9 dic 2014

Santo Evangelio 9 de Diciembre de 2014



Día litúrgico: Martes II de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 18,12-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños».


Comentario: Fr. Damien LIN Yuanheng (Singapore, Singapur)
«No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños»

Hoy, Jesús nos lanza un reto: «¿Qué os parece?» (Mt 18,12); ¿qué clase de misericordia practicas? Quizás nosotros, “católicos practicantes”, habiendo gustado muchas veces de la misericordia de Dios en sus sacramentos, estemos tentados a pensar que ya estamos justificados ante los ojos de Dios. Corremos el peligro de convertirnos inconscientemente en el fariseo que menosprecia al publicano (cf. Lc 18,9-14). Aunque no lo digamos en voz alta, quizás pensemos que estamos libres de culpa ante Dios. Algunos síntomas de que este orgullo farisaico echa raíces en nosotros pueden ser la impaciencia ante los defectos de los demás, o pensar que las advertencias nunca van para nosotros.

El “desobediente” profeta Jonás, un judío, se mantuvo inflexible cuando Dios mostró pena por los habitantes de Nínive. Yahvé reprochó la intolerancia de Jonás (cf. Jon 4,10-11). Aquella mirada humana ponía límites a la divina misericordia. ¿Acaso también nosotros ponemos límites a la misericordia de Dios? Hemos de prestar atención a la lección de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Con toda probabilidad, ¡todavía nos queda un largo camino por recorrer para imitar la misericordia de Dios!

¿Cómo debiéramos entender la misericordia de nuestro Padre celestial? El Papa Francisco dijo que «Dios no perdona mediante un decreto, sino con un abrazo». El abrazo de Dios para con cada uno de nosotros se llama “Jesucristo”. Cristo manifiesta la misericordia paternal de Dios. En el capítulo cuarto del Evangelio de san Juan, Cristo no airea los pecados de la mujer samaritana. En lugar de ello, la divina misericordia cura a la Samaritana ayudándola a afrontar plenamente la realidad de su pecado. La misericordia de Dios es totalmente coherente con la verdad. La misericordia no es una excusa para tomarse rebajas morales. Sin embargo, Jesús debió haber provocado su arrepentimiento con mucha más ternura que la que sintió la mujer adúltera “herida por el amor” (cf. Jn 8,3-11). Nosotros también debemos aprender cómo ayudar a los demás a encararse con sus errores sin avergonzarles, con gran respeto hacia ellos como hermanos en Cristo, y con ternura. En nuestro caso, también con humildad, sabiendo que nosotros mismos somos “vasijas de barro”.


Comentario: Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart (Tarragona, España)
No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños

Hoy, Jesús nos hace saber que Dios quiere que todos los hombres se salven y que no es su voluntad «que se pierda [ni] uno solo» (Mt 18,14). Con la parábola del pastor que busca la oveja que se ha perdido, nos presenta una figura que conmovió a los primeros cristianos. En la portada del Catecismo de la Iglesia Católica está grabada esta figura de Jesús Buen Pastor, que en las catacumbas de Roma está ya presente entre las primeras imágenes del Señor.

Es tan fuerte el querer de Dios de salvarnos que, desde estas palabras hasta la donación incondicional en la Cruz, es Cristo quien nos busca a cada uno para que —libremente— volvamos a la amistad con Él.

De la misma manera que Jesús, los cristianos hemos de tener este mismo sentimiento: ¡que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad! Tal como le gustaba decir a san Josemaría Escrivá, «todos somos oveja y pastor». Hay personas —el propio esposo o la esposa, los hijos, los parientes, los amigos, etc.— para los cuales nosotros, quizá, seamos la única oportunidad que les pueda facilitar la recuperación de la alegría de la fe y de la vida de la gracia.

Siempre podemos dejar el noventa y nueve por ciento de las cosas que nos llevamos entre manos, para rezar y ayudar a aquella persona que tenemos cerca, que amamos y que sabemos que padece alguna necesidad en su alma.

Con nuestra oración y mortificación, y con nuestra fe amorosa, les podemos alcanzar la gracia de la conversión, como santa Mónica consiguió que su hijo Agustín se convirtiera en el “primer hombre moderno” que sabe explicar en "Las confesiones" cómo la gracia actuó en él hasta llegar a la santidad.

Pidamos a la Madre del Buen Pastor muchas alegrías de conversiones.

San Juan Diego, 9 de Diciembre



9 de Diciembre
HOMILÍAS

San Juan Diego
Vidente de la Virgen de Guadalupe

P. Dr. Eduardo Chávez Sánchez

 Juan Diego Cuauhtlatoatzin (que significa: Águila que habla o El que habla como águila), un indio humilde, de la etnia indígena de los chichimecas, nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, que en ese tiempo pertenecía al reino de Texcoco. Juan Diego fue bautizado por los primeros franciscanos, aproximadamente en 1524. En 1531, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad; edificó a los demás con su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”. 

Juan Diego fue un hombre virtuoso, las semillas de estas virtudes habían sido inculcadas, cuidadas y protegidas por su ancestral cultura y educación, pero recibieron plenitud cuando Juan Diego tuvo el gran privilegio de encontrarse con la Madre de Dios, María Santísima de Guadalupe, siendo encomendado a portar a la cabeza de la Iglesia y al mundo entero el mensaje de unidad, de paz y de amor para todos los hombres; fue precisamente este encuentro y esta maravillosa misión lo que dio plenitud a cada una de las hermosas virtudes que estaban en el corazón de este humilde hombre y fueron convertidas en modelo de virtudes cristianas; Juan Diego fue un hombre humilde y sencillo, obediente y paciente, cimentado en la fe, de firme esperanza y de gran caridad. 

Poco después de haber vivido el importante momento de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, Juan Diego se entregó plenamente al servicio de Dios y de su Madre, transmitía lo que había visto y oído, y oraba con gran devoción; aunque le apenaba mucho que su casa y pueblo quedaran distantes de la Ermita. Él quería estar cerca del Santuario para atenderlo todos los días, especialmente barriéndolo, que para los indígenas era un verdadero honor; como recordaba fray Gerónimo de Mendieta: “A los templos y a todas las cosas consagradas a Dios tienen mucha reverencia, y se precian los viejos, por muy principales que sean, de barrer las iglesias, guardando la costumbre de sus pasados en tiempos de su gentilidad, que en barrer los templos mostraban su devoción (aun los mismos señores).” 

Juan Diego se acercó a suplicarle al señor Obispo que lo dejara estar en cualquier parte que fuera, junto a las paredes de la Ermita para poder así servir todo el tiempo posible a la Señora del Cielo. El Obispo, que estimaba mucho a Juan Diego, accedió a su petición y permitió que se le construyera una casita junto a la Ermita. Viendo su tío Juan Bernardino que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor y a su preciosa Madre, quería seguirle, para estar juntos; “pero Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos les dejaron”. 

Juan Diego manifestó la gran nobleza de corazón y su ferviente caridad cuando su tío estuvo gravemente enfermo; asimismo Juan Diego manifestó su fe al estar con el corazón alegre, ante las palabras que le dirigió Santa María de Guadalupe, quien le aseguró que su tío estaba completamente sano; fue un indio de una fuerza religiosa que envolvía toda su vida; que dejó sus casas y tierras para ir a vivir a una pobre choza, a un lado de la Ermita; a dedicarse completamente al servicio del templo de su amada Niña del Cielo, la Virgen Santa María de Guadalupe, quien había pedido ese templo para en él ofrecer su consuelo y su amor maternal a todos lo hombres y mujeres. Juan Diego tenía “sus ratos de oración en aquel modo que sabe Dios dar a entender a los que le aman y conforme a la capacidad de cada uno, ejercitándose en obras de virtud y mortificación.” También se nos refiriere en el Nican motecpana: “A diario se ocupaba en cosas espirituales y barría el templo. Se postraba delante de la Señora del Cielo y la invocaba con fervor; frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la oración y estar invocando a la Señora del cielo.” 

Toda persona que se acercaba a Juan Diego tuvo la oportunidad de conocer de viva voz los pormenores del Acontecimiento Guadalupano, la manera en que había ocurrido este encuentro maravilloso y el privilegio de haber sido el mensajero de la Virgen de Guadalupe; como lo indicó el indio Martín de San Luis cuando rindió su testimonio en 1666: “Todo lo cual lo contó el dicho Diego de Torres Bullón a este testigo con mucha distinción y claridad, que se lo había dicho y contado el mismo Indio Juan Diego, porque lo comunicaba.” Juan Diego se constituyó en un verdadero misionero. 

Cuando Juan Diego se casó con María Lucía, quien había muerto dos años antes de las Apariciones, habían escuchado un sermón a fray Toribio de Benavente en donde se exaltaba la castidad, que era agradable a Dios y a la Virgen Santísima, por lo que los dos decidieron vivirla; se nos refiere: “Era viudo: dos años antes de que se le apareciera la Inmaculada, murió su mujer, que se llamaba María Lucía. Ambos vivían castamente.” Como también lo testificó el P. Luis Becerra Tanco: “el indio Juan Diego y su mujer María Lucía, guardaron castidad desde que recibieron el agua del Bautismo Santo, por haber oído a uno de los primeros ministros evangélicos muchos encomios de la pureza y castidad y lo que ama nuestro Señor a las vírgenes, y esta fama fue constante a los que conocieron y comunicaron mucho tiempo estos dos casados”. Aunque esto no obsta de que Juan Diego haya tenido descendencia, sea antes del bautismo, sea por la línea de algún otro familiar; ya que, por fuentes históricas sabemos que Juan Diego efectivamente tuvo descendencia; sobre esto, uno de los principales documentos se conserva en el Archivo del Convento de Corpus Christi en la Ciudad de México, en el cual se declara: “Sor Gertrudis del Señor San José, sus padres caciques [indios nobles] Dn. Diego de Torres Vázquez y Da. María del la Ascención de la región di Xochiatlan […] y tenida por descendiente del dichoso Juan Diego.” Lo importante también es el hecho de que Juan Diego inspiró la búsqueda de la santidad y de la perfección de vida, incluso en medio de los miembros de su propia familia, ya que su tío, como ya veíamos, al constatar como Juan Diego se había entregado muy bien al servicio de la Virgen María de Guadalupe y de Dios, quiso seguirlo, aunque Juan Diego le convino que era preferible que se quedara en su casa; y ahora tenemos también este ejemplo de Sor Gertrudis del Señor San José, descendiente de Juan Diego, quien ingresó a un monasterio, a consagrar su vida al servicio de Dios, buscando esa perfección de vida, buscando la Santidad. 

Es un hecho que Juan Diego siempre edificó a los demás con su testimonio y su palabra; constantemente se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”. 

El indio Gabriel Xuárez, quien tenía entre 112 y 115 años cuando dio su testimonio en las Informaciones Jurídicas de 1666; declaró cómo Juan Diego era un verdadero intercesor de su pueblo, decía: “que la dicha Santa Imagen le dijo al dicho Juan Diego la parte y lugar, donde se le había de hacer la dicha Ermita que fue donde se le apareció, que la ha visto hecha y la vio empezar este testigo, como lleva dicho donde son muchos los hombres y mujeres que van a verla y visitarla como este testigo ha ido una y muchas veces a pedirle remedio, y del dicho indio Juan para que como su pueblo, interceda por él.” El anciano indio Gabriel Xuárez también señaló detalles importantes sobre la personalidad de Juan Diego y la gran confianza que le tenía el pueblo para que intercediera en sus necesidades: “el dicho Juan Diego, –decía Gabriel Xuárez– respecto de ser natural de él y del barrio de Tlayacac, era un Indio buen cristiano, temeroso de Dios, y de su conciencia, y que siempre le vieron vivir quieta y honestamente, sin dar nota, ni escándalo de su persona, que siempre le veían ocupado en ministerios del servicio de Dios Nuestro Señor, acudiendo muy puntualmente a la doctrina y divinos oficios, ejercitándose en ello muy ordinariamente porque a todos los Indios de aquel tiempo oía este testigo, decirles era varón santo, y que le llamaban el peregrino, porque siempre lo veían andar solo y solo se iba a la doctrina de la iglesia de Tlatelulco, y después que se le apareció al dicho Juan Diego la Virgen de Guadalupe, y dejó su pueblo, casas y tierras, dejándolas a su tío suyo, porque ya su mujer era muerta; se fue a vivir a una casa Juan Diego que se le hizo pegada a la dicha Ermita, y allá iban muy de ordinario los naturales de este dicho pueblo a verlo a dicho paraje y a pedirle intercediese con la Virgen Santísima les diese buenos temporales en sus milpas, porque en dicho tiempo todos lo tenían por Varón Santo.” 

La india doña Juana de la Concepción que también dio su testimonio en estas Informaciones, confirmó que Juan Diego, efectivamente, era un hombre santo, pues había visto a la Virgen: “todos los Indios e Indias –declaraba– de este dicho pueblo le iban a ver a la dicha Ermita, teniéndole siempre por un santo varón, y esta testigo no sólo lo oía decir a los dichos sus padres, sino a otras muchas personas”. Mientras que el indio Pablo Xuárez recordaba lo que había escuchado sobre el humilde indio mensajero de Nuestra Señora de Guadalupe, decía que para el pueblo, Juan Diego era tan virtuoso y santo que era un verdadero modelo a seguir, declaraba el testigo que Juan Diego era “amigo de que todos viviesen bien, porque como lleva referido decía la dicha su abuela que era un varón santo, y que pluguiese a Dios, que sus hijos y nietos fuesen como él, pues fue tan venturoso que hablaba con la Virgen, por cuya causa le tuvo siempre esta opinión y todos los de este pueblo.” El indio don Martín de San Luis incluso declaró que la gente del pueblo: “le veía hacer al dicho Juan Diego grandes penitencias y que en aquel tiempo le decían varón santísimo.” 

Como decíamos, Juan Diego murió en 1548, un poco después de su tío Juan Bernardino, el cual falleció el 15 de mayo de 1544; ambos fueron enterrados en el Santuario que tanto amaron. Se nos refiere en el Nican motecpana: “Después de diez y seis años de servir allí Juan Diego a la Señora del cielo, murió en el año de mil y quinientos y cuarenta y ocho, a la sazón que murió el señor obispo. A su tiempo le consoló mucho la Señora del cielo, quien le vio y le dijo que ya era hora de que fuese a conseguir y gozar en el cielo, cuanto le había prometido. También fue sepultado en el templo. Andaba en los setenta y cuatro años.” En el Nican motecpana se exaltó su santidad ejemplar: “¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos alcanzar los eternos gozos del cielo!”


9 de Diciembre San Pedro Fourier, Fundador



9 de Diciembre


San Pedro Fourier, Fundador
(1565-1640)



Al santo de hoy se le ocurrieron en el año 1600 las ideas educadoras que más tarde iban a propagar por todo el mundo San Juan de la Salle (en 1700) y San Juan de Bosco (en 1850). Fue un precursor de la educación gratuita y popular. Nació en Lorena (Francia) en 1565.

Habiendo terminado brillantemente sus estudios en la Universidad, fundó una escuela gratuita en su ciudad, caso bien raro en ese entonces. Luego ingresó en la comunidad de canónigos regulares de San Agustín y allá fue ordenado sacerdote.

Como se sentía indigno de celebrar la Santa Misa, duró tres meses sin hacer la celebración de su primera misa, desde su ordenación, preparándose para ello (algo parecido hizo San Ignacio de Loyola).

Le pusieron a escoger entre tres parroquias, para que dijera de cuál quería ser párroco. Él escogió la más abandonada, la que más problemas tenía, y la que más estaba necesitando de un trabajo fuerte y constante. Era un pueblecito de los Vosgos que estaba lleno de protestantes calvinistas y donde la moralidad estaba por el suelo. Allí trabajó San Pedro Fourier por treinta años (un caso parecido a los que sucederá siglos después en Ars, cuando llegó allá san Juan Vianey). Aún hoy, todavía allá, cuando hablan de nuestro santo lo llaman "el buen padre Pedro".

Lo primero que hizo para lograr convertir aquellas gentes fue dedicarse a orar, y a sacrificarse por ellas. Recordaba lo que decía Jesús: "ciertos malos espíritus no se alejan sino con la oración y los sacrificios". Aún en el más crudo invierno no encendía fuego para calentarse, y la estufa que iba a calentar el ambiente no se encendía sino cuando llegaban visitantes muy friolentos.

Las otras dos armas con las cuales se propuso ganar las almas de aquellos pecadores fueron la limosna y el buen ejemplo. Quería cumplir aquel mandato del Señor que dice: "De tal manera luzca ante los demás la luz de vuestro buen ejemplo, que los demás al ver vuestras buenas obras, glorifiquen al Padre Celestial". Y en cuanto a las limosnas los necesitados encontraban siempre dispuesto al Padre Pedro a darles alguna ayuda, pero acompañada de buenos consejos que les sirvieran también para la salvación de su alma.

En su parroquia existían numerosas personas que habían tenido bienes de fortuna pero por un mal negocio o un incendio o una enfermedad o un robo, etc., habían quedado en gran pobreza. Para ellos fundó nuestro santo una caja de Mutua Ayuda, en la cual depositaba las contribuciones que las gentes le hacían, y de allí iba sacando para prestar a quienes habían quedado en la ruina. Lo único que les exigía era que si un día lograban volver a tener otra vez los bienes suficientes, devolvieran lo que se les había prestado. Así muchas familias que no se atrevían mendigar, fueron socorridas a tiempo sin ser humilladas. La Caja progresó notablemente.

San Pedro Fourier estaba convencido de que para poder hacer apostolado sin desanimarse ni desorientarse es necesario asociarse con algún grupo apostólico donde a uno lo animen, lo corrijan, lo guíen y lo acompañen. Por eso fundó en su parroquia tres asociaciones apostólicas: la de San Sebastián, para hombres, la del Rosario para señoras y la de la Inmaculada para señoritas. Les hacía reunión semanal para cada grupo por separado y allí organizaba los trabajos de apostolado y se animaban para seguir adelante.

A San Pedro Fourier se le ocurrió en aquellos años algo que cien años después le iba a dar gran éxito a San Juan Bautista de la Salle, pero que en aquel 1600 todavía no encontraba ambiente favorable: fundar las escuelas gratuitas para el pueblo. Trató de hacerlo en su parroquia pero se encontró con que los sacerdotes no aceptaban dar clases en primaria y a los padres de familia si eran pobres, no les interesaba que sus hijos estudiaran, y los maestros que encontraba no tenían vocación para ello. Total: fracasó totalmente en su intento. El mismo lo reconoció humildemente. El terreno todavía no estaba abonado para tan grande cosecha. Solamente cuando La Salle un siglo después se dedique a preparar maestros totalmente entusiasmados por la educación, logrará llenar la nación de casas de educación.

Habiendo fracasado en cuanto a escuelas para los niños, nuestro santo se propuso hacer una fundación para las niñas. Pero amaestrado por la amarga experiencia anterior, se propuso preparar antes muy bien a las profesoras. Reunió cuatro muchachas (dirigidas por la beata Alicia, que fue la cofundadora de su comunidad) y empezó a darles a cada día una hora de clase de pedagogía y de técnicas para enseñar a la juventud. Luego las fue enviando a dar clases a grupos de jovencitas, y pronto ya pudo fundar con ellas la Comunidad de Hermanas de San Agustín, que fue aprobada en 1616 por el Sumo Pontífice. Los expertos en Roma decían que el Padre Pedro había obtenido en seis meses una aprobación que otras comunidades sólo habían conseguido en treinta años. Pero es que se hizo apoyar por unos padres jesuitas muy importantes y por varios padres franceses muy estimados en el Vaticano, y además su congregación había dado muestras del gran bien que se consigue educando a la juventud.

El Padre Pedro puso en práctica varios métodos educativos que después otros famosos educadores católicos popularizarán por todas partes. Lo primero: hacer que la educación fuera práctica. Que no se redujera sólo a aprender cuestiones teóricas, sino que enseñara a la juventud muchas cosas que en la vida práctica de cada día iban a ser necesarias. Y así le dio gran importancia a la contabilidad, tanto que sus colegios eran verdaderamente unos secretariados comerciales, donde las jóvenes se familiarizaban con todo lo que les iba a servir para ser después unas eficientes secretarias y unas hábiles contadoras. También se les enseñaban artes prácticas como bordado, pastelería, dibujo artístico, etc.

Otro de sus métodos nuevos, fue el de enseñar por medio de la declamación. Como lo hará más tarde San Juan Bosco, a San Pedro Fourier se le ocurrió preparar dramas, sainetes, comedias, diálogos y recitales, donde mientras se hacía reír y se emocionaba a los oyentes, se iban enseñando verdades de la religión y de otras ciencias. Los domingos por la tarde daban sus alumnas representaciones muy amenas e instructivas para el pueblo, con notable asistencia. Era un modo de valerse del teatro para enseñar y hacer progresar. Y el mismo tener que declamar en público les daba a las jóvenes mayor facilidad para expresarse en reuniones de sociedad, y obtenían más habilidad para ser buenas maestras.

Su parroquia estaba infestada de calvinistas y evangélicos, lo cual era un serio peligro para los católicos. Lo primero que se propuso nuestro santo fue instruir a sus feligreses acerca de los 10 errores o herejías que enseñan los protestantes, para que no se dejaran engañar por ellos. Luego fue insistiendo en que el católico por pertenecer a la mejor religión del mundo debe tener un comportamiento mejor que el de los demás. Y a los protestantes les recordaba cuán bueno y provechoso es pertenecer a la Santa Iglesia Católica. Y los feligreses de su parroquia comentaban: "el Padre Pedro ha logrado más en cuanto a los protestantes en varios meses, que lo que habían logrado los otros sacerdotes en 30 años".

En 1622 nuestro santo fue nombrado superior de su comunidad de Canónigos de San Agustín, y al posesionarse de su alto cargo dijo: "Así como Jesucristo se entrega a nosotros en la Sagrada Comunión, sin esperar pago alguno, y buscando solamente el bien de los que la reciben, así me dedicaré desde este día a todos los que pertenecen a nuestra comunidad, no para obtener algún honor, o ventaja alguna, sino pensando solamente en la salvación de las almas". Programa verdaderamente digno de ser imitado, por todos los superiores en todas partes.

En su nuevo cargo se dedicó con todas sus fuerzas a mejorar el comportamiento de los socios de su comunidad, la cual había caído en bastante descuido en cuanto al cumplimiento de los reglamentos. Al principio encontró bastante resistencia, pero poco a poco fue logrando que los canónigos de San Agustín empezaran a ser verdaderamente fervorosos.

En 1636 el gobierno de Francia quiso exigirle que hiciera un juramento que iba contra su conciencia. En vez de jurar prefirió salir desterrado. Los últimos cuatro años de su vida los pasó en el destierro, enseñando en una escuela gratuita que él mismo había fundado allá.

Dios lo llamó a Sí el 9 de diciembre de 1640. El Sumo Pontífice lo declaró santo en 1897. El santuario donde están sus restos es visitado por numerosas peregrinaciones y su comunidad logró extenderse por varios países.
 

8 dic 2014

El Salvador vendrá, Él está por llegar



El Salvador vendrá, Él está por llegar

Santa María de la alegría y la esperanza, danos deseos de recibir a tu Hijo Jesucristo levantando los ojos a lo alto. 

Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net
Segundo domingo de Adviento

En el siglo II antes de Cristo, el profeta Jeremías sostenía la fe del pueblo hebreo, deportado en tierras extrañas, y su secretario, su amanuense, Baruc, también se sintió con derecho a dejarnos por escrito un librito consolador, alentando la esperanza del pueblo en el día de su retorno a la tierra prometida, al añorado templo de Jerusalén, después de amargos años en la deportación.

No le salió tan mal el verso al secretario, pues en sus páginas podemos vivir la ilusión del pueblo que regresa entre cantos de victoria y alabanza, y a nosotros nos permite vivir hoy con María, los días previos a la venida de su Hijo Jesucristo.

Podemos ir desgranando algunos de sus renglones, con el cariño con que María fue preparando pobremente la ropita de su hijo para el momento de su nacimiento.

“Jerusalén, despójate de tus vestidos de luto y aflicción, y vístete para siempre con el esplendor de la gloria que Dios te da; envuélvete en el manto de la justicia de Dios y adorna tu cabeza con la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu grandeza a cuantos viven bajo el cielo”.

¡Cómo me gustaría hoy que todos los jóvenes, que gustan vestir de negro, pintando sus propios labios de negro, dirigiéndose a espectáculos donde se encuentran de todo menos la paz, el sosiego y el silencio, pudieran escuchar al Profeta!

No puede haber luto y aflicción donde está el Hijo del Altísimo, donde está el que dejó su gloria para darnos a nosotros el amor y la paz. Deja, joven, que Dios te dé su manto, y adorne tu frente con diadema de gloria y esperanza.

“Ponte de pie, Jerusalén, sube a la altura, levanta los ojos y contempla a tus hijos, reunidos de oriente y de occidente, a la voz del Espíritu, gozosos porque Dios se acordó de ellos. Salieron a pie, llevados por los enemigos, pero Dios te los devuelve llenos de gloria, como príncipes reales”. 

Pienso en las madres, que llenas de angustia, después de haber insistido inútilmente con sus hijos de preferir la tranquilidad de la casa paterna, suelen ir en desbandada, en grupos, a los “antros” o a las “disco”, incapaces de oponerse, casi arrastrados, por los enemigos, el placer, la diversión, la violencia, el desenfreno, la lujuria, los excesos en la bebida.

Ponte de pie... sube a la altura... levanta los ojos, Dios te los regresa, llegan no buscando el jergón, la cobija, la oscuridad para medio descansar después de una noche de aventura... Dios te los devuelve... como príncipes reales.

Eso es lo que hace con nosotros el Señor, después de la noche del pecado, Cristo acompaña a nuestra humanidad, a cada uno de los hombres, y nos hace hijos de la luz, de la esperanza, del amor, del gozo que nadie podrá arrebatarnos, porque es fruto de su amor, de su entrega, de su donación.

El Salvador vendrá, Él está por llegar, pero ya Baruc, y luego Juan el Bautista, invitarían a su pueblo, y es la invitación de la Iglesia, a preparar los caminos, abrir los corazones, para que la ayuda que nos viene del exterior, encuentre causes para llegar hasta el último de los moradores.

¡Qué difícil es llegar con la ayuda, con los víveres y las medicinas, después de una inundación o de un terremoto, cuando no existen carreteras ni caminos!

Por eso, “Dios ha ordenado que se abajen todas las montañas y todas las colinas, que se rellenen los valles hasta aplanar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios”. 

Aún hay en nuestro corazón muchas montañas de orgullo, de vanidad, de autosuficiencia, y muchas hondonadas, muchos precipicios oscuros a los que el Señor tiene que llegar, para que vengan con él la luz y la paz del corazón.

“Los bosques y los árboles fragantes le darán sombra por orden de Dios. Porque el Señor guiará a Israel en medio de la alegría y a la luz de su gloria, escoltándolo con su misericordia y su justicia”. 

Él nos guiará, esa es su misión, es la misión de Cristo entre nosotros, guiar, conducir, alentar, vigorizar los corazones, desentumecer las rodillas, como gusta decir Juan Pablo II, que ya no puede moverse físicamente, pero que alienta, que conduce, hasta elevar nuestras miradas al Salvador.

Y aquí conectamos con San Pablo, que recomienda que el amor de Cristo “Siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual. Así podrán escoger siempre lo mejor y llegarán limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios”.

Eso es lo que nos hace falta: crecer más y más en Cristo Jesús para poder escoger siempre lo mejor y llegar limpios.

Escoger siempre lo mejor, no contentarnos con espuma, con barro, con estiércol, con tinieblas, con oscuridades, buscar mejor la paz interior, el consuelo, la dicha y la paz, cosas todas ellas en las que María es experta.

Esa mujer a quien contemplaremos el próximo día 8 de diciembre, en su Concepción Inmaculada, y luego entre los mexicanos y en toda América, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, la primera evangelizadora de América, la mujer de la Luz, la mujer de la Paz, la mujer de la Esperanza.


"Santa María de la Alegría y la Esperanza, danos deseos de recibir a tu Hijo Jesucristo levantando los ojos a lo alto, de donde nos vendrá la Salvación."

Santo Evangelio 8 de Diciembre de 2014


Día litúrgico: La Inmaculada Concepción de la Virgen María

Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 

Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.


Comentario: Rev. D. David COMPTE i Verdaguer (Manlleu, Barcelona, España)
Y entrando, le dijo: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’

Hoy, el Evangelio toca un acorde compuesto por tres notas. Tres notas no siempre bien afinadas en nuestra sociedad: la del hacer, la de la amistad y la de la coherencia de vida. Hoy día hacemos muchas cosas, pero, ¿tenemos un proyecto? Hoy, que navegamos en la sociedad de la comunicación, ¿tiene cabida en nuestros corazones la soledad? Hoy, en la era de la información, ¿nos permite ésta dar forma a nuestra personalidad?

Un proyecto. María, una mujer «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lc 1,28). María tiene un proyecto. Evidentemente, de proporciones humanas. Sin embargo, Dios irrumpe en su vida para presentarle otro proyecto... de proporciones divinas. También hoy, quiere entrar en nuestra vida y dar proporciones divinas a nuestro quehacer humano.

Una presencia. «No temas, María» (Lc 1,30). ¡No construyamos de cualquier manera! No fuera caso que la adicción al “hacer” escondiera un vacío. El matrimonio, la vida de servicio, la profesión no han de ser una huida hacia adelante. «Llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Presencia que acompaña y da sentido. Confianza en Dios, que —de rebote— nos lleva a la confianza con los otros. Amistad con Dios que renueva la amistad con los otros.

Formarnos. Hoy día, que recibimos tantos estímulos con frecuencia contrapuestos, es necesario dar forma y unidad a nuestra vida. María, dice san Luis María Grignion, «es el molde vivo de Dios». Hay dos maneras de hacer una escultura, expone Grignion: una, más ardua, a base de golpes de cincel. La otra, sirviéndose de un molde. Ésta segunda es más sencilla. Pero el éxito está en que la materia sea maleable y que el molde dibuje con perfección la imagen. María es el molde perfecto. ¿Acudimos a Ella siendo nosotros materia maleable?

7 dic 2014

Santo Evangelio 7 de Diciembre de 2014



Día litúrgico: Domingo II (B) de Adviento

Texto del Evangelio (Mc 1,1-8): Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el profeta: «Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas».

Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. 

Juan llevaba un vestido de piel de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo».


Comentario: Fr. Faust BAILO (Toronto, Canadá)
Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión

Hoy, cuando se alza el telón del drama divino, podemos escuchar ya la voz de alguien que proclama: «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Mc 1,3). Hoy, nos encontramos ante Juan el Bautista cuando prepara el escenario para la llegada de Jesús.

Algunos creían que Juan era el verdadero Mesías. Pues hablaba como los antiguos profetas, diciendo que el hombre ha de salir del pecado para huir del castigo y retornar hacia Dios a fin de encontrar su misericordia. Pero éste es un mensaje para todos los tiempos y todos los lugares, y Juan lo proclamaba con urgencia. Así, sucedió que una riada de gente, de Jerusalén y de toda Judea, inundó el desierto de Juan para escuchar su predicación.

¿Cómo es que Juan atraía a tantos hombres y mujeres? Ciertamente, denunciaba a Herodes y a los líderes religiosos, un acto de valor que fascinaba a la gente del pueblo. Pero, al mismo tiempo, no se ahorraba palabras fuertes para todos ellos: porque ellos también eran pecadores y debían arrepentirse. Y, al confesar sus pecados, los bautizaba en el río Jordán. Por eso, Juan Bautista los fascinaba, porque entendían el mensaje del auténtico arrepentimiento que les quería transmitir. Un arrepentimiento que era algo más que una confesión del pecado —en si misma, ¡un gran paso hacia delante y, de hecho, muy bonito! Pero, también, un arrepentimiento basado en la creencia de que sólo Dios puede, a la vez, perdonar y borrar, cancelar la deuda y barrer los restos de mi espíritu, enderezar mis rutas morales, tan deshonestas.

«No desaprovechéis este tiempo de misericordia ofrecido por Dios», dice San Gregorio Magno. —No estropeemos este momento apto para impregnarnos de este amor purificador que se nos ofrece, podemos decirnos, ahora que el tiempo de Adviento comienza a abrirse paso ante nosotros.

¿Estamos preparados, durante este Adviento, para enderezar los caminos para nuestro Señor? ¿Puedo convertir este tiempo en un tiempo para una confesión más auténtica, más penetrante en mi vida? Juan pedía sinceridad —sinceridad con uno mismo— a la vez que abandono en la misericordia Divina. Al hacerlo, ayudaba al pueblo a vivir para Dios, a entender que vivir es cuestión de luchar por abrir los caminos de la virtud y dejar que la gracia de Dios vivificara su espíritu con su alegría.

San Ambrosio, 7 de Diciembre


7 de diciembre

SAN AMBROSIO
(+ 397)


Con el triunfo de Constantino sobre Majencio y el subsiguiente edicto promulgado el 313 en Milán, los dos grandes poderes del Imperio y de la Iglesia se hermanan en un abrazo de exterior solidaridad; con la elevación de Ambrosio al episcopado de aquella misma sede el 374 se realiza la fusión vital de la sangre añeja del espíritu romano y la sangre renovadora de los principios sobrenaturales del cristianismo. La Providencia preparó admirablemente los caminos.

Hijo de un magistrado romano del mismo nombre, a quien Constantino confiara la Prefectura de las Galias, Ambrosio se habituó a contemplar en el espejo de su padre la seriedad de vida, el amor a la justicia, el espíritu de organización y demás virtudes del antiguo patriciado romano. Sobre este terreno tan bien dispuesto vino la formación en la capital del Imperio, adonde, muerto su padre cuando él contaba catorce años, hubo de trasladarse, abandonando Tréveris, su ciudad natal, en compañía de su madre y su hermano Sátiro. El estudio de la elocuencia en los oradores que habían forjado los grandes días de la República y del Imperio, la familiaridad con los poetas griegos y latinos, intérpretes de sus glorias, y el aprendizaje del derecho, médula espinal de la grandeza de Roma, convirtieron a Ambrosio en un perfecto símbolo de las antiguas tradiciones patrias.

Dentro de este espíritu iba infiltrándose un ambiente sinceramente religioso. Su padre se había convertido al cristianismo en los tiempos duros de la persecución y su familia había sido bautizada con la sangre martirial de Santa Sotera, muerta por la castidad y la fe. Un cuadro plástico del fervor cristiano de la familia nos lo ofrece el grupo de aquellos tres hermanos, tan unidos por un tierno amor, que formaron el hogar del prefecto de las Galias: la primogénita, Santa Marcelina, que voló muy pronto a la sombra del papa Liberio para consagrar a Dios su virginidad; Sátiro, el segundo vástago de la familia, acreedor también al culto de los altares y fiel cooperador en los trabajos del tercero y menor de los hermanos, San Ambrosio el obispo.

Muy pronto se fijó en este último, distinguiéndole con una predilección particular el prepotente Probo, hombre de confianza del emperador Valentiniano I, encargado de la administración de Italia y sincero cristiano en su profesión y sus obras. Le agregó, pues, a la Prefectura del Pretorio, y en 372, cuando Ambrosio contaba algo más de treinta años, obtuvo para él el cargo de gobernador de las provincias de Liguria y Emilia, cuya capital se hallaba en Milán, despidiéndole con esta consigna de insospechado vaticinio: 'Ve, hijo mio, y condúcete no como juez, sino como obispo". Ambrosio no olvidó esta lección, que le granjeó el cariño de todos sus súbditos.

Era entonces Milán la segunda ciudad del Imperio, sede ordinaria de los emperadores cristianos, en la que, por lo mismo, fermentaban las intrigas políticas y repercutían con tanta mayor violencia las amenazas de los pueblos bárbaros cuanto más próximas se hallaban sus fronteras. Ultimamente la intranquilidad se habia acentuado con la división religiosa provocada por el obispo Auxencio, de ideas arrianas más o menos solapadas. Dos años llevaba Ambrosio al frente de su Prefectura cuando murió el heresiarca Se reunieron los obispos vecinos en una de las basílicas de Milán para elegir sustituto, y, mientras se prolongaba dificultosamente la deliberación, el pueblo, reunido en las naves del templo, fue gradualmente inquietándose con presagios de lucha amenazadora entre los dos partidos católico y arriano. El prefecto, avisado del peligro, se trasladó a la basílica y dirigió la palabra a la muchedumbre, exhortándola a esperar tranquila la decisión de los electores, cuando de repente, en un momento de pausa, rasgó el silencio del templo la voz vibrante de un niño que clamó por tres veces: "¡Ambrosio, obispo! ¡Ambrosio, obispo! ¡Ambrosio, obispo!" Al primer estupor siguió inmediatamente el entusiasmo general de la muchedumbre, que, como un eco fue repitiendo aquel grito hasta decidir en este sentido la elección. Es la tradición recogida por Paulino, secretario del nuevo obispo y que en todo caso representaba un símbolo grato de aquella realidad.

Nadie quedó más sorprendido que el mismo Ambrosio, quien jamás había pensado en la carrera eclesiástica y que, por otra parte, siguiendo la censurable costumbre de aquellos tiempos, aún no había recibido el bautismo, esperando obtener por su medio a la hora de la muerte un perdón general de sus pecados. Expuso, pues, su situación de no bautizado, recordó la prohibición eclesiástica de elevar a la dignidad sacerdotal a un neófito, adujo las incompatibilidades jurídicas de su cargo y hasta llegó a fingir acciones menos rectas para alejar de sí semejante nombramiento. Todo resultó inútil y al fin se sometió a los planes de la Providencia, que había hablado por la voz de un niño inocente. Recibido el bautismo, fue a los ocho dias consagrado obispo de Milán, el 7 de diciembre del 374, en cuya fecha aniversaria celebra la Iglesia su fiesta litúrgica. A partir de aquel punto se entregó de lleno a las solicitudes del cargo pastoral y bien de la Iglesia, por cuyo esplendor habia de trabajar durante veintitrés años de episcopado. Sin embargo, a pesar de su alejamiento voluntarío de la corte, la divina Providencia le habia constituido, en cierto modo, ángel custodio del trono imperial, al que aguardaban años tan azarosos. Angel de la guarda fue para con el emperador Graciano, jovencito de dieciséis años cuando subió al trono, dotado de buenos sentimientos religiosos, pero inexperto e indeciso, y de quien hizo con sus consejos y su dirección un hombre de carácter maduro, que, después de haber dado al Imperio leyes de firmeza y ejemplaridad cristianas, moría asesinado sin doblegarse ante la insurrección. Durante los años de su reinado, Ambrosio entraba en su palacio con plena libertad y a cualquier hora para interceder por los necesitados y perseguidos, fueran cristianos o paganos.

Al subir al trono Valentiniano II, de solos doce años de edad, todo parecía augurar años difíciles a San Ambrosio, ya que en torno al joven augusto, bajo la tutela de su madre Justina, simpatizante con el arrianismo, se había constituido un foco de oculta hostilidad contra la persona del obispo milanés. Por eso fue más espectacular el gesto de aquella matrona artera y política cuando llevó a su hijo a presencia de Ambrosio, poniéndolo bajo su protección y rogándole que llevase una embajada de paz al general Máximo, proclamado emperador por las legiones de Bretaña. Se trataba de defender a un huérfano y a una viuda, hasta ayer en relaciones nada amistosas, y el obispo no dudó en trasladarse a las Galias para salvar al príncipe. La posterior conducta de Justina no respondió a aquel acto de generosidad; pero años más tarde, muerta ya la madre intrigante, el joven emperador terminó por arrojarse en brazos de Ambrosio, cuyos consejos solicitó de continuo, a cuya dirección entregó el alma de sus hermanas Justa y Grata y cuyo nombre invocó con ansia los últimos días de su vida en las Galias, cuando entrevió levantarse sobre su pecho el puñal del asesino.

Más varoniles fueron las relaciones de amistad entre el obispo de Milán y el emperador Teodosio, basadas en una perfecta compenetración de principios religiosos, que no impidieron, sin embargo, al primero reprender los desaciertos del segundo

Todo este influjo de San Ambrosio sobre la autoridad suprema fue constantemente enderezado a los tres grandes fines que llevaba en el corazón: la destrucción del paganismo, la extirpación de la herejía y la purificación del pecado en la Iglesia.

Porque es cierto que las instituciones y cultos paganos seguían dominando aún en gran parte de la aristocracia romana y el Senado. Un día se despertaron aterrados los círculos políticos de Roma ante el estampido de una orden imperial que ordenaba retirar del Senado la imagen de la diosa de la Victoria, aquella imagen que había presidido las deliberaciones cruciales del Estado, tan fecundas en triunfos incontrastables. Era un golpe certero asestado contra el corazón del paganismo oficial, pero al mismo tiempo representaba una herida en las más gloriosas tradiciones ancestrales. La emoción cundió entre el pueblo y la irritación entre los senadores paganos, que enviaron una comisión a Milán para entrevistarse con el emperador. Las puertas de palacio permanecieron cerradas a sus aldabonazos, y poco después se les respondía con otro decreto suprimiendo las subvenciones para el mantenimiento del altar de la Victoria, de los sacerdotes consagrados a su culto y de las vestales, custodias venerandas de la Urbe. A través de la firma imperial todos vieron el pulso firme del obispo milanés.

De nuevo, en tiempos de Valentiniano y Justina, el prefecto de Roma, Símaco, en un elocuente discurso que ha pasado a la historia como pieza de verdadero mérito oratorio, expuso ante el Consejo imperial las conveniencias de restablecer la estatua de la diosa con sus sacerdotes y vestales. Ambrosio, advertido del asunto, escribió una réplica tan llena de nervio y vigor, que el joven Valentiniano resolvió tajantemente el asunto. Una vez más había triunfado el santo Obispo. La futura tentativa del paganizante emperador Eugenio estaba ya de antemano condenada al fracaso. El paganismo había expirado oficialmente.

Más ardua fue la lucha contra el arrianismo. Ambrosio decidió asestarle un golpe en su centro neurálgico de Sirmio, donde florecía a favor del grupo hostil a Graciano, reunido allí en torno a Justina. Había que consagrar un nuevo obispo católico, y el de Milán se presentó allí para realizar la ceremonia y hacer sentir su influjo. Una muchedumbre con aires de motín le recibió entre gritos y amenazas, hasta el Punto que, al subir a la cátedra que le estaba reservada, una mujerzuela le agarró del manto para impedir que se sentase. "No me toquéis—le dijo con tono de majestuosa autoridad—. Soy sacerdote, aunque indigno, y no podéis poner vuestra mano en un ministro del Señor. Temed no os castigue Dios con alguna desgracia'. El pueblo quedó dominado por tanta dignidad y la ceremonia terminó sin incidentes. A los pocos días aquella pobre mujer era víctima de grave enfermedad; todos vieron en ello la mano de Dios y la paz quedó restaurada. Bajo esta impresión convocó Ambrosio un concilio en Aquilea que destituyó a los obispos arrianos aún existentes, y por el momento la herejía languideció.

Sin embargo, le quedaban aún por reñir en este punto las batallas más violentas. Ya en el trono Valentiniano II, por instigación de los grupos recalcitrantes, y bajo el influjo de su madre, Justina, ordenó al obispo de Milán que entregase a los arrianos una de sus principales basílicas. Ante su negativa fue llamado a palacio al consistorio imperial. "Ni yo tengo poder para entregárosla ni vos potestad para tomarla", dijo al emperador en su presencia. La disputa se encendió mientras la multitud, noticiosa del peligro de su iglesia y su pastor, clamaba amenazadora en la calle, hasta que el mismo Ambrosio, a ruegos de la alarmada Justina, calmó con sus palabras la irritación popular "Que no se vierta una sola gota de sangre en nombre de la Iglesia—-rogaba a Dios el Santo—, y, si alguna hubiese de correr, que sea más bien la mía."

La dignidad del obispo habia triunfado sobre la del cesar. Justina no lo olvidó, y al año siguiente un decreto imperial de tonos generales y sellado con graves sanciones jurídicas daba libertad de reunión a los arrianos. Se trataba, en realidad, de intimidar a Ambrosio para que entregase sus basílicas al obispo hereje Auxencio. El Santo no se dió por aludido y la corte no osaba pasar adelante, hasta que cierto día de Cuaresma, mientras celebraba el obispo, rodearon las tropas imperiales una de las basíhcas esperando la salida de los fieles para ocuparla. Ni el pastor ni sus ovejas consintieron en ceder, y durante varios días quedaron sitiados por las fuerzas militares, sin querer abandonar el lugar santo. Fue entonces cuando Ambrosio, para mantener tenso el espíritu de los cristianos allí voluntariamente encerrados, organizó cantos en coros alternos de salmos e himnos compuestos por él mismo, introduciendo de este modo en Occidente una costumbre que dura hasta nuestros días en el rezo del oficio divino. En la última alocución a los fieles allí presentes les declaró con firmeza: "Rindo mis homenajes de respeto al emperador, pero no cedo ante él. El emperador está en la Iglesia y no sobre la Iglesia". La corte hubo de capitular, temiendo daños mayores. El arrianismo había recibido su golpe de gracia.

No menos firme se mostró ante el crimen y los escándalos, aun cuando éstos viniesen del emperador Teodosio. Dos veces juzgó deber enfrentarse con él y no vaciló. El año 388 ciertos monjes de Oriente, respondiendo a las violencias de los arrianos, habían incendiado algunos edificios de éstos, entre los que había quedado destruida una sinagoga hebrea. Teodosio, obsesionado por la tranquilidad pública y la justicia, ordenó al obispo de aquella región que la reconstruyese a su propia costa. Inmediatamente recibía una carta del prelado milanés reprochándole aquella decisión inmotivada e impía. Manda suavizarla, pero sin dar satisfacción completa al obispo, quien, en una homilía ante el pueblo de Milán y en presencia del mismo emperador, hace alusiones claras a su proceder condenable. Teodosio se excusa recordando las mitigaciones ordenadas, 'No basta—responde el Santo—-, obra de suerte que pueda ofrecer el sacrificio por ti, con plena seguridad de conciencia." Tras un diálogo público entre ambos representantes de la Iglesia y del Estado, Teodosio promete la entera revocación de la orden. "Celebraré confiado en tu palabra", dice Ambrosio. "Tú la tienes", responde el emperador.

Han transcurrido dos años desde este suceso cuando se promueve en Tesalónica una revuelta popular contra el cesar por haber condenado, aunque justamente, a uno de los ídolos del circo. Teodosio monta en cólera y ordena en castigo una matanza general durante una de las fiestas en el mismo circo. Trata Ambrosio de hacer revocar la orden; el emperador se resiste y cuando, al fin, promulga un decreto en contra, varios miles de inocentes han sido ya asesinados. Le exhorta inmediatamente el obispo a hacer penitencia de su pecado, como la habia hecho David: caso de no aceptar la penitencia pública, como público fue su crimen, se verá privado de los sacramentos y le será cerrada la puerta de la iglesia. El emperador se somete, aun cuando no sin violenta lucha interior, y cuando, en las fiestas de Navidad, es admitido de nuevo a los oficios sagrados, se le ve presentarse sin las insignias de su poder, como un pecador público que con gemidos y lágrimas implora la absolución de su delito antes de ocupar su puesto entre los fieles. El Imperio ha doblado oficialmente su rodilla ante la Iglesia. Más tarde confesará el emperador: "No conozco sino a Ambrosio, que me ha hecho ver qué es un obispo".

Y, sin embargo, su figura no es la de un obispo áulico. Las puertas de su morada permanecen siempre abiertas para ofrecer paso, sin previo aviso, a cualquier creyente o pagano sin distinción. Una clientela incesante de pobres, afligidos o necesitados de consejo asedian su casa, y a nadie niega su ayuda, ya se trate de un desgraciado indeseable, ya de un genio en fermentación religiosa como Agustín. Sus arcas se vacían en favor de los pobres, y, cuando no dan abasto, los vasos de oro y otros metales preciosos son vendidos sin titubeos.

Nada tiene, pues, de extraño que no pueda salir de casa sin que una muchedumbre agradecida y admiradora de sus virtudes le rodee, formando en torno suyo un séquito de veneración y cariño dispuesto a mezclar su sangre con la de su obispo en los momentos de peligro frente a las injusticias de Valentiniano. Bien persuadido de ello está el mismo emperador cuando, a las insinuaciones de ciertos cortesanos para que actúe contra el Santo apoyado en sus tropas, responde: "Bastaria que Ambrosio levantase un dedo para que vosotros mismos me entregaseis a sus plantas atado de pies y manos".

Y lo más sorprendente es que, en medio de tantos afanes y negocios, tuviera todavía tiempo para pronunciar, a veces diariamente, aquellas admirables homilías, origen de sus numerosos tratados exegéticos, que le ocasionaron frecuentes consultas escrituristicas por parte de sus contemporáneos. Conocía muy bien los resortes de la elocuencia clásica, como lo mostró en su refutación a Simaco, y dominaba las galas del estilo, como aparece en sus descripciones martiriales de Santa Inés y San Juan Bautista, dignas de cualquier antología; pero, por lo común, su oratoria era sencilla, pletórica, eso sí, de luz e impregnada de tal suavidad de lenguaje que penetraba hasta lo más profundo del aIma, según habia de atestiguar el más eximio de sus oyentes: Agustín de Tagaste.

Pero su genio resalta, ante todo, en la unión de dos extremos opuestos, felizmente hermanados en su ascética: el sentido práctico de la vida ordinaria y la sublimación de los más altos ideales divinos. Su sentido práctico de moralista recto, a la vez, y comprensivo fue herencia de su espiritu romano, así como su principal tratado en este sector, De las obligaciones de los clérigos, fue una transcripción al cristianismo de la obra homónima de Cicerón. Las virtudes cardinales, el deber cimentado en el cumplimiento de la voluntad divina, las modalidades de ciertas virtudes, como la pudicicia, y la exposición de los consejos evangélicos adquieren en su pluma una completa nitidez de perfiles.

Ahora que, sobre este fondo obligatorio del deber, su espíritu se remonta a las más altas cumbres del idealismo ascético. Sólo contaba tres años de sacerdocio cuando escribió para su hermana Marcelina su primera obra. Sobre las vírgenes, compilando sus homilías acerca de este tema, que su hermana no había podido oir y deseaba ardientemente conocer. Con ellas se habia dado a la pureza su más alta sublimación, y al néctar de sus mieles acudían de todas partes jóvenes escogidas deseosas de consagrar al Señor su continencia bajo la dirección del obispo milanés. Era una corriente cristalina de virginidad, desconocida hasta entonces, que se desbordaba por todo el Norte de Italia. Surgieron, como era natural, mezquinas oposiciones. De ahí que un año más tarde hubo de recoger en otro librito, Sobre la virginidad, los sermones pronunciados para defenderse a si mismo y vindicar los derechos de la pureza contra madres doloridas o futuros esposos que veían defraudadas las ilusiones de su cariño. Aún nos habia de legar otros dos escritos, uno Sobre la formación de la virgen y la perpetua virginidad de María, dirigido a una joven lombarda de su mismo nombre, nieta de su amigo Eusebio de Bolonia, y el otro la sentida Exhortación a la virginidad, pronunciado en la inauguración de una basílica, cuya fundadora, viuda noble de Florencia, consagraba sus tres hijas vírgenes al Señor. El Occidente habia alcanzado su cima más alta en la sublimación ascética de la continencia.

Vista la facilidad con que el espiritu jurídico-práctico de un romano como Ambrosio supo, sin embargo, elevarse a las regiones más empíreas de lo divino, no puede ya extrañarnos descubrir en él al iniciador de la poesía himnológica cristiana, que habían de levantar poco después a tan alto esplendor el español Prudencio y el francés Venancio Fortunato, ambos, por cierto, cantores de la virginidad. Los himnos de San Ambrosio figuran todavía hoy en el rezo del Breviario.

El año 395 pronunciaba el santo obispo la oración fúnebre en los funerales de Teodosio el Grande, que venían a ser también los del Imperio romano. Era el canto del cisne de Ambrosio, que dos años más tarde moría contemplando con tristeza la descomposición del poderío secular de Roma, pero habiendo llevado a feliz término la empresa de inocular los espíritus vitales de la grandeza romana en la savia renovadora del cristianismo.

FRANCISCO DE B. VIZMANOS, S. I.