7 ene 2015

Santo Evangelio 7 de Enero de 2015



Día litúrgico: 7 de Enero (Feria del tiempo de Navidad)

Texto del Evangelio (Mt 4,12-17.23-25): En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz». 

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán.


Comentario: Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala (Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)
El Reino de los cielos está cerca

Hoy, por así decirlo, recomenzamos. El «Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz» (Mt 4,16), nos dice el profeta Isaías, citado en este Evangelio de hoy, y que nos remite al que escuchábamos en Nochebuena. Volvemos a comenzar, tenemos una nueva oportunidad. El tiempo es nuevo, la ocasión lo merece, dejemos —humildemente— que el Padre actúe en nuestra vida.

Hoy comienza el tiempo en que Dios nos da una vez más su tiempo para que lo santifiquemos, para que estemos cerca de Él y hagamos de nuestra vida un servicio de cara a los otros. La Navidad se acaba, lo hará el próximo domingo —si Dios quiere— con la fiesta del Bautismo del Señor, y con ella se da el pistoletazo de salida para el nuevo año, para el tiempo ordinario —tal y como decimos en la liturgia cristiana— para vivir in extenso el misterio de la Navidad. La Encarnación del Verbo nos ha visitado en estos días y ha sembrado en nuestros corazones, de manera infalible, su Gracia salvadora que nos encamina, nuevamente, hacia el Reino del Cielo, el Reino de Dios que Cristo vino a inaugurar entre nosotros, gracias a su acción y compromiso en el seno de nuestra humanidad.

Por esto, nos dice san León Magno que «la providencia y misericordia de Dios, que ya tenía pensado ayudar —en los tiempos recientes— al mundo que se hundía, determinó la salvación de todos los pueblos por medio de Cristo».

Ahora es el tiempo favorable. No pensemos que Dios actuaba más antes que ahora, que era más fácil creer cerca de Jesús —físicamente, quiero decir— que ahora que no le vemos tal como es. Los sacramentos de la Iglesia y la oración comunitaria nos otorgan el perdón y la paz y la oportunidad de participar, nuevamente, en la obra de Dios en el mundo, a través de nuestro trabajo, estudio, familia, amigos, diversión o convivencia con los hermanos. ¡Que el Señor, fuente de todo don y de todo bien, nos lo haga posible!

San Raimundo De Peñafort, 7 de Enero



7 de Enero

LECTIO DIVINA

SAN RAIMUNDO DE PEÑAFORT
CONFESOR († 1275)


El siglo XII surgió en la historia de la Europa occidental animado por un espíritu creador. Nuevas estructuras políticas y sociales, nuevas corrientes literarias, nuevas formas de vida, nuevas escuelas de perfección religiosa, nuevas empresas colectivas en la unidad de la cristiandad como despliegue de su vitalidad interna, no por la fuerza política de un imperio cuarteado y caduco. Este impulso juvenil del siglo XII llegó a plena sazón con las grandes realizaciones del siglo XIII, en el vértice de la sociedad cristiana medieval: municipios y mercados, catedrales y universidades, el acento familiar de las lenguas romances, el vigor de las monarquías, la luz de la escolástica, el espíritu de renovación evangélica de las Ordenes mendicantes, los afanes misioneros, la plena supremacía del Pontificado Romano.

Es en el marco espléndido del cruce de los dos siglos, XII y XIII, y en algunos de sus ambientes más atractivos, donde hay que situar a San Raimundo de Peñafort si se quiere conocer con alguna exactitud su significación histórica y e! sentido de su ejemplaridad cristiana.

Raimundo de Peñafort nació seguramente en el lugar de su apellido, a poca distancia de Villafranca del Panadés, en la diócesis de Barcelona, alrededor del año 1180, sin que conozcamos la fecha fija. Pertenecía a una familia de la pequeña nobleza feudal. De su casa poco se conserva; sería más que un gran castillo, uno de esos pequeños castillos que abundan en la Cataluña vieja, un caserón de piedra situado en lugar adecuado; en el caso de los Peñafort, en un altozano. De los años de su primera infancia lo ignoramos todo, hasta la leyenda ha sido avara en relatos sobre dicho período. La primera noticia histórica es su intervención en 1204 como escribano del testamento de Raimundo de Rosanes. Ello supone cierto grado de preparación jurídica y una dedicación vocacional ya decidida de algún modo. La primera etapa importante de su vida comienza con sus estudios en la universidad de Bolonia, probablemente a partir de 1211. En Bolonia, la metrópoli de la ciencia del derecho, estudió derecho canónico y derecho romano y después se consagró durante algún tiempo a la docencia, consiguiendo muy pronto un auténtico prestigio en la difícil tarea.

Abandonó San Raimundo su vida de Bolonia para volver a Barcelona, tal vez a ruegos del obispo de la diócesis, don Berenguer de Palou. En la ciudad de Barcelona vivió como clérigo prestigioso, como lo dan a entender algunas intervenciones suyas de las que se conservan testimonios documentales. La vida antigua del Santo, escrita por autor anónimo poco después de la muerte del mismo, afirma que San Raimundo fue canónigo de la catedral de Barcelona, pero hoy se pone en duda la exactitud de esta noticia. Poco después de su establecimiento en Barcelona vistió el hábito de los frailes Predicadores en el convento de Santa Catalina de la misma ciudad. Sólo habían transcurrido dos años incompletos desde que se había extinguido en Bolonia la vida santísima del patriarca Santo Domingo. Gobernaba la Orden el Beato Jordán de Sajonia. Tiene particular significación este paso decisivo; Raimundo, hombre de leyes, abraza una forma nueva y discutida de vida religiosa, con particular empeño amparada por los Papas: precisamente este nuevo estilo de vida religiosa es el de una empresa militante y esencialmente eclesiástica.

Desde su convento dominico de Santa Catalina de Barcelona alcanzó San Raimundo, sin buscarlo, una extraordinaria fuerza de irradiación como norma viva de la justicia, hasta lograr una influencia decisiva en el establecimiento de un orden jurídico cristiano en los Estados de la corona de Aragón, en el momento de su mayor esplendor y de su mayor eficacia política. Varias fueron las zonas alcanzadas por la acción de San Raimundo: en el seno de su provincia dominicana la dirección magistral de los religiosos consagrados al ministerio de las almas, particularmente a la administración del sacramento de la penitencia. Para ellos escribió su Summa de Poenitentia, que llegó a ser uno de los libros más difundidos en la baja Edad Media, manual insustituible para todos los confesores en el ejercicio de su sagrada tarea. La inspiración de la empresa misionera de los frailes Predicadores de su provincia religiosa para la conversión de moros y judíos, particularmente en las nuevas tierras cristianas de Mallorca, de Valencia y de Murcia, y también del norte de Africa. Al calor de este empeño misionero surgieron las escuelas dominicanas de lenguas orientales. En el mismo ambiente se formó, al amparo de San Raimundo, el gran orientalista y apologista Fr. Ramón Martí, autor del Rugio Fidei, y por una feliz iniciativa del propio San Raimundo y para sus misioneros escribió Santo Tomas de Aquino su Summa contra gentiles.

Interviene San Raimundo como hombre de consejo en diversos acontecimientos de excepcional importancia, como la fundación de la Orden de la Merced, la predicación por el mediodía de Francia de la cruzada para la expedición de Mallorca, la organización de la Inquisición, la legación en España del cardenal Juan Halgrin de Abbeville. Nombrado capellán y penitenciario del papa Gregorio IX, desde la Curia romana pudo influir ampliamente en la resolución de asuntos de toda la cristiandad. Fruto maduro de su ciencia y de su experiencia fue la compilación del derecho canónico promulgada por el mismo papa Gregorio IX por la bula Rex Pacificus del 5 de septiembre de 1234.

No fue muy larga la estancia de San Raimundo en Roma, Su estado de salud, su amor al retiro, su empeño en evitar las consideraciones públicas le movieron a pedir con insistencia a Gregorio IX le dejara libre de sus cargos en la corte pontificia. Volvió a Barcelona y a sus tareas antiguas; el 15 de octubre de 1236 asiste a las cortes generales de la corona de Aragón. Interviene después por encargo del Papa en diversos asuntos graves: provisiones de sedes episcopales vacantes, absolución del rey de Aragón, que había incurrido en excomunión, absoluciones de herejes, dimisiones de obispos, resoluciones arbitrales de diversos asuntos litigiosos. Había vuelto a su tierra pero no para hallar reposo.

En la Pentecostés de 1238, en el convento patriarcal de Bolonia, el capítulo general de los frailes Predicadores le eligió para maestro general de la Orden, para suceder al Beato Jordán, recientemente fallecido. No se hallaba San Raimundo en el capítulo. Llegó la diputación capitular a Barcelona y San Raimundo aceptó, obligado, el supremo gobierno de su Orden, cuando ésta significaba una de las fuerzas más eficaces de la Iglesia en aquella coyuntura. Así la Orden de los frailes predicadores ha tenido en San Raimundo el codificador de su legislación interna. La revisión y aprobación del texto de las Constituciones dominicanas le ocupó dos años; logrado este objetivo, renunció al generalato de la Orden en el capitulo general de 1240. Durante su breve gobierno consiguió una serie de disposiciones legales de diversa índole de la Santa Sede para resolver su labor completiva del ordenamiento jurídico dominico.

Abandonada la suprema magistratura de la Orden, San Raimundo volvió a su convento de Barcelona para no dejarlo ya hasta su muerte. Comienza entonces el último periodo de su vida, largo lapso de treinta y cinco años. El Santo declinó toda clase de honores y cargos de gobierno, pero, aunque alejado de la curia y corte romanas, no pudo renunciar a su oficio de capellán y penitenciario del Papa. Durante aquel largo período y por una serie ininterrumpida de delegaciones pontificias, San Raimundo tuvo que intervenir en la resolución de múltiples y graves problemas eclesiásticos: provisiones de sedes episcopales, renuncias de obispos y abades, reforma capitular de Vich, absoluciones de herejes. dispensas matrimoniales, normas a los inquisidores. litigios entre comunidades religiosas, negocios de bienes eclesiásticos y tantos otros asuntos que el biógrafo no puede exponer sin seguir una a una las piezas documentales muy numerosas que nos han llegado de aquella etapa raimundiana y no serán pocas las perdidas.

Un lugar muy destacado, al lado de sus actividades pontificias, ocuparon en la vida del Santo durante aquellos años sus tareas de consejero de toda clase de personas, particularmente su influencia en los problemas familiares del rey Jaime I y en el litigio grave en torno a los derechos del Infante don Pedro.

Complemento de estas múltiples manifestaciones de su magisterio moral y jurídico fue la labor de escritor orientada a unos mismos fines, cristalizada en diversos opúsculos sobre la guerra y el duelo, sobre la visita de las diócesis y la cura pastoral. sobre los negocios mercantiles y no pocas resoluciones de las más varias consultas.

La vida antigua del Santo nos habla de su don de consejo, de su celo por los musulmanes y judíos convertidos, de su caridad universal, de su piedad. de su fervor en la celebración de la santa misa, de su observancia religiosa, su don de milagros. su total desasimiento de las dignidades y honores humanas. Su vida fue una total entrega a los supremos ideales de la santidad y del apostolado, sirvió a la Iglesia Romana como obrero absolutamente desinteresado. Intervino en la vida de su patria con toda eficacia en uno de los momentos cruciales de su ruta histórica.

Como ocurre con otros santos de la Edad Media, de San Raimundo no conservamos testimonios valiosos de su vida íntima, ni tampoco tenemos datos abundantes sobre su manera peculiar de actuar en los ministerios apostólicos, en sus intervenciones como consejero, en su vida comunitaria. Un relato tardío sobre su actitud con Jaime I, rey de Aragón, en el ejercicio de sus funciones de confesor, seguido del milagro de su huida a Barcelona sobre las aguas del mar, carece de valor histórico. Sin embargo, podemos conocer de algún modo la manera de ser de San Raimundo a través de los grandes hechos de su vida, de sus soluciones y sus consejos y, sobre todo, si nos ayudamos de sus escritos, todos ellos de carácter práctico, pastoral. Así podemos conocer el sentido de su vida.

Un sentido profundo de la realidad humana fue una de las características del Santo, más hecho para formar hombres que para escribir libros, como señalo el obispo de Vich, Torras y Bages.

Sentido de la Iglesia y de la sociedad civil, de las instituciones y de las leyes. Por ello el padre Gardeil vio como característica de la vida espiritual de San Raimundo el predominio del don de piedad en esta filial entrega a la Santa Madre Iglesia, a su Orden y a su patria, con los ojos fijos en su filial vinculación a Dios en la vida terrena, aceptada plenamente como una peregrinación y como un servicio.

Terminó San Raimundo su peregrinar sobre la tierra el día 6 de enero, fiesta de la Epifanía del Señor, del año de 1275. A las exequias de aquel religioso que tanto habla, huido los honores humanos, asistieron Jaime I de Aragón y Alfonso X el Sabio de Castilla, con prelados, príncipes y señores. A raíz de su muerte comenz6 el culto público. Fue canonizado solemnemente por el papa Clemente VIII el día 29 de abril de 1601.

JOSÉ M. DE GARGANTA, O. P.


San Raimundo De Peñafort
presbítero (1175-1275)


Vivió entre sabios y santos. Tuvo la dicha de estar rodeado de hombres tan santos como San Alberto Magno, que fue su profesor y San Pedro Nolasco el que dirigió su conciencia... 

Nació por el año de 1180, en Cataluña. Hechos sus estudios en su pueblo, marchó a Barcelona para graduarse en Leyes. A la vez que aprendía, enseñaba la moral y las virtudes a los demás. Marchó a Bolonia para ampliar sus estudios y se dedicó de lleno al estudio de las leyes en las que será un gran maestro. Posteriormente, el Obispo de Barcelona le pidió ayuda para dirigir y corregir los defectos de su Diócesis. Pronto su fama se extendió como en Bolonia. Todos acudían a él con sus dificultades y a todas partes llegaba su acción iluminadora y caritativa. 

A sus 47 años, un día le dice al Padre Provincial: "Padre, deme por favor una buena penitencia por mis muchos pecados, sobre todo por los que cometí en Bolonia por mi soberbia". Y el P. Provincial le impuso el escribir una SUMA sobre Teología moral que aún hoy es una maravilla de precisión y seguridad y que tantos juristas durante siglos se aprovecharon de ella. 

Fundó junto con San Pedro Nolasco y el rey Jaime I la Orden de la Merced para redimir a los cautivos que tanto abundaban en aquella época. Cada uno tuvo una gran misión en el nacimiento y desarrollo de esta Orden. Raymundo, a pesar de huir de puestos honoríficos, fue encargado por los reyes y Papas de grandes misiones y embajadas y en todas salió airoso y con gran fruto. Fue elegido Superior General de su Orden en la que tanto y tan bien trabajó... 

Recorrió varias naciones y países para predicar, con ardiente caridad, la fe en Jesucristo a judíos y moros... San Raymundo fue el consejero de miles de personas y gran director de conciencias. Ya centenario murió el 6 de enero de 1275.

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Raimundo de Peñafort, San

Autor: P. Ángel Amo. 

Cuando Gregorio IX, de quien había sido un precioso colaborador, le comunicó su intención de nombrarlo arzobispo de Tarragona, la consternación de Raimundo de Peñafort fue tal que se enfermó. El humilde y docto sacerdote, que había nacido entre el 1175 y el 1180, había siempre rehusado honores y prestigio, pero no lo había logrado. Rechazando una vida cómoda y alegre (era hijo del noble castellano de Peñafort), se había dedicado desde muy joven a los estudios filosóficos y jurídicos; a los veinte años enseñaba filosofía en Barcelona, y a los treinta años, recién graduado, enseñaba jurisprudencia en Bolonia. El sueldo que obtenía por ello lo gastaba todo en socorrer a los necesitados. 

Regresó a Barcelona por invitación de su obispo, quien lo nombró canónigo. Pero cuando los dominicos llegaron a esa ciudad, le invitaron a ingresar en sus filas y Raimundo, abandonándolo todo, entró a la Orden. Dieciséis años después, en 1238, fue nombrado Superior General, cargo que no pudo rehusar. Durante dos años visitó a pie los conventos de la Orden, después reunió el Capítulo general en Bolonia y presentó su renuncia. Así, a los setenta años de edad pudo regresar a la enseñanza y a la pastoral. 

Nombrado confesor del rey Santiago de Aragón, no dudó en reprocharle su conducta escandalosa durante la expedición a la isla de Mallorca. Una leyenda cuenta que el rey había prohibido que las embarcaciones se dirigieran hacia España, y entonces, Raimundo, para manifestar su desacuerdo con el soberano, extendió su manta sobre el agua y sobre él navegó hasta Barcelona. 

Una de sus obras apostólicas dignas de recordar son las misiones para la conversión de los hebreos y los mahometanos que vivían en España. Según la tradición, se le atribuye el mérito de haber invitado a Santo Tomás de Aquino a escribir la Summa contra Gentiles, para que sus predicadores tuvieran un texto seguro de apologética para las controversias con los herejes e infieles. Él mismo redactó importantes obras de teología moral y de derecho, entre ellas la Summa casuum para la administración correcta y eficaz del sacramento de la penitencia. Murió casi a los cien años, el 6 de enero de 1275 y fue canonizado en 1601.

Lecturas del Tiempo de Navidad: día 7

Primera carta de san Juan 3, 22-4,6 :
“Queridos: ... Este es el mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como ÉL nos lo mandó... 

Queridos: no os fiéis de cualquier espíritu. Examinad y ved si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido del mundo...

Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne, ése es de Dios...”

Evangelio según san Mateo 4, 12-17. 23-25: 
“Enterado Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. 

Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí...

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Y recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo...”



Reflexión para este día
Sepamos discernir los buenos espíritus.
Las palabras de san Juan nos aconsejan “no fiarnos de cualquier espíritu sino examinar y ver si los espíritus vienen de Dios”. 

Esta llamada al “discernimiento”, por parte del autor sagrado, debe hacernos revisar nuestra conducta, y, al mismo tiempo, nos puede hacer recordar la vida de consejero y discernidor de espíritus por la que fue respetado y admirado san Raimundo de Peñafort, cuya memoria celebramos: 

él fue consejero de reyes, preceptor de formadores, discernidor de lo que era voluntad de Dios en la fundación de la Orden de la Merced para redimir cautivos; él fue orientador de los confesores en la misión de clarificar conciencias e impulsar hacia la vida en santidad; él fue experto continuador y plenificador jurídico-canónico de las constituciones aprobadas por santo Domingo para su Orden de frailes predicadores; y fue, sobre todo, luchador con desvelo contra los malos espíritus que ofuscaban a las conciencias. 

¡Qué raro es encontrar en la vida hombres de ese corte, de esa talla, o de similar abnegación, independencia, fidelidad y entrega! Los necesitaríamos en nuestros días en la Iglesia y en la Sociedad. Pidamos al Señor que no nos falten

6 ene 2015

Santo Evangelio 6 de Enero de 2015



Día litúrgico: La Epifanía del Señor

Texto del Evangelio (Mt 2,1-12): Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle». En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’». 

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle». 

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.


Comentario: Rev. D. Joaquim VILLANUEVA i Poll (Barcelona, España)
Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron

Hoy, el profeta Isaías nos anima: «Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti» (Is 60,1). Esa luz que había visto el profeta es la estrella que ven los Magos en Oriente, con muchos otros hombres. Los Magos descubren su significado. Los demás la contemplan como algo que les parece admirable, pero que no les afecta. Y, así, no reaccionan. Los Magos se dan cuenta de que, con ella, Dios les envía un mensaje importante por el que vale la pena cargar con las molestias de dejar la comodidad de lo seguro, y arriesgarse a un viaje incierto: la esperanza de encontrar al Rey les lleva a seguir a esa estrella, que habían anunciado los profetas y esperado el pueblo de Israel durante siglos.

Llegan a Jerusalén, la capital de los judíos. Piensan que allí sabrán indicarles el lugar preciso donde ha nacido su Rey. Efectivamente, les dirán: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta» (Mt 2,5). La noticia de la llegada de los Magos y su pregunta se propagaría por toda Jerusalén en poco tiempo: Jerusalén era entonces una ciudad pequeña, y la presencia de los Magos con su séquito debió ser notada por todos sus habitantes, pues «el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3), nos dice el Evangelio.

Jesucristo se cruza en la vida de muchas personas, a quienes no interesa. Un pequeño esfuerzo habría cambiado sus vidas, habrían encontrado al Rey del Gozo y de la Paz. Esto requiere la buena voluntad de buscarle, de movernos, de preguntar sin desanimarnos, como los Magos, de salir de nuestra poltronería, de nuestra rutina, de apreciar el inmenso valor de encontrar a Cristo. Si no le encontramos, no hemos encontrado nada en la vida, porque sólo Él es el Salvador: encontrar a Jesús es encontrar el Camino que nos lleva a conocer la Verdad que nos da la Vida. Y, sin Él, nada de nada vale la pena.

La Epifanía del Señor, 5 de Enero



La Epifanía del Señor
6 de Enero

La Iglesia en su liturgia considera la obra de la Redención más en su sentido místico que en su sentido demasiado realístico. Más que el simple hecho histórico, le interesa el sacramento, el misterio. En cierto modo, la Iglesia podría decir con San Pablo: "Si conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos". En el sentido: que ahora vemos la razón y el fin de todas sus obras. ¡Cuántas veces confiesan los mismos evangelistas que mientras vivió Jesús no comprendieron el alcance y significación de sus actos! Y el mismo Cristo dice: "Lo que yo hago no lo comprendes ahora, lo verás después".

En esta concepción de la obra de Cristo es donde encuentran muchos fieles la mayor dificultad para vivir liturgia. Atados a la letra, a la historia, al hecho concreto, quedan desorientados ante las visiones panorámicas, totales, completas de la liturgia. Si la fiesta de Navidad está ya llena de contrastes de la visión total del misterio, pues Aquel mismo que considera en el pesebre, se le aparece llevando sobre sus hombros las insignias del poder; esto se acentúa más en la fiesta de la Epifanía.

Al fin y al cabo el objeto de la fiesta de Navidad, de origen occidental, romano concretamente, es único y claro como su mismo nombre latino: "Nativitas". En cambio, en la Epifanía no sólo el nombre griego de esta fiesta - aparecida en Oriente - es misterioso, sino que su mismo objeto es complejo. No es extraño que si Navidad para muchos no pasa de ser una feliz nochebuena con cánticos al Niño Jesús, Epifanía quede reducida a "la fiesta de los Reyes".

Es una tendencia espontánea de los pueblos activos de Occidente el convertir los misterios en devociones que a veces no expresan más que aspectos muy secundarios de los mismos, pero que hablan más al sentimiento que a la razón.

Con todo, fundamentalmente, Navidad y Epifanía celebran un mismo hecho: el advenimiento de Dios en este mundo; solo que la primera de estas festividades lo celebra sobre todo bajo el punto de vista histórico, y la segunda bajo el punto de vista teológico e ideológico. Cuando, a fines del siglo IV, Roma aceptó la fiesta oriental del 6 de enero y el Oriente la romana del 25 de diciembre, ambas pudieron conservar su propio carácter y se completaron mutuamente.

Epifanía representa el desarrollo completo del misterio de Navidad. "El que aquel día nació de la Virgen - dice San León -, hoy ha sido reconocido por el mundo entero". Dios ha aparecido en el mundo no solamente tomando carne mortal, sino manifestándose a los hombres, mostrando sus obras y su poder, y tomando posesión de su: Pueblo al modo que los antiguos reyes la tomaban solemnemente de sus ciudades. Todo esto ha significado en el decurso del tiempo la palabra epifanía – o más tarde teofanía – y algo de esto se encuentra en la rica liturgia de esta festividad. En la adoración de los Magos han visto todos los Santos Padres la manifestación de Cristo a los paganos y al mundo en general, en el milagro de las Bodas de Caná la manifestación de su poder y en el Bautismo del Jordán, la purificación y toma de posesión de su Iglesia y de cada una de las almas.

Este es el triple misterio de la Epifanía, que resume admirablemente la antífona del Benedictus de la fiesta que, al mismo tiempo, nos hace ver la vida sacramental de la Iglesia: "Hoy la Iglesia se ha unido al Esposo celestial, pues en el Jordán Él la lavó de sus crímenes. Los Magos corren con sus presentes a las nupcias reales y los invitados se regocijan del agua convertida en vino".

En esta antífona se nos presenta la aparición de Dios en el mundo bajo el símbolo nupcial, tan usado en el Antiguo y Nuevo Testamento para expresar la unión de Dios con su pueblo. Yavé es el esposo; el pueblo de Israel, la esposa. Cristo el esposo, y la Iglesia la esposa. La esposa de Yavé fue infiel y, por lo tanto, repudiada por Dios. La esposa de Cristo, lavada de sus iniquidades en el Jordán - bautismo - como reina, sin arruga ni mancilla, avanza con los Magos, que son sus primicias, hacia el convite real que le prepara su esposo, y se sienta a su lado en la mesa, donde se alimenta de su cuerpo y se llena de gozo con el vino de su sangre. Todavía quedaba subrayada esta idea de las nupcias reales en la Eucaristía con el milagro de la multiplicación del pan y de los peces, que durante muchos siglos se conmemoraba asimismo el día de la Epifanía.

¡He aquí la idea de la manifestación de Dios en el mundo en toda su extensión y profundidad! Dios, que como esposo divino sale de los tálamos eternos para darse a conocer a la humanidad con su presencia, con su poder y con su gracia sacramental, con la cual penetra en lo más profundo del alma, a la que se une más íntimamente que el esposo a la esposa, encarnándose en cierto modo en ella. Esta unión y transformación son el último desplegamiento de la gracia de Navidad.

No basta celebrar Navidad con alegría, entusiasmo y fervor. Para sacar todas las consecuencias del misterio, hay que vivirlo en lo más íntimo del corazón, meditándolo, revolviéndolo, como lo hacía María en estos días: "María, nos dice San Lucas, conservaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón". Como lo hace la Iglesia, que a medida que va alejándose de la festividad parece descubrir más profundas y nuevas perspectivas de aquel "grande y admirable sacramento" de "aquel maravilloso comercio". Todo lo que va de Navidad a Epifanía no es en la liturgia otra cosa que un engolfarse en el misterio.

Imposible exponer aquí todo el riquísimo oficio de la Epifanía; pero sí que tenemos que comentar brevemente la solemne y grandiosa misa de la fiesta que litúrgicamente es de lo mejor que posee nuestro misal romano. En ella encontramos como estereotipada aquella grandeza, aquella sobriedad y aquel orden y lógica de la antigua Roma, pero envuelto todo ello con el carisma de la unción cristiana.

Reunidos espiritualmente en la Basílica de San Pedro - la basílica de la catolicidad - vemos entrar el Papa con toda la esplendidez de ministros, mientras el coro canta la antífona del Introito, canto hoy verdaderamente de entrada. "He aquí cómo viene el Señor dominador y en su mano están el reino, el poder y el imperio".

¿No hemos clamado durante todo el Adviento con aquel fervoroso e impetuoso "ven, Señor"? "He aquí que viene", se nos dice hoy. Y con la fe: en el Papa que entra en la iglesia de la cristiandad, en el obispo que hace su entrada en la catedral, en el párroco en su parroquia o cualquier sacerdote en su iglesia. recibimos nosotros la visita, la concreta epifanía del Señor para cada uno de nosotros. El salmo entero del Introito, cuyos versículos se cantan al avanzar el sacerdote hacia el altar, nos descubre todo el valor profético de la entrada del Señor en este mundo y en su Iglesia.

Como los Magos por la estrella, así nosotros somos conducidos por la fe hacia Dios. Pero la fe debe terminar en la visión de la magnificencia de Dios en su gloria. Es lo que pide la Colecta. La fe fue la primera aparición de Dios en nuestra alma; la fe es la estrella que nos hace hallar a Cristo en nuestra vida - como se lo hizo hallar a los Magos en la suya - y la fe es la que nos conducirá a su plena posesión en la gloria. He aquí la aparición de Cristo en toda su dimensión que nos hace implorar la Colecta.

Esta magnífica aparición de Dios a la humanidad había sido preparada desde todos los siglos y frecuentemente anunciada por los profetas del Antiguo Testamento. La epístola de hoy es una de las más bellas de estas profecías. Con frases de una fuerza y colorido incomparable, nos describe aquí Isaías la gloria y grandeza de la Jerusalén ideal, que espiritualmente se realizan en la Iglesia. La Iglesia ha considerado esta profecía como un himno a su gracia, a su riqueza y a su gloria. Y por eso durante la Edad Media se cantaba esta epístola con una adornada melodía y su canto era envuelto de un rico ceremonial. Si la epístola nos presenta la profecía, el evangelio nos relata su histórica realización.

Como lazo de unión entre las dos lecturas está el canto del gradual y del aleluya. El gradual de hoy es un eco de la epístola, recoge unas frases características de la misma y las medita cantando. El aleluya, en cambio, anticipa, preparándolo, el evangelio, subrayando la idea principal de la fiesta: aparición y adoración, o luz y dones, que es también lo que expresa en otra palabras el gradual.

En el evangelio de hoy se ve claramente el sentido que la Iglesia da a la lectura de la palabra de Dios en la misa. No se trata solamente de escuchar una historia, una doctrina o una exhortación de labios del Señor. Es decir, el evangelio en la misa no es una lección de exégesis, de dogma o de moral, sino una presencia del Señor, el cual, por el sacramental de su palabra, nos prepara al Sacramento de su cuerpo, donde todo lo leído cobra eficacia y una realidad sobrenatural en nuestras almas. "'No digas - decía San Agustín - bienaventurados los que le vieron, oyeron, tocaron..., pues tú lo ves, lo oyes y tocas en su Evangelio". La lectura del evangelio en la misa es una verdadera epifanía del Señor. Por eso la liturgia envuelve esta lectura con un ceremonial tan Solemne como si acompañara al mismo Señor: ministros, incienso, velas, beso y canto solemne.

Hoy no sólo escucharnos la historia de los Magos como sí fuera la de nuestra vocación, sino que con ellos y como ellos nos arrodillamos para adorar al Señor.

Ellos le adoraron en el pesebre, envuelto en pañales, y nosotros le adoramos en el cielo reinando y cubierto de gloria. Y así damos pleno sentido a su adoración y a la nuestra.

Con toda verdad podemos, por lo tanto, cantar en el Ofertorio que no sólo los reyes de Tarsis y de las islas, y los reyes de Arabia o de Saba presentan dones y ofrendas, sino que todos los reyes de la tierra le adoran y las gentes le sirven. Entre esta multitud cósmica, nuestra adoración cobra una proporción y un sentido insospechado. ¡Qué bello seria expresar esta adoración y consagración ofreciendo hoy los dones al altar! Dones - el pan y el vino del sacrificio que, como dice admirablemente la Secreta de hoy, no son ya oro, incienso o mirra, sino los dones de la Iglesia en los cuales Cristo, juntamente con ella, será ofrecido e inmolado para entregarse luego como alimento de su esposa. He aquí el don perfecto.

El Señor apareció en nuestra carne mortal para transe inmortalizarla. Siempre que recibimos la Eucaristía somos restaurados "con la nueva luz de su inmortalidad", como dice el Prefacio. Gracias a la misa, hoy tendrá una realidad sublime para cada uno de nosotros la Epifanía del Señor; aquí no sólo la celebramos y la meditamos. sino que la vivimos. ¡Qué significación tiene así la antífona de la Comunión: "Hemos visto su estrella en Oriente y venimos con dones a adorar al Señor"!

Nuestro corazón - después de la Sagrada Comunión - es el pesebre y el trono del Señor a la vez, allí hemos de ofrecerle el oro de nuestro amor, el incienso de nuestra adoración y la mirra de nuestra mortificación.

"Viene", "aparece", "hemos visto", "venimos", son las palabras que se repiten en la misa de hoy y que suponen una sublime realidad.

Pero para poder ver esta luz, y darse cuenta de esta realidad, se necesita tener los ojos claros.

Moisés temblaba ante la presencia de Dios. Isaías exclamaba: "¡Ay de mí, Señor, que soy hombre de labios impuros!"

Los misterios del Señor exigen la pureza de nuestro corazón. Sólo así podemos comprenderlos y vivirlos en una perpetua epifanía allá en lo íntimo de nuestra alma purificada por la gracia de Dios.

Este es el fruto que nos hace pedir la Poscomunión de hoy "que purificado nuestro espíritu, tengamos la inteligencia del misterio que celebramos".

¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!

 ADALBERTO M. FRANQUESA, O.S.B.

5 ene 2015

Santo Evangelio 5 de Enero de 2015



Día litúrgico: 5 de Enero (Feria del tiempo de Navidad)

Texto del Evangelio (Jn 1,43-51): En aquel tiempo, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Bestsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás».

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».


Comentario: Rev. D. Rafel FELIPE i Freije (Girona, España)
Ven y lo verás

Hoy, Felipe nos da una lección cabal al acompañar a Natanael hasta el Maestro. Actúa como el amigo que desea compartir con otro el tesoro recién descubierto: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1,45). Rápidamente, con ilusión, quiere compartirlo con los demás, para que todos puedan recibir sus beneficios. El tesoro es Jesucristo. Nadie como Él puede llenar el corazón del hombre de paz y felicidad. Si Jesús vive en tu corazón, el deseo de compartirlo se convertirá en una necesidad. De aquí nace el sentido del apostolado cristiano. Cuando Jesús, más tarde, nos invite a tirar las redes nos dirá a cada uno de nosotros que debemos ser pescadores de hombres, que son muchos los que necesitan a Dios, que el hambre de trascendencia, de verdad, de felicidad... hay Alguien que puede colmarla por completo: Jesucristo. «Solamente Jesucristo es para nosotros todas las cosas (…). ¡Dichoso el hombre que espera en Él!» (San Ambrosio).

Nadie puede dar lo que no tiene o no ha recibido. Antes de hablar del Maestro, es necesario haber hablado con Él. Sólo si lo conocemos bien y nos hemos dejado conocer por Él, estaremos en condiciones de presentarlo a los demás, tal como hace Felipe en el Evangelio de hoy. Tal como han hecho tantos santos y santas a lo largo de la historia.

Tratar a Jesús, hablar con Él como un amigo habla con su amigo, confesarlo con una fe convencida: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Jn 1,49), recibirlo a menudo en la Eucaristía y visitarlo con frecuencia, escuchar atentamente sus palabras de perdón... todo ello nos ayudará a presentarlo mejor a los demás y a descubrir la alegría interior que produce el hecho de que muchas otras personas le conozcan y le amen.

San Juan Nepomuceno, 5 de Enero



5 de enero

SAN JUAN NEPOMUCENO

 (†  1393)

Es curiosa la persistencia que las leyendas, sea cualquiera su signo, logran frente a la historia mejor fundada. Hoy conocemos ya con absoluta certeza cuál fue, en realidad, la vida de San Juan Nepomuceno, cuáles las vicisitudes de su culto y los fundamentos documentales de todo orden en que puede apoyarse. Y, sin embargo, mientras esto ocurre, nos encontramos con, que todavía la leyenda persiste con toda su fuerza.

 Y subsiste en primer lugar la leyenda de tipo negativo. En 1835 un protestante alemán llamado Abel, con la intención que puede suponerse, dio suelta a su imaginación y presentó la historia de San Juan Nepomuceno como un tardío intento, improvisado por los jesuitas, para conseguir borrar en el pueblo bohemo el recuerdo de Juan Hus. Como los husitas negaban la confesión sacramental, se había insistido por parte de los jesuitas en hacer del fantástico santo un héroe de la misma confesión. Todavía el 7 de marzo de 1945 un filósofo de la talla de Benedetto Croce pronunciaba una conferencia sobre Italia y Bohemia en la que se hacía eco de semejante teoría: "De aquel Juan Nepomuceno, el legendario mártir del secreto mantenido frente al rey sobre la confesión de la reina, con cuyo nombre se procuró borrar y sustituir el tenaz recuerdo popular que los bohemos conservaban todavía de otro Juan, de su héroe Juan Hus".

 La teoría era completamente absurda por la obvia razón de que, cuando se pretende que ocurrieron estos hechos, sólo personas muy eruditas conocían a Juan Hus, y muy pocos bohemos habrían leído alguno de sus escritos. La verdad es que cuando los jesuitas llegaron a Bohemia el culto a San Juan Nepomuceno estaba ya sólidamente establecido y sumamente difundido entre el pueblo fiel. Pero no importa que la hipótesis protestante fuera absurda. La leyenda subsiste, y continuará con tenacidad.

 Dígase lo mismo desde el punto de vista piadoso. Tengo a la vista, mientras escribo, los dos Años cristianos más difundidos en Italia, editados en estos últimos años (1952 y 1958). En ambos se recoge la leyenda, puesta en circulación y difundida por el jesuíta Balbín, que hoy está fuera de duda que carece de fundamento crítico. Se trata del clásico esquema de vida medieval de santo: nacimiento de madre ya avanzada en edad, llamas maravillosas sobre su cuna, milagro en su favor durante la niñez por intercesión de la Virgen... Y así hasta el maravilloso resplandor que rodeó su cuerpo arrojado por orden del rey al río.

 Frente a todo esto, frente a la insidia protestante, a la que los mismos benedictinos de París parecen dar algún valor, y la deformación piadosa que todavía corre, quisiéramos decir algo de su admirable vida ateniéndonos a lo que acerca de él nos enseña la Historia.

 Nos encontramos en el siglo XIV. Rige la extensa diócesis de Praga, con más de mil quinientas parroquias, el célebre arzobispo Juan Jenstein, que habría de morir en Roma y ser sepultado en Santa Práxedes. Era un hombre doctísimo, de vida santa, defensor incansable de la verdadera reforma de costumbres. El fue quien se opuso en más de una ocasión a las injustas pretensiones del rey de Bohemia Wenceslao, hijo del “Padre de la Patria”, el emperador Carlos IV.

 Junto a esta insigne figura de la historia eclesiástica encontramos la de Juan Nepomuceno. Había nacido en Nepomuk o Pomuk, en las cercanías de Zelená Hora, alrededor del año 1345. Ya en el año 1370 era notario de la Curia arzobispal. Ordenado sacerdote en 1379, le encontramos como párroco de San Gall, en Praga, simultaneando sus cuidados pastorales con el estudio del derecho eclesiástico en aquella célebre universidad, en la que obtiene el bachillerato. En 1382 el arzobispo le envía a Padua, donde se doctora en derecho canónico en 1387, volviendo luego a Praga. Allí es nombrado canónigo de la iglesia de San Gil. Permanece en ella sólo dos años y pasa luego a la iglesia colegiata de Vysehrad, en la capital de Bohemia. El 25 de agosto de 1390 conmutó la parroquia de San Gall con el arcedianato de Zatec, oficio importantísimo que llevaba consigo el título de canónigo honorario en la catedral de San Vito, en Praga. Había sido nombrado ya vicario general de aquella amplísima archidiócesis.

 Fue entonces cuando ocurrió el suceso que dio pie para que el rey actuara contra él. En la abadía de Kladruby había sido elegido un nuevo abad, llamado Olen, como sucesor del fallecido abad Racek. Como nadie había presentado objeción alguna a tal elección dentro del plazo establecido, el vicario general Juan Nepomuceno confirmó el nuevo abad. Pero tropezó con las pretensiones del rey Wenceslao, que quería suprimir la abadía para erigir una nueva sede episcopal y conferirla a un miembro de su corte, al parecer a Juan Nanko, preboste de Lebus, en la Silesia. Contrariado en sus planes, intentó presionar sobre el vicario general y, al no conseguirlo, dio orden de arrojarle al río Vitava. Era el año 1393. Esta fecha, que sabemos está atestiguada por el abad agustino de Zahaní en Silesia, Lodolfo Loserth, que había hecho sus estudios en Praga en el año 1372, nos ofrece las máximas garantías. Por otra parte, el obispo Juan de Jenstein, en una amplia relación que envió a Roma, testimonia el martirio de su vicario general. Y el biógrafo del mismo obispo, escribiendo en el año 1401, habla del martirio y de los milagros que se han obtenido por intercesión de Juan Nepomuceno.

 Sin embargo, podrá extrañar que no hagamos alusión a la tradición que enlaza el martirio de San Juan Nepomuceno con la guarda del sigilo sacramental. Uno de los más insignes historiadores bohemos, Palacky, comentando la decisión del rey Wenceslao, sugiere ya algo cuando dice: "Había también otros motivos por los que el rey odiaba a este pío sacerdote".

 ¿Qué motivos eran éstos? Tomás Ebendorfer de Haselbach, que fue enviado al concilio de Basilea para tratar con los bohemos en los años 1433-1435, nos va a proporcionar un dato precioso. En su crónica, escrita años después, hacia 1450, indica abiertamente la existencia de una sólida tradición local sobre el sigilo sacramental como causa del martirio de San Juan Nepomuceno. Es más: la verdad de esta tradición no es negada ni por los mismos husitas, a pesar de la parte activa que en el martirio tuvo el rey, protector de su naciente partido. Años después el historiador Pablo Zidek, en su célebre Zpravovna dedicada en 1471 al rey Jorge, repite la misma noticia y describe la tumba de Juan Nepomuceno en la iglesia de San Vito, donde el pueblo fiel veneraba el cuerpo del mártir como el de un santo. El historiador bohemo Pekar no se atreve a negar la posibilidad de que San Juan hubiera sido confesor de la reina.

 No puede admirar, sin embargo, que no exista un testimonio inmediato. ¿En qué cabeza puede caber que el rey declarara expresamente que mandaba matar a Juan Nepomuceno porque tenía celos de su esposa y deseaba cerciorarse de la verdad obligándole a declararle lo oído en confesión? Evidentemente, esto sería absurdo. Lo lógico era buscar un pretexto cualquiera, el de su firmeza al defender los derechos de la Iglesia, para mandarlo matar. Luego la tradición se encargaría de conservar la memoria de lo que verdaderamente había ocurrido.

 Y, en efecto, el culto a San Juan Nepomuceno tomó desde los primeros tiempos una gran fuerza. Así nos encontramos con muchísimos testimonios, no sólo arqueológicos, sino también literarios, en forma de canciones y poesías que nos testimonian el amor que el pueblo conservaba hacia el Santo y el fervor con que le tributaba culto.

 Hacia el año 1541, sin embargo, ocurrió un hecho que ha venido a turbar durante tiempo la historia de San Juan Nepomuceno. El cronista Václav Hájek Libocan, escribiendo sobre una fuente histórica en la que la fecha del martirio aparecía fijada en 1383, dio como cierta tal fecha. Y cuando el jesuita Balbín y los dos canónigos de San Vito, Dlouhvesky y Pesina, promovieron la gran campaña en favor de la canonización de San Juan, trabajando sobre la crónica anterior, se encontraron con dos fechas para el martirio. Para salvar la dificultad y armonizar los datos escritos con los de la tradición supusieron que había habido dos Juanes: uno martirizado en 1383 por el sigilo sacramental y otro en 1393 por la cuestión de la independencia de la Iglesia. Unicamente aparecía una tumba, pero para este hecho se buscaron varias explicaciones. Y así la vida de Balbín, basada en la leyenda y partiendo del principio de este doble Juan, escrita en 1680, pasó a los Bolandistas y de ellos a la misma constitución apostólica de canonización. Balbín escribía con datos muy limitados, sin tener acceso al archivo capitular de Praga y sin conocer la vida del arzobispo Juan de Jenstein. Hoy sabemos la verdad que entonces apareció oscura, y nos parece absurdo pensar por un momento en dos mártires, que los dos se llaman Juan, los dos han nacido en Nepomuk, los dos han sido arrojados al río por orden del mismo rey, y, sin embargo, son diferentes. Es muchísimo más sencillo admitir el error, ya comprobado, en la fecha del martirio.

 La campaña emprendida por BaIbín y sus dos amigos canónigos obtuvo un éxito resonante. El papa Inocencio XIII declaró el 25 de junio de 1721 al mártir Juan Nepomuceno Beato, aprobando el documento del arzobispo de Praga, que atestigua la autenticidad de su culto inmemorial. Las cartas de los emperadores, de los obispos, de las Ordenes religiosas, de las Universidades de Viena, Praga y Bratislava, de la Facultad de Olomouc, pidieron a Roma la apertura del proceso de canonización, que el mismo papa concedió el 18 de julio de 1722. Fueron examinadas las declaraciones de cincuenta y cuatro testigos. Se examinaron también los milagros que se atestiguaban. Y ocurrió entonces algo que pocas veces ha sucedido en una causa de esta clase.

 El 27 de enero de 1725 la comisión presidida por el arzobispo de Praga, compuesta por dignidades eclesiásticas y civiles, de profesores de medicina y de dos cirujanos, examinó la lengua del mártir, que fue encontrada incorrupta, pero seca, y de color gris. De pronto, en presencia de todos, empezó a esponjarse y apareció rosa, como si se tratara de la de una persona viva. Todos se pusieron de rodillas, y este milagro, realizado en circunstancias tan solemnes, fue el cuarto de los que sirvieron para la canonización. Esta tuvo lugar el 19 de marzo de 1729, por Benedicto XIII, en la basílica de San Juan de Letrán. Desgraciadamente, el acta de la canonización se hizo eco de la teoría de BaIbín acerca de la existencia de dos Juanes. Pero, evidentemente, esto no estorba para nada la realidad que hoy conocemos: hubo un solo Juan, el vicario general de Praga, canónigo, mártir del sigilo sacramental, a quien Benedicto XIII canonizó, aunque accidentalmente recogiera la opinión, entonces imperante, de la existencia de otro Juan. Y esto es todo.

 San Juan Nepomuceno ha sido considerado siempre como el patrono del sigilo sacramental, y también, por cierta evidente conexión, como el patrono de la fama y el buen nombre. Sus biógrafos nos cuentan maravillosos ejemplos en los que ha brillado con claridad la eficacia de tal patronazgo.

 Es también patrono secundario de la Compañía de Jesús. Y ejerce su patronato sobre la Bohemia y Moravia. El culto de San Juan Nepomuceno ha sido, al través de los siglos, como el punto de cita del sentir religioso y nacional de estos dos pueblos. El altar del santo mártir, con sus sagradas reliquias en la iglesia metropolitana de San Vito, era el imán que atraía todos los años el 16 de mayo hacia Praga innumerables peregrinos bohemos, moravos y eslovacos. Cuando iba desapareciendo en las escuelas la lengua materna, oprimida por la lengua alemana, los peregrinos de Praga oían con gozo hablar su propia lengua. La fiesta de San Juan Nepomuceno era el estímulo para la vida de la nación. Como escribía el 12 de abril de 1925 en una carta pastoral monseñor Carlos Kaspar, obispo de Hradec Králové: "El culto de San Juan Nepomuceno suscitaba la lengua bohema a nueva vida. No sé si, sin San Juan Nepomuceno, se oiría aún esta lengua en las regiones de nuestra amada patria."

 Una providencia especial pareció velar siempre sobre sus reliquias. Se vieron libres primero de las profanaciones de los husitas, y después de las de los luteranos, en 1618. Su casa natal fue transformada en iglesia, y un altar señala el lugar de su nacimiento. En Praga, en el lugar donde fue tirado al río, en el puente que une las dos partes de la ciudad, se conservaba una imagen ante la que los habitantes de la ciudad tenían la piadosa costumbre de orar siempre que pasaban. No es raro encontrar imágenes semejantes en puentes de Alemania y Alsacia. Su culto se extendió también por influjo de la Compañía de Jesús a otros muchos países.

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

4 ene 2015

Santo Evangelio 4 de Enero de 2015



Día litúrgico: Domingo II después de Navidad

Texto del Evangelio (Jn 1,1-18): En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.


Comentario: Rev. D. Ferran BLASI i Birbe (Barcelona, España)
Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria

Hoy, el Evangelio de Juan se nos presenta en una forma poética y parece ofrecernos, no solamente una introducción, sino también como una síntesis de todos los elementos presentes en este libro. Tiene un ritmo que lo hace solemne, con paralelismos, similitudes y repeticiones buscadas, y las grandes ideas trazan como diversos grandes círculos. El punto culminante de la exposición se encuentra justo en medio, con una afirmación que encaja perfectamente en este tiempo de Navidad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).

El autor nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia: ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y después en Nazaret.

Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra vida, y —por eso— que transcurra por todas las etapas de la existencia: en el seno de la Madre, en el nacimiento y en su constante crecimiento (recién nacido, niño, adolescente y, por siempre, Jesús, el Salvador).

Y continúa: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Ibidem). También en estos primeros momentos, lo han cantado los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo», «y paz en la tierra» (cf. Lc 2,14). Y, ahora, en el hecho de estar arropado por sus padres: en los pañales preparados por la Madre, en el amoroso ingenio de su padre —bueno y mañoso— que le ha preparado un lugar tan acogedor como ha podido, y en las manifestaciones de afecto de los pastores que van a adorarlo, y le hacen carantoñas y le llevan regalos.

He aquí cómo este fragmento del Evangelio nos ofrece la Palabra de Dios —que es toda su Sabiduría—. De la cual nos hace participar, nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin límite, y también la Luz que nos hace ver todas las cosas del mundo en su verdadero valor, desde el punto de vista de Dios, con “visión sobrenatural”, con afectuosa gratitud hacia quien se ha dado enteramente a los hombres y mujeres del mundo, desde que apareció en este mundo como un Niño.