15 nov. 2014

Santo Evangelio 15 de Noviembre de 2014


Día litúrgico: Sábado XXXII del tiempo ordinario

Santoral 15 de Noviembre: San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia
Texto del Evangelio (Lc 18,1-8): En aquel tiempo, Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’». 

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?»


Comentario: Rev. D. Joan FARRÉS i Llarisó (Rubí, Barcelona, España)
Es preciso orar siempre sin desfallecer

Hoy, en los últimos días del año litúrgico, Jesús nos exhorta a orar, a dirigirnos a Dios. Podemos pensar cómo los padres y madres de familia esperan que —¡todos los días!— sus hijos les digan algo, que les muestren su afecto amoroso.

Dios, que es Padre de todos, también lo espera. Jesús nos lo dice muchas veces en el Evangelio, y sabemos que hablar con Dios es hacer oración. La oración es la voz de la fe, de nuestra creencia en Él, también de nuestra confianza, y ojalá fuera también siempre manifestación de nuestro amor.

A fin de que nuestra oración sea perseverante y confiada, dice san Lucas, que «Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). Sabemos que la oración se puede hacer alabando al Señor o dando gracias, o reconociendo la propia debilidad humana —el pecado—, implorando la misericordia de Dios, pero la mayoría de las veces será de petición de alguna gracia o favor. Y, aunque no se consiga de momento lo que se pide, sólo el poder dirigirse a Dios, el hecho de poder contarle a ese Alguien la pena o la preocupación, ya será la consecución de algo, y seguramente —aunque no de inmediato, sino en el tiempo—, obtendrá respuesta, porque «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche?» (Lc 18,7).

San Juan Clímaco, a propósito de esta parábola evangélica, dice que «aquel juez que no temía a Dios, cede ante la insistencia de la viuda para no tener más la pesadez de escucharla. Dios hará justicia al alma, viuda de Él por el pecado, frente al cuerpo, su primer enemigo, y frente a los demonios, sus adversarios invisibles. El Divino Comerciante sabrá intercambiar bien nuestras buenas mercancías, poner a disposición sus grandes bienes con amorosa solicitud y estar pronto a acoger nuestras súplicas».

Perseverancia en orar, confianza en Dios. Decía Tertuliano que «sólo la oración vence a Dios».

San Eugenio, Obispo, 15 de Noviembre

15 de Noviembre

SAN EUGENIO, OBISPO

(+ s. I)


Entre las noticias santorales registradas por el Martirologio Romano para la fecha de hoy, se lee aquella que dice: "En Toledo, de España, la conmemoración de San Eugenio, obispo, que, consumado en las cercanías de París el curso de su vida, obtuvo la corona de la gloria".

La única fuente informativa sobre la vida y pasión de San Eugenio es el relato martirial compuesto a mediados del siglo IX por un autor anónimo, seguramente el presbítero encargado del santuario de Deuil, lugar donde reposaron los restos eugenianos. Dos recensiones, una larga y otra breve, existen del mencionado relato. La más conocida es la breve; la más extensa, que es la primera, se conserva en algunos manuscritos de las bibliotecas de Bruselas, La Haya y París. De la edición crítica de ésta nos hemos cuidado en otro lugar, y su contenido vamos a darlo aquí; creemos que por primera vez se da a conocer el extracto de lo que se narra en los mencionados manuscritos, elemento imprescindible para adentrarse en el arduo problema hagiográfico que presenta este San Eugenio del 15 de noviembre.

En la primera parte el relato eugeniano cabalga sobre la "pasión de San Dionisio", compuesta en el 836 por Hilduino, abad de Saint-Denis.

En ambas narraciones se refiere que San Pablo, estando en Roma, mandó al areopagita Dionisio, por él convertido y a la sazón obispo de Atenas, que se reuniese en Roma con él. Mas, cuando Dionisio pudo llegar a la capital del Imperio, ya los apóstoles Pedro y Pablo habían sido martirizados.

Regía la Cátedra romana el papa San Clemente, quien, en cumplimiento de las consignas paulinas, señaló a Dionisio como futuro campo de apostolado las regiones occidentales, para que en ellas sometiera al suave yugo de Cristo los territorios que eran posesión del paganismo.

Mas no se limitó el Papa a asignar al Areopagita el campo de misión, sino que le dotó además de un equipo de misioneros que le ayudaran en la empresa evangelizadora. Entre los designados descollaba Eugenio, ciudadano romano, compañero del ateniense desde la llegada de éste a Roma. La narración subraya que ambos personajes constituían una admirable pareja, pues si el entrenamiento ático había adiestrado a Dionisio, la pericia romana había educado a Eugenio. Ambos se complementaban maravillosamente y la gracia de Dios fecundaba sus trabajos apostólicos.

En compañía de sus cooperadores misionó San Dionisio por los caminos y ciudades hasta llegar a Arlés. Es el momento solemne de las decisiones y de las despedidas. Marcial, Saturnino, Marcelo, Régulo y Eugenio, compañeros hasta entonces del Areopagita, deben separarse de su maestro para dirigirse a las parcelas misionarias que les han sido asignadas. Dispersos como el varillaje de un abanico, se asientan respectivamente en las ciudades de Toulouse, Bourges, Seniis y Limoges. Y mientras San Dionisio se ha reservado para su inmediata ayuda a los clérigos Rústico y Eleuterio, San Eugenio es enviado a Toledo.

Con manifiesta ingenuidad el narrador habla de Toledo, de su río Tajo, abundante de pesca; de sus campos feraces, sembrados de vides y de olivos; de sus altas montañas. Es el escenario geográfico en el que intrépido penetra Eugenio, portador del mensaje evangélico, y allí, en medio de un pueblo sumido en la idolatría, habla de Jesucristo, autor de la vida y de la muerte, salvador y redentor del mundo.

Los milagros avalan con su fuerza sobrenatural las predicaciones del misionero, que ve poco a poco surgir una comunidad cristiana en el territorio toledano. En él erige templos, enseña a rezar, orienta a las almas hacia la vida eterna y se elige discípulos, a quienes consagra y envía a predicar. Eugenio ha implantado los comienzos de la iglesia toledana.

Pero, a pesar de $u inmensa alegría pastoral, el obispo misionero siente una profunda nostalgia, motivada por la prolongada ausencia de su inolvidable maestro Dionisio; desea verle, conversar con él, tratarle y exponerle sus gozos y sus preocupaciones.

Tras un arduo caminar ha llegado Eugenio hasta las cercanías de París. Son los últimos años del siglo I. Impera Domiciano, "heredero de la crueldad de Nerón", como escribiría después Lactancio, "bestia ferocísima", según se le designa en el relato que extractamos.

Para descuajar el naciente cristianismo galo el emperador había enviado a París al prefecto Fescennino Sisinio, que acababa de dar muerte a San Dionisio cuando San Eugenio llegaba en su busca. Este, que ha venido predicando la palabra divina, en el cuarto miliario antes de llegar a París recibe la noticia de que su maestro ha sido martirizado.

Repuesto de la inmensa emoción producida por el tristísimo anuncio, el toledano, con los ojos cargados de lágrimas, prorrumpe ante los fieles huérfanos en alabanzas de San Dionisio, cuya santidad y virtudes exalta. Para remediar la orfandad de la iglesia parisina, San Eugenio atiende a aquellos cristianos, cuya fe se encuentra expuesta a los mayores peligros; pero en seguida la presencia del obispo de Toledo ha llegado a oídos del prefecto perseguidor, que manda a sus satélites apoderarse de Eugenio, cuya figura venerable se les impone.

En vano pretenden hacerle apostatar; las amenazas y los castigos son ineficaces. Se le conmina con la muerte, y entonces el arzobispo de Toledo se dirige al cielo con acentos llenos de dramática ternura: "Jesús, Señor, te consagro este combate final de la guerra en que se triunfa. Te lo consagro a Ti, que eres el Señor de la inmortalidad; a Ti, que eres la fuerza y la sabiduría del Padre; a Ti que permites que los enemigos de tu santo nombre se impongan sobre tus mártires, para que éstos, tras haber padecido, puedan conseguir la inmarchitable corona de la vida eterna. A Ti, Señor, desde lo más profundo de mi corazón, yo te pido que en este último momento de mi combate estés a mi lado con tu consoladora presencia; te lo pido, ya que desde mis primeros años has querido tenerme junto a Ti y que fuera adoctrinado por los más católicos maestros para que, instruido en sus enseñanzas, que eran las tuyas, penetrase en los tesoros de la sabiduría divina, que luego como pastor fiel había de transmitir a las almas que pusieras a mi lado. Te pido, Señor, tus consuelos en este postrer instante para que mi vida se acabe en la alabanza de tu santo nombre".

San Eugenio ha terminado su oración. Después se ha entregado en las manos de los lictores y ha puesto su cabeza sobre el tajo. Un tremendo golpe de hacha y su alma penetra en el cielo, mientras en la tierra queda su cuerpo ungido, consagrado con su preciosa sangre.

Para impedir que los cristianos se adueñasen del cuerpo del mártir y le diesen culto, el cadáver es arrojado al lago Marchais. Por espacio de siglos providencialmente las aguas del lago guardan incorrupto el cuerpo de Eugenio, hasta que, por inspiración celestial, el poderoso Ercoldo, avisado de su presencia en el fondo de las aguas, extrae de ellas el cuerpo del bienaventurado Eugenio tan fresco corno si acabase de ser martirizado.

Con todos los medios a su alcance se dispone a trasladar tan preciosos restos a la iglesia abacial de Saint-Denis para que en ella recibiese condigna sepultura. Pero no era ésta, al menos por entonces, la voluntad de Dios, que quiso que el santo cuerpo se venerara en Deuil, heredad de que era propietario el mencionado merovingio Ercoldo.

Allí se construyó un santuario, y un diligente presbítero que del culto creciente de San Eugenio cuidaba, nos ha dejado el relato de los numerosos prodigios realizados por la intervención de tan poderoso Santo.

Sin embargo, la permanencia del cuerpo en Deuil no iba a ser muy duradera. Las repetidas invasiones de los normando en París y sus cercanías, que depredaban cuanto hallaban a su paso ansiosos de botín y de dinero, hicieron que, para mayor seguridad, los restos de San Eugenio fueran trasladados a la abadía sandionisiana, de donde eran sacados, para ser puestos a buen recaudo, siempre que alguna nueva invasión amenazaba. Terminado el peligro normando, el cuerpo de San Eugenio, muy codiciado por los monjes, quedó definitivamente instalado en la célebre abadía de Saint-Denis. Aquí le encontró, a mediados del siglo xii, el arzobispo de Toledo, don Raimundo, con ocasión de asistir al concilio de Reims del 1148.

Hasta esta fecha nada se sabía en España de la existencia ni del enterramiento de este primer arzobispo de Toledo. Pero, a partir de entonces, se despertó el vehemente deseo de poseer en la ciudad de su cátedra episcopal reliquias de tan venerable prelado. Merced a la postulación de Alfonso VII el Emperador, se consiguió que el yerno de éste, Luis VII, de Francia, obtuviera de los monjes sandionisianos la concesión a Toledo del brazo derecho del Santo "para que la iglesia toledana entrase de nuevo en posesión de aquella parte del santo cuerpo de donde, principalmente en otros tiempos, habían procedido para ella los grandes beneficios de consagraciones y bendiciones...". En los primeros días del 1156 era entregada la preciada reliquia a Alfonso VII, que se dirigió solemnemente a Toledo, paseándola triunfalmente en procesión por la Castilla del siglo xii. En el suntuoso cortejo portador de la arqueta formaban parte con el emperador los reales infantes Sancho y Fernando, ya asociados por su padre al gobierno del reino; las reinas de Francia y Navarra, el arzobispo de Toledo con gran número de prelados, la curia real y el copioso séquito de que Alfonso VII sabía rodearse. El 12 de febrero se verificó la entrada de la reliquia en la catedral de Toledo, llevada en hombros, en el momento de penetrar en el sagrado recinto, por el monarca, sus dos hijos y un príncipe de sangre real.

Pero la sola reliquia del brazo de San Eugenio no satisfacía los deseos de la iglesia de Toledo, que consideraba al Santo como el fundador y primer obispo de ella. Las gestiones para obtener la donación de las restantes reliquias fueron larguísimas y costosas. Hubo que derrochar habilidades diplomáticas y vencer múltiples resistencias. Monarcas y grandes prelados estaban interesados en unas y otras. Fue solamente la inmensa potencia de Felipe II, casado a la sazón con la hermana del rey de Francia, quien doblegó todas las dificultades. Por fin, esquivando el peligro de los hugonotes y la piadosa oposición de quienes querían retener en Francia el cuerpo de San Eugenio, el canónigo toledano don Pedro Manrique de Padilla y su fiel secretario Antonio de Ribera pudieron trasladarle a España. Desde Torrelaguna los honores rendidos por doquier fueron desbordantes. Su paso por las regiones todas adquirió caracteres de fausto acontecimiento nacional. A su intercesión valiosa se atribuyó el nacimiento de la infanta Isabel Clara, llamada también Eugenia en memoria de tan singular favor.

Con una solemnidad que recordaba la del traslado del, brazo en el siglo xii, el 18 de noviembre de 1565 descansaron en la catedral de Toledo los restos de San Eugenio, introducidos en ella por Felipe II .y los príncipes Ernesto y Rodolfo, seguidas por los prelados asistentes al concilio provincial, que a la sazón se celebraba en Toledo.

Hoy tan veneradas reliquias se guardan celosamente en el relicario del templo primado, dentro de una magnífica urna de plata, trabajada por los plateros Nicolás de Vergara y Francisco Merino y terminada en el 1569. La urna pesa cincuenta y siete kilogramos, va decorada con escenas de la vida del Santo y reposa sobre un pedestal de bronce, jaspe y marfil que para ella hizo en el 1574 el italiano Pompeo Leoni.

JUAN FRANCISCO RIVERA

14 nov. 2014

Santo Evangelio 14 de Noviembre de 2014

Día litúrgico: Viernes XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 17,26-37): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste.

»Aquel día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará. Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada». Y le dijeron: «¿Dónde, Señor?». Él les respondió: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres».


Comentario: Rev. D. Enric PRAT i Jordana (Sort, Lleida, España)
Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará

Hoy, en el contexto predominante de una cultura materialista, muchos actúan como en tiempos de Noé: «Comían, bebían, tomaban mujer o marido» (Lc 17,27); o como los coetáneos de Lot que «(…) compraban, vendían, plantaban, construían» (Lc 17,28). Con una visión tan miope, la aspiración suprema de muchos se reduce a su propia vida física temporal y, en consecuencia, todo su esfuerzo se orienta a conservar esa vida, a protegerla y enriquecerla.

En el fragmento del Evangelio que estamos comentando, Jesús quiere salir al paso de esta concepción fragmentaria de la vida que mutila al ser humano y lo lleva a la frustración. Y lo hace mediante una sentencia seria y contundente, capaz de remover las conciencias y de obligar al planteamiento de preguntas fundamentales: «Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará» (Lc 17,33). Meditando sobre esta enseñanza de Jesucristo, dice san Agustín: «¿Qué decir, pues? ¿Perecerán todos los que hacen estas cosas, es decir, quienes se casan, plantan viñas y edifican? No ellos, sino quienes presumen de esas cosas, quienes anteponen esas cosas a Dios, quienes están dispuestos a ofender a Dios al instante por tales cosas». 

De hecho, ¿quién pierde la vida por haberla querido conservar sino aquel que ha vivido exclusivamente en la carne, sin dejar aflorar el espíritu; o aún más, aquel que vive ensimismado, ignorando por completo a los demás? Porque es evidente que la vida en la carne se ha de perder necesariamente, y que la vida en el espíritu, si no se comparte, se debilita.

Toda vida, por ella misma, tiende naturalmente al crecimiento, a la exuberancia, a la fructificación y la reproducción. Por el contrario, si se la secuestra y se la recluye en el intento de poseerla codiciosa y exclusivamente, se marchita, se esteriliza y muere. Por este motivo, todos los santos, tomando como modelo a Jesús, que vivió intensamente para Dios y para los hombres, han dado generosamente su vida de multiformes maneras al servicio de Dios y de sus semejantes.

14 de Noviembre San José Pignatelli

14 de Noviembre
San José Pignatelli

Restaurador de los Jesuitas
(1737-1811)

Santo español de la ilustre familia Pignatelli uno de cuyos vástagos fue elevado al mismísimo puesto de sucesor de Pedro en la persona del Pontífice Inocencio XII y cuyas raíces se hunden en la historia hasta rayar la leyenda. 

Nació en Zaragoza, el 27 de Diciembre del año 1737. Su padre D. Antonio, de la familia de los duques de Monteleón, y su madre Doña María Francisca Moncayo Fernández de Heredia y Blanes. Fue el séptimo de nueve hermanos. Pasa la niñez en Nápoles y su hermana María Francisca es, a la vez que hermana, madre, puesto que perdió la suya cuando tenía José cuatro años. 

Se forma entre Zaragoza, Tarragona, Calatayud y Manresa, primero en el colegio de los jesuitas y luego haciendo el noviciado, estudiando filosofía y cursando humanidades. Reside en Zaragoza, ejerciendo el ministerio sacerdotal entre enseñanza y visitas a pobres y encarcelados, todo el tiempo hasta que los jesuitas son expulsados por decreto de Carlos III, en 1767. 

Civitacecchia, Córcega, Génova, los veinticuatro años transcurridos en Bolonia (1773-1797) dan testimonio del hombre que les pisó, sabiendo adoptar actitudes de altura humana con los hombres, y de confianza sobrenatural con Dios. 

La Orden de San Ignacio ha sido abolida en 1773, sus miembros condenados al destierro y sus bienes confiscados. El último General, Lorenzo Ricci, consume su vida en la prisión del castillo de Sant’ Angelo. Sólo quedan jesuitas con reconocimiento en Prusia y Rusia. Allí tanto Federico como Catalina han soportado las maniobras exteriores y no han publicado los edictos papales, aunque la resistencia de Federico no se prolongará más allá del año 1776. Queda como último reducto la Compañía de Rusia con un reconocimiento verbal primero por parte del Papa Pío VI y oficial después con documento del Papa Pío VII. José de Pignatelli comprende que la restauración legal de la Compañía de Jesús ha de pasar por la adhesión a la Compañía de Rusia. Renueva su profesión religiosa en su capilla privada de Bolonia. 

No verá el día en que el Papa Pío VII restaure nuevamente la Compañía de Jesús en toda la Iglesia, el día 7 de Agosto de 1814, pero preparará bien el terreno para que esto sea posible en Roma, en Nápoles, en Sicilia. Formará a nuevos candidatos, reorganizará a antiguos jesuitas españoles e italianos dispersos y buscará nuevas vocaciones que forzosamente han de adherirse, como él mismo, a la Compañía de Rusia. Esta labor la realizará mientras es consejero del duque de Parma, don Fernando de Borbón nieto de Felipe V, y como provincial de Italia por nombramiento del vicario general de Rusia Blanca. 

En este esfuerzo colosal, muere en Roma el 15 de Noviembre de 1811, en el alfoz del Coliseo. 

Estuvo convencido el santo aragonés de que, si el restablecimiento de su Orden era cosa de Dios, tenía que pasar por el camino de la tribulación, del fracaso, de la humillación, de la cruz, de la vida interior que no se presupone sin humildad, sin confianza.


El mérito especial de este santo fue el de conservar lo que quedaba de la Compañía de Jesús (que es la Comunidad religiosa más numerosa en la Iglesia Católica) y tratar de que los religiosos de esa comunidad pudieran sobrevivir, a pesar de una terrible persecución.

De familia italiana, nació en Zaragoza (España) en 1737. Se hizo jesuita y empezó a trabajar en los apostolados de su Comunidad, especialmente en enseñar catecismo a los niños y a los presos.

En 1767 la masonería mundial se puso de acuerdo para pedir a todos los gobernantes que expulsaran de sus países a los Padres Jesuitas. El rey Carlos III de España obedeció las órdenes masónicas y declaró que de España y de todos los territorios de América que dependían de ese país quedaban expulsados los jesuitas. Con este decreto injusto le hizo un inmenso mal a muchas naciones y a la Santa Iglesia Católica.

El Padre José Pignatelli y su hermano, que eran de familia de la alta clase social, recibieron la oferta de poder quedarse en España pero con la condición de que se salieran de la Compañía de Jesús. Ellos no aceptaron esto y prefirieron irse al destierro. Se fueron a la Isla de Córcega, pero luego los franceses invadieron esa isla y de allá también los expulsaron.

En 1774 Clemente XIV por petición de los reyes de ese tiempo dio un decreto suprimiendo la Compañía de Jesús. Como efecto de ese Decreto 23,000 jesuitas quedaron fuera de sus casas religiosas.

El Padre Pignatelli y sus demás compañeros, cuando oyeron leer el terrible decreto exclamaron: "Tenemos voto de obediencia al Papa. Obedecemos sin más, y de todo corazón".

Durante los 20 años siguientes la vida del Padre José y la de los demás jesuitas será de tremendos sufrimientos. Pasando por situaciones económicas sumamente difíciles (como los demás jesuitas dejados sin su comunidad), pero siempre sereno, prudente, espiritual, amable, fiel.

Se fue a la ciudad de Bolonia y allí estuvo dedicado a ayudar a otros sacerdotes en sus labores sacerdotales, y a coleccionar libros y manuscritos relacionados con la Compañía de Jesús y a suministrar ayuda a sus compañeros de religión. Muchos de ellos estaban en la miseria y si eran españoles no les dejaban ni siquiera ejercer el sacerdocio. Un día al pasar por frente a una obra del gobierno, alguien le dijo que aquello lo habían construido con lo que les habían quitado a los jesuitas, y Pignatelli respondió: "Entonces deberían ponerle por nombre "Haceldama", porque así se llamó el campo que compraron con el dinero que Judas consiguió al vender a Jesús.

Cuando los gobiernos de Europa se declaraban en contra de los jesuitas, la emperatriz de Rusia, Catalina, prohibió publicar en su país el decreto que mandaba acabar con la Compañía de Jesús, y recibió allá a varios religiosos de esa comunidad. El Padre Pignatelli con permiso del Papa Pío VI se afilió a los jesuitas que estaban en Rusia y con la ayuda de ellos empezó a organizar otra vez a los jesuitas en Italia. Conseguía vocaciones y mandaba los novicios a Rusia y allá eran recibidos en la comunidad. El jefe de los jesuitas de Rusia lo nombró provincial de la comunidad en Italia, y el Papa Pío VII aprobó ese nombramiento. Así la comunidad empezaba a renacer otra vez, aunque fuera bajo cuerda y en gran secreto.

El Padre Pignatelli oraba y trabajaba sin descanso por conseguir que su Comunidad volviera a renacer. En 1804 logró con gran alegría que en el reino de Nápoles fuera restablecida la Compañía de Jesús. Fue nombrado Provincial. Con las generosas ayudas que le enviaban sus familiares logró restablecer casas de Jesuitas en Roma, en Palermo, en Orvieto y en Cerdeña.

Ya estaba para conseguir que el Sumo Pontífice restableciera otra vez la Compañía de Jesús, cuando Napoleón se llevó preso a Pío VII al destierro.

El Padre Pignatelli murió en 1811 sin haber logrado que su amada Comunidad religiosa lograra volver a renacer plenamente, pero tres años después de su muerte, al quedar libre de su destierro el Papa Pío VII y volver libre a Roma, decretó que la Compañía de Jesús volvía a quedar instituida en todo el mundo, con razón Pío XI llamaba a San José Pignatelli "el anillo que unió la Compañía de Jesús que había existido antes, con la que empezó a existir nuevamente". Los Jesuitas lo recuerdan con inmensa gratitud, y nosotros le suplicamos a Dios que a esta comunidad y a todas las demás comunidades religiosas de la Iglesia Católica las conserve llenas de un gran fervor y de grandísima santidad.

13 nov. 2014

Santo Evangelio 13 de Noviembre de 2014



Día litúrgico: Jueves XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 17,20-25): En aquel tiempo, los fariseos preguntaron a Jesús cuándo llegaría el Reino de Dios. Él les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Vedlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros». 

Dijo a sus discípulos: «Días vendrán en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis. Y os dirán: ‘Vedlo aquí, vedlo allá’. No vayáis, ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero, antes, le es preciso padecer mucho y ser reprobado por esta generación».


Comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)
El Reino de Dios ya está entre vosotros

Hoy, los fariseos preguntan a Jesús una cosa que ha interesado siempre con una mezcla de interés, curiosidad, miedo...: ¿Cuándo vendrá el Reino de Dios? ¿Cuándo será el día definitivo, el fin del mundo, el retorno de Cristo para juzgar a los vivos y a los difuntos en el juicio final?

Jesús dijo que eso es imprevisible. Lo único que sabemos es que vendrá súbitamente, sin avisar: será «como relámpago fulgurante» (Lc 17,24), un acontecimiento repentino y, a la vez, lleno de luz y de gloria. En cuanto a las circunstancias, la segunda llegada de Jesús permanece en el misterio. Pero Jesús nos da una pista auténtica y segura: desde ahora, «el Reino de Dios ya está entre vosotros» (Lc 17,21). O bien: «dentro de vosotros».

El gran suceso del último día será un hecho universal, pero ocurre también en el pequeño microcosmos de cada corazón. Es ahí donde se ha de ir a buscar el Reino. Es en nuestro interior donde está el Cielo, donde hemos de encontrar a Jesús.

Este Reino, que comenzará imprevisiblemente “fuera”, puede comenzar ya ahora “dentro” de nosotros. El último día se configura ahora ya en el interior de cada uno. Si queremos entrar en el Reino el día final, hemos de hacer entrar ahora el Reino dentro de nosotros. Si queremos que Jesús en aquel momento definitivo sea nuestro juez misericordioso, hagamos que Él ahora sea nuestro amigo y huésped interior.

San Bernardo, en un sermón de Adviento, habla de tres venidas de Jesús. La primera venida, cuando se hizo hombre; la última, cuando vendrá como juez. Hay una venida intermedia, que es la que tiene lugar ahora en el corazón de cada uno. Es ahí donde se hacen presentes, a nivel personal y de experiencia, la primera y la última venida. La sentencia que pronunciará Jesús el día del Juicio, será la que ahora resuene en nuestro corazón. Aquello que todavía no ha llegado, es ya ahora una realidad.

San Leandro, 13 de Noviembre

13 de Noviembre

SAN LEANDRO
ARZOBISPO DE SEVILLA

(† 600)

 Leandro vio la luz en una familia de abolengo greco romano. En Cartagena de la Andalucía española. Y por los años de 535 a 540. Hermano de tres santos —San Isidoro, su sucesor en la silla Hispalense; San Fulgencio, obispo de Ecija, y Santa Florentina, virgen— santo también fue él, con su festividad litúrgica el 27 de febrero.

La carrera de su santidad se reduce a los siguientes tramos: abrazó en buena hora la vida monástica. Y su condición de monje le abrió las puertas para ejercer una preponderante influencia en la Península, sobre todo por lo que respecta al porvenir religioso de España.

La Providencia enredó así las cosas: sus padres emigraron de Cartagena a Sevilla. Nombrado obispo metropolitano de aquella ciudad, creó una escuela —ya se había dedicado a la enseñanza cuando monje— destinada a propagar la fe ortodoxa y que sirviera, a la vez, de estímulo para el estudio de todas las artes y de todas las ciencias conocidas. El mismo llevó muy entre manos los quehaceres escolares. Entre los alumnos de esta escuela se contaron los dos hijos del rey Leovigildo, Hermenegildo Y Recaredo. El ascendiente de todo buen maestro sobre el discípulo supo aprovecharlo San Leandro para mantener en la fe católica al primogénito del rey, con magnífico ejemplo y harto provecho para los católicos españoles. Hermenegildo, atraído a las lides de la fe nicena por el trato de San Leandro y los consejos de su buena esposa Ingunde, supo despreciar la herejía arriana. Leovigildo asentó la capital del reino visigodo en Toledo y asoció a su hijo en el reino, asignándole la Bética, con residencia en Sevilla. La persecución arriana —y con ella la guerra civil— estalló bien pronto contra el catolicismo. Leovigildo, en sus aires de grandeza y unificador, estimó la herejía arriana como vínculo de unión y grandeza. Todo fue llevado a sangre y fuego; la violencia de la prisión o del exilio se servirá en bandeja a los recalcitrantes. A Leandro se le obligará a abandonar su iglesia metropolitana y la patria madre.

Pero antes del destierro, cuando Leovigildo, desnaturalizado padre, asediaba al joven rey, su hijo Hermenegildo, que resistía en Sevilla la impugnación de la herejía arriana, Leandro marchó a Constantinopla a implorar socorro del emperador bizantino. En Bizancio conoció el monje obispo a otro monje —a la sazón apocrisario del papa Pelagio II en aquellas tierras— destinado a la suprema magistratura de la Iglesia: Gregorio, el magistrado romano y monje, con el que trabó una íntima amistad que unirá sus vidas en criterio y afecto hasta el fin y que Leandro sabrá explotar para el bien de España. Gregorio el Grande escribirá las Morales (exposición del libro de Job), que tanta repercusión tendrán en la ascética moral del medievo, animado por Leandro. La correspondencia gregoriana que se nos ha conservado demuestra la fuerte y perenne amistad de estos dos santos (Cf. Epíst. 1,41; 5,49; 9,121). Elevado a la Cátedra de Pedro, Gregorio se apresura a enviar a su amigo Leandro el palio arzobispal, con unas letras que revelan la alta estima que tenía de su virtud: "Os envío el palio que debe servir para las misas solemnes. Al mismo tiempo debería prescribiros las normas de vivir santamente; pero mis palabras se ven reducidas al silencio por vuestras virtuosas acciones". Es tradición que el Papa donó al arzobispo de Sevilla una venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

Leandro regresó de Constantinopla cuando amainaba la persecución suscitada por Leovigildo. Vio el final de este rey y los buenos consejos que dio a su hijo Recaredo, sin duda influenciado por el príncipe mártir.

Una nueva era amaneció para España cuando Recaredo se sentó en el trono. Leandro pudo volver a su diócesis sevillana y el nuevo rey, vencidos los francos, convocó el histórico III Concilio de Toledo, en el año de gracia de 589. Recaredo abjura la herejía arriana: hace profesión de fe, enteramente conforme con el símbolo niceno; declara que el pueblo visigodo —unido de godos y suevos— se unifique en la fe verdadera y manda que todos sus súbditos sean instruidos en la ortodoxia de la fe católica. El alma de aquel concilio era Leandro. Y ésta es su mayor gloria. En medio de aquellas intrigas visigóticas, supo intrigar santamente en la corte real, con el exuberante fruto de la conversión de su rey. Al santo obispo de Sevilla se le debe, corno causa oculta pero eficiente, la conversión en masa del reino visigodo y la iniciación del desarrollo en España de una vida religiosa muy activa que se traslucirá en la institución de parroquias rurales y en la fundación de no pocos monasterios. La Iglesia española alcanzó, en los celebérrimos concilios de Toledo —iniciados prácticamente en este tercero— una importancia de primerísimo orden. La legislación visigótica, desde entonces, fue totalmente impregnada de cristianismo. Esta es la obra de San Leandro. Con razón podía gloriarse y exteriorizar su gozo en la clausura del concilio con estas palabras: "La novedad misma de la presente fiesta indica que es la más solemne de todas... Nueva es la conversión de tantas gentes, y si en las demás festividades que la Iglesia celebra nos regocijamos por los bienes ya adquiridos, aquí, por el tesoro inestimable que acabamos de recoger. Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia: los que antes nos atribulaban con su rudeza, ahora nos consuelan con su fe. Ocasión de nuestro gozo actual fue la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimían y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que antes eran peso para nuestros hombros se hayan trocado por su conversión en corona nuestra... Alégrate y regocíjate, Iglesia de Dios; alégrate y levántate formando un solo cuerpo con Cristo; vístete de fortaleza, llénate de júbilo, porque tus tristezas se han convertido en gozo, y en paños de alegría tus hábitos de dolor. He aquí que, olvidada de tu esterilidad y pobreza, en un solo parto engendraste pueblos innumerables para tu Cristo. Tú no predicas sino la unión de las naciones, no aspiras sino a la unidad de los pueblos y no siembras más que los bienes de la paz y de la caridad. Alégrate, pues, en el Señor, porque no has sido defraudada en tus deseos, puesto que aquellos que concebiste, después de tanto tiempo de gemidos y oración continua, ahora, pasado el hielo del invierno y la dureza del frío y la austeridad de la nieve, repentinamente los has dado a luz en gozo, como fruto delicioso de los campos, como flores alegres de primavera y risueños sarmientos de vides".

Poco después de este acontecimiento, de los más grandes en la historia del cristianismo español —la conversión de los visigodos fue real y sincera—, fue elevado al Pontificado en 590, Gregorio el Magno. El Papa y amigo felicitó efusivamente a Leandro.

El metropolitano de Sevilla consagró el resto de su vida a edificar a su pueblo con la práctica de la virtud —luz que ilumina— y el trabajo de sus escritos —sal que condimenta—. Entre sus obras escritas —todas perdidas, a excepción de algunos fragmentos de su discurso en el III Concilio de Toledo y la que ahora indicamos— se destaca por el encanto y doctrina evangélica que contiene la carta que dirigió a su hermana Florentina. Es un bello tratadito sobre el desprecio del mundo y la entrega a Dios de las vírgenes consagradas. Influyó sobremanera en la posteridad para el género de vida monástico femenino. Comúnmente se llama a esta carta la regla de San Leandro.

Los últimos años de su vida, retirado de la política, fueron fecundos en obras santas, dignas del mejor obispo: penitencias, ayunos, estudio de las Sagradas Escrituras, obligaciones pastorales. Afligido por la enfermedad de la gota —la misma enfermedad que sufría por entonces su amigo Gregorio el Magno— supo recibirla como un favor del cielo y como una gracia muy grande para expiar sus faltas,

Moría probablemente el mismo año que Recaredo, en 601, dejando fama de verdadero hombre de estado y de obispo digno del apelativo de su amigo, grande.

JUAN MANUEL SANCHEZ GÓMEZ

12 nov. 2014

Santo Evangelio 12 de Noviembre de 2014



Día litúrgico: Miércoles XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 17,11-19): Un día, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes».

Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».


Comentario: P. Conrad J. MARTÍ i Martí OFM (Valldoreix, Barcelona, España)
Postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias

Hoy, Jesús pasa cerca de nosotros para hacernos vivir la escena mencionada más arriba, con un aire realista, en la persona de tantos marginados como hay en nuestra sociedad, los cuales se fijan en los cristianos para encontrar en ellos la bondad y el amor de Jesús. En tiempos del Señor, los leprosos formaban parte del estamento de los marginados. De hecho, aquellos diez leprosos fueron al encuentro de Jesús en la entrada de un pueblo (cf. Lc 17,12), pues ellos no podían entrar en las poblaciones, ni les estaba permitido acercarse a la gente («se pararon a distancia»).

Con un poco de imaginación, cada uno de nosotros puede reproducir la imagen de los marginados de la sociedad, que tienen nombre como nosotros: inmigrantes, drogadictos, delincuentes, enfermos de sida, gente en el paro, pobres... Jesús quiere restablecerlos, remediar sus sufrimientos, resolver sus problemas; y nos pide colaboración de forma desinteresada, gratuita, eficaz... por amor. 

Además, hacemos más presente en cada uno de nosotros la lección que da Jesús. Somos pecadores y necesitados de perdón, somos pobres que todo lo esperan de Él. ¿Seríamos capaces de decir como el leproso «Jesús, maestro, ten compasión de mi» (cf. Lc 17,13)? ¿Sabemos recurrir a Jesús con plegaria profunda y confiada?

¿Imitamos al leproso curado, que vuelve a Jesús para darle gracias? De hecho, sólo «uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios» (Lc 17,15). Jesús echa de menos a los otros nueve: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?» (Lc 17,17). San Agustín dejó la siguiente sentencia: «‘Gracias a Dios’: no hay nada que uno puede decir con mayor brevedad (...) ni hacer con mayor utilidad que estas palabras». Por tanto, nosotros, ¿cómo agradecemos a Jesús el gran don de la vida, propia y de la familia; la gracia de la fe, la santa Eucaristía, el perdón de los pecados...? ¿No nos pasa alguna vez que no le damos gracias por la Eucaristía, aun a pesar de participar frecuentemente en ella? La Eucaristía es —no lo dudemos— nuestra mejor vivencia de cada día.

San Josafat, 12 de Noviembre


SAN JOSAFAT
12 de Noviembre


Arzobispo de Polotsk, Lituania.
Fiesta: 12 de noviembre
Etim: "Dios es mi juez"

Nace en Vladimir de Volhinia por el año 1580 o 1581. 
Ordenado sacerdote en el rito bizantino en 1609.
Ordenado obispo de Vitebsk 1617, meses mas tarde, Arzobispo de Polotsk.
Protomártir de la re-unificación de la cristiandad. +1623
Canonizado en 1867.


En Octubre de 1595, el metropolitano de los ortodoxos disidentes de Kiev y otros cinco obispos, que representaban a millones de rutenos (hoy llamados ucranios), hallándose reunidos en Brest-Litovsk, ciudad de Lituania, decidieron someterse al Papa y estar en comunión con la Iglesia católica. Se trata de la histórica Unión de Brest. Esta unificación dio lugar a grandes controversias llegándose hasta la violencia. San Josafat por aquel tiempo era muy jovencito, pero aquellos eventos tendrían un profundo impacto en su vida ya que el mismo daría su vida por la unidad de la Iglesia.

Su nombre de bautismo era Juan Kunsevich. Su padre, que era un católico de buena familia, puso a su hijo en la escuela de su pueblo natal. Después Juan entró a trabajar como aprendiz en una tienda de Vilna, pero en vista de que el comercio no estaba en su corazón, empleaba sus tiempos libres aprendiendo el eslavo eclesiástico para comprender mejor los divinos oficios y poder recitar diariamente el oficio bizantino. Juan conoció por entones a Pedro Arcudius, rector del colegio oriental de Vilna, así como a los jesuitas Valentín Fabricio y Gregorio Gruzevsky, quienes se interesaron por él y le alentaron a seguir adelante. Al principio, el amo de Juan no veía con muy buenos ojos sus inquietudes religiosas, pero el joven supo cumplir tan bien con sus obligaciones, que el comerciante acabó por ofrecerle que se asociase con él y tomase por esposa a una de sus hijas. Juan rehusó ambas proposiciones, pues estaba decidido a hacerse monje.

En 1601 ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad de Vilna. El santo indujo también a seguir su ejemplo a José Benjamín Rutsky, un hombre muy culto, convertido del calvinismo. Los dos jóvenes monjes empezaron juntos a trazar planes para promover la unión y reformar la observancia en los monasterios rutenos. Desde entonces se llamó Josafat, recibió el diaconado, después el sacerdocio y pronto adquirió fama por sus sermones sobre la unión con Roma.

Su vida personal era muy austera, ya que añadía a las penitencias acostumbradas en las reglas monásticas del oriente, otras mortificaciones tan severas, que en más de una ocasión le criticaron los mismos monjes. En el proceso de beatificación el burgomaestre de Vilna declaró que "no había en el pueblo ningún religioso más bueno que el P. Josafat."

Josafat, al notar que su superior, Samuel, el abad del monasterio de la Santísima Trinidad, manifestaba  tendencia a separarse de Roma, se lo advirtió a sus superiores. El arzobispo de Kiev sustituyó a Samuel por Josafat.  Bajo su gobierno, el monasterio se repobló. Ello movió a sus superiores a retirarle del estudio de los Padres orientales para que fundase otros monasterios en Polonia.

En 1614, Rutsky fue elegido metropolitano de Kiev y Josafat Ie sucedió en el cargo de abad de Vilna. Cuando el nuevo metropolitano fue a tomar posesión de su catedral, Juan le acompañó en el viaje y aprovechó la ocasión para visitar el famoso monasterio de las Cuevas de Kiev. Pero la comunidad de dicho monasterio, que se componía de más de 200 monjes, estaba relajada y el reformador católico estuvo a punto de ser arrojado al río Dnieper. Aunque sus esfuerzos por hacer volver a la unidad a la comunidad fracasaron, su ejemplo y sus exhortaciones consiguieron hacer cambiar un tanto la actitud de los monjes.

Obispo ejemplar
En 1617, el P. Josafat fue consagrado obispo de Vitebsk con derecho de sucesión a la sede de Polotsk. Pocos meses después murió el anciano arzobispo de esa sede y Josafat se halló al frente de una eparquía  extensa pero poco fervorosa. Muchos se inclinaban al cisma porque temían que Roma interfiriese en sus ritos y costumbres. Las iglesias estaban en ruinas y se hallaban manos de los laicos. Muchos miembros del clero secular habían contraído matrimonio, algunos varias veces. La vida monástica estaba en decadencia. Josafat pidió ayuda a algunos de sus hermanos de Vilna y emprendió la tarea: reunió sínodos en las ciudades principales, publicó e impuso un texto de catecismo, redactó una serie de ordenaciones sobre la conducta del clero y combatió la interferencia de los "señores" en los asuntos de las iglesias locales. A todo ello añadió el ejemplo de su vida, su celo en la instrucción, la predicación, la administración de sacramentos y la visita a los pobres, a los enfermos, a los prisioneros y a las aldeas más remotas.

Hacia 1620, prácticamente toda la eparquía era ya sólidamente católica, el orden estaba restaurado y el ejemplo de aquel puñado de hombres buenos había producido un renacimiento de la vida cristiana. Pero en ese mismo año, disidentes en la región que se había unido a Roma, establecieron obispos paralelos, contrarios a Roma. Así, un tal Melecio Smotritsky fue nombrado arzobispo de Polotsk, sede de San Josafat, y se dedicó enérgicamente a destruir la obra del arzobispo católico, diciendo que Josafat se había "convertido al latinismo", que iba a obligar a sus fieles a seguir su ejemplo y que el catolicismo no era la forma tradicional del cristianismo ruteno. La nobleza y la mayoría del pueblo estaban por la unión, pero habían zonas disidentes. Un monje llamado Silvestre Smotritsky recorrió las poblaciones de Vitebsk, Mogilev y Orcha sublevando a la gente contra el catolicismo. Cuando el rey de Polonia proclamó un decreto afirmando que Josafat era el único arzobispo legítimo de Polotsk, se produjeron desórdenes no sólo en Vitebsk, sino en la misma Vilna. El decreto fue leído públicamente en presencia del santo y éste estuvo a punto de perder la vida.

El canciller de Lituania, León Sapieha, que era católico, temeroso de los resultados políticos de la inquietud general, prestó oídos a los rumores esparcidos por los disidentes que, fuera de Polonia, acusaban a San Josafat de haber sido el causante de los desórdenes con su política. Así pues, en 1622, Sapieha escribió al santo acusándole de emplear la violencia para mantener la unión, de exponer el reino al peligro de una invasión de los cosacos, de sembrar la discordia entre el pueblo, de haber clausurado por la fuerza ciertas iglesias no católicas y de otras cosas por el estilo. Tan solo era cierto que Josafat había pedido el auxilio del gobierno para recobrar la iglesia de Mogilev, de la que se habían apoderado los disidentes. El arzobispo tuvo que hacer frente también a la oposición, las críticas y la falta de comprensión de algunos católicos. Una de las razones por la que que una parte del pueblo fácilmente se dejó llevar por las falsas acusaciones era para evitar la disciplina y las exigencias morales del renacimiento católico.

En octubre de 1623, sabedor de que Vitebsk era todavía el centro de la oposición, decidió ir allá personalmente. Sus amigos no lograron disuadirle ni convencerle de que llevase una escolta militar. "Si Dios me juzga digno de merecer el martirio, no temo morir'", respondió San Josafat. Así pues, durante dos semanas predicó en las iglesias de Vitebsk y visitó a los fieles sin distinción alguna. Sus enemigos le amenazaban continuamente y provocaban a sus acompañantes para poder asesinarle aprovechando el desorden. El día de la fiesta de San Demetrio, una turba enfurecida rodeó al mártir, el cual les dijo: 
"Sé que queréis matarme y que me acecháis en todas partes: en las calles, en los puentes, en los caminos, en la plaza central. Pero yo estoy entre vosotros como vuestro pastor y quiero que sepáis que me consideraría muy feliz de dar la vida por vosotros. Estoy pronto a morir por la sagrada unión, por la 
supremacía de San Pedro y del Romano Pontífice."

Martirio
Smotritsky, fomentador de la agitación, probablemente solo pretendía obligar al santo a salir de la ciudad. Pero sus partidarios empezaron a tramar una conspiración para asesinar a Josafat el 12 de noviembre, a no ser que se excusase ante ellos por haber empleado la violencia. Un sacerdote llamado Elías fue el encargado de penetrar en el patio de la casa del arzobispo e insultar a sus criados por su religión y al amo 
a quien servían. Como la escena se repitiese varias veces, San Josafat dio permiso a sus criados de arrestar al sacerdote, si volvía a presentarse. En la mañana del 12 de noviembre, cuando el arzobispo se dirigía a la iglesia para el rezo del oficio de la aurora, Elías le salió al encuentro y comenzó a insultarle. El santo dio entonces permiso a su diácono para que mandase encerrar al agresor en un aposento de la casa. Eso era precisamente lo que deseaban sus enemigos que buscaban pretexto para atacarle. Al punto, echaron a vuelo las campanas, y la multitud empezó a clamar que se pusiese en libertad a Elías y se castigase al arzobispo. Después del oficio, San Josafat volvió a su casa y devolvió la libertad a Elías, no sin antes haberle amonestado. A pesar de ello, el pueblo penetró en la casa, exigiendo la muerte de Josafat y golpeando a sus criados. El santo salió al encuentro de la turba y preguntó: "¿Por qué golpeáis a mis criados, hijos míos?   Si tenéis algo contra mí, aquí estoy; dejadlos a ellos en paz." (Palabras muy parecidas a las de Santo Tomás Becket en ocasión semejante). La turba comenzó entonces a gritar: "¡Muera el Papista!", y San Josafat cayó atravesado por una alabarda y herido por una bala. Su cuerpo fue arrastrado por las calles y arrojado al río Divna.

El martirio del santo produjo como resultado inmediato un movimiento en favor de la unidad católica. Desgraciadamente, la controversia se prolongó con violencia y los disidentes tuvieron también un mártir, el abad Anastasio de Brest, quien fue ejecutado en 1648. Por otra parte, el arzobispo Melecio Smotritsky se reconcilió más tarde con la Santa Sede.

La gran reunión rutena existió, con altos y bajos, hasta que, después de la repartición de Polonia, los soberanos rusos obligaron por la fuerza a los rutenos católicos a unirse con la Iglesia Ortodoxa de Rusia. El  comunismo favoreció la opresión de la fe católica. Hoy como ayer es necesaria la intercesión y el ejemplo de San Josafat a favor de la unión en la verdad y el amor.



San Josafat Kunsevich fue canonizado en 1867 por el Papa Pío IX. Fue el primer santo de la Iglesia de oriente canonizado con proceso formal de la Sagrada Congregación de Ritos. Quince años más tarde, León XIII fijó el 14 de noviembre como fecha de la celebración de su fiesta en toda la Iglesia de occidente. La reforma litúrgica movió la fiesta al 12 de noviembre.

El Papa Pío XI declaró a San Josafat Patrón de la Reunión entre Ortodoxos y Católicos el 12 de noviembre de 1923, III centenario de su martirio.

El 25 de Noviembre de 1963, durante el Concilio Vaticano II y por petición del Papa Juan XXIII, quién estaba muy interesado en la unidad, el cuerpo de San Josafat finalmente encontró su descanso en el altar de San Basilio en la Basílica de San Pedro.

11 nov. 2014

Santo Evangelio 11 de Noviembre de 2014

Día litúrgico: Martes XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 17,7-10): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».


Comentario: Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta (Badalona, Barcelona, España)
Hemos hecho lo que debíamos hacer

Hoy, la atención del Evangelio no se dirige a la actitud del amo, sino a la de los siervos. Jesús invita a sus apóstoles, mediante el ejemplo de una parábola a considerar la actitud de servicio: el siervo tiene que cumplir su deber sin esperar recompensa: «¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado?» (Lc 17,9). No obstante, ésta no es la última lección del Maestro acerca del servicio. Jesús dirá más adelante a sus discípulos: «En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre» (Jn 15,15). Los amigos no pasan cuentas. Si los siervos tienen que cumplir con su deber, mucho más los apóstoles de Jesús, sus amigos, debemos cumplir la misión encomendada por Dios, sabiendo que nuestro trabajo no merece recompensa alguna, porque lo hacemos gozosamente y porque todo cuanto tenemos y somos es un don de Dios.

Para el creyente todo es signo, para el que ama todo es don. Trabajar para el Reino de Dios es ya nuestra recompensa; por eso, no debemos decir con tristeza ni desgana: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10), sino con la alegría de aquel que ha sido llamado a transmitir el Evangelio. 

En estos días tenemos presente también la fiesta de un gran santo, de un gran amigo de Jesús, muy popular en Cataluña, san Martín de Tours, que dedicó su vida al servicio del Evangelio de Cristo. De él escribió Sulpicio Severo: «Hombre extraordinario, que no fue doblegado por el trabajo ni vencido por la misma muerte, no tuvo preferencia por ninguna de las dos partes, ¡no temió a la muerte, no rechazó la vida! Levantados sus ojos y sus manos hacia el cielo, su espíritu invicto no dejaba de orar». En la oración, en el diálogo con el Amigo, hallamos, efectivamente, el secreto y la fuerza de nuestro servicio.

San Martín de Tours. 11 de Noviembre



SAN MARTÍN DE TOURS

11 de Noviembre
(+ ca. 397)


"Pocos libros habrán sido tan leídos como la Vida de San Martín de Sulpicio Severo, completada por tres cartas sobre su muerte y por dos diálogos (tres, más bien, porque el primero se divide en dos) sobre las maravillas que el taumaturgo de Tours había realizado. Sulpicio Severo, que su Crónica nos muestra como acostumbrado a trabajos de historia, había emprendido con entusiasmo, viviendo aún el gran hombre (+ 397), su tarea de biógrafo; es este entusiasmo y el talento literario del que da pruebas lo que hace tan atrayente su trabajo, a pesar de una complacencia en lo maravilloso que los mismos monjes de Marmoutiers no dejaron de juzgar excesiva. Que haya en sus narraciones "una parte de literatura", es cosa en que todo el mundo está de acuerdo, y las imprecisiones de su cronología son verdaderamente embarazosas para el historiador; pero él se había tomado el trabajo de beber en buenas fuentes, sobre todo para el período de la vida en Tours, del que el mismo conoció testigos, y no hubiera tenido inconveniente en afinar más las notas cronológicas si la retórica de entonces no hubiera profesado tanta aversión hacia las precisiones muy netas" (Aigrain).

Esta vida de Sulpicio Severo había de ser puesta por dos veces en verso: en el año 470 por Paulino de Perigueux y poco después por Venancio Fortunato. De esta manera, en su versión original o en las versiones versificadas correría toda Europa. Las leyendas y la lírica de la Edad Media, los oficios litúrgicos, los sermones, los cantares y los poemas, los "misterios" representables en el teatro naciente, las vidas devotas, la escultura y la pintura llevarían por todas partes la imagen de este Santo, el más popular y conocido de toda Europa. Un fervoroso historiador suyo, Leçoy de la Marche, ha llegado a contar 3.667 parroquias francesas colocadas bajo su patronato, y su nombre sirve para distinguir 487 pueblos. Lo mismo ocurre fuera de Francia. En Alemania es sumamente conocido, acaso por sus actividades en Tréveris, y, sobre todo por la propaganda de los clérigos australianos y de los misioneros de San Columbano. Lo mismo ocurre en Italia y en España. San Martín sirve de titular a innumerables iglesias y ha sido objeto de una particular devoción y entusiasmo por parte de los artistas.

En especial la escena de Amiéns ha tenido la fortuna de un episodio evangélico. Sabido es que San Martín, todavía catecúmeno, partió la capa con un pobre. Y aquel pobre se le apareció en sueños, en figura de Jesucristo, cubierto de la media capa. El contraste entre el joven oficial del ejército romano y el pobre mendigo, el gesto magnífico del caballero cortando de un golpe de espada su espléndida capa, todo esto atrajo la imaginación del pueblo y de los artistas. Así este tema se encontraría en las marcas de las librerías, en los hierros que servían para hacer hostias, en los peones esculpidos para el juego de damas, en los muebles y hasta en las mismas cubas que se utilizaban para la sidra.

Conocido es el episodio del Quijote en que nuestro ingenioso caballero se encuentra con una docena de hombres vestidos de labradores que llevaban unas cuantas imágenes cubiertas. Pide don Quijote que se las descubran, y la segunda resulta ser "la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote cuando dijo: "Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente (es decir, que fue más valiente, y más que valiente liberal), como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre, y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno; que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo".

No han faltado, sin embargo, intentos de deshacer esta inmensa fama obtenida por San Martín. Un libro resonante, publicado en París en 1912 por E. Ch. Babut, trataba de demostrar, con un gran despliegue de erudición, viciado, sin embargo, por el abuso de la hipótesis, que San Martín y su biógrafo eran unos obscuros representantes de un clan sospechoso de priscilianismo, de tal manera que San Martín hubiese sido en su vida un personaje sin relieve, que debía todo su renombre posterior al éxito literario que obtuvo su vida una vez olvidada la realidad de los hechos. Tal hipótesis fue refutada de manera que no dejaba lugar a dudas por el insigne padre Delehaye, "mayor" durante mucho tiempo de los Bolandistas.

Podríamos sintetizar el estado de la cuestión el día de hoy haciendo nuestras las palabras de Aigrain: "Si el biógrafo que ha servido de apoyo a todos los demás, Sulpicio Severo, ha hecho evidentemente una obra de literato al servicio del éxito, tanto en su Vida propiamente dicha como en los Diálogos o las Cartas que la completan, los censores que han creído poder vaciar casi por completo estos escritos de substancia histórica, es decir, reducir el papel de Martín al de un personaje de segundo plano más o menos comprometido en los círculos de ortodoxia dudosa, no han hecho mejor tarea de críticos ponderados que los panegiristas imprudentes que aceptaron con los ojos cerrados todos los arreglos hechos .por el excesivamente hábil narrador: la substancia de esta narración pertenece a la historia, y la acción profunda ejercida por San Martín no se explicaría si el prestigio de éste se debiera únicamente a la circulación de una carta escrita".

La influencia de Sulpicio Severo sobre la hagiografía latina fue inmensa, y no solamente sobre los poetas, sino también sobre todos los narradores de vidas de santos. Algunos de los episodios recogidos, ya por él, ya por San Gregorio de Tours, en los cuatro libros que dedicó a coleccionar milagros de San Martín, han pasado a la literatura hagiográfica universal; por ejemplo, el del ahorcado a quien el Santo salva la vida.

San Martín había nacido en Panonia (Szombathely), en Hungría, según parece, por encontrarse allí de guarnición su padre, tribuno militar. La educación la recibió, sin embargo, en Pavía. Cuando soñaba con la vida anacorética, se vio obligado a enrolarse en el ejército, y sirvió en la guardia imperial a caballo. Durante este tiempo ocurrió en Amiéns el conocido episodio de la limosna de la mitad de su capa entregada a un pobre. También se nos cuenta, para ponderar su cualidad, el hecho de que limpiara el calzado al esclavo que le servía de ordenanza. Por fin, preparado con estas prácticas de caridad, recibe el bautismo y se ve libre de sus obligaciones militares.

Resuena entonces en Francia un nombre insigne: el de San Hilario de Poitiers. Atraído por esta noble e insigne figura, Martín acude a Poitiers y se une a los discípulos del Santo. Pese a las invitaciones de éste, rehúsa el diaconado, aunque acepta ser ordenado de exorcista.

El año 356 San Hilario se ve obligado a exiliarse al Oriente, como consecuencia de las querellas político-teológicas suscitadas por los arrianos. San Martín aprovecha este paréntesis para volver a visitar su Panonia natal, donde logra convertir a su madre. También allí ardían las controversias teológicas, y en alguna ocasión es azotado públicamente para castigar las actividades emprendidas por él contra el clero arriano. Con aquella maravillosa facilidad con que, pese a los toscos medios de comunicación entonces existentes, se desplazan los hombres en aquellos tiempos, le encontramos poco después en Milán, donde hace un ensayo de vida monástica cerca de la ciudad, hasta que el obispo arriano le expulsa. Durante algún tiempo se refugia en un islote de la costa ligur con un sacerdote. Y allí le llega la noticia de que San Hilario ha vuelto a Poitiers. Inmediatamente vuela a su lado.

Pero, en Milán y en la isla ha tomado el gusto a la vida monástica. Por eso, apoyado por San Hilario, funda un monasterio en Ligugé. Se ha dicho con mucha razón que San Martín fue "soldado por fuera, obispo por obligación, monje por gusto". Porque en Ligugé realiza Martín su más hondo deseo.

Sin embargo, aquella vida tranquila, al. margen de los afanes del cuidado pastoral y de las querellas teológicas, iba a durar bien poco tiempo. Pronto los milagros vienen a señalar, junto con la ejemplaridad de vida del abad y de los monjes, su figura a los pueblos de alrededor. La sede de Tours estaba vacante. Con el pretexto de curar a un enfermo, se le hizo venir a la ciudad. Y una vez allí, el 4 de julio del año 370 (o acaso del 71) era consagrado obispo.'

Falta hacía. Desgraciadamente el episcopado galo-romano había cedido en aquellos tiempos al espíritu del mundo, y resultaba necesario el contraste con la figura penitente del nuevo obispo de Tours. Para acentuar más la concepción que él tenía del episcopado, uno de sus primeros actos fue fundar, en cuanto pudo, un monasterio, el de Marmoutiers, junto a su ciudad episcopal, monasterio que pasaría a constituir un auténtico semillero de obispos y sacerdotes reformadores en medio del relajado clero de las Galias de entonces.

Se ha hecho notar que en San Martín vienen a concurrir las características de los tres tipos de santidad entonces conocidos: el de los ascetas, pues personalmente el Santo aparece revestido de austeridad y penitencia; el de los pontífices, como obispo de Tours; y el de los misioneros, que entonces empezaba a agregarse a los otros dos, por la extraordinaria actividad que como tal desarrolla. Le encontramos en lucha con el paganismo no sólo en su diócesis, sino incluso bien lejos de ella. Así, por ejemplo, una inscripción nos muestra al Santo bautizando a una cierta Foedula en Viena de Francia.

Su método misionero estaba basado en la decisión y la valentía. Rodeado por sus discípulos se llegaba al pueblo, convocaba la multitud, y uniendo la autoridad a la persuasión, conseguía la demolición del templo pagano y el derribo de los árboles sagrados. Hay que decir que, en especial bajo el emperador Graciano, sincero amigo del cristianismo, San Martín pudo contar en estas empresas con el apoyo de las autoridades civiles, Pero la verdad es que, independientemente de esto, su ascendiente personal debía de ser extraordinario. Prueba de ello está en el atractivo que ejerció sobre personajes de la talla de un San Paulino de Nola, un Sulpicio Severo y tantos otros que fueron saliendo de su abadía de Marmoutiers.

Si frente al paganismo su labor fue espléndida y puede decirse que prácticamente triunfante en todas las ocasiones, no le faltaron, en cambio, sinsabores en lo que se refiere a su actividad dentro de la Iglesia. Dos obispos españoles intrigantes y crueles habían llevado el caso de Prisciliano al emperador, quien decidió, impulsado por ellos, dar muerte al heresiarca y a todos sus adeptos. San Martín se conmovió ante la noticia y se dirigió a Tréveris, donde se encontraba la corte imperial, a fin de salvar la vida de los que aún sobrevivían, pues entendía que no es la violencia el mejor medio de combatir a los herejes. Lo consiguió, pero teniendo que pagar un precio que toda la vida le amargara el haber pagado: comulgar con los obispos perseguidores en el momento en que ellos consagraban al nuevo obispo de Tréveris, Félix. Este compromiso con obispos indignos, despreciados a la vez por San Ambrosio y por el obispo de Roma, le dolió profundamente. Sólo la caridad hacia los condenados a muerte pudo servir a sus ojos de disculpa para un paso como éste.

Hay un aspecto de la vida de San Martín digno de ser subrayado: sus relaciones con los funcionarios importantes y con el mismo emperador. Condescendiente en lo que podía, supo mantenerse. sin embargo, enteramente firme cuando debía. Si un día llama a las puertas de Marmoutiers un importantísimo personaje con la pretensión de sentarse a la mesa de los monjes, tendrá ocasión de ver que se le niega ese gusto, porque sus costumbres le hacían indigno de aquella compañía. Es más, el mismo emperador Máximo, en Tréveris, verá cómo el Santo da preferencia a un sacerdote, a la hora de sentarse a la mesa, sobre el mismo emperador. Juntamente con San Ambrosio contribuyó San Martín a establecer la libertad de la Iglesia para oponerse, en nombre del Evangelio, a los abusos de la autoridad civil.

Esta firmeza le atrajo enemigos. Aquellos prelados aristócratas, amigos del lujo, tibios en su fe y aseglarados en sus costumbres, no podían sufrir los ejemplos que del Santo les venían. Por todas partes ve el Santo cómo su obra es discutida y atacada. Se le reprochan sus orígenes, se le acusa de haber estado contagiado por el princilianismo, se le trata de hipócrita. Pronto ve con pena cómo los obispos reformadores formados en su escuela son relegados a un rincón, mientras los demás se entregan a inútiles y dañosas querellas de precedencia. Luchas mezquinas, triste herencia de antiguas rivalidades entre las ciudades, prefiguración de los conflictos feudales. Los concilios de las Galias se hacen tumultuosos y vanos. Al igual que San Ambrosio, San Martín se mantiene al margen de ellos, y ya octogenario, se dedica a prepararse para su muerte.

Esta le llegó en uno de los sitios más bellos de Francia, en Candes. Se trata de un pueblecito en la confluencia de los ríos Viena y Loira. Edificado sobre una colina, el paisaje que desde allí se divisa es realmente maravilloso. La iglesia está en lo alto, y aún hoy, al entrar en ella, se ve, a la izquierda, una capilla, que señala el lugar exacto en que ocurrió la muerte del Santo. Había acudido allí para apaciguar ciertas diferencias que habían surgido entre los clérigos. Se sintió desfallecer y se acostó.

Tuvo entonces lugar la escena que todo el mundo conoce, y que recoge y subraya con tanta fuerza el oficio divino en la fiesta del Santo. Sus discípulos, que le rodeaban, le pedían que continuara viviendo, porque si no su rebaño quedaría expuesto a grandes peligros. Él, entonces, contestó: ¡"Señor, si aún soy necesario, no rehúso continuar viviendo. Que tu voluntad se realice plenamente". ¡Oh feliz varón—exclama la liturgia—, que ni temió morir ni recusó la vida!"

Sus discípulos le ofrecían una cama un poco mejor preparada, pero él prefería continuar acostado sobre la ceniza y recubierto de su cilicio. "No conviene a un cristiano morir de otra suerte"—respondía—. Fija su vista en el cielo, levantadas sus manos para la oración, querían los que le rodeaban aliviar su dolor poniéndole en otra postura: "Dejadme, hermanos -les decía—, mirar al cielo más que a la tierra para dirigir desde ahora mi alma por el camino que debe conducirla hacia el Señor".

Llegó el momento culminante. Aquel grupito de hombres fieles que le rodeaba no podía ocultar sus sollozos. Él continuaba imperturbable, fijo sus ojos en el cielo, cuando se apercibió de que el demonio llegaba tratando de arrebatar su alma: "¿Qué haces tú aquí—gritó con energía sobrehumana—, bestia sanguinaria? No encontrarás más en mí que te pertenezca, maldito. El seno de Abraham me va a recoger". Y al decir esto expiró santamente.

Como una compensación a tantos ataques que había tenido que sufrir en los últimos años de su vida, de todas partes se alzó a su muerte un elocuente plebiscito de amor y veneración. La masa del pueblo le aclamó como santo. Una muchedumbre de monjes y de vírgenes concurrió a sus funerales, señalando la prodigiosa vitalidad de la institución nacida en Ligugé. Pronto se elevó una modesta capilla sobre su tumba, que San Perpet (+ 490), sucesor suyo en Tours, transformó en una importante basílica, cuyo calendario, importantísimo en la historia de la hagiografía, conocemos por San Gregorio de Tours, y que nos proporciona uno de los primeros testimonios del tiempo de Adviento.

Recientemente, en el invierno de 1952 a 1953, se han hecho excavaciones en Ligugé, con resultados sumamente interesantes. En el terreno próximo a la iglesia renacentista, han aparecido restos de dos edificios que existieron antes en aquel lugar: una pequeña villa galo-romana de los siglos II ó III, desaparecida, por lo que puede conjeturarse, el año 275, cuando la primera invasión. El segundo monumento, que parece datar de fines del siglo vi y devastado a mediados del siglo v, es único en Francia, totalmente diferente de lo que hasta ahora se conocía en tipos de villae. Presenta cierta analogía a los mausoleos antiguos: un inmenso ábside casi semicircular, de 32 metros de diámetro, cerrado por un muro frontal en el que se abren varias puertas. Un pasillo interior contornea la construcción, en torno a una área central más elevada. Exteriormente aparece una línea de columnas. ¿Se trata del mausoleo de una gran familia, único en Francia? Los técnicos se inclinan a ver una iglesia votiva dedicada a San Martín, ya que los mausoleos han sido con frecuencia el modelo de los edificios votivos paleocristianos. El recuerdo de San Martín habría sido tan excepcional que daría ocasión para un monumento único en toda Francia construido en su honor en Ligugé.

Lo cierto es que desde el principio su tumba constituyó un lugar de peregrinación. Sobre todo en la época merovingia su culto alcanza un prestigio inmenso. No falta quien vea en la palabra "capeto", con que se designaba a los reyes de Francia por entonces, una alusión a "cappatus", es decir, puesto bajo la capa del Santo, ya que los reyes Capetos se honraron siempre con el título de abades de San Martín de Tours.

A su popularidad contribuyó también la fama de los milagros. Su sucesor, San Gregorio (+ 594), se dedicó incansablemente a reunir cuantos pudo. Nada menos que cuatro libros, escritos a lo largo de su vida, dejando amplios márgenes de tiempo entre uno y otro, dedicó a contarlos. Es cierto que San Gregorio tiene por milagro muchos hechos que podríamos considerar como puramente naturales, simple recompensa hecha por Dios a una oración llena de espíritu de fe, pero sin alterar las leyes de la naturaleza: preservación de peligros, castigos a los robos o a los perjurios, liberación de prisioneros, etc. De todas formas, estas narraciones de San Gregorio reflejan una sinceridad total. El Santo marca con precisión cuál ha sido su fuente de información, si ha recibido directamente o no la noticia del caso, quiénes fueron los testigos, etc. Y de esta manera contribuye, con la narración de todos aquellos milagros, a difundir y a arraigar más y más la devoción que toda Europa sentía por el Santo. Si muchos de estos milagros no resisten la crítica moderna, no por eso dejó San Gregorio de hacernos un magnífico servicio al contárnoslo, reflejando en ellos interesantes costumbres de su época y proporcionando un precioso material a quienes más adelante tendrían que trabajar sobre estos temas.

La fisonomía de San Martín se nos ofrece firme y bien definida, pese al transcurso de tantos siglos. Fue un_asceta y un apóstol, pero fue sobre todo hombre de oración. Ni aun entre las tareas, ciertamente agobiadoras, de su episcopado, dejó de estar en continua comunicación con Dios. "Como el herrero, en el curso de su trabajo, encuentra un cierto descanso en golpear de vez en cuando el yunque —nos dice uno de sus biógrafos—, así Martín, cuando parecia hacer otra cosa, estaba siempre en oración."

Mortificado y penitente, sereno entre las adversidades y los triunfos, pobre y humilde, apartado por completo de las vanidades de este mundo, verdadero discípulo de Jesucristo. San Martín tuvo una gran influencia en toda la espiritualidad medieval. La misma historia del Derecho canónico reconoce, en el desarrollo del instituto de los obispos religiosos, una influencia decisiva de su ejemplo y su actividad a la hora de construir la figura jurídica de esta clase de obispos.

Pero su gran lección ha sido siempre la de la caridad. Su gesto en Amiéns dando la mitad de la capa fue superado más tarde, siendo ya obispo. A punto de celebrar la misa, dio su túnica entera a un mendigo. Anécdotas éstas que nos reflejan una bondad profunda, un amor ardiente al prójimo. Sus mismos milagros, como los de Cristo, son milagros de caridad. Pasó haciendo el bien, entregado, en cuerpo y alma, a su pueblo.

Aunque consta ciertamente que murió el 8 de noviembre, su fiesta se celebró, desde el comienzo, el día 11, no sólo en Tours, sino en toda la Iglesia, a la que había llegado el conocimiento del resplandor de sus virtudes.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

Fuente: Catholic.net 
Autor: P. Ángel Amo. 

Martín de Tours es uno de aquellos hombres que han hecho hablar de sí a muchas generaciones por haber sido protagonista de episodios aptos para despertar la fantasía popular. Es frecuente la narración del episodio de San Martín que, cabalgando envuelto en su amplio manto de guardia imperial, encontró a un pobre que tiritaba de frío, con gesto generoso cortó su manto y le dio la mitad al pobre. Por la noche, en sueños, vio a Jesús envuelto en la mitad de su manto, sonriéndole agradecido. 

Martín, hijo de un tribuno romano, nació en Sabaria, en Panonia, hacia el 315. A los quince años ya vestía el uniforme militar. El episodio del manto hay que colocarlo en este periodo, porque a los 18 años recibió el bautismo y abandonó la milicia para seguir a San Hilario de Poitiers, su maestro. Después de un breve noviciado de vida eremítica en la Isle Galinaria, Martín fundo dos monasterios: Ligugé, el más antiguo de Europa, y Marmoutier, que se convertiría en un gran centro de vida religiosa.

Después del paréntesis contemplativo, siguió el activo: Martín, elegido obispo de Tours, se convirtió en el grande evangelizador de Francia. Había sido, como se dice, soldado sin quererlo, monje por elección y obispo por deber. En los 27 años de vida episcopal se ganó el amor entusiasta de los pobres, de los necesitados y de cuantos sufrían injusticias, pero no era bien visto por los de su clero que querían vivir tranquilamente. De hecho fue acusado por un sacerdote llamado Bricio. Su respuesta fue proverbial: “¿Si Cristo soportó a Judas, por qué no debería yo soportar a Bricio?” 

Murió el 8 de noviembre del 397 en Candes, durante una visita pastoral. Sus funerales, que tuvieron lugar tres días después, fueron una verdadera apoteosis; en ese día, el 11, se conmemora su memoria. Se puede considerar como el primer santo no mártir con fiesta litúrgica. Esa fecha quedó también como punto de referencia en los contratos de arrendamientos, de terrenos, de compraventas, en el mundo agrícola: “el nuevo vino se bebe en San Martín”, se dice todavía hoy en muchas regiones de Italia y de Francia.

La mitad del manto que – según la leyenda – San Martín compartió con el pobre de Amiens, se conserva celosamente en una capilla. Al custodio de la capilla se llama “capellán”, sin ser lo, porque es el protector de la “capa” del Obispo de Tours.

San Martín de Tours, obispo

Nació en Panonia, Hungría, el año 316. Sus padres eran paganos. Estudió en Pavía, donde conoció el Cristianismo. Su padre -que era tribuno militar-, para desviarle del Cristianismo, le obligó a ingresar en el ejército. Martín concilió sus deberes militares con sus aspiraciones cristianas. Vida ejemplar de monje y soldado: valentía y vida santa y caritativa. 

Siendo militar sucedió el hecho tan tratado en la iconografía. Era invierno, y al entrar en Amiens, encuentra un mendigo casi helado, sin ropa. Divide su capa en dos partes y entrega una al pobre. Cristo se le aparece vestido con la media capa, diciéndole: "Martín, catecúmeno, me has cubierto con este vestido".

Pronto recibe el bautismo. Deja la milicia para seguir a Cristo. San Hilario de Poitiers quiere ordenarlo diácono; él se queda de exorcista. Vuelve a su patria, convierte a su madre. De nuevo en Poitiers funda Ligugé, auténtico monasterio misional. Allí pasa once años, feliz en su ambiente, pues Martín fue "soldado por fuera, Obispo a la fuerza, monje por gusto".

Martín vivía feliz en el monasterio, pero Tours se había quedado sin Obispo y en el año 371 los cristianos se apoderan de él y le imponen el Obispado a la fuerza. Acusa a emperadores, reprime a los herejes, defiende a los débiles y a los condenados a muerte, realiza innumerables milagros, y entre ellos se le atribuye la resurrección de varios muertos. Su fama es indescriptible. Es llamado el "Apóstol de las Galias" -nadie hizo tanto como él por Francia católica- y San Gregorio de Tours le invoca como "patrón especial del mundo entero".

Tan intensos viajes apostólicos, tanta obra de caridad, hasta vaciarse totalmente, agotaron sus fuerzas físicas. Se veía morir. Sus discípulos le piden que no los deje huérfanos y él, dirigiéndose a Dios le dice: "Señor, si tu pueblo todavía me necesita, no rehúso el trabajo; pero hágase tu voluntad". 

San Martín entregó su alma a Dios el 8 de noviembre del año 397. Martín fue ante todo un asceta, un apóstol, un hombre de oración, muy influyente en toda la espiritualidad medieval. Su faceta principal: la caridad. Su gesto en Amiens, de dar la mitad de su capa a un pobre, fue superado, cuando siendo Obispo entregó su túnica entera a un mendigo -gesto menos conocido- sus mismos milagros, como los de Cristo, fueron milagros de caridad, pasó haciendo el bien. Está considerado como el patrono de los comerciantes y es conocido también por el nombre de San Martín Caballero.