12 jun. 2017

REAVIVEMOS NUESTRA FE EN DIOS, UNO Y TRINO



 REAVIVEMOS NUESTRA FE EN DIOS, UNO Y TRINO

Por Antonio García-Moreno

1.- MISTERIO DE AMOR.- El libro del Éxodo nos narra hoy uno de esos encuentros íntimos entre Yahvé y Moisés. Encuentro del hombre con Dios en el que la ínfima pequeñez de la naturaleza humana entra en relación con la infinita grandeza del Altísimo. Misterio profundo de este Dios nuestro, Uno y Trino, esencialmente amor, comunicación permanente de benevolencia.

Tres divinas personas que se aman desde toda la eternidad. El Padre, que engendra al Hijo, y el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Una sola naturaleza divina y tres divinas personas, que no son tres dioses sino un solo Dios. Iguales en todo, en la divinidad, en la gloria, en la majestad. Como es el Padre así es el Hijo y así el Espíritu Santo: increado, inmenso, eterno, omnipotente. En la Santísima Trinidad nada es anterior o posterior, nada mayor o menor, sino que las tres personas son coeternas entre sí e iguales.

Dios es compasivo, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, en amor y fidelidad, en bondad y en verdad. Ante este profundo misterio de amor que eres Tú, mi Dios Uno y Trino, sólo nos queda postrarnos por tierra, en actitud de honda adoración.

Moisés se siente anonadado ante la infinita grandeza de Dios, ante ese misterio indescifrable que es el amor divino. Ese amor que es fuerte y abrasador, grande hasta los celos, ese amor siempre vivo, esa bondad que no conoce la traición ni el olvido, ese cariño que permanece eternamente el mismo, siempre fiel y leal, misericordia que se repite de generación en generación.

Animado por esa extraordinaria grandeza del amor divino, Moisés se atreve a interceder por su pueblo, a pesar de que ese pueblo es terco y contumaz, recalcitrante en su actitud de pecado, en su desobediencia a Dios... Del mismo modo yo me atrevo, díselo también tú, a hablarte confiadamente, a pedirte con sencillez. Perdona nuestros pecados, disimula nuestras villanías. A ti te es propio el compadecer y el perdonar, incansablemente. Compadécete, una vez más, de nosotros. Y haz que ante tu infinito amor y tu eterno perdón, se despierte en nuestros corazones un amor profundo y sincero que, con una entrega incondicional y generosa, corresponda a tu maravilloso misterio de amor.

2.- EL QUE CREA SE SALVARÁ.- Nicodemo temía a sus correligionarios, y a causa de ese miedo a que le vieran con el Rabí de Nazaret, acude a verle cuando ya era de noche. Los fariseos, los ancianos y los escribas desconfiaban de aquel visionario que arrastraba a las gentes, como habían hecho en aquella época de expectación otros seudomesias. Nicodemo, fariseo él también, ha intuido, sin embargo, que el caso de Jesús de Nazaret es muy distinto. Por eso acude a conocerlo de cerca, para sondearle, para oírle hablar sobre su doctrina, para saber de modo directo cuál era su mensaje y cuáles sus propósitos.

Jesús le acoge amablemente y le habla. Sus palabras sorprenden y desconciertan a Nicodemo, pero poco a poco va descubriendo la grandeza del anuncio de Cristo. Así lo da a entender más tarde cuando recrimina a los demás miembros del Sanedrín que formulan un juicio precipitado contra Jesús, a quien ni siquiera habían escuchado. Más tarde, cuando Cristo haya muerto en la cruz, dará la cara y, junto con José de Arimatea, pedirá a Pilatos el cuerpo sin vida del Señor.

En aquella noche Jesús le habló de muchas cosas. Entre ellas, del grande amor que Dios tiene al mundo. Amor que se manifiesta y evidencia en la entrega del propio Hijo Unigénito, el Amado, como víctima de propiciación, como Cordero sin mancilla que se inmolaría para quitar el pecado del mundo. Ciertamente aquello era extraordinario, pues extraordinario fue el don que lo ratificó. Amor hasta llegar al extremo, hasta esa prueba definitiva e irrebatible que es dar la vida por la persona amada, hasta la última gota de sangre, en el patíbulo de la cruz.

Dios quiere que el mundo se salve. Dios no quiere condenar a nadie. En realidad, al final de todo, aquellos que sean arrojados de la presencia del Señor, lo serán por su propia culpa. Es decir, la sentencia condenatoria, más que una condena será el reconocimiento de una situación libremente querida y sostenida por el condenado. Pero el que cree no será condenado, sigue diciendo Jesucristo. Tomemos conciencia de esta verdad, reavivemos nuestra fe en Dios, Uno y Trino. Aceptemos con rendida humildad las verdades reveladas, seamos hijos fieles de la Iglesia y alcanzaremos la dicha sin inefable de ser amados por Dios y de amarlo eternamente.

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