8 dic. 2017

La fe de María: una fe para tiempos de crisis



LA FE DE MARÍA: UNA FE PARA TIEMPOS DE CRISIS

Por Gabriel González del Estal

1.- Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquel. Como podemos deducir de estas palabras, la fe de María no estuvo exenta, en un principio, de turbación, desconcierto e ignorancia. Ella no era más que una pobre muchacha judía, sin una especial cultura religiosa y sin relevancia social alguna. No se consideraba superior a la mayor parte de las muchachas de su pueblo. ¿A qué venía ahora ese saludo y esos piropos de este joven que se presentaba ante ella con figura de ángel? El ángel, ante el desconcierto de esta joven y humilde doncella de Nazaret, se apresuró a tranquilizarla y a aclararle: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo…” El desconcierto se hizo aún mayor: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” El ángel se apresuró a explicárselo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra…” Seguía sin entender nada; todo lo que el ángel le estaba diciendo le parecía indescifrable, misterioso, pero, ¡si el ángel lo decía…! El ángel parecía estar hablándole en nombre de Dios y ante la voz de Dios ella debía limitarse a escuchar y obedecer: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. La fe de María fue, pues, una fe desde la ignorancia, desde la confianza en Dios y desde la aceptación del misterio. Ella acogió el misterio sin entenderlo, porque se fiaba de Dios. En estos tiempos de profunda crisis religiosa, quizá sea ésta la única fe que podemos hoy pedir a las personas que se esfuerzan por seguir creyendo en Dios, a pesar de la crisis y de las crisis: fiarse de Dios y acoger el misterio. La ciencia no puede demostrar, ni negar, la existencia de Dios. Nuestra fe tiene que ahondar sus raíces en la confianza en un Dios que es misterio insondable; acojamos al Dios misterio y sigamos confiando en la fuerza salvadora y amorosa de este Dios que, sin entenderlo nosotros, viene a salvarnos.

2.- La serpiente me engañó y comí. Podemos pensar benévolamente que el pecado de nuestros primeros padres fue más un pecado de ignorancia, que de maldad. Yo creo que Eva era sincera cuando dijo que la serpiente la había engañado. ¡Era tan tentador ser como Dios! ¡Es tan humana la presunción, la estulticia y el orgullo! Si Adán y Eva hubieran dado cuenta de las consecuencias terribles de su pecado, nunca lo hubieran cometido. Así somos nosotros, los desterrados hijos de Eva: ingenuos, presumidos, orgullosos y ambiciosos. Debemos aprender de la equivocación de nuestros primeros padres y conformarnos con ser lo que de verdad somos: seres humanos imperfectos, vanidosos, ignorantes, orgullosos, pero con una vocación inscrita en lo más profundo de nuestro ser que nos empuja hacia la perfección, hacia la santidad, hacia Dios. Aceptando, pues, nuestra imperfección, aspiremos hacia la perfección, hacia la santidad. Y dejemos a Dios ser Dios, alegrándonos nosotros de ser sus criaturas, sus hijos.

3.- Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Esta es nuestra vocación, nuestra llamada. La virgen María, la Inmaculada, lo consiguió porque se vació de sí misma y se fio de Dios, dejándose llenar de su gracia y de su amor. Imitemos a María, para que así también nosotros, “los que ya esperábamos en Cristo, seamos alabanza de su gloria”, como nos pide hoy San Pablo.

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