24 ago. 2013

Siete palabras para siempre


Siete palabras para siempre

Las palabras de Jesús son nuevas porque las pronuncia a cada corazón y a cada hombre en el hoy de la historia. 
Autor: P. Antonio Izquierdo, L.C | Fuente: Catholic.net

Jesucristo en la cruz pronunció siete palabras, tal como lo han testimoniado los cuatro evangelistas. Siete palabras, tres recogidas por Lucas, tres por Juan y una misma por Marcos y Mateo.

Las Palabras sobre las que vamos a reflexionar son nuevas, muy nuevas podríamos decir, porque Jesús las pronuncia a cada instante. Y no envejecen, porque las pronuncia a cada corazón y a cada hombre en el hoy de la historia. Son palabras para siempre. Sí, estas palabras históricas pronunciadas desde la cruz son palabras eternamente nuevas, y hacen a quienes las acogen y las viven hombres también nuevos. 


Primera palabra
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. 

¡Qué diferente, qué nuevas se nos hacen, por contraste, las palabras de Jesús en el momento supremo de la cruz! Jesús nada sabe de venganza, no siente que ha perdido su dignidad filial, no pide ni promete castigos ni maldiciones. "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Padre, perdona a todos: a los ladrones, a las autoridades judías, al gentío, a los transeúntes, a los soldados, a mis discípulos; perdona a todos: a los corruptos, a las prostitutas, a los hipócritas, a los desinhibidos, a los hutus y a los tutsis, a los serbios y a los kosovares, a los que construyen las armas y a los que hacen las guerras, a los genocidas y a los abortistas, a los que pecan de oculto y a los que lo hacen en público, a los criminales de profesión y a los que lo son sin que lo aparenten...

Segunda palabra
Te aseguro hoy estarás conmigo en el paraíso. 

En el Antiguo Testamento se habla del sheol después de la muerte, ese lugar tenebroso, algo fantasmal y como lleno de sombras, bastante triste en que yacían las almas de los muertos. Muy lejos se está todavía de considerar el paso de la vida a la muerte, como el paso al paraíso, el lugar de todas las delicias y felicidades. La concepción judía sobre la resurrección estaba relacionada con el fin de los tiempos, no con el hoy con que Jesucristo la asegura: HOY estarás conmigo en el paraíso. En la Torah se dice que es maldito quien cuelga de la cruz, puesto que eso significa que se trata de un criminal, de alguien que no ha cumplido la Ley de Dios y sus preceptos. Jesús acepta que su interlocutor es un criminal, pero no lo considera maldito, sino bendito, digno de gozar eternamente del paraíso; él es muy consciente de que no ha venido a salvar a los justos, sino a los pecadores. La novedad de esta palabra de Jesús requiere un corazón de niño, un volver a nacer por obra del Espíritu. Así es ahora el corazón de este hombre que de ladrón se ha convertido en niño: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey. También nosotros digamos: "Yo quiero ser como un niño". Y como niños escucharemos de labios de Jesús: Hoy estarás conmigo en el paraíso... Con Jesús, la vida, cualquiera que sea su circunstancia, es un paraíso, el único paraíso. 


Tercera palabra
"Mujer, ahí tienes a tu hijo". después dijo al descípulo: "Ahí tienes a tu madre". 

En el Antiguo Testamento el pueblo de Israel es simbolizado por una esposa. "Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré en justicia y en derecho, en amor y en ternura, te desposaré en fidelidad, y tú conocerás al Señor" (Os 2, 21-22). Pero, que yo recuerde, no existe el símbolo de una madre aplicado a Israel; el símbolo de padre y madre es aplicado a Yavéh únicamente. En el Nuevo Testamento la Iglesia, el nuevo Israel, es presentada por varios símbolos: ciertamente el de esposa (Ef 5,21-33) y el de hijo que puede llamar papá a Dios (Gál. 4, 6-7), pero también el de madre, como aquí en la cruz. María, la madre de Jesús, la mujer nueva de la historia, simboliza la Iglesia que nos engendra a la fe, a la esperanza y al amor de Dios. A su vez, el discípulo amado, representa a la Iglesia que día tras día vamos engendrando mediante la palabra y el sacramento. De modo que la Iglesia es madre como María e hijo como el discípulo amado. Cristo en la cruz regala a la Iglesia, simbolizada en María, un atributo de Dios: el ser padre, el ser madre de los creyentes, de la humanidad. 

Hoy la Iglesia, desde su cruz y desde nuestra cruz, nos da a María, como madre y maestra de vida, como compañera de camino, como modelo de generosidad y de entrega, como símbolo de la unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad de la Iglesia. 

María simboliza y promueve la unidad porque todos los cristianos somos sus hijos; simboliza y promueve la santidad, con su amor y su ternura hacia su Hijo y hacia la voluntad del Padre; simboliza y promueve la catolicidad, porque es la nueva Eva, la madre de la nueva humanidad, a la que todos los hombres estamos llamados; simboliza y promueve la apostolicidad, con su presencia y su solicitud por los apóstoles como en el cenáculo en los días de Pentecostés. María es Iglesia. María hace Iglesia, engendra la Iglesia. 


Cuarta palabra
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 

En el libro de los salmos encontramos muchos que hablan de peligros, persecuciones, intrigas, malignidad humana... y de confianza en Yahvéh que salva al que ora de todo ello. El salmo 22 pertenece a este grupo de salmos. Sobre él, como sobre un pentagrama, parece haber sido redactado el texto de la pasión de Jesucristo. Escuchemos algunos fragmentos: 
"¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? ¿por qué no escuchas mis gritos y me salvas?... 
todos los que me ven se ríen de mí: 
´Se encomendó al Señor, ¡pues que él lo libre,
que lo salve, si es que lo ama!´...
...taladran mis manos y mis pies,
puedo contar todos mis huesos,
se reparten mis vestiduras,
echan a suerte mis ropas".

Si nos fijamos en la figura de Job, los 
lamentos en su desgracia, son impresionantes a nuestros oídos:

"Desaparezca el día en que nací
y la noche que dijo: Ha sido concebido un hombre.
Que ese día se convierta en tinieblas...
Lo único que me quedan son mis gemidos;
como el agua se derraman mis lamentos...
No tengo paz, ni calma, ni descanso,
y me invade la turbación" (Job 3,3-4.20-26).

Jesús es el último y supremo de entre los justos perseguidos. "El mismo Cristo, en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquél que podía salvarlo de la muerte" (Hbr 5,7). Pero es también el Hijo obediente y el sumo sacerdote que ofrece voluntariamente su vida para la salvación de la humanidad: "Fue escuchado en atención a su actitud reverente. Y aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer" (Hbr 5,7-9). Jesús no grita a su Padre que le libre de la muerte como el justo perseguido, Jesús no se lamenta de su estado desgarrador e inhumano al estilo de Job, Jesús grita al Padre el abandono que siente su alma, y el deseo de consumar hasta el final su sacrificio redentor.


Quinta palabra
Tengo sed 

En el Antiguo Testamento la sed está muy presente. Se nos habla del pueblo de Israel, sediento cuando marcha por el desierto, y que se queja de haber sido conducido allí para morir en él de sed (cf. Ex 17,1ss). 

¡Cuánto mejor estaban en Egipto! 

De sed se habla también en algunos de los salmos. Por ejemplo, en el salmo 41: "Tengo sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?" o en el salmo 68: "Los insultos me han roto el corazón y desfallezco; espero compasión, y no la hay; nadie me consuela. Me pusieron veneno en la comida, me dieron a beber vinagre para mi sed". 

Jesús tiene sed, como junto al pozo de Jacob en Siquén, pero ahora ya no pide que le den de beber, como lo hizo allí cuando se dirigió a la samaritana (Jn 4,10-15). Jesús en las bienaventuranzas dijo: 
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados" (Mt 5, 6), y ahora el Padre, no los hombres, sacia misteriosamente esa sed de justicia de Jesús, es decir, de redención. Y al término del libro del Apocalipsis dice Jesús: "Si alguno tiene sed, venga y beba de balde, si quiere, del agua de la vida" (22,17), porque "el que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed" (Jn 6,35). Y el Apocalipsis no es sino el eco de unas palabras del Evangelio: "El último día, el más importante de la fiesta (fiesta de los tabernáculos), Jesús, puesto en pie ante la muchedumbre, afirmó solemnemente: Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba" (Jn 7, 37-38). Y en el gran momento del juicio final escucharemos estas palabras de Jesús: "Venid, benditos de mi Padre, porque estuve sediento y me disteis de beber" (Mt 25, 31-40). 

Es nueva la sed de Jesús. No es sed del Dios vivo, porque esa sed está completamente saciada. No es tampoco la palabra de Jesús un grito de queja, de desesperación, de rebelión, como en el caso de los israelitas. Es sed real, sí, pero no sólo en su realidad física, sino sobre todo en su realidad más íntima y espiritual. Es sed de justicia, de redención por la sangre. Es sed que sólo el Espíritu Santo puede apagar en el corazón de Cristo y del cristiano. Es sed que no es suya, sino de sus hermanos los hombres, hecha propia por él en el calvario. 


Sexta palabra
Todo está cumplido

Ha ido a donde el Padre quería; ha predicado cuando, donde y por el tiempo que el Padre quería; ha hecho los milagros que el Padre quería; ha elegido a los hombres que el Padre le indicó; ha predicado la verdad y la justicia, como el Padre quería; ha vivido conforme a lo que predicaba, para agradar a su Padre; ha sufrido los tormentos indescriptibles de la pasión y de la cruz; ha cumplido las Escrituras. Ahora ya puede expirar como un soldado valiente que ha combatido el buen combate y que grita: Adsum! 


Séptima palabra
Padre, a tus manos confío mi espíritu.

A ti, Señor, me acojo; no quede yo defraudado... 
Sé para mí roca de cobijo y fortaleza protectora... 
guíame y condúceme, por el honor de tu nombre... 
En tus manos encomiendo mi espíritu; 
tú, Señor, el Dios fiel, me rescatarás (Sal 31, 2-6). 

Jesús, con este salmo, llama a Dios su roca y su fortaleza. Esa roca y fortaleza ya no es Yahvéh, es el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Hay una novedad radical: No es la relación de un vasallo con su rey, sino la de un hijo para con su Padre. No se abandona a las manos poderosas de Yahvéh, el Señor de los ejércitos, el rey de las naciones, sino en las manos tiernas y benditas del Padre. Digamos también nosotros: Padre, a tus manos confío mi espíritu, mi vida entera, ahora en el tiempo de la lucha, luego en la eternidad del amor. 

Santo Evangelio 24 de agosto de 2013



Día litúrgico: 24 de Agosto: San Bartolomé, apóstol


Texto del Evangelio (Jn 1,45-51): En aquel tiempo, Felipe se encontró con Natanael y le dijo: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás». Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».
Fotografía


Comentario: Mons. Christoph BOCKAMP Vicario Regional del Opus Dei en Alemania (Bonn, Alemania)
Ven y lo verás

Hoy celebramos la fiesta del apóstol san Bartolomé. El evangelista san Juan relata su primer encuentro con el Señor con tanta viveza que nos resulta fácil meternos en la escena. Son diálogos de corazones jóvenes, directos, francos... ¡divinos!

Jesús encuentra a Felipe casualmente y le dice «sígueme» (Jn 1,43). Poco después, Felipe, entusiasmado por el encuentro con Jesucristo, busca a su amigo Natanael para comunicarle que —por fin— han encontrado a quien Moisés y los profetas esperaban: «Jesús el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1,45). La contestación que recibe no es entusiasta, sino escéptica : «¿De Nazaret puede haber cosa buena?» (Jn 1,46). En casi todo el mundo ocurre algo parecido. Es corriente que en cada ciudad, en cada pueblo se piense que de la ciudad, del pueblo vecino no puede salir nada que valga la pena... allí son casi todos ineptos... Y viceversa.

Pero Felipe no se desanima. Y, como son amigos, no da más explicaciones, sino dice: «Ven y lo verás» (Jn 1,46). Va, y su primer encuentro con Jesús es el momento de su vocación. Lo que aparentemente es una casualidad, en los planes de Dios estaba largamente preparado. Para Jesús, Natanael no es un desconocido: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). ¿De qué higuera? Quizá era un lugar preferido de Natanael a donde solía dirigirse cuando quería descansar, pensar, estar sólo... Aunque siempre bajo la amorosa mirada de Dios. Como todos los hombres, en todo momento. Pero para darse cuenta de este amor infinito de Dios a cada uno, para ser consciente de que está a mi puerta y llama necesito una voz externa, un amigo, un “Felipe” que me diga: «Ven y verás». Alguien que me lleve al camino que san Josemaría describe así: buscar a Cristo; encontrar a Cristo; amar a Cristo.

San Bartolomé, 24 de agosto


24 de agosto

SAN BARTOLOMÉ

(†  siglo I)


El nombre de Bartolomé es un patronímico que significa "Hijo de Tholmai", derivado del arameo a través del griego. El nombre de Tholmai aparece en el Antiguo Testamento (Núm. 13, 23, y 2 Sam. 3, 3), y Josefo lo cita en la forma griega, Tholomaios (Antigüedades, XX, I, 1).

 Del apóstol Bartolomé el Nuevo Testamento no conoce más que el nombre, consignado en las cuatro listas del Colegio Apostólico (Mt. 10, 3; Mc. 3, 18; Lc. 6, 14, y Act. 1, 13).

 Si el cuarto Evangelio no menciona a Bartolomé, señala por dos veces la presencia cerca de Jesús de un discípulo llamado Natanael, nombre derivado también del arameo, que quiere decir "Don de Dios".

 Se plantea la cuestión de saber si Bartolomé y Natanael son el mismo personaje. Esta identificación es muy posible, puesto que Bartolomé es un simple patronímico, como Barabbas o Barjona, que puede usarse solo, pero supone, naturalmente, un nombre propio.

 Pero, además, esta identificación es muy probable porque la vocación extraordinaria de Natanael, consignada en el cuarto Evangelio, no parece que fuera estéril. A continuación del relato de su primer encuentro con Jesús, San Juan introduce a nuevos personajes que comienzan a relacionarse con el joven Maestro, y uno de ellos debió ser nuestro apóstol.

 "Al otro día, queriendo Jesús salir hacia Galilea, encontró a Felipe, y le dijo: Sígueme. Era Felipe de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Encontró Felipe a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y en los Profetas, a Jesús, hijo de José de Nazaret. Díjole Natanael: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Díjole Felipe: Ven y verás. Vio Jesús a Natanael, que venía hacia El, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita en quien no hay dolo. Díjole Natanael: ¿De dónde me conoces? Contestó Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Natanael le contestó: Rabbi, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Contestóle Jesús y le dijo: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver. Y añadió: En verdad, en verdad te digo, que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre" (lo. 1, 43-51).

 Este Natanael, que tan cumplido elogio mereció de Cristo, era de Caná (lo. 21, 2), dato que consigna San Juan al presentarle por segunda vez, cuando la pesca milagrosa en el Tiberíades después de la resurrección del Señor. Era también amigo de Felipe, como acabamos de ver, y quizá esta amistad sea la razón de que Bartolomé y Felipe formen pareja en la lista de los apóstoles que traen los sinópticos, lo cual confirma la tesis de que Bartolomé y Natanael son una sola persona.

 Las objeciones en contra no tienen peso. Porque si en antiguos catálogos de apóstoles figuran como distintos, también son distintos Pedro y Cefas, con lo que pierden toda autoridad tales documentos. Y si San Agustín se inclina igualmente a distinguirlos (Comm. in Io., I, 843), y le sigue San Gregorio Magno, lo hace dando una interpretación demasiado personal al pasaje "¿De Nazaret puede salir nada bueno?", que le descubriría como "doctor de la Ley", demasiado suspicaz para que Cristo le admitiera como apóstol, lo cual está en contradicción con el elogio del mismo Cristo y se explica suficientemente admitiendo que Natanael no dominara del todo sus sentimientos de paisanaje. Caná y Nazaret eran poblaciones demasiado cercanas para que entre ambas no hubiera rivalidades.

 Probada de esta forma la identidad de Bartolomé y Natanael, recapacitemos un instante sobre su primer encuentro con Jesús. Alma noble e impresionable, sin dobleces ni recovecos, manifiesta con todo candor sus emociones, pasando de la duda a la admiración y a la entrega. Juega Jesús con esta fogosidad del discípulo, y le prepara ya desde ahora para las grandes teofanías y revelaciones.

 Lo de la higuera fue un simple destello de su sabiduría divina. "¿Porque te he dicho eso crees? Cosas mayores has de ver." La primera gran manifestación llegará a los tres días, y precisamente en Caná, para que obrando allí el prodigio desaparezca toda sospecha contra el descendiente de Nazaret. Porque en el reino de Dios no hay compromisos aldeanos de patria o lugar, de carne o sangre.

 En Caná, patria de Bartolomé, asistió Jesús con su Madre y sus discípulos a aquella boda que envidiarían los esposos jóvenes de todos los siglos. En ella convirtió el agua en vino y elevó el contrato a sacramento, el amor humano a caridad sobrenatural, dando así su regalo nupcial anticipado a todos los matrimonios cristianos.

 El maestresala, atolondrado con el apuro de faltar el vino, no sabía la procedencia del vino nuevo; pero sí estaban al tanto de ello los criados, que llenaron de agua hasta rebosar las ánforas de las abluciones. Ciertamente que Jesús había hecho una espléndida manifestación de su gloria y con razón podían creer en él sus discípulos. ¿Sería descabellado imaginarnos un aparte de Felipe a Bartolomé al gustar el vino milagroso: "¡Qué! ¿Puede salir algo bueno de Nazaret?"

 Y aquello era sólo el comienzo. Restaban mayores cosas, no tanto por los prodigios espectaculares cuanto por la intimidad con el Señor. ¡La dicha de convivir hora a hora con el Maestro! Jesús va moldeando a sus discípulos como el alfarero el dócil barro. La materia prima es buena, la gracia divina hará lo demás. Los apóstoles fueron la mejor obra artesana del Carpintero de Nazaret.

 El Evangelio, parco siempre y contenido, no desciende a muchos detalles que saciarían nuestra devota curiosidad; pero a través de sus páginas podemos seguir las andanzas del Colegio Apostólico. Presididos por el Maestro recorren, en continuo trajín pueblos y aldeas, predican en sinagogas y plazas, a las orillas del lago o en los repechos de la montaña. Las turbas les acosan, sin darles lugar a descanso, "pues eran muchos los que iban y venían y ni tiempo de comer les dejaban" (Mc. 6, 31).

 Esto de la comida era frecuente, como cuando se percatan, después de haber subido a la barca, que han olvidado proveerse de pan (Mt. 8, 14), o cuando tienen que comer espigas de los sembrados, desgranándolas con las manos, lo que provoca un conflicto con los fariseos, por ser día de sábado (Mt. 12, 1), o buscan higos en la higuera estéril (Mt. 21, 18).

 De dormir tampoco andarían muy sobrados. El Señor pasaba las noches en oración y sus discípulos procurarían imitarle. Pero es que les vemos en diferentes ocasiones cruzando el lago de noche, para aprovechar el tiempo, como después de las dos multiplicaciones de los panes y los peces, y puede que también durante la tempestad, cuando el mismo Señor, rendido, se durmió en la navecilla (Mt. 8, 24).

 Era la vida errante que Cristo había mostrado al discípulo tímido que deseaba seguirle. "Las zorras tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza" (Lc. 9, 58).

 Y como El los suyos. Dependían de la caridad ajena, de los amigos que les invitaban a comer, del socorro de las santas mujeres o de la administración tacaña de Judas, que, como ladrón, robaba de la bolsa común (lo. 21, 5).

 ¿Cuál era la condición de los apóstoles? En lo social pertenecían a lo que pudiéramos llamar una clase media acomodada. Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, tenían un próspero negocio de pesca, con barca propia y criados. Similar era la situación de Simón y Andrés, y por el estilo la de Felipe y Bartolomé, los galileos que vivían en la región ribereña del lago. Probablemente alternaban el oficio de la pesca con otras profesiones artesanas, o con el pastoreo y la labranza.

 En lo cultural poseían la instrucción de los de su clase, basada en un conocimiento suficiente de la Ley y la literatura religiosa judía, y seguramente sabían, además del arameo, el griego común, la lengua que se hablaba en Cafarnaúm y sus aledaños, por ser nudo de comunicaciones y comercio.

 En lo religioso eran almas sinceras, asiduos a la sinagoga los sábados, cumplidores sin escrúpulos nimios de la Ley, encendidos en la esperanza del Mesías, entregados de lleno al ideal de salvación de Israel que el Maestro predicaba, aunque algunas veces se dejaran llevar de interpretaciones algo terrenas.

 ¿Cómo se manifiestan los apóstoles? Con una mezcla muy humana de buenas cualidades y defectos.

 Son generosos, lo han dejado todo, sus casas, su familia, sus amistades, su profesión... Han roto todos los lazos que les unían a cosas tan queridas y entrañables, y se han lanzado a la gran aventura.

 Son leales a su Maestro, y tiemblan la noche de la cena, cuando les anuncia que entre ellos se encuentra un traidor.

 Piden al Señor que les aumente la fe, que les enseñe a orar, que les explique las parábolas, todo lo cual denota una enorme buena voluntad y un deseo grande de aprovechamiento.

 Junto a estas excelentes cualidades apuntan las imperfecciones. Son puntillosos, buscan los primeros puestos, quieren figurar. Son cobardes cuando regresa Jesús a Judea y cuando le abandonan la noche del prendimiento.

 No entienden tampoco la Pasión, por más explicaciones y anuncios que el Señor les da.

 Mas Jesús, con paciencia infinita, les va instruyendo y formando, aunque deje también para el Espíritu el completar interiormente su obra.

 Alterna la teoría con la práctica y por dos veces les envía a evangelizar los poblados galileos, concediéndoles poderes de arrojar los demonios y realizar milagros.

 Ellos volvieron radiantes por el fruto cosechado, y entonces Jesús exulta de gozo, porque su Padre revela estas cosas a los pequeñuelos y se las esconde a los sabios y prudentes.

 Fueron tres años de trabajo y convivencia que dejaron en su alma un poso inolvidable. Jesús los destinaba a ser sus sucesores en el ministerio pastoral. Ellos gobernarían la grey cristiana y les concedió amplísimos poderes. Les transmitió su sacerdocio, con la potestad de ofrecer el sacrificio de su Cuerpo y Sangre y administrar los sacramentos, signos eficaces de la gracia. Les encomendó el depósito de su doctrina, haciéndolos maestros y doctores.

 Tenían que superar la hora de la prueba, cuando fue como si todo se derrumbara. Ya lo había predicho el Maestro: "Todos padeceréis escándalo por mí esta noche". Ellos, que esperaban había de redimir a Israel...

 Mas ¡qué sobresalto cuando empiezan a llegar noticias confusas de que vive! Y aquella misma tarde del domingo, estando en el cenáculo con las puertas cerradas, se les aparece Jesús: "La paz con vosotros. Yo soy; no temáis. Mirad mis llagas".

 Allí estaba también Bartolomé, que no faltó a la reunión de los hermanos, como Tomás, apóstol individualista.

 Y también estuvo con otros siete discípulos la noche aquella en que Pedro, recordando su juventud, dijo:

 —Voy a pescar.

 Y los demás dijeron:

 —Vamos también nosotros contigo.

 Era al filo de la madrugada, cuando una sombra gritó desde la orilla:

 —Muchachos, ¿tenéis algo que comer?

 —No —contestaron ellos secamente.

 —Pues echad la red a la derecha del navío.

 Y no podían sacar las redes por la abundancia de la pesca. Entonces Juan, el más joven, susurró a Pedro:

 —Es el Señor.

 Y Pedro, impetuoso, sin esperar a que la barca llegara a la orilla, se lanzó a nado, porque estaban cerca de la costa.

 Después fue la ascensión del Señor desde el monte Olivete. Y diez días más tarde la efusión del Espíritu Santo, y la proclamación de la Iglesia, y las primeras conversiones, y los primeros fieles, y la comunidad de todos, hasta formar una sola alma y un solo corazón.

 Pero el Maestro había dicho que predicaran en todo el mundo. ¿Adónde marchó San Bartolomé? Todo es obscuro y confuso en su vida, emborronado por la literatura apócrifa y la leyenda.

 Según las Actas de Felipe habría predicado en Licaonia y en la Frigia; según el Martirio de San Bartolomé, pasión legendaria de la que se conservan dos redacciones, una en griego y otra en latín, habría predicado en el Ponto y el Bósforo; según la tradición que se remonta a Panteno y recoge Eusebio en su Historia, habría predicado en las Indias, entendiendo por tales las Indias orientales, donde habría llevado el Evangelio en arameo escrito por San Mateo; o a un país vecino a Etiopía o a la Arabia Feliz, según las referencias que tomaron los historiadores Rufino y Sócrates.

 Y todavía quedan leyendas más seguras que sitúan a nuestro Santo en Mesopotamia, Persia y Armenia. Allí habría predicado la fe en Areobanos, no lejos de Albak, y habría convertido a la hermana del rey, quien, en un acceso de ira, le mandó desollar vivo y decapitarlo. Desde luego los armenios le tienen por patrono principal, y por las circunstancias de su martirio lo es también de los carniceros y curtidores.

 En mis recuerdos infantiles se halla ligada la historia de San Bartolomé, patrono de mi pueblo natal, a esta coplilla que se cantaba la mañana del día 24 de agosto en el rosario de la aurora, y recoge la imagen del Santo que nos ha transmitido la iconografía:

 No hay ningún santo en el cielo
que tenga la honra de Bartolomé, 
porque tiene el cuchillo en la mano, 
el pellejo al hombro y el diablo a los pies. 
Y habéis de saber 
que este Santo fue martirizado 
porque predicaba nuestra santa fe.



Lo del pellejo al hombro y el cuchillo en la mano está relacionado con su martirio; lo del demonio encadenado se refiere al milagro que hizo el Santo aherrojando con cadenas al demonio que hablaba por boca del ídolo Astaroth, que engañaba a los cándidos habitantes de una de las ciudades que evangelizó.

El culto a San Bartolomé está sujeto a la crítica tanto como su propia vida. Las leyendas armenias y coptas aseguran que su cuerpo fue arrojado al mar. Teodoro el Lector y Procopio hablan de un traslado a Daras, en Mesopotamia. Gregorio de Tours dice que llegó milagrosamente a la isla de Lípari. De allí, por miedo a los sarracenos, fue transportado en 808 a Benevento, y más tarde, el año 1000, fue llevado a Roma por gestiones de Otón III, depositándolo en la iglesia de San Adalberto, en la isla Tiberina, que desde entonces se llamó de San Bartolomeo in ínsula, y llegó a ser título cardenalicio. Aunque no está claro si los beneventanos dieron las reliquias del apóstol o las de San Paulino de Nola. Sin embargo, la festividad de hoy es por esta fecha de su traslación. En la Roma medieval llegó a tener dedicadas otras muchas iglesias, lo que se explica por la gran devoción que los fieles han profesado siempre a este glorioso apóstol.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA.

23 ago. 2013

Santo Evangelio 23 de agosto de 2013



Día litúrgico: Viernes XX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 22,34-40): En aquel tiempo, cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas».

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Comentario: Rev. D. Pere CALMELL i Turet (Barcelona, España)
Amarás al Señor, tu Dios... Amarás a tu prójimo

Hoy, el maestro de la Ley le pregunta a Jesús: «¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22,36), el más importante, el primero. La respuesta, en cambio, habla de un primer mandamiento y de un segundo, que le «es semejante» (Mt 22,39). Dos anillas inseparables que son una sola cosa. Inseparables, pero una primera y una segunda, una de oro y la otra de plata. El Señor nos lleva hasta la profundidad de la catequesis cristiana, porque «de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40).

He aquí la razón de ser del comentario clásico de los dos palos de la Cruz del Señor: el que está cavado en tierra es la verticalidad, que mira hacia el cielo a Dios. El travesero representa la horizontalidad, el trato con nuestros iguales. También en esta imagen hay un primero y un segundo. La horizontalidad estaría a nivel de tierra si antes no poseyésemos un palo derecho, y cuanto más queramos elevar el nivel de nuestro servicio a los otros —la horizontalidad— más elevado deberá ser nuestro amor a Dios. Si no, fácilmente viene el desánimo, la inconstancia, la exigencia de compensaciones del orden que sea. Dice san Juan de la Cruz: «Cuanto más ama un alma, tanto más perfecta es en aquello que ama; de aquí que esta alma, que ya es perfecta, toda ella es amor y todas sus acciones son amor».

Efectivamente, en los santos que conocemos vemos cómo el amor a Dios, que saben manifestarle de muchas maneras, les otorga una gran iniciativa a la hora de ayudar al prójimo. Pidámosle hoy a la Virgen Santísima que nos llene del deseo de sorprender a Nuestro Señor con obras y palabras de afecto. Así, nuestro corazón será capaz de descubrir cómo sorprender con algún detalle simpático a los que viven y trabajan a nuestro lado, y no solamente en los días señalados, que eso lo sabe hacer cualquiera. ¡Sorprender!: forma práctica de pensar menos en nosotros mismos.

Santa Rosa de Lima, 23 de agosto




23 de Agosto

SANTA ROSA DE LIMA

(+ 1617)


El honrado y humilde hogar limeño de Gaspar Flores y María de Oliva, en el cual nació, el 20 de abril de 1586, la niña a quien en el bautismo llamaron Isabel, pero que desde la infancia había de recibir el sobrenombre de Rosa, nos parece, en el gran día del nacimiento de la Santa, un trasunto de Belén y de la humilde gruta en que vino a este mundo el Hijo de Dios. Belén, porque allí nació la primera flor de santidad que perfumó al Nuevo Mundo; Belén, por la pobreza de sus moradores, que pertenecían a la modesta clase media; Belén, por el ambiente bucólico que se respiraba y aún se respira en el huerto que circunda la histórica morada, el humilde aposento hoy convertido en oratorio, en donde vino al mundo Santa Rosa de Lima.

Además, si en mirada de conjunto se abarca el agitadísimo mundo de aquellos tiempos, si se contempla la tragedia del Occidente cristiano, que, con la defección de las naciones protestantes y con la crisis y guerras de religión de las católicas, queda dividido en dos bandos que luchan encarnizadamente por la hegemonía; si en el terreno intelectual, moral, disciplinario, se sigue con atención el duelo a muerte de la Reforma y Contrarreforma, y se admira la oportunidad con que la Providencia divina saca, por decirlo así, de la nada toda un mundo nuevo, toda una familia de futuras naciones, y pone casi todo su peso del lado de la fe tradicional, inclinando así en favor de ésta la balanza de los destinos: en este cuadro de grandiosidad mundial y de trascendencia histórica incalculable, la pequeña Lima del siglo xvi, perdida en las lejanías del Perú colonial, evoca espontáneamente el recuerdo de Belén, y la estrella que en su cielo se levanta nos aparece como el signo del gran Rey y del advenimiento de tiempos mejores, en que acabará por imponerse la fe católica contra la herejía. "A la Ciudad de los Reyes, como se suele llamar a Lima -dice la bula de canonización, de Clemente X-, no le podía faltar su estrella propia que guiara hacia Cristo, Señor y Rey de Reyes" : "Civitati enim regum, qualis dicitur Lima, suum debebabur sydus, quod ad Christum Dominum regem regum dux esset" (a.1671).

Es una delicia para el historiador católico y para todo cristiano sincero contemplar el despliegue de fuerza que la Iglesia emplea en el mundo recién descubierto para ensanchar las fronteras del Reino de Cristo, para consolidar su posesión con el establecimiento de la jerarquía y para ganar. mediante nuevas conquistas en América, la batalla que libraba contra el protestantismo en Europa.

Su misión consiste en ganar el mundo para Cristo mediante un testimonio multiforme. "Seréis mis testigos hasta los confines del mundo" (Act. 1,8). Este multiforme testimonio no faltaba, sino sobreabundaba en América.

Testimonio de la palabra, por boca de los incontables misioneros que se repartían por doquier, con éxito creciente, los campos de la evangelización.

En tiempos de Santa Rosa más de dos mil habían atravesado el Atlántico y habían recorrido el nuevo continente en todas direcciones, realizando el inaudito portento de convertirlo, en menos de un siglo, de pagano en cristiano.

Testimonio de la sangre, vertida con abundancia por tantos mártires de que nos hablan las crónicas de aquellos tiempos, para que con este milagroso riego germinara y fructificara la semilla de la evangelización.

Testimonio de la luz, que brilló en la sabiduría de sus concilios, en la institución de sus universidades, en las obras inmortales de cronistas, historiadores y escritores. en las admirables Leyes de Indias, en la organización, multiplicación y disposición inteligente de las nuevas sedes episcopales.

Clarísima aurora llena de promesas que las misionólogos comparan con la que iluminó al mundo romano en la predicación de los apóstoles.

Testimonio de la santidad, que alumbró a todo el continente a través de la vida ejemplar de tantos prelados y misioneros, enviados a estas tierras por la Madre Patria para admiración y edificación de las nuevas cristiandades. Son muchos los nombres que registra la historia, y cada país honra de modo especial a quienes directamente lo santificaron con su presencia y acción; pero no cabe duda que entre todos descuellan, para gloria de la patria de Santa Rosa, Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, "la mayor lumbrera del episcopado en América", "totius episcopatus americani luminare maius", al decir del Concilio Plenario de la América Latina, y San Francisco Solano, el taumaturgo y figura misionera de mayor relieve en los tiempos coloniales.

Pero al finalizar el siglo xvi algo faltaba a este múltiple y glorioso testimonio y era que, al lado de los santos oriundos de España y que se habían santificado en América, surgieran santos nacidos en este continente y del todo identificados con él. Y Dios en su infinita bondad otorgó al Nuevo Mundo ese precioso don. Muchos santos y santas ocultos debe haber habido en este privilegiado continente desde los días de su descubrimiento y primera evangelización, puesto que una de las notas de la verdadera Iglesia es el florecimiento de la santidad bajo todos los cielos y todas las latitudes; pero sólo tres han alcanzado hasta ahora el honor de la canonización: el contemporáneo de Santa Rosa, San Felipe de Jesús, originario de la Nueva España y protomártir del Japón, donde murió crucificado y atravesado con triple lanza (+ 1597); Santa Mariana de Jesús Paredes, llamada "la azucena de Quito" por su pureza angelical unida a una heroica penitencia, y Santa Rosa de Lima, cuyo perfume podemos decir que ha embalsamado al mundo entero, al insertarse su fiesta en el calendario universal. El primero es una florecilla rubicunda de la Orden seráfica; la segunda es un retoño de la Compañía de Jesús, de cuya recia espiritualidad se nutrió, y la tercera es una gloria de la Orden dominicana, de la cual fue terciaria y cuyo espíritu poseyó con plenitud.

Santo Rosa vino al mundo cuando ya tocaba a su ocaso el gran siglo de España, el siglo xvi. Su vida, breve, interior, escondida, carece del movimiento y dramatismo que llama la atención en las vidas de los grandes apóstoles, de los grandes misioneros, de los personajes epónimos que llevan el sobrenombre de "magnos" y que hacen época en la historia de la Iglesia y del mundo.

Así resume el Breviario Romano—"pro festo simplificato"—su vida admirable, apegándose con fidelidad a la verdad histórica, según consta en los procesos: "La primera flor de santidad de la América meridional, Santa Rosa, virgen, nacida en Lima, de padres cristianos, ya desde la cuna empezó a resplandecer con los indicios de su futura santidad, porque su rostro infantil, tomando la apariencia de una rosa, dio ocasión a que se le diera este nombre. Para no verse obligada por sus padres a contraer matrimonio, cortó ocultamente su bellísima cabellera. Su austeridad de vida fue singular. Tomado el hábito de la Tercera Oden de Santo Domingo, se propuso seguir en su arduo camino a Santa Catalina de Sena. Terriblemente atormentada, durante quince años, por la aridez y desolación espiritual, sobrellevó con fortaleza aquellas agonías más amargas que la misma muerte. Gozó con admirable familiaridad de frecuentes apariciones de su Angel Custodio, de Santa Catalina de Sena y de la Virgen Madre de Dios, y mereció escuchar de los labios de Cristo estas palabras: "Rosa de mi corazón, sé mi esposa". Famosa por sus milagros antes y después de su muerte, el papa Clemente X la colocó en el catálogo de las santas vírgenes". Hasta aquí el Breviario Romano.

Pero esta vida humilde y oculta entraña un mensaje de gran trascendencia que bien podemos calificar de providencial y actualísimo. Providencial para su tiempo, y de perenne actualidad, porque contiene la quintaesencia del Evangelio y va directamente contra el espíritu que anima al renacimiento pagano, que es una de las características de los tiempos modernos.

Ateniéndonos a lo principal y considerando la necesidad des los tiempos, señalaremos cuatro renglones en este mensaje realmente completo y ecuménico: Amor, oración, pureza y sacrificio.

El mundo de aquel entonces, mundo del Renacimiento y de la Reforma, que exaltaba exageradamente los valores naturales y paganos y subestimaba todo lo sobrenatural, necesitaba, además del anatema fulminado contra sus errores y de la palabra de los heraldos de la verdad, el lenguaje contundente de los hechos, la doctrina de Cristo vivida en toda su integridad, y eso tuvo en los numerosos santos suscitados por Dios en el siglo xvi y lo vio admirablemente confirmado en aquel retoño del Nuevo Mundo que fue Santa Rosa, alma que desde la más tierna edad supo valorar las realidades sobrenaturales, alma totalmente abrasada en divina caridad, que a los cinco años se consagraba íntegramente al Esposo inmaculado, que para Él sólo vivía y que mereció al fin de su carrera escuchar de labios de Cristo esta declaración de amor, incomprensible para el mundo: "Rosa de mi corazón, sé tú mi esposa". Ese amor  con el cual nuestra Santa se esforzaba en corresponder a Cristo, y Cristo Crucificado, es clave que nos explica el sesgo heroico de su vida: su fuga del mundo sin dejar de vivir en medio de él; su vida eremítica en minúscula celda construida con sus manos; su rompimiento con toda vanidad; el tanto furor con que armaba su brazo y flagelaba su carne inocente en anhelo insaciable de asemejarse más y más a su Amado divino; su fina sensibilidad para descubrir la presencia y vestigio de Dios en todas las cosas.

Aún se conserva y se visita con mucha edificación, al lado de su casa, un cuarto que la caridad de la Santa convirtió en pequeño hospital, al cual ella conducía a enfermas encontradas en extrema miseria y que tenían la dicha de recibir de las manos de nuestra Santa una atención cuya delicadeza y heroísmo rayan en lo increíble. Cosa parecida acontecía tratándose de las necesidades de orden moral, a cuyo remedio acudía solícita nuestra Santa en cuanto de ella dependía, preocupándose por la evangelización y atención espiritual de los indios, de los negros, de los infieles, y, al no poder ocuparse de esto por sí misma, recomendándolo a quienes podían y contribuyendo con limosnas que ella misma colectaba al sostenimiento de algún seminarista pobre, como verdadera precursora de la Obra de Vocaciones.

Esta divina caridad, de flama tan seráfica al elevarse hacia Dios y de sentido tan humano al extenderse hacia el prójimo, encendió en el alma de Rosa la luz de la contemplación, y ciertamente en grado eminente. Así lo persuaden sus hechos, sus escritos y el testimonio unánime de quienes la conocieron y trataron, tal como aparece en los Procesos y en el amplio estudio de los Bolandistas. Aquel amor a la soledad; aquella asiduidad con que frecuentaba y pasaba largas horas en su celdita de anacoreta, que aún subsiste; aquella fervorosa vida eucarística, tan rara en su tiempo; aquella filial devoción a la Madre de Dios; aquel espíritu de penitencia y amor apasionado a la cruz, son indicios ciertos de la intimidad con Dios y de la elevación habitual en que vivía su alma. El padre Villalobos asegura en su declaración que "había alcanzado una presencia de Dios tan habitual, que nunca, estando despierta, lo perdía de vista". El doctor Castillo, íntimo y autorizado confidente y examinador de la Santa, asegura que desde los cinco años empezó a practicar la oración mental y que a partir de los doce hasta su muerte su oración fue la que los autores místicos llaman unitiva. Y, en general, como asevera L. Hansen, O. P., el testimonio de sus directores, los padres de la Orden de Santo Domingo y de los varios padres de la Compañía de Jesús que largamente la conocieron y trataron, es unánime al reconocer los dones extraordinarios de oración con que el Señor la regaló, elevándola hasta los más altos grados de la vida mística.

Es también la divina caridad en que se abrasaba aquella alma santa la que explica los dos rasgos que la oración litúrgica de su fiesta señala como característicos de su espiritualidad: la pureza y el sacrificio: "Virginitatis et patientiae decore Indis florescere voluisti". Porque el amor, o encuentra parecidos a los que se aman, o los hace tales. Enamorada de Jesús Crucificado, Santa Rosa se aplicó con invencible constancia a reproducir en sí misma la imagen del Divino Modelo de quien proféticamente se dice en el Cantar de los Cantares 5,10: "Dilectus meus candidus et rubicundus": mi amado es cándido y rubicundo. Es blanco, dicen los sagrados intérpretes, por su pureza y santidad sin límites, y es rojo por su sacrificio de redención.

La contemplación de esa pureza y santidad hizo nacer en Santa Rosa el anhelo de la imitación y la movió a realizarlo en forma extraordinaria. Conserva hasta la muerte su inocencia bautismal; hace a los cinco años voto de virginidad; rechaza sin vacilaciones toda proposición de matrimonio, aun cuando sea su propia madre quien porfiadamente la haga; afea con varias industrias su natural hermosura; corta sin miramientos su blonda cabellera; se niega a aceptar el nombre de Rosa, por parecerle llamativo y peligroso, hasta que la Santísima Virgen completa y santifica ese hombre, llamándola Rosa de Santa María; únese a Cristo con el vínculo del matrimonio espiritual, vínculo inefable que transporta a la tierra el misterio de los desposorios inmaculados de la Patria eterna, y sigue hasta el fin de su vida las huellas luminosas de aquella Virgen que la toma por suya y le comunica un reflejo de su pureza singular.

Pero, para que la semejanza con Jesús Crucificado sea perfecta, Rosa tendrá que ser para Él "lirio entre espinas", y a este fin afligirá su carne inocente con toda suerte de maceraciones: ayunos, vigilias, cilicios, disciplinas, austeridades que llenan de asombro y que más son para admirarse que para imitarse.

Configurada así con la Divina Víctima durante su vida, sólo faltaba el rasgo supremo de la muerte para que la semejanza fuera perfecta, y la muerte vino con sus terribles angustias y dolores a convertirla en un acabado retrato del "Varón de dolores", si bien esta colmada medida de dolor no pudo impedir, 'ni siquiera a la hora de la agonía, aquel gozo íntimo que la había acompañado durante la vida, escondido en la parte superior de su alma y que se exteriorizó en alguna forma, momentos antes de morir, en el jubiloso canto de amor que, al son de la vihuela, entonó por indicación suya una de sus más fieles discípulas, Luisa de Santa María, que la acompañaba en aquel angustioso trance.

Así consumaba su sacrificio y preludiaba el cántico nuevo de la bienaventuranza la admirable virgen Santa Rosa, exhalando el último suspiró en la fecha que ella misma había anunciado, 24 de agosto de 1617, fiesta de un santo a quien ella honró durante su vida con una devoción especial y sin duda con luz profética, el apóstol San Bartolomé.

La oportunidad del mensaje de la gran Santa limeña con relación a las necesidades de su .tiempo, el interés permanente de sus grandes lecciones sobre puntos esenciales de la espiritualidad cristiana, las dotes naturales y sobrenaturales con que Dios la adornó a fin de que pudiera transmitir al mundo un mensaje de tanta trascendencia, explican la aceptación general y entusiasta del mismo, su rápida difusión a través de las muchas obras escritas sobre la Santa, la extensión de su culto a todo el continente ya desde los tiempos coloniales, y asegura una creciente gloria, una supervivencia real en el porvenir a la que justamente ha sido declarada por la Santa Sede Patrona de América e incluida en el catálogo de los santos, cuya fiesta anualmente celebra la Iglesia universal. Traducimos a continuación la expresiva y devota oración litúrgica con que se la invoca en el mundo entero: "Oh Dios Todopoderoso, fuente de todo bien, que has querido que Santa Rosa floreciera en las Indias con el encanto de su virginidad y paciencia, y para ello la preveniste con el rocío de tu gracia: concédenos a nosotros tus siervos, que corriendo en pos de sus perfumes suavísimos, merezcamos ser el buen olor de Jesucristo. Que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo Dios por todos los siglos. Así sea".

FÉLIX M. ALVA

22 ago. 2013

Santo Evangelio 22 de agosto de 2013



Día litúrgico: Jueves XX del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 22,1-14): En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía a otros siervos, con este encargo: ‘Decid a los invitados: Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda’. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.

»Entonces dice a sus siervos: ‘La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda’. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’. Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».

Fotografía

Comentario: Rev. D. David AMADO i Fernández (Barcelona, España)
Mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda

Hoy, la parábola evangélica nos habla del banquete del Reino. Es una figura recurrente en la predicación de Jesús. Se trata de esa fiesta de bodas que sucederá al final de los tiempos y que será la unión de Jesús con su Iglesia. Ella es la esposa de Cristo que camina en el mundo, pero que se unirá finalmente a su Amado para siempre. Dios Padre ha preparado esa fiesta y quiere que todos los hombres asistan a ella. Por eso dice a todos los hombres: «Venid a la boda» (Mt 22,4).

La parábola, sin embargo, tiene un desarrollo trágico, pues muchos, «sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio...» (Mt 22,5). Por eso, la misericordia de Dios va dirigiéndose a personas cada vez más lejanas. Es como un novio que va a casarse e invita a sus familiares y amigos, pero éstos no quieren ir; llama después a conocidos y compañeros de trabajo y a vecinos, pero ponen excusas; finalmente se dirige a cualquier persona que encuentra, porque tiene preparado un banquete y quiere que haya invitados a la mesa. Algo semejante ocurre con Dios.

Pero, también, los distintos personajes que aparecen en la parábola pueden ser imagen de los estados de nuestra alma. Por la gracia bautismal somos amigos de Dios y coherederos con Cristo: tenemos un lugar reservado en el banquete. Si olvidamos nuestra condición de hijos, Dios pasa a tratarnos como conocidos y sigue invitándonos. Si dejamos morir en nosotros la gracia, nos convertimos en gente del camino, transeúntes sin oficio ni beneficio en las cosas del Reino. Pero Dios sigue llamando.

La llamada llega en cualquier momento. Es por invitación. Nadie tiene derecho. Es Dios quien se fija en nosotros y nos dice: «¡Venid a la boda!». Y la invitación hay que acogerla con palabras y hechos. Por eso aquel invitado mal vestido es expulsado: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?» (Mt 22,12).

Beatp Bernardo de Ofida, 22 de agosto


Beato Bernardo de Ofida, Capuchino del siglo XVII
Agosto 22


Martirologio Romano: En Ofida, en el Piceno, de Italia, beato Bernardo (Domingo) Peroni, religioso de la orden de los Hermanos Menores Capuchinos, célebre por su sencillez de corazón, inocencia de vida y su admirable caridad para con los pobres (1694). 


Hermano profeso capuchino, admirable ejemplo de caridad evangélica y de atrayente simplicidad, gran devoto de la Virgen. Ya de joven, cuando trabajaba en el campo y pastoreaba, era notable su espíritu de oración y de penitencia. En el convento ejerció diversos oficios: enfermero, portero, limosnero..., en los que realizó a la vez un eficaz apostolado popular con el ejemplo y la palabra, por la bondad y espiritual unción que lo animaban.

En los claustros de casi todos los conventos capuchinos nos hemos detenido muchas veces ante un cuadro imponente y severo: un fraile decrépito, malhumorado, con unas barbas enormes que le caen hasta la cintura, sosteniendo una calavera en la mano izquierda y apoyando en la otra la majestuosa cabeza calva; los ojos semicerrados, el color pálido, los dedos como manojos de sarmientos secos, el hábito de mil colores descoloridos; al frente, un crucifijo de fiera mirada, y sobre una mesa, disciplinas y cilicios de alambres puntiagudos. Las únicas notas simpáticas de ese cuadro son una vara de azucenas frescas y el pedacito de cielo azulino que se recorta en la ventana.

Tal es la estampa tradicional y terrorífica del más amable y candoroso de los hombres, del Beato Bernardo de Offida. Nos parece que los pintores de esos cuadros han manejado unos pinceles demasiado tétricos, que no corresponden a la realidad encantadora del modelo. El Beato Bernardo no es un fantasma para espantar a los espíritus tímidos, sino un admirable ejemplo de caridad evangélica y de atrayente simplicidad, que debiera tener entusiastas devotos entre los niños, los pobres y los enfermos.

Todo es poético en la vida de este capuchino: su infancia graciosa en el campo, su austeridad monástica aureolada de amor, su vejez risueña con noventa años a la espalda.

* * *
Su pueblo natal es Offida, en la Marca de Ancona (Italia), cuna de la Reforma Capuchina. Nace en 1604, el mismo año en que muere su coterráneo San Serafín de Montegranario, lego capuchino, cuya vida será para el Beato Bernardo un modelo que tratará de copiar con absoluta exactitud.

La infancia del Beato Bernardo es parecida a la de muchos santos: cuidar las ovejas, rezar entre los árboles, dibujar anagramas de Jesús y María, pensar en el cielo más que en la tierra, ayunar y disciplinarse.

Se llama Domingo Peroni y es hijo de padres labradores y cristianos. La familia posee una pequeña grey de veinte o treinta ovejas, un pedazo de terreno y una casita pobrísima, donde se cuelan libremente los vientos, la lluvia o el sol, según lo disponga la divida Providencia.

Nuestro santo creció en este hogar pacífico, respirando una atmósfera sana de piedad y de pureza. Se dice que las primeras palabras que balbucieron sus labios fueron los nombres de Jesús y de María, dichos espontáneamente, sin esfuerzo, como los primeros gorjeos de un pajarillo en su nido.

Se adivinaba en su rostro vivaz una inteligencia ágil y una memoria feliz; pero todas estas aptitudes se consagrarán solamente al servicio de la virtud, porque Domingo Peroni no cursará estudios, ni recorrerá universidades, ni leerá gruesos infolios en todos los días de su vida. Sólo las breves páginas del catecismo le bastarán para aprender la ciencia de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo; y en estas virtudes llegará a ser maestro y modelo incomparable.

El niño Domingo es de naturaleza robusta, no tiene miedo a los trabajos más fuertes, y va creciendo rápidamente, gracias a su buen apetito y al constante ejercicio corporal. A los doce años, ya parece un hombre; y sus padres están orgullosos, tanto de su férrea salud como de su piedad extraordinaria. El muchacho, al frente de su rebaño, sale por los campos y no vuelve a casa hasta la noche; en las fértiles praderas, teniendo por testigos a los ángeles, reza sin descanso, medita en la Pasión de Cristo, llora la ingratitud de los pecadores, habla con una estampa de la Virgen; y más de una vez se le ha visto en actitud extática, rodeado de las ovejas que le acompañan con sus balidos, hablando misteriosas palabras con la Reina de su corazón que, invisible para los demás, parece se deja ver del pastorcillo y de su pequeño y blanco rebaño.

Poco a poco, Domingo fue adelantando en la virtud y en la destreza para el trabajo; y su padre le confió una tarea difícil y peligrosa: el cuidado de unos novillos furiosos que arremetían a todo el que se ponía por delante. Nuestro amigo salió al campo con los indómitos animales, y a los pocos momentos, los novillos, amansados por la virtud y por la voz dulcísima de su dueño, triscaban juguetones a sus pies y pacían tranquilamente entre las ovejas.

Este hecho extraordinario enseñó al joven una lección que había de practicar durante toda su larga vida: el dominio de las pasiones bajo el imperio de una voluntad enérgica, sostenida por la gracia de Dios. En el mismo día, con santa decisión, se declaró una guerra tenaz, refrenó su amor propio y, según la expresión de San Pablo, «castigó su cuerpo y lo redujo a servidumbre».

La virtud de Domingo Peroni, madura y varonil, conocía también todos los encantos de la amistad y de la dulzura. Los jóvenes del pueblo veían en él un compañero excelente, de paciencia ilimitada, y sabían que su ingenio y su caridad estaban siempre al servicio de todos los pobres de la comarca. Domingo sabía dar los consejos más oportunos y delicados, las limosnas más abundantes y el ejemplo más acabado de todas las virtudes. 

Pero no todo es poesía en esta vida de caridad; también hay rayos y truenos cuando es necesario. La murmuración, los chistes procaces, la blasfemia y las riñas tienen en Domingo Peroni un terrible enemigo que no vacila en hacer uso de sus pesados puños cuando la ocasión lo pide; y los jóvenes de Offida saben que, por cualquiera de estos desmanes, se exponen a recibir una bofetada, o por lo menos una reprimenda, que no dejan ganas de repetir la hazaña.

Nuestro robusto y simpático jayán, de tan temible bravura ante el desenfreno, es respetado y querido unánimemente en la ciudad; sus ejemplos se imitan, sus palabras se reciben como dichas por un santo, y hasta sus cóleras y rabietas tienen el prestigio de una voluntad de oro. Domingo es, además, un modelo de piedad cristiana, sin alardes sin hipocresías: comulga todos los días de fiesta en la iglesia de los capuchinos, aunque para ello tenga que permanecer en ayunas hasta la tarde; hace diariamente un buen rato de meditación, vive de continuo con el pensamiento elevado en Dios, y apenas habla sino cosas espirituales y divinas.

Los capuchinos de Offida, silenciosos y recogidos, se llenan de alborozo cuando Domingo entra en los claustros para charlar unos minutos sobre la vida espiritual. Se le quedan pasmados cuando le oyen decir que su sueño dorado sería vivir y morir en un convento como aquél, y que pide todos los días a la Virgen esta gracia singular. Los buenos frailes le explican la regla de San Francisco, su vida, su amable y poética santidad; le hablan de los famosos capuchinos que se han distinguido por su virtud; le entusiasman contándole anécdotas de fray Serafín de Montegranario, a quien casi todos han conocido, y de fray Félix de Cantalicio, el primer santo de la Orden, que había sido beatificado por aquellos días; traen a colación las aventuras del padre José de Leonisa, del padre Lorenzo de Brindis y del mártir alemán Fidel de Sigmaringa, todos los cuales acaban de morir hace unos pocos años; y poco a poco el joven queda cautivo en las redes de la admiración y en una especie de santa envidia.

No, él no será sabio, ni predicador, ni misionero, ni literato, como ese padre Brindis que iluminó a toda Europa con su talento; ni recorrerá los campos y ciudades arrastrando multitudes frenéticas con la fuerza de la oratoria; pero santificarse calladamente en un convento, ser humilde como el santo hermanito de Cantalicio y caritativo y fervoroso corno el buen fray Serafín, eso sí que le gustaría, y lo hará con el favor de Dios y de la Virgen. Para eso no se necesita saber teología ni matemáticas; basta un corazón puro y muchos deseos de amar a Dios...

* * *
Y una mañana de febrero, fría y nevada, el joven Peroni llegó al noviciado de Corinaldo para hacerse capuchino. El hábito pobrecito que le dieron le pareció de seda; las sandalias ásperas y durísimas se ajustaban perfectamente a sus pies; y su nuevo nombre, fray Bernardo de Offida, será muy hermoso si consigue adornarlo con la humildad y con todas las virtudes propias de su estado.

¿Para qué quería él muchos libros en la celda? Ya tenía más que suficientes: el crucifijo le hablaba elocuentemente de obediencia, de amor y de pobreza; las estampas de la Inmaculada le enseñaban castidad; los religiosos le daban ejemplo de vida abnegada; y en los claustros había unos cuadros viejos y apolillados con las figuras de San Francisco de Asís y de otros santos franciscanos. Además, el padre Maestro, en sus pláticas a los novicios, contaba cosas muy bellas del Beato Félix y ejemplos encantadores de fray Serafín. Con todo ese caudal de conocimientos, fray Bernardo tendrá pasto abundante para su alma, y podrá santificarse si no se deja dominar por la pereza o por la cobardía.

Y empezó a trabajar con tal ahínco y con tales deseos de perfección, que por espacio de sesenta y ocho años no se detuvo un momento en el camino comenzado. Él no quería una santidad a medias, aquí caigo y allí me levanto; no podía vivir en una cómoda tibieza, porque, como dicen, «el agua estancada fácilmente se corrompe»; quería la impetuosidad arrolladora de los torrentes que no se detienen ante ningún obstáculo hasta que se sumergen en el mar.

La vida de fray Bernardo es, en efecto, como un río caudaloso, de curso largo y rectilíneo, de influencia bienhechora por dondequiera que pasa, alegre, fecundo, lleno de gracia y de majestad.

Ya en el noviciado, en ese año que es fundamental y decisivo en la vida religiosa, fray Bernardo dio pruebas patentes de lo que había de ser en su vida futura. Rígido asceta y místico admirable, la aspereza de la vida capuchina se adaptaba de manera especial a su naturaleza y a sus ambiciones espirituales. Fray Bernardo hallaba una delicia extraordinaria en la penosa costumbre capuchina de interrumpir el sueño a medianoche para rezar los maitines: costumbre inventada por el amor, que siempre está en vela. A las doce en punto, cuando el mundo profano duerme, cuando el pensamiento de los hombres está alejado de Dios, las almas delicadas deben sentir un placer misterioso al oír que un coro de voces viriles y solemnes entona aquellas palabras de súplica: «Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Fray Bernardo no espera a que la bulliciosa matraca recorra los claustros despertando a los frailes; mucho antes de las doce, ya está él en un rincón de la iglesia, esperando el concierto de bendiciones que resonará potente en todos los ámbitos del templo. Y durante todo el oficio, lo mismo en invierno que en verano, se le ve inmóvil, a veces tiritando de frío, siempre ardiendo de amor; y allí continúa largas horas, como saboreando las últimas palabras de la oración nocturna.

* * *
Después de la profesión, el alma de fray Bernardo no hizo otra cosa que cumplir al pie de la letra el programa del noviciado. Vivió en los conventos de Camerino, Áscoli, Fermo, Offida y otros; conoció y practicó todos los oficios de su estado; y siempre sus pensamientos eran rectos, sin doblez, anhelando la santidad como la conquista de un tesoro, alegre en los trabajos, riguroso en las penitencias, afable en las conversaciones, efusivo en la oración y caritativo hasta el heroísmo con grandes y pequeños.

Era devoto de los trabajos más humildes y de menos brillo, en los cuales podía ejercitar sus deseos de ser despreciado y de pasar inadvertido por el mundo. Luego veremos que no consiguió lo que quería, sino precisamente todo lo contrario.

No se parece a San Serafín de Montegranario que tan poca maña se daba para los quehaceres y oficios; fray Bernardo es diestro de manos y vivo de inteligencia, tiene el huerto como un jardín, la cocina como un salón, la portería como un altar y en la enfermería parece que le ayudaran los mismos ángeles. Pero todo eso dentro de un culto estricto a la santa pobreza capuchina.

Para los enfermos tiene manos y corazón de madre: nadie prepara las medicinas como él; nadie le aventaja en curar heridas y calmar dolores; los caldos y sopas que él hace se comen como si fueran hechos en el cielo; pero mejor que todo eso es su presencia junto al lecho de los pacientes, su rostro simpático, sus palabras optimistas, la agilidad de sus movimientos, y el verle siempre solícito, sin descansar un minuto de día ni de noche, para que los enfermos vivan alegres en medio de sus dolores.

Con el permiso del superior, fray Bernardo guarda unas botellas de excelente vino para los enfermos, vino «para casos reservados», como él dice; y con ese licor consigue reanimar a los más débiles; y a uno de sus confesores, que se burlaba maliciosamente de aquel «vino reservado», fray Bernardo le da un traguito y le devuelve instantáneamente la salud perdida.

En la enfermería es el propagandista de la devoción al nuevo Beato fray Félix de Cantalicio, aplica a las llagas y a los padecimientos más rebeldes el aceite de la lámpara de su altar, con excelente resultado, y no se cansa de encomendar al Beato Félix la salud de todos los religiosos. Esas aplicaciones de aceite producen con frecuencia la curación milagrosa y súbita; pero el humildísimo fray Bernardo lo atribuye todo a la intercesión de fray Félix, que es un admirable curandero cuando se le pide la salud con mucha fe y devota confianza.

Un día se presentó a fray Bernardo una buena mujer trayendo en brazos a un hijito moribundo. Postrándose de rodillas ante el humilde fraile, le rogaba que tuviese compasión de su angustia y que salvara al enfermito. Aún estaba hablando la madre, cuando el niño, dando un débil quejido, murió. La mujer, enloquecida por el dolor, agarró a fray Bernardo por el hábito y le aseguró que no le soltaría hasta que devolviera la vida al pequeño. Fray Bernardo pugnaba por desasirse, mas la mujer no aflojaba; en tan grave aprieto, el capuchino dirigió sus ojos a un cuadro del Beato Félix y le dijo: «Mi querido fray Félix: éste es el momento en que debes asistirme». Después, tomando la manecita del cadáver y bendiciéndolo, se lo devolvió vivo y sano a la importuna mujer.

Cuando los enfermos eran sacerdotes, las manos de fray Bernardo parecían más suaves, corno si tocaran un cáliz sagrado y precioso; les hacía una inclinación reverente antes de aplicarles los medicamentos y, si era posible, trabajaba de rodillas.

Para los pobres fray Bernardo es un protector, un hermano y un padre: les da abundantes limosnas, separando de su propia comida la porción más apetitosa; pide de puerta en puerta no sólo para los religiosos, sino también para las familias desvalidas; multiplica milagrosamente el pan y otros alimentos, y con ellos socorre a una multitud de mendigos que se agolpan a las puertas del convento. A unos albañiles que trabajan en una casa cercana, les ve sudorosos bajo un sol de justicia y les manda un cántaro de agua fresca para que puedan trabajar sin molestias; pero en el trayecto el agua se convierte en vino generoso que alegra y conforta a los sedientos operarios.

A fray Bernardo se le parte el corazón de pena por no poder remediar todas las necesidades, y ha decidido pedir al padre Guardián un rincón del huerto para cultivar legumbres y plantas medicinales en beneficio exclusivo de los pobres. Al principio todo va bien: el jardincillo de fray Bernardo es el granero milagroso de la caridad. Pero, a los pocos días, el hermano hortelano se llena de envidia por el éxito del santo, y consigue del superior el permiso para terminar con aquel abuso: pasa el arado en todas las direcciones y arranca todas las plantas, dejando el terreno de fray Bernardo sin una brinza y sin una flor. Nuestro santo mira aquellos destrozos sin perder la paciencia; sube a la celda del padre Guardián y vuelve a pedirle su bendición para cultivar el pedacito de huerto. Obtenida la licencia, baja sonriente al jardín, planta de nuevo las hierbas medicinales y las legumbres que estaban amontonadas y secas; y antes de una hora, el huertecito de los pobres se ve frondoso y lleno de vida, como si nada hubiera sucedido. El hermano hortelano, testigo del prodigio, no volverá a molestar a fray Bernardo, y aun le ayudará muy contento siempre que el santo se lo pida.

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Fray Bernardo fue adquiriendo, muy a su pesar, una fama extraordinaria de taumaturgo y de profeta. Sólo él podía decir con certidumbre dónde se encontraría un animal extraviado, cuándo sanaría o moriría un enfermo, cuándo se arrepentiría un pecador; sólo él podía dar consejos a los recalcitrantes, resolver las dudas de los doctos, hacer que prosperase un negocio difícil.

El señor obispo de la diócesis viene con frecuencia hasta la celda del lego capuchino y se sienta en las tablas desnudas de la cama, porque fray Bernardo no tiene una mala silla que ofrecerle. Allí el sabio prelado habla con el lego, que le escucha de rodillas; se discuten los asuntos de la curia y se toman resoluciones disciplinarias para el buen gobierno del clero, se proponen altas cuestiones de teología dogmática y moral; y fray Bernardo, siempre inspirado por Dios, dice tales cosas y con tan prodigiosa sabiduría, que el señor obispo no puede prescindir de sus luces y de sus consejos.

Fray Bernardo vive absorto, embebido en Dios. Se le conoce en el rostro, que pálido y amarillo de ordinario, al sonar la campana para la oración se le enciende y hermosea con una luz de felicidad; se ve su fervor en aquellas jaculatorias que dice en voz alta, en la portería, en los claustros, en las calles de la ciudad y en las casas de sus amigos, jaculatorias que se le escapan y saltan sin poderlo remediar, como chispas de una hoguera, y que hacen un bien indecible a todos los que las oyen. Unas veces son actos de amor a Dios o saludos a la Virgen María, otras veces son suspiros amargos en presencia de un pecador, o anhelos de mayor perfección, o reproches de humildad contra sí mismo.

Por donde quiera que pasa, va esparciendo «el buen olor de Cristo», perfume que tiene una eficacia de apostolado. Cuando está de portero, nadie se marcha sin un consejo o sin una palabra consoladora; a los pobres, antes de darles la limosna, les hace rezar ante una imagen de María y prometerle portarse como buenos cristianos; a los niños, primero les enseña el catecismo, y después les da frutas, golosinas y medallas.

Todo el mundo le quiere y le reverencia; no puede salir a la calle sin que el pueblo corra tras él, aclamándole y pidiéndole su bendición. Éste es el gran martirio de fray Bernardo, y los superiores, accediendo a sus deseos, le prohíben salir del convento para que la gente le deje en paz. Júzganse dichosos los que pueden conseguir de él una oración o un recuerdo; y se cuenta que hasta de Alemania y Francia le han llegado cartas de personajes importantes pidiéndole el auxilio de su intercesión.

Los pecadores no resisten mucho tiempo a las dulces reconvenciones del siervo de Dios; generalmente basta una palabra dicha con esa fuerza de persuasión que le es propia, para que los más duros de corazón se postren a sus pies y le prometan corregirse.

Con mucha razón dice el obispo que fray Bernardo, con su ejemplo y con sus palabras humildes, hace más provecho en las almas que todos los misioneros de la diócesis.

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La figura clásica del Beato Bernardo es la de su vejez venerable, al acercarse a los noventa años. De alta y corpulenta estatura, se mueve pausadamente, pero sin tropiezos ni fatigas; tiene una hermosa cabeza calva coronada de cabellos blanquísimos; blanca también y majestuosa la barba, como la del Moisés de Miguel Ángel, que describió un excelso poeta: «...y la barba larguísima, ondulante, / desciende semejante / a las cascadas que formó el diluvio».

Sus manos son fuertes, grandes y duras, y están esculpidas prolijamente con relieves de nervios y venas; los pies le desbordan de las sandalias, y se ven agrietados por los surcos profundos que hicieron el frío y el mucho caminar; la piel del rostro es un pergamino amarillento, curtido por los años; los ojillos hundidos, vivaces, como dos estrellitas; la sonrisa perenne en los labios descoloridos.

Es un anciano que no infunde temor, sino cariño y simpatía; juega con los gatos de la cocina y con los niños que vienen a visitarle; tiene siempre y para todos una palabra edificante y oportuna; es una reliquia preciosa que los religiosos quisieran conservar por tiempo indefinido.

Es un encanto verle cuando está en oración, o cuando ayuda a las misas, o cuando comulga; y es una pena indecible oírle cuando se azota con las disciplinas, ver los cilicios monstruosos que le llenan el cuerpo de llagas, y saber que todos los días ayuna con exagerado rigor, como si tuviera mucha prisa por dejar este mundo y subir al cielo. Y en efecto, los frailes le han visto muchas veces en la iglesia elevado en los aires, con los ojos luminosos y fijos en la altura, como escapándose de la tierra en un salto prodigioso de su amor anhelante. Ya nadie se puede hacer ilusiones; fray Bernardo se morirá el día menos pensado; es el fruto maduro que se desprenderá del árbol sin esfuerzo.

Un golpe repentino y gravísimo vino a aumentar los temores de todos: el santo anciano cayó en cama, abatido por la parálisis. Aun pudo levantarse algunos días y bajar a la iglesia; y fue maravilla ver al perfecto religioso, sin querer eximirse de ninguna obligación de la vida común, obedeciendo prontamente como en sus días de novicio.

Rápidamente corrió por la ciudad de Offida la triste noticia de la enfermedad de fray Bernardo; y comenzó a desfilar por el convento la interminable procesión de todos sus amigos que querían verle por última vez. Los obispos, los magistrados, los nobles y ricos caballeros, se confundían con la gente del pueblo; y el anciano moribundo, con todas sus facultades en plena lucidez, daba a uno un consejo, a otros una palabra de agradecimiento o un saludo amistoso.

El santo Viático le sorprendió en uno de sus largos éxtasis de amor. Al volver en sí, llamó al padre Guardián y le dijo: «Padre, por amor de Dios, déme su santa bendición para ir al cielo». Los religiosos que rodeaban el lecho rompieron en sollozos, y el superior contestó con suprema emoción: «Fray Bernardo, no te daré la licencia que pides, si antes no nos bendices a todos los presentes». El anciano se incorporó levemente y trazó la señal de la cruz con el crucifijo que tenía en sus manos. Después él mismo recibió la bendición del padre Guardián, murmuró una palabra de gratitud y expiró plácidamente.

Era el día 22 de agosto de 1694, octava de la Asunción de María a los cielos. Tenía casi noventa años de edad y había pasado sesenta y ocho en la Orden Capuchina. El cadáver fue custodiado por hombres armados durante tres días y tres noches, para evitar que los ciudadanos de Áscoli, entusiastas admiradores del siervo de Dios, robaran los sagrados despojos. Su sepulcro, en la iglesia de los capuchinos de Offida, ha sido hasta el día de hoy un lugar de peregrinaciones continuas y de milagros incesantes.

Fue beatificado por el papa Pío VI el 25 de mayo de 1795.