19 mar. 2017

Intenciones en la comunión



Intenciones en la comunión

Cuando recibo a Jesús en al comunión, aprovecharé esos momentos de la acción de gracias para pedir por mis intenciones íntimas.

Por: P. Cristóforo Fernández | Fuente: Catholic.net 


Pensar en la Santa Misa –momento de Jesús en la Cruz, adelantado sacramentalmente en la Última Cena-, es tener millares de gracias de Dios. ¿Cuándo Cristo pudo esta dispuesto a hacernos más bienes que en ese cenit de Su amor, que le llevó a derramar Su preciosa sangre por nosotros? ¿Cuándo pudo sentirse con mayor intensidad Salvador del mundo? ¿Cuándo fue más rápido en conceder el Reino a quienes se lo pidieron como el buen Ladrón e, incluso, a quienes no se lo pedían como los mismos que le crucificaron?.... También fue en ese momento cuando nos regaló a su misma Madre como Madre, la “Bendita entre las mujeres”, y en quien se resume toda la gracia y la ternura hacia nosotros.

Así lo ha captado la Iglesia en su liturgia de la misa. Se puede ver que en los momentos que siguen a la consagración, ora por las necesidades mayores que tiene y por sus intenciones más entrañables.

Por tanto, cuando recibo a Jesús en al comunión, aprovecharé esos momentos de la acción de gracias para pedir por mis intenciones íntimas. ¡No seré parco en pedir!, seguro de estar entonces ante la fuente misma de todas las bendiciones. ¡Abriré el corazón a la esperanza más cierta! ¡Mi confianza será completa! El ofrecimiento del cáliz de mi ser y vida, unido al de Jesús, deberá convertirse ahora en oración de súplica y de petición según las más nobles, cristianas y fervientes intenciones.

Se tratan de aquellas que son fundamentales, que nunca deberían faltar; sin duda merecen ser antepuestas a las personales, por más urgentes e inmediatas que pudieran parecer.

“Perdona nuestras ofensas”: ¿Cómo, por ejemplo, tendía mayor interés por pedir la gracia de obtener una virtud, sin antes adelantar la causa –y perorarla lo mejor posible- de que mis muchos pecado sean perdonados? El Buen Ladrón comenzó por reconocer y por confesar el mal que había hecho, sólo luego pidió con confianza la apertura de las puertas del paraíso. La Iglesia misma en sus plegarias litúrgicas adelanta siempre el reconocimiento de las culpas como preparación al rito del sacramento.

“Perdona nuestras ofensas”: así nos enseñó el Señor a orar.... Es la plegaria permanente, porque el recuerdo de nuestra incorrespondencia al amor no puede olvidarse. Mas su memoria me lleva a desear la enmienda: es decir, su desaparición; en ese momento de total confianza, expreso al Señor mi deseo de ser perdonado y de satisfacer por mis pecados; es decir, ofrezco el entero contenido del cáliz de mi vida en satisfacción por ellos y me acojo con serenidad a Su infinita misericordia.

Abierta ya la puerta de la gracia, presento las peticiones por aquellas causas que más me importan.

En primer lugar, pido por el advenimiento del Reino de Dios, porque para mi alma de apóstol nada me importa más.

Y luego interesa la Iglesia con sus grandes asuntos: las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada; el gran deseo de su unidad – “Ut sint unum”- por la que Jesús oró expresamente en la Cena; el Santo Padre, con las preocupaciones que lleva en su corazón de Pastor Supremo.

Finalmente, hago presentes también las intenciones personales y particulares. Allí no podrán faltar las grandes preocupaciones de mi pueblo y de mi patria; las necesidades de cuantos me han sido encomendados por el Señor y que me son tan queridos.



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