11 jun 2019

Santo Evangelio 11 de junio 2019


Día litúrgico: Martes X del tiempo ordinario

Santoral 11 de Junio: San Bernabé, apóstol

Texto del Evangelio (Mt 5,13-16): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».


«Vosotros sois la sal de la tierra. (...) Vosotros sois la luz del mundo»

Rev. D. Francesc PERARNAU i Cañellas 
(Girona, España)

Hoy, san Mateo nos recuerda aquellas palabras en las que Jesús habla de la misión de los cristianos: ser sal y luz del mundo. La sal, por un lado, es este condimento necesario que da gusto a los alimentos: sin sal, ¡qué poco valen los platos! Por otro lado, a lo largo de los siglos la sal ha sido un elemento fundamental para la conservación de los alimentos por su poder de evitar la corrupción. Jesús nos dice: —Debéis ser sal en vuestro mundo, y como la sal, dar gusto y evitar la corrupción. 

En nuestro tiempo, muchos han perdido el sentido de su vida y dicen que no vale la pena; que está llena de disgustos, dificultades y sufrimientos; que pasa muy deprisa y que tiene como perspectiva final —y bien triste— la muerte.

«Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5,13). El cristiano ha de dar el gusto: mostrar con la alegría y el optimismo sereno de quien se sabe hijo de Dios, que todo en esta vida es camino de santidad; que dificultades, sufrimientos y dolores nos ayudan a purificarnos; y que al final nos espera la vida de la Gloria, la felicidad eterna.

Y, también como la sal, el discípulo de Cristo ha de preservar de la corrupción: donde se encuentran cristianos de fe viva, no puede haber injusticia, violencia, abusos hacia los débiles... Todo lo contrario, ha de resplandecer la virtud de la caridad con toda la fuerza: la preocupación por los otros, la solidaridad, la generosidad...

Y, así, el cristiano es luz del mundo (cf. Mt 5,14). El cristiano es esta antorcha que, con el ejemplo de su vida, lleva la luz de la verdad a todos los rincones del mundo, mostrando el camino de la salvación... Allá donde antes sólo había tinieblas, incertidumbres y dudas, nace la claridad, la certeza y la seguridad.

Oración


Señor, Padre de misericordia, cuyo Hijo, clavado en la cruz, proclamó como Madre nuestra a su Madre, santa María virgen, concédenos por su mediación amorosa, que tu Iglesia, cada día más fecunda, se llene de gozo por la santidad de sus hijos, y atraiga a su seno a todos los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

10 jun 2019

Santo Evangelio 10 de Junio 209




Día litúrgico: Lunes X del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 5,1-12): 

En aquel tiempo, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

«Bienaventurados los pobres de espíritu»

Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch 
(Salt, Girona, España)

Hoy, con la proclamación de las Bienaventuranzas, Jesús nos hace notar que a menudo somos unos desmemoriados y actuamos como los niños, pues el juego nos hace perder el recuerdo. Jesús temía que la gran cantidad de “buenas noticias” que nos ha comunicado —es decir, de palabras, gestos y silencios— se diluyera en nuestros pecados y preocupaciones. ¿Recordáis, en la parábola del sembrador, la imagen del grano de trigo ahogado en las espinas? Por eso san Mateo engarza las Bienaventuranzas como unos principios fundamentales, para que no las olvidemos nunca. Son un compendio de la Nueva Ley presentada por Jesús, como unos puntos básicos que nos ayudan a vivir cristianamente.

Las Bienaventuranzas están destinadas a todo el mundo. El Maestro no sólo enseña a los discípulos que le rodean, ni excluye a ninguna clase de personas, sino que presenta un mensaje universal. Ahora bien, puntualiza las disposiciones que debemos tener y la conducta moral que nos pide. Aunque la salvación definitiva no se da en este mundo, sino en el otro, mientras vivimos en la tierra debemos cambiar de mentalidad y transformar nuestra valoración de las cosas. Debemos acostumbrarnos a ver el rostro del Cristo que llora en los que lloran, en los que quieren vivir desprendidos de palabra y de hechos, en los mansos de corazón, en los que fomentan las ansias de santidad, en los que han tomado una “determinada determinación”, como decía santa Teresa de Jesús, para ser sembradores de paz y alegría.

Las Bienaventuranzas son el perfume del Señor participando en la historia humana. También en la tuya y en la mía. Los dos últimos versículos incorporan la presencia de la Cruz, ya que invitan a la alegría cuando las cosas se ponen feas humanamente hablando por causa de Jesús y del Evangelio. Y es que, cuando la coherencia de la vida cristiana sea firme, entonces, fácilmente vendrá la persecución de mil maneras distintas, entre dificultades y contrariedades inesperadas. El texto de san Mateo es rotundo: entonces «alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,12).

Oración al Espíritu Santo


9 jun 2019

Santo Evangelio 9 de junio 2019




Día litúrgico: Pentecostés (Misa del día)

Texto del Evangelio (Jn 20,19-23): Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».



«Recibid el Espíritu Santo»

Mons. Josep Àngel SAIZ i Meneses Obispo de Terrassa 
(Barcelona, España)

Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.

El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.

La Alegría de Pentecostés

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LA ALEGRÍA DE PENTECOSTÉS

Por Francisco Javier Colomina Campos

Después de cincuenta días de la celebración de la Pascua, de la resurrección del Señor, hoy la Iglesia celebra con gran alegría la fiesta de Pentecostés. Es el culmen del misterio de nuestra fe: Dios Padre y Jesucristo, que ha ascendido a los cielos, nos envían desde lo alto el don del Espíritu Santo. Con esta celebración, la segunda fiesta más importante del año después de la Pascua, concluimos el tiempo pascual.

1. Y a los cincuenta días, el Espíritu Santo. Cincuenta días después de la Pascua, los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés, o la fiesta de las Tiendas. En esta fiesta celebraban que siete semanas después de salir de Egipto, en el Éxodo, el pueblo llegó al monte Sinaí, y allí Dios les entregó por medio de Moisés las tablas de la Ley. Dios hizo alianza con su pueblo. Ese día de Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo, los apóstoles estaban reunidos en el Cenáculo, con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y allí recibieron el don del Espíritu Santo. La alianza ya no está escrita en tablas de piedra, sino que está inscrita en el corazón de cada hombre, grabada a fuego por el Espíritu Santo. Es la fuerza del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que impulsa a la Iglesia a salir fuera y a anunciar el Evangelio de Cristo. En la primera lectura de hoy, del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos el relato sobrio e impresionante de este momento culmen de la vida de la Iglesia. Después de que el Espíritu Santo bajara sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo, éstos salieron con fuerza a anunciar la Buena Noticia en todas las lenguas conocidas, para que todos aquellos que los escuchasen pudiesen entender el Evangelio que predicaban. Podemos decir que con este acontecimiento se ponía en marcha la Iglesia, salía del miedo para llevar a todos la palabra de Dios. El don de lenguas, don que da el Espíritu Santo, es una señal de la universalidad del Evangelio: todos podían entenderles.

2. Nadie puede decir “Jesús es Señor” si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien fortalece a los apóstoles y les impulsa a salir. Pero además es el Espíritu Santo quien hace posible que podamos proclamar a Dios como Padre y a Jesucristo como Señor. Así nos lo dice san Pablo en la segunda lectura que escuchamos hoy. Ya lo anunció Jesús a sus discípulos antes de su pasión: el Espíritu serían quien nos lo enseñase todo y nos recordase todo lo que Él había dicho. La fe no es una certeza que cada uno puede construirse. No depende de nosotros. La fe es un don de Dios. ¿Quién puede entender el misterio de Dios si es infinitamente superior a nuestro entendimiento? ¿Quién puede siquiera imaginar que Dios se hace hombre, que muere por nosotros, o que incluso está presente en el pan de la Eucaristía? Por muy grande que sea nuestra inteligencia, Dios es siempre mayor, nos supera. Por eso, la fe no depende sólo de nuestro entendimiento. La fe es un don de Dios que nos da por medio del Espíritu Santo. Por eso, los apóstoles, que después de la resurrección todavía no habían terminado de entender y por eso no podían salir a evangelizar, una vez que reciben la fuerza del Espíritu salen sin miedo, hablando con claridad sobre el misterio de la fe.

3. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Pero, además, san Pablo nos recuerda también en la segunda lectura que el don del Espíritu Santo no es sólo para cada uno de nosotros. No es que yo recibo este don para mi propio provecho. Dios da el Espíritu Santo para el bien común. Y a cada uno nos da unos dones distintos. Es muy ilustrativa la comparación que hace san Pablo con el cuerpo humano. Del mismo modo que el cuerpo tiene muchos miembros, y cada uno, según sus características, realiza una función distinta en el cuerpo, y todas las funciones son necesarias y ayudan al resto del cuerpo, del mismo cada uno de nosotros hemos recibido por medio del Espíritu Santo unos dones distintos, unos carismas, para que cada uno realicemos en la Iglesia la función que nos corresponde, según los carismas que Dios distribuye, para el servicio de todo el cuerpo que es la Iglesia. Pero es que, además, la Iglesia necesita de todos estos carismas. Si yo he recibido un don, no puedo quedármelo sólo para mí. Esto no sirve de nada. He de compartirlo, he de ponerlo al servicio de los demás, al servicio de la Iglesia. Así es como el Espíritu Santo no sólo da fuerza a la Iglesia y la impulsa a ser misionera, sino que además la organiza en ministerios y en funciones diversas que sirven al bien común.

En esta solemnidad de Pentecostés, cada uno de nosotros recibimos también la fuerza del Espíritu Santo, como los apóstoles en el Cenáculo. No podemos dejar perder este don inmenso, si podemos guardarlo sólo para nosotros mismos. Esta fuerza nos debe sacar fuera de nosotros para anunciar con alegría el misterio de nuestra fe. Esta fe que Dios nos da por medio del Espíritu Santo. Y cada uno hemos de hacerlo según el don que hayamos recibido. Hoy pedimos en esta Eucaristía que Dios derrame con abundancia su Espíritu sobre nosotros y sobre toda la Iglesia. ¡Ven, Espíritu Santo!