2 dic 2014

Santo Evangelio 2 de Diciembre de 2014



Día litúrgico: Martes I de Adviento

Texto del Evangelio (Lc 10,21-24): En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».


Comentario: Abbé Jean GOTTIGNY (Bruxelles, Bélgica)
Te bendigo, Padre

Hoy leemos un extracto del capítulo 10 del Evangelio según san Lucas. El Señor ha enviado a setenta y dos discípulos a los lugares adonde Él mismo ha de ir. Y regresan exultantes. Oyéndoles contar sus hechos y gestas, «Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo y dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra’» (Lc 10,21). 

La gratitud es una de las facetas de la humildad. El arrogante considera que no debe nada a nadie. Pero para estar agradecido, primero, hay que ser capaz de descubrir nuestra pequeñez. “Gracias” es una de las primeras palabras que enseñamos a los niños. «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21). 

Benedicto XVI, al hablar de la actitud de adoración, afirma que ella presupone un «reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que brota desde lo más hondo del corazón y abarca todo el ser, porque el hombre sólo puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios por encima de todas las cosas».

Un alma sensible experimenta la necesidad de manifestar su reconocimiento. Es lo único que los hombres podemos hacer para responder a los favores divinos. «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Desde luego, nos hace falta «dar gracias a Dios Padre, a través de su Hijo, en el Espíritu Santo; con la gran misericordia con la que nos ha amado, ha sentido lástima por nosotros, y cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos ha hecho revivir con Cristo para que seamos en Él una nueva creación» (San León Magno).

Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!

Hoy y siempre, los cristianos estamos invitados a participar de la alegría de Jesús. Él, lleno del Espíritu Santo, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes» (Lc 10,21). Con mucha razón, este fragmento del Evangelio ha sido llamado por algunos autores como el “Magníficat de Jesús”, ya que la idea subyacente es la misma que recorre el Canto de María (cf. Lc 1,46-55).

La alegría es una actitud que acompaña a la esperanza. Difícilmente una persona que nada espere podrá estar alegre. Y, ¿qué es lo que esperamos los cristianos? La llegada del Mesías y de su Reino, en el cual florecerá la justicia y la paz; una nueva realidad en la cual «el lobo y el cordero convivirán, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá» (Is 11,6). El Reino de Dios que esperamos se abre camino día a día, y hemos de saber descubrir su presencia en medio de nosotros. Para el mundo en el que vivimos, tan falto como está de paz y de concordia, de justicia y de amor, ¡cuán necesaria es la esperanza de los cristianos! Una esperanza que no nace de un optimismo natural o de una falsa ilusión, sino que viene de Dios mismo.

Sin embargo, la esperanza cristiana, que es luz y calor para el mundo, sólo podrá tenerla aquel que sea sencillo y humilde de corazón, porque Dios ha escondido a los sabios e inteligentes —es decir, a aquellos que se ensoberbecen en su ciencia— el conocimiento y el gozo del misterio de amor de su Reino. 

Una buena manera de preparar los caminos del Señor en este Adviento será precisamente cultivar la humildad y la sencillez para abrirnos al don de Dios, para vivir con esperanza y llegar a ser cada día mejores testimonios del Reino de Jesucristo.

Santa Bibiana, 2 de Diciembre



2 DICIEMBRE

SANTA BIBIANA
(+ s. IV ?)


La más antigua mención de Santa Bibiana y de su iglesia la encontramos en el Líber Pontificalis, por donde averiguamos que el papa Simplicio (468-473) dedicó "dentro del recinto de la ciudad, cerca del palacio Liciniano, una basílica a la bienaventurada mártir Bibiana, donde su cuerpo reposa".

Expresiones análogas se hallan a cada paso en los textos hagiográficos: "basílica de tal mártir..., donde reposa su cuerpo". Pudiera, pues, creerse que se trata de una frase hecha sobre la que no merece la pena insistir.

Sin embargo, nuestro caso es diferente, porque la mención se remonta al siglo v, cuando todavía estaba en pleno vigor la antiquísima ley de las doce tablas, que ordenaba tajantemente: "Dentro de la ciudad ni se quemen ni se entierren cadáveres". Los historiadores mencionan algún caso rarísimo, como la excepción concedida por el Senado al emperador Trajano, cuyas cenizas fueron depositadas en lo alto de la colosal columna que se levantara en el foro de su nombre.

Si, pues, Santa Bibiana estaba enterrada dentro de los muros de Roma es un hecho que con razón lo destaca el Líber Pontificalis, y al que deberá buscarse alguna justificación.

La iglesia que el papa Simplicio dedicó a esta Santa existe aún en Roma, cerca de la vía férrea, y ha dado precisamente nombre al túnel por donde aquella se cruza, "Arcos de Santa Bibiana". Está situada en el monte Esquilino, en el lugar que ocupaban los jardines del emperador Licinio Galieno, junto a la Puerta Tiburtina y no lejos de un sitio lleno de recuerdos y evocaciones para los habitantes de la Ciudad Eterna, el cementerio del "Campo Verano", detrás de la basílica de San Lorenzo Extramuros.

La iglesia de Santa Bibiana fue restaurada a comienzos del siglo XVII por Urbano VIII, el papa Barberini, que en las tres abejas de su escudo encontró un buen símbolo a su prodigiosa laboriosidad.

Al hacer en 1624 las excavaciones dirigidas por Bernini se descubrieron debajo del altar mayor las reliquias de la Santa, conservadas en dos vasos de vidrio con su correspondiente inscripción. La carencia de documentación impidió saber si habían sido colocadas allí por traslación o elevación.

Ahondando en las excavaciones se hallaron en un plano más profundo dos sarcófagos superpuestos, cada uno de los cuales contenía un esqueleto cubierto de cal. Aunque no contenían nombre ni símbolo cristiano, se atribuyeron a Dafrosa y Demetria, la madre y hermana, respectivamente, de la Santa. El hallazgo de estos dos cadáveres in situ y rociados de cal, procedimiento que usaban los antiguos por razones de salubridad, demuestra que no fueron tocados desde su inhumación, pues en un traslado resultaba inútil adoptar tales medidas higiénicas. De donde se colige que la basílica de Santa Bibiana está levantada sobre tres sepulturas, dos de ellas intactas, y los restos de la otra colocados en recipientes en época desconocida.

Urbano VIII, con esa pasión renacentista que le caracteriza, salvó un monumento antiguo, pero además quiso dejar un testimonio litúrgico del hallazgo, pues incluyó en el calendario de la Iglesia universal la fiesta de Santa Bibiana, fijándola con rito semidoble para el día 2 de diciembre. Para las lecturas históricas del segundo nocturno de maitines no fue tan afortunado, pues aprovechó las actas apócrifas del siglo Vl, que tan escaso crédito merecen. La basílica, de tres naves, dividida por ocho columnas antiguas, fue decorada con frescos de Pietro da Cortona y Agostino Ciampelli; pero, sobre todo, con una escultura graciosa de la Santa, obra juvenil de Bernini.

Hoy, sin embargo, con la reciente simplificación de rúbricas del misal y el breviario, Santa Bibiana, al caer dentro del Adviento, queda reducida litúrgicamente nada más que a memoria" o conmemoración . Sus lecciones no vol verán a leerse en el oficio divino. De esta manera un simple decreto de la Congregación de Ritos destinado a aligerar el rezo eclesiástico ha resuelto con habilidad un peliagudo problema crítico.

Pero nosotros no podemos proceder tan fácilmente. Se impone un rápido examen de las actas para saber hasta dónde son ciertos sus relatos. Es siempre el problema de los santos antiguos rodeado del halo de la popularidad. Porque si el culto de Santa Bibiana se remonta históricamente hasta el papa Simplicio, ya desde antes existen indicios del mismo, y durante la Edad Media gozó también de gran veneración, pues sabemos que el papa León II trasladó a su iglesia, desde el cementerio ad sextum Philippi, los cuerpos de los mártires Simplicio, Faustino y Beatriz para que aumentasen la devoción hacia aquel santuario, al cual estaba anejo un monasterio de monjas que se conservó hasta el siglo xv.

La pasión de Santa Bibiana es llamada también del mártir Pimenio por el papel tan importante que en ella juega. Los textos que han llegado hasta nosotros presentan notables divergencias.

Según el relato de la pasión, Juliano el Apóstata (361-363) llegó a hacer durante su reinado hasta siete mil mártires, entre otros Pimenio, presbítero del titulo del Pastor, en Roma. Este Pimenio fue quien enseñó a Juliano la gramática, retórica y demás ciencias, instruyéndole asimismo en la ley cristiana. Gracias a tan esmerada educación, Juliano supo mostrarse amable y prudente, mereciendo que las tropas le eligieran emperador.

Mas vuelto a la religión pagana empezó a perseguir sañudamente al cristianismo. Entre otros a Flaviano, prefecto de la ciudad, que con su mujer Dafrosa y sus hijas Demetria y Balbina enterraban por la noche los cuerpos de los mártires. Por esta causa y por haber revelado el enterramiento clandestino en su propia casa de dos mártires, San Juan y San Pablo, a los que la leyenda hace también de este periodo, fueron así inhumados para evitar un tumulto del pueblo, Juliano confiscó a Flaviano todos sus bienes y le desterró, muriendo fuera de Roma.

Dafrosa muere también después de varios incidentes, siendo enterrada por el presbítero Juan en su propia ,casa, que se encontraba cerca de la de San Juan y San Pablo.

Sus dos hijas fueron llevadas a la presencia de Juliano. Demetria muere de miedo, y es enterrada junto a su madre por Bibiana, a la cual el emperador confia a una mujer perversa, llamada Rufina, para que la corrompa. Con halagos o con malos tratos pretende hacerla apostatar y que contraiga matrimonio; pero viendo lo inútil de sus esfuerzos, da cuenta de ello a Juliano, quien la condena al suplicio de los azotes, hasta que exhala el último suspiro. Su cuerpo quedó abandonado en el forum Tauri o mercado del Toro, sin que permitiera Dios que sufriera agravio en los dos días que pasaron hasta que el presbítero Juan consiguió enterrarla de noche junto a su madre y hermana.

Juan y Pimenio acudían allí a orar. Juliano comunica a Pimenio que abandone Roma, y, entre tanto, manda decapitar a Juan. Pimenio abandona su título o iglesia del Pastor y marcha a Persia, donde queda ciego. A los cara, hace en nombre de Cristo, por lo que lleno de rabia, Juliano, quien le saluda en nombre de los dioses. Pimenio lo hace en nombre de Cristo, por lo que lleno de rabia Juliano le hace precipitar desde un puente. Una matrona llamada Cándida le entierra en el cementerio de Ponciano, ad ursum pileatum, "en el oso encapuchado".

Muerto el emperador, una mujer llamada Olimpina edifica una iglesia para honrar la memoria de las tres mártires. Olimpina, que da nombre a la basílica, vive allí hasta los tiempos del papa Siricio (384-399).

El autor de la pasión dice llamarse Donato, "subdiácono regionario de la santa Sede Apostólica". Su relato se contradice a cada paso con lo que conocemos de la historia profana, puesto que Juliano el Apóstata no moró jamás en Roma durante su reinado, que por lo demás sólo duró dos años. Ni su persecución fue sangrienta en Occidente, sino más bien buscó exaltar el paganismo en decadencia. De esta forma cae por su base toda la autoridad de las actas, que aprovechan datos y referencias de escritos anteriores en muchos casos. Por ejemplo, la respuesta valiente de Pimenio a Juliano es la que los historiadores Sócrates y Sozomeno ponen en boca de Maris, obispo de Calcedonia.

El hecho extraordinario de que Dafrosa y sus hijas fueran enterradas en su propia casa, dentro del recinto de la Urbe, no tiene importancia para el autor de la pasión, porque ya entonces la ley civil que prohibía tales inhumaciones había caído en desuso. En cambio, el autor de las actas de San Juan y San Pablo recurre al peligro de un motín popular para justificar el enterramiento de dichos santos en su propio domicilio.

Habida cuenta del hecho de encontrarse la sepultura de las tres Santas en su basílica, cabe admitir la existencia de Olimpiana, y cabe aventurar la hipótesis de que, si efectivamente fueron enterradas en su casa, se trate de mártires anteriores al año 274, en que Aureliano extendió los muros de Roma más allá del Esquilino, límite hasta entonces religioso y legal de la Urbe, donde no regían las prohibiciones sobre enterramientos. De esta forma la antigüedad de Santa Bibiana sería mucho mayor que la consignada por el propio autor de su pasión.

Además, el presbítero Pimenio podría ser San Pastor, a cuyo título se le adscribe, pues sería transcripción latina de Poimen, nombre griego de pastor. Desde luego, San Pimenio era venerado por los peregrinos medievales en las catacumbas de Ponciano, en la vía de Porto, y allí es donde la sitúa la pasión.

En cuanto al presbítero Juan, es un personaje que aparece en todas las actas apócrifas dedicado a enterrar cuerpos abandonados de mártires. Su piadosa actividad alcanza desde el reinado de Nerón hasta el de Juliano el Apóstata. ¿Existió realmente un presbítero Juan? ¡Por qué no! Bien pudo morir en alguna de las persecuciones por practicar la obra de misericordia que la Escritura tanto alaba en Tobías. Después se convirtió en un personaje representativo, del que se echaba mano a cada paso.

No deben producir desencanto estas disquisiciones. Los gustos del siglo Vl, en que florecieron las actas apócrifas, que tienen el prurito de relacionar entre sí a santos más o menos cercanos, no son los nuestros. Aquellas leyendas servían a la edificación de los fieles, como en época no muy lejana Fabiola hizo emocionarse a muchísimos lectores. Casi lo único verdadero de tales actas son los nombres y los lugares. Para nosotros nos basta con datos tan interesantes, que sin ellas se hubieran perdido. No pudiendo dudarse de la existencia de Santa Bibiana ni de la autenticidad de sus reliquias, ¿qué más podemos pedir? Esto nos basta para encomendarnos a su valiosa intercesión.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

1 dic 2014

Siempre despiertos y dispuestos



SIEMPRE DESPIERTOS Y DISPUESTOS

Por José María Martín OSA

1- El adviento es el tiempo de la esperanza. Sólo es capaz de esperar aquél que está despierto y vigilante. Hoy suena el despertador en nuestra vida para sacarnos del adormecimiento. Pasamos casi un tercio de nuestra vida durmiendo, añádase a esto el tiempo en que vivimos adormilados y obnubilados. Nuestra mente está embotada por la rutina, la dispersión, el cansancio, el vacío. ¡Velad!, ¡Vigilad!, nos dice el Señor. ¿Cómo velar? Ante todo, sabemos que vela bien precisamente el que ama. Lo sabe la esposa que espera al marido que se ha quedado hasta tarde en el trabajo o que debe volver de lejos después de un viaje; lo sabe la madre que está intranquila porque el hijo todavía no ha vuelto a casa; lo sabe el enamorado que no ve la hora de encontrarse con su amada... El que ama sabe esperar también cuando el otro tarda. Esperamos a Jesús si lo amamos y deseamos ardientemente encontrarnos con Él. Se le espera amando concretamente, sirviéndolo, por ejemplo, en el que está cerca de nosotros, o comprometiéndose en la construcción de una sociedad más justa. Hoy Dios nos acucia para que velemos, para que no dejemos escapar la oportunidad de "vivir nuestra vida" con plenitud. Dios nos regala a raudales su Amor, viene a nuestra vida y quiere aprovechemos a tope los dones que nos da. Estamos a tiempo de hacer que nuestra vida merezca la pena.

2. - "Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve". Pero en nuestro mundo no sólo hay amor, también hay pecado y maldad. E incluso pensamos que la tiniebla domina sobre la luz, el mal sobre el bien. Cuando contemplamos la muerte del hombre y de la naturaleza, cuando vemos las consecuencias del egoísmo, de la corrupción, del terrorismo, de la droga, de la pornografía, de la explotación del hombre por el hombre, sale de nuestros labios la súplica del salmo: "Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve". Es el grito que dirigimos a Dios desde la desesperanza, el desánimo o la impotencia. Es posible que incluso le pidamos que venga sobre el mundo su castigo para que reaccione, que baje desde el cielo y derrita los montes para imponer la auténtica justicia, como dice el profeta Isaías. Pero el mismo profeta reconoce que Dios es nuestro Padre y sabe que nosotros somos de barro. Por eso se compadece de nuestras miserias y no deja de darnos una nueva oportunidad.

3. - Esperamos un mundo nuevo, pero ¿cuándo vendrá? Sólo será posible desde la compasión hacia el pobre o necesitado, pero además desde la indignación y el decir "¡basta ya!" ante tanta injusticia y miseria. De ahí vendrá nuestro compromiso solidario para construir un mundo nuevo. Sólo será posible si sabemos ser testigos de Dios en la historia, es decir será posible desde el Amor de Dios que transforma nuestras mentes y nuestros corazones. Por eso, le pedimos al Señor que venga pronto para que le conozcamos mejor y le queramos más, para que descubramos sus entrañas misericordiosas, para que transforme radicalmente nuestra vida. Adviento es espera, pero también transformación, conversión.... Nuestra oración "Ven, señor, Jesús" debe ir acompañada por la decisión "Voy, Señor Jesús". Pedimos en este comienzo de Adviento: unos ojos que estén en vela, que sean capaces de mirar a las personas y descubrir en ellas sus alegrías, sus preocupaciones, sus ilusiones, sus tristezas y además una actitud para estar dispuestos a responder a los que nos necesitan.

Santo Evangelio 1 de Diciembre de 2014



Día litúrgico: Lunes I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 8,5-11): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaún, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». 

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».


Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande

Hoy, Cafarnaún es nuestra ciudad y nuestro pueblo, donde hay personas enfermas, conocidas unas, anónimas otras, frecuentemente olvidadas a causa del ritmo frenético que caracteriza a la vida actual: cargados de trabajo, vamos corriendo sin parar y sin pensar en aquellos que, por razón de su enfermedad o de otra circunstancia, quedan al margen y no pueden seguir este ritmo. Sin embargo, Jesús nos dirá un día: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El gran pensador Blaise Pascal recoge esta idea cuando afirma que «Jesucristo, en sus fieles, se encuentra en la agonía de Getsemaní hasta el final de los tiempos».

El centurión de Cafarnaún no se olvida de su criado postrado en el lecho, porque lo ama. A pesar de ser más poderoso y de tener más autoridad que su siervo, el centurión agradece todos sus años de servicio y le tiene un gran aprecio. Por esto, movido por el amor, se dirige a Jesús, y en la presencia del Salvador hace una extraordinaria confesión de fe, recogida por la liturgia Eucarística: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa: di una sola palabra y mi criado quedará curado» (cf. Mt 8,8). Esta confesión se fundamenta en la esperanza; brota de la confianza puesta en Jesucristo, y a la vez también de su sentimiento de indignidad personal, que le ayuda a reconocer su propia pobreza.

Sólo nos podemos acercar a Jesucristo con una actitud humilde, como la del centurión. Así podremos vivir la esperanza del Adviento: esperanza de salvación y de vida, de reconciliación y de paz. Solamente puede esperar aquel que reconoce su pobreza y es capaz de darse cuenta de que el sentido de su vida no está en él mismo, sino en Dios, poniéndose en las manos del Señor. Acerquémonos con confianza a Cristo y, a la vez, hagamos nuestra la oración del centurión.

San Edmundo Campion, 1 de Diciembre



1 de diciembre

SAN EDMUNDO CAMPION
(+ 1581)

Con una escolta de doscientos soldados, montado en una vieja cabalgadura, las manos atadas a la espalda, los pies ligados bajo el vientre del animal, vuelto el rostro hacía atrás para mayor ignominia, es conducido con un gran cartel en la cabeza que dice: Este es Campion, el jesuita sedicioso... Lo llevan a Londres como criminal. Había sido traicionado... Unas millas antes de llegar se les comunica la orden de maltratarlo y ridiculizarlo para deleite de la plebe y escarmiento de los católicos. Ya se acerca la cabalgata... Delante de todos el vizconde de Bark con el bastón blanco de la justicia: en seguida, el padre Edmundo Campion en su viejo rocín; tras él, los otros dos sacerdotes firmemente atados entre sí. A la zaga de toda la caravana, en el lugar de honor, no podía faltar el Iscariote... A medida que desfilan, el populacho vitupera al jesuita. Ya pasa el apóstata: ovaciones, vítores. Y Jorge Elliot, el traidor, sonríe... (¡Ay de ese hombre que más tarde, como su modelo, terminará con muerte desgraciada su vida infeliz!... )

Es el mes de julio de 1581. Los prisioneros son llevados a la Torre de Londres. Cuatro días más tarde lo presentan a Dudley, conde de Leicester, en su palacio. Le interroga el canciller, le hacen preguntas los magistrados; le prometen, en nombre de la soberana, la vida, la libertad, honores, el obispado de Cambridge; sólo esperan que reconozca la supremacía pontificia de la reina. La conciencia no se lo permite a Campion. Sus respuestas tienen un tono tan persuasivo que revelan una vez más al formidable scholar oxoniense.

De improviso se presenta Isabel en persona. El prisionero se inclina saludando a su reina: "¿Me reconoce como a su legítima soberana?" "Sí, majestad." "¿Cree que el obispo de Roma tiene poder para deponerme?" "No me toca erigirme en juez y pronunciar sentencia entre dos partidos, tanto más cuanto que los más versados en la cuestión son de pareceros opuestos. Yo quiero dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" Lo demás que se dijo en esta entrevista permaneció secreto, por expresa voluntad de la reina.

Pero... ¿qué importancia tenía aquel prisionero, que la propia soberana de Inglaterra venía a interrogarle?

El primer encuentro había acontecido precisamente quince años antes, en 1566. Isabel, con su gran comitiva de cortesanos, aduladores y lacayos, llegaba en su carroza a Oxford a fin de pasar por primera vez unos días con su corte entre los estudiantes de la célebre Universidad. La visita duró seis días. Las diversiones, los actos académicos, todo se iba desarrollando tranquilamente. El tercer día correspondió el homenaje a los profesores, entre los cuales fue elegido como "orator" el scholar de Oxford más brillante de su generación, un apuesto joven de sólo veintisiete años de edad: se llamaba Edmundo Campion. La reina, que se complacía en dominar a los hombres de talento, le escuchó con honda satisfacción, le felicitó calurosamente y lo recomendó a la protección del canciller. Dudley, en nombre de la soberana hereje, le prometió su patronazgo y le hizo los más lisonjeros ofrecimientos. ¡Pobre Campion!...

Ya en 1553, María, la hija de Enrique VIII y doña Catalina de Aragón, había entrado solemnemente en Londres. Para declamar el discurso de bienvenida habían escogido los maestros a Edmundo Campion, que tenía entonces trece años. El garbo y la vivacidad del niño encantó a los circunstantes, de manera que Thomas White lo tomó bajo su protección y lo llevó consigo a Oxford para educarlo. Correspondió el éxito a las esperanzas. Descolló como discípulo, lúcidamente coronó sus estudios, brilló en buena lid como maestro, fué autor, luego se le nombró primer orator, después proctor y más tarde llegó a ocupar otros cargos insignes en aquella Alma Mater. A su alrededor se agruparon multitud de estudiantes, sobre los que su personalidad amable ejerció un influjo sabio y comprensivo: sus clases se veían atestadas de oyentes; muchos comenzaron a imitarlo hasta en su manera de hablar, en sus ademanes y en su modo de vestir, a los cuales se llamó campionistas... Este era el hombre que la nueva iglesia anglicana necesitaba entre sus filas.

Pero Campion, el gran humanista, casi por instinto rechaza la herejía, Mas, para desgracia suya, traba amistad con Richard Cheney, obispo anglicano de Gloucester. Y cede al fin; en 1564 presta el juramento anticatólico, reconociendo la supremacía espiritual de Isabel. Más aún, seducido por las promesas del de Gloucester, recibe el diaconado (1568) del hereje. Al tomar las manos del falso obispo siente aquel infeliz diácono el acicate mordaz de su conciencia atormentada. Y su corazón se rebela, y el remordimiento le roe el alma por la infamia cometida, y pierde la paz; se siente, dice él mismo, como si le hubieran marcado con "el signo de la bestia"... La crisis interior se desborda, vuelve en sí, se confiesa con un sacerdote católico y se reconcilia con la Iglesia.

En tales circunstancias se ve obligado a salir de Oxford para poner a salvo su vida y recobrar la tranquilidad de su espíritu. Se refugia en Irlanda. Mas el 12 de febrero de 1570 Su Santidad Pío V fulmina la excomunión contra Isabel, y sus súbditos quedan liberados de la obligación moral de obedecerla. Se expiden entonces contra los católicos por todo el reino severísimos edictos. En Dublín, entre los primeros, es denunciado Campion como "papista", y tiene que andar huyendo hasta que logra volver a Inglaterra.

Llegado a Londres, pasa algunas semanas tranquilo; mas temiendo ser arrestado, se embarca rumbo a Flandes. Llevaban ya varias millas mar adentro, cuando una fragata guardacostas les da alcance; de todos los pasajeros sólo Campion carece de pasaporte... Hecho, pues, prisionero, es devuelto a Dover para ser remitido a Londres: pero éste se escapa y acude a unos amigos, que le ayudan a embarcarse de nuevo; y por fin, pasando el Canal, llega al Continente, donde pasará los próximos nueve años. En el seminario inglés de Douai (Francia) obtiene su grado en Teología y recibe las órdenes menores y el subdiaconado. Pero a Campion le atormenta el recuerdo de aquel diaconado... Y el convertido desconfía de sí, pone su confianza en Aquel que lo conforta; quiere prepararse humildemente, vigorosamente, disciplinadamente. Su corazón se vuelve hacia la austera disciplina de la obediencia. Sólo así podrá hacerse digno del verdugo y de la horca por su Dios. El 25 de enero de 1573, vestido de peregrino, se dirige a Roma solo, a pie, con la intención de entrar en la perseguida y heroica Compañía de Jesús... Recibido en el noviciado, se le destina a la provincia jesuítica de Austria; y cinco años más tarde, el 8 de septiembre de 1578, recibe la unción sacerdotal en Praga de Bohemia.

El 18 de abril de 1580, con la bendición de Gregorio XIII, sale de Roma una pequeña caravana de misioneros, entre ellos tres jesuitas: Roberto Persons—nombrado superior—y Edmundo Campion, a quienes se añade el hermano Ralph Emerson como compañero. Llegan a St. Omer. Mas el mismo día de la partida de Roma, un espia del Gobierno de Isabel enviaba al ministro Walsingham los nombres y señales de los peregrinos. Así que, sin ellos saberlo, ya todo puerto, todo paso está vigilado por espías sagacísimos para impedir la entrada de ningun jesuíta. Dondequicra se ven cartelones con la efigie de Persons y de Campion enviada desde Roma. Algunos fugitivos ingleses quieren descorazonar a los Padres anunciándoles que la vigilancia en Dover es tan grande que su arresto inmediato parece inevitable. Mas Persons se decide por la accion inmediata. A él, que es el superior, y a quien no falta astucia y franqueza, toca abrir el camino. Aventurará él solo el paso del Canal.

Disfrazado de capitán, aguerrido veterano de Flandes, el aire marcial, bien estudiados ademanes, haciendo honor a su uniforme, zarpa el barco de Calais En Dover, nuestro capitán se presenta cordialmente al capitán del puerto y le ruega que al llegar en un barco próximo un mercader irlandés de nombre Mr. Patrick, muy amigo suyo, con un criado, se lo envíe inmediatamente a Londres para que no pierda una ocasión propicia de vender sus mercancías... Un saludo militar, promesa de ser correspondido, y Persons sigue a la metrópoli. Por su parte Mr. Patrick con su criado esperan en Calais viento favorable. El 24 de junio cruzan el Canal, y en Dover el padre es aprisionado inmediatamente, porque "Mr. Patrick, dicen los espías, no es Mr. Patrick, sino el doctor Allen..." Campion insiste en que no es Allen y está dispuesto a jurarlo. El alcalde de Dover no le cree. Da orden de llevarlo al magistrado supremo de Londres. Insiste Campion en que no es Allen. Insiste el alcalde en no creer. Los caballos están listos. Campion se encomienda a Dios. "Cuando menos lo esperábamos, refiere Campion, se presenta un anciano. a quien Dios bendiga, y nos dice: Están ustedes libres; váyanse en paz". "Nosotros, prosigue el misionero, nosotros salimos corriendo inmediatamente." Pero no... Campion se vuelve y va tan fresco a alquilar las bestias que les tenían preparadas, y así terminan el viaje más seguros y aprisa... Llegados al Támesis, varios jóvenes católicos les están esperando; mudan cabalgaduras, corren a alojarse en casa de George Gilbert, cambian el disfraz y sale Campion transformado en un caballero de los de daga al cinto, sombrero de anchas alas, pluma al aire, espuela de oro y galgo corredor... Minutos después busca alberque en el barrio de la Cancillería, en la propia casa en que mora el jefe de la policía donde está viviendo el "capitán" Roberto Persons...

En Londres, aquellos jóvenes que han servido de introductores de Campion hacen correr secretamente la voz entre los católicos de su llegada. La noticia causa revuelo. Campion predica sobre el Pontificado. Las conversiones son múltiples, la sagrada Eucaristía vuelve a fortalecer muchas almas, los sacramentos, los sermones, las palabras de consejo y de aliento, los arrepentidos, las lágrimas, los sabios, los humildes, la nobleza, los estudiantes... Ia santa misa..., todo como en las catacumbas... ¡Cien mil conversiones en un año! Cuando en hora mala sabe Isabel y sus ministros la increíble audacia de los jesuitas de penetrar en el Reino, ¡cuanta ira, qué poner precio a su cabeza! Y el misionero de Cristo no tiene otro recurso que mudar de nombre, de lugar y de apariencia.

El padre Edmundo, acompañado del hermano Emerson, se refugia en York, y en quince días compone en latín su más famoso libro, que titula Diez razones por las cuales Edmundo Campion, S. J., se ofreció a disputar con sus adversarios... Los ejemplares son repartidos de mano en mano entre los católicos, o abandonados en los sitios públicos, o introducidos en las casas por debajo de las puertas; lo cual excita tal sensación que juran los herejes no descansar hasta no dar con aquel jesuita sedicioso.

Persons, Camplon y el hermano pasan algunos días juntos. Persons—como presintiendo algo—renueva sus instancias a Campion de no acceder a todas las súplicas que en el trayecto se le presenten, y señala a Emerson como superior en lugar suyo. El padre Edmundo y su compañero llegan el día siguiente a una posada al caer de la tarde. Varios caballeros católicos, con pretexto de caceria por esos parajes, vienen a fin de hablar con él y confesarse. Le suplican volver al castillo de Lyford, donde pasó la noche anterior. Emerson resiste al principio, pero al fin consiente en la vuelta de Campion.

Más de sesenta católicos se reúnen aquel domingo, 16 de julio. El padre se prepara para el santo sacrificio; en el grupo de hombres hay uno de tantos. No tiene la contraseña, pero tanto insiste que por excepción se le abre la puerta... Jorge Elliot, infame criatura, por un homicidio había estado a punto de ser atormentado en el ecúleo, y para librarse había apostatado de la fe y prometido un crimen mayor: el de traicionar al jesuita Campion y traer otros sacerdotes al suplicio... Terminada la misa (la última misa), parte Elliot, como Judas, a hacer pronto lo que piensa... De repente, alarma. El castillo está rodeado por un escuadrón de caballería. Elliot y un oficial con cien soldados penetran en él. ¿Escapará el jesuita? Dos días de intensa búsqueda; todo en vano. Rabioso Elliot va a salir; al bajar las escaleras golpea como por descuido el arco de la puerta; siente que resuena profundamente: ¡ha dado con el escondite!... Los tres sacerdotes ofrecen su vida a Dios. El infeliz apóstata grita loco de felicidad. Se ha merecido las treinta monedas... Campion se entrega al traidor, el cual lo pone en manos del gobernador de Bark. Un correo parte inmediatamente a Londres. Tres días después llega la respuesta; como un vulgar asesino es llevado a la capital entre doscientos soldados...

Encerrado en un calabozo de la Torre, después de la entrevista con la reina, se le conduce al tormento. Campion ora unos instantes de rodillas. Fortalece su pecho con la señal de la cruz. Los verdugos le despojan de sus vestidos; se le dispone en la rock (ecúleo). Comienza la tortura: ¡horror, crueldad, agonía!..., se va descoyuntando el cuerpo; se quiebran los huesos; se desgarran los nervios, demasiado tensos... La angustia del mártir en el rostro... Los jayanes siguen impasibles su faena. Chirría llorando la máquina del tormento... El héroe, lívido, invoca a Dios y no cede. Lentamente van pasando las horas interminables, y el mártir extendido..., perdonando a los autores de sus penas. Se suspende un instante la tortura para volver a comenzar de nuevo y volver a suspenderse y volver a comenzar. Y ahora sí, los doctores protestantes quieren disputar con él sobre cuestiones de fe; con fortaleza inalterable confunde a sus enemigos y les echa en cara su herejía. No se dan por vencidos los herejes; les queda un recurso todavía: el del tormento. Y otra vez comienza la tortura... En manos ajenas es llevado a su prisión, donde tendrán lugar otras tres disputas por orden expresa del Consejo. Pero Campion rebate gloriosamente a sus adversarios...

Por fin, el 16 de noviembre de 1581 se sentencia contra él pena de muerte en la horca por crimen de lesa majestad, por haber predicado la religión católica y por traidor. Cuando estuviere expirando se le bajará del patíbulo y, abierto el vientre, se dispersarán las entrañas, se le sacará el corazan con el grito de ¡He aquí el corazón de un traidor!, y se le arrojará al fuego; luego de cortarle la cabeza se descuartizará su cuerpo, que se repartirá en diversos lugares para escarmiento de todos.

En el calabozo, Elliot se le acerca para pedirle excusas. El padre lo perdona y le da cartas de recomendación a ciertos señores de Alemania... La mañana del 1 de diciembre entran los verdugos para llevarlo junto con el jesuita Briant y el padre Sherwin. Al salir los mártires encuentran aparejadas dos esterillas de mimbre atadas a sendos caballos y una multitud de pueblo reunida porque se habia hecho correr el rumor de que Campion se había enterrado un puñal en el corazón. Al verlo aparecer quedan atónitos. Él los saluda con amabilidad. Extendido boca arriba sobre su esterilla, los jayanes del suplicio lo aseguran fuertemente; y a los compañeros entre si. Arrastrados a la cola de los caballos avanzan por las calles de Londres. Llegan al Tyburn, donde está levantada la horca. Le señalan el carromato. Sube a pie firme. Le echan al cuello la saga de nudo corredizo... Murmullo de los espectadores; luego, un silencio... Un consejero de la reina le exige la pública confesión de sus traiciones. "Si ser católico, responde el jesuita, es ser traidor, me confieso tal. Pero si no, pongo por testigo a Dios, ante cuyo tribunal voy ahora a presentarme, que en nada he ofendido a la reina, a la patria o a nadie por que merezca el titulo o la muerte de traidor..." Y luego, justificándose de otras calumnias, puesto en oración reza el Padrenuestro y el Avemaría. Y para testimoniar que da su vida por la fe verdadera, suplica a los católicos presentes que reciten el Credo mientra él expira... Tiran del carro, y el Beato Edmundo Campion queda suspendido de la horca... Era el 1 de diciembre de 1581. Tenía cuarenta y un años de edad. Había nacido en Londres el 25 de enero de 1540.

MANUEL BRICEÑO J., S. I.



Fuente: www.cpalsj.org 
Edmundo Campion, Santo Mártir, 1 Diciembre  



Edmundo Campion, Santo

Es el primer santo inglés de la Compañía de Jesús. Con su simpatía, alegría contagiosa, con su patriotismo y oratoria supo dar, a los ingleses perseguidos, el entusiasmo que les faltaba para defender su fe. 

Niñez y juventud
Edmundo Campion nace en Londres, el 15 de enero de 1540, poco después que el rey Enrique VIII lograra separar a Inglaterra de la obediencia de la Iglesia católica.

Su padre fue un librero de Londres. Desde muy pequeño aprende a devorar libros. Al quedar huérfano, el gremio de los mercaderes de Londres decide encargarse de su formación. Fue un excelente alumno.

Esos son los años turbulentos de Eduardo VI, niño también de pocos años. 

Durante el reinado de María Tudor
Cuando cuenta 13 años, en 1553, Edmundo es elegido para componer y leer un discurso de felicitación a la Reina María Tudor. Ella también es hija de Enrique VIII y ha sucedido a su hermano Eduardo.

Poco después, el Alcalde Mayor de Londres, Sir Thomas White, determina fundar un Colegio católico, en Oxford. El cambio religioso, sucedido con el nuevo reinado, lo mueve a hacerlo. Recordando al joven Edmundo Campion, por el hermoso discurso a la Reina, le ofrece una beca en el nuevo Colegio. Edmundo pasa a educarse, entonces, al Colegio de Saint John, donde con distinción continúa sus estudios.

En Oxford
Cuando muere la Reina María, en 1558, las cosas se precipitan en Inglaterra y también en Oxford. Le sucede su hermana Isabel, hija de Enrique y de Ana Bolena, educada en la fe protestante.

El favorito de la Reina, el conde de Leicester, Roberto Dudley, es nombrado Canciller de la Universidad de Oxford.

Edmundo Campion tiene, entonces, 18 años. Ha sido nombrado profesor en el Colegio de Saint John. Un buen número de alumnos, sigue sus clases. La influencia de Campion aparece muy claramente. Los jóvenes frecuentan sus conferencias, imitan su tipo de elocuencia e incluso su modo de vestir. Con orgullo algunos empiezan a llamarse campionistas.

Fama de orador
A los oídos de Roberto Dudley llegó la fama de la oratoria de Edmundo Campion. Cuando muere su esposa, el Canciller dispone que sea Campion quien escriba y pronuncieel elogio fúnebre. San Edmundo compone un hermoso discurso que llenade satisfacción al vanidoso Canciller.

A la muerte de Sir Thomas White, el fundador del Colegio de Saint John, en 1564, Campion pidió el honor de escribir su elogio. La renovada admiración del Canciller,



Edmundo Campion, Santo

al escucharlo, hacen concebir en Campion una protección y un porvenir muy seguro.

Discurso ante la reina Isabel
Dos años más tarde, en 1566, la reina Isabel visitó Oxford. Entre las fiestas de recibimiento debe destacar un acto académico de filosofía.

Edmundo Campion, el joven profesor de 26 años, es el encargado de organizar y de mostrar, ante la Reina, la erudición, la profundidad de ciencia y la elegancia en el buen decir. Isabel se admira y decide de veras utilizar los servicios de Campion. Lo recomienda interesada a Leicester.

Vice canciller de Oxford
Roberto Dudley, conde de Leicester nombra entonces a Edmundo Campion, orador de la Universidad. Poco después, lo elige Prorrector de la misma, oficio que equivale al de Vice canciller.

Todos estos cargos, los recibe Campion antes de tener el grado de doctor, lo que resulta extraordinario. Es la promesa de una gran carrera.

Un paso en falso
Es posible que Edmundo Campion haya prestado el juramento de supremacía en 1560. Pero ello no lo intranquiliza. En forma regular frecuenta los ahora servicios protestantes de la capilla del Colegio de Saint John. Edmundo es católico y no piensa separarse de su fe. Pero la situación se va haciendo crítica.

Poco a poco, se deja vencer. En 1567 acepta la ordenación diaconal, de manos de su amigo el obispo de Gloucester, Ricardo Cheney, de la Iglesia reformada.

Sus amigos, entonces, se dividen, unos lo felicitan, los más se horrorizan. Edmundo Campion se sumerge en un mar de dudas y en un recriminarse por la decisión tomada.

Los estudios de teología
En Oxford la división es clara. Hay un partido católico mayoritario y un partido protestante ascendente.

Edmundo Campion vacila entre los dos, sin deseos de elegir. Su anhelo más íntimo es que lo dejen estudiar en paz y poder desempeñar sus deberes de profesor y de orador universitario. Según los estatutos del Colegio, su obligación es dedicarse al estudio de teología y aceptar la ordenación sacerdotal, si quiere continuar su carrera en la Universidad. Edmundo Campion posterga la decisión, hasta donde puede, concentrándose en el estudio de Aristóteles y en la teología natural.

En 1567 le fue necesario iniciar el estudio de los Padres de la Iglesia. Y en la medida de su avance, cada vez se siente más lejos de la Iglesia Anglicana. Trata de refugiarse en la oración. Consulta a su amigo Tobie Matthew quien parece no tener escrúpulos en el abandono de la antigua fe. “No leo a los Padres, para no creerles”, es la respuesta.

El camino de Tobie Matthew, más tarde obispo de Durham y después arzobispo de York, parece fácil. Edmundo Campion ama a Inglaterra, ¿es razonable rechazar lo bueno de la reforma por un anhelo de perfección?. Pero en Inglaterra no hay libertad. Y eso lo intranquiliza.

Tormentas exteriores
En la primavera de 1568, María Estuardo, católica y heredera del trono, fue hecha prisionera.

Poco después Gregorio Martin, su íntimo amigo durante trece años, abandona Oxford y se exilia en el continente.

La tormenta anglicana lo va presionando. Primero, pierde una beca. Después su cargo como juez escolástico de la Universidad.

La vuelta al buen camino
Con la aprobación de Leicester, Edmundo Campion se decide pasar a Dublin. Allí podrá trabajar en el proyecto de la creación de la Universidad Nacional.

Se adapta fácilmente al nuevo ambiente y empieza a vivir en paz con su conciencia. La católica Irlanda está bajo el poder del gobierno imglés, pero las leyes religiosas no se aplican.

En Irlanda
Con el pensamiento puesto en la Universidad irlandesa, prepara una disertación, De Homine Academico. Es un verdadero catálogo de las virtudes y cualidades de un formador universitario. Sin duda es su propio programa y que, en parte, lo siente realizando.

Poco tiempo después empieza a trabajar en una historia de Irlanda. Es toda una obra literaria. La dedica al conde de Leicester, buscando siempre una protección.

Tormentas interiores
El 25 de febrero de 1570, San Pío V dicta la Bula Regnans in Excelsis, de excomunión contra Isabel, liberando a sus súbditos de la obligación de obedecerla.

Una copia de la Bula es clavada en la puerta del palacio del obispo de Londres el 25 de mayo por el caballero católico John Felton. Este es torturado y ejecutado. En el cadalso regaló a la Reina un gran anillo de brillantes, que llevaba cuando fue arrestado, manifestándole que no deseaba su mal, pero que creía que se destitución era buena para el país y para su salvación eterna.

Una verdadera persecución cae, entonces, sobre los cristianos que continúan con su adhesión a Roma.Edmundo Campion, tocado íntimamente por los contenidos de la Bula y acosado por los remordimientos de conciencia, decide entonces dejar Irlanda. Por lo demás es buscado afanosamente por las autoridades, pues todo católico debe ser interrogado.

Perseguido, Campion vuelve a Londres. Allí no es buscado. Se le cree en Irlanda.

Testigo de un martirio
En Londres



Edmundo Campion, Santo

asiste, en Westminster Hall, atónito entre la muchedumbre, al despiadado juicio contra el Bienaventurado John Storey. Este se había exiliado en Flandes. Al poco tiempo, ya anciano, en el Colegio de Douai, recibió la ordenación sacerdotal. Sir William Cecil lo había hecho raptar y traer desde Amberes, acusándolo de traición.

Ese Colegio de Douai fue toda una institución para la restauración católica de Gran Bretaña. Había sido fundado por Sir William Allen a quien su fe lo obligó a abandonar Inglaterra y ordenarse de sacerdote en Lovaina. Lo fundó para los ingleses, con el fin de formar sacerdotes que pudieran, más tarde, predicar la fe en la patria. Algunos años más tarde, ya cardenal, fundó otro Colegio similar en Reims.

En Flandes
Edmundo Campion decide pasar a Flandes. Consigue dinero entre sus antiguos alumnos católicos y se embarca el 1 de junio de 1571.

Una fragata inglesa intercepta a la nave. Por no llevar pasaportes, Campion es detenido y devuelto a Inglaterra. El capitán se queda con el dinero y lo deja huir, pero en territorio inglés.

De nuevo, muy pronto, consigue dinero entre los amigos. Un segundo intento y, esta vez, feliz. A fines de junio de 1571, con grandes muestras de gozo y alegría fue recibido en el Colegio de Douai.

Gran parte de los trece candidatos que, allí, se preparan al sacerdocio son antiguos amigos y los más, alumnos suyos en Oxford. Allí está su amigo Gregorio Martin.Estudios sacerdotales

En Douai, San Edmundo Campion vuelve formalmente a la Iglesia católica. Es admitido a los sacramentos, de los que ha estado privado desde hace más de diez años. Se siente feliz, viviendo en una comunidad enteramente católica. Sir William Allen lo considera como una adquisición sensacional.

Dos años enteros dedica Edmundo Campion a terminar los estudios de teología. En Douai recibe las órdenes menores y el subdiaconado, requisitos exigidos por la Iglesia católica antes de las órdenes del diaconado y el sacerdocio.

Al pedir las órdenes sagradas y al recibirlas, Campion siente que puede expiar la falta de haber sido ordenado diácono por un obispo anglicano.

Discernimiento vocacional

Después viene el largo discernimiento. ¿Qué debe hacer?. Señor, ¿qué quieres que haga?.En la oración comprende que debe dirigirse a Roma y que allí el Señor le mostrará el mejor camino.

Viaje a Roma
El viaje a Roma lo hace, solo y a pie, en penitencia. Pide limosna en los caminos y ora sin cansancio. A fines de febrero de 1573, llega a la Ciudad eterna. Por cierto, se hospeda en el hospital de los ingleses, como peregrino.

El primer tiempo lo dedica a la oración y a la visita de las principales Iglesias de Roma. Visita al cardenal Gesualdi con quien tiene largas conversaciones a propósito de la Bula Regnans in Excelsis.

Pero pronto, entiende claramente la voluntad de Dios. Debe entrar en la Compañía de Jesús. En ella podrá darse a los demás y, con la voluntad del Señor, podrá volver a predicar la fe en Inglaterra.

Su ingreso a la Compañía de Jesús

Es admitido por el P. Everardo Mercuriano, recién elegido General de la Compañía. La Congregación General continuaba todavía en funciones. Varios de los padres congregados, lo han conocido y oído hablar de él. La simpatía de Campion les gana el corazón a todos. Cada Provincial lo quiere para su propia Provincia. En Inglaterra no hay jesuitas. El General, lo admite para la Provincia alemana, la de Austria.

Noviciado
En Austria Terminada la Congregación General, a mediados de junio de 1573, con el P. Provincial alemán viaja a Praga para iniciar su noviciado de dos años. San Edmundo Campion es uno de los fundadores del Noviciado en Brünn, muy cerca de Praga. Allí, todo le es fácil, en especial la experiencia del mes de Ejercicios. Los trabajos humildes y el apostolado le resultan llenos de consolación. Y su facilidad en los estudios le sirve extraordinariamente para el aprendizaje del nuevo idioma.

En Praga
En septiembre de 1574, los Superiores lo destinan al Colegio de Praga, a continuar el noviciado e iniciar la etapa de magisterio con los alumnos de retórica. Sus cualidades literarias, adquiridas en Oxford, le permiten un año brillante. En 1575 hace los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia. En el Colegio, funda la Congregación Mariana (hoy, Comunidades de Vida cristiana, CVX) para sus alumnos. Al año siguiente le añaden el cargo de Prefecto general del Internado y las predicaciones en la Iglesia. En diversas ocasiones predica en la corte. Y con su oratoria verdaderamente atrayente se gana el ánimo del mismo emperador Rodolfo II.

Ordenación sacerdotal
El 8 de septiembre de 1578, el arzobispo de Praga lo ordenó sacerdote. Y hasta marzo de 1580 ejerce en la capital del imperio su sacerdocio y ministerio de enseñanza. El idioma alemán parece no tener secretos para él.

Llamado a Roma
Por ese tiempo, el cardenal y doctor, Sir William Allen, fundador del Colegio de Douai, presenta al Papa Gregorio XIII y al P. General Everardo Mercuriano, un largo y muy bien fundado memorial. En él solicita el envío de refuerzos sacerdotales a Inglaterra. El Colegio inglés de Douai ha crecido mucho. Cada año se ordenan treinta o cuarenta sacerdotes. Más de la mitad logra atravesar el Canal hacia Inglaterra. Los informes recibidos coinciden respecto al entusiasmo de las gentes, al deseo de recibir los sacramentos y al ansia de ser reconciliados con la Iglesia. El Papa Gregorio XIII decide apoyar al cardenal Allen y funda en Roma el Colegio Inglés. Los primeros seminaristas vienen todos desde Douai. Dos años después, en 1578, la dirección del Colegio Inglés es entregada a la Compañía de Jesús, con gran gozo del cardenal Allen. El P. General Everardo Mercuriano se aviene a tomar la dirección del Colegio y a hacer suyos los objetivos de su fundación. Es decir, promete al cardenal Allen que la Compañía de Jesús enviará misioneros a Inglaterra. Allen pide expresamente al P. Edmundo Campion para la primera expedición. El P. General accede.

San Edmundo Campion es, entonces, llamado a Roma.

Destino a Inglaterra
San Edmundo deja Praga el 25 de marzo de 1580, postergado algunos meses por el Provincial de Austria. Llega a Roma el sábado de Pascua, el 9 de abril. El viaje lo hace a pie, a caballo y en parte en coche, de acuerdo a los azares del camino. En Roma, San Edmundo Campion, con profundo gozo, acepta la invitación del P. General. Su compañero de misión será el P. Roberto Persons, jesuita inglés, seis años más joven que él.

San Edmundo lo conoce bien desde los tiempos de Oxford. Fue su discípulo, y Campion al saberlo católico lo había liberado del juramento de supremacía. Las autoridades entonces intervenieron y Persons debió prestar el juramento, pasando así a ser profesor del Colegio de Balliol. A ruegos de Campion, el P. Persons es nombrado Superior de la Compañía de Jesús en Inglaterra.

Instrucciones
Las intrucciones del General de la Compañía son muy precisas. Se verán obligados a descartar el traje talar y a viajar disfrazados. Deberán vivir entre seglares bajo nombres supuestos. Vivirán solos durante largos períodos. No podrán realizar retiros periódicos para recobrar las fuerzas espirituales. El objetivo de la misión queda también delineado. Trabajarán en “la conservación y aumento de la fe de los católicos de Inglaterra”. No deberán disputar con los protestantes. Les queda prohibido, en forma absoluta, inmiscuirse en los asuntos de Estado o enviar informes políticos. No deben permitir ninguna conversación contra la Reina. San Edmundo recibe las aclaraciones que pide. Queda claro, la Bula Regnans in Excelsis obliga sólo a la Reina y a los protestantes. Los católicos, mientras la Reina gobierne de facto, deben obedecer en todo lo que no toque a la fe católica.

El viaje a la patria
El 18 de abril de 1580 sale de Roma esa primera expedición jesuita a Inglaterra. La componen los PP. Roberto Persons, Edmundo Campion y el Hermano Rodolfo Emerson.
Con ellos van otros tres sacerdotes del Colegio inglés, dos seminaristas y cuatro sacerdotes ingleses radicados en Roma.Antes de salir, el Papa Gregorio XIII los abraza, a cada uno, cariñosamente, los bendice, a ellos y a toda Inglaterra. San Felipe Neri también los bendijo. En Milán, San Carlos Borromeo los obliga a alojar en su propio palacio arzobispal. Edmundo Campion predica en la Catedral, con gran complacencia del arzobispo. El resto del viaje lo hacen a través de Suiza, país ya sumido en las ideas de la reforma protestante. En Ginebra son admitidos, por ser ingleses, a pesar de ser católicos. San Edmundo, incluso, tiene una conversación con el célebre calvinista Teodoro Beza, ya anciano, quien lo recibe en su casa, después de comer. Fue una velada agradable, llena de humanismo.

En Reims tiene lugar el encuentro con el cardenal doctor, Sir William Allen. Campion, a petición de su amigo, predica a los jóvenes ingleses del Seminario. En su propio idioma, después de tantos años. Lo hace con fluidez y corrección, como si jamás hubiera dejado Inglaterra.

Inglaterra
El ingreso en Inglaterra resulta muy difícil. Las autoridades inglesas ya estaban en conocimiento de la expedición católica. Los informantes han comunicado nombres y también fechas. Conocedores de la dificultad, los jesuitas resuelven disolver la expedición. Cada cual, ingresará como pueda hacerlo.

Los jesuitas flamencos del Colegio de San Omer, prepararon el paso del Canal. Los tres jesuitas no deben viajar juntos. El P. Roberto Persons, como Superior, será el primero. Los otros dos pasarán a Inglaterra un tiempo después. Roberto Persons, vestido de militar y fingiendo ser soldado de los Países Bajos, cruza el Canal sin mayor dificultad. Edmundo Campion y Rodolfo Emerson, vestidos de mercaderes, son detenidos en Dover, el 24 de junio. Las autoridades tienen sospechas, los registran minuciosamente, pero al fin los dejan pasar. Ambos se dirigen al puerto de Gravesend, distante 30 kilómetros de Londres. En un bote, por el Támesis, llegan a la capital. Entretanto, el P. Roberto Persons había encargado a jóvenes católicos que se turnaran, paseándose, en los muelles de Londres. Uno de ellos los reconoce, por las señas del Hermano, y los lleva a la casa alquilada por Persons.Ministerios.

Así comenzaron los años ingleses del ministerio de Campion. El mejor resumen de esos años lo da él mismo en carta al P. General. “Por todas partes se publican contra nosotros edictos llenos de amenazas”. “Con las precauciones que tomamos y con las oraciones de los buenos y, especialmente con el favor de Dios, hemos recorrido con toda felicidad buena parte de la isla. 

Nunca nos han faltado personas, que olvidadas de su propio peligro se mostraron solícitas de nuestra seguridad”. “La persecución se ha embravecido. Nuestra comunidad está triste, porque no se habla sino de muerte, de prisión o pérdida de bienes de los fieles. 

Y con todo, vamos adelante animosamente”. “En la actualidad son innumerables los que vuelven a la Iglesia. Trabajo desde muy de mañana hasta gran parte de la noche, habiendo cumplido los diversos oficios y predicado algunos días dos veces. Trabajo en una infinidad de asuntos: doy respuesta a casos de conciencia, organizo el trabajo de otro sacerdotes distribuyéndolos donde hubiere mayor necesidad; reconcilio a los separados con la Iglesia, procuro ayudas temporales para los que sufren en las cárceles. Son tantos, que fácilmente desmayaría de fatiga, pero es Dios quien favorece”. 

“La mayor consolación la recibimos al constatar la increible alegría de estos hermanos, por nuestra venida a Inglaterra”.

Defensa de la fe
Fue muy célebre el famoso documento, escrito por San Edmundo dirigido al Consejo de la Reina. En él refuta el falso rumor, difundido por las autoridades. Los católicos, de ninguna manera, pretenden la desobediencia civil y aman especialmente a la Reina Isabel. El excelente estilo gusta a todos, aún a muchos protestantes. Las ediciones de este escrito se multiplican y es conocido por toda la población.

Los católicos se sienten muy confortados y tranquilos al verse defendidos en su patriotismo. Poco después Campion compone y edita, en abril de 1581, su opúsculo “Diez Razones“, un compendio de la fe católica y los principales argumentos teológicos. Esta obra ocasiona una verdadera revolución en la Iglesia reformada. Fue todo un éxito. Católicos y protestantes no pueden hablar, durante meses y en todas partes, sino del libro del P. Edmundo Campion. Las autoridades, muy molestas, se endurecen y la persecución se hace más rigurosa. En la Universidad de Oxford, el libro de Campion fue conocido y comentado, con admiración, por todos y en especial por sus compañeros y antiguos discípulos.

Detención
El 16 de julio de 1581, el P. Edmundo Campion es detenido en el castillo de Lyford. Es traicionado por Jorge Elliot, quien se ha hecho pasar por católico. San Edmundo no guarda rencor alguno al traidor. Requerido por él, sonriendo le dice: “Dios te perdone, Jorge, y yo te perdono. Si te arrepientes y te confiesas, yo te absolveré, pero tendrás que hacer penitencia”. Es llevado a Londres y encerrado en la Torre. En el calabozo Little Ease, tal vez el más lóbrego y húmedo, de las 22 torres. Allí pasó el primer tiempo. Por expreso deseo de la Reina Isabel, es llevado a su presencia, al cuarto día. “¿Me tenéis por verdadera Reina de Inglaterra?”. “Sí, Majestad”. La Reina promete: “Os ofrezco la vida, la libertad, bienes de fortuna, grandeza y honores, si consentís en servirme”. La respuesta de San Edmundo es muy rápida: “Soy vuestro vasallo, mi Reina, pero soy católico”. Por ultimo la Reina dice: “En vos no hay otro crimen que el ser papista”. “Esta es mi mayor gloria”, le contestó Campion, con un buen humor inglés.

Prisión
Se le dio un trato muy humano, para ablandarlo. Los carceleros, por expreso encargo de la corte, renuevan constantemente las promesas de la Reina. Le dicen que su conversión al protestantismo lo llevará al arzobispado de Canterbury. Cuando las autoridades constatan el fracaso, lo someten a la tortura. Pero no logran una sola palabra de debilidad. Ni siquiera una indiscreción que pudiera delatar a los otros jesuitas, o a algún católico.

Disputas teológicas
Destrozado por los tormentos, días después, lo hacen disputar con los mejores teólogos protestantes. San Edmundo Campion hace un gran esfuerzo. Muestra serenidad, e incluso amabilidad con todos. Con un dejo de humor les dice no estar en las mejores condiciones para sostener una discución teológica.

Y, sin embargo, con verdadera sabiduría expone muy bien los argumentos. El conde de Arendel, protestante, hijo del duque de Norfolk, presente en las disputas y convencido por Campion, decide volver a la fe católica. Merecerá más tarde dar su vida por la fe.

Condenación a muerte
A los actos finales lo acompañan San Alexander Briant y el Bienaventurado Thomas Cottam, ambos sacerdotes de la Compañía de Jesús, Ralph Sherwim y otros sacerdotes católicos. San Edmundo dijo en esa ocasión: “Se nos acusa y se pide nuestra muerte. No tenemos a quien apelar, sino a las conciencias de Uds. ¿Pueden Uds. creer a nuestros acusadores?.

Uds. lo saben, ellos han traicionado a Dios y al hombre. No han mostrado el menor fundamento para dar crédito a sus juramentos. Ni siquiera son hombres honrados. Aunque Uds. quisieran creerles, no pueden. Yo encomiendo todo a Dios. Esta condena la encomiendo a Uds. Nunca hemos temido a la muerte. Lo único que podemos decir es, que si nuestra religión nos hace traidores, merecemos ser condenados. Pero somos, y hemos sido, los mejores súbditos que la Reina haya tenido. Al condenarnos, Uds. condenan a todos nuestros antepasados, a todos los sacerdotes, obispos y reyes, a todo lo que fue la gloria de Inglaterra, la isla de los santos y la más fiel hija de la Sede de San Pedro. La posteridad nos dará la razón. El juicio futuro no va a estar sujeto a la corrupción como el de hoy.” Y ese día, el 21 de noviembre de 1581, todos son condenados a muerte. “Sean llevados a Tyburn. Serán ahorcados. Descolgados con vida, se les cortarán las partes inferiores y se les arrancarán las entrañas para ser quemadas en presencia de ellos. Se les cortará la cabeza y serán descuartizados. Y Dios tenga piedad de Uds”. San Edmundo Campion entona entonces el Te Deum. Los otros sacerdotes condenados lo siguen en su canto. 

Los últimos días
San Edmundo estuvo encadenado los once días que mediaron entre el juicio y la ejecución. Recibió la visita de una hermana, facultada para hacerle el último ofrecimiento de libertad y de grandes beneficios, a condición de que renunciara a su Fe. También lo visita Jorge Elliot. “Si yo hubiera pensado que habíais de sufrir algo más que la prisión, yo nunca os hubiera acusado”. “En ese caso, le contesta con humor Campion, os suplico, en nombre de Dios, que hagáis penitencia y que confeséis vuestro pecado, para gloria de Dios y salvación de vuestra alma“. Y ante el temor manifestado por Elliot, por las posibles represalias católicas, le agrega: “Estáis equivocado si creéis que los católicos llevan su odio y su ira hasta la venganza. Para que os sintáis seguro, si queréis, os recomendaré a un Duque católico alemán, donde podréis vivir en paz”. 

El carcelero de San Edmundo Campion, presente en la entrevista, se conmovió de tal modo por la generosidad de Campion, que se hizo católico.

El martirio
El 1° de diciembre de 1581 sufre el martirio, en compañía de San Alexander Briant y de Ralph Sherwim.Lo sacan de la Torre. Está lloviendo. Ha llovido durante varios días. Un gran multitud se ha agolpado a las puertas. San Edmundo, con una sonrisa, los saluda a todos. “Que Dios os salve, caballeros, y os haga buenos católicos”. Lo atan a una rastra tirada por un caballo. A él y a Briant los arrastran lentamente por la lluvia y el barro, hasta llegar a Tyburn. Al pasar por el Arco de Newgate ve una imagen de la Virgen María, que se ha salvado de los martillazos, y la saluda cariñosamente. En el camino un católico le enjuga el rostro, salpicado de lodo y suciedad. San Edmundo le dijo: “Dios te premie y te bendiga”.

En Tyburn, San Edmundo subió a la carreta instalada bajo la horca. El mismo se pone la soga alrededor del cuello. Entonces, pide utilizar el derecho que le otorga la ley, decir unas palabras.“Soy inocente de las traiciones que me han acusado. Soy católico y sacerdote de la Compañía de Jesús. En esta fe he vivido y en ella quiero morir”. Entonces le gritan que pida perdón a la Reina.”¿En qué la he ofendido?. Soy inocente. He rezado y rezo mucho por ella”. Un cortesano le exige que diga por cuál Reina reza. “Por Isabel, vuestra Reina y la mía, a la que deseo un largo reinado, tranquilo y feliz”. De inmediato dieron orden de retirar la carreta que estaba bajo sus pies. Y San Edmundo queda colgando. Inconsciente, tal vez muerto, cortan la cuerda que lo ata y el carnicero lo descuartiza. Entre los presentes, en primera línea, está Enrique Walpole, un joven de familia católica, pero inclinado a la reforma. Tan cerca está, que un poco de sangre le salpica el abrigo cuando el carnicero arranca las entrañas de Campion y las arroja al caldero de agua hirviendo. Enrique Walpole se conmovió profundamente. Tanto que decidió, poco después, cruzar el mar y ordenarse de sacerdote en la Compañía de Jesús. Trece años más tarde morirá del mismo modo que San Edmundo, en el cadalso de York.

Glorificación
San Edmundo Campion fue canonizado el 25 de octubre de 1970 conjuntamente con San Alexander Briant, San Enrique Walpole y otros siete jesuitas, ingleses y galeses, mártires de la fe, como él. También fue canonizado su compañero San Ralph Sherwim.

30 nov 2014

Santo Evangelio 30 de Noviembre de 2014



Día litúrgico: Domingo I (B) de Adviento

Texto del Evangelio (Mc 13,33-37): En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que un hombre que se ausenta deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!».


Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento

Hoy, en este primer domingo de Adviento, la Iglesia comienza a recorrer un nuevo año litúrgico. Entramos, por tanto, en unos días de especial expectación, renovación y preparación.

Jesús advierte que ignoramos «cuándo será el momento» (Mc 13,33). Sí, en esta vida hay un momento decisivo. ¿Cuándo será? No lo sabemos. El Señor ni tan sólo quiso revelar el momento en que se habría de producir el final del mundo.

En fin, todo eso nos conduce hacia una actitud de expectación y de concienciación: «No sea que llegue (...) y os encuentre dormidos» (Mc 13,36). El tiempo en esta vida es tiempo para la entrega, para la maduración de nuestra capacidad de amar; no es un tiempo para el entretenimiento. Es un tiempo de “noviazgo” como preparación para el tiempo de las “bodas” en el más allá en comunión con Dios y con todos los santos.

Pero la vida es un constante comenzar y recomenzar. El hecho es que pasamos por muchos momentos decisivos: quizá cada día, cada hora y cada minuto han de convertirse en un tiempo decisivo. Muchos o pocos, pero —en definitiva— días, horas y minutos: es ahí, en el momento concreto, donde nos espera el Señor. «En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera —este momento único, que cada uno recuerda y en el cual uno hizo claramente aquello que el Señor nos pide— es importante; pero todavía son más importantes, y más difíciles, las sucesivas conversiones» (San Josemaría).

En este tiempo litúrgico nos preparamos para celebrar el gran “advenimiento”: la venida de Nuestro Amo. “Navidad”, “Nativitas”: ¡ojalá que cada jornada de nuestra existencia sea un “nacimiento” a la vida de amor! Quizá resulte que hacer de nuestra vida una permanente “Navidad” sea la mejor manera de no dormir. ¡Nuestra Madre Santa María vela por nosotros!

San Andrés 30 de Noviembre



30 NOVIEMBRE
HOMILÍAS

LECTIO DIVINA

S A N   A N D R É S
(+ s. I)

La liturgia griega distingue a San Andrés con el titulo de "protocletos", "el primer llamado"; pero, en rigor, este titulo ha de compartirlo con el apóstol Juan; ellos fueron los primeros que, en una tarde inolvidable, escucharon las palabras, nuevas para el mundo, de Jesús. Este recuerdo, siempre fresco en la memoria de Juan, ha quedado esculpida en su Evangelio.

Juan Bautista, austero y centelleante, habia encendido los ánimos y alentado la esperanza del pueblo judío, que ansiaba al Redentor. Jesús en Nazaret cuelga las herramientas de carpintero—su Madre lo mira expectante—y, envuelto en los peregrinos, se hace bautizar por Juan en el Jordán. Iba a empezar su vida pública. Una de aquellas tardes, el Bautista se encuentra dialogando con sus discípulos, a corta distancia pasa Jesús. El Bautista exclama, con voz y mirada de profeta: "He ahí el Cordero de Dios". Juan y Andrés se miraron con ojos encendidos; atónitos, siguen a Jesús de cerca. Atrás queda el Bautista. El mundo da aquí el primer paso hacia Jesús. Jesús acepta y agradece su gesto al decirles: "¿Qué buscáis?" Quieren saber dónde vive para dialogar en la intimidad y en el secreto del hogar. Hay por medio un misterio que no se puede decir en la calle. "Rabbí, que quiere decir Maestro, ¿dónde habitas?" "Venid y ved", les dijo Jesus. Le acompañaron a su morada. Una de tantas cabañas para guardianes de campos que aún hoy se conservan. Allí pasaron con Jesús desde las cuatro de la tarde hasta el anochecer.

Nos conmueve pensar en el diálogo de aquella tarde entre Jesús y los dos discípulos del Bautista. Aquellas palabras de Jesús, que inicia su vida piiblica de una forma tan sencilla, debieron de ser como las primeras flores intactas de una rica primavera o como el agua primera de una fuente. El mundo no habia hollado esas palabras ni los hombres habian adulterado su contenido. Palabras recién estrenadas para un mundo que debía encontrar en ellas su salvación. Alborea alegre la era de la gracia. Las palabras de Jesús iban horadando los corazones de aquellos pescadores sencillos, ya preparados por la predicación de Juan. Aquel gozo espiritual, aquel descubrimiento insospechado llenó de un entusiasmo sin doblez el corazón de Andrés. Al llegar a casa con la impresión de la entrevista, dijo a su hermano Pedro: "Hemos hallado el Mesías". Y Pedro contagiado por la fe de su hermano, corre a Jesús, y en Él encontró la hora inicial de una singular grandeza. Empieza a granar el mensaje de Jesús en los pobres. No fue ésta sin embargo, la llamada definitiva. Andrés volvió a mojar sus pies en el lago de Genesaret, a echar las redes y a sufrir los encantos y desencantos anejos al duro oficio de pescador.

Las barcas se alinean junto a la costa; los pescadores, descalzos, preparan sus redes o hacen el recuento de la pesca recogida; cae el sol lenta, majestuosamente; hay alegria y esperanza. Pasa Jesús y junto aquellos pescadores en faena lanza la red de su llamada: "Venid y os haré pcscadores de hombres". Allí quedó todo: el mar y la barca, peces y redes, y se fueron en pos de Jesús. Eran Andrés y Pedro. Después Santiago y Juan.

Durante los tres años de la vida pública, la vida de San Andres se hunde en el anonimato. Rápidos destellos fulgurantes nos descubren apenas la contextura espiritual del apóstol. Una vida andariega, azarosa, junto al Maestro, oyendo y empapándose del embrujo desconcertante de sus enseñanzas y de su vida. Privaciones, sufrimientos y la amargura final de una decepción cruel a la muerte de Jesús.

Pocas veces nos citan su nombre los evangelios. En la multiplicación de los panes se hace ,cargo de la imposibilidad de dar de comer a la multitud con cinco panes y dos peces. "Señor, aquí hay un joven que tiene cinco panes y dos peces. Pero ¿qué es esto para tanta gente?" También con Felipe sirvió de intermediario entre Jesús y unos griegos, llegados para la fiesta de la Pascua que querían verle, asombrados por el ardor de la gente que seguía al Maestro. Su nombre aparece, por excepción, entre los tres discípulos predilectos—Pedro, Juan y Santiago—cuando éstos pedían explicaciones a Jesús sobre los acontecimientos del fin de Jerusalén y sobre la predicción sombría del fin del mundo. A esto se reducen los relatos evangélicos.

De ellos se deduce que era natural de Betsaida. Ciudad situada junto al lago de Genesaret, visitada frecuentemente por Jesús y favorecida con multitud de milagros, no supo corresponder a esta predilección de Cristo, por lo cual fue duramente maldecida por Él. De allí salieron Santiago, Juan y Felipe, además de Pedro.

De oficio era pescador, por lo que su vida se desarrollaba en el lago y sus alrededores. Participaba de los vicios y virtudes de los de su clase, sometidos a una vida y un paisaje que influía hondamente en sus caracteres. "Los pescadores son gentes, por lo general, sencillas y poco cultas. Estos hombres enjutos, curtidos al sol y al viento, viven entregados totalmente a su oficio, tienen que pasar noches enteras sin dormir, en maniobras ininterrumpidas con las redes" (William). En esta vida dura y áspera, con sus muchos fracasos y escasa alegrías, fue donde se forjó la firme vocación del apóstol. La intrepidez y la constancia, alentada por la fuerza del Espíritu, hizo de él un apóstol decidido.

Vivía, aunque mayor, con su hermano Pedro. Con éste se trasladó desde Betsaida a Cafarnaún cuando Jesús hizo a esta ciudad centro de sus operaciones apostólicas.

No sabemos con seguridad si estaba casado, como Pedro, o soltero. Ni el Evangelio ni la tradición posterior nos dicen nada claro sobre esta materia. Las opiniones de los Santos Padres y escritores antiguos se dividen y no es posible encontrar una solución clara. La opinión más común es que todos los apóstoles, excepto Juan, estuvieron casados. También podría ser que los dos primeros apóstoles que hablaron con Jesús fueran vírgenes. De cualquier modo, todo lo dejó por seguir a Cristo.

Aparece San Andrés como hombre de índole calmada y serena, opuesto a la impetuosidad característica de su hermano Pedro. De corazón noble y abierto, inspiraba simpatía y confianza. De carácter sensible, era fácil al entusiasmo sencillo cuando una gran idea le dominaba. Aunque participó en las pequeñas rivalidades de los apóstoles sobre cuál sería el mayor y podía presentar el título de "primer llamado", no parece, sin embargo, apetecer grandes cosas. Le vencían en atrevimiento y en arrojo los hijos del Zebedeo, y sobre todo su hermano Pedro. Más sensato y prudente, Andrés; más pagado de sí mismo, y, por lo tanto, sujeto a más imprudencias, Pedro; los dos de espíritu leal y constante, sano y abierto. Si alguna virtud ha de calificarle, sería la sencillez.

Todo esto se deduce de las referencias bíblicas y también de las noticias que nos dan los Santos Padres y los escritores eclesiásticos. En cuanto a éstas, que recogen la tradición en torno al santo apóstol, no todas son igualmente ciertas, y por eso es conveniente distinguir lo cierto de lo dudoso.

Entre los documentos más antiguos que hablan de San Andrés, es importantísima la carta de los presbíteros de la iglesia de Acaya dirigida a toda la Iglesia. En ella, cariñosa y largamente, se narra el martirio de San Andrés en la ciudad de Acaya. De esta carta proceden la mayor y mejor parte de las noticias que nos da la antigüedad cristiana. Además, cada día los eruditos que han estudiado este documento, se inclinan a darle más valor histórico, si no en las circunstancias, sí en lo substancial del relato. En ella nos vamos a apoyar para lo que sigue.

Es tradición que después de la venida del Espíritu Santo le correspondió a San Andrés evangelizar la Escitia, cuna de pueblos bárbaros y feroces, en la parte sur de la Rusia actual, junto al mar Negro. Mas, como los demás apóstoles, no se limitaría a una sola región. La tradición recogida por los escritores antiguos nos da noticias de otras tierras evangelizadas: Asia Menor, Peloponeso, Tracia, Capadocia, Bitinia, Epiro. Traspasaría el Cáucaso y penetraría en las fronteras del Imperio romano. Estas tierras vendrían a ocupar en el mapa moderno, al menos en parte, las regiones de Grecia, Turquía, Bulgaria, Albania, Yugoslavia, Rumania, Ucrania y, sobre todo, las ciudades junto al mar Negro.

A San Andrés atribuye Nicéforo, en su catálogo de obispos de la Iglesia de Bizancio, la creación de esta sede, tan importante en el Oriente por su esplendor político y religioso frente a Roma. Dice Nicéforo: "El apóstol Andrés fue el predicador del Evangelio en Bizancio. Construyó un templo, donde se rogaba a Dios con santas oraciones, y ordenó obispo a su sucesor". Evangelizó, pues, segun esta tradición, la ancha zona de contacto entre Europa y Asia habitada por gentes refinadamente cultas, degradadas en sus cultos misteriosos y en sus costumbres corrompidas; o por gentes de instintos salvajes y bárbaros, que amenazaban la seguridad del pueblo romano.

San Isidoro de Sevilla recoge la tradición que dice que el apóstol Andrés predicó a los etíopes.

Más explícita es en cuanto al martirio la narración de los presbíteros de Acaya. No se puede dudar, a la luz de tantos y tan graves testimonios, que murió en Patrás ciudad de la región de Acaya, en la península de Crimea. Ciudad helénica que debe su celebridad precisamente al martirio de San Andrés.

El martirio consistió en ser colgado en una cruz aspada en forma de equis. La tradición la llama cruz de San Andrés y es el símbolo tradicional para distinguir a este apóstol. El arte la ha consagrado así. Cruz distinta en su forma a la de Jesús y Pedro. Tampoco fue clavado en ella, sino atado con fuertes cordeles por las extremidades, a fin de prolongar su agonía y hacer su muerte más dolorosa. Jesús y los dos hermanos—Pedro y Andrés—fueron crucifi,cados, aunque cada uno de forma diferente. Cristo les reservó una muerte semejante, como un lazo que los une en la vida y en la muerte, en la fidelidad a la misión evangelizadora, en el testimonio último de la sangre. Asemejarse a Jesús hasta en la muerte es una gracia que Dios otorgó a los dos pescadores de Galilea.

Estas son las circunstancias de su martirio. Llega Andrés a Patrás de Acaya, y su predicación es tan bien recibida por los paganos, que en poco tiempo son muchos los que creen en la predicación y en los milagros del discípulo de Cristo. En Roma se perseguía ya a los cristianos. Por los caminos del Imperio, hollados pacíficamente por los apóstoles, corrían las noticias de que en la Urbe no era grata la secta de los cristianos. Egeas, procónsul romano en Acaya, temió la rápida eficacia de la predicación de Andrés, y por fidelidad a Roma inició la persecución. No se dirige directamente al apóstol, sino a sus discípulos. Y éste, superando los momentos de turbación, se presenta directamente a Egeas. Va a jugar su última batalla. Quiere atraerle dulce o severamente a la verdad o morir en testimonio de esa verdad que predica.

Frente a frente Andrés y Egeas, van a discutir de los altos misterios del cristianismo. Andrés predica la salvación por la cruz de Cristo: pero Egeas, pagano, que sabe que la cruz es el castigo infamante propio de esclavos, afrenta suprema entre gentiles, se mofa de la muerte ignominiasa de Cristo en la cruz. El Santo, encendido en celo y en santa ira, hace un elogio lleno de vida de la cruz y de su poder salvador en Cristo. Se le escapan dos lágrimas, que denotan, no dolor, sino el ansia de morir en la cruz, de imitar al Maestro hasta en la muerte.

"Las almas perdidas—dice el apóstol—hay que rescatarlas por el misterio de la cruz." El corazón de Egeas se endurece. Un romano nunca podrá esperar la salvación de un crucificado. Intenta disuadir al Santo de sus propósitos, pero todo es inútil: la obsesión santa de la cruz le hace desear en su corazón tal género de martirio, y la maldad endurecida del procónsul no tiene inconveniente en dar este suplicio refinado a aquel hombre que le predica una verdad absurda, que no comprende. Una vez más, la verdad clara de Cristo luchando con las tinieblas paganas hasta hacer correr la sangre de los que llevan la antorcha de la luz.

Antes de colgarlo en la cruz aspada manda azotarlo bárbaramente. El deseo de la cruz lo devora, y es más tardo el verdugo para ponérsela en los hombros que el Santo para abrazarse con ella. Al verla arde su corazón en un monólogo íntimo y expresivo, una cordial bienvenida al ser deseado largamente. Como al niño a quien su sueño más bonito se le convirtiera en una realidad. Este es el saludo: "Me acerco a ti, ¡oh cruz!, seguro y alegre; recíbeme tú también con alegría. Acuérdate que soy discípulo de Aquel que pendió de ti. Siempre me has guardado fidelidad y yo ardo en deseos de abrazarte. ¡Oh cruz, llena de bienes!, tú has robado la belleza y esplendor de los miembros del Señor, que eran las piedras preciosas que te adornaban. ¡Cuánto tiempo te he deseado, con qué ansiedad y constancia te he buscado, y por fin mi espíritu, que te añoraba dulcemente, te ve delante de mí! Líbrame de los hombres y llévame a mi Maestro, para que de tus brazos me reciba quien en tus brazos me salvó".

En esta cruz tan ardientemente apetecida estuvo cuatro dias y cuatro noches, explicando las últimas lecciones, y las más hermosas, a los discípulos, que no se quitaban de su lado. Los confortaba, los animaba a sufrir y a esperar. Aquella lenta agonía le hacía gustar con más fruición el fin de sus dias, la inmolación por el Maestro. Poder testimoniar y rubricar con la propia sangre lo que fue semilla de verdad por los caminos del mundo. La misión de apóstol estaba cumplida, y de los ásperos brazos de la cruz voló a los brazos calientes de Jesus. Su cuerpo, recogido con cariño por los discípulos, fue enterrado por una noble matrona.

Hasta aquí el relato resumido, del cual bien podemos tener por cierto la substancia del hecho, envuelto en unas circunstancias que lo hacen más jugoso y admirable.

Andrés ha sido un apóstol, ha coronado felizmente su carrera apostólica. El apóstol da testimonio de la verdad del que le envía. La llamada de Jesús le ha conferido un sello imborrable y le ha confiado una misión. El apóstol es el enviado de Jesús, y aquí está su grandeza. No en sus dotes personales, en sus valores humanos, en su actividad, en su influencia; la magnitud de su personalidad reside en que un día Jesús puso en él sus ojos, comprendió la mirada penetrante, aceptó la misión que se le encomendaba y fue fiel hasta la muerte al mensaje recibido de Jesús, sin arredrarse ante la muerte ni ante los poderes humanos. Ser apóstol es orientar la vida y la obra hacia Jesús y hacia los hombres: recibir de Jesús palabra y vida y dar a los hombres, sin adulterarla, sin cambiarla, esa vida y esa palabra. El don del apostolado lleva a esto, a dar la vida, a sellar la palabra recibida con la muerte si así lo quiere Jesús. Y esto con fe, con alegría y con amor. Ser apóstol es dar testimonio de Jesús hasta lo último.

Entre las virtudes de San Andrés destacan la mansedumbre y la humildad, la sencillez e ingenuidad de su alma, el entusiasmo sincero por aquel Jesús a quien conoció una tarde inolvidable junto a las aguas del Jordán. El "primer llamado" demostró una gran constancia en la predicación y una paciencia inquebrantable en el dolor, dice el breviarío godo.

El amor a la cruz, fuente de vida, deseo de redención, forma la aureola mística de nuestro Santo. Los cristianos encuentran en este testigo del Evangelio no sólo la aceptación resignada, sino el afecto gozoso a este bárbaro instrumento de suplicio. Nos enseña a cargar con la cruz de cada día, como Jesús quiere de nosotros. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz y me siga."

Las crónicas antiguas nos refieren multitud de milagros de San Andrés. Este poder asombroso de hacer milagros era una prerrogativa apostólica, un poder singular que Cristo concedió a sus apóstoles para facilitarles su predicación y en testimonio de ella. Sin embargo, aunque hizo muchos milagros, no nos consta que los que se nos cuentan sean auténticos.

El culto de San Andrés se extendió por toda la Iglesia, tanto oriental como occidental. Varias iglesias se disputan la gracia de poseer sus sagradas reliquias.

En las artes, la escultura y principalmente la pintura han dedicado una atención, artísticamente lograda, a San Andrés, sobre todo en la escena de su martirio. Entre los españoles destacan Murillo y Ribera, "el Españoleto": éste pintó más de un cuadro del Santo. Entre los extranjeros, Miguel Angel y Rubens. Todos han intentado plasmar la dulzura y serenidad de San Andrés en el suplicio de la cruz. Así el arte sirve a las narraciones históricas.

ANDRÉS FUENTES


pedroFuente: Cathoic.net 
Autor: P. Ángel Amo. 

Andrés era hermano de Simón Pedro y como él pescador en Cafarnaúm, a donde ambos habían llegado de su natal Betsaida. Como lo demuestran las profesiones que ejercían los doce apóstoles, Jesús dio la preferencia a los pescadores, aunque dentro del colegio apostólico están representados los agricultores con Santiago el Menor y su hermano Judas Tadeo, y los comerciantes con la presencia de Mateo. De los doce, el primero en ser sacado de las faenas de la pesca en el lago de Tiberíades para ser honrado con el titulo de “pescador de hombres” fue precisamente Andrés, junto con Juan.

Los dos primeros discípulos ya habían respondido al llamamiento del Bautista, cuya incisiva predicación los había sacado de su pacífica vida cotidiana para prepararse a la inminente venida del Mesías. Cuando el austero profeta se lo señaló, Andrés y Juan se acercaron a Jesús y con sencillez se limitaron a preguntarle: “Maestro, ¿dónde habitas?”, signo evidente de que en su corazón ya habían hecho su elección.

Andrés fue también el primero que reclutó nuevos discípulos para el Maestro: “Andrés encontró primero a su hermano Simón y le dijo: Hemos encontrado al Mesías. Y lo llevó a Jesús”. Por esto Andrés ocupa un puesto eminente en la lista de los apóstoles: los evangelistas Mateo y Lucas lo colocan en el segundo lugar después de Pedro.

Además del llamamiento, el Evangelio habla del Apóstol Andrés otras tres veces: en la multiplicación de los panes, cuando presenta al muchacho con unos panes y unos peces; cuando se hace intermediario de los forasteros que han ido a Jerusalén y desean ser presentados a Jesús; y cuando con su pregunta hace que Jesús profetice la destrucción de Jerusalén.

Después de la Ascensión la Escritura no habla más de él. Los muchos escritos apócrifos que tratan de colmar este silencio son demasiado fabulosos para que se les pueda creer. La única noticia probable es que Andrés anunció la buena noticia en regiones bárbaras como la Scitia, en la Rusia meridional, como refiere el historiador Eusebio. Tampoco se tienen noticias seguras respecto de su martirio que, según una Pasión apócrifa, fue por crucifixión, en una cruz griega.

Igual incertidumbre hay respecto de sus reliquias, trasladadas de Patrasso, probable lugar del martirio, a Constantinopla y después a Amalfi. La cabeza, llevada a Roma, fue restituida a Grecia por Pablo VI. Consta con certeza, por otra parte, la fecha de su fiesta, el 30 de noviembre, festejada ya por San Gregorio Nacianceno.