12 nov 2014

San Josafat, 12 de Noviembre


SAN JOSAFAT
12 de Noviembre


Arzobispo de Polotsk, Lituania.
Fiesta: 12 de noviembre
Etim: "Dios es mi juez"

Nace en Vladimir de Volhinia por el año 1580 o 1581. 
Ordenado sacerdote en el rito bizantino en 1609.
Ordenado obispo de Vitebsk 1617, meses mas tarde, Arzobispo de Polotsk.
Protomártir de la re-unificación de la cristiandad. +1623
Canonizado en 1867.


En Octubre de 1595, el metropolitano de los ortodoxos disidentes de Kiev y otros cinco obispos, que representaban a millones de rutenos (hoy llamados ucranios), hallándose reunidos en Brest-Litovsk, ciudad de Lituania, decidieron someterse al Papa y estar en comunión con la Iglesia católica. Se trata de la histórica Unión de Brest. Esta unificación dio lugar a grandes controversias llegándose hasta la violencia. San Josafat por aquel tiempo era muy jovencito, pero aquellos eventos tendrían un profundo impacto en su vida ya que el mismo daría su vida por la unidad de la Iglesia.

Su nombre de bautismo era Juan Kunsevich. Su padre, que era un católico de buena familia, puso a su hijo en la escuela de su pueblo natal. Después Juan entró a trabajar como aprendiz en una tienda de Vilna, pero en vista de que el comercio no estaba en su corazón, empleaba sus tiempos libres aprendiendo el eslavo eclesiástico para comprender mejor los divinos oficios y poder recitar diariamente el oficio bizantino. Juan conoció por entones a Pedro Arcudius, rector del colegio oriental de Vilna, así como a los jesuitas Valentín Fabricio y Gregorio Gruzevsky, quienes se interesaron por él y le alentaron a seguir adelante. Al principio, el amo de Juan no veía con muy buenos ojos sus inquietudes religiosas, pero el joven supo cumplir tan bien con sus obligaciones, que el comerciante acabó por ofrecerle que se asociase con él y tomase por esposa a una de sus hijas. Juan rehusó ambas proposiciones, pues estaba decidido a hacerse monje.

En 1601 ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad de Vilna. El santo indujo también a seguir su ejemplo a José Benjamín Rutsky, un hombre muy culto, convertido del calvinismo. Los dos jóvenes monjes empezaron juntos a trazar planes para promover la unión y reformar la observancia en los monasterios rutenos. Desde entonces se llamó Josafat, recibió el diaconado, después el sacerdocio y pronto adquirió fama por sus sermones sobre la unión con Roma.

Su vida personal era muy austera, ya que añadía a las penitencias acostumbradas en las reglas monásticas del oriente, otras mortificaciones tan severas, que en más de una ocasión le criticaron los mismos monjes. En el proceso de beatificación el burgomaestre de Vilna declaró que "no había en el pueblo ningún religioso más bueno que el P. Josafat."

Josafat, al notar que su superior, Samuel, el abad del monasterio de la Santísima Trinidad, manifestaba  tendencia a separarse de Roma, se lo advirtió a sus superiores. El arzobispo de Kiev sustituyó a Samuel por Josafat.  Bajo su gobierno, el monasterio se repobló. Ello movió a sus superiores a retirarle del estudio de los Padres orientales para que fundase otros monasterios en Polonia.

En 1614, Rutsky fue elegido metropolitano de Kiev y Josafat Ie sucedió en el cargo de abad de Vilna. Cuando el nuevo metropolitano fue a tomar posesión de su catedral, Juan le acompañó en el viaje y aprovechó la ocasión para visitar el famoso monasterio de las Cuevas de Kiev. Pero la comunidad de dicho monasterio, que se componía de más de 200 monjes, estaba relajada y el reformador católico estuvo a punto de ser arrojado al río Dnieper. Aunque sus esfuerzos por hacer volver a la unidad a la comunidad fracasaron, su ejemplo y sus exhortaciones consiguieron hacer cambiar un tanto la actitud de los monjes.

Obispo ejemplar
En 1617, el P. Josafat fue consagrado obispo de Vitebsk con derecho de sucesión a la sede de Polotsk. Pocos meses después murió el anciano arzobispo de esa sede y Josafat se halló al frente de una eparquía  extensa pero poco fervorosa. Muchos se inclinaban al cisma porque temían que Roma interfiriese en sus ritos y costumbres. Las iglesias estaban en ruinas y se hallaban manos de los laicos. Muchos miembros del clero secular habían contraído matrimonio, algunos varias veces. La vida monástica estaba en decadencia. Josafat pidió ayuda a algunos de sus hermanos de Vilna y emprendió la tarea: reunió sínodos en las ciudades principales, publicó e impuso un texto de catecismo, redactó una serie de ordenaciones sobre la conducta del clero y combatió la interferencia de los "señores" en los asuntos de las iglesias locales. A todo ello añadió el ejemplo de su vida, su celo en la instrucción, la predicación, la administración de sacramentos y la visita a los pobres, a los enfermos, a los prisioneros y a las aldeas más remotas.

Hacia 1620, prácticamente toda la eparquía era ya sólidamente católica, el orden estaba restaurado y el ejemplo de aquel puñado de hombres buenos había producido un renacimiento de la vida cristiana. Pero en ese mismo año, disidentes en la región que se había unido a Roma, establecieron obispos paralelos, contrarios a Roma. Así, un tal Melecio Smotritsky fue nombrado arzobispo de Polotsk, sede de San Josafat, y se dedicó enérgicamente a destruir la obra del arzobispo católico, diciendo que Josafat se había "convertido al latinismo", que iba a obligar a sus fieles a seguir su ejemplo y que el catolicismo no era la forma tradicional del cristianismo ruteno. La nobleza y la mayoría del pueblo estaban por la unión, pero habían zonas disidentes. Un monje llamado Silvestre Smotritsky recorrió las poblaciones de Vitebsk, Mogilev y Orcha sublevando a la gente contra el catolicismo. Cuando el rey de Polonia proclamó un decreto afirmando que Josafat era el único arzobispo legítimo de Polotsk, se produjeron desórdenes no sólo en Vitebsk, sino en la misma Vilna. El decreto fue leído públicamente en presencia del santo y éste estuvo a punto de perder la vida.

El canciller de Lituania, León Sapieha, que era católico, temeroso de los resultados políticos de la inquietud general, prestó oídos a los rumores esparcidos por los disidentes que, fuera de Polonia, acusaban a San Josafat de haber sido el causante de los desórdenes con su política. Así pues, en 1622, Sapieha escribió al santo acusándole de emplear la violencia para mantener la unión, de exponer el reino al peligro de una invasión de los cosacos, de sembrar la discordia entre el pueblo, de haber clausurado por la fuerza ciertas iglesias no católicas y de otras cosas por el estilo. Tan solo era cierto que Josafat había pedido el auxilio del gobierno para recobrar la iglesia de Mogilev, de la que se habían apoderado los disidentes. El arzobispo tuvo que hacer frente también a la oposición, las críticas y la falta de comprensión de algunos católicos. Una de las razones por la que que una parte del pueblo fácilmente se dejó llevar por las falsas acusaciones era para evitar la disciplina y las exigencias morales del renacimiento católico.

En octubre de 1623, sabedor de que Vitebsk era todavía el centro de la oposición, decidió ir allá personalmente. Sus amigos no lograron disuadirle ni convencerle de que llevase una escolta militar. "Si Dios me juzga digno de merecer el martirio, no temo morir'", respondió San Josafat. Así pues, durante dos semanas predicó en las iglesias de Vitebsk y visitó a los fieles sin distinción alguna. Sus enemigos le amenazaban continuamente y provocaban a sus acompañantes para poder asesinarle aprovechando el desorden. El día de la fiesta de San Demetrio, una turba enfurecida rodeó al mártir, el cual les dijo: 
"Sé que queréis matarme y que me acecháis en todas partes: en las calles, en los puentes, en los caminos, en la plaza central. Pero yo estoy entre vosotros como vuestro pastor y quiero que sepáis que me consideraría muy feliz de dar la vida por vosotros. Estoy pronto a morir por la sagrada unión, por la 
supremacía de San Pedro y del Romano Pontífice."

Martirio
Smotritsky, fomentador de la agitación, probablemente solo pretendía obligar al santo a salir de la ciudad. Pero sus partidarios empezaron a tramar una conspiración para asesinar a Josafat el 12 de noviembre, a no ser que se excusase ante ellos por haber empleado la violencia. Un sacerdote llamado Elías fue el encargado de penetrar en el patio de la casa del arzobispo e insultar a sus criados por su religión y al amo 
a quien servían. Como la escena se repitiese varias veces, San Josafat dio permiso a sus criados de arrestar al sacerdote, si volvía a presentarse. En la mañana del 12 de noviembre, cuando el arzobispo se dirigía a la iglesia para el rezo del oficio de la aurora, Elías le salió al encuentro y comenzó a insultarle. El santo dio entonces permiso a su diácono para que mandase encerrar al agresor en un aposento de la casa. Eso era precisamente lo que deseaban sus enemigos que buscaban pretexto para atacarle. Al punto, echaron a vuelo las campanas, y la multitud empezó a clamar que se pusiese en libertad a Elías y se castigase al arzobispo. Después del oficio, San Josafat volvió a su casa y devolvió la libertad a Elías, no sin antes haberle amonestado. A pesar de ello, el pueblo penetró en la casa, exigiendo la muerte de Josafat y golpeando a sus criados. El santo salió al encuentro de la turba y preguntó: "¿Por qué golpeáis a mis criados, hijos míos?   Si tenéis algo contra mí, aquí estoy; dejadlos a ellos en paz." (Palabras muy parecidas a las de Santo Tomás Becket en ocasión semejante). La turba comenzó entonces a gritar: "¡Muera el Papista!", y San Josafat cayó atravesado por una alabarda y herido por una bala. Su cuerpo fue arrastrado por las calles y arrojado al río Divna.

El martirio del santo produjo como resultado inmediato un movimiento en favor de la unidad católica. Desgraciadamente, la controversia se prolongó con violencia y los disidentes tuvieron también un mártir, el abad Anastasio de Brest, quien fue ejecutado en 1648. Por otra parte, el arzobispo Melecio Smotritsky se reconcilió más tarde con la Santa Sede.

La gran reunión rutena existió, con altos y bajos, hasta que, después de la repartición de Polonia, los soberanos rusos obligaron por la fuerza a los rutenos católicos a unirse con la Iglesia Ortodoxa de Rusia. El  comunismo favoreció la opresión de la fe católica. Hoy como ayer es necesaria la intercesión y el ejemplo de San Josafat a favor de la unión en la verdad y el amor.



San Josafat Kunsevich fue canonizado en 1867 por el Papa Pío IX. Fue el primer santo de la Iglesia de oriente canonizado con proceso formal de la Sagrada Congregación de Ritos. Quince años más tarde, León XIII fijó el 14 de noviembre como fecha de la celebración de su fiesta en toda la Iglesia de occidente. La reforma litúrgica movió la fiesta al 12 de noviembre.

El Papa Pío XI declaró a San Josafat Patrón de la Reunión entre Ortodoxos y Católicos el 12 de noviembre de 1923, III centenario de su martirio.

El 25 de Noviembre de 1963, durante el Concilio Vaticano II y por petición del Papa Juan XXIII, quién estaba muy interesado en la unidad, el cuerpo de San Josafat finalmente encontró su descanso en el altar de San Basilio en la Basílica de San Pedro.

11 nov 2014

Santo Evangelio 11 de Noviembre de 2014

Día litúrgico: Martes XXXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 17,7-10): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».


Comentario: Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta (Badalona, Barcelona, España)
Hemos hecho lo que debíamos hacer

Hoy, la atención del Evangelio no se dirige a la actitud del amo, sino a la de los siervos. Jesús invita a sus apóstoles, mediante el ejemplo de una parábola a considerar la actitud de servicio: el siervo tiene que cumplir su deber sin esperar recompensa: «¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado?» (Lc 17,9). No obstante, ésta no es la última lección del Maestro acerca del servicio. Jesús dirá más adelante a sus discípulos: «En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre» (Jn 15,15). Los amigos no pasan cuentas. Si los siervos tienen que cumplir con su deber, mucho más los apóstoles de Jesús, sus amigos, debemos cumplir la misión encomendada por Dios, sabiendo que nuestro trabajo no merece recompensa alguna, porque lo hacemos gozosamente y porque todo cuanto tenemos y somos es un don de Dios.

Para el creyente todo es signo, para el que ama todo es don. Trabajar para el Reino de Dios es ya nuestra recompensa; por eso, no debemos decir con tristeza ni desgana: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10), sino con la alegría de aquel que ha sido llamado a transmitir el Evangelio. 

En estos días tenemos presente también la fiesta de un gran santo, de un gran amigo de Jesús, muy popular en Cataluña, san Martín de Tours, que dedicó su vida al servicio del Evangelio de Cristo. De él escribió Sulpicio Severo: «Hombre extraordinario, que no fue doblegado por el trabajo ni vencido por la misma muerte, no tuvo preferencia por ninguna de las dos partes, ¡no temió a la muerte, no rechazó la vida! Levantados sus ojos y sus manos hacia el cielo, su espíritu invicto no dejaba de orar». En la oración, en el diálogo con el Amigo, hallamos, efectivamente, el secreto y la fuerza de nuestro servicio.

San Martín de Tours. 11 de Noviembre



SAN MARTÍN DE TOURS

11 de Noviembre
(+ ca. 397)


"Pocos libros habrán sido tan leídos como la Vida de San Martín de Sulpicio Severo, completada por tres cartas sobre su muerte y por dos diálogos (tres, más bien, porque el primero se divide en dos) sobre las maravillas que el taumaturgo de Tours había realizado. Sulpicio Severo, que su Crónica nos muestra como acostumbrado a trabajos de historia, había emprendido con entusiasmo, viviendo aún el gran hombre (+ 397), su tarea de biógrafo; es este entusiasmo y el talento literario del que da pruebas lo que hace tan atrayente su trabajo, a pesar de una complacencia en lo maravilloso que los mismos monjes de Marmoutiers no dejaron de juzgar excesiva. Que haya en sus narraciones "una parte de literatura", es cosa en que todo el mundo está de acuerdo, y las imprecisiones de su cronología son verdaderamente embarazosas para el historiador; pero él se había tomado el trabajo de beber en buenas fuentes, sobre todo para el período de la vida en Tours, del que el mismo conoció testigos, y no hubiera tenido inconveniente en afinar más las notas cronológicas si la retórica de entonces no hubiera profesado tanta aversión hacia las precisiones muy netas" (Aigrain).

Esta vida de Sulpicio Severo había de ser puesta por dos veces en verso: en el año 470 por Paulino de Perigueux y poco después por Venancio Fortunato. De esta manera, en su versión original o en las versiones versificadas correría toda Europa. Las leyendas y la lírica de la Edad Media, los oficios litúrgicos, los sermones, los cantares y los poemas, los "misterios" representables en el teatro naciente, las vidas devotas, la escultura y la pintura llevarían por todas partes la imagen de este Santo, el más popular y conocido de toda Europa. Un fervoroso historiador suyo, Leçoy de la Marche, ha llegado a contar 3.667 parroquias francesas colocadas bajo su patronato, y su nombre sirve para distinguir 487 pueblos. Lo mismo ocurre fuera de Francia. En Alemania es sumamente conocido, acaso por sus actividades en Tréveris, y, sobre todo por la propaganda de los clérigos australianos y de los misioneros de San Columbano. Lo mismo ocurre en Italia y en España. San Martín sirve de titular a innumerables iglesias y ha sido objeto de una particular devoción y entusiasmo por parte de los artistas.

En especial la escena de Amiéns ha tenido la fortuna de un episodio evangélico. Sabido es que San Martín, todavía catecúmeno, partió la capa con un pobre. Y aquel pobre se le apareció en sueños, en figura de Jesucristo, cubierto de la media capa. El contraste entre el joven oficial del ejército romano y el pobre mendigo, el gesto magnífico del caballero cortando de un golpe de espada su espléndida capa, todo esto atrajo la imaginación del pueblo y de los artistas. Así este tema se encontraría en las marcas de las librerías, en los hierros que servían para hacer hostias, en los peones esculpidos para el juego de damas, en los muebles y hasta en las mismas cubas que se utilizaban para la sidra.

Conocido es el episodio del Quijote en que nuestro ingenioso caballero se encuentra con una docena de hombres vestidos de labradores que llevaban unas cuantas imágenes cubiertas. Pide don Quijote que se las descubran, y la segunda resulta ser "la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote cuando dijo: "Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente (es decir, que fue más valiente, y más que valiente liberal), como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre, y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno; que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo".

No han faltado, sin embargo, intentos de deshacer esta inmensa fama obtenida por San Martín. Un libro resonante, publicado en París en 1912 por E. Ch. Babut, trataba de demostrar, con un gran despliegue de erudición, viciado, sin embargo, por el abuso de la hipótesis, que San Martín y su biógrafo eran unos obscuros representantes de un clan sospechoso de priscilianismo, de tal manera que San Martín hubiese sido en su vida un personaje sin relieve, que debía todo su renombre posterior al éxito literario que obtuvo su vida una vez olvidada la realidad de los hechos. Tal hipótesis fue refutada de manera que no dejaba lugar a dudas por el insigne padre Delehaye, "mayor" durante mucho tiempo de los Bolandistas.

Podríamos sintetizar el estado de la cuestión el día de hoy haciendo nuestras las palabras de Aigrain: "Si el biógrafo que ha servido de apoyo a todos los demás, Sulpicio Severo, ha hecho evidentemente una obra de literato al servicio del éxito, tanto en su Vida propiamente dicha como en los Diálogos o las Cartas que la completan, los censores que han creído poder vaciar casi por completo estos escritos de substancia histórica, es decir, reducir el papel de Martín al de un personaje de segundo plano más o menos comprometido en los círculos de ortodoxia dudosa, no han hecho mejor tarea de críticos ponderados que los panegiristas imprudentes que aceptaron con los ojos cerrados todos los arreglos hechos .por el excesivamente hábil narrador: la substancia de esta narración pertenece a la historia, y la acción profunda ejercida por San Martín no se explicaría si el prestigio de éste se debiera únicamente a la circulación de una carta escrita".

La influencia de Sulpicio Severo sobre la hagiografía latina fue inmensa, y no solamente sobre los poetas, sino también sobre todos los narradores de vidas de santos. Algunos de los episodios recogidos, ya por él, ya por San Gregorio de Tours, en los cuatro libros que dedicó a coleccionar milagros de San Martín, han pasado a la literatura hagiográfica universal; por ejemplo, el del ahorcado a quien el Santo salva la vida.

San Martín había nacido en Panonia (Szombathely), en Hungría, según parece, por encontrarse allí de guarnición su padre, tribuno militar. La educación la recibió, sin embargo, en Pavía. Cuando soñaba con la vida anacorética, se vio obligado a enrolarse en el ejército, y sirvió en la guardia imperial a caballo. Durante este tiempo ocurrió en Amiéns el conocido episodio de la limosna de la mitad de su capa entregada a un pobre. También se nos cuenta, para ponderar su cualidad, el hecho de que limpiara el calzado al esclavo que le servía de ordenanza. Por fin, preparado con estas prácticas de caridad, recibe el bautismo y se ve libre de sus obligaciones militares.

Resuena entonces en Francia un nombre insigne: el de San Hilario de Poitiers. Atraído por esta noble e insigne figura, Martín acude a Poitiers y se une a los discípulos del Santo. Pese a las invitaciones de éste, rehúsa el diaconado, aunque acepta ser ordenado de exorcista.

El año 356 San Hilario se ve obligado a exiliarse al Oriente, como consecuencia de las querellas político-teológicas suscitadas por los arrianos. San Martín aprovecha este paréntesis para volver a visitar su Panonia natal, donde logra convertir a su madre. También allí ardían las controversias teológicas, y en alguna ocasión es azotado públicamente para castigar las actividades emprendidas por él contra el clero arriano. Con aquella maravillosa facilidad con que, pese a los toscos medios de comunicación entonces existentes, se desplazan los hombres en aquellos tiempos, le encontramos poco después en Milán, donde hace un ensayo de vida monástica cerca de la ciudad, hasta que el obispo arriano le expulsa. Durante algún tiempo se refugia en un islote de la costa ligur con un sacerdote. Y allí le llega la noticia de que San Hilario ha vuelto a Poitiers. Inmediatamente vuela a su lado.

Pero, en Milán y en la isla ha tomado el gusto a la vida monástica. Por eso, apoyado por San Hilario, funda un monasterio en Ligugé. Se ha dicho con mucha razón que San Martín fue "soldado por fuera, obispo por obligación, monje por gusto". Porque en Ligugé realiza Martín su más hondo deseo.

Sin embargo, aquella vida tranquila, al. margen de los afanes del cuidado pastoral y de las querellas teológicas, iba a durar bien poco tiempo. Pronto los milagros vienen a señalar, junto con la ejemplaridad de vida del abad y de los monjes, su figura a los pueblos de alrededor. La sede de Tours estaba vacante. Con el pretexto de curar a un enfermo, se le hizo venir a la ciudad. Y una vez allí, el 4 de julio del año 370 (o acaso del 71) era consagrado obispo.'

Falta hacía. Desgraciadamente el episcopado galo-romano había cedido en aquellos tiempos al espíritu del mundo, y resultaba necesario el contraste con la figura penitente del nuevo obispo de Tours. Para acentuar más la concepción que él tenía del episcopado, uno de sus primeros actos fue fundar, en cuanto pudo, un monasterio, el de Marmoutiers, junto a su ciudad episcopal, monasterio que pasaría a constituir un auténtico semillero de obispos y sacerdotes reformadores en medio del relajado clero de las Galias de entonces.

Se ha hecho notar que en San Martín vienen a concurrir las características de los tres tipos de santidad entonces conocidos: el de los ascetas, pues personalmente el Santo aparece revestido de austeridad y penitencia; el de los pontífices, como obispo de Tours; y el de los misioneros, que entonces empezaba a agregarse a los otros dos, por la extraordinaria actividad que como tal desarrolla. Le encontramos en lucha con el paganismo no sólo en su diócesis, sino incluso bien lejos de ella. Así, por ejemplo, una inscripción nos muestra al Santo bautizando a una cierta Foedula en Viena de Francia.

Su método misionero estaba basado en la decisión y la valentía. Rodeado por sus discípulos se llegaba al pueblo, convocaba la multitud, y uniendo la autoridad a la persuasión, conseguía la demolición del templo pagano y el derribo de los árboles sagrados. Hay que decir que, en especial bajo el emperador Graciano, sincero amigo del cristianismo, San Martín pudo contar en estas empresas con el apoyo de las autoridades civiles, Pero la verdad es que, independientemente de esto, su ascendiente personal debía de ser extraordinario. Prueba de ello está en el atractivo que ejerció sobre personajes de la talla de un San Paulino de Nola, un Sulpicio Severo y tantos otros que fueron saliendo de su abadía de Marmoutiers.

Si frente al paganismo su labor fue espléndida y puede decirse que prácticamente triunfante en todas las ocasiones, no le faltaron, en cambio, sinsabores en lo que se refiere a su actividad dentro de la Iglesia. Dos obispos españoles intrigantes y crueles habían llevado el caso de Prisciliano al emperador, quien decidió, impulsado por ellos, dar muerte al heresiarca y a todos sus adeptos. San Martín se conmovió ante la noticia y se dirigió a Tréveris, donde se encontraba la corte imperial, a fin de salvar la vida de los que aún sobrevivían, pues entendía que no es la violencia el mejor medio de combatir a los herejes. Lo consiguió, pero teniendo que pagar un precio que toda la vida le amargara el haber pagado: comulgar con los obispos perseguidores en el momento en que ellos consagraban al nuevo obispo de Tréveris, Félix. Este compromiso con obispos indignos, despreciados a la vez por San Ambrosio y por el obispo de Roma, le dolió profundamente. Sólo la caridad hacia los condenados a muerte pudo servir a sus ojos de disculpa para un paso como éste.

Hay un aspecto de la vida de San Martín digno de ser subrayado: sus relaciones con los funcionarios importantes y con el mismo emperador. Condescendiente en lo que podía, supo mantenerse. sin embargo, enteramente firme cuando debía. Si un día llama a las puertas de Marmoutiers un importantísimo personaje con la pretensión de sentarse a la mesa de los monjes, tendrá ocasión de ver que se le niega ese gusto, porque sus costumbres le hacían indigno de aquella compañía. Es más, el mismo emperador Máximo, en Tréveris, verá cómo el Santo da preferencia a un sacerdote, a la hora de sentarse a la mesa, sobre el mismo emperador. Juntamente con San Ambrosio contribuyó San Martín a establecer la libertad de la Iglesia para oponerse, en nombre del Evangelio, a los abusos de la autoridad civil.

Esta firmeza le atrajo enemigos. Aquellos prelados aristócratas, amigos del lujo, tibios en su fe y aseglarados en sus costumbres, no podían sufrir los ejemplos que del Santo les venían. Por todas partes ve el Santo cómo su obra es discutida y atacada. Se le reprochan sus orígenes, se le acusa de haber estado contagiado por el princilianismo, se le trata de hipócrita. Pronto ve con pena cómo los obispos reformadores formados en su escuela son relegados a un rincón, mientras los demás se entregan a inútiles y dañosas querellas de precedencia. Luchas mezquinas, triste herencia de antiguas rivalidades entre las ciudades, prefiguración de los conflictos feudales. Los concilios de las Galias se hacen tumultuosos y vanos. Al igual que San Ambrosio, San Martín se mantiene al margen de ellos, y ya octogenario, se dedica a prepararse para su muerte.

Esta le llegó en uno de los sitios más bellos de Francia, en Candes. Se trata de un pueblecito en la confluencia de los ríos Viena y Loira. Edificado sobre una colina, el paisaje que desde allí se divisa es realmente maravilloso. La iglesia está en lo alto, y aún hoy, al entrar en ella, se ve, a la izquierda, una capilla, que señala el lugar exacto en que ocurrió la muerte del Santo. Había acudido allí para apaciguar ciertas diferencias que habían surgido entre los clérigos. Se sintió desfallecer y se acostó.

Tuvo entonces lugar la escena que todo el mundo conoce, y que recoge y subraya con tanta fuerza el oficio divino en la fiesta del Santo. Sus discípulos, que le rodeaban, le pedían que continuara viviendo, porque si no su rebaño quedaría expuesto a grandes peligros. Él, entonces, contestó: ¡"Señor, si aún soy necesario, no rehúso continuar viviendo. Que tu voluntad se realice plenamente". ¡Oh feliz varón—exclama la liturgia—, que ni temió morir ni recusó la vida!"

Sus discípulos le ofrecían una cama un poco mejor preparada, pero él prefería continuar acostado sobre la ceniza y recubierto de su cilicio. "No conviene a un cristiano morir de otra suerte"—respondía—. Fija su vista en el cielo, levantadas sus manos para la oración, querían los que le rodeaban aliviar su dolor poniéndole en otra postura: "Dejadme, hermanos -les decía—, mirar al cielo más que a la tierra para dirigir desde ahora mi alma por el camino que debe conducirla hacia el Señor".

Llegó el momento culminante. Aquel grupito de hombres fieles que le rodeaba no podía ocultar sus sollozos. Él continuaba imperturbable, fijo sus ojos en el cielo, cuando se apercibió de que el demonio llegaba tratando de arrebatar su alma: "¿Qué haces tú aquí—gritó con energía sobrehumana—, bestia sanguinaria? No encontrarás más en mí que te pertenezca, maldito. El seno de Abraham me va a recoger". Y al decir esto expiró santamente.

Como una compensación a tantos ataques que había tenido que sufrir en los últimos años de su vida, de todas partes se alzó a su muerte un elocuente plebiscito de amor y veneración. La masa del pueblo le aclamó como santo. Una muchedumbre de monjes y de vírgenes concurrió a sus funerales, señalando la prodigiosa vitalidad de la institución nacida en Ligugé. Pronto se elevó una modesta capilla sobre su tumba, que San Perpet (+ 490), sucesor suyo en Tours, transformó en una importante basílica, cuyo calendario, importantísimo en la historia de la hagiografía, conocemos por San Gregorio de Tours, y que nos proporciona uno de los primeros testimonios del tiempo de Adviento.

Recientemente, en el invierno de 1952 a 1953, se han hecho excavaciones en Ligugé, con resultados sumamente interesantes. En el terreno próximo a la iglesia renacentista, han aparecido restos de dos edificios que existieron antes en aquel lugar: una pequeña villa galo-romana de los siglos II ó III, desaparecida, por lo que puede conjeturarse, el año 275, cuando la primera invasión. El segundo monumento, que parece datar de fines del siglo vi y devastado a mediados del siglo v, es único en Francia, totalmente diferente de lo que hasta ahora se conocía en tipos de villae. Presenta cierta analogía a los mausoleos antiguos: un inmenso ábside casi semicircular, de 32 metros de diámetro, cerrado por un muro frontal en el que se abren varias puertas. Un pasillo interior contornea la construcción, en torno a una área central más elevada. Exteriormente aparece una línea de columnas. ¿Se trata del mausoleo de una gran familia, único en Francia? Los técnicos se inclinan a ver una iglesia votiva dedicada a San Martín, ya que los mausoleos han sido con frecuencia el modelo de los edificios votivos paleocristianos. El recuerdo de San Martín habría sido tan excepcional que daría ocasión para un monumento único en toda Francia construido en su honor en Ligugé.

Lo cierto es que desde el principio su tumba constituyó un lugar de peregrinación. Sobre todo en la época merovingia su culto alcanza un prestigio inmenso. No falta quien vea en la palabra "capeto", con que se designaba a los reyes de Francia por entonces, una alusión a "cappatus", es decir, puesto bajo la capa del Santo, ya que los reyes Capetos se honraron siempre con el título de abades de San Martín de Tours.

A su popularidad contribuyó también la fama de los milagros. Su sucesor, San Gregorio (+ 594), se dedicó incansablemente a reunir cuantos pudo. Nada menos que cuatro libros, escritos a lo largo de su vida, dejando amplios márgenes de tiempo entre uno y otro, dedicó a contarlos. Es cierto que San Gregorio tiene por milagro muchos hechos que podríamos considerar como puramente naturales, simple recompensa hecha por Dios a una oración llena de espíritu de fe, pero sin alterar las leyes de la naturaleza: preservación de peligros, castigos a los robos o a los perjurios, liberación de prisioneros, etc. De todas formas, estas narraciones de San Gregorio reflejan una sinceridad total. El Santo marca con precisión cuál ha sido su fuente de información, si ha recibido directamente o no la noticia del caso, quiénes fueron los testigos, etc. Y de esta manera contribuye, con la narración de todos aquellos milagros, a difundir y a arraigar más y más la devoción que toda Europa sentía por el Santo. Si muchos de estos milagros no resisten la crítica moderna, no por eso dejó San Gregorio de hacernos un magnífico servicio al contárnoslo, reflejando en ellos interesantes costumbres de su época y proporcionando un precioso material a quienes más adelante tendrían que trabajar sobre estos temas.

La fisonomía de San Martín se nos ofrece firme y bien definida, pese al transcurso de tantos siglos. Fue un_asceta y un apóstol, pero fue sobre todo hombre de oración. Ni aun entre las tareas, ciertamente agobiadoras, de su episcopado, dejó de estar en continua comunicación con Dios. "Como el herrero, en el curso de su trabajo, encuentra un cierto descanso en golpear de vez en cuando el yunque —nos dice uno de sus biógrafos—, así Martín, cuando parecia hacer otra cosa, estaba siempre en oración."

Mortificado y penitente, sereno entre las adversidades y los triunfos, pobre y humilde, apartado por completo de las vanidades de este mundo, verdadero discípulo de Jesucristo. San Martín tuvo una gran influencia en toda la espiritualidad medieval. La misma historia del Derecho canónico reconoce, en el desarrollo del instituto de los obispos religiosos, una influencia decisiva de su ejemplo y su actividad a la hora de construir la figura jurídica de esta clase de obispos.

Pero su gran lección ha sido siempre la de la caridad. Su gesto en Amiéns dando la mitad de la capa fue superado más tarde, siendo ya obispo. A punto de celebrar la misa, dio su túnica entera a un mendigo. Anécdotas éstas que nos reflejan una bondad profunda, un amor ardiente al prójimo. Sus mismos milagros, como los de Cristo, son milagros de caridad. Pasó haciendo el bien, entregado, en cuerpo y alma, a su pueblo.

Aunque consta ciertamente que murió el 8 de noviembre, su fiesta se celebró, desde el comienzo, el día 11, no sólo en Tours, sino en toda la Iglesia, a la que había llegado el conocimiento del resplandor de sus virtudes.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

Fuente: Catholic.net 
Autor: P. Ángel Amo. 

Martín de Tours es uno de aquellos hombres que han hecho hablar de sí a muchas generaciones por haber sido protagonista de episodios aptos para despertar la fantasía popular. Es frecuente la narración del episodio de San Martín que, cabalgando envuelto en su amplio manto de guardia imperial, encontró a un pobre que tiritaba de frío, con gesto generoso cortó su manto y le dio la mitad al pobre. Por la noche, en sueños, vio a Jesús envuelto en la mitad de su manto, sonriéndole agradecido. 

Martín, hijo de un tribuno romano, nació en Sabaria, en Panonia, hacia el 315. A los quince años ya vestía el uniforme militar. El episodio del manto hay que colocarlo en este periodo, porque a los 18 años recibió el bautismo y abandonó la milicia para seguir a San Hilario de Poitiers, su maestro. Después de un breve noviciado de vida eremítica en la Isle Galinaria, Martín fundo dos monasterios: Ligugé, el más antiguo de Europa, y Marmoutier, que se convertiría en un gran centro de vida religiosa.

Después del paréntesis contemplativo, siguió el activo: Martín, elegido obispo de Tours, se convirtió en el grande evangelizador de Francia. Había sido, como se dice, soldado sin quererlo, monje por elección y obispo por deber. En los 27 años de vida episcopal se ganó el amor entusiasta de los pobres, de los necesitados y de cuantos sufrían injusticias, pero no era bien visto por los de su clero que querían vivir tranquilamente. De hecho fue acusado por un sacerdote llamado Bricio. Su respuesta fue proverbial: “¿Si Cristo soportó a Judas, por qué no debería yo soportar a Bricio?” 

Murió el 8 de noviembre del 397 en Candes, durante una visita pastoral. Sus funerales, que tuvieron lugar tres días después, fueron una verdadera apoteosis; en ese día, el 11, se conmemora su memoria. Se puede considerar como el primer santo no mártir con fiesta litúrgica. Esa fecha quedó también como punto de referencia en los contratos de arrendamientos, de terrenos, de compraventas, en el mundo agrícola: “el nuevo vino se bebe en San Martín”, se dice todavía hoy en muchas regiones de Italia y de Francia.

La mitad del manto que – según la leyenda – San Martín compartió con el pobre de Amiens, se conserva celosamente en una capilla. Al custodio de la capilla se llama “capellán”, sin ser lo, porque es el protector de la “capa” del Obispo de Tours.

San Martín de Tours, obispo

Nació en Panonia, Hungría, el año 316. Sus padres eran paganos. Estudió en Pavía, donde conoció el Cristianismo. Su padre -que era tribuno militar-, para desviarle del Cristianismo, le obligó a ingresar en el ejército. Martín concilió sus deberes militares con sus aspiraciones cristianas. Vida ejemplar de monje y soldado: valentía y vida santa y caritativa. 

Siendo militar sucedió el hecho tan tratado en la iconografía. Era invierno, y al entrar en Amiens, encuentra un mendigo casi helado, sin ropa. Divide su capa en dos partes y entrega una al pobre. Cristo se le aparece vestido con la media capa, diciéndole: "Martín, catecúmeno, me has cubierto con este vestido".

Pronto recibe el bautismo. Deja la milicia para seguir a Cristo. San Hilario de Poitiers quiere ordenarlo diácono; él se queda de exorcista. Vuelve a su patria, convierte a su madre. De nuevo en Poitiers funda Ligugé, auténtico monasterio misional. Allí pasa once años, feliz en su ambiente, pues Martín fue "soldado por fuera, Obispo a la fuerza, monje por gusto".

Martín vivía feliz en el monasterio, pero Tours se había quedado sin Obispo y en el año 371 los cristianos se apoderan de él y le imponen el Obispado a la fuerza. Acusa a emperadores, reprime a los herejes, defiende a los débiles y a los condenados a muerte, realiza innumerables milagros, y entre ellos se le atribuye la resurrección de varios muertos. Su fama es indescriptible. Es llamado el "Apóstol de las Galias" -nadie hizo tanto como él por Francia católica- y San Gregorio de Tours le invoca como "patrón especial del mundo entero".

Tan intensos viajes apostólicos, tanta obra de caridad, hasta vaciarse totalmente, agotaron sus fuerzas físicas. Se veía morir. Sus discípulos le piden que no los deje huérfanos y él, dirigiéndose a Dios le dice: "Señor, si tu pueblo todavía me necesita, no rehúso el trabajo; pero hágase tu voluntad". 

San Martín entregó su alma a Dios el 8 de noviembre del año 397. Martín fue ante todo un asceta, un apóstol, un hombre de oración, muy influyente en toda la espiritualidad medieval. Su faceta principal: la caridad. Su gesto en Amiens, de dar la mitad de su capa a un pobre, fue superado, cuando siendo Obispo entregó su túnica entera a un mendigo -gesto menos conocido- sus mismos milagros, como los de Cristo, fueron milagros de caridad, pasó haciendo el bien. Está considerado como el patrono de los comerciantes y es conocido también por el nombre de San Martín Caballero.

10 nov 2014

Santo Evangelio 10 de Noviembre de 2014

Día litúrgico: Lunes XXXII del tiempo ordinario

Santoral 10 de Noviembre: San León Magno, papa y doctor de la Iglesia
Texto del Evangelio (Lc 17,1-6): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Cuidaos de vosotros mismos.
»Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás».
Dijeron los apóstoles al Señor; «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido».

Comentario: Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz (El Montanyà, Barcelona, España)
Si peca contra ti siete veces al día (...), le perdonarás

Hoy, el Evangelio nos habla de tres temas importantes. En primer lugar, de nuestra actitud ante los niños. Si en otras ocasiones se nos hizo el elogio de la infancia, en ésta se nos advierte del mal que se les puede ocasionar.

Escandalizar no es alborotar o extrañar, como a veces se entiende; la palabra griega usada por el evangelista fue “skandalon”, que significa objeto que hace tropezar o resbalar, una piedra en el camino o una piel de plátano, para entendernos. Al niño hay que tenerle mucho respeto, y ¡ay de aquél que de cualquier manera le inicie en el pecado! (cf. Lc 17,1). Jesús le anuncia un castigo tremendo y lo hace con una imagen muy elocuente. Todavía se ven en Tierra Santa piedras de molino antiguas; son una especie de grandes diávolos (se parecen también, en mayor tamaño, a los collares que se ponen en el cuello a los traumatizados). Introducir la piedra en el escandalizador y echarlo al agua expresa un terrible castigo. Jesús utiliza un lenguaje casi de humor negro. ¡Pobres de nosotros si dañamos a los niños! ¡Pobres de nosotros si les iniciamos en el pecado! Y hay muchas formas de perjudicarlos: mentir, ambicionar, triunfar injustamente, dedicarse a menesteres que satisfarán su vanidad...

En segundo lugar, el perdón. Jesús nos pide que perdonemos tantas veces como sea necesario, y aún en el mismo día, si el otro está arrepentido, aunque nos escueza el alma: «Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale» (Lc 17,3). El termómetro de la caridad es la capacidad de perdonar.

En tercer lugar, la fe: más que una riqueza del entendimiento (en sentido meramente humano), es un “estado de ánimo”, fruto de la experiencia de Dios, de poder obrar contando con su confianza. «La fe es el principio de la verdadera vida», dice san Ignacio de Antioquía. Quien actúa con fe logra cosas asombrosas, así lo expresa el Señor al decir: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido» (Lc 17,6).

San León Magno, 10 de Noviembre



 SAN LEÓN MAGNO, PAPA Y DOCTOR
10 de Noviembre

  (†  461)


  La soberana personalidad de San León Magno es, en realidad, tan grandiosa, que apenas sabemos de él más datos —olvidados los de su infancia, educación y juventud— que los gigantes de su pontificado.

  Debió nacer en los primeros años del siglo V o finales del anterior, época crucial y erizada de problemas, donde habían de brillar sus dotes excepcionales.

  Parece que fue romano, (tusco le llama el Liber Pontificalis), y bien lo manifiesta el fervor con el que habla en sus discursos de aquella Roma imperial sublimada por el cristianismo, que llama su patria:

  "La que era maestra del error se hizo discípula de la verdad... Y aunque, acumulando victorias, extendió por mar y tierra los derechos de su imperio, menos es lo que las bélicas empresas le conquistaron, que cuanto la paz cristiana le sometió. Y cuanto más tenazmente el demonio la tenía esclavizada, tanto es más admirable la libertad que le donó Jesucristo."

  En el año 430 era ya arcediano de la iglesia papal, cargo que solía llevar la sucesión en el Pontificado. Y ya para entonces eran admiradas su sabiduría teológica, su elocuencia magnificente y su diplomacia habilísima.

  En una legación a las Galias donde se preparaba la infecunda victoria de los Campos Cataláunicos sobre las hordas de Atila, le sorprendió la muerte del papa San Sixto III y su elevación al trono pontificio, acogida con grandes aclamaciones por el pueblo romano. Era el 29 de septiembre del 440.

  Puso mano inmediatamente a la restauración de la disciplina eclesiástica, al fomento del culto católico y la liturgia, y a la enseñanza de los dogmas y su defensa, con tanta elocuencia y sabiduría como nos lo demuestran los discursos y cartas que de él conservamos.

  La carta XV fue escrita a Santo Toribio de Astorga, que le consultó el modo de obrar con los herejes priscilianistas.

  Aquellos días de San León Magno eran tan agitados y trágicos en la cristiandad, con violentas polémicas y herejías internas, como en el exterior, combatidos ambos imperios de Oriente y Occidente por las terribles invasiones de los bárbaros del Norte. En ambas situaciones la figura del Pontífice es soberana, grandiosa y eficaz.

  Ecos de las herejías que desembocaron en Nestorio y fueron condenadas en Efeso, eran las de Eutiques, que sucumbían al error contrario. Si Nestorio afirmaba que en Cristo había dos personas distintas, la humana y la del Verbo divino, que habitaba en el hombre como en un templo, y la unidad divina y humana no era mayor, según él, que la del esposo y la esposa unidos en una carne, Eutiques ponía en Jesucristo tal unidad que la persona humana estaba absorbida, fundida, convertida en la divina, quedando después de la unión solamente una naturaleza: es lo que se llamaba el monofisitismo.

  Agriando polémicas y rivalidades de Alejandría y Constantinopla, la disputa se envenenó, y por añadidura se hizo intervenir en ella a las potestades civiles de los emperadores, entonces ya no poco entremetidos en los asuntos eclesiásticos.

  Estalló violenta la cuestión en un sínodo celebrado en Efeso el año 449. Ya el año anterior, en un sínodo regional convocado por Dióscoro, patriarca de Alejandría, hizo una razonada acusación contra Eutiques el docto y bravo obispo Eusebio de Dorilea. Un poco rezagado se presentó al fin Eutiques. Era archimandrita o superior de un gran monasterio cercano a la metrópoli: vino rodeado de muchos de sus 300 monjes y de soldados de la corte imperial.

  Fue condenado, pero no se sometió: promovieron algaradas, llenaron la ciudad de pasquines y apelaron al Papa, primero Eutiques con Dióscoro, sucesor de San Cirilo de Alejandría, que con su ciencia y prestigio pudiera haber zanjado la cuestión. Luego se les une el eunuco Crisafio, favorito del emperador, y destierran al patriarca Flaviano, que a duras penas logró enviar también su informe al Papa, que hábilmente demoraba la respuesta para ganar tiempo e informarse. Escribió muy hábiles cartas a Eutiques, al mismo emperador, prometiendo un dictamen, que al fin fue la famosa Carta dogmática a Flaviano, de 13 de junio de 449, Magnífico y definitivo estudio teológico, que dejaba definida la cuestión y condenado el monofisitismo y afirmada la unión hipostática de las dos naturalezas en una sola persona divina.

  No se aquietan los herejes ni los políticos. Convocan un nuevo sínodo en Efeso a los dos meses. El emperador impone la presidencia de Dióscoro y tiene como guardias armados a los monjes que acaudilla el fanático Bársumas. No se deja intervenir a los legados pontificios ni se lee la Epístola dogmática; son excluidos Flaviano y Eusebio, y, aterrados, votan la absolución de Eutiques 135 Padres conciliares.

  Y aún no les basta: convocan nuevo Sínodo con mayores violencias: deponen al patriarca Flaviano y a Teodoreto de Ciro y Eusebio de Dorilea, defensores de la ortodoxia. Los ánimos se exaltan: alborotan los monjes, dan alaridos los herejes, arrastran los soldados al patriarca, llévanlo al destierro: a duras penas pueden huir los legados pontificios. Uno de ellos corre a San León Magno y le informa. También, antes de morir, Flaviano protesta ante el Pontífice.

  León Magno escribe su epístola 93, en la que condena lo ocurrido y califica al sínodo de latrocinio efesiano, frase enérgica con la que pasó a la historia el inválido conciliábulo.

  Intenta el Papa sosegar los ánimos; escribe a Teodosio II y a Pulqueria, emperadores de Oriente; procura la intervención de Valentiniano III, emperador de Occidente.

  Pero con valor declara nulo cuanto se hiciera en los pasados sínodos, defiende a Flaviano y condena nuevamente las violencias de Dióscoro, que se apoyaba en Crisafio, favorito dominante del emperador.

  La Providencia quiso remediar la situación y se vio clara la tragedia de los perseguidores de la recta doctrina. Crisafio, el eunuco, cayó en desgracia y fue ajusticiado, el emperador tuvo una caída mortal de su caballo. La emperatriz se casó con Marciano, hombre de paz que reprimió la audacia y violencias de los heresiarcas y llamó del destierro a los obispos perseguidos.

  Inmediatamente escriben a San León Magno, haciéndole homenaje de admiración y obediencia, y le piden la convocación de un concilio ecuménico.

  Realmente no hacía falta, respondió el Papa, puesto que ya la fe estaba definida en su Epístola dogmática. Pero accedió para mayor esplendor de la fe y solemne ratificación de sus definiciones: designó a sus legados, dos obispos y dos presbíteros, Lucencio, Pascasio, Basilio y Bonifacio. No admitió la legitimidad del patriarca Anatolio, entronizado en Constantinopla a la muerte de Flaviano, si antes no firmaba la sumisión a las decisiones papales; y dejó una presidencia subsidiaria a los emperadores para mantener el orden y prevenir los alborotos de los herejes. Se sometió el patriarca nuevo y asistió en la presidencia a los legados pontificios.

  El concilio, IV de los ecuménicos, se congregó en Calcedonia en octubre del 451. Asistieron 630 padres conciliares, de ellos cinco occidentales, dos africanos y los demás orientales. Más los representantes del Pontífice.

  Ya en la primera sesión se presentó altanero Dióscoro con quince egipcios de su herejía, y tuvo la audacia de acusar al Papa: latravit, dicen expresivamente las actas, ladró contra San León Magno, pidiendo su excomunión. Se levanta Eusebio de Dorilea y con enérgica y documentada elocuencia venera al Papa, acusa a Dióscoro, que, viéndose en evidencia y rechazado por la inmensa mayoría, prorrumpe con los suyos en denuestos e injurias y acusa de nestorianos a los mejores paladines de la fe. Y al momento la asamblea propone el enjuiciamiento de Dióscoro y sus adeptos.

  Magnífica la segunda sesión, confesó la fe de Nicea, ratificó los doce anatemas de San Cirilo y, al terminar la lectura aclamada de la Epístola dogmática de San León Magno, prorrumpió en la famosa profesión de fe todo el Concilio.

  —Esta es la fe católica. Pedro habló por boca de León: Petrus per Leonem locutus est.

  Frase lapidaria que ha quedado como aclamación de la infalibilidad pontificia y acatamiento a su autoridad apostólica.

  En las siguientes sesiones se condenó la herejía y la violencia de Dióscoro: el emperador le condenó al destierro, lo mismo que a Eutiques y los suyos.

  Solemnísima fue la sesión sexta, con la presencia de los emperadores Marciano y Pulqueria. Se hizo solemne profesión de fe y de acatamiento al Papa. Marciano pronunció un discurso que había de emular al del emperador Constantino en el primer concilio universal, que fue el de Nicea: con elocuencia habló de la paz y de poner término a las discusiones y polémicas doctrinales. Con ello se daba por terminado el concilio y los legados papales se retiraban, Pero quiso Marciano que se aclararan algunos puntos personales y de disciplina. En mal hora, pues subrepticiamente se incluyó entre los 28 cánones uno que, indudablemente, parecía igualar las sedes de Roma y de Constantinopla. Llegadas las actas a Roma, protestaron los legados, y San León Magno solamente aprobó las decisiones dogmáticas y doctrinales.

  Había salvado la fe ortodoxa con su autoridad, ciencia y prestigio San León Magno. Ahora le tocaba salvar a Roma.

  Mientras acaba con sus aclamaciones el concilio de Calcedonia, ya por el norte de Italia avanzaban, entre incendios, matanzas y desolación, los bárbaros hunos acaudillados por el feroz Atila; las frases consabidas de que "donde pisaba su caballo no renacía la hierba" y de que era "el azote de Dios" vengador de la disolución y pecados del imperio lascivo y decadente, encierran una realidad absoluta.

  Vencida la barrera del Rhin, atravesados los Alpes, cruzando el Po, ya acampaban junto a Mantua las hordas bárbaras. En Roma todo era confusión, terrores y gritos de pánico. Sólo había una esperanza: la elocuencia y valor del Papa.

  Se puso en camino hacia el Norte: algún senador y cónsul le acompañaban, tímidos, a retaguardia.

  Y el Pontífice intrépido, revestido de pontifical y llevando el cruzado báculo en sus manos, se presenta en el campamento mismo de Atila: le pide piedad y, más, le intima la paz. Estupefacto el bárbaro caudillo le escucha y le atiende y hasta ordena la retirada, ante el pasmo de bárbaros y romanos.

  Apoteósico fue el recibimiento del liberador en Roma. Grandes solemnidades y pompas triunfales lo celebraron.

  Y para memoria perenne hizo San León fundir la broncínea estatua de Júpiter que señoreaba el Capitolio y labrar con sus metales una estatua de San Pedro, que es la que hoy se venera con ósculos en su pie a la entrada de la basílica principal del Vaticano.

Pero Roma no había escarmentado: seguía la corrupción, los juegos lúbricos, los espectáculos indecorosos, los desmanes de lujo y de procacidad hasta en las mismas aulas imperiales.

  San León se quejaba y auguraba nuevos castigos vindicadores de la divinal justicia.

  En un sermón del día de San Pedro, que siempre lo predicaba con un imponente estilo, noble y elegante, se quejaba de que, aun en aquella romana solemnidad, asistían más gentes a las termas y anfiteatros que a la basílica pontifical. Y les aplicaba la execración amenazadora del profeta: "Señor, le habéis herido y no quiso enterarse; le habéis triturado a tribulaciones, y no entiende la advertencia del castigo".

  Y no se hizo esperar la nueva y más tremenda catástrofe.

  Ahora venía del Sur: eran los vándalos terribles, cuyo nombre aún se repite como expresión de bárbaras mortandades y humeantes ruinas. Devastada el Africa de San Agustín, ocupadas las islas periféricas, desembarcados en la misma Italia, avanzaban sembrando la desolación y la muerte.

  Pánico en Roma: desbandadas fugitivas encabezadas por el emperador Patronio Máximo, que asesinó a Valentiniano III y forzó a su viuda Eudoxia a unirse con él en apresurado matrimonio. Nada extraño que ella, desesperada, llamara al vándalo Genserico, ofreciéndole a Roma con sus puertas desguarnecidas.

  No dio tiempo al Pontífice a salirle al encuentro como a Atila; pero aún pudo presentarse al invasor y rogarle que, al menos, respetara las vidas y no incendiara la urbe. Así lo concedió; pero en quince días que duró la invasión es incalculable el número de atropellos, saqueos, depredaciones y desmanes que saciaron la voracidad y fiereza de aquellos vándalos. Era la primavera del 455: en su retirada se llevó cautivas a la emperatriz y sus hijas.

  Los seis años que aún le quedaban de vida y pontificado los empleó el gran Papa en restaurar las ruinas y continuar su obra de disciplina y apostolado. Primeramente aún tuvo el rasgo de enviar sus presbíteros y limosnas al Africa desolada. Y en Roma predicó la caridad, más aún con sus crecidas limosnas que con sus sermones apremiantes.

  Luego su labor de restauración de las tres grandes basílicas romanas y la erección de nuevos templos, dotándolos de vasos y ornamentos sagrados, y puso guardas fijos en los sepulcros de San Pedro y de San Pablo, que la ferocidad de los tiempos profanaba y saqueaba.

  Celebraba con mayestática devoción las funciones litúrgicas y dejó su impronta en la misa, según recuerda el Liber Pontificalis, añadiendo palabras venerandas, como el Hostiam sanctam... rationabile sacrificium, y, sobre todo, no pocas oraciones, que, aun hoy, revelan en grandes festividades su intervención, estilo y sapiencia teológica.

  Predicaba en las solemnes festividades, y aún se recuerdan, intercalados en el Breviario que diariamente rezan los sacerdotes, fragmentos de sus homilías y panegíricos, que admiran por el cursus o ritmo cadencioso y sonoro de su retórica prosa, siempre densa de majestad y doctrina. Sus 96 sermones y 143 cartas que nos han quedado son el broncíneo monumento que se erigió como Pontífice máximo.

  El 10 de noviembre del 461 murió santamente. Había amplificado el culto, definido la fe, exaltado el primado pontificio en la universal Iglesia, hasta reconocido en las más famosas del Oriente, salvado a Roma incólume una vez, sin sangre y llamas otra. Subía el gran doctor a la Iglesia celestial, mientras la terrena iba a sufrir los desgarramientos e incursiones que abrían los tiempos de la más fervorosa cristiandad del Medievo.

  JOSÉ ARTERO

9 nov 2014

Santo Evangelio 9 de Noviembre de 2014


Día litúrgico: 9 de Noviembre: Dedicación de la Basílica del Laterano en Roma

Texto del Evangelio (Jn 2,13-22): Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.


Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Destruid este templo y en tres días lo levantaré

Hoy, en esta fiesta universal de la Iglesia, recordamos que aunque Dios no puede ser contenido entre las paredes de ningún edificio del mundo, desde muy antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de reservar espacios que favorezcan el encuentro personal y comunitario con Dios. Al principio del cristianismo, los lugares de encuentro con Dios eran las casas particulares, en las que se reunían las comunidades para la oración y la fracción del pan. La comunidad reunida era —como también hoy es— el templo santo de Dios. Con el paso del tiempo, las comunidades fueron construyendo edificios dedicados a las reuniones litúrgicas, la predicación de la Palabra y la oración. Y así es como en el cristianismo, con el paso de la persecución a la libertad religiosa en el Imperio Romano, aparecieron las grandes basílicas, entre ellas San Juan de Letrán, la catedral de Roma.

San Juan de Letrán es el símbolo de la unidad de todas las Iglesias del mundo con la Iglesia de Roma, y por eso esta basílica ostenta el título de Iglesia principal y madre de todas las Iglesias. Su importancia es superior a la de la misma Basílica de San Pedro del Vaticano, pues en realidad ésta no es una catedral, sino un santuario edificado sobre la tumba de San Pedro y el lugar de residencia actual del Papa, que, como Obispo de Roma, tiene en la Basílica Lateranense su catedral.

Pero no podemos perder de vista que el verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, el auténtico templo, es Jesucristo. Por eso, Él tiene plena autoridad para purificar la casa de su Padre y pronunciar estas palabras: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Gracias a la entrega de su vida por nosotros, Jesucristo ha hecho de los creyentes un templo vivo de Dios. Por esta razón, el mensaje cristiano nos recuerda que toda persona humana es sagrada, está habitada por Dios, y no podemos profanarla usándola como un medio.

Basílica San Juan de Letrán, 9 de Noviembre



Como queda patente en las oraciones del día (laudes y vísperas de hoy y vísperas de ayer), hoy 9 de noviembre no es un día cualquiera. Nos encontramos en la celebración de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, en Roma. El nombre de Letrán le viene del palacio que tenían los "Laterani" en el monte Celio desde el siglo I a quienes la autoridad confiscó sus bienes por atreverse a conspirar contra Nerón. Parece ser que pasó a ser propiedad de Fausta, la esposa de Constantino; aconsejada, según dicen, por Osio de Córdoba, lo donó a los papas para su residencia habitual, como de hecho lo fue a través de bastantes siglos hasta el periodo de Aviñon. Se sabe que ya en el año 313 hubo en ella un sínodo porque la esposa de Constantino lo cedió al papa Milcíades; que el papa Dámaso fue ordenado en ella y que se dedicó el día 9 de Noviembre del año 324, dándole Silvestre el título de "El Salvador", hasta que en el siglo XIII se le añadieran los de San Juan Bautista y de San Juan Evangelista. Este augusto templo ha sido la sede de muchos concilios -más de veinticinco- desde el siglo IV al XVI y, de ellos, cinco han sido ecuménicos. Allí se firmó, ya en tiempos más cercanos, el Tratado de Letrán, el 11 de marzo de 1929, con el que Pío XI logró la libertad del papa de todo soberano temporal y con ello el libre ejercicio de su misión evangelizadora, firmándolo con Mussolini.