5 nov. 2017

Fariseismo: fácil caer en él



FARISEÍSMO: FÁCIL CAER EN ÉL

Por Antonio García-Moreno

1.- ANTICLERICALISMO.- "Y ahora os toca a vosotros. Si no obedecéis..." (Ml 2, 2) En tiempos del profeta Malaquías, los sacerdotes de la Antigua Alianza habían olvidado sus obligaciones como hombres de Dios. Rompieron el pacto hecho con Yahvé y en lugar de guiar al pueblo por buenos caminos, lo descarriaban por senderos torcidos que no conducían hasta Dios. Por su negligencia, cuando no por su malicia, muchos se olvidaron del Señor y se apartaron de su divina ley. Delito grave que hace clamar al profeta con tonos airados contra esa actitud indigna y nefasta para el pueblo.

Sacerdotes de entonces que cometieron el tremendo delito de alejar a los hombres del verdadero Dios. Hoy también se puede repetir ese hecho. Y, aunque sea duro reconocerlo, también se repite, empezando por mí... Quizá sea una buena ocasión para hacer examen de conciencia y rectificar. Y también puede ser el momento de pensar que todos hemos de echar una mano a los sacerdotes y rezar por ellos. Para que sean fieles a la misión salvífica que Dios les ha encomendado y sean un estímulo continuo para el bien y no para el mal.

"Pues yo os haré despreciables y viles ante el pueblo" (Ml 2, 9) Despreciables y viles. Terrible condena de Dios que con frecuencia ha sido una realidad en la Historia. Sin embargo, muchas veces ese desprecio contra el sacerdote ha sido injusto, sacrílego incluso. Entonces la convicción de que Dios está junto a su elegido ha sido fortaleza para los mayores heroísmos de los ministros del Señor.

Pero otras veces ese desprecio es el resultado de una justa indignación ante situaciones inadmisibles. Es un peligro que tiene siempre el sacerdote: olvidarse de que ha de encarnar la figura de Cristo en su propia vida, y pretender llevar a cabo su misión por otros caminos que los señalados por Dios.

Señor, tú dijiste a los apóstoles que los enviabas como ovejas en medio de lobos. Difícil tarea has puesto en manos de tus sacerdotes. Por eso no debe extrañarnos que a veces fallen. Y de ahí también que nos esforcemos por comprenderlos, por perdonarlos, por ayudarles, por animarlos a seguir con la ilusión de los principios por la empinada senda del sacerdocio de Cristo.

2.- COMO UN NIÑO.- "Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros..." (Sal 130 ,1) Es muy difícil frenar las ambiciones del hombre. Todos, de una forma u otra, llevamos dentro el deseo innato de ser más, de tener más. Podemos decir que eso es algo bueno, como bueno es todo lo que hay en la condición humana de modo connatural. En el fondo esa continua ambición, ese anhelo siempre insatisfecho es prueba de que hemos nacido para cosas mayores, para un destino muy alto que sólo en el mismo Dios se realizará. Por eso si la ambición que late dentro de nuestro corazón la encauzamos hacia el bien, si siempre aspiramos a ser mejores, si crecemos más y más en el amor, esos deseos y anhelos, esa continua insatisfacción de nosotros mismos puede llevarnos a metas muy elevadas, a estar siempre jóvenes en la ilusión y en la esperanza, a luchar con espíritu deportivo contra los obstáculos que se interponen en nuestro afán de ser santos.

"...no pretendo grandezas que superan mi capacidad" (Sal 130, 1) Ser ambiciosos en el amor a Dios y a nuestros hermanos los hombres. Y no serlo para nada más. Es decir, saber conformarse con lo que uno tiene y con lo que uno buenamente pueda tener. Luchar por el bienestar personal y el de los nuestros, pero al mismo tiempo saber conformarse con lo que la vida nos depare, estar contento con lo que Dios quiere disponer para nosotros. Pensemos que quien sabe contentarse con menos tendrá siempre más, que quien sabe vivir con poco vivirá siempre con mucho, persuadido de que Dios es un Padre providente y bueno, poderoso y sabio.

En lugar de soñar con grandezas, en lugar de querer ser más de lo que se es, nos aconseja el salmista acallar y moderar los propios deseos, ser como un niño en brazos de su madre. Qué imagen tan bonita y tan sencilla, tan expresiva y tan clara. Si somos humildes, si somos capaces de adaptarnos a las circunstancias, si la ambición no nos domina, entonces viviremos tranquilos y serenos en esta tierra, y felices para siempre en la otra. Ojalá aprendamos la lección de hoy y nos asemejemos a ese niño que descansa tranquilo en el seno de su madre.

3.- PALABRA DE DIOS "Os tratamos con delicadeza, como una madre" (1 Ts 2, 7) San Pablo era sin duda un hombre recio, un carácter fuerte y enérgico. Así lo revelan las proezas que llevó a cabo, también sus palabras, con frecuencia, ardientes y vibrantes, pronunciadas con toda autoridad. Pero junto a esa fortaleza y reciedumbre tenía el Apóstol una enorme capacidad de ternura y de cariño, era como una madre que trata a sus hijos con delicadeza y hasta con mimo. Tanto los quiere, explica, que no sólo les ha entregado el Evangelio de Dios, lo mejor que tenía, sino que se les entregó a sí mismo, sin escatimar sacrificio alguno por ayudarles. Su figura es un modelo, una muestra de lo que han sido los buenos ministros de Dios, una imagen de lo que es el sacerdote en la Iglesia, llamada con razón nuestra santa Madre Iglesia. Su primer jerarca es llamado también el Papa, o Santo Padre.

"...la acogisteis, no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios" (1 Ts 2, 13) La gente ha llamado siempre al sacerdote con el entrañable nombre de padre. Con ello se pone de manifiesto la fe del pueblo sencillo que ve en el servicio de la Iglesia, a través del Papa y de los sacerdotes, un servicio de amor y de entrega, de abnegación y desinterés. Y si no fuera así estaríamos traicionando a Cristo y a sus primeros apóstoles, que nos marcaron con su conducta y con su palabra el camino que habíamos de seguir.

Los cristianos de Tesalónica ayudaron al Apóstol en su ministerio. Sobre todo por la manera de corresponder a su predicación. Ellos supieron descubrir y aceptar que las palabras de aquel judío de Tarso tenían una fuerza divina, eran no sólo palabra de hombre, sino también Palabra de Dios. Nos puede parecer que aquello era inadmisible, decir que lo que hablaba Pablo era Palabra de Dios. Desde el punto de vista de la sola razón así es, pero no desde la perspectiva de la fe. Para quien tiene fe, también hoy la Palabra de Dios sigue resonando en nuestros oídos, revestida con el pobre ropaje del decir humano. Es preciso creer, saber que a través del hombre nos habla Dios. Hay que escuchar y leer, meditar y vivir la sagrada Escritura como lo que en verdad es, Palabra de Dios.

4.- HIPOCRESÍA Y ORGULLO.- "En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos..." (Mt 23, 1) Es curioso e interesante ver cómo Jesucristo respetó a los que hacían de guías en su pueblo. Considera que lo que enseñan es correcto y, por tanto, hay que atenderlos y obedecerlos. Ellos transmitían la Ley de Dios promulgada por Moisés, y esa Ley permanecía en vigor por voluntad divina. De ahí que no es cierto que Jesús fuera un rebelde ante el orden constituido, un revolucionario que estaba en contra de la autoridad de su tiempo.

Sin embargo, Jesús previene a la gente que le escucha contra la conducta de los fariseos, que decían una cosa y hacían otra, no adecuaban su conducta con su doctrina. Eran unos hipócritas que presumían de ser gente honorable, despreciando a los demás. Hipocresía y soberbia, esos eran los dos defectos que chocaban frontalmente con el estilo y la doctrina de Jesucristo.

La hipocresía, el aparecer bueno ante los demás y ser en realidad un indeseable, es un defecto que repele a todo hombre honrado. Jesús que defendía la sinceridad, que amaba la verdad, tenía que chocar necesariamente con ellos. Él conocía el interior del hombre, y por eso se irritaba contra quienes presumían de hombres justos, sin serlo. Esa actitud les llevaba, en efecto, al orgullo. Se consideraban mejores que los demás y despreciaban al prójimo. Enseñaban a todos y no permitían que nadie les enseñara. De ahí que no pudieran sufrir que Jesús, un aldeano de Nazaret, pretendiera enseñarles a ellos.

Fariseísmo, un fenómeno humano que nos repele y que, sin embargo, es muy frecuente entre los hombres, siendo fácil caer en él. Hay que estar atentos, vigilantes, hay que ser humildes y sinceros, luchar contra esa tendencia a juzgar con ligereza al prójimo, a considerarnos mejor que los otros, y a rechazar cualquier posibilidad de aprender de los demás.

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