15 ago. 2015

Santo Evangelio 15 de agosto de 2015


Día litúrgico: 15 de Agosto: La Asunción de la Virgen María

Texto del Evangelio (Lc 1,39-56): En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

«Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador»

P. Abad Dom Josep ALEGRE Abad de Santa Mª de Poblet 
(Tarragona, España)


Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de Santa María en cuerpo y alma a los cielos. «Hoy —dice san Bernardo— sube al cielo la Virgen llena de gloria, y colma de gozo a los ciudadanos celestes». Y añadirá estas preciosas palabras: «¡Qué regalo más hermoso envía hoy nuestra tierra al cielo! Con este gesto maravilloso de amistad —que es dar y recibir— se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, lo humilde y lo sublime. El fruto más granado de la tierra está allí, de donde proceden los mejores regalos y los dones de más valor. Encumbrada a las alturas, la Virgen Santa prodigará sus dones a los hombres».

El primer don que te prodiga es la Palabra, que Ella supo guardar con tanta fidelidad en el corazón, y hacerla fructificar desde su profundo silencio acogedor. Con esta Palabra en su espacio interior, engendrando la Vida para los hombres en su vientre, «se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). La presencia de María expande la alegría: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44), exclama Isabel.

Sobre todo, nos hace el don de su alabanza, su misma alegría hecha canto, su Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador...» (Lc 1,46-47). ¡Qué regalo más hermoso nos devuelve hoy el cielo con el canto de María, hecho Palabra de Dios! En este canto hallamos los indicios para aprender cómo se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, y llegar a responder como Ella al regalo que nos hace Dios en su Hijo, a través de su Santa Madre: para ser un regalo de Dios para el mundo, y mañana un regalo de nuestra humanidad a Dios, siguiendo el ejemplo de María, que nos precede en esta glorificación a la que estamos destinados.

15 de Agosto la Asunción de nuestra Señora


15 de agosto
LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA

La vida de la Virgen es toda ella una fulgurante sucesión de divinas maravillas. Primera maravilla: su Inmaculada Concepción. Ultima maravilla: su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Y, entre la una y la otra, un dilatado panorama de gracia y de virtudes en el cual resplandecen como estrellas de primera magnitud su virginidad perpetua, su divina Maternidad, su voluntaria y dolorosa cooperación a la redención de los hombres.

 La perpetua virginidad de María y su divina Maternidad fueron ya definidos como dogmas de fe en los primeros siglos del cristianismo. La Inmaculada Concepción no lo fue hasta mediados del siglo XIX. Al siglo XX le quedaba reservada la emoción y la gloria de ver proclamado el dogma de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.

 Memorable como muy pocos en la historia de los dogmas aquel 1 de noviembre de 1950. Sobre cientos de miles de corazones, que hacían de la inmensa plaza de San Pedro un único pero gigantesco corazón —el corazón de toda la cristiandad—, resonó vibrante y solemne la voz infalible de Pío XII declarando ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.

 Esta suprema decisión del Romano Pontífice es el coronamiento de un proceso multisecular. Nosotros gustamos el dulce sabor de ese fruto sazonado de nuestra fe, pero su savia y sus flores venían circulando y abriéndose en el jardín de la Iglesia desde la más remota antigüedad cristiana.

 En la encíclica Munificentissimus Deus, que nos trajo la jubilosa definición del dogma, se hace un minucioso estudio histórico-teológico del mismo. Siglo tras siglo y paso por paso se va siguiendo con amoroso deleite el camino recorrido por la piadosa creencia hasta llegar, ¡por fin!, a la suprema exaltación de la definición ex cathedra.

 En efecto, ya desde los primeros siglos cristianos palpita esta verdad en el seno de la Iglesia. Es una verdad perenne como todas las contenidas en el sagrado arcano de la Revelación. Pero en el correr de los tiempos aquella suave palpitación primera fue acentuándose y haciéndose cada vez más fuerte, más insistente, más apremiante.

 Comienza la encíclica recordando un hecho. Nunca dejaron los pastores de la Iglesia de enseñar a los fieles, apoyándose en el santo Evangelio, que la Virgen Santísima vivió en la tierra una vida de trabajos, angustias y preocupaciones; que su alma fue traspasada por el fiero cuchillo profetizado por el santo anciano Simeón; que, por fin, salió de este mundo pagando su tributo a la muerte como su Unigénito Hijo... ¡Ah! Pero eso no impidió ni a unos ni a otros creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro ni fue reducido a cenizas el augusto tabernáculo del Verbo divino.

 Esa misma creencia, presente y viviente en las almas, fue tomando formas tangibles y grandiosas dimensiones a medida que la tierra se fue poblando de templos erigidos a la Asunción de la Virgen María. Sólo en España son 28 las catedrales consagradas a la Virgen en ese su sagrado misterio. Y si los templos son muchos, infinitamente más son las imágenes que pregonan a voces el triunfo de la Madre de Dios. Añadid ahora las ciudades, diócesis y regiones enteras, así como Institutos religiosos que se han puesto bajo el amparo y protección de María en esta gloriosa advocación, y tendréis un definitivo argumento de la pujanza de dicha creencia en la masa del pueblo cristiano.

 También los artistas, fieles intérpretes del pensamiento cristiano a través de los tiempos, han rivalizado a su vez en la interpretación plástica del gran misterio asuncionista. Ya en el famoso sarcófago romano de la iglesia de Santa Engracia, en Zaragoza, muy probablemente de principios del siglo IV, aparece una de estas representaciones. El tema se repite después con una profusión deslumbradora en telas, en marfiles, en bajorrelieves, en mosaicos. Basta recordar los nombres de Rafael, Juan de Juanes, el Greco, Guido Reni, Palma, Tintoretto, el Tiziano... Y no son todos. A la misma altura y con la misma elocuencia que ellos con sus pinceles, proclamaron su fe con su gubia nuestros incomparables imagineros del Siglo de Oro, reproduciendo el episodio en retablos desbordantes de luz y colorido.

 Pero de modo más espléndido y universal aún —comenta la encíclica de la definición— se manifiesta esta fe en la sagrada liturgia. Ya desde muy remota antigüedad se celebran en Oriente y Occidente solemnes fiestas litúrgicas en conmemoración de este misterio. Y de ellas no dejaron nunca los Santos Padres de sacar luz y enseñanzas, pues sabido es que la liturgia, siendo también una profesión de las celestiales verdades..., puede ofrecer argumentos y testimonios de no pequeño valor para determinar algún punto particular de la doctrina cristiana.

 Podrían multiplicarse indefinidamente los testimonios de las antiguas liturgias, que exaltan y ponderan la Asunción de María. Unos brillan por su mesura y sobriedad, como, generalmente, los de la liturgia romana; otros se visten de luz y poesía, como los de las liturgias orientales. Pero todos ellos concuerdan en señalar el tránsito de la Virgen como un privilegio singular. Dignísimo remate, indispensable colofón reclamado por los demás privilegios de la Madre de Dios.

 Pero lo que sobre todo emociona y convence es ver cómo la Asunción se abrió camino con tal éxito y señorío entre las demás solemnidades del ciclo litúrgico, que muy pronto escaló la cumbre de los primeros puestos. Ello estimula eficazmente a los fieles a apreciar cada vez más la grandeza de este misterio. San Sergio I, al prescribir la letanía o procesión estacional para las principales fiestas marianas, enumera juntas las de la Natividad, Anunciación, Purificación y Dormición de María. Más tarde, San León IV quiso añadir a la fiesta, que para entonces había ya recibido el título de Asunción de María, una mayor solemnidad litúrgica, y prescribió se celebrara con vigilia y octava, y durante su pontificado tuvo a gala participar él mismo en su celebración, rodeado de una innumerable muchedumbre de fieles. Fue durante muchos siglos hasta nuestros días una de las fiestas precedidas de ayuno colectivo en la Iglesia. Y no es exagerado afirmar que los Soberanos Pontífices se esmeraron siempre en destacar su rango y su solemnidad.

 Los Santos Padres y los grandes doctores, tanto si escriben como si predican a propósito de esta solemnidad, no se limitan a celebrarla como cosa admitida y venerada por el pueblo cristiano en general, sino que desentrañan su alcance y contenido, precisan y profundizan su sentido y objeto, declarando con exactitud teológica lo que a veces los libros litúrgicos habían sólo fugazmente insinuado.

 Cosa fácil sería entretejer un manojo de textos patrísticos como prueba palmaria de lo que venimos diciendo. Bástenos el testimonio de San Juan Damasceno, del que el mismo Pío XII asegura que "se distingue entre todos como testigo eximio de esta tradición. considerando la Asunción corporal de la Madre de Dios a la luz de sus restantes privilegios". "Era necesario —dice el Santo— que aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, le contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios."

 Parecidos conceptos expresa San Germán de Constantinopla. Según él la raíz de este gran privilegio de María está en la divina Maternidad tanto como en la santidad incomparable que adornó y consagró su cuerpo virginal. "Tú, como fue escrito —le dice el Santo—, apareces radiante de belleza y tu cuerpo virginal es todo santo, todo casto, todo y por esta razón es preciso que se vea libre de convertirse en polvo y se transforme, en cuanto humano, en una excelsa vida incorruptible: debe ser vivo, gloriosísimo, incólume y partícipe de la plenitud de la vida."

 Siguiendo esta misma trayectoria, los pastores de la Iglesia, los oradores sagrados, los teólogos de todos los tiempos, empleando unas veces el lenguaje sobrio y circunspecto de la ciencia teológica, y hablando otras veces con la santa libertad de la entonación oratoria, en períodos rozagantes de vibrante y encendida elocuencia, han acumulado un sinnúmero de razones que con mayor o menor fuerza parecen exigir y reclamar este hermoso privilegio de María. En su afán de penetrar en la entraña misma de las verdades reveladas y mostrar el singular acuerdo que existe entre la razón teológica y la fe, pusieron de relieve la conexión y la armonía que enlaza la Asunción de la Virgen con las demás verdades que sobre Ella nos enseña la Sagrada Escritura. Para ellos este gran privilegio es como una consecuencia necesaria de amor y la piedad filial de Cristo hacia su Santísima Madre, y encuentran sus raíces bíblicas en aquel insigne oráculo del Génesis que nos presenta a María asociada con nuestro divino Redentor en la lucha y la victoria contra la serpiente infernal. Y por lo que al Nuevo Testamento se refiere, consideran con particularísimo interés las palabras con que el arcángel saludó a María: Dios te salve, la llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres. Según ellos el misterio de la Asunción puede ser un complemento lógico de la plenitud de gracia otorgada a la Virgen y una particular bendición, contrapuesta por el Altísimo a la maldición que recayó un día sobre la primera mujer.

 El alma de María estuvo siempre exenta de toda mancha; su cuerpo inmaculado no experimentó nunca la mordedura de la concupiscencia; su carne fue siempre pura y sin mancilla, como puros y sin mancilla fueron siempre su espíritu y su corazón. En María todo fue ordenado, nada hubo de lucha pasional, ninguna inclinación al pecado, todo respiraba elevación, virginidad y pureza, ¿Cómo, pues, podría un cuerpo que era todo luz y candor convertirse en polvo de la tierra y en pasto de gusanos? Y aún cobra mayor fuerza esta argumentación si tenemos en cuenta que la carne de María era y es la carne de Jesús: de qua natus est Iesus. ¿Podría Cristo permitir que aquel cuerpo inmaculado, del que se amasó y plasmó su propio cuerpo, sufriera la humillante putrefacción del sepulcro, secuela y efecto del pecado original? Si el desdoro y humillación de la madre redunda y recae siempre sobre los hijos, ¿no redundaría sobre el mismo Hijo de Dios esta humillación de la Virgen, su Madre?

 El cuerpo de María había sido el templo viviente en que moró durante nueve meses la persona adorable del Verbo encarnado. En ese cuerpo virginal puso el Altísimo todas sus complacencias. Lo quiso limpio de toda mancha. Para ello no escatimó mimos de Hijo ni prodigios de Dios, primero al ser concebido en el seno de Santa Ana, y después al encarnarse en sus entrañas el Hijo del Altísimo. Y si realizó tales prodigios, que implican una rotunda derogación de las leyes por Él mismo establecidas, ¿puede concebirse siquiera que no lo preservara después de la corrupción del sepulcro, cuando para ello bastaba anticipar una prerrogativa que al final de los tiempos disfrutarán todos los elegidos?

 El dogma de la Asunción de la Virgen, en estricto rigor teológico, puede entenderse y explicarse prescindiendo en absoluto del hecho histórico de su muerte. Su núcleo central lo constituye la traslación anticipada de María en cuerpo y alma a los cielos, sea que para ello rindiera tributo a la muerte (como lo hizo el mismo Jesucristo), sea que su cuerpo vivo recibiera inmediatamente el brillo de la suprema glorificación. No han faltado en el correr de los siglos, ni faltan tampoco en nuestros días, quienes juzgan más glorioso para María la glorificación inmediata, sin pasar por la muerte. A nosotros no nos seduce semejante postura, en la que más bien creemos descubrir un error de perspectiva.

 Creemos sinceramente que murió la Virgen, de la misma manera que murió su Hijo Jesucristo.

 "Quiso Dios que María fuese en todo semejarte a Jesús —dice el gran cantor de la Virgen San Alfonso María de Ligorio—; y, habiendo muerto el Hijo, convenía que muriera también la Madre." "Quería, además, el Señor —prosigue el gran doctor napolitano— darnos un dechado y modelo de la muerte que a los justos tiene preparada; por eso determinó que muriera la Virgen María, pero con una muerte llena de consuelos y celestiales alegrías."

 Creemos sinceramente que la Virgen murió. Si su cuerpo hubiera alcanzado la glorificación definitiva pasando sobre la muerte, ¿dejaría de haber en la primitiva literatura cristiana ecos de esa luz y de ese perfume? En la misma literatura canónica no se explicaría fácilmente que no quedaran vestigios de tan extraña y sorprendente maravilla...

 Pero no hay nada. Señal más que probable de que María entregó su vida en un dulcísimo sueño de amor, a la manera que un nardo que se consume al sol exhala en los aires su postrer aroma.

 Mas añadamos en seguida que su muerte fue muy distinta de nuestra muerte.

 "Tres cosas principalmente hacen a la muerte triste y desconsoladora: el apego a las cosas de la tierra, el remordimiento de los pecados cometidos y la incertidumbre de la salvación. Pero la muerte de María no sólo estuvo exenta de estas amarguras, sino que fue acompañada de tres señaladísimos favores, que la trocaron en agradable y consoladora. Murió desprendida, como siempre había vivido, de los bienes de la tierra; murió con envidiable paz de conciencia; murió, finalmente, con la esperanza cierta de alcanzar la gloria eterna" (San Alfonso).

 Nada de parecido puede haber, al punto de morir, entre Ella y nosotros. Ni angustias, ni apegos, ni gestos o tirones violentos. Todo en su dichoso tránsito fue apacible y gozoso como la luz que se va, deslizándose dulcemente, silenciosamente, sobre la tierra y el mar por primera y última vez, en excepcional rito fúnebre, la muerte dejó su fatídica guadaña para empuñar en sus manos una llave de oro. Era la llave del paraíso, cuyas puertas se abrían del par en par dejando paso a la Mujer aclamada con voz unánime por los bienaventurados como su Reina y Señora. Los poetas dirían que la muerte de María fue como "el parpadeo de una estrella que, al llegar la mañana, se esconde en un pliegue del manto azul del cielo; como el susurro de la brisa que pasa riendo a través de los rosales; como el acento postrero de un arpa; como el balanceo de una espiga dorada que mecen los vientos primaverales. Así se inclinaría el cuerpo de la Virgen María; así sería el último suspiro de su casto corazón; así brillarían sus ojos purísimos en la hora postrera".

 Esto nos dirían los poetas, tratando primero de adivinar y después de traducir a su lenguaje humano las realidades inenarrables del alma de María al despedirse de la tierra.

 Pero los teólogos nos han dicho más. Remontándose por encima de las realidades de este mundo visible, han querido penetrar en las raíces mismas de esa muerte única que fue la muerte de María, encontrando dichas raíces en la llama inextinguible de amor a su Dios, que consumió y redujo a pavesas su existencia terrena.

 San Andrés Cretense habla de un sueño dulcísimo, de un ímpetu de amor, expresiones que se repiten con frecuencia en otros Padres orientales, como Teodoro de Abucara, Epifanio el Monje, Isidoro de Tesalónica, Nicéforo Calixto, Cosme Vestitor y otros autores.

 Razonamientos similares añoran aquí y allí en los escritores ascéticos y en los más profundos teólogos, como Santo Tomás de Villanueva, Suárez, Cristóbal de Vega, Bossuet, San Francisco de Sales, San Alfonso María de Ligorio. Por ser ambos dos doctores de la Iglesia, citaremos unos textos bellísimos de los dos últimos autores.

 San Francisco de Sales escribe emocionado: "Y pues consta ciertamente que el Hijo murió de amor y que María tuvo que asemejarse a su Hijo en el morir, no puede ponerse en duda que la Madre murió de amor..., Este amor le dio tantas acometidas y tantos asaltos, esta llaga recibió tantas inflamaciones, que no fue posible resistirlas, y, como consecuencia, tuvo que morir...

 Después de tantos vuelos espirituales, tantas suspensiones y tantos éxtasis, este santo castillo de pureza, este fuerte de la humildad, habiendo resistido milagrosamente mil y mil veces los asaltos del amor, fue tomado por un último y general asalto; y el amor, que fue el triunfador, se llevó esta hermosa paloma como su prisionera, dejando en su cuerpo sacrosanto la fría y pálida muerte". Y en otro pasaje dice que, "como un río que dulcemente tornase a su fuente, así Ella se volvía hacia esta unión tan deseada de su alma con Dios... Y habiendo llegado la hora de que la Santísima Virgen debía abandonar esta vida, fue el amor el que verdaderamente hizo la división entre su cuerpo y su alma".

 El autor de Las glorias de María, a su vez, no cede en delicadeza y emoción al obispo de Ginebra. "Entonces se presentó la muerte —escribe el Santo—, no con ese aparato de luto y de tristeza que ostenta cuando se presenta para dar el golpe fatal a los demás hombres, sino rodeada de luz y de alegría. Digo que se presentó la muerte, y digo mal, porque no la muerte, sino el amor divino fue el que rompió el hilo de esta preciosa vida. Y así como una lámpara, antes de extinguirse, entre los últimos destellos lanza uno más brillante y luego se apaga, así también María. Y, al sentir que su Hijo la invitaba a que le siguiera, como una mariposa inflamada en las llamas de caridad, y exhalando grandes suspiros, da uno más intenso y más amoroso, y luego sucumbe y muere. De esta suerte aquella alma grande, aquella paloma del Señor, rompiendo los lazos que la aprisionaban a la tierra, levanta el vuelo y no para hasta llegar a descansar en la gloria bienaventurada, donde tiene su trono y reinará como Señora por eternidades sin fin."

 Sobre las circunstancias de la muerte de María la tradición ha guardado un respetuoso silencio. Pero la piedad ardiente del pueblo cristiano supo tejer una dorada leyenda que, a partir del siglo V, ha iluminado el ocaso de aquella vida con fulgores de estrellas y revoloteos de espíritus celestes, con perfume de azucenas y músicas angélicas. La leyenda nace en el Oriente, pero muy pronto se difunde, en alas del fervor religioso, por todos los ámbitos de la cristiandad, que recibe con avidez todo cuanto exalta la gloria de su Reina. Primero se asoma a las páginas de los libros ascéticos; después se engalana con todas las preseas de la poesía, y por fin se adueña de todas las artes, encaramándose en los retablos de las catedrales, luciendo en la pintura y escultura y vibrando en la música.

 María recibe la palma de su triunfo de manos de un ángel; los apóstoles, dispersos a la sazón por el mundo, se congregan milagrosamente en torno a aquel lecho, que más que lecho mortuorio parece un altar; cantan los ángeles tonadas celestiales... Y Jesús desciende a recoger el alma de su Madre, que se desprende de su cuerpo como un fruto maduro se desprende del árbol.

 Los apóstoles sepultan aquel cadáver sacrosanto, y al tercer día asisten a su triunfal resurrección. He aquí, en síntesis, la dorada leyenda, a un tiempo lírica y dramática, cuyo relato ha enternecido a tantas generaciones cristianas.

 La piedad de nuestros tiempos, más ilustrados y más conscientes, no necesita de leyendas y fantasías para levantar a la Virgen al lugar que por su grandeza le corresponde. No reprochamos, sin embargo, a nuestros mayores su bella y deliciosa ingenuidad. Ni ella fue obstáculo para transformarlos a ellos en unos grandes enamorados de María, ni quiera Dios que nuestra petulante perspicacia nos impida a nosotros amarla tan apasionadamente como los buenos hijos han amado siempre a su madre.

 ANGEL LUIS, C. SS. R.



15 de agosto LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA



15 de agosto
LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA


La vida de la Virgen es toda ella una fulgurante sucesión de divinas maravillas. Primera maravilla: su Inmaculada Concepción. Ultima maravilla: su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Y, entre la una y la otra, un dilatado panorama de gracia y de virtudes en el cual resplandecen como estrellas de primera magnitud su virginidad perpetua, su divina Maternidad, su voluntaria y dolorosa cooperación a la redención de los hombres.

 La perpetua virginidad de María y su divina Maternidad fueron ya definidos como dogmas de fe en los primeros siglos del cristianismo. La Inmaculada Concepción no lo fue hasta mediados del siglo XIX. Al siglo XX le quedaba reservada la emoción y la gloria de ver proclamado el dogma de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.

 Memorable como muy pocos en la historia de los dogmas aquel 1 de noviembre de 1950. Sobre cientos de miles de corazones, que hacían de la inmensa plaza de San Pedro un único pero gigantesco corazón —el corazón de toda la cristiandad—, resonó vibrante y solemne la voz infalible de Pío XII declarando ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.

 Esta suprema decisión del Romano Pontífice es el coronamiento de un proceso multisecular. Nosotros gustamos el dulce sabor de ese fruto sazonado de nuestra fe, pero su savia y sus flores venían circulando y abriéndose en el jardín de la Iglesia desde la más remota antigüedad cristiana.

 En la encíclica Munificentissimus Deus, que nos trajo la jubilosa definición del dogma, se hace un minucioso estudio histórico-teológico del mismo. Siglo tras siglo y paso por paso se va siguiendo con amoroso deleite el camino recorrido por la piadosa creencia hasta llegar, ¡por fin!, a la suprema exaltación de la definición ex cathedra.

 En efecto, ya desde los primeros siglos cristianos palpita esta verdad en el seno de la Iglesia. Es una verdad perenne como todas las contenidas en el sagrado arcano de la Revelación. Pero en el correr de los tiempos aquella suave palpitación primera fue acentuándose y haciéndose cada vez más fuerte, más insistente, más apremiante.

 Comienza la encíclica recordando un hecho. Nunca dejaron los pastores de la Iglesia de enseñar a los fieles, apoyándose en el santo Evangelio, que la Virgen Santísima vivió en la tierra una vida de trabajos, angustias y preocupaciones; que su alma fue traspasada por el fiero cuchillo profetizado por el santo anciano Simeón; que, por fin, salió de este mundo pagando su tributo a la muerte como su Unigénito Hijo... ¡Ah! Pero eso no impidió ni a unos ni a otros creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro ni fue reducido a cenizas el augusto tabernáculo del Verbo divino.

 Esa misma creencia, presente y viviente en las almas, fue tomando formas tangibles y grandiosas dimensiones a medida que la tierra se fue poblando de templos erigidos a la Asunción de la Virgen María. Sólo en España son 28 las catedrales consagradas a la Virgen en ese su sagrado misterio. Y si los templos son muchos, infinitamente más son las imágenes que pregonan a voces el triunfo de la Madre de Dios. Añadid ahora las ciudades, diócesis y regiones enteras, así como Institutos religiosos que se han puesto bajo el amparo y protección de María en esta gloriosa advocación, y tendréis un definitivo argumento de la pujanza de dicha creencia en la masa del pueblo cristiano.

 También los artistas, fieles intérpretes del pensamiento cristiano a través de los tiempos, han rivalizado a su vez en la interpretación plástica del gran misterio asuncionista. Ya en el famoso sarcófago romano de la iglesia de Santa Engracia, en Zaragoza, muy probablemente de principios del siglo IV, aparece una de estas representaciones. El tema se repite después con una profusión deslumbradora en telas, en marfiles, en bajorrelieves, en mosaicos. Basta recordar los nombres de Rafael, Juan de Juanes, el Greco, Guido Reni, Palma, Tintoretto, el Tiziano... Y no son todos. A la misma altura y con la misma elocuencia que ellos con sus pinceles, proclamaron su fe con su gubia nuestros incomparables imagineros del Siglo de Oro, reproduciendo el episodio en retablos desbordantes de luz y colorido.

 Pero de modo más espléndido y universal aún —comenta la encíclica de la definición— se manifiesta esta fe en la sagrada liturgia. Ya desde muy remota antigüedad se celebran en Oriente y Occidente solemnes fiestas litúrgicas en conmemoración de este misterio. Y de ellas no dejaron nunca los Santos Padres de sacar luz y enseñanzas, pues sabido es que la liturgia, siendo también una profesión de las celestiales verdades..., puede ofrecer argumentos y testimonios de no pequeño valor para determinar algún punto particular de la doctrina cristiana.

 Podrían multiplicarse indefinidamente los testimonios de las antiguas liturgias, que exaltan y ponderan la Asunción de María. Unos brillan por su mesura y sobriedad, como, generalmente, los de la liturgia romana; otros se visten de luz y poesía, como los de las liturgias orientales. Pero todos ellos concuerdan en señalar el tránsito de la Virgen como un privilegio singular. Dignísimo remate, indispensable colofón reclamado por los demás privilegios de la Madre de Dios.

 Pero lo que sobre todo emociona y convence es ver cómo la Asunción se abrió camino con tal éxito y señorío entre las demás solemnidades del ciclo litúrgico, que muy pronto escaló la cumbre de los primeros puestos. Ello estimula eficazmente a los fieles a apreciar cada vez más la grandeza de este misterio. San Sergio I, al prescribir la letanía o procesión estacional para las principales fiestas marianas, enumera juntas las de la Natividad, Anunciación, Purificación y Dormición de María. Más tarde, San León IV quiso añadir a la fiesta, que para entonces había ya recibido el título de Asunción de María, una mayor solemnidad litúrgica, y prescribió se celebrara con vigilia y octava, y durante su pontificado tuvo a gala participar él mismo en su celebración, rodeado de una innumerable muchedumbre de fieles. Fue durante muchos siglos hasta nuestros días una de las fiestas precedidas de ayuno colectivo en la Iglesia. Y no es exagerado afirmar que los Soberanos Pontífices se esmeraron siempre en destacar su rango y su solemnidad.

 Los Santos Padres y los grandes doctores, tanto si escriben como si predican a propósito de esta solemnidad, no se limitan a celebrarla como cosa admitida y venerada por el pueblo cristiano en general, sino que desentrañan su alcance y contenido, precisan y profundizan su sentido y objeto, declarando con exactitud teológica lo que a veces los libros litúrgicos habían sólo fugazmente insinuado.

 Cosa fácil sería entretejer un manojo de textos patrísticos como prueba palmaria de lo que venimos diciendo. Bástenos el testimonio de San Juan Damasceno, del que el mismo Pío XII asegura que "se distingue entre todos como testigo eximio de esta tradición. considerando la Asunción corporal de la Madre de Dios a la luz de sus restantes privilegios". "Era necesario —dice el Santo— que aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, le contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios."

 Parecidos conceptos expresa San Germán de Constantinopla. Según él la raíz de este gran privilegio de María está en la divina Maternidad tanto como en la santidad incomparable que adornó y consagró su cuerpo virginal. "Tú, como fue escrito —le dice el Santo—, apareces radiante de belleza y tu cuerpo virginal es todo santo, todo casto, todo y por esta razón es preciso que se vea libre de convertirse en polvo y se transforme, en cuanto humano, en una excelsa vida incorruptible: debe ser vivo, gloriosísimo, incólume y partícipe de la plenitud de la vida."

 Siguiendo esta misma trayectoria, los pastores de la Iglesia, los oradores sagrados, los teólogos de todos los tiempos, empleando unas veces el lenguaje sobrio y circunspecto de la ciencia teológica, y hablando otras veces con la santa libertad de la entonación oratoria, en períodos rozagantes de vibrante y encendida elocuencia, han acumulado un sinnúmero de razones que con mayor o menor fuerza parecen exigir y reclamar este hermoso privilegio de María. En su afán de penetrar en la entraña misma de las verdades reveladas y mostrar el singular acuerdo que existe entre la razón teológica y la fe, pusieron de relieve la conexión y la armonía que enlaza la Asunción de la Virgen con las demás verdades que sobre Ella nos enseña la Sagrada Escritura. Para ellos este gran privilegio es como una consecuencia necesaria de amor y la piedad filial de Cristo hacia su Santísima Madre, y encuentran sus raíces bíblicas en aquel insigne oráculo del Génesis que nos presenta a María asociada con nuestro divino Redentor en la lucha y la victoria contra la serpiente infernal. Y por lo que al Nuevo Testamento se refiere, consideran con particularísimo interés las palabras con que el arcángel saludó a María: Dios te salve, la llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres. Según ellos el misterio de la Asunción puede ser un complemento lógico de la plenitud de gracia otorgada a la Virgen y una particular bendición, contrapuesta por el Altísimo a la maldición que recayó un día sobre la primera mujer.

 El alma de María estuvo siempre exenta de toda mancha; su cuerpo inmaculado no experimentó nunca la mordedura de la concupiscencia; su carne fue siempre pura y sin mancilla, como puros y sin mancilla fueron siempre su espíritu y su corazón. En María todo fue ordenado, nada hubo de lucha pasional, ninguna inclinación al pecado, todo respiraba elevación, virginidad y pureza, ¿Cómo, pues, podría un cuerpo que era todo luz y candor convertirse en polvo de la tierra y en pasto de gusanos? Y aún cobra mayor fuerza esta argumentación si tenemos en cuenta que la carne de María era y es la carne de Jesús: de qua natus est Iesus. ¿Podría Cristo permitir que aquel cuerpo inmaculado, del que se amasó y plasmó su propio cuerpo, sufriera la humillante putrefacción del sepulcro, secuela y efecto del pecado original? Si el desdoro y humillación de la madre redunda y recae siempre sobre los hijos, ¿no redundaría sobre el mismo Hijo de Dios esta humillación de la Virgen, su Madre?

 El cuerpo de María había sido el templo viviente en que moró durante nueve meses la persona adorable del Verbo encarnado. En ese cuerpo virginal puso el Altísimo todas sus complacencias. Lo quiso limpio de toda mancha. Para ello no escatimó mimos de Hijo ni prodigios de Dios, primero al ser concebido en el seno de Santa Ana, y después al encarnarse en sus entrañas el Hijo del Altísimo. Y si realizó tales prodigios, que implican una rotunda derogación de las leyes por Él mismo establecidas, ¿puede concebirse siquiera que no lo preservara después de la corrupción del sepulcro, cuando para ello bastaba anticipar una prerrogativa que al final de los tiempos disfrutarán todos los elegidos?

 El dogma de la Asunción de la Virgen, en estricto rigor teológico, puede entenderse y explicarse prescindiendo en absoluto del hecho histórico de su muerte. Su núcleo central lo constituye la traslación anticipada de María en cuerpo y alma a los cielos, sea que para ello rindiera tributo a la muerte (como lo hizo el mismo Jesucristo), sea que su cuerpo vivo recibiera inmediatamente el brillo de la suprema glorificación. No han faltado en el correr de los siglos, ni faltan tampoco en nuestros días, quienes juzgan más glorioso para María la glorificación inmediata, sin pasar por la muerte. A nosotros no nos seduce semejante postura, en la que más bien creemos descubrir un error de perspectiva.

 Creemos sinceramente que murió la Virgen, de la misma manera que murió su Hijo Jesucristo.

 "Quiso Dios que María fuese en todo semejarte a Jesús —dice el gran cantor de la Virgen San Alfonso María de Ligorio—; y, habiendo muerto el Hijo, convenía que muriera también la Madre." "Quería, además, el Señor —prosigue el gran doctor napolitano— darnos un dechado y modelo de la muerte que a los justos tiene preparada; por eso determinó que muriera la Virgen María, pero con una muerte llena de consuelos y celestiales alegrías."

 Creemos sinceramente que la Virgen murió. Si su cuerpo hubiera alcanzado la glorificación definitiva pasando sobre la muerte, ¿dejaría de haber en la primitiva literatura cristiana ecos de esa luz y de ese perfume? En la misma literatura canónica no se explicaría fácilmente que no quedaran vestigios de tan extraña y sorprendente maravilla...

 Pero no hay nada. Señal más que probable de que María entregó su vida en un dulcísimo sueño de amor, a la manera que un nardo que se consume al sol exhala en los aires su postrer aroma.

 Mas añadamos en seguida que su muerte fue muy distinta de nuestra muerte.

 "Tres cosas principalmente hacen a la muerte triste y desconsoladora: el apego a las cosas de la tierra, el remordimiento de los pecados cometidos y la incertidumbre de la salvación. Pero la muerte de María no sólo estuvo exenta de estas amarguras, sino que fue acompañada de tres señaladísimos favores, que la trocaron en agradable y consoladora. Murió desprendida, como siempre había vivido, de los bienes de la tierra; murió con envidiable paz de conciencia; murió, finalmente, con la esperanza cierta de alcanzar la gloria eterna" (San Alfonso).

 Nada de parecido puede haber, al punto de morir, entre Ella y nosotros. Ni angustias, ni apegos, ni gestos o tirones violentos. Todo en su dichoso tránsito fue apacible y gozoso como la luz que se va, deslizándose dulcemente, silenciosamente, sobre la tierra y el mar por primera y última vez, en excepcional rito fúnebre, la muerte dejó su fatídica guadaña para empuñar en sus manos una llave de oro. Era la llave del paraíso, cuyas puertas se abrían del par en par dejando paso a la Mujer aclamada con voz unánime por los bienaventurados como su Reina y Señora. Los poetas dirían que la muerte de María fue como "el parpadeo de una estrella que, al llegar la mañana, se esconde en un pliegue del manto azul del cielo; como el susurro de la brisa que pasa riendo a través de los rosales; como el acento postrero de un arpa; como el balanceo de una espiga dorada que mecen los vientos primaverales. Así se inclinaría el cuerpo de la Virgen María; así sería el último suspiro de su casto corazón; así brillarían sus ojos purísimos en la hora postrera".

 Esto nos dirían los poetas, tratando primero de adivinar y después de traducir a su lenguaje humano las realidades inenarrables del alma de María al despedirse de la tierra.

 Pero los teólogos nos han dicho más. Remontándose por encima de las realidades de este mundo visible, han querido penetrar en las raíces mismas de esa muerte única que fue la muerte de María, encontrando dichas raíces en la llama inextinguible de amor a su Dios, que consumió y redujo a pavesas su existencia terrena.

 San Andrés Cretense habla de un sueño dulcísimo, de un ímpetu de amor, expresiones que se repiten con frecuencia en otros Padres orientales, como Teodoro de Abucara, Epifanio el Monje, Isidoro de Tesalónica, Nicéforo Calixto, Cosme Vestitor y otros autores.

 Razonamientos similares añoran aquí y allí en los escritores ascéticos y en los más profundos teólogos, como Santo Tomás de Villanueva, Suárez, Cristóbal de Vega, Bossuet, San Francisco de Sales, San Alfonso María de Ligorio. Por ser ambos dos doctores de la Iglesia, citaremos unos textos bellísimos de los dos últimos autores.

 San Francisco de Sales escribe emocionado: "Y pues consta ciertamente que el Hijo murió de amor y que María tuvo que asemejarse a su Hijo en el morir, no puede ponerse en duda que la Madre murió de amor..., Este amor le dio tantas acometidas y tantos asaltos, esta llaga recibió tantas inflamaciones, que no fue posible resistirlas, y, como consecuencia, tuvo que morir...

 Después de tantos vuelos espirituales, tantas suspensiones y tantos éxtasis, este santo castillo de pureza, este fuerte de la humildad, habiendo resistido milagrosamente mil y mil veces los asaltos del amor, fue tomado por un último y general asalto; y el amor, que fue el triunfador, se llevó esta hermosa paloma como su prisionera, dejando en su cuerpo sacrosanto la fría y pálida muerte". Y en otro pasaje dice que, "como un río que dulcemente tornase a su fuente, así Ella se volvía hacia esta unión tan deseada de su alma con Dios... Y habiendo llegado la hora de que la Santísima Virgen debía abandonar esta vida, fue el amor el que verdaderamente hizo la división entre su cuerpo y su alma".

 El autor de Las glorias de María, a su vez, no cede en delicadeza y emoción al obispo de Ginebra. "Entonces se presentó la muerte —escribe el Santo—, no con ese aparato de luto y de tristeza que ostenta cuando se presenta para dar el golpe fatal a los demás hombres, sino rodeada de luz y de alegría. Digo que se presentó la muerte, y digo mal, porque no la muerte, sino el amor divino fue el que rompió el hilo de esta preciosa vida. Y así como una lámpara, antes de extinguirse, entre los últimos destellos lanza uno más brillante y luego se apaga, así también María. Y, al sentir que su Hijo la invitaba a que le siguiera, como una mariposa inflamada en las llamas de caridad, y exhalando grandes suspiros, da uno más intenso y más amoroso, y luego sucumbe y muere. De esta suerte aquella alma grande, aquella paloma del Señor, rompiendo los lazos que la aprisionaban a la tierra, levanta el vuelo y no para hasta llegar a descansar en la gloria bienaventurada, donde tiene su trono y reinará como Señora por eternidades sin fin."

 Sobre las circunstancias de la muerte de María la tradición ha guardado un respetuoso silencio. Pero la piedad ardiente del pueblo cristiano supo tejer una dorada leyenda que, a partir del siglo V, ha iluminado el ocaso de aquella vida con fulgores de estrellas y revoloteos de espíritus celestes, con perfume de azucenas y músicas angélicas. La leyenda nace en el Oriente, pero muy pronto se difunde, en alas del fervor religioso, por todos los ámbitos de la cristiandad, que recibe con avidez todo cuanto exalta la gloria de su Reina. Primero se asoma a las páginas de los libros ascéticos; después se engalana con todas las preseas de la poesía, y por fin se adueña de todas las artes, encaramándose en los retablos de las catedrales, luciendo en la pintura y escultura y vibrando en la música.

 María recibe la palma de su triunfo de manos de un ángel; los apóstoles, dispersos a la sazón por el mundo, se congregan milagrosamente en torno a aquel lecho, que más que lecho mortuorio parece un altar; cantan los ángeles tonadas celestiales... Y Jesús desciende a recoger el alma de su Madre, que se desprende de su cuerpo como un fruto maduro se desprende del árbol.

 Los apóstoles sepultan aquel cadáver sacrosanto, y al tercer día asisten a su triunfal resurrección. He aquí, en síntesis, la dorada leyenda, a un tiempo lírica y dramática, cuyo relato ha enternecido a tantas generaciones cristianas.

 La piedad de nuestros tiempos, más ilustrados y más conscientes, no necesita de leyendas y fantasías para levantar a la Virgen al lugar que por su grandeza le corresponde. No reprochamos, sin embargo, a nuestros mayores su bella y deliciosa ingenuidad. Ni ella fue obstáculo para transformarlos a ellos en unos grandes enamorados de María, ni quiera Dios que nuestra petulante perspicacia nos impida a nosotros amarla tan apasionadamente como los buenos hijos han amado siempre a su madre.

 ANGEL LUIS, C. SS. R.



14 ago. 2015

Santo Evangelio 14 de agosto de 2015



Día litúrgico: Viernes XIX del tiempo ordinario

Santoral 14 de Agosto: San Maximiliano Mª Kolbe, presbítero y mártir
Texto del Evangelio (Mt 19,3-12): En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?». Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre». 

Dícenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?». Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por fornicación- y se case con otra, comete adulterio». 

Dícenle sus discípulos: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Pero Él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda».

«Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre»
Fr. Roger J. LANDRY 
(Hyannis, Massachusetts, Estados Unidos)


Hoy, Jesús contesta a las preguntas de sus contemporáneos acerca del verdadero significado del matrimonio, subrayando la indisolubilidad del mismo.

Su respuesta, sin embargo, también proporciona la base adecuada para que los cristianos podamos responder a aquellos que intentan buscar la ampliación de la definición de matrimonio para las parejas homosexuales.

Al hacer retroceder el matrimonio al plan original de Dios, Jesús subraya cuatro aspectos relevantes por los cuales sólo pueden ser unidos en matrimonio un hombre y una mujer:

1) «El Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra» (Mt 19,4). Jesús nos enseña que, en el plan divino, la masculinidad y la feminidad tienen un gran significado. Ignorarlo, pues, es ignorar lo que somos.

2) «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer» (Mt 19,5). El plan de Dios no es que el hombre abandone a sus padres y se vaya con quien desee, sino con una esposa.

3) «De manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6). Esta unión corporal va más allá de la poco duradera unión física que ocurre en el acto conyugal. Se refiere a la unión duradera que se presenta cuando un hombre y una mujer, a través de su amor, conciben una nueva vida que es el matrimonio perdurable o unión de sus cuerpos. Es obvio que un hombre con otro hombre, o una mujer con otra mujer, no pueden considerarse un único cuerpo de esa forma.

4) «Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,6). Dios mismo ha unido en matrimonio al hombre y a la mujer, y siempre que intentemos separar lo que Él ha unido, lo estaremos haciendo por nuestra cuenta y a expensas de la sociedad.

En su catequesis sobre el Génesis, el Papa Juan Pablo II dijo: «En su respuesta a los fariseos, Jesucristo plantea a sus interlocutores la visión total del hombre, sin la cual no es posible ofrecer una respuesta adecuada a las preguntas relacionadas con el matrimonio».

Cada uno de nosotros está llamado a ser el “eco” de esta Palabra de Dios en nuestro momento.

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José García Librán, Beato Sacerdote y Mártir, 14 de agosto


José García Librán, Beato
Sacerdote y Mártir, 14 de agosto

Sacerdote y Mártir

Martirologio Romano: En Ávila, España, Beato José Máximo Moro Briz y cuatro compañeros sacerdotes, asesinados por odio a la fe. († 1936) 

Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco.

José había nacido en el pueblo de Herreruela de Oropesa (Toledo), el 19 de agosto de 1909. Hijo de Florentino García y Gregoria Librán. El hogar donde nace es profundamente cristiano. José ingresó con 12 años en el Seminario Conciliar de Ávila, donde realizó estudios de Latín, Humanidades, Filosofía y Sagrada Teología, antes de ser ordenado sacerdote el 23 de septiembre de 1933. En aquel momento, el entonces obispo de Ávila, Enrique Plá y Deniel, le encomendó las parroquias de Magazos y Palacios Rubios y más tarde también la de Gavilanes.

Cuando estalla la Guerra Civil, don José que venía huyendo de Gavilanes por las amenazas de muerte que recibe en el pueblo, se reunió con su hermano Serafín (25 años), que estudiaba medicina en Madrid. Ambos, en vista del peligro, y aconsejados por algunos feligreses, se marcharon a una casa al campo. Pero tan pronto como las milicias de la vecina villa de Pedro Bernardo conocieron el lugar donde se hallaban escondidos, decidieron ir a buscarlos y llevarlos con ellos. A Serafín le dieron la oportunidad de escapar. Buscaban al cura, pero él quería correr la misma suerte que su hermano. Sabía que el desenlace podía ser la muerte, pero estaba dispuesto. No llegaron al pueblo. Tenían prisa por matarlos. Los perseguidores iban hiriendo a los dos con hachas y armas cortantes. Querían hacerles sufrir antes de que murieran, quieren arrancarles la apostasía. Eran las cinco de la tarde del 14 de agosto, en el lugar conocido como La Cuesta de Lancho fueron asesinados los dos, el párroco y su hermano. Recibieron sepultura en el término municipal de Pedro Bernardo, aunque un mes más tarde su familia trasladó sus restos al cementerio del municipio toledano de Torrico y los de don José, en el año 1942, a la iglesia parroquial.

Este grupo de mártires está integrado por:


1. JOSÉ MÁXIMO MORO BRIZ, sacerdote de la diócesis de Ávila
nacimiento: 29 Mayo 1882 en Santibáñez de Béjar, Salamanca (España)
martirio: 24 Julio 1936 en la Cebreros carretera, El Tiemblo, Ávila (España)

2. JOSÉ GARCÍA LIBRÁN, sacerdote de la diócesis de Ávila
nacimiento: 19 Agosto 1909 en Herreruela de Oropesa, Toledo (España)
martirio: 14 Agosto 1936 en Pedro Bernardo, Ávila (España)

3. JUAN MESONERO HUERTA, sacerdote de la diócesis de Ávila
nacimiento: 12 Septiembre 1913 en Rágama, Salamanca (España)
martirio: 15 Agosto 1936 en Arenas de San Pedro, Ávila (España)

4. DAMIÁN GÓMEZ JIMÉNEZ, sacerdote de la diócesis de Ávila
nacimiento: 12 Febrero 1871 en Solana de Rioalmar, Ávila (España)
martirio: 19 Agosto 1936 en Puerto del Pico, Ávila (España)

5. AGUSTÍN BERMEJO MIRANDA, sacerdote de la diócesis de Ávila
nacimiento: 10 Abril 1904 en Puerto Castilla, Ávila (España)
martirio: 28 Agosto 1936 en El Barraco, Ávila (España)

Por: José María Gómez Gómez | Fuente: Religión en Libertad 

Oración a la Santísima Virgen


13 ago. 2015

Santo Evangelio 13 de agosto de 2013


Día litúrgico: Jueves XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,21—19,1): En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

«Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?»
Rev. D. Joan BLADÉ i Piñol 
(Barcelona, España)

Hoy, preguntar «¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (Mt 18,21), puede significar: —Éstos a quienes tanto amo, los veo también con manías y caprichos que me molestan, me importunan cada dos por tres, no me hablan... Y esto un día y otro día. Señor, ¿hasta cuándo los he de aguantar?

Jesús contesta con la lección de la paciencia. En realidad, los dos colegas coinciden cuando dicen: «Ten paciencia conmigo» (Mt 18,26.29). Mientras la intemperancia del malvado, que ahogaba al otro por poca cosa, le ocasiona la ruina moral y económica, la paciencia del rey, a la vez que salva al deudor, a la familia y sus bienes, engrandece la personalidad del monarca y le genera la confianza de la corte. La reacción del rey, en labios de Jesús, nos recuerda aquello del libro de los Salmos: «Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido» (Sal 130,4).

Está claro que nos hemos de oponer a la injusticia, y, si es necesario, enérgicamente (soportar el mal sería un indicio de apatía o de cobardía). Pero la indignación es sana cuando en ella no hay egoísmo, ni ira, ni necedad, sino deseo recto de defender la verdad. La auténtica paciencia es la que nos lleva a soportar misericordiosamente la contradicción, la debilidad, las molestias, las faltas de oportunidad de las personas, de los acontecimientos o de las cosas. Ser paciente equivale a dominarse a uno mismo. Los seres susceptibles o violentos no pueden ser pacientes porque ni reflexionan ni son amos de sí mismos.

La paciencia es una virtud cristiana porque forma parte del mensaje del Reino de los cielos, y se forja en la experiencia de que todo el mundo tenemos defectos. Si Pablo nos exhorta a soportarnos los unos a los otros (cf. Col 3,12-13), Pedro nos recuerda que la paciencia del Señor nos da la oportunidad de salvarnos (cf. 2Pe 3,15).

Ciertamente, ¡cuántas veces la paciencia del buen Dios nos ha perdonado en el confesionario! ¿Siete veces? ¿Setenta veces siete? ¡Quizá más!

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13 de Agosto SAN BENILDO (Pedro Romançon) religioso († 1862)



13 de Agosto

 SAN BENILDO
(Pedro Romançon)
religioso († 1862)

Los mismos testigos del proceso de la beatificación del hombre de Dios se acordaban bien de aquel 29 de septiembre de 1841. Las calles del pueblo estaban llenas de música y el cortejo se acrecía en cada esquina con una tropa ingenua de chiquillos.

El alcalde Y los concejales acompañaron a los nuevos maestros, precedidos todos de los alegres tambores de la fiesta.

Los corros en las puertas de las casas seguían con el comentario y los ojos a los tres religiosos. Se cubrían con un amplio sombrero de alas levantadas a modo de tricornio, y se envolvían en un manteo de extrañas mangas perdidas que abrochaban bajo una golilla lisa y blanca caída en dos tablas iguales sobre el pecho. El mas pequeño de los tres, apenas metro y medio de talla, es el director. La primera impresión superficial no es muy optimista en las bocas de los campesinos recelosos: "Nos envían lo que les sobra".

Y, sin embargo, veinte años más tarde, de nuevo, todo el pueblo se echaría a la calle; pero esta vez para acompañar el entierro de aquel hombre pequeño, a quien ya todos llaman santo.

El escenario es Saugues, una pequeña ciudad del macizo central francés; tierras pobres, pastizales, ralas arboledas, en una meseta alta y fría. Capital de aldeas, centra Ia vida de una comarca, en la que el relativo aislamiento amasa el carácter de los hombres para hacerlos meditativos, serios, apegados a su fe como a su tierra, buenos cristianos o pecadores que saben que lo son. Las veladas de los largos inviernos, que duran de seis a ocho meses, son fácilmente ocasión de atender, sin discurso, a la verdad de la propia vida, los ojos fijos en el fuego del hogar, que las manos inconscientes atizan.

Aquí nació el renombre de santidad del sencillo maestro del pueblo; desde aquí se extendió hasta recibir de la Iglesia el reconocimiento de valor de ejemplaridad, modelo de cristianos y camino hacia la bienaventuranza.

Y, sin embargo, cincuenta y siete años oscuros, gastados en paz en un medio ambiente reducido y monótono —el hogar paterno, el noviciado, la escuela— pudieran parecer caudal harto menguado para alimentar en una vida la aureola pública de la santidad. Pero, una vez más, en la Iglesia los humildes son exaltados en la palabra de Cristo, y a todos se ofrece camino a propósito.

El Beato Benildo recibió en el bautismo el nombre de Pedro; hijo de Juan Romançon, vivió sus quince primeros años en el hogar campesino de sus padres en Thuret, pueblo laborioso, pacífico, siempre renovado a la sombra de la robusta torre hexagonal de la parroquia, que antes fue abadía benedictina y presidió el nacimiento de la villa.

...Y Dios señala a quien quiere. A los diez años, Pedro Romançon juntaba a sus compañeros y repetía con ellos el catecismo que el domingo habían aprendido en la parroquia. Algunos años después, en 1818, de la mano de su madre recorre las calles de la capital de la provincia, Clermont Ferrant, y entre las tantas cosas recién estrenadas que se atropellan en sus ojos, la silueta de dos religiosos se abre paso hasta su boca. La piadosa madre satisface su curiosidad. Son los Hermanos de las Escuelas Cristianas; son unos hombres que dedican toda su vida a enseñar a los niños, sobre todo a los pobres, y, sobre todo, las cosas necesarias para servir a Dios y poseerle. Todo un presentimiento oscuro se hace luz en el alma del adolescente.

Sus padres no se oponen a sus deseos, pero tratan de asentar su elección en bases sólidas. Cerca de Thuret hay una escuela de los Hermanos. Pedro es enviado allí algún tiempo, como interno.

Su decisión se afirma, pero las puertas del noviciado de Clermont no se abren. Su talla exigua puede comprometer mañana la autoridad del profesor en el mundillo atolondrado de la escuela. Pero la negativa no es rotunda, los superiores saben que la extraña tenacidad persuasiva que brilla en sus pupilas y la firme dulzura de los rasgos de la boca y de las palabras del muchacho pueden suplir otras deficiencias. Y así fue: de esa luz persuasiva de los ojos y de la cálida expresión de sus palabras sus alumnos se acordarán siempre.

Un año, pues, de espera, y Pedro Romançon se convierte en el hermano Benildo, y se incorpora al joven Instituto de San Juan Bautista de La Salle.

Y desde ahora el apostolado de la escuela va a llenar su vida y sus aspiraciones. Lo que tantos teóricos han proclamado, él lo va a realizar en los modestos límites a que le constriñen las limitaciones humanas. Pero con una plenitud, con una densidad perfectas. Y en esto consistió su santidad según el testimonio del Sumo Pontífice Pío XI: "Hizo las cosas comunes de manera no común".

Aurillac, Riom, Limoges, Billon, Saugues: otros tantos establecimientos docentes primarios que son jalones de la carrera laboriosa y fecunda del siervo de Dios. Maestro de las clases pequeñas, responsable más tarde de una sección de barriada de Limoges, director, finalmente, de un modesto grupo escolar en Billom y Saugues.

Pero fue en Saugues donde a través de veinte años tuvo tiempo de hacerse patente a los hombres el heroísmo de su vida.

Los cuatro hermanos de su pequeña comunidad, la escuela, y las relaciones sociales oportunas inherentes a su cargo y exigidas por su caridad van a ser sus preocupaciones para el resto de su vida. Pero este círculo reducido que rodea sus horas, está ceñido a su vez por una presencia ineludible y amada, que da sentido a todo, que avalora todo, que engendra en él la conciencia de la majestad de la misión que se ofrece a su pequeñez. Aparentemente sencilla, esta visión trascendente de la vida, vivida en Dios, es suficiente, porque es inagotable, para alimentar la tensión necesaria, que mantiene al hombre en vela de cara al advenimiento de la eternidad... El hermano Benildo tenía conciencia de esto cuando refería su vocación a la gloria de un emperador, entonces, cuando en Francia se soñaba de nuevo en hacer eternas las efímeras gestas de principio de siglo.

Y fue fiel a su vocación de vivir íntegramente la voluntad de Dios hasta en el remendar sus ropas o acechar el momento, el momento oportuno de insinuar, con la corrección, el amor al deber en la almilla turbulenta de cualquier diablejo pelirrojo, que, como aquel Senas de Saugues, se divierte en parar el reloj para que dure más el recreo.

Y apenas hay nada más en esta hermosa vida; nada más y nada menos. Y la amable sencillez y la cordialidad hecha caridad cristiana, la severidad mantenida en los límites precisos frente a un temperamento vivo y pronto, la abnegación saboreada, esculpida en el propio ser frente al modelo le la divina parábola del grano de trigo, todo se amasa con el polvo menudo de la monotonía. Y éste es el milagro de su vida: no se embotan los filos de esta alma, no se amortece su brillo ni se aflojan sus nervios. El pueblo sencillo, buen catador de esencias, dio su testimonio.

Es notorio que las madres se inclinaban al oído de sus hijos cuando pasaba el hermano Benildo y decían: "Mira, mira, los hermanos; el más pequeño —y lo señalaban con el dedo— es el santo". La sorpresa frívola y desilusionada de la primera vez se había trocado en otra sorpresa sobrecogida y respetuosa.

Parece que no hizo milagros en su vida: empero una madre contaba en los procesos de beatificación que él la había mandado lavar a su hijo enfermo, simplemente con agua del río y que las costras caían apenas este agua de obediencia bendecía la piel del enfermito. El locutorio de la escuela era testigo de toda una filigrana de prudencia con la que el buen director mantenía a raya el fervor rudo y untuoso de sus visitantes. Las oraciones de comunidad, recuerdan los hermanos que con él vivieron, iban casi siempre aguijoneadas por intenciones encomendadas al siervo de Dios. "No somos nadie, pero no podemos desilusionar a esta buena gente. Recemos por ellos". Este era el comentario que precedía a sus plegarias y al júbilo de los que por su intercesión veían desvanecerse sus inquietudes y sus dolores.

Los hermanos de las Escuelas Cristianas que vivieron con él van sembrando de admiración creciente su camino. En el noviciado nadie hubiera predicho para el pequeño novicio la gloria de los altares. Era ejemplar, como tantos otros novicios, pero nada más exteriormente. El registro del noviciado de Clermont no añade nada a los escuetos datos biográficos de inscripción y salida. Sigue un período oscuro de veinte años en los que, siempre religioso ejemplar, cumple su deber como muchos y sigue su habla interior con la Trinidad, a la que consagró su vida. Su vida interior se trasluce apenas. No habla de sí el que siempre estaba ocupado en hablar con Dios. No escribió sus experiencias sobrenaturales. Su bella caligrafía se nos conserva sólo en algunas cartas administrativas o familiares. Vivió el espíritu de fe de su Instituto y cumplió sus reglas amorosamente. Esto atestiguan los que con él vivieron y su testimonio va ungido de la admiración de quien conoce en su propio pulso la asfixia con que la monotonía de una misión fecunda, sólo a condición de su continuidad, pretende ahogar los mejores arranques que florecen siempre en la vida de los hombres.

En los procesos de su beatificación atestiguaron muchos de sus antiguos alumnos, hombres maduros a la sazón, en la plenitud del vigor y con los recuerdos cernidos y aquilatados.

En realidad, en el plano humano ellos fueron los que ciñeron a su maestro la corona más limpia de las famas humanas.

Mozos campesinos desde el primer momento acudieron a sus clases nocturnas; rapazuelos que durante tres o cuatro años pusieron a prueba su paciencia y gozaron de su cariño. Luego, unos afincados en la misma tierra, otros aventados por los años, sacerdotes, hermanos como él, militares, médicos... volvieron a dar testimonio de admiración y gratitud. Tuvieron otros maestros, casi todos hombres rectos y buenos, pero sólo él alcanzó la fama de santo.

Le llamaban el hombre del Rosario; se acordaban de que algunos de ellos iban por las tardes, salidos ya de clase, a la iglesia para ver a su maestro; aún les bailaban en los labios los aires sencillos que el hermano les enseñaba para que los cantasen en las eras cuando la escuela cerraba las puertas y las faenas agrícolas les llamaban al campo.

La escuela fue en sus manos un instrumento insuperable para mantener la fe de Saugues. El joven coadjutor de la parroquia, que vivió junto a él durante algunos años, lo sabía bien. Y más de doscientas vocaciones para los seminarios y noviciados hablan más elocuentemente que todos los panegíricos.

Su escuela fue su apostolado y conscientemente supo realizar la difícil transposición de unas cosas tan chicas y tan sencillas al plano sobrenatural, él que se adelantaba al saludo quitándose el amplio sombrero cuando se cruzaba en las callejas con los chicos, más ocupados en jugar que en acordarse de las composturas corteses. Algún hermano que le acompañaba protestó débilmente de esta deferencia excesiva... "Hermano —era la respuesta—, ¿es que sus ángeles de guarda no nos merecen este respeto?"

Algunos se acuerdan también del inevitable ferulazo —la férula específica de los maestros de siglos y siglos de generaciones—, pero el recuerdo agrio va indefectiblemente unido a otros recuerdos: el sosegado signo de la cruz que el santo hombre trazaba sobre sí antes de crucificar levemente la carne de sus discípulos. Al niño le impresionaba el gesto, pero se le escapaba ciertamente el significado. No le es fácil al maestro ponerse siempre en guardia contra su propia afectividad también alborotada. Lo entenderá quien tuviere experiencia de chicos. El Beato Benildo se ingeniaba en este arte difícil. Su llavero era su mejor cilicio; cuando algún rapazuelo se propasaba —y ocurría, y ocurrió también la excepción del zueco agresivo disparado por una manecilla irascible— se encontraba con el llavero del director entre sus manos, con la orden de devolvérselo a la salida. Tiempo ganado contra posibles traiciones de su genio vivo. Cuando el alumno alargaba la mano, baja la cabeza, con el famoso llavero, era ya tiempo para los dos, maestro y discípulo, de satisfacer sin pasión a las irreemplazables oportunidades de la educación y a las exigencias de la disciplina.

La atención a la marcha general de la escuela nunca fue excusa para que el hermano Benildo se apartase del contacto directo con las clases. Las intrigas pueblerinas, inevitables en una organización dependiente del mismo municipio, acreditaron su serenidad de juicio, y su equilibrio sabía contrarrestar las injerencias a veces opuestas de ediles y párrocos. Pero su gestión administrativa no pudo anular el instinto sobrenatural de catequista y maestro, que era en él el motor de su vida,

Todos los días pasaba por las clases. Ayudaba a los maestros novicios, corregía con su propia letra los renglones titubeantes de los más pequeños, estimulaba el esfuerzo con cuidadosos y constantes sistemas de emulación, poniendo íntegra, a disposición de sus aldeanos, la acreditada tradición de su Instituto. De sus explicaciones de religión, nos han quedado testimonios fervorosos. El mismo se ocupaba cada año de preparar los niños que habían de hacer la primera comunión, haciéndose niño con los niños para presentarlos a Cristo.

Y esto hasta el fin, hasta su última visita a las clases, ya enfermo, días antes de morir: "Hijitos, sé que rezáis por mí; pero ya no me curaré; el Señor me llama. En el cielo rogaré por vosotros". Algunos de aquellos muchachos se acordaban de los sollozos que estallaron en las clases. Y no son frecuentes estas expresiones de emoción en las escuelas.

En estas llamas mansas y continuas se gastó su vida. En el alba del 13 de agosto de 1862 las campanas de Saugues avisaban a la parroquia: se iba a administrar la extremaunción a un enfermo. Todos sabían de quién se trataba; las calles se animaron en aquella hora fría y desusada y los aldeanos acompañaron al sacerdote a la humilde escuela, y al humilde lecho del enfermo, los que pudieron entrar. El sacerdote accede a la súplica de los que le acompañan y pide la bendición del hermano Benildo para todos los presentes y para el pueblo entero. La leve resistencia se esfumó en la última sonrisa, y la misma mano que tantas veces se había levantado sobre ellos para enseñar, para corregir, para estimular, ahora se levanta para bendecir, con la misma sencillez de toda la vida. Aquella misma mañana el hermano Benildo descansaba en la paz.

No fue a Dios con gestos magníficos, ni con rudas penitencias. Hizo su camino por el camino de todos. Osciló como todos los hombres entre el dolor y la tristeza, entre la paz y el riesgo, entre el temor y la esperanza. En los últimos días nos dejó un documento a nuestra medida de la bíblica milicia que fue su existencia. Un viejo sacerdote le visita: "Habéis llevado una vida de santo, es cierto, pero los juicios de Dios son inescrutables". Cuando sale el inoportuno visitante, el enfermo llama a sus hermanos con la angustia en los ojos: "Leedme unas páginas sobre la misericordia de Dios".

Aceptó suavemente, sencillamente esta condición de la vida temporal hasta que la última campanada del tiempo fijó en Dios el péndulo de su conciencia.

Beatificado el 4-Abril-1848 
Canonizado el 29-Octubre-1967

HERMANO JULIÁN, F. S. C.

12 ago. 2015

Santo Evangelio 12 de agosto de 2015



Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Carlos Latorre, cmf
Queridos amigos:

Todos buscamos la felicidad. Si no conseguimos ser felices, la vida nos parece un fracaso. Pero, ¿cuáles son los caminos seguros para alcanzar la felicidad? Lo primero que descubrimos es que la felicidad no se regala. Y que si uno la quiere poseer, primero la tiene que regalar a los demás. En el evangelio de hoy Jesús nos muestra el camino del perdón y de la corrección fraterna como medios eficaces para vivir felices.

En la convivencia de las personas siempre hay desajustes, roces, molestias. Nadie estamos libres de estas situaciones. Como suele  decirse, “pasa en las mejores familias”. Cuánto más en la comunidad cristiana o en el grupo de apostolado.

Solemos tener muy buen ojo y olfato para descubrir los defectos y errores de los demás. Dice Jesús: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”.

¿Cómo puede llegar nuestra oración al corazón del Padre? Poniendo en práctica esta recomendación del Señor Jesús: “Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

Por eso es tan importante rezar en comunidad, en familia, con los amigos. Entonces la fuerza de nuestra oración es infinita.

Los últimos párrafos del Deuteronomio nos presenta a Moisés contemplando desde las alturas del monte Nebo la Tierra Prometida. Y allí morirá. De Moisés no queda ni tumba, ni mausoleo, ni monumentos, ni rastro alguno que induzca a endiosamientos ingenuos y vacíos que pudieran servir para alimentar falsos mesianismos. Queda su legado, la Ley de Dios que él transmitió fielmente a su pueblo, y el ejemplo de una fidelidad total a la llamada de Dios que le envió a liberar al pueblo de la esclavitud.

Vuestro hermano en la fe.
Carlos Latorre
Misionero Claretiano


Oración a la Virgen del Carmen



12 de Agosto BEATO ISIDORO BAKANJA Laico congoleño, mártir


12 de Agosto

BEATO ISIDORO BAKANJA
Laico congoleño, mártir


Boangi (Congo), hacia 1885
+ Busirá, 15-agosto-1909 
B. 25-abril-1994


CATEQUISTA DE FE HEROICA

Hacia 1885, en la población de Boangi (Congo), vino al mundo Isidoro Bakanja. Su padre Yonzwa y su madre Inyuka eran paganos. La familia estará compuesta por tres hijos: dos niños y una niña.

Hacia 1905, tenía Isidoro unos veinte años, una empresa de obras públicas de Mbandaka le contrata como peón de albañil por tres años. Al mismo tiempo sigue el catecumenado con los monjes trapenses.

Isidoro ha sido alcanzado por el amor de Cristo y ha tomado la decisión de unirse al Señor y a la santa Iglesia católica.

El 6 de mayo de 1906 recibe el bautismo, y su amor por María, su Madre del cielo, arraiga profundamente en su corazón. Para marcar su pertenencia tan especial a la Santísima Vir-
gen, ese mismo día recibe el escapulario de Nuestra Señora del Carmen, <

Recibe la confirmación el 25 de noviembre de 1906 y toma la primera comunión el 8 de agosto de 1907, a los 23 años. El librito de catecismo con el que se formó en la fe cristiana, preparado por los padres trapenses, daba gran importancia al testimonio o buen ejemplo. Preguntaba:

¿Cómo se sabe que alguien es cristiano?

—Si lleva colgado del cuello un escapulario de María y un rosario. De ese modo, ese hombre es cristiano y es conveniente que muestre su fe ante los otros. Amigos míos, es bueno que el escapulario y el rosario estén siempre con nosotros. Dios es nuestro Padre, María es nuestra Madre y ha demostrado frecuentemente que protege a sus hijos.»

Sobre su vida en Coquilhatville tenemos solamente este testimonio directo:

—Bakanja tenía un carácter muy dulce. No discutía jamás. Era un cristiano buenísimo». »Bakanja era siempre afable con todos, blancos o negros; no discutía jamás; rezaba siempre».

Siempre lo ostenta valientemente como signo de testimonio cristiano y de piedad hacia la Madre de Dios.

Se puso a trabajar en una empresa de caucho que dirigía como gerente un belga blanco llamado Longange. Éste tenía odio declarado a todo lo que oliese a »religioso o cristiano», a lo que despectivamente llamaba »mompére»> y había prohibido que se rezase y se llevasen signos externos de religión. Un día, mientras Bakanja sirve la mesa a Longange, éste nota el escapulario en el cuello de Isidoro. Le dice:

-Bakanja, quítate ese amuleto del cuello. Es una cosa desagradable. No quiero ver más esa especie de "mompére" aquí.»

Pero Bakanja no se lo quita. Por la noche se queda dormido después de haber rezado al escapulario que lleva al cuello.


CRUELMENTE FLAGELADO

Algunos días más tarde, regresan al campo de trabajo. Durante el desayuno, Longange nota el cordón del escapulario, que sale de la camisa de Bakanja. Se enoja y grita:

—¿Qué significa esto? Te había dicho que te quitaras eso. ¿Por qué no lo has hecho? Por no haberlo hecho, ahora vas a ver las estrellas..."

Y mandó que le dieran 25 azotes con uno de los látigos del lugar. Con humilde sumisión, Bakanja soportó el castigo inmerecido. Poco le importa el látigo, mientras que quitarse el escapulario seria algo muy diferente. Está decidido a no separarse jamás de él. Tanto peor si le azotan...

El mutismo de Bakanja saca de quicio a Longange, que se dice:

—¡No hay nada que hacer con estos perros cristianos! ¡Minan la autoridad de los blancos! Si este tipo continúa comportándose así, todo el personal se pondrá a rezar.»

En su trabajo es diligente, íntegro y concienzudo. Es abiertamente católico y muchos, impresionados por su sensatez, lo eligen como catequista.

Realiza sus ejercicios piadosos (oración diaria, rosario, confesión y comunión frecuentes) y su apostolado entre sus compañeros, pero sin que esto interfiera en su vida profesional.

Aquella aversión de Longange aumenta a medida que Isidoro es respetado por sus superiores. Isidoro, irreprochable y muy valeroso, no se deja intimidar en lo referente a su fe.

En febrero de 1909, el gerente de la SAB ordena por primera vez que Bakanja sea castigado con veinticinco golpes de cachiporra por haberse negado a quitarse el escapulario.

Longange decide acabar con Bakanja. Manda que le maten. Bakanja, al enterarse, valiente, se presenta ante él y le dice:

—No te he robado. No me he acercado a tu mujer ni a tus concubinas... He hecho cuanto me has mandado... ¿Por qué quieres matarme?»

-«Cierra el pico, animal de "mompére" -le contesta malhumorado Longange-, voy a mandar que te azoten hasta matarte porque llevas esos trapos y enseñas oraciones a mis trabajadores.»

Manda a un compañero negro que le azote con un látigo para domar a los elefantes, lleno de clavos sobre el cuero. Viendo que su compañero no lo hace, él mismo se arroja sobre él, lo tira al suelo y le golpea bárbaramente gritando:

-»¡Termina todo ese teatro! ¡No quiero ver más aquí esos trastos de "mompére"!»

Arranca el escapulario del cuello de Isidoro y lo tira a su perro, que lo agarra y va a destrozarlo en el campo de boniatos. Le golpea con sus botas, con el látigo y lo deja casi muerto. Bakanja, chorreando sangre por todo el cuerpo, gime:

-Blanco, estoy muriendo... piedad... Mamá, me muero.»

Longange se entera que ha llegado un inspector de la empresa que él dirige y teme que todo se sepa. Para evitar que Bakanja le cuente nada, lo encierra en un calabozo, donde le comen las ratas y recibe nuevos golpes y malos tratos de Longange. Un día dejan la puerta abierta, y, arrastrándose, puede huir Bakanja. En la huida, se encuentra con Moyá Mptsu, que es un criado del inspector Potama, quien queda profundamente impresionado al verlo hecho una calamidad. Bakanja le dice: «Si ves a mi madre, si vas a casa del juez, si vas a la residencia del padre, diles que muero porque soy cristiano».

Tras recuperarse de las heridas, Isidoro sigue con regularidad su vida de plegaria, de trabajo y de catecismo. Pero Longange ordena que Bakanja sea tendido en el suelo, y él mismo va a buscar una correa de piel de elefante con dos clavos en el extremo. Acto seguido manda que golpeen a su víctima hasta sangrar, para matarlo.

Sin embargo, no muere, y es conducido a un local que le servirá de calabozo. Su perseguidor en persona le ata ambos pies con dos argollas metálicas cerradas con candado y unidas a un enorme peso: es el trato que da a los condenados a muerte.


MUERE PERDONANDO, COMO JESÚS EN LA CRUZ

Los planes de Longange de que muera Isidoro en aquel lóbrego calabozo no van a cumplirse porque se anuncia una visita de un inspector de la SAB para dentro de dos días, y hay que evitar que vea el cuerpo de Bakanja cubierto de heridas.

Según dijeron los testigos, había recibido por lo menos doscientos golpes. Así que se lo llevan a Isako para que el inspector no descubra el crimen. Mas Bakanja consigue escaparse de sus guardianes deslizándose en la orilla del pantano, cerca del camino que conduce al embarcadero. Se lo come el pus y los gusanos. Debe permanecer siempre con el vientre pegado a tierra.

El 24 y 25 de julio tiene el gran consuelo de recibir la visita de los misioneros. Se confiesa, recibe la Unción de los enfermos y la Eucaristía. A las preguntas de los misioneros, de nuevo les da cuenta de lo ocurrido con estas palabras:

–«El Blanco no amaba a los cristianos. No quería que yo llevara el hábito de María, el escapulario. Me insultaba cuando rezaba.»

El padre trata de consolarlo. Bakanja le reafirma entonces su «fiat', su plena adhesión a la voluntad de Dios:

«No tiene importancia que yo muera. Si Dios quiere que viva, viviré; si Dios quiere que muera, moriré. Me da igual.»

El padre desea exhortar también a Bakanja a que no nutra odio en su corazón, a que perdone al Blanco que lo ha maltratado, aun a rezar por él, devolviéndole bien por mal.

Le responde Isidoro:

«No estoy enojado contra el Blanco, el que me haya flagelado es asunto suyo, no mío. Sí, si muero, pediré por él en el cielo.»

La mañana del domingo 15 de agosto de 1909, escupe sangre y pus. Se levanta y hasta llega a tomar parte en la oración. Poco después muere.

Los cristianos le entierran con el rosario que tenía en las manos y con el escapulario de la Virgen del Carmen sobre su pecho y espalda llagada.

Aquel día la Iglesia celebraba la entrada triunfal de María a los cielos. Aquel mismo día atravesaba la puerta del paraíso este mártir del rosario y del escapulario del Carmen.

El 25 de abril de 1994, el papa Juan Pablo II lo beatificó, presentándolo al mundo como modelo de santidad.

El santo padre se dirigió al nuevo beato en estos términos:

«Tú, Isidoro... sufriste la flagelación como tu Maestro porque quisiste permanecer fiel a la fe de tu bautismo a toda costa. Igual que tu Maestro en la cruz, perdonaste a tus perseguidores, mostrándote artífice y modelo de reconciliación. Revestido con el "hábito de María", avanzaste como ella y caminaste en tu peregrinación de la fe. Ayúdanos a nosotros, que debemos recorrer el arduo camino, a elevar los ojos hacia María y tomarla como guía.»

RAFAEL M.ª LÓPEZ MELÚS, O. Carm.