13 mar. 2017

La Iglesia vive de la Eucaristía



La Iglesia vive de la Eucaristía

Si queremos una Iglesia fuerte, si queremos cristianos comprometidos y fuertes en su fe, vamos preocupándonos por estar cada vez más unidos a Cristo en la Eucaristía.


Por: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net 

Cristo nos regala con una de esas palabras suyas que dejan un agradable sabor de boca, pero también son una invitación al trabajo, a la labor, al desvelo por las cosas de Dios.

Podemos partir de una palabra de los Hechos de los Apóstoles. Después de describirnos el cierto miedo que les causaba a los cristianos la presencia de Pablo ya convertido, por sus anteriores acciones, pasa a describirnos la situación de la comunidad cristiana: “En aquellos días las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando, progresaban en la fidelidad a Dios y se multiplicaban, animadas por el Espíritu Santo”.


Es una descripción muy breve, pero los verbos empleados no nos dejan duda de lo que estaba ocurriendo en ese entonces: había paz en el ambiente, y asombrosamente, sin meterse en más, nos dice que tres comunidades judías que en cierto modo eran irreconciliables en el judaísmo, con la aparición de Cristo iban entrando en la paz y en la fraternidad. Y los verbos que usa en la segunda frase de la oración también son muy significativos: la Iglesia se consolidaba, progresaba en la fidelidad a Dios y se multiplicaba en sus miembros, “animadas por el Espíritu Santo”, lo cuál nos hace ver como la mano de Dios estaba en ello, y los hombres secundaban la iniciativa divina haciendo que la Palabra de Dios progresara y llegara a todos los lugares conocidos en ese tiempo.

Llama poderosamente la atención, porque hoy estamos asistiendo a un fenómeno contrario, parece que mucha gente se está yendo de la Iglesia, pareciera como que la Iglesia en cuanto universal o católica, está establecida en todas las naciones, y eso nos haría prorrumpir en cantos de victoria, de triunfo y de regocijo. Pero las cifras no pueden ser menos elocuentes: en algunas naciones de Asia el número de los cristianos no llega al 2%, en África el mensaje se propaga con dificultad, en Europa va ganando el indiferentismo, y en América las sectas están absorbiendo a buenos sectores de la población católica. No nos inquieta eso? Si somos familia sí tendríamos que ver con pena que el domingo un miembro se va a la Misa, otro con los “cristianos”, otro con los testigos de Jehová, y varios de ellos se quedan indiferentes en casa, acostados o viendo televisión o practicando algún deporte.

Y aquí tenemos que conectar con Cristo que deja oír clara su voz. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos... permanezcan en mí y yo en ustedes... no podrán dar fruto si no permanecen en mí... al que no permanece en mí se le echa fuera...”.

Y esto sí que nos hace pensar. ¿Estamos unidos a Cristo? Quizá la misma pregunta nos ofendería, pues nos consideramos católicos, y católicos de hueso colorado, pues asistimos a las peregrinaciones, tomamos ceniza el miércoles de inicio de cuaresma, nos damos una vueltecita por las Iglesias el jueves santo, traemos un escapulario colgado al cuello, o lucimos un buen medallón de oro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, nunca rehusamos ser padrinos de bautismo aunque no se está casado por la Iglesia... y así podríamos ir enumerando otras linduras para afirmar nuestra pertenencia a la Iglesia y a la fe.

Pero parece que el asunto va mucho mas allá que eso, pues San Juan en su primera carta nos hace oír también su voz: “No amemos solamente de palabra: amémonos de verdad y con las obras... si cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada... éste es el mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo y nos amemos los unos a los otros...”.

Vivir unidos hoy a Cristo será entonces creer en su divinidad, tener sus mismos sentimientos, amar de verdad a los que nos rodean, y comenzar a salir a las calles, a las plazas, a los centros de reunión, a los medios de comunicación social, y decirle a las gentes que Cristo está vivo, y que vive para los suyos y que no estaremos solos, que siempre estará con nosotros.

En esta cadenita de ideas, tenemos que topar entonces con la Palabra del Papa que nos ha regalado un precioso documento eucarístico-eclesial, y que nos recuerda que no podemos pensar que estamos unidos a Cristo si no lo estamos a su Eucaristía: la Iglesia tiene un gozo muy grande que no puede esconder: “*He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo*; en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de ésta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, éste divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada espera”.

El Papa siente que “hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística”, por lo tanto, ahí no puede haber progreso, ni solidaridad, ni paz, la Iglesia no crecería, y vería cada vez mas menguadas sus fuerzas y su avance en la misión evangelizadora que el Padre le confía.

Y aquí es donde veo que está la clave para que la Iglesia crezca lozana, frondosa, y dinámica, tal como el Papa lo señala con toda claridad: “contemplar el rostro de Cristo y contemplarlo con María, es el “programa” que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus múltiples presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de él se alimenta y por él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y al mismo tiempo, “misterio de luz”. Cada vez que la Iglesia celebra, lo fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron”.

Mi conclusión es entonces muy sencilla: si queremos una Iglesia pujante, fuerte, dinámica y evangelizadora, si queremos cristianos comprometidos, eficaces, inteligentes y fuertes en su fe y en su apostolicidad, vamos preocupándonos por estar cada vez más unidos a Cristo eucarístico, cada vez más unidos a la Eucaristía, y entonces estaremos teniendo cada vez más los mismos sentimientos de Cristo y la Iglesia se mostrará intrépida y generosa, reduciendo a cenizas las banderas del mal, para implantar en el corazón de todos los hombres el mensaje de salvación: “yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

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