18 oct 2013

Santo Evangelio 18 de Octubre de 2013



Día litúrgico: 18 de Octubre: San Lucas, evangelista

Texto del Evangelio (Lc 10,1-9): En aquel tiempo, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir. Y les dijo: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. 

»En la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’».


Comentario: Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet (Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
El Reino de Dios está cerca de vosotros

Hoy, en la fiesta de san Lucas —el Evangelista de la mansedumbre de Cristo—, la Iglesia proclama este Evangelio en el que se presentan las características centrales del apóstol de Cristo.

El apóstol es, en primer lugar, el que ha sido llamado por el Señor, designado por Él mismo, con vista a ser enviado en su nombre: ¡es Jesús quien llama a quien quiere para confiarle una misión concreta! «El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir» (Lc 10,1).

El apóstol, pues, por haber sido llamado por el Señor, es, además, aquel que depende totalmente de Él. «No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino» (Lc 10,4). Esta prohibición de Jesús a sus discípulos indica, sobre todo, que ellos han de dejar en sus manos aquello que es más esencial para vivir: el Señor, que viste los lirios de los campos y da alimento a los pájaros, quiere que su discípulo busque, en primer lugar, el Reino del cielo y no, en cambio, «qué comer ni qué beber, y [que] no estéis inquietos. [Porque] por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso» (Lc 12,29-30).

El apóstol es, además, quien prepara el camino del Señor, anunciando su paz, curando a los enfermos y manifestando, así, la venida del Reino. La tarea del apóstol es, pues, central en y para la vida de la Iglesia, porque de ella depende la futura acogida al Maestro entre los hombres.

El mejor testimonio que nos puede ofrecer la fiesta de un Evangelista, de uno que ha narrado el anuncio de la Buena Nueva, es el de hacernos más conscientes de la dimensión apostólico-evangelizadora de nuestra vida cristiana.

San Lucas Evangelista, 18 de Octubre


18 de octubre

S A N   L U C A S
(Siglo I)


Con sencillez impresionante da entrada el tercer evangelio a una escena donde lo humano va poco a poco cediendo paso a lo divino. Era el día de la resurrección de Cristo y, buscando salida a las fuertes y encontradas emociones de toda aquella jornada, dos de los discípulos de Cristo se dirigían aquel mismo día a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén ciento sesenta estadios (Lc. 24,23). Junto al nombre de Cleofás, uno de "los dos", sólo una alusión que deja en la penumbra al compañero. Silencio "intencionado", sin duda, sobre el nombre del "otro" discípulo, que por lo mismo habría que identificar con ei propio San Lucas, autor del relato, Asi lo creyó San Gregorio Magno, apoyado, por lo demás, en el testimonio de "algunos" estudiosos de entonces (ML 75,517), y así despues de él lo aceptó un grupo de autores antiguos y modernos. Cuestión al parecer sin importancia, pero que la tiene en el fondo

Si el "otro" discípulo, compañero de Cleofás, fuese el autor del tercer evangelio, habría que pensar en un Lucas no de origen gentil, sino judío y discípulo en vida del Señor, como, entre otros, lo apuntó San Epifanio (MG 41, 280.908). Es un testimonio que queda muy solo frente al origen del nombre griego Lukas, Lukanos o Lukios y frente a las explícitas afirmaciones de los célebres Prólogos (antiguo y monarquiano ) de Ireneo, del Fragmento Muratoriano, de Eusebio, de Jerónimo... Discípulo, sí, de Cristo, pero no de aquellos "que desde el principio fueron testigos oculares y ministros después de la palabra" (Lc. 1,2), sino a través de Pablo.

Al cristianismo, acaso ya hacia el año 40, llega San Lucas sin haber tenido contacto directo con Cristo, como tampoco lo había tenido San Pablo. En Antioquía probablemente, y por aquella fecha, el futuro evangelista e historiador se encuentra por vez primera con el gran apóstol-escritor: desde entonces Lucas es al lado de Pablo un incansable misionero, sembrador del mensaje de Cristo entre los gentiles. Con Pablo le vemos partir primero a Filipos de Macedonia, más tarde a Jerusalén y por fin a Roma (Act. 16,20-21.27,28). Fiel al misionero de las gentes, su maestro, no le abandona en las amargas horas de su primera cautividad. A su lado, como uno de "sus auxiliares", mientras Pablo desde su prisión romana escribe su densa carta a los colosenses y su delicado billete a Filemón, está "Lucas el médico, el querido" (Col. 4,14: Phil. 24).

Es un hecho que el Lucas evangelista-historiador ha hecho, acaso un poco injustamente, pasar a segundo término al Lucas misionero, de quien Pablo, el apóstol de las gentes, escribía desde su prisión de Roma: Lucas solo queda conmigo (2 Tim. 4,11). Como escribe San Juan Crisóstomo, "incansable en el trabajo, ansioso de saber y sufrido, Lucas no acertaba a separarse de Pablo" (MG 62,656). Sólo la muerte le podrá separar de su maestro: con él había misionado hasta entonces y, misionero incansable, seguirá por los campos de Acaya y Bitinia, Dalmacia y Macedonia, Galia, Italia y Egipto, hasta morir, mártir como el maestro, en Beocia o Bitinia, y reposar definitivameníe en Constantinopla.

Año tras año en intimidad de discípulo con el gran predicador de los gentiles, Lucas iba asimilando poco a poco el evangelio de Pablo. Su evangelio ofrecerá, por lo mismo, tantos puntos de contacto literarios y doctrinales con los escritos del apóstol que podrá hablarse de "Pablo iluminador de Lucas" en frase de Tertuliano (ML 2,365 ). Luz literario-doctrinal de Pablo, a la que, con su cultura griega, su trato con los "testigos oculares" de la vida de Cristo, su conocimiento de los diversos relatos evangélicos existentes y su vocación de "investigador escrupuloso", Lucas supo dar cuerpo y proyectar definitivamente en el complejo armónico del tercer evangelio.

Predicador incansable al lado de Pablo, Lucas siguió también como escritor las huellas del maestro: la tradición en bloque le atribuye la composición del tercer evangelio, cuyo contenido, por otra parte, responde tan de lleno a las cualidades del griego Lucas, del "compañero" y del "médico querido" de Pablo. Fruto de años, la redacción del evangelio de Lucas debió de recibir el empujón definitivo durante las largas horas de cariñosa vela junto al prisionero Pablo, y, ya antes de la muerte del apóstol, pudo correr de mano en mano, primero entre los cristianos de Roma y más tarde entre los de Acaya, Egipto, Macedonia...

Aunque lo dedique a Teófilo y no se trate de un mero nombre simbólico, Lucas apunta con su evangelio a un objetivo mucho más amplio que la simple formación cristiana, segura y a fondo, de su discípulo o amigo. Con miras de universalismo, herencia de Pablo, Lucas compone su evangelio de cara al mundo gentil, cuyo movimiento en masa hacia el cristianismo se veía amenazado por las exigencias legales y sueños judíos, las fábulas de los herejes, la frivolidad peligrosa del ambiente pagano. Pablo, con insistencia machacona, habia dado la voz de alerta de pa]abra y por escrito, y Lucas, una vez más, se hace eco del maestro.

Lucas, griego y gentil de origen, "hace gracia de su evangelio a los gentiles", como observa Origenes (MG 20, 5tS1). Antiguos hermanos en el paganismo y hermanos nuevos en la fe cristiana, como a hermanos les trata. Conoce sus errores, y busca instruirles en cuanto la religión judía conserva de esencial y permanente, pero sin exigencias inutiles de lo transitorio; ha vivido su ambiente, y señala con acierto sus vacíos y sus plagas morales: cae en la cuenta de sus naturales prevenciones y susceptibilidades de raza, cultura..., y con delicadeza va ladeando escenas que pudieran herirles, o recalcando las que habrían de halagarles. Silencio sobre el aparente desprecio de Cristo ante la mujer cananea, sobre las befas de los soldados romanos junto a la cruz, sobre el mandato con que Cristo restringe provisionalmente la predicación del Evangelio a los gentiles: apología del bondadoso samaritano, del entero centurión, del agradecido leproso de Samaria: gozo no disimulado ante la buena acogida dispensada por el Bautista a los soldados gentiles; insistente presentación de las "mujeres del Evangelio" junto a la Mujer por excelencia, como abriendo camino a la dignificación de la mujer entre los gentiles.

Espontáneas filigranas de delicadeza por parte de quien, como su maestro, había escogido,como lema "hacerse todo a todos para ganarlos a todos". Lucas el evangelista sigue la linea del Lucas misionero. Su evangelio se abre en un ambiente de suavidad y dulzura humano-divina, que parece como el despliegue de aquellas profundas y sentidas afirmaciones de San Pablo cuidadosamente recogidas en la liturgia navideña: Se ha manifestado la gracia salvadora de Dios para todos los hombres..., pues quiere que todos se salven..., por la aparición de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús (I Tim. 2,4; 2 Tim. 1,10; Tit. 2,11-13). Lucas, el evangelista de la Encarnación y de la infancia de Cristo, saluda el alborear de esa gracia de cara al Sol naciente que desde lo alto baja a iluminar a los sentados en tinieblas y sombra de muerte, de cara al Niño de Belén, Híjo de María, que, sin distinción entre israelitas y gentiles, trae paz a la tierra, paz a los hombres de buena voluntad (Lc. 1,78-79: 2,14).

Evangelista-misionero, Lucas señala la trayectoria universalista de la luz salvadora que es el gran Dios y Salvador Cristo Jesús desde el seno de María, desde la cuna de Belén, desde los brazos de Simeón en el templo. Siente llegada la hora de la luz de las naciones profetizada de antiguo, y gozoso recoge el anuncio primero de Juan Bautista, poco después de labios del mismo Cristo: al Precursor le oye clamar con la vista hundida en las naciones: Y verá toda carne la salvación de Dios: a Cristo le sorprende en su primera predicación pública como al Envíado del Padre a las naciones para evangelizar a los pobres, para anunciar liberación a los cautivos y vista a los ciegos, para libertar a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor (Lc. 2,32; 4,18-19), Como Pablo, siente Lucas en el corazón que la ceguera voluntaria cierre a la masa del pueblo judío la puerta del Evangelio; pero, también como Pablo. no puede disimular su alegría ante la llegada torrencial de los pueblos a las puertas del reino: Y vendrán del oriente y del occidente, del norte y del mediodía. y serán admitidos al banquete en el reino de Dios (Lc. 13.29). Sabe que es palabra de Cristo y con ella cierra su relato evangélico: Y les dijo: Así está escrito: Que... se había de predicar en su nombre penitencia y remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén (Lc. 24, 46-47).

El antiguo médico de los cuerpos, que en su estilo y en los detalles de sus narraciones evangélicas refleja tantas veces la técnica de su antigua profesión, desemboca finalmente en el misionero y evangelista-médico de las almas. Su psicología profesional, psicología de misericordia ante el enfermo y desgraciado, se robustece y espiritualiza ante el pecador-enfermo del alma. El paso era lógico, y Lucas, que, como los otros evangelistas, ha sabido transmitir la actividad de Cristo en la tierra como médico divino de los cuerpos, mejor que ninguno ha logrado vibrar al unísono con la misericordia de Cristo ante las miserias del alma.

El evangelio de Lucas, "el médico carísimo" de Pablo, es el evangelio de la misericordia de Cristo, médico incorregible de los cuerpos y de las almas, que pasó por todas partes haciendo el bien y sanando a todos los tiranizados por el diablo (Act. 10,38). Como al acecho de este "misericordioso samaritano", Lucas recoge cuidadosamente las palabras con que Zacarías anuncia su próxima llegada y le proclama campeón de misericordia y perdón de los pecados por el amor entrañable de nuestro Dios (Lc. 1,72, 77,78 ).

Trabajado por la misericordia y compasión, el médico de antes y el misionero-médico de más tarde sigue incansable en su evangelio las huellas del Cristo médico compasivo de las almas enfermas. De su corazón y de sus labios recoge el perdón sin condiciones de la "mujer pecadora" (Lc. 7,36-50), la llamada tajante de Zaqueo, "el publicano y hombre pecador" (Lc. 19,1,10); la respuesta al ataque farisaico, "ése acoge a los pecadores y come con ellos", en las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja descarriada y otra vez vuelta al redil en brazos del pastor, la de la dracma perdida y encontrada de nuevo tras búsqueda trabajosa, la del hijo pródigo y de nuevo en la casa paterna entre los brazos del padre, siempre en espera. Cantor de la misericordia de Cristo y del gozo en el cielo ante el pecador a quien el médico divino cura (Lc. 15).

Como a Médico compasivo Lucas le sigue paso a paso hasta el Calvario, para poder consignar en su evangelio los últimos latidos de un corazón que desde la cruz perdona-cura Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.,, Hoy estarás conmiço en el paraíso (Lc. 23,34-43). Es la herencia de misericordia-perdón que Cristo deja a los suyos antes de separarse definitivamente de ellos (Lc. 24,47).

Con esta línea de salvación universal y de misericordía sin límites por parte de Cristo frente a miserias de cuerpo y de alma, Lucas ha reflejado también en su evangelio los más íntimos repliegues de su alma de evangelista, médico frente al mundo enfermo y alejado de Dios. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, incontestablemente suyo según el testimonio de las diversas iglesias primitivas, sigue acentuando esta linea confirmada por la propia experiencia y el contacto directo con apóstoles y discípulos. Escrito seguramente en Roma años antes del 70, y dedicado también a Teófilo, mira en último término al mundo cristiano de la gentilidad y en torno a él gira desde el principio. En su primera página repite el último mandato de Cristo, el Salvador del mundo, a los apóstoles el día de la Ascensión: Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria, y hasta el último confín de la tierra (Act. 1,8).

Auras de salvación universal desde el día de Pentecostés. En él, junto a los judíos y prosélitos, todo el mundo oriental, desde Frigia y Egipto hasta Mesopotamia y Elam, se agrupa en torno a los apóstoles y recoge admirado de labios de Pedro la profecía de Joel: Derramaré mi Espiritu sobre toda carne... Todo el que invocare el nombre del Señor se salvará (Act. 2). A golpes de misericordia, Lucas ve derrumbarse el antiguo muro de separación entre Israel y las naciones, y hace suyas las palabras con que el propio Pedro anuncia inminente la plena realización de la promesa divina a Abraham: En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra (Act. 3,25). Después de la evangelización de los samaritanos, Felipe abrirá paso a la antigua promesa con la evangelización del eunuco de Etiopía y de todas las ciudades costeras a lo largo del país filisteo y de la llanura de Sarón (Act. 8).

Es el momento escogido por Lucas para volcarse como historiador del universalismo cristiano. Biógrafo de Pablo, pero no su interesado apologista, le presenta, desde el momento de su conversión-vocación al apostolado, como vaso de elección para llevar hasta las naciones el nombre de Dios (Act. 9,15), como heraldo de luz y libertad, de perdón de pecados y fe santificadora (Act. 26,17-18), como testigo ante los hombres todos de cuanto en sus comunicaciones con Jesús ha visto y oído (Act. 22,25).

A este Pablo, caballero andante del Evangelio, acompañó Lucas como misionero auxiliar en activo de Palestina y Asia Menor a Grecia e Italia. El libro de los Hechos ofrece algunos textos-clave de estas andanzas misionales del evangelista con el apóstol (Act. 16,20-21.27,28). Y cuando Pablo recuerda a su "colaborador" en el ministerio y evoca al "médico carísimo, compañero único" en algunas horas amargas, hace pensar en un Lucas que como él sufre hambre y sed, desnudeces y persecuciones, como él se preocupa por la suerte de las diversas comunidades cristianas, como él muere al servicio del Evangelio.

Su psicología de médico de los cuerpos ha ganado las alturas psicológicas del divino Médico de los cuerpos y las almas: en sus escritos y en su vida apostólica se ha esforzado por hacer suyo aquel lema de Cristo de que no son los sanos quienes tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Sin excluir a los fieles de Israel, muestra sus preferencias por la conversión de los pueblos gentiles: a ellos dedicó su evangelio y su libro de los Hechos, y a ellos, como Pablo y los compañeros de Pablo y suyos, consagró su vida y su muerte.

Gracias principalmente a él conocemos en parte la historia de la Iglesia en sus primeros esfuerzos y en sus primeras realizaciones de expansión por Oriente y Occidente. Pablo y los suyos entran con ello en la órbita misionera de salvación universal trazada por Cristo y oficialmente sancionada por Pedro con la admisión en la Iglesia del centurión Cornelio y los gentiles. Lucas, una vez más evangelista de alma misionera, transmite el hecho y la declaración oficial del Príncipe de los Apóstoles: A la verdad entiendo ahora que no es Dios aceptador de personas, sino que en toda nación le es acepto el que le teme y obra justicia. En marcha incontenible la evangelización del mundo gentil, los apóstoles y fieles israelitas glorificaron a Dios, porque también a los gentiles había concedido la penitencia para alcanzar la vida (Act. 11).

Cuadro de misericordia, de perdón de pecados, de salvación universal. Lucas es una de sus figuras en activo y el autor de su trazado. Artista de la pluma, fue también, según una tradición antigua, artista del lienzo y del pincel. A él se le atribuyen algunas imágenes de María que se conservan principalmente en Bolonia y Roma. Ciertamente ofrece en su evangelio como una galería de cuadros maestros de la Virgen: a su pluma se deben los cuadros de la Anunciación y de la Visitación de María, del Nacimiento y de la Circuncisión de Jesús en los brazos maternos, de la Purificación de la Madre y de la Presentación del Hijo en el Templo, de Jesús entre los doctores y en diálogo con María. Espíritu de artista mariano que Lucas vuelca por última vez en aquella pincelada final del día de la Ascensión: Los apóstoles perseveraron unánimemente en la oración juntamente con las mujeres y con Maria, Ia Madre de Jesús, y con sus hermanos (Act. 1,19). Junto a la imagen de Jesús, el Salvador y médico compasivo, la imagen de Maria, la Madre de misericordia.

FÉLIX ASENSIO, S. I

17 oct 2013

Santo Evangelio 17 de Octubre de 2013



Día litúrgico: Jueves XXVIII del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 11,47-54): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron! Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso dijo la Sabiduría de Dios: ‘Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán’, para que se pidan cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que pereció entre el altar y el Santuario. Sí, os aseguro que se pedirán cuentas a esta generación. ¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido».

Y cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente y hacerle hablar de muchas cosas, buscando, con insidias, cazar alguna palabra de su boca.



Comentario: Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz (El Montanyà, Barcelona, España)
¡(...) edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron!

Hoy, se nos plantea el sentido, aceptación y trato dado a los profetas: «Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán» (Lc 11,49). Son personas de cualquier condición social o religiosa, que han recibido el mensaje divino y se han impregnado de él; impulsados por el Espíritu, lo expresan con signos o palabras comprensibles para su tiempo. Es un mensaje transmitido mediante discursos, nunca halagadores, o acciones, casi siempre difíciles de aceptar. Una característica de la profecía es su incomodidad. El don resulta molesto para quien lo recibe, pues le escuece internamente, y es incómodo para su entorno, que hoy, gracias a Internet o los satélites, puede extenderse a todo el mundo.

Los contemporáneos del profeta pretenden condenarlo al silencio, lo calumnian, lo desacreditan, así hasta que muere. Llega entonces el momento de erigirle el sepulcro y de organizarle homenajes, cuando ya no molesta. No faltan actualmente profetas que gozan de fama universal. La Madre Teresa, Juan XXIII, Monseñor Romero... ¿Nos acordamos de lo que reclamaban y nos exigían?, ¿ponemos en práctica lo que nos hicieron ver? A nuestra generación se le pedirá cuentas de la capa de ozono que ha destruido, de la desertización que nuestro despilfarro de agua ha causado, pero también del ostracismo al que hemos reducido a nuestros profetas.

Todavía hay personas que se reservan para ellas el “derecho de saber en exclusiva”, que lo comparten —en el mejor de los casos— con los suyos, con aquellos que les permiten continuar aupados en sus éxitos y su fama. Personas que cierran el paso a los que intentan entrar en los ámbitos del conocimiento, no sea que tal vez sepan tanto como ellos y los adelanten: «¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido» (Lc 11,52).

Ahora, como en tiempos de Jesús, muchos analizan frases y estudian textos para desacreditar a los que incomodan con sus palabras: ¿es éste nuestro proceder? «No hay cosa más peligrosa que juzgar las cosas de Dios con los discursos humanos» (San Juan Crisóstomo).

San Ignacio de Antioquía, 17 de Octubre,


17 de Octubre
 
SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA
(† 107)
 

Si pudiera hablarse de patronazgos en el martirio o se tratara de elegir un modelo perfecto, como símbolo del testimonio máximo del cristiano, habría que proponer para ocuparlo a San Ignacio de Antioquía. Su amable figura, amasada de dulzura, de mística y de valentía que desconoce el miedo al dolor y a la muerte, resplandece, desde los tiempos apostólicos, como un faro y una invitación a cuantos tienen que sufrir por ser fieles a Jesucristo. Su estampa está envuelta en luz celestial, no por lo extraordinario de los milagros o de cualquiera forma de prodigios, sino por la sobrenatural sencillez de su conducta, moviéndose totalmente en el mundo de la fe, desde el cual adquiere una lógica incontrastable lo que, a nuestros ojos humanos, parecen aterradoras perspectivas de dolor.

Además de esto, San Ignacio es, sin pretenderlo, el cantor de su propio martirio. Sus cartas apasionadas. de estilo único, siguen vivas, estremeciendo al lector, que percibe en ellas el rugido de las fieras, el zarpazo sangrante, el crujir de los huesos triturados, todo el horror del circo romano, en el que perecían las primicias del cristianismo, convertidas en simiente de sangre, cuya espléndida cosecha recogió la historia. Pero estos horrores pierden en San Ignacio sus tonos repulsivos, para convertirse en canto de gloria. No es la muerte cruel, sino el martirio por Jesucristo; no es el sufrimiento, sino la ofrenda de una hostia pacífica. lo que allí se retrata. La crueldad queda sepultada en la caridad, la muerte es entrada triunfal en la vida eterna, la ignominia de la condenación queda convertida en apoteosis de inmortalidad. Las cartas del santo obispo de Antioquía. que hoy nos conmueven ciertamente constituyeron, para los cristianos de los siglos de persecución, para aquellos que se sabían destinados a la muerte violenta, una arenga de combate, una fuente pura de fortaleza y de esperanza, porque en ellas estaba presente la eternidad, iluminando el tránsito tenebroso de esta vida hacia la otra.

Ignacio lleva como sobrenombre Theophoros, portador de Dios. El Martyrium que relata su vida atribuye al santo obispo, al presentarse voluntariamente en Antioquía a Trajano, orgulloso por su triunfo militar sobre los dacios, el siguiente diálogo, que, si históricamente no parece genuino, refleja la verdad de su vida. Trajano le pregunta:

- ¿Quién eres tú, demonio mísero, que tanto empeño pones en transgredir mis órdenes y persuades a otros a transgredirías, para que míseramente perezcan?

Respondió Ignacio:

- Nadie puede llamar demonio mísero al portador de Dios, siendo así que los demonios huyen de los siervos de Dios. Mas, si por ser yo aborrecible a los demonios, me llamas malo contra ellos, estoy conforme contigo, pues teniendo a Cristo, rey celeste, conmigo, deshago todas las asechanzas de los demonios,

Dijo Trajano:

- ¿Quién es el Theophoros o portador de Dios?

Respondió Ignacio:

El que tiene a Cristo en su pecho...

Nada sabemos con certeza de los primeros años de Ignacio. La leyenda, sin embargo, aureolando su figura, vio en él aquel niño que cuenta San Mateo: "En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién será el más grande en el reino de los cielos? Sí, llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os mudáis haciéndoos como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos, ése será el más grande en el reino de los cielos, y el que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe; y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mi, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaron al fondo del mar" (Mt. 18,1-6).

San Juan Crisóstomo, que cantó en Antioquía las glorías del mártir, ante sus reliquias, afirma que convivió con los apóstoles. Tampoco esto parece cierto. Pero nada estorba la rigurosa crítica histórica a la realidad espiritual de nuestro Santo: su fe sencilla y vigorosa es la fe de niño que el Evangelio exige para el seguidor de Cristo, y el alma de San Ignacio es apostólica en la máxima pureza primera, bebida en la fuente fresca de Pentecostés El evangelista San Juan, el ap6stol de la caridad, y San Pablo, el batallador ardiente de Jesucristo, se aúnan en el espíritu que llenó el alma de San Ignacio. Sus cartas están dictadas como glosa y fruto de ambas doctrinas entrelazadas. El amor joanístico inspira su holocausto de hostia viva. Cristo y su Iglesia constituyen el leitmotiv de sus exhortaciones a los cristianos, a quienes dirige sus cartas.

La fe en San Ignacio es completa, con formulaciones de un credo que preludia ya el símbolo de Nicea: Así, pues, cerrad vuestros oídos, escribe a los trallenses, cuandoquiera se os hable fuera de Jesucristo, que es del linaje de David e hijo de María; que nació verdaderamente y comió y bebió: fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilato y verdaderamente crucificado y muerto, a la vista de los moradores del cielo y de la tierra y del infierno. El cual verdaderamente también resucitó de entre los muertos por virtud de su Padre, quien, a semejanza suya, nos resucitará también a nosotros que creemos en Él. Sí, su Padre nos resucitará en Jesucristo, fuera del cual no tenemos la vida verdadera" (Trall. IX).

Sus cartas pueden considerarse como la "segunda formulación doctrinal cristiana"; en ellas se refleja lo que pensaban los cristianos de la segunda generación. la inmediatamente posterior a los apóstoles. Hay en ellas toda la doctrina evangélica y paulina, elaborada, profundamente compartida y aceptada, matizada ante los ataques de las primeras desviaciones heréticas. deseosas de romper la unidad, tanto jerárquica como doctrinal. La semejanza de doctrina no es tanto una repetición de textos cuanto un espíritu idéntico, del cual brotan las fórmulas sin citas, pero con la coincidencia exacta de quien vive en el alma la misma fe y las mismas verdades, todas emanadas de la misma fuente, Jesucristo.

Por eso, el pensamiento de San Ignacio está centrado en la unión con Cristo dentro de la Iglesia: "Como el amor no me consiente callar acerca de vosotros, de ahí que he determinado exhortaros a que corráis a una hacia el pensamiento de Dios. Y, en efecto, al modo de Jesucristo, vida nuestra inseparable, es el pensamiento del Padre, así los obispos, establecidos por los confines de la tierra, están en el pensamiento de Jesucristo" (Eph. III,3).

El es el inventor de la palabra católica aplicada a la Iglesia. "En las cartas de Ignacio - escribe Grandmaison - se enlaza por primera vez el epíteto glorioso de católica al nombre de la Iglesia: "Donde apareciere el obispo, allí está también la muchedumbre, al modo que, donde estuviere Jesucristo, allí está la Iglesia Católica" (Smyrn. VIII,2). De esta manera, el obispo encarna su iglesia particular, absolutamente como la gran Iglesia es la encarnación continuada del Hijo de Dios. ¿No creeríamos estar leyendo uno de los campeones de la unidad eclesiástica de nuestro tiempo, a un Adán Moehle, un Jaime Ralmes, un Eduardo Pie?" (Jésus Chist II p.634).

Nos demuestra así San Ignacio que en su tiempo, fines del siglo I, la estructura y él pensamiento sobre la Iglesia es completo y maduro. Obispos, presbíteros y diáconos constituyen la jerarquía tripartita, sobre la cual se apoya toda la realidad del cristianismo. Es preciso permanecer unidos a esta jerarquía para vivir dentro del espíritu de Cristo. "Por consiguiente7 a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, hecho como estaba una cosa con Él - nada, digo, ni por sí mismo ni por sus apóstoles -; así vosotros nada hagáis tampoco sin contar con vuestro obispo y los ancianos; ni tratéis de colorear como laudable nada que hagáis a vuestras solas, sino reunidos en común; haya una oración, una sola esperanza en la caridad, en la alegría sin tacha, que es Jesucristo, mejor que el cual nada existe" (Mag. VII,1). Sin esta jerarquía no existe la Iglesia: "Por vuestra parte, escribe a los trallenses, todos habéis también de respetar a los diáconos como a Jesucristo. Lo mismo digo del obispo, que es figura del Padre, y de los ancianos (presbíteros), que representan el senado de Dios y la alianza o colegio de los apóstoles. Quitados éstos, no hay nombre de Iglesia" (Trall III,1).

Ignorarnos los años que rigió la iglesia de Antioquía, como segundo sucesor de San Pedro, lo mismo que los motivos concretos que provocaron su detención y condenación a muerte, Nerón había puesto a los cristianos fuera de la ley. Cualquier delación o el capricho de un gobernador bastaba para hacerles sufrir el rigor de la persecución: la acusación de ser cristiano era suficiente para ello. Plinio el Joven, gobernador, por aquellos años, de Bitinia, escribía a su amo Trajano: "A los que fueron delatados les interrogué si eran cristianos; si confesaban que sí, los sometía a nuevo interrogatorio, con amenaza de suplicio. A los que aun así perseveraban los mande ejecutar".

San Ignacio fue detenido y condenado a ser devorado por las fieras en Roma. Oída la sentencia, el Santo contesta: Te doy gracias, Señor, porque te dignaste honrarme con perfecta caridad para contigo, atándome, juntamente con tu, apóstol Pablo, con cadenas de hierro..." (Mart. II,8). No hay en esta actitud nada parecido al orgullo del revolucionario o al tesón del rebelde. No existe la menor partícula de protesta contra los poderes temporales, ni siquiera contra las leyes. La disposición del mártir cristiano es algo inédito y único en la historia. Es la serenidad y el valor mantenidos por una visión sobrenatural interna, en la conciencia de cumplir una misión: la de ser testigos – eso significa mártir - de Jesucristo, haciéndose semejantes a Él en su sacrificio. Así lo afirma nuestro obispo escribiendo a los fieles de Efeso: "Apenas os enterasteis de que venía yo, desde la Siria, cargado de cadenas, por el nombre común y nuestra común esperanza. confiando que, por vuestras oraciones, lograré luchar en Roma contra las fieras para poder de ese modo ser discípulo, os apresurasteis a salirme a ver". (Eph.I,1).

Desde el momento de su detención, podemos seguir paso a paso los de San Ignacio, gracias a la preciosa colección de sus siete cartas auténticas, escritas durante su peregrinación encadenada. Con Zósimo y Rufo, otros dos cristianos condenados como él, y custodiados por un pelotón de soldados, embarcan en Seleucia, puerto de Antioquía, para arribar a las costas de Cilicia o Panfilia, siguiendo desde allí el viaje por tierra. Estos ásperos caminos del Asia Menor, pocos años antes recorridos por San Pablo, haciendo sementera de cristiandades, serían para San Ignacio nuevas pruebas de su ansiada semejanza con el gran Apóstol. Las fervorosas comunidades de aquellas tierras convierten el viaje en ronda triunfal de admiración y de caridad.

Al llegar a Esmirna, toda la comunidad cristiana, presidida por su obispo San Policarpo, discípulo personal de San Juan Evangelista, sale a recibirle y le rinde homenaje como si fuera el mismo Jesucristo. Por este recibimiento les escribirá más tarde: "Yo glorifico a Jesucristo. Dios, que es quien hasta tal punto os ha hecho sabios; pues muy bien me di cuenta de cuán apercibidos estáis de fe inconmovible,

bien así como si estuvierais clavados, en carne y en espíritu, sobre la cruz de Jesucristo, y qué afianzados en la caridad por la sangre del mismo Cristo. Y es que os vi llenos de certidumbre en lo tocante a nuestro Señor" (Esm. I). Otras comunidades vienen a saludarle y ayudarle con máxima caridad. Algunas de ellas quedan enriquecidas con sus cartas: Efeso, Trales, Magnesia. Desde el mismo Esmirna las escribe, junto Con la enviada a los fieles de Roma. Esta carta, documento único e impresionante de la literatura universal, merece mención aparte.

Tuvo San Ignacio conocimiento de que los romanos trataban de interponer toda su influencia para salvarle la vida y se alarma profundamente, porque esa caridad es apartarle de su martirio, de su anhelada nieta. Para conjurar esta posibilidad escribe la famosa carta, Renán mismo se vio obligado a escribir: "La más viva fe, la sed ardiente de la muerte, no han inspirado jamás acentos tan apasionados. El entusiasmo de los mártires, que fue, por espacio de doscientos años, el espíritu dominante del cristianismo, ha recibido del autor de esta pieza extraordinaria su expresión más exaltada" (Les Huangiles, p.489, cit. por Daniel Ruiz Bueno, Los Padres apostólicos: BAC, p.425). Seria necesario transcribir la carta entera, pero, no siendo posible, unos párrafos darán idea de su altura celestial.

Después de saludar a la iglesia de Roma, testimoniando su jerarquía, al decirla que "preside en la capital del territorio de los romanos y puesta a la cabeza de la caridad", títulos preciosos para probar que la iglesia de Roma era considerada ya como cabeza de la cristiandad, dice: "Por fin, a fuerza de oraciones a Dios, he alcanzado ver vuestros rostros divinos, y de suerte lo he alcanzado, que se me concede más de lo que pedía". En efecto, encadenado por Jesucristo, tengo esperanza de iros a saludar, si fuere voluntad del Señor hacerme la gracia de llegar hasta el fin. Porque los comienzos, cierto, bien puestos están, como yo logré gracia para alcanzar sin impedimento la herencia que me toca. Y es que temo justamente vuestra caridad, no sea ella la que me perjudique. Porque a vosotros, a la verdad, cosa fácil es hacer lo que pretendéis; a mí, en cambio, sí vosotros no tenéis consideración conmigo, me va a ser difícil alcanzar a Dios... El hecho es que ni yo tendré jamás ocasión semejante de alcanzar a Dios, ni vosotros, con sólo que calléis, podéis poner vuestra firma en obra más bella. Porque, si vosotros calláis respecto de mí, yo me convertiré en palabra de Dios; mas, si os dejáis llevar del amor a mi carne, seré otra vez una mera voz humana. No me procuréis otra cosa fuera de permitirme inmolar por Dios, mientras hay todavía un altar preparado, a fin de que, formando un coro por la caridad, cantéis al Padre por medio de Jesucristo, por haber hecho Dios la gracia al obispo de Siria de llegar hasta Occidente después de haberle mandado llamar de Oriente. ¡Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en Él yo amanezca!

"Por lo que a mí toca, escribo a todas las iglesias, y a todas las encarezco que yo estoy pronto a morir de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Yo os lo suplico: no mostréis para conmigo una benevolencia inoportuna. Permitidme ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Halagad más bien a las fieras, para que se conviertan en sepulcro mío y no dejen rastro de mi cuerpo, con lo que, después de mi muerte, no seré molesto a nadie. Cuando el mundo no vea ya ni mi cuerpo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo. Suplicad a Cristo por mí, para que por esos instrumentos logre ser sacrificio para Dios. No os doy mandatos como Pedro y Pablo. Ellos fueron apóstoles; yo no soy más que un condenado a muerte: ellos fueron libres; yo, hasta el presente, soy un esclavo. Mas si lograre sufrir el martirio, quedará liberto de Jesucristo y resucitará libre en ti. Y ahora es cuando aprendo, encadenado como estoy, a no tener deseo alguno.

"Desde Siria a Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado que voy a diez leopardos. es decir, un pelotón de soldados, que. hasta con los beneficios que se les hacen, se vuelven peores. Ahora que, en sus malos tratos, aprendo yo a ser mejor discípulo del Señor, aunque no por esto me tengo por justificado.

"¡Ojalá goce yo de las fieras que están para mi destinadas y que hago votos por que se muestren veloces conmigo! Yo mismo las azuzaré para que me devoren rápidamente, y no como algunos, a quienes, amedrentadas, no osaron tocar. Y si ellas no quisieren al que de grado se les ofrece, yo mismo las forzaré. Perdonadme, yo sé lo que me Conviene, Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga, por envidia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo.

"Porque ahora os escribo vivo con ansias de morir. Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia; sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo me está diciendo: "Ven al Padre". No siento placer por la comida corruptible ni me atraen los deleites de esta vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible."

¿Qué se puede añadir a estas expresiones sublimes? Cualquier glosa las empobrecería: son para meditar en silencio, con sobrecogida consideración de lo que es el amor sobrenatural llevado hasta las cumbres de la mística más pura.

Partiendo de Esmirna, toca en Alejandría de Troas, desde donde escribe a los filadelfios, a los esmirniotas y a Policarpo, su obispo. Sigue su viaje, parándose también en Filípos; atraviesan Macedonia. Vuelven a embarcar en Dirraquio, rodean el sur de Italia, desembarcando en Ostia.

En Roma tocaban a su fin unas fiestas nunca vistas, para conmemorar el triunfo de Trajano sobre los dacios en el año 106. Duraron ciento veintitrés días y en ellas murieron diez mil gladiadores y doce mil fieras. El 18 de diciembre del año siguiente, 107, fueron arrojados a las fieras Zósimo y Rufo, los dos compañeros de San Ignacio, y a los dos días siguientes, el 20 de dicho mes, el santo obispo de Antioquía.

Sus pocas reliquias corporales fueron enviadas a Antioquía. Pero sus verdaderas reliquias inmortales fueron sus cartas, de las cuales escribe el P, J. Huby: "Ignacio, entregado a las fieras bajo Trajano, es el tipo del pontífice entusiasta y el modelo del mártir Es la realización viva de las palabras apostólicas: Vivo, pero no vivo yo, Sino que es Cristo quien vive en mí... Deseo ser disuelto y estar con Cristo. Sus acentos no conmovieron a la Iglesia menos que los de San Pablo, y en ciertas frases, mil veces citadas, parece estar concentrado todo el espíritu de los mártires" (Chrístus p. 1031-32).

CÉSAR VACA O. S. A.

 

16 oct 2013

La Misa no es un evento social



La Misa no es un evento social

Pidamos al Señor la gracia de tener siempre su memoria cerca de nosotros
Autor: Papa Francisco | Fuente: es.radiovaticana.va



"Cuando Dios viene y se acerca siempre hay fiesta": es cuanto subrayó el Papa Francisco en la Misa celebrada esta mañana en la capilla de la Casa de Santa Marta y en la que participaron también los purpurados del "Consejo de Cardenales" reunido en estos días en la Ciudad del Vaticano con el Pontífice. 

En su homilía, Francisco subrayó que no hay que transformar la memoria de la salvación en un recuerdo, en "un evento habitual". La Misa, reafirmó, no es un evento social, sino presencia del Señor entre nosotros.

Esdras lee desde lo alto el Libro de la Ley, que se creía pedido, y el pueblo conmovido llora de alegría. El Papa Francisco se inspiró en el pasaje del Libro de Nehemías, en la Primera lectura de hoy, para centrar su homilía en el tema de la memoria. El Pueblo de Dios, observó el Obispo de Roma, "tenía la memoria de la Ley, pero era una memoria lejana", aquel día en cambio, "la memoria se hizo cercana" y "esto toca el corazón". Lloraban "de alegría, no de dolor", dijo Francisco, "porque tenía la experiencia de la cercanía de la salvación":

"Y esto es importante no sólo en los grandes momentos históricos, sino en los momentos de nuestra vida: todos tenemos la memoria de la salvación, todos. Pero, me pregunto: ¿esta memoria está cerca de nosotros, o es una memoria un poco lejana, un poco difusa, un poco arcaica, un poco de museo? Puede ir lejos... Y cuando la memoria no es cercana, cuando nosotros no tenemos esta experiencia de la cercanía de la memoria, ésta entra en un proceso de transformación, y la memoria se vuelve un simple recuerdo".

Cuando la memoria se vuelve lejana, añadió el Santo Padre, "se transforma en recuerdo; pero cuando se hace cercana, se transforma en alegría y ésta es la alegría del pueblo". Esto, dijo también el Papa, constituye "un principio de nuestra vida cristiana". Cuando la memoria se hace cercana, reafirmó, "hace dos cosas: inflama el corazón y da alegría":

"Y esta alegría es nuestra fuerza. La alegría de la memoria cercana. En cambio, la memoria domesticada, que se aleja y se convierte en un simple recuerdo, no inflama el corazón, no nos da alegría y no nos da fuerza. Este encuentro con la memoria es un evento de salvación, es un encuentro con el amor de Dios que ha hecho historia con nosotros y nos ha salvado; es un encuentro de salvación. Y es tan bello ser salvados, que hay que hacer fiesta".

"Cuando Dios viene y se acerca - afirmó el Papa - siempre hay fiesta". Y "tantas veces - constató - nosotros los cristianos tenemos miedo de la fiesta: esta fiesta sencilla y fraterna que es un don de la cercanía del Señor". La vida, añadió, "nos lleva a alejar esta cercanía, a mantener sólo el recuerdo de la salvación, no la memoria que está viva". La Iglesia, subrayó, tiene "su memoria": la "memoria de la Pasión del Señor". También a nosotros, advirtió el Papa, nos sucede que alejamos esta memoria y la transformamos en un recuerdo, en un evento habitual":

"Cada semana vamos a la iglesia, o murió aquel, vamos al funeral... y esta memoria, tantas veces, nos aburre, porque no es cercana. Es triste, pero la Misa tantas veces se transforma en un evento social y no estamos cercanos a la memoria de la Iglesia, que es la presencia del Señor ante nosotros. Imaginamos esta bella escena en el Libro de Nehemías: Esdras que lleva el Libro de la memoria de Israel y el pueblo que se acerca a su memoria y llora, el corazón está inflamado, es gozoso, siente que la alegría del Señor es su fuerza. Y hace fiesta, sin temor, sencillamente".

"Pidamos al Señor -concluyó el Papa - la gracia de tener siempre su memoria cerca de nosotros, una memoria cercana y no domesticada por el hábito, de tantas cosas, y alejada en un simple recuerdo".

Santo Evangelio 16 de Octubre de 2013



Día litúrgico: Miércoles XXVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 11,42-46): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello. ¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas! ¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!». Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!». Pero Él dijo: «¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!».


Comentario: Rev. D. Joaquim FONT i Gassol (Igualada, Barcelona, España)
Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello

Hoy vemos cómo el Divino Maestro nos da algunas lecciones: entre ellas, nos habla de los diezmos y también de la coherencia que han de tener los educadores (padres, maestros y todo cristiano apóstol). En el Evangelio según san Lucas de la Misa de hoy, la enseñanza aparece de manera más sintética, pero en los pasajes paralelos de Mateo (23,1ss.) es bastante extensa y concreta. Todo el pensamiento del Señor concluye en que el alma de nuestra actividad han de ser la justicia, la caridad, la misericordia y la fidelidad (cf. Lc 11,42).

Los diezmos en el Antiguo Testamento y nuestra actual colaboración con la Iglesia, según las leyes y las costumbres, van en la misma línea. Pero dar valor de ley obligatoria a cosas pequeñas —como lo hacían los Maestros de la Ley— es exagerado y fatigoso: «¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!» (Lc 11,46). 

Es verdad que las personas que afinan tienen delicadezas de generosidad. Hemos tenido vivencias recientes de personas que de la cosecha traen para la Iglesia —para el culto y para los pobres— el 10% (el diezmo); otros que reservan la primera flor (las primicias), el mejor fruto de su huerto; o bien vienen a ofrecer el mismo importe que han gastado en el viaje de descanso o de vacaciones; otros traen el producto preferido de su trabajo, todo ello con este mismo fin. Se adivina ahí asimilado el espíritu del Santo Evangelio. El amor es ingenioso; de las cosas pequeñas obtiene alegrías y méritos ante Dios.

El buen pastor pasa al frente del rebaño. Los buenos padres son modelo: el ejemplo arrastra. Los buenos educadores se esfuerzan en vivir las virtudes que enseñan. Esto es la coherencia. No solamente con un dedo, sino de lleno: Vida de Sagrario, devoción a la Virgen, pequeños servicios en el hogar, difundir buen humor cristiano... «Las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas» (San Josemaría).

Santa Margarita María de Alacoque, 16 de Octubre


16 de octubre

SANTA MARGARITA MARÍA DE ALACOQUE
(+ 1690)


La primera comunión de una niña de nueve años pasó inadvertida en aquel mundo francés del siglo XVII, deslumbrado por la creciente majestad de Luis XIV, que se habia hecho declarar mayor de edad y habia comenzado a reinar a los catorce años.

El nacimiento de este rey, 1638, coincidía con la muerte del holandés Cornelio Jansenio, obispo de Yprès, cuya obra principal, el Augustinus, habia de producir en Francia una revolución contra la piedad debida a Dios, contra la obediencia debida al Papa.

Frente al mundo del poder, del placer y de las herejías, aquella primera comulgante de 1656 iniciaba una cadena de comuniones y visitas íntimas con el Señor sacramentado, que habian de repercutir en toda la Iglesia y habian de contribuir a llenar muchos comulgatorios.

Era hija del notario real Claudio Alacoque, que desempeñaba su cargo en la ciudad de Lhautecour, actual diócesis de Autun. Nació el 22 de julio de 1647, la quinta entre sus hermanos, y fue bautizada con el nombre de Margarita.

Su primera infancia transcurrió en el placentero castillo de su madrina. Prevenida por la gracia de Dios, se sentía como obligada a repetir: "Dios mio, te consagro mi pureza y te hago voto de perpetua castidad".

Perdió a su padre cuando tenia ocho años. Su madre la puso interna con las clarisas urbanistas de Charolles, que la permitieron comulgar a los nueve años, y esta comunión le puso amargor en las diversiones mundanas. Le encantaba la vida religiosa.

Imitaba los buenos ejemplos que veía en las clarisas, y muy gustosa se hubiera quedado con ellas para siempre.

Pero el Señor manifestó su voluntad iniciándola en el misterio de la cruz. A los diez años fue presa de una enfermedad que le duró hasta los catorce, produciéndole la impresión de que los huesos le perforaban la piel. Tuvo que volver a casa de su madre y prometió a la Virgen Santisima ser una de sus hijas si recobraba la salud.

La Madre de Dios atendió a sus ruegos, y en el corazón de Margarita se entabló entonces el combate de la juventud: la alegría de verse curada, su temperamento muy afectuoso y las atracciones del mundo, por un lado; por otro, el recuerdo de su promesa y los interiores atractivos de la gracia...

Los planes de Dios se hicieron más definidos, y sus invitaciones más apremiantes.

Un dia, después de comulgar, respondió a su Señor que, aunque hubiese de costarle mil vidas, sólo seria religlosa.

Luego declaró resueltamente este deseo a sus familiares, pidiéndoles que despidieran a todos los pretendientes. Tenia veintidós años. El obispo de Chalons la confirmó en sus deseos y, por devoción a la Santísima Virgen, solicitó y obtuvo de este prelado permiso para añadir al suyo propio el nombre de María.

Dudaba qué instituto religioso habia de escoger; mas el 25 de mayo de 1671 visitó a las religiosas salesas, en su monasterio de Paray-le-Monial. y en seguida oyó a su divino Esposo que le aseguraba: 'Aquí es donde te quiero".

Una vez en el noviciado pidió a su maestra que le enseñase cómo habia de hacer oración.

"Id a poneros ante nuestro Señor como un lienzo delante del pintor." Hizolo así Margarita María, y Nuestro Señor Jesucristo le dió a entender que quería reproducir la imagen de su propia vida terrestre en el alma de la nueva religiosa: los rasgos principales serían el amor a Dios y el amor a la cruz.

Tomó el hábito el 25 de agosto de 1671, y en las conversaciones del noviciado la hermana Margarita Maria contaba con cándida sencillez los grandes favores que su Señor le dispensaba. Las superioras temieron por el bien de toda la comunidad ante una novicia de caminos tan extraordinarios y decidieron probarla, imponiéndole faenas humillantes y penitencias muy opuestas a su extremada sensibilidad. Margarita María temió desfallecer antes de llegar a su profesión religiosa. Pero Nuestro Señor la sostuvo y la animó a vencer las propias debilidades y repugnancias, buscando por sí misma ocasiones de humillarse y sufrir más.

El 6 de noviembre de 1672 hace su profesión: ya es religiosa en la Orden de la Visitación de Nuestra Señora, y ya le ha descubierto el divino Esposo la mayor parte de las gracias que disponía para ella, sobre todo las que se refieren a su amable Corazón, en cuya llaga le ha prometido una mansión actual y perpetua.

Cuatro se consideran como principales entre aquellas maravillosas comunicaciones de Jesucristo a Santa Margarita María: en la primera le descubrió el abismo de su amor a los hombres (dia de San Juan, 1673). En la segunda, al año siguiente, el Corazón de Jesús se le mostró herido por las espinas de nuestros pecados, que lo rodeaban y oprimían.

El mismo año 1674, cuando la hermana Margarita María se hallaba ante el Santísimo Sacramento expuesto solemnemente, el Señor se deja ver y le pide que comulgue siempre que se lo permita la obediencia, especialmente todos los primeros viernes. Le pide además la Hora Santa en la noche del jueves al viernes, "para acompañarme en la humilde oración que hice entonces a mi Padre en medio de todas mis congojas..."

Absorta Margarita en su larga oración, la tienen que hacer volver en si, y la llevan a la superiora. Esta responde negativamente a las peticiones que ella le hace de parte del Señor: Hora Santa, comunión más frecuente, comunión especial de los primeros viernes...

La superiora se pregunta ansiosa qué espíritu será el que guía a esta hermana tan singular, y hace que la examinen algunos personas doctas. El resultado es deplorable: la tienen por visionaria, condenan su gusto por la oración, prohiben a la hermana y a la superiora hacer caso de esas maravillas y dan la orden de obligarla a comer sopa.

La heroica religiosa se somete a la obediencia, mas persevera en su deseo de cumplir lo que con toda certeza considera designios de Dios. Esta es la gran cruz interior de su vida. Cuando parece que humanamente no podia resistir más, Jesucristo le anuncia formalmente: "Yo te enviaré a mi siervo. Descúbrete a él por completo y él te dirigirá según mis designios".

Este escoqido del divino Corazón era un padre jesuita, el Beato Claudio de la Colombiere, que llegó a Paray-leMonial el, año 1675, como superior de la residencia que allí tenía la Compañía de Jesús. Poco después visitó el monasterio de las Salesas para dar ejercicios espirituales. Confortó a la confidente del Sagrado Corazan y reanimó su confianza, después de oírla bondadosamente.

Así llegó la gran revelación del Corazón de Jesús a su mensajera. Mientras ella adoraba al Santísimo Sacramento en uno de los dias de la infraoctava del Corpus (junio de 1675), Nuestro Señor se le apareció mostrándole su divino Corazón y le dijo:

"Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres y que nada ha perdonado hasta consumirse y agotarse para demostrarles su amor; y, en cambio, no recibe de la mayoría más que ingratitudes, por sus irreverencias, sacrilegios y desacatos en este sacramento de amor. Pero lo que me es todavía más sensible es que obren así hasta los corazones que de manera especial se han consagrado a Mí. Por esto te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta particular para horrar mi Corazón, comulgando en dicho día y reparando las ofensas que he recibido en el augusto sacramento del altar. Te prometo que mi Corazón derramará en abundancia las bendiciones de su divino amor sobre cuantos le tributen este homenaje y trabajen en propagar aquella práctica".

Santa Margarita María entiende bien el mensaje que debe transmitir a toda la Iglesia de parte de su divino Salvador.

"Entonces yo ­cuenta la misma Santa en la carta 103­ postrándome en tierra, le dije con Santo Tomás: "¡Señor mío y Dios mio!" Era la profunda humildad que aceptaba sin condiciones los planes divinos; era la generosidad heroica que se entregaba a realizarlos.

En lo exterior aparecía la hermana Margarita Maria como una religiosa inteligente, flexible, buena para todo y apta para desempeñar cualquier cargo que se le confiara. Fue sucesivamente enfermera, profesora del grupo de alumnas procedentes de familias distinguidas que vivían en el convento, maestra de novicias, otra vez enfermera, por segunda vez con las pensionistas, asistente de la comunidad y propuesta para superiora.

Mas presintiendo todas las actividades de esta vida exterior, animada siempre por su ardentisima caridad hacia el Corazón de Jesucristo, triunfa por todas partes su incontenible deseo de darlo a conocer y hacerlo amar. Es abrumadora la actividad apostólica que revelan sus escritos, especialmente sus cartas, abundantes y algunas larguísimas. En ellas. Io mismo atiende a las pequeñas propagandas de estampas y cuadritos del Corazón de Jesús que procura se conceda la misa propia del Sagrado Corazón; Io mismo escribe al capellán de Luis XIV para que éste le consagre su persona y su palacio, que comunica los ardores de su devoción con varios sacerdotes jesuitas: lo mismo repite cómo se siente apremiada a promover el reinado de su único amor que anuncia increíbles gracias de salvación y santificación a los que se entreguen a Él; lo mismo refiere los favores y carismas celestiales con que la regala el Hijo de Dios, nunca oídos hasta ahora, que expone el sincerísirno convencimiento de su propia nulidad o su anhelo insaciable de sufrir por imitar a Jesús.

El mensaje de Margarita suscitó explosiones de entusiasmo, efluvios de santidad, y al mismo tiempo tempestades de contradicción, ataques enconados.

Lo mismo que el mensaje de Jesús en el Evangelio, del que era copia fiel y renovación viviente.

El libro Augustinus habia sido solemnemente condenado el 31 de mayo de 1653. Poco antes de morir su autor habia declarado: "Me someto a lo que ordena la Santa Iglesia, en la que he vivido hasta mi última hora". Pero la muerte impidió a Jansenio retractar los errores contenidos en el libro, y espantarse ante los daños que causaban sus afirmaciones y las de sus fanáticos discípulos.

El Dios de los jansenistas es un Dios que no ha amado tanto a los hombres como para morir por todos: un Dios que contempla impasible cómo la voluntad del hombre obra irresistiblemente el bien o el mal; un Dios alejado, un Dios juez más que un Dios padre. ¡Qué distinto del Dios que Santa Margarita ha visto en la Hostia Santa, con un corazón incontenible de bondad y de amor para todos: un Dios tan cercano a los hambres que pide amor, frecuencia de comuniones, entrega personal! Y pide consuelo en su agonía de Getsemani.

Jesús, no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre por medio de su ciencia infusa, preveia durante su vida mortal todos los pecados de los hombres, todas sus tragedias, todas las sentencias de eterna condenación... Y esto le hacía sudar sangre por la fuerza de la pena interior, ya que amaba tanto a esos mismos hombres que iba a morir por ellos. Pero preveia también las obras buenas, las horas santas. Ias comuniones, las obediencias, los sacrificios voluntarios de sus amigos, y esto le hacia sentirse acompañado, le consolaba. Nuestros pecados de hoy le hicieron sufrir entonces; nuestras buenas obras de hoy le consolaron entonces. Participar en las penas y alegrías de un amigo es el gran recurso que fomenta la verdadera amistad. Por eso los consagrados al Corazón de Jesús desarrollan toda su vida espiritual ­y tal vez sin darse cuenta, que es lo más bello­ en ese ambiente santificador de la familiar amistad con Jesús.

Mas !a consideración de Dios ofendido por los pecados suscitaba también en Santa Margarita una reacción menos sentimental si se quiere, pero más torturante y más purificadora: más espiritual y más difícil de comprender: un dolor insufrible por las ofensas de Dios y la perdición de los hombres con un anhelo nobilísimo de tributar gloria a Dios, en compensación de la deshonra que tiende a infligirle el pecador, y de salvar a los hermanos.

Este anhelo explica el heroísmo que alcanzó Santa Margarita Maria en orar, en trabajar, en obedecer, y, compendio de todo, en sufrir por amor. Se consagra al Corazón de Jesús en una entrega absoluta de todo, exceptuando la voluntad "de estar por siempre unida a este divino Corazón y amarle puramente por amor de Él. Graba sobre su propio corazón con un cortaplumas el nombre sacrosanto de Jesús. Hace el voto de inmolarse perfectamente al Sagrado Corazón de Jesucristo, escribiendo una fórmula de 19 puntos, cuya sola lectura aterra a la pobre naturaleza humana.

Sufre con dulce paciencia la marcha a Inglaterra de su director espiritual, el Beato Claudio de la Colombiere, y, cuando regresa, le anuncia con perfecta sumisión: ''Él me ha dicho que quiere aquí el sacrificio de vuestra vida". Acepta el martirio de pedir a la comunidad, de parte de su divino Maestro, que se corrija de algunas faltas. Y vive muriendo en deseos de hacerse pedazos para glorificar a Dios y salvar a los hombres, contrarrestando la obra destructora del pecado.

Jesucristo Nuestro Señor tributó a Dios la suma gloria, al mismo tiempo que redimía y salvaba a los hombres. Pero sólo en la cruz, como víctima divina, consumó su obra. También Margarita María será víctima, Esta es su vocación especial.

La devoción al Corazón de Jesús es para todos: mas cada uno la practicará según los dones de gracia y naturaleza que Dios le haya comunicado. Santa Margarita ha sido lIamada para ser víctima al mismo tiempo que mensajera. Por eso lo acepta todo, se inmola en todo, con tal de glorificar a su rey y pasar ella completamente inadvertida, "gozándose en su inutilidad".

Precisamente de esta inutilidad se sirvió Nuestro Señor Jesucristo para demostrar al mundo que el establecimiento de la devoción a su Corazón Sagrado no se funda en cualidades humanas, sino, en la Providencia divina.

Salida de Paray-le-Monial, se extiende primero por las comunidades salesas de Dijon, Moulins y Seamur; llega en' seguido a Lyon y Marsella; salta hasta Inglaterra, avivando los gérmenes allí sembrados por el Beato Claudio. Una circular de la superiora de Dijon lleva la buena nueva a ciento cuarenta y tres monasterios de la Visitación. El fuego divino va conquistando Francia, Saboya, Italia, Bolonia, Borgoña, Canadá... Varios obispos permiten en sus diócesis la misa propia. Circulan algunos libros y miles de estampas. Aquellas recatadas confidencias del Divino Corazón a Margarita María, y de ésta a su director, han salvado las distancias y resuenan en muchos oídos cristianos. La primera fiesta del Corazón de Jesús (21 de junio de 1075, viernes siguiente a la infraoctava del Corpus), en la que se consagraron fervorosamente al Divino Corazón Santa Margarita y el Beato Claudio, empieza a repetirse a lo largo de los años siguientes. El primer cuadro del Corazón de Jesús, dibujado a tinta en un papel por Santa Margarita María para la fiesta de 1685, es la semilla de miles de cuadros, a los que seguirán miles de estatuas, monumentos, templos...

Las contradicciones habían sido fuertes, sobre todo de los jansenistas; mas también de buenos católicos recelosos ante cualquier devoción nueva. Pero Jesucristo cumple la promesa que hiciera a su santa confidente: "Reinaré a pesar de mis enemigos".

Las ansías de este reinado consumen la vida mortal de la fidelísima mensajera.

En junio de 1690 la nueva superiora le prohibe la Hora Santa y todas sus austeridades. Margarita María se somete dulcemente como siempre; pero dice: 'Ya no viviré mucho, porque ya no sufro".

El 2 de julio, fiesta de la Visitación, comienza un retiro interior que ha de durar cuarenta días, porque quiere "estar preparada para comparecer ante la santidad de Dios". El 8 de octubre se siente acometida por una fiebre que la obliga a guardar cama, aunque el médico no le da importancia especial. Ya había confesado otras veces que para las enfermedades de Margarita, ocasionadas por la fuerza del divino amor, no encontraba ramedio.

Pasan pocos días. Una de las hermanas conoce que Margarita María sufre extraordinariamente y muestra deseos de aliviarla.

"Muchas gracias ­responde la santa enferma­; pero son muy cortos los instantes de vida que me restan para desperdiciarlos. Sufro mucho; mas no lo bastante para satisfacer mis ansias de padecer."

Pasan dos días más. Pide a su superiora el Viático; mas no se lo conceden, por creer todos que no se trata de enfermedad grave. Margarita María no insiste; pero el 16 por la manana, estando aún en ayunas, manifiesta deseos de comulgar y hace intención de recibir a Jesús como viático para el gran viaje. Al atardecer empeora, y deciden velarla por la noche. Así hubo testigos de las jaculatorias, oraciones y coloquios que le inspiraban su impaciente deseo por abismarse en el Corazón de Jesucristo.

Persevera hasta el fin en su función de victima. A la mañana siguiente parece sentir por unos instantes el peso abrumador de la santidad de justicia, ofendida por los pe cados. Es un pavor de Getsemani: ¿Me salvaré, me condenaré? Las miradas a Jesús crucificado, el clamor: ¡Misericordia, Dios mío!, la confianza en los méritos del Corazón de Jesús le devuelven la paz.

Y horas después, rodeada de la comunidad, mientras el capellán le administra la santa unción, pronuncia en un supremo esfuerzo de amor el nombre de Jesús, y en ella se cumple lo que tantas veces había repetido: ¡Qué dulce es morir, después de haber tenido una tierna y constante devoción al Corazón de Aquel que nos ha de juzgar!

Era el 17 de octubre de 1690. Pronto corrió por la pequeña ciudad, con inmensa conmoción y edificación de todos, la noticia de que habia muerto la Santa.

Fue canonizada por Benedicto XV el 13 de mayo de 1920.

Este Papa, en la bula de canonización, consigna la promesa de la perseverancia final hecha por el Corazón de Jesús a Santa Margarita en favor de los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos. León XIII consagra todo el género humano al Corazón de Jesús. Pio XI reproduce en la encíclica Miserentissimus la doctrina de Santa Margarita acerca de la reparación y de la consagración personal. Pío Xll, en la Haurietis aquas, vuelve a presentarla como confidente del Divino Redentor para divulgar la devoción a su Corazón Sagrado.

No hay santo cuyas revelaciones privadas hayan ejercido en toda la Iglesia influencia tan profunda y tan bienhechora como las de Santa Margarita Maria de Alacoque.

JOSÉ JULIO MARTÍNEZ, S. I