7 jun 2014

Santo Evangelio 7 de Junio de 2014

Día litúrgico: Sábado VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 21,20-25): En aquel tiempo, volviéndose Pedro vio que le seguía aquel discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme». Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga». 

Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.


Comentario: Rev. D. Fidel CATALÁN i Catalán (Terrassa, Barcelona, España)
Las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero

Hoy leemos el final del Evangelio de san Juan. Se trata propiamente del final del apéndice que la comunidad joánica añadió al texto original. En este caso es un fragmento voluntariamente significativo. El Señor Resucitado se aparece a sus discípulos y los renueva en su seguimiento, particularmente a Pedro. Acto seguido se sitúa el texto que hoy proclamamos en la liturgia.

La figura del discípulo amado es central en este fragmento y aun en todo el Evangelio de san Juan. Puede referirse a una persona concreta —el discípulo Juan— o bien puede ser la figura tras la cual puede situarse todo discípulo amado por el Maestro. Sea cual sea su significación, el texto ayuda a dar un elemento de continuidad a la experiencia de los Apóstoles. El Señor Resucitado asegura su presencia en aquellos que quieran ser seguidores.

«Si quiero que se quede hasta que yo venga» (Jn 21,22) puede indicar más esta continuidad que un elemento cronológico en el espacio y el tiempo. El discípulo amado se convierte en testigo de todo ello en la medida en que es consciente de que el Señor permanece con él en toda ocasión. Ésta es la razón por la que puede escribir y su palabra es verdadera, porque glosa con su pluma la experiencia continuada de aquellos que viven su misión en medio del mundo, experimentando la presencia de Jesucristo. Cada uno de nosotros puede ser el discípulo amado en la medida en que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, que nos ayuda a descubrir esta presencia.

Este texto nos prepara ya para celebrar mañana domingo la Solemnidad de Pentecostés, el Don del Espíritu: «Y el Paráclito vino del cielo: el custodio y santificador de la Iglesia, el administrador de las almas, el piloto de quienes naufragan, el faro de los errantes, el árbitro de quienes luchan y quien corona a los vencedores» (San Cirilo de Jerusalén).

7 de junio María Teresa de Soubiran Fundadora

7 de junio

María Teresa de Soubiran
Fundadora


P. Felipe Santos


Etimológicamente significa “princesa de las aguas”, en lengua siria; y Teresa = “bella y ardiente como el sol de verano”. Viene de la lengua griega.

En nuestra sociedad actual hay hijos que pasan de los padres, los abandonan, no los tratan como ellos se merecen, ni les prodigan el cariño que les hace falta.

También en algunas congregaciones religiosas – formadas por seres humanos – ha sucedido alguna que otra vez algo parecido. Desde luego, hay que decir que han sido muy pocos los casos.

Pero a la santa de hoy sí que le ocurrió.

Cuando cumplió los 20 años, anhelaba con todo el deseo de su alma hacerse monja carmelita. Su director espiritual, sin embargo, la orientó por otros caminos distintos.

No se veía contenta con la idea que le había inculcado el sacerdote. Llevada entonces por el auténtico Espíritu de Dios, fundó la congregación de Santa María de Beguinage que, desde el año 1863, se convirtió en la de María Auxiliadora, entregada y dedicada a la educación de los chicos y chicas pobres y a los enfermos.

El Instituto recibió la aprobación del Papa en 1869.

¿Qué sucedió?

En pocas palabras, una vez que entró en la congregación la viuda Riché e hizo su profesión religiosa, todo cambió.

Era una mujer con mucha ambición. Al poco tiempo la nombraron superiora general Desde este mismo instante, todo su trabajo consistió en desprestigiar ante las demás hermanas a la fundadora. Y no se detuvo hasta que la expulsó de la institución.

Finalmente, pudo entrar en una casa de París, Nuestra Señora de la Caridad. Hizo su profesión y vivió feliz durante quince años.

Murió de tisis. En cuanto a la susodicha viuda Riché, gobernó la congregación durante 20 años, pero su marido (era una falsa viuda) la persiguió por todas partes. Al final, el marido ganó la batalla en 1890. 

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

6 jun 2014

Santo Evangelio 7 de Junio de 2014

Día litúrgico: Viernes VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 21,15-19): Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». 

Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».


Comentario: Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart (Tarragona, España)
‘Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero’. Le dice Jesús: ‘Apacienta mis ovejas’

Hoy hemos de agradecer a san Juan que nos deje constancia de la íntima conversación entre Jesús y Pedro: «‘Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Le dice él: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Le dice Jesús: ‘Apacienta mis corderos’» (Jn 21,15). —Desde los más pequeños, recién nacidos a la Vida de la Gracia... has de tener cuidado, como si fueras Yo mismo... Cuando por segunda vez... «le dice Jesús: ‘Apacienta mis ovejas’», Él le está diciendo a Simón Pedro: —A todos los que me sigan, tú los has de presidir en mi Amor, debes procurar que tengan la caridad ordenada. Así, todos conocerán por ti que me siguen a Mí; que mi voluntad es que pases por delante siempre, administrando los méritos que —para cada uno— Yo he ganado.

«Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ‘¿Me quieres?’ y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero’» (Jn 21,17). Le hace rectificar su triple negación y, solamente recordarla, le entristece. —Te amo totalmente, aunque te he negado..., ya sabes cómo he llorado mi traición, ya sabes cómo he encontrado consuelo solamente estando con tu Madre y con los hermanos.

Encontramos consuelo al recordar que el Señor estableció el poder de borrar el pecado que separa, mucho o poco, de su Amor y del amor a los hermanos. —Encuentro consuelo al admitir la verdad de mi alejamiento respecto de Ti y al sentir de tus labios sacerdotales el «Yo te absuelvo» “a modo de juicio”.

Encontramos consuelo en este poder de las llaves que Jesucristo otorga a todos sus sacerdotes-ministros, para volver a abrir las puertas de su amistad. —Señor, veo que un desamor se arregla con un acto de amor inmenso. Todo ello, nos conduce a valorar la joya inmensa del sacramento del perdón para confesar nuestros pecados, que realmente son “des-amor”.

6 de junio SAN MARCELINO CHAMPAGNAT


6 de junio

 SAN MARCELINO CHAMPAGNAT

 (†  1840)


Nació este varón de Dios el 20 de mayo de 1789, en la aldea de Rosey, de la parroquia de Marlhes, departamento de Loira, diócesis, desde 1801, de Lyon. Fueron sus padres Juan Bautista Champagnat y María Chirat; este matrimonio tuvo diez hijos. El padre era hombre recto, bastante instruido, de buen juicio y muy estimado en la comarca; sus convecinos acudían a él para que dirimiera sus diferencias. El aprecio de que gozaba y su relativa buena hacienda le merecieron el nombramiento de jefe del municipio de Marlhes; mantuvo el cargo con rectitud inflexible y protegió decididamente a la Iglesia, por lo cual fue juzgado desafecto a la Revolución, sometido a procesos y vejado con pérdidas cuantiosas.

 La madre era muy piadosa, devota ferviente de la Santísima Virgen, solícita con sus hijos, excelente ama de casa y consejera a la que acudían a su vez vecinas y amigas. Llegada la noche rezaba en familia el rosario con las últimas oraciones y daba lectura a Las vidas de los santos. La divina Providencia le avisó que, como al Sabio (Sab. 8,19), a Marcelino le “cupo en suerte un alma buena", pues al cuidar a su infante advirtió más de una vez una llamita que se levantaba del pecho del niño, subía a su frente y se esparcía hasta esfumarse por la alcoba; María Chirat ofreció su hijo a la Virgen, y se dispuso a esmerarse en la educación de Marcelino.

 El ambiente familiar era propicio por demás para la adecuada formación del alma de nuestro Beato. Tenía la madre un hermano llamado Marcelino, piadoso como ella, y que, alborozado y diligente, apadrinó en la pila a su sobrino y le impuso los nombres de Marcelino, José y Benito. En la misma casa vivía refugiada la tía Rosa, hermana de su padre, expulsada por el Terror de su convento; esta santa mujer ayudó a la madre en la educación cristiana de Marcelino; le hablaba de Dios, de María, de los ángeles custodios y de los estragos de la Revolución. Las instrucciones, consejos y ejemplos de la edificante tía calaron hondo en el alma de Champagnat, como más tarde lo reconocía y comentaba agradecido.

 Frutos del cristianismo práctico de aquel hogar fueron, entre otros, el bautismo sin dilación de Marcelino, al día siguiente de nacer, fiesta de la Ascensión; la preparación esmerada de Marcelino a la comunión primera, que recibió a los once años en la primavera de 1800; la mayor frecuencia en comulgar, ya en la casa, ya en el seminario, de lo entonces en uso y que hubo que conceder a Marcelino, y la consagración a Dios de otros hermanos que siguieron el ejemplo de nuestro Beato,

 Rosey era un lugarejo situado en la zona elevada y montañosa del sudoeste de Lyon, región agreste de los montes Pilat, donde aún se guardaban costumbres patriarcales; la vida de los Champagnat-Chirat la constituían los deberes religiosos, la atención a los hijos, el cuidado de una granja-molino, la ganadería, la agricultura, en ocasiones la albañilería, la carpintería y el oficio de herrero, y siempre una sobria y prudente administración en la que eran expertos los padres; en todas estas prácticas iba iniciando a sus hijos Juan Bautista, y de todas ellas sacó Marcelino buen provecho para sus empresas posteriores.

 Esta fue cortada al talle de la de Nazaret, la primera acreditada escuela cristiana de Marcelino, en, la que aventajó mucho y mereció promoción a más altos destinos.

 La Revolución había maltrecho la Iglesia en Francia; era arzobispo de Lyon el insigne y piadoso cardenal Fesch, tío de Napoleón Bonaparte, quien decidió restaurar la vida cristiana en su diócesis y empezó por restablecer y poblar los seminarios; mandó que su vicario general enviase sacerdotes emisarios que hallaran jóvenes aptos para el sacerdocio; el párroco de Marlhes enderezó los pasos del visitante que le correspondió hacia la granja de los Champagnat; no eran llamados por Dios los hermanos mayores de Marcelino, pero éste, que, por muerte del último hijo, había quedado el benjamín, si bien perplejo al pronto, reaccionó en seguida con decisión y aceptó la vocación divina en la que jamás vaciló a pesar de las dificultades muy grandes que tuvo que vencer. La escuela de Cristo en la granja de Rosey había dado su floración esplendente: un sacerdote.

 Y pasó Marcelino a la escuela superior de la formación de su alma, el seminario. En octubre de 1805 ingresó en el Seminario Menor de Verriéres, y en él acreció la piedad, ejercitó la fortaleza, aprovechó las humillaciones, fue dechado de paciencia y regularidad y ganó el afecto de sus colegas, el aprecio de sus superiores y maestros y el nombramiento de prefecto de disciplina durante las noches, de las que se sirvió para el estudio, realizando una evolución que sorprendió a profesores y condiscípulos y acortó los cursos de su carrera.

 En octubre de 1813 ingresó en el Seminario Conciliar de Lyon. La divina gracia le condujo a perfección más alta; escogió por virtud predilecta la humildad, con la que su santidad resultó hondamente cimentada; gozó en los estudios que le hablaban de Dios; formó parte de un grupo de doce seminaristas resueltos a emplear sus vidas en la restauración cristiana del mundo, por medio de la devoción y culto de María, el apostolado de las misiones y del catecismo, y de su ejemplo; comunicaron sus planes al rector del seminario, subieron con él al santuario de Fouirviére y se consagraron a María; de aquel cenáculo mariano salieron más tarde los padres y los hermanos Maristas, y, entre aquellas almas selectas había un santo, el Cura de Ars; un beato, Marcelino, Champagnat, y un venerable, Juan Claudio Colin, fundador y primer general de la Sociedad de María.

 El 22 de julio de 1816 fue ordenado sacerdote en la metropolitana iglesia de Lyon, cuando pasaba poco de los veintisiete años de edad; muy luego subió otra vez a Fourviere y ofreció a María su sacerdocio. Fue nombrado coadjutor de la Valla, pueblo situado en las estribaciones del Pilat, con extensa feligresía diseminada entre montes y comunicada por pésimos caminos; al llegar Marcelino a la vista de la torre de la iglesia de su cargo se arrodilló y, con oración sentida, se dispuso a emprender la etapa de ejercitación heroica de virtudes apostólicas con las que iba a consumar su perfección.

 Fue el consuelo del anciano párroco, que le reputó irreprensible; levantó el caído esplendor de su iglesia; cuidó de que ningún enfermo muriera sin sacramentos, sin reparar en la hora, en el rigor de las estaciones, en el cansancio o el desfallecimiento por tiempo transcurrido sin alimento para poder comulgar, ni en la distancia y mal camino. Predicaba con unción; y las notas conservadas de sus sermones y avisos de buen gobierno requieren talento y densa cultura eclesiástica. Se ganó la confianza de los jóvenes, de los ancianos, enfermos y de todos sus feligreses. Acabó con el vicio de la embriaguez, con las fiestas mundanas y las malas lecturas: un día entero se alimentó su hogar con libros esparcidos por la Revolución; fundó una biblioteca y regaló lecturas con prodigalidad. Se granjeó el corazón de los niños, a los que tanto gustó su catequesis que vez hubo en que, engañados por la luna, creyeron que amanecía y los hubo de recoger en la iglesia antes de salir el sol; sus lecciones de catequista eran recordadas treinta años después con agrado por los mayores que le oyeron. La transformación de la Valla fue completa y su buen suceso recuerda el cabal éxito apostólico de su condiscípulo Juan María Vianney.

 Y, así preparado por Dios, surgió el fundador que nos presentan sus hijos, los hermanos maristas, como muy joven fundador de la Iglesia, pues contaba algo más de veintisiete años al fundar, y moría a los cincuenta y un años de edad; nos lo describen los maristas diciendo: Fue de elevada estatura, robusto y bien constituido: de carácter enérgico y dulce a la vez. Hombre alto en su aspecto físico y hombre gigante en la virtud ...”.

 En los coloquios apostólicos marianos decía Marcelino a sus compañeros que necesitaban hermanos que ayudaran a los sacerdotes misioneros y enseñaran el catecismo; insistió reiteradamente en su idea, y sus amigos, al fin, le dijeron que, pues era idea suya, se encargara él de su ejecución; pero tuvo además Marcelino la ratificación del cielo para la empresa de fundación; dice un marista: “... tuvo la personal inspiración de fundar un Instituto de hermanos..., la recibió el año 1816, en una de sus frecuentes visitas al santuario de Nuestra Señora de Fourviére, en Lyon"; una placa de bronce recuerda en el santuario este suceso. Pero el momento escogido por Dios para lanzar a Marcelino a su obra fue a fines de octubre de 1816, cuando fue requerido para asistir en su muerte a un adolescente llamado Francisco Montaigne, que expiraba en total desconocimiento de los rudimentos de la doctrina cristiana; Marcelino, lleno de amor y de celo, le instruyó y dispuso a morir como un ángel, y se retiró con el tiempo justo para haber salvado un alma. Champagnat se conmovió y, meditando en el ingente número de niños y adolescentes que se hallarían en el mismo caso que Montaigne, resolvió proceder a la fundación de sus hermanos.

 El Instituto comenzó el 2 de enero de 1817; la primera casa fue, por su pobreza, un auténtico portal de Belén. Animado Marcelino por sus superiores eclesiásticos y probado con la cruz de la adversidad, solicitados sus hermanos por los párrocos que le pedían escuelas, acometió las obras de su Casa en el valle que desciende de La Valla a Saint-Chamond, a las orillas del Gier. El día de la Asunción de 1825 fue bendecida esta Casa, que él denominó Nuestra Señora del Hermitage. Allí murió Marcelino el 6 de junio de 1840, sábado, día de la semana en que deseaba morir, a la hora del amanecer, en que sus hijos, por su mandato, cantan la salve. En el Hermitage dictó su testamento al hermano Luis María y lo hizo leer a sus hijos a su presencia antes de expirar; es modelo de santidad y muestra de talento y buen gobierno; recomienda la obediencia, la caridad, delicada hasta con todos los demás Institutos; la sencillez, la perseverancia marista como prenda de salvación, el oficio de ángeles custodios con los niños y el amor a María, primera Superiora del Instituto. Al morir dejaba Marcelino en Francia 280 hermanos, con 40 Casas.

 La pedagogía marista tiene características propias, aprovechamiento de progresos que halló reconocidos, enmienda de fracasos frecuentes en la enseñanza y aciertos de orientación en bien de la Iglesia. Es Instituto dedicado a Dios por el apostolado exclusivo de la enseñanza; muy adicto a la jerarquía eclesiástica; amigo del clero secular desde su comienzo y a lo largo de su historia: el caso del párroco de Saint Chamond, señor Dervieux, ayudando generosamente al fundador en un momento difícil de su incipiente obra, era el preludio de una mutua cooperación entre hermanos y sacerdotes que había de ser nota distintiva de los maristas.

 Marcelino padeció un maestro que no supo discernir un retraso mental por falta del cultivo del alma de una inteligencia escasa; no quiso pisar más en una escuela en la que vio maltratar a un niño, y lloró siempre la exasperación y desvío de la Iglesia de un niño al que motejó un sacerdote en la catequesis con tan desgraciada fortuna que los condiscípulos le abochornaban con el apodo molesto. Prohibió para siempre los remoquetes en sus casas; desterró de sus aulas los castigos aflictivos; para estímulo de instrucción y educación se sirvió del canto en la escuela; aprovechó el método simultáneo de enseñanza establecido por Juan Bautista de la Salle; introdujo el uso docente de las consonantes seguidas de vocal, práctica muy suya que se generalizó enseguida en Francia y ha pasado a la pedagogía universal; fue precursor de la escuela activa por la participación de los alumnos de su propia formación; entre los maristas ha habido en este último aspecto aventajados seguidores de Champagnat...; inculcó en sus hijos el cultivo de la intuición; un día explicaba con una manzana la forma de la tierra y la existencia de infieles en apartadas regiones; un niño que le oía con interés fue más tarde monseñor Epalle, misionero de Oceanía y mártir en las islas Salomón. Así quería Champagnat a sus hijos, los hermanos maristas, catequistas perfectos, y para esto les manda: una hora diaria de estudio religioso y que enseñen el catecismo cada día en sus clases y en la primera hora de lección del día...

 Pero la quintaesencia de la pedagogía marista es la devoción, culto y amor a María; el lema del Instituto es el de Marcelino: Todo a Jesús por María y todo a María para Jesús; a María llamaba y tenía el fundador por su recurso, ordinario; encarga a sus hijos que den culto brillante al mes de María; decía así Champagnat: "En el Instituto todo pertenece a María; bienes y personas; todo debe emplearse a su gloria; amarla..., inculcar su devoción a los niños... como medio de servir fielmente a Jesucristo... es el fin y el espíritu de la Congregación."

 Así se ha podido publicar en la beatificación de Champagnat, 29 de mayo de 1955, que en poco más de un siglo este Instituto ha llegado a 8.500 hermanos con 5.500 formandos o novicios, de 700 colegios en 52 países y más de 250.000 alumnos.

 HERNÁN CORTÉS

Canonizado por Juan Pablo II en mayo de 1999.

5 jun 2014

Santo Evangelio 5 de Junio de 2014

Día litúrgico: Jueves VII de Pascua

Santoral 5 de Junio: San Bonifacio, obispo y mártir

Texto del Evangelio (Jn 17,20-26): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. 

»Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».


Comentario: P. Joaquim PETIT Llimona, L.C. (Barcelona, España)
Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que (...) creerán en mí

Hoy, encontramos en el Evangelio un sólido fundamento para la confianza: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que (...) creerán en mí» (Jn 17,20). Es el Corazón de Jesús que, en la intimidad con los suyos, les abre los tesoros inagotables de su Amor. Quiere afianzar sus corazones apesadumbrados por el aire de despedida que tienen las palabras y gestos del Maestro durante la Última Cena. Es la oración indefectible de Jesús que sube al Padre pidiendo por ellos. ¡Cuánta seguridad y fortaleza encontrarán después en esta oración a lo largo de su misión apostólica! En medio de todas las dificultades y peligros que tuvieron que afrontar, esa oración les acompañará y será la fuente en la que encontrarán la fuerza y arrojo para dar testimonio de su fe con la entrega de la propia vida.

La contemplación de esta realidad, de esa oración de Jesús por los suyos, tiene que llegar también a nuestras vidas: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que (...) creerán en mí». Esas palabras atraviesan los siglos y llegan, con la misma intensidad con que fueron pronunciadas, hasta el corazón de todos y cada uno de los creyentes.

En el recuerdo de la última visita de Juan Pablo II a España, encontramos en las palabras del Papa el eco de esa oración de Jesús por los suyos: «Con mis brazos abiertos os llevo a todos en mi corazón —dijo el Pontífice ante más de un millón de personas—. El recuerdo de estos días se hará oración pidiendo para vosotros la paz en fraterna convivencia, alentados por la esperanza cristiana que no defrauda». Y ya no tan cercano, otro Papa hacía una exhortación que nos llega al corazón después de muchos siglos: «No hay ningún enfermo a quien le sea negada la victoria de la cruz, ni hay nadie a quien no le ayude la oración de Cristo. Ya que si ésta fue de provecho para los que se ensañaron con Él, ¿cuánto más lo será para los que se convierten a Él?» (San León Magno).

5 de junio SAN BONIFACIO Obispo y mártir

5 de junio

SAN BONIFACIO
Obispo y mártir

 († 751)


Bonifacio o Winfrido es justamente designado como apóstol de Alemania, si bien es verdad que ya antes de él otros misioneros habían predicado el Evangelio en diversas regiones de este territorio, y a pesar de que algunas de estas regiones, como Baviera y Turingia, constituían ya importantes núcleos de cristiandad. A él se debe, en efecto, en primer lugar, el haber generalizado y sistematizado, mucho más que los anteriores misioneros, la evangelización de la mayor parte de Alemania, y, por otra parte, el haber organizado de una manera definitiva la jerarquía de estos vastos territorios, procediendo en toda esta labor en inteligencia con los Romanos Pontífices. Mas con todo este trabajo de evangelización de Alemania y organización de sus iglesias no se agotó la actividad de este grande apóstol. Esta comprende una segunda parte, a la que suelen atender menos los historiadores, pero que tuvo extraordinaria importancia en la vida de San Bonifacio. Es la regeneración y reorganización de la Iglesia de los Francos, que se hallaba en gran decadencia. Así, pues, San Bonifacio es apóstol de Alemania y reorganizador de la Iglesia franca.

 Llamábase Winfrido y nació hacia el año 680, según todas las probabilidades, en el territorio de Wessex, de una familia profundamente cristiana. Contando sólo cinco años, atraído por el ejemplo y las palabras de unos monjes, manifestó a sus padres el deseo de seguirlos, y, después de vencer su persistente oposición, pudo dirigirse a la escuela del monasterio de Exeter. Contaba entonces sólo siete años y durante otros siete pudo poner los más sólidos fundamentos a su formación humanística y sacerdotal. A los catorce se trasladó al monasterio de Nursling, de la diócesis de Winchester, donde, ingresado en la Orden, recorrió los estudios superiores del llamado Trivio y Cuatrivio, en los que salió tan aventajado que bien pronto pudo ser allí mismo renombrado maestro. De ello nos dejó una excelente prueba en una gramática latina que compuso en este tiempo.

 Pero mucho más que en los estudios profanos, que constituían la base de la formación humanística y filosófica, aventajóse Winfrido en los eclesiásticos, que más directamente debían servirle para los ideales apostólicos que ya entonces acariciaba en su interior. Por esto consta que estudió de un modo especial la Sagrada Escritura y la dogmática o teología, tal como entonces se proponía, al mismo tiempo que realizaba los primeros ensayos de predicación entre la gente humilde y sencilla del pueblo. Todo esto, unido a un espíritu profundamente religioso, a la práctica de todas las virtudes monásticas y a un abrasado amor de Dios y del prójimo, le prepararon convenientemente para la grande obra a que Dios lo destinaba.

 Precisamente entonces eran frecuentes las salidas de Inglaterra de monjes misioneros, que partían para el centro y norte de Europa, donde se entregaban con toda su alma a la evangelización de aquellos territorios, todavía paganos. Hallábase entonces en la región de Frisia (la actual Holanda) el gran apóstol San Willibrordo, y continuamente llegaban a los monasterios de Inglaterra e Irlanda voces en demanda de nuevos misioneros. Winfrido, pues, que se hallaba a la sazón en la plenitud de su vida, sintióse llamado por Dios a este inmenso campo de apostolado, y, después de obtener, tras largas luchas, el permiso de su abad, partió para el Continente, junto con otros dos compañeros, el año 716.

 Mas no había llegado todavía la hora de Dios. La situación del norte de Europa era insegura, por lo cual Winfrido se convenció de que su labor apostólica sería inútil. Así, pues, volvióse a su monasterio de Nursling, donde, a la muerte del abad Wimbert, trataron los monjes de elegirlo a él. No sin mucho esfuerzo consiguió, al fin, verse libre de esta dignidad, pues su única obsesión era volver al Continente para entregarse de lleno a su evangelización. Convencido, pues, de que, para dar verdadera eficacia a su labor, era necesario recibir una comisión directa del Papa, dirigióse el año 718 a Roma.

 Era el primer viaje que hacía a la Ciudad Eterna. El papa San Gregorio II le recibió con muestras de extraordinaria satisfacción, cambióle su nombre de Winfrido por el de Bonifacio; instruyóle ampliamente sobre el modo de introducir en los pueblos germanos la doctrina cristiana, la liturgia y administración romana, y en la primavera de 719 le dio una comisión especial para los pueblos del centro de Europa.

 Atravesando, pues, Bonifacio la Baviera y el centro de Alemania dirigióse a Frisia, donde providencialmente había muerto su rey Radbod, y su sucesor, unido con los francos, se mostraba favorable a la predicación del Evangelio. Allí, pues, al lado del veterano apóstol San Willibrordo, pasó el novel misionero Bonifacio tres años. Este aprendizaje fue de grandísima utilidad para él. Sin embargo, resistiendo a las instancias de San Willibrordo, quien, ya anciano, deseaba nombrarle sucesor suyo, y siguiendo las instrucciones del Papa, se dirigió a Hesse, donde inició su primera gran campaña de predicación. En este tiempo se le juntó uno de sus más fieles colaboradores, llamado Gregorio. Para dar más firmeza y regularidad al trabajo misionero estableció pronto su primer monasterio en Amöneburg. El resultado de sus primeros trabajos fueron millares de conversiones y el establecimiento de numerosas cristiandades.

 Ante las primeras noticias de los éxitos obtenidos el Papa le llamó a Roma, donde, bien informado de su espíritu y de sus métodos de predicación, así como también de los nuevos campos que se abrían al Evangelio, le consagró obispo el 30 de noviembre, fiesta de San Andrés, del año 722. A esta dignidad, que tanto ascendiente debía dar a Bonifacio, añadió el Papa una carta especial para Carlos Martel, con el objeto de que obtuviera de éste su apoyo oficial para tan importante empresa, y asimismo gran cantidad de reliquias, el Código oficial canónico y otras cosas que contribuían a dar mayor autoridad al misionero.

 Armado, pues, Bonifacio de su nueva autoridad episcopal y de todas estas nuevas armas, dirigióse a Carlos Martel, quien, a la vista de la carta pontificia, puso al servicio del misionero todo el apoyo de su poder. En esta forma entró de nuevo Bonifacio en Alemania y se dispuso a continuar la obra comenzada en Hesse. Para ello realizó entonces una de las más sublimes hazañas de su vida misionera, con el objeto de deshacer la superstición pagana, que constituía el principal obstáculo del Evangelio. Efectivamente, en un día señalado con anticipación, para hacer presencia de gran multitud de paganos, dio con sus propias manos algunos golpes de hacha y luego hizo derribar la encina sagrada de Geismar, a la que los gentiles profesaban gran veneración. Al ver, pues, los paganos que sus dioses no hacían nada para vengar aquel ultraje, reconocieron su impotencia, y a partir de este hecho se mostraron mejor dispuestos para recibir el Evangelio. Con la madera de aquella encina hizo Bonifacio construir una iglesia dedicada a San Pedro, y a corta distancia de ella levantó el monasterio de Fritzlar, que fue en adelante uno de los puntos de apoyo de su obra misionera.

 Puesta ya en marcha la misión de Hesse, el año 725 pasó a Turingia, donde ya anteriormente había sido introducido, pero no había arraigado el cristianismo, y allí continuó desarrollando su actividad apostólica. En todas partes encontraba al pueblo dispuesto a escuchar la palabra de Dios. Lo único que faltaban eran misioneros. Por esto insistió constantemente a los monasterios ingleses en demanda de nuevas fuerzas, y, en efecto, fueron llegando muchos monjes misioneros durante los años siguientes. Bien pronto fundó en Turingia, cerca de Gotha, el monasterio de Ordruf, que fue su base de operaciones en aquel territorio. Entre los nuevos misioneros son dignos de mención San Lull, que fue el sucesor de San Bonifacio en la sede de Maguncia, y San Esteban, su futuro compañero de martirio. Llegaron asimismo religiosas, que iniciaron la rama femenina del monacato en Turingia y Hesse. Entre ellas se distinguieron Santa Tecla, Santa Walburga y sobre todo la prima del mismo San Bonifacio, Santa Lioba.

 Cerca de diez años hacía que trabajaba en estas regiones de Hesse y Turingia, alentado siempre por San Gregorio II, cuando este gran Papa murió en 731. Su sucesor, San Gregorio III (731-741), conociendo perfectamente el celo y la santidad de San Bonifacio, le envió en 732 el palio arzobispal, constituyéndole metropolitano de toda la Alemania al otro lado del Rhin, a lo que añadía una amplia facultad para fundar nuevos obispados en todos aquellos territorios.

 Algunos años más tarde, en 737, hizo su tercer viaje a Roma, con el objeto de tratar detenidamente con el Romano Pontífice sobre la organización definitiva de las iglesias germanas. Entonces recibió de Gregorio III el nombramiento de legado apostólico con poder general sobre todos aquellos territorios, y en Montecassino obtuvo uno de sus mejores auxiliares, al monje San Willibald, y otros misioneros. Con estos nuevos poderes y nuevos auxiliares dirigióse, ante todo, a Baviera, cuyas cristiandades reorganizó e introdujo una plena jerarquía con los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising, Passau y otros.

 Una vez organizada la iglesia de Baviera, volvió a su campo de operaciones de Hesse y Turingia, donde creó los obispados de Erfurt para Turingia, Buraburg para Hesse y Wurzburgo para Franconia; algo más tarde organizó el obispado de Eichstätt. El año 741, mientras realizaba esta obra fundamental de estabilización de aquellas iglesias, fundó la abadía de Fulda, tan célebre en lo sucesivo, y donde debían luego descansar sus restos mortales.

 Este mismo año 741 entró San Bonifacio en un nuevo campo de su actividad, al que tal vez han prestado menos atención los historiadores, y que da una idea completa de la magnitud de la obra apostólica de San Bonifacio. En efecto, su encendido amor de Dios y su celo por las almas no se contentó con la evangelización y organización de las iglesias germanas, sino que realizó también una completa regeneración y reorganización de la Iglesia en Francia. Esta se encontraba, en efecto, en un estado de general decadencia. Muerto el año 741 Carlos Martel, su hijo Carlomán heredó los territorios orientales de Austrasia y Pipino los occidentales de Neustria. Entonces, pues, el piadoso Carlomán, que conocía perfectamente el celo apostólico de San Bonifacio, le invitó para que acudiera a sus dominios con el fin de reformar la disciplina eclesiástica. Aceptó Bonifacio la invitación y comenzó al punto su tarea. Esta se dirigió principalmente a los elementos eclesiásticos, los clérigos, obispos y monasterios. Mas, para dar más eficacia a su acción reformadora, apoyada siempre por Carlomán y más tarde por Pipino, celebró una serie de concilios, célebres en la historia de la Iglesia de Francia.

 El primero tuvo lugar en Austrasia en 742. Es el primer concilio germánico. Del resultado que con él obtuvo San Bonifacio puede juzgarse por las disposiciones reformadoras que se tomaron. Se atacó a la raíz del mal, ordenando la devolución de los bienes eclesiásticos. Se urgió el derecho de los obispos y se dieron severas disposiciones contra los vicios de simonía e incontinencia del clero. Todas estas disposiciones fueron luego proclamadas como leyes del Estado. En 743 celebráronse otros dos sínodos en Austrasia. El año siguiente solicitó también Pipino la intervención de San Bonifacio en los territorios de Neustria, donde se celebraron dos sínodos y se introdujeron todas las normas reformadoras de Austrasia. El año 745 se pudo celebrar ya un concilio general para ambos territorios. El resultado fue a todas luces visible. A los cinco años de labor de San Bonifacio la Iglesia franca quedaba completamente regenerada.

 El concilio general germano del año 747 fue la mejor confirmación de los resultados obtenidos por la grandiosa obra de San Bonifacio. En él todo el episcopado franco firmó la llamada Carta de la verdadera profesión de fe y de la unidad católica y la mandaron a Roma. De este modo toda la Germania y toda Francia quedaban, por la obra de San Bonifacio, íntimamente unidas con Roma.

 Pero esto mismo señala otro punto culminante de la vida de San Bonifacio. Hasta este tiempo poseía una comisión general para todos aquellos territorios. El nuevo papa Zacarías juzgó llegado el tiempo de nombrar a San Bonifacio arzobispo de Maguncia, constituyendo esta sede como primada de Alemania y Francia. De este modo se completaba la unidad de la obra de San Bonifacio. Apenas realizado esto, perdió el mismo año 747 a su principal apoyo, Carlomán, quien se retiró a un monasterio. Pero su hermano Pipino el Breve, que unió entonces toda Francia, continuó prestándole el mismo apoyo. La obra de Bonifacio continuó, pues, produciendo los más sazonados frutos, no obstante los disturbios promovidos por algunos caracteres turbulentos.

 Pero, entretanto, San Bonifacio, ya de avanzada edad, obtuvo el nombramiento de su discípulo y colaborador Lull como sucesor suyo en la sede de Maguncia. Pero su ardiente espíritu misionero no encontraba mejor descanso que el campo de sus primeros trabajos apostólicos. Dirigíase, pues, entonces a la región de Frisia, donde con aliento juvenil se entregó de lleno al trabajo misionero entre los gentiles, todavía numerosos en aquel territorio. Los primeros éxitos de esta nueva y última campaña del veterano apóstol le rejuvenecieron extraordinariamente. Sentíase allí como en su propio elemento. Organizaron las cosas para celebrar una confirmación en el campo de Dokkum; y el 5 de junio de 754, cuando esperaba a los nuevos cristianos para administrarles este sacramento, cayeron sobre él unos gentiles fanáticos y le martirizaron junto con cincuenta y dos compañeros. Enterrado primero en Utrecht, más tarde fue trasladado a Maguncia y luego a Fulda.

 Con justicia se le ha dado el título de apóstol de Alemania en el más amplio sentido de la palabra. San Bonifacio es uno de los más excelentes ejemplos de los grandes misioneros de la Iglesia católica de todos los tiempos. Su encendido amor de Dios y de las almas le comunicó la fuerza necesaria para vencer las mayores dificultades y trabajar hasta derramar su sangre por la fe que predicaba. El resultado de su obra apostólica, verdaderamente admirable, se extendió a toda Alemania y a Francia.

 BERNARDINO LLORCA, S. I.

4 jun 2014

Santo Evangelio 4 de Junio de 2014

Día litúrgico: Miércoles VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 17,11b-19): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. 

»Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad».


Comentario: Fr. Thomas LANE (Emmitsburg, Maryland, Estados Unidos)
Que tengan en sí mismos mi alegría colmada

Hoy vivimos en un mundo que no sabe cómo ser verdaderamente feliz con la felicidad de Jesús, un mundo que busca la felicidad de Jesús en todos los lugares equivocados y de la forma más equivocada posible. Buscar la felicidad sin Jesús sólo puede conducir a una infelicidad aún más profunda. Fijémonos en las telenovelas, en las que siempre se trata de alguien con problemas. Estas series de la TV nos muestran las miserias de una vida sin Dios. 

Pero nosotros queremos vivir el día de hoy con la alegría de Jesús. Él ruega a su Padre en el Evangelio de hoy «y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada» (Jn 17,13). Notemos que Jesús quiere que en nosotros su alegría sea completa. Desea que nos colmemos de su alegría. Lo que no significa que no tengamos nuestra cruz, ya que «el mundo los ha odiado, porque no son del mundo» (Jn 17,14), pero Jesús espera de nosotros que vivamos con su alegría sin importar lo que el mundo pueda pensar de nosotros. La alegría de Jesús nos debe impregnar hasta lo más íntimo de nuestro ser, evitando que el estruendo superficial de un mundo sin Dios pueda penetrarnos. 

Vivamos pues, hoy, con la alegría de Jesús. ¿Cómo podemos conseguir más y más de esta alegría del Señor Jesús? Obviamente, del propio Jesús. Jesucristo es el único que puede darnos la verdadera felicidad que falta en el mundo, como lo testimonian esas citadas series televisivas. Jesús dijo, «si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» (Jn 15,7). Dediquemos cada día, por tanto, un poco de nuestro tiempo a la oración con las palabras de Dios en las Escrituras; alimentémonos y consumamos las palabras de Jesús en la Sagrada Escritura; dejemos que sean nuestro alimento, para saciarnos con la su alegría: «Al inicio del ser cristiano no hay una decisión ética o una gran idea, sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da a la vida un nuevo horizonte a la vida» (Benedicto XVI).