26 may 2014

Santo Evangelio 26 de Mayo de 2014


Día litúrgico: Lunes VI de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,26—16,4): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho».


Comentario: Rev. P. Higinio Rafael ROSOLEN IVE (Cobourg, Ontario, Canadá)
«También vosotros daréis testimonio»

Hoy, en el evangelio Jesús anuncia y promete la venida del Espíritu Santo: «Cuando venga el Paráclito (…) que procede del Padre, Él dará testimonio de mí» (Jn 15,26). “Paráclito” literalmente significa “aquél que es llamado junto a uno”, y habitualmente es traducido como “Consolador”. De este modo, Jesús nos recuerda la bondad de Dios, pues siendo el Espíritu Santo el amor de Dios, Él infunde en nuestros corazones la paz, la serenidad en las adversidades y la alegría por las cosas de Dios. Él nos hace mirar hacia las cosas de arriba y unirnos a Dios.

Además Jesús dice a los Apóstoles: «También vosotros daréis testimonio» (Jn 15,27). Para dar testimonio es necesario:

1º Tener comunión e intimidad con Jesús. Ésta nace del trato cotidiano con Él: leer el Evangelio, escuchar sus palabras, conocer sus enseñanzas, frecuentar sus sacramentos, estar en comunión con su Iglesia, imitar su ejemplo, cumplir los mandamientos, verlo en los santos, reconocerlo en nuestros hermanos, tener su espíritu y amarlo. Se trata de tener una experiencia personal y viva de Jesús.

2º Nuestro testimonio es creíble si aparece en nuestras obras. Un testigo no es sólo una persona que sabe que algo es verdad, sino que también está dispuesta a decirlo y vivirlo. Lo que experimentamos y vivimos en nuestra alma debemos transmitirlo al exterior. Somos testigos de Jesús no sólo si conocemos sus enseñanzas, sino —y principalmente— cuando queremos y hacemos que otros lo conozcan y lo amen. Como dice el dicho: «Las palabras mueven, los ejemplos arrastran».

El Papa Francisco nos decía: «Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Ese testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más». Y añadía: «Quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente». Eso es siempre una luz que atrae.

Comentario: Rev. D. Jordi POU i Sabater (Sant Jordi Desvalls, Girona, España)
Cuando venga el Paráclito, (...) el Espíritu de la verdad, (...) Él dará testimonio de mí

Hoy, el Evangelio es casi tan actual como en los años finales del evangelista san Juan. Ser cristiano entonces no estaba de moda (más bien era bastante peligroso), como tampoco no lo está ahora. Si alguno quiere ser bien considerado por nuestra sociedad, mejor que no sea cristiano —porque en muchas cosas— tal como los primeros cristianos judíos, le «expulsarán de las sinagogas» (Jn 16,2).

Sabemos que ser cristiano es vivir a contracorriente: lo ha sido siempre. Incluso en épocas en que “todo el mundo” era cristiano: los que querían serlo de verdad no eran demasiado bien vistos por algunos. El cristiano es, si vive según Jesucristo, un testimonio de lo que Cristo tenía previsto para todos los hombres; es un testigo de que es posible imitar a Jesucristo y vivir con toda dignidad como hombre. Esto no gustará a muchos, como Jesús mismo no gustó a muchos y fue llevado a la muerte. Los motivos del rechazo serán variados, pero hemos de tener presente que en ocasiones nuestro testimonio será tomado como una acusación.

No se puede decir que san Juan, por sus escritos, fuera pesimista: nos hace una descripción victoriosa de la Iglesia y del triunfo de Cristo. Tampoco se puede decir que él no hubiese tenido que sufrir las mismas cosas que describe. No esconde la realidad de las cosas ni la substancia de la vida cristiana: la lucha.

Una lucha que es para todos, porque no hemos de vencer con nuestras fuerzas. El Espíritu Santo lucha con nosotros. Es Él quien nos da las fuerzas. Es Él, el Protector, quien nos libra de los peligros. Con Él al lado nada hemos de temer.

Juan confió plenamente en Jesús, le hizo entrega de su vida. Así no le costó después confiar en Aquel que fue enviado por Él: el Espíritu Santo.

26 de mayo SAN FELIPE NERI

26 de mayo

SAN FELIPE NERI

(† 1595)

Para estudiar la figura de San Felipe Neri, y hasta la última época y la sociedad en que él vivió, poseemos hoy una documentación verdaderamente excepcional. El proceso de beatificación de San Felipe se abrió con rapidez increíble. Fallecido el 26 de mayo de 1595, nos encontramos con que ya el 2 de agosto empiezan a recogerse testimonios. Esto hace que, de una parte, los testigos sean abundantísimos (baste el dato de que en los cinco primeros meses se oye a ciento cuarenta y seis testigos), y, de otra parte, sus testimonios tengan una viveza, un colorido, una abundancia de detalles que no suelen ser frecuentes en esta clase de procesos, muchos de los cuales se redactan tardíamente, cuando ya el tiempo ha hecho perder brillantez a la contemplación de las cosas ocurridas. El mismo notario que intervino en la mayor parte de la declaración de los testigos tuvo el buen cuidado de recoger las declaraciones casi taquigráficamente. Se nota una diferencia abismal entre el lenguaje elegante, depurado, de unas declaraciones y el lenguaje popular, lleno de incorrecciones, abundante en frases sin terminar de otras. Incluso como documental de una época, el proceso, que ha sido recientemente editado, constituye un documento inapreciable.

 Aparece así el que con razón ha sido llamado "el más italiano de los santos" retratado por toda clase de gentes, tal y corno verdaderamente fue y como le vieron sus contemporáneos. Con sus extravagancias y sus aspectos admirablemente humanos, con su celo por las almas y su alegría desbordante, con su preocupación por los pobres y los más desamparados. Y de todo esto nos hablan gentileshombres y cortesanos, curiales y modestísimos artesanos, soldados y estudiantes, dependientes de comercio y empleados de banco. Es más: concurren al proceso no pocos artistas, músicos, pintores, con quienes tanto trató, y algunos médicos. No faltan tampoco las mujeres, desde las pertenecientes a la nobleza romana hasta las de las clases más humildes, pasando por religiosas claustradas. Las jerarquías eclesiásticas, desde los cardenales hasta los más sencillos sacerdotes, de oscuras iglesias de Roma, y religiosos pertenecientes a diversas Ordenes. Es un cuadro animadísimo que nos muestra la acción espiritual de aquel "gran hombre" que fue San Felipe, según reiteradamente le llaman los testigos. No hay duda de que él fue uno de los elementos que mas contribuyeron a resolver la crisis de civilización por la que atravesó la humanidad en el siglo XV. El desconsiderado humanismo que este siglo había entronizado a sus comienzos resultó barrido ante el huracán de la herejía protestante y la violenta reacción que provocó. Pero, superando la exasperación que algunas veces pudo llegar a revestir esta reacción, la segunda generación de la reforma católica restableció el equilibrio entre el espíritu religioso y un nuevo humanismo, entre la ortodoxia romana y las nuevas exigencias de la naturaleza y del hombre. El proceso demuestra cómo San Felipe fomentó y efectuó prácticamente esta obra de mediación y reconciliación, de la cual se originan, en último término, la moderna espiritualidad y la civilización cristiana.

 Poco sabemos de la niñez de Felipe Neri. Ya su padre debió de ser un tipo singular, que unía el ejercicio del notariado con las aficiones a la alquimia. Felipe había nacido el 21 de julio de 1515 y bien pronto perdió a su madre. Su madrastra, sin embargo, le educó con el mayor cariño. Uno de los testigos que mayor número de noticias aportó a los procesos, Fabricio Massimo, nos cuenta que ya desde niño le llamaban "el buen Pippo", anticipándose al sobrenombre que habría de recibir en Roma años después: "Felipe el Bueno".

 Nada sabemos de sus estudios. Ciertamente los tuvo, pues en su edad adulta se le verá en Roma conversando con los eruditos más distinguidos de su tiempo y orientando hacia los trabajos del espíritu a aquellos discípulos suyos que considera más capaces. Sabemos que tuvo una infancia feliz, alegre, de una pureza sin tacha. Que en su adolescencia gustó de la poesía, de la música y del entusiasmo por la naturaleza,

 Hacia 1532 abandonó su casa, por consejo de su padre, para irse a vivir a un lugar llamado San Germán, próximo a Montecasino, "donde estaba —nos dice un testigo de su proceso— un tío suyo rico con muchos miles de escudos y que era mercader". Su padre le había enviado para que se ejercitase en la mercadería, y el muchacho, aunque no muy hábil para esas cosas, se mostró, en cambio, tan encantador, que su tío pensó dejarle heredero de toda su fortuna. Pero Felipe sentía otros deseos y se marchó a Roma, pese a todas las reconvenciones cariñosas, con un plan no muy definido de vivir en la Ciudad Santa a la manera de ermitaño laico. Esto ocurrió hacia el año 1536. Y ya no volverá a salir de Roma jamás. Uno de sus criados y confidentes cuenta que varias veces le preguntaba por qué no se iba a pasar unos días a su tierra natal. Y que él siempre contestaba con gracia: "Lo haré más adelante. Ahora estoy ocupado".

 En Roma se encuentra en una situación de pobreza total. No quiere, sin embargo, recurrir a los suyos y se acoge a un compatriota, Galeotto Caccia, director de la Aduana pontificia, con quien vive durante catorce años entregado a los ayunos y a la oración. Hace sus estudios de filosofía en la Sapienza y de teología en los agustinos, y, una vez terminados aquéllos, inicia sus trabajos de apostolado. Iba a ser el apóstol de Roma, por excelencia.

 Entregado sin límites a los pobres, a los humildes, a los jóvenes más abandonados, le corresponde trabajar en un ambiente particularmente difícil. Por aquellos mismos días el papa Adriano V escribía: "Sabemos bien que el mal se ha extendido de la cabeza a los pies, del Papa a los prelados... Todo está viciado". San Felipe toma abiertamente partido entre los apóstoles de la reforma e inicia para ello una porción de curiosas empresas.

 Unas veces le encontramos en la célebre cofradía Oratorio del Divino Amor, esforzándose en restablecer la visita a los hospitales. Años después vemos cómo se une a una pequeña asociación fundada por su confesor con el nombre de La Santa Trinidad de los Peregrinos, para atender a los que se encontraban en necesidad. La asociación va tomando mayor auge, tiene que marchar de la iglesia de San Salvador a la de San Bernardo y va extendiendo sus actividades. San Felipe, con sus cofrades, visita las prisiones, ayuda a los estudiantes pobres, atiende a los convalecientes y parece llegar a todos con su espíritu y su caridad.

 Alguno de sus éxitos apostólicos llega a tener enorme resonancia. Así cuando, condenado a muerte el célebre hereje Paleólogo, antiguo dominico de una extraordinaria capacidad intelectual, sale Felipe a su encuentro cuando le conducían a la hoguera, y le habla con tal convicción y entusiasmo, que consigue su conversión. Así también en su intervención para obtener, gracias a su crédito ante la Santa Sede, la conversión del "buen rey Enrique IV", que no olvida jamás, según se lee en la Vida de Morosini, "que fue potentemente ayudado por este santo hombre para recobrar la gracia de la que la herejía le había tenido alejado".

 Por fin, en 1551, San Felipe se decide a recibir el sacerdocio. Tonsurado en marzo, cuando tenía treinta y seis años, recibe la ordenación sagrada en mayo. Deja entonces la casa de su bienhechor Caccia y se retira a la iglesia de San Jerónimo de la Caridad. Allí le esperaban las humillaciones y los sufrimientos. Uno de los testigos del proceso nos cuenta, por ejemplo, haber visto con sus propios ojos a San Felipe revestido de una vieja alba y de unos pobrísimos ornamentos, retirándose con lágrimas del altar porque se le impedía decir misa. Una de las novedades de que se le acusaba era precisamente ésa: la de exhortar a los sacerdotes a decir misa todos los días y a los fieles a comulgar frecuentemente.

 Sobreviene poco después, en 1555, en la vida de San Felipe un nuevo personaje verdaderamente singular: Bensignore Cassiaguerra, héroe de una novela que no desmerecía Las mil y una noches, a la que puso fin una visión de Jesucristo con la cuerda al cuello y llevando la cruz. Bonsignore es nombrado superior de la casa, participa plenamente de las "ideas avanzadas" de San Felipe y transforma aquella naciente comunidad de sacerdotes en un primer esquema de lo que habría de ser años después el Oratorio. A los dos amigos viene a unírseles Tarugi, senador de Roma y futuro arzobispo de Aviñón, que tanta influencia tuvo en la magnífica reforma pastoral que se obró en Francia en el siglo XVII. Se une también Baronio, al que, como el anterior, esperaba el cardenalato, y que logra una espléndida labor literaria, entre la que destacan sus Anales eclesiásticos.

 Se ha iniciado la que pudiéramos llamar "edad de oro" en la vida de San Felipe. Acompañado de aquel grupo de sacerdotes selectísimos, Felipe se lanza abiertamente al más intenso apostolado. Horas interminables de confesonario, visitas a enfermos y hospitales, organización de distracciones para la juventud... Y, sobre todo, aquellas procesiones populares de las que nos hablan tantos testigos. Sólo un hombre excepcional como San Felipe podía evitar que aquello degenerase en tumulto o en partida profana. Pero no era así: el cortejo se ponía en marcha muy de mañana, todos cantando y rezando, para visitar las siete iglesias romanas. Al mediodía se hacía un alto en una viña, propiedad de un amigo de San Felipe, donde los devotos peregrinos comían en pleno campo. Después se volvía a organizar la procesión, hasta que anochecía. Estas procesiones, que eran frecuentes, tenían, sin embargo, especial solemnidad durante el carnaval, tantas veces licencioso en la antigua Roma de los papas.

 No le faltaron sinsabores. En los tiempos duros del papa Paulo IV la Inquisición intervino para examinar las actividades de aquel singular sacerdote. Dicen los testigos que se presentó ante el tribunal con tal humildad y dulzura, que el mismo Papa quedó prendado de él, y hasta mostró alguna vez pena por no poder participar en las devotas peregrinaciones que él organizaba.

 En tiempos de San Pío V volvió de nuevo la persecución. Se le prohibió organizar procesiones y se le sometió a una estrecha vigilancia por lo que atañía a su predicación. Nuevo triunfo de San Felipe, que se vio rodeado en lo sucesivo de la simpatía del nuevo Pontífice.

 Por lo demás, el campo de apostolado de San Felipe continúa extendiéndose. De manera inesperada es llamado un día por los capellanes florentinos de la iglesia de San Juan Bautista, en la señorial vía Giulia, para ser rector de ella. San Felipe acepta tan sólo, y por intervención del Papa, una especie de dirección general. La nueva iglesia es complemento de la de San Jerónimo, y campo de actividad del grupo sacerdotal que durante esos años ha ido organizándose y consolidándose. Tanto que ha habido que pensar ya en darle una sencillísima regla.

 Y he aquí que el 15 de julio de 1575 una bula pontificia instituía una Congregación de sacerdotes y clérigos seculares bajo el nombre del Oratorio, encomendándoles la iglesia de la Vallicella. Pocos fundadores habrá habido que se hayan negado tan obstinadamente a serlo. Si aceptó el ponerse al frente de aquel sencillísimo grupo, para el que nunca quiso votos ni nada que pudiera asemejarlo a una Congregación religiosa propiamente dicha, rehusó rotundamente todo lo que pudiera parecer una extensión del Oratorio fuera de Roma. Pese a que la contradicción venía de personalidades como San Carlos Borromeo y los cardenal Tarugi Y Baronio, él se mantendrá siempre firme en su deseo de la absoluta independencia de unas casas respecto a otras.

 El Oratorio es su creación genial. Cada casa autónoma agrupa a unos cuantos sacerdotes, sin otro vínculo que el de la caridad. Viven vida común, bajo la autoridad del padre o prepósito, al que eligen trienalmente, y tratan de santificarse con la observancia libre de los consejos evangélicos. Con diferencias de matiz, el Oratorio, que en vida del Santo se extendió a Nápoles, escribiría páginas gloriosísimas en la historia de la Iglesia en Francia, en Inglaterra, en Alemania y en España. Hoy mismo subsiste pujante, después de haberse confederado los diversos Oratorios el año 1942.

 Los papas bendicen el Oratorio. Es más, en repetidas ocasiones, y muy en especial en el pontificado de Gregorio XIV, ofrecen a su fundador el capelo cardenalicio. Pero él se mantiene firme en se deseo de continuar como hasta entonces, sin otro cuidado que el de ejercitar su apostolado con la mayor sencillez que le sea posible. A sus hijos, los oratorianos, les pondrá en la regla la prohibición de "osar bajo ningún pretexto cortejar o acompañar a cardenales u otros personajes, porque habrían de estar al servicio de Dios únicamente".

 A su admirable actividad unió también un profundo espíritu de oración. Viviendo en la Vallicella, transformada después en la magnífica Chiesa Nuova, solía marcharse días enteros a su "asilo de soledad", que era San Jerónimo. Durante largas horas se entrega a la oración, muy frecuentemente premiado con extraordinarias gracias místicas. Los testigos de su proceso de beatificación nos contarán cómo con frecuencia le costaba recobrarse después de los éxtasis y volver a atender a las cosas de este mundo. Sin embargo, todos a una confiesan que bastaba que se interpusiese en lo más mínimo el bien de las almas, para que San Felipe interrumpiera su oración. Incluso durante la acción de gracias después de la misa, hora por él preferida para el máximo recogimiento, se podía recurrir a él en la seguridad de que inmediatamente se ponía en el confesonario.

 Conocida es la anécdota, para unos milagrosa y para otros explicable de manera puramente humana, de su visión el día de Pentecostés de 1544, con la consiguiente dilatación de corazón y la deformación de dos costillas, curvadas fuertemente para liberar el mismo corazón. Una de ellas se conserva todavía en el Oratorio de Nápoles. Como decimos, hay discusión sobre el alcance exacto de este fenómeno. Pero en lo que no puede haberla es en el amor intensísimo que siempre sentía hacia Dios y hacia las almas.

 En alguna ocasión parece que la lucha entre su deseo de soledad y el apostolado se hizo particularmente dura. Una visión interior le aclaró su vocación, imprimiendo en lo más profundo de su alma estas palabras: "La voluntad de Dios es que marches por medio del mundo, pero como en un desierto".

 Los ayunos, las penitencias, las largas horas de confesonario, fueron minando aquella naturaleza que, por otra parte, parecía sobrehumanamente fuerte. En 1593, alegando estas enfermedades, obtuvo, por fin, el verse libre del gobierno del Oratorio. Baronio le sucedió, designado unánimemente por todos los electores. San Felipe hubo de guardar cama. Se le oía murmurar: "¡Tú, oh Cristo, en la cruz, y yo en la cama, tan bien cuidado, tan atendido, rodeado de tantas personas que se desvelan por mí!". Sus males se iban multiplicando, pero sin llegar nunca a borrar de su rostro aquella sonrisa que era su más destacada característica.

 En 1595 su salud se agravó más y más. Recibió la extremaunción y después comulgó de manos de San Carlos Borromeo. Pareció restablecerse; pero, por fin, el 26 de mayo de 1595, en la noche de la fiesta del Corpus, murió dulcemente.

 Su cuerpo fue transportado el 24 de mayo de 1602 a una capilla edificada por Nero de Neri y Tarugi.

 Como hemos dicho, su proceso de beatificación empezó dos meses después de su muerte y se prosiguió, de manera un tanto irregular, hasta el 22 de octubre de 1608. Estaba un tanto parada la causa, cuando Carlos Gonzaga, duque de Nevers y embajador extraordinario, de Francia, pidió al Papa que permitiese al Oratorio celebrar la misa y recitar el oficio de su fundador. El Papa pasó el asunto a la Congregación de Ritos, y ésta declaró que eso equivalía a una beatificación y que, por consiguiente, era necesario completar el proceso. Paulo V se decidió entonces, a la vista de esta contestación y de las peticiones que le llegaban de todas partes, a encomendar la causa a la Sagrada Congregación el 13 de abril de 1609.

 Tras no pocas vicisitudes, y la apertura de dos nuevos procesos, se consiguió por fin, gracias a las decisivas intervenciones del cardenal Belarmino, la beatificación el día 25 de mayo de 1615. Prosiguió bajo Gregorio XV el proceso de canonización. Una nueva intervención de San Roberto Belarmino determinó que el 13 de noviembre de 1621 se declarase que se podía proceder a la canonización. Y, por fin, el sábado 12 de marzo de 1622, juntamente con los cuatro santos españoles Isidro, Ignacio de Loyola, Francisco, Javier y Teresa de Jesús, era solemnísimamente canonizado.

 El Oratorio obtuvo su definitiva aprobación en 1612. Según hemos dicho, en 1942 fue aprobado de nuevo, estableciéndose una cierta confederación entre las diversas casas, al frente de la cual está un visitador general, asistido por una diputación permanente.

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA




25 may 2014

Santo Evangelio 25 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Domingo VI (A) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 14,15-21): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él».


Comentario: P. Julio César RAMOS González SDB (Mendoza, Argentina)
Yo le amaré y me manifestaré a él

Hoy, Jesús —como lo hizo entonces con sus discípulos— se despide, pues vuelve al Padre para ser glorificado. Parece ser que esto entristece a los discípulos que, aún le miran con la sola mirada física, humana, que cree, acepta y se aferra a lo que únicamente ve y toca. Esta sensación de los seguidores, que también se da hoy en muchos cristianos, le hace asegurar al Señor que «nos os dejaré huérfanos» (Jn 14,18), pues Él pedirá al Padre que nos envíe «otro Paráclito» (Auxiliador, Intercesor: Jn 14,16), «el Espíritu de la verdad» (Jn 14,17); además, aunque el mundo no le vaya a “ver”, «vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis» (Jn 14,19). Así, la confianza y la comprensión en estas palabras de Jesús suscitarán en el verdadero discípulo el amor, que se mostrará claramente en el “tener sus mandamientos” y “guardarlos” (cf. v. 21). Y más todavía: quien eso vive, será amado de igual forma por el Padre, y Él —el Hijo— a su discípulo fiel le amará y se le manifestará (cf. v. 21).

¡Cuántas palabras de aliento, confianza y promesa llegan a nosotros este Domingo! En medio de las preocupaciones cotidianas —donde nuestro corazón es abrumado por las sombras de la duda, de la desesperación y del cansancio por las cosas que parecen no tener solución o haber entrado en un camino sin salida— Jesús nos invita a sentirle siempre presente, a saber descubrir que está vivo y nos ama, y a la vez, al que da el paso firme de vivir sus mandamientos, le garantiza manifestársele en la plenitud de la vida nueva y resucitada. 

Hoy, se nos manifiesta vivo y presente, en las enseñanzas de las Escrituras que escuchamos, y en la Eucaristía que recibiremos. —Que tu respuesta sea la de una vida nueva que se entrega en la vivencia de sus mandamientos, en particular el del amor.

25 de mayo SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZIS

25 de mayo

SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZIS

 (†  1607)



Hay en el Borgo de San Friano un monasterio “donde se trata de perfección con particular cuidado”. Así lo decía un autor del setecientos y así lo leo yo hoy en las páginas tostadas de años, pero quemantes siempre, de una obra en pergamino y bellos tipos renacentistas que contiene la “vida de la bienaventurada y extática María Magdalena de Pazzis, virgen florentina", la santa contradictoria y apasionante que nos ha dejado una vida extraña y vehemente como su temperamento toscano.

 Su padre, Camilo Geri de Pazzis, gran señor florentino, había contraído matrimonio con María Lorenzo Buondelmonti, dama exquisita, amiga de los Médicis, que educó con extraordinaria delicadeza a su única hija Catalina. La niña era bellísima y de un natural dulce y quieto y a la vez ardiente y amoroso, mezclando voluntad y suavidades. No podemos detenernos en sus primeros años, ni en su educación entre las Canonesas de Malta, ni en su regreso al mundo, de cuya época se conserva un hermoso cuadro nos muestra a Catalina, gran figura de italiana, vestida de blanco y dorado con unas rosas.

 Vamos a partir de ese domingo primero de Adviento en que ingresa en el convento de carmelitas observantes en 1582 y donde recibe el santo hábito al final del enero siguiente. Ya se llama María Magdalena y tiene dieciséis años.

 Una tarde, después de la oración que tenían las novicias reunidas en el oratorio del noviciado, su rostro pareció ardiente e inflamado como de intensa calentura. No hallaba sosiego. Se agitaba, se movía, hacía lo posible por añojarse la correa de la cintura y deshecha en lágrimas sollozaba: “¡Oh amor que no eres conocido ni amado, que ofendido estás!” Sólo al cabo de dos horas tornó en sí.

 Era el primero de sus excesos de amor.

 El amor de Dios, que es intensamente espiritual, tiene sus redundancias sobre el organismo; la parte funcional y somática de Magdalena, joven y delicada novicia, desmayaba ante el acosamiento divino. ¿Es raro, acaso, que la naturaleza se estremezca cuando Dios la acaricia? Desde el día de sus votos comienza esa cuaresma de interior comunicación que ha sido llamada Ios cuarenta días". Su propia descripción es ésta: "No sabía si estaba muerta o viva, si en el cuerpo o en el alma, si en la tierra o en el cielo... sólo veía a Dios todo glorioso amarse a Sí puramente, conocerse a Sí enteramente, ser Trinidad indivisa en la unidad..." Y cuenta otra vez así las gracias de aquellas mañanas: "Vi el amor inmenso y unitivo que me unió con Jesús. Entendí también que todas las almas que participan en la sangre de Jesús son las que padecen en este mundo quedando delante de su divina Majestad bellas y hermosas. Si un alma pudiese comprender en cuánta grandeza está mientras ama así a Dios, casi se desharía a sí misma dulcísimamente".

 Hablaba con un ser invisible y, tomando el crucifijo con rostro brillante y enardecido, exclamaba: "¡Oh Jesús mío!, dame una voz grande que la oiga el mundo entero, el pésimo amor propio es el que nos quita vuestro conocimiento... el amor propio que es el contrario al vuestro, Señor... ¡Amor, haz que las criaturas no amen otra cosa que a Ti!" Y así duraba hasta eso de las cuatro en que le volvía el mal y la calentura y tornaba a la cama entre los solícitos cuidados de su madre maestra y sor Evangelista del Giocondo.

 Así pasaban los días maravillosos e incomprensibles, mientras con su oración y padecer Magdalena buscaba almas dadas plenamente al Amor. enseñando que el gran apostolado es difundir la santidad que vivifica a toda la Iglesia.

 Luego vinieron pesadumbres, tentaciones, luchas y negruras que ella llamó "el lago de los leones", con un recuerdo danielesco y estremecedor, mientras las obsesiones, la pesadez y el hastío de la observancia intensificaban la obra de la purificación.

 Nombrada maestra de novicias, les dio a todas la humildad como camino para llegar a la unión divina y les brindaba esta definición preciosa: "La humildad es un continuo conocimiento de ser nada y un continuo gozarse en todo lo que sirve para el desprecio de una".

 Y era tanta su luz sobre esta virtud que añadía: "En el infierno habrá almas apóstoles, almas vírgenes, pero no habrá nunca almas humildes".

 Teólogos de fuste acudían al convento para estudiar el caso de esta monjita que los sorprendía con las gracias más subidas. Profetizó al cardenal de Médicis, más tarde León XI, su elevación al Pontificado supremo, y su brevedad.

 Ella aprovechaba la curiosidad de muchos que la visitaban para inculcarles a todos una gran pureza de conciencia. Se confesaba diariamente y temía la menor imperfección involuntaria, Esta limpidez de espíritu la subió pronto a una oración que le era como habitual: "Tener gusto en gozarme y complacerme de los atributos divinos... gozarme de la comunicación que tienen entre sí las tres divinas Personas..., regocijarme en el amor infinito con que Dios se ama a Sí mismo... Ofrecerme a mí misma a Dios con toda aquella perfección que Él quiere que tenga".

 Es una tentación citar todo el texto.

 Bastan estas líneas para atisbar algo del secreto de María Magdalena de Pazzis, la santa de los grandes excesos de amor.

 El 25 de mayo de 1607 toda la Comunidad rodea el lecho de sor María Magdalena. Ninguna duda ya de su perfección. A esta hora no tiene gusto ni consuelo espiritual, porque Dios quiere que muera como Cristo en la cruz.

 Apretaban los dolores, cercábanla grandes sufrimientos. Ella, sencilla y humilde, deja caer esta frase: “yo gusto de todo lo que Él gusta, no quiero contentos, ¡con tal de que mi alma se salve!"

 Así, ignorante, inédita para sí misma, despojada de su propio valer. Va a dar la una del mediodía..., el confesor reza himnos y alabanzas divinas, la moribunda está bella y sonrosada, tiene sólo cuarenta y un años. “¡Con lo que pudiera vivir!", insinúa alguna monja entristecida; pero ¡no!..., ella sólo quiere el Amor.

 Y esta vez sin excesos el Amor viene, y definitivamente María Magdalena se pierde como llama de fuego en el seno eterno de la Infinita Trinidad.

 MARÍA H. DE LA SANTA FAZ, O. P.

24 may 2014

Santo Evangelio 24 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Sábado V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,18-21): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado».


Comentario: Rev. D. Ferran JARABO i Carbonell (Agullana, Girona, España)
Todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado

Hoy, el Evangelio contrapone el mundo con los seguidores de Cristo. El mundo representa todo aquello de pecado que encontramos en nuestra vida. Una de las características del seguidor de Jesús es, pues, la lucha contra el mal y el pecado que se encuentra en el interior de cada hombre y en el mundo. Por esto, Jesús resucitado es luz, luz que ilumina las tinieblas del mundo. Karol Wojtyla nos exhortaba a «que esta luz nos haga fuertes y capaces de aceptar y amar la entera Verdad de Cristo, de amarla más cuanto más la contradice el mundo».

Ni el cristiano, ni la Iglesia pueden seguir las modas o los criterios del mundo. El criterio único, definitivo e ineludible es Cristo. No es Jesús quien se ha de adaptar al mundo en el que vivimos; somos nosotros quienes hemos de transformar nuestras vidas en Jesús. «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre». Esto nos ha de hacer pensar. Cuando nuestra sociedad secularizada pide ciertos cambios o licencias a los cristianos y a la Iglesia, simplemente nos está pidiendo que nos alejemos de Dios. El cristiano tiene que mantenerse fiel a Cristo y a su mensaje. Dice san Ireneo: «Dios no tiene necesidad de nada; pero el hombre tiene necesidad de estar en comunión con Dios. Y la gloria del hombre está en perseverar y mantenerse en el servicio de Dios».

Esta fidelidad puede traer muchas veces la persecución: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). No hemos de tener miedo de la persecución; más bien hemos de temer no buscar con suficiente deseo cumplir la voluntad del Señor. ¡Seamos valientes y proclamemos sin miedo a Cristo resucitado, luz y alegría de los cristianos! ¡Dejemos que el Espíritu Santo nos transforme para ser capaces de comunicar esto al mundo!

24 de mayo María Auxiliadora

24 de mayo

María Auxiliadora  


 Historia de la devoción a María Auxiliadora en la Iglesia Antigua. 
Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo". Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama "Auxilio potentísimo" de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: "La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto". San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen "Auxiliadora de los que sufren" y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la "Auxiliadora de los enfermos" se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo. El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María "Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles" e insiste en que recemos para que Ella sea también "Auxiliadora de los que gobiernan" y así cumplamos lo que dijo Cristo: "Dad al gobernante lo que es del gobernante" y lo que dijo Jeremías: "Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien". En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: "María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo". San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: "María Auxiliadora rogad por nosotros". Y repite: "La "Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte". San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: "Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda".

La batalla de Lepanto.
En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa. En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras. Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento. Pero luego - de manera admirable - el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.

El Papa y Napoleón.
El siglo pasado sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica". Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

 San Juan Bosco y María Auxiliadora.
El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres. A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera "ciencia y paciencia", porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.

Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: "Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen". Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.

San Juan Bosco decía: "Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros" y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: "María Auxiliadora, rogad por nosotros". El decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo

23 may 2014

Santo Evangelio 23 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Viernes V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,12-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».


Comentario: Rev. D. Carles ELÍAS i Cao (Barcelona, España)
Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado

Hoy, el Señor nos invita al amor fraterno: «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12), es decir, como me habéis visto hacer a mí y como todavía me veréis hacer. Jesús te habla como a un amigo, pues te ha dicho que el Padre te llama, que quiere que seas apóstol, y que te destina a dar fruto, un fruto que se manifiesta en el amor. San Juan Crisóstomo afirma: «Si el amor estuviera esparcido por todas partes, nacería de él una infinidad de bienes».

Amar es dar la vida. Lo saben los esposos que, porque se aman, hacen una donación recíproca de su vida y asumen la responsabilidad de ser padres, aceptando también la abnegación y el sacrificio de su tiempo y de su ser a favor de aquellos que han de cuidar, proteger, educar y formar como personas. Lo saben los misioneros que dan su vida por el Evangelio, con un mismo espíritu cristiano de sacrificio y de abnegación. Y lo saben religiosos, sacerdotes y obispos, lo sabe todo discípulo de Jesús que se compromete con el Salvador.

Jesús te ha dicho un poco antes cuál es el requisito del amor, de dar fruto: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda él solo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,24). Jesús te invita a perder tu vida, a que se la entregues a Él sin miedo, a morir a ti mismo para poder amar a tu hermano con el amor de Cristo, con amor sobrenatural. Jesús te invita a llegar a un amor operante, bienhechor y concreto; así lo entendió el apóstol Santiago cuando dijo: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: ‘Id en paz, calentaos y hartaos’, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (2,15-17).