2 may. 2018

Salmo 77 Escucha, pueblo mío, mi enseñanza

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Salmo 77

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza


Escucha, pueblo mío, mi enseñanza, 
inclina el oído a las palabras de mi boca: 
que voy a abrir mi boca a las sentencias, 
para que broten los enigmas del pasado. 

Lo que oímos y aprendimos, 
lo que nuestros padres nos contaron, 
no lo ocultaremos a sus hijos, 
lo contaremos a la futura generación: 

las alabanzas del Señor, su poder, 
las maravillas que realizó; 
porque él estableció una norma para Jacob, 
dió una ley a Israel. 

El mandó a nuestros padres 
que lo enseñaran a sus hijos, 
para que lo supiera la generación siguiente, 
los hijos que nacieran después. 

Que surjan y lo cuenten a sus hijos, 
para que pongan en Dios su confianza 
y no olviden las acciones de Dios, 
sino que guarden sus mandamientos; 

para que no imiten a sus padres, 
generación rebelde y pertinaz; 
generación de corazón inconstante, 
de espíritu infiel a Dios. 

Los arqueros de la tribu de Efraín 
volvieron la espalda en la batalla; 
no guardaron la alianza de Dios, 
se negaron a seguir su ley, 

echando en olvido sus acciones, 
las maravillas que les había mostrado, 
cuando hizo portentos a vista de sus padres, 
en el país de Egipto, en el campo de Soán: 

hendió el mar para darles paso, 
sujetando las aguas como muros; 
los guiaba de día con una nube, 
la noche con el resplandor del fuego; 

hendió la roca en el desierto, 
y les dió a beber raudales de agua; 
sacó arroyos de la peña, 
hizo correr las aguas como ríos. 

Pero ellos volvieron a pecar contra él, 
y en el desierto se rebelaron contra el Altísimo: 
tentaron a Dios en sus corazones, 
pidiendo una comida a su gusto; 

hablaron contra Dios: "¿podrá Dios 
preparar una mesa en el desierto? 
El hirió la roca, brotó agua 
y desbordaron los torrentes; 
pero ¿podrá también darnos pan, 
proveer de carne a su `pueblo?" 

Lo oyó el Señor, y se indignó; 
un fuego se encendió contra Jacob, 
hervía su cólera contra Israel, 
porque no tenían fe en Dios 
ni confiaban en su auxilio. 

Pero dió orden a las altas nubes, 
abrió las compuertas del cielo: 
hizo llover sobre ellos maná, 
les dió un trigo celeste; 
y el hombre comió pan de ángeles, 
les mandó provisiones hasta la hartura. 

Hizo soplar desde el cielo el levante, 
y dirigió con su fuerza el viento sur; 
hizo llover carne como una polvareda, 
y volátiles como arena del par; 
los hizo caer en mitad del campamento, 
alrededor de sus tiendas. 

Ellos comieron y se hartaron, 
así satisfizo su avidez; 
pero, con la avidez recién saciada, 
con la comida aún en la boca, 
la ira de Dios hirvió contra ellos: 
mató a los más robustos, 
doblegó a la flor de Israel. 

Y, con todo, volvieron a pecar, 
y no dieron fe a sus milagros: 
entonces consumió sus días en un soplo, 
sus años en un momento; 

y, cuando los hacía morir, lo buscaban, 
y madrugaban para volverse hacia Dios; 
se acordaban de que Dios era su roca, 
el Dios Altísimo su redentor. 

Lo adulaban con sus bocas, 
pero sus lenguas mentían: 
su corazón no era sincero con él, 
ni eran fieles a su alianza. 

El, en cambio, sentía lástima, 
perdonaba la culpa y no los destruía: 
una y otra vez reprimió su cólera, 
y no despertaba todo su furor; 
acordándose de que eran de carne, 
un aliento fugaz que no torna. 

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