9 abr 2015

“Ved mis manos y mis pies; soy yo en persona. Tocadme...”



“Ved mis manos y mis pies; soy yo en persona. Tocadme...”

El evangelista Mateo narra que Cristo, tomando con él a Pedro, Santiago y a Juan, se transfiguró delante de ellos. Su rostro quedó resplandeciente como la luz y sus vestido blancos como la nieve. Pero ellos, no pudiendo soportar esta visión, cayeron de bruces. (Mt 17,1ss) Para conformarse plenamente al plan divino, el Señor Jesús, en el Cenáculo apareció todavía bajo el aspecto que tenía antes, y no según la gloria que le era connatural y que correspondía al templo de su cuerpo transfigurado. No quería que la fe en la resurrección condujera hacia otro aspecto y hacia un cuerpo diferente del cuerpo asumido en la encarnación en la Virgen y que fue muerto en la cruz, según las Escrituras. En efecto, la muerte no tenía poder más que sobre la carne de la que iba a ser echada fuera. Porque, si su cuerpo muerto no resucitara ¿cuál sería la muerte vencida?...No podía ser ni solamente el alma, ni un ángel, ni siquiera únicamente el Verbo de Dios... 


    Por lo demás, cualquiera que sea sensato, contará el hecho de entrar el Señor con las puertas cerradas, como prueba de su resurrección. Saluda a sus discípulos con estas palabras: “Paz a vosotros” mostrando así que él mismo es la paz. Ellos reciben, por su presencia, un espíritu pacificado y tranquilo. Esto es, sin duda, lo que San Pablo desea a sus fieles cuando dice: “La paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos por medio de Cristo Jesús.” (Flp 4,7)



San Cirilo de Alejandría (380-444), obispo y doctor de la Iglesia 

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