22 oct 2013

Beato Juan Pablo II, 22 de Octubre



Beato Juan Pablo II
Octubre 22

Karol Józef Wojtyla, conocido como Juan Pablo II desde su elección al papado en octubre de 1978, nació en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kms. de Cracovia (Polonia), el 18 de mayo de 1920. Era el segundo de los dos hijos de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska. Su madre falleció en 1929. Su hermano mayor Edmund (médico) murió en 1932 y su padre (suboficial del ejército) en 1941. 
A los 9 años hizo la Primera Comunión, y a los 18 recibió la Confirmación. Terminados los estudios de enseñanza media en la escuela Marcin Wadowita de Wadowice, se matriculó en 1938 en la Universidad Jagellónica de Cracovia y en una escuela de teatro.

Cuando las fuerzas de ocupación nazi cerraron la Universidad, en 1939, el joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química (Solvay), para ganarse la vida y evitar la deportación a Alemania.

A partir de 1942, al sentir la vocación al sacerdocio, siguió las clases de formación del seminario clandestino de Cracovia, dirigido por el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del "Teatro Rapsódico", también clandestino.

Tras la segunda guerra mundial, continuó sus estudios en el seminario mayor de Cracovia, nuevamente abierto, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal en Cracovia el 1 de noviembre de 1946.

Seguidamente, fue enviado por el Cardenal Sapieha a Roma, donde, bajo la dirección del dominico francés Garrigou-Lagrange, se doctoró en1948 en teología, con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de San Juan de la Cruz. En aquel período aprovechó sus vacaciones para ejercer el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda.

En 1948 volvió a Polonia, y fue vicario en diversas parroquias de Cracovia y capellán de los universitarios hasta 1951, cuando reanudó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó en la Universidad Católica de Lublin una tesis titulada "Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler". Después pasó a ser profesor de Teología Moral y Etica Social en el seminario mayor de Cracovia y en la facultad de Teología de Lublin.

El 4 de julio de 1958 fue nombrado por Pío XII Obispo Auxiliar de Cracovia. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958 en la catedral del Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak.

El 13 de enero de 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, quien le hizo cardenal el 26 de junio de 1967.

Además de participar en el Concilio Vaticano II (1962-65), con una contribución importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes, el Cardenal Wojtyla tomó parte en todas las asambleas del Sínodo de los Obispos.

Desde el comienzo de su pontificado, el 16 de octubre de 1978, el Papa Juan Pablo II realizó 104 viajes pastorales fuera de Italia, y 146 por el interior de este país. Además, como Obispo de Roma ha visitado 317 de las 333 parroquias romanas.

El 13 de Mayo de 1.981, Juan Pablo II sufrió un atentado. El turco Alí Agça le disparó en la propia Plaza de San Pedro. Sin embargo, pudo sobrevivir y recuperarse tras pasar un tiempo en el hospital. El proyectil con el que resultó herido, fue engarzado en la corona de la imagen de Ntra. Sra. de Fátima, que preside el Santuario de Cova de Iría. El propio Papa entregó la bala a Mons. Alberto Cosme, obispo de Leiría.

Entre sus documentos principales se incluyen: 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. El Papa también ha publicado cinco libros: "Cruzando el umbral de la esperanza" (octubre de 1994); "Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal" (noviembre de 1996); "Tríptico romano - Meditaciones", libro de poesías (Marzo de 2003); “¡Levantaos! ¡Vamos!” (mayo de 2004) y “Memoria y identidad” (2005).

Juan Pablo II ha presidido 147 ceremonias de beatificación -en las que ha proclamado 1338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Ha celebrado 9 consistorios, durante los cuales ha creado 231 (+ 1 in pectore) Cardenales. También ha presidido 6 asambleas plenarias del Colegio Cardenalicio.

Desde 1978 hasta 2005, el Santo Padre ha presidido 15 Asambleas del Sínodo de los Obispos: 6 ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990, 1994, 2001), 1 general extraordinaria (1985), y 8 especiales (1980, 1991, 1994, 1995, 1997, 1998 [2] y 1999).

Ningún otro Papa se ha encontrado con tantas personas como Juan Pablo II: en cifras, más de 17.600.100 peregrinos han participado en las más de 1160 Audiencias Generales que se celebran los miércoles. Ese número no incluye las otras audiencias especiales y las ceremonias religiosas [más de 8 millones de peregrinos durante el Gran Jubileo del año 2000] y los millones de fieles que el Papa ha encontrado durante las visitas pastorales efectuadas en Italia y en el resto del mundo. Hay que recordar también las numerosas personalidades de gobierno con las que se ha entrevistado durante las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con jefes de Estado y 246 audiencias y encuentros con Primeros Ministros.

El 2 de Abril de 2.005, a las 21:37 h., falleció en la Ciudad del Vaticano. mientras concluía el sábado, y ya habíamos entrado en la octava de Pascua y domingo de la Misericordia Divina. Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje a Juan Pablo II, haciendo incluso 24 horas de cola para poder acceder a la basílica de San Pedro.

El 28 de abril de 2005, el Santo Padre Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años de espera tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II. La causa la abrió oficialmente el cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005.

Juan Pablo II fue beatificado por Benedicto XVI en Roma el 1 de Mayo de 2011. 

21 oct 2013

Un bordado hecho con sangre



Catequistas y Evangelizadores
Un bordado hecho con sangre

En los mártires tenemos un gran bien, un gran testimonio, una gran luz y una gran fuente de esperanza. 
Autor: Dr. José María Montiu de Nuix, Sacerdote | Fuente: Catholic.net

Para lograr una comprensión razonable de los primeros decenios del siglo XXI es necesario ser capaz de entender cómo se desarrolló lo que fue su génesis, el siglo XX. Pero, el siglo XX fue el siglo de los mártires. Esta denominación acuñada por el beato Santo Padre Juan Pablo II nos revela que éste fue el siglo martirial por excelencia. Serán cientos de miles los mártires de dicho siglo. Posiblemente llegaron a ser unos cuantos millones. Según el parecer del conocido sacerdote Miguel Sánchez Torrejón éstos podrían llegar a ser veintisiete millones. Esto sería decir que fueron dos tercios de los mártires cristianos de todos los tiempos, pues estos fueron cifrados en unos cuarenta millones por la Comisión que constituyó el Santo Padre Juan Pablo II para el gran jubileo del año 2000. En todo caso, la sangre de los mártires ha logrado inundar el universo. 

Es evidente que la existencia durante el siglo XX de un océano de sangre martirial es un hecho de gran importancia. Los mártires son importantes porque con su amor, amando incluso a aquellos que les son más contrarios, han dado un testimonio cristiano en el que lo han dado todo por Dios. Recordaba el Concilio Vaticano II: "(...) nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por Él y por sus hermanos (...). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor.". S. S. Pablo VI recordó que el hombre de hoy está más dispuesto a escuchar a los testigos que a los maestros. Pero, está claro que los mártires son testigos especialmente privilegiados. S. S. Juan Pablo II recordó que ante el fenómeno del relativismo el testimonio de los mártires resulta especialmente significativo, pues los mismos han dado su vida para no quebrar la norma moral absolutamente inquebrantable. S. S. Benedicto XVI recordó a las Academias Pontificias la gran importancia y la gran actualidad que revisten los mártires para el hombre de hoy: "A este propósito, hoy es más necesario que nunca volver a proponer el ejemplo de los mártires cristianos, tanto de la antigüedad como de nuestro tiempo, en cuya vida y en cuyo testimonio, llevado hasta el derramamiento de la sangre, se manifiesta de modo supremo el amor de Dios". Además, si el mar de sangre de los mártires fue más potente que la montaña de lanzas del Imperio Romano, dispuestas "in odium fidei" durante los primeros siglos del cristianismo, ¡cuántos bienes llegarán a través de tantos mártires actuales! También por este motivo resulta muy importante la macrobeatificación de mártires que tendrá lugar durante el año 2013 en Tarragona (España). 

El testimonio de los mártires resulta impactante y fácilmente perceptible. Más aún, incluso la elección de la simple posibilidad de poder padecer martirio puede producir una gran impresión. Esto puede confirmarse con el siguiente episodio de la vida de la dominica santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia: "Mientras ella rezaba en el huerto como Cristo, llegaron en tropel los secuaces (...) con espadas y bastones, gritando: ¿Dónde está esa mujer infame? Al oír aquellos gritos, la virgen, como si la hubieran convidado a un festín de bodas, se preparó para el martirio, que desde hacía tanto tiempo deseaba, y salió al encuentro de uno de ellos que tenía la espada desenvainada y gritaba más que los otros. Sonriendo se echó de rodillas a sus pies y le dijo: Yo soy Catalina. ¡Haz conmigo lo que permita el Señor! ¡Pero de parte del Omnipotente te ordeno que no toques a ninguno de los que están conmigo! Entonces aquel malvado se quedó consternado y se echó a temblar; no encontró fuerzas para herir y comenzó a sentir vergüenza de estar ante ella. Aunque había salido con ansia feroz a buscarla, cuando la tuvo delante quería alejarla de sí y le gritaba: ¡Aléjate de mí!(...)".

La grandeza de los mártires lleva a recoger piadosamente su sangre. Es decir, a recoger su recuerdo, a no olvidarlos. Su sangre brilla como rubíes resplandecientes enlazados mediante el hilo de oro del amor a Dios y a los hermanos. Su recuerdo resulta pues un elemento de importante cohesión social y, también, una muestra de que lo que parecía imposible es posible, que la debilidad de la condición humana puede conseguir metas impensables. En el mártir es Cristo quién vence. En el mártir se produce como un milagro. En el mártir gana Dios. En el mártir triunfa Él que más ha hecho por el bien de la humanidad, ¡Cristo! 

Así pues, desde el trasfondo del siglo XX, ¿qué podemos decir del siglo XXI? El siglo XXI aparece como una tierra que flota y navega en un mar de sangre martirial que, a su vez, le enseña a levantar un canto de amor hacia el Amado, Cristo Jesús, aurora hermosa que se dibuja en el horizonte. ¡Hay lugar para la esperanza!

Mn. Josep Mª Montiu de Nuix, doctor en filosofía, postulador

Santo Evangelio 21 de Octubre de 2013



Día litúrgico: Lunes XXIX del tiempo Ordinario

Texto del Evangelio (Lc 12,13-21): En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».


Comentario: Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet (Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
La vida de uno no está asegurada por sus bienes

Hoy, el Evangelio, si no nos tapamos los oídos y no cerramos los ojos, causará en nosotros una gran conmoción por su claridad: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,15). ¿Qué es lo que asegura la vida del hombre?

Sabemos muy bien en qué está asegurada la vida de Jesús, porque Él mismo nos lo ha dicho: «El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha dado al Hijo ese mismo poder» (Jn 5,26). Sabemos que la vida de Jesús no solamente procede del Padre, sino que consiste en hacer su voluntad, ya que éste es su alimento, y la voluntad del Padre equivale a realizar su gran obra de salvación entre los hombres, dando la vida por sus amigos, signo del más excelso amor. La vida de Jesús es, pues, una vida recibida totalmente del Padre y entregada totalmente al mismo Padre y, por amor al Padre, a los hombres. La vida humana, ¿podrá ser entonces suficiente en sí misma? ¿Podrá negarse que nuestra vida es un don, que la hemos recibido y que, solamente por eso, ya debemos dar gracias? «Que nadie crea que es dueño de su propia vida» (San Jerónimo).

Siguiendo esta lógica, sólo falta preguntarnos: ¿Qué sentido puede tener nuestra vida si se encierra en sí misma, si halla su agrado al decirse: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19)? Si la vida de Jesús es un don recibido y entregado siempre en el amor, nuestra vida —que no podemos negar haber recibido— debe convertirse, siguiendo a la de Jesús, en una donación total a Dios y a los hermanos, porque «quien vive preocupado por su vida, la perderá» (Jn 12,25).

Santa Úrsula, 21 de Octubre,



Santa Úrsula, y sus Compañeras, Vírgenes y Mártires
Octubre 21

Martirologio Romano: En la ciudad de Colonia, en Germania, conmemoración de las santas vírgenes que entregaron su vida por Cristo, en el lugar de la ciudad donde después se levantó una basílica dedicada a santa Úrsula, virgen inocente, considerada como la principal del grupo (c. s. IV).

En el siglo IX se descubrió en Colonia, Alemania, en una iglesia del siglo VI, un epígrafe enrollado que comienza así:" Martirio de Ursula y 11.000 vírgenes".

Es un documento que engloba el martirio de estas vírgenes en el lugar sobre el que se construyó una preciosa iglesia.

En la “Pasión” teatral inventada para narrar su historia, se puede ver que ellas provenían de Inglaterra con Ursula, hija del rey, escapando de los sajones paganos que estaban invadiendo el país.

Cuando su barco llegó a Colonia, Atila el terrible estaba por entonces allí con los Hunos.

Atila, duro, fuerte, de mal carácter y muy pasional quiso casarse con la bella joven Ursula. Las otras se las entregaría a sus soldados para que las violaran o hicieran lo que quisieran con ellas.

Pero el fanfarrón no esperaba la respuesta de estas chicas. Cuando se les acercó y les hizo sus proposiciones, éstas respondieron todas al unísono con la negativa más rotunda que se puede imaginar.

Enfurecido Atila, las mandó matar de la manera más dura posible.

Durante toda la Edad Media corría de pueblo en pueblo un romance en el que se contaba la historia de estas mártires. Tuvo un éxito increíble.

El Instituto de Angela de Mérici, ursulinas, la tomó como patrona de sus obras de apostolado.
Gracias a un cementerio descubierto en Colonia, se pudieron ver los restos de estas valientes chicas que prefirieron la muerte antes que ofender al Señor. Sus reliquias abundan en muchos templos.

El culto a santa Ursula y a sus compañeras se extendió muy pronto, y se levantaron muchas iglesia en su honor.

En el siglo XIII la Sorbona la adoptó como patrona y lo mismo ocurrió en las universidades de Coimbra y de Viena.

San Hilarión, Abad, 21 de Octubre


21 de octubre

SAN HlLARION
(+ 371)


La primera edad de la Iglesia fue la de las persecuciones que se desataron contra ella, suscitadas principalmente por el Imperio romano durante tres siglos. A ésa sucedió una era de paz iniciada por el emperador Constantino, que en el año 313 declaró lícito el culto cristiano y él mismo se convirtió al cristianismo. Si en la primera floreció principalmente la fe heroica de los mártires, que ornaron a la Iglesia con la púrpura de su sangre, en la segunda viéronse pulular ejemplos de virtudes solidas y perfectas, como frutos propios del árbol de la Iglesia.

El día 21 de octubre celebra ésta la fiesta de San Hilarión, abad, nacido en Tabatha, cerca de la ciudad de Gaza, en Palestina, Su vida es admirable por resplandecer en ella la supremacía del espíritu y la fidelidad en seguir los movimientos de la gracia, que ora le lleva al desierto, viviendo largos años en la contemplación y desasimiento de todo lo que halaga a la carne y a las pasiones, ora le hace dedicarse a hacer el bien a aquellos que, subyugados por su ejemplo, le piden que les deje imitar su vida bajo su dirección, y a socorrer milagrosamente con actos de caridad espiritual y corporal a las gentes afligidas que acuden a él implorando su socorro.

La fecha de su nacimiento no consta abiertamente, pero podemos deducirla por el aserto de San Jerónimo, de que a la muerte de San Antonio (en el año 356), tenía Hilarión sesenta y cinco años de edad.

Llamó poderosamente la atención, en todos los países por donde discurrió, por sus grandes virtudes de abstinencia, recogimiento, oración, humildad, caridad y estupendos milagros, y liberación de espíritus impuros.

Algunos han negado su historicidad, creyéndolo un engendro de la imaginación de los primeros siglos cristianos; pero eso es insostenible ante el testimonio concorde de los escritores más autorizados. San Jerónimo, sobre todo, en su Vita Patrum (Migne, PL 3,29,54 ); San Atanasio, San Epifanio, Sozomeno (que dice que él mismo estaba emparentado con Hilarión), Surio, Metafrastes, Lipomano, Hesiquio (discípulo e íntimo de Hilarión), cuyas citas pueden verse en Acta Sanctorum, oct., t.9 pp. 37ss, compiladas por el padre Víctor van Bruck, S. I., el cual reproduce la Vita S. Hilarionis, de San Jerónimo, tomada de varios códices de Bruselas. Y últimamente el profesor Juan Pedro Kirsch, catedrático de Arqueología de la Universidad de Friburgo, da cuenta de un ejemplar descubierto por Papadopoulos-Kerameus, de una vida de San Hilarión, escrita en griego (The Catholic Encyclopedia [Nueva York 1920], t.7 pp.347,348).

Aunque era palestinense, no era judío, pues los israelitas tenían sus confines muy delimitados. Era, pues, la suya una familia pagana, de posición acomodada. Según lo describe San Jerónimo, cuando salió de su casa para ir a cursar los estudios a Alejandría, emporio entonces del saber humano, era un jovencito de quince años, rubio, de complexión delicada, pero dotado de un alma noble, una voluntad ferrea y hambriento de la verdad, cualidades todas que se adaptaban a maravilla para recibir la fe cristiana, la cual, de hecho, recibió en Alejandría. No tenemos pormenores de su conversión; podemos suponer que entre sus condiscípulos los había cristianos, que no serían los peores en su conducta ni los menos distinguidos por su aplicación y aprovechamiento en aquella sede fundada por San Marcos, ilustre por el martirio de Santa Catalina y cuna del gran doctor de la Iglesia San Atanasio.

Características de los grandes santos es el conformar su vida con su fe, yendo hasta las últimas consecuencias mientras que el vulgo se contenta con una medianía, no negando la fe y, en lo moral, cayendo y levantándose, gracias a la segunda tabla de salvación después del bautismo, el sacramento de la penitencia.

Hilarión oyó hablar de aquel anacoreta que en el desierto de Egipto llevaba una vida de ángel sobre la tierra, que lo había renunciado todo por imitar más de cerca a Cristo, y no por curiosidad, sino con sincero deseo de aprovecharse, se fue en busca del abad Antonio y lo halló en la Arcadia, extenso territorio desierto en el delta del Nilo. Dice San Jerónimo que, cuando San Antonio vió a San Hilarión, le dirigió este saludo: Bene venisti, Lucifer, qui mane oriris ("Bienvenido, Lucifer, que te levantas al amanacer" ), que es la frase quc en el profeta Isaías se refiere al ángel caído y que San Antonio la aplica en sentido contrario a Hilarión,

"Dos meses—dice el padre Van Bruck—permaneció con el santo anacoreta, para observar sus costumbres, guardar en su corazón sus palabras y conformar después su vida con aquélla."

Cuando a los visintiséis años volvió al hogar paterno se encontró con dos acontecimientos: habían muerto sus padres y quedaba constituido dueño de una pingüe herencia, Lo primero, claro está, le causó dolor; pero, en cuanto al propósito que llevaba en su corazón, le libraba de los lazos que pudieran impedírselo. Cuanto a lo segundo, al contrario, de suyo, era algo que podía aprisionarlo por el amor a las riquezas y a las comodidades. Pero tenía presente el ejemplo de San Antonio, que, joven como él, habia seguido el consejo divino: "Ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y ven y siqueme" (Mt. 10,21), y así lo realizó. Se estableció en el desierto de Majuma, cerca de Gaza, y allí observó un género de vida similar al de San Antonio. Vestía una camisa de pelo de camello; una túnica exterior tejida de lo mismo y una cogulla.

Es la de la abstinencia la virtud de que le convierte en uno de los más notables santos de la Iglesia, no porque no lo sea también en otras virtudes, ni porque sea esa virtud la que sobresalga entre las demás, sino porque él se señaló como nadie en dicha virtud.

He aquí cómo la puntualiza el padre Van Bruck, tomándolo de San Jerónimo: de los veintiuno a los veintitrés años tomó un plato de lentejas al día, de los veintitrés a los veinticinco, sólo pan con sal; de los veintisiete a los treinta inclusive se alimentó de hierbas; de los treinta y uno a los treinta y cinco tomó al día seis onzas de pan; de los treinta y seis a los sesenta y tres años añadió aceite a su alimento, y de los sesenta y cuatro a los ochenta se abstuvo del pan. Esto constituye ya un verdadero milagro, pues no lo pueden realizar las solas fuerzas naturales, emprendiendo, como emprendió, Iargas jornadas y conservando su claro juicio, por lo cual fue apreciado por gente conspicua como San Epifanio, obispo de Salamina (Chipre); Dracontius, obispo de Hermópolis; Philor, obispo cirenense, y Siderio, obispo de Palebiscenum. Además evangelizó el país de los nabateos, dejando muy bien dispuesto a su jefe Elusates para su ingreso en la Iglesia.

A un hombre que así castigaba su carne para rendirla al espíritu no es de admirar que Cristo le diese poder sobre los demonios y sobre la naturaleza, como en el milagro de las cuadrigas de las ciudades de Gaza y Majuma, donde haciendo rociar con un vaso de agua los carros, caballos y auriga de los de Majuma, hizo que vencieran en velocidad a aquellos. Ese poder estupendo fue lo que, no queriendo admitir escritores positivistas, optaron por negar su historicidad.

El deseo de huir del aura popular que lo admiraba, así por su virtud como por sus milagros en curar las dolencias del cuerpo y las posesiones del demonio, le hacía ansiar la soledad, y, finalmente, la amenaza de Juliano el Apóstata, que había ya destruido su monasterio de Majuma el año 362, le obligó a embarcarse en el puerto de Alejandría en la primera nave que partiera y que fue con rumbo a Sicilia. Sus milagros le delataban siempre, y así hubo de salir de Sicilia, desde donde pasó a la Dalmacia, estableciéndose en Epidaurum, con Hesiquio: allí le hizo célebre un gran milagro destruyendo por el fuego un dragón que hacia allí gran estrago. Deseoso de vivir desconocido, partió para Chipre juntamente con Hesiquio, al que envió a Palestina para visitar a los hermanos y ver las cenizas de su antiguo monasterio. Establecióse en un lugar fragoso llamado Bucolia, donde no había cristianos, sino gente feroz, pero los amansó su virtud y la curación de uno de sus jefes. Cinco años permaneció en aquella soledad, al cabo de los cuales, sintiéndose morir a sus ochenta años, dejó escrito brevemente a Hesiquio que le dejaba su Evangelio, su túnica, su cogulla y un pequeño manto. Corrió la voz de que moría el Santo y acudieron a él algunos cristianos de Pafos, que pudieron oírle: "Sal, sal, alma mia ¿Por qué temes? ¿Ya cerca de setenta años que sirves a Cristo y temes?" Y con esto expiró. Llegó la noticia a Hesiquio en Palestina, que partió al punto para Chipre, personándose en el lugar de la sepultura y, simulando querer vivir allí, trasladó ocultamente las reliquias del Santo, que con avidez fueron recibidas en Chipre, en Palestina y en toda el Asia Menor.

JOSÉ MÚNERA, S. I

20 oct 2013

Santo Evangelio 20 de Octubre de 2013



Día litúrgico: Domingo XXIX (C) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 18,1-8): En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’».

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».



Comentario: Rev. D. Pere CALMELL i Turet (Barcelona, España)
Es preciso orar siempre sin desfallecer

Hoy, Jesús nos recuerda que «es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). Enseña con sus obras y con las palabras. San Lucas se nos presenta como el evangelista de la oración de Jesús. Efectivamente, en algunas de las escenas de la vida del Señor, que los autores inspirados de la Escritura Santa nos transmiten, es únicamente Lucas quien nos lo muestra rezando.

En el Bautismo en el Jordán, en la elección de los Doce y en la Transfiguración. Cuando un discípulo le pidió «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1), de sus labios salió el Padrenuestro. Cuando anuncia las negaciones a Pedro: «Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca» (Lc 22,32). En la crucifixión: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Cuando muere en la Cruz: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu», del Salmo 31. El Señor mismo es modelo de la oración de petición, especialmente en Getsemaní, según la descripción de todos los evangelistas.

—Puedo ir concretando cómo elevaré el corazón a Dios en las distintas actividades, porque no es lo mismo hacer un trabajo intelectual que manual; estar en la iglesia que en el campo de deportes o en casa; conducir por la ciudad que por la autopista; no es lo mismo la oración de petición que el agradecimiento; o la adoración que pedir perdón; de buena mañana que cuando llevamos todo el cansancio del día. San Josemaría Escrivá nos da una receta para la oración de petición: «Más consigue aquel que importuna más de cerca... Por tanto, acércate a Dios: esfuérzate por ser santo».

Santa María es modelo de oración, también de petición. En Caná de Galilea es capaz de avanzar la hora de Jesús, la hora de los milagros, con su petición, llena de amor por aquellos esposos y llena de confianza en su Hijo.

Beato Contardo Ferrini, 20 de Octubre


20 de octubre

BEATO CONTARDO FERRINI
(+1902)

Nos lo ha descrito el papa Pío XI: "Era de estatura media, llena de solidez, de armonía, de elegancia de líneas; el paso rápido, pero firme; paso de un caminante que tiene costumbre y sabe adónde va; la pluma, siempre presta y llena de sabiduría; la palabra, cuidada y persuasiva; en su rostro, un aire de simpatía siempre igual, y que jamás le abandonó hasta la misma víspera de su muerte; pero ante todo, sobre ese rostro brillaba un resplandor de pureza y de amable juventud. Su mirada tenía toda la dulzura de la bondad, excelente corazón; sus ojos, su amplia frente, llevaban consigo el reflejo de una inteligencia verdaderamente soberana". Los retratos que de él conservamos añaden a esta descripción hecha por el Papa una barba densa, un bigote bien poblado y un pelo corto y fuerte.

Como Federico Ozanam, iba a morir muy joven. Si Federico muere a los cuarenta años, Ferrini muere a los cuarenta y tres. Sin embargo, su corta vida resulta maravillosamente densa.

Para explicarnos todo su valor es necesario hacernos cargo primero del ambiente de tensión religiosa y de fermentación intelectual que atravesaba Italia en la segunda mitad del siglo XIX. Planteada la unidad italiana, puesto en difícil conflicto el católico, que de una parte debía desear la unificación de su patria, y de otra, el triunfo de la Santa Sede; abiertas las inteligencias y los corazones a las corrientes ideológicas más avanzadas, una vida católica normal, no digamos revestida de heroica santidad como la de Contardo, resultaba extraordinariamente difícil. Y mucho más cuando tenía que desarrollarse en el cargadísimo ambiente de las universidades.

Y, sin embargo, Contardo, de naturaleza tímida, de carácter retraído, va a pasar largos años de profesorado universitario viviendo con tal intensidad su catolicismo que llegamos a verle en los altares. Es verdad que había nacido en una familia cristianísima el 4 de abril de 1859, un año exactamente después del casamiento de sus padres Rinaldo Perrini y Luigia Buccellati. Pero la educación allí recibida pudo muy bien malograrse. Al menos ocasiones no faltaron. Contardo resultó desde el primer momento un superdotado, alumno de memoria prodigiosa, hábil versificador, inteligencia agudisima para captar las cosas más abstractas. Cuando aún estaba haciendo la enseñanza media se presentó un buen día a monseñor Ceriani, prefecto de la célebre biblioteca Ambrosiana, para pedirle lecciones de hebreo. Aprendido el hebreo, comenzó con el siríaco. Y después continuó con el sánscrito y el copto. Esta preparación llevaba cuando a los diecisiete años acudía a la Universidad de Pavía, en 1876, para emprender la carrera de Derecho.

Le esperaban duras pruebas. El ambiente del colegio Borromeo, en el que se iba a hospedar, era un ambiente difícil. Sus compañeros vivían continuamente, entre conversaciones impuras, a las que él tenía horror. Contardo prefería quedarse solo, en su celda helada, antes que bajar a las salas de estudio a compartir la conversación con sus compañeros. El invierno es frío y húmedo en Pavía, y parece que lo fue de una manera especial en aquella ocasión. Pero la delicadísima virtud de Contardo, que en muchas ocasiones llegó hasta el escrúpulo, prefería pasar por todo antes que poner en peligro su pureza o su fe. En el verano de 1881, previo el consejo de su director espiritual, hizo voto de castidad. Muchísimas veces durante su vida se le ofrecerían partidos brillantes y espléndidas ocasiones de casarse. Pero él murió soltero y fiel al voto hecho entonces.

Su carrera científica fue impresionante. Desde el primer momento prefirió no los estudios fáciles y brillantes, sino los difíciles y pesados. Por influencia de su tío, el abate Buccellati, que enseñaba Derecho penal, tuvo esta ciencia sus preferencias. Su tesis doctoral, defendida brillantemente en junio de 1870, versó sobre la importancia de Homero y Hesiodo en la historia del Derecho penal. Le concedieron una beca, con la que pudo proseguir sus estudios en Berlin. El papa Pío XII destacó, en el discurso pronunciado con motivo de su beatificación, lo que para Contardo supuso el contacto con los grandes pandectistas alemanes. La ciencia germana del Derecho romano alcanzaba entonces su más alta cúspide: Mommsen, Voigt, Pernice... se dieron cuenta de la extraordinaria capacidad de aquel joven italiano y le ayudaron. Es curioso que fuese un luterano, von Lingenthal, el que más íntimamente influyera sobre él en el aspecto científico.

Al morir este sabio, Contardó publicó una breve biografia, en la que se deshace en elogios de la ciencia y religiosidad de su antiguo maestro. Alaba en él un sentimiento vivísimo de la naturaleza y un sentimiento religioso muy acendrado.

Sin embargo, el juicio de Contardo sobre el protestantismo es severísimo: "Ciertamente hay virtud entre los protestantes, hay sinceros admiradores del Hombre-Dios, hay flores que se embellecen con el rocio celestial y que Dios no rechazará; pero cuanto de bueno hay queda imperfecto, privado de aquella eficacia que tendría del Dios vivo a la sombra de los altares católicos. El protestantismo nos da personas honradas, que en nuestra religión inmaculada serían santos".

Disfrutó, en cambio, inmensamente en su contacto con los católicos alemanes. Era un catolicismo serio, lleno de coraje y de entusiasmo, depurado por las pruebas del Kulturkampf. Características todas ellas que iban muy bien con su manera de ser.

En 1881 emprende una edición crítica de la paráfrasis griega de las Instituciones de Justiniano atribuida a Teófilo, para la que hubo de buscar manuscritos en Copenhague, Paris, Roma, Florencia y Turín. Y en octubre de 1883, a los veinticuatro años, se encarga en la Universidad de Pavía de la cátedra de exégesis de las fuentes del Derecho y de un curso de historia del Derecho penal romano. Iniciaba así sus tareas docentes. Poco después concursa a una cátedra de Bolonia, que no se le dió por motivos políticos. En 1887 pasa a enseñar a Mesina, y en 1890 a Módena. Por fin, en 1894, volvía a su amada Facultad de Pavía, en la que había de perseverar hasta la muerte.

Hizo de su consagración al estudio y a la enseñanza un verdadero sacerdocio. Al principio sus clases eran pesadas, llenas de referencias y citas. Con el tiempo fueron aclarándose y simplificándose, hasta llegar a ser verdaderos modelos de pedagogía. Los alumnos sabían que podían contar con él a todas las horas, seguros de encontrar siempre un consejero leal y un profesor amigo de ayudarles. Independientemente del cumplimiento escrupuloso de sus deberes de catedrático, llevó toda su vida en lo más íntimo de su corazón un apasionado amor a la investigación científica. En veinte años publicó cerca de doscientos trabajos. Pero no se trataba de fáciles improvisaciones, ni de escritos ligeros de vulgarización. Una vez más escuchemos a Pío XI describir su obra de investigador: "¡El trabajo! Un trabajo científico en sumo grado; un trabajo de investigación, de reflexión, de enseñanza. Un trabajo que Ferrini realizaba con celo apasionado, pero que puede muy bien clasificarse entre los más áridos, por desarrollarse casi por entero sobre textos antiguos, sobre escrituras difíciles de descifrar y más difíciles aún de comprender. Nos mismo le hemos visto más de una vez puesto al trabajo con su inteligencia soberana. Leía a primera vista los textos embrollados, ocultos bajos las escrituras indescifrables de los siglos antiguos: en latín, en griego, en siríaco, porque él pasaba con la mayor facilidad de una lengua a otra. Leía los textos, y al primer golpe de vista captaba su sentido y a vuela pluma, daba la traducción latina o italiana. Labor fatigosísima, esencialmente difícil y ardua, y que sólo puede apreciar el que tiene la experiencia de ella; una labor que asemeja a un verdadero y largo cilicio llevado durante toda la vida".

Aún hoy tropezamos con su nombre, después de tantos descubrimientos y de tantos avances en el Derecho romano, en las monografías y estudios que actualmente se publican. Algunas de sus obras pueden considerarse verdaderamente definitivas. Son el fruto de larguísimas horas de trabajo, de una vida de recogimiento y de laboriosidad.

Ocasiones hubo, sin embargo, en que debió salir de su aislamiento. Así, por ejemplo, en 1895, fue elegido concejal del Ayuntamiento de Milán. Y en verdad que sus contemporáneos hubieron de reconocer que su actuación resultaba ejemplar. Supo luchar como bueno en los difíciles problemas planteados en aquel tiempo contra el divorcio, por la salvación de la infancia abandonada. Pero en este mismo terreno de la política se mostró fiel hijo de la Iglesia. Eran tiempos verdaderamente difíciles, en que católicos de buenísima voluntad resbalaron a veces. Contardo se mantuvo siempre fiel a las directivas pontificias.

Es lástima que no podamos recoger rasgos encantadores de su vida que se han conservado. Su modestia excesiva, sin consentir nunca que alabaran en su presencia algunas de sus obras científicas: su vivo sentido de la liturgia y su amor apasionado por la santa misa; su encantadora sumisión a sus padres, a los que obedecía como un niño, siendo ya catedrático respetable; su figura de excepcional alpinista; su devoción a San Francisco de Asís, de quien era terciario; su espíritu de pobreza, verdaderamente extraordinario; su irradiación apostólica, dentro de la que muy bien puede englobarse otra figura, posterior, pero también muy importante del catolicismo italiano y que pronto esperamos ver en los altares: Vico Necchi.

Resulta encantador verle regresar por la noche a casa de su hermana, a tres kilómetros de Pavía, cenar allí con el matrimonio, jugar, por complacerles, una partida de cartas, rezar el rosario en familia, y acostarse para emprender al día siguiente, a las cinco y media de la madrugada, su nueva jornada universitaria.

Así hasta el 17 de octubre de 1902. Una fiebre tifoidea le llevó rápidamente al sepulcro en Suma (Novara). La fama de santidad le rodeó muy pronto. Su causa fue introducida en 1924, y en 1947 Pío XII realizaba uno de los deseos más queridos de su antecesor en el solio pontificio: su solemne beatificación.

Su tumba se encuentra hay en la Universidad Católica del Sagrado Corazón, de Milán, que no llegó a conocer, pero que sí podemos decir que presintió y amó anticipadamente. En aquella recogidísima capilla, profesores y alumnos aprenden, frecuentándola, a vivir el auténtico ideal del universitario católico.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA