21 mar 2017

Santo Evangelio 21 de Marzo 2017


Día litúrgico: Martes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 18,21-35): En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».


«Movido a compasión (...) le perdonó la deuda»
Rev. D. Enric PRAT i Jordana 
(Sort, Lleida, España)



Hoy, el Evangelio de Mateo nos invita a una reflexión sobre el misterio del perdón, proponiendo un paralelismo entre el estilo de Dios y el nuestro a la hora de perdonar.

El hombre se atreve a medir y a llevar la cuenta de su magnanimidad perdonadora: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). A Pedro le parece que siete veces ya es mucho o que es, quizá, el máximo que podemos soportar. Bien mirado, Pedro resulta todavía espléndido, si lo comparamos con el hombre de la parábola que, cuando encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios, «le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’» (Mt 18,28), negándose a escuchar su súplica y la promesa de pago.

Echadas las cuentas, el hombre, o se niega a perdonar, o mide estrictamente a la baja su perdón. Verdaderamente, nadie diría que venimos de recibir de parte de Dios un perdón infinitamente reiterado y sin límites. La parábola dice: «Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda» (Mt 18,27). Y eso que la deuda era muy grande.

Pero la parábola que comentamos pone el acento en el estilo de Dios a la hora de otorgar el perdón. Después de llamar al orden a su deudor moroso y de haberle hecho ver la gravedad de la situación, se dejó enternecer repentinamente por su petición compungida y humilde: «Postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión...» (Mt 18,26-27). Este episodio pone en pantalla aquello que cada uno de nosotros conoce por propia experiencia y con profundo agradecimiento: que Dios perdona sin límites al arrepentido y convertido. El final negativo y triste de la parábola, con todo, hace honor a la justicia y pone de manifiesto la veracidad de aquella otra sentencia de Jesús en Lc 6,38: «Con la medida con que midáis se os medirá».

Encontrar a Cristo


Encontrar a Cristo

Visita a Cristo en la Eucaristía, a solas con Él, desahoga tus dificultades y desalientos.


Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net 


A los dos discípulos que Jesús se encuentra en el camino de Emaús se les suele reprochar su desánimo y tristeza. Nada más injusto.

Las autoridades habían matado a su Maestro, a su Jefe, al que creían su Mesías y Libertador. Habían perdido a Cristo. ¿Podría existir tristeza más justificada?

Tanto lo querían, además, que no quieren permanecer ni un momento más en la ciudad: no soportan el choque de sus antiguas ilusiones, ya muertas, con la vida vacía y sin sentido que arrastran ahora. Aquel mismo día regresaban a su aldea natal. Cristo comprende a estos discípulos y su decaimiento. Por eso sale a su encuentro y les recompensa con un efusivo y cariñoso: ¡Oh insensatos y tardos de corazón! ¿Por qué? Porque, tres años escuchándole y no le habían entendido, no habían podido descubrir quién era... Tres años a su lado observando sus milagros, embelesados ante su mensaje, viéndole amar, sufrir, consolar, reír, orar... y no habían sido capaces de reconocerlo.

Ciertamente, no deja de ser un consuelo en nuestra vida cristiana apreciar cómo Jesús no pierde la paciencia ante la ceguera de los pobres discípulos -prototipo, quizás, de la nuestra- y cómo poco a poco les va apartando las escamas de los ojos.

Primero comienza a calentar su corazón, ya bastante decaído y frío, recordándoles y explicándoles las Escrituras. Los pasajes tantas veces leídos sin prestar atención, aburridos, comienzan a cobrar nueva vida a medida que Él los va explicando. Van respondiendo las preguntas más íntimas que nunca se habían atrevido a presentar. Comienzan a bullir en su interior, consolándoles y animándoles.

Tan interesante se convirtió la conversación de Jesús que, cuando se dieron cuenta, ya habían llegado al lugar adonde se dirigían. Después de mucho insistir, consiguen que Jesús acepte su hospitalidad.

Y, puesto a la mesa con ellos, se convierte de repente en el anfitrión: tomó el pan, lo bendijo y se lo dio. Y ellos, lo reconocieron en la fracción del pan. En la Eucaristía descubrieron a Cristo. Experimentaron la presencia de Jesús. Supieron en seguida que era Él por la paz, la tranquilidad interior y esa fuerza que enseguida sintieron en su interior.

Inmediatamente después, ya no vieron más a Cristo. Pero ya habían descubierto el secreto para encontrarlo. En adelante, siempre lo buscarían donde Él siempre está esperando: en el Evangelio y en el Sagrario. Ahí recibirían también la fuerza para levantarse de su egoísmo y correr a anunciar la Gran Alegría que les consume.


* * *

Visitad frecuentemente a Jesús en la Eucaristía. Ahí, en su presencia, contadle vuestros ideales, vuestras esperanzas, vuestros deseos de amarle apasionadamente. A solas con Él desahogad vuestras dificultades y desalientos. El cristiano que vive al pie del Sagrario triunfará, porque el Sagrario es horno de amor, de sacrificio y de entrega. Y si os acercáis a él no podéis menos de participar de ese fuego que da vida al alma.

20 mar 2017

Santo Evangelio 20 de Marzo 2017


Día litúrgico: Lunes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 4,24-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.


«Ningún profeta es bien recibido en su patria»
Rev. P. Higinio Rafael ROSOLEN IVE 
(Cobourg, Ontario, Canadá)




Hoy, en el Evangelio, Jesús nos dice «que ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,24). Jesús, al usar este proverbio, se está presentando como profeta.

“Profeta” es el que habla en nombre de otro, el que lleva el mensaje de otro. Entre los hebreos, los profetas eran hombres enviados por Dios para anunciar, ya con palabras, ya con signos, la presencia de Dios, la venida del Mesías, el mensaje de salvación, de paz y de esperanza.

Jesús es el Profeta por excelencia, el Salvador esperado; en Él todas las profecías tienen cumplimiento. Pero, al igual que sucedió en los tiempos de Elías y Eliseo, Jesús no es “bien recibido” entre los suyos, pues son estos quienes llenos de ira «le arrojaron fuera de la ciudad» (Lc 4,29). 

Cada uno de nosotros, por razón de su bautismo, también está llamado a ser profeta. Por eso:

1º. Debemos anunciar la Buena Nueva. Para ello, como dijo el Papa Francisco, tenemos que escuchar la Palabra con apertura sincera, dejar que toque nuestra propia vida, que nos reclame, que nos exhorte, que nos movilice, pues si no dedicamos un tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí seremos un “falso profeta”, un “estafador” o un “charlatán vacío”.

2º Vivir el Evangelio. De nuevo el Papa Francisco: «No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos». Es indispensable tener la seguridad de que Dios nos ama, de que Jesucristo nos ha salvado, de que su amor es para siempre. 

3º Como discípulos de Jesús, ser conscientes de que así como Jesús experimentó el rechazo, la ira, el ser arrojado fuera, también esto va a estar presente en el horizonte de nuestra vida cotidiana.

Eucaristía, pacto de amor con Dios



Eucaristía, pacto de amor con Dios

Un Pacto de Comunión en el amor consumado en la entrega total de la vida y sellado con la sangre de Jesús.

Por: Guillermo Ortiz, S.J. | Fuente: Reflexiones Siglo XXI 


El Evangelio de san Juan en los capítulos de la Última Cena, nos muestra una profunda coincidencia entre el sueño de Dios y el anhelo del corazón humano. Ahí vemos cómo Jesús, Hijo de Dios, ama a sus discípulos sirviéndolos y entregando su vida entera por ellos. Jesús se ata una toalla a la cintura y lava los pies de sus discípulos. "Así tienen que servirse entre ustedes - les dice Jesús. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les pido"; "Ámense entre ustedes como yo los amo"; "Nadie tiene más amor que aquel que da la vida por sus amigos".

Y san Mateo, san Lucas y san Marcos nos refieren que en ese momento, partiendo el pan, Jesús les dice: "Tomen y coman esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes, toman y beban mi sangre que será derramada por ustedes. Sangre de la alianza nueva y eterna". Entonces, los discípulos empiezan a entender que Dios les está ofreciendo una Alianza de Amor, un Pacto de Comunión en el amor consumado en la entrega total de la vida y sellado con la sangre de Jesús.

De este modo, el anhelo más hondo del corazón humano es fecundado por un pacto de comunión con Dios. Dios le da al amor humano, por su comunión con nosotros, una profundidad y una grandeza que va más allá de lo humano. Este pacto de comunión nos injerta en el mismo corazón de Dios encendido en un Amor más fuerte que el mal y más fiel todavía que la misma muerte.

Acepto, Jesús, y quiero vivir este Pacto de Comunión en el amor.


19 mar 2017

Santo Evangelio 19 de Marzo 2017



Día litúrgico: Domingo III (A) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 4,5-42): En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. 

Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna». 

Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad». 

Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad». 

Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».

En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él. 

Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga». 

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo».

«Dame de beber»
P. Julio César RAMOS González SDB 
(Mendoza, Argentina)



Hoy, como en aquel mediodía en Samaría, Jesús se acerca a nuestra vida, a mitad de nuestro camino cuaresmal, pidiéndonos como a la Samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7). «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe». 

El Prefacio de la celebración eucarística de hoy nos hablará de que este diálogo termina con un trueque salvífico en donde el Señor, «(...) al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino». 

Ese deseo salvador de Jesús vuelto “sed” es, hoy día también, “sed” de nuestra fe, de nuestra respuesta de fe ante tantas invitaciones cuaresmales a la conversión, al cambio, a reconciliarnos con Dios y los hermanos, a prepararnos lo mejor posible para recibir una nueva vida de resucitados en la Pascua que se nos acerca.

«Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26): esta directa y manifiesta confesión de Jesús acerca de su misión, cosa que no había hecho con nadie antes, muestra igualmente el amor de Dios que se hace más búsqueda del pecador y promesa de salvación que saciará abundantemente el deseo humano de la Vida verdadera. Es así que, más adelante en este mismo Evangelio, Jesús proclamará: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí», como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37b-38). Por eso, tu compromiso es hoy salir de ti y decir a los hombres: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho…» (Jn 4,29).

La búsqueda de la felicidad auténtica



LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD AUTÉNTICA

Por José María Martín OSA

1.- La sed de felicidad. Las lecturas cuaresmales del ciclo A tienen un tono claramente catecumenal. Hacen una referencia significativa al Bautismo: el agua (samaritana), la luz (ciego de nacimiento), la vida (resurrección de Lázaro). El hombre tiene ansia de profundidad y de plenitud. No hay nada ni nadie en este mundo que pueda llenar totalmente su vacío. Sólo saliendo de lo superficial y buscando lo trascendente puede ser feliz. Muchas veces buscamos por caminos equivocados, quedándonos en las cosas terrenas. Hay en nosotros sed de felicidad, deseo de alcanzar el sentido de nuestra vida. El tema de la sed y del agua aparece numerosas veces en las tradiciones del desierto. La primera lectura narra el episodio de las aguas de Mará. El pueblo lleva tres días caminando por el desierto de Sur sin encontrar agua. Al fin, llegan a Mará y, cuando van a beber el agua de un manantial... resulta que es amarga. El pueblo murmura contra Moisés y contra Dios. Moisés invoca al Señor y el Señor le da el poder de convertir aquellas aguas contaminadas en aguas capaces de saciar la sed. Dios demuestra, con ello, que está con su pueblo, que su pueblo no tiene que tener miedo, porque Dios lo acompaña y lo protege. No sólo les da el agua de Mará, sino que a continuación les lleva a Elim, un oasis donde había doce fuentes de agua (una por cada tribu de Israel). Pero el pueblo tiene el corazón rebelde y veleta. No aprende de la experiencia ni se fía del Dios que le promete la vida. Por eso, cuando tiene sed de nuevo, murmura contra Moisés sin esperar en Dios. Es el episodio de Massá y Meribá. Allí “me pusieron a prueba, aunque habían visto mis obras”, dice el Señor en el Salmo 95.

2.- El deseo de Dios puede hacer que le encontremos. Solo Dios puede saciar nuestra sed de felicidad. Pero el mundo de hoy no facilita el encuentro con Dios. La anorexia espiritual de los hombres de hoy tiene su raíz en que estamos saturados de comida basura, nos dejamos engañar por los que venden falsas felicidades que no sacian nuestra sed auténtica de felicidad. Alguien piensa en nosotros y en nuestra sed y nos brinda una clase de agua para cada día de la semana: Bezoya, Santolín, Coca-Cola,…y nos la publicita con un: Obedece a tu sed. Jesús también publicita el agua que él ofrece. “Si conocieras el don de Dios, tú le pedirías y él te daría el agua viva”. “El que beba el agua que yo le daré nunca tendrá sed y se convertirá en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Solo si nuestro deseo es grande podemos encontrarle como nos muestra esta parábola:

Un estudiante fue a consultar a su maestro espiritual y le hizo la siguiente pregunta: “Maestro, ¿cómo puedo encontrar verdaderamente a Dios? El maestro espiritual le pidió que le acompañara hasta el río y le dijo que se metiera en el agua. Cuando alcanzaron la mitad del río, el maestro le dijo: “Ahora sumérgete en el agua”. El director espiritual cogió la cabeza del joven y la mantuvo dentro del agua. El estudiante comenzó a agitarse y a batir el agua con sus manos, pero el maestro la mantuvo sumergida. Finalmente, el estudiante libre salió del agua en busca de aire. “Cuando tu deseo de Dios sea tan grande como tu deseo de respirar el aire, entonces encontrarás a Dios”, le explicó su director espiritual”.

3.- El proceso de personalización de la fe. Jesús es judío, pero se trata de un judío muy “extraño”, pues le dirige la palabra a una mujer y, para colmo, samaritana. Pero Jesús no hace ningún caso de principios y normas que marginen y excluyan a los débiles. Entre Jesús y la samaritana había una barrera grande: él era hombre y ella, mujer. Vemos que Jesús es la fortaleza y le vemos débil, comenta San Agustín, porque "con su fortaleza nos creó y con su debilidad nos buscó". Mujeres, extranjeros, pobres y enfermos eran poco menos que “gentuza” de la que un buen israelita debía procurar apartarse para mantener intacta su “pureza”. Jesús hace de esos “lugares de abajo” un lugar privilegiado para manifestar su salvación. La vida de esta mujer está marcada por la carencia y la rutina infecunda. Diariamente debía ir a buscar el agua, pues carecía de ella. Tampoco tenía marido. Había tenido cinco, y su compañero actual no era su marido. Esta mujer representa el pueblo idólatra, incapaz de saciar su sed de vida con los numerosos dioses paganos a los que se había ido aferrando sin encontrar lo que pedía su corazón. La referencia a los cinco maridos es una clara alusión a las cinco ermitas de los dioses paganos. El sexto marido se refiere a Yahveh. Es curioso el proceso que va haciendo esta mujer: pasa de sus búsquedas más superficiales a las más profundas; del agua material al agua viva; de la percepción de Jesús como un “judío”, un simple “hombre”, al reconocimiento de Jesús Profeta y Mesías-Cristo. Su fe sorprendida la arrastra a dejar el cántaro y a ir corriendo a anunciar lo que ha visto y oído. Su fe contagia de fe a sus paisanos, quienes terminan confesando: “Éste es verdaderamente el Salvador del mundo”. Los samaritanos de Sicar creen en Jesús por el anuncio de la mujer. Pero no se conforman con una fe “recibida”, “heredada”, “externa”. La hacen suya cuando ellos mismos conocen a Jesús y le oyen. El proceso que sigue su fe es significativo: 1- el testimonio de alguien; 2- la fe desde lo escuchado; 3- la personalización de la fe; 4- la confesión. Es un itinerario catecumenal. Es el itinerario bautismal que los cristianos queremos seguir en esta Cuaresma.

Intenciones en la comunión



Intenciones en la comunión

Cuando recibo a Jesús en al comunión, aprovecharé esos momentos de la acción de gracias para pedir por mis intenciones íntimas.

Por: P. Cristóforo Fernández | Fuente: Catholic.net 


Pensar en la Santa Misa –momento de Jesús en la Cruz, adelantado sacramentalmente en la Última Cena-, es tener millares de gracias de Dios. ¿Cuándo Cristo pudo esta dispuesto a hacernos más bienes que en ese cenit de Su amor, que le llevó a derramar Su preciosa sangre por nosotros? ¿Cuándo pudo sentirse con mayor intensidad Salvador del mundo? ¿Cuándo fue más rápido en conceder el Reino a quienes se lo pidieron como el buen Ladrón e, incluso, a quienes no se lo pedían como los mismos que le crucificaron?.... También fue en ese momento cuando nos regaló a su misma Madre como Madre, la “Bendita entre las mujeres”, y en quien se resume toda la gracia y la ternura hacia nosotros.

Así lo ha captado la Iglesia en su liturgia de la misa. Se puede ver que en los momentos que siguen a la consagración, ora por las necesidades mayores que tiene y por sus intenciones más entrañables.

Por tanto, cuando recibo a Jesús en al comunión, aprovecharé esos momentos de la acción de gracias para pedir por mis intenciones íntimas. ¡No seré parco en pedir!, seguro de estar entonces ante la fuente misma de todas las bendiciones. ¡Abriré el corazón a la esperanza más cierta! ¡Mi confianza será completa! El ofrecimiento del cáliz de mi ser y vida, unido al de Jesús, deberá convertirse ahora en oración de súplica y de petición según las más nobles, cristianas y fervientes intenciones.

Se tratan de aquellas que son fundamentales, que nunca deberían faltar; sin duda merecen ser antepuestas a las personales, por más urgentes e inmediatas que pudieran parecer.

“Perdona nuestras ofensas”: ¿Cómo, por ejemplo, tendía mayor interés por pedir la gracia de obtener una virtud, sin antes adelantar la causa –y perorarla lo mejor posible- de que mis muchos pecado sean perdonados? El Buen Ladrón comenzó por reconocer y por confesar el mal que había hecho, sólo luego pidió con confianza la apertura de las puertas del paraíso. La Iglesia misma en sus plegarias litúrgicas adelanta siempre el reconocimiento de las culpas como preparación al rito del sacramento.

“Perdona nuestras ofensas”: así nos enseñó el Señor a orar.... Es la plegaria permanente, porque el recuerdo de nuestra incorrespondencia al amor no puede olvidarse. Mas su memoria me lleva a desear la enmienda: es decir, su desaparición; en ese momento de total confianza, expreso al Señor mi deseo de ser perdonado y de satisfacer por mis pecados; es decir, ofrezco el entero contenido del cáliz de mi vida en satisfacción por ellos y me acojo con serenidad a Su infinita misericordia.

Abierta ya la puerta de la gracia, presento las peticiones por aquellas causas que más me importan.

En primer lugar, pido por el advenimiento del Reino de Dios, porque para mi alma de apóstol nada me importa más.

Y luego interesa la Iglesia con sus grandes asuntos: las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada; el gran deseo de su unidad – “Ut sint unum”- por la que Jesús oró expresamente en la Cena; el Santo Padre, con las preocupaciones que lleva en su corazón de Pastor Supremo.

Finalmente, hago presentes también las intenciones personales y particulares. Allí no podrán faltar las grandes preocupaciones de mi pueblo y de mi patria; las necesidades de cuantos me han sido encomendados por el Señor y que me son tan queridos.