianismo, los monjes pueblan el despoblado y viven en solitario su intensa experiencia interior y espiritual.

A nuestra sociedad lo profundo le sabe a raro y los compromisos definitivos o las decisiones comprometedoras de por vida no están de moda. Onofre, sin embargo, nos ofrece un testimonio admirable de profundidad interior capaz de abarcar todo su paso por la tierra.

Se dedicó a la oración y, después de orar, a dar buen consejo a quien se lo requería. ¿Nada más? Y... nada menos: dejar que el alma rebose amor de Dios para que otros puedan descubrirlo y amarlo; dejarse afectar desde el centro de la propia personalidad por la Gracia y contagiarla a otros como la gran curación, la gran salud, la gran salvación.

Si en la Iglesia no existieran estos absolutos testimonios del Absoluto, todo sería aún más relativo de lo que es. 

¡Estaríamos buenos!

Gracias, san Onofre, por liberarnos de relativismos estériles con tu testimonio. 

11 jun. 2014

De rodillas ante Ti, pedimos ayuda al Espíritu Santo

De rodillas ante Ti, pedimos ayuda al Espíritu Santo

Espíritu de alegría, consuelo y fortaleza, sánanos del desánimo, el miedo y la tristeza. 
Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net


Acabamos de celebrar este domingo que pasó la fiesta de Pentecostés, donde recordamos la venida del Espíritu Santo. 

Hoy tengo el alma aligerada, con la alegría de una gran emoción. Nos hemos consagrado al Espíritu Santo, que es frecuentemente el GRAN DESCONOCIDO, y que es el Espíritu de Dios.

El es, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tres Personas distintas y un solo Dios Verdadero. Es el Misterio profundo de esa Trinidad donde ninguno es mayor ni menor que el otro. Tienen su propia personalidad, por decirlo así:

El Padre que no tuvo ni principio ni fin, que no fue hecho, ni creado, ni engendrado. 

El Hijo no fue hecho, ni creado, sino engendrado en María la Virgen para hacerse hombre y 

El Espíritu Santo que no fue hecho ni engendrado, sino que procede del Padre y del Hijo. 

Dios Padre se da plenamente al Hijo con infinito amor, el Hijo se da al Padre con el mismo infinito amor y de esta comunicación de amor brota el Espíritu Santo, amor sustancial del Padre y del Hijo, es así como nos lo enseña Santo Tomás en su Suma Teológica. 

Después de la muerte y a pesar de haber visto resucitado a Jesús, los apóstoles estaban sumidos en el miedo hecho terror. ¿Cómo ellos pobres pescadores, algunos analfabetos, podrían cumplir el mandato, la misión que les dejaba el Maestro y Señor?. Id, a predicar a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo... y también.... si yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si ve voy, os lo enviaré Y estando reunidos llegó el Espíritu de Dios y todo cambió para ellos. 

Así también nosotros hemos de llamarlo:

¡Ven Espíritu Santo!

Él desea entrar para darnos sus Dones, es el Gran Consolador, Intercesor y Luz y se convierte en el dulce huésped del alma y nos llena de paz y de sabiduría. Lo necesitamos porque El es el fruto del Amor de Dios. 

Es un beneficio inmenso que nos consagremos al Espíritu Santo, en estos tiempos tan difíciles, con la falta de fe, robos, situación económica difícil, levantamientos, pero también desesperanza y desilusión en nuestros corazones 

Vamos a tener la ayuda amadísima del Espíritu Santo y de rodillas ante Dios, todos los días pidamos su ayuda y protección con esta oración, que es para todos los países: 

CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

"Espíritu Santo, te consagramos nuestra patria. Intercede por quienes vivimos en ella.
No nos dejes perdernos por caminos sin Dios, reoriéntanos al gozo de la fe y la verdad.

Espíritu de paz, perdón y misericordia, líbranos de la violencia y la discordia y enséñanos a hablar las lenguas siempre nuevas de la fraternidad.

Espíritu de alegría, consuelo y fortaleza, sánanos del desánimo, el miedo y la tristeza.

Espíritu de generosidad y de justicia, apártanos del egoísmo y de la avaricia, inspíranos acciones para crear condiciones que permitan a todos vivir con dignidad. 

Tu eres fuente de la vida, rescátanos de la cultura de la muerte, fecúndanos con tus dones, tus frutos y carísmas. 

Ilumina nuestra tierra, renueva las naciones, ven como en Pentecostés e incendia con tu fuego de amor los corazones. AMÉN. 

Y quiero pedirte también por todos los sacerdotes, ya que mañana celebramos Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Que cada vez se esfuercen más en dar con el ejemplo de sus vidas ánimo y valor a los fieles, a todos los que componemos el gran ejército de la Santa Madre, la Iglesia Católica. 

Te pedimos por ellos, Señor, mándales tu fuerza, tu paz, y fortaleza en los momentos difíciles.


Santo Evangelio 11 de Junio de 2014

Día litúrgico: Miércoles X del tiempo ordinario

Santoral 11 de Junio: San Bernabé, apóstol
Texto del Evangelio (Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».


Comentario: Rev. D. Miquel MASATS i Roca (Girona, España)
No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento

Hoy escuchamos del Señor: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; (...), sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). En el Evangelio de hoy, Jesús enseña que el Antiguo Testamento es parte de la Revelación divina: Dios primeramente se dio a conocer a los hombres mediante los profetas. El Pueblo escogido se reunía los sábados en la sinagoga para escuchar la Palabra de Dios. Así como un buen israelita conocía las Escrituras y las ponía en práctica, a los cristianos nos conviene la meditación frecuente —diaria, si fuera posible— de las Escrituras.

En Jesús tenemos la plenitud de la Revelación. Él es el Verbo, la Palabra de Dios, que se ha hecho hombre (cf. Jn 1,14), que viene a nosotros para darnos a conocer quién es Dios y cómo nos ama. Dios espera del hombre una respuesta de amor, manifestada en el cumplimiento de sus enseñanzas: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15).

Del texto del Evangelio de hoy encontramos una buena explicación en la Primera Carta de san Juan: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados» (1Jn 5,3). Guardar los mandamientos de Dios garantiza que le amamos con obras y de verdad. El amor no es sólo un sentimiento, sino que —a la vez— pide obras, obras de amor, vivir el doble precepto de la caridad.

Jesús nos enseña la malicia del escándalo: «El que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19). Porque —como dice san Juan— «quien dice: ‘Yo le conozco’ y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él» (1Jn 2,4).

A la vez enseña la importancia del buen ejemplo: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19). El buen ejemplo es el primer elemento del apostolado cristiano.

11 de junio HOMILÍAS SAN BERNABÉ

11 de junio

HOMILÍAS

 SAN BERNABÉ

(†  s. I)


Pocas son, relativamente, las noticias que nos ha conservado la historia de este apóstol de Jesucristo, procedente de la diáspora e incorporado tempranamente al número de los que fueron los pilares de la Iglesia primitiva. Nada sabemos de los años de su infancia, que pudo haber pasado en Chipre o en Jerusalén, ni del tiempo en que entró a formar parte de la comunidad cristiana. San Clemente de Alejandría y Orígenes creen que la conversión del levita José —llamado más tarde Bernabé por los apóstoles— fue en vida de Jesucristo, siendo del número de sus setenta y dos discípulos. Con todo, otros Santos Padres y autores antiguos y modernos opinan que Bernabé se convirtió en discípulo de Cristo en los días que siguieron inmediatamente a la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, en la festividad de Pentecostés.

 Reunidos los apóstoles y sus inmediatos colaboradores en el Santo Cenáculo, descendió sobre ellos el Espíritu Santo, tal como Jesucristo se lo había profetizado en vísperas de su pasión y muerte. La acción del Espíritu se dio a conocer por un conjunto de prodigios que anunciaron su venida y dejaron constancia de la profunda transformación operada en los apóstoles. "Hombres religiosos de toda nación de las que están debajo del cielo" (Act. 2,3), que habían ido en peregrinación a Jerusalén, quedaron pasmados al oír a los apóstoles hablar cada uno en su propia lengua. Algunos se mofaron de aquella súbita transformación, achacando al vino lo que era obra divina; otros, en cambio, intrigados, se preguntaban: "¿Qué querrá ser esto?" (Act. 2,12). San Pedro tomó pie de la interpretación torcida que se daba al hecho para señalar la verdadera naturaleza del milagro que se había obrado, logrando una conversión en masa. Entre los espectadores de aquel milagro se contaba muy probablemente Bernabé, de familia levítica, originario de Chipre y radicado de tiempo en Jerusalén, quien, tocado por la gracia, abrazó el cristianismo y se convirtió muy pronto en íntimo colaborador de los apóstoles.

 Entre los miembros de la primitiva comunidad cristiana reinaba la caridad hasta el extremo de que se dijese de ellos que tenían todos un solo corazón y una sola alma (Act. 4,32). Una importante modalidad de esta convivencia fraternal aparece en la decisión de los propietarios de enajenar sus bienes de fortuna y depositar su producto a los pies de los apóstoles para que lo distribuyeran equitativamente entre todos los miembros de la comunidad. En virtud de este desprendimiento heroico "ninguno decía ser propia suya cosa alguna de las que poseía, sino que para ellos todo era común" (Act. 4,32). Este movimiento en favor de la comunidad de bienes vigía entre los esenios que residían en el desierto de Judá. Pero ni el ejemplo de estos sectarios ni su legislación influyeron directamente en la conducta de los primeros cristianos, sino el consejo de Cristo a un joven que le pedía mayor perfección: "Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres... y ven y sígueme" (Mt. 19,21). Aligerado el apóstol de la carga de los bienes materiales, podía entregarse de lleno al servicio de Cristo. Lo que no hizo el joven aludido lo practicó Bernabé, como nos lo atestigua el texto de los Actos de los Apóstoles, al decir: "José el apellidado por los apóstoles Bernabé, que traducido es lo mismo que Hijo de la consolación, levita, chipriota de linaje, como poseyese un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles" (Act. 4,36-37).

 La venta que hizo Bernabé debió de causar sensación entre los primeros cristianos de Jerusalén, tanto por el valor del campo enajenado como por el total desinterés demostrado, al entregar a los apóstoles el precio íntegro de la venta. Esta generosidad de Bernabé, junto con su compasión por los indigentes, movieron a la comunidad cristiana de Antioquía a confiarle la misión de ir a Jerusalén para distribuir entre los fieles menesterosos las limosnas para este fin recogidas en aquella ciudad (Act. 11,30). Acaso por ser él de espíritu generoso, caritativo y abnegado recibió de los apóstoles el sobrenombre de Bernabé, término derivado de dos palabras aramaicas: bar nebuah, que significan “Hijo de la profecía" o "Hijo de la consolación". Efectivamente, José era para la primitiva Iglesia a la vez consolador y profeta, es decir, predicador inspirado. Además de un corazón sensible poseía una palabra fácil, dulce y persuasiva, con la cual ganábase inmediatamente el favor de todos. De él dice San Lucas que era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de la fe (Act. 11,24). Por estas cualidades temperamentales o adquiridas con su cooperación a la gracia, unidas a una extensa cultura lograda en la escuela de Gamaliel, llegó a desempeñar un papel preponderante en la organización de la Iglesia primitiva.

 Tenemos una prueba del prestigio de que gozaba entre los apóstoles en el incidente ocurrido a San Pablo con ocasión de su primer viaje a Jerusalén, pocos días después de haber sido derribado del caballo en el camino de Damasco. Refiere el libro de los Actos que, habiendo Pablo llegado a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; mas todos recelaban de él, no creyendo que fuera discípulo. Bernabé, que lo había tratado en Tarso, o había sido su condiscípulo en la escuela de Gamaliel en Jerusalén, le sacó de aquella situación embarazosa al tomarlo consigo y llevarlo a los apóstoles, a quienes declaró cómo en el camino de Damasco había Pablo visto al Señor y le había hablado, y cómo en Damasco se había despachado bien en el nombre de Jesús (Act. 9,26-27). Bernabé, que conocía la entereza de su amigo Pablo, sabía que éste no mentía al referirle su conversión y no dudaba de la sinceridad de la misma y de la perseverancia de Pablo en el camino de la verdad. Bastó que Bernabé intercediera a favor de Pablo para que los apóstoles y discípulos depusieran su actitud recelosa y admitieran sin vacilación en el seno de la Iglesia jerosolimitana al que poco tiempo antes había sido su acérrimo enemigo. A Bernabé cabe la gloria de haber descubierto el genio de Pablo y de haberle encaminado hacia las obras de apostolado.

 Otro ejemplo de la reputación de que gozaba Bernabé entre los apóstoles se manifiesta en la incorporación de los gentiles a la Iglesia en tierras de Siria. La tribulación sufrida por la Iglesia de Jerusalén, que culminó con la lapidación de San Esteban, indujo a muchos a dispersarse hacia Fenicia, Chipre y Antioquía, anunciando únicamente a los judíos la palabra de la buena nueva. Pero algunos de entre ellos, chipriotas y cirenenses, llegáronse a Antioquía y, contra la costumbre, anunciaron la buena nueva a los griegos, convirtiéndose muchos al cristianismo. La noticia de la conversión de gran número de gentiles llegó a oídos de los apóstoles, quienes se interesaron por las condiciones en que se efectuaba aquella innovación. Para cerciorarse enviaron los apóstoles a Bernabé a Antioquía, el cual, al llegar y ver la gracia de Dios, alegróse en gran manera y exhortaba a todos a perseverar fieles al Señor. Al sancionar Bernabé aquel movimiento proselitista, contribuyó eficazmente a derrumbar el muro que cerraba a los gentiles el acceso a la religión del que, según Simeón, era “luz para iluminación de las gentes" (Lc. 2,32). Durante su estancia en Antioquía "se agregó crecida muchedumbre al Señor" (Act. 11,24), de tal manera que Bernabé juzgó conveniente recabar la ayuda de su amigo y recién convertido Pablo de Tarso para atender al servicio espiritual de los convertidos. Por espacio de un año ambos apóstoles trabajaron juntos en Antioquía, dedicados a instruir en la fe a los conversos del paganismo. Por aquel entonces, y por primera vez en la historia, los discípulos de Cristo residentes en Antioquía comenzaron a llamarse “cristianos". ¿Fue esta palabra invención de Bernabé No lo sabemos. La historia únicamente nos refiere que el apostolado de Bernabé fue muy fecundo en Antioquía.

 Ante el éxito conseguido en Antioquía, Bernabé y su amigo Pablo juzgaron que las tierras de la gentilidad estaban sazonadas para recibir la siembra de la buena nueva, y de ahí su propósito de emprender la evangelización del mundo pagano para dar testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra. La decisión de los dos apóstoles fue trascendental y revolucionaria. Hasta entonces la Iglesia se nutría preferentemente de judíos conversos y por alguno que otro prosélito procedente del paganismo, en adelante, las fuentes de salud se irán cerrando a los judíos a causa de su dura cerviz y fecundarán el corazón humilde de los que durante siglos anduvieron por las sendas del error. Al llamamiento interno que sintieron los dos apóstoles siguió el testimonio público y solemne del Espíritu Santo al declarar en un acto litúrgico en honor del Señor por boca de los profetas de la comunidad: "Segregadme a Bernabé y a Pablo para la obra a que los llamo" (Act. 13,3). Entonces los profetas y doctores de la comunidad, después de orar y ayunar, les impusieron las manos para conferirles la misión de predicar a los gentiles, invocando sobre ellos la bendición del Señor a fin de que cumplieran dignamente su cometido. Con esta ceremonia solemne salía la Iglesia de su aislamiento y se lanzaba, por decisión de Bernabé y Pablo, a la conquista del mundo pagano.

 Chipre fue el primer campo de apostolado de Bernabé y Pablo. La isla era famosa en la antigüedad por la feracidad de su suelo, sobre todo el de la amplia llanura que corre de un extremo a otro del territorio regado por las aguas del Pediacus y flanqueado a los dos lados por dos montañas que se extienden en dirección Este-Oeste, Producía Chipre vino, aceite y trigo en abundancia; las lomas de sus montañas estaban recubiertas por frondosos bosques y en sus entrañas se albergaban minas de cobre. Desde los tiempos macabaicos (1 Mach. 15,23) existía en Chipre una colonia judía que se incrementó extraordinariamente con la adjudicación por Augusto de las mencionadas minas a Herodes el Grande. Aunque expatriados, los judíos de Chipre se mantuvieron fieles a sus creencias religiosas, tratando de ganar prosélitos para su causa. En los grandes núcleos urbanos disponían de sinagogas adonde acudían los sábados para oír la lectura de la Ley y de los profetas. Bernabé, de ascendencia judía, y su compañero Pablo frecuentaban estas reuniones, aprovechando la coyuntura para predicar la palabra de Dios a los judíos y a los prosélitos procedentes del paganismo. En este apostolado viéronse asistidos por Juan Marcos, primo de Bernabé, y por algunos cristianos residentes en la isla (Act. 11,20). En su obra de apostolado los dos apóstoles atravesaron la isla y llegaron a Pafos.

 Aunque Chipre fuera pagana en su inmensa mayoría y sus habitantes se entregaran al culto licencioso de Afrodita, había, sin embargo, almas selectas que sentían necesidad de una religión más perfecta. Entre éstas cabe mencionar al procónsul de la isla, Sergio Paulo. Tan pronto como tuvo noticia de la presencia de los dos nuevos apóstoles mandó llamarlos, deseoso de oír de sus labios la palabra de Dios. Vencida la oposición de un sabio llamado Elimas, el mago, por la enérgica actitud de Saulo, y en vista de la ceguera con que fue castigado por Dios, el procónsul Sergio creyó en el mensaje cristiano.

 Bernabé y Pablo —nombre que adoptó Saulo en honor del procónsul Sergio Pablo— embarcaron en Pafos, rumbo a Perge de Panfilia. Ante las dificultades de la empresa Juan, que les había acompañado, se separó de ellos volviéndose a Jerusalén. De Perge marcharon a Antioquía de Pisidia, en donde los judíos tenían una sinagoga. A la invitación que se les hizo de decir una palabra de exhortación al pueblo improvisó Pablo un discurso por cuyo efecto "muchos de los judíos y prosélitos adoradores de Dios siguieron a Pablo y a Bernabé, que les hablaban para persuadirlos que permaneciesen en la gracia de Dios" (Act. 13,43). Al sábado siguiente acudió gran concurso de pueblo; pero, envidiosos los judíos de aquel éxito, contradijeron a Pablo y a Bernabé, los cuales valientemente contestaron: “A vosotros os habíamos de hablar primero la palabra de Dios, mas puesto que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volveremos a los gentiles" (Act. 13,46). Sintiéronse éstos muy halagados al oír tales palabras, y se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, creyendo cuantos estaban ordenados a la vida eterna (Act. 13,48). Un tumulto promovido por los judíos obligó a Bernabé y Pablo a marcharse a Iconio, "mientras los discípulos quedaban llenos de alegría y del Espíritu Santo" (Act. 13,52). También de esta ciudad escaparon a uña de caballo a causa de un tumulto de gentiles y judíos con sus jefes, que pretendían ultrajar y apedrear a los dos apóstoles. Pero también en Iconio "creyó una numerosa multitud de judíos y griegos”, confirmándose en la fe por las señales y prodigios que obraba Dios por sus manos.

 El celo por la gloria de Dios les llevó a Listra, ciudad donde existía una reducida colonia judía carente de sinagoga y célebre por la colonia de soldados establecida allí por Augusto en el año 6 antes de Cristo. Un milagro obrado en la persona de un paralítico de nacimiento puso en efervescencia a toda aquella población, que clamaba en dialecto licaónico: "Dioses en forma humana han descendido a nosotros", y llamaban a Bernabé Zeus y a Pablo Hermes, porque éste era el que llevaba la palabra" (Act. 14,12). Los mismos sacerdotes de los ritos paganos se contagiaron de aquel entusiasmo hasta el punto de que “el sacerdote del templo de Zeus trajo toros enguirnaldados y, acompañado de la muchedumbre, quería ofrecerles en sacrificio" (Act. 14,11-13), homenaje que los dos apóstoles rechazaron enérgicamente, haciendo ver a aquellos infelices que eran hombres iguales a ellos, que habían ido a sus ciudades para convertirlos de las vanidades terrenas al Dios vivo y verdadero. Tampoco en Listra viéronse libres los dos apóstoles de la persecución de los judíos, que soliviantaron a las muchedumbres que antes les habían conceptuado como dioses, apedreando a Pablo y arrastrándole fuera de la ciudad, donde le dejaron por muerto. A pesar de estas contrariedades Bernabé y Pablo volvieron a visitar las comunidades de las ciudades que habían evangelizado, "confirmando las almas de los discípulos y exhortándoles a permanecer en la fe, diciéndoles que por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios" (Act. 14,22).

 De regreso a Antioquía de Siria encontraron a aquella comunidad envuelta en una grave discusión provocada por los cristianos judaizantes de Jerusalén, que proclamaban la necesidad de la circuncisión para ingresar en el seno del cristianismo. Bernabé se opuso rotundamente a tales pretensiones y, junto con su compañero de fatigas y de ideales, Pablo, se incorporó a la embajada que marchó a Jerusalén para conocer la mente de los apóstoles en esta cuestión. La influencia de Bernabé en el debate fue decisiva, tanto por su predicamento como por la narración que hizo de las señales y prodigios que había hecho Dios entre los gentiles por medio de ellos (Act, 15,12). La contienda promovida por los judaizantes fue resuelta a favor de Bernabé y Pablo. Vuelto Bernabé a Antioquía, permaneció allí algún tiempo confirmando a los hermanos en la fe.

 Cuando se planeó el segundo viaje de evangelización de los gentiles determinó Bernabé acompañar a Pablo, pero quería al mismo tiempo llevarse consigo a su pariente Juan Marcos, que se había separado de ellos en Panfilia. San Pablo se negó a admitir en su compañía al que no tuvo valor para sobrellevar las incomodidades anexas al apostolado entre infieles. Acaso por haberse enfriado las relaciones amistosas entre San Pablo y Bernabé a consecuencia de haberse dejado arrastrar este último por el ejemplo de San Pedro en lo que se refería a comer con los gentiles (Gal. 2,13), o por simples razones de parentesco, Bernabé renunció a aquel viaje, quedándose con su primo hermano Juan Marcos (Col. 4,10). Mientras Pablo y Silas marcharon rumbo al Asia Menor con ánimo de visitar allí a los hermanos que habían sido evangelizados en el primer viaje, Bernabé y Marcos se embarcaron en dirección a Chipre, en donde, desde este momento, se pierde la memoria histórica de Bernabé. Según 1 Cor. 9,6, trabajó Bernabé con Pablo en la evangelización de Corinto.

 La epístola Seudo Clementina se ocupa del apostolado de Bernabé en Alejandría, Roma y Milán, y de su martirio en Chipre. Las tradiciones conservadas en esta isla tienen una base histórica más sólida, aunque no pueden aceptarse en todos sus pormenores. En las Actas y martirio de San Bernabé, apóstol, que escribió cierto chipriota llamado Alejandro, se dice que Bernabé murió en Salamina, lapidado por los judíos. Cuenta asimismo dicho autor que el Santo se apareció al obispo de Salamina para indicarle el lugar de su tumba. Abierto el sepulcro, encontróse su cadáver, sobre cuyo pecho descansaba un ejemplar del Evangelio de San Mateo, que Bernabé, siempre según el mencionado autor, había escrito con su propia mano. Sucedía esto en el año 488, en tiempos del emperador Zenón. El obispo aprovechó el hallazgo para defender los derechos de la Iglesia de Chipre contra los proyectos de anexionarla al patriarcado de Antioquía. El Evangelio de San Mateo que se halló en la tumba fue enviado por el obispo Antemas al emperador Zenón, quien mandó que se conservara en su palacio y se construyera una espléndida basílica en su honor.

 San Bernabé fue considerado por muchos Santos Padres como verdadero apóstol de Cristo, con todos los privilegios inherentes a dicho cargo. Por este motivo se le atribuyó una epístola, que muchos Santos Padres consideraron como canónica, en la cual se contiene una apología contra los judíos. En el códice sinaítico dicha epístola figura a continuación de los libros canónicos del Nuevo Testamento, lo que induce a pensar que la iglesia de Alejandría la consideraba como inspirada. También se le atribuye un evangelio en el catálogo gelasiano de libros sagrados —que nada tiene que ver con el Evangelio de San Mateo hallado en su sepulcro—, lo que debe rechazarse por tratarse de un evangelio herético y de sabor gnóstico.

 La Iglesia latina y la griega celebran la fiesta de San Bernabé el 11 de junio. La Iglesia católica lo ha tenido siempre en gran estima y veneración, como lo atestigua el hecho de que su nombre figure desde muy antiguo en el canon de la misa. En la liturgia ocupa Bernabé un rango casi igual al de los apóstoles y su oficio litúrgico es sacado del común de los mismos apóstoles.

 En su breve paso por el mundo dejó San Bernabé constancia de su recia personalidad. Espíritu abierto a la verdad, abrazó prontamente la doctrina de Cristo y se alistó en el número de sus discípulos. Deseoso de entregarse al servicio del Señor, vende todos sus bienes y se consagra de lleno a la evangelización del mundo pagano. Con su ejemplo nos enseña a que busquemos en primer lugar el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se nos entregará por añadidura.

10 jun. 2014

Oración al Espíritu Santo frente al Santísimo

Oración al Espíritu Santo frente al Santísimo

Es el Espíritu Santo a quien tenemos que llamar y pedirle que siempre nos acompañe e ilumine en nuestro diario caminar. 
Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Es jueves, Señor, y estoy frente a ti...

Voy a empezar este diálogo con una invocación al Espíritu Santo:

"Oh, Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo. Inspírame ser siempre razonable en mi pensar, acertar lo que voy a decir, cuando me convienen hablar y cuando me conviene callar, ilumíname para escribir, impúlsame para actuar, que tengo que hacer para saber perdonar procurando tu mayor gloria y bien de las alma y mi propia santificación. ¡Espíritu Santo ilumina mi entendimiento y fortalece mi voluntad!. Amén"

Yo se que esta oración te agrada porque cuando te llegó el momento de partir hacia el Padre, tu corazón de hombre supo de la pena, de lo que es una despedida... Dejabas a tu Madre que tanto amabas....la dejaste al cuidado y protección de Juan, pero...."la dejabas".... a tus queridos amigos, a las personas que te seguían fieles y que tanto estimabas.

Por eso nuestra fe, nuestra religión es única y verdadera por ser revelada cuando dijiste: - "Si me amais guardareis mis mandamientos y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito (abogado y consejero) para que esté con vosotros para siempre. Espíritu de verdad a quién el mundo no puede recibir porque no lo ve ni le conoce. Pero vosotros le conoceis porque mora en vosotros y en vosotros está". Juan 14, 15-17. 

Tu, Jesús, nos enseñaste esta gran verdad... ¡y qué poco pensamos en ella ! 

El Espíritu Santo que es el Espíritu de Dios, no tiene otro deseo que el que le llamemos, ¡ven Espíritu Santo! para venir en nuestra ayuda en medio de nuestras tristezas y desolaciones... 

¡Qué poca fe, Señor, perdónanos!

El es una fuente de gracias y de inspiraciones para llevarnos a obrar, en todos los momentos de nuestra vida con la seguridad de poder acertar en el seguimiento de la voluntad de Dios. Es la Tercera persona de la Santísima Trinidad. Es Dios de la misma sustancia divina que el Padre y el Hijo pero al mismo tiempo una Persona distinta de las otras dos, pero solo hay un Dios.

Y ese Dios-Padre por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue engendrado y se hizo hombre y es Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo porque es el AMOR de ambos. 

Y ese AMOR y ese ESPIRITU lleno de Dios es al que tenemos que llamar y pedirle que siempre nos acompañe e ilumine en nuestro diario caminar. En este diario vivir que siempre nos salen al paso diferentes alternativas y decisiones y muchas veces son tan importantes que dudamos ante ¿dónde estará lo correcto?. 

Oremos.

Vivamos esta gran maravilla de Dios que desea que nos acompañe el GRAN CONSOLADOR.

Salimos y dejamos tu sacramental presencia en el Sagrario reconfortados por esta reflexión de hoy donde has puesto en nuestro corazón la fortaleza y la paz de ese tu Gran Espíritu. 

¡Gracias, Jesús !

Santo Evangelio 10 de Junio de 2014

Día litúrgico: Martes X del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 5,13-16): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».


Comentario: Rev. D. Francesc PERARNAU i Cañellas (Girona, España)
Vosotros sois la sal de la tierra. (...) Vosotros sois la luz del mundo

Hoy, san Mateo nos recuerda aquellas palabras en las que Jesús habla de la misión de los cristianos: ser sal y luz del mundo. La sal, por un lado, es este condimento necesario que da gusto a los alimentos: sin sal, ¡qué poco valen los platos! Por otro lado, a lo largo de los siglos la sal ha sido un elemento fundamental para la conservación de los alimentos por su poder de evitar la corrupción. Jesús nos dice: —Debéis ser sal en vuestro mundo, y como la sal, dar gusto y evitar la corrupción. 

En nuestro tiempo, muchos han perdido el sentido de su vida y dicen que no vale la pena; que está llena de disgustos, dificultades y sufrimientos; que pasa muy deprisa y que tiene como perspectiva final —y bien triste— la muerte.

«Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5,13). El cristiano ha de dar el gusto: mostrar con la alegría y el optimismo sereno de quien se sabe hijo de Dios, que todo en esta vida es camino de santidad; que dificultades, sufrimientos y dolores nos ayudan a purificarnos; y que al final nos espera la vida de la Gloria, la felicidad eterna.

Y, también como la sal, el discípulo de Cristo ha de preservar de la corrupción: donde se encuentran cristianos de fe viva, no puede haber injusticia, violencia, abusos hacia los débiles... Todo lo contrario, ha de resplandecer la virtud de la caridad con toda la fuerza: la preocupación por los otros, la solidaridad, la generosidad...

Y, así, el cristiano es luz del mundo (cf. Mt 5,14). El cristiano es esta antorcha que, con el ejemplo de su vida, lleva la luz de la verdad a todos los rincones del mundo, mostrando el camino de la salvación... Allá donde antes sólo había tinieblas, incertidumbres y dudas, nace la claridad, la certeza y la seguridad.

10 de junio BEATO JUAN DOMINICI

10 de junio

BEATO JUAN DOMINICI

(† 1420)


¡Ignorante y tartamudo! No son éstas, padre prior, las mejores cualidades para un dominico.

Y Juan fue rechazado. Aquella noche Paula y Domingo lamentaron su pobreza. Su hijo era un obrero y cualquier otra aspiración fracasaría por la escasez de medios económicos. Aquel muchacho tendría que continuar partiendo el pan áspero con sus duras manos. Sin embargo, en aquel hogar pobre ardía una llama inextinguible y poderosa: Dios. Y lo llenaba todo, y todo lo envolvía y transformaba. El trabajo, duro y necesario, era un paréntesis que se abría, de madrugada, en la iglesia de los dominicos de Santa María-Novella, y se cerraba allí mismo con la tarde.

 Su carácter viril y la voz de Dios vitalmente sentida le determinan a pedir nuevamente el ingreso en la Orden de Predicadores. Los Padres comprendieron que aquel joven tenía en su vida un camino único, que nacía allí, en Santa María-Novella. Y, sin querer parar mientes en su aspecto rústico y la torpeza de su decir, Juan fue admitido.

 El año de noviciado fue una línea ascendente: desde los primeros días en que su estilo torpe constituía motivo para la sonrisa vana, hasta el respeto y la admiración por el hombre esforzado y por el religioso entregado a Dios plenamente. El silencio, la oración, el ascetismo de su vida, la amabilidad entregada, el amor absoluto a Dios y a los suyos constituyeron la meta ganada con la gracia de Dios y el esfuerzo continuo y vigilante. Desde el principio dio con la clave que transforma lo mínimo e insignificante. El detalle delicado, la palabra cálida, el gesto y la mirada reprochando dulcemente, todo habla de amor. La observancia exacta, la rúbrica sentida, la disciplina cruel, el sueño domeñado y la entrega absoluta y sencilla, todo habla de amor. Y Dios con él, impulsando aquel brío irresistible. Fray Juan tenía una misión difícil en la Orden: vitalizar la observancia. Por eso convenía que él probase hasta dónde puede el hombre y en qué punto ha de esperar.

 La profesión constituyó para él la autonomía de la austeridad y de la exigencia. Frecuentemente era pan y agua su única refección. Dormía escasamente sobre un saco y vestía muy pobremente, pero con limpieza.

 El estudio, tan sagrado en la Orden de Predicadores, constituyó su pasión. Hombre inteligente y fino terminó la carrera, siendo propuesto para graduarse académicamente. Renunció, sin embargo. Se lo sugirió una humildad sencilla y cierta.

 La fatiga del estudio busca compensaciones. Fray Juan es artista. Y llenará los libros corales con sus delicadas y sugestivas miniaturas. Así comenzó su predicación. El dibujo cariñoso y sugerente de la vida de Cristo y sus milagros orientaba la salmodia hacia la meditación. Esta preocupación por el arte al servicio de Dios le acompañará más tarde a los conventos que visite y funde.

 Con la ordenación sacerdotal el amor a las almas culmina en un anhelo impetuoso por la predicación. Sólo una pena ensombrece el gozo de su vida. Su lengua sigue torpe y ridícula. Estando en Siena le invadió la tristeza. Se sintió inútil. Lloró. Las lágrimas dieron transparencia a su mirada y aquella noche se arrodilló ante una imagen de Santa Catalina. Y le pidió un milagro. Se lo exigió por amor de Dios y el prodigio se realizó. Su lengua se torna ágil y expedita.

 Florencia girará en torno de este extraordinario y súbito predicador. Su ciencia, su prodigiosa memoria, su pasión avasalladora y serena se conjugan en un decir limpio y cautivador. Predicará durante muchas Cuaresmas en Florencia. Habrá días que suba al púlpito cinco y seis veces. Nunca el cansancio en él. Siempre el interés en los que le escuchan. "El hombre tiene un alma generosa y se deja convencer más difícilmente por la dulzura que por el rigor." Eso dijo y así obró. Recorre las principales ciudades y villas de Italia. Censura los vicios con un patetismo profético e invita a los pueblos a una renovación de la vida cristiana. El flagelo en su palabra suscita el rencor hasta el punto de ser amenazado con el exilio. Por amor de la paz abandona Venecia y se retira a Florencia. Allí conjuga el aislamiento monástico con la predicación cíclica en los tiempos litúrgicos, San Vicente Ferrer renuncia a predicar en Florencia: "¿A quién queréis oír teniendo al padre Juan Dominici?"

 Una idea le obsesiona: la restauración de los conventos. La terrible peste de 1348 y los cinco años siguientes arrasó los monasterios. El de Santa María-Novella vio morir en cuatro meses a setenta de sus frailes. Los supervivientes se retraían y se sentían incapaces del rigor primitivo. Juan Dominici predicaba. Los jóvenes eran su presa. Necesitaba muchachos generosos y decididos, y los tuvo en gran número después de su predicación.

 Acepta el priorato de varios conventos con el ánimo de imponer la reforma ansiada. La labor es dura y surge la oposición. Santo Domingo de Venecia, el convento de Cittá di Castello, el de Fabriano y otros recibieron el impulso de su espíritu emprendedor. Posteriormente es elegido vicario general de los conventos observantes en los Estados de Venecia y de la provincia romana. Ha llegado el momento. Comprende que la labor es áspera y lenta. Por eso dedica su vitalidad y esfuerzo a la creación de una Casa Noviciado. Es la clave. Que el espíritu y la vida no se improvisan. Es preciso nacer y respirarlo para que se haga sangre en cada uno. Con este fin nació el convento de Cortona, situado en un paraje delicioso, donde el clima y el cielo empujan hacia Dios.

 Las religiosas, pensó el padre Juan, están íntimamente vinculadas a nuestra vida dominicana. Con este convencimiento restauró el convento del Corpus Domini y el de San Pedro Mártir, de Florencia. En este monasterio su anciana madre terminó sus días. La labor tenía sólidas bases.

 Una labor gigantesca exige un hombre fabuloso. El cisma de Occidente estaba enconado.

 A la muerte de Inocencio VII es elegido Gregorio XII. Este y Benedicto XIII pudieron llegar a un acuerdo e intentaron reunirse en Saona. Tal entrevista no llegó a realizarse. Siete cardenales de Gregorio XII le abandonan. Lo mismo le sucede a Benedicto XIII. Ambos grupos convocan un concilio general en Pisa y allí eligen nuevo antipapa a Pedro Philargi, que toma el nombre de Alejandro V. A éste sucede Juan XXIII.

 La labor diplomática del padre Juan Dominici en el cónclave de elección de Gregorio XII fue tal que el nuevo Papa a quien hizo prometer la renuncia al Papado en el momento conveniente, le mantuvo junto así. Fue elegido arzobispo de Ragusa y posteriormente cardenal. La critica se cebará en él. "Acepto esta dignidad como Cristo aceptó su corona de espinas.”

 Gregorio XII le envía a Alemania para tratar con el emperador Segismundo el modo de terminar con el funesto cisma. Fiel a Gregorio, le convence de la urgencia de renunciar a la dignidad papal por el bien de la Iglesia. Por fin el Papa convoca el concilio de Constanza, en el que los tres papas renunciarán a su pretendida dignidad. Juan XXIII promete su asistencia. Benedicto XIII anuncia un representante suyo y Gregorio XII delega en Juan Dominici, quien, con la renuncia escrita, envolverá hábilmente a los presuntos papas. Anuncia que Gregorio XII abdicará si los otros dos lo hacen igualmente. Juan XXIII aceptó. Fue el momento. Juan Dominici leyó con gran emoción la renuncia escrita de Gregorio.

 La huida de Juan XXIII y la rebeldía de Benedicto XIII fueron suficiente razón para que aquellos hombres perdieran el prestigio.

 Juan Dominici convoca nuevamente el concilio en nombre de Gregorio XII y el 11 de noviembre de 1417 es elegido verdadero papa Martín V. Pero antes un gesto generoso de Juan Dominici emocionó a los cardenales. El, que había aceptado la púrpura cardenalicia para el bien de la Iglesia, renuncia ahora humildemente. Ahora que su labor parecía ya terminada. Despojándose de los distintivos fue a sentarse entre los obispos. Aquel gesto hizo que los cardenales volvieran a incorporarle al Sacro Colegio.

 La unión anhelada ha sido conseguida. El prestigio de Juan Dominici no disminuye, como tampoco se apaga su dinamismo y trabajo por el bien de la Iglesia. Ahora es el encargo de extender en los reinos del Norte los decretos del concilio y vencer las herejías de Wiclef y de Hus. Acompaña a Martín V hasta su nombramiento de legado apostólico en Hungría y Bohemia.

 Cuando trabajaba en el proyecto de una grandiosa obra apostólica y de evangelización de aquellos reinos, el Señor le llamó cariñosamente a su gozo.

 Murió a los setenta años, el día 10 de junio de 1420. En plenitud de vida y santidad, dedicado entusiásticamente, juvenilmente, a la salvación de los hombres.

 El ha muerto. Ahí quedaba su obra, su testimonio, su martirio, su figura como un hito sublime. Murió un hombre perfecto, un religioso terminado, un dominico íntegro. Un santo. Que, al fin, fue su máxima obra.