10 oct 2018

Nuestra Pascua inmolada, Aleluya

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Himno

Nuestra Pascua inmolada, Aleluya

Fuente: Liturgia de las horas


Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
canta un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la cruz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada,
¡oh noche bautismal!

Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
Dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada. La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor.

9 oct 2018

Santo Evangelio 9 de octubre 2018



Día litúrgico: Martes XXVII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 10,38-42): 

En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada».


«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola»

Rev. D. Josep RIBOT i Margarit 
(Tarragona, España)

Hoy, como cada día, puedes aprender del Evangelio. Jesús, invitado en el hogar de Betania, nos da una lección de humanidad: Él, que quería a la gente, se deja querer, porque las dos cosas son importantes. Rechazar las muestras de afecto, de Dios y de los demás, sería un grave error, de consecuencias nefastas para la santidad.

¿Marta o María? Pero..., ¿por qué enfrentar a quienes tanto se querían, y querían tanto a Dios? Jesús amaba a Marta y María, y a su hermano Lázaro, y nos ama a cada uno de nosotros.

En el camino de la santidad no hay dos almas iguales. Todos procuramos amar a Dios, pero con estilo y personalidad propios, sin imitar a nadie. Nuestro modelo está en Cristo y la Virgen. ¿Te molesta la manera de tratar a Dios de otros? Intenta aprender de su piedad personal.

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude» (Lc 10,40). Servir a los demás, por amor a Dios, es un honor, no una carga. ¿Servimos con alegría, como la Virgen a su prima santa Isabel o en las bodas de Caná, o como Jesús, en el lavatorio de los pies en la Última Cena?

«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola» (Lc 10,41-42). No perdamos la paz, ni el buen humor. Y para eso, cuidemos la presencia de Dios. «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (…); o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca» (San Josemaría).

«María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10,42). Dios nos quiere felices. Que nuestra Madre del Cielo nos ayude a experimentar la alegría de la entrega.

Nos reúne de nuevo el misterio



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Nos reúne de nuevo el misterio

Fuente: Liturgia de las horas

   

Nos reúne de nuevo el misterio
del Señor que resurge a la vida,
con su luz ilumina la iglesia,
como el sol al nacer cada día.


Resucita también nuestras almas,
que tu muerte libró del castigo
y vencieron contigo al pecado
en las aguas del santo bautismo.


Transfigura los cuerpos mortales
que contemplan tu rostro glorioso,
bella imagen del Dios invisible
que ha querido habitar con nosotros.


Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro,
y a tu lado vivamos por siempre
dando gracias al Padre en el reino. 


Amén.

8 oct 2018

Santo Evangelio 8 de octubre 2018


Día litúrgico: Lunes XXVII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 10,25-37): 

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y dijo para poner a prueba a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».


«¿Qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?»

Rev. P. Ivan LEVYTSKYY CSsR 
(Lviv, Ucrania)

Hoy, el mensaje evangélico señala el camino de la vida: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, (…) y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27). Y porque Dios nos ha amado primero, nos lleva a la unión con Él. La beata Teresa de Calcuta dice: «Nosotros necesitamos esta unión íntima con Dios en nuestra vida cotidiana. ¿Y cómo podemos conseguirla? A través de la oración». Estando en unión con Dios empezamos a experimentar que todo es posible con Él, incluso el amar al prójimo. 

Alguien decía que el cristiano entra en la iglesia para amar a Dios y sale para amar al prójimo. El Papa Benedicto subraya que el programa del cristiano —el programa del buen samaritano, el programa de Jesús— es «un corazón que ve». ¡Ver y parar! En la parábola, dos personas ven al necesitado, pero no paran. Por esto Cristo reprochaba a los fariseos diciendo: «Tenéis ojos y no veis» (Mc 8,18). Al contrario, el samaritano ve y para, tiene compasión y así salva la vida al necesitado y a sí mismo. 

Cuando el famoso arquitecto catalán Antonio Gaudí fue atropellado por un tranvía, algunas personas que estaban de paso no pararon para ayudar a aquel anciano herido. No llevaba documento alguno y por su aspecto parecía un mendigo. Seguramente que si la gente hubiese sabido quién era aquel prójimo, hubiese hecho cola para auxiliarlo. 

Cuando practicamos el bien, pensamos que lo hacemos por el prójimo, pero realmente también lo hacemos por Cristo: «Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mi lo hicisteis» (Mt 25,40). Y mi prójimo, dice Benedicto XVI, es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Si cada uno, al ver al prójimo en necesidad, se detuviera y se compadeciera de él una vez al día o a la semana, la crisis disminuiría y el mundo devendría mejor. «Nada nos asemeja tanto a Dios como las obras buenas» (San Gregorio de Nisa).

Nos cubren las tinieblas

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Himno

Nos cubren las tinieblas

Fuente: Liturgia de las horas


Nos cubren las tinieblas
con su intangible velo;
nos acosa la noche con sus ojos,
y reza el pensamiento.

Los astros en tus bóvedas,
Señor del universo,
vigilarán lo oscuro,
vigilarán el sueño.

Nosotros dormiremos.



Amén.

7 oct 2018

Santo Evangelio 7 de octubre 2018


Día litúrgico: Domingo XXVII (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 10,2-16):

 En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?». Él les respondió: «¿Qué os prescribió Moisés?». Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre». Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio». 

Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.


«Lo que Dios unió, no lo separe el hombre»

Rev. D. Fernando PERALES i Madueño 
(Terrassa, Barcelona, España)

Hoy, los fariseos quieren poner a Jesús nuevamente en un compromiso planteándole la cuestión sobre el divorcio. Más que dar una respuesta definitiva, Jesús pregunta a sus interlocutores por lo que dice la Escritura y, sin criticar la Ley de Moisés, les hace comprender que es legítima, pero temporal: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto» (Mc 10,5).

Jesús recuerda lo que dice el Libro del Génesis: «Al comienzo del mundo, Dios los creó hombre y mujer» (Mc 10,6, cf. Gn 1,27). Jesús habla de una unidad que será la Humanidad. El hombre dejará a sus padres y se unirá a su mujer, siendo uno con ella para formar la Humanidad. Esto supone una realidad nueva: dos seres forman una unidad, no como una "asociación", sino como procreadores de Humanidad. La conclusión es evidente: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre» (Mc 10,9). 

Mientras tengamos del matrimonio una imagen de "asociación", la indisolubilidad resultará incomprensible. Si el matrimonio se reduce a intereses asociativos, se comprende que la disolución aparezca como legítima. Hablar entonces de matrimonio es un abuso de lenguaje, pues no es más que la asociación de dos solteros deseosos de hacer más agradable su existencia. Cuando el Señor habla de matrimonio está diciendo otra cosa. El Concilio Vaticano II nos recuerda: «Este vínculo sagrado, con miras al bien, ya de los cónyuges y su prole, ya de la sociedad, no depende del arbitrio humano. Dios mismo es el autor de un matrimonio que ha dotado de varios bienes y fines, todo lo cual es de una enorme trascendencia para la continuidad del género humano» (Gaudium et spes, n. 48).

De regreso a casa, los Apóstoles preguntan por las exigencias del matrimonio, y a continuación tiene lugar una escena cariñosa con los niños. Ambas escenas están relacionadas. La segunda enseñanza es como una parábola que explica cómo es posible el matrimonio. El Reino de Dios es para aquellos que se asemejan a un niño y aceptan construir algo nuevo. Lo mismo el matrimonio, si hemos captado bien lo que significa: dejar, unirse y devenir.

Para poner a prueba a Jesús

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PARA PONER A PRUEBA A JESÚS…

Por Francisco Javier Colomina Campos

“El amor hace de los dos una sola carne”

En su camino hacia Jerusalén, mientras que va instruyendo a sus discípulos, Jesús se encuentra con unos fariseos que le hacen una pregunta para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Esta cuestión está de actualidad, en este mundo en el que la dignidad del sacramento del matrimonio está tan desacreditada. Es importante recordar una vez más lo que responde Jesús ante esta espinosa cuestión que le plantean los fariseos.

1. Los fariseos plantean a Jesús la pregunta acerca del divorcio, no con la intención de conocer lo que piensa Jesús, sino más bien con la intención de ponerlo a prueba, como apunta el mismo evangelista. La pregunta tiene una segunda intención, pues lo que esperaban los fariseos era que Jesús contradijese la ley de Moisés, para así tener de qué acusarlo. Y es que la ley de Moisés permitía a un hombre divorciarse de su mujer con tan sólo presentar un acta de divorcio, un simple papel. Hay que destacar que esta prerrogativa no estaba permitida a las mujeres, sino tan sólo a los varones. Jesús, con su respuesta, no busca contradecir la ley de Moisés, sino llegar al origen de las cosas. Por eso hace referencia al libro del Génesis, que escuchamos en la primera lectura, en el que dice que el hombre y la mujer fueron creados con la misma dignidad, haciendo notar así que la ley de divorcio establecida en la ley de Moisés era en sí misma injusta, al dar este derecho sólo a los varones, siendo así contraria a la voluntad de Dios que creó con igual dignidad al hombre y a la mujer. Al mismo tiempo, Jesús pone el centro no en el derecho o no a divorciarse, sino en el amor, que es el centro de la ley de Dios. Y es que Dios ha creado al hombre y a la mujer para que se amen, hasta el punto de ser los dos una sola carne. Jesús añade al libro del Génesis: “De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Jesús enuncia así la dignidad del matrimonio, que no es un mero contrato entre dos personas, sino que Dios une a un hombre y a una mujer que se aman, una unión que nadie puede romper. Jesús va más allá de una ley meramente humana y busca el sentido mismo de las cosas tal como Dios las ha creado. El matrimonio, la unión entre un hombre y una mujer, que es algo natural e intrínseco a la naturaleza humana, ha sido así elevado por Jesús a la dignidad de sacramento, constituyendo una unidad indestructible.

2. Jesús, el Hijo de Dios, al que la carta a los Hebreos presenta como el santificador mediante su sufrimiento y su muerte, es quien ha elevado a la dignidad de sacramento el matrimonio. Cristo, como leemos en la segunda lectura de este domingo, nos salva a través del sufrimiento y de la muerte en cruz. El autor de la carta a los Hebreos responde a la pregunta de por qué Jesús nos salva por medio del sufrimiento y de la muerte: Dios lo había juzgado conveniente. Así, se presenta a Jesús como el Siervo de Yahvé, como el justo que es capaz de dar la vida por nosotros. Cristo Jesús ama tanto a su Iglesia que por ella padece y entrega la vida hasta la muerte. El amor de Dios es un amor generoso, de entrega, de oblación. Este mismo amor es el que pide Jesús en el matrimonio, pues el hombre y la mujer se entregan mutuamente, el uno al otro, de igual modo. Cuando ese amor matrimonial entre un hombre y una mujer es así, auténtico, como el de Dios, ya no cabe la posibilidad de romperlo, pues no pasa nunca el amor que es auténtico. Sin embargo, cuando el amor en el matrimonio es un amor egoísta, interesado, que sólo busca al otro como un bien para mí y no como alguien a quien entrego toda mi vida, no podemos entender la verdad del matrimonio tal como Dios lo quiere, y por eso no se entiende el matrimonio como algo que no se puede romper. Cuando la unión entre un hombre y una mujer están fundamentadas en la roca firme del amor de Dios vivido y entregado mutuamente, esta unión es tan fuerte que nada la puede romper.

3. Después de la enseñanza de Jesús sobre del matrimonio, aparecen en el Evangelio unos niños que quieren acercarse a Jesús. Los discípulos les regañan, no quieren que vengan a molestar al Maestro cuando está enseñando. Sin embargo Jesús, al ver la actitud de sus discípulos, se enfada y les dice: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Al final del Evangelio de hoy se nos propone el ejemplo de los niños, que contrarresta la actitud maliciosa de los fariseos. Aquellos niños, que son apartados por los discípulos de la presencia de Jesús, son el modelo que Jesús nos propone a nosotros: hay que hacerse como niños. Los niños no tienen nada que esconder, no vienen con doblez de intención, y tampoco tienen nada que ofrecer. Sin embargo quieren acercarse a Jesús, desean verle, estar a su lado. Así nos pide Jesús que aceptemos el Reino de Dios, como un don que no merecemos.