15 nov 2015

Si crees que no sirve, prueba



Si crees que no sirve, prueba
Cuentos

Como tantas cosas en la vida, no se puede saborear ni ver los resultados hasta que no se toma en serio.

Por: P. Eusebio Gómez Navarro OCD | Fuente: Catholic.net 


Un monje, se encontró una piedra preciosa y se la regaló a un viajero. Éste después de algún tiempo volvió donde el monje, le devolvió la joya y le suplicó: “Ahora te ruego que me des algo de mucho más valor que esta joya, valiosa como es. Dame, por favor, lo que te permitió dármela a mí”.

En la oración encontramos luz y fuerza para descubrir los tesoros y para regalarlos. En la oración encontramos fuerza para gastar y entregar la vida.

San Juan de la Cruz afirma que “quien huye de la oración, huye de todo lo bueno” (Dichos de luz, 185 ).

Santa Teresa supo por experiencia los resultados de la oración. Sin ella no encontraba la vida, ni camino, ni paz ni alegría. Es puerta y camino para ir a Dios. “La oración es principio para alcanzar todas las virtudes y cosas (en la) que nos va la vida comenzarla todos los cristianos” ( C 16, 3 ). Y en otro lugar: “Para ir a Dios, creedme, y no os engañe nadie en mostraros otro camino sino el de la oración” ( C 21, 6 ).

La oración nos lleva a amar y respetar a la tierra y a los otros. “Simplemente, estoy convencido de que sólo la persona de oración puede evitar que estas realidades buenas lleguen a ser ídolos malos. Sólo ella puede orientarlos al respeto del ser humano y al respeto de la tierra. De ahí la utilidad social y hasta cósmica de lo que aparentemente es la inutilidad misma. La oración es una reserva de silencio donde rehacer las energías; el silencio es armonía y plenitud. El hombre de oración es como el árbol. Influye en el ambiente”(Barreau).

La oración sirve para crecer, alcanzar virtudes, para sufrir, para arrancar los vicios. Así se expresa san Buenaventura:

“Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, sé hombre de oración.

Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, sé hombre de oración.

Si quieres mortificar tu propia voluntad con todas sus aficiones y deseos, sé hombre de oración.

Si quieres vivir alegremente, y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, sé hombre de oración.

Si quieres alejar de tu ánima las moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, sé hombre de oración...

Finalmente, si quieres desarraigar del ánima todos los vicios y plantar en su lugar las plantas de las virtudes, sé hombre de oración. Porque en ella se recibe unción y gracias del Espíritu Santo, la cual enseña al hombre todas las cosas”.

¡Cuánto bien ha hecho la oración!, ¡Cómo ha cambiado a las personas!. “¡Oh cuántas danzas ha hecho la poderosa mano de Dios con este suave y eficaz y celestial remedio de la oración! ¡Oh con cuánta facilidad ha hecho dejar los deleites mundanos y convertidlos en divinos!

¡Cuán frecuentemente ha hecho soltar de las manos rentas, estados, dignidades y señoríos que el hombre tenía pegado a su corazón!” (Diego de Guzmán).

La oración nos ayuda en nuestro caminar, por el día y por la noche, mientras duran lo días de esta vida intranquila, hasta que las sombras desaparezcan. Y en ésta búsqueda se pide la realización del encuentro. “Señor, concede a todos los que Te buscan, que Te encuentren, y a todos los que ya Te han encontrado, que Te busquen de nuevo, hasta que todo nuestro buscar y encontrar sea cumplido en tu presencia” (Hermann Bezzel).

La oración brota desde una necesidad, desde un deseo, desde una frustración. Así se expresaba Cervantes en el Quijote: “Abrid camino, señores míos, dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas, ni ciudades de los enemigos que quisieran acometerlas.

Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido.

Vuestras mercedes se queden con Dios, y queden con Dios, y digan al Duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano: quiero decir, que sin blanca entré en este gobierno, y sin ella salgo, bien al revés de cómo suelen salir los gobernadores de otras ínsulas”.

La oración, como tantas cosas en la vida, no se puede saborear ni ver los resultados hasta que no se toma en serio. Por eso quien dude de su eficacia, que la pruebe.



Santo Evangelio 15 Noviembre 2015


Día litúrgico: Domingo XXXIII (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 13,24-32): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En aquellos días, después de la tribulación aquella, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y los astros estarán cayendo del cielo, y las fuerzas que hay en los cielos serán sacudidas. Entonces, verán al Hijo del hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles, y congregará a sus elegidos de los cuatro vientos, desde la extremidad de la tierra hasta la extremidad del cielo.

»De la higuera aprended la semejanza: cuando ya sus ramas se ponen tiernas, y brotan las hojas, conocéis que el verano está cerca; así también, cuando veáis suceder todo esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. En verdad, os digo, la generación ésta no pasará sin que todas estas cosas se hayan efectuado. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas en cuanto al día y la hora, nadie sabe, ni los mismos ángeles del cielo, ni el Hijo, sino el Padre».

«Él está cerca»
Rev. D. Pedro IGLESIAS Martínez 
(Rubí, Barcelona, España)


Hoy recordamos cómo, al comienzo del año litúrgico, la Iglesia nos preparaba para la primera llegada de Cristo que nos trae la salvación. A dos semanas del final del año, nos prepara para la segunda venida, aquella en la que se pronunciará la última y definitiva palabra sobre cada uno de nosotros.

Ante el Evangelio de hoy podemos pensar que “largo me lo fiais”, pero «Él está cerca» (Mc 13,29). Y, sin embargo, resulta molesto —¡hasta incorrecto!— en nuestra sociedad aludir a la muerte. Sin embargo, no podemos hablar de resurrección sin pensar que hemos de morir. El fin del mundo se origina para cada uno de nosotros el día que fallezcamos, momento en el que terminará el tiempo que se nos habrá dado para optar. El Evangelio es siempre una Buena Noticia y el Dios de Cristo es Dios de Vida: ¿por qué ese miedo?; ¿acaso por nuestra falta de esperanza?

Ante la inmediatez de ese juicio hemos de saber convertirnos en jueces severos, no de los demás, sino de nosotros mismos. No caer en la trampa de la autojustificación, del relativismo o del “yo no lo veo así”... Jesucristo se nos da a través de la Iglesia y, con Él, los medios y recursos para que ese juicio universal no sea el día de nuestra condenación, sino un espectáculo muy interesante, en el que por fin, se harán públicas las verdades más ocultas de los conflictos que tanto han atormentado a los hombres.

La Iglesia anuncia que tenemos un salvador, Cristo, el Señor. ¡Menos miedos y más coherencia en nuestro actuar con lo que creemos! «Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia; todo lo demás no tiene valor» (Beato J.H. Newman). La Iglesia no sólo nos enseña una forma de morir, sino una de forma de vivir para poder resucitar. Porque lo que predica no es su mensaje, sino el de Aquél cuya palabra es fuente de vida. Sólo desde esta esperanza afrontaremos con serenidad el juicio de Dios.

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San Alberto Magno, 15 de Noviembre



SAN ALBERTO MAGNO
15 de noviembre
HOMILÍAS
LECTIO DIVINA
Alberto Magno, el científico y el santo. Benedicto XVI

(+ 1280)

La historia le llama Magno y Mago. Con ello justiprecia sus méritos y hace a la vez un juego malabar. Es preciso distinguir el ocultismo y el conocimiento de lo oculto. Alberto fue muy grande en muchas cosas, entre ellas en el espíritu de observación. Por él llegó a saber mucho que en su tiempo se desconocía. Conoció las propiedades de los cuerpos y las fuerzas de la naturaleza, fue físico, químico, geógrafo, astrónomo, naturalista. Y teólogo, naturalmente. No supo nada de esto por malas artes. Lo aprendió noblemente. Leyó libros de magia, pero no para aprender sus artes, sino, como él mismo dice, "para no ser tentado por sus procedimientos, que juzgo inválidos e inadmisibles". Los sensatos y los sabios le llaman Magno. Los insensatos y los ignorantes siguen llamándole todavía Mago. Con este nombre le dedicaron una plaza en París, en el lugar mismo que llenaban sus alumnos cuando no cabían  para oírle en las aulas de la Universidad.

Nació el año 1206 en Lauingen, ciudad de la Suevia bávara, asentada a las orillas del Danubio. Su familia era militar; tenía una historia gastada al servicio del emperador y un castillo a dos millas de la ciudad. En él pasó Alberto los primeros años de la infancia. Luego, en la escuela de la catedral, empezó a aprender las letras y afianzó su corazón en la piedad.

Pero la vida del joven necesitaba más horizonte. No le llamaba la milicia. Le atraía la observación de la naturaleza, y por eso se dirigió a Padua, en cuya Universidad a la sazón se aprendían especialmente las artes liberales del Trivium y del Quatrivium. Sin embargo, la ciencia sola no le convenció nunca. Tampoco quería ser sólo santo. Le atraían las dos cosas. Por eso frecuentaba la iglesia de unos frailes de reciente fundación. Se decía que habían roto los moldes del monaquismo tradicional y que acompasaban la institución monástica con las necesidades culturales y apostólicas de la época. El fundador era un español, Domingo de Guzmán, quien quiso que sus religiosos fueran predicadores y doctores. Acababa de morir, dejando la institución en manos de un compatriota de Alberto, Jordán de Sajonia. Dios había dado a Jordán un tacto especial para tratar y convencer a gentes de universidad. Más de mil vistieron el hábito durante su gobierno, salidos de los claustros universitarios de Nápoles, de Bolonia, de Padua, de París, de Oxford y de Colonia. Y no era infrecuente el caso en que, al frente de los estudiantes y capitaneando el grupo, lo vistiera también algún renombrado profesor.

Alberto cayó en sus redes. Un sueño en el que la Virgen le invitaba a hacerse religioso y el hecho de que Jordán le adivinara las indecisiones que le atormentaban, le indujeron a dar el paso. Con ello no abandonó los estudios de la Universidad. Domingo quería sabios a sus frailes; sólo que a la sabiduría clásica debían añadir el conocimiento profundo de las verdades reveladas. El joven novicio dedicó cinco años a la formación que le daban los nuevos maestros, y el Chronicon de Helsford resume su vida .de estos años diciendo que era "humilde, puro, afable, estudioso y muy entregado a Dios". La Leyenda de Rodolfo lo describe como "un alumno piadoso, que en breve tiempo llegó a superar de tal modo a sus compañeros y alcanzó con tal facilidad la meta de todos los conocimientos, que sus condiscípulos y sus maestros le llamaban el filósofo".

Terminados los estudios empiezan la docencia y la carrera de escritor, menesteres en que consumiría su vida, salvo dos paréntesis administrativos, uno al frente de la provincia dominicana de Germania, y otro, ya obispo, al frente de la diócesis de Ratisbona. Su vida docente empezó en Colonia. Después pasó a regentar cátedra en Hildesheim, en Friburgo, en Estrasburgo, de nuevo en Colonia y en París. Simultaneó la labor de cátedra con la de escritor y comentó los libros de Aristóteles, los del Maestro de las Sentencias y la Sagrada Escritura. Pedro de Prusia escribió este elogio de la obra de Alberto: Cunctis luxisti, / scriptis praeclarus fuisti, / mundo luxisti, / quia totum scibile scisti: "Ilustraste a todos; fuiste preclaro por tus escritos; iluminaste al mundo al escribir de todo cuanto se podía saber."

Para desarrollar su labor docente y escrita le había dotado Dios de un fino espíritu de observación. Estudió las propiedades de los minerales y de las hierbas, montando en su convento lo que hoy llamaríamos un laboratorio de química. Estudió también las costumbres de los animales y las leyes de la naturaleza y del universo. Movilizó un equipo de ayudantes, hizo con ellos excursiones audaces y peligrosas a lugares difíciles, viajó mucho, gastando lo que pudo y más de lo que pudo, todo con el fin de robar sus secretos a la obra de la creación.

A la observación añadió la habilidad, y al laboratorio conventual de química sumó lo que llamaríamos gabinete de física y taller mecánico. Dice la leyenda que construyó una cabeza parlante, destruida a golpes por su discípulo Tomás de Aquino al creerla obra del demonio. La anécdota, que no es histórica, ilustra el espíritu positivo y práctico del Santo, que sí lo es. Por todo ello entre los elementos formadores del carácter alemán, sentimental, artista, práctico y exacto, cuenta Ozanam a los Nibelungos, al Parsifal, a la obra poética de Gualter de Vogelweide y a las obras de San Alberto Magno.

Su labor no terminó con el estudio de las criaturas. Además de naturalista era teólogo y santo. Precisamente para serlo se decidió en Padua a simultanear la Escritura con el Trivium y el Quatriyium y a frecuentar a la vez la Universidad y el convento de dominicos. No es extraño, pues, que, cuando se puso a escribir sus veinte volúmenes en folio, lo hiciera señalándose a sí mismo una meta clara: Et intentionem nostram in scientiis divinis finiemus: "Terminaremos todos hablando de las cosas de Dios". Y así, a la Summa de creaturis siguieron los Comentarios a las Sentencias, los Comentarios a la Biblia y una serie de opúsculos de muy subida espiritualidad. Nada tenía interés para él si no terminaba en Dios. De estudiante lo vimos ya piadoso y sobrenaturalizador de su vida estudiantil. Tomás de Cantimprano describe así su vida de maestro: "Lo ví con mis ojos durante mucho tiempo, y observé cómo diariamente, terminada la cátedra, decía el Salterio de David y se entregaba con mucha dedicación a contemplar lo divino y a meditar".

Se dijo más arriba que su paso por la vida no fue sólo el de un maestro y un escritor, fue también el de un gobernante. Metido en la barahúnda de la administración, se distinguió como árbitro, como pacificador, como reformador. Acaeció su muerte el 15 de noviembre de 1280, cuando tenía setenta y cuatro años. Le precedieron unos meses de obnubilación, como si esto fuera privilegio de los genios. También la sufrieron Tomás de Aquino, Newton y Galileo. En realidad la ciencia de aquí era nada para el conocimiento que con la muerte le iba a sobrevenir en la contemplación de Dios.

Quedan aquí señalados algunos de sus muchos merecimientos. Recordaremos otro singular. Alberto descubrió a Tomás de Aquino entre sus muchos alumnos de Colonia. Lo formó con mimo y con amor, porque adivinó las inmensas posibilidades de este napolitano. Luego influyó para que, joven aún, ocupara en París la cátedra más alta de la cristiandad. El Doctor Angélico murió antes que él. Algunos doctores parisinos quisieron proscribir sus doctrinas, y era preciso defenderlas. El Santo, ya viejo, cubre a pie las largas etapas que separan Colonia de París para defender a su discípulo. Su intervención fue eficaz y decisiva. La Iglesia y el mundo, que le deben mucho por lo que fue y por lo que hizo, le son deudores también en gran parte de lo que fue y de lo que hizo Santo Tomás.

EMILIO SAURAS, O. P.

14 nov 2015

Santo Evangelio 14 Noviembre 2015


Día litúrgico: Sábado XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 18,1-8): En aquel tiempo, Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’». 

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».

«Es preciso orar siempre sin desfallecer»
Rev. D. Joan FARRÉS i Llarisó 
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, en los últimos días del año litúrgico, Jesús nos exhorta a orar, a dirigirnos a Dios. Podemos pensar cómo los padres y madres de familia esperan que —¡todos los días!— sus hijos les digan algo, que les muestren su afecto amoroso.

Dios, que es Padre de todos, también lo espera. Jesús nos lo dice muchas veces en el Evangelio, y sabemos que hablar con Dios es hacer oración. La oración es la voz de la fe, de nuestra creencia en Él, también de nuestra confianza, y ojalá fuera también siempre manifestación de nuestro amor.

A fin de que nuestra oración sea perseverante y confiada, dice san Lucas, que «Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). Sabemos que la oración se puede hacer alabando al Señor o dando gracias, o reconociendo la propia debilidad humana —el pecado—, implorando la misericordia de Dios, pero la mayoría de las veces será de petición de alguna gracia o favor. Y, aunque no se consiga de momento lo que se pide, sólo el poder dirigirse a Dios, el hecho de poder contarle a ese Alguien la pena o la preocupación, ya será la consecución de algo, y seguramente —aunque no de inmediato, sino en el tiempo—, obtendrá respuesta, porque «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche?» (Lc 18,7).

San Juan Clímaco, a propósito de esta parábola evangélica, dice que «aquel juez que no temía a Dios, cede ante la insistencia de la viuda para no tener más la pesadez de escucharla. Dios hará justicia al alma, viuda de Él por el pecado, frente al cuerpo, su primer enemigo, y frente a los demonios, sus adversarios invisibles. El Divino Comerciante sabrá intercambiar bien nuestras buenas mercancías, poner a disposición sus grandes bienes con amorosa solicitud y estar pronto a acoger nuestras súplicas».

Perseverancia en orar, confianza en Dios. Decía Tertuliano que «sólo la oración vence a Dios».

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San Loranzo de Irlanda, 14 Noviembre


14 de noviembre
San Lorenzo de Irlanda, arzobispo
(año 1180)


San Lorenzo nació en Irlanda hacia el año 1128, de la familia O’Toole que era dueña de uno de los más importantes castillos de esa época. Cuando el niño nació, su padre dispuso pedirle a un conde enemigo que quisiera ser padrino del recién nacido. El otro aceptó y desde entonces estos dos condes (ahora compadres) se hicieron amigos y no lucharon más el uno contra el otro. Cuando lo llevaban a bautizar, apareció en el camino un poeta religioso y preguntó qué nombre le iban a poner al niño. Le dijeron un nombre en inglés, pero él les aconsejó: "Pónganle por nombre Lorenzo, porque este nombre significa: ‘coronado de laureles por ser vencedor’, y es que el niño va a ser un gran vencedor en la vida". A los papás les agradó la idea y le pusieron por nombre Lorenzo y en verdad que fue un gran vencedor en las luchas por la santidad.

Cuando el niño tenía diez años, un conde enemigo de su padre le exigió como condición para no hacerle la guerra que le dejara a Lorenzo como rehén. El Sr. O’Toole aceptó y el jovencito fue llevado al castillo de aquel guerrero. Pero allí fue tratado con crueldad y una de las personas que lo atendían fue a comunicar la triste noticia a su padre y este exigió que le devolvieran a su hijo. Como el tirano no aceptaba devolverlo, el Sr. O’Toole le secuestró doce capitanes al otro guerrero y puso como condición para entregarlos que le devolvieran a Lorenzo. El otro aceptó pero llevó al niño a un monasterio, para que apenas entregaran a los doce secuestrados, los monjes devolvieran a Lorenzo. Y sucedió que al jovencito le agradó inmensamente la vida del monasterio y le pidió a su padre que lo dejara quedarse a vivir allí, porque en vez de la vida de guerras y batallas, a él le agradaba la vida de lectura, oración y meditación. El buen hombre aceptó y Lorenzó llegó a ser un excelente monje en ese monasterio. Su comportamiento en la vida religiosa fue verdaderamente ejemplar. Dedicadísimo a los trabajos del campo y brillante en los estudios. Fervoroso en la oración y exacto en la obediencia. Fue ordenado sacerdote y al morir el superior del monasterio los monjes eligieron por unanimidad a Lorenzo como nuevo superior.

Por aquellos tiempos hubo una tremenda escasez de alimentos en Irlanda por causa de las malas cosechas y las gentes hambrientas recorrían pueblos y veredas robando y saqueando cuanto encontraban. El abad Lorenzo salió al encuentro de los revoltosos, con una cruz en alto y pidiendo que en vez de dedicarse a robar se dedicaran a pedir a Dios que les ayudara. Las gentes le hicieron caso y se calmaron y él, sacando todas las provisiones de su inmenso monasterio las repartió entre el pueblo hambriento. La caridad del santo hizo prodigios en aquella situación tan angustiada.

En el año 1161 falleció el arzobispo de Dublín (capital de Irlanda) y clero y pueblo estuvieron de acuerdo en que el más digno para ese cargo era el abad Lorenzo. Tuvo que aceptar y, como en todos los oficios que le encomendaban, en este cargo se dedicó con todas sus fuerzas a cumplir sus obligaciones del modo más exacto posible. Lo primero que hizo fue tratar de que los templos fueran lo más bellos y bien presentados posibles. Luego se esforzó porque cada sacerdote se esmerara en cumplir lo mejor que le fuera posible sus deberes sacerdotales. Y en seguida se dedicó a repartir limosnas con gran generosidad. Cada día recibía 30, 40 o 60 menesterosos en su casa episcopal y él mismo les servía la comida. Todas las ganancias que obtenía como arzobispo las dedicaba a ayudar a los más necesitados.

En el año 1170 los ejércitos de Inglaterra invadieron a Irlanda llenando el país de muertes, de crueldad y de desolación. Los invasores saquearon los templos católicos, los conventos y llenaron de horrores todo el país. El arzobispo Lorenzo hizo todo lo que pudo para tratar de detener tanta maldad y salvar la vida y los bienes de los perseguidos. Se presentó al propio jefe de los invasores a pedirle que devolviera los bienes a la Iglesia y que detuviera el pillaje y el saqueo. El otro por única respuesta le dio una carcajada de desprecio. Pero pocos días después murió repentinamente. El sucesor tuvo temor y les hizo mucho más caso a las palabras y recomendaciones del santo. El arzobispo trató de organizar la resistencia pero viendo que los enemigos eran muy superiores, desistió de la idea y se dedicó con sus monjes a reconstruir los templos y los pueblos y se fue a Inglaterra a suplicarle al rey invasor que no permitiera los malos tratos de sus ejércitos contra los irlandeses.

Estando en Londres de rodillas rezando en la tumba de Santo Tomás Becket (un obispo inglés que murió por defender la religión) un fanático le asestó terribilísima pedrada en la cabeza. Gravemente herido mandó traer un poco de agua. La bendijo e hizo que se la echaran en la herida de la cabeza, y apenas el agua llegó a la herida, cesó la hemorragia y obtuvo la curación.

El Papa Alejandro III nombró a Lorenzo como su delegado especial para toda Irlanda, y él, deseoso de conseguir la paz para su país se fue otra vez en busca del rey de Inglaterra a suplicarle que no tratara mal a sus paisanos. El rey no lo quiso atender y se fue para Normandía. Y hasta allá lo siguió el santo, para tratar de convencerlo, pero a causa del terribilísimo frío y del agotamiento producido por tantos trabajos, murió allí en Normandía en 1180 al llegar a un convento. Cuando el abad le aconsejó que hiciera un testamento, respondió: "Dios sabe que no tengo bienes ni dinero porque todo lo he repartido entre el pueblo. Ay, pueblo mío, víctima de tantas violencias ¿Quién logrará traer la paz?".

Seguramente desde el cielo debe haber rezado mucho por su pueblo, porque Irlanda ha conservado la religión y la paz por muchos siglos. Estos son los verdaderos patriotas, los que como San Lorenzo de Irlanda emplean su vida toda por conseguir el bien y la paz para sus conciudadanos. Dios nos envíe muchos patriotas como él.

Dichosos los que buscan la paz porque serán llamados hijos de Dios. (Jesucristo).

13 nov 2015

Santo Evangelio 13 de Noviembre 2015


Día litúrgico: Viernes XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 17,26-37): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste.

»Aquel día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará. Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada». Y le dijeron: «¿Dónde, Señor?». Él les respondió: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres».

«Comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían»
Fr. Austin NORRIS 
(Mumbai, India)

Hoy, en el texto del Evangelio son remarcados el final de los tiempos y la incerteza de la vida, no tanto para atemorizarnos, cuanto para tenernos bien precavidos y atentos, preparados para el encuentro con nuestro Creador. La dimensión sacrificial presente en el Evangelio se manifiesta en su Señor y Salvador Jesucristo liderándonos con su ejemplo, en vista a estar siempre preparados para buscar y cumplir la Voluntad de Dios. La vigilancia constante y la preparación son el sello del discípulo vibrante. No podemos asemejarnos a la gente que «comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían» (Lc 17,28). Nosotros, discípulos, debemos estar preparados y vigilantes, no fuera que termináramos por ser arrastrados hacia un letargo espiritual esclavo de la obsesión —transmitida de una generación a la siguiente— por el progreso en la vida presente, pensando que —después de todo— Jesús no regresará.

El secularismo ha echado raíces profundas en nuestra sociedad. La embestida de la innovación y la rápida disponibilidad de cosas y servicios personales nos hace sentir autosuficientes y nos despoja de la presencia de Dios en nuestras vidas. Sólo cuando una tragedia nos golpea despertamos de nuestro sueño para ver a Dios en medio de nuestro “valle de lágrimas”... Incluso debiéramos estar agradecidos por esos momentos trágicos, porque seguramente sirven para robustecer nuestra fe. 

En tiempos recientes, los ataques contra los cristianos en diversas partes del mundo, incluyendo mi propio país —la India— han sacudido nuestra fe. Pero el Papa Francisco ha dicho: «Sin embargo, los cristianos están esperanzados porque, en última instancia, Jesús hace una promesa que es garantía de victoria: ‘Quien pierda su vida, la conservará’ (Lc 17,33)». Ésta es una verdad en la que podemos confiar… El poderoso testimonio de nuestros hermanos y hermanas que dan su vida por la fe y por Cristo no será en vano.

Así, nosotros luchamos por avanzar en el viaje de nuestras vida en la sincera esperanza de encontrar a nuestro Dios «el Día en que el Hijo del hombre se manifieste» (Lc 17,30).

«Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará»

Rev. D. Enric PRAT i Jordana 
(Sort, Lleida, España)


Hoy, en el contexto predominante de una cultura materialista, muchos actúan como en tiempos de Noé: «Comían, bebían, tomaban mujer o marido» (Lc 17,27); o como los coetáneos de Lot que «(…) compraban, vendían, plantaban, construían» (Lc 17,28). Con una visión tan miope, la aspiración suprema de muchos se reduce a su propia vida física temporal y, en consecuencia, todo su esfuerzo se orienta a conservar esa vida, a protegerla y enriquecerla.

En el fragmento del Evangelio que estamos comentando, Jesús quiere salir al paso de esta concepción fragmentaria de la vida que mutila al ser humano y lo lleva a la frustración. Y lo hace mediante una sentencia seria y contundente, capaz de remover las conciencias y de obligar al planteamiento de preguntas fundamentales: «Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará» (Lc 17,33). Meditando sobre esta enseñanza de Jesucristo, dice san Agustín: «¿Qué decir, pues? ¿Perecerán todos los que hacen estas cosas, es decir, quienes se casan, plantan viñas y edifican? No ellos, sino quienes presumen de esas cosas, quienes anteponen esas cosas a Dios, quienes están dispuestos a ofender a Dios al instante por tales cosas». 

De hecho, ¿quién pierde la vida por haberla querido conservar sino aquel que ha vivido exclusivamente en la carne, sin dejar aflorar el espíritu; o aún más, aquel que vive ensimismado, ignorando por completo a los demás? Porque es evidente que la vida en la carne se ha de perder necesariamente, y que la vida en el espíritu, si no se comparte, se debilita.

Toda vida, por ella misma, tiende naturalmente al crecimiento, a la exuberancia, a la fructificación y la reproducción. Por el contrario, si se la secuestra y se la recluye en el intento de poseerla codiciosa y exclusivamente, se marchita, se esteriliza y muere. Por este motivo, todos los santos, tomando como modelo a Jesús, que vivió intensamente para Dios y para los hombres, han dado generosamente su vida de multiformes maneras al servicio de Dios y de sus semejantes.

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San Leandro, 13 Noviembre

13 de Noviembre
HOMILÍAS
SAN LEANDRO
ARZOBISPO DE SEVILLA
(† 600)

Leandro vio la luz en una familia de abolengo greco romano. En Cartagena de la Andalucía española. Y por los años de 535 a 540. Hermano de tres santos —San Isidoro, su sucesor en la silla Hispalense; San Fulgencio, obispo de Ecija, y Santa Florentina, virgen— santo también fue él, con su festividad litúrgica el 27 de febrero.

La carrera de su santidad se reduce a los siguientes tramos: abrazó en buena hora la vida monástica. Y su condición de monje le abrió las puertas para ejercer una preponderante influencia en la Península, sobre todo por lo que respecta al porvenir religioso de España.

La Providencia enredó así las cosas: sus padres emigraron de Cartagena a Sevilla. Nombrado obispo metropolitano de aquella ciudad, creó una escuela —ya se había dedicado a la enseñanza cuando monje— destinada a propagar la fe ortodoxa y que sirviera, a la vez, de estímulo para el estudio de todas las artes y de todas las ciencias conocidas. El mismo llevó muy entre manos los quehaceres escolares. Entre los alumnos de esta escuela se contaron los dos hijos del rey Leovigildo, Hermenegildo Y Recaredo. El ascendiente de todo buen maestro sobre el discípulo supo aprovecharlo San Leandro para mantener en la fe católica al primogénito del rey, con magnífico ejemplo y harto provecho para los católicos españoles. Hermenegildo, atraído a las lides de la fe nicena por el trato de San Leandro y los consejos de su buena esposa Ingunde, supo despreciar la herejía arriana. Leovigildo asentó la capital del reino visigodo en Toledo y asoció a su hijo en el reino, asignándole la Bética, con residencia en Sevilla. La persecución arriana —y con ella la guerra civil— estalló bien pronto contra el catolicismo. Leovigildo, en sus aires de grandeza y unificador, estimó la herejía arriana como vínculo de unión y grandeza. Todo fue llevado a sangre y fuego; la violencia de la prisión o del exilio se servirá en bandeja a los recalcitrantes. A Leandro se le obligará a abandonar su iglesia metropolitana y la patria madre.

Pero antes del destierro, cuando Leovigildo, desnaturalizado padre, asediaba al joven rey, su hijo Hermenegildo, que resistía en Sevilla la impugnación de la herejía arriana, Leandro marchó a Constantinopla a implorar socorro del emperador bizantino. En Bizancio conoció el monje obispo a otro monje —a la sazón apocrisario del papa Pelagio II en aquellas tierras— destinado a la suprema magistratura de la Iglesia: Gregorio, el magistrado romano y monje, con el que trabó una íntima amistad que unirá sus vidas en criterio y afecto hasta el fin y que Leandro sabrá explotar para el bien de España. Gregorio el Grande escribirá las Morales (exposición del libro de Job), que tanta repercusión tendrán en la ascética moral del medievo, animado por Leandro. La correspondencia gregoriana que se nos ha conservado demuestra la fuerte y perenne amistad de estos dos santos (Cf. Epíst. 1,41; 5,49; 9,121). Elevado a la Cátedra de Pedro, Gregorio se apresura a enviar a su amigo Leandro el palio arzobispal, con unas letras que revelan la alta estima que tenía de su virtud: "Os envío el palio que debe servir para las misas solemnes. Al mismo tiempo debería prescribiros las normas de vivir santamente; pero mis palabras se ven reducidas al silencio por vuestras virtuosas acciones". Es tradición que el Papa donó al arzobispo de Sevilla una venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

Leandro regresó de Constantinopla cuando amainaba la persecución suscitada por Leovigildo. Vio el final de este rey y los buenos consejos que dio a su hijo Recaredo, sin duda influenciado por el príncipe mártir.

Una nueva era amaneció para España cuando Recaredo se sentó en el trono. Leandro pudo volver a su diócesis sevillana y el nuevo rey, vencidos los francos, convocó el histórico III Concilio de Toledo, en el año de gracia de 589. Recaredo abjura la herejía arriana: hace profesión de fe, enteramente conforme con el símbolo niceno; declara que el pueblo visigodo —unido de godos y suevos— se unifique en la fe verdadera y manda que todos sus súbditos sean instruidos en la ortodoxia de la fe católica. El alma de aquel concilio era Leandro. Y ésta es su mayor gloria. En medio de aquellas intrigas visigóticas, supo intrigar santamente en la corte real, con el exuberante fruto de la conversión de su rey. Al santo obispo de Sevilla se le debe, corno causa oculta pero eficiente, la conversión en masa del reino visigodo y la iniciación del desarrollo en España de una vida religiosa muy activa que se traslucirá en la institución de parroquias rurales y en la fundación de no pocos monasterios. La Iglesia española alcanzó, en los celebérrimos concilios de Toledo —iniciados prácticamente en este tercero— una importancia de primerísimo orden. La legislación visigótica, desde entonces, fue totalmente impregnada de cristianismo. Esta es la obra de San Leandro. Con razón podía gloriarse y exteriorizar su gozo en la clausura del concilio con estas palabras: "La novedad misma de la presente fiesta indica que es la más solemne de todas... Nueva es la conversión de tantas gentes, y si en las demás festividades que la Iglesia celebra nos regocijamos por los bienes ya adquiridos, aquí, por el tesoro inestimable que acabamos de recoger. Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia: los que antes nos atribulaban con su rudeza, ahora nos consuelan con su fe. Ocasión de nuestro gozo actual fue la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimían y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que antes eran peso para nuestros hombros se hayan trocado por su conversión en corona nuestra... Alégrate y regocíjate, Iglesia de Dios; alégrate y levántate formando un solo cuerpo con Cristo; vístete de fortaleza, llénate de júbilo, porque tus tristezas se han convertido en gozo, y en paños de alegría tus hábitos de dolor. He aquí que, olvidada de tu esterilidad y pobreza, en un solo parto engendraste pueblos innumerables para tu Cristo. Tú no predicas sino la unión de las naciones, no aspiras sino a la unidad de los pueblos y no siembras más que los bienes de la paz y de la caridad. Alégrate, pues, en el Señor, porque no has sido defraudada en tus deseos, puesto que aquellos que concebiste, después de tanto tiempo de gemidos y oración continua, ahora, pasado el hielo del invierno y la dureza del frío y la austeridad de la nieve, repentinamente los has dado a luz en gozo, como fruto delicioso de los campos, como flores alegres de primavera y risueños sarmientos de vides".

Poco después de este acontecimiento, de los más grandes en la historia del cristianismo español —la conversión de los visigodos fue real y sincera—, fue elevado al Pontificado en 590, Gregorio el Magno. El Papa y amigo felicitó efusivamente a Leandro.

El metropolitano de Sevilla consagró el resto de su vida a edificar a su pueblo con la práctica de la virtud —luz que ilumina— y el trabajo de sus escritos —sal que condimenta—. Entre sus obras escritas —todas perdidas, a excepción de algunos fragmentos de su discurso en el III Concilio de Toledo y la que ahora indicamos— se destaca por el encanto y doctrina evangélica que contiene la carta que dirigió a su hermana Florentina. Es un bello tratadito sobre el desprecio del mundo y la entrega a Dios de las vírgenes consagradas. Influyó sobremanera en la posteridad para el género de vida monástico femenino. Comúnmente se llama a esta carta la regla de San Leandro.

Los últimos años de su vida, retirado de la política, fueron fecundos en obras santas, dignas del mejor obispo: penitencias, ayunos, estudio de las Sagradas Escrituras, obligaciones pastorales. Afligido por la enfermedad de la gota —la misma enfermedad que sufría por entonces su amigo Gregorio el Magno— supo recibirla como un favor del cielo y como una gracia muy grande para expiar sus faltas,

Moría probablemente el mismo año que Recaredo, en 601, dejando fama de verdadero hombre de estado y de obispo digno del apelativo de su amigo, grande.

JUAN MANUEL SANCHEZ GÓMEZ