25 mar. 2017

Santo Evangelio 25 de Marzo 2017


Día litúrgico: 25 de Marzo: La Anunciación del Señor

Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». 

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.


«Alégrate, llena de gracia»
Dr. Johannes VILAR 
(Köln, Alemania)



Hoy, en el «alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28) oímos por primera vez el nombre de la Madre de Dios: María (segunda frase del arcángel Gabriel). Ella tiene la plenitud de la gracia y de los dones. Se llama así: "keharitoméne", «llena de gracia» (saludo del Ángel).

Quizás con 15 años y sola, María tiene que dar una respuesta que cambiará la historia entera de la humanidad. San Bernardo suplicaba: «Se te ofrece el precio de nuestra Redención. Seremos liberados inmediatamente, si tú dices sí. Todo el orbe está a tus pies esperando tu respuesta. Di tu palabra y engendra la Palabra Eterna». Dios espera una respuesta libre, y "La llena de gracia", representando a todos los necesitados de Redención, responde: "génoitó", hágase! Desde hoy ha quedado María libremente unida a la Obra de su Hijo, hoy comienza su Mediación. Desde hoy es Madre de los que son uno en Cristo (cf. Gal 3,28). 

Benedicto XVI decía en un interview: «[Quisiera] despertar el ánimo de atreverse a decisiones para siempre: sólo ellas posibilitan crecer e ir adelante, lo grande en la vida; no destruyen la libertad, sino que posibilitan la orientación correcta. Tomar este riesgo —el salto a lo decisivo— y con ello aceptar la vida por entero, esto es lo que desearía trasmitir». María: ¡he aquí un ejemplo!

Tampoco San José queda al margen de los planes de Dios: él tiene que aceptar recibir a su esposa y dar nombre al Niño (cf. Mt 1,20s): Jesua, "el Señor salva". Y lo hace. ¡Otro ejemplo!

La Anunciación revela también a la Trinidad: el Padre envía al Hijo, encarnado por obra del Espíritu Santo. Y la lglesia canta: «La Palabra Eterna toma hoy carne por nosotros». Su obra redentora —Navidad, Viernes Santo, Pascua— está presente en esta semilla. Él es Emmanuel, «Dios con nosotros» (Is 7,15). ¡Alégrate humanidad! 

Tomad, esto es mi cuerpo..




Tomad, esto es mi cuerpo..


Cristo se ha hecho Eucaristía para estar con cada hombre de una manera personal y total. En el sagrario, está a la disposición de todos.


Por: P. Fintan Kelly LC | Fuente: Catholic.net 


Tomad, esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre...
Mc 14,12-16.22-26

Durante siglos algunos han dado mil vueltas a estas palabras. Han querido quitar de ellas todo lo que suena a exigencia. Han tratado de dar otra interpretación diferente de la católica a las palabras de Cristo. Sin embargo, es la fe de la Iglesia, durante 2,000 años, que Cristo realmente está presente en la Eucaristía. No dijo "Esto parece o simboliza mi cuerpo" sino "Esto es mi cuerpo".

Si aceptamos que Cristo realmente está presente en la Eucaristía, entonces es una razón muy fuerte para ir a Misa los domingos y comulgar. Cristo se ha hecho Eucaristía para alimentarnos espiritualmente. En cierto sentido nos hacemos “co-corpóreos" y "co-sanguíneos" con Cristo.

Cristo se ha hecho Eucaristía para estar con cada hombre de una manera personal y total. Allí, en el sagrario, está a la disposición de todo hombre.

“Nos dejaste tu último recuerdo palpitante y caliente, a través de los siglos, para que recordáramos aquella noche en que prometiste quedarte en los altares hasta el fin de los tiempos, insensible al dolor de la soledad en tantos sagrarios".

Cuando tenemos una dificultad, en vez de sumergirnos en nosotros mismos, deberíamos visitar a Cristo en el sagrario. Allí está el amigo, el médico, el hermano que quiere y puede ayudarnos.

La Misa no debe ser una obligación pesada sino una cita con la Persona que más me ha amado y más me ama. Cuando uno escucha esta pregunta: "Padre, ¿por qué la Iglesia nos obliga a ir a misa los domingos?", uno sabe que esa alma concibe la religión de una manera legalista. Sólo le falta preguntar: "Padre, ¿qué es lo mínimo que debo hacer para poder entrar en el cielo?"

"Cada vez que le conozco (a Cristo en la Eucaristía), me entra un deseo más y más grande de poseerle. Me pasa lo que al hidrópico, que mientras más bebe, mayor es su sed. ¡Quién me diera poder saciarme de Él! Pero aún no llega la hora”


Puedes hacer una visita fervorosa al Santísimo.

24 mar. 2017

Santo Evangellio 24 de Marzo 2017


Día litúrgico: Viernes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mc 12,28b-34): En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos». 

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.


«No existe otro mandamiento mayor que éstos»
Rev. D. Pere MONTAGUT i Piquet 
(Barcelona, España)



Hoy, la liturgia cuaresmal nos presenta el amor como la raíz más profunda de la autocomunicación de Dios: «El alma no puede vivir sin amor, siempre quiere amar alguna cosa, porque está hecha de amor, que yo por amor la creé» (Santa Catalina de Siena). Dios es amor todopoderoso, amor hasta el extremo, amor crucificado: «Es en la cruz donde puede contemplarse esta verdad» (Benedicto XVI). Este Evangelio no es sólo una autorrevelación de cómo Dios mismo —en su Hijo— quiere ser amado. Con un mandamiento del Deuteronomio: «Ama al Señor, tu Dios» (Dt 6,5) y otro del Levítico: «Ama a los otros» (Lev 19,18), Jesús lleva a término la plenitud de la Ley. Él ama al Padre como Dios verdadero nacido del Dios verdadero y, como Verbo hecho hombre, crea la nueva Humanidad de los hijos de Dios, hermanos que se aman con el amor del Hijo.

La llamada de Jesús a la comunión y a la misión pide una participación en su misma naturaleza, es una intimidad en la que hay que introducirse. Jesús no reivindica nunca ser la meta de nuestra oración y amor. Da gracias al Padre y vive continuamente en su presencia. El misterio de Cristo atrae hacia el amor a Dios —invisible e inaccesible— mientras que, a la vez, es camino para reconocer, verdad en el amor y vida para el hermano visible y presente. Lo más valioso no son las ofrendas quemadas en el altar, sino Cristo que quema como único sacrificio y ofrenda para que seamos en Él un solo altar, un solo amor.

Esta unificación de conocimiento y de amor tejida por el Espíritu Santo permite que Dios ame en nosotros y utilice todas nuestras capacidades, y a nosotros nos concede poder amar como Cristo, con su mismo amor filial y fraterno. Lo que Dios ha unido en el amor, el hombre no lo puede separar. Ésta es la grandeza de quien se somete al Reino de Dios: el amor a uno mismo ya no es obstáculo sino éxtasis para amar al único Dios y a una multitud de hermanos.

Visitando a Jesús en la Eucaristía




Visitando a Jesús en la Eucaristía

¿Por qué estás ahí en el Sagrario? Te quedaste por amor, porque me quieres muchísimo


Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net 


Señor, estás ahí: Me estás mirando.
Conoces mi situación interior.
Me has acompañado en el día de hoy.
Me has acompañado siempre,
desde el primer día que abrí los ojos a este mundo.

Cuando he sido fiel.
Y cuando he sido infiel.

Estás ahí.

¿Por qué estás ahí en el Sagrario?
Te quedaste por amor,
porque me quieres muchísimo.
Dímelo.



¡Qué bien que lo sabes!

Me quedé para ayudarte

Sé muy bien que eres débil,
que caes con facilidad.
Ven a visitarme: Yo soy tu fortaleza.
Pídeme fuerza.
Ven a verme todos los días que no sientas nada,
los días que estés desanimado del todo;
ven a verme ese día que quieres acabar con todo.
Yo te daré ánimos y nuevas fuerzas.
Ven a verme ese día en que has caído gravemente:
no tengas pena, ven;
que todo tiene remedio, si vienes a Mí.
Ven a visitarme cuando hayas tenido un gran fracaso,
cuando un grave problema te robe la paz.
"Venid a Mí todos los que andáis abrumados y cargados
y Yo os aliviaré."
"Mi yugo es suave y mi carga ligera".
Me quedé para ayudarte todos los días de tu vida.
No porque lo merezcas, sino por que te amo
como nadie te ha amado ni te amará jamás.

Me quedé para amarte.

Para amarte desde aquí con un amor infinito.
No te pido que lo merezcas,
sino que lo aceptes.
Déjate querer por tu Dios, por tu Redentor.
Ya sé que te sientes indigno,
que tus pecados y tus faltas tratan de apartarte de Mí.
Yo te amo con tus pecados,
tus faltas, infidelidades
y con tus buenas acciones,
con tus buenos propósitos,
aunque algunos de ellos no los cumplas.

El amor hace felices a los hombres.
Tu necesitas sentirte amado.
Yo te ofrezco el amor infinito de todo un Dios;
y te lo ofrezco no solo hoy,
sino todos los días de tu vida...
mañana y dentro de un año.

Siempre que vengas a Mí
encontrarás un amor vigilante,
fiel siempre, el mismo amor infinito.
He decidido amarte
a pesar de todas tus faltas,
pecados, ingratitudes.

Me quedé para perdonarte.

Sabía muy bien que en tu vida
habría muchos pecados,
muchas infidelidades.
Me propuse desde un principio perdonarte todo.
Hasta el día de hoy, todo está perdonado y olvidado.
No importe qué hiciste o dejaste de hacer
hasta el día de hoy;
lo que me interesa muchísimo
es lo que vas a hacer de ahora en adelante.
No dudes de mi perdón jamás.
Puedes dudar de ti mismo,
puedes dudar de tus promesas,
pero jamás dudes de mi perdón.
Yo te he perdonado siempre,
te perdono todo,
y estoy dispuesto a perdonarte
hasta el último pecado,
si vienes a Mí con arrepentimiento.

Estoy aquí para recibir tu amor de cada día.

Dame tu corazón,
tu amor,
tus delicadezas,
tus detalles de ternura:
Una genuflexión hecha con devoción,
me honra mucho.
Una señal de la cruz bien hecha,
me hace pensar en ti.
Unas posturas correctas en la Iglesia,
me hacen ver que me estimas
y sabes que estoy aquí.
Una misa bien oída
me da tanta alegría.
Una visita ferviente,
una Hora Eucarística,
me recuerda que me quedé en la Eucaristía
para ayudarte, perdonarte, amarte.
Y me digo: "Valió la pena"
Una comunión llena de amor
no sabes cuánto representa para Mí:
"El que come mi carne
y bebe de mi sangre mora en Mí y Yo en él”.
Eso ocurre en la comunión.

Estoy aquí en la Iglesia para ayudarte a vivir santamente.

Espero tanto de tu vida....
Desde el Sagrario te seguiré
a lo largo de cada día.
Desde aquí te mando las gracias que necesitas.
¿No has notado el influjo de esas gracias?
Te quiero dar mucho más de lo que me pides.
Me has pedido poco.
Yo te voy a dar mucho más
de lo que te has atrevido a pedirme.
Y así, de esta visita vas a salir,
si tu quieres,
si me dejas,
vas a salir muy contento,
muy motivado, decidido a ser mejor.
Mi gracia es el agua viva
que está llenando tu cántaro,
Déjame llenar tu vida hasta rebosar de paz,
de alegría, de generosidad,
de amor, de felicidad.
Yo soy la felicidad y el amor.
Yo no necesito de ti,
pero tú sí me necesitas.
Sin Mí eres como una flor marchita,
deshojada, triste.

A cambio de mis dones,
voy a pedirte una cosa:
algo relacionado con mis almas:
Quiero que seas mi apóstol, mi mensajero.
Quiero algo relacionado con tu santidad:
Quiero que seas santo;
algo relacionado con el amor:
Quisiera ser, entre tus amores,
el primero, el más hermoso,
el más maravilloso que se cruce en tu camino.
Quiero un día llevarte al cielo
para estrecharte contra mi corazón,
para que goces de la eterna felicidad
de mi amor sin fin.

Estoy aquí en el Sagrario para ayudarte:
me necesitas tanto.
Estoy aquí para amarte con un infinito amor,
como nadie jamás te amará.
Estoy aquí para perdonarte todo y siempre:
desde el primer pecado hasta el último.
Mi perdón es infinitamente mayor
que todos tus pecados.
Estoy aquí para recibir tu amor de todos los días.
Tu amor me satisface,
aunque sea pequeño, si es sincero.
Busco en ti una sola cosa:
tu amor y tu felicidad.
Estoy aquí para pedirte algo:
que seas santo, que seas mi apóstol,
que me ayudes con tu fidelidad a salvar al mundo.
¿Qué piensas, qué dices, qué respondes?
¡Es tanto lo que espero de ti ......!
¡Es tanto lo que puedes hacer por las almas,
por tu santificación
por tu Jesús!



23 mar. 2017

Santo Evangelio 23 de Marzo 2017


Día litúrgico: Jueves III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 11,14-23): En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».


«Si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios»
Rev. D. Josep GASSÓ i Lécera 
(Ripollet, Barcelona, España)



Hoy, en la proclamación de la Palabra de Dios, vuelve a aparecer la figura del diablo: «Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo» (Lc 11,14). Cada vez que los textos nos hablan del demonio, quizá nos sentimos un poco incómodos. En cualquier caso, es cierto que el mal existe, y que tiene raíces tan profundas que nosotros no podemos conseguir eliminarlas del todo. También es verdad que el mal tiene una dimensión muy amplia: va “trabajando” y no podemos de ninguna manera dominarlo. Pero Jesús ha venido a combatir estas fuerzas del mal, al demonio. Él es el único que lo puede echar.

Se ha calumniado y acusado a Jesús: el demonio es capaz de conseguirlo todo. Mientras que la gente se maravilla de lo que ha obrado Jesucristo, «algunos de ellos dijeron: ‘Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios’» (Lc 11,15).

La respuesta de Jesús muestra la absurdidad del argumento de quienes le contradicen. De paso, esta respuesta es para nosotros una llamada a la unidad, a la fuerza que supone la unión. La desunión, en cambio, es un fermento maléfico y destructor. Precisamente, uno de los signos del mal es la división y el no entenderse entre unos y otros. Desgraciadamente, el mundo actual está marcado por este tipo de espíritu del mal que impide la comprensión y el reconocimiento de los unos hacia los otros.

Es bueno que meditemos cuál es nuestra colaboración en este “expulsar demonios” o echar el mal. Preguntémonos: ¿pongo lo necesario para que el Señor expulse el mal de mi interior? ¿Colaboro suficientemente en este “expulsar”? Porque «del corazón del hombre salen las intenciones malas» (Mt 15,19). Es muy importante la respuesta de cada uno, es decir, la colaboración necesaria a nivel personal. 

Que María interceda ante Jesús, su Hijo amado, para que expulse de nuestro corazón y del mundo cualquier tipo de mal (guerras, terrorismo, malos tratos, cualquier tipo de violencia). María, Madre de la Iglesia y Reina de la Paz, ¡ruega por nosotros!

¡Señor, creo!



¡Señor, creo!

Todo es obra de la gracia de Dios, que exige respuesta nuestra, que exige fe. 


Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 


La Iglesia nos presenta varios Evangelios donde se nos habla de la Eucaristía, preanunciada en la multiplicación de los panes y prometida en la sinagoga de Cafarnaúm. La Liturgia de la Iglesia no hace nada semejante con ninguna otra página del Evangelio. ¿Por qué esta insistencia?...

Pues, sencillamente: porque la Iglesia sabe que en la Eucaristía tiene la fuente de donde emana toda su vida, y sabe también que toda la vida de sus hijos --la de todos nosotros-- debe desembocar siempre en la Eucaristía. O comulgamos y tenemos la vida de Dios, o no comulgamos y la vida de Dios está en nosotros casi agónica, si no muerta del todo...

El Evangelio de la promesa de Cafarnaúm nos hace ver el desenlace de aquella dramática discusión de Jesús con sus rivales en la sinagoga, cuando les aseguró: -Yo soy el pan bajado del cielo. Y si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre no tendréis vida en vosotros. Esta página nos declara la actitud de todos ante la Eucaristía, hoy como entonces.

A los escribas y fariseos, que llevaban la voz cantante en la sinagoga, les oímos decir:

- Pero, ¿cómo puede éste darnos a comer su carne y a beber su sangre? ¡Imposible!...
Otros --y esto es lo peor, porque éstos son discípulos--, que dicen lo que leemos:

- ¿Qué duro y repugnante es este lenguaje! ¿Quién lo va a entender y aceptar?...

Finalmente, a los incondicionales que no dudan, como Pedro, el cual nos pondrá en los labios la última palabra de este drama.

Jesús está triste, vamos a hablar así. Se esperaba la reacción negativa de los jefes judíos. Pero no podía pensar que los suyos le iban a negar su adhesión y la fe. Por eso se queja ahora:
- ¿Esto que os he dicho os escandaliza? Pues, ¿qué diríais si me vieseis subir al cielo, donde estaba antes?

Jesús les tiende una mano, para que no les falle la fe y no se consuma la ruptura, porque entonces están perdidos, y les dice y aconseja:
- No hagáis caso de las apariencias. El Espíritu es quien da la vida, y os pido que juzguéis no según la carne, sino según el Espíritu. Mis palabras son espíritu y vida.

Judas, el que dentro de un año lo va a traicionar y entregar, es el primero en meter cizaña entre el grupo. Jesús se da cuenta, lo mira escrutador, y dice a todos disimulando con delicadeza:
- ¿Cómo es que hay algunos entre vosotros que no creen?...

¡A ver si Judas y otros se dan por aludidos!... Jesús pasea entre ellos su mirada adolorida, y continúa:
- Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí y creer en mí, si mi Padre no lo atrae.

Todo es obra de la gracia de Dios, que exige respuesta nuestra, que exige fe.

Aquellos discípulos disidentes no quieren dar esta respuesta a la palabra de Jesús, y se marchan despectivos, aunque Judas se queda en el grupo, pero cada vez más receloso y alejado espiritualmente.

Al ver Jesús cómo se le marchan, se dirige a los Doce, que están pensativos:
- ¿También vosotros os queréis ir y dejarme solo?

Menos mal que Pedro toma la palabra decidido, y responde en nombre de los compañeros fieles con unas palabras que expresarán la fe de la Iglesia en todos los siglos por venir:

- ¡Señor! ¿Y a quién vamos a ir? A nadie fuera de ti. Pues solo Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído que Tú eres el santo y el enviado de Dios.

Cualquiera que sabe leer el Evangelio se da cuenta de que la popularidad de Jesús cae vertiginosamente en Galilea. Si le llegan hasta tomar por un alucinado y un loco.

¡Mira que ya es algo demasiado eso de decir que va a dar de comer su carne y beber su sangre!...

Éste es un Evangelio doloroso. Y somos nosotros los que podemos decir a Jesús como Pedro y con la primera Iglesia: -¡Señor, creo!..., igual que podemos decirle con mucho retintín, como los incrédulos de la sinagoga: -¡Eso, eso...!

Ante el misterio de la Eucaristía no hay más razones que valgan sino la fe ciega en la palabra de Jesús:

¡Creo, y basta!... ¡Lo dice Él, y tengo bastante!... No veo nada, ¡pues, mucho mejor! Mayor gloria le doy a Él y mayor mérito tengo yo...

Si los otros dicen que esto no es más que un recuerdo de Jesús, yo me atengo a su Palabra, que me dice categóricamente y sin más explicaciones : -Esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre...

Sin embargo, el mejor acto fe será siempre la asiduidad en participar del sacrificio del Altar, en recibir la Comunión, y en adorar al Señor en el Sacramento, donde permanece por nosotros con presencia continua.

La Santa Misa, la Sagrada Comunión, la Visita y la Hora Santa son el apogeo de la fe.

No hay miedo de que falle nunca el que hace de la Eucaristía el centro de toda vida espiritual...

¡Señor Jesucristo! ¡Gracias porque te nos diste de modo tan admirable, y porque te quedaste entre nosotros de manera tan amorosa! Danos a todos una fe viva en el Sacramento del amor. Que la Misa dominical sea el centro de nuestra semana cristiana, la Comunión nos sacie el hambre que tenemos de ti, y el Sagrario se convierta en el remanso tranquilo donde nuestras almas encuentren la paz....


22 mar. 2017

Santo Evangelio 22 de Marzo 2017


Día litúrgico: Miércoles III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».


«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas (...), sino a dar cumplimiento»
Rev. D. Vicenç GUINOT i Gómez 
(Sant Feliu de Llobregat, España)


Hoy día hay mucho respeto por las distintas religiones. Todas ellas expresan la búsqueda de la trascendencia por parte del hombre, la búsqueda del más allá, de las realidades eternas. En cambio, en el cristianismo, que hunde sus raíces en el judaísmo, este fenómeno es inverso: es Dios quien busca al hombre.

Como recordó Juan Pablo II, Dios desea acercarse al hombre, Dios quiere dirigirle sus palabras, mostrarle su rostro porque busca la intimidad con él. Esto se hace realidad en el pueblo de Israel, pueblo escogido por Dios para recibir sus palabras. Ésta es la experiencia que tiene Moisés cuando dice: «¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que le invocamos?» (Dt 4,7). Y, todavía, el salmista canta que Dios «revela a Jacob su palabra, sus preceptos y sus juicios a Israel: no hizo tal con ninguna nación, ni una sola conoció sus juicios » (Sal 147,19-20).

Jesús, pues, con su presencia lleva a cumplimiento el deseo de Dios de acercarse al hombre. Por esto, dice que «no penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). Viene a enriquecerlos, a iluminarlos para que los hombres conozcan el verdadero rostro de Dios y puedan entrar en intimidad con Él.

En este sentido, menospreciar las indicaciones de Dios, por insignificantes que sean, comporta un conocimiento raquítico de Dios y, por eso, uno será tenido por pequeño en el Reino del Cielo. Y es que, como decía san Teófilo de Antioquía, «Dios es visto por los que pueden verle; sólo necesitan tener abiertos los ojos del espíritu (...), pero algunos hombres los tienen empañados».

Aspiremos, pues, en la oración a seguir con gran fidelidad todas las indicaciones del Señor. Así, llegaremos a una gran intimidad con Él y, por tanto, seremos tenidos por grandes en el Reino del Cielo.

La Eucaristía es el sacramento del amor



La Eucaristía es el sacramento del amor

Dios en el hombre, el hombre en Dios, gracias a la Eucaristía.

Por: Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net 


¡Queridos hermanos y hermanas!

La Eucaristía es el principio de una nueva humanidad y del mundo renovado, cuya plena manifestación tendrá lugar al final de la historia. Sin embargo, ya desde ahora, crece como semilla y levadura del Reino de Dios.

Carácter distintivo de la nueva humanidad redimida por Cristo es la plenitud del amor fraterno. En realidad, la Eucaristía es el Sacramento del amor por excelencia, entendido como don de sí. Sin el alimento espiritual que proviene del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, el amor humano queda siempre contaminado por el egoísmo. La comunión con el Pan del cielo, por el contrario, convierte los corazones e infunde en ellos la capacidad de amar como nos ha amado Jesús.

«Comunión»: esta palabra con la que con frecuencia nos referimos a la Eucaristía es, en este sentido, sumamente significativa. Quien recibe con fe el Cuerpo de Cristo se une íntimamente a Él, y en Él, a Dios Padre, en el amor del Espíritu Santo. Dios en el hombre, el hombre en Dios. Y esto se convierte en el auténtico fundamento de la comunión en la Iglesia. Como escribe el apóstol Pablo a los Corintios: «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Cor 10,17).

Jesús, Pan de vida eterna, ha bajado del cielo gracias a la fe de María Santísima. Después de haberle llevado en su seno con inefable amor, siguió fielmente al Verbo encarnado hasta la cruz y la resurrección.

Pidamos a María que nos ayude a redescubrir el carácter central de la Eucaristía, especialmente en el día del Señor, para vivir en plenitud la comunión fraterna. Pidámosle a ella, además, que nos conduzca hacia la unidad.

21 mar. 2017

Santo Evangelio 21 de Marzo 2017


Día litúrgico: Martes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 18,21-35): En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».


«Movido a compasión (...) le perdonó la deuda»
Rev. D. Enric PRAT i Jordana 
(Sort, Lleida, España)



Hoy, el Evangelio de Mateo nos invita a una reflexión sobre el misterio del perdón, proponiendo un paralelismo entre el estilo de Dios y el nuestro a la hora de perdonar.

El hombre se atreve a medir y a llevar la cuenta de su magnanimidad perdonadora: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). A Pedro le parece que siete veces ya es mucho o que es, quizá, el máximo que podemos soportar. Bien mirado, Pedro resulta todavía espléndido, si lo comparamos con el hombre de la parábola que, cuando encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios, «le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’» (Mt 18,28), negándose a escuchar su súplica y la promesa de pago.

Echadas las cuentas, el hombre, o se niega a perdonar, o mide estrictamente a la baja su perdón. Verdaderamente, nadie diría que venimos de recibir de parte de Dios un perdón infinitamente reiterado y sin límites. La parábola dice: «Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda» (Mt 18,27). Y eso que la deuda era muy grande.

Pero la parábola que comentamos pone el acento en el estilo de Dios a la hora de otorgar el perdón. Después de llamar al orden a su deudor moroso y de haberle hecho ver la gravedad de la situación, se dejó enternecer repentinamente por su petición compungida y humilde: «Postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión...» (Mt 18,26-27). Este episodio pone en pantalla aquello que cada uno de nosotros conoce por propia experiencia y con profundo agradecimiento: que Dios perdona sin límites al arrepentido y convertido. El final negativo y triste de la parábola, con todo, hace honor a la justicia y pone de manifiesto la veracidad de aquella otra sentencia de Jesús en Lc 6,38: «Con la medida con que midáis se os medirá».

Encontrar a Cristo


Encontrar a Cristo

Visita a Cristo en la Eucaristía, a solas con Él, desahoga tus dificultades y desalientos.


Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net 


A los dos discípulos que Jesús se encuentra en el camino de Emaús se les suele reprochar su desánimo y tristeza. Nada más injusto.

Las autoridades habían matado a su Maestro, a su Jefe, al que creían su Mesías y Libertador. Habían perdido a Cristo. ¿Podría existir tristeza más justificada?

Tanto lo querían, además, que no quieren permanecer ni un momento más en la ciudad: no soportan el choque de sus antiguas ilusiones, ya muertas, con la vida vacía y sin sentido que arrastran ahora. Aquel mismo día regresaban a su aldea natal. Cristo comprende a estos discípulos y su decaimiento. Por eso sale a su encuentro y les recompensa con un efusivo y cariñoso: ¡Oh insensatos y tardos de corazón! ¿Por qué? Porque, tres años escuchándole y no le habían entendido, no habían podido descubrir quién era... Tres años a su lado observando sus milagros, embelesados ante su mensaje, viéndole amar, sufrir, consolar, reír, orar... y no habían sido capaces de reconocerlo.

Ciertamente, no deja de ser un consuelo en nuestra vida cristiana apreciar cómo Jesús no pierde la paciencia ante la ceguera de los pobres discípulos -prototipo, quizás, de la nuestra- y cómo poco a poco les va apartando las escamas de los ojos.

Primero comienza a calentar su corazón, ya bastante decaído y frío, recordándoles y explicándoles las Escrituras. Los pasajes tantas veces leídos sin prestar atención, aburridos, comienzan a cobrar nueva vida a medida que Él los va explicando. Van respondiendo las preguntas más íntimas que nunca se habían atrevido a presentar. Comienzan a bullir en su interior, consolándoles y animándoles.

Tan interesante se convirtió la conversación de Jesús que, cuando se dieron cuenta, ya habían llegado al lugar adonde se dirigían. Después de mucho insistir, consiguen que Jesús acepte su hospitalidad.

Y, puesto a la mesa con ellos, se convierte de repente en el anfitrión: tomó el pan, lo bendijo y se lo dio. Y ellos, lo reconocieron en la fracción del pan. En la Eucaristía descubrieron a Cristo. Experimentaron la presencia de Jesús. Supieron en seguida que era Él por la paz, la tranquilidad interior y esa fuerza que enseguida sintieron en su interior.

Inmediatamente después, ya no vieron más a Cristo. Pero ya habían descubierto el secreto para encontrarlo. En adelante, siempre lo buscarían donde Él siempre está esperando: en el Evangelio y en el Sagrario. Ahí recibirían también la fuerza para levantarse de su egoísmo y correr a anunciar la Gran Alegría que les consume.


* * *

Visitad frecuentemente a Jesús en la Eucaristía. Ahí, en su presencia, contadle vuestros ideales, vuestras esperanzas, vuestros deseos de amarle apasionadamente. A solas con Él desahogad vuestras dificultades y desalientos. El cristiano que vive al pie del Sagrario triunfará, porque el Sagrario es horno de amor, de sacrificio y de entrega. Y si os acercáis a él no podéis menos de participar de ese fuego que da vida al alma.

20 mar. 2017

Santo Evangelio 20 de Marzo 2017


Día litúrgico: Lunes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 4,24-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.


«Ningún profeta es bien recibido en su patria»
Rev. P. Higinio Rafael ROSOLEN IVE 
(Cobourg, Ontario, Canadá)




Hoy, en el Evangelio, Jesús nos dice «que ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,24). Jesús, al usar este proverbio, se está presentando como profeta.

“Profeta” es el que habla en nombre de otro, el que lleva el mensaje de otro. Entre los hebreos, los profetas eran hombres enviados por Dios para anunciar, ya con palabras, ya con signos, la presencia de Dios, la venida del Mesías, el mensaje de salvación, de paz y de esperanza.

Jesús es el Profeta por excelencia, el Salvador esperado; en Él todas las profecías tienen cumplimiento. Pero, al igual que sucedió en los tiempos de Elías y Eliseo, Jesús no es “bien recibido” entre los suyos, pues son estos quienes llenos de ira «le arrojaron fuera de la ciudad» (Lc 4,29). 

Cada uno de nosotros, por razón de su bautismo, también está llamado a ser profeta. Por eso:

1º. Debemos anunciar la Buena Nueva. Para ello, como dijo el Papa Francisco, tenemos que escuchar la Palabra con apertura sincera, dejar que toque nuestra propia vida, que nos reclame, que nos exhorte, que nos movilice, pues si no dedicamos un tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí seremos un “falso profeta”, un “estafador” o un “charlatán vacío”.

2º Vivir el Evangelio. De nuevo el Papa Francisco: «No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos». Es indispensable tener la seguridad de que Dios nos ama, de que Jesucristo nos ha salvado, de que su amor es para siempre. 

3º Como discípulos de Jesús, ser conscientes de que así como Jesús experimentó el rechazo, la ira, el ser arrojado fuera, también esto va a estar presente en el horizonte de nuestra vida cotidiana.

Eucaristía, pacto de amor con Dios



Eucaristía, pacto de amor con Dios

Un Pacto de Comunión en el amor consumado en la entrega total de la vida y sellado con la sangre de Jesús.

Por: Guillermo Ortiz, S.J. | Fuente: Reflexiones Siglo XXI 


El Evangelio de san Juan en los capítulos de la Última Cena, nos muestra una profunda coincidencia entre el sueño de Dios y el anhelo del corazón humano. Ahí vemos cómo Jesús, Hijo de Dios, ama a sus discípulos sirviéndolos y entregando su vida entera por ellos. Jesús se ata una toalla a la cintura y lava los pies de sus discípulos. "Así tienen que servirse entre ustedes - les dice Jesús. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les pido"; "Ámense entre ustedes como yo los amo"; "Nadie tiene más amor que aquel que da la vida por sus amigos".

Y san Mateo, san Lucas y san Marcos nos refieren que en ese momento, partiendo el pan, Jesús les dice: "Tomen y coman esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes, toman y beban mi sangre que será derramada por ustedes. Sangre de la alianza nueva y eterna". Entonces, los discípulos empiezan a entender que Dios les está ofreciendo una Alianza de Amor, un Pacto de Comunión en el amor consumado en la entrega total de la vida y sellado con la sangre de Jesús.

De este modo, el anhelo más hondo del corazón humano es fecundado por un pacto de comunión con Dios. Dios le da al amor humano, por su comunión con nosotros, una profundidad y una grandeza que va más allá de lo humano. Este pacto de comunión nos injerta en el mismo corazón de Dios encendido en un Amor más fuerte que el mal y más fiel todavía que la misma muerte.

Acepto, Jesús, y quiero vivir este Pacto de Comunión en el amor.


19 mar. 2017

Santo Evangelio 19 de Marzo 2017



Día litúrgico: Domingo III (A) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 4,5-42): En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. 

Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna». 

Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad». 

Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad». 

Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».

En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él. 

Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga». 

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo».

«Dame de beber»
P. Julio César RAMOS González SDB 
(Mendoza, Argentina)



Hoy, como en aquel mediodía en Samaría, Jesús se acerca a nuestra vida, a mitad de nuestro camino cuaresmal, pidiéndonos como a la Samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7). «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe». 

El Prefacio de la celebración eucarística de hoy nos hablará de que este diálogo termina con un trueque salvífico en donde el Señor, «(...) al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino». 

Ese deseo salvador de Jesús vuelto “sed” es, hoy día también, “sed” de nuestra fe, de nuestra respuesta de fe ante tantas invitaciones cuaresmales a la conversión, al cambio, a reconciliarnos con Dios y los hermanos, a prepararnos lo mejor posible para recibir una nueva vida de resucitados en la Pascua que se nos acerca.

«Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26): esta directa y manifiesta confesión de Jesús acerca de su misión, cosa que no había hecho con nadie antes, muestra igualmente el amor de Dios que se hace más búsqueda del pecador y promesa de salvación que saciará abundantemente el deseo humano de la Vida verdadera. Es así que, más adelante en este mismo Evangelio, Jesús proclamará: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí», como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37b-38). Por eso, tu compromiso es hoy salir de ti y decir a los hombres: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho…» (Jn 4,29).

La búsqueda de la felicidad auténtica



LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD AUTÉNTICA

Por José María Martín OSA

1.- La sed de felicidad. Las lecturas cuaresmales del ciclo A tienen un tono claramente catecumenal. Hacen una referencia significativa al Bautismo: el agua (samaritana), la luz (ciego de nacimiento), la vida (resurrección de Lázaro). El hombre tiene ansia de profundidad y de plenitud. No hay nada ni nadie en este mundo que pueda llenar totalmente su vacío. Sólo saliendo de lo superficial y buscando lo trascendente puede ser feliz. Muchas veces buscamos por caminos equivocados, quedándonos en las cosas terrenas. Hay en nosotros sed de felicidad, deseo de alcanzar el sentido de nuestra vida. El tema de la sed y del agua aparece numerosas veces en las tradiciones del desierto. La primera lectura narra el episodio de las aguas de Mará. El pueblo lleva tres días caminando por el desierto de Sur sin encontrar agua. Al fin, llegan a Mará y, cuando van a beber el agua de un manantial... resulta que es amarga. El pueblo murmura contra Moisés y contra Dios. Moisés invoca al Señor y el Señor le da el poder de convertir aquellas aguas contaminadas en aguas capaces de saciar la sed. Dios demuestra, con ello, que está con su pueblo, que su pueblo no tiene que tener miedo, porque Dios lo acompaña y lo protege. No sólo les da el agua de Mará, sino que a continuación les lleva a Elim, un oasis donde había doce fuentes de agua (una por cada tribu de Israel). Pero el pueblo tiene el corazón rebelde y veleta. No aprende de la experiencia ni se fía del Dios que le promete la vida. Por eso, cuando tiene sed de nuevo, murmura contra Moisés sin esperar en Dios. Es el episodio de Massá y Meribá. Allí “me pusieron a prueba, aunque habían visto mis obras”, dice el Señor en el Salmo 95.

2.- El deseo de Dios puede hacer que le encontremos. Solo Dios puede saciar nuestra sed de felicidad. Pero el mundo de hoy no facilita el encuentro con Dios. La anorexia espiritual de los hombres de hoy tiene su raíz en que estamos saturados de comida basura, nos dejamos engañar por los que venden falsas felicidades que no sacian nuestra sed auténtica de felicidad. Alguien piensa en nosotros y en nuestra sed y nos brinda una clase de agua para cada día de la semana: Bezoya, Santolín, Coca-Cola,…y nos la publicita con un: Obedece a tu sed. Jesús también publicita el agua que él ofrece. “Si conocieras el don de Dios, tú le pedirías y él te daría el agua viva”. “El que beba el agua que yo le daré nunca tendrá sed y se convertirá en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Solo si nuestro deseo es grande podemos encontrarle como nos muestra esta parábola:

Un estudiante fue a consultar a su maestro espiritual y le hizo la siguiente pregunta: “Maestro, ¿cómo puedo encontrar verdaderamente a Dios? El maestro espiritual le pidió que le acompañara hasta el río y le dijo que se metiera en el agua. Cuando alcanzaron la mitad del río, el maestro le dijo: “Ahora sumérgete en el agua”. El director espiritual cogió la cabeza del joven y la mantuvo dentro del agua. El estudiante comenzó a agitarse y a batir el agua con sus manos, pero el maestro la mantuvo sumergida. Finalmente, el estudiante libre salió del agua en busca de aire. “Cuando tu deseo de Dios sea tan grande como tu deseo de respirar el aire, entonces encontrarás a Dios”, le explicó su director espiritual”.

3.- El proceso de personalización de la fe. Jesús es judío, pero se trata de un judío muy “extraño”, pues le dirige la palabra a una mujer y, para colmo, samaritana. Pero Jesús no hace ningún caso de principios y normas que marginen y excluyan a los débiles. Entre Jesús y la samaritana había una barrera grande: él era hombre y ella, mujer. Vemos que Jesús es la fortaleza y le vemos débil, comenta San Agustín, porque "con su fortaleza nos creó y con su debilidad nos buscó". Mujeres, extranjeros, pobres y enfermos eran poco menos que “gentuza” de la que un buen israelita debía procurar apartarse para mantener intacta su “pureza”. Jesús hace de esos “lugares de abajo” un lugar privilegiado para manifestar su salvación. La vida de esta mujer está marcada por la carencia y la rutina infecunda. Diariamente debía ir a buscar el agua, pues carecía de ella. Tampoco tenía marido. Había tenido cinco, y su compañero actual no era su marido. Esta mujer representa el pueblo idólatra, incapaz de saciar su sed de vida con los numerosos dioses paganos a los que se había ido aferrando sin encontrar lo que pedía su corazón. La referencia a los cinco maridos es una clara alusión a las cinco ermitas de los dioses paganos. El sexto marido se refiere a Yahveh. Es curioso el proceso que va haciendo esta mujer: pasa de sus búsquedas más superficiales a las más profundas; del agua material al agua viva; de la percepción de Jesús como un “judío”, un simple “hombre”, al reconocimiento de Jesús Profeta y Mesías-Cristo. Su fe sorprendida la arrastra a dejar el cántaro y a ir corriendo a anunciar lo que ha visto y oído. Su fe contagia de fe a sus paisanos, quienes terminan confesando: “Éste es verdaderamente el Salvador del mundo”. Los samaritanos de Sicar creen en Jesús por el anuncio de la mujer. Pero no se conforman con una fe “recibida”, “heredada”, “externa”. La hacen suya cuando ellos mismos conocen a Jesús y le oyen. El proceso que sigue su fe es significativo: 1- el testimonio de alguien; 2- la fe desde lo escuchado; 3- la personalización de la fe; 4- la confesión. Es un itinerario catecumenal. Es el itinerario bautismal que los cristianos queremos seguir en esta Cuaresma.

Intenciones en la comunión



Intenciones en la comunión

Cuando recibo a Jesús en al comunión, aprovecharé esos momentos de la acción de gracias para pedir por mis intenciones íntimas.

Por: P. Cristóforo Fernández | Fuente: Catholic.net 


Pensar en la Santa Misa –momento de Jesús en la Cruz, adelantado sacramentalmente en la Última Cena-, es tener millares de gracias de Dios. ¿Cuándo Cristo pudo esta dispuesto a hacernos más bienes que en ese cenit de Su amor, que le llevó a derramar Su preciosa sangre por nosotros? ¿Cuándo pudo sentirse con mayor intensidad Salvador del mundo? ¿Cuándo fue más rápido en conceder el Reino a quienes se lo pidieron como el buen Ladrón e, incluso, a quienes no se lo pedían como los mismos que le crucificaron?.... También fue en ese momento cuando nos regaló a su misma Madre como Madre, la “Bendita entre las mujeres”, y en quien se resume toda la gracia y la ternura hacia nosotros.

Así lo ha captado la Iglesia en su liturgia de la misa. Se puede ver que en los momentos que siguen a la consagración, ora por las necesidades mayores que tiene y por sus intenciones más entrañables.

Por tanto, cuando recibo a Jesús en al comunión, aprovecharé esos momentos de la acción de gracias para pedir por mis intenciones íntimas. ¡No seré parco en pedir!, seguro de estar entonces ante la fuente misma de todas las bendiciones. ¡Abriré el corazón a la esperanza más cierta! ¡Mi confianza será completa! El ofrecimiento del cáliz de mi ser y vida, unido al de Jesús, deberá convertirse ahora en oración de súplica y de petición según las más nobles, cristianas y fervientes intenciones.

Se tratan de aquellas que son fundamentales, que nunca deberían faltar; sin duda merecen ser antepuestas a las personales, por más urgentes e inmediatas que pudieran parecer.

“Perdona nuestras ofensas”: ¿Cómo, por ejemplo, tendía mayor interés por pedir la gracia de obtener una virtud, sin antes adelantar la causa –y perorarla lo mejor posible- de que mis muchos pecado sean perdonados? El Buen Ladrón comenzó por reconocer y por confesar el mal que había hecho, sólo luego pidió con confianza la apertura de las puertas del paraíso. La Iglesia misma en sus plegarias litúrgicas adelanta siempre el reconocimiento de las culpas como preparación al rito del sacramento.

“Perdona nuestras ofensas”: así nos enseñó el Señor a orar.... Es la plegaria permanente, porque el recuerdo de nuestra incorrespondencia al amor no puede olvidarse. Mas su memoria me lleva a desear la enmienda: es decir, su desaparición; en ese momento de total confianza, expreso al Señor mi deseo de ser perdonado y de satisfacer por mis pecados; es decir, ofrezco el entero contenido del cáliz de mi vida en satisfacción por ellos y me acojo con serenidad a Su infinita misericordia.

Abierta ya la puerta de la gracia, presento las peticiones por aquellas causas que más me importan.

En primer lugar, pido por el advenimiento del Reino de Dios, porque para mi alma de apóstol nada me importa más.

Y luego interesa la Iglesia con sus grandes asuntos: las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada; el gran deseo de su unidad – “Ut sint unum”- por la que Jesús oró expresamente en la Cena; el Santo Padre, con las preocupaciones que lleva en su corazón de Pastor Supremo.

Finalmente, hago presentes también las intenciones personales y particulares. Allí no podrán faltar las grandes preocupaciones de mi pueblo y de mi patria; las necesidades de cuantos me han sido encomendados por el Señor y que me son tan queridos.