21 mar 2014

Santo Evangelio 21 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Viernes II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 21,33-43.45-46): En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». 

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos». 

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Comentario: Rev. D. Melcior QUEROL i Solà (Ribes de Freser, Girona, España)
La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido

Hoy, Jesús, por medio de la parábola de los viñadores homicidas, nos habla de la infidelidad; compara la viña con Israel y los viñadores con los jefes del pueblo escogido. A ellos y a toda la descendencia de Abraham se les había confiado el Reino de Dios, pero han malversado la heredad: «Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos» (Mt 21,43).

Al principio del Evangelio de Mateo, la Buena Nueva parece dirigida únicamente a Israel. El pueble escogido, ya en la Antigua Alianza, tiene la misión de anunciar y llevar la salvación a todas las naciones. Pero Israel no ha sido fiel a su misión. Jesús, el mediador de la Nueva Alianza, congregará a su alrededor a los doce Apóstoles, símbolo del “nuevo” Israel, llamado a dar frutos de vida eterna y a anunciar a todos los pueblos la salvación.

Este nuevo Israel es la Iglesia, todos los bautizados. Nosotros hemos recibido, en la persona de Jesús y en su mensaje, un regalo único que hemos de hacer fructificar. No nos podemos conformar con una vivencia individualista y cerrada a nuestra fe; hay que comunicarla y regalarla a cada persona que se nos acerca. De ahí se deriva que el primer fruto es que vivamos nuestra fe en el calor de familia, el de la comunidad cristiana. Esto será sencillo, porque «donde hay dos o más reunidos en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos» (Mt 18,20).

Pero se trata de una comunidad cristiana abierta, es decir, eminentemente misionera (segundo fruto). Por la fuerza y la belleza del Resucitado “en medio nuestro”, la comunidad es atractiva en todos sus gestos y actos, y cada uno de sus miembros goza de la capacidad de engendrar hombres y mujeres a la nueva vida del Resucitado. Y un tercer fruto es que vivamos con la convicción y certeza de que en el Evangelio encontramos la solución a todos los problemas.

Vivamos en el santo temor de Dios, no fuera que nos sea tomado el Reino y dado a otros.

Una Cuaresma desde Dios

Una Cuaresma desde Dios

Si vivimos la Cuaresma desde Dios, se convertirá en la mejor preparación para la gran fiesta de la Pascua. 
Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic.net

Podemos recorrer los 40 días de la Cuaresma desde una perspectiva errónea, sin darles su auténtico sentido.

¿Cuándo ocurre eso? Cuando vemos la Cuaresma como una tradición de la Iglesia más o menos comprensible pero sin mucho sentido en el ajetreado tiempo que nos ha tocado vivir; cuando buscamos maneras de hacer (nosotros, según los propios deseos) algunos sacrificios para tranquilizar la conciencia y "cumplir"; cuando soportamos con paciencia 40 días en los que nos esforzamos por ser más austeros para llegar luego a momentos de mayor fiesta y alegría... Entonces es que no hemos comprendido el verdadero sentido de la Cuaresma.

Pero también podemos recorrer los 40 días que nos preparan a la Pascua desde una perspectiva justa. Si los pensamos como un momento para orar, ayunar, servir, dar; si los vivimos como una invitación de Dios a la conversión, al arrepentimiento, al cambio de conducta; si los aprovechamos para dedicar más tiempo a la lectura de la Biblia... Entonces habremos hecho un buen uso de esos días tan particulares en el calendario cristiano.

La Cuaresma es un tiempo en el que Dios nos invita, nos llama, nos ofrece ocasiones maravillosas para redescubrir nuestra identidad cristiana. Es verdad que Dios actúa siempre, que no hay tiempos sin que nos busque y nos ofrezca su gracia. Pero también es verdad que, como seres humanos, necesitamos estímulos y ayudas concretas para afrontar con más intensidad y esfuerzo lo que deberían ser compromisos constantes de quienes hemos sido tocados por Cristo en el Bautismo.

Ya estamos en Cuaresma. Si la vivimos desde Dios, si la sentimos como un momento de gracia, de mayor compromiso, de lucha contra el mundo, el demonio y la carne, se convertirá en la mejor preparación para la gran fiesta de la Pascua. Entonces la noticia de la Muerte y de la Resurrección de Cristo llegará más dentro y más fuerte a nuestras vidas: nos permitirá vivir los días de Pascua y todo el resto del año como hombres y mujeres redimidos por la Sangre de Cristo, el Cordero inmolado porque amaba al Padre y a los hombres.

20 mar 2014

Santo Evangelio 20 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Jueves II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 16,19-31): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’. 

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».



Comentario: Rev. D. Xavier SOBREVÍA i Vidal (Castelldefels, España)
Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite

Hoy, el Evangelio es una parábola que nos descubre las realidades del hombre después de la muerte. Jesús nos habla del premio o del castigo que tendremos según cómo nos hayamos comportado.

El contraste entre el rico y el pobre es muy fuerte. El lujo y la indiferencia del rico; la situación patética de Lázaro, con los perros que le lamen las úlceras (cf. Lc 16,19-21). Todo tiene un gran realismo que hace que entremos en escena.

Podemos pensar, ¿dónde estaría yo si fuera uno de los dos protagonistas de la parábola? Nuestra sociedad, constantemente, nos recuerda que hemos de vivir bien, con confort y bienestar, gozando y sin preocupaciones. Vivir para uno mismo, sin ocuparse de los demás, o preocupándonos justo lo necesario para que la conciencia quede tranquila, pero no por un sentido de justicia, amor o solidaridad.

Hoy se nos presenta la necesidad de escuchar a Dios en esta vida, de convertirnos en ella y aprovechar el tiempo que Él nos concede. Dios pide cuentas. En esta vida nos jugamos la vida.

Jesús deja clara la existencia del infierno y describe algunas de sus características: la pena que sufren los sentidos —«que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama» (Lc 16,24)— y su eternidad —«entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo» (Lc 16,26).

San Gregorio Magno nos dice que «todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse a causa de su ignorancia». Hay que despojarse del hombre viejo y ser libre para poder amar al prójimo. Hay que responder al sufrimiento de los pobres, de los enfermos, o de los abandonados. Sería bueno que recordáramos esta parábola con frecuencia para que nos haga más responsables de nuestra vida. A todos nos llega el momento de la muerte. Y hay que estar siempre preparados, porque un día seremos juzgados.

20 de marzo SAN MARTÍN DUMIENSE († 580)

20 de marzo


SAN MARTÍN DUMIENSE

(† 580)


San Martín Dumiense debe su sobrenombre a Dumio, lugar próximo a Braga, capital que era, ésta, del reino de los suevos. A él se atribuye la conversión al catolicismo de este pueblo bárbaro, establecido desde comienzos del siglo V en la parte noroeste de la Península, y como apóstol de los suevos es conocido en la historia por antiguos y modernos. Entre los antiguos aduzcamos ya el testimonio dé San Isidoro de Sevilla, su contemporáneo algo posterior. "Habían —dice San Isidoro— permanecido muchos reyes suevos en la herejía arriana, hasta que subió al trono Theudemiro. Este, por celo y esfuerzo de Martín, obispo del monasterio de Dumio, hombre esclarecido por su fe y su ciencia, volvió a los suevos a la fe católica". Al importante hecho se le asigna la fecha de 560.

Pero ni los suevos ni su apóstol son originariamente hispanos. ¿Cómo vinieron unos y otro a España? ¿Cómo se encontró el apóstol con los que, ante Dios y ante la historia, serían su gloria y su corona?

Si abrimos un mapa clásico de la antigua Germania, entre las mallas de las arterias que forman el Elba con las aguas venidas de los montes Sudetes, hallamos en grueso trazó el nombre de Suebi. El mapa mismo, con el confuso cruzarse y entrecruzarse de los nombres de pueblos, nos da la impresión de un hormiguero humano, aprisionado entre sus bosques, ríos y montañas por el límes romano, el Danubio aquí, el Rhin más allá, las legiones por dondequiera. Los suevos, en alguna de las ramas en que aparecen ya fraccionados a comienzos del siglo I, hubieron de ser más de una vez el terror de Roma. En los días de Marco Aurelio, cuados y marcomanos están frente a Roma (166-180), y fue tal el pánico de la urbe que el emperador estoico no halló en el Imperio adivinos bastantes a quienes consultar, ni víctimas suficientes que sacrificar para asegurar el éxito de la guerra. Pero a la larga, la frontera romana se resquebrajaba por todas partes. En lo que ahora nos interesa, los últimos días del año 406, bandas de vándalos, alanos, cuado-suevos y una fracción de vándalos silingos atraviesan, por Maguncia, el Rhin, que acaso estaba helado, e inician por tierras del Imperio la marcha que, a través de la Galia, había de llevarlos a nuestra Península. "De un solo empujón —dice, resumiendo penalidades infinitas, San Isidoro— alcanzaron el Pirineo, llevándose a los francos por delante (Francos proterunt directoque impetu ad Pyrenaeum usque perveniunt ("Hist. Goth." c.71 ). Pero no lo atraviesan entonces. Aún sufren una derrota romana y sólo el año 408 ó 409 irrumpen por las provincias de España. Hasta el año 411, estos pueblos devastan las tierras por donde pasan. El 411 hubo un reparto de tierras en nuestras provincias. "Los bárbaros —dice Idacio—, inclinados por la misericordia divina al camino de la paz, se reparten a la suerte las regiones de las provincias para habitarlas. Los vándalos y los suevos ocupan la Galecia, sita en la extremidad occidental del mar océano..." (Chronicon c.47).

Estos suevos que de un magnífico salto han venido de las orillas del Rhin a las del Miño, rompiendo por entre las lanzas de francos y romanos, eran paganos de religión. Todavía su rey Rékhila, que llevó sus armas victoriosas hasta la Bética y conquistó Sevilla, muere gentil el año 448. En este momento nos da Idacio esta noticia: "Al gentil Rékhila sucede inmediatamente en el reino su hijo Rekhiario, católico" (Chron., c.137). A la conversión del rey sigue la de su pueblo. A qué y a quién se debiera esta conversión de rey y pueblo, es punto oscuro en la historia —de la historia de este pueblo suevo, que tantos puntos oscuros tiene.

Lo cierto es que cuando, a los pocos años, otro rey suevo se hace arriano, el pueblo se pasa también al arrianismo (si no hay, más bien, que pensar que el pueblo fuera ajeno a estos cambios de decoración religiosa). Y es que estas conversiones religiosas nota bien un moderno historiador eran característicamente actos políticos. El nuevo rey arriano, Remismundo, de complicada historia política, aparece dueño único del reino suevo por el año 465. Está en relaciones con el poderoso rey godo Teodorico, con cuya hija se casa. La conversión, pues, fue también ahora acto político. El catequista fue un tal Ayax, gálata de nación, enviado, sin duda, por, Teodorico. Las palabras de Idacio respiran indignación: "Ayax, gálata de nación, que, viejo ya, se había hecho arriano, álzase entre los suevos a combatir, con el auxilio de su rey, la fe católica y la divina Trinidad, propagando el virus pestífero del enemigo del género humano, que había traído de la región de las Galias, habitada por los godos" (Chron. c.232). Si aceptamos para la conversión del pueblo suevo al catolicismo la fecha antes notada de 560, el arrianismo habría durado desde 465 a dicha fecha: un siglo aproximadamente. Y este siglo es justamente de total oscuridad histórica por silencio de las fuentes. Se duda, incluso, sobre el nombre del rey suevo que pasó con su pueblo al catolicismo: Kharriarico, según San Gregorio de Tours, o Theudemiro, según San Isidoro en texto anteriormente citado. Vamos a prescindir de la cuestión de nombres. Según San Gregorio de Tours (538-594), el rey suevo arriano habría enviado una embajada al sepulcro de San Martín, suplicando la curación de un hijo enfermo. La embajada fracasa. Envía otra con grandes ofrendas. Los enviados reciben ahora las reliquias del Santo, que, de paso, libera a los presos de la ciudad. Con próspero viento llegan, por mar, a Galicia. El hijo del rey, milagrosamente curado, sale a recibir aquel tesoro... "Entonces llegó también de lejanas regiones, movido de divina inspiración, un sacerdote llamado Martín... El rey con toda su casa confesó la unidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo y recibió el crisma. El pueblo quedó libre de la lepra hasta el día de hoy y todos los enfermos fueron sanos... Y aquel pueblo arde ahora tanto en el amor de Cristo, que todos irían gozosos al martirio si llegasen tiempos de persecución" (De rniraculis S. Martini, I,11).

Este texto de Gregorio de Tours, contemporáneo de los hechos que narra, siquiera sobre ellos deje indefectiblemente caer el polvillo irisado del oro de la leyenda, pone finalmente en contacto a San Martín Dumiense con el pueblo de que va a ser apóstol. No es inverosímil suponer que fue éste el momento en que, movido de divino impulso —divinis nutitibus actus, como dirá él mismo—, se determinó a dejar las Galias y pasar a la remota Galecia, dominada por un pueblo arriano, pero dispuesto a recobrar la fe ortodoxa. La perspectiva, para un alma de temple apostólico, no podía ser más halagüeña. Y también aquí pudo haber tenido parte la política. Los francos eran católicos desde fecha remota —Clodoveo se bautizó el 25 de diciembre de 498 ó 499— y, sin duda, se disputaban con los godos la influencia sobre el pueblo suevo. Por otra parte, Martín no era un desconocido en el reino franco. Venancio Fortunato, peregrino también del sepulcro de Martín de Tours, monje primero y obispo luego de Poitiers, inspirado poeta, fue amigo suyo y le exalta con alta inspiración en uno de sus poemas, que es bien citar aquí



Por el nuevo Martín salvada, Galicia aplaude,

de estirpe apostólica fue este varón para ti.

Por virtud a Pedro, por doctrina a Pablo, igualara. De Santiago y Juan la protección te trajo.

De Panonia vino, según dicen, de parte Quirinis.

Y fue más bien la salud la Galicia sueva.

Gregorio de Tours, amigo también de Venancio Fortunato, hace del Dumiense este lapidario elogio: Nulli secundus illis temporibus habebatur (Hist. Franc. V,38: PL 71, 352). Acaso conoció también el monasterio y la regla de San Cesáreo de Arlés. Estas estrechas relaciones con las grandes lumbreras eclesiásticas del reino franco suponen una estancia algo prolongada en él. Cabe, pues, imaginar que fue de Francia, acaso de la tumba misma del taumaturgo homónimo suyo, de donde San Martín Dumiense vino a España. Nada impide tampoco suponer que se agregara a la expedición regia que llevaba a Galecia las reliquias del Turonense. Ello sería por los años de 550-560.

Pero Martín no era franco ni galorroinano de nación, y si la embajada piadosa del rey suevo le halló junto a la tumba de San Martín de Tours era simplemente una de tantas estaciones en una vida de largo peregrinar por tierras extrañas. Sólo en Galecia justamente hallará reposo. El mismo nos dice en el epitafio que, con ejemplar previsión, se compuso para su tumba en hexámetros virgilianos: "Nacido en Panonia, atravesando los anchos mares y movido por impulso divino, llegué a esta tierra gallega, que me acogió en su seno...".

San Martín Dumiense es, consiguientemente, de la misma patria lejana, la actual Hungría, muy hacia el Oriente, que su glorioso homónimo San Martín de Tours, de reciente memoria (relativamente, reciente, pues San Martín muere el año 397) y cuyos milagros atraían a su tumba gentes de toda procedencia y categoría. El Dumiense hubo de nacer hacia el 510-520. De su juventud no se sabe nada. Apuntemos sólo que un siglo antes (después de 414) había muerto por sus tierras del Danubio un escritor notable, Nicetas de Remesiana cuyas obras hubo de leer antes de emprender sus peregrinaciones. Acaso la primera de éstas le llevó a Palestina, donde se hizo monje y aprendió el griego. El monacato era entonces algo muy móvil. Martín puede seguir peregrinando; pero de Palestina se trajo el espíritu monacal que instaurará en tierras de Galicia y dos preciosos opúsculos: Verba seniorum y Sententiae Patrum Aegyptiorum, que serán la regla de su futuro monasterio dumiense. La visita de Roma era inevitable. De Roma pasaría al reino franco, donde le hemos hallado junto al sepulcro de San Martín y hemos supuesto que, desde allí, por mar, se dirigió al reino, suevo, donde había de hallar término a su peregrinación y ancho campo a su celo apostólico. Este sería el momento de su grande obra: la conversión del rey y el Pueblo arriano a la ortodoxia católica. Ni San Isidoro ni San Gregorio de Tours nos dicen en qué consistió la acción del Dumiense en la conversión del rey y pueblo suevos. Acaso fue obra del prestigio de su fe y de su saber. El hecho es que en el primer concilio de Braga, el año 561, San Martín desempeñaba el mismo papel que San Leandro en el tercero de Toledo. La conversión había sido tan entera que no fue menester lanzar nuevo anatema contra el arrianismo y los ocho obispos que firman sus actas se limitaron a leer la decretal del papa Vigilio y extractar de ella su canon quinto, que manda administrar el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Que la conversión hubo de estar relacionada con los milagros de San Martín de Tours lo prueban los versos del Dumiense que figuraban en la basílica de Dumio, consagrada al taumaturgo turonense "Admirando tus prodigios, el suevo ha conocido el verdadero camino, y, para sublimar tus méritos, ha levantado estos atrios, construyendo a Cristo un templo venerable, donde tú repartes tus gracias y él derrama sus plegarias".

Pero Martín, que hubo de frecuentar la corte y mezclarse entre las muchedumbres populares y presidir un concilio para la obra de conversión, era en el fondo un monje que se había traído de Palestina la nostalgia de la soledad, del silencio y la quietud, de la gloria de la oración lejos de todo mundanal ruido, aun del que trae consigo toda obra de apostolado (y éste es acaso el brazo más pesado de su cruz). Así, y apoyado, sin duda, por el poder regio, pronto funda el monasterio de Dumio, cerca de Braga, el primero de Galicia y acaso también de toda la España visigótica. Luego seguirán otros, de los que quedan escasas noticias. Lo cual no era abandonar la obra de conversión, sino asegurarla. Acaso Martín comprendió que no hay medio de cristianizar un pueblo como esos focos de intensa vida sobrenatural, que, como el fuego su calor, la irradian luego en torno suyo, sin estruendos pero con infalible eficacia. No sabemos cómo se llevó a cabo la fundación y se formó en torno a Martín ese vasto mundo aparte que era una abadía medieval. Lo que sí sabemos es que muy pronto el abad de Dumio es creado obispo —Dumiensis monasterii sanctissimus pontífex, le llama San Isidoro—. Su jurisdicción debió de limitarse a la familia servorum del monasterio y acaso a la corte. Se supone que conoció la regla de San Cesáreo de Arlés († 27 de agosto de 543) y acaso también la de San Benito († h. 547). Pero en Dumio, Martín fue, sin duda, la regla viva. Y como fuente de inspiración para la formación de sus monjes, allí estaban los dos opúsculos que se trajera de Oriente: Las palabras de los ancianos y las sentencias de los padres egipcios. Este último, que nos parece menos interesante, lo tradujo por si mismo. Del primero encomendó la traducción a su discípulo Pascasio, quien antepone a su labor un breve prólogo dirigido "al señor venerable padre Martín, abad y presbítero". Este prólogo nos interesa, como todo rastro que de sí deje un alma, pues Pascasio, monje de Dumio, puede representar el ideal de cultura que San Martín señalaba a sus monjes. Pascasio emprende su trabajo, para él insólito, para obedecer a su padre santísimo. El sabe —y es un saber precioso— que nada puede jamás leerse, escribirse o imprimirse, si el ingenio o el corazón con su íntima voz lo prohiben. Se acuerda de Sócrates y, como él, sabe que no sabe nada. Ha leído muchos libros elocuentísimos, aun por incitación de su abad, y si su versión latina no lo es tanto, no se le inculpe a él, sino al mal manuscrito de que dispone. Le pide a su abad la ayuda de su oración y si halla, en fin, su trabajo digno de ser copiado, él se digne pulirlo con su buen estilo. El buen Pascasio termina: "No sabría que mi trabajo te ha agradado, si no veo algunas cosas que té hayan disgustado". La obrita es un tesoro de doctrina ascética, con la ventaja de ofrecérsenos no en tratados abstractos o en áridas sentencias, y menos en un código de imperativos, sino en narraciones, anécdotas y palabras vivas de los Padres del yermo. Son la flor de aquellas soledades en su mejor primavera de santidad. Son zumo sabroso de unos frutos de experiencia ya secular. Es difícil resistir a la tentación de transcribir aquí algunas de esas palabras de los viejos del yermo, no sólo por su perfume y su jugo, sino porque si no son obra de San Martín, por él llegaron a Occidente y él antes que nadie hubo de sentir su hechizo y modelar por ellas su espíritu y el de sus monjes. Tomemos el postrer capítulo. Se reúnen doce anacoretas y se conviene entre ellos que cada uno diga en qué piensa y medita. El primero dijo: He puesto un muro entre mí y el mundo exterior y sólo me miro a mí mismo y espero la esperanza de Dios. El segundo: Desde que renuncié a la tierra, me dije: Hoy has empezado a servir a Dios. El tercero: Por la mañana subo a Dios y le adoro... El cuarto: Yo me imagino estar en el monte Olivete con el Señor y sus discípulos y me digo a mí mismo: no conozcas a nadie según la carne. El quinto: Yo estoy continuamente esperando mi fin y le digo a Dios: Preparado está mi corazón... El sexto: Yo me imagino oír que el Señor me dice a la continua: Trabajad por mí y yo os daré el descanso... El séptimo: Yo pienso continuamente en la fe, la esperanza y la caridad. El octavo: Yo miro cómo el diablo está dando vueltas buscando a quién devorar... El noveno: Yo procuro vivir con mi mente en el cielo y cuanto hay en la tierra lo reputo ceniza y estiércol. El décimo: Yo miro continuamente al ángel que me acompaña... El undécimo: Yo hago de las virtudes personas y me las imagino acompañándome por todas partes... El duodécimo: Vosotros, padres, sois hombres celestes o ángeles terrenos y por ello pensáis en el cielo. Yo bajo todos los días al infierno y me digo a mí mismo: Estáte con los que mereces, pronto te contarás entre ellos...

Recojamos alguna deliciosa narracioncilla. San Martín recomendaba a sus monjes el desprendimiento de las cosas con este ejemplo: El abad Macario sale un día de su celda. A la vuelta halla a un ladrón que estaba cargando su jumento con los enseres del monje. Macario se hace el extranjero, le ayuda a cargar la bestia y le acompaña diciendo: "Nada trajimos al mundo y nada nos llevaremos de él".

Vaya esta otra por lo breve: Un viejo le dice a otro: "Yo estoy muerto al mundo". El compañero le responde: "No confíes en ti mismo hasta que hayas salido de tu cuerpo, pues si tú, estás muerto, el diablo no lo está, y sus artes son incontables".

Una sentencia de oro: "Todo trabajo sin humildad es vano ...".

Contra la fácil tentación de soberbia que acecha al monje como elegido y predestinado, San Martín contaba a los suyos: El abad Silvano fue arrebatado en éxtasis en su celda. Vuelto del éxtasis, lloraba. Importunado por su discípulo, dijo finalmente: "He sido arrebatado al juicio, hijo mío, y he visto a muchos con hábito de monjes ir a los suplicios y a muchos laicos subir al cielo". (Sententiae Patrum Aegyptiorum, 48). Y así fuera grato continuar.

Pero no eran sus monjes de Dumio la sola solicitud de San Martín. Para regular la vida del clero, recopiló, tradujo y ordenó una colección de cánones, tomados "de los sínodos de los antiguos Padres orientales", pero también de concilios españoles y africanos. Colección, sin duda, del mayor interés para el conocimiento de la organización y vida de la Iglesia y aun de las costumbres en general de aquellos tiempos. San Isidoro nos dice haber leído él mismo —ego ipse legi— un volumen de cartas en que "el obispo santísimo del monasterio dumiense exhortaba a la enmienda de la vida, al fervor en la oración, a la largueza en la limosna y, sobre todo, al culto de las virtudes y a la piedad". Estas cartas se han perdido y su pérdida es bien de lamentar, pues ellas nos hubieran acaso guardado lo mejor del alma del abad de Dumio.

Al rey Miro, sucesor de Theudemiro, le dirige San Martín el opúsculo Fórmula de la vida honesta, El tratado hubo de ser pedido al Santo por el rey mismo, que siente —dice Martín en el prólogo— sed ardentísima de la sabiduría y quiere ir a saciarla en las fuentes de donde manan los ríos de la ciencia moral. Si esta sed la suscitó, como es de suponer, el apóstol en sus conversos, ello sería gloria suya y de ellos. La Fórmula es un tratado de ética natural de corte e influencia senequista. San Martín Dumiense, de origen no hispano, es nuestro primer senequista. Hasta tal punto se penetra del estilo y pensamiento del cordobés, que la Edad Media nos ha transmitido la Formula vitae honestae bajo el nombre de Séneca. La nueva patria le prestó acaso también algo de su espíritu. A Séneca suena esta sentencia: "¿Qué importa que no estés en tu patria? Tu patria es el lugar donde has encontrado el bienestar, y la causa del bienestar no radica en el lugar, sino dentro ¿el hombre mismo". Lo mismo se diga del tratado De ira, que recuerda otro del mismo título de Séneca.

Objeto, en fin, de la solicitud del abad, obispo de Dumio era el pueblo humilde de los campos, imbuido aún de supersticiones paganas, célticas y germánicas. El tratado De correctione rusticorum, a par de un resumen de las verdades cristianas, da noticias de las supersticiones de las gentes del campo del reino suevo (y hay que suponer que de toda España). Para desacreditar la idolatría, San Martín apela a la teoría demónica. Muchos de los demonios expulsados del cielo presiden en el mar, en los ríos, fuentes y bosques, y los hombres que ignoran a Dios les dan culto como a dioses.

En el mar los llaman Neptuno, en los ríos Lamias, en las fuentes Ninfas, en los bosques Diana. En realidad, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno fueron hombres pésimos entre los griegos. Notable cruce, pues, de la teoría demónica y del evhemerismo (y notable también que aún haya quien crea hoy el aire poblado de démones...). San Martín no quiere que se den a los días de la semana los nombres de los dioses gentiles y es admirable que los portugueses le hayan obedecido. Citemos, en fin, por lo curioso, el culto a los ratones y a las polillas. Su hartazgo a principios de año era presagio de abundancia en la casa visitada por tan incómodos huéspedes.

Sólo podemos ya citar por su mero título otras obras del Santo: Pro repellenda iactancia, De superbia y Exhortatio humilitatis, que tienen más sabor evangélico. Los opúsculos sobre la Pascua y De trina mersione responden a cuestiones muy debatidas en su tiempo.

San Martín fue también poeta, o, por lo menos, sabía manejar diestramente los hexámetros virgilianos. Se le han señalado influencias del poeta galorromano Sidonio Apolinar († 480-90). En el refectorio del monasterio de Dumio había una inscripción tomada casi a la letra de San Apolinar (cf. PL 72,52 y PL 58,722). En exámetros virgilianos está compuesto por él mismo su epitafio, con que cerramos esta semblanza:

"Nacido en Panonia, atravesando los anchos mares y movido de impulso divino, llegué a esta tierra gallega, que me acogió en su seno. Fuí consagrado obispo en esta iglesia tuya, oh glorioso confesor San Martín, restauré la religión y las cosas sagradas y, habiéndome esforzado en seguir tus huellas, yo, tu servidor Martín, que tengo tu nombre, pero no tus méritos, descanso aquí en la paz de Cristo".

Este descanso lo alcanzó el año 580. Cinco años más tarde moría también, bajo las armas victoriosas de Leovigildo, el reino suevo. San Isidoro le puso el epitafio: Regnum autem suevorum deletum in Gothis transfertur, quod mansisse CLXXVII annis scribitur, "Fue borrado el reino suevo que pasó a los godos y se dice haber durado ciento setenta y siete años". La obra, sin embargo, de San Martín no quedó borrada. Sólo unos años más tarde, España entera será católica y esta fe católica de España entera será la gran fuerza que la salvará, en lucha secular, de la suprema prueba que la historia le reservaba.

DANIEL RUÍZ BUENO

19 mar 2014

Un momento de silencio... como San José

Un momento de silencio... como San José


Solemnidad de San José. Es en el silencio donde se escucha la voz de Dios pues bien dicen que "Dios habla quedito" 
Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Así como hay dolor y alegría, así como hay inquietud y paz; así el hombre tiene en su vida dos cauces por donde transcurre su existencia: La palabra y el silencio.

La palabra, del latín parábola, es la facultad natural de hablar. Solo el hombre disfruta de la palabra. La palabra expresa las ideas que llevamos en nuestra mente y es el mejor conducto para decir lo que sentimos. Hablar es expresar el pensamiento por medio de palabras. Es algo que hacemos momento tras momento y no nos damos cuenta de que es un constante milagro. Hablar, decir lo que sentimos, comunicar todos nuestros anhelos y esperanzas o poder descargar nuestro corazón atribulado, cuando las penas nos alcanzan, a los que nos escuchan.

Nuestra era es la era de la comunicación y de la información. Pero la palabra tiene también su parte contraria: El silencio. 

Nuestro vivir transcurre entre estos cauces: la palabra y el silencio. O hablamos o estamos en silencio. 

Cuando hablamos "a voces" la fuerza se nos va por la boca... hablamos y hablamos y muchas veces nos arrepentimos de haber hablado tanto... Sin embargo el hablar es algo muy hermoso que nos hace sentir vivos, animosos y nos gusta que nos escuchen. 

El silencio es un tesoro de infinito valor. Cuando estamos en silencio somos más auténticos, somos lo que somos realmente. 

El silencio es algo vital en nuestra existencia para encontrarnos con nosotros mismos. Es poder darle forma y respuesta a las preguntas que van amalgamando nuestro vivir. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Y va a ser en ese silencio donde vamos a encontrar las respuestas, no en el bullicio, en el ajetreo, en el nerviosismo, la música ruidosa, en el "acelere" de la vida inquieta y conflictiva porque es en el silencio y por el silencio donde se escucha la voz de Dios pues bien dicen que "Dios habla quedito" 

Meditando en estas cosas pienso en José el carpintero de Nazaret. El hombre a quien se le encomendó la protección y el cuidado de los personajes más grandes de la Historia Sagrada y no nos dejó el recuerdo de una sola palabra suya. Nada nos dijo pero con su ejemplo nos lo dijo todo. Más que el más brillante de los discursos fue su testimonio callado y lleno de amor. 

San José, el santo que le dicen: "Abogado de la buena muerte". Porque... ¿A quién no le gustaría morir entre los brazos de Jesús y de María como él murió?

José tuvo una entrega total. Una vida consagrada al trabajo, un desvelo, un cuidado amoroso para estos dos seres que estaban bajo su tutela y supo, como cualquier hombre bueno y padre de familia, del sudor en la frente y el cansancio en las largas jornadas en su taller de carpintería y supo del dolor en el exilio de una tierra extranjera y supo en sus noches calladas y de vigilia del orar a Dios mirando el suave dormir de Jesús y de María, pidiendo fuerzas para cuidar y proteger a aquellos amadísimos seres que tan confiadamente se le entregaban. No tuvo que hablar. 

No hay palabras que superen ese silencio de amor y cumplimiento del deber. Ahí está todo. Ahí está Dios. En las pequeñas cosas de todos los días, en la humildad del trabajo cotidiano. 

El no fue poderoso, él no tuvo un puesto importante en el Sanedrín, él... supo cumplir su misión y su silencio fue su mayor grandeza.

Las almas grandes no lo van gritando por las plazas y caminos, se quedan en silencio para poder hablar con Dios y Dios sonríe cuando las mira. 

Que podamos tener cada día, aunque sean cinco minutos de silencio, para oír la voz de Dios.

Santo Evangelio 19 de Marzo de 2014

Día litúrgico: 19 de Marzo: San José, esposo de la Virgen María

Texto del Evangelio (Mt 1,16.18-21.24a): Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. 

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.


Comentario: Mons. Ramon MALLA i Call Obispo Emérito de Lleida (Lleida, España)
José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer

Hoy, celebra la Iglesia la solemnidad de San José, el esposo de María. Es como un paréntesis alegre dentro de la austeridad de la Cuaresma. Pero la alegría de esta fiesta no es un obstáculo para continuar avanzando en el camino de conversión, propio del tiempo cuaresmal.

Bueno es aquel que, elevando su mirada, hace esfuerzos para que la propia vida se acomode al plan de Dios. Y es bueno aquel que, mirando a los otros, procura interpretar siempre en buen sentido todas las acciones que realizan y salvar la buena fama. En los dos aspectos de bondad, se nos presenta a San José en el Evangelio de hoy.

Dios tiene sobre cada uno de nosotros un plan de amor, ya que «Dios es amor» (1Jn 4,8). Pero la dureza de la vida hace que algunas veces no lo sepamos descubrir. Lógicamente, nos quejamos y nos resistimos a aceptar las cruces.

No le debió ser fácil a San José ver que María «antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18). Se había propuesto deshacer el acuerdo matrimonial, pero «en secreto» (Mt 1,19). Y a la vez, «cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños» (Mt 1,20), revelándole que él tenía que ser el padre legal del Niño, lo aceptó inmediatamente «y tomó consigo a su mujer» (Mt 1,24).

La Cuaresma es una buena ocasión para descubrir qué espera Dios de nosotros, y reforzar nuestro deseo de llevarlo a la práctica. Pidamos al buen Dios «por intercesión del Esposo de María», como diremos en la colecta de la misa, que avancemos en nuestro camino de conversión imitando a San José en la aceptación de la voluntad de Dios y en el ejercicio de la caridad con el prójimo. A la vez, tengamos presente que «toda la Iglesia santa está endeudada con la Virgen Madre, ya que por Ella recibió a Cristo, así también, después de Ella, San José es el más digno de nuestro agradecimiento y reverencia» (San Bernardino de Siena).

19 de marzo SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA

19 de marzo

 SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA

Emprendemos el estudio de San José con veneración, con respeto, casi sin ruido, dispuestos a escuchar el callado rumor de un alma que embelesa. No es la suya una vida que se deslíe en el tiempo. Si nos limitásemos a ver al Santo Patriarca únicamente tras los tenues y velados acaecimientos de la historia, no sabríamos comprender el significado de su paso por la tierra. El perfil de su figura perdería peso, quedaría apenas dibujado de no ampliar nuestro horizonte hasta más allá de lo visible. Hay vidas que aturden por el estruendo de sus hechos de un día. Son simple anécdota, emoción fugitiva. Otras, en cambio, se deslizan con levedad, con la gracia apacible de un remanso. A primera vista parecen decir muy poco; pero si ahondamos, si sabemos deletrear su sublime abecedario, nos quedamos absortos ante el deslumbramiento. Tal es la vida del humilde artesano de Nazaret. En ella, con murmurio de colmena, el hervor resuena dentro.

San José es un abismo de interioridad. Mientras su cuerpo reluce como dechado de templanza, su alma, preparada para recibir comunicaciones divinas, se nos presenta como un trasunto del paraíso, como un reino de armonía, semejante a una lira pulsada por la mano de Dios. Respira cielo. Vive en la cumbre de todas las elevaciones. No en vano tuvo a Jesús en sus brazos, le meció cuando pequeño, se oyó llamar padre por la Sabiduría y sintió el derretimiento producido por la contemplación de aquel Niño en cuyas manos había florecido la pluralidad del universo. Por algo bebió durante una treintena de años en los ojos, en la sonrisa de su Hijo adoptivo el agua transparente que salta hasta la vida eterna. ¡Misterio inenarrable! No podemos llegar hasta nuestro Santo con las manos vacías. Para entenderle tenemos que llenarnos de perfecciones, afinar nuestros sentidos espirituales y añadir una nueva vibración a nuestro lenguaje. A su lado nos sentimos muy pequeños. Pero su amabilidad, reflejo angélico, nos anima, nos atrae, nos alienta con una ternura acogedora. Lleguémonos, pues, a la orilla de su vida con amor, con el mismo amor con el que los evangelistas, los doctores, los teólogos nos hablaron, nos siguen hablando de Él.

Desde que San Lucas y San Mateo nos delinearon los trazos definidores de la figura del Patriarca, los Santos Padres, los escritores eclesiásticos, los predicadores se han ido acercando paulatinamente al Santo con un afán cada vez más firme de intuir el misterio de su vida sencilla. Los primeros siglos dejaron un tanto en la penumbra el nombre de San José, atraídos por la luz irradiante de Jesús y de su Madre. Así lo exigía la realidad de entonces. Pero a medida que avanzaba el tiempo, la semilla de las Escrituras, las lecciones de San Jerónimo, de San Ambrosio, de San Agustín y de otros santos fructificaron de tal suerte a través de San Bernardo, de San Alberto Magno, de Santo Tomás de Aquino, que las generaciones de fines de la Edad Media y de las épocas siguientes pudieron entregarnos el valioso depósito de sus enseñanzas en libros llenos de entusiasmo y de doctrina. Así empezó a cobrar la vida de San José nuevo color y calor nuevo. Por momentos se iba interpretando más y mejor el río de su alma y día a día se agigantaba su personalidad adquiriendo dimensiones de amplitud teológica que sobrepasaban los límites de una simple hagiografía. De este modo surgió una literatura josefina prestigiada con los nombres de Gersar, Holano, San Francisco de Sales, Bossuet, el cardenal Vives, Lépicier, Sauvé, Renard, Michel y tantos más que descubrieron en la vida del Patriarca facetas de una magnitud insospechada. Por su parte Faber, verdadero poeta en prosa, supo extraer, con profundidad y maestría, un exquisito panal de belleza escondido entre los pliegues de Belén, centro de la humildad más encantadora y humana.

En este concierto de voces jubilosas, la aportación de España tuvo una especial trascendencia. Los dominicos con San Vicente Ferrer, los franciscanos con fray Bernardino de Laredo, los jesuitas con los padres Suárez y Rivadeneyra, los sacerdotes seculares con el, Beato Juan de Avila ensalzaron las virtudes sobrenaturales del Santo en un alarde de confortadora agudeza. Y esto sin olvidar a los poetas, sin dar de lado el lirismo de Valdivielso, de Lope, de Antonio de Mendoza, de González Carvajal, ni el valor dramático de Guillén de Castro en su comedia ennoblecida con el título de El mejor esposo.

¿Cómo iban a callar quienes podían oír en la vida del santo artesano las notas estremecidas de un celeste poema? Todo se renovaba gradualmente en torno suyo. Fue, sin embargo, la espiritualidad carmelitana la que dio el toque definitivo, la que hizo triunfar, dentro y fuera de nuestras fronteras, la devoción al humilde Patriarca. Santa Teresa fue la moldeadora del prodigio. Ella tomó a San José por abogado, cantó sus excelencias, comenzó bajo su protección las Fundaciones y puso al cobijo de su nombre los primeros portalitos. Belén resplandecía. Los conventos teresianos aprendieron de su fundadora a confiar en el patrocinio del santo más bondadoso. ¡Está tan cerca de la fuente de la bondad! A partir de este instante los escritores carmelitas aquilataron hasta lo más fino su juicio y ganaron en penetración y en altura al analizar con moroso y amoroso detalle las prerrogativas del padre nutricio de Jesús. Díganlo, si no, las idílicas descripciones de fray José de Jesús María y el acabado estudio del padre Jerónimo Gracián, digno de conservarse como un precioso legado.

No podía detenerse en nuestros días este impulso ascensional. Una trayectoria tan fecunda en trabajos de primera línea necesitaba conservar indemne su juventud, su vigor teológico. Así ha sucedido. La bibliografía se ha visto incrementada con las obras del obispo de Oviedo Luis Pérez, del padre Bover y de otros especialistas hispánicos cuyas investigaciones han venido a enriquecer con valores nuevos y nuevos eslabones la cadena áurea de tratados aderezada con el broche singular de la Teología de San José escrita por el padre Llamera.

Pero no es esto todo. Aún podemos agregar, como síntoma esclarecedor de este grato clima, el ejemplo del fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, colocando sus instituciones a la sombra del Santo de Nazaret, y la aparición de la revista de Estudios Josefinos, mantenedora del fuego de un amor siempre en hoguera.

Con tales antecedentes no es extraño que el culto de San José haya llegado a alcanzar proporciones inusitadas. Lo pedía el clamor de las naciones. Pronto recogieron y encauzaron con sabia mano esta devoción los Romanos Pontífices, nombrando a San José Patrono de la Iglesia universal por el decreto Quemadmodum Deus de Pío IX, proclamándole abogado de los hogares cristianos en la jubilosa encíclica Quamquam pluries de León XIII y presentando al Patriarca como modelo de las familias pobres y trabajadoras en el "Motu proprio" Bonum sane de Benedicto XV. Fijémonos en que siglos antes Nueva España se había visto favorecida con una bula pontificia dirigida a premiar el buen espíritu de los vecinos del Yucatán y que, en 1679, Inocencio XI confirmaba sus letras apostólicas al patronazgo de San José sobre todos los dominios españoles. Esta España nuestra ha tenido la virtualidad de entronizar a San José en lo más entrañable de los hogares con el cariño de quien forma parte de la misma familia.

Una tradición tan amplia y persistente debía responder a un hondo fermento y afirmarse en sólidos motivos. No se explicaría de otro modo su universalidad. Algo bulle en San José que lo acerca a nosotros, que lo humaniza, que nos permite gustar como una golosina el sabroso regalo de los santos. Algo vive también en el fondo de su alma que lo eleva, que nos arrastra hasta regiones donde no llega el planear de las águilas. Dispongámonos a seguir el hilo de su vida en el tiempo y el ritmo de su alma allí donde calla el rumor de las cosas. Penetremos en el Sancta Sanctorum de una existencia tejida por entero con copos blancos. Preparémonos, en suma, a aprender con San José, en su silencio, un idioma ecuménico, idioma ultraceleste, formado por una palabra única, la Palabra, pronunciada junto a una cuna la noche inenarrable de Belén.

Las dos únicas fuentes inspiradas, canónicas, que nos dan a conocer con veracidad absoluta la persona y la vida del Santo Patriarca son los evangelios de San Mateo y de San Lucas. Dirigido el primero a convertir el alma de los judíos, y el segundo, discípulo de San Pablo, a atraer el corazón de los gentiles, ambos se presentan constelados por narraciones de insólita belleza. San Mateo parece que siente una llamada especial por los episodios dramáticos, movidos, a veces suntuosos. Es el evangelista de la congoja de San José, de los Magos cargados de ofrendas, de la huida a Egipto en medio de asechanzas. Pero en San Lucas encontramos la escena más esencial, la que puede calificarse como piedra clave del Evangelio de la Infancia, informado por testigos presenciales, habiendo oído probablemente de labios de la misma Madre de Jesús el relato conmovedor de los misterios de Dios hecho Niño, sólo en las páginas de San Lucas podemos saborear el celeste cuadro de la noche navideña. San Lucas es como el pintor de las pinceladas luminosas, líricas, musicales. Su evangelio de los días niños es una eclosión de cánticos, de himnos, de cromatismo translúcido. Nos alucina con la escena de la Anunciación, blanca como el ala de un ángel. Nos mece con la luz indefinible de la noche santa. Nos transporta con la himnodia del Magnificat, del Gloria in excelsis, del Nunc dimittis, del Benedictus. Nos lleva de la mano al templo los días de la Circuncisión, de la Purificación de Nuestra Señora, del Niño gozosamente encontrado. ¿Quién como él ha podido sorprender el silencio de aquella casita de Nazaret, recostada al pie de una colina? Alma de poeta y de artista, San Lucas ha inmortalizado las dos aldeas más familiares, la que sirvió de cuna al Rey de los Reyes y aquella otra en la que fue creciendo, como hombre, en gracia y en sabiduría delante de Dios. Al socaire de su relato, Belén y Nazaret adquieren una luminosidad ultraterrena. En el fondo de estas estampas evangélicas plenas de delicia, no falta nunca la noble presencia del Patriarca bienaventurado.

Veamos ahora lo que nos dice el acendrado poema de su vida. Nada conocemos de sus primeros días, de su infancia, de su adolescencia, de sus ensueños. Ignoramos hasta el lugar de su nacimiento. El mutismo de los sagrados textos es aquí total. Podemos, sin embargo, pensar que, aun oriundo de Belén la real, su cuna se meció en Nazaret, que tenía nombre y aroma de flor. Lo que sí sabemos con certeza, a través de la genealogía de Jesús, puntualizada por San Mateo y San Lucas, es la prosapia y el nombre de nuestro Santo. Procedía del linaje de David, como la Virgen, y, al igual que el patriarca del Antiguo Testamento, figura suya, se llamó José, nombre que anunciaba con acento misterioso un creciente brote de virtudes y de dones en el Niño que acababa de nacer.

Pasan después los años, muchos años, alrededor de cuarenta, sin referencia alguna, en la mayor oscuridad. Pero como el gusano en su capullo, la paloma preparaba ya sus alas. Llega, por fin, el día en que San José se incorpora a la historia y le vemos pasar cumpliendo su misión excelsa en camino o en reposo, en oración o en trabajo, siempre junto al Niño, siempre al lado de la Esposa, siempre humilde, callado siempre, dándonos una lección perenne de amable, de acogedora santidad.

Su vida se desenvuelve desde ahora en la verdeante Nazaret, entre canciones de aguas y olores de pinos, en una región de viñas y terebintos, al amparo de aquella pequeña aldea que, muy en su punto, se adornaba con un nombre tan fragante. Allí trabajaba el descendiente de reyes en su modesto oficio de carpintero. Allí se desposó con la flor más bella a quien rendían acatamiento todas las azucenas del mundo. Difícil sería enumerar los merecimientos de aquella virginal doncella. Más limpia que el rayo de luna, más blanca que la nieve incontaminada de las cumbres, María era un reino de dulzura, de humildad, de ensimismamiento. Los ángeles la servían y aprendían de ella mientras meditaba el misterio de la Encarnación, absorta al contemplar dentro de sí aquel Niño, futuro Enmanuel, anunciado por el arcángel.

San José se miraba en aquella mirada que tenía la insondable serenidad de un lago. Leía el libro de la perfección en aquellos ojos. Era feliz.

Fue entonces cuando experimentó la primera y no esperada congoja. Es que Dios prueba a sus amigos en fuego de tribulación hasta darles el mejor temple. Y a excepción de Nuestra Señora, ¿quién más preparado que José para gustar estos sabrosos sinsabores? El que iba a ser padre nutricio de un Niño después crucificado necesitaba probar de antemano el acíbar del Calvario. ¿Cómo analizar la magnitud de aquel sufrimiento? ¿Cómo medir la grandeza de esa aflicción? El Eterno sabe acendrar hasta el último cuadrante el alma de sus santos. Por el dolor se sube al amor. Por el fuego del infortunio se asciende a la llama clarificada de la visión divina. Sufría la Virgen. Sufría José. Pero ambos pusieron en Dios su confianza, la delicadeza y el silencio fue la norma de su conducta y no tardó en llegar la hora del íntimo gozo, la hora del blanco mensaje. Un ángel trajo el anuncio: "No temas recibir a María... porque lo que en ella ha nacido viene del Espíritu Santo". La faz de San José se iluminó con arrobo, su alma se llenó de gratitudes.

A partir de este momento la vida de San José adquiere rasgos cada vez más definidos y se afirma y se pule con una espiritualidad que tiene el hontanar en el fondo de su alma. Una triple misión se le asigna: la de ser imagen del Padre, custodio de la Sagrada Familia y artesano diligente en su taller. ¡Y con qué decisión lo cumple entre gozos y congojas que le perfeccionan! Leer las jornadas de su peregrinación es como abrir un libro sabio en enseñanzas. Sufre el dolor humilde del pesebre, la aflicción de la sangre vertida, la amargura de la profecía, los temores de la huida, las tribulaciones del Niño no encontrado en tres días. Y en otro aspecto, ¿quién podrá medir la altura y la profundidad de sus gozos? Alegría celeste, mensajes angélicos, voces y cánticos de pastores, presencia del Niño, candor de la Madre y amor divino fueron su acompañamiento glorioso. junto al olor, la felicidad de una mirada con destellos de la eterna hermosura. Así se forjan las grandes almas. Para ganar el premio es preciso merecerlo. Y San José se llenó de merecimientos. En su vida se equilibraron la acción y la contemplación. Parco en palabras, fue largo en obras. Le contemplamos en tensión de camino, en tensión de trabajo. Cuando Augusto César dispone el empadronamiento, camina. Cuando Herodes busca a Jesús para matarle, camina. Cuando el ángel le anuncia que retorne, camina. Cuando el Niño se queda en el templo, camina también. Una decisión, un vigor inquebrantable nimba su vida. Siempre alerta en Belén, en Egipto, en la apacible Nazaret, vive cumpliendo su misión de padre adoptivo. ¡Cuántas veces en el silencio de las noches, a la sombra de las palmeras o en las montañas de la verde Galilea, le animaría una voz inefable que le hablaba desde la excelsitud de su reino

¿Y qué decir de la fatiga amarillenta del desierto? Mientras avanzaba entre arenales, con peligro de fieras y de bandidos, huyendo de los lazos de una persecución cruenta, nuevos méritos de incalculable trascendencia se engarzaban en la corona del heroico Patriarca. El desierto que le circundaba tenía su réplica en el desierto interior de los temores de su alma atenta a defender de enemigos la dulce familia que caminaba bajo su tutela. Se ha dicho que no pueden entrar fácilmente en el cielo los que no caminan por este desierto. Muy cerca de la patria eterna debía de sentirse entonces San José. El desierto era la desolación y la congoja. Pero también el impulso y el gozo de la misión bien llevada. En medio de las arenas, a su lado, caminaban dos tesoros. El Santo se veía como rey de una creación nueva. Ante esta contemplación el desierto se le transformaba en un paraíso y los rumores temibles de la noche se le convertían en gorjeos. ¡Qué prodigiosamente sabe Dios llenar de bienaventuranzas las almas que suben por la tribulación hasta los umbrales de su trono!

La leyenda vino a añadir nuevas tintas al cuadro. La imaginación popular, los apócrifos, la devoción de todos los siglos no se limitó a seguir la sencillez de las escenas evangélicas, antes al contrario, acumuló efectos sorprendentes cuyo contenido no hemos de puntualizar. Baste decir que allí donde la Sagrada Familia pasa, el perfume de la leyenda deja su rastro. El naranjo, la palmera, el trigo, el salteador, se humanizan, guardan al Niño, lo defienden en presencia de San José. Los pájaros se enternecen. El agua recibe una virtud nueva. Es el tributo de las criaturas, que quieren, a su modo, agradecer. Al fin y al cabo las más bellas leyendas nacen del amor.

Llegan los últimos años. La vida de San José se desliza en Nazaret con la levedad de una poesía a lo divino, callada, oculta, sin rumores exteriores. Le vimos aparecer en el silencio. Le veremos marcharse en el silencio. ¿Cuándo? Debió de morir antes que Jesús comenzara su predicación, quizá a la edad de setenta años. No vuelve a sonar su nombre ni en Caná, ni en Siquem ni en Cafarnaúm. Tampoco en el Calvario. Probablemente el Hijo quiso llevarse antes de esas horas a su anciano Padre adoptivo, para evitarle el último dolor. Su misión era la de acompañar, sustentar, defender a la Sagrada Familia en los años niños y formativos y la llenó de manera inigualada. Cumplida su obra, sólo le quedaba morir. Morir para nacer. Morir para recibir cuanto antes la palma del triunfo eterno; para inundar de luz sus ojos con la visión beatífica, para anegarse en la divina Sabiduría cuyos celajes había columbrado en la mirada del Niño. ¿Resucitó, como admiten Suárez y San Francisco de Sales, el mismo día que el Salvador? ¿Subió al cielo en cuerpo y alma? Es posible. Pero lo cierto es que, guiado por la sonrisa del Hijo, por la misericordia de la Madre, nos mira, nos alienta, nos guarda como un ángel y nos prepara el gran día en que nuestra alma sabrá definitivamente lo que es nacer.

¡Qué sobreabundancia de caridad, de primores, de cuidado puso Dios al moldear el alma de San José, al crear su cuerpo, al formar aquellas manos de artesano que le iban a sustentar, aquellos brazos que se extremarían en delicadezas al dormirle, aquel entendimiento arrebatado por la consideración de los misterios divinos, aquel corazón que se ad19 de marzo



SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA



Emprendemos el estudio de San José con veneración, con respeto, casi sin ruido, dispuestos a escuchar el callado rumor de un alma que embelesa. No es la suya una vida que se deslíe en el tiempo. Si nos limitásemos a ver al Santo Patriarca únicamente tras los tenues y velados acaecimientos de la historia, no sabríamos comprender el significado de su paso por la tierra. El perfil de su figura perdería peso, quedaría apenas dibujado de no ampliar nuestro horizonte hasta más allá de lo visible. Hay vidas que aturden por el estruendo de sus hechos de un día. Son simple anécdota, emoción fugitiva. Otras, en cambio, se deslizan con levedad, con la gracia apacible de un remanso. A primera vista parecen decir muy poco; pero si ahondamos, si sabemos deletrear su sublime abecedario, nos quedamos absortos ante el deslumbramiento. Tal es la vida del humilde artesano de Nazaret. En ella, con murmurio de colmena, el hervor resuena dentro.

San José es un abismo de interioridad. Mientras su cuerpo reluce como dechado de templanza, su alma, preparada para recibir comunicaciones divinas, se nos presenta como un trasunto del paraíso, como un reino de armonía, semejante a una lira pulsada por la mano de Dios. Respira cielo. Vive en la cumbre de todas las elevaciones. No en vano tuvo a Jesús en sus brazos, le meció cuando pequeño, se oyó llamar padre por la Sabiduría y sintió el derretimiento producido por la contemplación de aquel Niño en cuyas manos había florecido la pluralidad del universo. Por algo bebió durante una treintena de años en los ojos, en la sonrisa de su Hijo adoptivo el agua transparente que salta hasta la vida eterna. ¡Misterio inenarrable! No podemos llegar hasta nuestro Santo con las manos vacías. Para entenderle tenemos que llenarnos de perfecciones, afinar nuestros sentidos espirituales y añadir una nueva vibración a nuestro lenguaje. A su lado nos sentimos muy pequeños. Pero su amabilidad, reflejo angélico, nos anima, nos atrae, nos alienta con una ternura acogedora. Lleguémonos, pues, a la orilla de su vida con amor, con el mismo amor con el que los evangelistas, los doctores, los teólogos nos hablaron, nos siguen hablando de Él.

Desde que San Lucas y San Mateo nos delinearon los trazos definidores de la figura del Patriarca, los Santos Padres, los escritores eclesiásticos, los predicadores se han ido acercando paulatinamente al Santo con un afán cada vez más firme de intuir el misterio de su vida sencilla. Los primeros siglos dejaron un tanto en la penumbra el nombre de San José, atraídos por la luz irradiante de Jesús y de su Madre. Así lo exigía la realidad de entonces. Pero a medida que avanzaba el tiempo, la semilla de las Escrituras, las lecciones de San Jerónimo, de San Ambrosio, de San Agustín y de otros santos fructificaron de tal suerte a través de San Bernardo, de San Alberto Magno, de Santo Tomás de Aquino, que las generaciones de fines de la Edad Media y de las épocas siguientes pudieron entregarnos el valioso depósito de sus enseñanzas en libros llenos de entusiasmo y de doctrina. Así empezó a cobrar la vida de San José nuevo color y calor nuevo. Por momentos se iba interpretando más y mejor el río de su alma y día a día se agigantaba su personalidad adquiriendo dimensiones de amplitud teológica que sobrepasaban los límites de una simple hagiografía. De este modo surgió una literatura josefina prestigiada con los nombres de Gersar, Holano, San Francisco de Sales, Bossuet, el cardenal Vives, Lépicier, Sauvé, Renard, Michel y tantos más que descubrieron en la vida del Patriarca facetas de una magnitud insospechada. Por su parte Faber, verdadero poeta en prosa, supo extraer, con profundidad y maestría, un exquisito panal de belleza escondido entre los pliegues de Belén, centro de la humildad más encantadora y humana.

En este concierto de voces jubilosas, la aportación de España tuvo una especial trascendencia. Los dominicos con San Vicente Ferrer, los franciscanos con fray Bernardino de Laredo, los jesuitas con los padres Suárez y Rivadeneyra, los sacerdotes seculares con el, Beato Juan de Avila ensalzaron las virtudes sobrenaturales del Santo en un alarde de confortadora agudeza. Y esto sin olvidar a los poetas, sin dar de lado el lirismo de Valdivielso, de Lope, de Antonio de Mendoza, de González Carvajal, ni el valor dramático de Guillén de Castro en su comedia ennoblecida con el título de El mejor esposo.

¿Cómo iban a callar quienes podían oír en la vida del santo artesano las notas estremecidas de un celeste poema? Todo se renovaba gradualmente en torno suyo. Fue, sin embargo, la espiritualidad carmelitana la que dio el toque definitivo, la que hizo triunfar, dentro y fuera de nuestras fronteras, la devoción al humilde Patriarca. Santa Teresa fue la moldeadora del prodigio. Ella tomó a San José por abogado, cantó sus excelencias, comenzó bajo su protección las Fundaciones y puso al cobijo de su nombre los primeros portalitos. Belén resplandecía. Los conventos teresianos aprendieron de su fundadora a confiar en el patrocinio del santo más bondadoso. ¡Está tan cerca de la fuente de la bondad! A partir de este instante los escritores carmelitas aquilataron hasta lo más fino su juicio y ganaron en penetración y en altura al analizar con moroso y amoroso detalle las prerrogativas del padre nutricio de Jesús. Díganlo, si no, las idílicas descripciones de fray José de Jesús María y el acabado estudio del padre Jerónimo Gracián, digno de conservarse como un precioso legado.

No podía detenerse en nuestros días este impulso ascensional. Una trayectoria tan fecunda en trabajos de primera línea necesitaba conservar indemne su juventud, su vigor teológico. Así ha sucedido. La bibliografía se ha visto incrementada con las obras del obispo de Oviedo Luis Pérez, del padre Bover y de otros especialistas hispánicos cuyas investigaciones han venido a enriquecer con valores nuevos y nuevos eslabones la cadena áurea de tratados aderezada con el broche singular de la Teología de San José escrita por el padre Llamera.

Pero no es esto todo. Aún podemos agregar, como síntoma esclarecedor de este grato clima, el ejemplo del fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, colocando sus instituciones a la sombra del Santo de Nazaret, y la aparición de la revista de Estudios Josefinos, mantenedora del fuego de un amor siempre en hoguera.

Con tales antecedentes no es extraño que el culto de San José haya llegado a alcanzar proporciones inusitadas. Lo pedía el clamor de las naciones. Pronto recogieron y encauzaron con sabia mano esta devoción los Romanos Pontífices, nombrando a San José Patrono de la Iglesia universal por el decreto Quemadmodum Deus de Pío IX, proclamándole abogado de los hogares cristianos en la jubilosa encíclica Quamquam pluries de León XIII y presentando al Patriarca como modelo de las familias pobres y trabajadoras en el "Motu proprio" Bonum sane de Benedicto XV. Fijémonos en que siglos antes Nueva España se había visto favorecida con una bula pontificia dirigida a premiar el buen espíritu de los vecinos del Yucatán y que, en 1679, Inocencio XI confirmaba sus letras apostólicas al patronazgo de San José sobre todos los dominios españoles. Esta España nuestra ha tenido la virtualidad de entronizar a San José en lo más entrañable de los hogares con el cariño de quien forma parte de la misma familia.

Una tradición tan amplia y persistente debía responder a un hondo fermento y afirmarse en sólidos motivos. No se explicaría de otro modo su universalidad. Algo bulle en San José que lo acerca a nosotros, que lo humaniza, que nos permite gustar como una golosina el sabroso regalo de los santos. Algo vive también en el fondo de su alma que lo eleva, que nos arrastra hasta regiones donde no llega el planear de las águilas. Dispongámonos a seguir el hilo de su vida en el tiempo y el ritmo de su alma allí donde calla el rumor de las cosas. Penetremos en el Sancta Sanctorum de una existencia tejida por entero con copos blancos. Preparémonos, en suma, a aprender con San José, en su silencio, un idioma ecuménico, idioma ultraceleste, formado por una palabra única, la Palabra, pronunciada junto a una cuna la noche inenarrable de Belén.

Las dos únicas fuentes inspiradas, canónicas, que nos dan a conocer con veracidad absoluta la persona y la vida del Santo Patriarca son los evangelios de San Mateo y de San Lucas. Dirigido el primero a convertir el alma de los judíos, y el segundo, discípulo de San Pablo, a atraer el corazón de los gentiles, ambos se presentan constelados por narraciones de insólita belleza. San Mateo parece que siente una llamada especial por los episodios dramáticos, movidos, a veces suntuosos. Es el evangelista de la congoja de San José, de los Magos cargados de ofrendas, de la huida a Egipto en medio de asechanzas. Pero en San Lucas encontramos la escena más esencial, la que puede calificarse como piedra clave del Evangelio de la Infancia, informado por testigos presenciales, habiendo oído probablemente de labios de la misma Madre de Jesús el relato conmovedor de los misterios de Dios hecho Niño, sólo en las páginas de San Lucas podemos saborear el celeste cuadro de la noche navideña. San Lucas es como el pintor de las pinceladas luminosas, líricas, musicales. Su evangelio de los días niños es una eclosión de cánticos, de himnos, de cromatismo translúcido. Nos alucina con la escena de la Anunciación, blanca como el ala de un ángel. Nos mece con la luz indefinible de la noche santa. Nos transporta con la himnodia del Magnificat, del Gloria in excelsis, del Nunc dimittis, del Benedictus. Nos lleva de la mano al templo los días de la Circuncisión, de la Purificación de Nuestra Señora, del Niño gozosamente encontrado. ¿Quién como él ha podido sorprender el silencio de aquella casita de Nazaret, recostada al pie de una colina? Alma de poeta y de artista, San Lucas ha inmortalizado las dos aldeas más familiares, la que sirvió de cuna al Rey de los Reyes y aquella otra en la que fue creciendo, como hombre, en gracia y en sabiduría delante de Dios. Al socaire de su relato, Belén y Nazaret adquieren una luminosidad ultraterrena. En el fondo de estas estampas evangélicas plenas de delicia, no falta nunca la noble presencia del Patriarca bienaventurado.

Veamos ahora lo que nos dice el acendrado poema de su vida. Nada conocemos de sus primeros días, de su infancia, de su adolescencia, de sus ensueños. Ignoramos hasta el lugar de su nacimiento. El mutismo de los sagrados textos es aquí total. Podemos, sin embargo, pensar que, aun oriundo de Belén la real, su cuna se meció en Nazaret, que tenía nombre y aroma de flor. Lo que sí sabemos con certeza, a través de la genealogía de Jesús, puntualizada por San Mateo y San Lucas, es la prosapia y el nombre de nuestro Santo. Procedía del linaje de David, como la Virgen, y, al igual que el patriarca del Antiguo Testamento, figura suya, se llamó José, nombre que anunciaba con acento misterioso un creciente brote de virtudes y de dones en el Niño que acababa de nacer.

Pasan después los años, muchos años, alrededor de cuarenta, sin referencia alguna, en la mayor oscuridad. Pero como el gusano en su capullo, la paloma preparaba ya sus alas. Llega, por fin, el día en que San José se incorpora a la historia y le vemos pasar cumpliendo su misión excelsa en camino o en reposo, en oración o en trabajo, siempre junto al Niño, siempre al lado de la Esposa, siempre humilde, callado siempre, dándonos una lección perenne de amable, de acogedora santidad.

Su vida se desenvuelve desde ahora en la verdeante Nazaret, entre canciones de aguas y olores de pinos, en una región de viñas y terebintos, al amparo de aquella pequeña aldea que, muy en su punto, se adornaba con un nombre tan fragante. Allí trabajaba el descendiente de reyes en su modesto oficio de carpintero. Allí se desposó con la flor más bella a quien rendían acatamiento todas las azucenas del mundo. Difícil sería enumerar los merecimientos de aquella virginal doncella. Más limpia que el rayo de luna, más blanca que la nieve incontaminada de las cumbres, María era un reino de dulzura, de humildad, de ensimismamiento. Los ángeles la servían y aprendían de ella mientras meditaba el misterio de la Encarnación, absorta al contemplar dentro de sí aquel Niño, futuro Enmanuel, anunciado por el arcángel.

San José se miraba en aquella mirada que tenía la insondable serenidad de un lago. Leía el libro de la perfección en aquellos ojos. Era feliz.

Fue entonces cuando experimentó la primera y no esperada congoja. Es que Dios prueba a sus amigos en fuego de tribulación hasta darles el mejor temple. Y a excepción de Nuestra Señora, ¿quién más preparado que José para gustar estos sabrosos sinsabores? El que iba a ser padre nutricio de un Niño después crucificado necesitaba probar de antemano el acíbar del Calvario. ¿Cómo analizar la magnitud de aquel sufrimiento? ¿Cómo medir la grandeza de esa aflicción? El Eterno sabe acendrar hasta el último cuadrante el alma de sus santos. Por el dolor se sube al amor. Por el fuego del infortunio se asciende a la llama clarificada de la visión divina. Sufría la Virgen. Sufría José. Pero ambos pusieron en Dios su confianza, la delicadeza y el silencio fue la norma de su conducta y no tardó en llegar la hora del íntimo gozo, la hora del blanco mensaje. Un ángel trajo el anuncio: "No temas recibir a María... porque lo que en ella ha nacido viene del Espíritu Santo". La faz de San José se iluminó con arrobo, su alma se llenó de gratitudes.

A partir de este momento la vida de San José adquiere rasgos cada vez más definidos y se afirma y se pule con una espiritualidad que tiene el hontanar en el fondo de su alma. Una triple misión se le asigna: la de ser imagen del Padre, custodio de la Sagrada Familia y artesano diligente en su taller. ¡Y con qué decisión lo cumple entre gozos y congojas que le perfeccionan! Leer las jornadas de su peregrinación es como abrir un libro sabio en enseñanzas. Sufre el dolor humilde del pesebre, la aflicción de la sangre vertida, la amargura de la profecía, los temores de la huida, las tribulaciones del Niño no encontrado en tres días. Y en otro aspecto, ¿quién podrá medir la altura y la profundidad de sus gozos? Alegría celeste, mensajes angélicos, voces y cánticos de pastores, presencia del Niño, candor de la Madre y amor divino fueron su acompañamiento glorioso. junto al olor, la felicidad de una mirada con destellos de la eterna hermosura. Así se forjan las grandes almas. Para ganar el premio es preciso merecerlo. Y San José se llenó de merecimientos. En su vida se equilibraron la acción y la contemplación. Parco en palabras, fue largo en obras. Le contemplamos en tensión de camino, en tensión de trabajo. Cuando Augusto César dispone el empadronamiento, camina. Cuando Herodes busca a Jesús para matarle, camina. Cuando el ángel le anuncia que retorne, camina. Cuando el Niño se queda en el templo, camina también. Una decisión, un vigor inquebrantable nimba su vida. Siempre alerta en Belén, en Egipto, en la apacible Nazaret, vive cumpliendo su misión de padre adoptivo. ¡Cuántas veces en el silencio de las noches, a la sombra de las palmeras o en las montañas de la verde Galilea, le animaría una voz inefable que le hablaba desde la excelsitud de su reino

¿Y qué decir de la fatiga amarillenta del desierto? Mientras avanzaba entre arenales, con peligro de fieras y de bandidos, huyendo de los lazos de una persecución cruenta, nuevos méritos de incalculable trascendencia se engarzaban en la corona del heroico Patriarca. El desierto que le circundaba tenía su réplica en el desierto interior de los temores de su alma atenta a defender de enemigos la dulce familia que caminaba bajo su tutela. Se ha dicho que no pueden entrar fácilmente en el cielo los que no caminan por este desierto. Muy cerca de la patria eterna debía de sentirse entonces San José. El desierto era la desolación y la congoja. Pero también el impulso y el gozo de la misión bien llevada. En medio de las arenas, a su lado, caminaban dos tesoros. El Santo se veía como rey de una creación nueva. Ante esta contemplación el desierto se le transformaba en un paraíso y los rumores temibles de la noche se le convertían en gorjeos. ¡Qué prodigiosamente sabe Dios llenar de bienaventuranzas las almas que suben por la tribulación hasta los umbrales de su trono!

La leyenda vino a añadir nuevas tintas al cuadro. La imaginación popular, los apócrifos, la devoción de todos los siglos no se limitó a seguir la sencillez de las escenas evangélicas, antes al contrario, acumuló efectos sorprendentes cuyo contenido no hemos de puntualizar. Baste decir que allí donde la Sagrada Familia pasa, el perfume de la leyenda deja su rastro. El naranjo, la palmera, el trigo, el salteador, se humanizan, guardan al Niño, lo defienden en presencia de San José. Los pájaros se enternecen. El agua recibe una virtud nueva. Es el tributo de las criaturas, que quieren, a su modo, agradecer. Al fin y al cabo las más bellas leyendas nacen del amor.

Llegan los últimos años. La vida de San José se desliza en Nazaret con la levedad de una poesía a lo divino, callada, oculta, sin rumores exteriores. Le vimos aparecer en el silencio. Le veremos marcharse en el silencio. ¿Cuándo? Debió de morir antes que Jesús comenzara su predicación, quizá a la edad de setenta años. No vuelve a sonar su nombre ni en Caná, ni en Siquem ni en Cafarnaúm. Tampoco en el Calvario. Probablemente el Hijo quiso llevarse antes de esas horas a su anciano Padre adoptivo, para evitarle el último dolor. Su misión era la de acompañar, sustentar, defender a la Sagrada Familia en los años niños y formativos y la llenó de manera inigualada. Cumplida su obra, sólo le quedaba morir. Morir para nacer. Morir para recibir cuanto antes la palma del triunfo eterno; para inundar de luz sus ojos con la visión beatífica, para anegarse en la divina Sabiduría cuyos celajes había columbrado en la mirada del Niño. ¿Resucitó, como admiten Suárez y San Francisco de Sales, el mismo día que el Salvador? ¿Subió al cielo en cuerpo y alma? Es posible. Pero lo cierto es que, guiado por la sonrisa del Hijo, por la misericordia de la Madre, nos mira, nos alienta, nos guarda como un ángel y nos prepara el gran día en que nuestra alma sabrá definitivamente lo que es nacer.

¡Qué sobreabundancia de caridad, de primores, de cuidado puso Dios al moldear el alma de San José, al crear su cuerpo, al formar aquellas manos de artesano que le iban a sustentar, aquellos brazos que se extremarían en delicadezas al dormirle, aquel entendimiento arrebatado por la consideración de los misterios divinos, aquel corazón que se adelgazaba como una llama en el amor del Niño más hermoso! Dios rodeó con sus misericordias el espíritu y la vida de José. Cuando labraba su alma, cuando tallaba su cuerpo, cuando infundía la luz en la mirada de su nueva criatura, la misericordia velaba allí. Cuando preveía ab aeterno las virtudes del futuro Santo, la misericordia extremaba su obra. Y cuando lo soñaba para esposo de María, para padre adoptivo de su propio Hijo, para guardián de la Sagrada Familia, la misericordia envolvía en luminosidad esta creación portentosa. Era una luz que reflejaba los esplendores de la luz eterna. El Señor le concedió particulares privilegios que bastarían para llenar de admiración el cielo y la tierra. ¿Cómo no acercarnos a él? Como escribe bellamente fray Bernardino de Laredo, las armas de su genealogía son el Niño y la Virgen. Jamás un blasón semejante se había dado ni se podía dar en el mundo.

El Santo Patriarca tiene la gracia de la flor que sabe entregarnos con caridad su aroma. A su lado florece la bondad, arraiga la dulzura, fructifica el sosiego. No es el santo de una época ni de un siglo. Es el Patriarca de todos los milenios, de ayer y de mañana, de hoy y de siembre. Pasa enseñando el valor de la vida remansada. Nos invita a contemplar la belleza de los seres humildes. A su lado nos sentiremos más niños y oiremos de nuevo dentro de nosotros la callada resonancia de un lenguaje aprendido la noche de Belén.

LUÍS MORALES OLIVERelgazaba como una llama en el amor del Niño más hermoso! Dios rodeó con sus misericordias el espíritu y la vida de José. Cuando labraba su alma, cuando tallaba su cuerpo, cuando infundía la luz en la mirada de su nueva criatura, la misericordia velaba allí. Cuando preveía ab aeterno las virtudes del futuro Santo, la misericordia extremaba su obra. Y cuando lo soñaba para esposo de María, para padre adoptivo de su propio Hijo, para guardián de la Sagrada Familia, la misericordia envolvía en luminosidad esta creación portentosa. Era una luz que reflejaba los esplendores de la luz eterna. El Señor le concedió particulares privilegios que bastarían para llenar de admiración el cielo y la tierra. ¿Cómo no acercarnos a él? Como escribe bellamente fray Bernardino de Laredo, las armas de su genealogía son el Niño y la Virgen. Jamás un blasón semejante se había dado ni se podía dar en el mundo.

El Santo Patriarca tiene la gracia de la flor que sabe entregarnos con caridad su aroma. A su lado florece la bondad, arraiga la dulzura, fructifica el sosiego. No es el santo de una época ni de un siglo. Es el Patriarca de todos los milenios, de ayer y de mañana, de hoy y de siembre. Pasa enseñando el valor de la vida remansada. Nos invita a contemplar la belleza de los seres humildes. A su lado nos sentiremos más niños y oiremos de nuevo dentro de nosotros la callada resonancia de un lenguaje aprendido la noche de Belén.

LUÍS MORALES OLIVER