12 ago. 2017

Santo Evangelio 12 de agosto 2017



Día litúrgico: Sábado XVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 17,14-20): En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, arrodillándose ante Él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle». Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!». Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento. 

Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible».


«Si tenéis fe como un grano de mostaza (...) nada os será imposible»
Rev. D. Fidel CATALÁN i Catalán 
(Terrassa, Barcelona, España)


Hoy, una vez más, Jesús da a entender que la medida de los milagros es la medida de nuestra fe: «Yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará» (Mt 17,20). De hecho, como hacen notar san Jerónimo y san Agustín, en la obra de nuestra santidad (algo que claramente supera a nuestras fuerzas) se realiza este “desplazarse el monte”. Por tanto, los milagros ahí están y, si no vemos más es porque no le permitimos hacerlos por nuestra poca fe.

Ante una situación desconcertante y a todas luces incomprensible, el ser humano reacciona de diversas maneras. La epilepsia era considerada como una enfermedad incurable y que sufrían las personas que se encontraban poseídas por algún espíritu maligno.

El padre de aquella criatura expresa su amor hacia el hijo buscando su curación integral, y acude a Jesús. Su acción es mostrada como un verdadero acto de fe. Él se arrodilla ante Jesús y lo impreca directamente con la convicción interior de que su petición será escuchada favorablemente. La manera de expresar la demanda muestra, a la vez, la aceptación de su condición y el reconocimiento de la misericordia de Aquél que puede compadecerse de los otros.

Aquel padre trae a colación el hecho de que los discípulos no han podido echar a aquel demonio. Este elemento introduce la instrucción de Jesús haciendo notar la poca fe de los discípulos. Seguirlo a Él, hacerse discípulo, colaborar en su misión pide una fe profunda y bien fundamentada, capaz de soportar adversidades, contratiempos, dificultades e incomprensiones. Una fe que es efectiva porque está sólidamente enraizada. En otros fragmentos evangélicos, Jesucristo mismo lamenta la falta de fe de sus seguidores. La expresión «nada os será imposible» (Mt 17,20) expresa con toda la fuerza la importancia de la fe en el seguimiento del Maestro.

La Palabra de Dios pone delante de nosotros la reflexión sobre la cualidad de nuestra fe y la manera cómo la profundizamos, y nos recuerda aquella actitud del padre de familia que se acerca a Jesús y le ruega con la profundidad del amor de su corazón.

La oración de contemplación



La oración de contemplación

La tradiciones cristianas y las oraciones.Explicadas por el Cardenal Norberto Rivera.


Por: Norberto Rivera Carrra, Cardenal | Fuente: Catholic.net 

La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. "Yo lo miro y él me mira", decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el "conocimiento interno del Señor" para más amarlo y seguirlo (Cf San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales 104). La contemplación es escucha de la palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional de siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el “sí” del Hijo hecho siervo y en el "fiat" de su humilde esclava. La contemplación es silencio, este "símbolo del mundo venidero" (San Isaac de Nínive, Tractatus Mystici 66) o "amor silencioso" (San Juan de la Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre "exterior", el Padre nos da a conocer a su Verbo encar-nado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús (Catecismo de la Iglesia Católica 2715 - 2717).

Junto a la oración vocal y a la meditación, la oración contemplativa es una de las tres grandes clases de oración cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica las resume así en los números 2721 - 2724:

La tradición cristiana contiene tres importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración contemplativa. Las tres tienen en común el recogimiento del corazón.
La oración vocal, fundada en la unión del cuerpo con el espíritu en la naturaleza humana, asocia el cuerpo a la oración interior del corazón a ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña el “Padrenuestro” a sus discípulos (el Catecismo de la Iglesia Católica la explica con más amplitud en los números 2700 - 2704).

La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo. Tiene por objeto la apropiación creyente de la realidad considerada, que es confrontada con la realidad de nuestra vida (el Catecismo de la Iglesia Católica la explica con más amplitud en los números 2705 - 2708).
La oración contemplativa es la expresión sencilla del misterio de la oración. Es una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor. Realiza la unión con la oración de Cristo en la medida en que nos hace participar de su misterio (el Catecis-mo de la Iglesia Católica la explica con más amplitud en los números 2709 - 2719).

Esta forma de oración, la contemplativa, no por ser la última que se trata es la menos importante. Al contrario, la oración contemplativa es un medio privilegiado para llegar a un conocimiento íntimo y experimental de Jesucristo que acrecienta y fortalece el amor a Él. Es, como dice el Catecismo, la expresión sencilla del misterio de la oración (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 2713). Al mismo tiempo, es la oración de los grandes santos, verdaderos maestros de la unión con Dios: San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena, San Francisco de Asís, etc. Es un tipo de oración que, precisamente por su simplicidad, está al alcance de todo el mundo, independientemente de su temperamento o de su mayor o menor capacidad intelectual. Es aquella en la que resulta más fácil iniciarse con verdadero fruto, sin rutina.

La oración contemplativa o de contemplación consiste en “hacerse presente” en la escena o el misterio que se contempla. Es tomar, por ejemplo, un pasaje evangélico y recrearlo en la mente metiéndose en él como protagonista (tomar el papel de uno de los personajes que aparecen como, por ejemplo, asumir la figura de Juan a los pies de la cruz de Cristo en Juan 19, 25-27) o destinatario (pensar que todo eso sucede por mí o para mí: Cristo nace para mí, muere por mis pecados, etc.). La forma de “meterse” es a través de los sentidos actuados en y con la imaginación: ver las personas que entran en la escena, oír lo que dicen o pueden decir, lo que comentan entre sí, mirar buscando centrar la atención en lo que hacen los personajes, participar, ayudar, etc. Lo que se hace no es recordar un hecho histórico de forma artificial, sino actualizar la historia de la salvación compuesta de eventos situados en la historia, pero con un alcance universal (Cristo cuando muere, muere por los pecados de todos los seres humanos de todos los tiempos y los redime; cuando nace, nace para todos los hombres de todas las edades de la historia; sus enseñanzas son también para siempre y para todos). Por ello, no se trata de ser mero espectador de todos los sucesos y enseñanzas que presenta el Evangelio, sino de actualizarlos trayéndolos al aquí y al ahora de nuestras vidas. Por eso es válido revivirlos en el corazón, recrear un diálogo con el Señor, escucharlo, actuar en las distintas situacio-nes que presenta la Escritura (por ejemplo, ser recibido en los brazos del Padre como el hijo pródigo o recibir a Cristo en casa como Marta y María). De todo ello se sacan enseñanzas muy válidas para la vida espiritual que ayudan a revisar a fondo la conciencia y a dialogar con más naturalidad con Cristo.

El centro de este tipo de oración está en la aplicación de los sentidos y de todas las facultades humanas que actúan a partir de ellos: la imaginación, el entendi-miento, la voluntad. Efectivamente, el contemplar los misterios y meter en ellos el oído, el gusto, la vista, hace más fácil el paso a los sentimientos (por ejemplo, el amor a Dios al ver cómo nos acoge y perdona, el deseo de seguir a Cristo al ver su compor-tamiento paciente y humilde en los sufrimientos de la pasión, el contento, el descon-tento, el rechazo, la confianza, la alegría, etc.), a la valoración y apropiación de las verdades de fe (por ejemplo, la maldad del pecado al ver lo que hace Cristo para borrarlo, la divinidad de Cristo al contemplar su resurrección o los milagros que realizaba, etc.) o a las resoluciones de la voluntad (por ejemplo, el deseo de no cometer ningún pecado para corresponder así a la amistad de Cristo que sufrió mucho por mí, el propósito de confesar los propios pecados al contemplar la misericordia que usó Jesucristo con la adúltera, la resolución de imitar el amor de Cristo en el perdón y la disculpa de las ofensas al contemplar el momento en que pronuncia la frase: “perdónalos porque no saben lo que hacen” o el servicio humilde a los demás cuando les lava los pies en la Última Cena). Esto es lo que hace más sencillo este tipo de oración, porque involucra a todo el ser humano. En otras formas de oración resulta más trabajoso meter todas las facultades humanas.

El dinamismo de este modo de oración es, por tanto, el siguiente: parte de la contemplación de un misterio o de un hecho de la vida del Señor, de la Santísima Virgen o de la Historia de la salvación (ver las personas, escuchar lo que dicen, considerar las acciones) y sus implicaciones para la propia vida, hasta llegar a los afectos y las mociones de la voluntad que engendran la decisión de la entrega, el seguimiento y la imitación. Al final se recogen los frutos de la contemplación, que son muchos y, seguramente, el más importante es que nos hace partícipes del misterio de Cristo (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 2718).

Todo lo dicho hasta aquí podría hacer pensar que en la oración contemplativa se avanza casi sin esfuerzo. Sin embargo, la oración contemplativa también requiere de ese necesario combate de la oración para vencer las objeciones, las distracciones, las dificultades, las tentaciones, y perseverar en el amor (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 2725 - 2758). “La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él, nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitual-mente en su Nombre. El combate espiritual de la vida nueva del cristiano es insepara-ble del combate de la oración” (Catecismo de la Iglesia Católica 2725).

Como ya se ha dicho, la contemplación simplifica mucho el trabajoso esfuerzo por poner orden e interés en todas las facultades durante la oración. Esto se verifica de modo especial con la imaginación, que Santa Teresa definió como “la loca de la casa” (Cf Castillo Interior, Moradas IV, capítulo 1, 13), y que siempre resulta difícil convertirla en aliada de la oración. Con este método contemplativo está siempre activa y metida de lleno en la recreación de los hechos que se presentan como fondo de nuestro diálogo con Dios. Para otros tipos de distracciones, siempre será conve-niente tener en cuenta lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2729: “Salir a la caza de la distracción es caer en sus redes; basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecer al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir”. Combatir la distracciones es absurdo; lo mejor, la única solución, es simplemente volver a concentrarse en la contemplación. De todas formas, hay que pedir a Dios la gracia de eligirlo siempre a Él y no a la distracción.

Siempre, para evitar la subjetividad, resulta muy importante seguir los textos de la Sagrada Escritura o de la liturgia y marcarse con claridad el fruto que se desea alcanzar de Dios como, por ejemplo, el amor de Pedro que sabe rectificar y pedir perdón por haber traicionado al Señor. Para que sea de verdad oración, todo esto ha de hacerse buscando el diálogo con Dios y la respuesta personal llevada a la vida. De nada serviría el esfuerzo si las actitudes, los afectos, las decisiones, que nacen en la contemplación, no tuviesen ningún efecto en la vida de todos los días. Esta gracia hay que pedírsela a Dios y, al mismo tiempo, hay que buscar sacar aplicaciones concretas de lo que se aprendió y contempló en la oración.

Por sus características, la contemplación tiene que hacerse con tranquilidad, con el tiempo suficiente. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recomienda lo siguiente al respecto: “La elección del tiempo y de la duración de la oración de contemplación depende de una voluntad decidida, reveladora de los secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero sí se puede entrar siempre en contemplación, independiente-mente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe” (Catecismo de la Iglesia Católica 2710).

Otro elemento que beneficia la oración contemplativa es el silencio. Toda oración requiere concentración, es decir, una atención lo más completa posible a lo que se está contemplando. Para ello, hay que olvidarse de todo lo demás y buscar un ambiente adecuado que no ofrezca estímulos que distraigan nuestra atención del diálogo con Dios. Vale la pena abandonar momentáneamente muchas cosas para meterse a fondo en la oración y después salir de ella enriquecidos.

Soy consciente de que faltan por tratar muchos temas relacionados con la oración y muchas formas de oración como la Liturgia de las Horas, el Ángelus, las novenas, la meditación cristiana, que no tiene nada que ver con las modernas formas de meditación, etc. Espero, con la ayuda de Dios, poder hacerlo en otro momento. Hay dos milenios de tradición cristiana en la que los discípulos de Cristo han buscado dialogar con su Maestro y toda esa riqueza es imposible agotarla en tan pocas páginas. Este esfuerzo se hizo con el fin de acercar un poco ese tesoro a los fieles de la arquidiócesis de México esperando que les sea de utilidad para conocer y amar mejor a Jesucristo, centro de la vida del hombre, verdadero y único Salvador.

11 ago. 2017

Santo Evangelio 11 de agosto 2017



Día litúrgico: Viernes XVIII del tiempo ordinario

Santoral 11 de Agosto: Santa Clara de Asís, virgen

Texto del Evangelio (Mt 16,24-28): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino».


«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»
Rev. D. Pedro IGLESIAS Martínez 
(Rubí, Barcelona, España)



Hoy, el Evangelio nos sitúa claramente frente al mundo. Es radical en su planteamiento, no admite medias tintas: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). En numerosas ocasiones, frente al sufrimiento generado por nosotros mismos o por otros, oímos: «Debemos soportar la cruz que Dios nos manda... Dios lo quiere así...», y vamos acumulando sacrificios como cupones pegados en una cartilla, que presentaremos en la auditoria celestial el día que nos toque rendir cuentas.

El sufrimiento no tiene valor en sí mismo. Cristo no era un estoico: tenía sed, hambre, cansancio, no le gustaba que le abandonaran, se dejaba ayudar... Donde pudo alivió el dolor, físico y moral. ¿Qué pasa entonces? 

Antes de cargar con nuestra “cruz”, lo primero, es seguir a Cristo. No se sufre y luego se sigue a Cristo... A Cristo se le sigue desde el Amor, y es desde ahí desde donde se comprende el sacrificio, la negación personal: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25). Es el amor y la misericordia lo que conduce al sacrificio. Todo amor verdadero engendra sacrificio de una u otra forma, pero no todo sacrificio engendra amor. Dios no es sacrificio; Dios es Amor, y sólo desde esta perspectiva cobra sentido el dolor, el cansancio y las cruces de nuestra existencia tras el modelo de hombre que el Padre nos revela en Cristo. San Agustín sentenció: «En aquello que se ama, o no se sufre, o el mismo sufrimiento es amado».

En el devenir de nuestra vida, no busquemos un origen divino para los sacrificios y las penurias: «¿Por qué Dios me manda esto?», sino que tratemos de encontrar un “uso divino” para ello: «¿Cómo podré hacer de esto un acto de fe y de amor?». Es desde esta posición como seguimos a Cristo y como —a buen seguro— nos hacemos merecedores de la mirada misericordiosa del Padre. La misma mirada con la que contemplaba a su Hijo en la Cruz.

Quien confía en Dios nunca queda defraudado. Dios nos comprende siempre, nos quiere, lo puede todo



Cara y cruz de la Oración

Quien confía en Dios nunca queda defraudado. Dios nos comprende siempre, nos quiere, lo puede todo


Por: Máximo Alvarez | Fuente: Catholic.net 


Hay momentos en la vida en los que uno necesita hablar con alguien, compartir una alegría o una pena, pedir ayuda o sencillamente buscar que alguien nos escuche. Rezar significa buscar en Dios ese interlocutor que nos hace falta, esa persona que nos eche una mano. Y son muchas las veces que por estos motivos nos acordamos de Dios. La diferencia de hablar con Dios respecto de hacerlo con otras personas está en que Dios nos comprende siempre, nos quiere, lo puede todo, inspira confianza.

Pero no han faltado quienes sostienen que Dios es una invención del hombre, una especie de engaño o ilusión para calmar la angustia y el sufrimiento. En alguna parte he visto anunciado un libro titulado "Orar después de Freud". Me temo que apunta en esta dirección. Por eso, aunque lo normal es que uno de los frutos de la oración sea la paz, la calma, la esperanza, también al hombre que reza le pueden asaltar algunas dudas.

Por ejemplo, el pensar cómo Dios puede querer y amar y estar pendiente de miles de millones de personas a la vez, de todo ese hormiguero inmenso que es la humanidad, de los que viven en la actualidad y de los que han vivido desde la aparición del hombre. Se supone que para Dios todos son importantes. Pero parece difícil que pueda comunicarse simultáneamente con todos.

Otro sentimiento que puede tener quien se dirige a Dios para pedirle ayuda es el siguiente: en este mismo instante hay personas que lo están pasando muy mal, un accidente de tráfico que acaba de ocurrir, un enfermo que no soporta los dolores, un prisionero o secuestrado que suspira por su libertad, alguien que se está muriendo de hambre. ¿Cómo me atrevo yo a pedirle a Dios a esta pequeña ayuda mientras otros necesitan mucho más y no obtienen respuesta?

La oración debe ser un remanso de paz, pero uno puede preguntarse cómo es posible sentir esa tranquilidad, mientras otros viven en ese mismo instante, también ante Dios, que lo tiene todo presente, una situación dramática y angustiosa. En este sentido nuestra oración sincera debe llevarnos a ser solidarios con los que sufren.

Podríamos añadir un motivo más para el desconcierto: el hecho de estar suplicando y pidiendo a Dios ayuda y no ver respuesta ni solución. Ello puede llevarnos a la duda y a la desconfianza, a sumirnos más en la desesperanza.

Todas estas actitudes y otras parecidas del hombre que ora aparecen reflejadas en la Biblia. Así por ejemplo en el Libro de Job (quien a pesar de su fe en Dios se encuentra lleno de desdichas), en los Salmos y también en la oración de Jesús. El "Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz" o el "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" son muestras de esa otra cara (o cruz) de la oración.

A pesar de todo merece la pena orar sin desaliento. Como la luz del sol que llega a todos los humanos, así Dios llega a cada uno de nosotros en la medida de nuestra necesidad. Ni de día ni de noche, haga frío o calor, pierde el sol un ápice de luz o de temperatura. Y no hay invierno, por crudo que sea, que no dé paso a la primavera y al verano.

Si hasta los grandes místicos tuvieron sus noches oscuras del alma y sus enormes sufrimientos, nada tiene de extraño que nosotros también podamos experimentar parecidas sensaciones a la hora de comunicarnos con Dios. En todo caso no deben llevarnos al desánimo sino más bien a tener presente que, a pesar de todo, la experiencia dice que merece la pena orar y confiar plenamente en el Señor. En realidad quien confía en Él nunca queda defraudado. La filosofía popular no nos engaña cuando nos recuerda que "Dios aprieta, pero no ahoga" o que "Dios escribe derecho con renglones torcidos".. Y siguiendo con el refranero podemos tener encuenta aquello de "A Dios rogando y con el mazo dando".

Alguien ha dicho que la oración siempre es útil, incluso aunque Dios no existiera, porque el que ora de alguna manera ya se está desahogando, liberando una tensión; y al mismo tiempo el que pide algo es que tiene la esperanza de encontrar respuesta y de alguna manera ello le lleva también a poner algo de su parte para alcanzar la solución. Si, además, podemos afirmar que Dios es Padre todopoderoso, nos sobran razones para orar sin desfallecer.

10 ago. 2017

Santo Evangelio 10 de agosto 2017



Día litúrgico: 10 de Agosto: San Lorenzo, diácono y mártir

Texto del Evangelio (Jn 12,24-26): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».


«Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)



Hoy, la Iglesia —mediante la liturgia eucarística que celebra al mártir romano san Lorenzo— nos recuerda que «existe un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios» (San Juan Pablo II).

La ley moral es santa e inviolable. Esta afirmación, ciertamente, contrasta con el ambiente relativista que impera en nuestros días, donde con facilidad uno adapta las exigencias éticas a su personal comodidad o a sus propias debilidades. No encontraremos a nadie que nos diga: —Yo soy inmoral; —Yo soy inconsciente; —Yo soy una persona sin verdad... Cualquiera que dijera eso se descalificaría a sí mismo inmediatamente.

Pero la pregunta definitiva sería: ¿de qué moral, de qué conciencia y de qué verdad estamos hablando? Es evidente que la paz y la sana convivencia sociales no pueden basarse en una “moral a la carta”, donde cada uno tira por donde le parece, sin tener en cuenta las inclinaciones y las aspiraciones que el Creador ha dispuesto para nuestra naturaleza. Esta “moral”, lejos de conducirnos por «caminos seguros» hacia las «verdes praderas» que el Buen Pastor desea para nosotros (cf. Sal 23,1-3), nos abocaría irremediablemente a las arenas movedizas del “relativismo moral”, donde absolutamente todo se puede pactar y justificar.

Los mártires son testimonios inapelables de la santidad de la ley moral: hay exigencias de amor básicas que no admiten nunca excepciones ni adaptaciones. De hecho, «en la Nueva Alianza se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Cristo que (...) aceptaron las persecuciones y la muerte antes que hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del Emperador» (San Juan Pablo II).

En el ambiente de la Roma del emperador Valeriano, el diácono «san Lorenzo amó a Cristo en la vida, imitó a Cristo en la muerte» (San Agustín). Y, una vez más, se ha cumplido que «el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Jn 12,25). La memoria de san Lorenzo, afortunadamente para nosotros, quedará perpetuamente como señal de que el seguimiento de Cristo merece dar la vida, antes que admitir frívolas interpretaciones de su camino.

¡Oh Dios mío, yo te amo!



¡Oh Dios mío, yo te amo!

Una manera fácil de hacer oración



Por: Rev. Jules V. Simoneau, S.S.S. | Fuente: Catholic.net 

Si me preguntaras cuál es la oración mejor y más corta que pudieras ofrecer a Dios en todo tiempo y en todo lugar, sin titubear yo te daría la respuesta en seis palabras: ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO!

Y entusiastamente te exhortaría para que repitieras estas palabras ardientes durante todas las horas que pases despierto. Nada puede ser más grato a Dios, ni tan edificante para ti que tales actos de amor frecuentes y fervorosos.

Al principio estas palabras pudieran parecerte mecánicas, o sonar artificiales en tus labios, pero a fuerza de repetición pronto llegarían a convertirse en tan significativas para ti, como en realidad lo son.

¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! No existe un pensamiento que valga la pena, sentimiento o aspiración que estas palabras no puedan comunicar hasta Dios, de ti. En tus labios y en tu corazón pueden convertirse en la fórmula y la expresión de toda virtud y de todo deseo. Precisamente porque significan lo que significan, estas palabras pueden expresar un sin número de otros significados que pueden cobrar para ustedes. ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO!... Es decir, creo en Ti, te adoro, espero en Ti, siento haberte ofendido... Te amo en esta alegría, en este dolor, en esta desilusión... Quiero amarte y hacer que Te amen más y más. Sí, esto y mucho más es lo que quieres decir cada vez que digas: ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO!.

¿Por qué es esta oración corta, o aspiración, tan rica en significados y bendiciones de toda naturaleza. ¿Por qué quisiera yo que tú siguieras repitiéndola innumerables veces? Porque es la expresión perfecta de la caridad, la mayor de las virtudes, y cada vez la estarías aprovechando en el corazón así en los labios, y estarías cumpliendo con el mayor de todos los Mandamientos. Recordarás que un día, cierto Doctor de la Ley, deseando someter a prueba a Jesús, se acercó a El preguntándole: ¿ Cuál Mandamiento de la Ley de Dios es el mayor?.

Citando palabra por palabra de Deuteronomio, uno de los Libros del Antiguo Testamento, Jesús dio la tan conocida respuesta: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Este es el mayor de los Mandamientos y el primero.

Sabrás, que el amar a Dios es la única finalidad adecuada de nuestra existencia.

Así como las aves fueron creadas para velar y los peces para nadar y las estrellas para iluminar el cielo, así nuestros corazones fueron creados para amar a Dios. Para poder alcanzar esta finalidad, recibimos en el Bautismo, junto con la gracia santificante, las virtudes teológicas de la fe, esperanza y caridad, así como todos los demás dones y las virtudes necesarias para vivir la vida sobrenatural. Las probabilidades son sin embargo, que todas estas virtudes infundidas en nosotros no se desarrollen ni crecerán en nuestras almas como debieran, si no tenemos el cuidado o la precaución de llevar a cabo actos correspondientes. De allí la importancia de multiplicar nuestros actos de fe, esperanza y caridad. Pero, como venía diciendo, un acto de amor puede incluirlo todo.

¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! Todos los santos han vivido y han muerto con estas palabras en sus corazones si no en los labios. San Agustín nunca pudo dejar de admirarse de que Dios infinito nos hubiera mandado a nosotros los pobres pecadores que le amásemos. "¿Quién soy, ¡Oh Dios mío!, para que Tú me mandes que te ame y amenazarme con tu ira si no Te amo?".

San Juan de la Cruz solía decir que "el menor movimiento de amor puro es de mayor valor para la Iglesia que todas las obras juntas". A punto de despachar a sus misioneras al Nuevo Mundo, Santa Magdalena Sofía Barat les dijo: "Si solamente lograran ir hasta donde pudieran establecer un solo Tabernáculo, y lograr de un solo pobre ser salvaje un único acto de amor, ¿no sería esto una felicidad tan grande que perduraría por el resto de sus vidas y conseguiría para ustedes el mérito abundante para toda la eternidad?".

Santa Teresa del Niño Jesús que murió con este mismo acto de amor en sus labios ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! previamente había afirmado: "solamente existe una cosa única que debemos hacer durante este breve día, o mejor dicho, esta breve noche de nuestra existencia: es amar, amar a Jesús con toda la fuerza de nuestro corazón y salvar almas para Él, para que Él sea amado". El Beato Eimardo había dicho en confianza "Me ha parecido que moriría feliz si mucho amara a la Eucaristía y a la Santísima Virgen."

Si quieres vivir y morir como los Santos en amor y gozando de la amistad de Dios, también tu deberás adquirir y cultivar la costumbre de hacer fervientes actos de amor cada día de tu vida, recordando siempre que uno sólo de actos puede borrar no solamente tus pecados diarios y tus imperfecciones, sino todos los de una vida entera siempre y cuando naturalmente tengas la intención de hacer una buena confesión en cuanto te sea posible. Recuerda al buen ladrón en la cruz, él hizo un acto único de amor perfecto. Allí en ese momento el Cristo Moribundo lo canonizó. "Este día, Él le aseguró, estarás conmigo en el Paraíso".

¿Qué sería más fácil y más meritorio a la vez que decir: ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! cuando te levantes en la mañana o cuando te retiras por la noche, en tu alegría y en tu pena, en la salud y en la enfermedad, en la Iglesia o en el hogar, en el juego o en el trabajo, en la calle o en la tienda, en todas tus actividades durante las idas y venidas del día?.

Una vez que hayas adquirido el hábito de hacer actos frecuentes de amor, puedes implantar y alentar ese mismo hábito entre tus amigos, parientes y conocidos, principalmente los enfermos y moribundos, entre los niños en el hogar y en la escuela. Si a los niños en la escuela y en el hogar se les enseña por medio de la palabra, ejemplo y alentándoles, la costumbre de decir frecuentemente con fervor estas seis palabras: ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! Su educación en verdad se verá coronada de éxito perdurable y se multiplicarán las vocaciones.

¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! Piensa en la gloria que puedes dar a Dios, del bien que puedes hacer a las almas en la tierra y en el Purgatorio, si constantemente repites este acto de amor en todo tiempo y en todo lugar y animas a tantos como puedas para que hagan otro tanto. Piensa en las bendiciones que lloverían sobre tu parroquia y tu patria si de cientos de fieles y miles de ciudadanos, continuamente se elevaran actos de amor hacia Dios.

Déjame asegurarte una vez mas que si sigues diciendo frecuentemente y de corazón estas seis palabras, ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! Él en verdad te hará muy santo y feliz en el tiempo y la eternidad.

9 ago. 2017

Santo Evangelio 9 de agosto 2017


Día litúrgico: Miércoles XVIII del tiempo ordinario

Santoral 9 de Agosto: Santa Teresa Benedicta de la Cruz, patrona de Europa
Texto del Evangelio (Mt 15,21-28): En aquel tiempo, Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada». Pero Él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros». Respondió Él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Ella, no obstante, vino a postrarse ante Él y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». «Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y desde aquel momento quedó curada su hija.


«Mujer, grande es tu fe»
Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala 
(Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)


Hoy escuchamos a menudo expresiones como “ya no queda fe”, y lo dicen personas que piden a nuestras comunidades el bautizo de sus hijos o la catequesis de los niños o el sacramento del matrimonio. Esta palabra ve el mundo en negativo, muestra el convencimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que ahora estamos al final de una etapa en la que no hay nada nuevo que decir, ni tampoco nada nuevo por hacer. Evidentemente, se trata de personas jóvenes que, en su mayoría, ven con un cierto tono de tristeza que el mundo ha cambiado tanto, desde sus padres, que quizás vivían una fe más popular, que ellos no se han sabido adaptar. Esta experiencia les deja insatisfechos y sin capacidad de reacción cuando, de hecho, quizás están a la entrada de una nueva etapa que conviene aprovechar.

Este pasaje del Evangelio capta la atención de aquella madre cananea que pide una gracia para su hija, reconociendo en Jesús al Hijo de David: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada» (Mt 15,22). El Maestro queda sorprendido: «Mujer, grande es tu fe», y no puede hacer otra cosa que actuar a favor de aquellas personas: «que te suceda como deseas» (Mt 15,28), aunque parezca que no entran en sus esquemas. No obstante, en la realidad humana se manifiesta la gracia de Dios.

La fe no es patrimonio de unos cuantos, ni tampoco es propiedad de los que se creen buenos o de los que lo han sido, que tienen esta etiqueta social o eclesial. La acción de Dios precede a la acción de la Iglesia y el Espíritu Santo está actuando ya en personas de las que no hubiéramos sospechado que nos traerían un mensaje de parte de Dios, una solicitud a favor de los más necesitados. Dice san León: «Amados míos, la virtud y la sabiduría de la fe cristiana son el amor a Dios y al prójimo: no falta a ninguna obligación de piedad quien procura dar culto a Dios y ayudar a su hermano».

La oración, medio veloz de comunicación


La oración, medio veloz de comunicación

En el instante que decidimos elevar a Dios nuestro pensamiento, nuestro corazón, nuestras peticiones, Dios ya está de vuelta.

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net 


Una vez más que vamos a dedicar nuestra consideración a la actividad número UNO de la vida cristiana como es la ORACION.

La verdad es que este tema no nos cansa nunca, ni de hablar de él ni de escuchar a los que nos hablan del mismo con celo edificante.

Porque la oración, si es la actividad más importante a lo largo del día, es también el apostolado más eficaz a que podemos dedicar nuestras energías. ¡Orar y hacer orar!...

Jesús nos dice en el Evangelio que Dios no demora en contestar nuestra oración y que lo hace rápidamente. Por eso se me ocurre en pensar ¿tiene que ver algo la oración con la velocidad?...

Hoy los hombres estamos en la era de la velocidad, tenemos prisas en todo, no sabemos detenernos en nada y hacemos correr las cosas con una aceleración inimaginable hasta hace pocos años.

A un automóvil lo hacemos caminar hasta más de ciento veinte kilómetros por hora, y suerte que la policía o el radar están al tanto en las carreteras, si no quién sabe a qué velocidad lo llevaríamos...

El avión jet vuela normalmente a ochocientos cincuenta por hora, y, como parecía muy lento, se empeñaron en fabricar el Concorde que duplica esa rapidez...

Un cohete espacial subía a la Luna a veintiocho mil kilómetros por hora...

Como el correo es muy lento, se inventó el fax; y como el fax parecía una tortuga nos hemos ido al Internet... No contentos con el Internet 1, ahora nos meten en el Internet 2, y veremos adónde llegaremos dentro de poco.

Vemos que la luz --¡qué prodigio tan natural, aunque éste ya no lo hemos inventado nosotros!-- recorre trescientos mil kilómetros por segundo, de modo que un rayo puede dar más de siete veces la vuelta a la Tierra en un segundo...

Nos encantan estas velocidades, y vamos buscando siempre algo que las supere.

En el orden de la naturaleza y en cuanto a los inventos para la vida, vamos a dejar todo en manos de la técnica. Ahora nos vamos a remontar a otras esferas de orden muy distinto.

Vamos a mirar a Dios, al Dios altísimo.
Vamos a considerar la velocidad con que subimos hasta Dios y a la rapidez con Dios baja hasta nosotros.

Si parece imposible superar la velocidad de esos inventos y la aceleración de la luz, hay algo que les gana con mucho: es la ORACION. Esa oración que ahora mismo --queridos lectores, está naciendo en su corazón y saliendo de sus labios.

Porque, antes de que nosotros queramos elevar a Dios nuestro pensamiento, nuestro corazón, nuestras peticiones, Dios ya está de vuelta, como decimos.

Nos lo enseña el mismo Jesús:
- Vuestro Padre celestial sabe lo que necesitáis, antes de que vosotros le digáis nada.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo dice con estas palabras profundas:
- Aunque el hombre olvide a su Creador o se esconda de su Faz, aunque corra detrás de sus ídolos o acuse a la Divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración.

Dicho con otras palabras: Dios quiere a todo trance entablar con nosotros conversación de amor, aunque nos hayamos portado con Él como hijos o hijas desnaturalizados y malos de verdad.

Con la oración, siempre rápida y repetida en cada instante, Dios se hace encontradizo con nosotros, se nos avanza, nos sale al paso, y nos da un abrazo que es nuestra salvación.

Dios está a la expectativa. No espera más que una mirada, un suspiro, un querer subir a Él, para que en una fracción de millonésimas de segundo Dios haya despachado todos nuestros deseos.

En la alegrías y en las penas; en la prosperidad y en un apuro; cuando gozamos del amor o experimentamos un fracaso..., corremos a Dios con la plegaria y, antes aún de que salga de nuestros labios la expresión de nuestro deseo, ya ha llegado al corazón de Dios en lo más alto de los cielos.

¡Qué aprisa sube, y qué aprisa retorna, la oración salida del alma! Porque ése es el significado que hemos de dar a las palabras de Jesús.

Es Dios que se adelanta; más, es el Espíritu Santo quien suscita nuestra oración, de modo que la respuesta de Dios viene a ser anterior a nuestra plegaria.

Un soldado se hallaba en el frente de batalla, a campo descubierto. La lucha era feroz. Y no tenía más remedio: o mataba o le mataban. Apunta el buen muchacho, y se horroriza de la tragedia que va a causar: una vida tan juvenil como la suya propia que va a segar en flor. Y exclama:
- ¡Dios mío, que yo no muera, pero que tampoco mate!
En menos de un segundo, el soldado enemigo del otro frente da media vuelta, baja el fusil ametrallador, y se hunde en la trinchera. El joven exclamaba ahora, llorando de emoción:
- ¡Dios mío! ¿Tan rápidamente me has escuchado?...

La oración es suspiro del alma.
La oración, gozo que damos a nuestro Padre Dios.
La oración, respuesta fulminante de Dios....

8 ago. 2017

Santo Evangelio 8 de agosto 2017


Día litúrgico: Martes XVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 14,22-36): En aquellos días, cuando la gente hubo comido, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Ánimo!, que soy yo; no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas». «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.


«Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas»
Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet 
(Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)


Hoy no veremos a Jesús durmiendo en la barca mientras ésta se hunde, ni calmando la tormenta con una sola palabra increpatoria, suscitando así la admiración de los discípulos (cf. Mt 8,22-23). Pero la acción de hoy no deja de ser menos desconcertante: tanto para los primeros discípulos como para nosotros.

Jesús había obligado a los discípulos a subir a la barca e ir hacia la otra orilla; había despedido a todo el mundo después de haber saciado a la multitud hambrienta y había permanecido Él sólo en la montaña, inmerso profundamente en la oración (cf. Mt 14,22-23). Los discípulos, sin el Maestro, avanzan con dificultades. Fue entonces cuando Jesús se acercó a la barca caminando sobre las aguas.

Como corresponde a personas normales y sensatas, los discípulos se asustan al verle: los hombres no suelen caminar sobre el agua y, por tanto, debían estar viendo un fantasma. Pero se equivocaban: no se trataba de una ilusión, sino que tenían delante suyo al mismo Señor, que les invitaba —como en tantas otras ocasiones— a no tener miedo y a confiar en Él para desvelar en ellos la fe. Esta fe se exige, en primer lugar, a Pedro, quien dijo: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas» (Mt 14,28). Con esta respuesta, Pedro mostró que la fe consiste en la obediencia a la palabra de Cristo: no dijo «haz que camine sobre las aguas», sino que quería seguir aquello que el mismo y único Señor le mandara para poder creer en la veracidad de las palabras del Maestro. 

Sus dudas le hicieron tambalearse en la incipiente fe, pero condujeron a la confesión de los otros discípulos, ahora con el Maestro presente: «Verdaderamente eres Hijo de Dios» (Mt 14,33). «El grupo de aquellos que ya eran apóstoles, pero que todavía no creen, porque vieron que las aguas jugaban bajo los pies del Señor y que en el movimiento agitado de las olas los pasos del Señor eran seguros, (...) creyeron que Jesús era el verdadero Hijo de Dios, confesándolo como tal» (San Ambrosio).

¡Orar es algo sencillo!



¡Orar es algo sencillo!

Hablarle a Dios con la misma naturalidad con la que le hablaban sus amigos en el Evangelio.

Por: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net 

Cuando hoy se nos recomienda tanto y tanto la oración, ¿en qué pensamos y cómo nos imaginamos que debemos orar? Eso de rezar, ¿es una ciencia esotérica, reservada para unos pocos? Por el contrario, ¿es una cosa fácil, que puede hacer cualquiera? ¿Y cuál es la mejor manera de rezar?...

Si Jesús insiste tanto en el Evangelio sobre la oración, tenemos que decir que es una cosa demasiado importante. Y si es tan necesaria a todos, por fuerza Dios la ha hecho fácil y al alcance de cualquiera.

Nosotros nos perdemos en nuestra relación con Dios porque complicamos las cosas.
Y la oración, como nos dijo de una manera inolvidable Teresa de Jesús, no es más que tratar de amistad con Aquel que sabemos que nos ama.

¡De amistad! ¡Qué expresión tan bella! Tratar a Dios como un amigo, ya que Dios se ha hecho en Jesús esto: un amigo nuestro al hacerse como uno de nosotros.

Entonces, para hablar a Jesús, y en Jesús a Dios, no hay como acudir al Evangelio para saber cómo hemos de hablar con Jesús. Con la misma naturalidad que todos usaban con Él y le exponían sus necesidades. Cualquier situación nuestra tiene su exponente en el Evangelio.
- ¡Señor, que vea!, le decía el ciego.
- ¡Dame de esa tu agua, para no tener más sed!, le pedía la Samaritana.
- ¡Señor, enséñanos a orar!, le decían los discípulos.
- ¡Sálvanos, Señor!, que perecemos!, le gritaron los apóstoles en la barca que se hundía.
- ¡Señor, mándame ir a ti!, le pidió Pedro.
- ¡Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador!, murmuraba el publicano.
- ¡Señor, si quieres puedes limpiarme!, le suplicaba humilde el leproso.
- Mira que tu amigo, a quien tanto quieres, está enfermo, mandó a decirle Marta.
- ¡Auméntanos la fe!, le pidieron los discípulos.
- ¡Acuérdate de mí cuando estés en tu reino!, le suplicó el ladrón.
- ¡Señor, danos ese pan!, le pidieron los oyentes cuando prometió la Eucaristía.
- ¡Señor, tú sabes que yo te quiero!, le protestaba Pedro.
- ¡Mira, Jesús, que no tienen vino!, se limitó a decir María por los otros cuando los vio en apuros...

Así, así le hablaban a Jesús. Imposible mayor sencillez. Y Jesús no dejó de atender ningún deseo.

Si así son las cosas con Jesús, nos ponemos a pensar. ¿Nos damos cuenta de lo que ahora le deben gustar a Jesús estas mismas súplicas, cuando se las repetimos hoy nosotros? ¡Le traemos a su mente unos recuerdos tan queridos!... ¿Por qué no le hablamos con las mismas palabras que escuchó entonces y que le enternecían el corazón?...
Sería la oración más fabulosa y segura salida de nuestros labios.

Precisamente en el Evangelio aprendemos la insistencia con que Jesús nos recomendaba la oración. Podríamos decir que esa insistencia era hasta machacona. Cuando así lo hacía Jesús, quiere decir que la oración es lo más importante de nuestra jornada y de la vida entera. La Iglesia lo ha entendido siempre así, y en la oración oficial de la Iglesia --la que hacen obligatoriamente los sacerdotes en nombre y por todo el Pueblo de Dios-- tiene repartido de tal manera el día que en ninguna hora le falta a Dios la súplica de toda la Iglesia. Y para orar bien los sacerdotes como los fieles, no hay como acudir al Evangelio.

Corre por ahí una poesía preciosa sobre la manera de orar, tal como se oraba a Jesús en el Evangelio, y que dice así:
Rezar... la mar se pone fea;
Rezar es departir con el Maestro,
y es rezar –¡y qué rezar!– decir “te quiero”,
es echarse a sus plantas en la hierba, y lo es –¡no lo iba a ser!– decir “me pesa”,
o entrar en la casita de Betania
y el “quiero ver” del ciego,
para escuchar las charlas de su cena; y el “límpiame” angustioso de la lepra,
rezar es informarle de un fracaso,
la lágrima de la viuda,
decirle que nos duele la cabeza;
y el “no hay vino” en Caná de Galilea;
rezar es invitarle a nuestra barca
y es oración, con la cabeza gacha,
mientras la red lanzamos a la pesca, después de un desamor gemir “¡qué pena!”;
y mullirle una almohada
cualquier contarle a Dios nuestras tristezas,
sobre un banquillo en popa a nuestra vera;
cualquier poner en Él nuestra confianza...
y, si acaso se duerme,
–y esta vida está llena de “cualquieras”–,
no aflojar el timón mientras Él duerma;
todo tierno decir a nuestro Padre,
y es rezar despertarle, si, de pronto,
todo es rezar..., ¡y hay gente que no reza!

Esto es oración. Ésta es la mejor oración.
Éste es el método más fácil de orar. Y es posible que sea también la manera de oración que más le gusta oír a Jesús. Aquí todo es amor, confianza, amistad. Todo es actualización del Evangelio.

Le podemos pedir ahora de nuevo a Jesús:
- ¡Señor, enséñanos a orar!
Pero es casi seguro que Él nos va a responder:
- Ya os he enseñado. ¿Por qué no rezáis así?....


7 ago. 2017

Santo Evangelio 7 de agosto 2017


Día litúrgico: Lunes XVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 14,13-21): En aquel tiempo, cuando Jesús recibió la noticia de la muerte de Juan Bautista, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras Él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. 

Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida». Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Él dijo: «Traédmelos acá». 

Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.


«Levantando los ojos al cielo...»
Rev. D. Xavier ROMERO i Galdeano 
(Cervera, Lleida, España)


Hoy, el Evangelio toca nuestros “bolsillos mentales”... Por esto, como en tiempos de Jesús, pueden aparecer las voces de los prudentes para sopesar si vale la pena tal asunto. Los discípulos, al ver que se hacía tarde y que no sabían cómo atender a aquel gentío reunido en torno a Jesús, encuentran una salida airosa: «Que vayan a los pueblos y se compren comida» (Mt 14,15). Poco se esperaban que su Maestro y Señor les fuera a romper este razonamiento tan prudente, diciéndoles: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14,16).

Un dicho popular dice: «Quien deja a Dios fuera de sus cuentas, no sabe contar». Y es cierto, los discípulos —nosotros tampoco— no sabemos contar, porque olvidamos frecuentemente el sumando de mayor importancia: Dios mismo entre nosotros.

Los discípulos realizaron bien las cuentas; contaron con exactitud el número de panes y de peces, pero al dividirlos mentalmente entre tanta gente, les salía casi un cero periódico; por eso optaron por el realismo prudente: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces» (Mt 14,17). ¡No se percatan de que tienen a Jesús —verdadero Dios y verdadero hombre— entre ellos!

Parafraseando a san Josemaría, no nos iría mal recordar aquí que: «En las empresas de apostolado, está bien —es un deber— que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2...». El optimismo cristiano no se fundamenta en la ausencia de dificultades, de resistencias y de errores personales, sino en Dios que nos dice: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Sería bueno que tú y yo, ante las dificultades, antes de dar una sentencia de muerte a la audacia y al optimismo del espíritu cristiano, contemos con Dios. Ojalá que podamos decir con san Francisco aquella genial oración: «Allí donde haya odio que yo ponga amor»; es decir, allí donde no salgan las cuentas, que cuente con Dios.

¿Para qué sirve la oración?


¿Para qué sirve la oración?

Vida para el espíritu y medio de comunicación con Dios.

Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net 


Si quieres que una planta tenga vida, debes regarla. Si deseas mostrar que quieres a una persona, debes decírselo. Si cortas las raíces de un árbol, el árbol se muere. Eso pasa con la oración. La oración es vida para nuestro espíritu y es el medio para decirle a Dios: Te amo.

Si consideras tus esfuerzos por ser santo, tu vida espiritual y tu relación con Dios como una amistad íntima con Él, verás que la oración debe ser algo natural y obligatorio en tu vida.

Dios es el primero que te quiere escuchar; nos lo ha dicho en el Evangelio. Está allí en la Eucaristía día y noche esperándote; es el primero que se interesa por ti y tus cosas, pues fue Él quien te creó.

Dios quiere que le hablemos, que le platiquemos mucho, y la Iglesia nos ofrece varias maneras de lograrlo. La oración brota de tu corazón cuando tienes una petición personal, una cosa triste, alegre o de lo ordinario que contar a Dios.

Hay oraciones que ya están hechas, y nos ayudan a encontrar las palabras que queremos decir. Muchas veces, después de rezar estas oraciones, no nos importa hacerlo de nuevo en el futuro, porque vamos identificándonos con cada palabra. La oración en comunidad nos une a todos y nos hace sentir una familia entorno a nuestro Padre celestial.

Cuando ves que tu vida de oración y unión con Dios va creciendo, vas a encontrar que tu humildad, tu caridad y tu fe se aumentan también; estás son las virtudes que necesitas y recibes cuando hablas con tu Creador y Amigo. Lo bueno de la oración es que puedes pedir por otros también, y Dios siempre escucha lo que dices. Lo más importante, sin embargo, es saber sacar fuerzas –para ti y para otros– para escalar la montaña de la santidad sin cobardía.

Para profundizar:
Catecismo de la Iglesia Católica: 2558 - 2863
“Para salvarte”: 44,1 - 44,6

La oración nos permite entrar en contacto íntimo y personal con Dios. Como cualquier relación personal a través de diálogo y trato frecuente se puede conocer y amar a la otra persona, así la oración para el cualquier cristiano es un medio de comunión con Dios donde se le va conociendo y descubriendo cada día.

6 ago. 2017

Santo Evangelio 6 de agosto 2017


Día litúrgico: 6 de Agosto: La Transfiguración del Señor (A)

Texto del Evangelio (Mt 17,1-9): En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».


«Este es mi Hijo amado»
+ Rev. D. Joan SERRA i Fontanet 
(Barcelona, España)


Hoy, el Evangelio nos habla de la Transfiguración de Jesucristo en el monte Tabor. Jesús, después de la confesión de Pedro, empezó a mostrar la necesidad de que el Hijo del hombre fuera condenado a muerte, y anunció también su resurrección al tercer día. En este contexto debemos situar el episodio de la Transfiguración de Jesús. Atanasio el Sinaíta escribe que «Él se había revestido con nuestra miserable túnica de piel, hoy se ha puesto el vestido divino, y la luz le ha envuelto como un manto». El mensaje que Jesús transfigurado nos trae son las palabras del Padre: «Éste es mi Hijo amado; escuchadle» (Mc 9,7). Escuchar significa hacer su voluntad, contemplar su persona, imitarlo, poner en práctica sus consejos, tomar nuestra cruz y seguirlo.

Con el fin de evitar equívocos y malas interpretaciones, Jesús «les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos» (Mc 9,9). Los tres apóstoles contemplan a Jesús transfigurado, signo de su divinidad, pero el Salvador no quiere que lo difundan hasta después de su resurrección, entonces se podrá comprender el alcance de este episodio. Cristo nos habla en el Evangelio y en nuestra oración; podemos repetir entonces las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí!» (Mc 9,5), sobre todo después de ir a comulgar.

El prefacio de la misa de hoy nos ofrece un bello resumen de la Transfiguración de Jesús. Dice así: «Porque Cristo, Señor, habiendo anunciado su muerte a los discípulos, reveló su gloria en la montaña sagrada y, teniendo también la Ley y los profetas como testigos, les hizo comprender que la pasión es necesaria para llegar a la gloria de la resurrección». Una lección que los cristianos no debemos olvidar nunca.

La Trransfiguración, Dos mensajes principales



LOS DOS MENSAJES PRINCIPALES DE ESTA FIESTA

Por Gabriel González del Estal

1.- Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. Este es el mensaje principal. Los apóstoles eran judíos practicantes, que creían con certeza que lo que les salvaría era el cumplimiento de la Ley judía, la ley que Dios les había transmitido a través de Moisés y de los profetas. Jesús mismo era un judío practicante de la Ley, pero Jesús no había venido a abolir la ley de Moisés, pero sí a perfeccionarla. A partir de ahora, ellos, los apóstoles, lo que debían hacer es escuchar a Jesús y seguirle a él como único maestro, como única ley, como única palabra de Dios. Nosotros hoy, si somos verdaderos cristianos, no tenemos ningún problema en creer que lo que nos salva es la fe en Jesús, no las obras de la Ley judía. Pero los apóstoles todavía no habían descubierto esto y, por eso, la voz del Padre que les dice desde la nube que crean en Jesús y le sigan, era algo nuevo para ellos. A partir de ahora deben escuchar sólo a Jesús, porque sólo él, Jesús, es el predilecto del Padre, superando la ley de Moisés y de los profetas. No les dice que olviden la Ley, sino que la superes, como ha hecho Jesús, su Maestro. Tampoco nosotros, los cristianos de hoy, debemos intentar abolir las leyes religiosas, pero sí debemos, un día sí y otro también, perfeccionar las leyes de Dios y de la Iglesia. La Iglesia de Cristo debe estar en una continua y constante renovación y perfeccionamiento de sus leyes religiosas, para que cada día nos acerquen un poco más al seguimiento más perfecto de Cristo. Otro mensaje que, según creo yo, también nos brinda esta fiesta de la Transfiguración del Señor es lo que podríamos llamar, con palabras del Papa Francisco, la necesidad de una Iglesia es salida, no pretender encerrar a la Iglesia en la sacristía, o en la capilla, ante el Santísimo. Los tres apóstoles se sentían tan a gusto contemplando a Jesús transfigurado sobre la cumbre del Tabor, que querían quedarse allí a vivir haciendo tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías. Pero Jesús les manda bajar de la montaña y seguir camino, un camino lleno de peligros y sufrimientos, hacia Jerusalén. Salir de la Iglesia en busca de las ovejas perdidas, para traerlas al redil de Cristo, es ahora y será siempre una tarea complicada. Pero es nuestra tarea, la tarea de Iglesia de Cristo hoy.  En este sentido, dice el Papa Francisco que debemos caminar los cristianos de hoy hacia esta Iglesia, hacia una Iglesia en salida.

2.- Cristo recibió del Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: “este es mi Hijo amado, mi predilecto”.  Esta carta, escrita por algún discípulo de san Pedro, es el escrito más tardío del Nuevo Testamento. El autor de la carta se dirige a unos cristianos que se tenían que enfrentar todos los días con doctrinas falsas –fábulas fantásticas- sobre la última venida de nuestro Señor Jesucristo y les pide que no se aparten de la verdadera doctrina, que se acuerden de las palabras del Padre que resonaron sobre el Tabor: este es mi hijo amado, mi predilecto.  Nosotros también vivimos hoy rodeados de falsas doctrinas, de materialismo anticristiano, y de una sociedad que es, en gran medida, agnóstica. Leamos con profundidad el evangelio de Jesús y hagamos el propósito firme de seguirle a él, porque sólo él es el Hijo amado, el predilecto del Padre, como acabamos de escuchar en el relato evangélico de este domingo, fiesta de la Transfiguración del Señor.