8 jul 2018

Jesús en la sinagoga


JESÚS VUELVE A NAZARET…

Por Antonio García-Moreno

1.- LA FUERZA DE DIOS. "En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía..." (Ez 2, 2).El profeta nos cuenta el primer encuentro con Dios. Estaba viviendo en el exilio, entre los deportados que estaban junto al río Quebar. Allí fue arrebatado en éxtasis: Miraba yo y veía un viento huracanado de la parte del Norte, una gran nube con resplandores en torno, un fuego que despedía relámpagos, y en su centro como el fulgor del electro, en el centro del fuego. Y de pronto una fuerza interior le impulsa a ponerse de pie. Es algo que le domina, que le puede. Y se pone de pie, o lo que es lo mismo se dispone a marchar, a emprender el camino. Esa es la actitud que el profeta ha de tener ante la llamada de Dios. Una actitud de dinamismo, de lucha, de caminante, de peregrino, de soldado.

Cierto que ordinariamente la gracia de Dios se reducirá a menudo a una suave atracción que nos nace de pronto muy dentro. Pero tu respuesta ha de ser la misma: Ponerte de pie, disponerte a caminar por el itinerario que Dios te va a marcar. Alzarte en pie de guerra, con espíritu de lucha, con ánimo de guerrero. Preparado para combatir cuantos enemigos se interfieran a tu paso. Consciente de que el primer enemigo eres tú mismo, cuando eres comodón, egoísta, soberbio, ambicioso. Has de luchar esas malas inclinaciones interiores que a veces te dominan. Decídete, Dios pasa, ponte en pie.

"Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos" (Ez 2,5). A lo largo de toda la Historia de los hombres, Dios ha enviado a sus mensajeros, sus profetas, los hombres que hablan en su nombre, sus pregoneros, sus portavoces. De un modo o de otro, también hoy nos llega el eco de sus voces, el contenido de su mensaje.

Lo contrario sería injusto por parte de Dios. Es como si se cerrara en un profundo silencio, ausente de nuestras vidas, desinteresado por nuestros problemas, indiferente ante nuestra salvación. No, Dios no se ha callado. Dios sigue enviando a sus profetas. Son los que siguen cogiendo la antorcha que un día Cristo entregara a los suyos... El que a vosotros os recibe, a mí me recibe -había dicho Jesús. Y también: Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros.

Pero este pueblo es rebelde y no quiere hacer caso. Es cierto que habrá quienes oigan el mensaje de Dios y lo vivan. Esos se salvarán, serán felices aquí en la tierra y allá en el Cielo. Los otros no. Los que no oyen la palabra de Dios, o los que la oyen y no la ponen en práctica, esos serán unos desgraciados. Aquí en la vida y después en la muerte. Y no podrán excusarse, no podrán decir que no hubo profetas en su tiempo.

2.- EL HIJO DEL CARPINTERO.- "Y desconfiaban de Él..." (Mc 6, 3) Jesús vuelve a Nazaret, su tierra, no por haber nacido en ella, sino por haber vivido allí después de volver de Egipto. Rincón risueño y escondido de Galilea, escenario y marco de su vida oculta, ejemplar y estímulo para nuestra propia existencia, hecha también de pequeños deberes, de un trabajo sencillo quizá, pero ocasión única para ofrecer al Señor con delicadeza y cariño esos retazos de vida, que se nos van quedando al borde de nuestra actividad de cada día.

Jesús, como judío piadoso y cumplidor que era, acude a la sinagoga el día del sábado que según la ley mosaica era sagrado. La Iglesia, desde el principio de su historia, sustituyó el sábado por el primer día de la semana, que comenzó a llamarse domingo, precisamente por ser el día del Señor, Dominus en latín. Con su conducta Jesús nos da ejemplo para que también nosotros santifiquemos ese día dedicado a Dios y no el que a cada uno le parezca oportuno.

Jesús asiste al rito de la sinagoga y comienza a hablar, haciendo uso del derecho a intervenir que tenía cualquiera de los asistentes. Sus palabras trascienden sabiduría, fuerza y luz para quienes le escuchan con buenas disposiciones. En cambio, para quienes oyen con espíritu crítico, esas mismas palabras provocaron la desconfianza y hasta el escándalo. ¿De dónde saca todo eso? ¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?

Lo primero que hay que aclarar es que estos hermanos que se nombran aquí, así como en otros pasajes evangélicos, no se pueden entender como hermanos propiamente dichos. María, en efecto, sólo tuvo un hijo, y éste por obra y gracia del Espíritu Santo. Es decir, Santa María fue siempre virgen. Según el modo de hablar de los semitas se llamaban hermanos también a los parientes más o menos cercanos, como podían ser los primos.

Por otra parte, el rechazo de los habitantes de Nazaret nos ha de poner en guardia, para no dejarnos llevar del espíritu crítico cuando escuchamos a quien nos habla en nombre de Dios. Detrás de las apariencias de la palabra humana hay que descubrir el brillo de la palabra divina. Ojalá podamos decir con Santa Teresa que jamás escuchamos un sermón sin sacar provecho para nuestra alma.

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