5 may. 2018

Santo Evangelio 5 de mayo 2018


Día litúrgico: Sábado V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,18-21): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado».


«Todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado»

Rev. D. Ferran JARABO i Carbonell 
(Agullana, Girona, España)

Hoy, el Evangelio contrapone el mundo con los seguidores de Cristo. El mundo representa todo aquello de pecado que encontramos en nuestra vida. Una de las características del seguidor de Jesús es, pues, la lucha contra el mal y el pecado que se encuentra en el interior de cada hombre y en el mundo. Por esto, Jesús resucitado es luz, luz que ilumina las tinieblas del mundo. Karol Wojtyla nos exhortaba a «que esta luz nos haga fuertes y capaces de aceptar y amar la entera Verdad de Cristo, de amarla más cuanto más la contradice el mundo».

Ni el cristiano, ni la Iglesia pueden seguir las modas o los criterios del mundo. El criterio único, definitivo e ineludible es Cristo. No es Jesús quien se ha de adaptar al mundo en el que vivimos; somos nosotros quienes hemos de transformar nuestras vidas en Jesús. «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre». Esto nos ha de hacer pensar. Cuando nuestra sociedad secularizada pide ciertos cambios o licencias a los cristianos y a la Iglesia, simplemente nos está pidiendo que nos alejemos de Dios. El cristiano tiene que mantenerse fiel a Cristo y a su mensaje. Dice san Ireneo: «Dios no tiene necesidad de nada; pero el hombre tiene necesidad de estar en comunión con Dios. Y la gloria del hombre está en perseverar y mantenerse en el servicio de Dios».

Esta fidelidad puede traer muchas veces la persecución: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). No hemos de tener miedo de la persecución; más bien hemos de temer no buscar con suficiente deseo cumplir la voluntad del Señor. ¡Seamos valientes y proclamemos sin miedo a Cristo resucitado, luz y alegría de los cristianos! ¡Dejemos que el Espíritu Santo nos transforme para ser capaces de comunicar esto al mundo!

Salmo 79 Ven, Señor, a visitar tu viña

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Salmo 79

Ven, Señor, a visitar tu viña


Pastor de Israel, escucha, 
tú que guías a José como a un rebaño; 
tú que te sientas sobre querubines, resplandece 
ante Efraín, Benjamín y Manasés; 
despierta tu poder y ven a salvarnos. 

Oh Dios, restáuranos, 
que brille tu rostro y nos salve. 

Señor, Dios de los ejércitos, 
¿hasta cuando estarás airado 
mientras tu pueblo te suplica? 

Les diste a comer llanto, 
a beber lágrimas a tragos; 
nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos, 
nuestros enemigos se burlan de nosotros. 

Dios de los ejércitos, restáuranos, 
que brille tu rostro y nos salve. 

Sacaste una vid de Egipto, 
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste; 
le preparaste el terreno, y echó raíces 
hasta llenar el país; 

Su sombra cubría las montañas, 
y sus pámpanos, los cedros altísimos; 
extendió sus sarmientos hasta el mar, 
y sus brotes hasta el Gran Río. 

¿Por qué has derribado su cerca 
para que la saqueen los viandantes, 
la pisoteen los jabalíes 
y se la coman las alimañas? 

Dios de los ejércitos, vuélvete: 
mira desde el cielo, fíjate, 
ven a visitar tu viña, 
la cepa que tu diestra plantó 
y que tú hiciste vigorosa. 

La han talado y le han prendido fuego; 
con un bramido hazlos perecer. 
Que tu mano proteja a tu escogido, 
al hombre que tú fortaleciste. 

No nos alejaremos de ti: 
danos vida, para que invoquemos tu nombre. 

Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, 
que brille tu rostro y nos salve. 

4 may. 2018

Santo Evangelio 4 de mayo 2018


Día litúrgico: Viernes V de Pascua


Texto del Evangelio (Jn 15,12-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».


«Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado»

Rev. D. Carles ELÍAS i Cao 
(Barcelona, España)

Hoy, el Señor nos invita al amor fraterno: «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12), es decir, como me habéis visto hacer a mí y como todavía me veréis hacer. Jesús te habla como a un amigo, pues te ha dicho que el Padre te llama, que quiere que seas apóstol, y que te destina a dar fruto, un fruto que se manifiesta en el amor. San Juan Crisóstomo afirma: «Si el amor estuviera esparcido por todas partes, nacería de él una infinidad de bienes».

Amar es dar la vida. Lo saben los esposos que, porque se aman, hacen una donación recíproca de su vida y asumen la responsabilidad de ser padres, aceptando también la abnegación y el sacrificio de su tiempo y de su ser a favor de aquellos que han de cuidar, proteger, educar y formar como personas. Lo saben los misioneros que dan su vida por el Evangelio, con un mismo espíritu cristiano de sacrificio y de abnegación. Y lo saben religiosos, sacerdotes y obispos, lo sabe todo discípulo de Jesús que se compromete con el Salvador.

Jesús te ha dicho un poco antes cuál es el requisito del amor, de dar fruto: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda él solo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,24). Jesús te invita a perder tu vida, a que se la entregues a Él sin miedo, a morir a ti mismo para poder amar a tu hermano con el amor de Cristo, con amor sobrenatural. Jesús te invita a llegar a un amor operante, bienhechor y concreto; así lo entendió el apóstol Santiago cuando dijo: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: ‘Id en paz, calentaos y hartaos’, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (2,15-17).

Salmo 78 Lamentación ante la destrucción de Jerusalén

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Salmo 78

Lamentación ante la destrucción de Jerusalén



Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad, 
han profanado tu santo templo, 
han reducido Jerusalén a ruinas. 

Echaron los cadáveres de tus siervos 
en pasto a las aves del cielo, 
y la carne de tus fieles 
a las fieras de la tierra. 

Derramaron su sangre como agua 
en torno a Jerusalén, 
y nadie la enterraba. 

Fuimos el escarnio de nuestros vecinos, 
la irrisión y la burla de los que nos rodean. 

¿Hasta cuándo, Señor? 
¿Vas a estar siempre enojado? 
¿Arderá como fuego tu cólera? 

No recuerdes contra nosotros 
las culpas de nuestros padres; 
que tu compasión nos alcance pronto, 
pues estamos agotados. 

Socórrenos, Dios, Salvador nuestro, 
por el honor de tu nombre; 
líbranos y perdona nuestros pecados 
a causa de tu nombre. 

¿Por qué han de decir los gentiles: 
"dónde está su Dios"? 
Que a nuestra vista conozcan los gentiles la venganza 
de la sangre de tus siervos derramada. 

Llegue a tu presencia el gemido del cautivo: 
con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte. 

Mientras, nosotros, pueblo tuyo, 
ovejas de tu rebaño, 
te daremos gracias siempre, 
cantaremos tus alabanzas 

3 may. 2018

Santo Evangelio 3 de mayo 2018


Día litúrgico: 3 de Mayo: Santos Felipe y Santiago, apóstoles


Texto del Evangelio (Jn 14,6-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».


«Yo soy el camino, la verdad y la vida. (...) El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»

Rev. D. Joan SOLÀ i Triadú 
(Girona, España)

Hoy celebramos la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago. El Evangelio hace referencia a aquellos coloquios que Jesús tenía sólo con los Apóstoles, y en los que procuraba ir formándolos, para que tuvieran ideas claras sobre su persona y su misión. Es que los Apóstoles estaban imbuidos de las ideas que los judíos se habían formado sobre la persona del Mesías: esperaban un liberador terrenal y político, mientras que la persona de Jesús no respondía en absoluto a estas imágenes preconcebidas.

Las primeras palabras que leemos en el Evangelio de hoy son respuesta a una pregunta del apóstol Tomás. «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Esta respuesta a Tomás da pie a la petición de Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). La respuesta de Jesús es —en realidad— una reprensión: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?» (Jn 14,9).

Los Apóstoles no acababan de entender la unidad entre el Padre y Jesús, no alcanzaban a ver al Dios y Hombre en la persona de Jesús. Él no se limita a demostrar su igualdad con el Padre, sino que también les recuerda que ellos serán los que continuarán su obra salvadora: les otorga el poder de hacer milagros, les promete que estará siempre con ellos, y cualquier cosa que pidan en su nombre, se la concederá.

Estas respuestas de Jesús a los Apóstoles, también nos las dirige a todos nosotros. San Josemaría, comentando este texto, dice: «‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna (...). Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos».

¡Oh Santa Cruz de Jesucristo!,


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¡Oh Santa Cruz de Jesucristo!, 
que con tus firmes brazos sostuviste 
el Sacrosanto cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo; 
Árbol de vida y fuente de bienaventuranza, 
honra y gloria del mismo Crucificado, te alabo y glorifico 
y pongo debajo de tus brazos 
mis dificultades y problemas presentes 
para que por tu virtud se digne mi buen Jesús remediarlas. 

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Oh Cruz Santísima, 
que te elevas a los Cielos y nos das protección,
derrama sobre mi todo bien y suprime todo mal y maldad; 
aleja de mi la enfermedad y las adversidades, 
y todo aquello que no me convenga, 
presérvame de accidentes corporales y temporales 
y libérame de los ataques de mis enemigos. 

Oh Santa Cruz de Jesucristo, deseo tenerte siempre presente, 
así como a Dios Padre que te eligió, 
al cual pido me conceda su perdón por las faltas cometidas 
y por no ser mas constante en mis oraciones, 
ruego al Altísimo envíe su Espíritu para que reciba fuerzas 
y para que sea consuelo de mis tristezas, 
sobre todo ahora que siento que los problemas me abaten 
y no consigo solucionarlos por mi mismo. 



A través de ti pido al Padre Misericordioso me bendiga y ayude,
pido a mi buen Jesús me ayude a superar mis necesidades 
y estas dificultades que son causa de mi preocupación: 

(decir con gran esperanza lo que se desea conseguir).

Cruz Santa deseo adorarte siempre así como a Jesús Nazareno, 
a quien imploro tenga piedad de mi y me ayude en mi petición.

Cruz Santa deseo adorarte siempre así como a Dios Padre Eterno, 
a quien imploro tenga piedad de mi y sea misericordioso conmigo. 

Cruz Santa deseo adorarte siempre así como al Espíritu Santo, 
a quien imploro tenga piedad de mi y me llene con sus Dones.

Cruz Santa deseo adorarte siempre así como a la Virgen María, 
a quien ruego de corazón me ampare y esté siempre a mi lado. 

Cruz Santa deseo adorarte siempre así como a los Ángeles y Santos, 
a quienes solicito sean mis mediadores con Dios Todopoderoso. 

En honor de la Sangre de Jesucristo y de su penosa muerte,
en honor de su Resurrección y de su Encarnación Divina, 
la cual puede conducirnos a la vida Eterna, 
hoy delante de ti, bendita Santa Cruz de Jesucristo te ruego
que descartes de mi todo lo que me perjudica y aflige
y te entrego mis necesidades y problemas 
para que por tu virtud sean pronto remediadas. 

¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, sé mi verdadera luz.
¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, ten compasión de mi.
¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, sé mi esperanza.

Así sea. +

Rezar cinco Padrenuestros en honor a las cinco Llagas de Cristo. 
Hacer la oración junto a los rezos cinco días seguidos. 


2 may. 2018

Santo Evangelio 2 de mayo 2018



Día litúrgico: Miércoles V de Pascua

Santoral 2 de Mayo: San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia


Texto del Evangelio (Jn 15,1-8): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».


«Permaneced en mí, como yo en vosotros»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy contemplamos de nuevo a Jesús rodeado por los Apóstoles, en un clima de especial intimidad. Él les confía lo que podríamos considerar como las últimas recomendaciones: aquello que se dice en el último momento, justo en la despedida, y que tiene una fuerza especial, como si de un postrer testamento se tratara.

Nos los imaginamos en el cenáculo. Allí, Jesús les ha lavado los pies, les ha vuelto a anunciar que se tiene que marchar, les ha transmitido el mandamiento del amor fraterno y los ha consolado con el don de la Eucaristía y la promesa del Espíritu Santo (cf. Jn 14). Metidos ya en el capítulo decimoquinto de este Evangelio, encontramos ahora la exhortación a la unidad en la caridad.

El Señor no esconde a los discípulos los peligros y dificultades que deberán afrontar en el futuro: «Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). Pero ellos no se han de acobardar ni agobiarse ante el odio del mundo: Jesús renueva la promesa del envío del Defensor, les garantiza la asistencia en todo aquello que ellos le pidan y, en fin, el Señor ruega al Padre por ellos —por todos nosotros— durante su oración sacerdotal (cf. Jn 17).

Nuestro peligro no viene de fuera: la peor amenaza puede surgir de nosotros mismos al faltar al amor fraterno entre los miembros del Cuerpo Místico de Cristo y al faltar a la unidad con la Cabeza de este Cuerpo. La recomendación es clara: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

Las primeras generaciones de cristianos conservaron una conciencia muy viva de la necesidad de permanecer unidos por la caridad. He aquí el testimonio de un Padre de la Iglesia, san Ignacio de Antioquía: «Corred todos a una como a un solo templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo Padre». He aquí también la indicación de Santa María, Madre de los cristianos: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).

Salmo 77 Escucha, pueblo mío, mi enseñanza

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Salmo 77

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza


Escucha, pueblo mío, mi enseñanza, 
inclina el oído a las palabras de mi boca: 
que voy a abrir mi boca a las sentencias, 
para que broten los enigmas del pasado. 

Lo que oímos y aprendimos, 
lo que nuestros padres nos contaron, 
no lo ocultaremos a sus hijos, 
lo contaremos a la futura generación: 

las alabanzas del Señor, su poder, 
las maravillas que realizó; 
porque él estableció una norma para Jacob, 
dió una ley a Israel. 

El mandó a nuestros padres 
que lo enseñaran a sus hijos, 
para que lo supiera la generación siguiente, 
los hijos que nacieran después. 

Que surjan y lo cuenten a sus hijos, 
para que pongan en Dios su confianza 
y no olviden las acciones de Dios, 
sino que guarden sus mandamientos; 

para que no imiten a sus padres, 
generación rebelde y pertinaz; 
generación de corazón inconstante, 
de espíritu infiel a Dios. 

Los arqueros de la tribu de Efraín 
volvieron la espalda en la batalla; 
no guardaron la alianza de Dios, 
se negaron a seguir su ley, 

echando en olvido sus acciones, 
las maravillas que les había mostrado, 
cuando hizo portentos a vista de sus padres, 
en el país de Egipto, en el campo de Soán: 

hendió el mar para darles paso, 
sujetando las aguas como muros; 
los guiaba de día con una nube, 
la noche con el resplandor del fuego; 

hendió la roca en el desierto, 
y les dió a beber raudales de agua; 
sacó arroyos de la peña, 
hizo correr las aguas como ríos. 

Pero ellos volvieron a pecar contra él, 
y en el desierto se rebelaron contra el Altísimo: 
tentaron a Dios en sus corazones, 
pidiendo una comida a su gusto; 

hablaron contra Dios: "¿podrá Dios 
preparar una mesa en el desierto? 
El hirió la roca, brotó agua 
y desbordaron los torrentes; 
pero ¿podrá también darnos pan, 
proveer de carne a su `pueblo?" 

Lo oyó el Señor, y se indignó; 
un fuego se encendió contra Jacob, 
hervía su cólera contra Israel, 
porque no tenían fe en Dios 
ni confiaban en su auxilio. 

Pero dió orden a las altas nubes, 
abrió las compuertas del cielo: 
hizo llover sobre ellos maná, 
les dió un trigo celeste; 
y el hombre comió pan de ángeles, 
les mandó provisiones hasta la hartura. 

Hizo soplar desde el cielo el levante, 
y dirigió con su fuerza el viento sur; 
hizo llover carne como una polvareda, 
y volátiles como arena del par; 
los hizo caer en mitad del campamento, 
alrededor de sus tiendas. 

Ellos comieron y se hartaron, 
así satisfizo su avidez; 
pero, con la avidez recién saciada, 
con la comida aún en la boca, 
la ira de Dios hirvió contra ellos: 
mató a los más robustos, 
doblegó a la flor de Israel. 

Y, con todo, volvieron a pecar, 
y no dieron fe a sus milagros: 
entonces consumió sus días en un soplo, 
sus años en un momento; 

y, cuando los hacía morir, lo buscaban, 
y madrugaban para volverse hacia Dios; 
se acordaban de que Dios era su roca, 
el Dios Altísimo su redentor. 

Lo adulaban con sus bocas, 
pero sus lenguas mentían: 
su corazón no era sincero con él, 
ni eran fieles a su alianza. 

El, en cambio, sentía lástima, 
perdonaba la culpa y no los destruía: 
una y otra vez reprimió su cólera, 
y no despertaba todo su furor; 
acordándose de que eran de carne, 
un aliento fugaz que no torna. 

1 may. 2018

Santo Evangelio 1 de mayo 2018


Día litúrgico: Martes V de Pascua

Santoral 1 de Mayo: San José, obrero

Texto del Evangelio (Jn 14,27-31a): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».


«Mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo»

Rev. D. Enric CASES i Martín 
(Barcelona, España)

Hoy, Jesús nos habla indirectamente de la cruz: nos dejará la paz, pero al precio de su dolorosa salida de este mundo. Hoy leemos sus palabras dichas antes del sacrificio de la Cruz y que fueron escritas después de su Resurrección. En la Cruz, con su muerte venció a la muerte y al miedo. No nos da la paz «como la da el mundo» (cf. Jn 14,27), sino que lo hace pasando por el dolor y la humillación: así demostró su amor misericordioso al ser humano.

En la vida de los hombres es inevitable el sufrimiento, a partir del día en que el pecado entró en el mundo. Unas veces es dolor físico; otras, moral; en otras ocasiones se trata de un dolor espiritual..., y a todos nos llega la muerte. Pero Dios, en su infinito amor, nos ha dado el remedio para tener paz en medio del dolor: Él ha aceptado “marcharse” de este mundo con una “salida” sufriente y envuelta de serenidad.

¿Por qué lo hizo así? Porque, de este modo, el dolor humano —unido al de Cristo— se convierte en un sacrificio que salva del pecado. «En la Cruz de Cristo (...), el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido» (San Juan Pablo II). Jesucristo sufre con serenidad porque complace al Padre celestial con un acto de costosa obediencia, mediante el cual se ofrece voluntariamente por nuestra salvación.

Un autor desconocido del siglo II pone en boca de Cristo las siguientes palabras: «Mira los salivazos de mi rostro, que recibí por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido».

Salmo 76 Recuerdo del pasado glorioso de Israel

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Salmo 76

Recuerdo del pasado glorioso de Israel


Alzo mi voz a Dios gritando, 
alzo mi voz a Dios para que me oiga. 

En mi angustia te busco, Señor mío; 
de noche extiendo las manos sin descanso, 
y mi alma rehúsa el consuelo. 
Cuando me acuerdo de Dios, gimo, 
y meditando me siento desfallecer. 

Sujetas los párpados de mis ojos, 
y la agitación no me deja hablar. 
Repaso los días antiguos, 
recuerdo los años remotos; 
de noche lo pienso en mis adentros, 
y meditándolo me pregunto: 

"¿Es que el Señor nos rechaza para siempre 
y ya no volverá a favorecernos? 
¿Se ha agotado ya su misericordia, 
se ha terminado para siempre su promesa? 
¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad, 
o la cólera cierra sus entrañas?" 

Y me digo: "¡Qué pena la mía! 
¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!" 
Recuerdo las proezas del Señor; 
sí, recuerdo tus antiguos portentos, 
medito todas tus obras 
y considero tus hazañas. 

Dios mío, tus caminos son santos: 
¿Qué dios es grande como nuestro Dios? 

Tú, oh Dios, haciendo maravillas, 
mostraste tu poder a los pueblos; 
con tu brazo rescataste a tu pueblo, 
a los hijos de Jacob y de José. 

Te vió el mar, oh Dios, 
te vio el mar y tembló, 
las olas se estremecieron. 

Las nubes descargaban sus aguas, 
retumbaban los nubarrones, 
tus saetas zigzagueaban. 

Rodaba el estruendo de tu trueno, 
los relámpagos deslumbraban el orbe, 
la tierra retembló estremecida. 

Tú te abriste camino por las aguas, 
un vado por las aguas caudalosas, 
y no quedaba rastro de tus huellas: 

Mientras guiabas a tu pueblo, 
como a un rebaño, 
por la mano de Moisés y de Aarón. 

30 abr. 2018

Santo Evangelio 30 de abril 2018


Día litúrgico: Lunes V de Pascua


Texto del Evangelio (Jn 14,21-26): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».


«El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho»

Rev. D. Norbert ESTARRIOL i Seseras 
(Lleida, España)

Hoy, Jesús nos muestra su inmenso deseo de que participemos de su plenitud. Incorporados a Él, estamos en la fuente de vida divina que es la Santísima Trinidad. «Dios está contigo. En tu alma en gracia habita la Trinidad Beatísima. —Por eso, tú, a pesar de tus miserias, puedes y debes estar en continua conversación con el Señor» (San Josemaría).

Jesús asegura que estará presente en nosotros por la inhabitación divina en el alma en gracia. Así, los cristianos ya no somos huérfanos. Ya que nos ama tanto, a pesar de que no nos necesita, no quiere prescindir de nosotros. 

«El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21). Este pensamiento nos ayuda a tener presencia de Dios. Entonces, no tienen lugar otros deseos o pensamientos que, por lo menos, a veces, nos hacen perder el tiempo y nos impiden cumplir la voluntad divina. He aquí una recomendación de san Gregorio Magno: «Que no nos seduzca el halago de la prosperidad, porque es un caminante necio aquel que ve, durante su camino, prados deliciosos y se olvida de allá donde quería ir».

La presencia de Dios en el corazón nos ayudará a descubrir y realizar en este mundo los planes que la Providencia nos haya asignado. El Espíritu del Señor suscitará en nuestro corazón iniciativas para situarlas en la cúspide de todas las actividades humanas y hacer presente, así, a Cristo en lo alto de la tierra. Si tenemos esta intimidad con Jesús llegaremos a ser buenos hijos de Dios y nos sentiremos amigos suyos en todo lugar y momento: en la calle, en medio del trabajo cotidiano, en la vida familiar.

Toda la luz y el fuego de la vida divina se volcarán sobre cada uno de los fieles que estén dispuestos a recibir el don de la inhabitación. La Madre de Dios intercederá —como madre nuestra que es— para que penetremos en este trato con la Santísima Trinidad.

Salmo 75 Acción de gracias por la victoria

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Salmo 75

Acción de gracias por la victoria


Dios se manifiesta en Judá, 
su fama es grande en Israel; 
su tabernáculo está en Jerusalén, 
su morada en Sión: 
allí quebró los relámpagos del arco, 
el escudo, la espada y la guerra. 

Tú eres deslumbrante, magnífico, 
con montones de botín conquistados. 
Los valientes duermen su sueño, 
y a los guerreros no les responden sus brazos. 
Con un bramido, oh Dios de Jacob, 
inmovilizaste carros y caballos. 

Tú eres terrible: ¿quién resiste frente a tí 
al ímpetu de tu ira? 
Desde el cielo proclamas la sentencia: 
la tierra teme sobrecogida, 
cuando Dios se pone en pie para juzgar, 
para salvar a los humildes de la tierra. 

La cólera humana tendrá que alabarte, 
los que sobrevivan al castigo de rodearán. 
Haced votos al Señor y cumplidlos, 
y traigan los vasallos tributo al Temible: 
El deja sin aliento a los príncipes, 
y es temible para los reyes del orbe. 

29 abr. 2018

Santo Evangelio 29 de abril 2018


Día litúrgico: Domingo V (B) de Pascua


Texto del Evangelio (Jn 15,1-8): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. 

»Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».


«La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto»

Rev. D. Joan MARQUÉS i Suriñach 
(Vilamarí, Girona, España)

Hoy, el Evangelio presenta la alegoría de la vid y los sarmientos. Cristo es la verdadera vid, nosotros somos los sarmientos y el Padre es el viñador.

El Padre quiere que demos mucho fruto. Es lógico. Un viñador planta la viña y la cultiva para que produzca fruto abundante. Si nosotros montamos una empresa, querremos que rinda. Jesús insiste: «Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto» (Jn 15,16).

Eres un elegido. Dios se ha fijado en ti. Por el bautismo te ha injertado en la viña que es Cristo. Tienes la vida de Cristo, la vida cristiana. Posees el elemento principal para dar fruto: la unión con Cristo, porque «el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid» (Jn 15,4). Jesús lo dice taxativamente: «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Su fuerza no es sino suavidad; nada hay tan blando como esto, y nada como esto tan firme» (San Francisco de Sales). ¿Cuántas cosas has querido hacer sin Cristo? El fruto que el Padre espera de nosotros es el de las buenas obras, el de la práctica de las virtudes. ¿Cuál es la unión con Cristo que nos hace capaces de dar este fruto? La fe y la caridad, es decir, permanecer en gracia de Dios.

Cuando vives en gracia, todos los actos de virtud son frutos agradables al Padre. Son obras que Jesucristo hace a través tuyo. Son obras de Cristo que dan gloria al Padre y se convierten en cielo para ti. ¡Vale la pena vivir siempre en gracia de Dios! «Si alguno no permanece en mí [por el pecado], es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego (...) los echan al fuego y arden» (Jn 15,6). Es una clara alusión al infierno. ¿Eres como un sarmiento lleno de vida?

Que la Virgen María nos ayude a aumentar la gracia para que produzcamos frutos en abundancia que den gloria al Padre.

¿Teléfono sin Linea?

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1.- ¿TELÉFONO SIN LINEA?

Por Javier Leoz

Atrás quedó el domingo del Buen Pastor con esa llamada del Papa Francisco a entregarnos, unos y otros, generosamente en pro de Cristo. Ahora, a un día con el mes de mayo, contamos con una “aliada especial”: María. Ella también es Divina Pastora que alienta nuestros trabajos y nos anima en este camino de fe que, desde el día de nuestro bautismo, hemos de cuidar con la mano siempre cierta de Dios.

1.- ¿Qué es una fe sin Dios? ¿Y una fe sin contrastar con la Comunidad Eclesial? ¿Y una fe descafeinada u oportunista? En este quinto domingo de la Pascua comprendemos algo que, a veces, sufrimos y sentimos en las carnes de nuestra vida cristiana: sin Jesús es imposible perseverar, seguir adelante, creer y manifestar públicamente el “humus” de nuestras vivencias cristianas. Quien diga lo contrario es porque, su fe, está sometida a un personalismo, individualismo u orfandad. Y, eso, no es bueno. Sin Jesús, nada. Si nos soltamos de su persona nuestros frutos, además de tendenciosos y fatuos, serán diminutos, risorios o incluso también oportunistas y sectarios. Es imposible permanecer como testigos de Cristo sin nuestra unión con Él. Es, por poner un ejemplo, como pretender tener línea telefónica en casa sin estar unidos a una red. Haremos como que hablamos…pero no estaremos hablando con nadie: no hay línea.

2.- Quien persevera junto a Jesús sabe que, el amor, es algo que brota espontáneamente y sin recompensa alguna. En definitiva, como sarmientos fundidos a la vid que es Jesús, estamos llamados a colocarnos en esa primera división cristiana: dar frutos que sean reflejo de nuestra comunión íntima con Cristo.

Como cristianos no estamos llamados a deslumbrar por los grandes dones y carismas que el Señor nos ha regalado. Y, por el contrario, sí que somos urgidos a dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza poniéndolos en práctica.

--¿De qué sirve un cántaro si nunca entra en contacto con el agua?

--¿De qué sirve una lámpara si nunca se enciende?

--¿De qué nos sirve la vida cristiana si, tal vez, la dejamos mediatizada por muchos preceptos y desvinculada de la persona de Jesús?

3.- Por ello mismo, al releer el evangelio de este domingo de Pascua, caemos en la cuenta que –tal vez— muchas de las alteraciones que se dan en nuestro mundo son consecuencia de querer ser sarmientos sin vid; agua sin fuente; vida sin más límites que los que uno se marca. ¿Es bueno? Por supuesto que no.

Toda casa necesita de unos cimientos y, toda persona, también requiere de unos principios o de unos valores que sean modelo, guía irrenunciable para entender la vida y para defender la de los demás.

Jesús, en ese sentido, nos advierte de que una existencia sin Dios, una vida con excesivos atajos está abocada al fracaso, a la sequedad, a la esterilidad. A la falta de ilusión o apatía. Y ¡cuánta escasez de optimismo en nuestro mundo! ¡Cuánto déficit de esperanza en nuestro vivir! ¿No será por qué nos hemos aislado de esa vid que es la fe en Jesús? ¿Podremos aguantar mucho más tiempo en esa orfandad?

4.- Que nuestra alianza con Jesús nos aporte esa fuerza que anhelamos para seguir compartiendo, viviendo y proclamando los ideales cristianos. No será, desde luego, por falta de voluntad del labrador (Dios) que espera pacientemente a que demos fruto: nos hizo sus hijos por el Bautismo, nos da frecuentemente el pan de la Eucaristía, nos perdona en la Penitencia, nos anima por la Unción de Enfermos, nos guía con su Palabra… ¿y todavía queremos más de Dios para ofrecerle algún que otro buen fruto de nuestra vida?

Si la unión hace la fuerza, nuestra fuerza – la de los cristianos – será nuestra unión con Jesús. Sin fisuras y con todas las consecuencias.