29 may 2014

Santo Evangelio 29 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Jueves VI de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16,16-20): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver». Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: ‘Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver’ y ‘Me voy al Padre’?». Y decían: «¿Qué es ese ‘poco’? No sabemos lo que quiere decir». Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: ‘Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?’. En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo».


Comentario: Rev. D. Joan Pere PULIDO i Gutiérrez Secretario del obispo de Sant Feliu (Sant Feliu de Llobregat, España)
Vuestra tristeza se convertirá en gozo

Hoy contemplamos de nuevo la Palabra de Dios con la ayuda del evangelista Juan. En estos últimos días de Pascua sentimos una inquietud especial por hacer nuestra esta Palabra y entenderla. La misma inquietud de los primeros discípulos, que se expresa profundamente en las palabras de Jesús —«Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver» (Jn 16,16)— concentra la tensión de nuestras inquietudes de fe, de búsqueda de Dios en nuestra vida cotidiana.

Los cristianos de hoy sentimos la misma urgencia que los cristianos del primer siglo. Queremos ver a Jesús, necesitamos experimentar su presencia en medio de nosotros, para reforzar nuestra fe, esperanza y caridad. Por esto, nos provoca tristeza pensar que Él no esté entre nosotros, que no podamos sentir y tocar su presencia, sentir y escuchar su palabra. Pero esta tristeza se transforma en alegría profunda cuando experimentamos su presencia segura entre nosotros.

Esta presencia, así nos lo recordaba Juan Pablo II en su última Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, se concreta —específicamente— en la Eucaristía: «La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: ‘He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mt 28,20). (...) La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, “misterio de luz”. Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24,31)».

Pidamos a Dios una fe profunda, una inquietud constante que se sacie en la fuente eucarística, escuchando y entendiendo la Palabra de Dios; comiendo y saciando nuestra hambre en el Cuerpo de Cristo. Que el Espíritu Santo llene de luz nuestra búsqueda de Dios.

29 de Mayo San Maximino, Obispo

29 de Mayo

San Maximino, Obispo


Maximino nació al comienzo del siglo IV el Poitiers (Aquitania), al sudoeste de la antigua Galia. Provenía de un hogar muy piadoso.

La santidad de Agricio, obispo de Tréveris, llevó a Maximino a dejar el suelo natal e ir en busca de aquel prelado, para recibir lecciones de religión, ciencias y humanidades. El santo reconoció en el recién llegado una lúcida inteligencia y un firme amor a la doctrina católica, razón por la cual le confirió las sagradas órdenes. En el ejercicio de estas funciones hizo en breve tiempo notables progresos.

Al morir Agricio, conocidos por el pueblo los atributos de Maximino, por voluntad unánime éste fue su sucesor, ocupando la cátedra de Tréveris en el año 332.

Perturbaba en aquel tiempo en la Iglesia el arrianismo, doctrina que negaba la unidad y consustancialidad en las tres personas de la santísima Trinidad; según ellos el Verbo habría sido creado de la nada y era muy inferior al Padre. El Verbo encarnado era Hijo de Dios, pero por adopción.

Contra esta interpretación, que disminuía el misterio de la encarnación y el de la redención del hombre, se levantó Atanasio, obispo de Alejandría, que se había de constituir en el campeón de la ortodoxia.

Reinaba entonces el emperador Constantino el Grande, a quien los herejes engañaron acumulando calumnias sobre Atanasio, y así lograron que lo desterraste a Tréveris en el año 336. Allí Maximino lo recibió con evidencias de la veneración que le profesaba y trató por todos los medios de suavizar la situación del desterrado. Lo mismo hizo con Pablo, obispo de Constantinopla, también forzado a ir a Tréveris después de un remedo de sínodo arriano. Al morir Constantino, el hijo mayor, Constantino el Joven, su sucesor en Occidente, devolvió a Atanasio la sede de Alejandría.

En el año 345, Maximino concurrió al concilio de Milán, donde los arrianos, cuyo jefe era Eusebio de Nicomedia, fueron otra vez condenados. Considerado indispensable para cimentar la paz de la Iglesia celebrar un nuevo concilio ecuménico. Maximino lo propuso al emperador Constante; éste, hallándolo conveniente, escribió a su hermano Constantino, concertándose para tal reunión la ciudad de Sárdica (hoy Sofía, capital de Bulgaria).

Los arrianos quisieron atraer al emperador a su secta y justificar la conducta seguida contra Atanasio. Pero Maximino alertó al emperador, defendiendo así al obispo sin culpa; y Atanasio fue nuevamente restablecido.

Vuelto a su Iglesia, Maximino hizo frente a las necesidades, socorriendo a los pobres. Su familia residía en Poitiers y allá fue a visitarlos, pero murió al poco tiempo en esa ciudad, en el año 349. La fecha de hoy recuerda la traslación de sus reliquias a Tréveris.

Otros Santos cuya fiesta se celebra hoy:  Santos: Restituta, Sinisio o Sisinio, Martirio, Alejandro, Conón, Teodosia,
Gencio, Andrés, Amón, Sofía, mártires; Máximo, obispo; Eleuterio, confesor; Voto, Félix, eremitas.

28 may 2014

Santo Evangelio 28 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Miércoles VI de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16,12-15): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros».


Comentario: Rev. D. Santi COLLELL i Aguirre (La Garriga, Barcelona, España)
Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa

Hoy, Señor, una vez más, nos quieres abrir los ojos para que nos demos cuenta de que con demasiada frecuencia hacemos las cosas al revés. «El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16,13), aquello que el Padre ha dado a conocer al Hijo.

¡Es curioso!: más que dejarnos guiar por el Espíritu (¡qué gran desconocido en nuestras vidas!), lo que hacemos es, bien pasar de Él, bien “imponerle” las cosas una vez ya hemos tomado nuestras decisiones. Y lo que hoy se nos dice es más bien lo contrario: dejar que Él nos guíe.

Pienso, Señor, en voz alta... Vuelvo a leer el Evangelio de hoy y me vienen a la cabeza los chicos y chicas que recibirán la Confirmación este año. Veo los que me rodean y estoy tentado a pensar: —¡Qué verdes están! ¡A éstos, tu Espíritu no les va ni por delante ni por detrás; y más bien se dejan guiar por todo y por nada!

A quienes se nos considera adultos en la fe, haznos instrumentos eficaces de tu Espíritu para llegar a ser “contagiadores” de tu verdad; para intentar “guiar-acompañar”, ayudar a abrir los corazones y los oídos de quienes nos rodean.

«Mucho tengo todavía que deciros» (Jn 16,12). —¡No te retengas, Señor, en dirigirnos tu voz para revelarnos nuestras propias identidades! Que tu Espíritu de Verdad nos lleve a reconocer todo aquello de falso que pueda haber en nuestras vidas y nos haga valientes para enmendarlo. Que ponga luz en nuestros corazones para que reconozcamos, también, aquello que de auténtico hay dentro de nosotros y que ya participa de tu Verdad. Que reconociéndolo sepamos agradecerlo y vivirlo con alegría.

Espíritu de Verdad, abre nuestros corazones y nuestras vidas al Evangelio de Cristo: que sea ésta la luz que ilumine nuestra vida cotidiana. Espíritu Defensor, haznos fuertes para vivir la verdad de Cristo, dando testimonio a todos.

28 de mayo San Guillermo de Aquitania

28 de mayo

San Guillermo de Aquitania


Se desconoce la fecha del nacimiento de Guillermo. De los pocos datos de su vida consta que era conde de la ciudad de Tolouse, en Francia, y más tarde fue nombrado duque de Aquitania por Carlomagno.

La fe y la cultura cristiana fueron gravemente amenazadas por la invasión de los árabes a Francia del Sur, en el año 793. Guillermo organizó la formación de un ejército que con grandes sacrificios detuvo la ola invasora de los musulmanes. No sólo esto, sino que preparó también una contraofensiva.

No hubo muchos príncipes y caballeros cristianos que acompañaran a Guillermo, porque creyeron que las fuerzas limitadas de los cristianos no eran capaces de realizar un ataque a las fuerzas invasoras. Pero él confiaba en la ayuda de Dios y supo animar a sus tropas con tal fervor, que los árabes tenían que retirarse.

Las crónicas refieren que Guillermo de Aquitania ayudó más tarde a los católicos en España y cooperó con su ejército en la reconquista de Barcelona en el 801. Regresando a su patria, el duque se dedicó a reedificar su ducado remediando las grandes destrucciones que había dejado la guerra, particularmente en las pequeñas poblaciones y en el campo. El emperador Carlomagno quiso dar a Guillermo otros terrenos en recompensa por su lucha heroica, pero éste le manifestó su intención de dejar el mundo y retirarse a la vida monástica. "No quiero honores, ya que nada más cumplí con mi deber. Como los árabes han sido definitivamente rechazados de nuestras tierras, quiero ponerme ahora la armadura de Dios". En el año 806 se retiró Guillermo al convento, que él mismo había fundado algunos años atrás, vivió como fraile sencillo y buscó los trabajos más humildes.

Murió el 28 de mayo de 812 y fue canonizado por el Papa Alejandro II.

El poeta Wolfram von Escenbach, autor de la poesía de Pársifal, vio en Guillermo una de las figuras ideales de un caballero cristiano. El ejemplo de Guillermo de Aquitania movió en el tiempo de las Cruzadas a muchos hombres nobles europeos a dejar la familia y la patria para luchar y morir en Tierra Santa.

A pesar de los errores históricos y abusos que hubo en las Cruzadas, no se puede negar que luce también en esta época el auténtico ejemplo de heroicos caballeros cristianos.

La fiesta de este Guillermo (hay también otros santos con el mismo nombre) se celebra, particularmente en Francia y Alemania, el 28 de mayo.

27 may 2014

Maestro y amigo


Maestro y amigo
Autor: Padre Eusebio Gómez Navarro OCD
Sitio del Padre


  Había un joven, huérfano, que por alta de educación y dirección había caído en muchos vicios. Queriendo salir de ese estado buscó maestros que lo ayudaran.

Se hizo discípulo de un primer maestro, quien le indicaba en qué tenía que cambiar, y lo motivaba: “Eso no está bien…así nunca serás un hombre de provecho…Tienes muchas cualidades, y si cambias tendrás un gran porvenir…” El joven era ambicioso y se esforzaba, pero, con todo, no progresaba lo que quería. Eses maestro no le bastaba.

Se hizo discípulo de un segundo maestro, quien le exigía los mismos cambios. Pero, además, el joven se relacionó con su maestro con un gran cariño y amistad. Pasaba temporadas viviendo con él, y, sobre todo, quería ser como él, libre de vicios y ambiciones pequeñas. Con el tiempo, la amistad íntima consiguió lo que habían conseguido las exhortaciones, y el joven se encontró liberado.


Segundo Galilea


Algo tiene la amistad y el amor que hace cambiar al que ha probado toda clase de métodos ineficaces. De esto da testimonio aquel joven que había recibido buenos consejos de dos maestros, pero sólo el que se hizo cercano y amigo logró arrancar de su corazón todos los vicios.

Jesús fue un maestro que se hizo amigo de los discípulos y por ellos dio la vida. El es el Buen Pastor, que conoce de verdad a los suyo, importándole hasta los mínimos detalles de su existencia. Como Buen Pastor:

Da la vida por las ovejas;
va delante de ellas, abriéndolas el camino;
busca nuevos pastos;
le interesan las otras ovejas que no le conocen.

“Buscará la oveja perdida, tornaré a la descarriada, cuidaré a la herida y sanaré a la enferma” (Ez. 34.8-16).

Nosotros somos ovejas y pastores. Como ovejas tenemos que escuchar la voz de Jesús y seguirle para poder, al mismo tiempo, dejar de ser malos pastores en la familia y en la sociedad.

Los malos pastores:
Se aprovechan de los demás, los engañan, los corrompen y maltratan.

Santo Evangelio 27 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Martes VI de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16,5-11): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿Adónde vas?’. Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado».

Comentario: Fr. Joseph A. PELLEGRINO (Tarpon Springs, Florida, Estados Unidos)
Os conviene que yo me vaya

Hoy el Evangelio nos ofrece una comprensión más profunda de la realidad de la Ascensión del Señor. En la lectura del Evangelio de Juan del Domingo de Pascua, Jesús le dice a María Magdalena que no se aferre a Él porque «aún no he subido a mi Padre» (Jn 20,17). En el Evangelio de hoy Jesús se da cuenta de que «por haberos dicho esto, vuestros corazones se han llenado de tristeza» (Jn 16,6), por eso indica a sus discípulos que «os conviene que yo me vaya» (Jn 16,7). Jesús debe ascender al Padre. Sin embargo, todavía está entre nosotros.

¿Cómo puede irse y quedarse al mismo tiempo? Este misterio lo explicó el Papa Benedicto XVI: «Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre».

Nuestra esperanza se halla en Jesucristo. Con su conquista sobre la muerte nos dio una vida que la muerte no podrá nunca destruir, su Vida. Su resurrección es la verificación de que lo espiritual es real. Nada puede separarnos del amor de Dios. Nada puede disminuir nuestra esperanza. Las negativas del mundo no pueden destruir lo positivo de Jesucristo.

El mundo imperfecto en el que vivimos, un mundo donde sufren los inocentes, puede conducirnos al pesimismo. Pero Jesucristo nos ha transformado en eternos optimistas. 

La presencia viva del Señor en nuestra comunidad, en nuestras familias, en aquellos aspectos de nuestra sociedad que, con todo derecho, pueden ser llamados “cristianos”, nos confieren una razón para la esperanza. La Presencia Viva del Señor en cada uno de nosotros nos ha proporcionado alegría. No importa cuán grande sea el aluvión de noticias negativas que los medios disfrutan presentándonos; lo positivo del mundo supera con mucho a lo negativo, pues Jesús ha ascendido.

Él, en efecto, ha ascendido, pero no nos ha abandonado.



Comentario: + Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué (Manresa, Barcelona, España)
Os conviene que yo me vaya

Hoy contemplamos otra despedida de Jesús, necesaria para el establecimiento de su Reino. Incluye, sin embargo, una promesa: «Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré» (Jn 16,7).

Promesa hecha realidad de forma impetuosa en el día de Pentecostés, diez días después de la Ascensión de Jesús al cielo. Aquel día —además de sacar la tristeza del corazón de los Apóstoles y de los que estaban reunidos con María, la Madre de Jesús (cf. Hch 1,13-14)— los confirma y fortalece en la fe, de modo que, «todos se llenaron del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu Santo les impulsaba a expresarse» (Hch 2,4).

Hecho que se “hace presente” a lo largo de los siglos a través de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, ya que, por la acción del mismo Espíritu prometido, se anuncia a todos y en todas partes que Jesús de Nazaret —el Hijo de Dios, nacido de María Virgen, que fue crucificado, muerto y sepultado— verdaderamente resucitó, está sentado a la diestra de Dios Padre (cf. Credo) y vive entre nosotros. Su Espíritu está en nosotros por el Bautismo, constituyéndonos hijos en el Hijo, reafirmando su presencia en cada uno de nosotros el día de la Confirmación. Todo ello para llevar a término nuestra vocación a la santidad y reforzar la misión de llamar a otros a ser santos.

Así, gracias al querer del Padre, la redención del Hijo y la acción constante del Espíritu Santo, todos podemos responder con total fidelidad a la llamada, siendo santos; y, con una caridad apostólica audaz, sin exclusivismos, llevar a cabo la misión, proponiendo y ayudando a los otros a serlo.

Como los primeros —como los fieles de siempre— con María rogamos y, confiando que de nuevo vendrá el Defensor y que habrá un nuevo Pentecostés, digamos: «Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor» (Aleluya de Pentecostés).

27 de mayo SAN AGUSTÍN DE CANTERBURY

27 de mayo

SAN AGUSTÍN DE CANTERBURY

(†  605)


San Agustín de Inglaterra o de Cantorbery debe ser considerado como el apóstol de los anglosajones, por ser quien, junto con los treinta y nueve monjes que le acompañaban, dio comienzo en 596 a su conversión. Es cierto que la primera idea y el impulso principal vino de San Gregorio Magno; pero él fue quien echó sobre sus hombros y realizó una buena parte de aquella empresa, que llegó a su feliz término a fines del siglo VII, hacia el año 680. Todo esto coloca a San Agustín de Cantorbery entre los grandes apóstoles de Cristo, al lado de San Patricio de Irlanda, de San Bonifacio de Alemania y de tantos otros evangelizadores de la fe.

 Nada sabemos sobre su vida anterior al año 596, en que dio comienzo a su gran empresa, sino que era monje y prior en el monasterio de San Andrés, que San Gregorio Magno había fundado en Roma. En Inglaterra había penetrado el cristianismo desde muy antiguo, según se desprende de los testimonios de Tertuliano y Orígenes. Así, en pleno siglo IV, sus habitantes, los bretones, eran en buena parte cristianos; pero, al retirarse las legiones romanas a principios del siglo V, se vieron acosados por los pictos y escoceses, y, no sintiéndose con fuerzas para defenderse contra ellos, llamaron en su auxilio a los sajones del norte de Alemania. Efectivamente, hacia el año 449 entraron éstos por la isla de Thanet y rápidamente fueron conquistando la Gran Bretaña y, volviéndose contra los mismos bretones, los fueron acorralando, a ellos y a los demás indígenas, a los territorios occidentales de la isla. De este modo un buen número de bretones emigraron al norte de Francia, al que dieron el nombre de Bretaña, y los demás quedaron reducidos a los territorios de Gales y Cornualles. Aquí poseían los bretones durante el siglo VI florecientes monasterios, excelentes príncipes cristianos y grandes obispos, como San David de Menevia († 544) y los Santos Paterno, Udoceo y otros. Mas, por otra parte, su odio nacional contra los anglosajones fue creciendo de tal manera que imposibilitaba por completo cualquier intento de evangelización. De este modo, el pueblo anglosajón persistía en el paganismo, y en las siete provincias en que había dividido la Gran Bretaña el cristianismo había prácticamente desaparecido.

 Pero lo que los cristianos bretones, movidos de su odio nacional contra los anglosajones, no querían o no podían realizar, es decir, la conversión de este pueblo pagano, lo intentó y realizó el Romano Pontífice desde Roma. Ya fue un buen principio el hecho de que, a fines del siglo VI, el joven rey de Kent, Ethelberto, aunque pagano, tomó por esposa a la cristiana Berta, hija del rey merovingio de Francia, y al mismo tiempo la dejó en plena libertad para practicar su religión. Tal vez este hecho fue el que suscitó en San Gregorio Magno (590-604) la idea de la evangelización de tan noble pueblo. El hecho, bien atestiguado por los historiadores antiguos, es que este gran Papa dio orden al presbítero Cándido, administrador suyo en los territorios provenzales pertenecientes al patrimonio de San Pedro, para que le procurara algunos esclavos anglosajones, muy abundantes entonces en el puerto de Marsella. Su plan era educarlos en algunos monasterios de Roma y enviarlos luego a evangelizar a sus compaisanos de la Gran Bretaña.

 Pero San Gregorio Magno, el hombre de las grandes empresas, no tuvo paciencia para esperar la realización de este plan, que necesariamente debía ser muy lento. La circunstancia de la muerte, a principios del 596, del rey de Austrasia y la subida al trono de Brunequilda, tan adicta a los planes de San Gregorio, acabó de determinarlo. Efectivamente, el mismo año 596 escogió al abad Agustín, bien conocido por la solidez de sus virtudes y su espíritu ardiente y emprendedor, que no se arredraba ante ninguna dificultad cuando se trataba del servicio de Dios, para que, acompañado de un buen número de monjes misioneros, acometiera aquella gloriosa empresa de la conversión de Inglaterra. Escogidos, pues, los treinta y nueve monjes que debían acompañarle, partieron en la primavera del año 596 para Francia en dirección a la Gran Bretaña.

 Llegados a la Provenza, se detuvieron unos días en el célebre monasterio de Lerins, donde fueron magníficamente acogidos por su abad Esteban, el obispo de Aix, Protasio, y el patricio Arigio. Ansioso San Agustín de dar comienzo a su empresa, siguió preparando todo lo que era necesario para la misión de Inglaterra; pero, entretanto, sus compañeros se espantaron de tal manera al escuchar de los monjes de Lerins las descripciones sobre las dificultades de la conversión de los anglosajones, y sobre todo sobre la extrema crueldad de este pueblo, que Agustín se vio forzado a volver con ellos a Roma.

 Pero San Gregorio Magno no retrocedía fácilmente ante una empresa comenzada. Haciéndose cargo de las inmensas dificultades que se oponían a tan ardua empresa, con la afectuosa energía que le era característica, procuró suscitar en el corazón de aquellos misioneros los sentimientos de generosidad con el Señor, que los escogía para una obra tan de gloria suya; invistió a San Agustín con la dignidad abacial, les proveyó abundantemente de cartas de recomendación para los obispos de Francia y la reina Brunequilda, y de este modo partieron de nuevo, llenos del mayor entusiasmo, para Inglaterra. Pasaron el invierno en Autun, siguieron luego por Orleáns y Tours, y, finalmente, acompañados de algunos intérpretes, se embarcaron, probablemente en Boulogne, con rumbo a la Gran Bretaña.

 Era la hora señalada por la Providencia. En la primavera del año 597 San Agustín de Inglaterra, con el ejército de monjes que le acompañaban, desembarcaba en la isla de Thanet, es decir, en el mismo lugar donde siglo y medio antes habían desembarcado los invasores. La segunda conquista de Inglaterra que ahora se emprendía, era más difícil y debía durar más tiempo que la primera; era de un tipo puramente espiritual. Las crónicas antiguas se complacen en presentarnos a la figura, casi gigantesca, de San Agustín, que sobresalía por encima de todos los demás. Al acudir el rey Ethelberto a su llamada, los misioneros aparecieron ante él llevando por delante una gran cruz y recitando procesionalmente las letanías. Impresionado el rey ante aquel espectáculo y ante la petición que se le hacía de que se les concediera amplia libertad para predicar el Evangelio, quiso primero escuchar una exposición sumaria sobre la doctrina cristiana y la obra redentora de Jesucristo, y luego concedió generosamente lo que le suplicaban.

 Agustín y sus compañeros pusieron al punto manos a la obra. Dirigiéronse a Dorovernum o Cantorbery, capital de la provincia o reino de Kent, y allí junto a la capilla de San Martín, utilizada por el capellán de la reina Berta, Liudardo, establecieron su primera residencia e iniciaron la predicación. El pueblo acudía espontáneamente a la explicación del Evangelio de Cristo, y, viendo el admirable ejemplo de San Agustín y sus compañeros, se sentían impulsados a la doctrina que les anunciaban. La primera conversión insigne fue la del mismo rey, ya preparada por la suave influencia de su cristiana esposa y el trabajo paciente de su capellán. Después de instruido convenientemente, el 2 de junio del año 597, recibió las aguas del bautismo.

 Con todo esto se fue preparando el gran acto de las Navidades del 597, que marcan, indudablemente, el punto de partida de la conversión en masa del pueblo anglosajón. Con su acostumbrada prudencia, Ethelberto quiso dejar en plena libertad religiosa a todos sus súbditos, y así gran número de nobles, guerreros y masas del pueblo continuaron recibiendo la instrucción necesaria, hasta que el 25 de diciembre se celebró con gran solemnidad el bautismo de una inmensa muchedumbre, que algunos elevan a diez mil. Entre esta multitud de nuevos cristianos se hallaban muchos miembros de la más elevada nobleza de Kent. El celo apostólico de San Agustín recibía su primera recompensa. Con esto quedaba él consagrado como el apóstol de los anglosajones, el apóstol de Inglaterra.

 Fácilmente se comprende la inmensa alegría que experimentó el papa San Gregorio Magno al recibir la noticia de todos estos acontecimientos de boca del presbítero Lorenzo y del monje Pedro, enviados expresamente a Roma por San Agustín. Su ensueño era ya una realidad. Sin poder contener su entusiasmo, escribió al punto a su amigo Eulogio, patriarca de Alejandría, dándole cuenta de tan halagüeñas noticias. Asimismo dirigió sendas cartas de congratulación a sus colaboradoras, Brunequilda, reina de Austrasia y Neustria, y Berta, esposa de Ethelberto, de Kent. Pero, sobre todo, escribió a San Agustín, héroe principal e instrumento de Dios en la conversión de Inglaterra.

 Por su parte, Agustín procuró desde entonces asegurar y llevar adelante la obra comenzada. Para ello, sea antes del gran acto de las Navidades, sea poco después de él, se dirigió a Francia, y allí recibió del obispo de Arlés la consagración episcopal. Por otra parte, el presbítero Lorenzo y el monje Pedro volvieron pronto de Roma cargados de reliquias, instrumentos del culto y libros religiosos, que fascinaban a los pueblos recién convertidos; pero, sobre todo, traían consigo nuevos misioneros, que el Papa enviaba a Inglaterra. Ethelberto, por su parte, colaboraba a esta grandiosa obra de San Agustín. Hizo donación de su propio palacio, que al punto fue convertido en monasterio y residencia del obispo, En lugar de un templo pagano, hizo levantar una iglesia cristiana, dedicada a San Pancracio, y no lejos de allí hizo construir la abadía de San Pedro y San Pablo, que más tarde tomará el título de abadía de San Agustín, tumba de los reyes y obispos de Kent. En el interior de la ciudad se elevará la iglesia de Cristo, que recordará la basílica de Letrán, de Roma.

 De este modo, la obra de San Agustín realiza rápidos progresos. Por esto, el año 601 envía de nuevo a Roma sus legados Lorenzo y Pedro, quienes informan ampliamente al Papa y le piden nuevos misioneros y abundantes instrucciones para su obra de evangelización. A todo accede San Gregorio Magno, lleno de comprensión y entusiasmado ante el heroísmo de aquellos abnegados apóstoles. Una nueva expedición de doce misioneros sale de Roma para Inglaterra en junio de 601, bajo la dirección de Melitón. Este lleva a San Agustín las respuestas del Papa a multitud de consultas de orden disciplinario y litúrgico, donde, dando el más insigne ejemplo de prudencia y comprensión y de lo que hoy día se denomina espíritu de acomodación, da disposiciones acertadísimas. Respecto de los templos "no conviene —decía—derribarlos, sino solamente los ídolos en ellos existentes". De un modo semejante, por lo que se refiere a las costumbres nacionales, "como hay costumbre —le dice— de hacer sacrificios de bueyes a los demonios, es conveniente cambiarla en una fiesta cristiana. Así las fiestas de la Dedicación y de los Mártires podrían celebrarlas por medio de banquetes fraternales".

 Junto con estas instrucciones, los nuevos misioneros y legados del Papa traían a San Agustín otras misivas importantes. En primer lugar, le entregaron de parte del Papa el palio arzobispal, a lo que se añadía su nombramiento como primado de todas las iglesias de Inglaterra. Como complemento de todo, enviaba el Papa un plan completo de la organización jerárquica de toda la Gran Bretaña o la Heptarquía. que sólo, poco a poco, se fue realizando. Ante todo, Londres y York, ya desde los bretones sedes episcopales, eran constituidas en metropolitanas para el sur y norte de Inglaterra, y a cada una se le asignaban doce sedes episcopales sufragáneas.

 Tal fue el conjunto de las instrucciones y disposiciones enviadas por San Gregorio Magno a Inglaterra el año 601. Indudablemente, las disposiciones sobre la organización jerárquica eran prematuras. Pronto se vio que, en lugar de Londres, era preferible erigir a Cantorbery como metropolitana y juntamente primada de Inglaterra. Con el entusiasmo y el optimismo suscitado en Roma por los triunfos obtenidos, fácilmente se imaginaban que la conversión de toda la Heptarquía era cuestión de poco tiempo. Esto iría enseñando que en asunto tan importante sólo se podía avanzar lentamente.

 Así, pues, por el momento, San Agustín era el único obispo para la Gran Bretaña sajona. Pero mientras los demás misioneros, alentados con los nuevos estímulos y nuevos instrumentos recibidos de Roma, y robustecidos con la nueva falange de apóstoles, continuaban avanzando en la evangelización del territorio de Kent, San Agustín realizaba, por así decirlo, un intento de carácter diplomático. Concibió, pues, el plan de entrevistarse con los dirigentes de la iglesia bretona, con el fin de llegar a un acuerdo, con lo cual obtendría de ellos gran abundancia de misioneros. Le era bien conocido el odio existente entre las dos razas; pero era necesario intentar la unión, con la esperanza de que el espíritu cristiano se sobrepusiera a todos los rencores nacionales. Llegóse, pues, el mismo año 601 a una asamblea entre San Agustín y los obispos y literatos bretones, representantes de su pueblo, venidos del gran monasterio de Bangor. San Agustín se presentó como legado pontificio, y pidió únicamente estas tres cosas: que renunciaran a su cómputo pascual; que siguieran el rito romano en la celebración del bautismo, dejando un conjunto de ceremonias especiales usadas entre ellos, y que trabajaran con los romanos en la evangelización de los anglosajones. Fue imposible llegar a un acuerdo. Ni podían avenirse a reconocer la autoridad superior de San Agustín, ni a abandonar sus ritos llamados culdeos, y mucho menos a evangelizar a sus mortales enemigos, los anglosajones.

 Reducidos, pues, a sus propias fuerzas, San Agustín y sus compañeros se lanzaron con nuevos bríos al trabajo de misionización. De este modo, en 604, a la muerte del gran protector de Inglaterra, San Gregorio Magno, se pudo establecer un segundo obispado en Rochester con su primer obispo, justo, quien inició sus ministerios en una humilde iglesia con el título de San Andrés. Al mismo tiempo se organizó un tercer obispado en Londres, mientras se iniciaba la evangelización de Essex. En efecto, Londres era la capital de la provincia o reino de Essex, y allí residía su príncipe Sébert, sobrino de Ethelberto de Kent. Envíale, pues, éste algunos misioneros, a cuya cabeza iba Melitón, a quien se nombró obispo de la nueva iglesia de Londres. El mismo Ethelberto sufragó los gastos para la construcción de la primera iglesia, dedicada a San Pablo, con todo lo cual se inició la misión de Essex, que poco después fue tomando rápido incremento.

 Hasta este punto llegó la obra de San Agustín en la conversión de la Gran Bretaña sajona, Al morir él en mayo de 605 sucedióle su discípulo predilecto Lorenzo, consagrado por él poco antes de morir. El territorio de Kent quedaba convertido en una buena parte, y se había iniciado la conversión de Essex. Además del obispado de Cantorbery existían los dos de Rochester y Londres. No era muy grande la extensión alcanzada por las conversiones anglosajonas, pero la semilla estaba echada. Aun estos territorios evangelizados tuvieron que atravesar una difícil prueba; pero la semilla se desarrolló después hasta llegar, durante todo el siglo VII, a la conversión de toda la Heptarquía. La encarnizada oposición entre los bretones y los anglosajones continuó durante largos años, hasta que, al fin, el año 664 se llegó a la definitiva unión, si bien a costa de alguna escisión dolorosa.

 Se ha pretendido rebajar el mérito de la obra y la personalidad de San Agustín de Inglaterra atribuyendo, por un lado, toda la gloria a San Gregorio Magno, y, por otro, echándole a él la culpa de la desunión con los bretones. Pero esto es sacar las cosas de sus quicios. En los comienzos de la gran empresa de la conversión de los anglosajones San Gregorio Magno, tiene la gloria de haberla ideado y protegido, y San Agustín la no menos grande de haberla realizado. Por otra parte, la desunión entre los bretones y anglosajones era cuestión de razas, exacerbada por los excesos cometidos por los invasores, y sólo con el tiempo pudo ser poco a poco superada. San Agustín fue sumamente venerado en la Edad Media y merece justamente el título de apóstol de la Gran Bretaña.

 BERNARDINO LLORCA, S. I.