5 abr. 2014

Santo Evangelio 5 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Sábado IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 7,40-53): En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?». 

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos». 

Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde Jesús: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?». Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta». Y se volvieron cada uno a su casa.



Comentario: Abbé Fernand ARÉVALO (Bruxelles, Bélgica)
Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre

Hoy el Evangelio nos presenta las diferentes reacciones que producían las palabras de nuestro Señor. No nos ofrece este texto de Juan ninguna palabra del Maestro, pero sí las consecuencias de lo que Él decía. Unos pensaban que era un profeta; otros decían «Éste es el Cristo» (Jn 7,41).

Verdaderamente, Jesucristo es ese “signo de contradicción” que Simeón había anunciado a María (cf. Lc 2,34). Jesús no dejaba indiferentes a quienes le escuchaban, hasta el punto de que en esta ocasión y en muchas otras «se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él» (Jn 7,43). La respuesta de los guardias, que pretendían detener al Señor, centra la cuestión y nos muestra la fuerza de las palabras de Cristo: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46). Es como decir: sus palabras son diferentes; no son palabras huecas, llenas de soberbia y falsedad. El es “la Verdad” y su modo de decir refleja este hecho.

Y si esto sucedía con relación a sus oyentes, con mayor razón sus obras provocaban muchas veces el asombro, la admiración; y, también, la crítica, la murmuración, el odio... Jesucristo hablaba el “lenguaje de la caridad”: sus obras y sus palabras manifestaban el profundo amor que sentía hacía todos los hombres, especialmente hacia los más necesitados.

Hoy como entonces, los cristianos somos —hemos de ser— “signo de contradicción”, porque hablamos y actuamos no como los demás. Nosotros, imitando y siguiendo a Jesucristo, hemos de emplear igualmente “el lenguaje de la caridad y del cariño”, lenguaje necesario que, en definitiva, todos son capaces de comprender. Como escribió el Santo Padre Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est, «el amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa (...). Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre».

Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre

Hoy notamos cómo se “complica” el ambiente alrededor del Señor, pocos días antes de la Pasión ocurrida en Jerusalén. Por causa de Él se genera como una suerte de discusión y controversia. No podía ser de otro modo: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que no, sino división» (Lc 12,51).

Y no es que el Redentor desee la controversia y la división, sino que ante Dios no valen las “medias tintas”: «Quien no está conmigo, está contra mí; y quien no recoge conmigo, desparrama» (Lc 11,23). ¡Es inevitable! Ante Él no hay ninguna postura neutra: o existe, o no existe; es mi Señor, o no es mi Señor. No es posible servir a dos señores a la vez (cf. Mt 6,24).

Juan Pablo II consideraba que ante Dios hay que optar. La fe sencilla que nuestro buen Dios nos pide implica una opción. Hay que optar porque Él no se nos quiere imponer; vino a la Tierra de manera discreta; murió empequeñecido, sin hacer alarde de su condición divina (Flp 2,6). Es lo que expresa maravillosamente santo Tomás de Aquino en el Adoro Te devote: «En la cruz se escondía sólo la divinidad, aquí [en la Eucaristía] se esconde también la humanidad».

¡Hay que optar! Dios no se impone; se ofrece. Y queda para nosotros la decisión de optar a favor de Él o de no hacerlo. Es una cuestión personal que cada uno —con la ayuda del Espíritu Santo— ha de resolver. De nada sirven los milagros, si las disposiciones del hombre no son de humildad y de sencillez. Ante los mismos hechos, vemos a los judíos divididos. Y es que en cuestiones de amor no se puede dar una respuesta tibia, a medias: la vocación cristiana comporta una respuesta radical, tan radical como fue el testimonio de entrega y obediencia de Cristo en la Cruz.

5 de Abril San Vicente Ferrer

5 de abril
(y lunes de la 2ª semana de Pascua)

SAN VICENTE FERRER

(† 1419)

La vida de los santos, aparte de ofrecernos un ejemplar e irrecusable testimonio de heroicas virtudes, manifiesta siempre el empeño providencial de Dios en la historia humana y en la vida de la Iglesia, tanto que la presencia de algunos santos no se explica sin esa misión providencial. Ellos han polarizado muchas veces en su vida determinados períodos de la historia y su influencia espiritual o social ha configurado los perfiles de ciertos momentos y estilo de vida, y hasta han pesado definitivamente a la hora de dar solución a las crisis de su tiempo. Cierto igualmente que, por ese mismo canon providencial que Dios impone a los acontecimientos humanos, también los santos se han visto condicionados en sus actos por las circunstancias en que se movieron. Todo esto da sentido y justificación a la vida de San Vicente Ferrer y nos evita caer en una interpretación simplista y unilateral de su portentosa obra. La visión exclusivamente milagrera de su figura, por la que han discurrido durante muchos años la tradición y la leyenda, contribuyó a desenfocar la plenitud auténtica y la realidad total de la vida de San Vicente, hasta tal punto que algún historiador moderno se atrevía a decir que cada circunstancia de su vida fue un milagro. Hoy, con sana crítica y juicio sereno, no podemos admitir esa visión colorista que nos ha dado a un San Vicente Ferrer opulento despilfarrador de milagros, aun cuando sería insensatez negar la realidad de su poderosa taumaturgia. Pero no debemos hacer de sus copiosos milagros una peana para colocar sobre ella la vida del Santo.

San Vicente Ferrer nació en Valencia el 23 de enero de 1350, en el seno de una familia de ascendencia gerundense. Su padre, Guillermo Ferrer, era notario. La casa natalicia de Vicente distaba muy poco del Real Convento de Predicadores, donde los hijos de Santo Domingo de Guzmán se habían establecido por singular gracia del rey Don Jaime el Conquistador, recién conquistadas para la fe las tierras de Valencia. El gran prestigio que siempre tuvieron en aquella capital los frailes predicadores, el contacto habitual que nuestro Santo debió tener con ellos desde su niñez y el interior llamamiento de Dios determinaron en Vicente la resolución de vestir el hábito blanco y negro de los dominicos. Tal suceso tuvo lugar en el Real Convento de Predicadores el 5 de febrero de 1367, y el día 6 del mismo mes del año siguiente emitió los votos de su profesión religiosa.

Por la coyuntura del momento en que nace, Vicente Ferrer pertenece al período histórico que un escritor moderno ha calificado de otoño de la Edad Media. En ese punto en que se interfieren los últimos destellos de la Edad Media "enorme y delicada" con la fulgurante aurora del primer Renacimiento europeo, él permanecerá fiel a la estructura mental y a los criterios tradicionales. No debemos olvidar que dos años antes de su nacimiento, el 1348, la peste negra difundida por la Europa occidental influyó notablemente en la vida religiosa, provocando, juntamente con otras circunstancias históricas, una quiebra de insospechadas proporciones. En la provincia dominicana de Aragón, a la que el Santo perteneció, habían muerto quinientos diez religiosos de un total de seiscientos cuarenta, Ello hacía prácticamente difícil no sólo el mantenimiento económico de los conventos, sino hasta la propia observancia de las constituciones religiosas en la plenitud de sus ideales. Más tarde, el 20 de septiembre de 1378, la escisión de la Iglesia por el Cisma de Occidente vendría a debilitar más la flaca situación de la vida conventual. Paralelamente a este clima de desfondamiento religioso en los conventos, la vida piadosa de los fieles se vio mermada sensiblemente en su tradicional pujanza. La Orden de Predicadores, en los momentos en que Vicente hace su profesión, gozaba de un sólido prestigio social y académico, aun cuando la curva de su trayectoria docente no alcanzase en aquel punto su máxima altura. Sin embargo, los frailes dominicos, fieles a su gloriosa tradición y por exigencia entrañable de sus propias funciones doctrinales, intentaban hacer honor a la nobleza representativa de su condición procurando mantener en la máxima tensión de eficacia la formación y desarrollo intelectual de los miembros de su Orden.

Desde la fecha de su profesión en el año 1368 hasta 1374, en que recibe el presbiterado y celebra su primera misa, Vicente, por designación de sus superiores, alterna el estudio y la enseñanza de la filosofía y la teología en los conventos de Lérida y Barcelona. A los veinte años era ya profesor de Lógica. En 1376 lo vemos estudiando teología en Toulouse, en cuya Facultad, de reciente creación, los profesores dominicos le ilustraron en la ciencia de Dios dentro de los cánones del más depurado tomismo. Allí permaneció dos años.

Perfecto conocedor de la exégesis bíblica y de la lengua hebrea, que estudió en el convento de Barcelona, y tras su sólida formación teológica, San Vicente regresó de Toulouse a Valencia, donde inmediatamente se dedicó a la enseñanza de la teología. Alternando sus tareas de docencia con las de escritor, predicador y consejero, muy pronto conocieron los valencianos las extraordinarias dotes personales del Santo y le hicieron árbitro de graves problemas públicos. Mas todo su tremendo dinamismo exterior jamás turbó su total entrega a la práctica de las observancias conventuales, acentuando cada día más el estudio y la oración.

Por aquellos días la Iglesia sintió en su propia carne el trallazo de la escisión con el infausto Cisma de Occidente. Demostrada por algunos cardenales la nulidad de la elección de Urbano VI, declararon vacante la Sede Apostólica y procedieron a la elección de un nuevo Papa. El 20 de septiembre de 1378 aquellos cardenales, entre los que se encontraba Pedro de Luna, firmaron en Fondi un manifiesto por el que comunicaban al pueblo cristiano la elección de Roberto de Ginebra, a quien sometían su obediencia. Aquí surgió, frente a Urbano VI, Clemente VII. La división de la Iglesia afectó, como es lógico, a la misma política europea, y los reyes y príncipes se vieron en la grave disyuntiva de prestar su obediencia a la Sede de Avignon o a la de Roma. Pedro IV el Ceremonioso, que regía los destinos de la corona de Aragón, adoptó una postura prácticamente neutralista, preocupado más por los problemas internos de su casa que por la escisión de la Iglesia. Sin embargo, Clemente VII se dispuso a conquistar la obediencia de los cuatro reinos de España y para ello despachó amplios poderes al cardenal Pedro de Luna con el nombramiento de legado. Este es el momento en que el cardenal legado busca el apoyo y la influencia de Vicente Ferrer para lograr la adhesión del reino de Aragón al papa Clemente VII. Vicente, que desde un principio fijó su posición de obediencia al papa de Avignon, estuvo en Barcelona recibiendo del cardenal Pedro de Luna órdenes y poderes concretos para presentarse a los jurados de Valencia reclamando su ayuda para captar la obediencia de Pedro IV a Clemente VII. Después de la lectura del tratado que acerca del Cisma escribía San Vicente, dedicado, al rey de Aragón, no podemos dudar de su rectísima intención al proclamar su fidelidad a la Sede de Avignon. Los argumentos que ofrece demuestran, además de su cultura teológico-canónica, que no en vano aceptaba la legitimidad de la elección de Clemente VII. Utilizando el cardenal De Luna en algunos de sus viajes por los reinos de España los servicios que le prestó la compañía de Vicente Ferrer, volvió el Santo a Valencia, en cuya catedral prosiguió enseñando teología, sin descuidar por ello su predicación al pueblo y otros muchos deberes ministeriales. El cardenal Pedro de Luna regresó a Avignon y el 28 de septiembre de 1394 era elegido sucesor de Clemente VII con el nombre de Benedicto XIII. Pocos meses después San Vicente era reclamado a la Corte de Avignon por el Papa, hasta que en 1398 cambia su residencia del palacio de Avignon por la del convento dominicano de la misma ciudad. Benedicto XIII, en deuda con el Santo, le otorgó el título máximo de Maestro en Sagrada Teología.

Vicente, en contacto con las realidades de Avignon, con la visión más serena de los acontecimientos y amargamente dolido por el daño que sufría la Iglesia de Cristo, vivió unos meses en su convento, donde cayó tan gravemente enfermo que estuvo a punto de morir. Fue entonces cuando tuvo aquella visión en la que se apareció Jesucristo, acompañado de los patriarcas Domingo y Francisco, encomendándole la misión de predicar por el mundo y otorgándole súbitamente la salud. Esta es la prodigiosa circunstancia que sirve de clave para explicar la vida posterior de Vicente. Ahora se presentará al mundo con un empeño más alto que el de defender la causa de Benedicto XIII: propugnará la integridad del Evangelio en la unidad de la Iglesia. Su misión evangelizadora le ha sido encomendada por el mismo Jesucristo y sus credenciales tendrán el alcance universal de ser legado a latere Christi.

El Papa se resistió en un principio a dejarle marchar, pero al fin, convencido de que en la empresa de Vicente urgía el llamamiento de Dios, le concedió amplísimos poderes ministeriales para que pudiera ejercer su apostolado. El Santo quedó sometido a la obediencia inmediata al maestro general de su Orden y el día 22 de noviembre de 1399 partió de Avignon a recorrer caminos y ciudades europeas llevando a todos los hombres el mensaje de la palabra de Dios. Este es el momento en que el dinamismo interior de Vicente se desata en torrentes de sabiduría y de elocuencia sobre una sociedad en trance de agudísima crisis espiritual para despertar la unidad de la fe en su vida, abrir los horizontes a la esperanza y encender en las almas la caridad. En su larga peregrinación apostólica recorrió innumerables pueblos y ciudades de España, de Francia, de Italia, de Suiza, y hasta es muy probable que penetrara en Bélgica. En una época en la que la oratoria sagrada se resentía gravemente de su ineficacia, por el afán de predicar al pueblo oscuros y macizos sermones con rancias argumentaciones de escuela, cuando no rimbombantes y huecas composiciones retóricas con extravagantes alusiones a los clásicos de la antigüedad grecolatina, la palabra de Vicente era como un látigo de fuego que abrasaba e iluminaba. Su metódico sistema de exposición de la doctrina de Cristo, sin la gracia boba de halagar superficialmente los oídos, con el recio temple de unos conceptos claros y precisos, servidos siempre en la bandeja de oro de su portentosa y dócil imaginación y la enorme fuerza sugestiva de su poderosa voz, rica en matices y sonoridades, las gentes sentían el vértigo de la presencia de Dios y el delicioso estremecimiento de su gracia. La palabra de Vicente inflamaba y seducía. Su dominio absoluto de las Sagradas Escrituras le servía de mágico resorte para encarnar en sus frecuentes alusiones la aplicación de un hecho concreto o de una circunstancia real de su tiempo. Fue de una impresionante y sobrecogedora grandeza aquel memorable sermón que, después de vencida la implacable resistencia de Benedicto XIII y obtenida la promesa de su abdicación, pronunció ante el papa de Avignon y sus cardenales, ante embajadores y príncipes y multitud de fieles el 7 de noviembre de 1415 en Perpignan, comentando el tema: "Huesos secos, oíd la palabra de Dios".

Bajo el signo de su voz las enemistades públicas cedían al abrazo de la paz, los pecadores experimentaban la mordedura del arrepentimiento y los hambrientos de perfección le seguían a todas partes en una permanente compañía de fervoroso apoyo. El organizaba aquella imponente comunidad de disciplinasteis que en conmovedoras procesiones penitenciales producía en los espectadores un escalofrío de compunción y la eficaz mudanza de vida.

Ante la visión de río revuelto que ofrecía el mundo de su tiempo, ante el estrepitoso desmoronamiento de la ideología cristiana que habla presidido e informado la vida pública de la Edad Media al choque violento de unos sistemas y estructuras de vida que pretendían remozar al hombre, ante la estampa de Apocalipsis que presentaba una Iglesia desgarrando a la cristiandad en partidos y banderías de cisma, no es de admirar que la leyenda, apoyada en puntos flacos de tradición, haya hecho que San Vicente se atribuyera personalmente el título de ángel del Apocalipsis y hasta que la obsesión determinante de su apostolado fuera la predicación del cercano Juicio final. Cierto que el Señor le otorgó en diversas ocasiones el don de profecía, pero cuando San Vicente hablaba del Juicio final como acontecimiento próximo —cosa que hizo en muchas menos ocasiones de lo que habitualmente se cree— no lo hacía como profeta, sino como hombre que observa las realidades de su tiempo y deduce unas consecuencias, Hemos de puntualizar también que el lema "Temed a Dios Y dadle honor", con que la tradición ha cifrado la predicación vicentina, no puede ser, en modo alguno, interpretado con sentido terrorista, como si San Vicente se hubiera preocupado de sembrar el pánico en su tiempo y despertar un espanto colectivo. El temor de Dios propugnado por Vicente no era ese que surge de la raíz amarga del miedo, sino el que nace del amor filial. Era el temor de la reverencia y no el del servilismo pavoroso. El auditorio de sus sermones era siempre de multitudes. En algunas ocasiones Pasaban de los quince mil oyentes, por lo que, resultando insuficiente la capacidad de las iglesias, hubo de predicar en las plazas. Contemporáneos del Santo nos dan la referencia de que, hablando en su lengua nativa, le entendían por igual todos los oyentes, aunque pertenecieran a países de distinto idioma. En los últimos treinta años de su vida el quehacer de la predicación condicionó su horario de trabajo, Solía dedicar cinco horas al descanso, haciéndolo sobre algunos manojos de sarmientos o un jergón de paja, y el tiempo restante lo invertía en la oración y las atenciones exclusivas de sus deberes ministeriales. Sus comidas eran extremadamente sobrias. De una ciudad a otra se desplazaba siempre a pie, hasta que cayó enfermo de una pierna y tuvo que montar en un asnillo. Era tanta la fama de santidad que precedía los itinerarios de Vicente, que las gentes le recibían como enviado de Dios y su entrada en las ciudades tenía tal carácter de apoteosis delirante que, para evitar graves atropellos y el que los devotos le cortasen trozos de hábito, habían de protegerle con maderos. Todos los días cantaba la misa con gran solemnidad y después pronunciaba el sermón, que solía durar dos o tres horas, y en alguna ocasión, como la de Viernes Santo en Toulouse, estuvo seis horas seguidas. El cansancio y achaques físicos, que en los últimos años obligaba a que, para subir al púlpito o al tabladillo de la plaza, le tuvieran que ayudar cogiéndole de un brazo, desaparecía al punto que comenzaba el sermón, de tal manera que su rostro se transfiguraba como si la piel cobrara una frescura juvenil, le centelleaban los ojos en expresivas miradas, la voz salía clara, limpia y sonora, y los movimientos de sus brazos obedecían dóciles al imperio y compás de las palabras. El tono de convicción con que se enardecía dejaba atónitos a los oyentes, y por ello no es de admirar que los frutos de sus sermones fueran tan copiosos que se necesitara siempre el concurso de muchos sacerdotes para oír confesiones.

El crédito universal de su sabiduría y de sus prudentes consejos fue puesto a prueba en multitud de contiendas en las que hubo de intervenir corno árbitro de paz y nivelador de intereses. Nobilísima fue su actitud como compromisario de Caspe, en donde fue requerido para dar su voto de solución al problema político de la Corona de Aragón producido al morir Martín el Humano sin dejar sucesión. San Vicente acudió al Compromiso de Caspe con el sereno ánimo y la inteligencia despierta para dar una razón jurídica en el asunto del pretendiente al trono, pero sobre todo con la limpia y altísima intención de aceptar el resultado como designio providencial. La elección hecha a favor del infante de Castilla, Don Fernando, fue publicada por San Vicente Ferrer el 28 de junio de 1412. La conducta del Santo en la resolución del problema sucesorio quedó tan digna y honrada, que su apostolado público no sufrió menoscabo alguno en aquellos Estados de la Corona de Aragón que se habían mostrado hostiles a la solución de Caspe.

Muy laboriosas fueron sus gestiones para determinar la conclusión del Cisma de Occidente y podemos afirmar que, si no por su directa intervención, sí por el enorme peso de su influencia, apoyada en su universal prestigio, contribuyó notablemente a decidir su terminación. El cónclave reunido en Constanza el 11 de noviembre de 1417 dio a la Iglesia la elección de Martín V, a cuya obediencia se sometió toda la cristiandad.

Vicente prosiguió su misión evangelizadora dirigiendo sus pasos a Bretaña, donde el Señor le esperaba para abrirle las puertas de una gloria definitiva. El día 5 de abril, miércoles de la semana de Pasión, de 1419, moría en Vannes, lejos de su patria, este apóstol infatigable cuya palabra estremeció de presencia de Dios los ámbitos de la cristiandad europea. Treinta y seis años más tarde, en 1455, el papa valenciano Calixto III, a quien, según la tradición, San Vicente le había profetizado la tiara pontificia y el honor de canonizarle, le elevó a los altares con la suprema gloria de la santidad.

Los milagros que San Vicente Ferrer obró en vida y después de muerto son innumerables, por lo que su fama de taumaturgo no ha sufrido mengua a través de los siglos.

JOSÉ MARÍA MILAGRO, O. P.

4 abr. 2014

Santo Evangelio 4 de Abril de 2014

Día litúrgico: Viernes IV de Cuaresma


Texto del Evangelio (Jn 7,1-2.10.14.25-30): En aquel tiempo, Jesús estaba en Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces Él también subió no manifiestamente, sino de incógnito.

Mediada ya la fiesta, subió Jesús al Templo y se puso a enseñar. Decían algunos de los de Jerusalén: «¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que éste es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es». Gritó, pues, Jesús, enseñando en el Templo y diciendo: «Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que me envió el que es veraz; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de Él y Él es el que me ha enviado». Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.


Comentario: + Rev. D. Josep VALL i Mundó (Barcelona, España)
Nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora

Hoy, el evangelista Juan nos dice que a Jesús «no [le] había llegado su hora» (Jn 7,30). Se refiere a la hora de la Cruz, al preciso y precioso tiempo de darse por los pecados de la entera Humanidad. Todavía no ha llegado la hora, pero ya se encuentra muy cerca. Será el Viernes Santo cuando el Señor llevará hasta el fin la voluntad del padre Celestial y sentirá —como escribía el Cardenal Wojtyla— todo «el peso de aquella hora, en la que el Siervo de Yahvé ha de cumplir la profecía de Isaías, pronunciado su “sí”».

Cristo —en su constante anhelo sacerdotal— habla muchísimas veces de esta hora definitiva y determinante (Mt 26,45; Mc 14,35; Lc 22,53; Jn 7,30; 12,27; 17,1). Toda la vida del Señor se verá dominada por la hora suprema y la deseará con todo el corazón: «Con un bautismo he de ser bautizado, y ¡cómo me siento urgido hasta que se realice!» (Lc 12,50). Y «la víspera de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Aquel viernes, nuestro Redentor entregará su espíritu a las manos del Padre, y desde aquel momento su misión ya cumplida pasará a ser la misión de la Iglesia y de todos sus miembros, animados por el Espíritu Santo.

A partir de la hora de Getsemaní, de la muerte en la Cruz y la Resurrección, la vida empezada por Jesús «guía toda la Historia» (Catecismo de la Iglesia n. 1165). La vida, el trabajo, la oración, la entrega de Cristo se hace presente ahora en su Iglesia: es también la hora del Cuerpo del Señor; su hora deviene nuestra hora, la de acompañarlo en la oración de Getsemaní, «siempre despiertos —como afirmaba Pascal— apoyándole en su agonía, hasta el final de los tiempos». Es la hora de actuar como miembros vivos de Cristo. Por esto, «al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas” permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la Hora de Jesús sigue presente en la Liturgia de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia n. 2746).

4 de abril Benito el Negro, monje

4 de abril

Benito el Negro, monje
(1526-1589)


Benito de san Filadelfo, llamado el Negro o el Moro, porque era hijo de padres africanos y esclavos -quizás nubios- que trabajaban en una propiedad cercana a Messina. Siciliano de nacimiento, nació también como ellos en la esclavitud y se sabe que de niño fue pastor.

Su amo le dio la libertad; compró un par de bueyes con sus ahorros y trabajó por su cuenta.

A los veintitantos años se unió a un grupo de eremitas franciscanos, convirtiéndose a partir de entonces en un fidelísimo seguidor del ejemplo del santo de Asís.

Por razones no muy claras para la historia, aquel grupo se dispersó en torno al año 1564 y, dependiendo del biógrafo que se lea, Benito funda o llama a las puertas de un convento. Sea lo que fuere, se le ve hecho todo un franciscano en el convento llamado Monte-Pellegrino, a poca distancia de Palermo. Eso sí, como no ha aprendido a leer ni a escribir, trabaja en la cocina de los frailes como hermano lego.

En todas las épocas sucede que al hombre le gustó la buena mesa y disfrutar de manjares suculentos y los frailes no son especiales para eso. Es verdad que la disciplina franciscana regula el disfrute de los alimentos y recorta apetencias nobles en honor de la virtud y en procura de méritos para el fraile y para la Iglesia; pero, por lo que cuentan, no estaba el convento a la altura de esas exigencias en aquel tiempo.

Fue Benito un cocinero especial. ¿Qué bien condimentados guisos saldrían del anafe del fraile negro? ¿Qué exquisitos postres angélicos preparó la cocina del repostero de color del carbón? ¿Qué deleitables menús saldrían de las manos recias y teñidas del cocinero lego? La historia culinaria no hace memoria de ello. La singularidad de Benito estriba en que, además de ser buen cocinero, es admirable por su piedad, por su humildad y por las curaciones milagrosas que prodigaba.

En el año 1578, los frailes le eligen superior del convento a pesar de ser sólo lego y no tener conocimientos de letras ni experiencia en el gobierno. El hecho tiene su importancia y da idea de por donde iban las ideas y la vida del fraile que fue en un tiempo esclavo y sigue siendo analfabeto. Desde luego no fue elegido para el cargo por los buenos platos que preparó cuando era guisandero; algo más debieron ver y buscar aquellos buenos frailes en la persona del lego. Costó mucho convencerle para que aceptara y quizá, luego, más de un fraile se arrepintió de haberle convencido, porque llegó a establecer la interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.

Más tarde pasó a ser maestro de novicios y, según cuentan, otra vez cocinero, que era lo que él amaba. Fue, en el sentido más estricto, un santo entre pucheros. ¿Qué importa el color? La gente enferma asaltaba la cocina conventual, la del Negro, para pedirle la curación por su rezo infalible y su gesto de taumaturgo entre los humos del fogón, los olores de las ollas, el vaho de las cacerolas y las mondas del día. Fue un hombre de una bondad extraordinaria y de una oración sublime.

3 abr. 2014

Santo Evangelio 3 de Abril de 2014

Día litúrgico: Jueves IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 5,31-47): En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios. 

»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».


Comentario: Rev. D. Miquel MASATS i Roca (Girona, España)
Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido

Hoy, el Evangelio nos enseña cómo Jesús hace frente a la siguiente objeción: según se lee en Dt 19,15, para que un testimonio tenga valor es necesario que proceda de dos o tres testigos. Jesús alega a favor suyo el testimonio de Juan el Bautista, el testimonio del Padre —que se manifiesta en los milagros obrados por Él— y, finalmente, el testimonio de las Escrituras.

Jesucristo echa en cara a los que le escuchan tres impedimentos que tienen para reconocerle como al Mesías Hijo de Dios: la falta de amor a Dios; la ausencia de rectitud de intención —buscan sólo la gloria humana— y que interpretan las Escrituras interesadamente.

El Santo Padre Juan Pablo II nos escribía: «A la contemplación del rostro de Cristo tan sólo se llega escuchando en el Espíritu la voz del Padre, ya que nadie conoce al Hijo fuera del Padre (cf. Mt 11,27). Así, pues, se necesita la revelación del Altísimo. Pero, para acogerla, es indispensable ponerse en actitud de escuchar».

Por esto, hay que tener en cuenta que, para confesar a Jesucristo como verdadero Hijo de Dios, no es suficiente con las pruebas externas que se nos proponen; es muy importante la rectitud en la voluntad, es decir, las buenas disposiciones. 

En este tiempo de Cuaresma, intensificando las obras de penitencia que facilitan la renovación interior, mejoraremos nuestras disposiciones para contemplar el verdadero rostro de Cristo. Por esto, san Josemaría nos dice: «Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios...—Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!».

3 de abril SAN RICARDO

3 de abril

SAN RICARDO

(† 1253)


El siglo XIII comienza en Inglaterra de modo humilde y oscuro y termina de modo esplendoroso. El secreto de este cambio debe hallarse —al menos desde el punto de vista de la historia eclesiástica— en la influencia de la predicación religiosa y en el ejemplo de austeridad de un gran santo.

El clamor de la predicación de los dominicos españoles despertó el letargo de los monjes ingleses y transmitió también directamente elementos de cultura debidos a la actividad personal de los hijos de Santo Domingo.

Pero la vida inglesa de principios del siglo XIII no se caracteriza solamente por la ignorancia y superstición en el pueblo, sino también por la ambición en los nobles, el regalismo del trono, el lujo desmedido en los jerarcas eclesiásticos y la apatía y relajación en los monasterios.

Entre el reinado de Juan —Felipe Augusto— Y el de Eduardo I hay un paso trascendental. Se pasa de una época de ignorancia colectiva a otra de predominio universitario. Se corrigen excesos autoritarios, se estimula el espíritu de actividad intelectual y se impone en la vida cristiana y en los señores eclesiásticos una mayor sobriedad de costumbres. Entre esas dos épocas hay un período, que es el reinado de Enrique III; pero quien ha suscitado en gran parte esta evolución y este cambio, radicado en el sentimiento religioso de aquella sociedad, es un obispo inglés descendiente de una familia de sencillos labradores: San Ricardo.

Sus virtudes características podrían reducirse a estas tres palabras: austeridad, caridad y energía.

En medio de una sociedad en que los obispos eran "lores" y amantes de las grandezas humanas y los monjes abundaban en la prosperidad y hasta en el lujo, él pasó hambres, amó y practicó la pobreza, se vio desprovisto incluso, de casa en que vivir y por fin murió en un hospicio para sacerdotes pobres y peregrinos.

A pesar de este tenor de vida austero y duro, sus sentimientos de caridad para con el pueblo fueron bien conocidos, captando el afecto de sus súbditos. Hasta con los más insignificantes animales demostraba la delicadeza de su corazón y, cuando pretendían prepararle para comer unos pequeños pajarillos, los rechazaba diciendo. "Pobres avecillas que han de morir para servirme de alimento, no quiero ser la causa de que tengan que morir sin haber cometido delito alguno".

Pero, al mismo tiempo, es sorprendente que un temperamento tan delicado fuera, sin embargo, enérgico e intransigente cuando se enfrentaba con la inmoralidad o la avaricia.

Quizá el ambiente de su familia campesina, acostumbrada a vivir en contacto con la naturaleza, fue una base para estos sentimientos, al parecer encontrados: El campo enseña a ser llanos y rectilíneos como la realidad de la misma naturaleza y, al mismo tiempo, fomenta los sentimientos de ternura para con los pájaros y de solidaridad y fraternidad con los vecinos.

La casa de sus padres estaba en Wyche, y allí nació Ricardo en 1197. Pronto murieron sus padres, y él, el menor de los dos hermanos, se dedicó a la labranza, trabajando como humilde labriego para rescatar la pequeña hacienda de sus antepasados, puesta en ruina por su negligente tutor.

Dejando en manos de su hermano Roberto la fortuna conseguida y la posibilidad de un casamiento con una rica doncella, se marchó a Oxford para comenzar una nueva vida. En la Universidad estudió con tesón, pero en su persona no hubo cambio de modo de ser. Conoció la pobreza y hasta el hambre, y, por no tener siquiera medios para encender un fuego con que calentarse durante el invierno, tenía que correr por los campos para mantener el calor natural.

La providencia de Dios prepara desde la juventud a los hombres que han de desempeñar más tarde una alta misión. El recuerdo de los días duros de sus años de estudiante y la costumbre adquirida de soportar las dificultades cotidianas habrían de ser una gran experiencia para el más tarde obispo de Chichester.

Especialmente en un siglo medieval en que, junto a las condiciones casi miserables de las clases más numerosas de la sociedad, aparecía el lujo exorbitante de los grande señores, esta preparación del joven Ricardo había de ser muy fructuosa.

Sus mejores maestros fueron franciscanos, como Grosseteste, y dominicos. Estos, que llegaron a Oxford en 1221, pasaron pronto del común concepto de frailes "mendicantes" a la opinión general de hombres de ciencia.

Después de una corta estancia en París, Ricardo volvió a Oxford para graduarse, consiguiendo el título académico de M. A. (Master in Art) y de allí pasó a Bolonia, considerada entonces como la más importante escuela de Leyes, y, después de siete años de estudio, consiguió el doctorado en derecho canónico.

Volvió, pues, a Oxford, en donde inmediatamente fue nombrado canciller de la Universidad y, al mismo tiempo, canciller de dos obispos amigos suyos: el de Canterbury, Edmundo Rich, y el de Lincoln, su antiguo profesor Grosseteste.

La intimidad con su maestro, el santo obispo de Canterbury, fue tal que su confesor, el dominico Ralph Bocking, pudo decir de ellos: "Cada uno era el apoyo del otro; el maestro, de su discípulo, y el discípulo, de su maestro; el padre, de su hijo, y el hijo, de su padre espiritual".

Este apoyo a su obispo y amigo se manifestó especialmente con motivo de las dificultades creadas por el rey Enrique III, que se apoderaba de los beneficios eclesiásticos vacantes. Estos disgustos, que llevaron a la tumba a San Edmundo Rich, fueron otra experiencia providencial para el apostolado futuro de San Ricardo.

Se retiró a Orleáns, en donde enseñó como profesor durante dos años y allí fue ordenado sacerdote en 1243.

Sus primeros ministerios sacerdotales fueron como párroco en Deal, en Inglaterra, pero pronto fue llamado de nuevo a la Cancillería de Canterbury por el nuevo obispo Bonifacio de Saboya.

Pasado un año sólo de su ordenación sacerdotal, fue nombrado obispo de Chichester por el arzobispo de Canterbury, pero su nombramiento chocó con las apetencias absolutistas del rey.

En efecto, Enrique III, presionando sobre los sagrados cánones, obtuvo en principio la elección de Roberto Passelewe para ocupar la silla de Chichester, vacante por la muerte del obispo Ralph Neville, pero el arzobispo de Canterbury se opuso enérgicamente y, convocando el Cabildo de sus sufragáneos, decidió el nombramiento de Ricardo. El favorito del rey, según Mateo de París, era un hombre que "había conseguido el apoyo del monarca gracias a injustos manejos con los que había aumentado el erario real en unos millares de marcos".

La historia humana aún sigue llena de semejantes injusticias; pero la providencia de Dios guía a sus elegidos por caminos maravillosos.

A pesar de su legítimo nombramiento no pudo tomar posesión de su silla 'hasta un año después. El rey Enrique III recibió airado su elección y se apropió todos los beneficios eclesiásticos de la diócesis, negándose a reconocerle como legítimo obispo. Una vez más los intentos absolutistas de los poderes civiles se manifestaban en la historia inglesa del siglo XIII.

Pero el papa Inocencio IV, que a la sazón presidía el concilio de Lyón, le ratificó y consagró personalmente el 5 de marzo de 1245.

A pesar de ello el rey dio órdenes de que se le cerraran todas las puertas a su regreso a Chichester, prohibiendo, además, que se le facilitara casa o dinero. Así pues, se encontró con las cancelas cerradas a su llegada al palacio episcopal y hasta los que de buen grado le hubieran ofrecido hospedaje rehuyeron recibirle por temor a la venganza del rey.

Como un vagabundo caminó por su diócesis hasta que Dios dispuso que un buen sacerdote, Simón de Tarring, le abriera su puerta y, según escribe Bocking, "Ricardo aceptó este techo hospitalario como un forastero que se calienta junto al corazón de un amigo".

Para comprender este estado de cosas en el siglo XIII, es preciso recordar que el alto poder alcanzado por el cristianismo a partir del siglo XI tuvo sus raíces en el creciente prestigio del Papado. El hundimiento de la Casa de Hoenstaufen inclinó el poder temporal de los Papas hacia Francia, que tradicionalmente había sido un buen refugio en los momentos de crisis. La rivalidad entre Inglaterra y Francia tuvo sus más estridentes manifestaciones en la acentuación del nacionalismo inglés y en la resistencia del trono a aceptar las decisiones de los Sumos Pontífices. La actitud del monarca de Inglaterra frente a la consagración de San Ricardo por el papa Inocencio IV no es más que un ejemplo en la larga lista de intransigencias e intromisiones de los monarcas ingleses medievales en los asuntos eclesiásticos. Una atmósfera bien propicia para la preparación del gran cisma anglicano. En realidad, todos los grandes cismas, como los acontecimientos históricos, han sido la consecuencia de largos períodos de preparación de materiales colectivos.

Pero Cristo dio a su Iglesia no sólo el derecho de enseñar (ius docendi) y el derecho de santificar (ius sanctificandi), sino también el derecho de gobernar (ius gubernandi et regendi), y este poder, como los otros mencionados, es una prerrogativa que los poderes seculares han de respetar. "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado". "El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros recibe, a Mí me recibe."

Nuevas pruebas vinieron sobre San Ricardo apenas reconocido como obispo de Chichester. Durante dos años trabajó como obispo misionero. Visitó las chozas de los pescadores y las casas de los humildes, viajando casi siempre a pie, desprovisto de todo.

Durante este período de su vida se celebraron los famosos sínodos, cuyos estatutos son conocidos con el nombre de "Constituciones de San Ricardo", y parece imposible pensar que esto se realizara en condiciones tan llenas de dificultades. Estas "Constituciones" recogen los abusos más comunes en su época, conocidos personalmente por él mismo y atacados y condenados con extraordinaria energía. En realidad, la entereza de carácter no está reñida con la bondad y la caridad paternal. San Beda el Venerable, comentando cómo las turbas seguían a Jesús, dice que precisamente las dos cualidades que el pueblo demanda en sus jefes son: la bondad y la autoridad; la bondad porque los purifica. Son desgraciados y necesitan comprensión, y la autoridad porque son débiles y necesitan donde apoyarse.

San Ricardo conoció el momento crítico en que le tocó vivir. Los tres principales errores religiosos del siglo XIII, sobre la propiedad, sobre la autoridad (planteado por los fraticelli) y sobre el matrimonio (sustentado por Dulcino en Italia), llegaban a Inglaterra apoyados por el exceso de nacionalismo. Hasta los legados pontificios eran recibidos con críticas en la corte inglesa. La labor de contención de San Ricardo fue decisiva no sólo en su diócesis, sino sobre todo el país.

Es curioso comprobar que todas las grandes herejías religiosas traen como consecuencia trastornos sociales en la vida de los pueblos. Estos tres mismos errores religiosos del siglo XIII sobre la propiedad, la autoridad y el matrimonio podrían ser considerados como las fuentes de tres grandes "herejías" sociales de nuestro tiempo: el comunismo, el anarquismo y el naturalismo. En realidad, puede decirse con razón que todas las revoluciones han comenzado por la teología, la filosofía y los errores ideológicos.

El apostolado de San Ricardo de Wyche, obispo de Chichester, fue una continua defensa del derecho frente al abuso y de la doctrina del Evangelio frente al nepotismo reinante. Solía decir que Cristo no dio la primacía de su Iglesia a su pariente San Juan, sino a San Pedro, que no pertenecía a su familia. Las ideas se impusieron como consecuencia de su educación fundamental por la enseñanza de los dominicos. Es interesante el ver que, al final de este siglo, se alza en Inglaterra la abadía de Westminster, considerada como el predominio de las ideas profundas sobre la concepción superficial de la vida de comienzos del mismo siglo. Un símbolo de ideología y de tendencia a la libertad del espíritu.

Pero, junto a esta energía de carácter, sus ocho años de obispado fueron también una continua prueba de su ardiente caridad con los humildes y de su espíritu de austeridad para consigo mismo. Mientras otros se regalaban en fiestas y banquetes, él conservaba siempre una gran frugalidad en sus comidas. Aun cuando el rey, amenazado por la excomunión, reconoció su legitimidad y devolvió algunos de sus bienes a su iglesia, él continuó su mismo tenor de vida. Esta sencillez de costumbres y su acendrada caridad y amabilidad fueron, sin duda, las causas principales por que su pueblo le amó con sincero afecto. La mayoría de sus muchos milagros fueron hechos a petición de los humildes.

Murió a los cincuenta y cinco años, en una casa para pobres sacerdotes, Mais-Dieu, rodeado de sus discípulos, y fue canonizado nueve años después. Su fiesta se celebra en las diócesis de Westminster, Birmingham y Southwark.

JESÚS M. BARRANQUERO

2 abr. 2014

Santo Evangelio 2 de Abril de 2014

Día litúrgico: Miércoles IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 5,17-30): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios. 

Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. 

»En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado».



Comentario: Rev. D. Francesc PERARNAU i Cañellas (Girona, España)
En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna

Hoy, el Evangelio nos habla de la respuesta que Jesús dio a algunos que veían mal que Él hubiese curado a un paralítico en sábado. Jesucristo aprovecha estas críticas para manifestar su condición de Hijo de Dios y, por tanto, Señor del sábado. Unas palabras que serán motivo de la sentencia condenatoria el día del juicio en casa de Caifás. En efecto, cuando Jesús se reconoció Hijo de Dios, el gran sacerdote exclamó: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia, ¿qué os parece?» (Mt 26,65).

Muchas veces, Jesús había hecho referencias al Padre, pero siempre marcando una distinción: la Paternidad de Dios es diferente si se trata de Cristo o de los hombres. Y los judíos que le escuchaban le entendían muy bien: no era Hijo de Dios como los otros, sino que la filiación que reclama para Él mismo es una filiación natural. Jesús afirma que su naturaleza y la del Padre son iguales, aun siendo personas distintas. Manifiesta de esta manera su divinidad. Es éste un fragmento del Evangelio muy interesante de cara a la revelación del misterio de la Santísima Trinidad.

Entre las cosas que hoy dice el Señor hay algunas que hacen especial referencia a todos aquellos que a lo largo de la historia creerán en Él: escuchar y creer a Jesús es tener ya la vida eterna (cf. Jn 5,24). Ciertamente, no es todavía la vida definitiva, pero ya es participar de la promesa. Conviene que lo tengamos muy presente, y que hagamos el esfuerzo de escuchar la palabra de Jesús, como lo que realmente es: la Palabra de Dios que salva. La lectura y la meditación del Evangelio ha de formar parte de nuestras prácticas religiosas habituales. En las páginas reveladas oiremos las palabras de Jesús, palabras inmortales que nos abren las puertas de la vida eterna. En fin, como enseñaba san Efrén, la Palabra de Dios es una fuente inagotable de vida.

2 de abril SAN FRANCISCO DE PAULA

2 de abril

SAN FRANCISCO DE PAULA

(† 1508)


Al alborear el 27 de marzo de 1416, en un caserío de Paola, pequeño centro urbano del reino de Nápoles, hubo un gozo desbordado. Santiago de Alessio y su esposa Viena contemplaron embelesados la sonrisa de su primogénito, ardientemente deseado por espacio de tres lustros. Convencidos de haberlo obtenido del cielo por intercesión del serafín de Asís, le impusieron el nombre de Francisco. La leyenda aureoló las sienes del recién nacido con guirnaldas de poesía y de música. Una luz esplendorosa rasgó las tinieblas de la noche. Se oyeron en los aires armonías misteriosas. ¡Feliz presagio! Francisco disiparía las tinieblas que ensombrecían el momento histórico en que le tocó vivir con los rayos luminosos de su santidad de taumaturgo, y apaciguaría los ánimos enconados con el acento persuasivo de su voz de profeta.

En el regazo de la madre el niño aprendió a conocer a Jesús y María, que serían los amores de toda su vida. Sus primeros silabeos tuvieron sonoridades de oración, y fueron actos de virtud sus primeras acciones infantiles. También aprendió a leer. Las primeras letras constituyeron todo su caudal de cultura en una época de espléndido renacimiento. Una alevosa enfermedad amenazó su vista; mas, antes de que perdiera la posibilidad de contemplar las bellezas de la creación, sus padres le ofrecieron a San Francisco de Asís y el milagro se obró. Contaba el niño trece años cuando, en 1428, a fuer de agradecido y cumpliendo el voto, se vistió de oblato en el convento franciscano de San Marco Argentano. Y en esta escuela perfeccionó el silabario de su futura providencial actuación. Los frailes entreveían gozosos en el ejemplar jovenzuelo un perfecto dechado de vida franciscana. Mas muy otros eran los designios de Dios.

Concluido felizmente el año de oblación, Francisco retorna a la casa paterna y muy luego emprende una peregrinación a los lugares franciscanos de Umbría. Allí, tras las huellas del Pobrecillo, se disiparon las últimas dudas sobre su peculiar vocación de soledad y penitencia. Durante el viaje el joven peregrino dio pruebas inequívocas de una voluntad fuerte y decidida, de un ánimo emprendedor y generoso, de un carácter capaz de cualquier sacrificio.

Al retorno, su morada no fue el hogar doméstico, sino una cueva de las agrestes cercanías de Paola. Cubrió su cuerpo con burdo sayal y lo ciñó con nudosa cuerda. Por lecho escogió la desnuda tierra y por almohada una dura piedra. Las hierbas crudas del campo fueron su comida, y la fresca agua del cercano arroyuelo su bebida. Así, segregado de todo y de todos, velaba las armas y templaba su espíritu para las futuras batallas.

Al cabo de cinco años de aislamiento descubren su paradero y se establecen los primeros contactos con admiradores y discípulos. Al lado de su desvencijada cabaña se construyen otras; y todas rodean una humilde capillita. Aquellos primeros discípulos eran pobres e incultos como Francisco. El pueblo les dio luego un nombre: Los ermitaños de fray Francisco. Y éste les propuso, en lecciones sorprendentes, un programa de renovación individual y social, primer germen de la nueva regla monástica. En Paterno Cálabro (1444) y en Spezzano (1453) se organizaron otras comunidades. Mientras tanto la fama del ermitaño de Paola había pasado ya el estrecho de Mesina y le llaman a Sicilia. A pie, y con el bordón de peregrino en la mano, llega en 1464 a orillas del mar. Dícele al barquero: "Hermano, ¿me pasa usted?" Y el barquero, irónico, le responde: "Señor. ¿me paga usted"?. "No tengo dinero para pagarle", replica el ermitaño. "Ni yo barca para pasarle", contestó el otro. Sigue un brevísimo silencio. El siervo de Dios se postra sobre la arena y bendice las olas; extiende sobre ellas su manto y lo levanta por el borde para que le sirva de vela; pone su pie sobre la parte desplegada y, ante el natural asombro de todos, atraviesa el estrecho, maniobrando diestramente su manto según las corrientes del viento. Así sucedió a mediodía, a la presencia de numerosos testigos. La historia, la poesía, la pintura, la música han perpetuado el recuerdo de un hecho tan excepcional, y el culto cristiano venera al protagonista del mismo como protector de los navegantes.

Las fundaciones de los ermitaños de Paola se desarrollan en un ambiente de simpatía. Y es que Francisco supo imprimirles un matiz propio para satisfacer una apremiante necesidad de los tiempos y lugares: socorrer material y moralmente unas poblaciones abandonadas en uno y otro sentido, empobrecidas por las guerras, devastadas por la carestía y la peste y desvergonzadamente explotadas por los gobernantes. Al frente de este dinámico equipo, con que se enriquecía la Iglesia, desplegaba un fecundo apostolado social por medio de la caridad, que fue el santo y seña de la nueva Orden religiosa bajo el escudo simbolizado en la mágica palabra Charitas. Asimismo se hizo pregonero del mensaje de la penitencia evangélica, compendiada en la abstinencia absoluta y perpetua sancionada con un voto solemne. Y fue éste un remedio muy eficaz contra la gangrena social del siglo XV. El Renacimiento, con sus resabios de paganismo, arrastraba a la sensualidad, al afeminamiento y al desmoronamiento de la ascética cristiana. La cruzada penitencial de los "mínimos" produjo opimos frutos.

Para realizar convenientemente la importante misión confiada a Francisco, Dios le distinguió con el don de milagros, que forman como la trama de toda su vida y un caso único en la hagiografía católica, tan rica de taumaturgos. El milagro, en efecto, florecía donde él ponía sus plantas, donde tocaba su mano o se escuchaba su voz. La leyenda ha inventado unos y adulterado otros; pero la historia ha conservado en sus anales muchísimos de autenticidad indiscutible. Y esta floración de milagros animaba los hechos sorprendentes que iban entretejiendo su historia y se proyectaba en los acontecimientos religiosos, sociales y políticos, en que el siervo de Dios intervenía, ilustrándolos y embelleciéndolos.

Mas este don taumatúrgico ahondaba sus raíces y tenía su marco propio en las sólidas virtudes que hermoseaban el alma de nuestro biografiado. A cualquiera será fácil entretejer con ellas un gracioso ramillete. La caridad polifacética fue su estrella polar, la luz que iluminó los senderos de su vida. La humildad alegre y generosa le facilitó la convivencia amigable y serena con el pueblo desvalido y le preservó de los vértigos de la grandeza y del fausto de las cortes en que vivió. Su austeridad heroica proyectaba en un mundo lleno de apetencias las armonías de la cruz redentora. La oración y la contemplación, manteniendo el contacto con la gracia, hizo de su vida un acto continuo de adoración al Padre que está en los cielos.

Así se nos presenta la silueta señera del fundador de los mínimos con la huella indeleble que imprimió en las páginas de la historia del Renacimiento. Francisco de Paula no fue sacerdote, pero sí un reformador auténtico, que supo imprimir a toda su actividad una tonalidad marcadamente social. Fue el defensor valiente y decidido de los pobres y de los oprimidos, participando en sus penas y alentándoles en sus dificultades. No sólo con su conducta —que era un reto continuado a los desórdenes de la sociedad—, sino también con su protesta vibrante e irreducible ante los atropellos de las autoridades. "La tiranía no place a Dios bendito", era como un estribillo monótono en sus labios. Y lo mismo lo repetía al señor feudal sin conciencia y a los barones y ministros reales sin entrañas, que a los reyes desaprensivos e insolentes. "¡Ay de los que gobiernan y mal gobiernan! ¡Ay de los ministros de los tiranos! ¡Ay de los administradores de justicia que olvidan que el fin principal de la autoridad es el bien común!" Francisco era valiente e intrépido en sus diatribas. No temía a nadie. Obraba por amor, y la caridad es la antítesis de la cobardía.

Los ecos de aquellas amonestaciones terroríficas, que resonaban por toda Calabria, llegaron hasta la corte de Nápoles. Fernando I el Bastardo (1458-1494), instigado por sus consejeros áulicos, quiso poner un límite a la libertad apostólica del pregonero evangélico. Mas también él hubo de inclinarse rendido ante la fuerza avasalladora de la santidad y del milagro. En febrero de 1482 le recibe con los laureles del triunfo en su misma corte; y el siervo de Dios pasa algunos días en el palacio real con la misma sencillez y pobreza con que viviera en la cueva más apartada. Los biógrafos nos han conservado algunos episodios con auténtico sabor de florecillas acerca de esta morada palaciega. Sin doblegarse ante los halagos y las promesas, supo reprender la conducta poco recomendable del soberano. En cierta ocasión le presenta en bandeja de plata un montón de monedas de oro destinadas a la fábrica del convento de la capital. El Santo las rechaza con cortesía. Y, fijando sus ojos escrutadores y profundos en el semblante del rey, exclama: "Majestad, vuestro pueblo vive oprimido; el descontento es general; la adulación de los cortesanos impide que los gritos de tantas desgracias lleguen a vuestro augusto trono. Acordaos, Majestad, que Dios ha puesto el cetro en vuestras manos para procurar la felicidad y bienestar de los vasallos y no para satisfacer vuestras ansias desmesuradas de orgullo y vanidad. ¿O creéis, por ventura, que no existe el infierno para los que mandan? Ese oro que me ofrecéis no os pertenece; es el precio injusto del peso insoportable de las contribuciones que está desangrando las venas de vuestros vasallos y clama venganza al cielo". Y sin terminar estas encendidas frases ni apartar su mirada del augusto interlocutor, toma una moneda de la bandeja y, cual si fuera un juguete, la desmenuza entre sus dedos y brotan gotas de sangre que salpican el manto real, El rey tiembla de pies a cabeza; dobla su rodilla y promete administrar sus Estados con caridad y justicia.

Mientras Francisco recorría los agrestes senderos de Calabria derramando bondades y regalando salud a los cuerpos y a las almas, y hasta restituyendo la vida con milagros, la fama de sus estrepitosos prodigios llegó a la corte francesa. Luis XI (1461-1483) pasaba los años de su vejez prisionero voluntario en el alcázar de Plessis-du-Parc (Tours). Ante el terror de la muerte había movilizado todas las fuerzas espirituales de la nación para implorar la salud corporal. En vano. Como último recurso manda una embajada al taumaturgo de Paola, confiando que sola su presencia le otorgaría la suspirada gracia. Mas éste, que había descubierto en aquel gesto sólo interesados fines temporales, se niega a satisfacer sus deseos. Intervienen el rey de Nápoles y el papa Sixto IV, y se rinde ante la voluntad de Dios. Tenía sesenta y nueve años de edad. Sin abandonar su bordón de peregrino emprende a pie el viaje, dejando para siempre su patria. Antes de abandonar el último altozano, desde el cual pudo contemplar las aldeas de Calabria diseminadas en la campiña y en las laderas de los montes, una honda pena le oprimió el corazón. Con los ojos humedecidos por las lágrimas, extiende hacia lo alto sus cansados brazos e implora para aquellas pobres gentes días más felices y afortunados.

Finalmente, a principios de 1483 se hace a la vela en Ostia con rumbo a Francia. En el agitado golfo de Lyon calmó una fiera tempestad y libró su embarcación del bajel pirata que la amenazaba. Su itinerario hasta Tours fue una marcha triunfal jalonada por el milagro. El aura popular que le precedía había creado en la corte un ambiente de confiado optimismo y le dispensó un recibimiento apoteósico. El rey, que entreveía ahora el día más feliz de su agitada existencia, apenas pudo pronunciar estas palabras entrecortadas por la emoción. "Prolongadme la vida, oh padre". Para eso precisamente le había llamado. Sin embargo, el taumaturgo no le obtuvo la salud corporal, de la que tanto había abusado con un gobierno cruel y despótico. Pero le recordó palabras de vida eterna, enseñándole a bien morir. "La vida de los reyes, sire, como la de cualesquiera de sus vasallos, está en la mano de Dios. Poned orden en vuestra conciencia y en vuestro Estado." Siguieron días de afectuosos e íntimos coloquios. El monarca pretendió colmar al Santo de sus augustas atenciones; pero no logró que habitara en el palacio, prefiriendo una cabaña en el parque real. Amaestrado por Francisco, se persuadió de la realidad inexorable de su destino terreno. En vez de la salud del cuerpo, había obtenido la del alma. Y el 30 de agosto de 1483 Luis XI, el rey más insolente de la época, murió más cristianamente de lo que había vivido. Fue el milagro que él no había pedido.

Si bien Francisco había soñado y escogido por su morada el desierto, la divina providencia dispuso que continuara su misión en la corte más fastuosa y mundana del siglo, trabajando por la pacificación y salvación de Europa. A la muerte de Luis XI, no regresa a su patria, sino que desde el cuartel general de Plessis-du-Parc, organizado ya en convento regular, fue el consejero de Carlos VIII y Luis XII en momentos históricos y decisivos para el reino. En Francia, como en Italia, el Santo fue constantemente el abanderado y defensor de los oprimidos; estuvo siempre de parte de ellos, porque siempre estaba de la parte de Cristo. Un ejemplo luminoso de esta conducta nos lo ofrece su encuentro en la corte francesa con una mujer, nacida para el dolor y el sacrificio: Santa Juana de Valois, la hija no amada de Luis XI y la esposa despreciada de Luis XII, fundadora de la Orden de la Santísima Anunciada. Nuestro Santo fue para la desventurada reina consejero iluminado, amigo fiel, ángel del consuelo en el áspero calvario de su vida. En definitiva, un rasgo delicadamente humano que se trenza con la austeridad algo selvática del santo anacoreta.

San Francisco intervino asimismo en la vida política y militar española, ofreciendo nuevos perfiles a la catolicidad de su misión. Ya desde joven había reaccionado contra el peligro de la media luna. Y mientras los soldados del rey de Nápoles combatían en Otranto (1480) contra el asalto del Islam, él y sus ermitaños movilizaron las fuerzas imponderables de sus oraciones, sacrificios y consejos a favor de las armas cristianas. Aquellos entusiasmos juveniles no desaparecieron en la vejez, cuando la cruzada se combatía en las vegas andaluzas. Ahora el taumaturgo de Paola, desde la corte de Francia, se pone al lado de los cruzados hispanos. Las armas de Fernando V tropiezan con serias dificultades a las puertas de Málaga; el asedio se prolonga; los asaltos a la fortaleza se multiplican inútilmente; cunde el desaliento y se plantea la retirada. En aquel crítico momento se presentan ante el rey dos religiosos enviados por el solitario de Plessis con una embajada: es necesario continuar sin titubeos ni vacilaciones la cruzada contra el Islam. A los tres días —era el año 1487— el rey, al frente de sus tropas victoriosas, entra en la ciudadela. Y el pueblo saludó a los embajadores como "frailes de la Victoria" y Fernando V les ofreció una residencia. Nuestra Señora de las Victorias perpetúa en la capital malagueña el recuerdo. Así San Francisco de Paola, representado en sus religiosos, entraba en la vida nacional al sonido de las trompetas de la victoria, hallándose presente al remate triunfal de la Reconquista. Y, en afanes apostólicos, los mínimos extendieron su benéfica aportación al Nuevo Mundo hispano, pues el jefe espiritual de la primera expedición de las carabelas de Colón (1492) fue el mínimo aragonés fray Bernardo Boyl. Y en esta proyección americana latía el espíritu del fundador,

En el atardecer de su laboriosa jornada no disminuyó la actividad bienhechora de consejero y orientador de conciencias. Seguía siempre en vanguardia defendiendo los intereses de Dios y de su Iglesia, mientras que el continuo e intenso ejercicio de las virtudes afinaba más y más su noble espíritu y lo enriquecía de tesoros de vida eterna. Por fin llegó la hora suprema. Todavía resonaban en sus oídos los ecos conmovedores de la pasión de San Juan que hiciera leer en su lecho de muerte, cuando el Viernes Santo de 1507, 2 de abril, el taumaturgo Francisco de Paula, silenciosamente, volaba al cielo. Así lo proclamó en seguida a voz en grito el pueblo de Tours. Así lo sancionó Dios con una lluvia de gracias y milagros. La corte de Francia se hizo intérprete de la voz común, y León X, el 1 de mayo de 1519, le decretó los honores de los altares. En esta memorable ocasión el Sumo Pontífice le proclamó ante la faz del mundo entero "enviado de Dios para iluminar, cual mística estrella, las tinieblas de su siglo". En realidad, la estrella que apareció en el cielo de Paola en la alborada del 27 de marzo de 1416 y sufrió un eclipse en Tours a mediodía del 2 de abril de 1507 continúa brillando en el firmamento de la Iglesia, después de haber iluminado con sus fulgores una de las épocas más turbulentas de la Historia y de haber dado a la edad del Renacimiento pagano matices de color de cielo.

MELCHOR DE POBLADURA, O. F. M. Cap.

1 abr. 2014

Si vivís de cara al Padre celestial, El os dará de sí


Jesús está conmigo, Dios está conmigo

Jesús está conmigo, Dios está conmigo

Cuarto domingo de Cuaresma. Reflexionar si nuestro corazón está realmente puesto en Dios o en nuestros criterios humanos. 
Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net


Cuando Jesús habla de los contrastes tan profundos que hay entre el modo de entender la fe por parte de sus contemporáneos, y la fe que Él les está proponiendo, no lo hace simplemente para que nosotros digamos: ¿Cómo es posible que esta gente teniendo tan claro no entendiesen nada? Jesús viene a fomentar en todos nosotros un dinamismo interior que nos permita cambiar de comportamiento y hacer que nuestro corazón se dirija hacia Dios nuestro Señor con plenitud, con vitalidad, sin juegos intermedios, sin andar mercadeando con Él.

La mentalidad de los fariseos, que también puede ser la nuestra, se expresa así: "Yo soy el pueblo elegido, por lo tanto yo tengo unos privilegios que recibir y que respetar". Sin embargo, Jesús dice: "No; el único dinamismo que va a permitir encontrarse con la salvación no es el de un privilegio, sino el de nuestro corazón totalmente abierto a Dios". Éste es el dinamismo interior de transformarme: orientándome hacia Dios nuestro Señor, según sus planes, según sus designios.

Esto tiene que hacer surgir en mi interior, no el dinamismo del privilegio, sino el dinamismo de humildad; no el dinamismo de engreimiento personal, sino el dinamismo de ser capaz de aceptar a Dios como Él quiere. 

Una conversión que acepte el camino por el cual Dios nuestro Señor va llevando mi vida. No es un camino a través del cual yo manipule a Dios, sino un camino a través del cual Dios es el que me marca a mí el ritmo.
Lo que Jesús nos viene a decir es que revisemos a ver si nuestro corazón está realmente puesto en Dios o está puesto en nuestros criterios humanos, a ver si nosotros hemos sido capaces de ir cambiando el corazón o todavía tenemos muchas estructuras en las cuales nosotros encajonamos el actuar de Dios nuestro Señor. 

Más aún, podría ser que cuando Dios no actúa según lo que nuestra inteligencia piensa que debe ser el modo de actuar, igual que los contemporáneos de Jesús, que "se llenan de ira, y levantándose lo sacan de la ciudad", o cuando nuestro corazón no convertido encuentra que el Señor le mueve la jugada, podríamos enojarnos, porque tenemos un nombramiento, porque nosotros tenemos ante el Señor una serie de puntos que el Él tiene que respetar. Si pretendemos que se hagan las cosas sólo como yo digo, como yo quiero, ¿acaso no estamos haciendo que el Señor se aleje de nosotros?

Cuando nosotros queremos manejar, encajonar o mover a Dios, cuando no convertimos nuestro corazón hacia Él, poniendo por nuestra parte una gran docilidad hacia sus enseñanzas para que sea Él el que nos va llevando como Maestro interior, ¿por qué nos extraña que el Señor se quiera marchar? Él no va a aceptar que lo encajonen. Puede ser que nos quede una especie de cáscara religiosa, unos ritos, unas formas de ser, pero por dentro quizá esto nos deje vacíos, por dentro quizá no tenemos la sustancia que realmente nos hace decir: "Jesús está conmigo, Dios está conmigo." 

¿Realmente estoy sediento de este Dios que es capaz de llenar mi corazón? O quizá, tristemente, yo ando jugando con Dios; quizá, tristemente, yo me he fabricado un dios superficial que, por lo tanto, es simplemente un dios de corteza, un dios vacío y no es un dios que llena. Es un dios que cuando lo quiero yo tener en mis manos, me doy cuenta de que no me deja nada.

Debemos convertir nuestro corazón a Dios, amoldando plenamente nuestro interior al modo en el cual Él nos quiere llevar en nuestra vida. Y también tenemos que darnos cuenta de que las circunstancias a través de las cuales Dios nuestro Señor va moviendo las fichas de nuestra vida, no son negociables. Nuestra tarea es entender cómo llega Dios a nuestra existencia, no cómo me hubiera gustado a mí que llegase.

Si nuestra vida no es capaz de leer, en todo lo que es el cotidiano existir, lo que Señor nos va enseñando; si nuestra vida se empeña en encajonar a Dios, y si no es capaz de romper en su interior con esa corteza de un dios hecho a mi imagen y semejanza, «un dios de juguete», Dios va a seguir escapándose, Dios va a continuar yéndose de mi existencia.

Muchas veces nos preguntamos: ¿Por qué no tengo progreso espiritual? Sin embargo, ¡qué progreso puede venir, qué alimento puede tener un alma que en su interior tiene un dios de corteza! 

Insistamos en que nuestro corazón se convierta a Dios. Pero para esto es necesario tener que ser un corazón que se deja llevar plenamente por el Señor, un corazón que es capaz de abrirse al modo en el cual Dios le va enseñando, un corazón que es capaz de leer las circunstancias de su vida para poder ver por dónde le quiere llevar el Señor.

Dios no nos garantiza triunfos, no nos garantiza quitar las dificultades de la vida; los problemas de la existencia van a seguir uno detrás de otro. Lo que Dios me garantiza es que en los problemas yo tenga un sentido trascendente.

Que el Señor se convierta en mi guía, que Él sea quien me marque el camino. Es Dios quien manda, es Dios quien señala, es Dios quien ilumina. Recordemos que cuando nosotros nos empeñamos una y otra vez en nuestros criterios, Él se va a alejar de mí, porque habré perdido la dimensión de quién es Él, y de quién soy yo. 

Que esta Cuaresma nos ayude a recuperar esta dimensión, por la cual es Dios el que marca, y yo el que leo su luz; es Dios quien guía en lo concreto de mi existencia, y soy yo quien crece espiritualmente dejándome llevar por Él.

Santo Evangelio 1 de Abril de 2014



Día litúrgico: Martes IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 5,1-3.5-16): Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. 

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.



Comentario: Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch (Salt, Girona, España)
Jesús, viéndole tendido (...), le dice: ‘¿Quieres curarte?’

Hoy, san Juan nos habla de la escena de la piscina de Betsaida. Parecía, más bien, una sala de espera de un hospital de trauma: «Yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos» (Jn 5,3). Jesús se dejó caer por allí.

¡Es curioso!: Jesús siempre está en medio de los problemas. Allí donde haya algo para “liberar”, para hacer feliz a la gente, allí está Él. Los fariseos, en cambio, sólo pensaban en si era sábado. Su mala fe mataba el espíritu. La mala baba del pecado goteaba de sus ojos. No hay peor sordo que el que no quiere entender. 

El protagonista del milagro llevaba treinta y ocho años de invalidez. «¿Quieres curarte?» (Jn 5,6), le dice Jesús. Hacía tiempo que luchaba en el vacío porque no había encontrado a Jesús. Por fin, había encontrado al Hombre. Los cinco pórticos de la piscina de Betsaida retumbaron cuando se oyó la voz del Maestro: «Levántate, toma tu camilla y anda» (Jn 5,8). Fue cuestión de un instante.

La voz de Cristo es la voz de Dios. Todo era nuevo en aquel viejo paralítico, gastado por el desánimo. Más tarde, san Juan Crisóstomo dirá que en la piscina de Betsaida se curaban los enfermos del cuerpo, y en el Bautismo se restablecían los del alma; allá, era de cuando en cuando y para un solo enfermo. En el Bautismo es siempre y para todos. En ambos casos se manifiesta el poder de Dios por medio del agua.

El paralítico impotente a la orilla del agua, ¿no te hace pensar en la experiencia de la propia impotencia para hacer el bien? ¿Cómo pretendemos resolver, solos, aquello que tiene un alcance sobrenatural? ¿No ves cada día, a tu alrededor, una constelación de paralíticos que se “mueven” mucho, pero que son incapaces de apartarse de su falta de libertad? El pecado paraliza, envejece, mata. Hay que poner los ojos en Jesús. Es necesario que Él —su gracia— nos sumerja en las aguas de la oración, de la confesión, de la apertura de espíritu. Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos de luz.

San Hugo, Obispo, 1 de Abril

1 de abril

Hugo, Obispo


El obispo que nunca quiso serlo y que se santificó siéndolo. 

Nació en Valence, a orillas del Isar, en el Delfinado, en el año 1053. Casi todo en su vida se sucede de forma poco frecuente. Su padre Odilón, después de cumplir con sus obligaciones patrias, se retiró con el consentimiento de su esposa a la Cartuja y al final de sus días recibió de mano de su hijo los últimos sacramentos. Así que el hijo fue educado en exclusiva por su madre. 

Aún joven obtiene la prebenda de un canonicato y su carrera eclesiástica se promete feliz por su amistad con el legado del papa. Como es bueno y lo ven piadoso, lo hacen obispo a los veintisiete años muy en contra de su voluntad por no considerarse con cualidades para el oficio -y parece ser que tenía toda la razón-, pero una vez consagrado ya no había remedio; siempre atribuyeron su negativa a una humildad excesiva. Lo consagró obispo para Grenoble el papa Gregorio VII, en el año 1080, y costeó los gastos la condesa Matilde.

Al llegar a su diócesis se la encuentra en un estado deprimente: impera la usura, se compran y venden los bienes eclesiásticos (simonía), abundan los clérigos concubinarios, la moralidad de los fieles está bajo mínimos con los ejemplos de los clérigos, y sólo hay deudas por la mala administración del obispado. El escándalo entre todos es un hecho. Hugo -entre llantos y rezos- quiere poner remedio a todo, pero ni las penitencias, ni las visitas y exhortaciones a un pueblo rudo y grosero surten efecto. Después de dos años todo sigue en desorden y desconcierto. Termina el obispo por marcharse a la abadía de la Maison-Dieu en Clermont (Auvernia) y por vestir el hábito de san Benito. Pero el papa le manda taxativamente volver a tomar las riendas de su iglesia en Grenoble. 

Con repugnancia obedece. Se entrega a cumplir fielmente y con desagrado su sagrado ministerio. La salud no le acompaña y las tentaciones más aviesas le atormentan por dentro. Inútil es insistir a los papas que se suceden le liberen de sus obligaciones, nombren otro obispo y acepten su dimisión. Erre que erre ha de seguir en el tajo de obispo sacando adelante la parcela de la Iglesia que tiene bajo su pastoreo. Vendió las mulas de su carro para ayudar a los pobres porque no había de dónde sacar cuartos ni alimentos, visita la diócesis andando por los caminos, estuvo presente en concilios y excomulgó al antipapa Anacleto; recibió al papa Inocencio II -que tampoco quiso aceptar su renuncia- cuando huía del cismático Pedro de Lyon y contribuyó a eliminar el cisma de Francia.

Ayudó a san Bruno y sus seis compañeros a establecerse en la Cartuja que para él fue siempre remanso de paz y un consuelo; frecuentemente la visita y pasa allí temporadas viviendo como el más fraile de todos los frailes.

Como él fue fiel y Dios es bueno, dio resultado su labor en Grenoble a la vuelta de más de medio siglo de trabajo de obispo. Se reformaron los clérigos, las costumbres cambiaron, se ordenaron los nobles y los pobres tuvieron hospital para los males del cuerpo y sosiego de las almas. Al final de su vida, atormentado por tentaciones que le llevaban a dudar de la Divina Providencia, aseguran que perdió la memoria hasta el extremo de no reconocer a sus amigos, pero manteniendo lucidez para lo que se refería al bien de las almas. Su vida fue ejemplar para todos, tanto que, muerto el 1 de abril de 1132, fue canonizado solo a los dos años, en el concilio que celebraba en Pisa el papa Inocencio.

No tuvo vocación de obispo nunca, pero fue sincero, honrado en el trabajo, piadoso, y obediente. La fuerza de Dios es así. Es modelo de obispos y de los más santos de todos los tiempos.

Autor: Archidiósesis de Madrid